Historia del movimiento obrero en chile


CAPITULO II

ESQUEMA DE LAS TRANSFORMACIONES SOCIALES EN CHILE

Las transformaciones provocadas por la explotación minera implicaron el surgimiento de nuevas y variadas actividades económicas o la intensificación de las existentes que, para su desarrollo, exigieron de grupos humanos más o menos numerosos dedicados a ellas. Un más complejo proceso de división social del trabajo vino a substituir al que había imperado hasta, la Independencia. Y quiénes desempeñaron las diversas funciones económico-sociales que surgían, constituyeron nuevas y distintas capas sociales. Unos ejercieron dominio sobre los medios de producción y otros carecían de ellos; unos realizaban trabajo directivo, otros ejecutaban trabajo subordinado; unos se apropiaban del producto íntegro del proceso social de la producción, y otros sólo recibían un salario por su trabajo.

En suma, la complicación o enriquecimiento del proceso social de la producción en Chile se tradujo en una complicación o enriquecimiento de su estructura social. Al lado de las viejas clases que presentaba nuestra sociedad, empezaron a constituirse otras nuevas.

Al comenzar su vida independiente, la sociedad chilena presentaba una estratificación relativamente simple que correspondía al carácter también relativamente simple de su estructura económica predominantemente agraria.

Existía, desde luego, una aristocracia terrateniente que descendía de hombres de humilde condición que llegaron en la Conquista o durante la Colonia. Dieron origen en el país a un régimen de contornos típicamente feudales que les aseguró una posición de predominio económico y una considerable influencia en todos los planos de la vida social. Como base de su preponderancia, la oligarquía tenía la posesión del suelo y el dominio efectivo sobre la inmensa masa de campesinos. Orgullosa, consciente de su poder y dotada de un espíritu señorial, esta aristocracia consolidó plenamente su condición de clase dirigente con posterioridad a la Independencia. Mediante la Constitución de 1833, estableció un régimen político y jurídico esencialmente oligárquico; de este modo, comenta el historiador Guillermo Feliú Cruz, "...dirigió sin contrapeso la República en un espacio de tiempo de más, de mucho más de medio siglo..." (1), conservando virtualmente intactos los cimientos sobre los que reposaba su poder: el latifundio.

A través de nuestra vida republicana el latifundio no ha experimentado cambios sensibles y con ello han logrado sobrevivir hasta nuestros días algunos de los elementos del régimen señorial conformado durante el coloniaje. Este hecho fue dado a conocer reiteradamente durante el siglo XIX. Numerosos autores no sólo exhibieron la magnitud del latifundio, sino que también denunciaron las relaciones feudales que él engendraba y que prevalecían sin ninguna clase de restricción en el campo chileno.

Directamente subordinado a la aristocracia terrateniente, estaba el campesinado. Clase sometida a servidumbre en la Colonia, conservó esta condición después de 1a Independencia. Explotados brutalmente, hubo quienes vieron que la situación del campesino en poco difería de la de los animales. "La bestia de nuestros campos y el sencillo labrador -se escribía en "El Entreacto" el 8 de junio de 1845- si no idénticos en cuanto a la naturaleza de uno y otro, lo son en cuanto a los servicios que de ellos se exige..." El norteamericano Gilliss, en algunos párrafos llenos de intenso dramatismo, se refiere a nuestros campesinos, destacando la descuidada indiferencia con que eran mirados por sus señores, la falta de horizontes en que desarrollaban sus vidas, la explotación de que eran víctimas y la situación de miseria y sordidez en que se encontraban, situación incomparablemente peor que la que tenían los esclavos en los Estados Unidos (2). Don Claudio Gay, en su erudito estudio sobre la agricultura chilena, afirmaba que el campesino era, de hecho, un siervo adherido a la gleba (3), y agregaba: "En ningún país .el trabajo de los campos es más penoso, más duro, más fatigante y más mal pagado" (4). Luego de hacer una exposición bastante viva de las condiciones en que el campesinado se hallaba, Gay sostenía:

".. .el inquilino es siempre explotado, ya por estos adelantos (anticipos o préstamos en semilla o dinero) ya por el subido precio de los arriendos. Algunos trabajos que le son pagados, aunque muy mal dan igualmente lugar a abusos siempre onerosos para él como también para muchos sirvientes. El propietario, sea por costumbre, sea por estipulación, les paga muy raras veces en dinero, cuando mucho la mitad, dándole la otra en mercancías o víveres valuados a muy subidos precios... Esta costumbre no es sino un resto de ese derecho de poya o banalidad que ejercían en otro tiempo los señores feudales sobre sus vasallos" (5).

Vicuña Mackenna, entre las muchas páginas escritas en relación con este asunto, nos ha dejado las siguientes líneas que constituyen una muy bien lograda síntesis sobre aspectos fundamentales de la situación del campesinado:

"Como inquilino, es decir, como súbdito del propietario, tiene rigurosas obligaciones. Algunas veces trabajan tres meses del año sin retribución; está obligado a suministrar a la hacienda un substituto que paga a precio elevado, mientras que el propietario lo indemniza a vil precio. Otras veces no recibe su pago en plata, sino en género o comestibles que se le obliga a tomar a un precio más subido que en cualquiera otra parte. Resulta que no existiendo ni los más pequeños establecimientos de crédito rural, tiene necesidad de plata y vende en verde su pequeña sementera a los agiotistas que nunca faltan. Deben estar siempre prontos a las órdenes del amo para todos los servicios del ganado, las siembras y aun largos viajes... Veamos al huaso en su vida de ciudadano: desde luego, paga el diezmo, él que apenas siembra lo necesario para vivir, al paso que el propietario que siembra para especular, no lo paga porque es muy fácil equivocar los números en inmensas cantidades..." (6).

Incidiendo en los mismos puntos expuestos por Gay y Vicuña Mackenna, F. X. Rosales, en carta dirigida a Vicuña Mackenna el 14 de marzo de 1857 y publicada por éste, decía: "...nadie ignora ni lo niega en Chile que la situación de las gentes de nuestros campos es la más lamentable que puede presentarse a la vista del hombre que abriga sentimientos humanos; mal alojados, mal vestidos, mal mantenidos, y en general miseria y desolación es lo que se encuentra en esas chozas que encierran la población con que los propietarios del suelo cultivan sus tierras y se hacen ricos..." (7)

Por fin, años más tarde, en 1884, Augusto Orrego Luco, refiriéndose al inquilinaje, decía: "Es evidentemente defectuoso un régimen en que no se concede al labrador derechos sobre la tierra que trabaja; en que se le entrega a merced del propietario y en que sólo lo defiende de la caprichosa arbitrariedad de su señor una incierta y lejana protección social. Es evidentemente defectuoso un régimen que tiene todas las asperezas del régimen feudal, sin tener derecho en cambio ni siquiera su lado pintoresco" (8).

Podría citarse una multitud de documentos del más variado origen (9), todos los cuales coinciden en señalar que los campesinos chilenos eran virtualmente siervos sometidos a la autoridad de un amo, quien los explotaba sin consideraciones de ninguna especie.

Aparte de las clases rurales nombradas, en los primeros tiempos de nuestra vida independiente existían también los primeros gérmenes de elementos sociales esencialmente urbanos. Su insignificancia era considerable, como lo revela el hecho de que sólo un poco más del 10% de la población total del país vivía en las ciudades. Entre los elementos que componían este débil conglomerado urbano, podemos señalar un reducido grupo de artesanos, un germen de burguesía en cuyas filas había comerciantes y algunos funcionarios públicos, un rudimento de clase media y, por último, un esbozo de clase obrera integrado por los peones que vendían su capacidad de trabajo en las diversas actividades que tenían por escenario la ciudad.

Un rasgo muy interesante que caracterizaba a la sociedad chilena en los primeros tiempos de la República, lo constituye la extremada diferencia entre la aristocracia y las demás capas de la sociedad. Las distancias entre ellas eran tan apreciables, que se evidenciaban aun en manifestaciones externas como la manera de vestir o el modo de hablar.

Pues bien, esta era la conformación de la sociedad chilena que se alteró por efecto de las ya mencionadas transformaciones económicas. A los elementos señalados, se agregaron en el curso del siglo XIX las siguientes clases sociales nuevas: la burguesía, la clase media y el proletariado.

1. La burguesía. En sus manos se concentró la mayor parte de la acumulación de capitales producida por la minería. Llegó a ser la clase económicamente mas poderosa de Chile. En 1882, en un interesante artículo titulado "Los millonarios de Chile viejo", Vicuña Mackenna informaba que con anterioridad a la Guerra del Pacífico había en el país cincuenta y nueve personas con una fortuna ascendente a $ 178.000.000 de 35 peniques. En esta lista figuran los nombres de Edwards, Ross, Lambert, Varela, Urmeneta, Goyenechea, Eastman, Lamarca, Cousiño, Vergara, Barazarte, Subercauseaux, Escobar, Matte, Schwager, etc. La mayor parte de estos nombres corresponde a personas que forjaron inicialmente sus riquezas en contacto con la minería y que las acrecentaron manteniendo este contacto.

