Historia del movimiento obrero en chile


SEGUNDA PARTE

Nueva etapa en el desarrollo del proletariado chileno, 1879 - 1900


CAPITULO V

NUEVAS CONDICIONES ECONÓMICO-SOCIALES

Llegamos a 1879. Se produce la Guerra del Pacífico. El desenlace favorable a Chile de este conflicto tuvo tan profundas repercusiones en todos los aspectos de la vida nacional, que bien pudiera decirse que a partir de la guerra la historia de Chile entra en una nueva etapa.

Desde el punto de vista económico, la incorporación de las provincias de Tarapacá y Antofagasta significó la incorporación de las enormes fuerzas productivas existentes en ellas.

Estas provincias se habían convertido ya en centros de considerable actividad minera y comercial antes de 1879. Poseían, en plena explotación, los únicos yacimientos de salitre natural en el mundo, algunos importantes minerales de plata como los de Caracoles y Huantajaya y, en la costa, los valiosos depósitos de huano. Existían también minerales de cobre, de azufre y de bórax y de otras substancias que comenzaron a ser explotadas sólo después de 1884. Aparte de estas riquezas en explotación avanzada o incipiente, ambas provincias eran poseedoras de una infinidad de otros recursos, muchos de los cuales aún hoy día no son explotados. Por otro lado, se habían construido algunas vías férreas y se estaba comenzando la construcción de otras, existían varias fundiciones y maestranzas, etc. Su comercio internacional era de primer orden y el local también era importante. La población de ambas provincias hacia el año 1885 superaba ligeramente los 100.000 habitantes y una gran parte de ellos, alrededor del 40% más o menos, formaban una población activa enrolada en las distintas faenas que allí se desarrollaban.

La adquisición de tan vasto emporio de riquezas tenía necesariamente que gravitar de un modo efectivo en todos los órdenes de la economía nacional. Desde luego, fue una vigorosa inyección intencionadamente buscada, que le permitió salvar la grave crisis que la venía afectando y que había alcanzado su punto culminante en 1878. La renta nacional experimentó un crecimiento vertiginoso como lo revelan los siguientes datos:

1. Las rentas fiscales ordinarias, que en 1879 eran $ 15.396.568 de 33 peniques, subieron a $ 28.410.417 de 30 peniques en 1880, para llegar a $ 53.202.548 de 24 peniques en 1890.

2. Nuestras exportaciones aumentaron de $ 42.069.433 en 1879 a $ 50.895.501 en 1880 y a $ 67.678.262 en 1890.

3. Las importaciones crecieron del siguiente modo:

1879 $ 22.794.608
1880 $ 29.716.004
1890 $ 67.889.079

4. El cabotaje aumentó en un 105% entre 1878 y 1882, y en los años siguientes continuó subiendo vigorosamente.

Los datos señalados denotan una súbita y poderosa expansión económica. Ellos indican, por un lado, crecimiento de algunas fuerzas productivas en el país y, por otro, posibilidades ciertas de un mayor y rápido crecimiento de otras fuerzas de esta misma índole.

El vertiginoso desarrollo económico a que nos venimos refiriendo no resultó, sin embargo, de la armoniosa expansión de todas las fuerzas productivas del país, sino que fue el resultado de la incorporación de la industria salitrera. El salitre supeditó en importancia a todas las demás fuentes de producción; toda la actividad nacional comenzó a reposar en una fuente de riqueza gigantesca que hacía contraste muy agudo con las demás existentes en el país. Entre las más importantes de éstas se observa incluso un proceso de disminución; el cobre, por ejemplo, entra en un período de franco decaimiento justamente a partir de 1880; lo mismo acontece con la producción del oro; las actividades agropecuarias mantienen ahora un ritmo de crecimiento lento, por lo que se comienza a hacer indispensable la importación de trigo y carne. En una palabra, Chile consolida y hace todavía más intensa su calidad de país monocultor; un solo artículo, el salitre, pasó a constituir el nervio de toda su estructura económica; él aportó los mayores contingentes a las exportaciones y contribuyó, por consiguiente, en mayor escala que otros productos, a la formación del poder de compra del país en el exterior; él proporcionó los mayores ingresos al fisco, que en algunos años llegaron a cubrir más del 60% de las entradas ordinarias del Estado; él ensanchó apreciablemente el mercado interno para los productos agropecuarios e industriales; y, a través de todo esto, contribuyó de una manera decisiva para que la República continuara cierto ritmo de progreso general que le permitió avanzar hacia niveles más elevados que la mayor parte de las otras naciones de América.

El hecho de que toda la estructura económica del país descansara en una sola actividad productora esencial, fue, desde cierto punto de vista, la causa de lo que se ha dado en llamar "nuestra inferioridad económica" y, sobre todo, de que nuestra economía entrara en un proceso de deformado desarrollo. Y hasta podría afirmarse que debido a esto, estructuras retrasadas como el latifundio y el capitalismo comercial y bancario no hicieron crisis total, por lo que no se planteó -con caracteres de urgencia- la necesidad de la reforma agraria y la necesidad de la industrialización. Ninguna de estas medidas aparecía como necesaria, porque para resolver los problemas del país no había más que echar mano de los torrentes de oro, aparentemente inagotables, que nos brindaba el salitre.

