Historia del movimiento obrero en chile


INTRODUCCIÓN

La evolución social de Chile ha llegado en los últimos años a un punto que tiene como una de sus más salientes características, la presencia y la acción cada vez más decisiva del proletariado.

El proletariado posee hoy en la vida nacional una importancia y una influencia que nadie puede desconocer. Es una clase en ascenso que crece y se fortalece en la misma medida en que la parte más progresiva de la economía crece y se fortalece. A este respecto, ya se puede observar que en el proceso social de la producción chilena la parte de mayor valor descansa, en forma notoria, sobre la enorme fuerza productiva que el proletariado representa actual y potencialmente.

De esto se deduce que el proletariado es en Chile -lo mismo que en todo el mundo- la clase a la que pertenece el porvenir. Siendo engendrada por un modo de producción que en Chile todavía no ha alcanzado su plena madurez, el proletariado es, dentro de ese modo de producción, la vanguardia que tiene en sus manos, en su cuerpo y en su espíritu, la única fuerza creadora para la sociedad: el trabajo.

Y es así cómo el crecimiento del proletariado se acentúa de año en año y se hace más rápido. En la actualidad la clase obrera constituye -después del campesinado- el grupo social más numeroso del país. Se concentra a lo largo del territorio nacional en algunos grandes bloques humanos en donde la actividad económica es más densa y posee los caracteres del modo capitalista de producción. De esta manera, en los centros urbanos de la República, sobre todo en los más importantes, el proletariado compone la mayor cantidad de sus habitantes; lo mismo ocurre en las explotaciones mineras de toda índole que se hallan diseminadas en diversas regiones, pero que tienen su mayor amplitud en el norte y en la región del carbón. Pero hay más: áreas que hasta hace poco se caracterizaban por un predominio absoluto de la población rural y, por consiguiente, áreas en que el campesinado constituía el sector más vasto, ven surgir unos tras otros centros proletarios, pequeños todavía, aislados muchas veces, pero que de todos modos significan aporte al proceso de desarrollo creciente del proletariado nacional.

Mientras tal ascenso se produce en el proletariado, las otras capas trabajadoras de la sociedad tienden a disgregarse. Tal ocurre, por ejemplo, con el campesinado. Esta clase, a pesar de su gran masa numérica, constituye una vasta reserva humana destinada a transformarse en clase proletaria. Cada día, cantidades apreciables de campesinos se desligan de la tierra y se dirigen a trabajar a fábricas, a las minas y a otras actividades, donde automáticamente adquieren la calidad de obreros. Los datos estadísticos son bien reveladores. Mientras en 1900 la población rural representaba alrededor del 55% de la población total del país, hoy día representa poco más o menos el 40%. Todavía, hay millares de campesinos pobres que sin abandonar el campo, empiezan a tomar allí mismo el carácter de proletarios o semiproletarios; van perdiendo los rasgos del inquilino tradicional, del campesino puro.

Por otro lado, sectores de la clase media -empleados públicos, semifiscales y particulares, artistas e intelectuales, maestros y otros profesionales- están percibiendo con mayor claridad su condición de explotados, que no poseen otra riqueza queja obtenida con la venta de su capacidad de trabajo; han llegado a comprender que su destino es común con el destino de la clase obrera. Y así entonces, están llegando, con algunas vacilaciones aún, a ocupar su lugar en las filas del proletariado, cobijándose bajo sus banderas y adoptando sus formas de lucha y de organización. Los rangos proletarios se han enriquecido con nuevos elementos, muchos de los cuales figuran entre los más aguerridos de la vanguardia proletaria.

El artesanado, que nunca fue numéricamente importante en el país, experimenta un proceso de desintegración por efecto de la desintegración que se produce en. los marcos de las actividades de tipo artesanal. La gran mayoría de los hombres de esta extracción social ha debido engrosar los cuadros de la clase obrera.

Es evidente que una clase social que está adquiriendo tan grandes contornos, posee una gravitación decisiva en todos los órdenes de la vida nacional. Y esto ya se está produciendo en Chile de una manera irrecusable, tanto en el plano económico como en el político o en el cultural. La clase obrera ha conquistado, por su cuantía, por su madurez, por su espíritu de lucha y por su capacidad de organización, un lugar preponderante entre las fuerzas que actúan en el escenario nacional.

