José Carrasco. Asesinato de un periodista


“Pepe te buscan”

-Pepe, están golpeando...

-¿Qué hora es?

- Diez para las cinco...

Aún faltaban diez minutos para que se levantara el toque de queda y en todo el país regía el Estado de Sitio. Las autoridades del Gobierno Militar lo habían decretado horas antes, luego que el General Augusto Pinochet sufriera el más serio atentado contra su vida desde el Golpe de Estado de 1973. Había salvado ileso pero cinco de sus guardias de seguridad habían muerto en la emboscada y otros once habían quedado heridos.

Silvia Vera despertó con los golpes en la puerta de su hogar, un departamento en un segundo piso en el Barrio Bellavista. Tocaban en forma más bien educada. Decidió despertar a "Pepe", su compañero durante los últimos diez años. Le costó que despertara, lo que no era raro. El solía contar que su propensión al sueño era tal que incluso se quedaba dormido entre tortura y tortura durante su paso por diversos centros de detención clandestinos en los años 74 y 75.

Los golpes, suaves aún, se repitieron. Silvia pensó que debía ser algún vecino con problemas y partió a ver. Pero apenas salió de la pieza empezó a comprender. Iba por el angosto pasillo al que también desembocaban las piezas de los niños -Iván de 16 años, Luciano de 14 y Alfredo de 12- cuando golpearon en forma violenta y reiterada. Al llegar a la cocina, al lado de la puerta de calle, le pareció sentir la bocanada ya conocida de la tragedia. A borbotones pensó que la noche anterior, ni ella ni Pepe ni los niños habían puesto -como siempre para las jornadas "inciertas"- las plantas grandes frente a las ventanas o las sillas reforzando la puerta. Pero tan rápido como lo pensó, comprendió la ineficacia de esa "trabas para asesinos", como las había bautizado. Aun así, en medio de esa inevitable cuenta regresiva, quiso creer que sus planes de electrificar ventanas y puertas no sonarían tan locos en ese minuto. "¡Y podríamos detenerlos, que no pasaran, que no pasaran!".

- ¡Policía! ¡José Carrasco! ¡Abra la puerta!

Silvia no alcanzó a abrir la ventanita de la cocina, que permitía mirar hacia afuera, cuando el grito del hombre disipó sin atenuantes todas las dudas. Al asomarse, recibió el mismo grito en plena cara. Decidió parar el dramático conteo. Cerró la ventana y señaló: "Un momento, él está durmiendo. Lo voy a despertar. Un momento".

Al regresar al dormitorio pronunció esa frase que -desde su vuelta a Chile, dos años y medio antes- sabía que de una u otra forma tendría que decir en algún momento.

- Pepe, te buscan.

Pepe estaba con el teléfono en la mano y hablaba en voz baja con Hernán Cardemil, un amigo de la revista "Cauce" que vivía dos pisos más arriba. "Hernán me vienen a buscar, trata de hacer algo, trata de avisar a alguien". Silvia vio que simultáneamente Pepe dejaba en el velador un papel. Lo había escrito recién y se lo mostró a Silvia. Ella alcanzó a leer "cuiden a Rafa... Nos vemos luego" y lo guardó rápidamente. Comprendió que Pepe aludía al sacerdote Rafael Maroto.

Los golpes seguían. Habían pasado muy pocos minutos. Pepe, que sólo se había alcanzado a poner una camiseta y los pantalones, caminó hacia la puerta. "Ya hombre, un momento. Ya abro". Su frase tuvo una respuesta brutal: "¡Abre al tiro o te echamos la puerta abajo!". Al volver a la pieza sintió el ruido sordo de un puntapié y de la madera rota. Dos hombres entraron corriendo por el pasillo.