Hubo elementos que vislumbraron los perniciosos efectos de semejante estado de cosas; previendo un posible menoscabo de la riqueza salitrera, creyeron que sus rendimientos debían ser invertidos en el armónico robustecimiento de todas las ramas de la producción chilena. "Pasará el salitre -se decía- y tal vez no nos dejará sino el remordimiento por la escasa utilidad de la renta que produjo; pero cada fábrica o industria nueva nos hará más ricos y fuertes, dejando en el país el dinero que paga por sus productos, disminuyendo su precio, aumentando la renta pública y llamando al trabajo a ese numerosísimo elemento social que en otros países vive de su esfuerzo individual y que en el nuestro, como en los demás de la raza, vegeta al calor o con la expectativa del presupuesto nacional o municipal" (1). Porque hubo esta actitud arraigada en importantes elementos sociales, es que fue posible la realización de una política económica altamente creadora destinada a habilitar al país y establecer variadas fuentes de riqueza de valor más permanente, utilizando recursos juzgados circunstanciales o extraordinarios que proporcionaba el salitre; éste fue justamente el fundamento y el sentido de la política económica que se realizó durante la administración Balmaceda y que fue decisivamente impulsada por este mandatario y sostenida por un sector de la burguesía nacional, aquel sector que pretendía llevar a Chile hacia la etapa del capitalismo industrial.

* * *

Agravando todavía esta situación, se produce otro hecho particularmente serio: la industria salitrera fue el vehículo a través del cual se produjo la profunda penetración del imperialismo inglés.

En el primer capítulo hicimos notar que tan pronto corno Chile alcanzó su independencia, cayó dentro de la órbita del capitalismo británico que buscaba el control de materias primas y de artículos alimenticios y que se interesaba por vender manufacturas. Esto era lo que en síntesis, procuraba el capitalismo comercial inglés; le bastaba sólo tener la seguridad de que el cobre de nuestra tierra llegara a sus fundiciones, y que los chilenos fuéramos clientes de sus fábricas.

Pero el capitalismo industrial británico evolucionó; las fuerzas productivas a su disposición se incrementaron en proporciones enormes como resultado de importantes y valiosos perfeccionamientos introducidos en la técnica; la acumulación de capitales que se produjo alcanzó límites tan elevados, que determinó un exceso de capitales que comenzaron a buscar en el exterior lucrativos centros de inversión. Además, la libre concurrencia cedió el paso al monopolio; los medios de producción se concentraron en alto grado dando origen a potentes corporaciones monopolistas. Por otra parte, los bancos, en cuyas arcas estaban depositados los enormes excesos de capitales con que contaba Inglaterra, cambiaron su función tradicional y asumieron el control de la vida económica; a través del crédito y mediante la participación en las sociedades anónimas, los bancos, que antes estuvieron marginados de la vida industrial, se integraron a ella, subordinándola; esta fusión del capital bancario con el industrial produce el capital financiero. Como se ve, el primitivo capitalismo industrial inglés de la primera mitad del siglo perdió sus rasgos distintivos, evolucionó y dio origen a una estructura capitalista superior, más elevada, que poseía caracteres propios definidos. Esta nueva fase del capitalismo es el imperialismo. En esta etapa Inglaterra no se interesó tanto por exportar los productos de sus fábricas, sino más bien trató de colocar lucrativamente sus capitales en el exterior en inversiones directas e indirectas; no le bastó sólo controlar los productos que proporcionaban las minas o las tierras extranjeras, ya que tuvo interés en hacer inversiones sobre esas minas y tierras; en vez de dejar en un grado de relativa autonomía a las estructuras económicas nacionales con las cuales mantenía relaciones, procuró sujetarlas férreamente a su control. Los rasgos generales que hemos sintetizado como característicos del capitalismo inglés en su etapa posterior al capitalismo industrial, constituyen la esencia económica del imperialismo contemporáneo, fenómeno que comenzó a producirse a partir del último cuarto del siglo más o menos, no sólo en Inglaterra, sino en todos los países de avanzado capitalismo.

Pues bien, según lo hemos demostrado en otros trabajos (2), con posterioridad a la Guerra del Pacífico el imperialismo inglés halló una oportunidad de sentar sus reales en la provincia de Tarapacá; aprovechando ampliamente las antiguas conexiones que los capitalistas británicos habían establecido en Chile, y haciendo inversión de muy escasos capitales, la mayor parte de los cuales provenía de bancos chilenos de Valparaíso, un grupo de capitalistas ingleses encabezados por el audaz y activo John Thomas North, el Rey del Salitre, tomó el control de la industria salitrera, logró hacer de la provincia de Tarapacá un área totalmente subordinada al imperialismo y así Chile quedó transformado, de hecho, en una semicolonia inglesa.

La tutela adquirida por el imperialismo inglés sobre el país fue absolutamente perniciosa para Chile. Desde luego, no significó sino una nominal incorporación de capitales (3); en cambio, extrajo de nuestra economía una parte substancial de los ingresos que proporcionaba el salitre. Por otro lado, el interés y la conveniencia de Chile, que consistía en explotar al máximo las riquezas salitreras como una manera de aumentar sus ingresos y, por lo mismo, expandir sus fuerzas productivas, quedó subordinado a los intereses y conveniencias de los círculos monopolistas londinenses que, a través de varias combinaciones salitreras, restringieron artificialmente la producción de nitrato (4); periódicamente solían provocar escasez y encarecimiento del salitre, lo que contribuyó a que los países necesitados de fertilizantes alentaran la producción de salitre sintético; Chile perdió primero su calidad de único productor en el mundo; luego -gradualmente- fue perdiendo su rango de principal productor.

