Historia del movimiento obrero en chile


PRIMERA PARTE

Los orígenes del proletariado chileno y su desarrollo hasta 1879


CAPITULO I

BOSQUEJO DEL DESARROLLO ECONÓMICO DE CHILE

Afianzada la independencia, nuestra República entró en una nueva y trascendental etapa de su desarrollo histórico. A lo largo de todo el siglo XIX se producen cambios de gran importancia en todos los aspectos de la vida nacional. Chile, en el año 1900, presenta una fisonomía y una conformación completamente diversa de aquella que tenía en los albores de la era republicana. Tales cambios no sólo obedecieron a factores internos, sino que estuvieron determinados, en gran medida, por las condiciones históricas características de la época. Dicho en otros términos, la estructura nacional del momento que siguió a la independencia, además de experimentar la natural transformación interna de sus elementos por la acción de fuerzas también internas, recibió el continuado impacto de los grandes acontecimientos que sacudieron al mundo durante el siglo pasado; de este modo, fuerzas externas de variada índole que se hicieron sentir con diversa intensidad, operaron sobre nuestro país suscitando en él -de manera decisiva- distintas y fundamentales transformaciones.

En gran medida, la independencia se produjo como consecuencia del crecimiento que había alcanzado Chile durante los tres siglos de la Colonia; fue ésta una larga y trascendental época de gestación de la cual emergió una unidad nacional con caracteres propios bien definidos; sus fuerzas económico-sociales experimentaron un relativo grado de madurez que era incompatible con la condición de país colonial que Chile poseía. La independencia no fue hecho fortuito, sino que respondió a la imperiosa necesidad de romper las trabas opuestas por el régimen colonial, de resolver la contradicción evidente que existía entre Chile -país que había llegado a constituirse como una entidad política, social, económica y cultural- y la metrópoli española, que seguía considerando a sus colonias como satélites carentes de energías propias. Justamente de este fenómeno fundamental resultó la inevitabilidad de la independencia, inevitabilidad que algunos estadistas españoles, como el Conde de Aranda, comprendieron en toda su magnitud. De esta manera, Aranda podía escribir:

"...me he llenado la cabeza de que la América meridional se nos irá de las manos (1). ...No se piense que nuestra América está tan inocente como en los siglos pasados, ni se crea que faltan gentes instruidas que ven que aquellos habitantes están olvidados en su propio suelo, que son tratados con rigor, y que les chupan la substancia los nacidos en la matriz..." (2)

* * *

A pesar del grado de madurez que había hecho posible nuestra emancipación, nacimos a la vida de los pueblos libres con una estructura bastante retrasada. Junto al predominio de un régimen caracterizado por la presencia de elementos típicamente feudales, existían incipientes centros urbanos, una restringida actividad comercial y los comienzos de una explotación minera que empleaba los medios técnicos mas rudimentarios. Vivíamos una etapa en la que solo se había producido una mínima o insignificante acumulación de capitales toda vez que las actividades que podían haberla producido no se habían desarrollado convenientemente debido a la inexistencia de condiciones favorables. Este hecho, reconocido por el Ministro de Hacienda, Manuel Rengifo, en su Memoria presentada al Congreso el año 1834, era acompañado del reconocimiento de que el proceso de creación de capitales era lento, ya que "... sólo se forman por la acumulación del trabajo y ahorro de muchas generaciones".

Este último proceso, que involucra trascendentales cambios, comenzó a producirse en forma más o menos intensa desde los comienzos de la República gracias a la explotación minera y a los efectos que ella produjo. Este fenómeno, a su vez, estuvo condicionado por el desarrollo del capitalismo industrial en los países europeos, especialmente en Inglaterra. A este respecto, es incuestionable que la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX, que experimentaba los profundos cambios provocados por la revolución industrial, fue un factor poderoso en el desarrollo de la minería chilena, en particular de la producción de cobre. Desde el siglo XVIII en la estructura económica europea se estaban produciendo cambios verdaderamente revolucionarios. El viejo capitalismo comercial y bancario cedía el paso al modo capitalista de producción que emergía vigoroso por efecto de la revolución industrial. Tal fenómeno excedió el ambiente europeo y sus efectos se hicieron sentir en todo el mundo y también en Chile.

Desde luego, el capitalismo industrial exigía -para los países altamente capitalistas, a la cabeza de los cuales se encontraba Inglaterra- abundantes materias primas. Las nuevas máquinas que se estructuraban como poderosos instrumentos de producción y de transportes, necesitaban metales en abundancia, especialmente hierro y cobre. El ensanchamiento del movimiento comercial demandaba medios de pago en su forma de metales preciosos, oro y plata. La industrialización de la agricultura se hacía -entre otros medios- utilizando grandes cantidades de fertilizantes.

El impacto de estas necesidades actuó sobre nuestro país alentando su producción minera.

