José Carrasco. Asesinato de un periodista


Nacido y criado en Conchalí

En la clínica Carolina Freire, en la calle Maturana, nació el 24 de agosto de 1943 el primogénito de Humberto Carrasco y Graciela Tapia. Su madre pasó un gran susto cuando la enfermera al revisar los pies del niño anunció que éste sería lisiado. La impertinencia de la enfermera era sólo un error producto de la ignorancia. José Humberto -José por el abuelo paterno y Humberto por el padre- había nacido con los pies planos. Todos los intentos posteriores de sus padres por corregir el defecto fueron inútiles. Sus primeros signos de rebeldía consistían en esperar dar la vuelta a la esquina para sacarse las plantillas y esconderlas en el bolsón. El defecto se incorporaría para siempre a la fisonomía de este hombre alto y desgarbado que caminaba con los pies abiertos como los punteros del reloj que marcan diez para las dos.

En la calle Víctor Cuicuini, entre Recoleta y El Salto en la comuna de Conchalí, Humberto Carrasco se instaló con su familia. Después de Pepe llegaron Carmen, Nancy, que murió a los pocos meses de nacer, Adriana y Raúl. En un viejo caserón compartían la vida familiar y el trabajo. En un ala de la casa funcionaba el almacén donde todos colaboraban. Don Humberto había conseguido por fin instalar su propio negocio. Conocía el esfuerzo desde la infancia. Su madre había fallecido siendo él muy niño y el mayor de tres hermanos. En cuarta preparatoria tuvo que cambiar la sala de clases y los recreos por el lustrín de zapatos. Vendió cualquier cosa en el Puente Mapocho y acompañó a su padre en su oficio de pintor de brocha gorda. También había sido obrero asalariado en la Fábrica de Paños El Salto. Allí se unió a las luchas sindicales durante una huelga y conoció la cárcel por varios días, tras ser detenido por pelear contra los rompehuelgas.

Doña Chela criaba con esperanza a sus hijos y acompañaba a su marido entre mamaderas y embarazos. Ella también venía de una familia numerosa. Ocho hermanos nacidos y criados en las salitreras del norte. Con un poco más de suerte que su marido, llegó hasta sexta preparatoria.

En marzo de 1948 Pepe vistió por primera vez el uniforme escolar. Su primer colegio, católico y muy estricto, llevaba el nombre de uno de los próceres de la independencia y fundadores de la prensa libre en Chile: "Instituto Camilo Henríquez". Junto a los primeros palotes, lecturas, sumas y restas Pepe aprendía las poesías revolucionarias que su madre le enseñaba y que después recitaba en el vecindario. Escuchaba también atento y por largas horas los cuentos de la infancia de su madre en la pampa nortina.

"En el norte hacía mucho calor. Entonces nosotras, las niñas, nos íbamos a donde una comadre de mi mamá que hacía helados. Le ayudábamos a darle vuelta la cuestión y ella nos daba una porción y nos íbamos felices para la pampa. El compadre era lo que se llama un luchador. De repente, de un día para otro, la señora le llegó contando a mi mamá que les habían anunciado carreta a la puerta. Esto quería decir que al día siguiente, tempranito les ponían una carreta en la puerta... de la casa y ahí echaban su cama, porque nada más podían llevarse, y los iban a botar a la estación y punto. De esa gente nunca más se sabía. La comadre decía 'voy a escribir', pero nunca llegó una carta y si llegaba no la iban a entregar. Familias enteras desaparecían así... La vida era bien terrible. No había lo más indispensable como un water por ejemplo, entonces nosotras partíamos golpeando una puerta con otra y avisando 'vamos a la pampa', y en la noche las familias enteras tiraban para los descampados a hacer sus necesidades antes de acostarse. En esos tiempos recién se empezaba a pelear por cosas, como el comercio libre, porque sólo habían unas pulperías que eran de los gringos y donde todos estaban obligados a comprar porque pagaban en fichas que sólo ahí se podían canjear. Uno de mis hermanos mayores se encargó una vez de avisar de boca en boca para salir a reunirse a la pampa, en las afueras. Ahí se acordaban las huelgas y pobre del que la rompiera porque las mujeres lo agarraban, lo vestían de mujer y lo paseaban por todo el campamento... Si uno se llegaba a poner mal con el famoso sereno que había, era seguro que iba a la Administración a acusarlo de cualquier cosa. Comunista, lo primero, y al otro día tenía la famosa carreta a la puerta. Eran medio asalvajados los gringos, realmente...".

A los diez años Pepe conoció por primera vez la muerte muy de cerca. Un domingo asoleado la familia entera partió en su viejo cacharrito a pasear a Peñaflor. El regreso del paseo fue trágico. El auto se volcó y la mayor de sus hermanas, Carmencita, de ocho años, murió.

Volcó sus energías de adolescente al basquetbol, que constituyó su pasión por años. A pesar de sus pies planos corría, boteaba y lanzaba con mucha destreza. Pero no le bastaba sólo con jugar. Su espíritu organizador lo llevó a fundar en el barrio el Club Deportivo "Unión Robles" donde, desde luego, tuvo un cargo directivo. Desde allí consiguió que la Municipalidad les pavimentara una cancha e hizo un curso de entrenador donde aprendió técnicas que introdujo al equipo. Desde entonces el club tuvo un destacado papel en los campeonatos entre las ligas de la comuna de Conchalí. El hijo mayor del almacenero más próspero del barrio era un joven popular.

