Historia del movimiento obrero en chile


CAPITULO III

SITUACIÓN DE LA CLASE OBRERA HASTA 1879

La clase obrera presenta una considerable homogeneidad en cuanto a sus caracteres esenciales. Todos sus componentes son objeto de igual explotación. El proletariado, cualquiera que sea la actividad a que se dedique o el género de vida que lleve, "...vende al capitalista su fuerza de trabajo por un determinado jornal. Después de pocas horas de trabajo, ya ha producido el valor de esa suma. Pero su contrato de trabajo dice que debe dar todavía un número mayor de horas, para completar su jornada de trabajo. El valor que produce en esa hora adicional de sobre-trabajo es el super-valor que nada cuesta al capitalista y que, sin embargo, afluye a su bolsillo. Esta es la base del sistema que cada vez divide más a la sociedad, por un lado, en unos pocos Rothschild y Vanderwilt, y por otro, en una enorme masa de asalariados que no son propietarios sino de su fuerza de trabajo" (1).

No obstante, en el proletariado se pueden distinguir diversos sectores teniendo en cuenta la rama de la actividad económica a que están enrolados y el género de vida, que por esto mismo, están obligados a llevar.

Antes de la Guerra del Pacífico, se distinguieron en Chile, con claridad, diversos grupos o sectores de obreros, entre los que se pueden distinguir los mineros, los trabajadores que participaban en la construcción de obras públicas y privadas, los obreros portuarios y ferroviarios, los obreros que vivían concentrados. En las ciudades donde trabajaban en las industrias, en el transporte urbano, etc. Cada uno de estos sectores estaba relativamente diferenciado de los demás; así por ejemplo, la situación de un proletario que trabajaba en las minas de carbón de Lota era distinta de la del obrero portuario de Valparaíso, de la de quien trabajaba en la maestranza de los ferrocarriles de Santiago, en las minas de cobre del Norte Chico o en la construcción de obras públicas.

Tales diferencias se referían principalmente a la naturaleza de las labores que realizaban y a algunas especiales condiciones de vida y de trabajo. Pero, no constituían más que matices o tonalidades que en absoluto alteraron la calidad de clase dominada que el proletariado poseía y que sólo introdujeron variantes pequeñas dentro de la situación general en que se hallaba toda la clase obrera.

Un análisis de las condiciones generales de trabajo de la clase obrera chilena hasta el año 1879, nos permite establecer los siguientes hechos:

1. El trabajo a que se hallaban sometidos los obreros producía un desgaste extraordinario y una destrucción efectiva del organismo del trabajador. En toda clase de actividades, incluyendo las mineras (2) prevalecían jornadas que oscilaban entre doce y catorce horas diarias, no siendo raras las de diez y seis. Hubo sectores de obreros, a quienes hasta muy avanzado el siglo XIX, se les obligaba a trabajar diez y siete horas diarias; entre ellos se hallaban los panaderos (3)

Este enorme sobretrabajo del obrero producía beneficios muy subidos al capitalista y un verdadero aniquilamiento en el proletario. Para los mineros, por ejemplo, estas jornadas resultaban terribles y mortíferas; la larga permanencia en el fondo de las minas húmedas, obscuras, estrechas, con la atmósfera viciada, producía una efectiva desintegración en sus cuerpos, ya que los exponía a toda clase de enfermedades y determinaba un proceso de lenta, continuada e implacable atrofia de sus espíritus. Por eso un visitante de Lota, aterrorizado con el espectáculo que vio en las minas, pudo escribir:

"...y allí, con el aire rarificado, con la hediondez y la amenaza de los gases que a veces se inflaman, con luces artificiales sujetas a cada sombrero o gorrilla; allí viven, trabajan, pasan sus días y sus años, desde la niñez hasta la vejez, seres que pudieran ser racionales, seres que se parecen al que esto escribe y a los que esto han de leer, hombres, en fin, que si no lo son es porque la sociedad no lo permite. ¡Gran Dios...!" (4).

Señalando los aspectos inhumanos y negativos de esta situación, pocos años después del período que estudiamos, en 1887, un ingeniero francés, Eugenio Chouteau escribía:

"Socialmente estudiado este punto, creo que es un crimen de lesa humanidad enterrar en un subterráneo a un ser humano durante tantas horas consecutivas. A la bestia no se le hace trabajar más de ocho horas y esto, dándole alimento y cuidándola, pero al trabajador sólo se le da por alimento el hierro y los gases deletéreos y malsanos que se aspiran en la atmósfera de las minas. Esta es una de las causas que producen la tisis en esos abnegados hijos de las montañas" (5).

Urgidos por su afán de lucro, dominados por el deseo de explotar al máximo a sus trabajadores, no era suficiente para los capitalistas con las largas jornadas diarias; era importante también aprovechar los días domingos y festivos; y así se estableció una práctica que, aunque reprobada por muchos, alcanzó -sin embargo- notoria generalización: el trabajo dominical. Condenándola, "El Copiapino" decía:

"Debe abolirse la costumbre de hacer trabajar a los operarios en los días de fiesta... Cuando el trabajo de minas se hacía forzado allá en el siglo pasado, el propietario dejaba al indio descansar el día domingo de la fatiga de la semana..." (6).

Contribuía todavía a agobiar a los trabajadores la carencia o notable escasez de medios mecánicos para aliviarlos en sus faenas (7). En puertos y minas, en fábricas, talleres y estaciones ferroviarias y, en fin, en todas partes, la fuerza humana era la que se empleaba de un modo preferente y casi exclusivo. Su uso intensivo llegaba a límites inhumanos además de agotadores, especialmente en las minas, en los puertos y centros comerciales. Allí, seres humanos debían transportar a hombro cargas que por su gran peso debieron haberlo sido por animales o por máquinas (8). Domingo Faustino Sarmiento indicaba que los mineros realizaban "...un trabajo físico que sin exageración sobrepasa todo otro esfuerzo humano..." (9) Describiendo el trabajo que ejecutaban algunos mineros, los apires, José Joaquín Vallejo trazó el siguiente cuadro:

"A la vista de un hombre medio desnudo que aparece en su bocamina, cargando a la espalda ocho, diez o doce arrobas de piedras, después de subir con tan enorme peso por aquella larga sucesión de galerías, de piques y de frontones; al oír el alarido penoso que lanza cuando llega a respirar el aire puro, nos figuramos que el minero pertenece a una raza más maldita que la del hombre, nos parece que es un habitante que sale de otro mundo menos feliz que el nuestro, y que el suspiro tan profundo que arroja al hallarse entre nosotros es una reconvención amarga dirigida al cielo por haberlo excluido de la especie humana. El espacio que media entre la bocamina y la cancha donde deposita el minero los metales lo baña con el sudor copioso que brota por todos sus poros; cada uno de sus acompasados pasos va acompañado de un violento quejido; su cuerpo encorvado, su marcha difícil, su respiración apresurada, todo, en fin, demuestra lo mucho que sufre. Pero apenas tira al suelo la carga, bebe con ansia un vaso de agua y desaparece de nuevo, entonando un verso obsceno, por el laberinto embovedado de aquellos lugares de tinieblas" (10).

