Historia del movimiento obrero en chile


CAPÍTULO VII

HACIA NUEVAS FORMAS DE ORGANIZACIÓN GREMIAL

La clase trabajadora no sólo perseguía una organización política, sino que también buscó la manera de cohesionarse en organismos de carácter gremial. Y cuando buscaba tales instituciones, había la intención de que ellos no solamente cumplieran las tradicionales finalidades del mutualismo o cooperativismo; se deseaba, además, que fueran organismos de lucha. "Unámonos... para obtener nuestra emancipación social, para elevarnos al puesto que debe ocupar el obrero en toda democracia bien constituida..."; así hablaba, en 1886, B. Paschen en la Sociedad Filarmónica de Obreros de Santiago (1). Y luego, en Valparaíso, José S. Cornejo, dirigente de la Sociedad de Zapateros, decía a sus consocios en 1887:

"...unidos como un solo hombre podremos decir a los poseedores del despótico capital que queremos una remuneración que esté más en armonía con la justicia y la equidad y que como a productores nos corresponde; que nos irrita ya el espectáculo de su lujo y disipación, opuesto a nuestra pobreza y privaciones; que no queremos soportar por más tiempo las inconsecuencias de morir nosotros de hambre y de miseria..." (2)

Recalcando estos mismos conceptos, Ricardo Jara escribía: "íCompañeros! Fijémonos bien en que hoy día nuestros hogares carecen de pan y que mañana lo podremos obtener con la unión. Unámonos, pues que harto bien nos reportará" (3).

Resultado de estos anhelos fue la creciente organización de sociedades obreras; en 1890 funcionaban a lo menos unas ciento cincuenta en distintos puntos del país, entre las cuales setenta y seis tenían personería jurídica. Su índole era muy variada, pero se destacaban entre ellas, por su número y por la cantidad de miembros que las integraban, las mutualistas y las filarmónicas de obreros. Llama la atención que por esta época empezaron a surgir las primeras sociedades de mujeres trabajadoras; en 1887, se constituyó en Valparaíso la Sociedad de Obreras de Socorros Mutuos y Caja de Ahorros; por el mismo tiempo, nació en Santiago la Sociedad de Emancipación de la Mujer y, en marzo de 1888, la Sociedad Protección de la Mujer.

Parece que muchas de estas sociedades excedieron el radio un' tanto limitado de las sociedades mutualistas y cooperativas, y fueron adquiriendo caracteres propios de las organizaciones de lucha; es decir, se fueron aproximando levemente a lo que hoy día son los sindicatos. Algo de esto se deja ver en los nombres de algunas instituciones, diferentes a los que -por lo general- llevaban las sociedades de socorros mutuos; en Valparaíso existieron, por ejemplo, la Unión Fraternal de Pintores y la Unión de Carpinteros, esta última, distinta de la Sociedad de Socorros Mutuos de Carpinteros; en el cantón salitrero de Negreiros, funcionaba la Sociedad Unión es Fuerza, y ella dirigió la huelga que en aquel punto estalló en julio de 1890.

Por otra parte, los movimientos huelguísticos que se empezaron a producir de una manera tan continuada, sobre todo a partir de 1888, demuestran -como lo veremos más adelante- que los trabajadores ya disponían de cierta organización apta para luchar por definidas reivindicaciones y capaz de oponer un mínimo de disciplina proletaria a la intransigencia capitalista. En las grandes huelgas de 1890, se percibe con mayor claridad todavía la acción de eficientes organismos de lucha que pudieron establecer entre ellos sólidos enlaces y producir verdaderas huelgas generales en las que no defeccionó ni un solo obrero. Pero hay más: esas mismas huelgas demuestran, como se verá, que algunos gremios de trabajadores, especialmente los portuarios y los panaderos, poseyeron -sin duda alguna- una organización nacional; sólo así se explica la simultaneidad con que produjeron sus movimientos en diversas ciudades de la República.

Entre los esfuerzos encaminados a vincular diversas organizaciones de trabajadores, se destacan los que dieron origen a la Liga de Sociedades Obreras (4), que se instaló en Valparaíso el 5 de agosto de 1888. Esta liga fue una valiosa tentativa destinada a dar cierta cohesión a las sociedades obreras porteñas; sin embargo, estuvo muy lejos de inspirarse en los propósitos reivindicativos que, en la época de su formación, animaban a los obreros; fue un organismo puramente mutualista; poseyó sus méritos y sus defectos; entre éstos, su relativa insensibilidad a las luchas que aguerridamente libraban los trabajadores de Valparaíso y de todo el país.

