El movimiento obrero en Chile

El movimiento obrero en Chile 1891 - 1919

Fernando Ortiz Letelier

Ediciones Michay
Madrid, 1985


Nota de los editores

Fernando Ortiz Letelier nació en la ciudad de Puerto Montt en 1922. Hizo allí sus estudios primarios y secundarios y fue, desde temprano, dirigente estudiantil connotado. Pasó luego a la Universidad de Chile, en Santiago, donde inició estudios de Historia en la Facultad de Filosofía y Educación, que debió pronto interrumpir por la muerte de su padre. Retomados éstos, años después, obtuvo su título de profesor de Estado con la Tesis que ahora publicamos.

Mientras fue alumno, jugó un destacado papel en las luchas propiamente universitarias y en las contiendas políticas. Eran los años de la Guerra Fría y en Chile se vivía el período de González Videla, político de rara mediocridad, cuya presidencia de la República se recuerda sobre todo por la espectacular voltereta que lo llevó a perseguir con odiosa saña a los comunistas. Pablo Neruda entre ellos. Quienes conocieron a Ortiz en esa época, no olvidan su oratoria vibrante, su lucidez y valentía, y el papel eminente que jugó en el movimiento estudiantil, al lado de dirigentes como José Tohá, Julio Silva Solar, Ignacio Alvarado, Bjorn Holgrem, Juan Bosco Parra y Pedro Poblete Larraín, entre otros.

Esta responsabilidad bifrontal ya no lo abandonaría. Por una parte, fue Secretario General de las Juventudes Comunistas y, luego, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile, mientras accedía, paralelamente, a la cátedra de Historia Económica de la misma Facultad donde se formó y al Consejo Superior de la Universidad de Chile. Al lado de su tarea docente, que desarrollaba en estrecha colaboración con el historiador Hernán Ramírez Necochea, fue promotor y activista destacado del movimiento de Reforma Universitaria de fines de la década del 60. Este proceso fue, en su terreno específico, una marea transformadora, prolegómeno significativo de lo que, con posterioridad, sería el vasto movimiento político y social que encarnó la Unidad Popular.

En septiembre de 1973, el golpe fascista fue también particularmente brutal con las universidades. Demolió el sistema existente y produjo expulsiones masivas de estudiantes y profesores, más la secuela de detenciones, asesinatos y destierros. Ortiz perdió su trabajo y sufrió, como tantos otros, el acoso policial. En el mes de diciembre de 1976 deambulaba en la intersección de las avenidas Macul e Irrarázaval de la comuna de Ñuñoa. Eje urbano familiar para él durante décadas, porque el tránsito es por allí más o menos obligatorio si se trata de ir a la Facultad donde, primero estudió, y en la que después trabajaría como profesor. Fue detenido conforme al esquema ya clásico: un auto que se para y el grupo policial que desciende rápida y silenciosamente de él. No se tuvo nunca más noticias suyas. Fernando Ortiz Letelier agregaba, así, su nombre, a las listas de detenidos-desaparecidos, invento siniestro de la tenebrosa historia vivida este tiempo en el cono Sur de América Latina.

El movimiento obrero en Chile (1891-1919) quedará. en la historiografía nacional, como obra señera e indispensable, junto a los escasísimos libros que han ido esforzándose por incorporar a nuestra historia un nuevo modo de contarla, reivindicando la presencia de sus protagonistas antes deliberadamente olvidados. Pero de la explicación de los contenidos del libro se ocupa en su Presentación la historiadora Olga Poblete. Por parte nuestra, sentimos que, publicándolo, se rinde un doble y necesario homenaje: al historiador inmolado y a la clase social historiada por él, que otrora vividlo que se cuenta en tas páginas siguientes, y que hoy juega en Chile el papel que hará vivible y viable su futuro.

