José Carrasco. Asesinato de un periodista


La captura

Las semanas que siguieron al Golpe fueron de incertidumbre. De dolor. De muertos. Torturados. Detenidos. Desaparecidos. Para Pepe, como para muchos otros de sus compañeros, eran también días de resistencia. De rebeldía frente al derrotismo. De confianza, necesidad y urgencia de revertir la situación. Su perspectiva no era sólo la sobrevivencia. Primero estaba la lucha, el enfrentamiento a la Dictadura para impedir su permanencia o prolongación en el poder. Estaban convencidos que era posible.

En algún lugar de Santiago Pepe permanecía oculto junto a Gabriela. En el MIR había muchos militantes de otros países latinoamericanos que habían llegado a Chile huyendo de la persecución en sus países. La xenofobia desatada tras el Golpe era feroz. El Partido había ordenado a sus militantes extranjeros asilarse e irse. Pero Gabriela decidió quedarse y continuar con Pepe la lucha desde la clandestinidad. Resistiría por segunda vez a una Dictadura. Era preciso tener documentación. Pepe consiguió el certificado de nacimiento de su fallecida hermana Carmen. Para los efectos legales Gabriela se llamaría Carmen Carrasco Tapia. Fueron juntos al registro civil a retirar el carné de identidad temerosos de ser sorprendidos.

Pepe la esperó afuera, hasta que la vio salir sin dificultades. El también había cambiado su identidad. Sus documentos lo identificaban como Carlos Alberto Cortés Pérez. Sus padres preferían no preguntar más allá de lo estrictamente necesario. Entendían lo que estaba ocurriendo. De vez en cuando, una llamada telefónica les devolvía la tranquilidad. En un par de ocasiones pudieron verlo porque pedía ver a sus hijos, que entonces tenían sólo cuatro y dos años. Pepe recurría también a sus viejos amigos periodistas. Osvaldo Muray recuerda un llamado telefónico a La Tercera poco después del Golpe. Preguntaba por nombres de detenidos, pedía las informaciones que no aparecían en la prensa.

A principios del 74 Pepe fue citado a un "punto", un contacto clandestino. No sabía de qué se trataba exactamente. La situación estaba cada día más difícil. Ya habían sido detenidos varios miembros de la Comisión Política del MIR y en diciembre del 73 había caído Bautista von Schouwen, fundador y miembro del Comité Central de su Partido. Agentes de la Dina lo habían sacado desde una Iglesia, la antigua parroquia de los Capuchinos, y su destino era desconocido.

Llegó hasta el lugar indicado, la Plaza Egaña en la comuna de Ñuñoa, a la hora precisa. Observaba nervioso, con desconfianza. Un bocinazo, unas señas y un hombre que le gritaba "súbete", súbete" acabaron con la espera. No se decidía, no reconocía a la persona. "Ya pus Pepone, no seái huevón, súbete". Intuyó que era alguien de confianza por la familiaridad del trato. Era Miguel Enríquez, con su fisonomía completamente cambiada. "Mira debajo del asiento y toma lo que está ahí, es por si nos pasa algo", le dijo. Pepe se agachó y recogió un fusil Aka. Conversaron de la situación política y del partido, de quienes habían caído y de las tareas que tendría que asumir. Pepe había sido ascendido al Comité Central y debería trasladarse a Concepción a reconstruir el Comité Regional. Aceptó la misión. Los argumentos y la convicción de Enríquez lo impresionaron: "Esta lucha hay que continuarla hasta el final. Aunque queden diez miristas en pie seré capaz de volver a subirme a las micros para agitar la política revolucionaria y reconstruir el Partido, porque al Partido no lo van a aniquilar". Años después recordaría aún emocionado ese último encuentro.

A mediados de año partió a Concepción junto a Gabriela. El primer tiempo vivieron en la zona carbonera de Lota, en una pieza pequeña, detrás de la casa de una familia minera. En diciembre se fueron a la ciudad de Concepción. Arrendaron un departamento en los altos de un negocio. Era la primera vez que compartían una casa. Pepe compró madera e hizo los muebles: la cama, una mesa, un par de banquetas. La vida clandestina era muy difícil. Cada mañana salía temprano, manteniendo la fachada de un hombre de trabajo. Durante meses no había conseguido un contacto que le permitiera esperar tranquilo, entre punto y punto. Muchas veces recordó con amargura esa situación. Tenía que dar vueltas y vueltas entre un contacto y otro. Entretanto las malas noticias no paraban. El cinco de octubre Miguel Enríquez había muerto en un enfrentamiento.

Así llegó el seis de diciembre. Daba vueltas en auto haciendo tiempo. Para no llamar la atención se estacionó a leer el diario. Unos policías de Investigaciones se le acercaron a pedirle sus documentos. Todo parecía estar en orden. Seguramente recordó aquella vez en que sorteó a los carabineros cuando viajaba con Cabieses y pensó que nuevamente podría eludir la represión. Sin embargo continuaba preocupado porque uno de los policías revisaba el auto con detenimiento. Pepe no sabía que el control que se le practicaba tenía un por qué. Aunque no lo habían reconocido, se acercaron porque el auto era buscado por haber cruzado una barrera militar sin respetar las órdenes de alto. Pepe ignoraba ese incidente. El auto era prestado. El policía que continuaba revisando encontró debajo del asiento una pistola con dos cargadores. Pepe creyó que aún podía controlar la situación. Les explicó que era un vendedor viajero y que necesitaba andar armado para protegerse. Pero no tenía permiso para portar armas. Fue conducido hasta el cuartel de Investigaciones donde revisaron fichas y antecedentes. "Te pillamos Pepone", le gritaron jactándose, cuando descubrieron a quien realmente habían detenido. Ya no podía hacer nada. Sólo sabía que tendría que callar y resistir por varias horas las torturas que adivinaba antes de entregar la casa: con Gabriela tenían un acuerdo. Si él no regresaba a las tres de la tarde, significaba que lo habían detenido. Habían fijado un mecanismo de contacto para esa hora. Si Pepe no aparecía, ella debería sacar todos los documentos comprometedores de la casa e irse donde unos compañeros que le ayudarían a viajar a Santiago. El, entretanto, resistiría para darle tiempo.

Desde el mediodía, hora en que fue detenido, Pepe calló hasta pasadas las 10 de la noche. Lo subieron a un jeep y lo llevaron hasta la casa. Pensó que las siete horas que había aguantado le daban tiempo más que suficiente a Gabriela para esconderse. Cuando entregó la casa, tenía la certeza de que ella ya no estaría. Sin embargo, al llegar, los marinos fueron recibidos con una ráfaga.

Cuando se cumplió la hora en que Pepe debía llamar y no aparecía, Gabriela fue al contacto que tenían previsto. Estaba desesperada y anunció a sus compañeros que regresaría a su casa, porque si Pepe estaba vivo lo rescataría. Insistió con vehemencia que ella era capaz de salvarlo. Al verla tan decidida, los amigos la encerraron en un baño mientras salían a dar los avisos de emergencia. Cuando se fueron ella arrancó por una ventana. Llegó a su casa y esperó.

Los vecinos del sector relataron meses después a la madre de Pepe el tiroteo. "Los milicos llegaron muy confiados a la casa cuando ella los recibió con una andanada. Algunos pudieron escapar. Otros cayeron. Se replegaron, porque llegaron en una sola camioneta. Después pidieron refuerzos. Se subieron a los techos de las casas vecinas, unos 20 se ubicaron en la casa que estaba al frente. Ella se defendía por todos los costados y los mantuvo a raya durante cuatro horas y media. Según me dijeron, parece que se reservó lo último, porque se sintió una estampida cuando ya no pudo más. No le quedaba más que hacer". Aún preso en Talcahuano, un carcelero le contó a Pepe que en el departamento habían encontrado una carta de Gabriela: "Perdóname mi amor, fue un último intento por salvarte".

Al iniciarse el tiroteo Pepe fue lanzado al suelo del jeep, golpeado y sacado del área de fuego. Por algunas horas sintió la balacera, hasta que fue llevado de vuelta a la Base Naval.

La muerte de Gabriela lo marcó para siempre. Durante los 80 días que estuvo desaparecido, durante los 80 días en que nadie reconocía su detención, durante todas y cada una de las sesiones de tortura que siguieron no habló. Ni un solo nombre salió de su boca.

Cuando pasó a libre plática, al campamento de Tres Alamos denunció los tormentos sufridos en un escueto manuscrito sacado por su madre desde prisión, donde resumía los 45 días que permaneció incomunicado en Talcahuano.

"José Humberto Carrasco Tapia. 32 años. Detenido el 6 de diciembre de 1974 a las 12.15 horas aproximadamente en una calle de Concepción, llevado a Investigaciones, vendado allí y fui llevado a la Base Naval de Talcahuano. Interrogatorio inicial con golpes, luego llevado al Fuerte Borgoño. Desnudado y golpeado con pies y manos, luego amarrados los brazos a la espalda fue colgado de los brazos y golpeado en el estómago. Bajado después de un rato para seguir el interrogatorio, golpeado y luego colgado de nuevo en la misma forma que antes, esta vez con un alambre eléctrico fino amarrado en el pene en la parte posterior del glande luego de desplazar el prepucio, otro alambre amarrado a los dedos de los pies. Mientras se me interrogaba me aplicaban golpes de corriente a través de los alambres amarrados. Terminada esta parte del interrogatorio fui llevado de nuevo a la Base. En la madrugada nuevamente fui golpeado esta vez con patadas de kárate en el pecho, puntapiés en la cara y en todo el cuerpo, amenazado con una pistola en la frente y posteriormente dejado semicolgado en un catre varias horas. Los interrogatorios continuaron por varios días (...)"