Los supuestos policías no chocaron con ningún objeto. Se desplazaron en la oscuridad como felinos hasta llegar al dormitorio de Silvia y Pepe. Allí irrumpieron exigiendo que Carrasco los acompañara. Pepe pidió que lo dejaran ponerse los zapatos, pero el hombre más alto, quien aferraba con su mano izquierda una pistola, le replicó con sarcasmo: "No los vai a necesitar". Seguido por un individuo más bajo que llevaba jockey, sacó a empellones a Pepe del dormitorio. Silvia no pudo hacer nada. Ni siquiera decir lo que su cuerpo, paralogizado de terror, estaba gritando por dentro: "¡Por favor Pepe! ¡Te amo! ¡No estás solo!". Su certeza de que esos hombres no eran ni policías, ni detectives, ni carceleros, sino un comando asesino, la petrificó.

Cuando Pepe era empujado por el pasillo, despertó su hijo Iván. Al salir corriendo de su pieza, vio a los secuestradores. Preguntó "¿ adonde lo llevan?" y recibió un burlón "a Investigaciones, llamen a Investigaciones".

El trayecto que obligaron a recorrer a Pepe desde su hogar hasta la calle lo presenció Hernán Cardemil. Luego de recibir el llamado telefónico, éste había decidido bajar a ver qué ocurría. Sin embargo, al llegar al tercer piso había visto a los dos hombres preparándose para derribar la puerta. Sus aspectos le habían hecho tener la misma certeza que Silvia y no había podido seguir bajando. Con impotencia y la boca amarga y seca por el miedo, sólo pudo mirar cómo sacaron a Pepe y se lo llevaron descalzo y semidesnudo. En medio del forcejeo también lo escuchó decir que era periodista, a lo que sus captores le replicaron con sorna "si sabemos quien erís". Pepe insistió, "soy periodista y esto les va a costar caro", pero no obtuvo más respuesta que un nuevo empujón. Lo último que Cardemil vio fue que a Pepe le torcían un brazo y lo arrastraban hasta perderse en la oscuridad.

A media cuadra esperaba un furgón utilitario. Allí lo metieron. En el vehículo se encontró con una figura familiar. Con un gorro que casi le cubría toda la cara iba Claudio Canales, el nochero del edificio, quien había sido maniatado y subido pocos minutos antes. Quedaron sentados uno al lado del otro. Cuando el furgón se puso en marcha, se escuchó partir a otro automóvil en medio de un chirrido de ruedas.

Pepe respiraba agitadamente. El nochero lo vio así, las seis cuadras que recorrieron juntos. En calle Loreto, Canales fue lanzado a la calle con el vehículo en marcha. A pocos metros estaba la estación de Chilectra, ubicada en Dominica. Los automóviles doblaron a la izquierda y enfilaron por Avenida Perú hacia el norte. Era la misma ruta que Pepe había hecho tantas veces para ir a la casa de sus padres en la comuna de Conchalí.

Pero no iban hacia allá. La madrugada parecía un corazón que golpeaba fuerte en el pecho y aquel momento, tantas veces anunciado, se tomaba inminente. Pocos días antes Pepe le había confidenciado a un amigo: "Cada vez que doy el contacto del auto pienso que puede ser el último minuto". Metido en el desamparo de esa última madrugada, tal vez recordó el difícil tramo recorrido desde que supo de los mensajes con las amenazas de muerte.

Un conocido "Modus Operandi"

Los mensajes le habían llegado 20 días antes a través de unos extraños panfletos. Algunos se encontraron botados en la calle. Otros llegaron por correo, después que apareció una entrevista clandestina de la dirección del MIR en Chile. Alguien también los mostró a los periodistas en los Tribunales de Justicia. Por el contenido de las amenazas Pepe sintió que el aviso era inequívocamente claro. La certeza se la dio el que se usara una técnica sofisticada pero ya conocida durante la Dictadura: justificar o anticipar el exterminio de opositores a través de la invención de supuestas pugnas partidarias. Acusando a militantes de "traidores", se justificaba la posterior "purga".