Sin embargo, ni la clase obrera ni el movimiento por ella generado han merecido la debida atención de los hombres de estudio; existe así, inédito, un gran capítulo de la historia nacional. Uno de los primeros investigadores que trató de llenar tan grave vacío en nuestra historiografía fue Domingo Amunátegui Solar, quien, en su Historia Social de Chile, quiso trazar siquiera un bosquejo de lo que él llamaba "...la historia de las clases populares..." que "...constituyen la mayoría de los habitantes..." y que "... por su obra callada y continua, en absoluto contribuyen más que las personas ilustres a la grandeza y decadencia de un pueblo..." (1)

La obra de Amunátegui, precursora sin duda alguna, adolece de innumerables defectos que no han sido corregidos sino muy parcialmente por otros autores, quienes, en general, han carecido de suficiente interés por ahondar en las investigaciones correspondientes, o que -por razones fáciles de comprender- han preferido dejar en la penumbra capítulos tan esenciales de nuestra historia.

Ha llegado el momento de llenar este vacío. Es preciso emprender la tarea de escribir la historia de la clase obrera no tan sólo por justas razones académicas. No interesa solamente aportar nuevos materiales para el conocimiento de la auténtica historia social de Chile. Interesa también, hoy más que nunca, que el proletariado nacional conozca su verdadera historia.

Con ella la clase, obrera se conocerá mejor a sí misma.

Sabrá de sus orígenes y de su trayectoria podrá saber entonces mejor cuál es su destino o su misión histórica.

"Conocerá sus luchas, sus sacrificios, sus derrotas y sus conquistas, con lo cual sabrá que es una clase luchadora, adquirirá una noción más clara de sus fuerzas y enriquecerá sus experiencias.

Conocerá a sus adversarios y las diversas condiciones históricas en las cuales le ha correspondido actuar, lo que facilitará el desarrollo de su acción presente y futura.

En pocas palabras: a través del conocimiento de su historia, el proletariado chileno hará más fuerte y a la vez más profunda su conciencia de clase, podrá aprehender mejor la ideología que específicamente le corresponde y así seguirá con mayor certeza y confianza la ruta que la evolución histórica le tiene señalada.

Todo esto es importante, porque en la actualidad vivimos un momento decisivo en la marcha de los pueblos hacia su liberación. Iniciado este proceso en plena época imperialista, el año 1917 estallo la Revolución Rusa Con este trascendental acontecimiento, por primera vez en la historia, el proletariado asumía la calidad de clase dirigente, eliminaba el régimen capitalista y preparaba el camino para el advenimiento del socialismo. La Revolución Rusa tuvo para el capitalismo la misma significación" que la Revolución Francesa de 1789 tuvo para la sociedad feudal: marcó el comienzo efectivo de su destrucción. A partir de 1917 la lucha entre el proletariado y las clases opresoras se ha ido desarrollando en forma creciente en todos los países del mundo, aunque ha presentado en cada uno de ellos las modalidades que le correspondían de acuerdo con las condiciones históricas en que se encontraban. De esta manera, bajo la dirección de su vanguardia, la clase obrera de once países, que junto con la Unión Soviética representan mucho más de un tercio de la población del globo, ha tomado el control del Estado instaurando regímenes de democracias populares. De esta misma manera, en todos los países del mundo, la acción de la clase obrera se ha hecho más combativa.

El imperialismo y todos los países que él controla o que a él están subordinados, han recibido el impacto inevitable de estos hechos revolucionarios del mismo modo que a fines del siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XIX, la influencia de la Revolución Francesa y de los movimientos liberales se hizo sentir sobre los países en que sobrevivía el antiguo régimen. Este impacto se ha traducido en una situación de crisis general para el capitalismo y, por consiguiente, en una exacerbación del deseo de sobrevivir que se manifiesta entre los imperialistas y las clases dominantes de todos los países del mundo que se han ligado al imperialismo. Es así como organizan alianzas de todas clases, firman pactos y tratados militares, celebran conferencias, impulsan un enfermizo belicismo y preparan la guerra o la intervención armada contra los pueblos que se han liberado o que pretenden liberarse. En idéntica forma actuaron en el siglo pasado las fuerzas del antiguo régimen contra el naciente sistema capitalista: organizaron la Santa Alianza con el declarado fin de "mantener la paz" contra las "amenazas de subversión" representadas por el liberalismo y los movimientos burgueses; incluso se llegó a prestar ayuda a España para que intentara sofocar la independencia de Chile y de los demás países americanos.