Desde otro punto de vista, el imperialismo inglés, al enseñorearse sobre la principal fuente de riqueza de Chile y al conquistar una posición dominante sobre toda la estructura económica nacional, actuó entrabando o restringiendo seriamente nuestras posibilidades de expansión autónoma. A este respecto, cabe recordar la afirmación de Lenin según la cual el imperialismo no atenúa, "...sino que acentúa la diferencia entre el ritmo de crecimiento de las distintas partes de la economía. mundial" (5); esto, aplicado al caso de Chile, ratifica lo dicho anteriormente: el imperialismo impidió que el ritmo de crecimiento de la economía chilena fuera lo suficientemente rápido e intenso como para que llegara a tener un modo capitalista de producción independiente, análogo al que existía en las naciones más desarrolladas.

Por tal motivo, el imperialismo encontró sus naturales aliados en las fuerzas nacionales regresivas, en los elementos reaccionarios, es decir, en los elementos que poseían una situación dominante dentro de una estructura retrasada; chocó, en cambio, con los elementos que favorecían el paso de Chile hacia etapas superiores de desarrollo económico-social. Por esto es que favorecieron desembozadamente la penetración y la expansión del imperialismo inglés dos fuerzas importantes: por una parte, los terratenientes empeñados en perpetuar un régimen semifeudal que necesariamente tendría que desquiciarse si en Chile lograba establecerse el modo capitalista de producción; por otra parte, algunos sectores de la burguesía -comerciantes, banqueros, especuladores y agiotistas- representantes del capitalismo comercial y bancario, que tan íntimamente se habían ligado al capitalismo inglés.

Otros sectores de la burguesía, que aspiraban al desarrollo de un capitalismo industrial independiente mediante el crecimiento de nuevas fuerzas productivas en Chile, se colocaron en una posición de abierta hostilidad hacia el imperialismo; ellos entendieron todas las implicaciones lesivas a la soberanía y al progreso nacionales que su avance entrañaba. Así se explica ese estado de ánimo de la opinión pública chilena alrededor el año 1889, al que nos hemos referido en otra parte (6), y del cual una de las más claras expresiones son las siguientes palabras de Alfredo Cocq Port:

"Lo que ha ocurrido en Tarapacá es uno de los tantos ejemplos de cómo el extranjero, por medio de sus capitales regidos por una superior organización económica, puede adueñarse de un territorio sobre el que no tiene dominio político, pero del cual extrae mayor provecho que el dueño del suelo...

"La tendencia del mercado inglés para constituir un sindicato o compañía monopolista de nuestro nitrato es tan marcada, las maniobras preparatorias tan evidentes, que seríamos inexcusables si no adoptáramos desde luego medidas de defensa. Hoy no se conquista a los pueblos por la fuerza de las armas, sino también por la absorción legal de sus riquezas" (7).

Esta reacción que pudiéramos calificar de antiimperialista es interesante, por cuanto demuestra que en nuestro país se produjo el siguiente fenómeno universal señalado por Hilferding y ratificado por Lenin: "...el capital importado intensifica las contradicciones y provoca contra los intrusos una resistencia creciente de los pueblos, cuya conciencia nacional se despierta: esta resistencia se puede convertir fácilmente en medidas peligrosas dirigidas contra el capital extranjero.." (8).

Estos mismos sectores, además de estar poseídos de un nacionalismo legítimo y consecuente, trataron también de producir un equilibrado incremento de las actividades económicas y la conveniente expansión de sus fuerzas productivas sobre la base de un decidido impulso a la industria; quienes sustentaban estos puntos de vista sostenían que en la consecución de estos objetivos debían invertirse los recursos cuantiosos que proporcionaba la industria salitrera. En un artículo publicado en "El Ferrocarril" el 26 de mayo de 1889 se exponía este criterio en los siguientes términos:

"Conduce asimismo a mi propósito que se tome nota de que Chile, merced a Tarapacá, podría explotar minas de fierro y establecer grandes fábricas de ferretería, calderería y toda clase de herramientas necesarias en las salitreras y minas, e instrumentos y útiles de la agricultura y empresas de explotación de sulfatoras, fábricas de pólvora y, en general, dar nacimiento y desarrollo a nuevas industrias e incremento de muchas de las actuales.

"Vamos a tener miles de kilómetros de ferrocarriles y muchos puentes y obras que consumirán muchos miles de toneladas de fierro: las minas abundan, y el modo de fomentar la industria fabril y de ir emancipándonos de Europa y de Estados Unidos, es tener las primeras materias a bajos precios por la economía de los fletes, y uno de los más eficaces medios de fomentar la agricultura, es abaratar las herramientas y máquinas agrícolas, de aserrar maderas, beneficiar vinos, etc., y esto se consigue de la manera indicada".

Nacionalismo económico e impulso a la industrialización; he aquí el sentido de numerosas iniciativas que se realizaron entre 1880 y 1891, aunque con mayor intensidad entre 1886 y 1891. En este período surge la Sociedad de Fomento Fabril, entidad creada exclusivamente con el objeto de impulsar el desarrollo de la industria manufacturera; en él también actuaron dos estadistas que fueron los verdaderos portavoces de los sectores progresistas de la burguesía: Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda. Ambos gobernantes, especialmente Balmaceda, pusieron en práctica los más ambiciosos planes de desarrollo de nuevas fuerzas productivas en el país.