Inglaterra, que conocía desde la época colonial las posibilidades de obtener riquezas de los distintos países que integraban el imperio español, envió a Chile -aun antes de consolidada la independencia- una cantidad de comerciantes, de hombres de empresa y de simples viajeros como Caldcleugh, Mary Graham, etc. Ellos estudiaron nuestras posibilidades, nuestra situación económica, política y cultural; vueltos a su tierra, publicaron sus diarios de viaje, sus memorias y descripciones que, en el fondo, eran verdaderos llamados a los hombres de negocios británicos. Innumerables ingleses, a partir de 1817, se radicaron en el país. John Sewell, Robert Walker, Josué Waddington, James Cameron, Alexander Walker, Edward Miller, Thomas Chadwick, Bunster, Cameron, Campbell, etc., se establecieron en las provincias de Coquimbo y Atacama o en el puerto de Valparaíso. Según Roberto Hernández, el año 1827 Valparaíso contaba más de tres mil extranjeros, la mayor parte de los cuales, y los más influyentes, eran ingleses (3).

Muchos de estos ingleses se quedaron definitivamente en el país enlazándose con familias chilenas. Otros, en cambio, actuaron como agentes de empresas británicas destinadas a operar tanto en el comercio como en la explotación de nuestros recursos minerales. Entre éstas, se destacaron la Chilean Mining Association, la Anglo-Chilean y la Chilean and Peruvian Mining Association, establecidas en el decenio 1820-1830.

Los ingleses adquirieron una influencia preponderante en la minería, especialmente la del cobre. No participaron sino muy escasamente en la extracción de minerales (4). Pero mediante el control de los ferrocarriles de la zona (5), la acción de las casas comerciales (6) y de la marina mercante, los ingleses lograron controlar la producción de minerales y su comercio. De esta suerte establecieron un efectivo y riguroso monopolio sobre la minería que permitió a las fundiciones e industrias británicas tener en Chile la principal fuente de abastecimientos de metal rojo; hacia el año 1860, el 63% del cobre consumido en Inglaterra era de procedencia chilena.

Por supuesto, tal monopolio fue establecido por los ingleses para su propio beneficio. Para ellos era de interés constituirse en los señores del principal centro productor de cobre existente en el mundo. Así aseguraban su abastecimiento, podían obtener beneficios en el comercio de los excedentes que no necesitaban y, además, se colocaban en posición de fijar precios a los productores chilenos de metal.

Semejante situación era perjudicial para nuestros intereses. Cercenaba fuertemente los ingresos de la economía chilena mediante procedimientos tales como la baja cotización de los minerales en el mercado inglés, el pago de bajos precios a los productores chilenos, recargo a los productores de los costos de transportes, de las comisiones, etc. En una palabra, la minería chilena proporcionaba mayores rendimientos a los capitalistas británicos que a los productores nacionales o a nuestra economía.

Estos hechos explican que en la opinión pública constantemente se expresara un vivo malestar y una franca antipatía por el monopolio británico. Se le acusaba de "... gangrena de toda industria ..." (7); un periódico, "El Entreacto", se preguntaba el 22 de junio de 1845; "¿No están nuestros mineros oprimidos por el comprador extranjero?" Luego, este mismo periódico se refería al ".. .monopolio tan descarado..." ejercido por los ingleses con perjuicio de los empresarios de minas, grandes y chicos, quienes estaban obligados a aceptar los precios que fijaban a su arbitrio los grandes compradores británicos.

Uno de los más valiosos testimonios de este generalizado malestar, es un notable artículo que se publicó en "El Ferrocarril" el 19 de enero de 1868, del cual transcribimos los siguientes párrafos:

"Entrando a examinar las causas a que debe Chile la riqueza que lo ha elevado por sobre los demás Estados que fueron colonias de los españoles, hemos hallado que todo lo debe a sus minas y principalmente al cobre que ha proporcionado al mundo más de la mitad de lo que consume.

"No obstante, este producto de nuestra industria minera ha estado sujeto a un monopolio que ha disminuido considerablemente nuestros provechos recargándolos además con fletes, comisiones y otras gabelas inventadas por los fundidores ingleses.

"Por falta de otros mercados, los mineros americanos deben necesariamente mandar sus productos a Gran Bretaña y contentarse con el precio que le ofrezcan los fundidores de ese país. Hace veinte años que ellos han abusado de la dependencia en que se hallan los vendedores, y en los últimos dos años y principios del actual, los fundidores han obtenido ganancias fuera de toda proporción.

"Sin contar con estos provechos, los fletes, los seguros; las comisiones de aquí y en Europa y otros gastos inventados por los fundidores hasta dar el día del remate un banquete a costa del dueño del mineral, suben a un tercio más del valor total con que somos gravados.

