Historia del movimiento obrero en chile


CAPÍTULO VIII

LUCHAS REIVINDICATIVAS DE LA CLASE OBRERA

En el período que estudiamos, las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera no experimentaron ningún mejoramiento con respecto a las existentes con anterioridad a 1880. La explotación a los obreros siguió despiadada; su standard de vida, miserable. Al cuadro que trazamos en el capítulo III de la primera parte, sólo habría que agregar informaciones relativas a los obreros de las salitreras.

Una literatura relativamente abundante, compuesta de estudios técnicos, de trabajos históricos, de informes oficiales y discursos parlamentarios, de ensayos, novelas y artículos de prensa, señala que la situación de la clase obrera en el norte era desastrosa. A la hostilidad inalterable y ciega del medio natural, se agregaba la más implacable y sistemáticamente cruel explotación realizada por los empresarios capitalistas. En verdad, puede decirse que la vida cotidiana del obrero era un continuado infierno; dentro de él no tenían cabida momentos para que los trabajadores, recobrando su condición humana, pudieran gozar -un poco siquiera- de su existencia. Un historiador liberal, don Domingo Amunátegui Solar, refiriéndose a este asunto, escribió:

"Como es notorio, el clima de las provincias de Tarapacá y Antofagasta es en extremo desigual; así como el termómetro baja en la noche de cero grado, en la mitad del día marca un calor excesivo.

"Las habitaciones de calamina en los campamentos de la pampa eran las menos adecuadas para contrarrestar el hielo nocturno.

"Pero estos padecimientos resultaban pequeños con el riesgo a que se exponían los trabajadores en los cachuchos hirviendo, donde se disolvía el caliche por medio del vapor.

"Otro cargo formidable dirigieron a menudo los obreros contra los administradores, y éste consistió en los precios excesivos que aquellos debían pagar en las pulperías, por los géneros y artículos de consumo.

"A la vista de este cuadro, puede afirmarse que no era más miserable la condición de los indígenas, durante la época colonial, en los lavaderos de oro" (1).

Lo dicho por Amunátegui sólo es una parte de lo que aconteció en el norte; a eso habría que añadir lo siguiente:

Las jornadas eran nominalmente de doce horas; en la realidad, subían a catorce y aun a diez y seis. Además, una gran cantidad no gozaba del descanso dominical; "el domingo no es día de descanso en el reino del salitre", afirmaba un periodista inglés que visitó las salitreras en 1889, acompañando a North (2). No existían las más mínimas condiciones de seguridad en las faenas, por lo cual los accidentes -muchas veces fatales- se producían con gran frecuencia. El trabajo, singularmente penoso, demandaba un gran desgaste físico que repercutía de modo negativo en la salud del obrero y también producía algunas enfermedades profesionales, especialmente silicosis.

Los salarios eran más altos que en el resto del país. Sin embargo, los capitalistas los cercenaban abusivamente a través de procedimientos que no pueden ser calificados sino como robo organizado. Así, a veces pagaban jornales inferiores a los convenios, o bien se aplicaban multas y descuentos arbitrarios (3). En seguida no se pagaba en moneda corriente, sino con fichas o vales, lo que involucraba un perjuicio para los trabajadores; éstos, privados de un medio legal de pago, sólo podían adquirir mercancías en las pulperías o negocios que instalaban las empresas; en ellos se especulaba desconsideradamente, recargando los precios en un 100% a lo menos, aprovechando el monopolio comercial que los favorecía (4), y las fichas o vales solían ser recibidos con un descuento del veinte, treinta y aun cuarenta por ciento de su valor nominal.. Muy frecuentemente los jornales se pagaban al término de. periodos o temporadas que oscilaban entre dos y seis , meses, con lo cual evitaban que el obrero cambiara de patrón durante un tiempo largo; además, con este procedimiento obligaban al trabajador a pedir "anticipos", los que, como dependían de la voluntad del empresario, se pagaban sólo con fichas; por último, el sistema de pagar al cabo de largas temporadas significaba en el hecho que las empresas compelían a los trabajadores a concederles ventajosos créditos, libres de intereses. No era raro que, cuando llegaba el momento en que las empresas debían pagar a sus operarios, se declararan incapaces de atender a sus compromisos; así, prorrogaban indefinidamente el plazo para dar cumplimiento a su obligación, ó simplemente encontraban un subterfugio para no cancelar salarios adeudados realizando una verdadera estafa a los trabajadores (5).

En las faenas salitreras se empleó ampliamente el trabajo infantil; varios miles de niños menores de diez y seis años estuvieron ocupados en toda clase de labores en las oficinas salitreras. El año 1900, un funcionario informaba al Intendente de Tarapacá que cada campamento contaba con cien o más niños en edad escolar; pero, en lugar de asistir a la escuela, llevaban una existencia "...del más rudo trabajo, sin que nadie eduque ni alimente los sentimientos del corazón" (6). A los niños y jóvenes se pagaba, por supuesto, salarios muy inferiores; Semper y Michels, en su obra sobre la industria del salitre, informan que el año 1906 al trabajador adulto se pagaba de $ 2,50 a $ 3,50, en tanto que el joven sólo recibía entre $ 1,50 y $ 2,50.

Los empresarios sometían a sus obreros a los más absurdos reglamentos; debido a ellos, las oficinas salitreras más parecían campamentos de trabajos forzados o campos de concentración que lugares donde trabajaban obreros libres. En ellos prevalecía omnipotente la voluntad del administrador que, la generalidad de las veces, se hacía sentir arbitraria y violenta, provocando enconados resentimientos. "El administrador de la oficina -escribió el inglés Howard Russell en 1889- es un magistrado investido de grandes poderes en su pequeño reino..." (7).

Por fin, los obreros del norte sintieron muy directamente no sólo las alternativas del régimen capitalista, sino también los manejos antisociales y antinacionales de los monopolios imperialistas; respecto de esto último, cabe recordar que cuando las empresas salitreras organizaban las combinaciones destinadas a restringir la producción con el fin de provocar escasez artificial del nitrato y, por consiguiente, alzar su precio, una de las primeras medidas que adoptaban consistía en eliminar trabajadores produciendo cesantía. Y cuando ésta llegaba, se creaban a los obreros y a sus familias situaciones desgarradoramente trágicas. A raíz de la combinación salitrera de 1884, varios miles de obreros quedaron cesantes, por lo que en un periódico se decía:

"...actualmente la Pampa del Tamarugal es recorrida en distintas direcciones por diversas caravanas de peones chilenos, muchos de éstos, ex soldados de la guerra última... los victoriosos soldados de ayer, desvalidos gañanes ahora, cruzan los arenales cubiertos de harapos, bajo un sol abrasador, sedientos, solicitando humildemente que se les dé trabajo para no morir" (8).

Más tarde, en 1890, los industriales del salitre provocaron una artificial reducción de faenas con lo que hubo una fuerte y penosa cesantía. "Cartas de Iquique y otros lugares -decía un periódico- nos hacen diariamente conocer la situación de los trabajadores. La aglomeración excesiva y la disminución de labores, ha dado por resultado que la mayor parte estén desocupados y sin recursos para vivir" (9). Luego, en 1896, al llegarse a acuerdo para establecer una nueva combinación, quedaron cesantes más de seis mil obreros de las salitreras, quienes padecieron con sus familias horrorosas penurias. La paralización de faenas en las salitreras repercutió quebrantando toda la actividad económica del norte y, por consiguiente, enrolando en las filas de obreros en paro forzoso varios miles de portuarios, ferroviarios, fundidores, etc. (10) La mayor parte de los obreros cesantes fueron trasladados al sur en las más inhumanas condiciones, lo que provocó frecuentes amotinamientos en los barcos de transporte (11). La cesantía no sólo afectaba a los cesantes sino que, al producir un exceso de mano de obra en el mercado del trabajo, influía para que fueran rebajados los salarios de los obreros que seguían ocupados; además, repercutía desfavorablemente en toda la vida de la región.

En cuanto a las condiciones de vida en que se hallaron los obreros del norte, podemos decir que ellas fueron miserables en todo el sentido de la palabra. Y no podía ser de otro modo. Una masa de gente que trabajaba duramente de sol a sol, que era víctima de un refinado y perfectamente estudiado mecanismo de explotación no podía vivir con la dignidad mínima de un ser humano y, lo que era peor, ni siquiera podía subsistir adecuadamente. La alimentación era deficiente; el vestuario inapropiado; las viviendas, en el período que estudiamos, "...eran miserables chozas, hechas con sacos usados, trozos de fierro acanalado y pedazos de costra amontonados" (12). Las oportunidades educacionales eran muy escasas y había ausencia completa de medios de recreación sana. Incluso por los caracteres de la zona y por las modalidades de la vida en los campamentos, los obreros estaban privados de la posibilidad de poder constituir sus hogares.

Tan terribles fueron las condiciones de vida y de trabajo de los obreros en las salitreras, que un participante en la Convención celebrada por el Partido Conservador el año 1895, don Francisco Antonio del Campo, venciendo la insensibilidad social característica de los pelucones, pudo decir lo siguiente:

"En esas regiones campea libremente el extranjero explotador, para quien no hay otra ley que esa que inspira su interés insaciable, ni otro Dios que su sola voluntad, siempre agria, despótica siempre. Y considerando y tratando al infeliz obrero como a animal de carga, le abruma de exacciones hasta el punto de hacerle ilusorio el mezquino y efímero salario. Y las autoridades, así administrativas como judiciales, ven embotada su acción en las diestras y astutas redes que les tiende el extranjero.

"¡Mientras tanto, el pobre obrero chileno, ablandando con su sudor las gruesas capas de caliche que ha de triturar con su barreta...!" (13).

De una manera general, en el período posterior a 1880, todos los sectores asalariados del país se vieron afectados con la creciente intensidad que tomaba el proceso de desvalorización monetaria. La moneda corriente, que era papel moneda o billete de curso forzoso, que el año 1880 tenía un valor de 31 peniques aproximadamente, llegó a poco más de 24 peniques en 1890. Esta depreciación monetaria provocaba alzas en el costo de la vida, lo cual contribuía a hacer más difícil y precaria la ya insostenible situación de la clase obrera.

* * *

Pues bien, la situación de la clase trabajadora, el desarrollo de su conciencia de clase, las primeras manifestaciones de una actividad partidista orientada a "...la emancipación política, social y económica del pueblo..." y el ejemplo de las luchas sostenidas por el proletariado en otros países, crearon en Chile un clima de agitación muy favorable para que la clase obrera pudiera plantear reivindicaciones y luchar decididamente por ellas. La cuestión social irrumpe en nuestro país con plena intensidad, quedando iniciado definitivamente un nuevo proceso de lucha de clases dentro del cual el proletariado desempeña el papel de uno de los principales contendores.