Madrid, septiembre de 1985

PRESENTACIÓN

Tal vez la mejor introducción al libro de Fernando Ortiz Letelier sean sus propias palabras: ".1907 marca la cúspide de la celebración del Primero de Mayo por esos años. Treinta mil personas asisten al mitin organizado por la Mancomuna! de Obreros y la Federación de Trabajadores de Chile. Todos los obreros de la capital paralizan sus labores. A la concentración del Parque Cousiño asisten treinta y cinco Sociedades de Resistencia. Carmela Jeria habla en representación del periódico La Alborada. Inés Macías por las costureras, Ricardo Guerrero por el diario La Reforma y Francisco Gallardo por la Federación de Zapateros".

Entramos así de lleno en un pasado, no tan lejano en el tiempo, pero en cambio tan ajeno hoy a la realidad chilena.

Suele decirse respecto al movimiento obrero que el arrasamiento sufrido en casi nueve años (1) de dictadura militar, lo han hecho retroceder en sus conquistas en más de cincuenta años. Una entre tantas afirmaciones inserta por cierto en la táctica del régimen para convencer a un pueblo de la futilidad de su historia anterior al 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, fácil es comprender que si la clase obrera fue capaz en 1907 de "celebrar" la fiesta internacional del trabajo con un mitin de treinta mil personas; que si los trabajadores abandonaron sus faenas -aún no era día feriado el 1º de Mayo- para concurrir con sus familias al Parque Cousiño, animados por el sentimiento de pertenecer a una clase con clara percepción de sus intereses comunes, sus objetivos y métodos de lucha; que si en esta grandiosa concentración del pueblo sus organizadores muestran una conciencia tan clara como para asignar altas responsabilidades a las mujeres y destacarlas entre sus principales oradores, es porque ya había entrado en escena un proceso de densa trayectoria.

En 1956 Hernán Ramírez Necochea publicó su Historia del movimiento obrero en Chile. Está convencido de la necesidad que "la clase obrera chilena se mire a sí misma, mida sus fuerzas, esfuerce su combatividad, perfeccione sus instituciones y las fortalezca". "Interesa -escribe- hoy más que nunca que el proletariado conozca su verdadera historia".

Con esta misma convicción Fernando Ortiz Letelier expresa: "La historia Social de Chile recién empieza a estudiarse. Algunas Memorias y unos cuantos trabajos han contribuido poderosamente a dar luz sobre aspectos inéditos de nuestro pasado que explican gran parte de nuestro presente. Chile se destaca en el hemisferio por su acendrada conciencia democrática; descubrir sus raíces constituye, a juicio nuestro, el más apasionante de los problemas. Esta Tesis pretende reunir materiales que faciliten la tarea de los estudiosos de nuestra realidad social".

Cobran dramática actualidad sus palabras en estos días. Este gobierno sólo maneja números, porcentajes, datos impersonales arrojados por las computadoras. Ignora a las gentes de carne y hueso y estima legítimo ejercer sobre ellas cualquier violencia física, sicológica, moral. Vano intento si con ello pretende extirpar realidades históricas invulnerables como lo es la clase trabajadora, el proletariado chileno con toda su carga dialéctica de fuerza social mayoritaria y decisiva en el curso histórico de un pueblo.

Entre los primeros signos de movilización obrera aparece en Chañarcillo, 1834, una interrupción de faenas como expresión de rebeldía ante las miserables condiciones que rodeaban las labores productivas. No sería inmodesto por tanto afirmar que el movimiento obrero chileno tiene siglo y medio de existencia y constituye parte sustantiva de nuestro desarrollo económico, institucional y social.

Fernando Ortiz escribió esta Tesis para obtener su Título de Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica, en la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, en 1956. Continuaba así la línea de trabajo de su maestro, amigo y compañero de Partido, el Profesor Hernán Ramírez Necochea. La presente edición aparece como un homenaje a un militante ejemplar que, desde muy joven, vinculó su vida a los intereses y aspiraciones de su pueblo y que desde el mismo día del golpe militar, jamás abandonó la lucha contra la opresión de la Junta, hasta el instante mismo en que ingresa a la larga lista de chilenos detenidos desaparecidos (1976).