Durante la Administración Balmaceda (9) se construyeron algunos ferrocarriles y se comenzó la de otros con una longitud total de mil doscientos kilómetros; también se dejó estudiada la construcción de varias importantes vías férreas; se construyeron más de setecientos kilómetros de caminos de diferentes tipos; se tendieron alrededor de trescientos puentes de todas dimensiones, entre los que se destacan el viaducto del Malleco, y los puentes sobre los ríos Bío Bío, Maule, Nuble y otros. Se protegió la industria nacional creándose con tal objeto el Ministerio de Industrias y Obras Públicas, dictándose algunas medidas proteccionistas y encargando el Gobierno -a fábricas nacionales- la construcción de una gran cantidad de elementos que antes se importaban; un ejemplo de estas medidas lo constituye el hecho de que en 1888 se hubieran encargado a los establecimientos de Lever y Murphy de Viña del Mar, doce locomotoras para los ferrocarriles del Estado y las estructuras metálicas de los puentes sobre los ríos Maule, Ñuble, Lircay y Perquilauquén. Gracias a estas disposiciones, se ensancharon numerosas fábricas o talleres, se establecieron otras nuevas y se dejó el camino abierto para que en el futuro pudieran surgir otras más. Se habilitaron puertos, se estimuló la colonización de las provincias australes, se impulsó la inmigración, se modernizó y se ensanchó la educación en todas sus ramas, especialmente la minera, industrial y agrícola; se construyeron numerosos locales escolares y edificios públicos, etc. En una palabra, se llevó a cabo un verdadero plan de modernización de la estructura económica nacional, se realizó la más gigantesca habilitación económica de la República que registra la historia nacional.

Desde otro punto de vista, el gobierno de Balmaceda interpretó adecuadamente el sentimiento antiimperialista que animaba a los elementos empeñados en lograr el progreso de la nación y en salvaguardar su soberanía. Balmaceda mismo pudo apreciar desde su alto cargo, la influencia negativa del imperialismo y, con una valentía, patriotismo y altura de miras que ningún otro gobernante ha tenido hasta la fecha, enunció una política destinada a contener los avances imperialistas y que un periodista inglés, a sueldo de North, sintetizó en la frase "Chile para los chilenos". Es bien sabido que Balmaceda expresó sus propósitos de nacionalizar la industria salitrera en una cantidad de discursos y solemnes declaraciones públicas; entre ellas se destacaron las siguientes palabras que pronuncio ante el Congreso Nacional el 1 de julio de 1889:

"Es verdad que no debemos cerrar la puerta a la libre concurrencia y producción de salitre de Tarapacá pero tampoco debemos consentir que aquella vasta y rica región sea convertida en una simple factoría extranjera. No podrá desconocerse el hecho muy grave y muy real de que la singularidad de la industria, la manera como se ha producido la constitución de la propiedad salitrera, la absorción del pequeño capital por el capital extranjero y hasta la índole misma de las razas que se disputaran el imperio de aquella vastísima y fecunda explotación, imponen una legislación especial basada en la naturaleza de las cosas y en las necesidades especiales de nuestra existencia económica e industrial.

"Es esta cuestión de tan profundas consecuencias para lo porvenir, que de ella dependerá, en gran parte, el desenvolvimiento de nuestra riqueza particular, hoy alejada de aquel centro fecundo de trabajo y prosperidad general" (10).

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Mención muy especial en el cuadro de los cambios económico-sociales operados después de la Guerra del Pacífico merecen los que derivaron de la conquista del territorio araucano. El año 1883, quedó terminada la resistencia indígena y las tierras de Arauco fueron "pacificadas"; finalizó, de este modo, una epopeya que había comenzado trescientos años antes con la llegada de Pedro de Valdivia. Pues bien, las tierras conquistadas comenzaron a ser entregadas a colonos de extracción burguesa quienes cometieron toda clase de tropelías para aumentar la superficie de los predios que se les había asignado. Estos colonos llegaron a constituir un nuevo tipo de terrateniente, entre los cuales José Bunster fue el exponente más destacado. Bunster tuvo valiosísimas pertenencias que fueron explotadas conforme a la más adelantada técnica de la época; levantó molinos que contaban con moderna maquinaria, etc. su poder financiero fue tan extraordinario, que con base a él pudo organizar el Banco que llevó su nombre

La presencia de estos nuevos terratenientes, sumada a la de los antiguos capitalistas transformados en hacendados, marcó, por un lado, la iniciación de un progresivo avance en la economía agraria, particularmente en la zona situada al sur del río Bío Bío, que llegó a ser en poco tiempo el mayor granero del país y el área que concurrió a formar la mayor parte de la producción agropecuaria nacional; por otra parte, fue un factor que favoreció la vinculación de burgueses con terratenientes, especialmente del sur; éstos, objetivamente, llegaron a ser una especie de fracción o sector agrario de la burguesía como lo revela incluso la circunstancia de que los nuevos hacendados fueron políticamente liberales y radicales.

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La Guerra del Pacífico y la acción realizada desde el Gobierno por los sectores progresistas de la burguesía, aceleraron profundos cambios en la sociedad chilena.

En las provincias nortinas, especialmente en Tarapacá y Antofagasta, se produjo una activa e importante concentración proletaria; mientras en 1880 allí había nada más que 2.848 operarios enrolados en la producción de salitre, en 1890 esta cifra alcanzó a 13.060, es decir, en diez años hubo un aumento del 370% aproximadamente. Agregúense a estas cifras las correspondientes a los obreros que trabajaban en los ferrocarriles, en las maestranzas y fundiciones, en los puertos y en actividades comerciales, en la explotación de huaneras, de minas de plata y de cobre, etc., y se tendrá entonces allí un centro proletario singularmente denso que cubría la mayor parte de los habitantes con que Tarapacá y Antofagasta contaban hacia el año 1890.