Con estas fortunas, la burguesía capitalista chilena incrementó la explotación minera, intensificó el movimiento comercial, levantó instituciones bancarias, contribuyó a la modernización de la agricultura, estableció algunas industrias, facilitó la construcción de ferrocarriles, etc. En una palabra, impulsó actividades económicas que constituyeron la base de su existencia y el fundamento de su poder económico. Desde este punto de vista, se estableció la nítida diferencia entre la burguesía y la aristocracia; mientras aquella es una clase capitalista, ésta es una clase terrateniente. Pero hay más todavía: mientras la burguesía era una clase en ascenso ya que su potencialidad aumentaba, la aristocracia era una clase que perdía influencia y poder en la misma medida en que la burguesía ganaba influencia y poder.

Desde el punto de vista de su extracción, fácil es percibir que la mayor parte de los nombres que constituían las filas de la burguesía eran nuevos. Unos descendían de elementos que durante la colonia fueron capas intermedias de la sociedad; otros eran miembros de las familias aristocráticas o ramas ilegítimas de ellas; algunos fueron hijos de extranjeros radicados en el país con posterioridad a la Independencia; otros, en fin, quizás los menos, tuvieron entre sus antepasados a modestos artesanos o a gentes de escasos recursos. Por su origen, pues, la burguesía era un conglomerado heterogéneo, aun cuando dentro del proceso de división social del trabajo, desempeñaba -como se ha visto- un papel dirigente en las actividades que con anterioridad a la Independencia tuvieron muy escasa significación.

Un autor anónimo, refiriéndose muy acertadamente tanto al origen como a los caracteres de la burguesía chilena, escribía en "El Mercurio" el año 1849 lo que sigue: "La clase intermedia en nuestro país está compuesta de todo aquel que ha hecho dinero, cualquiera que sea su extracción o moralidad" (10).

Dentro de la burguesía hubo un apreciable sector de comerciantes, industriales y mineros que no lograron sobrepasar los límites de la medianía económica; el radio de su acción fue estrecho y escasos los capitales con que contaban. Tal sector, económicamente débil, constituye la pequeña burguesía.

2. La clase media. En forma paralela a la formación de la burguesía, surgió la clase media. Ella se presenta como una capa social intermedia formada por elementos que desempeñan funciones bien específicas en la vida económica; son los funcionarios bajos de la administración pública, los profesores-de diversas ramas de la enseñanza, los "empleados de las casas de comercio, denlas instituciones bancarias y de las empresas mineras; son, además, los profesionales, y los técnicos que prestan sus servicios en las reparticiones públicas o en las empresas privadas.

Constituye la clase media, en resumen, un sector de la población cuyas funciones económicas son subordinadas desde que, careciendo de medios de producción, para poder vivir, vende una capacidad de trabajo predominantemente intelectual.

Esta característica de la clase media es lo que la diferencia de las otras clases sociales y es -también- lo que establece la influencia que el desarrollo de la educación ha tenido en su formación. En este sentido, cabe decir que está muy arraigada entre sociólogos e historiadores nacionales la idea de que la clase media es el resultado del impulso adquirido por la educación pública; se llega incluso a afirmar que la clase media es un producto del Liceo. Tal apreciación es sólo parcialmente correcta; las clases sociales existen en relación con la estructura económica de un país y pueden ser consideradas como grupos humanos que tienen un determinado papel en el proceso de la producción social. Y en Chile la clase media tiene, como se ha indicado, funciones específicas que surgieron sólo a partir de cierto momento en su evolución. Es decir, la escuela, en cualquiera de sus grados, es sólo un factor concurrente en la generación de la clase media; el factor determinante es la existencia de ciertos tipos de trabajo subordinado que no corresponden a los capitalistas (clase dirigente) ni a los proletarios (clase que vende trabajo físico).

Mirada desde el punto de vista de su extracción, la clase media ha tenido un origen heterogéneo. Sus miembros han salido de las capas inferiores o empobrecidas de la burguesía, de aristócratas venidos a menos, de extranjeros inmigrantes, y de las capas superiores de obreros, de artesanos y aun de campesinos.

Tomando en cuenta las íntimas vinculaciones de orden familiar y político y la semejanza en el género de vida que han existido y existen entre la clase media y la pequeña burguesía, generalmente se ha identificado a ambas capas sociales asignándoseles indistintamente los nombres de clase media o pequeña burguesía.

3. El proletariado. Por último, las nuevas actividades económicas generaron una clase de trabajadores jurídicamente libres, carentes de medios de producción, que realizan un trabajo subordinado en el que predomina el empleo de fuerzas físicas. Esta clase, vive de la venta de su capacidad de trabajo por el cual recibe un precio o salario. Históricamente, el desarrollo del proletariado es función del desarrollo capitalista, ya que es la fuerza productiva esencial de este sistema.

En Chile, lo mismo que en todas partes, el proletariado se nutrió principalmente de campesinos. Estos, "que vegetaban dentro de un régimen agrario quecos tenía en situación de servidumbre, fueron atraídos -con el espejismo de la libertad personal y desmejores salarios- por las nuevas actividades económicas que por doquier surgían en el país. Las minas, las faenas portuarias, la construcción de obras públicas, la modernización de ciudades, el establecimiento de fábricas, el manejo de los ferrocarriles, el funcionamiento de maestranzas y fundiciones, etc., representaron oportunidades de trabajo para miles y miles de campesinos que iniciaron un vigoroso éxodo desde las zonas rurales. Los industriales mineros del Norte Chico utilizaron toda clase de medios para incrementar sus fuerzas productivas con el brazo potente de los campesinos de la Zona Central. Lo mismo hicieron más tarde los empresarios de salitreras, quienes, por medio de los famosos enganches, reclutaron huasos que habrían de transformarse en aguerridos pampinos. Los industriales del carbón llevaron hasta el fondo de sus minas centenares de campesinos; testimoniando esto, el industrial Juan Mackay, que vio el nacimiento de la industria carbonífera, escribió lo que sigue:

"Se improvisaban mineros de los trabajadores que afluían de los campos atraídos por el mejor jornal que se les pagaba, no obstante que muchos de éstos solían volver a su "tierra" para las cosechas, a la vendimia y a las chacras.

"Con el tiempo, esta costumbre migratoria iba desapareciendo. Los trabajadores que habían traído sus familias .. preferían quedarse en las minas; así en pocos años ya había gente que no pensaba más en moverse, y que eran reconocidos como mineros constantes y adiestrados en el trabajo, como barreteros, carretilleros, etc., gente que se daba cierto aire de experimentados mineros en presencia de sus novicios amigos del campo.

"Era notable como esta gente novicia se acostumbraba tan luego a los trabajos interiores de las minas y el ánimo con que hacían sus tareas" (11).

Es sabido el hecho de que Meiggs, el gran contratista de obras públicas, para obtener los nueve mil peones que empleó en la construcción del ferrocarril de Santiago a Valparaíso, sólo tuvo que ofrecer algunos centavos más de salarios a los que se pagaban en el campo y mejorar un poco la alimentación, agregando chicharrones a los porotos.

Aparte de la extracción campesina que posee la , mayor parte del proletariado nacional, un sector de él se originó entre los artesanos. Estos, que en su mayoría eran semiproletarios, fueron perdiendo significación y posibilidades de subsistencia con su trabajo relativamente independiente; de ahí que se produjera un generalizado proceso de desintegración que afectó a la mayor parte de este grupo social, que se transformó lisa y llanamente en trabajadores asalariados.

Por fin, además de elementos nacionales, contribuyeron también a la formación de nuestra clase obrera elementos de procedencia extranjera. Ya a mediados del siglo XIX, algunos mineros del Norte Chico procuraron introducir al país trabajadores chinos, como lo revela el siguiente aviso publicado en "El Copiapino" el 19 de mayo de 1853:

COLONOS CHINOS

La barca "Isabel Quintana", que se halla actualmente en Coquimbo, debe llegar dentro de cuatro días a Caldera con 120 de estos útiles emigrados en busca de colocación. Todos vienen obligados a ocho años de servicios forzosos y los hay de diversos oficios.

Las personas que quieran algunos pueden verse con el que subscribe, advirtiendo que serán preferidos los señores que hicieren sus pedidos a don Manuel Chopitea (12) si ocurriesen a tiempo, no debiendo permanecer en el buque más que cuatro días en Caldera.

Copiapó, 19 de mayo de 1853.

Emilio Mora.

Calle 0'Higgins, junto a la Intendencia

Este aviso, además de ser demostrativo de la internación de trabajadores extranjeros para que prestaran sus servicios en las faenas mineras, nos pone frente a la evidencia de que en Chile, lo mismo que en otros países en los cuales se hizo sentir la influencia del capitalismo, se empleó trabajo forzado. Es decir, en Chile, la formación de la masa de trabajadores asalariados, aparte de recibir el contingente de elementos que "voluntariamente" se incorporaron a ella (decimos voluntariamente a pesar de reconocer que hubo un movimiento social superior a la decisión de la voluntad individual) recibió también el aporte de un grupo más o menos reducido de elementos extranjeros que eran sometidos a semiesclavitud mediante el procedimiento del contrato a largo plazo. Siguiéndose un procedimiento muy generalizado en el siglo XIX y que fue utilizado en gran escala por capitalistas británicos y holandeses, este personal se reclutó preferentemente en China e India (13). Según parece, la introducción de trabajadores chinos no produjo buenos resultados en el país, como se desprende del siguiente documento transcrito por Vicuña Mackenna: "Olvidaba comunicarle un detalle que tal vez sea curioso conocer. Allá por los años de 1850, se trajo a la Higuera una partida de asiáticos (50 o más), para emplearlos en el laboreo de las minas, obtenidos de no sé qué manera, y fue absolutamente imposible, aun apelando a medidas de un rigor extremo, habituarlos a ese género de trabajos. A tanto llegó su pasiva resistencia, que uno de ellos, presa de mortal angustia, se quitó la vida, ahorcándose en el interior de la mina" (14).