En los años que siguieron a la guerra civil de 1891, la conciencia de clase de los trabajadores se fue haciendo cada vez más firme y rica en contenido; por eso un dirigente obrero podía sostener:

"En todas partes la clase obrera va despertando; doquiera los trabajadores parecen sacudir por fin la apatía que los tenía sumidos en el indiferentismo; por medio de las sociedades conocen que se acerca la hora de la reivindicación y se aprestan para la lucha que al fin debe ponerles en posesión de sus derechos por tanto tiempo menospreciados" (5).

Esta conciencia poseyó múltiples facetas. Obviamente, su elemento fundamental era el conocimiento que el proletariado adquirió de su calidad de clase explotada, es decir, de clase subordinada a los poseedores de los medios de producción, que era despojada integralmente de los frutos de su trabajo por el empresario, debiendo conformarse con míseros salarios para vivir. Supo también el proletariado que sus condiciones de vida no guardaban relación con la importancia social de sus funciones y que había una muy desigual distribución de la riqueza. Dando forma a estas ideas, Ramón Raldúa, vicepresidente de la Liga General de Imprenta, decía, dirigiéndose a los capitalistas:

"Hasta aquí, con nuestras manos hemos levantado el palacio en que vivís, elaborado el pan blanquísimo que coméis, tejido las ricas telas que visten vuestras mujeres, las alhajas que prenden en sus personas. Nuestros hijos, nuestras mujeres van desnudos, comen pan negro y escaso y duermen bajo mal techado y sobre una cama de paja.

"Nosotros tenemos igual derecho a la vida cómoda y racional que vosotros lleváis; decimos mal, mayores derechos tenemos que vosotros, porque vosotros sois unos pocos parásitos de la sociedad y nosotros somos el gran elemento productor, la savia que alimenta toda la nación" (6).

Como ya lo hemos hecho notar en otras páginas, el desarrollo de esta conciencia de clase fue expresión de la madurez relativa lograda por la clase obrera chilena, y de la influencia que sobre ella tuvo el movimiento obrero internacional. Es interesante a este respecto observar cómo, después de 1890, existen en nuestro país algo así como pequeños núcleos de vanguardia proletaria muy familiarizados con el movimiento sindical europeo, con las luchas sostenidas por los trabajadores en el Viejo Mundo, y con las ideas que éstos poseían. Así por ejemplo, era frecuente que se mencionara a Marx y se citaran párrafos del Manifiesto Comunista (7); y no sólo esto: se hacían referencias a la Segunda Internacional de la que, en el concepto de Peña y Lara "...nació el gran movimiento obrero que hoy agita al mundo (8) y en cuyo "...vasto y nivelador programa -decía José Santos Cornejo en 1892- están consignados los más importantes problemas que preocupan al mundo moderno..." (9) Y, con toda razón, no sólo se establecía la semejanza del movimiento obrero chileno con el de otros países, sino que, a la luz de un definido internacionalismo proletario, se veían las conexiones existentes entre ellos; muy revelador es, en este sentido, el siguiente párrafo:

"Este gran movimiento que se nota en la clase obrera de nuestro país, se ha venido notando asimismo desde tiempo atrás en otros países del orbe civilizado, como consecuencia lógica de las mil y una contribuciones con que se ha cargado al pueblo; y no se han limitado a formar la unión de un solo país, sino que en los diversos países de Europa los obreros se hallan unidos entre sí no reconociendo frontera ni nacionalidad; porque los hijos del trabajo en todas partes del mundo somos hermanos puesto que vivimos aquejados por un mismo mal y puesto que en todas partes también somos explotados por el capital" (10).

Como consecuencia de lo anterior, se entendió aquí en Chile que los obreros debían organizarse para conquistar ventajas inmediatas y para lograr su definitiva emancipación social. Es decir, en los sectores de vanguardia del proletariado empezó a arraigar la idea de superar las formas tradicionales de organización que tenían los trabajadores y que estaban representadas por las sociedades mutualistas. Se empezó a reconocer la limitación de sus objetivos y la ineficacia de sus procedimientos; se las consideró como reflejo o producto de un estado social embrionario o incipiente, de ninguna manera adecuadas a los nuevos caracteres que presentaba la sociedad chilena, en la que el proletariado estaba sometido a la voraz explotación capitalista. En "El Obrero" de Punta Arenas, explicándose estos puntos de vista, se escribía el 9 de enero de 1898:

"La lógica de los hechos ha traslucido el rol que ellas desempeñan y colocadas en el orden natural de cosas, las sociedades de socorros mutuos representaban el papel de las cofradías de la cruz roja en el campo de batalla.

"No se tardará mucho tiempo en convencerse de que estos paliativos que se aplican para detener el proceso del cáncer social, pertenecen ya a la historia, mientras que las sociedades obreras de resistencia se mantendrán, por su fuerza de triple expansión, a la vanguardia de todas las iniciativas en bien de la humanidad".