Fruto de estas condiciones fueron los numerosos movimientos obreros que se produjeron a partir del año 1884 y que culminaron con las grandes huelgas de 1890. En un estudio que está muy lejos de ser exhaustivo, hemos podido determinar alrededor de sesenta conflictos entre 1884 y 1889; con seguridad, una investigación más minuciosa, hecha especialmente a base de los periódicos que se publicaban en diversas ciudades, hará posible saber de una cantidad mucho más alta de estas luchas que se libraban entre el trabajo y el capital. La lista de los conflictos que hemos registrado es la siguiente:

  1. Incidentes. Mineral de Sierra Gorda. Antofagasta, julio 1884.
  2. Incidentes. Mejillones, agosto 1884.
  3. Huelga. Covaderas. Punta de Lobos, agosto 1885.
  4. Huelga. Peluqueros. Iquique, septiembre 1885.
  5. Huelga. Lancheros. Pisagua, septiembre 1885.
  6. Huelga. Obreros. Ascotán. Antofagasta, octubre 1885.
  7. Huelga. Fleteros. Iquique, noviembre 1886.
  8. Huelga. Palanqueros. Iquique, mayo 1887.
  9. Huelga. Lancheros. Iquique, mayo 1887.
  10. Huelga. Jornaleros. Pisagua, junio 1887.
  11. Huelga. Jornaleros. Iquique, septiembre 1887.
  12. Movimiento. Mineros. Coronel, 1887.
  13. Huelga. Fleteros. Arica, enero 1888.
  14. Incidentes. Calama, febrero 1888.
  15. Huelga. Mineros. Copiapó, marzo 1888.
  16. Huelga. Suplementeros. Iquique, marzo 1888.
  17. Incidentes. Santiago, abril 1888.
  18. Huelga. Lancheros. Valparaíso, mayo 1888.
  19. Movimiento. Jornaleros y carretoneros. Valparaíso, mayo 1888.
  20. Huelga. Cigarreros. Santiago, mayo 1888.
  21. Movimiento. Panaderos. Iquique, junio 1888.
  22. Incidentes. Santa Rosa de Huara. Iquique, junio 1888.
  23. Huelga. Panaderos. Santiago, julio 1888.
  24. Huelga. Carretoneros. Iquique, julio 1888.
  25. Huelga. Tipógrafos. Santiago, julio 1888.
  26. Movimiento. Obreros ferroviarios. Santiago, julio 1888.
  27. Movimiento. Cortadores carne. Santiago, julio 1888.
  28. Huelga. Panaderos. Talca, julio 1888.
  29. Huelga. Panaderos. Valparaíso, julio 1888.
  30. Movimiento. Tranviarios. Santiago, julio 1888.
  31. Movimiento. Peluqueros. Santiago, julio 1888.
  32. Incidentes. Caleta Junín, julio 1888.
  33. Huelga. Tipógrafos "El Mercurio". Valparaíso, julio 1888.
  34. Huelga. Suplementeros. "El Mercurio". Valparaíso, julio 1888.
  35. Movimiento. Panaderos. La Serena, agosto 1888.
  36. Incidentes. Lota, septiembre, 1888.
  37. Huelga. Jornaleros Estación Central. Santiago, enero 1889.
  38. Incidente. Obreros ferroviarios Caldera-Copiapó, enero 1889.
  39. Huelga. Jornaleros Estación Barón. Valparaíso, enero 1889.
  40. Motín obreros enganchados vapor Ayacucho enero 1889.
  41. Movimiento. Obreros Mina Rodeíto. La Serena, febrero 1889.
  42. Incidente. Mina Panizo. Santa Rosa de Huara. Iquique, febrero 1889.
  43. Huelga. Guardianes penitenciaría. Santiago marzo 1889.
  44. Movimiento. Sierra Gorda. Antofagasta, marzo, 1889.
  45. Movimiento. Obreros ferrocarril. Laraquete, marzo 1889.
  46. Huelga. Obreros construcción ferrocarril Talca-Constitución, abril 1889.
  47. Huelga tranviarios. Santiago, abril 1889.
  48. Huelga. Mina A. Prat. Antofagasta, abril 1889.
  49. Movimiento. Obreros canalización Mapocho. Santiago, abril 1889.
  50. Huelga. Obreros construcción ferrocarril trasandino. Los Andes, mayo 1889.
  51. Huelga obreros construcción ferrocarril Longitudinal Norte. Huasco, junio 1889.
  52. Huelga. Jornaleros. Pisagua, septiembre 1889.
  53. Movimiento. Obreros canalización Mapocho, septiembre 1889.
  54. Movimiento. Cocheros. Santiago, septiembre 1889.
  55. Huelga. Obreros ferroviarios. Concepción, noviembre 1889.
  56. Movimiento. Obreros Playa Blanca. Antofagasta, noviembre 1889.
  57. Huelga. Obreros fundición. Guayacán. Coquimbo, diciembre 1889.
  58. Huelga. Obreros ferrocarril construcción Talca-Constitución, diciembre 1889.
  59. Huelga. Obreros ferrocarril construcción Ofic. Lautaro-Santa Luisa. Taltal, diciembre 1889.

Culminación de todos estos movimientos fueron las huelgas del año 1890 que, por su magnitud y trascendencia, así como también por la época en que se produjeron, merecen ser colocadas junto a los más importantes episodios que las luchas sociales han dado lugar en nuestro país.

El análisis de los movimientos señalados, excluyendo los de 1890 a los cuales nos referiremos en forma aparte, nos permite establecer los siguientes hechos:

1. La mayor parte de los conflictos se produjo a partir del año 1887, alcanzando un promedio de dos por mes en 1888 y en 1889. Estos promedios son significativamente altos si se tiene en cuenta la época en que tales movimientos se produjeron; conviene, además, no olvidar que dichos promedios fueron en realidad más elevados, ya que la cantidad efectiva de conflictos que se produjo en la época estudiada fue más alta que la anotada en estas páginas.

2. Los conflictos se produjeron con más frecuencia y en más elevada cantidad en los centros de mayor concentración proletaria: Santiago, Valparaíso y las provincias del Norte, especialmente Tarapacá. De los cincuenta y nueve que hemos registrado, catorce se produjeron en Santiago, seis en Valparaíso, veinticuatro en diversos puntos del Norte, particularmente en Iquique, Pisagua y la pampa; los restantes se distribuyen en La Serena, Concepción, Lota, Coronel, Laraquete, Talca, etc.

3. Los conflictos afectaron a sectores muy variados de trabajadores; en términos generales, en la lista precedente se pueden distinguir elementos pertenecientes a unos veinte gremios diferentes. Hubo también algunos movimientos en los cuales participaron masas populares numerosas, sin que sea posible discriminar qué sectores de trabajadores intervinieron en ellos; tal ocurrió, por ejemplo, con las incidencias que hubo en Santiago en abril de 1888, durante las cuales, en señal de protesta por el alza de la movilización colectiva, fueron destruidos más de veinte tranvías por el pueblo.

4. Gran parte de los movimientos registrados fueron huelgas; algunos tuvieron el carácter de conflictos del trabajo que no alcanzaron a generar huelgas, sea porque se accedió a las demandas de los trabajadores tan pronto como ellas fueron presentadas, o porque éstos se desistieron de sus peticiones; otros fueron paros cortos, generalmente de un día; unos cuantos tomaron el aspecto de rebeliones de trabajadores; y, por último, hubo también incidentes callejeros violentos en los que fueron actores grupos relativamente grandes de obreros.

5. Todos los movimientos, sin excepción, fueron reivindicativos; en ellos se pedían alzas de salarios, respeto a compromisos entre obreros y empresarios no cumplidos por éstos, mejoramiento de las condiciones de trabajo, etc. En el caso de los incidentes callejeros, ellos tuvieron por causa: el alza de tarifas en la movilización urbana, abusos cometidos por fuerzas policiales contra obreros y abusos cometidos por empresarios, etc. Recalcando el carácter reivindicativo de los movimientos obreros ocurridos en el norte, "El Mercurio" del 23 de diciembre de 1889 escribía:

"Todos los motines que se suscitan en las oficinas salitreras son únicamente debidos al mal trato que se les da a los trabajadores, ya que no se les paga con puntualidad como debía hacerse. Los contratistas debían evitar todos estos desórdenes pagando a tiempo y tratando de mejorar a los trabajadores. Estos desórdenes pueden ir en aumento y el día menos pensado, pensando que se va a sublevar toda la gente, tendremos que comunicar unas cuantas desgracias".

6. Varios movimientos huelguísticos no estallaron inesperadamente, sino que fueron la culminación de un proceso que solía empezar con la presentación de peticiones. En diversas oportunidades, éstas se hicieron por medio de pliegos en los que los obreros exponían fundadamente sus demandas. Algunos de estos pliegos tienen singular importancia; acusan un principio de dominio, por parte de los trabajadores, de la estrategia que conviene emplear en las luchas sociales y de la táctica con que en ellas debe operarse; revelan también conciencia muy clara de los problemas que recaían sobre ellos y de las soluciones que debían ser adoptadas.

Además, son valiosos porque constituyen piezas documentales de primer orden para trazar con exactitud la situación real de la clase obrera y para reconstruir el criterio con que esta clase encaraba tal situación. Entre los pliegos notables por su contenido, se destacaba el que presentaron los trabajadores de panaderías de Santiago el 5 de julio de 1888 y que dice así:

"El gremio de panaderos, reunidos en esta fecha, con el propósito de arbitrar algunas medidas que salvaguardan su bienestar teniendo presente:

"1º Que el proyecto de ley presentado al Congreso Nacional con el objeto de gravar al ganado extranjero, tendrá por objeto inmediato triplicar el precio de la carne, haciendo imposible su consumo por la mayoría del país, y en especial para los trabajadores del gremio de panaderos;

"2º Que el encarecimiento de la carne produce como necesaria consecuencia el alza de todos los artículos alimenticios, alza que, recayendo principalmente sobre los que vivimos del trabajo sin otra propiedad que nuestros brazos, altera profundamente nuestros medios de vida y nos hace imposible la subsistencia;

"3º Que el curso desfavorable del cambio importa para la nación millones de pérdida cada año, pérdidas que gravan a los consumidores pobres de un modo abrumador, sin que el Gobierno haya tomado medida alguna eficaz para mejorar la condición del pueblo, no obstante que la nación tiene $ 18.000.000 sobrantes;

"4º Que tanto la ley sobre las carnes como el mantenimiento del papel moneda de curso forzoso, importan un privilegio autorizado por los legisladores para condenarnos a la miseria y al hambre;

"5º Que aparte de estas consideraciones generales el gremio de panaderos soporta las más pesadas tareas y consume su temprana vida en diez y siete horas de trabajo diurno y nocturno durante trescientos sesenta y cinco días al año;

"6º Que sin consideración al desgaste de fuerzas que supone un trabajo tan abrumador, nuestros patrones nos imponen multas equivalentes al doble de nuestro salario cada vez que la necesidad del descanso o una enfermedad nos hace faltar al trabajo;

"7º Que semejantes tareas, superiores a las de esclavos, nos priva del necesario descanso del día domingo y nos hace extranjeros en nuestro propio hogar y casi desconocidos para nuestros hijos;

"El gremio de panaderos acuerda:

"Iº Poner en conocimiento de sus patrones que en lo sucesivo trabajarán bajo las siguientes condiciones:

"1º Limitación de sus tareas a doce horas de trabajo;

"2º Aumento de 50% en los salarios que actualmente gana cada operario;

"3º Supresión absoluta e incondicional de toda multa por inasistencia al trabajo;

"4º Supresión del trabajo en los días domingos;

"5º Que se efectúe el pago de salarios por semanas de seis días y en la mañana del día domingo;

"2º Cesar en sus trabajos desde el día de hoy mientras la mayoría de los patrones no acepta las condiciones preinsertas;

"3º Comprometerse bajo la fe del honor y en nombre de sus hijos a mantener estos acuerdos sin que ninguno pueda admitir trabajo en otras condiciones que las acordadas, bajo la pena de ser considerado traidor.

"4º Nombrar una comisión, compuesta de los infrascritos para que lleve a efecto estos acuerdos, facultándolo para nombrar delegados a una comisión de conciliación si así conviniere a los intereses del gremio.

"Lo que tenemos el honor de comunicarle, advirtiéndole que esperamos su contestación hasta las cinco de la tarde de hoy.

"Daniel Garay, Baldomero Jara, Rosalindo Villaseca, Eduardo González, Domingo Toro, José Santos Prieto, Genaro Gajardo, Teodoro Velasco Elvia" (14).