Con posterioridad a la Guerra del Pacífico, este sistema de contratar trabajadores extranjeros fue empleado en alta escala por los industriales salitreros, quienes usaron abundante mano de obra peruana y boliviana, sobre todo esta última.

Y así, en forma ininterrumpida, a lo largo del siglo XIX el proletariado nacional fue creciendo. Pero, además de incrementarse con campesinos que se desarraigaban de la tierra, con artesanos que se proletarizaban o con trabajadores extranjeros, el proletariado creció con la reproducción de sí mismo; los hijos de proletarios, corriendo la suerte de sus padres, fueron también proletarios.

El proletariado que se forma antes de la Guerra del Pacífico no es, por su carácter, un proletariado industrial, ni podía serlo, por la simple razón de que en Chile sólo había los más leves indicios de un capitalismo industrial. Se trata entonces, de la clase obrera de un país económicamente retrasado; en las ciudades tenían mucho de común con el artesanado y lo mismo sucedía en los puertos, donde los fleteros y demás trabajadores portuarios estuvieron organizados en gremios oficiales y hasta solían ser poseedores de sus instrumentos de trabajo (botes, etc.); en cuanto a los mineros del Norte Chico, parece que éstos no se desarraigaron totalmente de la tierra, y era frecuente que alternaran faenas mineras con labores agrícolas; esto, a lo menos, se desprende de la siguiente anotación dejada por el ingeniero francés Eugenio Chouteau en 1887:

"He notado en Arqueros, que los operarios de la mina Mercedes y otras, después de concluida su tarea, se dedican al cultivo de numerosas chácaras que existen en la quebrada de ese mineral" (15). Incluso, muchos mineros del carbón no se despojaron totalmente de su extracción campesina, ya que según palabras del citado Mackay, "solían volver a su "tierra" para las cosechas, a la vendimia y a las chácaras".

Resulta bastante difícil precisar el volumen que alcanzó la clase obrera hacia fines del período que estudiamos. Las cifras que existen son confusas y aun contradictorias. Pero, analizando con cierto detenimiento los datos de que disponemos, se puede concluir que bordeaba los cien mil individuos aproximadamente. Los sectores preponderantes dentro de estas cifras las constituyen los mineros, los obreros portuarios y el personal ocupado en las obras públicas. Respecto de los primeros, Ignacio Domeyko en su "Ensayo sobre los depósitos metalíferos de Chile..." señala que hacia 1875 en las minas de las provincias de Atacama, Coquimbo Aconcagua y Santiago se ocupaban 32.997 obreros (16). Por su parte Enrique Concha y Toro nos indica que el año 1874 trabajaban 6.415 obreros en las minas de carbón (17). Es decir, según los datos expuestos, sólo en la minería trabajaban alrededor de cuarenta mil obreros. En cuanto a los obreros portuarios, podemos decir que según un artículo escrito por Arturo Prat en "El Ferrocarril" el 25 de febrero de 1874, "...en los años 72 y 73 la gente de mar ocupada en toda la costa de la República pasa de 10.000 hombres". Tan sólo en el puerto de Valparaíso, agrega el mismo Prat, los obreros portuarios alcanzan a 5.000 individuos de diversas nacionalidades. A estas cifras habría que agregar los 3.000 hombres que ocupaban los ferrocarriles (18), el personal que trabajaba en las fundiciones, maestranzas. molinos y otras industrias, que puede ser estimado en unos ocho o diez mil hombres aproximadamente, y loa obreros que trabajaban en las construcciones particulares, en el transporte urbano, etc.

En el territorio nacional existían sólo muy débiles) núcleos de concentración proletaria. La clase obrera se hallaba dispersa desarrollando sus actividades en una cantidad de empresas pequeñas diseminadas en todo el país, por lo que no existían condiciones que hicieran posible la formación de centros obreros más o menos densos. Los únicos que en este sentido tuvieron importancia, fueron las ciudades de Santiago y Valparaíso; muy por debajo de ellas estaban Concepción, la zona] carbonífera (Lota y Coronel) y ciudades como Copiapó, Talca, La Serena, Valdivia y Coquimbo.

El cuadro de las transformaciones sociales operadas en Chile desde mediados del siglo XIX sería incompleto si nos limitáramos sólo a señalar el aparecimiento S nuevas clases sociales. Este fue, incuestionablemente el fenómeno de mayor trascendencia; pero, al lado de él e íntimamente conectados con él, se pueden cons-de otros fenómenos muy significativos.

Desde luego, cambió la composición de la población, produciéndose un marcado aumento de la población urbana y la consiguiente disminución de la rural. De tal proceso, derivaron interesantes y variadas consecuencias; hubo cambios en las costumbres, en el género de vida y en el nivel cultural de la población y, además se suscitó una serie de nuevos problemas planteados por la creciente congestión urbana.

Por otro lado, el desarrollo de las nuevas clases significó la ruptura de la quietud social que había prevalecido hasta los primeros tiempos de la República. Las nuevas clases, al constituirse, crecer y consolidarse, suscitaron antagonismos sociales que tuvieron decisiva , influencia en todos los órdenes de la vida nacional, ya que condicionaron -en gran medida- los cambios que en ella se produjeron.

La burguesía no fue un cuerpo sin espíritu que, operaba mecánica o ciegamente dentro de los marcos de la sociedad aristocrática en la que se había formado y que con su sola presencia comenzaba a modificar. Gradualmente comenzó a tomar conciencia de sí misma, es decir, fue forjando su conciencia de clase. Comprendió que era una clase social diferente de las demás; se dio cuenta que en el conglomerado social tenía una función propia cuya importancia crecía y se hacía cada vez más notoria. Percibió también que en Chile existían fuerzas de diversa índole que de una u otra manera obstaculizaban su desarrollo y el desarrollo del creciente capitalismo al cual estaba vinculada.

Esta conciencia, que permitió a la burguesía ubicarse, saber el lugar que ocupaba y que le correspondía en la vida social chilena, se enriqueció al generar anhelos reformistas. Quería ella remover las barreras opuestas a su ascenso o consolidación. De esta manera se planteó el antagonismo entre la aristocracia y su aliado el clero, con la burguesía. Tal antagonismo o lucha de clases tuvo diversas maneras de manifestarse y él constituyó -en última instancia- la esencia de nuestro desenvolvimiento histórico en el siglo pasado.

La aristocracia terrateniente, poseedora de un claro espíritu tradicionalista, procuraba conservar su situación como clase dirigente y mantener incólume el sistema de relaciones políticas, jurídicas y económicas que le aseguraban el rango de grupo social dominante. La burguesía, en cambio, quería eliminar el carácter aristocrático de la sociedad y de sus instituciones, alterando o modificando los elementos que servían de sustento al poder aristocrático.

La clase media hizo causa común con la burguesía. Se constituyó así un bloque social más o menos cohesionado que se guiaba por claros propósitos de reforma, y que pudo arrastrar hasta sus posiciones incluso a algunos sectores de la aristocracia.

Este bloque opuso al conservantismo aristocrático concepciones de carácter liberal. Inspirándose concretamente en la ideología burguesa europea, dio formas a un vigoroso movimiento político-social encaminado al establecimiento de un régimen burgués. Se planteó la democratización de las instituciones políticas mediante la reforma de la Constitución oligárquica de 1833, la ampliación de las libertades públicas y la disminución de la influencia que ejercía el clero, elemento tradicionalista íntimamente vinculado a la aristocracia. "Todo esto se hacía -naturalmente- escribió Benjamín Vicuña Subercaseaux- combatiendo con la resistencia de los poderes de antaño; la Iglesia que quiere mantener la ley del fanatismo sobre la ley de la instrucción; las castas aristocráticas que quieren mantener el derecho propio sobre el derecho común" (19).

Los resultados de esta lucha, cuyas alternativas son sobradamente conocidas gracias a los trabajos de los historiadores Domingo Amunátegui, Ricardo Donoso, Guillermo Feliú Cruz y otros, fueron francamente favorables a los sectores burgueses; algunos de ellos fueron logrados con el consentimiento oportunista de importantes elementos conservadores.

Fue así cómo a la Constitución de 1833 se le introdujeron enmiendas que cambiaron tanto su texto como su espíritu. Junto con ser restringidas las atribuciones del Poder Ejecutivo, se aumentaron las del Congreso y se ensancharon ampliamente las libertades públicas; culminaron estas reformas el año 1888 con el establecimiento del sufragio universal, medida que, sin embargo tuvo un valor más bien formal por el hecho de que un alto porcentaje de la población adulta era analfabeta. A través de una serie de leyes, se avanzó considerablemente en la laicización del Estado, lo que condujo a una efectiva restricción de la preponderancia clerical. Con estas medidas en Chile llegó a imperar un régimen burgués bastante completo que hizo agudo contraste con la organización política de otros Estados americanos. Además, con estas mismas medidas, la burguesía pudo participar activamente en la dirección del Estado e imponer sus particulares e inmediatos puntos de vista.