Las grandes ciudades y centros urbanos aumentaron su población apreciablemente, de tal modo que el total de la población urbana que era del 27% en 1875, bordeaba el 38% más o menos en 1890. En ellas el proletariado también creció como resultado de la intensificación del comercio, del establecimiento de nuevas industrias y del desarrollo de las existentes, etc. Los ferrocarriles en funcionamiento y el movimiento portuario creciente, eran actividades que daban trabaja en todo el país a miles de obreros. Lo mismo sucedió en las minas de carbón, donde el personal ocupado experimentó aumentos del orden del 200% en pocos años. Especial mención merecen los obreros ocupados en las obras públicas; éstos fueron varias decenas de miles entre 1887 y 1890, y estuvieron trabajando en toda clase de faenas a lo largo del territorio.

Puede estimarse que, alrededor de 1890, la clase obrera chilena cubría a lo menos 150.000 individuos, es decir, había aumentado en un 50% más o menos desde el año 1879.

El aumento de la clase obrera significaba automáticamente la disminución del campesinado. Miles de hombres abandonaban al campo, se desligaban del régimen agrario semifeudal, en busca de mejores expectativas y de más altos salarios, lo que, por supuesto, producía alarma entre los terratenientes. En un periódico, se describía parcialmente esta situación del siguiente modo: "Es un hecho al alcance de todos que en la actualidad, no estando todavía en ejecución los ferrocarriles y demás obras fiscales proyectadas, se han transformado por completo las condiciones de trabajo. La carestía de los jornales y salarios alcanza proporciones inquietantes, y más que todo, la escasez de brazos disponibles para dar a los trabajos el impulso que conviene a su próspero desarrollo y terminación" (11).

Simultáneamente con el proletariado, creció la clase media. Todas las actividades en las cuales trabajaban proletarios, eran también actividades en las cuales participaban elementos de clase media vendiendo su trabajo de carácter predominantemente intelectual. Pop otro lado, el desarrollo de la administración pública como efecto de una cantidad de nuevas funciones asumidas por el Estado (registro civil, Ministerio de Industrias y Obras Públicas, creación de nuevas intendencias y gobernaciones, Inspección General de Salitreras, etc.) y el rápido incremento experimentado por la educación pública, contribuyeron de un modo muy eficaz al crecimiento de la clase media. A este proceso correspondió la importancia creciente adquirida en el conglomerado social; su influencia se hacía más notoria en todas las esferas de la vida nacional, inclusive la política; son perfectamente legítimas las afirmaciones de quienes ven en los gobiernos posteriores a la Guerra del Pacífico, especialmente en el de Balmaceda, una acción muy destacada de los elementos pequeño-burgueses y de clase media. El profesor Julio Heise sostiene que Balmaceda procuró justamente apoyarse en estas capas sociales incorporando en masa a sus elementos en el Parlamento, en la judicatura y, en general, en toda la administración pública (12).

La burguesía, por su parte, se hacía cada vez más fuerte e influyente; eso sí que en su seno había dos sectores con intereses diferentes y aun opuestos. De un lado, la burguesía bancaria y comercial, especuladora y agiotista. De otro, un esbozo de burguesía industrial que se esforzaba por empujar al país por el sendero de la industrialización, aunque fuertes obstáculos se oponían a sus esfuerzos. Después de la Guerra del Pacífico, este sector logra una oportunidad para la realización de sus aspiraciones y se moviliza activamente con tal fin. Frente al librecambio que preconizara Courcelle-Seneuil y que impusieran los ingleses, los banqueros, los comerciantes y los terratenientes, levanta enérgicamente, desde diversas barricadas, la consigna del proteccionismo y del fomento a la industria nacional. Tanto terreno logró ganar este sector en la década de 1880, de tanto prestigio gozaba la idea de la industrialización, que "...entre los particulares ilustrados que componen los hombres de Gobierno, diputados, senadores, consejeros de Estado, ministros y presidente de la República, circula una misma idea, aceptada ya sin discusión, sobre la necesidad de proteger la industria nacional y de abrir por este medio, las grandes fuentes de riqueza que posee el país con sus fértiles valles, caudalosos ríos y variados productos minerales. La protección a la industria, establecida en los límites prudentes y racionales en que debe mantenerse para no dañarse a sí misma, ha sucedido como idea de Gobierno a la teoría librecambista que dominara sin contrapeso en pasadas administraciones..." (13)

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Correlativamente con los cambios señalados, se producen otros de carácter político. Los estadistas del período 1880-1891, fueron consecuentes con los principios ideológicos de la burguesía. Fue así como durante el Gobierno de Santa María se dictaron las leyes de matrimonio civil, de registro civil y de cementerios laicos, destinadas a disminuir la influencia que el clero, eficaz aliado, instrumento y soporte que el semi-feudalismo y el retraso económico tenían en el país, Más tarde, en 1888, se hizo la reforma constitucional mediante la que el sufragio universal quedó establecido en Chile. Este genuino avance liberal realizado entre 1880 y 1891 fue, naturalmente, objeto de rudas críticas por parte de los elementos conservadores y clericales. Carlos Walker Martínez, el más influyente dirigente del conservantismo durante el último cuarto del siglo XIX, lanzó enconados ataques al liberalismo, al que calificó, más de una vez, como doctrina altamente dañosa a los intereses sociales, desborde de malas pasiones y demagogia desenfrenada, encarnación del odio a la Iglesia, que hacía más mal a la libertad invocándola que todos los tiranos persiguiéndola (14).

