José Carrasco. Asesinato de un periodista


El exilio

El 30 de marzo de 1977 Pepe partió al que sería el más largo y doloroso viaje de su vida: el exilio.

La decisión no fue suya. Más bien, él resistió abierta y tenazmente la instrucción de su partido que aconsejó un obligado autoexilio por razones de seguridad. El MIR consideró que Pepe corría un real riesgo de muerte si permanecía en el país, por lo que determinó que debía salir cuanto antes. Hacer entender a Pepe algo que todo su ser rechazaba fue difícil. Incluso le escribió el secretario general de su organización. Andrés Pascal le planteó que la ejemplar conducta que había mostrado en prisión podía significar un severo riesgo para su integridad.

A Pepe le costó acatar la orden pero finalmente comprendió que todos tenían razón y aceptó partir. Su decisión fue hacerlo a Venezuela donde había muchos periodistas amigos y compañeros de partido exiliados. Pero partió triste ese 30 de marzo, "porque Pepone no era para andar dando vueltas por el mundo sintiéndose con la conciencia intranquila", señala un amigo de esos tiempos. En Chile no sólo quedaba un pueblo que amaba y que era la razón concreta y cotidiana de su lucha. El viaje también significaba dejar a Silvia, quien se había convertido en el más grande amor de su vida, como se lo dijera en la última carta que le escribió antes de ser asesinado. Todos los anhelos de construir un futuro juntos tras su liberación se veían dolorosamente postergados. Una vez más debía quedar entre ellos sólo la promesa -cada vez más sólida- de un reencuentro. Sellaron el pacto: se juntarían en unos dos o cuatro meses en Venezuela, después de que él estuviera instalado para recibir a Silvia y a su hijo Alfredo de dos años.

El amargo tramo del destierro Pepe lo inició junto a su madre. Como era peligroso hasta que cruzara Policía Internacional solo, la señora Chela -incondicional como siempre- lo acompañó hasta Lima. Allí Pepe hizo una escala que hacía mucho que esperaba: estar con sus hijos Iván y Luciano tranquilo y en libertad. Ellos vivían con su madre en ese país desde el Golpe de Estado. Sólo habían visto a Pepe en la cárcel, al viajar a Chile en el verano de 1976.

Desde Perú, Pepe envió a Silvia una tarjeta llena de nostalgia pero también optimista. "Me decía que no podía sacarse mi mirada de tristeza de sus ojos y su corazón. Que tuviera la certeza y seguridad de su amor, que cambiara mi mirada por una de alegría, futuro y triunfo".

Con esos sentimientos que pedía a su compañera partió rumbo a Venezuela.

"No vine a hacerme rico"

Su adaptación al nuevo país fue más fácil de lo que esperaba. "Todos se han portado conmigo de una manera excelente, algo que sin duda no merezco", escribió poco después. Pero en realidad sólo estaba cosechando lo que había sembrado por muchos años con su personalidad cálida y su generosidad a toda prueba. La respuesta provino tanto del gremio periodístico como de sus compañeros de partido. Ernesto Carmona, con quien había sido colega en "Punto Final", lo recibió en su hogar. Raúl Alvarez, "Papelucho" como le llamaba Pepe, un antiguo amigo y compañero de la Escuela de Periodismo, le dio su primer trabajo.

Lo que fue esta llegada a un mundo tan distinto y lejano del Campamento de Prisioneros de Puchuncaví, que hacía tan poco había dejado, lo contó en una cassette que envió a sus padres. Fechada el 25 de abril de 1977, fue la primera comunicación que se tuvo de él desde Venezuela. En sus partes medulares, este Pepe de 33 años expresaba:

"Es muy emocionante decirles algunas palabras de saludo, de cariño desde acá tan lejos, pero sintiendo que ustedes están todos los días tan cerca mío. Quiero contarles que me ha ido bastante bien. En muy pocos días he solucionado dificultades que para muchos compañeros ha llevado bastante tiempo resolver. He contado con la amistad, con el afecto de una eran cantidad de cantaradas, amigos y quizás algunos conocidos -gente que ni siquiera me acordaba haber visto- con quienes fuimos compañeros de colegio, universidad o de otras actividades. Todos ellos, unos más otros menos, han sido de una gran ayuda. (...). Incluso el día siguiente que llegué pude ubicar a Perico Gana y a "Papelucho", que es un amigo que no veía desde el año 69. El está bastante bien, tiene una pequeña empresa publicitaria y con él estoy de alguna manera trabajando (...). Si todo resulta bien, es posible que antes delfín de semana tenga ya conseguida una visa de transeúnte, que me permitiría estar como residente aquí durante un año. Es decir, podría salir de Venezuela a cualquier parte del mundo y regresar sin ninguna dificultad (...). Por otra parte, si esa visa resulta, tengo posibilidades de entrar a trabajar más formalmente (...) incluso de conseguir un departamento,porque hay compañeros que tienen datos. Acá es más o menos difícil conseguirlos, más o menos caro. Necesito tener previamente un trabajo estable. Teniéndolo, yo creo que de aquí a unos cuatro o cinco meses será posible que se venga ya Silvia con Alfredito y poder reiniciar una situación más estable.

"En el otro campo que me interesa, me ha ido bien. Aquí hay una gran cantidad de compañeros que estuvieron conmigo en prisión (...). Con todos ellos he conversado, todos están contentos que me quede acá. Habíamos hecho buenas amistades en los campamentos y toda la actividad que pueda desarrollar yo creo que va a ser provechosa (...). Como ustedes saben, yo no he salido fuera del país a ganar dinero. No es mi intención ni muchísimo menos. Si lo quisiera hacer, acá en Venezuela podría tener mucho, mucho dinero. No quiero eso, no es eso lo que he decidido para mi vida. Quiero dedicarla a lo que ya está decidido. A aquello por lo que dio la vida Gabriela, Miguel, tanta gente. Y mi trabajo fundamental es ése..."