Sin embargo, es preciso subrayar que la burguesía y la clase media no actuaron como un bloque homogéneo en esta lucha. Influyentes sectores de estas clases, especialmente de la burguesía, no quisieron llevar este proceso hasta sus últimas consecuencias, lo que habría implicado la destrucción del latifundio que servía de baluarte al poder económico, social y político de la aristocracia. Varias razones pueden explicar esta conducta que permitió la supervivencia, hasta hoy, de una estructura agraria retrasada que conserva fuertes resabios feudales. Entre ellas podemos mencionar: los vínculos de diversa índole, inclusive familiares y de extracción social, que existieron entre elementos burgueses y terratenientes, la relativa debilidad de la burguesía determinada por el incipiente desarrollo capitalista de Chile y, finalmente, la circunstancia de que la burguesía compartiera el poder político con la aristocracia, lo que satisfizo sus aspiraciones y la inhibió para iniciar el camino de las profundas transformaciones sociales.

Como consecuencia de todo esto, puede sostenerse que únicamente se realizaron reformas en la superestructura de la sociedad chilena, esto es, en los planos político y jurídico, pero no en las bases de su estructura económica, como lo demuestra el hecho de que el régimen de latifundio se conservara integralmente.

A lo largo del decenio 1840-1850, años decisivos en el nacimiento y primeros pasos de la burguesía chilena, hubo en nuestro país elementos capaces de asimilar la ideología liberal que por entonces guiaba a los burgueses europeos en su lucha cotidiana contra el Antiguo Régimen. Destacados miembros de esta clase, en unión con jóvenes que realizaban sus primeras incursiones en el campo de la producción intelectual, algunos de ellos de la más pura cepa aristocrática, seguían con interés y simpatía los movimientos liberales del Viejo Mundo; a través de asiduas lecturas, se impregnaban profundamente del nuevo ideario y con ello iban forjando en Chile -sobre sólidas bases- una conciencia burguesa que participaba de los planteamientos doctrinarios y de los objetivos por los cuales se agitaba la burguesía europea. "De esta suerte -dice Vicuña Mackenna- la revolución europea era casi una revolución chilena" (20).

Materializando estas inquietudes, en el mismo decenio surgen diversos grupos que de una manera más o menos organizada dan formas al liberalismo chileno e impulsan una acción política inspirada en tales principios Se publican también periódicos como "El Siglo", "E1 Crepúsculo" y "El Progreso" que preconizaban atrevidas innovaciones en el campo político-social y que sometían a dura crítica las instituciones de la época. se logró así plasmar un movimiento de opinión arraigado en las nuevas clases sociales que surgían. A diferencia de lo que ocurrió con anterioridad a 1830, ruando el liberalismo tuvo una prematura manifestación con el partido pipiolo, ahora -en la década 1840-1050 había núcleos sociales vigorosos cuyos intereses encontraron adecuada expresión teórica en los nuevos postulados. En otras palabras, las nuevas teorías, las nuevas ideas de carácter liberal estaban históricamente fundamentadas, eran necesarias para la sociedad chilena de aquel momento y, por consiguiente, transformadas en fuerza material, podían cumplir su misión orientando movilizando y organizando fuerzas interesadas en el cambio social. Fue así entonces cómo la burguesía chilena dispuso de las concepciones político-sociales que históricamente le correspondían y que pudo oponer con éxito a la aristocracia conservadora.

Pero en el liberalismo hubo matices, como también hubo matices o sectores en la burguesía. Como ya lo hemos hecho notar, el grueso de la burguesía chilena, manteniéndose dentro de la ideología liberal, sólo luchó por producir transformaciones de orden político o jurídico que le permitieran tener acceso al Gobierno y participar en la dirección del Estado. En cambio, una minoría burguesa, en alianza con la pequeña burguesía, con la clase media y con sectores populares, fue consecuente consigo misma y quiso provocar una revolución democrático-burguesa que llegara hasta su lógico término. Estas capas sociales avanzadas, tuvieron numerosos portavoces y dejaron exposiciones doctrinarias altamente significativas, pues todavía hoy conservan validez. Actuaron como críticos sociales profundos que estaban imbuidos del más avanzado y consecuente liberalismo de su época; junto con mostrar en toda su integridad los factores de retraso que operaban en el país, indicaron cuáles eran las reformas que había que realizar. Más aun: ellos señalaron los procedimientos y las formas de organización que convenía adoptar para llevar a cabo tales reformas.

Entre los grupos de elementos burgueses, pequeño burgueses y de clase media que actuaron en el sentido indicado, cabe señalar al que se aglutinó en la Sociedad de la Igualdad hacia el año 1850.

Durante siete meses, hasta noviembre de 1850, funcionó esta organización típicamente democrático-burguesa. Surgió de un profundo anhelo reformista que se había hecho más vivo como consecuencia de las revoluciones europeas de 1848. Sus promotores, Santiago Arcos y Francisco Bilbao entre ellos, estaban convencidos de que a la Sociedad de la Igualdad le correspondía una tarea esencial: destruir hasta en sus cimientos el régimen aristocrático imperante.

Para acometer una empresa de tal magnitud no bastaba sólo difundir las ideas renovadoras y crear un Partido Liberal a base de elementos burgueses; tampoco era suficiente librar escaramuzas parlamentarias o circunscribirse a una acción destinada a modificar las instituciones políticas. En el concepto de los igualitarios, se requería superar todo esto mediante la generación de un vasto movimiento democrático que se sustentara antes que nada en la fuerza del pueblo, en la acción decidida de las clases trabajadoras. Esta era, al menos, la experiencia dejada por la Revolución Francesa en 1792 y por los movimientos liberales que sacudieron a Europa en la primera mitad del siglo XIX, especialmente la revolución francesa de 1848. No habrá triunfo posible sobre la oligarquía, afirmaba uno de los primeros igualitarios, sin el apoyo del pueblo (21).

Fue así, entonces, cómo, en la mitad justa del siglo, en Chile se dio el espectáculo notable de un organismo que incorpora al pueblo en la lucha política y social. En sus cortos siete meses de vida, la Sociedad de la Igualdad realizó una obra de gran trascendencia; logró atraer y movilizar a centenares de obreros y artesanos de la capital, quienes por primera vez tomaron contacto con doctrinas políticas y sociales, participaron en los debates que se promovían sobre asuntos de actualidad nacional. Las asambleas generales, las reuniones de grupos, los desfiles y las concentraciones callejeras, fueron valiosa escuela de capacitación política para quienes asistían a ellas. Complementando esta alta finalidad cívica, se establecieron cursos de difusión cultural; noche a noche, centenares de trabajadores concurrían a las clases de lectura y escritura, historia y geografía, aritmética y otras materias que se dictaban en el local de la Sociedad.

Los esbirros de la oligarquía dominante comprendieron el alcance del trabajo que desarrollaban los igualitarios y pusieron en práctica todo género de hostilidades para paralizarlos, llegándose incluso al asalto a mano armada de su local en la noche del 19 de agosto de 1850. La prensa reaccionaria, por su parte, lanzando las peores calumnias en contra de la Sociedad, la acusó de estar animada de los más subversivos y heréticos propósitos.

La Sociedad, sin embargo, continuaba sus labores y aumentaba el número de sus miembros, los que llegaron a contar alrededor de cuatro mil; siguieron sus asambleas, sus clases, sus desfiles y concentraciones, en los cuales numerosos oradores, Francisco Bilbao entre ellos, pronunciaban encendidas arengas. Ante la imposibilidad de la agresión, la provocación y la calumnia para contener el entusiasmo y la tenacidad de los igualitarios, el Gobierno, haciendo uso de una declaración de estado de sitio, dispuso la prohibición de la Sociedad de la Igualdad en los primeros días de noviembre de 1850. De este modo, la oligarquía hizo desaparecer un organismo de vanguardia en la lucha por la revolución democrático-burguesa y pretendió, por medios policiales, quebrar un movimiento que había prendido muy profundamente en el corazón del pueblo y de los sectores progresistas de la burguesía y de la clase media.

A pesar de su existencia efímera, la Sociedad de la Igualdad trazó una huella profunda que una y otra vez fue seguida y que coadyuvó muy eficazmente al progreso de la democracia en Chile. En efecto, ayudó al despertar de las clases trabajadoras, las que comenzaron a adoptar formas orgánicas de acción. Constituyó, en seguida, un ejemplo de organización que fue imitado repetidas veces, produciendo en todas partes muy saludable efecto. En relación con este último, podemos decir que después de 1851 se formaron en diversos puntos del país varias entidades de este tipo, entre las que podemos señalar las siguientes:

1. El Club de la Opinión de Valparaíso. En 1858 existía en Valparaíso el Club de la Opinión; sus fundadores fueron algunos antiguos igualitarios, entre ellos L. Piña. Esta institución, "...donde las clases obreras respiraron por primera vez el aire de la filosofía y donde tuvieron la primera sospecha de su dignidad y de su importancia..." (22), sostenía un liberalismo avanzado y consecuente; en "El Ciudadano", periódico que le servía de medio de expresión, se afirmaba, por ejemplo, que en una democracia debe prevalecer la voluntad de las mayorías y que éstas se componen de "... los que pertenecen a las clases obreras, los pobres de la ciudad" (23); también en ese periódico se publicó un himno cuyos primeros versos decían:

"Es ya tiempo demócratas bravos
contra el grupo oligarca marchad..." (24)

El Club de la Opinión mantuvo íntimo contacto con liberales de la época como Lastarria, Pedro León y Angel Custodio Gallo, etc., y estuvo en una línea de franca oposición al gobierno de Manuel Montt.