En los sitios de trabajo no se tomaba ninguna precaución para proteger la vida, la integridad física o la salud de los obreros. Para los capitalistas resultaba costosa la adopción de medidas protectoras de los trabajadores, ya que suponía la construcción de obras especiales y la inversión de algunos capitales; en cambió un accidente, fuera de algunos perjuicios materiales, no les significaba ningún gravamen; legalmente no estaban obligados a pagar subsidios ni indemnizaciones de ninguna especie ni a los obreros cuando se accidentaban, ni a sus familiares cuando a consecuencia de tales accidentes fallecían (11). Debido pues a la negligencia o imprudencia culpable de los empresarios, los obreros se hallaban expuestos a toda clase de accidentes. Donde se producían con mayor frecuencia y con caracteres catastróficos era en las minas; cada vez que en ellas se producía un derrumbe, hundimiento o explosión, morían y quedaban lisiados decenas de mineros.

Los accidentes del trabajo, aunque no siempre fueran fatales, de todas maneras entrañaban graves perjuicios morales y materiales para los obreros y sus familias, sobre todo si se tiene en cuenta que la ausencia ¿e subsidios, indemnizaciones o seguros exacerbaba la miseria en los hogares proletarios.

2. En las diversas actividades económicas no sólo participaban trabajadores hombres adultos, sino también niños y mujeres. Dos factores ayudaron para que esta situación se produjera: por una parte, el afán de ganancia de los empresarios que se satisfacía mejor empleando trabajo infantil y femenino debido a los menores salarios que se pagaba a mujeres y niños. Un aviso publicado por la Junta de Minería de Copiapó en "El Araucano" el 26 de marzo de 1850, ofrecía a los peones salarios "...de $ 10 a $ 12 por mes rayado... los niños de catorce años para arriba ganan en las minas el mismo sueldo que los peones... los niños de menos edad ganan $ 6". Según testimonio de Chouteau, en la mina Patos, al norte de Tamaya, a los niños se les pagaba $ 0,033 por hora, es decir, justamente la mitad de lo que se pagaba a los adultos (12) y en las minas de Quintana, se les abonaba salarios que oscilaban entre $ 5 y $ 8 mensuales en circunstancias que a los adultos se les pagaba entre $ 18 y $ 25 (13) . El año 1888 se produjo en Santiago una huelga de obreros cigarreros, quienes pedían aumento de salarios; pues bien, los industriales al rechazar estas demandas, resolvieron "...encomendar la fabricación de cigarrillos a mujeres, a las cuales se les abonaría a razón de un cuarto centavo menos que el precio actual por que trabajan los hombres" (14).

Otro factor que influyó para que mujeres y niños se incorporaran al mercado de trabajo, fue la precaria situación económica en que se debatían los hogares populares; los grupos familiares proletarios necesitaban acrecentar sus rentas con el trabajo de mujeres y niños, ya que los que recibían los hombres no eran ni siquiera suficientes para que atendieran a sus mínimas necesidades personales. "El Entreacto" del 25 de mayo de 1848 escribía a este respecto: "Triste y desconsolador es el cuadro que ofrecen nuestras clases trabajadoras... Estacionadas en todo sentido, se suceden sus generaciones sin dar paso adelante, y la familia del nieto es copia fiel de la del ascendiente.." Los medios de vida de que dispone, agregaba, "...son tan escasos, que al trabajo del jefe de la familia debe unirse el de la madre y el de los hijos, muy tiernos por lo general, para hacer frente, a medias, a los horrores del hambre y de la intemperie".

El trabajo de mujeres, además de ser utilizado en casas de comercio, en talleres (15) y fábricas o en el transporte urbano, se empleaba incluso en la minería, especialmente en los lavanderos de oro; Francisco M. Aracena (16) señala que en Andacollo "...la operación de lavar oro se hace generalmente por mujeres...5' Por lo demás, esta práctica databa de muy antiguo, pues el viajero C. E. Bladh (17) anotó lo siguiente durante su estancia en Chile poco después de la Independencia:

"...como se puede extraer el oro de la arena más fácilmente y con menos costo, los criollos se han dedicado últimamente casi exclusivamente a la faena de purificación aurífera. Para ello se emplean ahora mujeres y niños, que luego adquieran destreza en enjuagar y purificar..."

Con mayor amplitud e intensidad que a las mujeres, se explotó a los niños. Una parte substancial de los obreros ocupados en toda clase de actividades, incluyendo las mineras tanto de superficie como subterráneas, eran niños. Entre la enorme cantidad de testimonios relativos al trabajo infantil, citaremos a Francisco V. Aracena, quien describiendo las operaciones en la fábrica de ladrillos que existía en Lota, escribió lo que sigue:

"Es verdaderamente pintoresco presenciar el trabajo de ochenta o cien niños empleados en esta sección.

"Las diversas operaciones han sido tan hábilmente combinadas y distribuidas en los distintos grupos de niños de ocho a catorce años de edad, que todos, al fin, o el trabajo de todos juntos se asemeja a una gran máquina a vapor puesta en movimiento y siendo cada una de las piezas de esta gran máquina representada por un grupo de muchachos más o menos numeroso.

"Unos preparan la mezcla o la masa, otros acarrean esta misma masa en proporciones más o menos grandes a un sitio dado, donde es depositada sobre unos bancos de madera destinados a este fin.

"Ahora, aquí, en estos bancos, unos se ocupan en cortar la masa en pedazos proporcionados al porte del ladrillo hasta dejarla en forma ovalada; otros modelan o cortan el ladrillo; otros lo transportan en tablillas arregladas al efecto al sitio donde han de recibir los rayos solares hasta secarse y estar preparados para el cocimiento, y finalmente otros se ocupan en alinear las corridas de ladrillos y en darlos vuelta a uno y otro lado.

"Pero en todas esas diversas operaciones se llevan a efecto, lo repetimos, con todo mecanismo, con tanta exactitud y uniformidad, que más parece el trabajo de una gran máquina a vapor que el llevado a cabo, como sucede, por varios grupos de niños" (18).