A pesar de que estaba impresionado por lo que su cuerpo podía resistir, ya que no perdía el conocimiento mientras lo elevaban a puntapiés, el dolor se hacía cada vez más insoportable. Tenía el cuerpo completamente amoratado, negro, desde el cuello hasta los pies. Pensó que no podría aguantar más. Entonces intentó suicidarse. Encerrado y aislado en una celda rompió un plato y se cortó las venas de las dos muñecas, y con su sangre rayó con consignas las paredes: "Hasta la victoria, siempre". Estaba decidido a morir antes que delatar, pero también había calculado, por las horas de las rondas de los carceleros, que podrían descubrirlo. Eso le daría un tregua para recuperarse. Un guardia lo encontró ya en muy mal estado, pero aún consciente. Estaba lúcido, pero había perdido el control de su cuerpo. No tenía capacidad de reacción ni de movimiento.

Sus carceleros lo necesitaban vivo. Lo trasladaron de urgencia al Hospital Naval. Allí pudo ver a dos médicos que lo atendieron y un sacerdote. El primer médico tras hacerle unas curaciones dio su diagnóstico: "Ya pueden llevárselo". Un segundo facultativo advirtió: "Si se lo llevan así no les servirá para nada más". Abandonado al enemigo, se aferró a la que podría ser una tabla de salvación, un sacerdote que se le acercó . "Padre, me llamo José Carrasco", alcanzó a decirle. "Espérame hijo, vuelvo enseguida", le respondió. Nunca más volvió. Varios meses después, Pepe le explicó a un compañero su decisión de suicidarse: "Ya llevábamos bastante tiempo presos y yo le pregunté por qué esa actitud. Me dijo que antes que vivir con la conciencia cargada de compañeros que podían caer por su culpa, prefería quitarse la vida. Sus carceleros le tenían especial inquina, porque no se había quebrado. Los tipos sabían que tenía contacto con Miguel (Enríquez), sabían que era un viejo militante, una persona muy importante. Sin embargo después del intento de suicidio, el trato cambió. La tortura continuó, pero los marinos le tenían respeto, porque siempre enfrentó con dignidad la represión, y mantuvo sus convicciones con fuerza".

Pocas veces Pepe hablaba de sí mismo. Menos aún de los tiempos de la tortura. Sólo con sus más íntimos compartió, en contadas ocasiones, sus recuerdos de los días de cárcel. A veces recordaba también esos horribles días, riéndose de sí mismo. Era su mecanismo de defensa. En "Análisis", cuando alguien escribía alguna crónica con denuncias por violaciones a los derechos humanos, hacía comentarios, recordando su experiencia. "Fíjate que yo creo que a mí hasta me hizo bien la electricidad, porque me dejó más tranquilo, más lento, más calmado por un montón de tiempo", relataba con risa. De su suicidio también se acordó alguna vez, restándole toda heroicidad. A Nano Cabrera le dijo: "Seré huevón, como ya no aguantaba más las torturas y realmente no me la podía más decidí matarme. Pero en vez de morirme tranquilo me puse a escribir consignas en las murallas y me pillaron y sacaron la cresta por huevón".

A principios del 75, sus padres ya estaban preocupados. Habían pasado la Navidad y el Año Nuevo sin saber nada de Pepe. Ni una llamada telefónica. Comenzaron a hacer gestiones a través del Comité Pro Paz, pero ningún organismo oficial reconocía su detención. Un llamado desde Perú, de su ex esposa Olivia, les confirmó las sospechas. Un ex detenido que había visto a Pepe en Talcahuano había pasado por Lima y avisado a Olivia. Ya era febrero. Sus padres viajaron de inmediato a Talcahuano. La señora Chela recuerda los días de búsqueda en vano. "Nos mandaban de un lugar a otro. En la Base nos dijeron que él nunca había estado ahí. Fuimos a la cárcel y yo me quebré, me puse a llorar y entonces un gendarme me dijo, 'espérese un poquito'. Parece que fue a hablar con los demás detenidos y cuando volvió me dijo: 'Señora el 20 de enero se llevaron a su hijo a Santiago'".

En Talcahuano, la Cruz Roja también había buscado a Pepe. Un preso les había dicho, delante de los guardias, que allí estaba detenido el periodista José Carrasco, que estaba en muy malas condiciones y que si no hacían algo rápido por él, podía morir. La Cruz Roja exigió verlo. Los marinos le mostraron a una persona que lucía en perfectas condiciones físicas. Pepe estaba en otro lugar. En unas dunas, bajo un sol intenso con el cuerpo herido y amoratado, custodiado por guardias. Cuando los representantes de la Cruz Roja se fueron, le levantaron el castigo.

La Dina lo lleva a Grimaldi

El gendarme que se había conmovido con la madre de Pepe, le había dicho la verdad. El 20 de enero, pedido por la Dina, había sido trasladado a Santiago, a la Villa Grimaldi: una antigua casa patronal, donde había funcionado una boite-restaurant y que después fue habilitada como centro de torturas. A su cargo estaba el coronel Marcelo Moren Brito. Uno de los jefes operativos de la tortura era el "Guatón" Osvaldo Romo. Para adaptarla al nuevo uso se construyeron trece piezas de madera, una para mujeres y las demás para los hombres. Los presos las llamaban "Casas Chile". Estas tenían un camarote donde dormían cuatro a seis presos, siempre vigilados.

También se levantaron nueve celdas para incomunicados, las "Casas Corvi", especie de ascensores de un metro cuadrado. Allí los detenidos no podían moverse y debían permanecer de pie. Ubicadas en una torre estaban las jaulas, que eran como nichos a las que sólo se podía entrar acostado y donde los castigados permanecían por días o meses. Eran calabozos de aislamiento absoluto. Una de las cocinas de la casa fue transformada en dos salas de tortura. Todos los presos compartían el mismo baño, frente al cual tenían que hacer largas colas -el promedio de detenidos era de cien- que aprovechaban para reconocerse y conversar. Frente al baño, estaba ubicada la zona de los privilegiados, aquellos detenidos que a consecuencia de la tortura o para evitarla se habían quebrado y colaboraban con los servicios de seguridad.

La vida en Villa Grimaldi, no era vida. Con la vista vendada, los demás sentidos se aguzaban. Para escuchar los autos que salían o llegaban, los compañeros que sacaban o traían. Para distinguir voces, pasos, órdenes, gritos. Gritos de dolor, de locura y a veces gritos que daban fuerzas para resistir. Era difícil sobreponerse a la desesperación de ver llegar a diario a nuevos detenidos. Aterradora la espera de una nueva sesión de tormentos. Desmoralizante ver cómo algunos se quebraban y colaboraban con los torturadores. Pero también habían hechos, gestos y actitudes que le daba sentido a seguir viviendo, cuando los límites entre la cordura y la locura parecían haberse perdido.

Para los militantes del MIR una de las situaciones más difíciles que vivieron en la Villa fue la presencia de cuatro dirigentes que colaboraban abiertamente con la Dina. Les llamaban los "huevos", porque se habían quebrado. De sus detenciones se supo cuando hablaron por cadena de radio y televisión y dos días después ofrecieron una conferencia de prensa en el Edificio Diego Portales. Vestidos con chaqueta y corbata, aparecieron declarando que el Partido estaba derrotado política y militarmente, que había que deponer las armas, y que ellos no habían sido torturados. "Jamás nos han sumergido la cabeza en petróleo ni nos han colgado de los pies. Nuestra experiencia como detenidos es muy distinta de lo que afuera se comenta y magnifica", dijeron. "La visión dramática de la realidad que vive la organización lleva al asilo a muchos que hasta ayer condenaban con energía y máxima dureza cualquier actitud de este estilo. La confusión, la deserción, el asilo, la huida, etc., son expresión fiel del desánimo y el desgaste de la moral de muchos cuadros y militantes", declararon. Los "huevos" entregaron una lista detallada de 73 militantes con sus nombres políticos y cargos, indicando si estaban muertos, presos, prófugos, exiliados o expulsados. En la lista, destacada por la prensa como el "balance del MIR" aparecieron como presos o exiliados varios militantes que engrasan las filas de los detenidos-desaparecidos. Entre ellos Bautista von Schouwen, Julián Radrigán y Luis Carrasco, el Quila.