Se deseaba, pues, una organización combativa, capaz de agrupar a las grandes masas de trabajadores en la lucha por reivindicaciones mediatas e inmediatas. En una palabra, ya existía más o menos clara la concepción del sindicato obrero que tenemos hoy.

Uno de los precursores más destacados de este nuevo tipo de institución proletaria fue Carlos Jorquera; él las denominaba uniones de protección al trabajo en razón de que agrupaba a los trabajadores para protegerlos de los abusos patronales; también se las conoció con el nombre de sociedades en resistencia, que llegó a gozar de cierta popularidad entre los anarquistas.

Lo mismo que de tantos otros dirigentes obreros, muy poco es lo que sabemos de la personalidad de Jorquera. Militó en el Partido Democrático con anterioridad a 1889; luego viajó a Europa y a los Estados Unidos. Durante su permanencia en el extranjero, sus preocupaciones político-sociales lo indujeron a conectarse con los obreros de los países visitados y a familiarizarse con las doctrinas que actuaban en el campo proletario. Parece que el marxismo lo atrajo con fuerza; en sus escritos constantemente hacía referencias a Marx y lo citaba con visibles muestras de admiración. Parece, además, que se vinculó a organismos de la Segunda Internacional y pudo conocer también la trayectoria de la Primera Internacional y las resoluciones de sus Congresos; esto se deduce de una serie de artículos que publicó en enero de 1895.

Con este valiosísimo bagaje volvió a Chile en 1892 transformado en un ejemplar organizador de obreros y en un divulgador de las nuevas formas de lucha y organización de los trabajadores. Radicado en Valparaíso, se reintegró a sus actividades políticas en calidad de director de la Agrupación Democrática de aquella ciudad. Además, comenzó una eficiente campaña en favor de la formación de uniones de protección al trabajo; en artículos de prensa y en conferencias, explicaba que estas uniones estaban destinadas a proteger a los obreros en el trabajo, a conseguir para ellos el respeto de sus patrones y a conquistar reivindicaciones tan importantes como aumentos de salarios o disminución de las jornadas; en caso de intransigencia o abuso patronal, la misión de estas sociedades sería dirigir la lucha de los trabajadores recurriendo para ello a la huelga si fuera necesario. La actividad propagandística y organizadora de Jorquera fue verdaderamente incansable en el curso del año 1892.

De entre los numerosos escritos que él publicó entonces, merecen ser conocidos los siguientes párrafos de uno que apareció en "El Pueblo" el 11 de junio de 1892:

"Compañeros: es preciso que nos unamos; es preciso que nos convenzamos que si nosotros mismos no nos esforzamos por mejorar nuestra triste situación, siempre seremos el esclavo del capitalista, siempre seremos la bestia de carga de los malos patrones y nuestras familias siempre estarán en la miseria...

"Estando unidos seremos fuertes y poderosos. Nos otros reglamentaremos nuestras faenas y, en fin, dejaremos de vivir esclavizados...

"Habiendo tenido la honra de haber formado la Gran Unión Marítima, que en un mes cuenta con trescientos quince socios, y la de Pintores y Sastres, que principio a formar, me ofrezco a todos los gremios de obreros para explicarles minuciosamente cómo son las uniones de Europa y Estados Unidos".

La obra de Jorquera fue fructífera por varios capítulos. Desde luego, organizó la Gran Unión Marítima de Valparaíso; esta entidad llegó a ser, el mismo año 1892, Sección Chilena de la Liga Marítima Internacional, y por iniciativa suya se formaron uniones análogas en Iquique y Callao. Contribuyó Jorquera a estructurar, junto con Joaquín Fuenzalida, Ramón Raldúa, Eduardo H. Méndez y otras personas, la Liga Tipográfica de Valparaíso, a la cual adhirió la mayor parte de los tipógrafos porteños; esta Liga impulsó la formación de secciones en Santiago, Concepción, Iquique y La Serena; publicó un interesante "Boletín" y dirigió varias huelgas; según se desprende de una información aparecida en el "Boletín" N║ 2, del 4 de noviembre de 1892, la Liga mantenía relaciones con la organización internacional correspondiente. Por último, Jorquera fue fundador de la Unión de Albañiles, Estucadores, Canteros y Marmolistas, de la Unión de Pintores, Doradores, Empapeladores y Barnizadores, de la Unión Protectora de Zapateros y de la Unión de Sombrereros.