7. Los paros y movimientos huelguísticos tuvieron resultados diversos. Para los trabajadores, sin embargo, hubo una mayor cantidad de derrotas que de "triunfos, lo que se debió a que todavía en aquella época el movimiento obrero era débil, el espíritu de solidaridad no se había desarrollado entre los trabajadores, faltaba experiencia a los dirigentes y no estaban aun bien perfeccionados los instrumentos de lucha que el proletariado debía usar. Por estos motivos, los elementos patronales podían lanzar contra los obreros el peso de su fuerza y de su influencia, e impedir que así éstos pudieran alcanzar sus objetivos.

8. De una manera general, los movimientos que analizamos demuestran, desde varios puntos de vista, la relativa madurez alcanzada por el proletariado en el período que estudiamos. En efecto, todos estos movimientos no se produjeron por generación espontánea, sino que fueron el fruto del crecimiento experimentado por la clase obrera. Ella disponía de un comienzo de organización política, el Partido Democrático, que sin duda alguna estimuló y encauzó gran parte de las luchas sostenidas por los trabajadores; contaba, además, con una cantidad de organizaciones de carácter gremial en las cuales los diversos sectores obreros habían alcanzado un mínimum de solidaridad, comprensión de sus problemas comunes, capacidad para actuar con alguna disciplina en la consecución de objetivos comunes, etc.; tenían también, una conciencia de clase que se iba haciendo cada vez más sólida gracias a las múltiples influencias del movimiento obrero internacional y al propio desarrollo que ella había experimentado; por fin, contaba con cierto grado de concentración, lo que facilitaba el enlace entre los obreros y lo que permitía el intercambio de experiencias y la recíproca incitación a la lucha.

* * *

Porque los conflictos producidos eran demostración clara del surgimiento combativo de la clase obrera, es que ellos alarmaron a las clases dirigentes. En algunos círculos, por ejemplo, en el Club del Progreso de Santiago, institución que agrupaba elementos liberales, "...el señor Dávila Larraín expuso que las huelgas ocurridas entre nosotros no han obedecido a las causas económicas que de ordinario las producen; pero, considerando que puede haber algún malestar social en la clase obrera, cree que nuestras autoridades deben contribuir a aliviarlas en cuanto sea posible" (15). En esta Sociedad prevaleció el criterio de que el obrero es libre para solicitar el salario que crea conveniente por su trabajo y de retirarse de una faena cuando lo desee; sin embargo, "...abusa de su derecho cuando por medio del complot trata de arrancar violentamente concesiones injustas" (16).

Entre los elementos conservadores y clericales, estos movimientos fueron considerados como un efecto de la acción realizada por los liberales en Chile. Su argumentación era la que sigue: el liberalismo, al propender a la restricción de la influencia de la Iglesia en las instituciones sociales, hizo posible que las ciases trabajadoras se alejaran de la religión; al apartarse del seno de la Iglesia, al debilitar su fe, los trabajadores perdieron el único medio que les hacía soportable la miseria y la explotación, y que los mantenía en obediencia con respecto a las clases dominantes; en cambio, llevados por la impiedad, los obreros fueron fácilmente ganados por la propaganda socialista. Estas ideas, que en el fondo exponen y desarrollan admirablemente el principio de que la religión es opio que adormece la combatividad del pueblo, se encuentran desarrolladas en su integridad en un editorial de "El Estandarte Católico" publicado el 30 de abril de 1888 a raíz de los incidentes ocurridos en Santiago el día antes; de él extraemos los siguiente párrafos:

"...se ven los primeros síntomas del socialismo que al presente hace estragos en casi todos los países europeos, y que hasta hoy había sido en Chile planta exótica que parecía no hallar aquí tierra en que arraigarse...

"A nuestro juicio, el causante de estos males es el liberalismo que comienza a recoger el fruto de la propaganda de impiedad que de antiguo ha venido haciendo en nuestro pueblo. La obra principal y casi única del liberalismo en todo el tiempo que ha tenido en sus manos las riendas del poder ha consistido en la descatolización del país y de sus instituciones...

"Los sucesos de ayer son manifestaciones de descontento de la clase proletaria contra los dueños de la fortuna; pero este descontento, que fácilmente se convierte en odio sistemático, es una consecuencia del enfriamiento de la fe religiosa, que es la única capaz de producir con sus inmortales promesas y esperanzas la tranquila resignación del pobre en su miseria... Quitad al pueblo la fe que lo consuela y sostiene en su vida de perpetuas privaciones, y le habréis quitado la sola compensación eficaz que lo hace mirar sin odio ni envidia a los favorecidos de la fortuna, a los que nadan en la abundancia, mientras él, fatigoso gime en la escasez abrumado por el trabajo que le suministra el pan escaso...

"Pues bien, el liberalismo se ha empeñado en separar al pueblo que trabaja y que sufre, de esta santa religión que lo conforta, lo alienta y lo consuela en sus amargas privaciones. Ahora ese pueblo, a quien le ha quitado el único freno capaz de poner a raya sus pasiones y la única compensación que puede hacerle aceptar resignadamente el lote de su miseria, se levanta contra él mismo maldiciendo de la aristocracia y la riqueza".

Con términos muy violentos, los clericales también responsabilizaron al Partido Democrático de estos movimientos. Así, "El Independiente" del 1º de mayo de 1888, refiriéndose también a los sucesos que tuvieron lugar en Santiago el 29 de abril, decía:

"Pero ante todo, conviene saber la causa o el origen de este movimiento de guerra a la propiedad. Sabemos que desde hace algún tiempo tres o cuatro individuos, o locos o criminales, se ocupaban de predicar a gentes ignorantes una nueva doctrina que tenía por fin el trastorno del orden social y como medio para conseguirlo, la destrucción de lo mío y de lo tuyo...

"Teníamos además noticia también de que alrededor de ellos se organizaba desde hace algún tiempo un grupo o banda, no por cierto de trabajadores y artesanos honrados, sino de pillastres y miserables que se daban a sí mismos el nombre de demócratas y formaban el núcleo de los nuevos niveladores o descamisados".

La actitud del Gobierno y de las autoridades frente a los movimientos que estudiamos fue más bien de expectación; no actuaron reprimiéndolos, pero tampoco procurando que prevaleciera la justicia, es decir, que se atendiera a las demandas de los trabajadores. Tal conducta, en todo caso, contrasta con la de gobiernos posteriores que tomaron ostensiblemente el partido de las clases explotadoras y dejaron caer sobre los obreros todo el peso de la acción represiva del Estado, provocando feroces masacres, aprisionando y persiguiendo obreros, declarando estados de sitio o solicitando facultades extraordinarias de carácter represivo.

En el curso del mes de julio de 1890, tuvo lugar una serie de movimientos huelguísticos que por su magnitud, fueron los más importantes del siglo XIX y que pueden figurar -como ya se ha indicado- entre los más intensos en toda la historia del movimiento obrero nacional. Se iniciaron en la ciudad de Iquique y como un reguero se extendieron a toda la provincia de Tarapacá y Antofagasta; tumultuosas repercusiones alcanzaron en la ciudad de Valparaíso, y también algunas -más débiles- en Viña del Mar, Santiago, Quillota, Los Andes, Talca, Concepción, Lota y Coronel.

En Iquique el movimiento fue comenzado el día 2 de julio por el gremio de lancheros, quienes presentaron un pliego de peticiones concebido en los siguientes términos:

"En atención a la escasa remuneración que se nos paga por nuestro trabajo, remuneración que no alcanza para subvenir a la satisfacción de las necesidades más imperiosas de nuestro vestuario y alimento, y que ha quedado subsistente desde hace más de tres años a pesar de la depreciación del cambio y (del alza) de los artículos más indispensables para nuestra subsistencia, hemos resuelto solicitar al comercio de esta ciudad un aumento en el valor de nuestro trabajo para que quede en armonía con los sacrificios que él nos impone y para que pueda bastar a los gastos que demanda nuestra vida diaria.

"No es posible que pesen únicamente sobre nosotros los perjuicios que origina la baja del cambio. El comercio se aprovecha de ella para subir el valor de sus mercaderías; el industrial, que percibe el valor de su producto en oro, gana también pagándonos en moneda depreciada.

"Tal vez así se explica el mantenimiento de la depreciación de nuestro billete, puesto que con ella gana todo el mundo, menos nosotros que somos los que concurrimos más que nadie a la riqueza del país y la riqueza de los comerciantes e industriales.

"Obligados por la necesidad, solicitamos que nuestro honorario se nos pague desde la fecha en plata. Nadie podrá calificar de exagerada esta pretensión por las consideraciones expuestas, por lo caro de la vida en este pueblo y por el pesadísimo trabajo que desempeñamos. Nadie podrá tampoco calificar de ilegal nuestra exigencia desde el momento que el mismo Supremo Gobierno cobra sus derechos en moneda fija y que algunas empresas extranjeras que se enriquecen con el fruto de nuestros sacrificios, como la Compañía de Vapores y la Empresa de Ferrocarriles lo hacen del mismo modo" (17). Luego de esta exposición de motivos, el pliego continuaba planteando como demanda fundamental el pago de salarios en moneda de plata o su equivalente en billetes corrientes. Simultáneamente con la presentación del pliego, los obreros se declararon en huelga.

El día 3, adhirieron a los lancheros, planteando a la vez sus propias reivindicaciones, otros gremios obreros; el 4, la paralización de faenas en Iquique fue completa. Por primera vez en la historia de Chile se producía una huelga general. Las demandas de los trabajadores, a pesar de algunas diferencias, planteaban el pago de los salarios en moneda de plata o su equivalente en billetes, alza de salarios y mejoramiento de algunas condiciones de trabajo.

Simultáneamente con declararse en huelga, los obreros realizaron concentraciones públicas y desfiles para dar fuerza a sus demandas; en uno de éstos, participaron más de cinco mil personas y terminó con una concentración que contó con una asistencia superior a ocho mil trabajadores. No obstante realizarse con tranquilidad, fue violentamente disuelta por las fuerzas armadas, quedando alrededor de un centenar de heridos. De esta represión, se responsabilizó al Intendente Blest Gana, quien habría actuado por instigación de los capitalistas, especialmente del inglés John Dawson.

La huelga de Iquique dio origen a exageradas y alarmistas publicaciones de prensa en Santiago y otras ciudades; intencionadamente, para causar alarma pública y justificar así violentas medidas represivas, se hablaba de "levantamiento de trabajadores", de "graves y sangrientos desórdenes", de "inauditos atentados contra la propiedad", etc. Pidiendo la intervención del Gobierno en su favor, los capitalistas remitieron al Presidente de la República -en aquel entonces Balmaceda- un telegrama que decía:

"Huelga de trabajadores ha tomado proporciones alarmantes. Huelguistas han penetrado establecimientos, impidiendo por la fuerza que operarios se dediquen a sus labores. Comercio y bancos obligados a cerrarse. Fuerza pública insuficiente para proteger Iquique. Oficinas salitreras y distritos mineros en inminente peligro, sin que la autoridad tenga elementos para dominar la situación y hacer respetar la vida y la propiedad. El comercio nacional y extranjero que suscribe, pide a V. E. se digne tomar medidas que salven la situación y hagan respetar los cuantiosos capitales comprometidos en esta provincia".

A este telegrama el Presidente contestó:

"Recibido telegrama, pido informe a Intendente. Deseo que Uds. digan cuáles son las exigencias de los huelguistas, qué pasos han dado uds. para una inteligencia razonable y equitativa con los trabajadores".

Simultáneamente con esta respuesta, que constituía una especie de invitación hecha por el Gobierno para que los empresarios atendieran a las peticiones obreras, se impartieron instrucciones para que algunos barcos de guerra, llevando tropa, se trasladaran al norte.