La llegada de la adolescencia introdujo en su vida otro motivo de preocupación: las mujeres. Quedaban atrás los tiempos en que se quejaba a su madre porque las jóvenes se hacían esperar tanto, arreglándose, cuando las pasaba a buscar en bicicleta y lo obligaban a llegar atrasado a los partidos. Se iniciaba la etapa de las pololas. Raúl, su hermano chico, le servía de correo para llevar sus primeras cartas de amor. Con él se jactaba de su agitada vida sentimental.

Su personalidad inquieta y busquilla era cada vez más marcada. Había heredado de su padre el espíritu comerciante y se las arreglaba para hacer todo tipo de negocios y juntar un poco de dinero. Durante una Navidad instaló un puesto de juguetes en la Diagonal Cervantes, cerca de la Plaza de Armas. En otra oportunidad hizo una compra y venta de barras de hielo. Las traía de la Vega Central y las vendía de a cuartos y medias barras en el barrio, donde escaseaban los frigideres. Un poco mayor utilizaba el viejo cacharro del padre y entusiasmaba a su hermano y amigos para ir a vender bebidas en las canchas de fútbol. A cada uno le repartía una canasta con botellas para multiplicar el negocio.

Con la política tenía en esos años sólo una relación familiar. El padre había pertenecido a las milicias del Partido Socialista, en los tiempos en que se reunían en el cerro Manquehue a probar las "molotov". Era la época de los enfrentamientos con los "fascistas" en las calles, cuando salía a vender el diario "La Consigna". La madre había integrado un grupo artístico que funcionaba en un local del Partido y que llevaba obras de teatro a los sindicatos y al campo. También participaba en las veladas culturales que se hacían los sábados del año 40 en un local de la calle Recoleta. Allí había conocido a su marido. La crianza de los hijos y el trabajo los alejaron más tarde de las actividades partidarias, pero nunca abandonaron sus ideas.

Don Humberto y doña Chela trabajaban duramente para que los hijos pudieran realizar el sueño que ellos nunca alcanzaron: entrar a la Universidad y convertirse en profesionales. El ingreso de Pepe al Instituto Nacional, el antiguo y prestigiado colegio fiscal y laico, hizo crecer sus esperanzas. Pepe concluyó allí sus estudios secundarios. El Instituto era un colegio conservador, en que la derecha y los radicales se disputaban el Centro de Alumnos. Sin embargo también tenían acceso los hijos de la emergente clase media, ya que la educación era un derecho asegurado por el Estado.

La personalidad popular de Pepe también lo acompañó al Instituto. Allí organizaba todos los años los campeonatos de basquetbol. Era amigo de medio mundo y muy amigo de sus amigos. Siempre se le veía rodeado de gente y organizando cualquier cosa: una fiesta, un partido, un paseo. Todos comenzaban a sentirse más hombres. De vez en cuando hacían la cimarra para ir a caminar por la Alameda abajo, tomarse unas cervezas y hablar de la vida, el deporte y las mujeres. Cerca del colegio estaba ubicada la sede de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, FECH, donde se hacían las grandes reuniones políticas de los universitarios. A ella, se incorporaban a veces los estudiantes secundarios. Más de alguna vez Pepe se paró en las gradas destinadas a los oradores.

Y llegó la década de los 60. Pepe tenía entonces 17 años. Su vida transcurría entre el deporte, el colegio, el barrio, las pololas y su familia. Con la única hermana mujer que conservaba, Adriana, se había tomado en serio su rol de hermano mayor. A pesar de sus seis años de diferencia eran también amigos. Ese verano, estando de vacaciones, en el barrio surgió la idea de un paseo al Cajón del Maipo. Los hermanos partieron juntos como en tantas otras ocasiones. La niña se fue al río con otros amigos. Se tomaban fotos distraídamente. De pronto un torrente de agua la arrastró. En la central se habían abierto las compuertas y el caudal había crecido. Su cuerpo apareció sólo cuatro días después. Debieron ser los cuatro más largos y angustiosos días que hasta entonces había vivido Pepe. Estaba desesperado. Sus amigos habían tenido que sujetarlo para que no se lanzara al río intentando rescatarla. No era la primera, ni sería la última vez que la muerte le arrebataría a un ser tan amado.

A fines de ese año Pepe concluyó sus estudios secundarios y dio el bachillerato para ingresar a la Universidad. Quería estudiar Periodismo, profesión con la cual había tenido un fugaz encuentro hacía algún tiempo cuando había trabajado como mensajero en la agencia UPI. El puntaje no le alcanzó y entonces ingresó a estudiar Castellano al Pedagógico de la Universidad de Chile. Pero Pepe era obstinado. Habló con el director de la Escuela de Periodismo, Mario Planet. "Quédate este año en el Pedagógico y si el próximo aún quieres morirte de hambre, te recibo en la Escuela", le dijo Planet. En 1962, el año del Mundial, le cobró la palabra.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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