Podría decirse con toda propiedad que después de 1880 la revolución democrático-burguesa adquirió en Chile nuevas posibilidades de desarrollo y recomenzó con mayor intensidad gracias al empuje del sector avanzado, progresista, de la burguesía que actuaba en alianza con el grueso de la clase media. En efecto, simultáneamente con una política económica nacionalista y proteccionista, se adoptó una política general democrática, orientada a la conquista completa del poder político por la burguesía, con el respaldo de la clase media y aun de elementos trabajadores; respecto de esto último, no deja de ser sugestiva la actitud que el Presidente Balmaceda asumió frente a la huelga de Iquique el año 1890, a la que nos referiremos más adelante.

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Las fuerzas progresistas que de un modo acelerado empujaban el desarrollo económico-social, político y cultural del país, no encontraron camino despejado para su acción. Antes por el contrario: la orientación profundamente renovadora -revolucionaria casi- de su actividad, dio origen a una violenta oposición en la que se coaligaron los elementos que usufructuaban con el retraso económico de Chile. Compusieron esta oposición de la aristocracia terrateniente, los banqueros y grandes comerciantes y el imperialismo inglés; ellos estaban amenazados directamente y en todo sentido por las transformaciones que se estaban realizando y por la orientación con que se realizaban. Para los terratenientes, el desarrollo del capitalismo significaba la destrucción del retrasado régimen agrario que le servía de fundamento económico y de base de su poder político y social (15); para banqueros y comerciantes, si bien el advenimiento del capitalismo industrial no dañaba sus intereses esenciales, deterioraba -en cambio- una conformación económico-social en la que obtenían apreciables y fáciles beneficios y dentro del cual gozaban de incontrarrestable influencia; para el imperialismo inglés -por último- era obvio que el desarrollo independiente del capitalismo chileno significaba la pérdida de su predominio sobre la unidad económica nacional que le reportaba ingentes provechos como centro de lucrativas inversiones y que era campo susceptible de una más amplia e intensa explotación.

La conjunción de estos intereses, que, por lo demás, databa desde mediados del siglo y que se había consolidado en treinta años de mutua y estrecha cooperación, puso en juego los más insospechados resortes para paralizar la acción progresista iniciada después de 1879 y que alcanzó su mayor intensidad durante el Gobierno de Balmaceda. Se generó de esta manera un conflicto que condujo al país hasta la guerra civil. Estalló en enero de 1891, aunque estaba preparada desde antes (16) sin que hubiera sido posible evitarla; se prolongó sangrienta y destructoramente hasta el mes de agosto, y fue rubricada, al suicidarse Balmaceda, con un gesto de romántica impotencia.

En su esencia, la conflagración del 91 no fue otra cosa que el agudo conflicto entre elementos sociales dirigentes pero con intereses contrapuestos, que decidieron supremacía mediante el empleo de las armas " Las fuerzas contendoras representaban, además, posibilidades diversas para el país. Unas, las que tenían como su abanderado a Balmaceda, abrían las compuertas al progreso de Chile y a su industrialización; las otras -en cambio-, las que constituían y animaban ia oposición, representaban el mantenimiento del retraso económico y social y, también, las más amplias posibilidades para que el imperialismo consumara la tarea de transformar a Chile en una completa dependencia de la City de Londres. Así se explica que banqueros, terratenientes, comerciantes y agentes asalariados del imperialismo inglés (17), hábil y descaradamente impulsados por éste, hubieran sido los promotores de la guerra civil de 1891 y los grandes beneficiarios de ella.

La guerra civil de 1891 fue, desde todo punto de vista, profundamente perjudicial para Chile. Significó la pérdida de más o menos diez mil vidas, produjo daños materiales cuantiosos y una efectiva perturbación en la economía nacional. Males de distinta naturaleza que aun en el día de hoy padecemos, tienen su causa rebota en la guerra del 91. Las armas favorecieron a los promotores de la contienda, con lo cual pudieron tomar el control del Gobierno y hacer prevalecer desde allí, sin contrapeso alguno, sus intereses retrógrados y antinacionales.

La oligarquía terrateniente, conservadora e identificada con la Iglesia y el clero, que había estado a la defensiva en todos los planos, que miraba con pavor el desquiciamiento de sus baluartes ideológicos ante el avance de concepciones liberales y laicas, que veía disminuida su influencia política y que observaba también en el cambio económico un proceso contrario a la perpetuación del latifundio, tuvo la oportunidad de recuperarse. Es así como después de 1891 se dictan algunas leyes que restauran las bases del poder político conservador (18), se crean nuevas vías para mantener y ensanchar el radio de acción del clero, se procura poner toda clase de obstáculo a fuerzas políticas e ideológicas progresistas, etc. Pero, por sobre todo, se consigue paralizar la política económica puesta en práctica hasta 1891, con lo que se quiebra el corto proceso de acelerada expansión experimentado por el capitalismo industrial chileno.

Los banqueros y comerciantes, que en conjunto formaban el sector más poderoso e influyente de la burguesía, consolidan totalmente sus posiciones; dominan en los partidos, su influencia es grande en el Congreso (19); los gerentes de bancos y casas de comercio y sus principales accionistas ocupan los más altos cargos gubernativos, incluso los de ministros de Estado. Logran, además, que sus intereses readquieran la situación de privilegio de que habían gozado sin restricción alguna antes del gobierno de Balmaceda, lo que permitió a Francisco Valdés Vergara afirmar que entre los resultados de la guerra civil, estuvo el "...el predominio en la dirección financiera de la República de un grupo reducido de personas que representaban grandes fortunas, cuyos intereses confunden con los intereses generales del país" (20). Haciendo alarde de esta posición conquistada por los plutócratas, y a la vez expresándose despectivamente del pueblo, Eduardo Matte, miembro de una familia de banqueros, decía en 1892:

"Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio" (21).