El mismo autor señala que en las minas de carbón de Boca de Maule de Schwager "...se ocupan unos setecientos cincuenta trabajadores entre hombres y niños, de los cuales seiscientos ochenta pertenecen a las minas de carbón..." (19)

Eugenio Chouteau por su parte, afirma que en las minas de cobre del Norte Chico "...se está generalizando para esta clase de trabajos el sistema de emplear niños menores de diez años, lo que es muy perjudicial para la nación, pues este futuro ciudadano gasta su salud en un trabajo pesado y aprende también el robo, porque pierde el decoro viéndose registrado desde tan pequeño. Es indudable que los frutos que de él se recojan no serán por cierto provechosos" (20).

En relación con el trabajo de los niños en las minas, es muy ilustrativo el debate que se produjo en la Cámara de Diputados el año 1874 cuando se discutía el Código de Minería. En el proyecto se establecía que la edad mínima para participar en las faenas mineras serían doce años; sin embargo, un parlamentario, el "patriarca" radical don Manuel A. Matta, expresó queden las minas existían trabajos que no alcanzaban a dañar la salud de los niños y que el salario que éstos ganaban constituía un recurso del cual no era justo privar a sus familias; por eso, era partidario de que se admitieran al trabajo minero de niños aun de diez años; este criterio, aceptado por la Cámara de Diputados, fue rechazado por la de Senadores, que se pronunció por la edad mínima de doce años.

3. Los salarios percibidos por los obreros eran en todas las actividades, sin excepción, bajísimos e insuficientes para que pudieran atender sus necesidades mínimas de subsistencia. "Los sueldos que se pagan a los trabajadores -decía "El Copiapino" el 11 de abril de 1846- son muy mezquinos y deben subírseles para no compelerlos indirectamente a que sean ladrones". Quienes explotaban a sus trabajadores pagando bajos jornales, en general justificaban su conducta sustentando una doctrina análoga a la que "El Constituyente" expresó en los siguientes términos: "No se fomenten los malos instintos del trabajador otorgándole una opulencia relativa, ni se le mezquine tampoco la recompensa debida a sus fatigas que debe darle los medios de llenar sus premiosas necesidades" (21).

Por si esto fuera poco, los empresarios pusieron en práctica diversos procedimientos para cercenarlos. Entre ellos cabe mencionar el pago en vales o fichas. En las minas de Lola, hacia el año 1860, se entregaba a "...cada operario una tira de charol o cuero con orificios; cada uno de ellos representaba un valor determinado. Estos trozos de cuero llamados "los charoles" circulaban en la región como dinero y los mineros hacían sus compras valiéndose de estos vales al portador" (22). Los empresarios del Norte Chico, por su parte, rara vez pagaban a sus obreros con moneda; lo hacían "...en especies o en libramientos sobre especies con un recargo fabuloso en los precios..." (23) o simplemente con fichas.

Este sistema del pago con fichas era -de hecho- un recorte que se hacía al salario de los trabajadores. En ningún negocio, ni siquiera en los de propiedad de quienes las emitían, éstas eran recibidas a la par; generalmente experimentaban un descuento que oscilaba entre el 30 y el 40%, es decir, el salario era reducido en el mismo porcentaje, lo que constituía un robo descarado y una verdadera monstruosidad (24).

Por otra parte, los salarios se pagaban al término de períodos bastante largos, en ningún caso inferiores a un mes (25). En las minas solían hacerse al fin de temporadas de cuatro, seis o más meses. "Se ha introducido la perniciosa costumbre entre los dueños de minas y patrones -escribía "El Mercurio" el 15 de octubre de 186- de pagar a sus peones en largas temporadas de seis meses y aun un año, cosa que las leyes prohíben y reprueba el buen sentido. Las consecuencias fatales que vienen en pos de esta odiosa costumbre, se están sufriendo, y deseamos que se remedie ese mal que redunda directamente en perjuicio del comercio y de los trabajadores".

Muchas veces, al término de la temporada, "...los empresarios se presentan en quiebra y quedan éstos (los obreros) insolutos y sus familias en la miseria. Hemos visto en repetidas veces procesiones de trabajadores recorriendo las calles y los juzgados con sus ajustes, demandando el pago de sus salarios, de que han sido defraudados" (26).

Mientras se cumplía tan largo período sin gozar de remuneraciones, los obreros se veían obligados a pedir anticipos al empresario o a vivir del crédito. En el primer caso, cuando llegaba el momento de hacer las liquidaciones, siempre el obrero aparecía como deudor del patrón; en el segundo, los obreros se veían obligados a comprar los víveres y artículos de primera necesidad pagando fuertes recargos y luego sus salarios iban íntegramente a parar a manos del acreedor. (27)

Generalmente las tiendas o almacenes que existían en los campamentos mineros eran de propiedad del empresario. "En las minas -decía "El Copiapino" el 24 de diciembre de 1864- el propietario especula sobre las necesidades del operario valiéndose de la distancia que están situadas de todo centro comercial, sin dársele un ardite de tan mezquino tráfico, antes bien, jactándose de su ingenio inventivo que le ha inspirado semejante recurso para reducir sus gastos de explotación; en otras, donde los accionistas son incapaces de tal mezquindad, el administrador por sí mismo o por mano del amigo cuando el pundonor le sugiere escrúpulos, se echa a explotar ese productivo venero que la diputación no le ha concedido y la ordenanza prohíbe. Esto que decimos lo ve y lo palpa todo el mundo entre nosotros, y asombra ciertamente el notar que ni las autoridades en socorro del infeliz, ni los mineros de respetabilidad en amparo de los que con el sudor de su frente labran poco a poco el pedestal de su prosperidad, hayan dedicado su atención a subsanar tan grave mal" (28).

En diversas ocasiones los salarios experimentaron disminuciones, especialmente cuando situaciones de crisis provocaron cesantía y, por consiguiente, aumento en el mercado del trabajo, de mano de obra a disposición de los capitalistas.

Por último, desde los comienzos de la era republicana hasta la Guerra del Pacífico, los precios de toda clase de artículos aumentaron de un modo muy sensible, no así los salarios, que tuvieron aumentos leves y en proporciones muy inferiores al alza del costo de la vida. En parte, contribuyó a acentuar este fenómeno, a partir del año 1870, la desvalorización del peso; en esta fecha el valor del peso era de 46 peniques aproximadamente, mientras que en 1880 bajó hasta aproximarse a los 31 peniques; es decir, en el lapso de diez años, hubo una depreciación del 32% en nuestro signo monetario.