La actitud de estos cuatro dirigentes no representaba el comportamiento mayoritario de los presos. Había muchos que resistían la tortura y se negaban a proporcionar información. Otros que no consiguieron tolerarla, pero que no por eso se transformaron en colaboradores. Algunos murieron resistiendo, otros sobrevivieron. Entre todos estos, había uno que se distinguía. Los demás presos lo reconocían por su voz, por la forma en que emplazaba a gritos desde una jaula a los "huevos": "¡Traidores. Cobardes! ¿Dónde está el compromiso? Las razones que ustedes aducen para traicionar no son razones. Si tenían discrepancias, ¿por qué no las plantearon frente al pueblo y no frente a los verdugos? ¡Cabrones, podrían vender a su propia madre con tal de salvar el pellejo...!". Quien vociferaba, arriesgándose a volver a ser torturado, era Pepe.

Renato, un ex preso de la Villa Grimaldi, recuerda lo que significaba escuchar estos gritos desafiantes. "Era un gran apoyo moral para continuar resistiendo la tortura. Sentíamos que si había otros capaces de resistir, nosotros también podíamos. Yo no entregué a nadie. Pepe tampoco. Pero él tenía además esa capacidad para interpelar a sus torturadores y enfrentar a nuestros propios compañeros que estaban entregando gente. Eso nos ayudaba a mantenemos. Yo recuerdo al Pepe en la Villa, con su capacidad de poner una primera defensa, una barrera de contención al embate del enemigo en contra de la gente nueva que llegaba e iban a torturar".

Gloria, que también conoció a Pepe a través de sus gritos en la Villa reflexiona sobre el valor de su actitud. "El tuvo un papel muy importante en términos de retomar la perspectiva de la victoria, la perspectiva de la resistencia y la necesidad de salvaguardar al partido como instrumento del pueblo. El, a pesar de todo lo que le había pasado, tenía aún la fortaleza para enfrentar a los detenidos que estaban quebrados colaborando. Constantemente estábamos en una situación límite y tremenda, donde sólo imperaban la tortura y la muerte. En situaciones como ésa, el derrotismo y cosas así encuentran plena justificación, porque están ligadas a tu anhelo de vivir, tu derecho a vivir. Estás en la más absoluta y total derrota ahí dentro: imposibilitado de actuar, en manos de tus enemigos, sin posibilidades de mirar al futuro, con todo un movimiento popular en repliegue. Si te pones con 'sentido común' te estás jugando la vida y todo lo demás se perdió. Y ése era el problema. Había que plantear que no todo estaba perdido, que podía haber una derrota, pero que los partidos no son instrumentos de un par de hombres, sino para los pueblos, su historia. Y esa concepción la transmitía el Pepe, y muchos otros que, como él, resistieron".

Martín coincide con sus ex compañeros de prisión en la imagen que proyectaba Pepe. "Era una persona que irradiaba una fuerza muy grande. Siempre veía lo positivo, cómo mantenerse, cómo tratar de mantener arriba el ánimo de toda la gente. En ese sentido pienso que hay compañeros que cumplen un papel muy importante en esas condiciones extremas, al mantener la dignidad, los valores, y al transmitir eso hay mucha gente que se afirma. Lo característico del Guatón fue no aceptar el atropello. Porque ahí estábamos a merced de ellos, que trataban de quitarte todo resto de dignidad para quebrarte. Y él, en esas condiciones, defendía sus ideas, lo que le significó castigos".

Aferrándose a la vida

Aprovechando las mínimas concesiones de sus carceleros, los presos se las arreglaban para reconocerse, hablar un poco, saber quién era quién, ubicar a los nuevos, averiguar a quién estaban buscando, tratar de mandar información para afuera con los que salían a Tres Alamos, e inventar formas para romper con la lógica de la muerte. Las interminables colas para ir al baño eran siempre muy bien aprovechadas para compartir información que servía para contrarrestar el poder omnímodo de la Dina. Los reclusos se las arreglaban para hacer algunas tareas, como barrer o limpiar el jardín, aunque fuese con los ojos vendados. Eran las únicas oportunidades que se podían aprovechar.

Las "Casas Chile" estaban separadas por tabiques de madera. Ello les permitía conversar de una celda a otra cuando los guardias les daban un respiro. En esas oportunidades trataban de distraerse y jugaban a las adivinanzas, a identificar personajes. Ramón, otro preso, recuerda de esos días un hecho que lo impresionó mucho. "Todos los presos le preguntaban la hora a Pepe, desde todas las habitaciones, y él siempre la daba, y era más o menos real, como después pudimos comprobarlo. Tenía una percepción del tiempo que lo hacía ubicarse en los días y las horas que iban pasando. Eso era muy importante para nosotros, porque era asentarnos un poco en la realidad y mantener algún elemento de normalidad como el tiempo. Era algo que fortalecía, cuando al lado tenías compañeros derrotados o estaban los otros cuatro dando la conferencia de prensa".

Junto a las sesiones de tortura, otro factor angustiante eran las salidas de los agentes en busca de detenidos, que muchas veces eran anunciadas para sembrar mayor pánico y desmoralización. Martín revivió así esas horas: "A veces llegaban y nos decían, 'tenemos al Guatón Gutiérrez y la casa'. Empezábamos a mirar para afuera y había cinco o seis autos, los tipos con armas, pasando balas. Nos quedábamos sufriendo de una manera increíble, esperando. Se producía una enorme tensión hasta que se habría el portón y regresaban los autos. A veces no pasaba nada. Pero, otras veces volvían con gente, entonces había que identificarlos para ponerlos alerta. Nos preocupaba mucho poder darles indicaciones de cómo enfrentar la tortura. Porque cuando uno cae, lo más angustiante es no saber qué va a pasar. Lo desconocido es lo que produce más pánico. Entonces nos preocupábamos de transmitir rápidamente la experiencia acumulada". La solidaridad era muchas veces sinónimo de vida. Continúa Martín: "Eramos capaces de dividir un pan en 20 pedazos para que alcanzara para todos. A mí me impactó mucho un hecho. Había un compañero que lo habían torturado mucho y lo tenían sin agua ni comida. Nosotros salíamos al baño en la mañana y en la noche. En la celda éramos ocho personas. Era muy chica. Sólo podíamos estar de pie o sentados. Y los ocho cuando nos sacaban al baño volvíamos con agua en la boca, no mucha para que no se notara, y se la dábamos al compañero que estaba botado en el suelo".

En Grimaldi también hubo hechos insólitos que, en su momento, fueron dramáticos, pero que vistos desde el recuerdo aparecen como anécdotas tragicómicas. Una de ellas ocurrió cuando cayó Patricio. La Dina llegó hasta su casa y sacó todo como botín de guerra. Al llegar el camión a la Villa llevaron a algunos presos, Pepe entre ellos, a bajar las cosas. Relata Martín: "Entre la carga del camión había unos fusiles Aka, entonces otro de los presos le dijo a la mujer que los vigilaba. 'Jefa, aquí hay unos Aka'. No le creyó y le dijo 'quédate con ellos'. Este insistió en que era verdad, y ella al darse cuenta palideció. Pepe andaba por otro lado descargando unos muebles, pero cuando se dio cuenta casi se murió de rabia. 'Huevón, le decía, teníamos el camión, los Aka'. Siempre lo retó por haber avisado".

La rutina en la Villa también se rompía cuando se anunciaba la salida de presos. Comenzaba nuevamente la incertidumbre. Se sabía que a algunos los llevaban a Tres y Cuatro Alamos. Pero también se sabía que había otro destino. Desde 1974 había compañeros que no volvían, que no aparecían. Pepe había sido sacado a Cuatro Alamos en una oportunidad y luego regresado a la Grimaldi. Por segunda vez lo formaron en el patio junto a un grupo de presos donde les entregaban las pertenencias con las que habían sido detenidos. Por debajo de la venda que le tapaba los ojos vio al lado suyo a una mujer que nerviosamente revisaba su cartera. Era Gloria, que había encontrado en su bolso un papel que podría acarrearle problemas. Temía ser llevada a la Academia de Guerra de la Fach donde permanecían otros presos políticos del MIR. Pepe notó su alteración. "Si tienes algún problema, pásame el papel, yo me lo como", le ofreció. Al escuchar su voz, ella se dio cuenta que se trataba del "loco" que le gritaba a los "huevos". Gloria estaba asustada. "¿A dónde nos llevarán?", comentó con su vecino. "No sé, dijo Pepe, pero peor que esto qué puede haber. Tranquila". A los pocos minutos los subieron a un vehículo. Al ser desembarcados, una voz anunció: "Están en Cuatro Alamos, están incomunicados. Pueden sacarse las vendas".

Los Alamos

El campamento de Cuatro Alamos era considerado un lugar de tránsito, de "recuperación" para los presos antes de pasar a libre plática. Pero no siempre era garantía de vida o libertad. Algunos presos debían volver a Villa Grimaldi para responder preguntas pendientes. Muchos no regresaron. El campamento estaba ubicado en la comuna de San Miguel, rodeado de los árboles que le habían dado el nombre. El recinto, controlado también por la Dina, estaba bajo el mando del coronel Orlando Manzo, un oficial de gendarmería conocido como el jefe "carapálida".