2. La Sociedad Unión Republicana del Pueblo, constituida en Santiago a fines de 1864. Uno de sus fundadores fue Ambrosio Larrecheda, antiguo miembro de la Sociedad de la Igualdad. Según sus estatutos, las finalidades de esta Sociedad eran: trabajar por el progreso material y moral del pueblo, por la ilustración y adelanto intelectual de las clases trabajadoras y por estrechar los vínculos de unión y fraternidad entre los miembros de la familia democrática.

3. Sociedad Escuela Republicana. Esta Sociedad existió en varias ciudades. La primera de ellas fue fundada en Vallenar por Manuel Antonio Romo, el año 1868. Luego, en 1876, Donato Millán formó la Sociedad Escuela Republicana de Santiago, con el fin de constituir un centro de propaganda y de cultura al servicio de las clases obreras; también parece haberse preocupado de organizar cooperativas de producción entre obreros tanto de la capital como de Valparaíso y otras ciudades (25).

4. La Sociedad de la Igualdad, instalada en Valparaíso el 2 de diciembre de 1872 con el objeto de propagar las ideas liberales entre la juventud y de trabajar por el adelanto de la instrucción primaria.

5. La Sociedad Republicana Francisco Bilbao, fundada en Valparaíso en 1873. Según sus estatutos, esta asociación tomó el nombre de Bilbao como "... un recuerdo de gratitud por los servicios prestados por este ilustre patriota a los obreros de la República". Su finalidad era "...la regeneración moral, intelectual y material de los asociados", para lo cual se proponía realizar un amplísimo plan de trabajo que contemplaba el funcionamiento de escuelas nocturnas, bibliotecas populares y clubes recreativos, la fundación de un banco popular, de caja de ahorros y de socorros mutuos, de cooperativas de consumo, la construcción de viviendas, etc.

6. La Sociedad Francisco Bilbao que se constituyó en Coronel el mes de mayo de 1878. Sus componentes eran principalmente obreros; la dirección de ella, en cambio, la tenían hombres de clase media interesados en la "ilustración" de los trabajadores; resultado de este interés fue la creación de una escuela nocturna para adultos en cuyo programa, aparte de los cursos de caligrafía, lectura, aritmética, etc., figuraba el de "Constitución Política del Estado" (26).

Lo importante de estas sociedades es que ellas fueron tomando un carácter cada vez más popular. Si bien algunos de sus creadores o inspiradores eran burgueses o pequeño-burgueses, la verdad es que la mayor parte de sus componentes eran obreros y, sobre todo, artesanos. También estas sociedades son importantes, porque su actividad fue preponderantemente política, en el más amplio sentido de la palabra; sus actividades tendían a la capacitación política de las clases trabajadoras. En gran medida, el desarrollo de estas instituciones fue paralelo y complementario con el movimiento mutualista.

Por fin, fundándose parcialmente en los principios sustentados por la Sociedad de la Igualdad, nació el Partido Radical, que durante mucho tiempo representó un conglomerado político en cuyo seno actuaban burgueses, pequeño-burgueses y elementos populares, principalmente artesanos.

Lo expuesto nos permite concluir que la Sociedad de la Igualdad no fue una agrupación política de las clases trabajadoras como lo han pretendido algunos autores, sino que fue una agrupación cuya finalidad era realizar la revolución democrático-burguesa poniendo en actividad para este efecto a las clases trabajadoras las que, en todo caso, aparecían supeditadas por burgueses progresistas y por la clase media.

* * *

Entre los ideólogos más importantes de la Sociedad de la Igualdad cuyo nombre aparece envuelto en la aureola del precursor y del mártir, está Francisco Bilbao.

Su pensamiento político-social es el fruto de diversas influencias que recibió desde temprana edad. De éstas, sin duda las más fuertes fueron las de los pensadores franceses del siglo XVIII, especialmente de Rousseau, y las de algunos críticos sociales, también franceses, de la primera mitad del siglo XIX, destacándose sobre todo -entre éstos- la de Lamennais; conoció también a los socialistas utópicos. Aparte de este bagaje de ideas progresistas, Bilbao fue un profundo conocedor de la Revolución francesa de 1789 y sentía particular atracción por el período de la República Democrática que existió entre 1792 y 1794. Por último, no sólo siguió con interés los movimientos liberales que se desarrollaron en Europa, sino que -con ocasión de un viaje que realizó por ese continente- tuvo oportunidad de presenciar personalmente el estado de efervescencia popular que precedió a las revoluciones de 1848.

Las influencias recibidas y la gran sensibilidad social que caracterizaba a su personalidad, hicieron que Bilbao, adolescente aún, iniciara sus luchas por el establecimiento de la democracia en Chile; a la consecución de tal fin puso todas sus energías y sus mejores esfuerzos. Convencido, con la pasión del apóstol, de la validez y grandeza moral encerrados en el lema Libertad, Igualdad y Fraternidad, se esforzó ardorosamente por difundirlos y hacerlos normas de convivencia social. Para él, el pueblo era todo y la libertad del hombre la suprema aspiración de su espíritu; su meta era el gobierno de la libertad que, en su ".. .forma más pura, es el gobierno directo del pueblo" (27).

Comprendió la índole de los obstáculos que se oponían a esto. La sociedad se presentaba ante su vista llena de antagonismos que, manifestándose en todos los campos de la vida colectiva, han sido forjados "...contra la solidaridad natural de todo lo creado" (28).

Tales antagonismos tienen un antecedente: la desigualdad. "Castas dominadoras imperan en la ciudad donde sólo debía imperar la majestad del hombre. .." (29); unas clases dominan a otras clases y unos intereses dominan a otros. Y como resultado de todo esto, la armonía no existe.

En el caso particular de Chile, Bilbao vio que la sociedad de su tiempo era una proyección del pasado, una resurrección de él. En ellas estaba vivo el elemento que significaba negación de la libertad y que consagraba la desigualdad. Tal era, a su juicio, el feudalismo que tenía por fundamento material el régimen de propiedad y por base teórica o ideológica el catolicismo y sus instituciones: la Iglesia y el clero. El feudalismo, piensa Bilbao, oprime al pobre, lo explota; a este respecto, trazó el siguiente cuadro:

"He ahí el grande espectáculo: el pueblo, la imagen del infinito si puede haber imagen de él. Hélo ahí que va y viene sosegado, sin la conciencia del poder de sus entrañas. Helo allí que puebla las cárceles, que abastece el cadalso, que gime en los carros, que enriquece al propietario, que sobrelleva el insulto; helo allí trabajando para el cura, para el Estado y para el rico; hélo allí recibiendo la sucesión de los días con la frente de mármol y sin reflejar en sus ojos la divinidad de la luz. La noche misteriosa lo recibe fatigado y le protege un descanso animal. El día se levanta y el sol de Chile luminoso sirve tan sólo para secar el sudor de su angustiada frente..." (30)

El mismo feudalismo "...impide que se eleve una clase media que preludia la libertad como la burguesía en Europa" (31).

Ante todo esto, Bilbao estima que es necesaria la Revolución. Esta no es sino "...la mudanza violenta de la organización y síntesis pasada, para reemplazarla por la síntesis vaga, pero verdadera que elabora la filosofía moderna. .." (32) Mediante la revolución se establecerá la ".. .libertad del hombre, la igualdad del ciudadano" (33). Se entronizará la República, y se elevaran "...las masas a la soberanía nacional, a la realización de la democracia. .." (34)

Toda su obra la dedica Bilbao a propalar el credo igualitario; en sus escritos, que merecieron la condenación de la Iglesia y que le ocasionaron el odio de los aristócratas y el destierro, una y otra vez insiste en sus ataques a las fuerzas que obstaculizaban la revolución democrática en Chile.

No obstante su actitud francamente progresista, el pensamiento de Bilbao no trascendió hasta el punto de preconizar concretamente los medios para producir la destrucción del feudalismo. Apelaba sólo al espíritu de la gente, a su conciencia; no señaló la necesidad de ir a la destrucción del latifundio. Esta fue su gran limitación y precisamente en este punto es donde lo supera grandemente su compañero de luchas durante algunos años: Santiago Arcos.

* * *

Arcos tiene el mérito de haber expuesto con meridiana claridad los puntos programáticos de un burgués sin desviaciones ni concomitancias ideológicas con la aristocracia. Tal hizo en su célebre Carta a Francisco Bilbao, publicada en una imprenta masónica de Mendoza el año 1852.

El documento está concebido con la típica mentalidad del burgués avanzado que llega a un Chile feudal después de haber vivido toda su adolescencia y los primeros años de su edad adulta en la Europa que entraba al apogeo del capitalismo durante la primera mitad del siglo pasado.

Distingue Arcos con certeza el carácter predominantemente feudal, retrasado, de la estructura económico-social chilena. Y entonces, a la luz de la ideología que había aprehendido .en el Viejo Mundo, expone una serie de ideas que implican crítica al feudalismo dominante y que plantean la necesidad de una profunda reforma agraria como el único medio de facilitar el establecimiento de un régimen democrático-burgués en Chile. Sin mucho esfuerzo se pueden percibir estos propósitos de Arcos, ya que ellos están expresados con gran nitidez. No obstante, algunos autores no captaron en su integridad el pensamiento y la intención de Arcos y así, infundadamente, llegaron a hacer de él un precursor del socialismo en Chile, en circunstancias que a Arcos le faltó todo para ser siquiera un socialista utópico.