"¿Es por esto soportable en un país que encierra los elementos para libertarnos de tan odioso monopolio?

"Desde que el monopolio de los fundidores ingleses los hace árbitros del precio de este producto, y desde que por medio de sus capitales ellos limitan o ensanchan nuestras explotaciones, la verdadera riqueza de nuestra sociedad queda sometida al interés de especuladores extranjeros que, consultando los suyos, nos ponen en la triste condición que tocamos.

"¿Es sufrible que un país que encierra en sí todos los elementos para fundir todos sus minerales, refinarlos hasta ponerlos al estado más puro para que de aquí salgan a la India, a la China, a la Europa y al mundo entero, sea encadenado a un tal monopolio y sometido a la caprichosa voluntad de unos pocos individuos su principal riqueza?

"Como lo hemos comprobado, no es la oferta y la demanda lo que ha hecho bajar nuestro cobre; es sólo nuestra incuria y abandono de un lado; es el poder de un capital que por nuestra ignorancia hemos formado a expensas nuestras en el extranjero. Bien es sabido el juego de los fundidores ingleses que al aviso de ir ricos cargamentos de nuestros productos, los bajan de precio para comprarlos a su llegada y volverlos a subir de nuevo cuando se hallan en sus manos, estableciendo una permanente oscilación en el precio de nuestros minerales que se arreglaba a su sola conveniencia. No podía ser de otro modo, desde que ellos se habían hecho árbitros de nuestra riqueza en la que sólo su voluntad debía prevalecer".

El dominio logrado por los ingleses en la minería nacional, significó la subordinación de la economía chilena a la inglesa. Chile llegó a ser un satélite del capitalismo británico, de tal manera que nuestro comercio internacional estuvo orientado principalmente a Inglaterra; entre 1820 y 1900 más del 60% de nuestras exportaciones se dirigieron a Gran Bretaña y alrededor del 50% de nuestras importaciones provenía de aquel país. En resumidas cuentas se puede afirmar con toda propiedad que con la independencia Chile salió de la dominación colonial española, para caer en la dominación económica inglesa.

Sin embargo, tanto la presencia como la acción de los ingleses en Chile fue factor de desarrollo de la economía nacional. Facilitaron la introducción de nuevos métodos de trabajo, abrieron mercados para la producción, aportaron algunos capitales, etc. Incluso, significó la introducción de la mentalidad típica de hombres que provenían de una sociedad altamente capitalista. En una palabra, la influencia del capitalismo británico provocó el crecimiento de nuevas fuerzas productivas que constituyeron importante fundamento para la transformación posterior de toda nuestra estructura económica y social.

Gracias a la acción de estas nuevas fuerzas productivas y de las que ellas engendraron, entre 1820 y 1900 se produjeron en Chile cerca de 2.000.000 de toneladas de cobre, ocupando nuestro país, durante varios lustros, el rango de primer productor en el mundo, casi totalidad de este metal fue absorbido por la industria británica. También produjimos más de 7500.000 kilos de plata y alrededor de 75.000. kilos de oro en el mismo período. Poco antes de 1850 se inició la explotación de las minas de carbón, las que produjeron cerca de 22.000.000 de toneladas hasta 1900.

Chile llegó a ser un formidable emporio de riquezas que abastecía al "taller del mundo" -Gran Bretaña- de materias primas esenciales.

Pues bien, el impetuoso desarrollo de la minería tuvo la más extraordinaria significación no sólo económica, sino también social, política y cultural. Tal fenómeno fue comprendido en el siglo pasado; se vio en la minería la gran fuente de recursos que estaba labrando el progreso de la nación en todos sus aspectos y el factor que alteraba efectivamente la tradicional contextura de la sociedad chilena.

Desde el punto de vista económico produjo el comienzo de un proceso de acumulación de capitales que, a su vez, pudo constituir el punto de partida de formas capitalistas más definidas de producción. A este respecto, es conveniente referirse a las formas de organización bajo las cuales fueron explotadas nuestras riquezas mineras, entre ellas particularmente la del cobre.

El 6 de julio de 1848, "El Copiapino" escribía: "¿Qué es un comerciante, qué es un minero en estos pueblos? El segundo un dependiente del primero, y este lo es del comercio de Valparaíso". Con este simple párrafo se reflejaba una realidad: el explotador de la mina, el minero, no era un empresario capitalista independiente, sino un elemento subordinado al comerciante-capitalista de la localidad; y éste, a su vez, era un agente o intermediario de las casas comerciales que tenían su sede en Valparaíso.

Para entender con más claridad esto, debemos decir que en la minería, o sea, en el proceso de extracción de minerales, operó una multitud de pequeños mineros, dueños de uno o más yacimientos, pero que en general, carecían de medios para explotarlos. En tales circunstancias, recurrían a los "aviadores" o habilitadores y dueños de casas de rescate (8).