4. Los capitalistas han hecho caer siempre sobre las clases trabajadoras los efectos negativos de las crisis que periódicamente afectan al sistema capitalista, o de los trastornos circunstanciales que experimenta la vida económica. En Chile tal cosa aconteció en el siglo pasado. Crisis que se producían en Europa y que tenían su repercusión en nuestro país, producían para la clase obrera cesantía, disminución de salarios, miseria, etc. Efectos parecidos, aunque más circunscritos, producía cualquier perturbación en el precio de algún artículo de exportación. Entre 1866 y 1868 hubo fuertes bajas en el precio del cobre, lo cual motivó la paralización de faenas y el consiguiente paro forzoso de miles de obreros en el Norte Chico; una información periodística decía a este respecto:

"La paralización de las minas se debe a la baja del cobre en los mercados europeos. Se trabajan sólo las minas cuya ley no baja del 25%. Un gran número de trabajadores busca ocupación y una gran parte de éstos ha emigrado... La situación minera no es buena... De Carrizal Alto se anuncia que se ha dado de baja a más de las dos terceras partes de los operarios. En el Departamento de Caldera y Copiapó sucede lo mismo" (29).

Un fenómeno de esta magnitud repercutía en todas las actividades de la zona: en los ferrocarriles, puertos, fundiciones, maestranzas, movimiento comercial, etc. y producía una situación de miseria general que caía con mayor rigor sobre las clases trabajadoras.

Desde 1874 más o menos, nuestro país sintió el impacto de una violenta crisis económica. Lo mismo que siempre, ella también recayó con toda su trágica intensidad sobre las clases populares. Entre los innumerables documentos que dieron a conocer esta situación, uno de los más elocuentes es una crónica publicada en "El Lota" el 28 de octubre de 1877, en la que se informa que la crisis y la competencia del carbón inglés "...han obligado a los establecimientos carboníferos a reducir sus faenas de tal modo que hoy, tres cuartas partes de los trabajadores están sin ocupación. Basta decir esto para que se comprenda en qué estado de miseria se encuentran estos pueblos. Más de dos mil familias se encuentran ahora sin más medios de subsistencia que los que les proporciona la caridad de los establecimientos de que dependen, y un número parecido de familias, sin amparo alguno por no depender directamente de ninguna faena".

A veces sucedía que con el término de una obra pública quedaban repentinamente sin ocupación miles de obreros. Esto sucedió, por ejemplo, el año 1863, cuando la terminación del ferrocarril de Santiago a Valparaíso dejó a nueve mil hombres sin trabajo. En esa oportunidad, "El Mercurio", al dar cuenta de lo que ocurría, pedía que el Gobierno distribuyera a los obreros cesantes en las provincias mineras del norte (30).

5. En los sitios de trabajo, la autoridad del empresario, de sus administradores y capataces se hacía sentir violenta, arbitraria y abusiva sobre el obrero. El empresario se colocaba frente a él en una actitud totalmente deshumanizada; no lo veía como a un ser humano, sino como a un mecanismo privado de las facultades de pensar y sentir, y al que sólo correspondía trabajar mientras sus servicios fueran considerados útiles.

El trato recibido por los trabajadores era, en todo sentido, vejatorio y la expresión pura de un régimen de fuerza y de explotación. "De mayordomo abajo, todos los empleados de las minas censuran la dureza con que son tratados por el administrador, que es casi siempre un déspota inflexible" (31). Y lo mismo sucedía en todas partes. El abuso del que mandaba caía continuamente y en mil formas distintas sobre quien recibía un salario. Unas veces era la imposición de multas arbitrarias, la aplicación de reglamentos de trabajo que contenían cláusulas humillantes, o el no pago de salarios en fecha oportuna y en la cantidad justa; otras veces, se despedía de la faena al trabajador enfermo, lisiado o anciano, porque era inútil, o bien se obligaba a los obreros a realizar labores extraordinarias pesadas y fuera de las jornadas habituales de trabajo; en ocasiones se burlaba la libertad personal del obrero con la complicidad de autoridades locales; se les hacía objeto de castigos corporales (32) o se les enrolaba en trabajos contra su voluntad (33). No solamente los capitalistas cometían abusos; también los cometían las autoridades locales; hablando del subdelegado de Tres Puntas, "El Mercurio'' del 10 de noviembre de 1860 informaba que este funcionario "...acostumbra a hacer frecuentes excursiones a los departamentos desplegando en todos un excesivo rigor aplicando sobre la clase trabajadora, por las más leves faltas, fuertes multas y duras prisiones".

La explotación, pues, caía brutal e implacable sobre el obrero; y por si esto fuera poco, se añadía la humillación y el vejamen. Y contra los abusos y la explotación no había a quién clamar. Las autoridades y los jueces se reclutaban entre los explotadores, por consiguiente, poco o nada se podía esperar de ellos (34). Y el Estado, por otra parte, expresión también de los grupos explotadores, resguardaba la "libertad de trabajo", la "libertad de empresa" y otras libertades por el estilo consagradas por la Constitución, absteniéndose cuidadosamente de legislar en materias del trabajo, con lo cual la clase obrera era colocada inerme y sin protección en las manos de sus voraces explotadores. Con toda razón, Eugenio Chouteau podía escribir en 1887: "Se mira en menos al trabajador. No hay para con él ninguna clase de consideraciones. El trabaja toda su vida para que se enriquezcan otros; come frijoles para que coman otros ricas viandas; descubre riquezas para que las aprovechen los ricos. (35)

Tan sistemática explotación de las clases asalariadas determinaba una realidad social inobjetable: la profunda diferencia entre el capitalista y los proletarios-una minoría gozaba del producto del trabajo de los obreros, mientras éstos yacían en la miseria más completa. Durante el siglo pasado hubo en el país voces que se alzaron denunciando la desigualdad que engendraba la explotación; "....de aquí -decía "El Mercurio" el 5 de junio de 1860- se originan las colosales fortunas de los monopolizadores y la excesiva pobreza y atraso de la generalidad; unos hombres acostumbrados a mandar como déspotas y oíros a obedecer como esclavos; de aquí la falta de equilibrio en nuestro régimen social..."

Difícil resulta trazar en toda su dramaticidad las condiciones de vida de la clase obrera chilena durante el siglo XIX. Junto a los documentos de la época, que nos muestran cuadros simples, quizás un tanto esquemáticos, de la miseria y sordidez, habría que presentar la realidad viva y multiforme escondida entre las líneas de esos testimonios documentales, habría que recoger y exhibir una infinidad de detalles que en su conjunto constituían la cotidiana y trágica existencia de los trabajadores y sus familias.