Esta obra, naturalmente, tuvo repercusiones. En diversos puntos del país, tales como Santiago, Punta Arenas, y las zonas salitrera y carbonífera, se empezaron a constituir sindicatos obreros bajo los nombres que entonces recibían: uniones de protección al trabajo y sociedades de resistencia; generalmente este último era el nombre que daban los anarquistas a sus organizaciones de trabajadores. Al cerrarse el siglo, se podía contar alrededor de treinta sociedades de esta clase, entre las que sobresalían por la cantidad de sus miembros y por su influencia, las uniones marítimas de Valparaíso, Iquique, Antofagasta, Pisagua, Taltal y otros lugares; unas diez de ellas, entre las cuales estuvieron las de carpinteros y de obreros de imprenta, se denominaban simplemente sociedades en resistencia y eran de orientación anarquista (11).

La actividad de Jorquera fue, por sí misma, una escuela, ya que permitió la formación de una mentalidad gremialista nueva que había de preparar el camino a las instituciones sindicales de la época posterior. Y con esto solo, Carlos Jorquera, hasta ahora un olvidado dirigente, pasa a ocupar un puesto de honor en la historia del movimiento sindical chileno.

* * *

A fines del año 1892, el Gobierno envió al Congreso un proyecto de ley destinado a reprimir las huelgas. Esto provocó verdadera alarma popular; los trabajadores de todo el país realizaron concentraciones y manifestaciones de diversa índole en contra de este proyecto. La actividad desplegada permitió a las organizaciones obreras establecer un efectivo enlace alrededor de un objetivo común: el repudio al proyecto contra las huelgas. Surgió de este modo en Valparaíso, la idea de formar una Federación Obrera cuya base estaría constituida por las uniones de protección al trabajo; el 8 de noviembre de 1892, quedó sellado -en principio- el acuerdo correspondiente. Días más tarde, la idea materializaba en la Federación de Uniones de Protección al Trabajo, que comúnmente se llamó Federación Obrera. Su instalación oficial tuvo lugar el 8 de diciembre; en esa oportunidad el dirigente Eduardo H. Méndez pronunció un discurso en el que, entre otras cosas, expresó:

"Por fin vemos cumplirse el ansiado momento en que todos los gremios se confundan en uno solo, para defender nuestros derechos tanto tiempo oprimidos por los que, afianzados en su oro, han querido hacer de los hombres de trabajo seres automáticos, movidos a su antojo, para explotarlos sin conciencia ni ley alguna, y arrojarlos después, cuando han quedado inútiles entregados a su propia suerte.

"Por fin hemos comprendido la necesidad de estrecharnos y aunar nuestros esfuerzos a la sombra de la bandera que hoy enarbola la Federación de Uniones de Protección al Trabajo como el único medio de conquistar nuevamente la libertad que nuestros padres nos legaron como único patrimonio y que manos mercenarias nos la han querido arrebatar" (12).

Organizada la Federación General de Uniones de Protección al Trabajo de Sudamérica, ella se presenta como el primer esfuerzo hecho en el país con el fin de estructurar una central sindical; incluso, probablemente sus iniciadores pensaron hacer de ella un organismo obrero sudamericano, como lo demuestra el nombre completo que se le asignó. Por desgracia, esta tentativa no tuvo éxito; a la Federación se volcaron íntegramente los ínfimos grupos de anarquistas que había en Valparaíso con la esperanza de encontrar en ella un campo propicio para operar y prosperar; su intromisión, sin embargo, fue funesta para el desarrollo de la Federación; sus más connotados dirigentes y los fundadores de sus organismos constitutivos, Carlos Jorquera entre otros, hubieron de marginarse de ella, lo cual provocó la decadencia completa de la institución; en 1893, ya no quedaban ni rastros de ella.

El aparecimiento en nuestro país de nuevas concepciones de organización gremial, no obstruyó -después de 1891- el desarrollo del mutualismo, que tan profundas raíces había echado; contribuyó, eso sí, a modificar un tanto su orientación; esto, unido al hecho de que a sus filas ingresaran obreros, favoreció la transformación de las sociedades de socorros mutuos en semi-sindicatos, cuyos miembros no sólo perseguían los fines específicos del mutualismo, sino que también estaban animados de un marcado espíritu de lucha.

Por el año 1900, funcionaban en el país más de trescientas de estas sociedades (13), de las que doscientas cuarenta tenían personería jurídica. Entre estas sociedades había varias de mujeres y también algunas de empleados y profesores, pudiéndose citar entre estas últimas la Unión de Profesores de Copiapó y la Sociedad de Ayudantes de Instrucción Primaria de Santiago.

Siguiendo el ejemplo dado por las sociedades mutualistas de Valparaíso, que en 1888 formaron la Liga de Sociedades Obreras, en Santiago y en Iquique se hizo lo mismo.