Pepe conocía el uso de este "modus operandi" porque había vivido muy de cerca el caso de 119 personas detenidas y desaparecidas en 1974. La respuesta que dio el Régimen respecto del destino de ese grupo surgió en 1975. Se dijo que todos habían muerto producto de "pugnas internas dentro del MIR". Incluso un diario tituló por entonces: "Como ratas se exterminan miristas en Argentina".

La falsedad de esa historia oficial era clara para Pepe. Había estado preso con muchos de esos 119 detenidos antes que los hicieran desaparecer. Por ello se daba cuenta del peligro que corría: la historia que se estaba montando justificaría luego su asesinato. El asunto se había puesto en marcha a través de los panfletos. Estos aparentaban ser una declaración del MIR, de la cual se conocieron varias versiones. Una de ellas decía que José Carrasco, Gladys Díaz y Nelson Gutiérrez -todos militantes de ese partido por más de dos décadas- eran "traidores a la línea histórica" del MIR debido a lo cual sufrirían "la justicia del pueblo". Otra versión señalaba que "sin vacilar hay que aniquilar a los oportunistas" y que éstos -entre los que nombraba a "los José Carrasco, los Marotto y compañía"- y los "traidores" tendrían "el mismo castigo" en "esta guerra a muerte". Algunos panfletos fueron firmados por una supuesta "Comisión Política" pero, como señaló entonces Pepe, esa estructura había dejado de existir como entidad directiva hacía casi un año.

El sabía esto último porque era miembro del Comité Central del MIR desde hacía 12 años. Y aunque quienes planificaron su asesinato no lo hubiesen sabido, ciertamente sí sabían que él era un periodista con un activo compromiso político con ese partido. Que su militancia allí databa de 20 años. Que había luchado contra la Dictadura desde el mismo Golpe de 1973, abandonando obligadamente el periodismo y viviendo en la clandestinidad. Que era uno de los dirigentes caídos en esa época que sobrevivió a la tortura y el virtual exterminio que se intentó hacer del MIR. Que en el exilio usó todas las tribunas periodísticas y políticas que tuvo a su alcance para denunciar al régimen del general Pinochet. Que había decidido volver a Chile aun sabiendo que al hacerlo su vida corría peligro. Que lo había hecho en forma pública y legal, lo cual lo hacía más peligroso para el Régimen por la profesión que tenía.

Que había entrado a revista "Análisis", uno de los medios opositores que el Gobierno más detesta. Que su reinserción en el gremio había sido tal que en menos de un año había sido elegido dirigente del Colegio de Periodistas. Que en esa labor era tan activo como en la lucha política que ejercía como consejero del Movimiento Democrático Popular. Que en este último campo era un hombre unitario y facilitador de consensos y que, por ello, a poco andar, había logrado que su partido tuviera una relación fluida con diversas fuerzas políticas, incluso con la derecha opositora.

La forma usada para amenazarlo fue quizás lo que llevó a Pepe a entender y aceptar que tenía que salir del país. Aunque no quería hacerlo: era renuente a volver a un exilio que había soportado por largos ocho años.

Quizás ello fue la razón principal que lo hizo estar de vuelta en 15 días. Antes de lo previsto y cuando el peligro estaba plenamente vigente. Más aún, cuando las cosas eran mucho más difíciles. Su regreso el 5 de septiembre siguió a una Jornada de Protesta que fue duramente reprimida y antecedió a un 11 de septiembre que se preveía más peligroso que de costumbre. Tras el hallazgo de arsenales clandestinos, la represión se había hecho implacable.

Pero Pepe decidió volver. El mismo Pepe que, cada vez que había sido tangible la posibilidad de la represión, había salido de su casa junto a su mujer e hijos. El mismo que había promovido este éxodo familiar por más de 15 días en casa de unos amigos cuando, en 1984, los servicios de seguridad informaron que él era uno de los autores del "accionar subversivo" para ese año. El mismo que dormía afuera para protestas y jornadas imprevisibles.