Esta obra retoma el hilo de la investigación donde la dejara Hernán Ramírez: "Nos hemos propuesto dar a conocer los antecedentes generales de la cuestión social en Chile en el período comprendido entre 1891 y 1919, período del parlamentarismo, del auge del salitre y de la penetración de los capitales extranjeros". Cubre una época de extraordinario empuje en la lucha del proletariado chileno, con logros notables y dolorosos retrocesos, pero a lo largo de ella se perciben el avance paulatino, la integración de fuerzas y la tenaz búsqueda de la unidad.

No cabe en estas palabras preliminares el análisis detenido. Pensarlo siquiera resulta pretencioso, ante la densidad del material acumulado, la calidad y variedad de fuentes consultadas, la visión global dentro de la cual está planteada la "cuestión social" chilena en esos años. Cabe, sí, subrayar algunos temas como sincero intento de motivar su lectura, reflexión, discusión, por lo incisivo que ellos resultan en el panorama nuestro de estos años.

Ortiz tiene por sobre todo el propósito de demostrar la inmensa contribución de la lucha de los trabajadores chilenos al proceso de creciente democratización de la vida nacional. Más allá de las reivindicaciones salariales, la jornada de ocho horas, la protesta contra el abusivo sistema de pulperías y fichas, el descanso dominical, están las relativas a la carestía de la vida, la preocupación por la alfabetización y expansión del sistema educacional, las actividades culturales, la atención a la salud, la vivienda digna, la libertad de expresión, la prensa obrera, el reconocimiento del rol económico social de la mujer y la protección de ésta y los menores frente a la sobreexplotación de los empresarios; la solidaridad internacional y el apoyo a las luchas del proletariado mundial. Los trabajadores chilenos perciben muy tempranamente los manejos del imperialismo, primero el británico en el salitre, luego el de los Estados Unidos en el cobre y el descarado contubernio entre éstos y sectores de la naciente burguesía chilena, gestores presentes en todo nivel de las esferas de gobierno y decisión. La actitud de insobornable defensa de las riquezas nacionales, los recursos naturales, el desarrollo industrial autóctono, ocupa muchas páginas de aquella magnífica prensa obrera y otras tantas en los pliegos de peticiones a las empresas.

Un capitalismo agresivo ligado a gobiernos negligentes, descarga sobre las luchas obreras todas las fuerzas de que es capaz, estimulado por los intereses foráneos cuya avidez por este pequeño lejano país de insospechadas riquezas minerales, les empuja hasta a los actos más condenables de intervención. En el curso de una gran huelga de los portuarios, ferrocarrileros y otros trabajadores de Tocopilla, en 1903, el Cónsul inglés "dirigía a los rompehuelgas desde un bote que llevaba izada la bandera inglesa". Ese mismo año eran denunciadas en la Cámara de Diputados las instrucciones "del Subsecretario de Marina de los Estados Unidos a la Escuadra Americana del Pacífico, para dirigirse a Valparaíso en caso de que la escuadra del almirante Summer no sea lo suficientemente fuerte para hacer respetar los intereses americanos".

La deliberada indiferencia gubernamental, el predominio en el Congreso Nacional de las clases enriquecidas, la ausencia de partidos políticos con posiciones doctrinarias más desafiantes y ligadas a la clase obrera hacían posible todo tipo de negocios contrarios a los verdaderos intereses nacionales.

Ya en 1888 se habían abierto de par en par las puertas a la penetración extranjera. Sus inversionistas podían tranquilamente acaparar tos terrenos fiscales salitreros. Las palabras de José Elías Balmaceda en el Senado, 1904, resultan hoy de punzante actualidad: "Esos pedimentos -de terrenos salitreros- van siendo totalmente acaparados por sindicatos extranjeros, por medio de la compra a vil precio, dos peniques por quintal, de las existencias de salitre calculadas... De este modo no sólo no se habrá conseguido nacionalizar la industria o que tengamos parte importante de ella, sino que se van a desnacionalizar los territorios". (Senado, Sesión agosto 1904.) Palabras que suscitan de inmediato el paralelo con nuestros días. ¿Cuánta riqueza nacional no calculada ha entregado este gobierno sólo con los yacimientos de "Los Pelambres", "El Abra", "La Escondida"?