La verdad escueta es que la clase obrera vivía padeciendo las mayores privaciones. Su alimentación, además de insuficiente, era absolutamente inadecuada en cuanto a valor nutritivo; la carne, la leche, la mantequilla y las frutas, para no citar sino algunos de los más importantes rubros alimenticios, no estaban a su alcance. Sus dietas eran, pues, pobres en todo sentido. "El peón que trabaja del día a la noche se come una sandía a las dos de la tarde, y ya no vuelve a tomar alimentos hasta la noche, en que como un guiso mal preparado e indigesto, al que suele acompañar un vaso de chicha o de chacolí" (36). La clase obrera tenía que ser frugal por la fuerza, aun cuando algunos autores -con manifiesta audacia- pretendieron teorizar sobre la natural frugalidad y las reducidas necesidades o exigencias ¿e nuestro pueblo. José A. Alfonso, por ejemplo, escribió: "Son realmente admirables las condiciones de frugalidad del trabajador chileno. Se mantiene con muy poca cosa y resiste grandes privaciones" (37). Esta era una elegante manera de reconocer que el obrero comía poco, señalando que la causa de esto no era la incapacidad económica para comer más y mejor, sino ¡una escasa necesidad fisiológica por alimentarse...!

La indumentaria de los individuos que componían la clase trabajadora, eran unas cuantas prendas que malamente cubrían su cuerpo, pero que en modo alguno lo protegían de las inclemencias del tiempo, sobre todo, de los rigores invernales. "Esta insuficiencia en los vestidos, hija de la miseria y principalmente del abandono, hace frecuentes bronquitis y puede considerarse como una causa predisponente de tisis pulmonar" (38).

La vivienda proletaria era poco más o menos lo que sigue siendo en las "poblaciones callampas" o en los "conventillos". Miserable, estrecha, sucia, carente de las más mínimas comodidades, era más bien pudridero que hogar para seres humanos. "Dense el trabajo de los filántropos de recorrer los barrios apartados y verán el grado de miseria a que están sometidas aquellas gentes que viven en ranchos y casuchas que son inmundas pocilgas. Anteayer se vinieron al suelo cinco ranchos en la calle Castro esquina de Gay, destruidos por las lluvias y numerosos otros amenazan también caer al primer aguacero" (39). En esas viviendas, inapropiadas aun para animales, llevaban sus existencias las familias obreras. La falta de higiene deterioraba la salud de todos los que en ellas se amontonaban; la estrechez y la pobreza, la falta de camas y de muebles, y la cantidad de gente que ocupaba una habitación, creaban un clima de promiscuidad del cual derivaban las más nefastas situaciones. "Material y moralmente, escribía Augusto Orrego Luco, la atmósfera del rancho es una atmósfera malsana y disolvente, y que no solamente presenta al estadista el problema de la mortalidad de los párvulos, sino también el problema más grave todavía de la constitución del estado civil, de la organización fundamental de la familia" (40).

En una memoria de prueba presentada a la Facultad de Medicina y Farmacia en 1887, se hablaba de los barrios populares en los siguientes términos: "Las diversas comisiones encargadas de recorrer las ciudades procurando el aseo de las habitaciones, y que se han visto obligadas a penetrar en aquellos antros inmundos cuyos misterios tal vez desconocían, han levantado el grito señalando las detestables condiciones higiénicas en que viven nuestras clases obreras y proletaria; han presenciado la desnudez, el hambre y las enfermedades; han visto al hombre en peores condiciones que las bestias" (41).

Describiendo la vida dentro del hogar minero, Chouteau escribía: "El minero generalmente duerme sobre cueros de oveja o sobre sacos, casi nunca duerme en un catre, a excepción de los casados; no se desnuda y rara vez se lava a no ser los domingos. Se reúnen seis u ocho y duermen todos juntos en una sola pieza" (42). Por estos motivos, no se equivocaba Ricardo Vicuña cuando escribía al presidente de la Junta de Beneficencia de Valparaíso: "...una de los más graves males, causa de la mortalidad y de la enfermedad de adultos y de párvulos es la mala condición de las habitaciones en que vive la gente pobre..." (43)

En Chile, como en toda sociedad dividida en clases, las clases dominadas no sólo son objeto de explotación, sino que -de hecho- son privadas de la posibilidad de avanzar hasta los grados medios o altos del sistema educacional. De esta manera, las clases trabajadoras, junto con ser económicamente explotadas, son social y culturalmente interiorizadas. Esto sucedió a nuestra clase obrera en el siglo XIX. Los establecimientos educacionales de carácter popular eran escasísimos y absorbían a muy reducidos grupos de niños en edad escolar. Así se explica entonces que las clases trabajadoras estuvieran sumidas en la ignorancia y el analfabetismo, y que carecieran de los más insignificantes estímulos para levantarse de la oprobiosa condición en que estaban colocadas. Si a esto se añade la ausencia de esperanzas de mejoramiento social y la sordidez del ambiente en que el proletario vivía desde la más tierna infancia, se tiene la explicación de por qué en muchos trabajadores no solamente se quebrantara el cuerpo, sino también el espíritu, y los malos hábitos sociales, particularmente el alcoholismo, se apoderaran de ellos haciéndolos elementos irresponsables para con ellos mismos, para con sus familias y para con su clase, individuos sumisos, débiles y más aptos para ser explotados. Respecto del alcoholismo, un autor sostuvo que en Chile "...se tolera y hasta se aplaude el vicio..." (44) lo que no era raro si se tiene en cuenta que en las pulperías y otros negocios vecinos a los yacimientos mineros y de propiedad de los empresarios, había abundante dotación de licores, los que se prodigaban con bastantes facilidades a los obreros.

Las condiciones de trabajo y de vida ya descritas, contribuían en conjunto a la creación de un estado sanitario absolutamente adverso para que la población obrera protegiera su salud y conservara su vida. El trabajo agotador, la alimentación deficiente, el vestuario pobre y la vivienda insalubre, eran elementos que de una u otra manera convergían a la destrucción sistemática de las potencialidades biológicas de nuestro pueblo. De esta suerte, la tuberculosis diezmaba a la población trabajadora de todo el país; en un trabajo presentado el año 1861 a la Universidad de Chile, se informaba: "...la tisis pulmonar llena nuestros hospitales y roe la existencia de la sociedad entera... La tisis ha penetrado como por asalto en muchas ciudades, y en poco tiempo hemos visto aparecer una multitud de afecciones tuberculosas..." (45). En las minas sucedía lo mismo; allí "...la tisis es la epidemia que sordamente se ceba en los mineros y hace más estragos que el cólera" (46).