Arcos señala que la causa de todos los problemas del país radica en la profunda división social imperante entre ricos y pobres, más precisamente, entre campesinos y propietarios de tierras. Los ricos (grandes propietarios de tierras o aristocracia terrateniente, en nuestro concepto) se han erigido en clase dominante y han consolidado esta posición a través de una armazón política, administrativa, militar, económica y religiosa. Se legalizó así la inferioridad de los pobres (trabajadores, especialmente los campesinos o inquilinos), clase degradada "...sin duda por la miseria, mantenida en el respeto y la ignorancia, trabajada sin pudor por los capellanes de los ricos..." (35) Tomando en cuenta estos hechos, no habrá progreso ni reforma posible ".. .mientras dure el inquilinaje en las haciendas, mientras el neón sea esclavo en Chile como lo era el siervo en, la Edad Media, mientras subsista esa influencia omnímoda del patrón sobre las autoridades subalternas, influencia que castiga la pobreza con la esclavitud" (36).

Por consiguiente, lo que se necesita es "...una revolución enérgica, fuerte, y pronta que corte de raíz todos los males, los que provienen de las instituciones, como los que provienen del estado de pobreza, de ignorancia y degradación en que viven 1.400.000 almas en Chile, que apenas cuenta 1.500.000 habitantes" (37).

Establecidas las anteriores premisas, Arcos entra en seguida a examinar las fuerzas capaces de producir la revolución que preconiza. Descarta la posibilidad de que la aristocracia pueda ser una fuerza renovadora. Aunque sin decirlo expresamente, tiene también la idea de que los pobres tampoco constituyen un elemento capaz de hacer la revolución por las condiciones en que se encuentran; así, escribe: "Actualmente los pobres no tienen partido, ni son pipiolos ni son pelucones, son pobres; del parecer del patrón a quien sirven, miran lo que pasa con indiferencia..." (38) Reconoce, eso sí, que los pobres "están dispuestos a formar partido, a sostenerlo y no lo dudo a sacrificarse por una causa cuyo triunfo alterara realmente la condición triste y precaria en que se encuentran" (39).

En dichas condiciones, cree Arcos que en la juventud pipiola están en potencia los impulsadores de la revolución; hay allí hombres de buena fe, honrados, con los cuales se puede "...formar el partido nuevo, el partido grande, el partido democrático-republicano..." (40)

Tal partido podría atraer a su lado a distintos elementos que por una u otra razón tuvieran interés en poner término al estado de cosas existente. Desde luego, se podría lograr que los pobres se incorporaran a dicho movimiento; "...el pobre tomará parte activa cuando la república le ofrezca -terrenos, ganado, implementos de labranza, en una palabra, cuando la república le ofrezca hacerlo rico y, dado ese primer paso, le prometa hacerlo guardián de sus intereses dándole una parte de influencia en el gobierno" (41). También sería posible ligar los ricos a la revolución, apelando objetivamente a sus intereses. El país bien organizado sobre nuevas bases, necesitaría ingentes capitales para explotar las tierras, construir ferrocarriles, etc.; "...los ricos verán que haciendo el bien de todos hacen el bien de sus familias y aseguran su porvenir..." (42); además, se intensificaría el comercio y la economía nacional -en todas sus ramas- progresaría considerablemente con lo que las posibilidades de lucro para los ricos serían grandes.

Movilizados todos estos elementos bajo la dirección del partido democrático-republicano, estima Arcos que sería posible, mediante un motín militar o una fuerte asonada popular, establecer un gobierno nuevo, revolucionario, todopoderoso.

"El primer paso de semejante gobierno debía ser promulgar los derechos y deberes del ciudadano y de la República. Deberes y derechos inalienables, superiores a la discusión, a la voluntad nacional manifestada por el sufragio universal" (43). A los derechos y libertades tradicionalmente señalados por los liberales de diversos matices, Arcos agrega cinco muy importantes, a saber: el derecho a la educación, el derecho al trabajo, el derecho del huérfano y del anciano a la protección, el derecho de jubilación y el derecho del delincuente a la rehabilitación; correlativos a estos derechos, se señalan deberes de carácter político, económico, militar y social.

Estas medidas por sí solas no serían, sin embargo, suficientes. "Para hacer prosperar al país no basta mejorar las leyes, es necesario mejorar la condición del pueblo. Es necesario dar rango de hombres a los seres que ahora sirven de instrumentos de labranza a los dueños del suelo, de máquinas a los propietarios de las minas" (44).

Se plantea entonces Arcos la tarea de buscar los procedimientos por los cuales se construirá la democracia pura, y encuentra que lo esencial es realizar una profunda reforma agraria, cuyos principios expone de la siguiente manera:

"Diré de una vez cual es mi pensamiento; pensamiento que me traerá el odio de todos los propietarios, pensamiento por el cual seré perseguido y calumniado, pensamiento que no oculto porque en él está la salvación del país, y porque su realización será la base de la prosperidad de Chile.

"Es necesario quitar sus tierras a los ricos y distribuirlas entre los pobres.

"Es necesario quitar sus ganados a los ricos para distribuirlos entre los pobres.

"Es necesario quitar sus aperos de labranza a los ricos para distribuirlos entre los pobres" (45).

"He dicho quitar, porque aunque la República compre a los ricos sus bienes, y aunque reciban una compensación justa, esta medida sería tildada de robo por ellos, y a los que la proponen no les faltarán los epítetos de ladrones, comunistas. Pero no hay que asustarse por palabras, la medida es necesaria y aunque fuerte, debe tomarse para salvar al país (46).

Estas medidas no se preconizan con el fin de establecer un régimen comunista en que desaparezca la propiedad privada, sino con el objeto de provocar una redistribución de la propiedad territorial. Arcos no estuvo animado de propósitos socialistas, toda vez que en su pensamiento estuvo clara la idea del respeto a la propiedad privada; su anhelo era lograr que los campesinos pobres dejaran de ser pobres; decía: "Chile no gozará de verdadera paz, no prosperará mientras no lleguen al gobierno las ideas de los que quieren enriquecer al pobre sin arruinar al rico" (47). Tampoco estas medidas serían adoptadas mediante confiscación, sino simplemente por expropiación.

Con este cambio revolucionario operado en los fundamentos mismos del sistema económico-social dominante, con esta reforma agraria, Chile entraría en una etapa de franco progreso; eliminado el feudalismo, quedaría establecida la democracia burguesa.

En resumen, Arcos se nos presenta como un demócrata burgués avanzado. Aspiró a la destrucción del régimen aristocrático dominante en Chile. Fue un portavoz de la burguesía que se esforzaba por realizar su propia evolución. Fue esto y nada más. Pero precisamente en esto radica su importancia. Fue un precursor, pero no soñó utopías; no imaginó la posibilidad de que en el proceso de su desarrollo, Chile saltara etapas por las cuales tenía necesariamente que pasar. Son pues equivocadas e inducen a error las tesis de quienes pretenden ver en Arcos un socialista utópico. Las postulaciones de Arcos son valiosas porque reflejaron -quizás un poco audazmente para su tiempo- los puntos de vista del sector progresista o más avanzado de la burguesía chilena.

Además de exposiciones doctrinarias y de organizaciones renovadoras como las que hemos mencionado en las páginas precedentes, hubo también por parte de los elementos democrático-burgueses una constante denuncia de los perjuicios ocasionados por la existencia del latifundio. Consecuentes con este criterio, tales elementos preconizaron una y otra vez, con una insistencia que hoy nos sorprende, la realización de una reforma agraria que diera término al dominio monopolista de la tierra ejercido por la aristocracia.

Ya en los albores del desarrollo de la burguesía, en la década 1840-1850, fue planteada la abolición de los mayorazgos. Esta institución aristocrática que estaba destinada a perpetuar un núcleo reducido de grandes terratenientes, fue derribada, en tiempos del presidente Manuel Montt, después de numerosas tentativas frustradas y tras un enérgico despliegue de fuerzas realizado con tal objeto.

Con esta medida no se logró -sin embargo- destruir el latifundio, por lo cual se mantuvo a través del siglo XIX un vigoroso movimiento de opinión destinado a liquidarlo. Entre los portavoces más valientes de este movimiento estuvo el diario "El Mercurio". Este periódico, que exponía el pensamiento de la burguesía progresista de la época, publicó una cantidad de artículos en que se desarrollaban ideas contrarias al régimen de propiedad agraria y al sistema agrario dominante.

El 29 de mayo de 1861, este diario decía: "...nos parece necesaria la división o fraccionamiento de la propiedad agraria, tanto porque obraría en favor de los deudores y acreedores, cuanto porque permitiría a los pequeños capitalistas llegar a ser propietarios, como también porque la producción aumentaría con el cuidado más inmediato y más prolijo que se puede dar a un pequeño fundo, y al mismo tiempo, porque esta medida sería una revolución pacífica hecha en la propiedad territorial, hoy origen de esclavitud, pues se encuentra repartida en pocas manos, y mañana, siendo la causa principal de la libertad, de la ilustración y de la democracia, pues su fraccionamiento, como ha sucedido en otros pueblos, produce esos efectos".