Los presos permanecían hacinados en trece celdas. Pero tenían algo a su favor: sin las vendas habían vuelto a ver la luz. Las piezas estaban distribuidas una al lado de la otra en un pasillo que enfrentaba un patio pequeño cerrado por una muralla alta. Al igual que en la Villa, compartían un solo baño -con cuatro WC y cuatro lavamanos- que también se había transformado en un lugar de contactos. Una de las preocupaciones era llevar la cuenta de los presos, pues ya se intuía a los desaparecidos. En esos días Laura Allende era la depositaria de los nombres. Todos suponían que por ser hermana de Salvador Allende podría salir antes.

Desde una celda a otra se conversaba mucho. Los detenidos se conocían y reconocían con ansiedad. Todos dependían de todos, aunque en una mínima medida. Las distancias eran acortadas a través de un alfabeto de manos. Entre las piezas contiguas se podía hablar, pero sin verse. Las migas de pan tenían un valor insospechado. Recuerda Gloria: "Nos mandábamos regalos que dejábamos en los baños. Eran figuritas hechas con migas de pan que pintábamos con rouge o raspado de pasta de zapatos. Pepe siempre nos mandaba regalos a todas con unas tremendas dedicatorias". Las migas también servían para jugar. Cuenta Arturo: "En Cuatro Alamos yo estaba en una celda al lado de Pepe y ahí nos hicimos más amigos. Jugábamos ajedrez. Dibujábamos tableros con el yeso del techo y hacíamos las piezas con las migas de pan. No nos conocíamos físicamente pero nos reconocíamos por la voz. Un día le vi la cara. Alguien, no sé cómo, metió un espejo a la pieza, entonces lo sacábamos por la ventana para conversar con los compañeros de las otras celdas y nos veíamos las caras".

Hasta el 20 de febrero de 1975, la familia de Pepe no había conseguido ninguna confirmación oficial de su detención. Ese día al ver la televisión se sorprendieron al escuchar a cuatro hombres identificados como dirigentes del MIR que entregaban una lista detallada sobre la situación de 73 militantes de dicho partido. Entre ellos fue nombrado "José Carrasco Tapia, Pepone, suplente designado para la comisión política, preso". Cuatro días después Pepe fue trasladado al campamento de Tres Alamos, donde quedó en libre plática.

La llegada a Tres Alamos tenía un sabor dulce y amargo.

Después de meses se producía el reencuentro con las familias, con el exterior, con una parte de la realidad, una parte de la normalidad. La primera visita que Pepe recibió fue la de su hermano Raúl. Sus padres todavía lo buscaban en Concepción. "Fui el primero en verlo. La impresión fue muy fuerte. Había dejado de ver a Pepe pesando 90 kilos y entonces sólo pesaba 70. De ánimo lo vi bien. Ya había pasado lo peor. Pude verle las marcas de la tortura. Tenía aún los brazos desgarrados por todo el tiempo en que lo habían tenido colgado. Estaba notablemente emocionado y con el cuerpo muy adolorido. Estaba afectado por la muerte de su compañera".

En Tres Alamos también se producía el encuentro con otros familiares. Muchas madres y esposas, que buscaban desesperadamente a amigos y compañeros cuyo rastro se había perdido. Los presos les relataban que habían estado juntos en Villa Grimaldi, en Cuatro Alamos, que los habían visto, que los habían tocado, que habían compartido dolores y cariños. A muchos los habían visto irse, se habían despedido y esperaban encontrárselos allí, en Tres Alamos, pero no estaban.

En la primera semana de marzo, entre las visitas había una mujer joven que preguntaba por su esposo. Había sido detenido en enero de ese año en Viña del Mar. Muchos de los presos lo recordaban porque en la Villa siempre hablaba de su hijito que tenía apenas 18 días cuando la Dina lo había detenido. Alfredo García Vega era su nombre. Quien lo buscaba era Silvia Vera. A Tres Alamos ella iba a visitar a un detenido de Viña que había estado con su esposo una semana antes. Todos los que habían conocido a su marido en la Villa le contaban de él, le entregaban su testimonio y le daban fuerza. Pepe también lo hacía. "Cada vez que fui a ver a mis amigos, a averiguar si sabían algo nuevo, Pepe se acercaba a saludarme, a preguntarme por mi hijo, a darme algunas palabras de aliento, a decirme que fuera fuerte, que había que tener fe, que yo no estaba sola. Me impresionaba mucho ver a este hombre que se veía fuerte, con todo el cariño, la fuerza y solidaridad que entregaba, mientras yo pensaba que debía estar muy destrozado por dentro, tal como estaba yo. El ya sin esperanzas, porque su compañera había muerto. Yo todavía confiaba en encontrar a Alfredo. Era capaz de darme fuerzas, estando preso, y después de haber sido salvajemente torturado".

En el nuevo campamento los presos tenían las posibilidades de organizarse y desarrollar actividades para sobrellevar la rutina del encierro. La dirección de los reclusos descansaba en el "Consejo de Ancianos", donde estaban representados todos los partidos. Se organizaban comisiones de solidaridad, de cultura y deportes, entre otras. Se montaban obras de teatro, se hacían campeonatos de baby fútbol y mucha artesanía.

Los partidos políticos tenían su dinámica interna propia. El mayor margen de libertad de que disponían en la nueva prisión les permitía reunirse, conversar y evaluar. Pepe era el jefe del MIR en Tres Alamos y, según sus compañeros, fue el "arquitecto de una concepción para reconstruir el Partido en prisión". La tarea no era nada fácil. Se había producido un intenso debate a partir de las conductas que habían tenido los militantes frente a la tortura, había que fijar criterios que permitieran reorganizarse, y no se tenía ninguna experiencia al respecto. Martín recuerda: "Por esos días hicimos una especie de Pleno que fue muy importante. En Tres Alamos había algunos miembros del Comité Central, entre ellos Pepe, y otros directivos que llegaron desde la Sifa en tránsito a la cárcel. Se hizo una evaluación del partido, de la situación en los distintos campos de prisioneros y fijamos algunos criterios sobre el tipo de organización a crear y cuáles serían las características de la militancia en prisión".

Ramón, un militante de base que veía el proceso desde afuera, recuerda que la situación era bastante delicada. "Los diversos comportamientos unte la tortura de los compañeros, sumado a la actitud de 'los cuatro', obligaban a asumir a cabalidad lo que era el compromiso partidario para conducir los nuevos enfrentamientos que, desde la cárcel -como puesto de lucha- había que empezar a desarrollar. Pepe tenía una gran firmeza y flexibilidad para entender los problemas. Firmeza en los principios y actitudes, y flexibilidad para entender esos principios y actitudes en función de las realidades que se iban presentando. No se podía acusar en general a cualquier compañero de traidor a la causa del pueblo, sin antes conversar con ellos, de sus motivaciones, de lo que habían entregado, de lo que habían callado. Pepe asumió esa tarea. El era respetado por el comportamiento que había tenido ante la tortura. Era eso lo que lo legitimaba como miembro de la dirección al interior de la cárcel".

En la discusión surgieron criterios drásticos para analizar la conducta de los militantes. Pepe hizo una proposición que fue recogida. Relata Renato: "Planteó que aquel que en la tortura había entregado a compañeros era merecedor de una crítica muy severa y de una sanción orgánica que le permitiera reconocerse en un nivel distinto; que tenía que seguir siendo miembro del partido todo aquel que, aun entregando recursos u otros compañeros, lo hubiese hecho contra su voluntad; que todo aquel que sin haber sido torturado hubiese entregado gente no sería más miembro del partido; que todo aquel que incluso habiendo sido torturado hubiese entregado información, en disposición de colaboración con el enemigo, no podía ser miembro del partido. Y que la categoría de traidor se le aplicaría sólo a aquellos que voluntariamente habían entregado información al enemigo". Los resultados de la discusión se redactaron en un documento que se envió clandestinamente a otras prisiones. Para Martín las conclusiones del Pleno estuvieron muy relacionadas con un proceso de madurez que se dio en todos los militantes a partir de la experiencia que les había tocado vivir. "Cuando uno se enfrenta a la represión, a la tortura, se empieza a tener una percepción distinta de la vida, porque haces una revisión de lo que eran tus relaciones personales, afectivas. Todos estos problemas que te planteas en esta situación extrema, en que rescatas los valores importantes, permiten una reflexión mucho más amplia. Esto fue muy positivo porque creo que ahí el partido maduró. Eso es muy importante para ver la política. La ves desde otra perspectiva, más amplia, abres tu horizonte. Hay cosas que se reafirman como fundamentales, y se entiende que todo este proceso tiene como centro al hombre, y que si no somos capaces de comprender la dimensión del hombre, no estamos cumpliendo con el objetivo central".

En abril de 1975, un número importante de presos de Tres Alamos fue trasladado al campo de prisioneros de Puchuncaví.

Melinka de Puchuncaví

En la Quinta Región, cerca del balneario de Maitencillo está ubicado el pueblo campesino de Puchuncaví. Allí, 25 cabanas construidas originalmente para veraneos populares fueron cercadas con alambres de púas entre los años 1974 y 1976. Dieron origen al campo de prisioneros conocido como Melinka de Puchuncaví. Los detenidos que pasaron por allí oscilaron entre los 200 y los 260. Llevados desde Tres Alamos y otras prisiones, permanecieron hasta noviembre de 1976 bajo el control de infantes de Marina.