En vista de la firmeza de los huelguistas y de la decisión expresada por el Gobierno en orden a no emplear la fuerza para aplastar un movimiento justo, los empresarios comenzaron a acceder a las demandas obreras. El día 5, los industriales panaderos se allanaron a aumentar los salarios en un 50% y pagarlos en plata; el 7 se aceptaron las peticiones de los portuarios y el 8 se llegó a arreglo con los obreros del ferrocarril y de la Fundición Tarapacá. En general, pues, la huelga tuvo un término satisfactorio para los obreros, quienes consiguieron la mayor parte de sus reivindicaciones.

Antes que terminara en Iquique, a partir del día 7, la huelga se extendió al resto de la provincia, comprometiendo a unos diez mil obreros aproximadamente; paralizaron todas las oficinas salitreras y las minas de Huantajaya; también fueron paralizadas las faenas en el puerto de Pisagua y en otros lugares. Las peticiones formuladas por los trabajadores incluían los siguientes puntos:

1. Supresión del pago de salarios con fichas o vales;
2. Pago de salarios mensualmente;
3. Pago de salarios en moneda de plata o su equivalente en billetes;
4. Libertad de comercio en las oficinas salitreras y otros minerales;
5. Mejoramiento de las condiciones de trabajo en que se encontraban los obreros;
6. Eliminación de multas y descuentos arbitrarios que se hacían en los salarios.

La huelga en la provincia de Tarapacá se desarrolló con diversas alternativas. Tuvo desenlace favorable a los trabajadores en Huantajaya el mismo día 7. En algunas oficinas se desarrolló en un clima de gran tranquilidad; los obreros, junto con paralizar, realizaron concentraciones y desfiles. En muchas oficinas, en cambio, los obreros, exasperados por las provocaciones patronales, hubieron de asaltar las pulperías -uno de los más odiados símbolos de la explotación capitalista- con el fin de abastecerse de artículos alimenticios. Estos asaltos fueron violentamente reprimidos por los guardias de las compañías o por la policía local, a consecuencias de lo cual murieron alrededor de diez o quince obreros y unos cuarenta o cincuenta quedaron heridos (18); más o menos una veintena fue conducida a Iquique.

Entre los días 10 y 12 de julio fue resuelta la huelga; se puso término a ella mediante la firma de documentos en los cuales se acogían favorablemente las demandas de los trabajadores (19). Estos se reintegraron a sus faenas en la confianza de que los acuerdos subscritos serían respetados. Sin embargo, los empresarios, recuperados de la primera sorpresa y sintiéndose fortalecidos con la presencia de las fuerzas armadas, desconocieron totalmente los compromisos a que llegaron con los obreros, o bien, comenzaron ellos a paralizar las labores de sus empresas, argumentando que los convenios les resultaban onerosos y perjudiciales (20). La verdad es que los empresarios firmaron estos compromisos con la premeditada intención de burlarlos; David Acosta, persona que actuó en representación del Intendente de Tarapacá para tratar de resolver la huelga de la Pampa, dio a conocer este hecho, en 1897, en los siguientes términos:

"Con éste o aquel pretexto, todos faltos de fundamento positivo o justo, los explotadores de los trabajadores salitreros se prepararon desde el primer momento a reírse de esos pueblos y de las autoridades mediadoras, sirviéndose de éstas para que los salvaran del peligro que se crearon con sus propios abusos" (21).

En vista de esto, los obreros recomenzaron su lucha; eso sí que ahora en condiciones distintas. Desde luego, la presencia de abundantes fuerzas armadas sembró el temor y el desconcierto entre los trabajadores que carecían de la suficiente firmeza y espíritu de lucha; además, la actitud de los empresarios, al provocar cesantía, fue una estratagema que hizo creer a muchos obreros que sus demandas eran exageradas y se volvían contra ellos mismos. Debido a esto, la combatividad de los trabajadores en este segundo movimiento disminuyó; sus reivindicaciones excluyeron los aumentos de salarios y el pago de éstos en moneda de plata o su equivalente en billetes (22). Tampoco fue posible aunar a todos los gremios en un solo y firme movimiento; se produjeron huelgas aisladas que, por efecto de la desmoralización existente entre los trabajadores, fueron deshechas sin que se lograra ninguna conquista; antes por el contrario, gran cantidad de obreros fue lanzada a la cesantía y los empresarios restablecieron las antiguas y abusivas prácticas (23).

Coincidiendo con los comienzos del segundo movimiento en Tarapacá, el 16 de julio se inició la huelga de portuarios en Arica; duró dos días; el 19, se arregló con el acuerdo de que los salarios serían pagados en moneda boliviana.

Todavía se mantenían en todo su vigor las huelgas en la provincia de Tarapacá, cuando ella comenzó en Antofagasta el 11 de julio. Sus iniciadores fueron los obreros ferroviarios, quienes elevaron a la empresa un pliego en el que solicitaban aumentos de salarios y su pago en moneda de plata. Tan pronto como la huelga empezó, se sumaron a ella todos los demás gremios de la ciudad, es decir, una cantidad no inferior a tres mil trabajadores. Se realizaron algunas manifestaciones callejeras durante las cuales fueron asaltadas algunas casas de empeño, a consecuencias de lo cual hubo alrededor de una docena de heridos y, probablemente también, algunos muertos.

La huelga se resolvió al día siguiente; representantes obreros y patronales convinieron, en presencia del Intendente, que a los trabajadores se cancelarían sus salarios en moneda de plata y, que suprimirían las fichas como medio de pago.

En Antofagasta, lo mismo que en Tarapacá, los obreros fueron maliciosamente burlados por los empresarios. Estos aceptaron las peticiones obreras sólo como un medio de ganar tiempo y de impedir que los huelguistas, irritados, se violentaran (24). Tan pronto como desembarcaron tropas procedentes del sur, se negaron a cumplir los compromisos firmados el 12 de julio (25). Con esto se creó una situación de malestar entre los obreros, quienes, sin embargo, impotentes y un tanto desorganizados, no pudieron reanudar la lucha para que los acuerdos fueran cumplidos. Los capitalistas, no conforme con esto, empezaron a tomar represalias en contra de los dirigentes de la huelga del 11 de julio (26).

En Valparaíso, el movimiento estalló el 21 de julio a las 7 de la mañana (27), cuando se declararon en huelga los obreros de la Compañía Sud Americana de Vapores; incitados por éstos, se agregaron inmediatamente a la huelga los obreros portuarios. Las peticiones de estos trabajadores fueron: pago de salarios en plata, supresión del 25% que se descontaba en los salarios por derecho de muellaje y del 12% descontado para caja de ahorros. Los huelguistas se dirigieron en desfile a la Plaza Sotomayor, donde se concentraron; hasta allí llegó el Intendente, quien les informó que haría las gestiones correspondientes para resolver las peticiones.

Mientras tanto, empezaron a movilizarse los otros gremios de la ciudad, planteando cada uno sus propias reivindicaciones que, en general, se referían a aumentos de sueldos y mejoramiento de las condiciones de trabajo. El día 21 en la tarde, todos los trabajadores de Valparaíso y Viña del Mar estaban en huelga.

Al atardecer ese día, la huelga porteña tuvo una inesperada y violenta derivación: fue señal para que los sectores populares, víctimas de la especulación y del encarecimiento del costo de la vida, tomaran la iniciativa para sancionar directamente a quienes de un modo inmediato los esquilmaban: comerciantes y agencieros. Valparaíso dejó entonces de ser una ciudad paralizada por la huelga, para transformarse en un hervidero humano. "La ciudad presentaba el aspecto de una ciudad en los momentos más críticos. Cada plaza, cada barrio, cada calle era un centro de gente amotinada en donde oradores improvisados hacían uso de la palabra, explicando cada cual lo que pasaba, comentando a su modo y proponiendo este plan o aquel otro" (28). Y el pueblo en la calle comenzó a sancionar con medidas no contempladas por las leyes a especuladores y usufructuarios de la miseria popular que actuaban protegidos por las leyes. Fue así entonces como grandes masas, entre las cuales había muchas mujeres, jóvenes y niños, se lanzaron al asalto de almacenes que vendían artículos alimenticios, de panaderías y de agencias. La índole de los negocios asaltados indica el carácter del movimiento; no fueron tocadas las joyerías, las tiendas que vendían telas, ropas u otros negocios.

Estos sucesos que tuvieron lugar entre el atardecer del 21 y la mañana del 22, fueron violentamente reprimidos por las guardias blancas, por la policía y por tropa de Ejército que fue reforzada desde Santiago. Su saldo fue sangriento: alrededor de cincuenta muertos, más o menos quinientos heridos y una cantidad igual de presos. Entre los muertos y heridos, se contaron numerosas mujeres y niños.

No obstante este paréntesis, las huelgas continuaron, comprometiendo a unos quince o veinte mil trabajadores (29). Varias de estas huelgas fueron quebradas empleándose el trabajo de mujeres y niños (30); en numerosas empresas se convinieron arreglos a base de la aceptación de algunas demandas de los trabajadores (31). Numerosos gremios hubieron de continuar la huelga hasta los últimos días de julio y los panaderos aún la siguieron los primeros días de agosto, pues los industriales se negaban obstinadamente a concederles el descanso dominical, argumentando que con él los obreros no se presentarían a trabajar los lunes, "...lo cual les obligaría a tomar panaderos extraordinarios que exigen mayor sueldo en esos casos" (32).

Los movimientos anteriores tuvieron repercusiones en distintos puntos de la República. En Santiago, por ejemplo, los obreros ferroviarios presentaron al Gobierno y al Congreso una solicitud, pidiendo que sus sueldos fueran pagados en plata; los trabajadores no pudieron llegar a la huelga, aunque su demanda fue desestimada (33). Los obreros de la Compañía de Gas se declararon en huelga el 7 de agosto, pero fue rota mediante la contratación de rompehuelgas. En Quillota hubo huelga de panaderos, quienes pedían "...aumento de jornal y suspensión del trabajo los domingos..." (34) También hubo bastante agitación, aunque sin consecuencias, entre los obreros que trabajaban en la construcción del Ferrocarril de Calera a La Ligua. Lo mismo sucedió en Los Andes entre los obreros que construían el Ferrocarril Transandino, pero la presencia de fuerzas armadas impidió que el movimiento prosperara (35). En Talca hubo agitación en varios gremios, pero sólo llegaron a la huelga los panaderos el 19 de agosto, quienes continuaron su movimiento varios días (36). Lo mismo ocurrió en Concepción, donde también sólo paralizó el gremio de los panaderos (37). Finalmente, en Lota y Coronel hubo bastante inquietud entre los mineros; realizaron reuniones y una serie de preparativos para declarar la huelga; sin embargo, el envío de fuerzas armadas desde Concepción (38), la organización de guardias blancas por los empresarios y comerciantes (39) y las amenazas hechas por las compañías carboníferas a los obreros, inhibieron a los trabajadores para que realizaran sus propósitos; probablemente también ejercieron alguna influencia en este sentido las noticias de los fracasos con que terminaron las huelgas en el Norte.

* * *

La causa general de las huelgas de 1890 hay que encontrarla fundamentalmente en el desarrollo experimentado por el movimiento obrero con posterioridad a la Guerra del Pacífico. Como ya lo hemos hecho notar, estas huelgas no fueron sino la coronación de luchas que el proletariado nacional venía sosteniendo desde hacía algunos años y. que había alcanzado intensidad muy notable a partir de 1888. Las huelgas de 1890 fueron un episodio muy vigoroso de un proceso de lucha de clase que ya había tenido importantes manifestaciones y que ha continuado su desarrollo hasta el día de hoy.