En esa cassette Pepe también tocó otros temas que durante los años de exilio constituyeron fuerte preocupación. Como el ofrecimiento a sus padres de ayudarlos y llevarlos -apenas los ahorros lo permitieran- a visitar Venezuela. O el desvelo de su hermano Raúl, entonces de 22 años, a quien quería buscarle mejores condiciones para su desarrollo profesional. Ya en esta primera comunicación Pepe planteó su decisión de concretar estas promesas:

Sobre Raúl expresó: "He estado bastante preocupado de su situación porque veo que aquí hay muchos jóvenes que tienen posibilidades de trabajo y pueden solucionar los problemas vitales, asegurándose mejores condiciones laborales que en Chile. No sé si Raúl, pese a que es joven, está en condiciones de iniciar algún esfuerzo de este tipo".

La oferta de recibir a su hermano en Venezuela para que éste buscara un trabajo que en Chile tal vez no tendría nunca, no fueron meras palabras. Pepe maduró y trabajó esa posibilidad y durante dos años envió regularmente dinero para que el joven terminara sus estudios técnicos y sacara un título. En 1979, cuando -producto de los consejos de Pepe- Raúl estaba prácticamente con los pasajes en la mano, consiguió un trabajo estable en Chile.

En ese primer mensaje enviado desde un exilio que recién comenzaba, Pepe aludió a otro tema que también fue recurrente en él: su imbatible optimismo respecto del regreso. Señaló entonces: "Nuestra separación es transitoria. Nos veremos luego acá y, sin duda, cuando yo regrese a Chile, que creo que también será pronto... Estoy esperando que las cosas mejoren para volver. No es sólo una esperanza que tengo sino una certeza: podremos estar de nuevo en el país... Aquí hay muchas comodidades, el nivel de vida es enormemente superior al chileno en todo sentido... pero hay que estar allá".

Construyendo otra vez

Esos primeros meses tras la partida de Chile fueron muy intensos. Pepe debía conciliar tareas muy disímiles para simultáneamente rearmar su vida en los ámbitos personal, profesional y partidario. La prioridad la tenía, desde luego, consolidar una situación económica y laboral que le permitiera mandar los pasajes a Silvia y Alfredito para reunirse en Venezuela.

El tiempo para cumplir con todo se le hizo realmente corto porque además debió viajar. En mayo partió a Europa para cumplir con nuevas tareas que su partido le había asignado. Era encargado exterior del MIR, es decir, quien debía relacionarse con las demás fuerzas políticas en el extranjero. También era Jefe del Comité Local de su partido en Venezuela.

El viaje duró más de un mes y a su regreso Pepe se integró de lleno al mundo laboral. Tomando la oferta que Raúl Alvarez le había hecho al llegar, entró a trabajar en la empresa publicitaria que éste poseía. Allí estuvo cinco o seis meses haciendo frases, slogans y guiones para avisos comerciales. Algo que nunca había imaginado podría realizar. Federico Gana, quien también "sufría" este insólito trabajo, recuerda que Pepe vivía con el aceleramiento acostumbrado en él.

"De pronto se paraba, decía 'préstame un ratito el auto' y partía. Uno nunca sabía a qué iba pero no costaba imaginar que esas salidas casi diarias tenían que ver con su actividad partidaria. A veces se iba a México y a los tres días estaba de vuelta. Me di cuenta que estaba muy comprometido con el MIR". Gana añade que antes que llegara Silvia y antes que Pepe se fuera a trabajar a "El Diario" de Caracas como editor nocturno, conversaron mucho. "Nos pasábamos charlando. Parecíamos viejos radicales. Recordando amigos, épocas del Instituto Nacional o de la Universidad. Nos juntábamos para relajamos, porque Pepe andaba muy tenso, nervioso, un poquito mal genio. Lo acosaban mucho, se había hecho muy popular y él quería tranquilidad, calma. No hablábamos mucho de lo que hacía políticamente, pero lo que recordaba siempre -y se le llenaban los ojos de lágrimas y alegría- era su salida de la cárcel. Cuando alguien abandonaba los campos de prisioneros políticos le cantaban "El Negro José". Y cuando él salió fue aún más emocionante porque él se llamaba José y parece que adentro se había hecho muy popular. Una vez me contó que había salido llorando. Fue una de las pocas oportunidades en que lo vi realmente tocado".

Lo que vivía, lo que estaba sintiendo en este nuevo capítulo de su vida, lo expresó en una carta que envió a sus padres para el aniversario de matrimonio de éstos, el 22 de agosto de ese año 77. Fue una especie de emotivo balance de lo vivido y, por vivir

"Entre las muchas cosas que tengo que agradecerles a ustedes es no haber tratado de manejar mi vida ni haberme obligado a tomar decisiones personales de acuerdo a lo que ustedes querían y no a lo que yo creía que era lo mejor. La verdad es que he cometido algunos errores, pero no hay otra posibilidad de vivir la vida sin riesgo de equivocarse. Lo importante es que hasta hoy -y quiero que así siga siendo- he dedicado mis esfuerzos a lo que creo que es más importante en la vida. He contado con el apoyo de ustedes en los momentos más difíciles y duros y eso no sólo ha sido una ayuda vital sino que además me llena de felicidad. Ahora que estoy emprendiendo, en todo orden de cosas, una nueva etapa de mi vida, lo hago con la misma confianza de siempre (...). Quiero mucho a Silvia y espero que juntos podamos seguir caminando por la ruta que nos hemos trazado. Si resulta, excelente. Si la cosa no anda, ambos tenemos claro que lo fundamental es seguir el camino de lucha y cada cual lo seguirá de acuerdo a sus posibilidades. En todo caso, creo -mejor dicho, estoy seguro- que la cosa marchará bien. Respecto de mi familia, queridos padres, sepan que soy feliz haciendo lo que hago como lo sería mañana si me dicen que hay que volver a Chile a seguir en la brega como lo fue antes de la caída. Creo al mismo tiempo que viviría muy amargado si algún día dejara de hacer lo que hago porque he decidido buscar mi bienestar personal (...).