La rutina de cada día tenía cierta organización militar. Había formación diaria y se pasaba lista. Sin embargo, los presos disponían de la mayor parte del tiempo para desarrollar actividades que ellos mismos organizaban. Hicieron escuelas de alfabetización, economía, política, de acuerdo a los intereses y a los conocimientos de los reclusos. Entre ellos había intelectuales, obreros, destacados dirigentes y anónimos militantes. Los partidos tenían su organización interna y se coordinaban en una dirección única al interior del campo: el Consejo de Ancianos.

El sentido de estar organizados y mantenerse en actividad no era sólo el de distraerse o "matar el tiempo", cuenta Renato. "Había una necesidad de generar actividad permanente para mantener la cohesión del colectivo ante las provocaciones y actitudes represivas que mantenía la Infantería de Marina. Los tenientes a cargo de los presos se rotaban una vez a la semana, y cada uno traía un criterio distinto. Algunos querían intervenir en la vida interna del campamento, otros no se metían, otros querían imponer más disciplina. Entonces era una lucha constante por mantener cierta autonomía, por impedir que intervinieran en nuestras actividades".

Cada mañana tomaban desayuno, todos juntos, y luego de la formación se disgregaban en las distintas actividades programadas por los comités de cultura, deporte o solidaridad. Los días viernes había actos culturales que se preparaban durante el curso de la semana. Dentro del campamento había un almacén donde se compraban los diarios y también se podía hacer encargos de compras especiales al pueblo. Para complementar la escasa y manipulada información que traía la prensa nacional, los presos crearon un sistema de radio-escuchas. Estaba prohibido tener radios de onda corta en el campamento, pero un grupo de expertos se las ingenió para escuchar las noticias de Chile que se transmitían en el exterior. Era una alternativa para mantenerse informados. Cada día preparaban un boletín con las noticias más importantes que lograban captar y las distribuían entre las distintas cabanas. A su vez, los familiares en las visitas les llevaban y traían noticias de los presos políticos de otras cárceles. Así se vinculaban con el Chile del otro lado de los alambres de púas.

El deporte era una actividad que despertaba mucho interés. Los más atletas practicaban fútbol, baby o basquetbol, entre otros. Los mayores se dedicaban al ajedrez u otros juegos de mesa. En Puchuncaví Pepe se reencontró con el basquetbol y volvió a apasionarse como en su época de estudiante. Andrés, un joven preso, recuerda lo impresionado que quedó al verlo jugar: "Era bueno, se notaba que había jugado en la época de colegio. Sabía. Era cabeza de un equipo, entrenador, arbitro y jugador. Conocía la jerga. Era lento, porque estaba gordo y tenía pie plano, pero se ubicaba. Tenía buena puntería y peleaba los puntos". Renato cuenta que "era el único lugar donde se picaba, le ocurría cuando se hacían campeonatos por cabana de acuerdo a los colores, roja, rosada, verde, amarilla. Como era bueno, tiraba de lejos, se ponía 'cuatiquero', entonces los demás, cuando iba corriendo, le agarraban el poto y saltaba furioso, exigiendo seriedad en el juego".

En prisión Pepe se relajaba mucho haciendo artesanía. Generalmente escogía trabajos complicados que después regalaba a su familia. A sus hijos les hizo unos Cuatro, instrumento musical parecido a la guitarra, del folklore venezolano. Se consiguió con unos viejos militantes comunistas, mas expertos que él en los trabajos manuales, unos moldes y mandó comprar madera. "Se pasaba todo el día cepillando con lija los Cuatro, en las reuniones, en todas partes, nos tenía aburridos", recuerda Renato. A su madre le hizo un sol azteca con yeso que mandó a comprar al pueblo, aprovechando unos moldes abandonados por otros artesanos. También incursionó en los trabajos de telares y hueso. Sus padres iban a Puchuncaví todos los fines de semana. Una amiga les había prestado una casa en Quintero a donde llegaban cada viernes para regresar los domingos a Santiago.

Andrés recuerda que "se notaba que se querían mucho. El papá era igual a él, estaban horas conversando y el Pepe los presentaba a todos. Eran amigos de casi toda la gente, eran como los papas de todos".

En Puchuncaví, Pepe destacaba como dirigente entre los presos. "Conversaba mucho con la gente, con toda la gente, y no sólo de política. También conversaba con los comandantes que se iban turnando. Estos lo veían como dirigente, se le acercaban para advertirle cosas, o para pedirle algo. Ellos también percibían que era un líder. Era respetado por todos, incluso por los carceleros, excepto por aquellos que eran siempre 'perros'. A mí siempre se me acercaba y me preguntaba por mi familia, que dónde estaban, si pensaba volver con ellos cuando saliera. Se preocupaba por los demás. Cuando yo llegué a Tres Alamos, me acerqué a él porque era al único que ubicaba. Y él se las arregló con alguien de las visitas para que le avisaran a mi familia", relata Andrés.

Revolcándose de dolor

En julio de 1975, los presos de Puchuncaví lloraron. Se revolcaron de dolor en el suelo. De impotencia. De ira.

Al recoger los diarios en el almacén y leer los titulares enmudecieron. Leyeron con horror: "Exterminan como ratas a miristas"; "Feroz purga entre marxistas chilenos"; "Extremistas chilenos se matan entre ellos"; "Miristas asesinan a 60 de sus compañeros"; "Sangrienta vendetta interna hay en el MIR"; "Matanza entre miristas deja al descubierto burda maniobra contra Chile".

El 18 de julio, desde Buenos Aires, la revista "Lea", en su única edición, informó que cerca de "60 extremistas chilenos han sido eliminados en los últimos tres meses por sus propios compañeros de lucha, en un vasto e implacable programa de venganza y depuración política". Se entregaban los 60 nombres completos -dos nombres y dos apellidos- de las víctimas. Días después otra lista era publicada por el desconocido diario brasileño "O'Día". Allí figuraban otros 59 nombres de "extremistas chilenos, muertos, heridos y evadidos, identificados en recientes encuentros con fuerzas policiales argentinas". Las dos publicaciones habían sido inventadas con el solo propósito de publicar la "noticia".

Los 119 nombres, en su mayoría estudiantes, 101 de ellos hombres y 18 mujeres, correspondían a personas detenidas por la DINA entre 1974 y 1975, y por quienes se habían presentado recursos de amparo. Había incluso cuatro casos en que el gobierno había reconocido oficialmente las detenciones.

Detrás de muchos nombres, los presos de Puchuncaví recordaron rostros de amigos, compañeros con quienes habían compartido días de cautiverio, en Villa Grimaldi, la casa de tortura de Londres, la de José Domingo Cañas. También estaban los nombres de viejos amigos que habían dejado de ver desde el Golpe. Leían con desesperación los diarios, repasaban una y otra vez las listas de nombres. No querían creerlo. El comentario era generalizado: "Están matando a nuestros compañeros". Se descifraba así parte del enigma de los desaparecidos.

El dolor no podía transformarse en resignación. En lamentos. Había que hacer algo. "Había un imperativo moral muy grande, dice Martín. No podíamos permitir que la Dictadura montara una farsa de esa naturaleza y nosotros quedarnos callados". Renato recuerda haber visto a Pepe indignado, excitado horas después de conocerse la noticia. "Decía que era imperdonable no hacer algo. Entonces junto a otros se le ocurrió hacer la huelga de hambre. Porque Pepe tenía una característica que lo llevó a la muerte: no podía vivir si no tenía la conciencia tranquila".

Afuera, los familiares de los 119 y de todos los detenidos desaparecidos estaban destrozados. Cuando la noticia salió en los diarios se agolparon en las oficinas del Comité Pro Paz. El ambiente que allí se vivía era desgarrador. Algunos familiares se desmayaban. Se sentían los gritos de dolor. Algunas mujeres se golpeaban la cabeza contra las murallas. Silvia Vera recuerda que en la búsqueda de su marido Alfredo García se enteró de las listas. "Estaba en el Servicio Nacional de Detenidos, Sendet, preguntando nuevamente si se sabía algo de Alfredo. Una compañera me dijo que no siguiera preguntando, que nos fuéramos al Comité Pro Paz, que había una lista terrible. Yo conocía la de los primeros 60 nombres, y le dije que Alfredo no figuraba en ella. Ella me contó entonces que había una segunda lista con otros 59 nombres. Tomamos un taxi y nos fuimos. En el Comité ya estaban chequeando los nombres. Mis amigas, esposas de otros compañeros detenidos con Alfredo, dieron sus nombres y no aparecían. Yo di el nombre de Alfredo, con la casi absoluta certeza de que tampoco iba a aparecer. La persona se demoró un poco en responder y preguntó: '¿Alfredo Gabriel?'. Sí, respondí. 'Está en la lista', me dijo. Por un instante fue como estar muerta. Me sentí absolutamente vacía. Me dieron un calmante. No pude hablar. No lloré. Me trajeron agua y los diarios y vi La Segunda con su titular que nunca pude olvidan 'Se exterminan como ratas'".