Generalmente el habilitador era dueño de una casa de comercio y de un banco de rescate; también algunos de ellos, como Agustín Edwards o Carlos Lambert, llegaron a instalar fundiciones. Su función consistía en habilitar a los pequeños mineros concediéndoles crédito -parte en dinero y parte en productos-. Con esta operación realizaban una doble ganancia: cobraban un subido interés por el crédito concedido y cobraban altos precios por los productos que otorgaban en crédito. Además, en la generalidad de las veces, el minero se obligaba a vender su producción al habilitador, quien se hacía cobrar, según palabras de Pérez Rosales, precios bastante bajos. Si el minero no cumplía los compromisos contraídos con el habilitador, perdía su mina, ya ella era garantía de la deuda. De esta manera operaban los habilitadores, especie de comerciantes-empresarios quienes no explotaban las minas, sino a los mineros. Esta situación prevaleció hasta muy avanzado el siglo XIX como lo revela el siguiente párrafo de una estimación publicada en "El Mercurio" el 31 de julio de 1890:

"Las minas, en su mayor parte se trabajan por personas pobres que tienen que buscar aviadores que por lo general son los fundidores quienes absorben casi todo el trabajo del minero".

Las operaciones de crédito que realizaban los habilitadores, les permitieron ir estructurando organismos financieros que realizaban actividades análogas a las de los bancos e incluso llegaron a emitir billete. Una de las primeras entidades de este tipo parece haber sido el banco formado hacia 1827 o 1828 por los señores Vicuña, Cordovez, Haviland y Lambert (9). Este banco, para facilitar sus actividades, emitió billetes. Más tarde, en 1837, la casa comercial de Walker Hermanos, en Huasco, realizó operaciones parecidas (10), las que continuaron y fueron imitadas por otros comerciantes, a pesar de las prohibiciones reiteradas del gobierno.

Las cuantiosas fortunas de estos hábiles especuladores fueron aprovechadas por ellos para incrementar su poder sobre los mineros. Construyeron ferrocarriles que facilitaban el transporte de minerales, construyeron muelles en los puertos, levantaron innumerables fundiciones para la extracción de metales, etc. En una palabra, tendieron una espesa red en la cual aprisionaron al pequeño minero; pero ellos, directamente, hicieron escasas inversiones en la minería. Esto último significó que tan importante industria extractiva no pudo tomar un carácter capitalista avanzado.

Por otro lado, la escasez de capitales directamente aplicados en la minería fue causa de su retraso técnico y también antecedente de su decadencia en el último cuarto de siglo. En efecto, cuando la producción minera norteamericana comenzó a desarrollarse debido a la inversión de cuantiosos capitales, la producción chilena que descansaba preferentemente en la explotación de yacimientos de alta ley, fue incapaz de sostener competencia con ella en los mercados mundiales, lo que provoca su decadencia a partir del año 1880. Así fue como la producción de cobre cayó de 600.790 toneladas en el decenio 1871-1880, a 362.281 toneladas en 1881-1890 y a 235.517 toneladas entre 1891 y 1900. Con esto se produjo una grave crisis que afectó al Norte Chico y que pudo haber tenido hondas repercusiones en toda la economía nacional si el desenlace de la Guerra del Pacífico no nos hubiera entregado la fabulosa riqueza salitrera.

Aparte de algunos chilenos como Agustín Edwards, quienes montaron el más eficaz mecanismo para explotar a los pequeños mineros fueron empresarios británicos; éste fue el procedimiento que les permitió monopolizar la producción cuprífera. Los ingleses, según don Pedro F. Vicuña, prestaban capitales a intereses verdaderamente usurarios que alcanzaban al 12% anual y que, con las multas, se elevaban en muchos casos al S% mensual, es decir, al 36% anual.

A fin de no inducir a error, cabe advertir que algunos chilenos como José T. Urmeneta, representaron excepción a lo anteriormente expuesto, aunque ellos también estuvieron subordinados al mercado inglés. Por otra parte, el mayor volumen de la producción de carbón se realizó bajo la acción directa de algunos importantes capitalistas como Matías Cousiño o Jorge Rojas; esta rama de la producción minera se desarrolló incluso en pugna con los intereses británicos que procuraron, muchas veces con éxito, introducir carbón inglés en nuestro país. Finalmente, la mayor parte de la explotación de la plata y del oro, pudo realizarse, por la índole misma de los productos extraídos, con participación mínima de los habilitadores; por esta causa, los mineros que se dedicaban a estas explotaciones llegaron a constituir importantes fortunas, como la de los Gallo, Goyenechea, etc.