En Santiago, el mes de junio de 1894, se reunieron los representantes de ocho instituciones para poner las bases de la Confederación Obrera de Sociedades Unidas. Después de una serie de gestiones, el 23 de septiembre de ese año quedó instalada con la participación de diez y nueve sociedades y con una directiva provisoria presidida por Luis B. Díaz. Las finalidades atribuidas a este organismo incluían el desarrollo del socorro mutuo, la creación de barrios para obreros dotados de adecuadas viviendas, fomento del ahorro y del cooperativismo, etc.

Poco tiempo después de establecida, a comienzos de 1S95, la Confederación Obrera de Santiago tomó la iniciativa para convocar a un Congreso Nacional de sociedades obreras del cual emergiera una Confederación Obrera de Chile. En diciembre de 1895 fue despachada la invitación al Congreso, el que debería celebrarse en enero de 1896; en esa misma oportunidad se envió un proyecto de estatutos para la Confederación en ciernes. Quienes planearon la constitución de esta central obrera no sólo pretendían unificar nacionalmente al mutualismo chileno, sino que también proyectaban dar cabida en ella a otros tipos de sociedades, incluyendo aquellas que realizaran "propaganda social"; únicamente se excluían las que tuvieran carácter político o religioso (14).

Tan pronto fueron iniciadas las gestiones tendientes al fin indicado, en todos los sectores de trabajadores se exteriorizó el más decidido propósito por secundarlas, pues se asignaba a la Confederación en perspectiva la categoría de un baluarte que las fuerzas del trabajo erigían para luchar en más favorables condiciones por su mejoramiento económico, social, político y cultural (15). Por desgracia, el Congreso Constituyente de la Confederación Obrera de Chile no pudo realizarse. A pesar de esto, por simple resolución de directivas, en marzo de 1896 se declaraba instalada la Confederación; su directiva provisoria estuvo presidida por Calixto Astudillo. Nació así un organismo carente de vitalidad que durante un breve tiempo llevó una existencia puramente nominal para, luego, desvanecerse por completo. El fracaso de esta entidad no desalentó, sin embargo, a los trabajadores, quienes mantuvieron vivo el interés por llegar a una organización que agrupara nacionalmente y tuviera la dirección suprema de las clases laboriosas de la República. Una expresión de esta inquietud fue el acuerdo tomado el 18 de noviembre de 1900 por los presidentes de las sociedades de Santiago en orden a constituir un Congreso Obrero de carácter nacional y permanente, al que se confió la responsabilidad de realizar la idea de una central de los trabajadores de Chile; esta iniciativa tampoco prosperó y la clase obrera hubo de esperar todavía algunos años antes de contar con su anhelada organización nacional; esto va a ocurrir cuando surja la Federación Obrera de Chile y, bajo la dirección de Luis Emilio Recabarren, llegue a ser la gloriosa y querida institución de todos los proletarios del país.

El mismo año 1896, en Iquique se dio forma a una Confederación de Sociedades Obreras de la Provincia de Tarapacá; culminaron de esta manera iniciativas que se manifestaron a lo largo de 1895. Inspirados en principios predominantemente mutualistas, los promotores de esta institución le asignaron, entre otras, las siguientes finalidades: realizar propaganda social excluyendo la política o religiosa, fundar un hospital para trabajadores, estimular el ahorro y la ilustración entre los obreros y, finalmente, procurar la construcción de barrios populares (16).

Concurrieron a formar esta Confederación provincial sólo nueve sociedades de Iquique, y no se realizó posteriormente ningún esfuerzo serio para incorporar a las que existían en el resto de Tarapacá; esto hizo que la organización fuera puramente local, lo que representó una limitación en los propósitos de sus iniciadores. La Confederación llevó una vida bastante precaria y, al cabo de poco tiempo, de hecho se produjo su disolución.

Cerrando el período de nuestro estudio, justamente en los primeros días del año 1900, Abdón Díaz, Valentín Sánchez, Manuel Rojas y numerosos otros obreros de larga trayectoria sindical, establecieron provisoriamente en Iquique la Combinación Mancomunal do Obreros. Después de un año de intensa labor organizativa, durante la cual importantes grupos proletarios se incorporaron a ella, la Mancomunal quedó oficialmente instalada en abril de 1901.

Surge la Mancomunal como una organización estrictamente proletaria, como que para ser miembro de ella "...se requiere -así lo dispone el reglamento- pertenecer a la clase obrera..." Por este motivo, es que desde sus comienzos se configura como un organismo altamente combativo y capaz de dirigir al proletariado en sus luchas. Pero, además, tenía muchos de los objetivos típicos del mutualismo. La Mancomunal se presenta, entonces, con los caracteres de las uniones de protección al trabajo o sociedades en resistencia introducidas en nuestro país por Carlos Jorquera (17), combinados con los que tenían las sociedades de socorros mutuos. En la Mancomunal participaban trabajadores de todos los gremios y sus dirigentes tuvieron el propósito de hacer de ella una "combinación" nacional de obreros.