Ese mismo Pepe volvía a Chile el viernes 5 de septiembre, contraviviendo los consejos y hasta los ruegos de muchos. Y se quedaba en su hogar la noche del atentado a Pinochet en un país con Estado de Sitio y en el cual se daban órdenes sin miramientos. La contradicción era sólo aparente. La actitud de Pepe y su compañera después de conocer las amenazas explicaban tal vez por qué hizo lo que hizo.

No más vida a medias

El 18 de agosto habían sabido de los panfletos. Con esa sensación de la muerte y el miedo ya pegado a la piel, Pepe y Silvia hablaron largamente. Recordaron todo lo que habían vivido juntos. Todas las zozobras y todos los momentos de plenitud. Lloraron y rieron y se sintieron infinitamente unidos cuando Silvia le dijo: "Tú sabes que a veces te he dicho que prefiriría verte muerto antes de saber que me dejas. Pero no es verdad: hoy te digo que por favor te vayas, que lo hagas en el primer avión, porque lo único que no quiero en mi vida es verte con una bala en la cabeza". Pepe la había estrechado con amor al responderle: "ahora siento que verdaderamente me amas porque tu amor es generoso". Al llegar el momento de decidir dónde se irían a dormir ellos y dónde dejarían a los niños, se había producido el cambio. Mirándose y casi al unísono se habían preguntado "¿Tú quieres irte a otro lado?", "No, de verdad no, ¿y tú?", "Tampoco", "¿Te atreves a quedarte en la casa?" "Sí, es lo quiero hacer", "Entonces quedémonos allí, es nuestro hogar y es donde podemos estar todos juntos; donde tenemos nuestra vida real y somos nosotros", "¿Y si llegan a venir hoy?", "que vengan, que hagan lo que quieran...".

Es probable que hubieran llegado al límite del cansancio. Ese cansancio de vivir constantemente a sobresaltos. ¡No se irían a dormir afuera! Amaban la vida, pero plena. No retazos de paz en medio de la incertidumbre.

La decisión no implicaba, sin embargo, transformar su destino en una "ruleta rusa". Pepe decidió partir a Buenos Aires 24 horas después. Antes denunció en la prensa su situación y habló a sus hijos: "He sido amenazado de muerte pero me voy sólo porque estoy seguro que para ninguno de ustedes hay peligro. Si viera que lo hay, aunque ínfimo, no me iría, o los llevaría conmigo.

Quiero que sean buenos con su madre, que la obedezcan y que estén muy unidos. Yo voy a estar pensando en ustedes y si esto se alarga, voy a ver cómo estar pronto juntos. Mientras tanto, estudien y quiéranse mucho". Alfredo, Luciano e Iván escucharon muy serios. De pronto soltaron algunas risas nerviosas. Alfredito rompió en llanto y se le echó al cuello. Su verdadero padre había desaparecido hacía doce años y un año antes, cuando habían degollado a tres profesionales comunistas, le había implorado a su madre: "¡Por favor mamá, vamonos de este país! Aquí tengo muchos amigos pero prefiero no tener ninguno y que no maten a mi papá".

Desde Buenos Aires, donde arribó el 20 de agosto, Pepe escribió la que sería su última carta a Silvia:

"Aunque más lejos del miedo, la tensión se mantiene... La verdad es que para mí estos días han sido muy largos. No por falta de gente que ver o temas que conversar, sino por no estar con ustedes. Su ausencia, mi Silvia querida, alarga las horas que van desde la mañana a la noche. A veces me hago la idea que voy en el metro y que llego a la casa en cualquier momento y que conversamos y que nos besamos y que vivimos en la alegría y la felicidad sin fecha límite. O incluso entre la incertidumbre cotidiana.que enfrentamos juntos todos los días, pero que por estar juntos se convierte en certeza de vida, de futuro, de triunfo... Todos me preguntan por usted, por lo difícil que debe ser quedar en la situación que se vive en el paisito. A todos les digo que es así; pero que lo mucho que nos queremos de algo ayuda. Así se van desgranando los días... No es posible cambiar de rumbo, entre otras cosas porque sería como traicionarnos a nosotros mismos y asumir una vida que no sería nuestra vida... ¿Cómo están los niños? Les estoy enviando unos chocolates para que los distribuya... Estoy seguro que ha conversado con mis padres.