Los hechos expuestos nos inducen a afirmar que la explotación minera, en especial la del cobre, al no ser realizada directamente por grandes empresarios capitalistas, sino por una multitud de pequeños productores, careció -en general- de carácter capitalista (11). En su forma, es análoga a la explotación minera que se realizaba en Europa en las postrimerías de la Edad Media y los comienzos de los Tiempos Modernos. Allí la minería no estuvo afecta al modo capitalista de producción; hubo grandes empresarios como los Fugger, por ejemplo, quienes tuvieron relativamente poco contacto inmediato con la producción, pero cuidaban de adquirir los productos minerales para comerciar con ellos obteniendo pingües utilidades.

* * *

Una parte substancial de los capitales producidos por la minería se aplicó a actividades comerciales o relacionadas con el comercio en las regiones mineras, y a actividades bancarias. En una escala más amplia, abastecían el norte, compraban minerales, financiaban ferrocarriles, etc. Pero, la mayor parte de estos capitales emigró de la zona para radicarse en Valparaíso. A este respecto, el 5 de noviembre de 1846, "El Copiapino" decía:

"La emigración de capitales que hemos sufrido en Copiapó es otra de las razones en que debe la Junta (12) fijar su consideración para promover los intereses de la provincia; y si se detiene un poco de atención sobre lo que la experiencia nos demuestra, encontraría que los pocos capitales que por fortuna se mantienen, más bien se les destina a especulaciones mercantiles que al fomento de la minería".

Cuarenta años más tarde, en 1884, Francisco Marcial Aracena daba a conocer esta resistencia de nuestros capitalistas a hacer inversiones en la minería, con los siguientes términos: "Nótase en nuestro país una gran mezquindad, una palpable cobardía, un profundo desaliento, en una palabra en nuestros capitalistas para entrar a formar parte parte en empresas o compañías mineras. No se resuelven a tirar a un pozo sus capitales aunque estos mismos pozos devuelvan después aquellos con usura" . (13)

En Valparaíso, que llegó a ser el más importante centro financiero de la República y uno de los mas poderosos en la costa americana del Pacífico, surgieron varios Bancos entre 1850 y 1860, destacándose el Banco de Ossa y el Banco de Edwards ; algunos de ellos tuvieron sus comienzos en el Norte Chico donde eran casas habilitadoras. El aparecimiento de estos bancos marca una etapa importante en el desarrollo del capitalismo comercial y bancario chileno, cuyas actividades no sólo quedaron circunscritas al país, sino que se extendieron, en busca de mayores posibilidades de ganancia, al Perú y a Bolivia. Allí, en las provincias de Tarapacá y Antofagasta, habilitaron empresas mineras y comerciales, contribuyendo a la creación de condiciones que concurrieron a provocar la Guerra del Pacífico. La participación de los capitalistas chilenos en Bolivia fue tan considerable, que ellos fueron los principales promotores del Banco Nacional de Bolivia, que tenía doble domicilio legal: Valparaíso y La Paz; el capital inicial de este banco fue suscrito íntegramente por casas de comercio de Valparaíso y entre sus accionistas, además de firmas extranjeras que existían en esta ciudad, figuraron Agustín Edwards, Buenaventura Sánchez, Blas Segundo Cuevas, Rafael Waddington, etc.

A la luz de los antecedentes dados a conocer, es posible afirmar con toda propiedad que los capitales proporcionados por la minería dieron origen en Chile a un capitalismo comercial y bancario, más no a un capitalismo industrial. "El Mercurio", en un sagaz artículo titulado "El capital y las costumbres", que se publicó el 10 de febrero de 1860, confirma este carácter del capitalismo de la época al decir:

"Entre nosotros empleamos el capital de una manera improductiva y absorbente y esto nace de nuestras costumbres. Lo empleamos de una manera improductiva en virtud de nuestros hábitos aristocráticos que se deslumbran con las apariencias, que no aprecian más que las vanidades de un lujo estéril, empleando sus fondos en la construcción de palacios, de ricos amueblados o en vistosos equipajes que nada producen y a nadie hacen vivir; o de una manera absorbente, porque en vez de trabajar con esos capitales, en vez de dedicarlos a la planteación o al fomento de tal o cual industria, lo aplicamos única y exclusivamente al préstamo a interés; porque así estamos persuadidos que se aumentan de un modo más rápido y sobre todo más fácil y dan menos trabajo".

En resumen: experimentamos desde el punto de vista económico un considerable avance con respecto al nivel en que nos hallábamos al comenzar nuestra vida independiente. No pudimos, sin embargo, llegar a un capitalismo industrial, es decir, a un modo capitalista de producción. Tal fenómeno ocurrió por dos motivos principales: la interferencia del capitalismo inglés, interesado en que conserváramos la calidad de centro productor de materias primas y consumidor de artículos manufacturados, y a la supervivencia de una estructura agraria con elementos típicamente feudales. Ambos elementos constituyeron insalvables obstáculos al desarrollo de las fuerzas productivas indispensables para que el proceso de maduración capitalista llegara en Chile a una etapa más elevada.