Sus caracteres y su organización atrajeron hasta la Mancomunal grandes masas proletarias; los obreros entusiastamente se incorporaban a ella y fundaban nuevas secciones, a pesar de los violentos obstáculos opuestos por los capitalistas, los magnates de la industria salitrera y las autoridades. De esta suerte, la Mancomunal llegó a ser la más auténtica organización de masas de su época. Entre los muchos dirigentes notables con que contó la Mancomunal, estuvo Luis Emilio Recabarren, quien, a través de una activa propaganda, fue orientando la institución en un sentido cada vez más combativo, y dotándola de una ideología más definida. Una prueba de esto lo constituye el siguiente voto aprobado por la Mancomunal de Tocopilla expresando la adhesión de los trabajadores chilenos a las luchas que libraban los trabajadores rusos entre 1903 y 1904 y que culminaron con la Revolución de 1905:

"La Combinación Mancomunal de Tocopilla declara: que la revolución obrera de Rusia es el resultado ineludible del despotismo autoritario y burgués que, en todas partes del mundo pesa como montaña de granito sobre los hombros del pueblo trabajador. Que la honrosa actitud del pueblo ruso merece el aplauso unánime del mundo civilizado, porque su situación individual se había limitado al rango de las bestias y siente ahora nostalgia por la libertad y la justicia... que nuestro anhelo de libertad nos lleva a hacer votos por que los compañeros de Rusia coloquen la efigie de la libertad sobre las ruinas de la soberbia de la autocracia rusa y de su ignorante y risible monarca" (18).

La Mancomunal marca la etapa inicial del moderno sindicalismo chileno; ella constituye la entidad precursora inmediata de las organizaciones sindicales que van a actuar en época posterior; de ahí su enorme importancia en la historia del movimiento obrero nacional.

La formación de sociedades obreras no podía ser bien mirada, naturalmente, por los elementos reaccionarios del país. La combatividad que adquirían los obreros y la conciencia de clase que en ellos se desarrollaba, eran cosas que perturbaban la tranquilidad de las clases dirigentes, amenazaban sus intereses y, en última instancia, constituían un potencial peligro a su predominio social. Como siempre, un periódico clerical y conservador expresó con mayor claridad este criterio al decir:

"Establécense asociaciones permanentes, de ordinario so pretexto de socorros mutuos... El obrero ha caído ya en la trampa. Se le llena la cabeza de las más exageradas declamaciones y de las más infames calumnias contra los ricos, contra las clases dirigentes de la sociedad... Se les llena el corazón de desmesuradas ambiciones y de odios enconados... Se les hace consentir a los artesanos y a los pobres en general que hay una oligarquía que los despoja a ellos de sus derechos políticos... Se les inculca que los ricos, la gente ilustrada y el clero son sus explotadores y sus enemigos. Se les predica la insubordinación contra las autoridades constituidas. Se les halaga con una revolución social que distribuya entre los pobres los bienes que están injustamente acumulados en manos de ricos y que haga comunes a todos las influencias y los goces que la riqueza proporciona" (19).

Por tales razones, estos mismos elementos opusieron las mayores dificultades posibles a la organización de los trabajadores; era común que quienes pretendieran constituir sociedades obreras fueran despedidos de sus ocupaciones y tuvieran que sufrir toda clase de vejámenes y persecuciones por parte de los capitalistas, las autoridades civiles y la policía. Pero los trabajadores continuaban entusiastamente generando sus propias instituciones; ellos no miraban el presente, ya que tenían la vista fija en el porvenir. En vista de esto, los explotadores pusieron en juego otra de las armas que de un modo sistemático esgrimen contra los explotados: la división, la confusión. Además, desarrollaron hasta sus últimas consecuencias las tesis que protegían sus intereses, entre otras, aquella según la cual la religión era el único freno capaz de contener el espíritu de rebeldía entre los proletarios (20).

Guiados por estos propósitos de dividir el movimiento obrero, por una parte, y sujetar la conciencia de los trabajadores a las influencias clerical y burguesa por otra, se dio un renovado impulso a la formación de sociedades obreras bajo el control directo de la Iglesia Católica y de instituciones burguesas.

El año 1883 fue fundada la Unión Católica de Chile (21), la que continuó formando círculos de obreros católicos análogos a los que en 1878 había iniciado Abdón Cifuentes por medio de la Asociación Católica de Obreros. Además de estos círculos, los elementos clericales alentaron la constitución de otros organismos como la Sociedad de Obreros de Santo Domingo y la Sociedad de Obreros de San José; ambas sociedades instalaron numerosos centros en distintas ciudades, para lo que acaudalados capitalistas y terratenientes les proporcionaron recursos más o menos abundantes en estos centros, "...algunos caballeros, deseando moralizar al pueblo..." (22) , instruían a los obreros "...dándoles lecciones de economía, higiene, ahorro e instrucciones morales y religiosas..." (23).