Otra enfermedad ampliamente difundida era la escrofulosis; al lado de la tisis decía el Intendente de Concepción en 1874, "...es muy común entre los pobres... Entre la clase baja contribuye mucho a sostener el mal la mala alimentación, las pésimas condiciones higiénicas en que viven, y también, como no es una enfermedad que obligue al paciente a abandonar sus trabajados, descuidan el tratamiento" (47). Con caracteres endémicos, y con un alto coeficiente de mortalidad, se presentaban enfermedades tales como la disentería, la neumonía y fiebres de diversas clases.

Por fin, como el estado sanitario de las ciudades y de los campamentos mineros era deplorable (48), se presentaron epidemias que ocasionaron alta mortalidad; entre ellas fue frecuente la de viruelas, que tuvo, en verdad, los caracteres de un mal endémico con violentos rebrotes; "...tan funesto azote -informaba el Intendente de Valparaíso refiriéndose a la epidemia de 1865- fue sufrido especialmente por las clases menesterosas, por causas bien fáciles de conocer, tales como el desaseo entre esta clase de gente, y los sitios poco salubres en que vive aglomerada" (49).

Ineludible consecuencia del cuadro de morbilidad tan ligeramente diseñado, fueron los coeficientes de alta mortalidad que se presentaron en Chile. En las postrimerías del siglo, el año 1896, el doctor Adolfo Murillo, hablando en la apertura del Congreso Científico General Chileno realizado en Concepción, señalaba como un problema grave que habría de ocupar la atención de los hombres de ciencia, de los médicos y de los estadistas, "...la mortalidad excesiva que diezma a nuestras poblaciones, que esteriliza nuestros esfuerzos de desenvolvimiento orgánico, que amenaza nuestro porvenir... Nuestra mortalidad urbana -agregaba- alcanza a proporción verdaderamente asombrosa" (50). A base de una excelente documentación y de abundantes datos estadísticos, el doctor Murillo demuestra que la mortalidad general, sólo en la ciudad de Santiago, fue del 53,95 por mil el año 1890, y que la mortalidad infantil en el país fue del 56 por mil en 1889; ambos coeficientes eran los más altos del mundo. Por supuesto que las clases populares hacían las mayores contribuciones a la mortalidad general e infantil del país; de ahí que el mismo autor pudiera decir al término de su estudio:

"Con el mejoramiento de las habitaciones para obreros, ¡qué de afecciones de pecho y qué de tisis y de reumatismos no se ahorraría! Y eso sin contar con que de ese modo formaríamos y cultivaríamos el hogar al calor del interés y del cariño, fortaleciéndose los lazos de la familia, tan relajados en esa capa social. Mientras que hoy en vez de habitaciones tenemos tolderías, vergonzantes cuartuchos de arrabal, cuarteles miserables, donde las piezas de habitaciones están bajo el nivel del suelo y en donde viven en mezcla sucia e inmoral, el padre, la. madre, los hijos, los parientes, el perro y el gato.

"El problema de la mortalidad infantil que agobia nuestra estadística, es un problema complejo de lato estudio; pero en el cual divísase entre otras necesidades de primer orden, el de atender a la adecuada alimentación de los niños, ya que las enfermedades de los órganos digestivos predominan en ellos. La miseria del pueblo es grande; no importa que nadie muera de hambre entre nosotros; pero es lo cierto que en muchos hogares, la pobreza es tan considerable que a no pocas mujeres se les seca antes de tiempo el jugo de sus senos bajo el influjo de los vicios y de las pesadumbres, que no es raro que no haya leche para los débiles nenes que gritan de hambre" (51).

Algunos años antes, en 1884, Augusto Orrego Luco, refiriéndose a la mortalidad infantil, había anotado: "...los cálculos más modestos nos revelan que el 60% de los niños mueren antes de llegar a los siete años. Esa espantosa mortalidad es el resultado de condiciones sociales y económicas. La miseria y las preocupaciones contribuyen igualmente a producirla..." (52).

Finalmente, los altos coeficientes de mortalidad hacían que la duración media de la vida en Chile fuera bastante baja; en 1876, ella no alcanzaba a los veinticinco años (53). Es decir, las condiciones económico-sociales producían una efectiva destrucción del capital humano con que el país contaba.


Notas

1. Federico Engels: "La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra Pág. 9.

2. "Los barreteros y carreteros entran al trabajo a las cinco de la mañana en verano y a las seis en invierno; salen a las cinco y seis de la tarde. En el interior de las minas comen y almuerzan. A horas determinadas acuden sus camaradas (así llaman ellos a sus mujeres) a la boca del pique con cestos que contienen los alimentos. Se colocan éstos en las jaulas ordenadamente, y un hombre baja con ellos..." (Leónidas García: Estado actual de las minas de carbón fósil de Lota y Lotilla en la s provincia de Concepción. Comunicación a la Facultad de Ciencias Físicas en su sesión del presente mes de julio. Anales de la Universidad de Chile, tomo XIX, II semestre de 1861. Pág. 34).

3. "¿Cuánto se puede prolongar la jornada más allá del tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza misma de trabajo? Hemos visto que a esta pregunta responde el capital: el día de trabajo cuenta diariamente 24 horas enteras, menos las pocas horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo no puede absolutamente servir más. Se comprende desde luego que el trabajador durante el día entero no es más que fuerza de trabajo, que, por lo tanto, todo su tiempo disponible es, por naturaleza y de derecho, tiempo de trabajo destinado a la valorización del capital. Tiempo para educarse, para el cultivo de la inteligencia, para el desempeño de funciones sociales, para el trato de las gentes, para el libre juego de las fuerzas físicas e intelectuales -esas son tonterías aún los domingos y en tierra de santurrones-. Pero en su ciega y desmedida tendencia, en su hambre canina de sobretrabajo el capital pasa, no sólo los límites morales, sino también los puramente físicos de la jornada máxima de trabajo. Quita tiempo al crecimiento, al desarrollo, a la sana conservación del cuerpo. Roba el tiempo necesario para tomar aire y luz del sol. Regatea el tiempo de las comidas, y, si puede, lo incorpora al proceso mismo de la producción, dando alimentos al trabajador como a un simple medio de producción, como se echa carbón a la caldera y aceite y sebo a la maquinaria. El sueño necesario para reunir, renovar y refrescar las fuerzas de la vida, queda reducido a tantas horas de sopor como son indispensables para hacer revivir un organismo absolutamente agotado. En lugar de estar limitada la jornada de trabajo, el límite de reposo del trabajador es, al contrario, determinado por el mayor gasto diario posible de fuerza de trabajo. Lo que le interesa es única y exclusivamente el máximo de fuerza de trabajo que puede hacer fluir en una jornada. Consigue este objeto acortando la duración de la fuerza de trabajo, como un codicioso agricultor obtiene del suelo un rendimiento mayor robándole su fecundidad". (Carlos Marx: El Capital. Pág. 189).