"Aquí la cosa no es nada fácil. Este país está lleno de tentaciones que muy fácilmente hacen que la gente se olvide de los muchos que por esos lados sufren y están en la pelea. Es relativamente fácil sobrevivir y si uno quisiera podría llegar a juntar plata con rapidez y vivir muy bien. Pero no se trata de eso y para mí quiero que nunca se trate de eso. Yo sé que ustedes comprenden esto...".

El 28 de septiembre de 1977 llegaron Silvia y su hijo. Aunque el hecho marcó el fin del largo horror que ambos habían vivido desde el golpe de 1973, el proceso de construir otra vez la esperanza y la alegría no fue fácil. "Para mí fue muy duro y difícil hacer comprender a la familia de mi marido desaparecido -de quien nada se sabía desde su detención tres años antes-, que yo partía a reiniciar mi vida junto a otro hombre. Fue muy doloroso también dejar a mi familia, mi mundo, mi trabajo, mi casa, aunque supiera que era lo que quería hacer. Todo ello hizo que esos primeros tiempos afuera se hicieran muy difíciles lo cual, desde luego, repercutía en Pepe", expresa Silvia. Añade que en esa crisis, la actitud de su compañero fue de amor y apoyo incondicional: "Yo me debatía entre la nostalgia y la alegría. Mis sentimientos eran muy encontrados y, por sobre todo, me dolía sentir que había dejado de ser la mujer independiente que era en Chile para convertirme en 'la compañera de Pepone'. Pero Pepe nunca se quebró con mi crisis. Por el contrario, sólo se dedicó a colmarme de amor y comprensión. Y tuvo una paciencia infinita que rindió hermosos frutos después".

Cuando Silvia entró a trabajar, las cosas comenzaron a cambiar. Y la vida fue tomando nuevamente el tono luminoso del reencuentro y la felicidad. Alfredito, que hasta entonces llamaba a Pepe por su nombre, un día cualquiera transformó la "e" en "a". Y desde entonces fue "papá". Ello, sin embargo, nunca lo hizo olvidar a su padre desaparecido y la poesía que escribió a Pepe dos días después de su asesinato la tituló "Papá y tú". "Papá, porque es para mi papá Alfredo y 'tú' porque es para mi papá Pepe" explicó.

El papá-Pepe asumió con absoluta entrega la crianza de Alfredito. Si éste lloraba en la noche o pedía algo, era él quien se levantaba a atenderlo. Con Silvia se turnaban en todas las labores domésticas, respecto del niño y de la casa en general. Ella trabajaba todo el día y volvía de su oficina a las cinco de la tarde. Como el horario de Pepe era más elástico, él iba a dejar y recoger a Alfredito a la sala cuna. Todos se encontraban en la casa para comer y luego a las siete de la tarde Pepe partía a su trabajo de editor nocturno en "El Diario".

Aunque vivían en un departamento muy pequeño, éste era un hogar de puertas abiertas. A cada amigo que llegaba con problemas, Pepe le ofrecía su casa. Entre la infinidad de personas que pasaron por allí estuvo una pareja de amigos con los cuales había estado preso en Villa Grimaldi y en Puchuncaví: Renato y Gloria.

Ellos llegaron a principios de 1978 junto con su hijo. "Pepe organizó una colecta y nos mandó plata para el pasaje. El 'Chico' Díaz nos consiguió la visa. Nos tuvieron seis meses en ese departamento que era realmente una caja de fósforos, mientras yo encontraba trabajo", señala Renato.

Gloria recuerda que llegaron con decenas de bultos y hasta con una bicicleta. "Para darnos lugar a nosotros tuvo que irse otra persona que también llevaba meses. Estaba allí porque un día había llamado desde el aeropuerto. Pepe había partido a buscarla y la tenía en su casa, durmiendo en lo que debía haber sido el comedor". Añade que Pepe no era bondadoso de palabras sino de hechos concretos. "En ese momento recién aflataba su relación con Silvia y nosotros ahí instalados. Pero él siempre estuvo bien dispuesto, cariñoso, optimista, preocupado de que mi hijo estuviera bien, que no peleara con Alfredito. Era además gran dueño de casa". Cuenta que al día siguiente que ellos se fueron, llegó otra familia: "una mujer con un niño de un año y una niñita de ocho, completamente inválida. A ella Pepe la sacaba a pasear todos los domingos. Hizo una campaña para comprarle una silla de ruedas. Nunca permitió que quedara rezagada. Si salíamos a un paseo, él se encargaba de cargarla. Era un hombre excepcional. De esos que en las situaciones límite -cuando la gente puede decir que no a algo que lo va a molestar-, Pepe decía sí".

La generosidad de Pepe era antigua. Tal vez se había engrandecido después de su paso por las cárceles secretas y los campos de prisioneros políticos, donde había conocido el valor de la solidaridad y la bondad sin límites. Su madre recuerda cómo en los primeros años de universidad Pepe tenía gestos de desprendimiento poco usuales. "Para un invierno muy frío él estuvo pidiéndome por harto tiempo una bufanda. Con mi marido no estábamos en buena situación pero con esfuerzo le compramos una de cachemira. Al día siguiente de regalársela llegó sin ella. Me dijo que había llegado un basquetbolista ecuatoriano que no estaba acostumbrado al frío y le había dado la bufanda. Desde ese momento, a él automáticamente se le pasó el frío por el resto del invierno", relata la señora Chela.

Anécdotas como éstas hubo muchas a lo largo de su vida. Después de su vuelta a Chile hay testimonios casi idénticos a ésos de 20 ó 25 años atrás. Recuerda Jecar Neghme, con quien trabajó en el Movimiento Democrático Popular: "Vivía preocupado de los amigos que llegaban del exilio: les buscaba pega, los llevaba a su casa, les regalaba su ropa. Era muy común verlo abriendo su closet y preguntando '¿qué te falta?', '¿por qué no te pruebas esto?'. Hubo compañeros que salieron con zapatos nuevos. Yo mismo recibí de él un chaquetón".