Aparte de esta causa general, varios factores contribuyeron a que estas huelgas tomaran las proporciones con que se presentaron.

En primer término, podemos mencionar el empeoramiento de la situación económica para la clase trabajadora. La desvalorización del peso producía un alza constante en el costo de la vida; luego, "...la decadencia temporal del comercio, algo paralizado por las zozobras y desconfianzas dominantes a la sazón, dejaba sin empleo muchos brazos, o causaba reducción de jornales" (40).

Tales hechos debían necesariamente hacer más agudo el malestar de los trabajadores, sobre todo si se tiene en cuenta que se hallaban sumidos en las peores condiciones de vida y de trabajo. Por estas razones, un diario de Iquique, "El Nacional", pudo definir el movimiento que se producía "...como un levantamiento general de la clase obrera que pretende obtener una remuneración proporcional a su trabajo y al rol que desempeña en las funciones de la industria y del comercio.

Es un movimiento producido por uno de los factores más importantes que concurren a la formación de la industria, por el factor trabajo, que en presencia del capital se siente en condiciones de manifiesta inferioridad y que ve que sus esfuerzos no alcanzan el fruto a que tienen equitativo derecho. Son los obreros, que no aceptan el papel de simples máquinas automáticas y que comprendiendo la importancia de su colaboración, aspiran a que se les aprecie en su verdadero valor, y se mida su ganancia por el precio de las funciones que desempeñan en concurrencia con el capital" (41). Días más tarde, el mismo diario recalcaba: "La huelga ha nacido espontánea y naturalmente, partiendo del seno de la clase obrera que es de donde nacen en todas partes estos movimientos producidos por la falta del equilibrio que debe existir entre el trabajo y su remuneración... (42) Insistiendo en este punto, es decir, en la influencia que en la promoción de las huelgas tuvo el régimen de explotación a que estaban sometidos los trabajadores, "El Estandarte Católico" del 8 de julio publicó una información procedente de Iquique que decía:

"Los nacionales se muestran profundamente descontentos al ver la manera cómo los extranjeros y entre ellos un conocido especulador, los explotan.

"Con este motivo, se dice que en las calles y plazas públicas se han producido irritantes altercados y que el nombre de M. North y comparsa han sido puestos en expectación" (43).

Seguramente también influyó de una manera decisiva en la promoción de las huelgas, la situación político-social imperante en el país en 1890. En el curso de este año, el conflicto entre el Presidente Balmaceda y las fuerzas que lo apoyaban, con el Congreso Nacional y los intereses económico-sociales que representaba, llegó a tal grado de tensión, que por momentos se temió un violento desenlace. Y justamente, tal tensión se hizo manifiesta a partir del 1º de julio. De acuerdo con el mandato constitucional, el 30 de junio había expirado la ley que autorizaba el cobro de contribuciones (44) sin que el Congreso la hubiera renovado; por tal razón, el Poder Ejecutivo quedó sin rentas ordinarias, lo que equivalía a inhabilitarlo para que cumpliera su misión gubernativa. Esta situación, que se prolongó durante todo el mes de julio, y mediante la cual el Congreso pretendió doblegar a Balmaceda, tuvo repercusiones bastante serias, ya que amenazó con romper la estabilidad institucional de la República, colocándola al borde mismo de la guerra civil. Pues bien, este "...choque de los poderes del Estado había necesariamente de traer la relajación de los resortes ordinarios que moderan y regulan las relaciones de los trabajadores con los empresarios o jefes de establecimientos y fábricas industriales..." (45) y como resultado de ello, a los trabajadores se presentó una oportunidad para plantear enérgicamente sus reivindicaciones. Dicho en otros términos, el conflicto entre Balmaceda y el Congreso significaba -en el fondo- un profundo antagonismo y una efectiva división en las clases dirigentes, lo que produjo, en consecuencia, un relativo debilitamiento del poder represivo del Estado sobre las clases dominadas; esto favoreció al proletariado para que pudiera continuar, con renovado vigor, la lucha reivindicativa que había emprendido desde hacía algunos años.

Es probable que uno de los bandos en que se hallaban divididas las clases dirigentes, el representado por Balmaceda y sus partidarios, hubiera tratado de fortalecerse atrayendo a la clase obrera, asumiendo una actitud de simpatía y hasta de tolerancia frente a sus luchas. Esta conclusión podría admitirse lógicamente, sobre todo si se tiene a la vista el ya citado telegrama de Balmaceda al comercio de Iquique y también si se considera la actitud un tanto pasiva o especiante que observaron los representantes del Gobierno durante los acontecimientos a que venimos refiriéndonos. Por lo demás, concurre en cierta medida a sostener esta tesis el repudio de que fue objeto la actitud del Gobierno y de sus personeros por parte de la oposición. Al respecto, acusa claramente el enojo de los círculos opositores el siguiente párrafo de un editorial publicado por "La Libertad Electoral" el 7 de julio de 1890:

"¡Verdaderamente asombroso! Desde el elevado solio presidencial, se constituye el señor Balmaceda en agente oficioso, en mediador obsequioso de las exigencias de insurgentes declarados en huelgas y de los anhelos de las turbas que se pasean por las calles de la población, penetrando al recinto de las propiedades privadas, impidiendo por la fuerza que los operarios se dediquen a sus labores, y esparciendo por todas partes terror y amenazas...

"¡Bravísimo Presidente! Con tan discreto Mandatario continuaremos jactándonos de ser la República modelo de Sur América" (46).

La conducta del Gobierno no parece, sin embargo, haber estado guiada por tan oportunistas propósitos, ni tampoco fue tan ampliamente favorable a los obreros como se ha pretendido. Desde luego, la falta de dureza para tratar a los huelguistas no puede atribuirse al deseo de congraciarse con ellos, sino más bien a que se compartía el criterio generalizado entre los elementos liberales avanzados de la época, quienes veían en la huelga una simple manifestación de la libertad de trabajo de que gozaban los obreros. Por otro lado, no debe olvidarse ni por un instante, que el Gobierno dispuso el envío de fuerzas armadas a las zonas en que se produjeron huelgas o donde hubo conatos de ellas, y que la presencia de tales fuerzas tuvo un papel importante en la represión del movimiento de los obreros y alentó a los empresarios para que burlaran con impunidad los acuerdos a que habían llegado con los trabajadores.

Si se analizan los caracteres de las huelgas que venimos estudiando, entre los más importantes de ellos tendremos que dejar establecidos los que a continuación se señalan:

1. Son muy precisas y además muy homogéneas en sus demandas. En todas partes las peticiones fundamentales se refieren a pago de salarios en moneda de plata o su equivalente en papel moneda, aumentos de salarios y mejoramiento de algunas condiciones de trabajo.

2. Son huelgas que se producen con bastante simultaneidad en diversos puntos de la República.

3. Comprometen a sectores muy amplios de trabajadores, hasta el punto de que en la provincia de Tarapacá y en las ciudades de Antofagasta y Valparaíso, llegaron a ser efectivamente huelgas generales.

Por esos motivos, estas huelgas constituyen una novedad en la historia de nuestras luchas sociales y denotan un progreso evidente, tanto en la capacidad de organización como en el espíritu combativo de los trabajadores chilenos. Con ellas se hace evidente que no solamente eran capaces de concertar una acción común los obreros de una industria o rama de la actividad económica, sino que todos los trabajadores de una misma ciudad y aún de una misma región, como sucedió en la provincia de Tarapacá. Más todavía: a pesar de que no se dispone de las pruebas necesarias, aparece como muy posible la existencia de cierta organización nacional a lo menos en dos gremios: los portuarios, que en 1890 se declararon en huelga en Arica, Pisagua, Iquique, Antofagasta y Valparaíso, y los panaderos, que realizaron movimientos huelguísticos en Iquique, Antofagasta, Valparaíso, Quillota, Talca, Concepción; recuérdese, además, que estos gremios fueron precisamente los más combativos entre 1888 y 1889, como que realizaron trece de los cincuenta y nueve movimientos que registramos en aquel período.

Justamente, por los caracteres que presentaron, las huelgas de 1890 provocaron gran alarma en todas las esferas dirigentes del país. La prensa, los círculos políticos y el Congreso Nacional estimaron que había "...un interés social en hacer una investigación amplia y general para determinar los verdaderos sucesos, el verdadero origen de estos levantamientos, no tanto para perseguir a los culpables, sino para saber si su remedio para lo futuro puede encontrarse en alguna medida legislativa previsora" (47). Hubo gente como el diputado Manuel G. Balbontín, que estaba muy seriamente preocupado por saber si las huelgas demostraban la presencia en el país de "los gérmenes del socialismo"; en caso de que tal cosa ocurriera, era urgente y patriótico -creían- actuar contra tan funestos principios, impidiendo que se propagaran (48). Pero mientras Balbontín y elementos como él estaban preocupados por saber si las huelgas acusaban la existencia de gérmenes socialistas en el organismo nacional, los sectores más reaccionarios, los conservadores, vieron en ellas una inequívoca manifestación de comunismo; por su curiosidad, es de interés conocer los siguientes párrafos de un editorial que publicó "El Estandarte Católico" y que se titula "El Comunismo en Chile":

"No hace muchos días que lamentábamos las escenas vandálicas de Iquique, Antofagasta y Pisagua como manifestaciones inequívocas del aparecimiento en Chile de la plaga asoladora del comunismo, que en otros países ha sacudido tan violentamente el orden social. Los espantosos sucesos de que acaba de ser teatro nuestro primer puerto, nos confirma esta tristísima verdad" (49).

Después de 1891, la situación de la clase obrera empeoró notablemente; sobre ella recayó con todo su rigor la crisis económica casi continuada -sólo hubo muy breves intervalos de bonanza que afectó al país, entre 1891 y 1900 (50); tal crisis estuvo condicionada en gran parte por las perniciosas manipulaciones que el imperialismo inglés realizaba sobre la industria salitrera, por la incontrolada actividad de la burguesía comercial y bancaria y por la indolencia de los terratenientes. El proletariado padeció la cesantía, vio disminuidos sus salarios y reducido su poder adquisitivo como efecto de la constante desvalorización monetaria (51).

Las diferencias de clases se hicieron más agudas; frente a la miseria de los trabajadores, frente al pauperismo creciente de las masas asalariadas, se exhibía ufana, insolente y provocadora la abundancia de los explotadores; terratenientes, banqueros, comerciantes e industriales se enriquecían rápidamente, con audacia y crueldad; gozaban placenteramente cuantiosas fortunas amasadas con las penurias y sacrificios de un pueblo entero, en el que veían sólo a un conjunto de seres despreciables.

Pero, ya el proletariado no era una masa inerme; poseía una conciencia de clase y una recién formada tradición de lucha; además, activamente daba formas a sus propias organizaciones políticas y comenzaba a estructurar sus instituciones sindicales. Por esto, un diario podía afirmar en 1899:

"...del fondo de esa clase obrera en que la instrucción y la propaganda han ido abriendo los ojos, se eleva ya el murmullo de los descontentos y surgen voces de protesta que formulan acusaciones tremendas contra las clases dirigentes (52).

Por esto mismo, era frecuente leer en la prensa obrera opiniones como éstas:

"Ya es necesario que tanto la clase obrera como los empleados a sueldo, en especial los subalternos, que son los menos rentados y los más numerosos, se levanten en masa a protestar y significar a los opresores de la clase pobre, que se pongan en guardia, que es peligroso querer enriquecerse esquilmando al pueblo" (53).