El imperialismo británico anuló el nacionalismo económico que tan consecuentemente y con tanto vigor se había manifestado en la década 1880-1890 y pudo realizar una más intensa penetración en las salitreras y en todos los planos de la economía nacional. Facilitaban la penetración imperialista burgueses y aristócratas, junto con elementos corrompidos, venales y antipatriotas que ponían su talento profesional, su influencia política y su prestigio al servicio de intereses foráneos esencialmente antagónicos con los intereses y las conveniencias de Chile.

La guerra civil de 1891 -impropiamente llamada la "Revolución del 91"- fue, pues, provocada por una coalición de fuerzas nacionales regresivas en íntima alianza con el imperialismo. Sus resultados fueron negativos en cuanto a que impidieron que algunos elementos burgueses continuaran impulsando en forma acelerada el desarrollo independiente del capitalismo nacional y labraran así, tanto el progreso económico y social de Chile, como su independencia económica.

A continuación de 1891, se pretendió volver a Chile a los cauces por los cuales se desenvolvía con anterioridad a 1879. Sin embargo, a pesar de ello, sus fuerzas productivas continuaron creciendo; la acción de elementos progresistas, la expansión del mercado interno y la acumulación de capitales, hicieron posible el aparecimiento de nuevas industrias y el crecimiento de otras que existían; además, se continuó habilitando económicamente al país con la construcción de ferrocarriles, caminos, obras portuarias, etc. Por supuesto que este desarrollo tropezó con la acción perturbadora y desenfrenada de especuladores y agiotistas vinculados a los bancos y al comercio, con la hostilidad o la indiferencia de los terratenientes y con las condiciones adversas creadas por el imperialismo.

Desde el punto de vista social, después del 91 se observa un continuado crecimiento de la clase obrera; se puede calcular que en el año 1900 ella se componía de una cantidad que oscilaba entre los doscientos y los doscientos cincuenta mil trabajadores. Notable crecimiento experimentó también la clase media, que llegó a constituir un grupo apreciable en cantidad y más o menos influyente en la vida política y cultural. Por otro lado, ya en esta época la aristocracia terrateniente e importantes sectores de la burguesía se han aproximado en tal forma, que bien puede sostenerse que sus diferencias son mínimas; individuos de ambas clases conviven como accionistas y directores de numerosas sociedades anónimas y bancos, e incluso entre ellos se han establecido vinculaciones familiares. Por estas razones es que ya los grandes principios ideológicos que separaron a liberales de conservadores en el curso del siglo XIX, comenzaron a perder su validez para los liberales; las manifestaciones de ellos que lograron pasar el año 1900 fueron débiles y sólo sostenidos por grupos muy ortodojos y francamente minoritarios. Por lo domas, era perfectamente lógico que tal cosa sucediera, sobre todo si se tiene en cuenta que ya está presente en el escenario político-social chileno un actor nuevo: el proletariado, al que temen tanto burgueses como terratenientes. Debe establecerse, eso sí, que algunos políticos de extracción burguesa estimaron que sería más conveniente para los intereses de la clase a que pertenecían, vincularse demagógicamente al pueblo y llegar a ser su caudillo o su portavoz; tal fue, por ejemplo, la posición adoptada por Arturo Alessandri Palma en los tiempos en que fuera simplemente el "León de Tarapacá".


Notas

1. Sociedad de Fomento Fabril. Boletín N 1. Enero de 1889.

2. Véase "La Guerra Civil de 1891. Antecedentes económicos". Cap. I.

3. En nuestro trabajo sobre la Guerra Civil de 1891, demostramos que la penetración del capital inglés no fue, en manera alguna, determinante en el progreso de la industria salitrera. Ella comenzó a adquirir su progreso inicial gracias a los capitalistas peruanos y chilenos y al esfuerzo que desplegaron individuos de estas nacionalidades. Lo único que hicieron los ingleses fue dominar una industria en pleno auge y fundar sociedades que no aumentaron ni en un centavo la capacidad industrial del país. Más: la intervención de los ingleses resultó dañina, toda vez que perturbó la marcha de la industria, elevando ficticiamente su capital; un ejemplo comprueba fehacientemente esto: North adquirió la Pampa de Lagunas en 110.000 libras esterlinas que, sumadas a los 140.000 correspondientes a los gastos de instalación, daban una inversión real de 250.000 libras. Sobre la base de estas inversiones, North formó dos empresas que tenían en conjunto un capital de 2.122.000 libras esterlinas, es decir, cerca de nueve veces superior a las inversiones realmente hechas. Semejante operación afectaba a fondo la marcha de la industria, pues en los precios del salitre se debían consultar los intereses y amortizaciones de un capital que no se había incorporado efectivamente a la producción y que se había vinculado a la industria salitrera ante la expectativa de buenos dividendos.