Después de la guerra de 1879, el gran aumento de los capitales británicos invertidos en el salitre, la proliferación de empresas adyacentes, la posterior fusión y concentración de éstas, hicieron de Chile en pocos años una semi colonia del imperialismo inglés. Firmas salitreras que operaban en Londres dieron origen al Banco Anglo Sudamericano y no tardó en aparecer The Iquique Times para redondear al más puro estilo inglés el deleite de las élites criollas que profitaban con la paulatina entrega de las riquezas de la patria.

Desde la primera década del siglo veinte el imperialismo norteamericano inició la conquista del cobre chileno. De ello se encargarían la Chile Exploration Campana y la Braden Copper Campana. La prensa obrera no tardó en denunciar "el mito de las inversiones extranjeras". El Defensor de la Clase Proletaria, de Iquique, escribe en su número del 9 de julio de 1905: ..."en muchas ocasiones hemos sostenido que lo que se llama 'protección' a estos países vírgenes de América, llevando gruesos capitales, no es otra cosa que .burda explotación de las riquezas con que la naturaleza dotó a estas preciadas tierras". Y El Proletario, de Tocopilla, 9 de agosto de 1913, retrata en estos términos la verdadera faz del imperialismo: "...La expansión norteamericana no sólo se efectúa a golpes de cañonazos, sino también, por el poder formidable del dólar". El "big stick", la política del gran garrote, esbozada, aplicada e implementada por Theodore Roosevelt, cuyas hazañas en Centro América y el Caribe conmovieron toda el área en aquellos años, no era desconocida, como se puede apreciar, para la valerosa y esforzada prensa obrera del norte chileno.

Las inquietudes de los trabajadores del salitre, del cobre y el carbón, comienzan a traducirse en una proliferación de organizaciones, desde las primeras mutuales del siglo diecinueve, sus sucesoras, las mancomúnales, hasta llegar a las primeras federaciones obreras de comienzos de este siglo.

La organización crece al agudizarse las luchas reivindicativas. Se multiplican las huelgas a través del país.

Al revisar este heroico período impresionan tanto la extensión que alcanzan algunas huelgas, como el apoyo solidario desde los diversos sectores aglutinados por la voluntad de vencer, de escalar otro peldaño en el áspero camino del reconocimiento de los derechos de los trabajadores. Gobiernos sucesivos no vacilan en extremar la represión recurriendo al ejército y marinería. Mayo 1902: huelga en Lota por mejoras salariales y limitación de la jornada de trabajo. De aquí en adelante se generalizará la exigencia de la jornada laboral de ocho horas en todo el movimiento obrero. 1903: los panaderos encabezan en Santiago y Valparaíso la lucha por el descanso dominical. El mismo año gran mitin de protesta en la zona del carbón. El gobierno lanza el ejército contra los obreros y fondea en la bahía el crucero "Zenteno". Enero 1905: huelga de los ferroviarios de Antofagasta contra medidas de racionalización de los trabajos, en otras palabras intensificación de la jornada y sobreexplotación de la mano de obra. 1906: nuevamente los ferroviarios de Antofagasta apoyados esta vez por los obreros salitreros y portuarios y por los obreros del ferrocarril de Antofagasta a Bolivia. Grupos de comerciantes armados hicieron de provocadores en uno de los mítines. Las autoridades provinciales lanzaron al ejército y a "guardias armadas" contra el pueblo. Además, intervino la marinería del crucero "Blanco Encalada". En los incidentes fue detenido y enviado a prisión Luis Emilio Recabarren, clausurando el periódico ¿a Vanguardia que él dirigía.