Dígales que les mando muchos besos y abrazos y que pronto nos veremos. Que estén tranquilos y que los quiero mucho... Mi amor querido, creo que en estas líneas va un adelanto de lo mucho que conversaremos después. En todo caso, ellas llevan todo mi amor que es mucho, mucho, mucho".

Además de la saturación del exilio, "que lo agotaba con su dinámica sobreideologizada, mientras él estaba en la dinámica del quehacer concreto", como explicaría después un compañero de partido, hubo otras cosas que también incidieron en su decisión de volver. Como la grave afección a la columna que se le diagnosticó a Silvia y que requería operación o tratamiento inmediato. O el que a la revista "Análisis" se le revocara la segunda clausura impuesta en menos de un mes. Pepe seguía el juicio desde Buenos Aires y sabía que el fallo, que se dictó el 5 de septiembre, significaría hacer la revista en 48 horas. No quería seguir ausente a la hora de los problemas. Tampoco quería estarlo para asumir sus responsabilidades políticas, que en septiembre él sabía que eran muchas.

"¡Mataron a Pinochet!"

Apenas regresó de Argentina, Pepe se sumó a la misión de sacar "Análisis". Trabajó hasta el domingo 7, cuando la Revista finalmente pudo enviarse a imprenta. Ese día se quedó en su hogar junto a su familia. Para "desintoxicarse" de la agotadora jornada anterior, había decidido no escuchar radio ni ver televisión. Cerca de las ocho de la noche, la noticia que trajeron gritando por la escala sus hijos lo obligó a cambiar de opinión.

-¡Mamá, papá, mataron a Pinochet!

Al escuchar los flash noticiosos que emitían a cada minuto los medios informativos, Pepe no tardó en darse cuenta que lo que los niños habían entendido no eran exactamente los hechos reales. Pinochet había sufrido una emboscada en el camino del Cajón del Maipo. Aunque aún no hacía declaraciones a la prensa, se aseguraba que había salvado con vida. Sobre su paradero, la información era vaga.

Tras enterarse de la insólita noticia, Pepe vio que era hora de ir a buscar a su hijo mayor, Iván, que estaba en casa de sus abuelos. Silvia le aconsejó que no fuera solo. Luciano y Alfredo lo acompañaron. Mientras se dirigía a casa de sus padres, haciendo casi el mismo trayecto que haría por última vez horas después, sólo tuvo una preocupación central: lo ocurrido ameritaba un cambio de portada de la Revista. Pensó una y otra vez que el número, que estaba por salir quedaría absolutamente "añejo". Que había que hacer el cambio y agregar una crónica sobre el atentado. Decidió que cuando volviera, llamaría a Juan Pablo Cárdenas, el director de "Análisis".

En esas divagaciones estaba cuando llegó a casa de sus padres. Allí nadie sabía del atentado. Pepe les llamó la atención bromeando, "¿y ustedes tan tranquilos? ¿Que no saben lo que pasó?".

La noticia significó para su familia sentir otra vez el miedo lacerante que la invadía cuando sabían a Pepe en peligro. Su madre le pidió que se cuidara y que llamara cuando llegara a su hogar. Esto último no era necesario decirlo porque Pepe lo hacía cada noche desde su vuelta a Chile.

Ya de regreso, estaba preparando comida en la cocina cuando escuchó que le golpeaban la ventana. Era Hernán Cardemil. Se veía preocupado: "Oye Pepe, ¿te piensas quedar aquí? ¿Por qué no te vas a dormir a otro lado mejor?". Pepe le respondió con un gesto típico en él: alzando los hombros, se balanceó con duda y contestó: "no, acuérdate que la Silvia está con reposo absoluto por lo de la columna, mañana veo qué hago...". Luego le pidió a Cardemil el número de teléfono que nunca había anotado.

Tal como lo había decidido, después llamó a Cárdenas.