En Puchuncaví, la dirección del MIR se reunió y Pepe planteó allí con fuerza la necesidad de denunciar el montaje del régimen con una huelga de hambre, cuenta Martín. "El Guatón cumplió un papel fundamental en la realización de la huelga, porque era un momento muy difícil. Estábamos en un campo de concentración, y tomar esa decisión significaba asumir la responsabilidad histórica de lo que pasara. Hubo grandes discusiones. Las opciones eran de que pudiéramos realmente realizar el movimiento sin que pasara nada, o que algunos compañeros fueran asesinados". Renato recuerda que Pepe le preguntó su opinión. "Le dije que lo más probable era que nos fuéramos todos 'al piso', pero que si no lo hacíamos, no valía la pena vivir. Se hizo una evaluación del momento político, de la correlación de fuerzas nacionales e internacionales, ¿el aislamiento de Pinochet. Pensamos que era muy difícil que Pinochet cargara con una matanza de presos políticos y que por lo tanto era factible ¿ar una respuesta como la que nos proponíamos. Se empezó a hacer reuniones de célula para intentar una respuesta rápida. Se discutió con los otros partidos. Algunos se sumaron. Otros decidieron no participar, planteaban que en la cárcel había que resguardar los cuadros. Nosotros siempre entendimos la cárcel como un frente de lucha y nos interesaba mucho lo que los presos, en estas cuestiones de derechos humanos, pudieran hacer".

Después de tomar la decisión se esperó hasta el día antes de la huelga para consultar al resto de los presos. Había que evitar filtraciones. La noche de la víspera, los presos caminaban en grupos, discutiendo, consultando. Se eligió una dirección para encabezar la huelga, distinta a la dirección del partido. Se dejó a algunos militantes afuera para que manejaran las comunicaciones con los familiares, porque suponían que iban a ser aislados.

Un paso al frente

El 25 de julio de 1975 fue un día asoleado. A las 11 de la mañana los dirigentes de la huelga se dirigieron a la oficina del oficial de guardia del Campamento de Puchuncaví a entregar una carta firmada por 98 presos. Ahí comunicaban que "a partir de este mediodía nos abstendremos de consumir todo tipo de alimentos a excepción de agua, como una forma de protestar ante la matanza de compañeros que estuvieron detenidos en Villa Grimaldi y otros centros de tortura, de lo cual la mayoría de los presos políticos que estamos en Puchuncaví hemos sido testigos, y que ahora se hace aparecer como muertos en purgas internas fuera del país".

Un oficial los hizo pasar y leyó la carta. Todos estaban muy nerviosos. Sabían lo que estaban arriesgando, pero ya lo habían discutido hasta el cansancio. Estaban convencidos de lo que hacían. Al concluir la lectura, el oficial levantó la vista y les preguntó si se trataba de una broma. Recuerda Renato: "Le dijimos que no, que en Chile se torturaba, que se estaba haciendo una masacre y que estábamos decididos incluso a morir si el Gobierno no nos entregaba una respuesta". El oficial los despidió lacónicamente: "Se pueden retirar".

Afuera, los demás presos esperaban nerviosos. Al verlos salir suspiraron con un poco de alivio. El ambiente seguía cargado de tensiones. Imaginaban que habría una respuesta. Probablemente una represalia. A la hora del almuerzo los 98 huelguistas no concurrieron a los comedores.

Tal como lo esperaban, un rato después comenzó el movimiento. Se sintieron autos que llegaron raudos. Traían una comitiva encabezada por el comandante Soto Águila, de la Marina. Todas las alarmas del campamento comenzaron a sonar y los 200 presos fueron formados en una cancha. Recuerda Renato: "Pepe se me acercó. Estamos jodidos, pensamos. Me dijo: 'Si aquí nos van a matar, yo me hago responsable. Los dirigentes del Partido saldremos adelante, ustedes quédense atrás. Diremos que nosotros los mandamos'. Yo le dije que cómo se le ocurría plantear eso, que los dirigentes de la huelga íbamos a asumirla porque ya nos tenían identificados y que no tenía sentido mostrar a la gente que era más capaz".

El comandante Soto Águila comenzó a hablarles duro. Los presos permanecían formados en silencio rodeados por los infantes. "Esto es un improperio a Chile, un acto deleznable. Los desaparecidos son patillas de los comunistas y ustedes lo que quieren es salir en la radio Moscú. Esto, el Gobierno lo va a silenciar. Procederemos de acuerdo al Código de Justicia Militar. Si deponen su actitud no habrá represalias. Tienen diez minutos para pensarlo". El comandante rompió la declaración de huelga y esperó.

Andrés: "Fue un momento terrible. Ahí se produjo la diferencia entre firmar el papel y dar el paso adelante. Nos querían quebrar porque pensaban que la mayoría estaba presionada por un pequeño grupo".

El comandante retomó la palabra: "Yo sé que no todos ustedes están de acuerdo. Los que estén de acuerdo, un paso adelante".

Renato: "Pensamos que nos iban a llevar a la cancha de fútbol y nos iban a matar, o que nos iban a tirar a los alambres de púas, como lo habían hecho una vez".

Andrés: "Después de unos segundos miré a mi mejor amigo y dimos el paso. Estábamos cagados de susto".

El Comandante sorprendido vio cómo lentamente más de 90 presos rompían las filas. Los primeros fueron los dirigentes. La mayoría de los firmantes ratificó en ese momento su decisión. Algunos se arrepintieron. Otros se sumaron. Al final, el grupo había crecido: más de la mitad del campamento se integró a la huelga.

Los huelguistas fueron aislados en un sector de cabañas deshabitadas. De tanto en tanto un guardia los visitaba: "Los que quieran, pueden salir a comer", anunciaba. La primera noche sintieron mucho miedo. Encerrados, escuchaban el movimiento de camiones y, se imaginaban lo peor. Para contrarrestar el susto cantaban. Martín: "Esa noche hicimos un acto cultural absolutamente 'puntudo'. Cantamos todas las canciones que se nos ocurrió. Recitamos a Guillén. Fue muy importante, incluso los guardias se impactaron: algunos nos tiraron cajetillas de cigarrillos".

Andrés: "A la mañana siguiente mandaron a tres tipos especialmente dedicados a nosotros. Nos despertaban y ofrecían suculentos desayunos, lo que era absolutamente ineficaz, porque después del tercer día habíamos superado el hambre. En la noche nos cortaban la luz para que no pudiéramos calentar agua. Alguna gente que no estaba en la huelga se las arreglaba para tirarnos cigarros y paquetes de azúcar. También teníamos leche para los enfermos de úlcera. Todos los días se repetía la presión. Cada noche llegaba el comandante, el teniente Villalón, y nos largaba el mismo discurso: 'Aquí no se acecta la solidaridad (sic). Si alguno tiene algo que decir, que declarar, si conoce a alguien de las listas, debe hacerlo en forma personal, elevar una solicitud a la comandancia y decir qué pasó con esa persona. Ahora bien, si no es pariente del afectado no puede hacerlo. Sólo se acectan solicitudes de parientes directos. La solidaridad no se acecta'".

Las palabras del teniente Villalón se habían transformado en rutina. Nadie les hacía mucho caso. Incluso les causaban risa. Más de una noche alguien las respondió. Una vez lo hizo Pepe. Cuenta Andrés: "Hizo un discurso de como 20 minutos, que a todos nos subió el ánimo. Habló del significado de la solidaridad, de los compañeros desaparecidos, de la represión, de las causas porque los compañeros habían desaparecido. Dijo que, estando presos, lo mínimo que podíamos hacer era exigir una respuesta, tener una actitud solidaria con esa gente para saber qué había sido de ellos. Que era lo natural, lo que se podía esperar de los hombres. Fue muy profundo y claro. Mucha gente se emocionó. Después de esa noche el teniente Villalón no volvió mas. Se dio cuenta que no podría convencemos. El no era tonto, los argumentos de Pepe también lo tocaron. Yo creo que no fue más para protegerse de las palabras de Pepe, o de otra persona que pudiera haberle dicho algo parecido".

Los huelguistas aislados no sabían si el ayuno estaba teniendo repercusiones. Confiaban en que la declaración de la huelga hubiera alcanzado a salir del campamento porque la primera represaba fue la suspensión de las visitas. La debilidad de sus cuerpos aumentaba en la misma medida en que su mística crecía. Entre ellos había un compañero enfermo de un soplo al corazón que tuvo problemas respiratorios y lo sacaron. Lo mismo había ocurrido con otros enfermos de úlcera. Eran las ocasiones en que aprovechaban de interrogarlos sobre los "cabecillas" del movimiento. Cuando se recuperaron pidieron volver. Los infantes de marina se impactaban, cada vez que alguien era sacado en camilla y después regresaba a la huelga.

Sin saberlo, los presos estaban consiguiendo los objetivos que se habían propuesto. La información había alcanzado a salir desde Puchuncaví. En el Comité Pro Paz los familiares de los 119 y de los detenidos que no aparecían se sintieron acompañados, valoraron el gesto como el más precioso regalo que les pudieran obsequiar. Cuenta Silvia: "Nos enteramos y una pequeña tibieza surgió en nuestros corazones al no sentimos solos. Pero al mismo tiempo sentíamos un hielo muy grande, porque aun cuando no teníamos la certeza de que nuestros compañeros desaparecidos podían estar muertos, teníamos un miedo muy grande de que pudiera ser así. Y teníamos miedo también por los compañeros que hacían la huelga de hambre. Sabíamos que arriesgaban sus vidas. Estaban en las peores condiciones, metidos en un campo de prisioneros".