* * *

Ya nos hemos referido en páginas anteriores a los efectos del monopolio británico sobre la industria minera; ella impidió que la acumulación de capitales adquiriera en Chile mayor magnitud. Por otro lado, los comerciantes ingleses, al inundar nuestro mercado con productos manufacturados de procedencia europea, de buena calidad y a precios relativamente bajos, inhibieron seriamente cualquier esfuerzo tendiente a establero industrias que pudieran producir dichos artículos en el país.

Fue así entonces como nuestro comercio internacional se componía de materias primas y alimenticias que se exportaban y de toda clase de artículos manufacturados que se importaban. Las únicas industrias que pudieron prosperar fueron las alimenticias -en particular la molinería-; las que preparaban licores y bebidas, incluyendo la vitivinícola; las fundiciones que se establecieron en los centros mineros, las maestranzas que reparaban máquinas y fabricaban sencillos implementos para la agricultura o la minería; también hubo algunas fábricas de calzado y objetos de cuero. Todo el resto de la actividad industrial era incipiente, se realizaba en los marcos de la economía artesana, y aun dentro de una especie de economía natural, autárquica, que subsistía en las zonas agrarias (14) apartadas de los centros comerciales y de las vías de comunicación. En las postrimerías del período que estudiamos se fabricaron ladrillos refractarios y objetos de vidrio, de preferencia botellas, en la región del carbón, y también se instalaron algunas fábricas de tejidos y de gas en diversas ciudades de la República. Gran parte de estas industrias fue establecida por iniciativa de extranjeros, en particular alemanes y franceses radicados en el país.

Desde otro punto de vista, es importante señalar que se estableció una estrecha comunidad entre los comerciantes y banqueros chilenos y los capitalistas británicos. Ambos elementos se complementaban y del ensamble de sus actividades obtenían apreciables beneficios. Tan lejos llegó esta comunidad de intereses, que capitalistas chilenos y británicos se asociaron en una cantidad de empresas, incluyendo aquellas que se desarrollaron en la provincia peruana de Tarapacá; allí, los bancos chilenos habilitaron a los industriales británicos que explotaban la industria salitrera. En el fondo, tales vínculos eran del todo favorables a los ingleses en razón del inmenso poder económico que ellos detentaban. Por eso es que uno de sus resultados fue la mayor sujeción de la economía chilena con respecto al capitalismo inglés, lo cual preparó la vigorosa penetración imperialista que se produjo con posterioridad a la Guerra del Pacífico. Por eso mismo es que Chile conservó su carácter de país productor de materias primas, obstruyéndose en sus comienzos mismos la posibilidad de que pudiera prosperar un capitalismo industrial. El grueso de los capitalistas chilenos, que lucraba con el comercio de productos importados, careció de interés por fomentar la industria nacional o por que se adoptara una política económica de tipo proteccionista. De aquí que adhiriera franca y decididamente a los principios del libre-cambismo que con tanto entusiasmo preconizara el Profesor de Economía Política de la Universidad de Chile y asesor del Ministerio de Hacienda, Gustavo Courcelle-Seneuil.

* * *

Paralelamente a la minería, en el curso del siglo XIX continuaron desarrollándose las actividades agropecuarias que habían tenido carácter predominante en la época colonial.

Las nuevas condiciones económicas y sociales generadas con posterioridad a la independencia, particularmente el crecimiento de la minería, permitieron una "Libre ampliación del mercado interno, el que fue capaz de absorber mayores cantidades de artículos agropecuarios. Además, la libertad de comercio lograda con la independencia abrió posibilidades para que nuestros agricultores pudieran lanzar sus productos al mercado internacional aprovechando ampliamente algunas circunstancias favorables, tales como el descubrimiento del oro en California y Australia, la guerra de Crimea, la demanda por artículos alimenticios en países altamente industrializados de Europa, etc. También hubo pues, ampliación del mercado externo para los productos de nuestra tierra.

Estas circunstancias, unidas al fomento de la colonización del sur, la conquista y colonización del territorio araucano, la construcción de caminos y ferrocarriles, y también la participación que en la explotación agrícola tuvieron algunos capitalistas (15) que habían hecho sus fortunas en la minería o en el comercio, contribuyeron notablemente al aumento de la extensión cultivada en el país. Se estima que el año 1842 la superficie explotada era de 274.000 cuadras aproximadamente; treinta y tres años más tarde, en 1875, los terrenos en explotación cubrían alrededor de 815.000 cuadras, es decir, representaban un aumento del 200% con respecto a 1842.