4. José P. Angulo: Una excursión a Lota. Artículo publicado en "El Lota", 9 de septiembre de 1876.

5. Eugenio Chouteau: Informe sobre la provincia de Coquimbo presentado al Supremo Gobierno: Pág. 157.

6. "El Copiapino", 1º de marzo de 1869. Recuérdese que en Chile el descanso dominical fue establecido legalmente por ley Nº 1990 del año 1907.

7. "La deficiente ventilación de las labores se hacía sentir en las minas antiguas por falta de elementos adecuados; la temperatura subía entonces en varios grados en los frentes de trabajo, y los barreteros, por este motivo transpiraban abundantemente. Para rascar su cuerpo y eliminar el sudor usaban "la poruña", una especie de concha de forma cóncava hecha de cuerno de buey". (Cía. Carbonífera e Industrial de Lota: Lota, 1852-1942. Pág. 83).

8. Pérez Rosales, refiriéndose al trabajo de los apires, escribió: "Los mineros aprendices, cargando en sus espaldas un gran saco de cuero lleno de trozos de piedra y de metal, recorren las galerías subterráneas, con una luz al extremo de un palo para ver donde ponen los pies y trepan sobre los resquicios de los más espantosos precipicios hasta la superficie del suelo, donde no hacen más que arrojar su pesada carga para volver a bajar otra vez a fin de repetir esta operación tan lenta como inhumana". (Pérez Rosales: Ensayo sobre Chile. Pág. 435-436).

9. Domingo F. Sarmiento: Los Mineros. Artículo publicado en Obras Completas, tomo I. Pág. 43.

10. José Joaquín Vallejo (Jotabeche): Mineral de Chañarcillo. Artículo publicado en Obras. Págs. 66-67.

11. Por primera vez se legisló en Chile sobre indemnizaciones por accidentes del trabajo el año 1916; entonces se dictó la Ley Nº 3170, llena de ambigüedades y de limitaciones que, en el hecho, impedían a los obreros y a sus familias acogerse a los beneficios en ella establecidos.

12. Eugenio Chouteau: Informe sobre la Provincia de Coquimbo presentado al Supremo Gobierno. Pág. 187.

13. Ibid. Pág. 148.

14. "El Mercurio", 1º de julio de 1888.

15. "En esos talleres de moda se hace trabajar a las operarías durante doce horas diarias, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche; lo que es una enormidad y no tener conciencia ni sentimientos humanitarios. Una tarea de doce horas diarias no es ni para ser resistida por un hombre, porque a la larga, tendrá éste que sucumbir; y, sin embargo, la remuneración que se abona por tan pesado servicio no alcanza a la mayor parte de las obreras ni para comer". ("El Alfa" de Talca, 4 de agosto de 1890).

16. Francisco Marcial Aracena: Apuntes de Viaje. La industria del cobre en las provincias de Atacama y Coquimbo y los grandes y valiosos depósitos carboníferos de Lota y Coronel en la provincia de Concepción. Pág. 195.

17. C. E. Bladh: La República de Chile. 1821-1828. Pág. 106.

18. Francisco M. Aracena: Apuntes de Viaje... Pág. 305.

19. Ibid. Págs. 259-260.

20. Eugenio Chouteau: Informe sobre la Provincia de Coquimbo presentado al Supremo Gobierno. Pág. 157.

21. "El Constituyente", 24 de noviembre de 1864.

22. Compañía Carbonífera e Industrial de Lota: Lota. 1852-1942. Pág. 84.

23. "El Copiapino", 22 de febrero de 1865.

24. Eugenio Chouteau: Informe sobre la Provincia de Coquimbo... Págs. 156-157.

25. En todos los países de producción capitalista la fuerza de trabajo no es pagada sino después que ha funcionado... En todas partes el trabajador adelanta, pues, al capitalista el valor de uso de la fuerza de trabajo; él la deja consumir por el comprador antes de recibir su precio en pago; en todas partes, pues, el trabajador hace crédito al capitalista". (Carlos Marx: El Capital. Pág. 123).

26. "El Copiapino", 22 de febrero de 1865.

27. "Estamos en la víspera del pago, lo cual significa que los usureros preparan sus vales descontados a destajo para echarse sobre el salario del trabajador. Este al ver que sus ganancias del mes se han escapado en haches y cues, se promete no incurrir en el pecado de alimentar a las arpías del diez o del veinte por ciento, pero en el curso del mes, arrastrado por sus necesidades y quizá por sus vicios, cede nuevamente a las exigencias de los prestamistas o descontadores. Materia es ésta sobre la que debía poner mano la autoridad en amparo del operario de minas. ¿Sería acaso tan difícil, o estaría tan descaminado el ordenar que en ninguna faena se dieran vales al operario, sino que se le pagase íntegramente su salario a fin de mes, o si se quiere cada semana? Así se minoraría en parte el mal de que es víctima el pobre trabajador..." ("El Constituyente", 15 de octubre de 1864).

"Donde se les paga a los trabajadores al fin de una temporada de tres a cuatro meses, se hace la especulación de establecer un despacho donde se les da por cuenta el vestuario, el azúcar, el tabaco y hasta el aguardiente. Pero, ¿cómo se les vende? Con un recargo en el pareció de un doscientos o más por ciento..." ("El Copiapino", 21 de noviembre de 1868).

28. Refiriéndose a este asunto, "El Mercurio", el 5 de julio de 1860, decía: "...en esos puntos no hay otra autoridad que la de los dueños de minas que a la vez son los monopolizadores del comercio y especulan sobre la necesidad y miseria de los trabajadores..."

29. "El Correo", 3 de enero de 1868.

30. "El Mercurio", 22 de septiembre de 1863.

31. Refiriéndose a un cambio administrativo hecho en la provincia de Atacama en abril de 1860, "El Mercurio" del 8 de mayo de ese año hizo el siguiente comentario: "El establecimiento de autoridades en aquellas regiones pondrá término a muchos abusos, a muchas iniquidades y a ese gobierno del más fuerte que los empresarios de minas habían implantado en aquellas regiones''.

32. Dando a conocer la aplicación de castigos corporales a los trabajadores, "El Copiapino" del 26 de enero de 1856 decía: "Tal proceder es bárbaro, inhumano, salvaje; sin embargo se practica con descaro, y puede decirse que se tolera por el subdelegado. No ha muchos días tuvimos un ejemplo de ello en la pena de garrote dada por las propias manos de un administrador a un infeliz barretero sobre quien pesaba tan sólo sospechas del delito de robo. Este hecho puede con justicia ser llamado conato de homicidio...