"Todos conocemos que los que hoy imperan en el país forman la más odiosa oligarquía que jamás ha existido en Chile. Los Zegers, los Edwards, los Altamirano, los Concha Subercaseaux, los Irarrázabal, los Puelma, etc., son los mismos oligarcas que en familia han regido siempre los destinos de Chile. Son los mismos monopolizadores de la riqueza del país, los dueños1 del suelo y los usufructuarios privilegiados de los empleos públicos. Nada podemos esperar de ellos si no ha de ser el destierro, la cárcel y el martirio con que siempre han pretendido ahogar los generosos esfuerzos del pueblo" (54).

En estas condiciones, la clase obrera continuó con ritmo creciente y con mayor intensidad las luchas que había iniciado antes y que habían tenido una tan extraordinaria manifestación en las jornadas de julio de 1890. Así se explica que entre 1891 y 1900 se produjeran en todo el país innumerables conflictos, de los cuales -hasta este momento- hemos podido registrar poco más de trescientos, esto es, más o menos treinta por año aproximadamente. Estos hechos, de tanta trascendencia para un justo conocimiento de la trayectoria de nuestra clase obrera y para una más correcta visión de la historia social de Chile, han permanecido -inexplicablemente- ignorados hasta ahora; en su tiempo, sin embargo, se tuvo plena conciencia de ellos, como se desprende de las innumerables informaciones y comentarios de prensa, uno de los cuáles, tomado de "El Porvenir" del 28 de febrero de 1893, dice:

"Un día en una parte, otro día en otra, van haciéndose frecuentes las huelgas en nuestro país y ya es tiempo de preocuparse un poco de ellas.

"No son para desdeñados esos síntomas que revelan el principio de una fermentación malsana que, cuando toma cuerpo, acarrea funestos e irreparables resultados.

"Cunde entonces el contagio del mal. Las huelgas se repiten, hoy aquí, mañana allá con una frecuencia cada día mayor. La inquietud y el hervor de las pasiones se hacen generales".

Las modalidades que asumieron estos conflictos fueron varias, pero la huelga fue la más generalizada; hubo también paros breves y las llamadas "rebeliones" o "sublevaciones" que no eran sino formas de reacción violenta de los trabajadores ante provocaciones o abusos patronales o policiales, las que solían ir acompañadas de incidentes callejeros, asaltos a pulperías o almacenes, etc. El empleo preferente de la huelga se debió a la mayor madurez de los trabajadores, lo cual trajo consigo la idea de que ésta era la forma de lucha más adecuada que podían esgrimir los obreros. Expresaba muy bien este pensamiento un artículo titulado "Las Huelgas", de J. S. del Campo, que se publicó en "La Unión Obrera" el 4 de junio de 1892 y que, entre otras cosas, decía:

"Es un profundo error creer que la huelga en sí sea perjudicial a la clase obrera. Por el contrario, tratándose de la libertad civil o social, de la salvaguardia de sus derechos y de su dignidad, las huelgas contribuyen poderosamente a la emancipación del hombre, a la ilustración del obrero y a su mejoramiento moral. Las huelgas contribuyen a dignificar la situación del trabajador, vis a vis del patrón...

"Por más que una huelga como la de los panaderos o productores de un artículo de primera necesidad sea un mal para todos los consumidores y que, a la larga, perjudique a la industria, yo no vacilo en considerarla como un bien para levantar la clase obrera, que duerme en una apatía humillante, para educarla prácticamente en el camino de la libertad, educación que no puede hacerse más que por la experiencia misma. Para probar el movimiento, es necesario moverse". (55)

Entre 1891 y 1900, los movimientos obreros se produjeron en todo el país, pero fueron más numerosos en Santiago, Valparaíso, la región salitrera y la zona carbonífera, vale decir, en los lugares de mayor concentración proletaria que existían en la República; se produjeron también, aunque aisladamente, en otros puntos como Talca, La Serena, Penco, etc.

Los sectores de trabajadores que participaron en las luchas reí vindicativas fueron muy variados; dentro de ellos, los que protagonizaron una gran parte de los conflictos fueron los mineros del norte, los portuarios, los ferroviarios y los panaderos, quienes -por esta razón- dieron muestras de mayor combatividad y espíritu de lucha.

Desde el punto de vista de sus resultados inmediatos, casi siempre estas luchas fueron infructuosas; implicaron el sacrificio de centenares de abnegados y valientes trabajadores sobre los cuales se hizo sentir el peso de la represión capitalista en sus dos formas clásicas: violencia policial y represalia patronal. Pero bien se sabe que en sus luchas, la clase trabajadora no sólo persigue objetivos inmediatos; cada huelga, cada conflicto no es sino un episodio -escaramuza o combate- en la gran lucha de los explotados por su liberación y por la liberación de la sociedad entera. Y esto lo comprendieron los obreros chilenos en el siglo pasado, lo que permitió a uno de ellos escribir estas ejemplares palabras:

"Luchemos nosotros contra viento y marea en la consecución de nuestros fines; que las contrariedades que ahora se presentan no sean capaces de hacernos vacilar ni por un solo instante; que si a nosotros no nos es dable gozar los beneficios de nuestra obra, legaremos como herencia a nuestros hijos el sacrificio de haber hecho algo por mejorar su condición, y así habremos cumplido con nuestro deber y la transformación del obrero chileno será completa" (56).

Por último, es perfectamente legítimo sostener que si bien los obreros en el pasado sólo cosecharon para sí amarguras y persecuciones, en cambio, su sacrificio fue semilla que ha fructificado -muy parcialmente aún- en beneficio de los trabajadores de hoy. Ningún derecho que hoy posee la clase obrera, ninguna ventaja de que usufructúa, ha sido conquista pacífica; todos ellos han sido arrancados a las clases dominantes tras luchas incontables, en cada una de las cuales hubo mártires y hubo también héroes.

Cada vez que la clase obrera se ha puesto en pie, ha debido soportar el ataque de los explotadores y de sus testaferros; a los justos movimientos reivindicativos, se ha opuesto siempre la calumnia, la insidia, la provocación y la violencia. Y en esta tarea mezquina rivalizan los gobernantes y los usufructuarios del poder, los funcionarios policiales, los periódicos y los agentes de todas clases que emplean los capitalistas. Pues bien, en el período que estudiamos, estas cosas no podían faltar.

Los elementos reaccionarios dieron, en primer término, su propia y antojadiza versión sobre el origen de las luchas proletarias. Para unos, especialmente para los conservadores, había en el país elementos "...interesados en fomentar por todos los medios posibles cualesquiera perturbaciones capaces de trastornar o al menos suscitar dificultades al actual orden de cosas..." (57) Quienes tenían tales intereses se hacían eco de "...las explosiones socialistas de otras partes..." (58) y eran, concretamente, los militantes del Partido Democrático, quienes actuaban como "...la causa del mal gangrenoso que corroe las entrañas de nuestro pueblo" (59). Siguiendo en este tipo de argumentos, los conservadores descubrían que, en última instancia, la responsabilidad de los movimientos obreros incumbía a los liberales; "...culpable y no poco, es de esto el liberalismo imperante, cuyos blancos para sus repetidos ataques ha sido siempre la religión, freno para apaciguar las turbulencias, voz que acalla la grita del procaz desenfreno..." (60)

Los círculos liberales, por su parte, incluyendo entre ellos a los burgueses del radicalismo, sostenían que las huelgas eran instigadas por agitadores que actuaban guiados por inconfesables propósitos. "En Chile -escribía el periódico radical "El Heraldo"- las huelgas obedecen simplemente a caprichosos o insinuaciones de espíritus mal intencionados... (61) "Entre los obreros -agregaba- y a la cabeza de ellos figuraban individuos que jamás han trabajado por sus manos, pillastres y aventureros de esos que en toda sociedad viven en las aguas revueltas de los trastornos..." (62) Estos agitadores, "...con más ahínco que nunca, soplan al oído del pueblo sugestiones de envidia, de recelos y de odios contra las clases dirigentes de la sociedad. Presentan a los ojos del pueblo sencillo y crédulo las reformas en materia de contribuciones como hostilidad de los banqueros..." (63).

Expuesto con toda malicia un origen presunto de las huelgas, los sectores reaccionarios desplegaron toda clase de esfuerzos para demostrar lo infundado de ellas; y, por supuesto, para ello dieron rienda suelta a su imaginación, falsificando hechos que estaban en la conciencia de todos.

"La suerte del pueblo -se afirmaba- es la preocupación constante de todos los partidos bien organizados y de las personas caritativas. No hay pueblo quizá en la tierra en que el proletariado esté en mejores condiciones para vivir decentemente como lo está el nuestro..." (64). Y para sostener la "veracidad" de esta afirmación se agregaba: "La depreciación del papel moneda ha traído como consecuencia un alza tan enorme en el salario de todos los obreros en general... que puede decirse que todo el que no tiene un oficio manual se afana única y exclusivamente para formarle a aquel una renta pingüe..." (65) Para el obrero había trabajo en exceso, "...se ha visto rogado para que tuviese la bondad de trabajar, y cuando el jornal de dos pesos diarios le ha parecido una migaja, ha pedido tres, después cuatro, cinco o más pesos..." (66) Además, "...el obrero nuestro goza de perfecta libertad para preferir la ocupación mejor remunerada de entre las que lo solicitan..." (67) por si esto fuera poco todavía, el obrero "...tiene mujer e hijos que saben también trabajar y ganarse la vida; en caso de enfermedad, dispone de establecimientos regios donde se le atiende como a niño mimado, se le da excelente dieta y tiene a sus órdenes todo un personal médico..." (68)

Mientras los obreros "gozaban" de "abundancia y bienestar", los capitalistas "empobrecían" y sobre ellos caía nefasta e implacablemente la serie de trastornos económicos que experimentaba el país; hasta extremos tan ridículos y absurdos como éstos llegaba la prensa al servicio de los explotadores en sus propósitos por presentar la injusticia de las huelgas; merecen ser leídos, a este respecto, algunos párrafos del larguísimo editorial que publicó "El Ferrocarril" el 28 de octubre de 1892.

Hecha la "demostración" de que las huelgas eran injustas y obedecían a muy perjudiciales y perturbadores propósitos, quedaban establecidas las premisas necesarias para pedir la violenta represión del movimiento obrero.

"Ya es la hora de combatir con incontestable energía esas deletéreas doctrinas que no hacen otra cosa que secar en el corazón del pueblo toda idea del respeto y orden para entregarse sin rebozo al pillaje y al desenfreno" (69). Las huelgas, se sostenía, constituyen "...atropello de la libertad de industria y del derecho de propiedad garantido por nuestras leyes..." (70) Por esto, en resguardo del interés público y de la libertad de cada cual, hay que dictar leyes represivas; sólo así podían ser destruidos los "...gérmenes funestos de hostil1.dad entre la propiedad y el trabajo..." (71)

Demandas de esta índole no podían ser desoídas por el Gobierno; al fin y al cabo, no eran otra cosa que peticiones formuladas por los explotadores a sus personeros destacados en el manejo del Estado. Fue así como el 28 de octubre de 1892, el Consejo de Estado, con asistencia del Presidente de la República, el vicealmirante Jorge Montt, y de los consejeros Alfonso, Altamirano, Guzmán, Matte, Holley, Rodríguez, Rozas y Ross (72) acordó, por unanimidad, someter a la consideración del Congreso el siguiente proyecto de ley:

"Art. 1º Será castigada con presidio menor en su grado mínimo o multa de ciento a mil pesos toda persona que por violencia, vías de hecho, amenazas o maniobras hubiere provocado o intentado provocar o mantener una cesación concertada de trabajo con el fin de forzar el alza o la baja de los salarios o atentar contra el libre ejercicio del trabajo o de la industria.