La revolución nicaragüense

A pesar de que en "El Diario" de Caracas Pepe tenía unos turnos durísimos, desarrollaba cada vez con más ahínco una dimensión política que no ejercía desde 1973: actuar en forma abierta. Se relacionaba con todos los partidos venezolanos, especialmente los de izquierda, y participaba a nombre del MIR en el Comité Chileno Antifascista con las demás fuerzas políticas, incluida la democracia cristiana. "En Venezuela era el único país del mundo donde había un Comité de Solidaridad con Chile en que participaba desde la DC hasta el MIR. Y Pepe era allí un militante infatigable. Además de esta tarea, tenía que ganarse la vida como cualquier hijo de vecino. Pero su inmensa capacidad de trabajo lo hacía estar respondiendo a todo, inventando siempre alguna actividad", recuerda Gloria.

La prueba de lo anterior es que al poco tiempo de entrar al "El Diario" comenzó a colaborar en el "El Nacional", otro periódico caraqueño, y se metió de lleno en una actividad que lo tocó profundamente: la solidaridad con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, que luchaba contra la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua.

Como le había ocurrido antes con la Revolución Cubana, este Movimiento llegaría a marcarlo mucho. Pepe se sentía interpretado con los pueblos que se sublevaban contra la injusticia y la explotación. La batalla de Centroamérica la sentía suya porque no toleraba esas condiciones de vida donde quiera que se dieran. En Venzuela, a pesar de que no se vivía una dictadura, la miseria estaba brutalmente presente, y así se lo relató a sus padres en su primera carta: "Es increíble las cosas que se ven aquí. Como este país tiene mucho petróleo, muchos recursos naturales, hay bastante dinero. Como en todas partes, el dinero no se reparte equitativamente. Y al lado de mansiones increíbles, esas de película, uno encuentra las barriadas, las poblaciones callampas... La gente trabaja muchísimo y gana muy poco y vive en condiciones subhumanas. Al lado de eso, una gran parte de Caracas vive en los Barrios Altos, acá le llaman el Este. Y hay una cosa clara: la gente que vive hacia el Oeste -donde están los barrios pobres- vive en los 'cerros'. La gente que vive hacia el Este -los barrios acomodados-, vive en las 'colinas'. Hasta en eso se nota cómo está distribuida la cosa acá...", señalaba.

Esta situación de Venezuela, que de hecho era una generalidad en Latinoamérica, reafirmaba las convicciones de Pepe: mientras no se lograra una cambio real y global hacia un sistema más justo en el Tercer Mundo, él seguiría cada vez más activo en su lucha política.

En el exilio no sólo apoyó la lucha nicaragüense sino también la del pueblo salvadoreño y de todos aquellos que intentaban cambiar su realidad indigna.

El Frente Sandinista encabezaba la lucha para derrotar a la tiranía de los Somoza que se mantenía en el poder por más de 40 años. En 1978 había realizado la audaz toma del Palacio Nacional de Gobierno en Managua. A cambio de la libertad de los rehenes allí tomados, se pidió la liberación de todos los presos políticos del FSLN. Muchos dirigentes que llevaban varios años encarcelados, como Tomás Borge, salieron en libertad y la lucha contra Somoza cobró insospechados bríos. La forma con que el Régimen respondió a este ascenso en el combate fue brutal. Ello hizo que el mundo entero se pusiera de lado del oprimido pueblo nicaragüense.

Ya a comienzos de 1979, el Frente Sandinista comenzó a hablar de que ése sería el año de la "ofensiva final". Realmente, la victoria se percibía cerca y ello hacía cada vez más necesaria la solidaridad internacional para que ésta se concretara, según lo planteaban los líderes de esa lucha.

A esas alturas Pepe había logrado altos niveles de movilización. Incluso había podido concertar el apoyo del Parlamento Venezolano para apoyar las luchas de Nicaragua y El Salvador. Porque, como señala Renato, "a diferencia de muchos que no daban una 'chaucha' por la gesta nicaragüense, Pepe hacía mucho que había entendido que las posibilidades de triunfo eran reales. Su olfato político y el estar en permanente contacto con los movimientos liberacionistas le habían dado esa certeza".

Pepe conocía a Tomás Borge y cuando éste salió en libertad, a fines de 1978, visitó la casa de los Carrasco a su paso por Venezuela. Como Jefe del Comité Local del MIR, Pepe organizó una reunión con Borge y la dirección del partido. Se realizó en su hogar y la conversación duró hasta las cinco de la madrugada. "Borge habló de todo, nos contó toda la trayectoria del Frente Sandinista y la importancia de esa lucha. Fue un encuentro muy interesante y cálido", recuerda Silvia.

En ese viaje Borge buscaba apoyo del gobierno venezolano para el FSLN. El presidente Carlos Andrés Pérez se lo dio. El MIR también ofreció su aporte concreto e incondicional. Pepe solía relatar que debido al apoyo que los nicaragüenses merecían se había decidido trasladar todas las tareas del Comité Local a solidarizar con esa lucha. Esto provocó más de un problema porque en el Comité Chileno se pensaba que las tareas prioritarias debían ser en apoyo al pueblo chileno.

Por ese tiempo también se organizó la Conferencia Nacional de Solidaridad con el pueblo de Nicaragua. Sus encargados, los mismos nicaragüenses, se apoyaron en Pepe para preparar el evento. La colaboración de éste fue tan activa que lo hizo merecedor a una distinción que recordaba con emoción: El tipo de invitación que recibió. Estas se decidían a alto nivel en el FSLN y estaban destinadas a países y organizaciones. Pero en Venezuela una de las de invitaciones fue "a José Carrasco Tapia, por su labor destacada".

La posición asumida por el gobierno venezolano convirtió a Caracas en epicentro de la ayuda solidaria con Nicaragua. Eso alegraba enormemente a Pepe y lo incentivaba a trabajar cada vez más. Silvia recuerda: "Pepe participó en todas las instancias que se crearon. Era quien lideraba las tareas y quien recibía a los nicaragüenses que llegaban a Venezuela. Además sacaba diversas publicaciones donde daba a conocer la lucha del FSLN para que los venezolanos y todos los exiliados conocieran el problema y lo asumieran. La denuncia internacional fue una de las cosas que ayudó a la caída de Somoza".