Llegamos a diciembre de 1907 y la gran huelga de los obreros del salitre. Reclamaban contra las pulperías, los bajos salarios, el sistema de fichas. Unos setecientos obreros bajaron con sus familias desde la Pampa a Iquique. Continúan las negociaciones, pero encuentran cerrada negativa patronal. Son movilizados los regimientos Carampangue y Granaderos de Iquique; llegan refuerzos con el regimiento 0'Higgins de Copiapó, el Rancagua y el Atacama de Tacna, más la marinería del crucero Zenteno. El general Silva Renard dirigió la "operación", que costo más de mil muertos en el recinto y alrededores de la Escuela Santa María de Iquique. El parte oficial de Silva Renard refleja su odio de clase: "...lamenta este doloroso resultado del cual son responsables únicamente los agitadores que ambiciosos de popularidad y dominio, arrastran al pueblo a situaciones violentas, contrarias al orden social". El gobierno le felicitó públicamente. Se elevaron las protestas en el ámbito nacional y Luis Emilio Recabarren, entonces en Argentina, expresó desde allá su encendido repudio a tan brutal respuesta a las demandas de los trabajadores. Rafael Sotomayor, Ministro del Interior, justificaba la posición gubernativa con frases como lasque reitera el oficialismo hoy: "...hay que conservar el orden público que es lo que necesita toda autoridad bien constituida para amparar las vidas y la propiedad de los ciudadanos".

Comenta Fernando Ortiz: "Contados senadores -Sánchez Manselli, entre ellos- acusaron a las compañías de ser las causantes de esa mancha oprobiosa en nuestra vida administrativa. Los demás parlamentarios guardaron cuidadoso silencio. Jamás halló respuesta final la interpelación planteada al Ministerio del Interior. Cada vez que el tema estaba en tabla la sala quedaba sin quórum".

Los acontecimientos de 1907 marcaron una declinación en la movilización de los trabajadores. Pero la lucha se reanuda con mayor ardor si se quiere, en la medida en que por aquellos años comenzó a debatirse la "cuestión social". Hay además una concurrencia de sucesos internacionales que impactan el movimiento obrero tanto en Chile como en otros países latinoamericanos. Primero es la revolución de 1905 contra el zarismo ruso. Siguen la agudización de los problemas económicos sociales que precedieron la primera guerra mundial, el desarrollo de ésta y la revolución rusa con el Gran Octubre en 1917. Conjugados todos estos elementos con los comienzos de la gran crisis salitrera, puede comprenderse el curso que siguieron los sucesos en Chile. Renacen la movilización y fortalecimiento de los organismos obreros junto con los esfuerzos unitarios, la comunicación y coordinación doctrinaria y orgánica.

Ocurren nuevas e importantes huelgas. 1911: huelga en El Teniente. 1912: Punta Arenas, por reivindicaciones salariales; el mismo año, otra de los ferroviarios de Coquimbo. 1915: Chuquicamata. Los obreros exigen reposición de doscientos de sus compañeros. 1916: Curanilahue, el ejército toma parte en la represión. El mismo año los trabajadores de bahía son reprimidos en Iquique por las armas y los soldados los remplazan en sus labores. 1918, otra vez El Teniente. La empresa no acepta reponer dos mil ochocientos despedidos por ser miembros de la Federación Obrera de Chile, creada en 1909. Nuevamente entran tropas en acciones represivas. Los trabajadores y sus familias, unas cinco mil personas, bajan a Rancagua y triunfan en gran parte de sus peticiones.

En 1919 surge la primera huelga de profesores primarios, hecho que marca un hito notable en el desarrollo del movimiento sindical chileno. Los apoya la Federación de Estudiantes de Chile y toda la prensa obrera.

También en 1919 paralizan los obreros de Puerto Natales en defensa de algunos compañeros que la Sociedad Explotadora de Tierra de Fuego quería expulsar. Pronto hubo diez mil obreros en huelga. A la represión policial respondió la población de Puerto Natales. La policía se retiró a sus cuarteles y fue la población misma quien resolvió hacerse cargo de la dirección de la vida diaria en la ciudad. La comisión negociadora recorrió a pie los trescientos kilómetros que les separaban de Punta Arenas. No se hizo esperar la acción represiva; fuerzas del ejército se encargaron de lo que se conoce en la historia del movimiento obrero como la masacre de Puerto Natales.

Si he enumerado las principales huelgas ocurridas, ha sido para enfatizar cómo la dinámica del movimiento obrero irradia desde el marco propio de su problemática hacia todo el contexto social nacional. Fernando Ortiz conjuga las fuerzas que emanan de este torrente que es la organización y crecimiento del proletariado chileno con las nuevas expresiones que van surgiendo a iniciativa de sectores sociales, partidos políticos y grandes líderes, en primer término Luis Emilio Recabarren con su combativa y luminosa trayectoria.