Siguiendo en este mismo tipo de argumentos, el mismo periódico decía el 30 de mayo de 1861:

"La concentración de la propiedad agraria da por resultado inmediato el desnivelamiento social, es decir, la esclavitud moral y física de la gran mayoría de la nación y de esta esclavitud proviene la debilidad y atraso de un país, pues ni son el lujo ni las luces que puede ostentar y poseer un pequeño número de habitantes lo que constituye el verdadero brillo, la verdadera fuerza y la importancia real y positiva de un pueblo.

"Mientras más fraccionada esté, airémoslo así, la fortuna, la igualdad que es el principio constitutivo de la democracia, es mucho más fácil de establecerse; y de esta igualdad niveladora nace la ilustración y el equilibrio social, nace la república que es el gobierno de todos y cuyo régimen necesita imperiosamente las luces de cada uno de sus miembros; pues esta falta de luces, provenida en gran parte del feudalismo territorial que ha dominado en nuestros países, es de donde proviene que ... no existe la república sino solamente de forma y de nombre pues, en el hecho y en la práctica, domina la idea aristocrática con más fuerza que en las monarquías absolutas, es decir, en aquellas en donde subsiste el derecho divino y los privilegios del nacimiento.

"El inquilinaje, que tiene por origen la concentración de la propiedad territorial en pocas manos, no es otra cosa, bien considerado, que el feudalismo de la edad media; y es completamente imposible que con tal régimen pueda de hecho existir la República y pueda tener fuerza el principio democrático".

Innecesario resulta destacar la fuerza y el valor de los anteriores puntos de vista expresados por "El Mercurio". Con una objetividad poco común, se establecen las íntimas conexiones entre la supervivencia del latifundio y el atraso social y político de Chile.

Consciente de la validez de los principios expuestos y acerca de los cuales frecuentemente se insistió desde las columnas de "El Mercurio", un articulista de este diario planteó la necesidad de una reforma en la estructura agraria, señalando incluso la posibilidad de la expropiación de la tierra para que ".. .podamos llevar a la propiedad territorial la idea republicana" (48). A fin de prevenir esta medida extrema, se aconsejaba a los terratenientes que ellos mismos se adelantaran a hacer reformas, pues en caso de que tal cosa no ocurriera, "...otros que no tengan vuestros intereses se encargarán de hacerlo; anticipaos a ellos, hacedlo por vosotros mismos o por vuestro país; no creáis que las estaciones serenas dejan de tener sus tormentas" (49).

Siguiendo en esta posición de ataque al latifundio, desde "El Mercurio" se impugnó a los terratenientes. En un artículo del 26 de abril de 1860 se decía:

"¿Qué es el gran propietario territorial entre nosotros? Ya nos hemos contestado más de una vez: es el amo absoluto de la honra, de la libertad y de la riqueza de sus inquilinos, despótica y arbitraria autoridad..."

Otro día, el mismo diario, preguntándose a quién incumbía la responsabilidad por la situación de miseria de los campesinos, se daba la siguiente respuesta:

"Lo diremos francamente: al hacendado que los deja en ese abandono, que explota esa miseria y que tan ciego y tan ignorante como el rústico aldeano, cree ganar con la degradación de los otros y cree hacer su fortuna con la mayor miseria de sus inquilinos, pensando que mientras más indigentes, serán más sumisos, y mientras más pobres, menos será el salario, y por consiguiente, más grandes sus utilidades. ¡Insensatos! Ellos no comprenden ni la ley moral que habla a su conciencia ni la ley económica que habla a su bolsillo; pues ambas le dicen claramente que su interés tanto pecuniario como social consiste en el mayor bienestar de sus semejantes, en su mayor ilustración, en el mayor número de goces que se les puede proporcionar, y no en su decadencia, no en su nulidad, no en su apocamiento, no en su servidumbre, no en su ignorancia" (50).

Se continúa en este mismo artículo contrastando las condiciones de vida de los inquilinos con la de sus opulentos amos, y sobre esta última se dice:

"Hoy el hacendado cuando ve henchidas de oro sus gabetas se marcha a Santiago, edifica palacios, compra costosos amueblados y espléndidos carruajes, y da todo el ensanche posible a las satisfacciones de su vanidad". Todo esto y mucho más hace para deleitar su vida, sin preocuparse en absoluto de "...mejorar la condición de aquellos que han contribuido a su fortuna".

"El Mercurio" también emprendió campañas contra la institución del inquilinaje. Entre los muchos artículos que en sus columnas aparecieron sobre este asunto, llama particularmente la atención uno del 22 de mayo de 1868 en el que se lee lo siguiente:

"El inquilinaje en Chile, tal como existe, recuerda las odiosas instituciones del coloniaje: las mitas, repartimientos y encomiendas, que hacían del americano un siervo sacrificado a la codicia de sus amos.

"Resto de este sistema feudal, el inquilinaje mantiene aislada de la vida política a una porción considerable del pueblo chileno, y puede decirse que hasta el día bien poco ha participado de los beneficios de la independencia.

"El inquilino es una especie de nómade que cultiva un pedazo de tierra cuyo producto debe dividir con el propietario y está obligado a servirle gratuitamente en todas las faenas de la hacienda.

"Así viven millares de familias sumidas en una miseria que consterna a los que alguna vez han salido del recinto de nuestras poblaciones y examinado por sus propios ojos la triste suerte del campesino.

"Rara vez consigue hacerse dueño del cortijo que arrienda con tan onerosas condiciones, porque sus frutos apenas alcanzan a proveer su subsistencia. Si no sirve bien, es despedido, y tiene que ir a buscar en otra parte el pan que necesita.

"En esta vida siempre angustiada y sin porvenir, arrastran sus días miserablemente casi la mitad de nuestros habitantes. La instrucción primaria ha llevado muy escasamente su luz bienhechora al seno de ellos.

"La soberanía popular no será jamás un hecho mientras subsista una clase numerosa del pueblo constituida en verdadera servidumbre, sin independencia, sin opinión y sin ninguno de aquellos caracteres que distinguen al hombre libre en una República.

"A la remoción de los inconvenientes que retardan su reforma social, está pues, firmemente ligada una cuestión política de suma trascendencia".

Análisis como los hechos por "El Mercurio" sobre la estructura agraria nacional se encuentran en enorme cantidad tanto en periódicos (51) como en folletos y libros de diversos y connotados autores. Ostensiblemente, todos ellos reflejaban el sentir de las capas progresistas de la burguesía que comprendía cabalmente el antagonismo entre la supervivencia de lo feudal y el desarrollo del capitalismo nacional. La burguesía, consciente de sus propios intereses, quería esto último, pujaba por ensanchar todas aquellas actividades que, en último término, la harían más poderosa y le darían, en consecuencia, el rango de clase dominante en la sociedad chilena.

Es así como paralelamente a los enconados ataques que se lanzaban contra el latifundio, se exaltaba la necesidad de la industrialización, la importancia del comercio y el valor de la minería como fuerzas capaces de llevar al país por la senda del progreso.

Otra vez, es en "El Mercurio" donde mejor se podían percibir estos criterios. El 12 de julio de 1861, señalando la trascendencia del desarrollo industrial, decía:

"Mientras más se observan los fenómenos que emanan de la industria, mayor es la admiración que nos arranca y el aprecio que nos merecen los pueblos que a ella se dedican: mientras que es mayor también la compasión y la indiferencia con que se mira a aquellos que no la ejercen...

"¿Sabéis qué es la industria? Ella simboliza la libertad y perfección humanas. Por ella obtenemos nuestras comodidades y goces, se bastan nuestras necesidades, se multiplica y se extiende la vida, se amplía el pensamiento y el hombre no está clavado ya al suelo en que naciera, sino que es el habitante del globo...".

Insistiendo en este mismo punto, el 2 de febrero de 1860, da a conocer la necesidad de

"...levantar fábricas, de construir talleres y de hacer nacer, en una palabra, la industria de que carecemos aun". Así, agregaba el diario, "...veríamos en breve cambiar la faz de nuestra República, porque se sabrían explotar las riquezas de su suelo, porque habría abundancia y trabajo, economía e industria, y una posición honrosa para todos los brazos que hoy se pierden. Así veríamos llegar gradualmente ese nivelamiento social que constituye la democracia y que hace la fuerza como la superioridad de los pueblos".

Meses más tarde, el 27 de julio de 1860, el citado periódico hacía presente la urgencia de fomentar la industrialización en los siguientes términos: "En ninguna época como la presente ha habido tanta necesidad de procurar el desarrollo de las industrias por medio ¿e una protección decidida, porque a ellas está vinculado el porvenir del país y si para ello no echamos mano de los recursos con que contamos, vendrá a ser impotente el propio empuje de los pueblos y la decadencia y la ruina seguirán a la impotencia".

* * *

Podemos sintetizar la última parte de este capítulo reiterando lo dicho en el sentido de que hubo sectores minoritarios de la burguesía que, con la pequeña burguesía, la clase media y elementos populares, procuraron producir en nuestro país la revolución democrático-burguesa. Se percibe con claridad que las aspiraciones de estos elementos tendieron a la realización de una política que puede reseñarse en los siguientes puntos:

1. Destrucción del poder político de la oligarquía terrateniente a través de la reforma de la Constitución de 1833

2. Destrucción del poder social y económico de la aristocracia mediante una profunda reforma del régimen agrario, que extirpara hasta en su raíz todos los rasgos de feudalismo que en él prevalecían.