"Pepe, a pesar de esta vorágine, no dejaba de lado sus tareas de movilización por otros pueblos. Como por los salvadoreños y los palestinos. Estos últimos tenían una oficina en Caracas y sus representantes iban siempre a los actos por Chile. Pepe retribuía a menudo estos gestos dedicándoles un espacio en sus columnas periodísticas, promoviendo la solidaridad con ellos", relata Silvia.

Un año importante

Ese año 79 ocurrieron varios hechos marcadores en la vida de Pepe. Uno fue comprobar que la confianza que se había tenido en el pueblo nicaragüense era algo acertado: el 19 de julio de ese año culminó exitosamente la ofensiva final contra Somoza y las fuerzas del FSLN entraron victoriosas a Managua. Así como 20 años antes la Revolución Cubana le había hecho confiar a Pepe en la posibilidad de un cambio social profundo frente a la injusticia, este nuevo logro le hacía confirmar esa confianza. Y le hacía aumentar la esperanza de que la América socialista sería una realidad en el futuro.

Otro hecho importante ocurrió antes del triunfo sandinista. Fue en Ciudad de México, cuando Pepe asistió a un encuentro de cristianos en solidaridad con Nicaragua, Salvador y Guatemala. Allí conoció al sacerdote Rafael Maroto, quien iba representando a Chile. Algunos años después Maroto asumiría el cargo de vocero público del MIR en nuestro país. En ese evento entablaron un lazo que crecería significativamente cuando Pepe regresara del exilio. El sacerdote, que fue encarcelado junto a otros opositores el mismo día del asesinato de José, recordó desde prisión: "Lo primero que me impresionó fue su gran cordialidad, su particular alegría y la sencillez que le imprimían un calor humano difícil de encontrar y que comprometía en amistad".

También en julio se produjo el tercer hecho importante de ese año. Este definiría en gran medida los años por venir. E incluso llevaría a Pepe a tomar la clave decisión de regresar a Chile. Fue su encuentro con Juan Pablo Cárdenas, el director de la Revista Análisis. Se conocieron en el Segundo Congreso de la Federación Latinoamericana de Periodistas, FELAP, que se llevó a cabo en Caracas a comienzos de julio.

El evento fue muy importante porque por primera vez se invitó a periodistas que vivían en Chile. Jorge Andrés Richards, que representó a nuestro país como residente en México, recuerda: "Fue muy significativo invitar a gente del interior en ese año 1979, porque en el Congreso iban a haber condenas por la falta de libertad de expresión y demandas por la vuelta a la democracia. Quienes vinieron de Chile tuvieron mucha valentía porque aún se vivía un contexto masivo de dictaduras en el continente".

Entre los participantes que venían de Chile estaba Juan Pablo Cárdenas, Mario Planet y Augusto Góngora. Recuerda Cárdenas: "Pepe tuvo conmigo una actitud cordialmente agresiva y su objetivo era provocarme. Yo era el único demócrata cristiano que iba por Chile y él me preguntó tres cosas: ¿en qué situación iba yo?, ¿estaba dispuesto a conversar con los chilenos exiliados?, si era así ¿iba a hacer exclusión del MIR? Apenas llegué tomó contacto conmigo porque supuestamente -por mi militancia de entonces- yo era el más 'difícil'. Según Cárdenas, la actitud de Pepe respondía a una situación global que por primera vez se enfrentaba en un evento de este tipo: la relación de chilenos del "interior" y del exilio. "El Congreso permitió superar algo que hasta entonces se evitaba: por un lado que la delegación de Chile conversara con el exilio. Hasta ese momento -por miedo a las represalias al volver- prácticamente no se daban encuentros de ese tipo. Por otro, que el exilio aceptara esta situación ya que hasta entonces también se negaba a invitar o reconocer a los chilenos del 'interior' porque consideraba que la patria estaba afuera y quienes tenían que representar legítimamente al país eran ellos. De alguna forma se pensaba que los de adentro éramos cómplices de lo que pasaba en Chile". De modo, añade Cárdenas, que las relaciones eran difíciles. Frente a las aprensiones de Pepe, recuerda que "le hice ver que con el mayor gusto iba a conversar con los exiliados, que ése era justamente uno de los motivos del viaje y que no aceptaría presiones de ninguna fuerza política que quisiera arrogarse la representatividad. Que estaba dispuesto, desde luego, a conversar con el MIR así como con todas las fuerzas allí presentes".

La cercanía que se produjo entonces entre Carrasco y Cárdenas quedó de manifiesto a la hora de elegir las autoridades del Congreso. Hasta ese momento lo habitual era que los periodistas del exilio obtuvieran estos cargos. Pero, producto de la dinámica que comenzó a darse entre la gente del interior y la de afuera, se decidió que la representación más alta del Congreso quedara en manos de un residente en Chile. Pepe propuso que Juan Pablo fuera el vicepresidente del evento y esto fue aceptado por unanimidad.

Desde entonces se estableció una gran confianza entre ambos. Tuvieron largas conversaciones sobre "Análisis" y el papel del periodismo en Chile. Desde luego, discreparon. "Pepe tenía la visión de que lo que hacíamos era interesante pero insuficiente. Que no estábamos en una línea de batalla contra el régimen. Yo le hice ver que la situación de estar adentro era distinta al exilio: que ellos podían usar un lenguaje mucho más audaz y agresivo y que nosotros teníamos que desenvolvemos dentro de la precaria circulación que teníamos. También le señalé que el periodismo clandestino no tenía acogida real en las masas. Que todo ese esfuerzo llegaba en forma muy limitada al pueblo chileno. Que eran preferibles esfuerzos como los nuestros, que iban poco a poco dándose a conocer, desarrollándose y legitimándose. Pepe fue entendiendo estas razones y participando de mis puntos de vista. Aunque defendía su trabajo político-periodístico, tenía plena conciencia que era más efectiva cualquier publicación pública dentro del país", expresa Juan Pablo Cárdenas.