No son meras palabras "las conquistas de la clase obrera chilena". Sus acciones, victoriosas a veces, frustradas otras, determinaron cambios significativos en la estructura institucional y el proceso de democratización. Escribe Ortiz:

"Surgen diversas iniciativas para legislar acerca de los contratos de trabajo, resolver por arbitraje las diferencias entre patrones y obreros, crear fondos en beneficio de las familias de los empleados fallecidos, abolición absoluta del pago en fichas, legislación sobre habitación obrera". El movimiento gremial crece hacia otros espacios. Los maestros primarios emergen como una fuerza social innovadora que jugará un gran papel a través de la Federación de Profesores de Instrucción Primaria de Chile, hasta lograr en 1920 la promulgación de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria.

Hacia 1919 aparece en Catemu un primer intento de Federación de Inquilinos, manifestación reveladora de cómo el movimiento de los trabajadores urbanos comenzaba a estimular a los campesinos y el medio rural.

El 3 de junio de 1911 el Partido Demócrata reunido en Iquique resuelve adoptar el nombre de Partido Obrero Socialista. Iniciativa semejante aparece en Punta Arenas y en Noviembre del mismo año se funda otra filial en Antofagasta. Rol decisivo cupo en este acontecimiento político a Luis Emilio Recabarren. En sus numerosas giras por el norte a través del periódico que fundó en Iquique, El Despertar de los Trabajadores, persiguió incansablemente clarificar un pensamiento político de avanzada a tono con los cambios revolucionarios internacionales y las necesidades cada vez más urgentes de elevar tanto la conciencia política de la masa trabajadora, como la comprensión del papel vital que en un proceso de cambios debía jugar una organización fuerte, enriquecida doctrinariamente y profundamente unida y solidaria en su acción programática y luchas reivindicativas. Lo subraya Fernando Ortiz cuando escribe: "Muy grande es el legado de Recabarren. La tradición internacionalista que imprime al movimiento obrero junto con otros dirigentes; su posición pacifista; el papel que le asigna a la prensa obrera; su concepción unitaria del movimiento obrero; su confianza ilimitada en la fuerza de la clase obrera; su lucha incansable para hacer del Partido que fundara, un verdadero Partido de masas; su intransigencia con el sectarismo; la sencillez y modestia de su vida, son -entre muchas- las principales virtudes que los obreros, los trabajadores en general, deben a Luis Emilio Recabarren". El gran mérito de este líder y padre del movimiento obrero chileno radica en su constante evolución ideológica plasmada en una lúcida y honesta confrontación de su pensamiento con la compleja realidad en que transcurre su vida.

Como Apéndice incluye este libro los Programas de los partidos políticos chilenos en el período estudiado. Valioso aporte a una labor de análisis, comparación y rescate del importante papel que los partidos políticos tan denigrados y tergiversados por la dictadura, juegan en el desenvolvimiento de una sociedad que se orienta hacia el libre flujo de las ideas y la fe puesta en los valores del ser humano razonador y pensante.

"La historia social de Chile recién comienza a estudiarse -escribe Ortiz-. Esta Tesis pretende reunir material que faciliten la tarea de estudios de nuestra realidad social".

Su Tesis es una rica fuente de información e inspiración no sólo para los estudiosos, sino muy en particular para la clase obrera chilena, para que ella -como decía Ramírez Necochea- "se mire a sí misma, mida sus fuerzas, esfuerce su combatividad". Pero el trabajo no debe quedar hasta el punto en que termina Ortiz su Tesis. Más urgente que nunca resulta calibrar el compromiso de continuar y completar estas investigaciones. De estos mismos años de destrucción y tragedias hay mucho que recopilar, recordar, testimoniar y transformar en pasos positivos. He aquí un campo desafiante abierto a los estudiosos y patriotas de verdad.

OLGA POBLETE
Santiago de Chile, 1982.


1. Este Prólogo fue escrito en Santiago, Chile, en 1982.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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