3. Impulso a las actividades económicas de carácter capitalista, especialmente la industria.

4. Establecimiento de un régimen político de carácter democrático que asegurara la participación de amplios sectores de ciudadanos en la generación del gobierno, y que estableciera las más completas libertades públicas.

Desgraciadamente para nuestro país, quienes tuvieron tales orientaciones fueron grupos minoritarios y débiles; se estrellaron con la poderosa barrera opuesta por la oligarquía terrateniente, su aliado el clero, y los miembros más importantes de la burguesía: los comerciantes acaudalados, los grandes banqueros, los profesionales de prestigio y otros sectores que estaban bajo la influencia de tan potentes grupos.

Quedó sellada la alianza del sector comercial y bancario de la burguesía con la aristocracia terrateniente. Y esta alianza, que detentaba un poder económico inmenso y una influencia social incontrarrestable labró el retraso de Chile, haciendo posible que en nuestro país sobrevivieran hasta el día de hoy factores que aún entorpecen el progreso nacional.

Como consecuencia de esto, el proceso de profundos cambios sociales y económicos que se había iniciado en Chile hacia mediados del siglo XIX, se detuvo o, a lo más, siguió produciéndose con lentitud.

"Sin embargo, quienes preconizaron la revolución democrático-burguesa, a pesar de lo infructuoso de sus esfuerzos, dejaron expuesta una aspiración, señalaron un camino y una meta. Estas aspiraciones no perdieron su validez, toda vez que de generación en generación las fueron haciendo suyas los sectores más progresistas de nuestra sociedad.'' Estos quisieron y quieren recorrer el camino que fuera trazado en la pasada centuria; aspiraron y aspiran a llegar a la meta que entonces fuera señalada. Las palabras de Bilbao y de Arcos, conservan resonancia. Y es por esto que aun hoy podemos repetir con Santiago Arcos.

"Demos el grito de Pan y Libertad y la Estrella de Chile será el lucero que anuncia la luz que ya viene para la América Española" (52).


Notas

1. Guillermo Feliú Cruz: Prólogo a "La Guerra Civil de 1891. Antecedentes Económicos", de Hernán Ramírez N. Pág. 19.

2. J. M. Gilliss: The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere... Chile... Tomo I. Págs. 343 a 346. Entre los abusos cometidos con los campesinos, se refiere a "...la visita anual de algún espiritual sacerdote en busca de los pocos centavos que economizó de sus salarios..." (Pág. 344).

3. Claudio Gay: Historia Física y Política de Chile. Agricultura. Tomo I. Pág. 25.

4. Ibid. Pág. 152.

5. Claudio Gay: Historia Física y Política de Chile. Agricultura. Tomo I. Págs. 186-187.

6. B. Vicuña Mackenna: Chile considerado con relación a su agricultura. Págs. 344 - 345.

7. Publicada en "El Mensajero de la Agricultura". Tomo II. pág. 531.

8. Augusto Orrego Luco: La Cuestión Social. Págs. 35 - 36.

9. Entre éstos, es de singular interés un editorial titulado "Los Inquilinos", que apareció en "El Mercurio", el 17 de febrero de 1860. En él se pueden leer los siguientes párrafos:

"Ya no es posible negarlo, ya no es posible dejar de comprender que a la suerte de los inquilinos está íntimamente unida la suerte de la agricultura, y a la de ésta la del país; de modo que mientras más favorezcamos a los primeros, más habremos ganado en lo segundo y más rápidamente se obtendrá lo último.. .

"¿cuál es la suerte de los inquilinos? ¿cuál su estado? ¿cuál el mejoramiento que han obtenido en su condición física y en su condición moral? Tenemos que decirlo con franqueza: nada se ha hecho aún, todo permanece en su estado primitivo; y peor aun, . porque hoy la codicia de los amos y sus exigencias oprimen cada día más a esa infortunada clase...

"Pues bien, ahí está el rancho de un inquilino: penetrad en él, tended vuestra vista alrededor de esa habitación infecta, observad sus moradores, ved los útiles de que hacen uso, y en seguida interrogad a esas gentes, y no podréis menos de pasmaros de tanta ignorancia unida a tanta miseria.

"En efecto, en esa habitación pajiza, obscura y sucia, incapaz de guarecer a los que la habitan de la intemperie de las estaciones, en esa habitación, decimos están comprendidos todos los usos de la vida: allí se cocina, se come, se recibe y se duerme a la vez, y los hombres y los animales ocupan más o menos la misma categoría: allí está el lecho del marido y de la esposa unido al de los hijos y éstos confundidos los unos y los otros sin consideración ni al sexo ni a la edad. Nada, casi nada se encuentra en estas tristes moradas de los inquilinos chilenos que pueda anunciarnos que nos encontramos en un país civilizado... sólo impera la miseria, la esclavitud y los vicios que traen consigo la ignorancia y el vasallaje..."

10. citado por R. Donoso en "Las ideas políticas en Chile". Pág. 154

11. Juan Mackay: La industria del carbón. Reproducido por Emilio Tagle Rodríguez: Legislación de Minas. Tomo II. Págs. 80 - 81.

12. Como un hecho curioso, vale la pena recordar que Nicolás Chapitea, probablemente, padre de la persona mencionada en el aviso transcrito, tuvo bastante práctica en el comercio negrero que se realizaba en la costa del pacífico en las postrimerías de la época colonial; esto aparece señalado en un informe pasado por Don Manuel de Salas al Tribunal del Consulado el 5 de abril de 1805 (Escritos de don Manuel de Salas Tomo I, pág.344). Es decir, en la familia chapitea existía la aptitud para traficar con seres humanos esclavizados.

13. Ver Werner Sombart: El apogeo del capitalismo. Cap. XXII titulado "La mano de obra no libre". Tomo I. Págs. 347 a 452.

14. B. Vicuña Mackenna: El Libro del Cobre y del Carbón de Piedra". Pág. 185.

15. Eugenio Chateau: Informe sobre la provincia de Coquimbo presentado al Supremo Gobierno. pág. 98.

16. Ignacio Domeyko: ob. cit. Págs. 128 - 129.

17. Enrique Concha y Toro: Estudio sobre el carbón fósil de Chile. Págs. 75 y 77.

18. El ferrocarril de Santiago a Valparaíso daba trabajo a 1.211 obreros y el de Santiago a Talca a 785, el año 1880, según documentos anexos a la Memoria presentada por el Ministro del Interior al Congreso en 1880. (Págs. 21 a 32 y 73 a 82).

19. Benjamín Vicuña Subercaseaux: Las Ideas Liberales en Chile. Págs. 7 y 8.

20. B. Vicuña Mackenna: Los girondinos chilenos. Pág. 6.

21. José Zapiola: La Sociedad de la Igualdad. Pág. 7.

22. "El Ciudadano. Periódico del Pueblo", 12 de junio de 1858.

23. Ibid., 28 de julio de 1858.

24. Ibid., 28 de julio de 1858.

25. A este respecto, en "El Ferrocarril", del 14 de julio de 1877, se puede leer: "Dice "El Obrero" que ha sido recibida con bastante entusiasmo por los obreros de Valparaíso, la idea de formar una asociación para fundar talleres y en los cuales se proporcione enseñanza y trabajo a los obreros. Esta idea que se trata de realizar por inspiración de la Escuela Republicana de Santiago, cuenta ya con el apoyo de más de 400 accionistas".

26. "El Lota", 12 de mayo de 1878.

27. Francisco Bilbao: El Gobierno de la Libertad. Pág. V.

28. Ibid. Pág. VIII.

29. Ibid. Pág. VIII.

30. Francisco Bilbao: Sociabilidad Chilena. Obras Completas. Tomo I. Pág. 45

31. Ibid. Pág. 21.

32. Ibid. Pág. 28

33. Ibid. Pág. 30

34. Ibid. Pág. 45

35. Santiago Arcos: Carta a F. Bilbao. Pág. 9.

36. Ibid. Pág. 9. En el texto dice "esclavatura" por "esclavitud"

37. Ibid. Pág. 7

38. S. Arcos: Carta a F. Bilbao. Pág. 30.

39. Ibid. Pág. 11

40. Ibid. Pág. 15

41. S. Arcos: Carta a F. Bilbao. Pág. 11.

42. Ibid. Pág. 30.

43. Ibid. Pág. 19

44. S. Arcos: Carta a F. Bilbao. Pág. 26.

45. Ibid. Pág. 27

46. Ibid. Pág. 29.

47. Ibid. Pág. 18.

48. "El Mercurio", 16 de febrero de 1860.

49. "El Mercurio", 16 de febrero de 1860.

50. "El Mercurio", 17 de febrero de 1860.

51. "El Ferrocarril" del 21 de enero de 1869 publicó un interesante artículo en el que se puede leer: "La agricultura como la población rural, necesitan entre nosotros de una seria modificación que concluya con los hábitos odiosos y las mezquinas tradiciones de un sistema casi esclavócrata introducido fatalmente desde el tiempo de la reyecía y la conquista y perpetuado hasta hoy, que casi ilusoriamente tenemos consignado en la letra de la Constitución Política el régimen de la democracia y la igualdad como base capital de nuestra independencia y como garantía de bien público".

52. Santiago Arcos: Carta a F. Bilbao. Pág. 32.


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