El caso de los 119 causó alarma pública. La huelga de hambre contribuyó decisivamente a ello. Ante las evidencias de la infamia, la prensa comenzó a editorializar pidiendo al Gobierno una explicación satisfactoria. La Iglesia intervino apoyando a los familiares de las víctimas. El General Pinochet se vio obligado a enfrentar públicamente la situación. El 20 de agosto junto con afirmar que ese tipo de noticias se usaba para atacar al Gobierno como parte de una campaña destinada a crear una falsa imagen de Chile, anunció que había dispuesto una investigación de los hechos. Sus resultados nunca se conocieron.

La huelga de hambre duró ocho días. Los presos consideraron que habían conseguido su objetivo: el régimen no pudo explotar la farsa de las listas y se vio obligado a anunciar una investigación.

Las represalias contra los huelguistas se produjeron un mes más tarde. A los dirigentes del movimiento los castigaron enviándolos a otros campamentos. Andrés recuerda que el día antes del traslado se despidió de Pepe en una significativa conversación: "Hablamos de lo que debía ser la vida del campamento. Fue muy alentador. Nos dijo que no perdiéramos la dignidad que habíamos ganado, muchas cosas que habíamos conseguido luchando. Que nos mantuviéramos firmes. El no sabía a dónde se lo llevaban. Era una época en que todavía desaparecía gente. Eso fue lo especial de la conversación. Que él sin saber a dónde iba, se fue preocupado de nosotros".

Al concluir la huelga de hambre, los familiares de los 119 recibieron un mensaje: que fueran a recoger los escritos de los presos que darían testimonio de haber estado detenidos junto a los suyos. A Silvia le avisaron que fuera a Puchuncaví. Había un preso encargado de recoger todos los testimonios y entregárselos de forma tal que no la descubrieran al revisarla a la salida. Era Pepe. No se veían desde abril de ese año en que Silvia había dejado de ir a Tres Alamos. Ella vivía en Viña y visitaba con mayor frecuencia a los presos de la cárcel de Valparaíso, amigos y compañeros de Alfredo. "Volví a conversar con él, a sentirlo cerca, a darme cuenta de lo honesto que era, que seguía luchando, que superaba el dolor a pesar de la muerte de su compañera y de tanta gente con quien había compartido su vida e ideales. Me volvió a dar fuerzas. Me dijo que había que seguir adelante, que íbamos a lograr saber de ellos, que aunque no aparecieran con vida, alguna vez habría justicia y que todos éramos una gran familia".

En octubre de ese año, Pepe fue sacado nuevamente de Puchuncaví junto a otros nueve militantes del MIR. No sabían a dónde los llevaban y para qué los sacaban. Fue durante un día de visitas. Se produjo un gran despliegue policial. Hasta el campamento llegó una micro de Carabineros, dos radiopatrullas, un furgón y dos motoristas. Llamaron a formar a diez detenidos y les indicaron que tenían que preparar sus equipajes: ropa, frazadas, todo. Otra vez la tensión, el sobresalto, la angustia de no saber qué vendría después.

Martín revive esas difíciles horas. "Nos hicieron subir a la micro y sentarnos separados, con guardias adelante y atrás, apuntándonos con las balas pasadas. No entendíamos qué ocurría. La caravana de autos partió. Cuando llegamos al cruce de los caminos a Santiago y Valparaíso, el bus se fue hacia el puerto. Nuestro destino final era la cárcel. Recién al llegar nos aliviamos un poquito. Ahí nos enteramos que nos habían sacado del campo para ir a declarar a los tribunales, a ratificar nuestros testimonios sobre "Los 119', porque se había nombrado un Ministro en Visita para investigar el caso de ocho desaparecidos de Viña. El encuentro con los otros presos políticos fue emocionante". Una vez pasadas las tensiones, se producían nuevamente los impulsos de audacia. "Me acuerdo, dice Martín, que un día nos llevaron desde la Cárcel al Juzgado en un bus de recorrido. Nos llevaban a mí y al Pepone, esposados, con cuatro gendarmes. El guatón me decía: 'arranquemos, arranquemos'".

Pepe prestó declaraciones ante el Tribunal, y dijo haber visto en Villa Grimaldi entre el 30 de enero y el 15 de febrero de ese año a Fabián Ibarra, Alfredo García, Carlos Rioseco Espinoza y María Isabel Gutiérrez Martínez. Durante su estada en la cárcel de Valparaíso volvió a ver a Silvia, y le contó que había declarado en el caso de Alfredo. Volvieron a conversar y darse fuerza. Pepe regresó a Puchuncaví. Pasaron los meses y terminó el año, entre visitas, expectativas e incertidumbres. Los presos de los campamentos no tenían proceso en los tribunales, sólo permanecían encarcelados en virtud del estado de sitio declarado en el país.

Para los familiares de los detenidos-desaparecidos la vida transcurría en medio de la búsqueda, las consultas en los organismos oficiales y las visitas a los presos. Las esperanzas se iban debilitando. Los recursos de amparo eran rechazados, las detenciones continuaban siendo negadas, a pesar de las innumerables evidencias y testimonios.

"Volver a los 17"

Así llegó mayo de 1976. Un preso de la cárcel de Valparaíso le pidió a Silvia que le llevara un regalo y un mensaje suyo a José Carrasco a Puchuncaví. Silvia no dudó en hacerlo. Las visitas en Puchuncaví eran más largas que en los otros penales. Eran todos los días desde las 13.30 hasta las 17.30 horas. Pepe y Silvia pasearon por el campamento y se contaron sus vidas. Comenzaron a hacerse más amigos, más cercanos. Relata Silvia: "Me recibió como siempre, nos abrazamos fraternalmente. Nos unían tantas cosas. Le entregué el regalo y el mensaje y nos pusimos a conversar. El me contó cómo había caído y desde cuándo inició su opción. Yo le hablaba de mi hijo, de lo que hacía, mis clases, de lo destrozada que estaba. Volví a verlo cinco o seis veces en que seguimos compartiendo lo más grande de nuestras vidas. Para mí, Alfredito y la pérdida de mi compañero. Ya había pasado un año y medio de su desaparición y yo perdía las esperanzas de que estuviera vivo después de las horrorosas listas. El me contó de su compañera muerta, de sus hijos que estaban en Lima, del valor y fuerza de muchos presos que no aparecieron, entre ellos Alfredo".

Con el paso del tiempo, Pepe y Silvia sintieron que les hacía bien estar juntos, y que iba naciendo algo distinto al cariño fraternal, a la solidaridad. No se atrevían a plantearlo. Un día Pepe lo hizo. "Silvia, quiero hablar contigo, de algo muy personal. Siento que mi cariño hacia ti ya no es fraternal. Siento que me enamoré de ti. Siento mi corazón como en la canción de Violeta Parra, siento que volví a los 17", le dijo. Silvia lo miró y le respondió que le pasaba lo mismo. Se dieron la mano y caminaron largo rato sin hablar. Después se prometieron que serían compañeros ."No sabíamos cuál sería nuestro futuro, dice Silvia. Sentimos que nos queríamos, que nos necesitábamos. Que quizás él podría estar días, meses o años preso, pero había nacido algo hermoso en medio de la muerte, en medio de la desesperanza y había que admitirlo.

No había por qué rechazarlo porque era vida e íbamos a vivirlo, como se fuese dando". A la visita siguiente Silvia se preparó para ver a su compañero. Llevó algunas cosas para tomar once juntos. Se abrazaron y besaron y sintieron que no traicionaban a nadie, porque lo que entre ellos nacía era justo y limpio. Pepe le dijo que quería conocer a Alfredito. "Tiene que empezar a sentir que lo quiero como su padre", le expresó.

Silvia esperó con ansias el siguiente encuentro. "Fui con ilusión, contenta, me arreglé especialmente. El también se había arreglado con su mejor ropa, una parka azulina. Estaba bien peinado y con olorcito a colonia. Me recibió con un abrazo. Fui la primera de las visitas en llegar esa tarde". Pasearon con esperanza por el campamento. Cinco infantes de marina los interrumpieron. "La señora se tiene que retirar", ordenaron. Pepe se molestó y exigió explicaciones." Lo siento, usted es un prisionero político y aquí mandamos nosotros", le respondieron con prepotencia y a la fuerza los separaron.

Silvia fue conducida a la sala de guardias y durante horas interrogada sobre los presos a los que visitaba. Revisaban el libro de visitas y le preguntaban, una y diez veces. Después de cinco horas y de tomarle todos los datos le ordenaron irse. "Salí muy asustada pensando que me dejaban ir para después detenerme y hacerme desaparecer. Permanecí horas en el paradero frente al campamento, mientras la mayoría de los presos me miraba de detrás de las rejas, como cuidándome. Vi a Pepe entre todos, era el que me hacía más señas. Todos me hacían señas hasta que me subí al bus. Cuando volví a la visita siguiente no me dejaron entrar. Nunca más pude entrar a Puchuncaví".