4. La opinión pública chilena temía los efectos negativos de estas combinaciones y daba a conocer abiertamente los males que ellas podrían ocasionar. Una expresión de estos pensamientos fue un interesante artículo publicado en "El Tarapacá" de Iquique, el 20 de septiembre de 1886; en él se puntualiza que la combinación organizada en esa época no convenía a la República; ella, decía el articulo, "... no hace sino enriquecer a unos cuantos capitalistas con menoscabo de las rentas de la nación, de la ruina de los pequeños industriales, de la pobreza de la provincia, de la ruina del cabotaje y de la continua y creciente emigración de los habitan-

5. Lenin: El imperialismo fase superior del capitalismo. Obras completas, tomo II. Pág. 411.

6. Véase el Cap. III de nuestro trabajo sobre los antecedentes económicos de la Guerra Civil de 1891. Entre los materiales allí dados a conocer aparece el siguiente párrafo de un artículo publicado en "El Ferrocarril", el 26 de mayo de 1889: "Tarapacá no puede, no debe ser ni será jamás factoría extranjera; el pueblo de Chile no consentirá que esa provincia, como ninguna otra de la República, sea hacienda extranjera usufructuada por compañías anónimas inglesas y cuyos valiosísimos productos vayan a enriquecer ingleses residentes en Londres y otros puntos de la Gran Bretaña, ni que se nos deje la tolerada y nominal soberanía que se dejaba a los Nababs de India o reyezuelos de Asia, por las compañías que han conquistado esas regiones..."

7. Alfredo Cocq Port: Salitre. Artículo reproducido por el Ministerio de Hacienda en el folleto Fomento de la Industria Salitrera. Pags. 147 a 154.

8. Citado por Lenin en El imperialismo fase superior del capitalismo. Obras completas, tomo II. Pág. 433.

9. Balmaceda, en el discurso-programa pronunciado al ser proclamado candidato a la Presidencia de la República, demostró cuan identificado se hallaba con quienes preconizaban profundos cambios económicos para Chile, al decir:

"Si a ejemplo de Washington y de la gran República del Norte, preferimos consumir la producción nacional aunque no sea tan perfecta y acabada como la extranjera; si el agricultor, el minero y el fabricante construyen útiles o sus máquinas de posible construcción chilena en las maestranzas del país; si ensanchamos y hacemos más variada la producción de la materia prima, la elaboramos y transformamos en substancias u objetos útiles para la vida o la comodidad personal; si ennoblecemos el trabajo industrial aumentando los salarios en proporción a la mayor inteligencia de aplicación por la clase obrera; si el Estado, conservando el nivel de sus rentas y de sus gastos, dedica una porción de su riqueza a la protección de la industria nacional, sosteniéndola y alimentándola en sus primeras pruebas; si hacemos concurrir al Estado con su capital y sus leyes económicas, y concurrimos todos, individual o colectivamente a producir más y mejor y a consumir lo que Producimos, una savia más fecunda circulará por el organismo industrial de la República y un mayor grado de riqueza y bienestar nos dará la posesión de este bien supremo de pueblo trabajador y honrado: vivir y vestirnos por nosotros mismos".

10. Mensaje Presidencial. 1889. Actas de Sesiones de los Cuerpos Legislativos. Vol. I. 1889.

11. "El Ferrocarril", 28 de enero de 1889.

12. Julio Heise González: La Constitución de 1925 y las nuevas tendencias político-sociales, Pág. 65.

13. Sociedad de Fomento Fabril: Boletín. N 3. Febrero de 1884.

14. Carlos Walker Martínez: Historia de la Administración Santa María. Prólogo, tomo I. Págs. II y III.

15. El clero se mantuvo íntimamente relacionado con las fuerzas opositoras, en particular con los elementos del Partido Conservador; fue, por tanto, un activo factor de oposición al Gobierno de Balmaceda; luego, con decisión se plegó al bando de quienes provocaron la guerra civil del 91. Derrotado Balmaceda, los miembros del clero rindieron cálidos homenajes a los promotores y cabecillas de la guerra civil.

16. A la luz de nuevos antecedentes, cada vez se hace más claro que los promotores de la Guerra Civil prepararon el estallido del conflicto mucho antes del 7 de enero de 1891.

El Tesorero General de la Junta de Gobierno de Iquique, Eduardo Délano, en comunicación enviada a Benjamín Carrión con motivo de la liquidación de las cuentas de esa Junta, expone tal hecho en estos términos:

"Cuando a fines del año 1890 y principios del 91 se preparaban algunos elementos para la guerra que tendría que sobrevenir, los señores Agustín Edwards y Eduardo Matte remitieron a don Joaquín Edwards en Valparaíso, órdenes de pago por las sumas con que ellos contribuían para los gastos de los futuros acontecimientos".

De esta carta publicada en "El Ferrocarril", el 17 de enero de 1892, se desprende claramente que a fines del año 1890 ya había gente que se estaba preparando para la guerra "que tendría que sobrevenir" y esta preparación consistía en la acumulación de los recursos necesarios para sostener tal guerra.

17. En nuestro trabajo sobre los antecedentes económicos de la guerra civil de 1891, demostramos fehacientemente que los más destacados personeros de la oposición a Balmaceda actuaban como abogados o gestores al servicio de los empresarios ingleses del salitre. Entre ellos nombramos al conservador Carlos Walker Martínez, al radical Enrique Mac Iver y a los liberales Julio Zegers y Eulogio Altamirano. Comprobamos también que North mantenía un fondo para el soborno y la corrupción de inescrupulosos y antipatriotas políticos chilenos.

18. Debe mencionarse la Ley de Comuna Autónoma, dictada en 1891 gracias a la tenacidad del jefe conservador, Manuel José Irarrázaval. Esta ley tuvo como su más significativa consecuencia el dominio que sobre el poder electoral alcanzaron los terratenientes.

19. "...los sillones parlamentarios pasaron a ser el adorno de los acaudalados y la expresión ostentosa de los elementos plutocráticos". (Ricardo Donoso: Desarrollo Político y Social de Chile desde la Constitución de 1833. Pág. 104).

20. Francisco Valdés Vergara: La Situación Económica y Financiera de Chile. Pág. 29.

21. "El Pueblo", 19 de marzo de 1892.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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