"Art. 2º Toda persona que provocare o excitare públicamente, de palabra o por escrito, a los actos previstos en el artículo anterior que tiendan a atacar el libre ejercicio del trabajo o de la industria, será castigado con presidio menor en su grado mínimo o con multa de ciento a mil pesos.

"Art. 3º Si los autores de las provocaciones o excitaciones fuesen extraños a dicho trabajo o industria, la pena podrá elevarse al duplo".

En la exposición de motivos con que este proyecto fue remitido al congreso, entre otras cosas se afirmaba:

"Nuestra legislación criminal carece de disposiciones tendentes a reprimir y a castigar los actos atentatorios contra la libertad de industria o de trabajo, y no contiene tampoco penas contra los que excitan a tales actos... Las huelgas suscitadas y promovidas bajo el nombre de la libertad de trabajo son a menudo el pretexto de que la demagogia se vale para perturbar el orden y causar el perjuicio o ruina de la industria y la miseria de los obreros..." (73)

La presentación de este proyecto de ley tuvo como consecuencia la inmediata movilización de todos los trabajadores para impedir su aprobación. Las organizaciones políticas y sindicales convocaron en todas las ciudades a amplias y combativas concentraciones en las cuales se denunció el carácter liberticida y represivo del proyecto y en las que los trabajadores expresaron su decisión de no dejarse arrebatar el derecho de huelga, única herramienta que permitía a los obreros hacer frente a la prepotencia patronal. La prensa obrera, que por otro lado, abundó en enérgicos artículos que llamaban al proletariado a mantenerse alerta y a repeler dignamente la agresión de que lo hacían objeto los oligarcas, los banqueros y los agiotistas que detentaban el poder político de la República.

Tan decidida y amplia fue la movilización de la clase trabajadora, que se logró impedir la sanción parlamentaria a un proyecto de ley esencialmente antipopular. La clase obrera chilena, al obtener por primera vez un triunfo como éste, establecía un precedente o señalaba un ejemplo: cuando ella se moviliza de verdad, cuando logra cohesionar sus filas alrededor de objetivos bien precisos y definidos, no hay ningún poder capaz de actuar en contra de sus aspiraciones; y esto ocurre, porque la clase obrera unida es invencible y posee la fuerza suficiente para doblegar a sus enemigos. Demasiado bien saben esto los explotadores; de ahí que siempre se les vea provocando la desunión y utilizando cuanto medio está a su alcance para impedir que los trabajadores puedan aglutinarse constituyendo un solo y férreo bloque.


Notas

1. Domingo Amunátegui Solar: Historia Social de Chile. Págs. 150-151.

2. William Howard Russell: A Visit to Chile and the Nitrate Fields of Tarapacá. Pág. 192.

3. "En las oficinas salitreras el operario tiene que sufrir la imposición de multas que en ningún caso podrían ser aplicadas por particulares y que tienen el carácter de un fraude; luego después viene la obligación de comprar las mercaderías en los despachos de las oficinas, con lo cual se arrebata casi todo el salario al trabajador..." ("El Internacional", de Antofagasta, 22 de julio de 1890).

4. "Todas las oficinas tratan de recuperar, por medio de la pulpería gran parte del dinero pagado en salarios, y se empeñan en excluir a todo competidor en este ramo. Como los dueños de las oficinas pueden prohibir la entrada a sus dominios a los vendedores ambulantes, casi todas ellas quedan libres de competencia y en situación de alzar los precios a su antojo, sin que los trabajadores se les vayan.

"Empero, en el centro y norte de Tarapacá... hay pequeños pueblos que se componen casi exclusivamente de tiendas, garitos y casas de tolerancia, y que ofrecen lugares adecuados para los contrabandistas ambulantes de licores espirituosos y provisiones.

"Para combatir esta competencia, las oficinas obligan tácitamente a sus trabajadores a percibir la mayor parte de sus salarios .en fichas y el operario que no recibe bastantes fichas es despedido sin más trámites". (Semper y Michels: La Industria del Salitre en Chile. Pág. 102).

5. "Mucho descontento reina entre los trabajadores de la pampa a consecuencia de que en algunas oficinas no se les quiere satisfacer sus pagos como se había anunciado. La oficina "Cala-cala" es la que ha llevado más allá de lo increíble la arbitrariedad para con sus desgraciados operarios; después de fijar el aviso quincenal de reglamento para pagar su gente, ha continuado insolvente, obligando a los operarios a marcharse por falta de recursos". ("El Jornal", 12 de agosto de 1893).

6. "El Tarapacá", 26 de junio de 1900.

7. William Howard Russell: A Visit to Chile and the Nitrate Fields of Tarapacá. Pág. 192.

8. "La Industria" de Iquique, 30 de septiembre de 1885. Citado por F. Recabarren en Historia del Proletariado de Tarapacá y Antofagasta. Pág. 176.

9. "El Internacional", 8 de agosto de 1890.

10. "Antofagasta. Playa Blanca. En los últimos días han quedado sin trabajo en Playa Blanca, por reducción de faenas en el establecimiento de ese nombre, 250 operarios, quienes empiezan a recorrer las calles de la ciudad sin hallar donde colocarse a fin de ganar siquiera para su sustento. Muchos de ellos son casados y no pocos con hijos pequeños. No hay para que decir, dados los hábitos de nuestra gente del pueblo, que todos carecen hasta de un peso, siéndoles por consiguiente sumamente difícil su situación. Junto con la notificación de que ya no habrá más trabajo se les ha hecho saber que los que viven en el campamento de Playa Blanca deben desocupar las habitaciones que se les tenía cedidas, y esto dentro de breves días, al menos así nos lo han asegurado ellos mismos". ("La Ley", 6 de octubre de 1897).

11. "A las cuatro más o menos de ayer, se insubordinaron a bordo del "Maipo" los trabajadores embarcados para el sur, apoderándose de la cocina del buque, de donde trajeron cuanto comestible encontraron..." ("La Ley", 7 de octubre de 1897).

12. Semper y Michels: La Industria del Salitre en Chile. Pág. 103.

13. Francisco Antonio del Campo: discurso pronunciado en la Convención Conservadora. La Convención Conservadora de 1895. Pág. 42.

14. "El Mercurio", 6 de julio de 1888.

15. Reseña de la sesión celebrada por la Sociedad del Progreso el 25 de julio de 1888. "El Mercurio", 27 de julio de 1888.

16. Ibid.

17. "El Nacional", 3 de julio de 1890.

18. El autor de unos "ensayos dialécticos", sin respetar en lo más mínima la verdad histórica, y guiado por una fantasía propia de cuentista, afirma que esta huelga dio origen a una represión feroz; "el número de pampinos muertos -dice- fue de 5.000 aproximadamente". Por supuesto, no señala la fuente de sus informaciones; pero, escribe: "Don Francisco Encina, en la forma e intención que acostumbra, hace fluctuar los obreros muertos entre 2.000 y 5.000". Al hacer esta afirmación, el "ensayista" miente con todo descaro, ya que Encina en ninguna parte hace afirmaciones tan absurdas como las que él le atribuye.

Por lo demás, la afirmación de que fueron asesinados 5.000 obreros no resiste al menor análisis. Una matanza de esta magnitud habría sido la más gigantesca masacre en la historia de las luchas sociales de Chile, y hubieran sido absolutamente vanos los esfuerzos para ocultarla tanto a los contemporáneos como a la posteridad; pues bien, ninguna fuente oral ni escrita señala un hecho tan enorme. Por otra parte, una matanza como la señalada hubiera significado la liquidación de la mitad de los obreros que trabajaban en las salitreras, lo que indica cuan absurdo es sostener tal aseveración.

19. Un ejemplo de estos convenios es el que resolvió la huelga en el distrito minero de Negreiros, en que trabajaban como 4.000 obreros, en el que se dispuso:

1. Pago mensual en todas las oficinas;

2. Pago en plata o su equivalente en billete;

3. Designación, por el Gobierno, de un inspector de salitreras encargado de velar por el trato y consideración de los trabajadores;

4. Dictación, por el Gobierno, de una ordenanza a que quedarían sujetos todos los administradores y autoridades patronales de las oficinas;

5. Obligación, por parte de los empresarios, de pagar las fichas a la par;

6. Libertad de comercio en las oficinas; y

7. Desahucio a los obreros con quince días de anticipación en caso de que las empresas no necesiten de sus servicios.

20. Los empresarios amenazaron con paralizar o disminuir las faenas mineras, provocando así la cesantía, con el pretexto de que "no sería posible hacer frente a los crecidos gastos... Se asegura también que muchas de las oficinas salitreras reducirán a la mitad el número de sus actuales trabajadores... En las fábricas de fundición y demás de esta ciudad, han sido ya notificados algunos operarios de que en breve han de quedar cesantes, por verse obligados sus dueños a lo estrictamente indispensable para atender su compromiso". ("La Voz de Chile", diario de Iquique; art. reproducido en "El Internacional", de Antofagasta, el 16 de julio de 1890).

En "El Ferrocarril" hemos encontrado las siguientes informaciones que se refieren al asunto expuesto: "Las oficinas salitreras y la de los ferrocarriles se hallan casi completamente paralizadas por haberlo así dispuesto sus jefes, en vista de la actitud de numerosos trabajadores que exigen el cumplimiento de condiciones imposibles de ser aceptadas". (13 de julio de 1890).

"La tranquilidad ha vuelto por completo en las oficinas, pero es probable que en pocos días más paralicen sus trabajos, lo mismo que los establecimientos y fábricas de Iquique, pues no pueden soportar el pago en plata de los jornaleros". (17 de julio de 1890).

"La máquina beneficiadora de metales paró sus trabajos, pues no le conviene pagar en plata a sus operarios. Muchos mineros de Huantajaya han parado también sus trabajos. Otros los reducen por idéntica causa". (18 de julio de 1890).

21. David Acosta: artículo publicado en "La Ley", 19 y 21 de septiembre de 1897.

22. Un ejemplo de este cambio en la plataforma de lucha de los obreros, lo constituyen las peticiones formuladas por los de Huantajaya al iniciar la segunda huelga el 16 de julio de 1890: 1. Se aceptan los salarios vigentes con anterioridad a la huelga del 7 de julio, tanto en su monto como en su forma de pago; 2. Se pide: la abolición de las fichas, el pago de salarios el 10 de cada mes y la supresión de registro desnudo.

23. El reglamento impuesto en las oficinas Primitiva, Rosario de Huara, San Jorge y Ramírez consagra algunos de los peores procedimientos puestos en práctica en las salitreras. Su texto dice:

"1. El trabajador está obligado a trabajar constantemente, sin interrupción, sea que esté trabajando por tarea o por jornal

"2. Diariamente se le abonará en sus papeletas el valor de sus trabajos durante el día anterior y así mismo se le cargará en la misma libreta el socorro que reciba. No se dará socorro sino

para el consumo de cada individuo y sólo se hará por medio de fichas.

"3. Las papeletas serán llevadas con regularidad y saldadas el último día de cada mes, debiendo fijarse para el pago de estos saldos un día entre el 1º y el 15 (ambos inclusives) del mes siguiente. No se harán pagos parciales en otros días del mes, salvo en casos de urgente necesidad, los que serán justificados ante el administrador. En el día del pago, los trabajadores podrán cambiar en la oficina por moneda corriente y a la par las fichas que no hayan canjeado por mercaderías, debiendo en tal caso recibir el valor que tengan las fichas para comprar en las pulperías.

"4. Todo trabajador que desee separarse del establecimiento dará aviso previo de 15 días, en cuya fecha se le arreglará su papeleta pagándole el saldo que hubiere a su favor, y durante los 15 días de aviso no se le impedirá continuar el trabajo de costumbre.