-Juan Pablo, ¡hay que parar esa portada! ¡No podemos salir tan "fuera de cacho"! ¡Nos van a "golpear"! Hay que cambiar la portada.

Como la decisión no era fácil porque la revista ya estaba en prensa, la gestión de Pepe demoró en ser exitosa. Estuvo cerca de una hora y media "negociando" y hasta se ofreció para ir a la imprenta, rehacer la crónica de reemplazo. En fin, sólo cerca de las doce de la noche logró un triunfo parcial: la imprenta recibió orden de parar las máquinas. Se había decidido que era preferible que "Análisis" saliera con retraso pero actualizada.

Satisfecho, Pepe se acostó y leyó un buen rato. Antes de apagar la luz, dejó la anotación con el teléfono de Cardemil en el velador. Era muy tarde y Silvia dormía profundamente. La gran cantidad de calmantes y remedios que había tenido que tomar para el dolor a la columna la tenían prácticamente dopada.

Pero a pesar de su estado, cuando diez para las cinco de la mañana golpearon la puerta, operó en ella ese histórico sentido de alerta. Los golpes podían ser una nueva amenaza para Pepe. Fue a ver quién golpeaba. En pleno toque de queda y bajo Estado de Sitio.

Catorce balas en el cuerpo

La madrugada seguía desierta aunque ya debían ser más de las cinco. En la brutal detención a Pepe también le habían impedido tomar su reloj y anteojos. El furgón en que viajaba continuaba con rumbo desconocido. Al pasar frente a lugares con luces y personal uniformado no se le había impedido el paso.

Poco más allá de uno de estos recintos, se había detenido finalmente. Los hombres que habían sacado a Pepe desde su hogar 15 minutos antes abrieron las puertas del vehículo y lo lanzaron fuera. El lugar se veía despoblado y en esa vereda sólo se divisaba una larga muralla color ladrillo, elegante.

El Comando había llevado a Pepe a los extramuros del Cementerio Parque del Recuerdo, en la Comuna de Conchalí. El mismo barrio donde estaba la casa de sus padres y la de su único hermano Raúl.

El hombre alto, que lo había sacado a empellones de su dormitorio, lo empujó nuevamente. Esta vez hacia el murallón. A espaldas de Pepe había cerca de 7 personas, incluidos los tres hombres del furgón. No podía verlos porque lo obligaban a mirar hacia adelante, hacia la muralla, detrás de la cual sólo se veían árboles muy altos. En pocos segundos se escuchó la fatídica orden de mando.

-¡Tápate la cabeza con la camiseta!

Lo intuido, por la forma en que los captores habían operado -el tipo de "asalto al local" como habría pensado Pepe en su jerga militante- se confirmó en ese momento. Los asesinos estaban a punto de matarlo y no eran capaces de mirarlo de frente. Tampoco de apuntar al blanco sin despersonificarlo. Ni de verlo de pie. La segunda orden fue, por tanto, un "¡híncate!", que se cumplió por medio del golpe violento que el hombre alto propinó a Pepe. Al tener las manos inmovilizadas por la camiseta que cubría su cabeza, Pepe no había podido evitar caer de rodillas al suelo. El hombre de la pistola se instaló a sus espaldas. Faltaban pocos segundos para las 5.20 de la mañana.

A diez cuadras, de allí su hermano Raúl era absolutamente ajeno a la tragedia que se avecinaba. Aunque ese día no tenía que trabajar, pues tenía permiso para acompañar a su madre al médico, se despertó a la misma hora de siempre. El sonido de unos disparos lo sacó del sueño. No pensó nada. Se levantó, fue al baño a tomar agua y volvió a acostarse. Eran las 5.20 de la mañana.

El hombre alto empuñó su pistola automática y apuntó a la cabeza de Pepe. En décimas de segundo acribilló el silencio de la madrugada. Del cargador de su arma salieron 14 tiros. Trece de ellos impactaron a Pepe en el cráneo y salieron por el rostro.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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