No sólo se produjo este cambio cuantitativo en las actividades agropecuarias. Hubo también cambios en calidad. Campos dedicados tradicionalmente a la ganadería, fueron destinados extensivamente a la producción de trigo, con lo cual se pudo atender tanto a las demandas del mercado interno como externo. Cuando los mercados exteriores se empezaron a cerrar o a restringir hacia el año 1860 más o menos, se dieron pasos definidos hacia la diversificación de la producción, procurándose con ello atender primordialmente al mercado nacional. Fue así cómo, al lado del trigo, se inició con bastante éxito el cultivo de una serie de productos nuevos, algunos de los cuales -el de la remolacha y el de la morera- fracasaron lamentablemente. Más todavía: algunos agricultores comprendieron que era preciso avanzar hacia la agricultura intensiva, lo que significa esfuerzos para obtener de la tierra los mayores rendimientos posibles. Construyeron obras de regadío, racionalizaron la explotación del suelo con la introducción de la maquinaria agrícola (16), el empleo de semillas y animales seleccionados y con el uso de fertilizantes. Debe advertirse que la maquinaria agrícola comenzó a utilizarse con el fin de reemplazar con ella a la enorme cantidad de campesinos que abandonaron las labores agrícolas para dirigirse a las ciudades, a las minas y a los puertos, que ofrecían expectativas de trabajo libre y mejor remunerado.

La importancia de las actividades agropecuarias en , economía nacional fue considerable. Abastecieron al mercado interno de artículos alimenticios y de algunas materias primas; contribuyeron en proporción apreciable a incrementar nuestras exportaciones (17). Por fin, constituyeron la principal fuente de trabajo para la mayor parte de la población activa nacional.

Pero una serie de factores negativos impidió que estas actividades se modernizaran plenamente y llegaran a ser intensivas. Nuestras tierras estuvieron lejos de alcanzar su más alta productividad, con lo que ya en el último cuarto de siglo se empezó a diseñar una crisis agrícola que ha prevalecido hasta nuestros días. Por esta razón, ni siquiera se pudieron satisfacer las necesidades de un mercado interno que crecía, con lo cual hubimos de empezar la importación de dos importantes rubros alimenticios: carne y trigo.

Todos esos factores estuvieron condicionados, en gran medida, por la existencia del latifundio, es decir, por el virtual monopolio de la tierra que tenía un reducidísimo sector de nuestra sociedad.

Durante la época colonial se constituyó en Chile el régimen de la gran propiedad agraria. Probablemente en aquella época tal régimen tuvo su razón de ser. Pero, modificada la situación económica del país con posterioridad a la independencia, el latifundio empezó a actuar como un obstáculo al progreso económico de la nación. Es por eso que desde temprana época se hicieron oír voces condenatorias de la gran propiedad; entre ellas podemos mencionar la del diputado Lorenzo Montt, quien presentó al Congreso Constituyente del año 1823 un proyecto de ley destinado a obligar a los grandes hacendados a "...dar pequeñas porciones de terrenos a los labradores o en contrato de enfiteusis o en arriendos, según el reglamento de la materia". En la exposición de motivos de este proyecto, su autor decía:

"Las grandes propiedades comprensivas de terrenos inmensos, sujetas a un solo dominio y pertenecientes a un amo, tal vez entregado a la molicie y al ocio, a los placeres más perniciosos, a la ociosidad, al juego y a los vicios, cuando hay infinitos ciudadanos cargados de familia y que no cultivan los terrenos, siendo aparentes y dedicados, porque no los tienen, trae al Estado infinitos males, y aunque nos pongamos en el caso de que los propietarios sean laboriosos y virtuosos, que tengan cultivados todos sus terrenos, el soberano Congreso sabe que esos campos, aun cuando estén reducidos a pastos artificiales, no fructifican la mitad que producirían repartidos en pequeñas porciones entre manos más hábiles e industriosas... " (18)

Aun cuando se carece de informaciones estadísticas precisas, hay sin embargo muchos testimonios que nos permiten tener una idea de la desproporcionada concentración de la tierra en pocas manos. La autorizada opinión de don Claudio Gay sintetiza estos testimonios en la siguiente forma:

"Algunas propiedades que contaban, no hace mucho, más de 100.000 cuadras, conservan todavía una extensión muy considerable.

"En 1830 no se hallaban más que algunas de 200 cuadras, las demás tenían muchos miles. La de Las Canteras, que perteneció al ilustre 0'Higgins y que hoy día se halla en poder de un chileno no menos recomendable, el general Bulnes, cuenta 36.000 cuadras, aparte de los terrenos de las cordilleras que son inmensos; la de Longaví, de los antiguos jesuitas, hoy de los señores Mendiburu, cerca de 80.000; la de la Compañía, que perteneció también a los jesuitas, posee todavía más, y entre ellas 9.000 son de llanura y de riego, gracias a su digno e inteligente propietario actual don Juan de Dios Correa.