Simultáneamente con esto y obedeciendo al mismo espíritu, el imperialismo, sus aliados y sus satélites, han lanzado una intensa ofensiva en el plano ideológico destinada a confundir al proletariado y a las fuerzas progresistas de todos los países. Utilizándose todos los medios de difusión, se pretende desviar la atención de estos elementos, paralizar su fuerza combativa, sembrar la incertidumbre en las masas y, en último término, atraerlas engañadas hacia la defensa de sus intereses y realización de sus propósitos. No de otra manera procedieron las fuerzas del antiguo régimen contra la burguesía y el liberalismo: se publicaron libros y periódicos, se lanzaron encíclicas y cartas pastorales que presentaban a la burguesía y al liberalismo como los mayores peligros para la civilización, para la paz, para la libertad y la tranquilidad de los pueblos; se aplicaba censura a la prensa liberal y las voces de quienes participaban en estos movimientos eran acalladas con la represión y la violencia.

En suma, hoy el imperialismo pretende -entre otros- el logro de estos tres objetivos principales:

  1. Paralizar el proceso de evolución social de cada nación -proceso que tiene por fundamento la liberación de las clases oprimidas- mediante la solidaridad internacional de los opresores.
  2. Aplastar, con el uso de la fuerza, a las naciones que ya alcanzaron su liberación; y
  3. Mantener la situación de predominio que tiene sobre países débiles o atrasados como el nuestro.

El imperialismo quiere provocar un movimiento de regresión histórica. Tales objetivos, sin embargo, no serán logrados; es imposible detener la historia o hacerla marchar hacia atrás.

Impedir que una sociedad evolucione, crezca y se desarrolle, es tan absurdo como impedir que un ser humano crezca y se desarrolle y, llegado a la edad adulta, se emancipe de la tutela paterna.

Por otra parte, los pueblos dominados por el imperialismo, tarde o temprano se zafarán de su dominación. Muchos ya lo han conseguido en estos últimos años: India, Birmania, Indonesia y otros, se independizaron de sus metrópolis. Otros, incluyendo el nuestro, luchan denodadamente por su libertad.

Finalmente, a pesar de los vastos preparativos bélicos que viene realizando, el imperialismo y sus aliados no dan muestras de poder lanzarse contra los pueblos liberados tanto de sus clases opresoras como del imperialismo. Su misma libertad ha hecho de estos pueblos fortalezas inexpugnables. Por lo demás, el bando imperialista está muy lejos de constituir un bloque homogéneo; a pesar de las alianzas políticas y militares que unen a sus componentes, es fácil percibir entre ellos profundas divergencias e indisimulables antagonismos. Estas circunstancias, unidas al repudio que halla en todos los pueblos la idea de sumir al mundo en una catastrófica conflagración armada, han impedido la consumación de los propósitos belicistas que animan a los más recalcitrantes sectores del imperialismo.

Pues bien, nuestro país se halla situado dentro de la órbita imperialista. Por tanto, el imperialismo ha hecho sentir aquí su influencia con un doble fin: consolidar las posiciones que ha adquirido en desmedro de nuestros intereses nacionales, e impedir que el proletariado chileno pueda continuar los esfuerzos libera dores que viene realizando desde que se constituyó como clase social.

A través de medios muy diversos procura, por un lado, destruir el sentimiento antiimperialista tradicionalmente arraigado en diversas capas de la sociedad chilena y que ha tenido -entre otros- exponentes tan notables como el Presidente Balmaceda. Por otro lado, conscientes el imperialismo y sus aliados nacionales de la importancia del proletariado, lanzan contra el movimiento obrero toda clase de ataques: procuran quebrar su unidad sindical, persiguen y encarcelan a sus dirigentes, tratan de liquidar sus organizaciones políticas, especialmente a la que desempeña el papel de vanguardia, difunden ideologías contrarias a la clase obrera, con lo cual quieren adormecer su combatividad, alientan y subvencionan agentes de todas clases que sirven de provocadores y divisionistas.