También funcionaron otros organismos como la Institución León XIII, fundada hacia 1896 en gran parte por iniciativa de Enrique Concha Subercauseaux, y el Centro de Ilustración.

Una prueba de que estas sociedades católicas de obreros sólo estaban animadas de afanes divisionistas y reaccionarios, y no de un auténtico propósito de servir a las clases laboriosas, lo constituye el hecho de que tan pronto como se organizó en Valparaíso la Sociedad de Obreras de Socorros Mutuos, algunos sacerdotes de esa ciudad lanzaron contra ella violentos y muy poco cristianos ataques, y luego fundaron la Sociedad de Obreras Católicas.

Paralelamente a este trabajo divisionista y de penetración ideológica que realizaban los conservadores con el auxilio del clero, elementos burgueses ejecutaban una labor parecida, cuando trataban de impedir que las sociedades obreras fueran vehículo de difusión de una conciencia proletaria pura. Para alcanzar tal objeto, individuos de extracción burguesa se entrometían en la vida de instituciones de trabajadores en calidad de socios honorarios, conferenciantes, interesados "benefactores", etc. A veces, estos mismos elementos corrompían a dirigentes obreros utilizando, entre otros procedimientos, el halago, el soborno o, simplemente, el aburguesamiento que se producía mediante la atracción de obreros a instituciones típicamente burguesas -como la masonería- donde se impregnaban de la ideología (24), de las aspiraciones y del modo de vida característico de la burguesía.

Como se puede apreciar, los esfuerzos de los trabajadores por organizarse en instituciones gremiales no fueron fáciles de realizar; tropezaron con dificultades de distinta índole, la mayor parte de las cuales tenía su origen en la acción perfectamente intencionada de quienes explotaban a los trabajadores.


Notas

1. "La Igualdad", 27 de septiembre de 1886.

2. "La Voz de la, Democracia", 20 de agosto de 1887.

3. "Los Ecos del Taller", 3 de septiembre de 1887.

4. La Liga nació por iniciativa de la Unión de Carpinteros y de su Presidente Juan M. D░ Suárez, quien provocó una reunión de representantes de las instituciones obreras porterías que se realizó el 16 de diciembre de 1887. Se trataba de estudiar las posibilidades de realizar ideas de corte puramente mutualista. En dicha reunión estuvieron representantes de las siguientes sociedades: de Artesanos, Tipográfica, Unión de Carpinteros, Federico Stuven, Fraternal de Obreros, A, antes del Progreso, Socorros Mutuos de Carpinteros, Unión Fraternal de Pintores, de Zapateros B. Vicuña Mackenna, de Sastres y las Logias Obreras Francisco Bilbao y Arturo Prat.

Después de varias sesiones, el 30 de diciembre de 1887 hubo acuerdo para constituir la Liga sobre la base de las siguientes finalidades: ayuda mutua, fundación de cooperativas de consumo, construcción de barrios para obreros, etc.

El 30 de enero de 1888, en reunión a la que asistieron representantes de las sociedades ya mencionadas y del Círculo Social Obrero, la Filarmónica de Obreros, la Protectora de Cigarreros y la Sociedad de Obreras, se designó una directiva provisoria y una comisión encargada de elaborar los estatutos. "Creyeron los delegados que convenía dejar constancia con entera franqueza, y desde el primer momento, de que la Liga no persigue ningún fin político ni religioso, para que sus sanos propósitos no sean mal interpretados por algunos espíritus suspicaces; y así lo consignaron en el artículo final de los estatutos. Lo que pretenden las diversas sociedades coaligadas es servir a sus miembros en los días desgraciados". ("El Mercurio", 6 de agosto de 1888).

La directiva provisoria quedó formada como sigue: Presidente, Tomás J. González (de la Sociedad Tipográfica); vice, Manuel Serei (de la Sociedad de Artesanos); secretario, Federico Zúñiga (de la Sociedad Tipográfica); prosecretario, Juan M. 2░ Suárez (de la Unión de Carpinteros); tesorero, Ramón Contreras (de la Soc. Vicuña Mackenna); y subtesorero, Ricardo Jara (de la Logia Francisco Bilbao).

Después de finiquitada una serie de trámites, la Liga se instaló el 5 de agosto de 1888, agrupando once sociedades y teniendo como directorio definitivo al que había actuado en forma provisoria.