Después de ese encuentro, Pepe sintió por primera vez la necesidad de volver. Le ocurrió, porque lo hablado, las imágenes de la patria real y cotidiana que Cárdenas le refrescó, se contrapusieron duramente con la vida del exilio que, en el fondo, él sólo toleraba. Así lo reafirma lo que relata Ramón, otro ex compañero de prisión con quien también compartió su paso por Venezuela. "Hacíamos las tareas típicas del trabajo partidario en el exilio. Algo gris y anodino porque significa hacer una actividad lejos del medio social en el que se supone debes intervenir. Todo se reducía a tareas de apoyo a la lucha en Chile y a relacionarse políticamente con las fuerzas locales". Sin embargo, agrega Ramón, "fue rescatable en este trabajo la discusión que se dio en el MIR sobre la labor en el exterior. Y lo que quedó claro fue que el exilio debía ser una fuerza militante, parte del movimiento popular chileno. Ello llevó a realizar tareas que tenían directa relación con Chile, creando condiciones para apoyar la lucha aquí y asumiendo la necesidad de volver a ese frente". Recuerda Ramón que los desterrados eran muchos "por ello era una fuerza que movilizaba: se hacían campañas por los presos políticos y actividades solidarias diversas. Por ejemplo, organizamos una conferencia sobre el Exilio Mundial donde asistieron personalidades como Cortázar, Galeano, Benedetti".

Pepe transformaba las ganas de volver a Chile en energías para enfrentar mejor esa situación obligada. El objetivo era claro, como expresa Ramón: "Sacarse la modorra, la sensación de derrota y el sentirse inmerso en una sociedad distinta que te va marcando y jodiendo. Había que revertir eso de un modo positivo. Todo a ritmos lentos porque, además, toda la gente tenía problemas para sobrevivir".

Ese año 79, tan lleno de experiencias significativas, terminó con un broche de oro: en noviembre Pepe fue invitado a Cuba, país que no visitaba desde 1971. Desde allí le escribió a Silvia sus impresiones:

"Hace tres semanas que llegué a este hermoso país. Hacía ocho años que no venía y la verdad es que el tiempo no ha pasado en vano para Cuba. Aunque lógicamente hay muchos problemas por solucionar, son muchos más los que están definitivamente superados. Los primeros días me pusieron auto. Ahora tengo que andar en 'guagua' (bus) como todo el mundo. Si bien el tiempo se hace más corto (...) por otra parte me ha servido para conocer mucho mejor. Mucho más de adentro la realidad cubana, ver la reacción y la disposición de la gente".

La llegada de 1980 también trajo hechos gratos. Uno fue el volvere ver a Juan Pablo Cárdenas.

El sueño del regreso

El reencuentro fue casual. Se produjo en Caracas en un Congreso del Pensamiento Político Latinoamericano. "Era un evento gigantesco, quizás el más grande realizado sobre el tema. Con gran sorpresa me encontré a Pepe cubriendo el Seminario. Esta vez consolidamos nuestra amistad", relata el director de "Análisis".

Compartieron una pieza en el hotel y conversaron mucho más abiertamente sobre la Revista y la posibilidad de trabajar allí. Pepe le señaló a Cárdenas que no tenía, en teoría, impedimento legal para volver a Chile, pero que nadie -ni él mismo- había pensado seriamente en la posibilidad de hacerlo porque los riesgos eran muy grandes. Cárdenas le planteó su deseo que se uniera al equipo de "Análisis" y le señaló que esa era una posibilidad para que regresara. "Le dije que tenía que volver a cumplir una labor concreta en periodismo. Pero en ese momento él desestimó la oferta. Sí me dijo que maduraría la idea y que se la comunicaría a su familia, a sus compañeros de partido y a la gente en el exilio", relata. En esa ocasión Pepe también le conversó de su interés por la información internacional y allí surgió el proyecto de que en "Análisis" se desarrollara más la sección con noticias del exterior, que prácticamente por entonces no existía. Recuerda Cárdenas: "En el Congreso mucha gente me señaló que la Revista era interesante y valiente pero que no tenía un sentido americanista. Que había que incluir más información internacional porque a través del análisis de esos temas se podía decir mucho e influir en la política chilena. Todo esto lo hablamos con Pepe y a él le tentó mucho la idea de asumir la tarea".

En esa oportunidad, el director de "Análisis" no sólo se percató de las cualidades periodísticas de Pepe. También tomó conciencia de una característica que después sería de una gran utilidad para sobrellevar el Estado de Sitio de 1984: su gran iniciativa. Cárdenas rememora una anécdota ilustrativa al respecto: "Como sus ingresos siempre se le hacían pocos, él había inventado un negocio: comprar ropa artesanal en México para venderla en Caracas, donde había mucho más poder adquisitivo. Y para ese Congreso, él se la llevó abriendo su maleta de vendedor viajero y ofreciendo vestidos de mujer. A mí desde luego me vendió uno". Señala Cárdenas que esta práctica de "pitutear", de buscarse entradas extras, tan propias de los periodistas, fue también típica en Pepe.

Además de este reencuentro, Pepe vivió ese año 80 otros de sus más ansiados sueños desde que saliera de Chile: estar otra vez con sus padres. Finalmente logró invitarlos a Venezuela. En marzo de 1979, en un viaje de Silvia a Chile, Pepe les había reiterado sus deseos de cumplir esta promesa: "En poco tiempo se cumplen dos años desde que salí de Chile y cuando uno comienza a pensar en la familia, en ustedes, el tiempo se hace realmente largo... Tengo la esperanza de ver luego a Iván y Luciano, a ustedes... Quizás las cosas no sean en tan corto plazo como yo pensé cuando salí o como pensaba hasta hace algún tiempo. Pero no creo que vaya a pasar mucho tiempo antes que podamos estar otra vez juntos... Con Silvia estamos de acuerdo en que una de las primeras cosas, el primer gran gusto que nos gustaría damos, sería poder verlos, traerlos a esta ciudad, estar unos días juntos".

Doña Chela y don Humberto estuvieron cerca de un mes en Venezuela. Pepe los llevó a conocer decenas de lugares. La alegría de sus progenitores, que nunca habían salido de Chile, era infinita: por fin vivían un remanso de paz junto a ese hijo que casi habían perdido.