Por estos hechos, que comprometen seriamente nuestro porvenir como nación independiente y nuestras posibilidades de progreso social, es necesario que la clase obrera chilena se mire a sí misma, mida sus fuerzas, refuerce su combatividad, perfeccione sus instituciones y las fortalezca. Como la clase más importante de Chile, en sus manos está su propio porvenir y el porvenir de Chile. De sus luchas depende fundamentalmente la independencia de Chile y su propia emancipación como clase social.

Al actuar así, el proletariado sigue la línea que ha seguido desde su nacimiento, está siguiendo el curso de su propia evolución y no los "dictados de Moscú" como pretenden hacerlo creer el imperialismo y los agentes que obedecen a sus órdenes. Precisamente, para confirmar, esto, es importante que el proletariado conozca su propia historia, tal como ella fluye del análisis de una multitud de documentos que hasta ahora yacían intocados en el fondo de nuestros archivos y bibliotecas.

* * *

Actualmente está en vigencia en Chile una nutrida legislación social. En virtud de sus disposiciones, se ha modificado la oprobiosa situación en que la clase obrera se encontraba durante el siglo XIX. El proletariado continúa siendo una clase explotada; su vida se desenvuelve -hoy como ayer- en medio de grandes privaciones; pero, han surgido instituciones que conceden algunos beneficios a los trabajadores, y se les ha reconocido ciertos derechos elementales de los que carecieron absolutamente hasta hace unos pocos lustros.

Los elementos burgueses se ufanan con esto. Para ellos, ya el proletariado ha logrado el máximo de ventajas sin necesidad de destruir el dominio que los capitalistas y los terratenientes ejercen en la sociedad. Los trabajadores chilenos, exclaman muy orondos, gozan de las leyes sociales más avanzadas del mundo y ellas se deben al espíritu progresista de nuestros gobernantes; los trabajadores de Chile, agregan, tienen abiertas las más amplias posibilidades de progreso gracias a la comprensión y espíritu democrático de las clases dirigentes. Por otra parte, es muy frecuente observar que ciertos políticos se atribuyen el carácter de padres de esa legislación y no desperdician ocasión de hacerlo notar.

Pues bien, la historia del movimiento obrero enseña que los derechos que hoy goza la clase obrera y los beneficios que en alguna medida ha logrado, no fueron gratuitas concesiones hechas por gobernantes burgueses o terratenientes; tampoco fueron dádivas desinteresadas de las clases dirigentes. Son única y exclusivamente conquistas de la clase obrera. Ella, a través de sus largas luchas, durante las cuales padeció sacrificios sin cuenta y hubo que hacer derroche de heroísmo ante la brutal violencia desatada en su contra; ella, regando muchas veces la tierra de Chile con su sangre generosa y dando ejemplos imperecederos de dignidad, ella y sólo ella, conquistó los derechos y los beneficios -muy escasos todavía- de que actualmente usufructúa (2).

Es bueno que las nuevas generaciones de hombres enrolados en las filas proletarias no olviden esto. Ellas tienen un rico legado de heroísmo y combatividad que recoger. Y ellas tienen también una gran misión histórica que cumplir, un ineludible compromiso con el futuro: liberarse de la sujeción en que se encuentran para que, unidas a los proletarios de todos los países, logren que la humanidad entera entre plenamente al mundo de la libertad.


Notas

1. Domingo Amunátegui Solar: ob. cit. Pág. 7.

2. Confirmando los puntos de vista expuestos, Maurice Thorez, el gran dirigente del proletariado francés, sostuvo:

"La clase obrera sabe por experiencia que la teoría marxista dice verdad al afirmar que ninguna ley social es promulgada jamás, que ninguna mejora es aceptada por los patronos sin la lucha de los trabajadores. Toda conquista social es anulada por la burguesía si no la defiende la clase obrara". (Citado en "El Siglo", el 3 de diciembre de 1955).


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