Silvia viajó a Santiago, elevó solicitudes, exigió explicaciones. Nuevamente no hubo respuestas. El 18 de septiembre fue al Campamento. Estaban dejando a entrar a más visitas de las habituales y a quien quisiera entrar. Excepto a ella. Pepe se enteró que estaba afuera. Silvia caminaba frente a las alambradas buscándolo. Quedaron separados por unos 150 metros y ahí permanecieron durante varias horas haciéndose señas, mirándose. Durante los meses siguientes, se escribieron. Dos y hasta tres veces por semana. "Así nos seguimos conociendo, nos seguimos enamorando", dice Silvia. Fue entonces cuando Pepe le envió un poema, el único que escribió en su vida:

Dime amor
¿Puedes medir el infinito
coger un metro carpintero
y metro a metro medir?

¿Podrás al fin de la jornada sonreír?
¿Abrir tus ojos ya añejos y bellos y mirarme?

¿Y con tu pelo ennegrecido de sudor y barro eterno,
apoyar tu cabeza en mi pecho,
estirar tus brazos ya gastados
y abrazarme fuerte?

¿Y no gritar cuando muerda tus labios
partidos de sal, de sol y sed?
¿Y dormir tranquila después del amor
si nuestros cuerpos hieden los olores
del hambre del mundo?
¡Y ser feliz!

Sí, podrás
Ven compañera
coge esa piedra
así, aprieta tus manos en mi sangre.

Ven junto a mí, junto a todos
con nuestras manos y esas piedras
conmigo compañera destrozaremos ese Goliat
largos brazos de hierro y piernas de barro.

Así, compañera, con odio
junto a mí con amor, siempre
junto a nosotros con amor y odio
junto a mí con amor siempre.

El 16 de noviembre supieron que volverían a verse, que podrían estar cerca nuevamente, que ya no serían necesarias tantas cartas. Ese día el Gobierno anunció la liberación de 304 presos que permanecían encarcelados en Tres Alamos y Puchuncaví por disposición del Estado de Sitio.

El anuncio oficial fue sorpresivo. Se interpretó como una necesidad del gobierno de mejorar su deteriorada imagen internacional por las masivas y persistentes violaciones a los derechos humanos y las previsibles presiones del recién electo presidente Jimmy Carter en EE.UU. El general Pinochet sin embargo, aseguró que "no me dejo influenciar por nadie". La noticia que salió por las radios en la mañana del martes 16 de noviembre recorrió con rapidez los campamentos de presos, las casas de tantos familiares y amigos mientras los teletipos la transmitían al resto del mundo. Los detenidos estaban aún un poco escépticos, pero esperanzados. Martín recuerda: "Lo primero fue pensar que era una jugada. Sólo nos convencimos cuando salió el primer grupo desde Tres Alamos. Nosotros salimos un día después, porque nos trasladaron desde Puchuncaví a Santiago". Pepe alcanzó a escribirle una última carta a Silvia antes de salir. Le anunciaba que saldría el jueves 18 por Tres Alamos, que la esperaba para abrazarla y empezar una nueva vida.

El reencuentro

El miércoles 17 y el jueves 18 fueron días de grandes emociones frente al sólido portón de hierro del Campamento Tres Alamos. Los familiares se agolparon desde tempranas horas. Los altos muros les impedían ver lo que ocurría al interior del campo. Sólo veían el único de los tres álamos que habían dado el nombre al lugar. Estaba seco. A las diez de la mañana una pizarra anunció que sólo a las 18 horas saldrían los presos. Nadie se fue del lugar. Al caer el sol se abrió el portón y salieron los primeros 134 presos. Los restantes 168 recién llegados desde Puchuncaví debieron esperar hasta el día siguiente. En medio de la confusión y las emociones un niño lloraba. Se había perdido. Esperaba a su padre que no salió porque había sido llevado a la Quinta Región a declarar en un proceso iniciado a raíz de sus propias denuncias de torturas. El pequeño de unos seis años lloraba, hasta que el grito desesperado de su madre ¡Manuelito! concluyó la búsqueda. El niño y la madre se abrazaron. El pequeño se llamaba Manuel Guerrero, al igual que su padre, posteriormente liberado. Diez años después, en marzo de 1985, el niño convertido ya en adolescente volvió a perder a su padre. Esta vez para siempre. Fue secuestrado y degollado junto a otros dos profesionales comunistas. La tarde del miércoles 17 también salió desde Tres Alamos uno de los cuatro dirigentes del MIR que participó en la conferencia de prensa del 20 de febrero del 75. Otros dos de sus compañeros no tuvieron la misma suerte. Sus cadáveres aparecieron en la Cuesta de Chada en diciembre de 1975.

El jueves 18 la expectación continuaba ante el portón de Tres Alamos. Saldrían los presos de Puchuncaví. Los parientes de los "119" también esperaban para conocer y agradecer a los presos que habían estado en la huelga de hambre, hablando por sus hijos, hermanos, esposos que continuaban desaparecidos. Como ellos, otros tantos familiares de los que no aparecían estaban allí, con la ilusión de ver salir a sus seres queridos.

Antes que se abriera el portón, los detenidos alzaron sus voces con fuerza para cantar "El Barco de Papel", que se había convertido en el himno de los presos. Lo cantaban cada vez que alguien recuperaba su libertad. Los que esperaban afuera los acompañaron, aplaudieron y entonaron el Himno de la Alegría. A la salida de cada preso, decenas de manos, abrazos, besos y lágrimas se confundieron.

Silvia esperaba a Pepe junto a los padres de éste. Los había conocido en Puchuncaví. Muchas veces la señora Chela la vio esperando sin poder entrar, y a su salida le daba aliento. "Pepe le mandó muchos cariños", le contaba. Silvia estaba muy nerviosa y emocionada. Tenía sentimientos contradictorios. "Fue tremendamente emocionante, porque de repente vi a Pepe, mi compañero de cartas, de esperanzas. Vi que se acercaba. Que todo el mundo lo quería abrazar, que me miraba queriendo llegar hasta mí y tuve una gran esperanza de volver a sentirlo. Pero al mismo tiempo sentía una enorme pena. Cerraba los ojos y quería ver salir a Alfredo, grande y fuerte, con una parka, que alguna vez le había mandado mientras lo buscaba. Una vez más sentí que él no iba a salir de ninguna parte, en medio de la enorme alegría y esperanza de reencontrarme con Pepe. Fue sentir nuevamente el duelo, confirmar una vez más que Alfredo no volvería, que había seguido otro destino".

Mucha gente saludaba a Pepe. Iba de un lado a otro estrechándose con tantos amigos. Los periodistas interrumpían para recoger impresiones. "Aunque hemos firmado una declaración jurada de no emitir opiniones, puedo decir que estoy tranquilo. He pasado una etapa dura de dos años de prisión, pero siempre recordaré con emoción la solidaridad que surgió entre nosotros", declaró Pepe a una revista. ¿Qué va a hacer ahora, le preguntó un colega de una radio?. "Lo que he hecho toda la vida, respondió Carrasco, periodismo. Tengo que buscar trabajo".

Lentamente los presos y sus familiares se fueron retirando. Frente al álamo seco, muchas mujeres siguieron esperando. Ya se reconocían entre ellas. Todas llevaban una foto en la mano. Algunas más de una foto. Eran los retratos de sus familiares detenidos-desaparecidos.

La familia Carrasco se fue a la vieja casa de Víctor Cuicuini. Una gran once familiar los esperaba. El reencuentro de Silvia y Pepe fue breve. Ella debía regresar a Viña, donde su hijo, a su trabajo. Quedaron de verse el sábado. Pepe viajaría al puerto después de poner en orden sus papeles. Sin embargo el reencuentro se adelantó. El viernes Silvia sintió que golpeaban fuertemente la puerta. Parecía que la iban a echar abajo. Era Pepe. "Nos quedamos solos, frente a frente, mirándonos como sin saber qué hacer. De repente todo se rompió y nos abrazamos. Silvia recuerda que más tarde cuando llegó Alfredito, que había salido a pasear con la 'nana', Pepe lo tomó en brazos. No lo conocía. Ese día, recuerda Silvia, fue la primera vez que nos quedamos juntos. Hablamos toda la noche. Me contó de sus penas, alegrías, confianzas y desconfianzas y de su enorme certeza de que seríamos el uno para el otro. Que lo sentía en la piel, la cabeza y el corazón".

Los meses siguientes continuaron viéndose, cada vez que Pepe podía viajar a Viña. En Santiago, él había retomado sus actividades partidarias, a pesar del miedo. Los primeros tiempos se preocupaba de no andar solo. Nano Cabrera recuerda: "Me impresionó mucho que no se atreviera a andar solo por la calle. Había que acompañarlo. El mismo decía: Por favor, no me dejen solo, sé que estos huevones en cualquier momento me pueden agarrar'". Sin embargo, no dejaba de arriesgar el "pellejo". Organizó una recolección de firmas entre los periodistas, que concluyó con una visita de agentes de la DINA a la sede del Colegio. Su partido le pidió que saliera del país.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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