Si no hubieran viajado ese año 80, los padres de Pepe no habrían tenido la oportunidad de visitarlo en el país caribeño. Porque en 1981 se trasladó a vivir a México junto a Silvia y Alfredito.

México y la decisión de retorno

En el verano de ese año 81, Silvia y su hijo viajaron por segunda vez a Chile. Poco antes se había producido la mudanza a México. Desde el nuevo hogar y a la vuelta de un viaje. Pepe le escribió una larga carta a su compañera. Como ella había debido postergar su regreso a causa de una sorpresiva enfermedad, Pepe estaba ansioso y nostálgico. Con fecha 17 de abril, la carta señalaba en sus partes centrales:

"Es viernes de Semana Santa. Estoy de vuelta en este pequeño y solitario departamento. Llueve y hace frío pero la verdad es que la soledad y el frío son insignificantes al lado de la terrible necesidad de su presencia aquí (...) ¡Cuántas caricias y ansias contenidas! Así es esta vida que hemos elegido y debemos afrontarla con las fuerzas de nuestras convicciones y nuestro inmedible amor (...) Quiero que sepa que estoy optimista (...) He trabajado mucho y pese a las dificultades, las cosas marchan (...) La compañía diaria del Chico Díaz y su valiosa amistad me ayudan de sobremanera y pasa el tiempo. Pero todo eso es más que insuficiente estando usted aún tan lejos. La verdad es que el tiempo juntos, el amor alimentado en vida, en palabras, lecho y besos ha crecido tanto que se hace imprescindible para hacer completo cada día, para que este pequeño departamento tenga vida, para que la vida tenga todo su sentido. Hace un par de días recibí su carta y los dibujos de Alfredito. La leí mientras escuchaba uno de esas cassettes que oíamos juntos en Caracas y que ya casi me saludan de tanto ponerlos. Y mientras leía y releía, era feliz de saber que su amor y de sentir que, al igual que usted a mí, yo también le hago falta en su vida. Mi Silvia querida, dígale a Alfredito que yo también quiero que él venga pronto a México y que incluso he visto los parques y las plazas donde vamos a ir a jugar apenas ustedes lleguen".

Pepe llevaba una misión político-periodística específica a México: refundar la revista "Punto Final" en el exilio. La responsabilidad sería compartida con Mario Díaz, uno de los fundadores de ese medio en el año '66.

El desafío fue exitoso y rápidamente asumido y Pepe fue, en los hechos, el director de la Revista porque Díaz estaba muy enfermo. Según recuerda Jorge Andrés Richards, "era prácticamente el responsable de Punto Final' además de ser encargado del MIR. Era un hecho público que él era el más importante después de Mario Díaz".

Consecuente con su decisión de trabajar en la profesión para ganarse la vida, Pepe consiguió un puesto en el diario "Uno más Uno" de México. Allí escribía en la sección internacional, lo que siguió haciendo al volver a Chile. También se incorporó a la vida gremial a través de la Unión de Periodistas Chilenos, UPECH. Esta representaba a Chile en la FELAP, porque el Colegio de Periodistas en nuestro país aún seguía en manos de dirigentes gobiernistas y no participaba en esta organización.

También seguía en sus actividades solidarias con los pueblos en lucha. Recuerda Silvia: "Fue muy activo en el apoyo a la lucha salvadoreña y también en ese tiempo creó fuertes lazos con Jaime Bateman, dirigente del M-19 colombiano, hoy también muerto. Lo admiraba porque lo consideraba un revolucionario que trataba de conciliar la idiosincracia de su pueblo, con el pensamiento marxista, aunque él no se declaraba marxista-leninista. Pepe lo sentía muy real, muy fuerte, muy valiente. Y muy alegre: le llamaba mucho la atención su intensidad para vivir y creo que eso lo impresionó y marcó mucho".

En México pudo concretar otro de sus más preciados y esperados anhelos: re-encontrarse con sus hijos Iván y Luciano. Estos se fueron a vivir junto a su madre a este país de modo que Pepe pudo por fin hacer vida familiar con ellos. Salían prácticamente todos los fines de semana juntos y soh'an quedarse a dormir en su hogar de Silvia y Pepe. De hecho, fue la primera vez que Pepe pudo realmente compartir con los niños, porque cuando había estado casado con Olivia, Iván y Luciano eran sólo guaguas.

La alegría profunda de ese reencuentro tuvo una contraparte dolorosa: fue la segunda crisis como pareja que debieron enfrentar con Silvia. Ella recuerda que los problemas duraron casi un año y que hasta agosto de 1982 ambos vivieron momentos muy difíciles. Pero también salieron airosos de este nuevo trance. Para el cumpleaños de Silvia, el 24 de agosto de 1982, Pepe -que andaba de viaje por Europa- le escribió:

"No sé si esta tarjeta va a llegar antes que yo. Por si así ocurre quiero que sirva como adelanto para decirle que la quiero mucho y que con seguridad tendremos días mejores. En su voz por teléfono se notaba su estado de ánimo y me sentí muy feliz de saber que en este tiempo le ha sido posible entregar cada vez más de su enorme capacidad y compromiso. En los viajes interminables por los trenes de Europa a menudo me recordé de los días en que nos conocimos, de los encuentros escasos pero intensos en Puchuncaví, de su fuerza y de cómo mi amor se abrió paso en su corazón, de los momentos felices y de los instantes difíciles. Todo formando parte de una intensa vida en los momentos más significativos de mi ya larga existencia. Hemos hecho juntos un largo trecho en el camino y ojalá que este aro que vivimos hoy nos ayude a continuar mejor".

Tal vez la crisis, o la inesperada irrupción de dos nuevos hermanos en su vida, hizo que también Alfredito pasara por un mal período. Un día cualquiera comenzó a pedir a Silvia que le cambiara el apellido y le pusiera Alfredo Carrasco. Pepe supo del incidente a través de una carta de Silvia. En su respuesta le señaló que había que resolver la contradicción del niño pero que por ningún motivo había que intentar borrar la imagen de su padre Alfredo. Agregó: "El sabe que lo quiero mucho, pero sin duda la presencia de Iván y Luciano es lo que hace estar inseguro y buscar cosas para una mayor identificación". Concluía expresando que iba a hacer todo lo posible para que en la relación de ambos, Alfredito recuperara su seguridad, lo que de hecho logró.