"El flagelar sin miramientos a los trabajadores en Chañarcillo se ha hecho ya una costumbre, y no hay costumbre más fatal que la que nace de un abuso. Es horrible como se castiga a los operarios".

33. "Se nota escasez de peones: el carnaval los ha dispersado del mineral; pero si la policía persigue en el río a los que no tienen ocupación conocida, no dudo que pronto los tendremos en abundancia". (Del corresponsal de "El Copiapino" en Chañarcillo; publicado en "El Copiapino" el 20 de febrero de 1847). Para impedir que los obreros abandonaran las faenas, las autoridades locales -instigadas por los empresarios- dictaban abusivos reglamentos; así por ejemplo: el año 1839 se "...publicó un bando, que entre otros artículos pena con dos meses de presidio al peón fugado, quince días al bajado de las minas sin licencia". ("El Copiapino", 6 de julio de 1848). La policía arrestaba a quienes carecían de una "papeleta de patrón conocido".

34. "Nada hablaremos acerca de las autoridades establecidas; los monopolizadores y sus agentes son los que ejercen justicia, y fácil es formarse una idea de la naturaleza de ésta, notando que es la parte la que sentencia. El trabajador en estos casos se ve obligado a obedecer y continuar trabajando o retirarse de la faena atravesando el desierto nuevamente quizás con riesgo de su vida. ...Es verdad que no siempre han sido muy dóciles y usan a su turno el derecho del más fuerte, se han amotinado, saqueado las propiedades y puesto en peligro la vida de los monopolizadores". ("El Mercurio", 5 de junio de 1860).

35. Eugenio Chouteau: Informe sobre la Provincia de Coquimbo presentado al Supremo Gobierno. Pág. 98.

36. Investigación de las causas que tan frecuente han hecho en Chile, en los últimos años, la tisis pulmonar e indicación de las medidas higiénicas que convendría emplear para removerlas. Memoria para el certamen de la Facultad de Medicina en 1861. Anales de la Universidad de Chile, tomo XIX, correspondiente al 2° semestre de 1861. Pág. 728.

37. José A. Alfonso: Los partidos políticos de Chile. Pág. 23.

38. Investigación de las causas que tan frecuente han hecho en Chile en los últimos años la tisis pulmonar... Anales de la Universidad de Chile, tomo XIX, 2° semestre de 1861. Pág. 729.

39. "El Mercurio", 10 de julio de 1888.

40. Augusto Orrego Luco: La Cuestión Social. Pág. 35.

41. Vicente Dagnino O.: El alcoholismo en Chile. Anales de la Universidad de Chile, tomo LXXXIII, año 1888. Pág. 7. Son de interés algunos párrafos de la memoria sobre Habitaciones para obreros que presentó don Arturo Alessandri Palma al optar al título de abogado; en ella se puede leer lo que sigue:

"El obrero, sobre cuyos hombros pesa con más rigor la inexorable ley del trabajo y de la lucha por la existencia, necesita más que nadie la influencia moralizadora del hogar; pero para que esto se obtenga, es menester procurarle una vivienda cómoda, sana y aseada. De otra suerte, cuando abatido por la fatiga, abrumado bajo el peso tremendo del cansancio, se retira a su habitación, el aspecto lóbrego y sombrío, su miseria y humedad le relajan el espíritu, las funciones de la vida se ejercen lenta y perezosamente... y se siente instintivamente inclinado a alejarse de aquel recinto para dirigirse a la taberna en busca de un consuelo, de un enervante que le procure en el éxtasis del delirio el olvido absoluto de la vida y sus penas. ¿Cuál es la situación de aquellos desgraciados expulsados del hogar Por el látigo cruel de la miseria, la inmundicia y la falta de higiene?..." (Anales de la Universidad de Chile, tomo LXXXII, año 1892, Pág. 1120).

42. E. Chouteau: Informe sobre la Provincia de Coquimbo... Pág. 87.

43. "El Mercurio", 8 de noviembre de 1889.

44. Vicente Dagnino O.: El Alcoholismo en Chile. Anales de la Univ. de Chile, tomo LXXIII, año 1888, Pág. 5. Este mismo autor relata: "Es algo muy sabido que el próximo exterminio de la raza indígena es debido más al Jamaica que al plomo; y un conocido fabricante de este líquido se mofaba de los gobiernos que habían ascendido a los jefes militares que llevaron a cabo la sumisión de los indígenas por las armas, siendo que a su industria era debida la disminución considerable y el embrutecimiento de los indígenas en estos últimos tiempos". (Ibid., Pág. 9).

45. Investigación de las causas que tan frecuente han hecho en Chile, en los últimos años, la tisis pulmonar... Anales de la Universidad de Chile, tomo XIX, 2° semestre de 1861; Páginas 724 y 731.

46. E. Chouteau: Informe sobre la Provincia de Coquimbo... Pág. 159.

47. Memoria del Intendente de Concepción presentada al Ministro del Interior el 23 de abril de 1874. Anexo a la Memoria del Interior presentada al Congreso Nacional de 1874. Pág. 104.

48. "El estado sanitario de la provincia, especialmente en los pueblos y ciudades de la costa, ha sido lamentable. Las enfermedades que más estragos han hecho son la viruela y la fiebre tifoidea... En Tomé, Talcahuano, Coronel y Lota ha sido necesario improvisar lazaretos para atender a la multitud de personas que eran atacadas por la peste". (Memoria del Intendente de Concepción al Minist. del Interior. Documento anexo a la Memoria del Minist. del Interior al Congreso de 1866. Pág. 126)

49. Memoria del Intend. de Valparaíso al Minist. del Interior, 22 de mayo de 1866. Documento anexo a la Memoria del Interior al Congreso. Pág. 56.

50. Adolfo Murillo: La mortalidad urbana en Chile. Páginas 5 y 6.

51. Adolfo Murillo: La mortalidad urbana en Chile. Páginas 15 y 16.

52. Augusto Orrego Luco: La cuestión social. Pág. 33.

53. Edouard Séve, en su libro Le Chili tel qu'il est, publicado el año 1876, afirma a este respecto lo que sigue:

"La duración media de la vida en Chile no alcanza a los veinticinco años; esto proviene de defectos constitucionales resultantes de la falta de higiene, de la alimentación, de los inadecuados medicamentos y de varias otras causas contra los cuales sería fácil actuar". (Pág. XIV).


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