"5. Igual aviso de 15 días se dará a los trabajadores para separarse de la oficina; pero, a aquellos que dieren motivos para ser despedidos sin aviso, se les pagará en el acto el saldo que tuvieren a su favor.

"6. Los trabajadores que se ocupan en la máquina y carretas, cuyos trabajos en parte son nocturnos y de precisión, no pueden faltar a ellos, salvo el caso de enfermedad, y si lo hicieran se pondrán en su lugar trabajadores suplentes que ganarán el doble sueldo del que se paga al fallante, a costa y por cuenta de éste.

"7. Los trabajadores de calicheras como particulares están sujetos a llevar los trabajos según las reglas establecidas en las calicheras.

"8. Todo trabajador que reciba herramientas de la oficina, debe devolverlas al tiempo de dejar el establecimiento y es responsable de toda pérdida que por descuido o mala voluntad se originare.

"9. El trabajador que abandonare la oficina sin previo arreglo de sus cuentas ni devolución de herramientas, será perseguido por la policía y puesto a disposición de la comisaría por hurto.

"10. Es prohibido a toda persona, sea trabajador o particular, el tráfico en el recinto de la oficina, sea con licor o con mercaderías de otra especie, pero a cada trabajador se le permite comprar fuera de la oficina artículos para su propio uso personal.

"11. Es prohibido a todo individuo extraño visitar y permanecer en las habitaciones de los trabajadores, sin permiso del administrador de la oficina, so pena de ser expulsado y entregado a la justicia como instigador de desórdenes.

"12. Es estrictamente prohibido el enganche de peones en el recinto de la oficina; quedan sujetos los infractores a la pena que expresa el artículo anterior.

"13. Todo trabajador contribuirá con un peso al mes para el pago de médicos y medicinas..."

24. "Los huelguistas, en el puerto de Antofagasta se han acercado al Intendente de la provincia y a los jefes de empresas imponiendo numerosas exigencias para volver a sus trabajos, las que han sido aceptadas como único medio de evitar serios conflictos y perturbaciones". ("El Ferrocarril", 13 de julio de 1890).

25. "En Antofagasta se ha accedido por los jefes de salitreras y grandes comerciantes a las pretensiones de los huelguistas que exigen el pago en plata durante tres meses; al condescender con estas pretensiones, lo hacen deseando tener por ahora un modus vivendi con los jornaleros, pues inmediatamente que llegaron los cien hombres que conduce la "Pilcomayo", se negaron a la satisfacción de lo pactado. Por último, en el día de hoy Antofagasta ha sido una ciudad tranquila, pero se temen desórdenes en la presente semana". ("El Ferrocarril", 15 de julio de 1890).

26. "De la maestranza del ferrocarril han sido despedidos hoy quince obreros de diversos talleres. Entre los que quedan sin trabajo figuran los cinco delegados que designaron los huelguistas el 11 de julio para que los representaran en las gestiones sobre aumentos de sueldo". ("El Ferrocarril", 10 de agosto de 1890).

27. En Valparaíso se preveía una huelga desde que estallaron los movimientos del Norte a principios de julio. Una información de prensa decía:

"Sabemos de algunas casas de comercio, al por mayor y menor, en que se hizo distribuir armas de fuego a sus empleados para colocarlos en actitud de resistir las agresiones de que pudieran ser objeto por parte de las turbas. A las 4 P. M. la expectación pública no podía ser más grande. Todos esperaban de un momento a otro la aparición de manifestantes, que dicho sea en honor de la verdad, se ignoraba y aún se ignora quienes fueran". (Información de "La Unión", reproducida en "El Ferrocarril" el 8 de julio de 1890).

28. "El Ferrocarril", 22 de julio de 1890.

29. "Se verá que sólo ha pasado el pillaje al por mayor y los asesinatos, mas no la crisis que se denominó falsamente huelga. Por el contrario, es ahora que ha comenzado la huelga real y positiva. Aún más. El pasado escándalo ha engendrado una multitud de huelgas tales como la de jornaleros, lancheros, panaderos, mecánicos y qué sabemos cuantas más". ("El Ferrocarril", 26 de julio de 1890).

30. Muchas panaderías "...trabajaron con mujeres, otras con niños y varias con parte de sus operarios..." ("El Mercurio", 24 de julio de 1890).

31. Hucke convino en dar a sus obreros "un día de descanso en la semana, el domingo, haciendo doble tarea el sábado". ("El Mercurio", 24 de julio). A los lancheros se les aumentó el salario en un 20%.

32. "El Ferrocarril", 26 de julio de 1890.

33. La petición fue presentada el 25 de julio.

34. "El Ferrocarril", 30 de julio de 1890.

35. "...se tienen listos cuarenta hombres bien armados, y se tienen tomadas otras medidas que hacen muy difícil, si no imposible un levantamiento de la peonada del transandino, la que está escalonada cada dos o tres leguas de una a otra faena". ("El Ferrocarril", 5 de agosto de 1890).

36. "El Alfa", en su edición del 4 de agosto de 1890, decía que los panaderos "... se declaran en huelga porque ya no pueden más y porque prefieren cruzarse de brazos y morir en la sombría desesperación, antes que someterse y continuar vendiendo sus vidas por miserables salarios que no dan para vivir".

37. "La huelga ha sido pacífica, al revés de lo que pasa en otras partes. Los dueños de panaderías han tomado algunas mujeres y varios inmigrantes, con los cuales alcanzan a hacer pan suficiente con que satisfacer las exigencias de los consumidores. Con estas medidas, creemos que la huelga ha de cesar muy pronto". ("El Ferrocarril", 2 de agosto de 1890).

38. "Huelga en Lota.- Había temores en ese pueblo acerca de una huelga de los mineros. En previsión de lo que pudiera suceder, «e unió el vecindario con el objeto de formar una guardia de propiedad y orden... Hoy parte para Lota un piquete de zapadores al mando del capitán Abel Vásquez..." ("El Ferrocarril", 2 de agosto de 1890).

39. "El Imparcial", de Coronel, el 31 de julio de 1890, daba cuenta, en los siguientes términos, de la resolución adoptada por los comerciantes e industriales de esa localidad para prevenir cualquier huelga:

"...reunidos los vecinos que suscriben y teniendo presente:

lº que se han pronunciado huelgas sucesivas de trabajadores en Iquique, Pisagua, Antofagasta y Valparaíso, seguidas de saqueos y otros actos de vandalaje y que la fuerza pública ha sido impotente para sofocarlas en su origen; 2º que hay fundados motivos para creer que las peonadas de los establecimientos e industriales del departamento, envalentonadas por la impunidad en que han quedado los perpetradores de semejantes depredaciones y pueden seguir su ejemplo; y 3º que la policía de seguridad y fuerza de línea existente en este puerto y el de Lota son insuficientes para mantener el orden y seguridad en caso de repetirse los mismos sucesos, acuerdan:

"1º Solicitar del Supremo Gobierno la nueva organización de la brigada de artillería cívica que existía en este puerto.

"2º Que mientras existan los temores de un levantamiento, nos constituimos en un cuerpo colectivo para coadyuvar al mantenimiento del orden y seguridad de este puerto.

"3º Comunicar estos acuerdos al señor Gobernador para que proporcione las facilidades necesarias para los fines que se persiguen."

40. Del dictamen que el Fiscal de la Corte Suprema elevó a conocimiento del Presidente de la República en noviembre de 1892, sobre los tumultos ocurridos en Valparaíso en julio de 1890. Publicado en "El Ferrocarril", el 9 de noviembre de 1892.

41. "El Nacional", 5 de julio de 1890.

42. Ibid. 8 de julio de 1890.

43. Reproducido en "El Ferrocarril", el 9 de julio de 1890.

44. Según la Constitución de 1833, las contribuciones sólo tenían una duración de 18 meses; al término de ellos se necesitaba una ley para que el Gobierno pudiera cobrarlas nuevamente; mientras esto no ocurría, el Gobierno quedaba inhabilitado para percibir impuestos.

45. Del dictamen que el Fiscal de la Corte Suprema elevó a conocimiento del Presidente de la República en noviembre de 1892 sobre los tumultos ocurridos en Valparaíso en julio de 1890. Publicado en "El Ferrocarril" el 9 de noviembre de 1890.

46. Reproducido en "El Ferrocarril", el 8 de julio de 1890.

47. Del discurso de Pedro Montt en la Cámara de Diputados, pronunciado en la sesión del 9 de agosto de 1890.

48. Cámara de Diputados: Sesión del 9 de agosto de 1890.

49. Reproducido en "El Ferrocarril", el 24 de julio de 1894.

50. Entre las graves crisis de este período, la que empezó en 1896 fue la de mayores proyecciones. Una de sus causas fundamentales fue la combinación organizada por los industriales del salitre con el objeto de reducir la producción de esta substancia y provocar así el aumento de su precio en el mercado internacional. Esta medida tuvo las más nefastas consecuencias; alrededor de 10.000 obreros quedaron cesantes en el Norte, lo que produjo una efectiva paralización de la mayor parte de las actividades económicas de esa región; además, se produjo una disminución en las rentas fiscales, las que bajaron de $ 162.591.304, en 1896, a $ 85.439.021, en 1897; el comercio interno se quebrantó gravemente, lo mismo que el externo, y muchas actividades productivas hubieron de restringirse o paralizar. Todos estos hechos, que corresponden a una de las peores crisis por las cuales ha pasado el país, produjeron una cesantía enorme; se puede calcular que no menos de 50.000 obreros perdieron su trabajo, siendo lanzados a la más espantosa miseria; los capitalistas, entre ellos los salitreros, aprovecharon este aumento del ejército industrial de reserva para rebajar salarios y extremar la explotación sobre los trabajadores.

51. Entre 1890 y 1900, el peso se devaluó en un 36%; bajó de 24 peniques a 16.

52. "La Tarde", 22 de abril de 1899.

53. "El Pueblo", 12 de mayo de 1892.

54. "El Pueblo", 19 de octubre de 1892.

55. Este artículo tuvo acogida muy favorable, por lo que fue reproducido en numerosos periódicos obreros. Su autor fue el doctor Juan S. del Campo, miembro del Partido Democrático que "realizó viajes al Viejo Mundo, donde tuvo oportunidad de estudiar muy de cerca el progreso social de las masas obreras". ("La Unión Obrera", 18 de junio de 1892). Dentro de su partido, fue figura destacada; presidió la Agrupación de Iquique y, el año 1900, fue candidato a diputado.

56. E. H. M. (¿Eduardo H. Méndez?): "La transformación del obrero chileno". Artículo publicado en "El Pueblo", el 31 de agosto de 1892.

57. "El Progreso", 1º de noviembre de 1892.

58. "La Unión", 23 de julio de 1892. Esta fórmula, como es bien sabido, tiene sus absurdos y pueriles equivalentes en la actualidad.

59. "La Restauración", Los Andes, reproducido en "El Ferrocarril", el 5 de noviembre de 1892.

60. Ibid.

61. Artículo citado por "El Pueblo", el 26 de octubre de 1892.

62. Ibid. Reproducido en "El Ferrocarril", el 28 de octubre de 1892.

63. "El Porvenir", 22 de octubre de 1892.

64. "La Restauración", Los Andes; reproducido por "El Ferrocarril"-, el 5 de noviembre de 1892.

65. "El Ferrocarril", 28 de noviembre de 1892.

66. Ibid.

67. Ibid.

68. Ibid.

69. "La Restauración" de Los Andes; reproducido por "El Ferrocarril", el 5 de noviembre de 1892.

70. "El Ferrocarril", 19 de octubre de 1892

71. Ibid.

72. Libro de Actas del Consejo de Estado. Libro 20. Pág. 313.

73. "El Ferrocarril", 30 de octubre de 1892.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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