A medida que iba pasando el tiempo, el exilio se iba haciendo cada vez más pesado para Pepe. Su carácter jovial impedía que esto fuera notorio pero indudablemente buscaba la oportunidad que le permitiera volver a Chile. Por mucho tiempo su partido esbozó la idea de un regreso clandestino, pero esto no era lo que Pepe más deseaba. No sólo porque lo obligaba a separarse de Silvia y sus hijos, sino porque él era para la lucha abierta. "¡De frente pelea el Buin!", solía decir. En todo caso, la decisión final no estaba en sus manos.

Entretanto, hacía gestiones e iba "tanteando el terreno" para una vuelta con los papeles en orden. Cuando Jorge Andrés Richards regresó a Chile en agosto de 1983, Pepe le pidió que le averiguara si había riesgos o impedimentos para su vuelta. Relata Richards: "Yo viajé a México en febrero de 1984. Entonces le dije que no sabía qué estaban pensando los servicios de seguridad pero que, a simple vista, en el aparato clásico -la lista de aeropuerto, información de la Vicaría, CIME y ésos- no tenía problemas. Otro cuento es, le expresé, que estando acá le pasara algo. El quería saber si podía entrar por el aeropuerto. Lo que yo le averigüé -y para él fue fundamental- fue que podía entrar por la puerta ancha".

Las cosas comenzaron a confabularse de modo tal que su destino fue volver a Chile más pronto de lo que pensaba.

En enero de 1984 volvió a encontrarse por casualidad con el director de "Análisis". Recuerda Cárdenas: "Ya éramos amigos. En esa ocasión le dije que pensara en volver a Chile, que estaban dadas las condiciones porque había una apertura política interesante; que la Revista se había desarrollado y se había dado a conocer y que -por lo tanto- ya no tenía excusas para no integrarse al equipo periodístico nuestro. Además, le dije, la revista te necesita". Añade Cárdenas que Pepe mostró esta vez un interés claro y manifiesto por volver. "Me señaló que incluso le convenía en el ámbito personal porque ya estaba bastante agotado del ir y venir de viajes y que Silvia y sus hijos querían establecerse en un lugar definitivo. Es decir, tenía una presión favorable para el regreso".

Sin embargo, según expresa Juan Pablo Cárdenas, las cosas no fueron fáciles. Los problemas surgieron cuando Pepe confrontó su decisión con la opinión de su partido. "Fue vista con espanto. Nadie pensaba que fuese factible que Pepe volviera en forma legal sin correr riesgos. Pero a quienes le dijeron 'te van a matar', él les dijo: 'sí, es probable pero hay una posibilidad de volver y la voy a ocupar'. Me pidió que yo hablara con la gente del MIR. Yo les reiteré mi posición. También les hice ver que la invitación era al periodista José Carrasco y en ningún caso al MIR. Que era una invitación al amigo que ya había aprendido a conocer y que ello no se podía entender como que ese Partido tendría un representante en nuestra revista". Esto, indica Cárdenas, fue perfectamente asumido por Pepe y sus correligionarios.

El MIR debió rendirse ante los argumentos de Pepe pues él los defendió con pasión. Se decidió su regreso. El hecho marcó una diferencia en la política que había mantenido hasta ese momento ese partido: la gente tan "quemada", es decir con tantos antecedentes como Pepe, debía volver clandestina. Pepe lo hizo en forma legal y marcó una senda de cambio. Señala Martín, un ex compañero de prisión: "El consideraba que volver en forma abierta era una necesidad. Porque el trabajo clandestino y la experiencia que se había hecho en ese sentido era limitada. No era mucho lo que se podía desarrollar. Y creo que en eso el Pepone fue preclaro: cuando todo el partido estaba volviendo clandestino, él fue un activo impulsor del retorno legal. Logró convencer que se podía volver legalmente, que había espacios que se podían ocupar. Cosas en las que el tiempo le dio la razón".

"Estoy arrancando pa' Chile güevón"

Pepe y Silvia comenzaron a preparar el regreso aceleradamente. Decidieron que volverían por separado y que Pepe lo haría primero porque si le impedían el regreso o lo tomaban preso era más útil que Silvia estuviera fuera del país para moverse por él.

Antes de viajar a Venezuela, desde donde partió, Pepe tramitó una corresponsalía en el diario "Uno más uno". El periodista Oscar González, quien vivía en México y trabajaba con él en ese medio, relató la despedida en un hermoso artículo publicado en la revista argentina "El periodista", donde hoy trabaja. La crónica, escrita después del asesinato de Pepe, expresaba:

"Corría 1984 cuando nos enteramos en México de que José Carrasco, a quien conocíamos desde algunos años atrás en ese tradicional cobijo de desterrados latinoamericanos, había decidido retornar a Chile tras ocho años de exilio. Nos pareció resueltamente una locura y así se lo dijimos en la luminosa redacción del diario "Uno más uno", donde por entonces nos encargábamos de la edición internacional. Pepe -a veces también Pepone- sonrió ante los argumentos y prevenciones que desgranamos no tanto para convencerlo de que desistiera de su decisión, sino más bien para tranquilizar nuestro propio ánimo, y se limitó a solicitar la vacante corresponsalía del periódico mexicano en Santiago de Chile. La preocupación que nos roía no era antojadiza (...) Por eso la aprensión al escuchar su anuncio, la felicidad de su rostro: 'estoy arrancando pa' Chile güevón...'".

Ya en Caracas lleno de su optimismo creciente, le escribió a Silvia: "Creo cada vez más que si logramos poner los pies dentro del país nos irá muy bien: podremos trabajar en lo que más nos importa y vivir muy juntos, con dificultades y temores al principio pero felices luego".

Cuando tomó el avión a Lima, donde haría la segunda escala antes del paso final, había emprendido el que sería el más hermoso y largo viaje de su vida: el regreso del exilio. Nunca más tendría que volver a partir a algo más doloroso que el destierro.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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