Hemos creído indispensable reseñar brevemente los orígenes y el carácter de la Liga de Sociedades Obreras, porque el autor de unos pretendidos "ensayos dialécticos" pomposamente titulados "Desarrollo del Capitalismo en Chile", se refiere a esta Liga sin indicar -maliciosamente- la fecha de su formación; con este procedimiento y mediante confusiones, también intencionadas, como la de ubicar a Carlos Schultz, director de la Unión de Carpinteros, en el cargo de Presidente de la Unión de Carpinteros que desempeñaba Juan M. 2║ Suárez, o haciendo actuar instituciones inexistentes como un Club Obrero Teutonia o un Centro Carlos Marx, pretende vincular a la Liga con la Primera Internacional, en circunstancias que ésta había dejado de existir en 1876.

5. Valentín Arce, dirigente de la Sociedad de Zapateros. "El Pueblo" de Valparaíso, 9 de abril de 1892.

6. "El Pueblo", 2 de abril de 1892.

7. "No olvidéis las palabras del gran socialista Karl Marx: "La gente de trabajo en todas partes del mundo debe ser hermana. Ellas deben hacer causa común con los demás. Ellas tienen el mundo por ganar y sólo las cadenas de la esclavitud que perder". Con este párrafo terminaba un manifiesto de la Sociedad Marítima de Socorros Mutuos de Valparaíso, fechado el 31 de agosto de 1892. ("El Pueblo", 31 de agosto de 1892).

8. Luis Peña y Lara: de un artículo publicado en "El Ciudadano", de Limache, el 20 de diciembre de 1893.

9. José Santos Cornejo: de un artículo publicado en "El Pueblo" el 28 de mayo de 1892.

10. E. H. M. (┐Eduardo H. Méndez?): de un artículo publicado "El Pueblo" el 31 de agosto de 1892.

11. Las sociedades en resistencia anarquistas empezaron a publicar en Santiago, el 1║ de Mayo de 1901, un periódico cuyo título era "Siglo XX".

12. "El Pueblo", 14 de diciembre de 1892.

13. El periódico obrero "La Regeneración" de Santiago, informaba el 14 de marzo, de 1893 que ese año había no menos de trescientas sociedades de socorros mutuos en el país.

14. Los artículos 2║ y 3║ del proyecto de estatutos de la Confederación Obrera disponían:

"Es compuesta de ilimitado número de sociedades obreras e industriales o que tengan tal carácter, actuales o futuras, de ambos sexos, establecidas en cualquier pueblo de la República.

"Tiene por objeto trabajar en bien general de los obreros e industriales, y de cada sociedad en particular, estudiando y '' practicando todo asunto concerniente a las materias que siguen:

1. El socorro mutuo de los socios y sus deudos. 2. El ahorro en general. 3. La propaganda social. 4. La protección y enseñanza profesional e industrial y todo aquello que conduzca al bienestar general del pueblo con exclusión de política de partido y de sectas religiosas". ("La Igualdad", 7 de diciembre de 1895).

15. "Feliz idea que si los artesanos la sabemos hacer germinar, a la vuelta de cinco años el siervo habrá cambiado en hombre, el ignorante en individuo ilustrado, el remendón en verdadero artista y el feudo de los Ross, Matte, Edwards, etc., en una verdadera República democrática". ("El Derecho" de Concepción, 26 de mayo de 1895).

"... pronto llegará para todos el fausto día en que podamos exclamar: tenemos ya nuestro baluarte, ya estamos libres de la explotación de los poderosos". ("La Igualdad", 23 de agosto de 1895).

16. "El Obrero", de Iquique, 26 de febrero de 1896.

17. Es interesante a este respecto señalar que Abdón Díaz fue dirigente de la Unión Marítima de Iquique, fundada -como se ha visto- gracias a los esfuerzos de la Unión Marítima de Valparaíso, la que a su vez fue creada por Carlos Jorquera el año 1892.

18. "El Trabajo", de Tocopilla, 21 de febrero de 1904.

19. "El Porvenir", 28 de febrero de 1893.

20. Véase el editorial publicado en "El Estandarte Católico" el 30 de abril de 1888, del cual se reproducen algunos párrafos en el capitulo siguiente.

21. "Esta Unión fue una institución clerical; poseía un carácter esencialmente militante orientado a impedir la propagación de ideas laicas o, como se decía, la descatolización del país.

22. "El Ferrocarril", 8 de noviembre de 1892.

23. "El Ferrocarril", 8 de noviembre de 1892.

24. Según parece, se organizaron algunas logias masónicas para actuar exclusivamente en el campo obrero, entre las cuales posiblemente tuvieron este carácter las Logias Veintiuno de Mayo, de Santiago, Francisco Bilbao y Arturo Prat, de Valparaíso.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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