"Otras muchas, aunque de una extensión más limitada, no dejan por eso de ser considerables y forman verdaderas colonias agrícolas..." (19)

A base de datos extraídos de diversas fuentes, se puede estimar que en Chile, hacia el año 1869, alrededor del 70% de la tierra cultivada era poseída por unos 2.300 grandes propietarios; el 30% restante era propiedad de unos 27.000 agricultores medianos y pequeños.

Tan defectuosa distribución del suelo tenía, necesariamente que producir las más desfavorables consecuencias.

Debido a ello hubo evidente desperdicio de tierras. Gay, a quien hemos citado antes, afirmó que los grandes hacendados "...dejan la mayor parte de sus tierras sin cultivo. Al recorrer las provincias, no puede menos casi de sentirse que sean propietarios, título que ha podido aumentar el número de los ciudadanos, pero no el de los trabajadores activos y vigorosos como los que necesita el país" (20).

También debido a ello, los cultivos se realizaban empleando las técnicas más retrasadas. Vicuña Mackenna, dando a conocer un aspecto de este fenómeno, escribió:

"Hemos sostenido y repetido mil veces que nada hay más miserable en nuestra agricultura que las herramientas de que nos valemos en su explotación. El arado no es, en efecto, sino un tronco de árbol que rasguña la tierra. El rastrillo es un atado de ramas cargado de piedras, que barre las semillas entre los terrones. La hechona de segar es una cuchilla de mano exactamente igual a la que se exhibe en los museos de Europa como usada por los egipcios hace tres mil años. La era de trillar es la misma importada por los árabes en España que hacían esta operación con caballos salvajes" (21).

Responsabilizando directamente al latifundio de este retraso técnico, el profesor Luis Sadá, uno de los precursores de los estudios agronómicos en Chile, escribió:

"Una de las causas que más ha obligado a la agricultura a girar encadenada por la rutina, ha sido la concentración de las más dilatadas y productivas propiedades rurales en manos de cierta clase privilegiada" (22).

Refiriéndose a este mismo asunto, "El Mercurio" del 12 de septiembre de 1860 afirmaba:

"El estado de nuestra agricultura no tiene nada de floreciente; los antiguos métodos atrasados, lentos, antieconómicos, siguen empleándose, de donde resulta una pérdida de terreno y de tiempo bien sensible: sus productos son escasos y susceptibles de mejorarse considerablemente, porque aún no se desarrolla la industria en grande escala ni se abonan convenientemente las tierras.

"Y el mal tiene su origen principalmente en no encontrarse bien dividida la propiedad, en tener una sola persona que atender al cultivo o labranza de vastas haciendas; de donde resulta que siéndole materialmente imposible vigilar todos los trabajos ni poder maniobrar en una ancha esfera, se contenta con el producto que obtiene, suficiente para su comodidad y fausto, por medio de añejos métodos y en una esfera bastante limitada". (23)

Por supuesto que al señalar al latifundio como causante principal de las graves situaciones anotadas, se estaba enjuiciando al terrateniente. Este, apegado a la rutina, soberbio, derrochador, irresponsable lleno anacrónicos prejuicios aristocráticos y cegado por un arraigado espíritu de clase, sólo aparecía dominado por el interés de poseer vastas superficies territoriales, ejercer señorío sobre sus campesinos y extraer -con el menor esfuerzo posible y sin mayores preocupaciones ni riesgos- los rendimientos que el trabajo de sus inquilinos y la bondad de la tierra pudieran proporcionarle Mientras más extensas fueran sus propiedades y mientras mayor fuera la cantidad de hombres sometidos a su voluntad, más altos serían esos rendimientos, más grande sería su influencia en la sociedad, más poder detentaría su clase. Con eso y por eso era innecesario y hasta resultaba ocioso el empleo de herramientas modernas, de abonos y de semillas seleccionadas.

Pero, por eso mismo, había que mantener férreo dominio sobre los campesinos, y conservar incólumes las grandes posesiones. De ahí que el latifundio no sólo fuera una forma de propiedad del suelo, sino también toda una estructura económico-social de caracteres puramente feudales.

"Un hacendado entre nosotros -se publicaba en "El Entreacto" en 1845- es un pequeño barón de la Edad Media; es un amo que, con el látigo terrible, las más de las veces de una omnipotencia semibárbara, se cree poderoso monarca temido por sus súbditos".

Las relaciones entre hacendado y campesinos imperantes eran de corte estrictamente señorial. "Los inquilinos dependen, por así decir, del mismo fundo; viven en él, y según los usos de las localidades pueden obligarse a servir en la hacienda hasta con sus propios animales. El propietario, por otra parte, puede cargar sobre ellos ciertos trabajos determinados en el curso del año; de tal suerte que los inquilinos pueden decirse pegados al fundo y a los intereses del hacendado" (24). Recalcando esta misma situación, el periodista inglés Howard Russell, en su libro "A visit to Chile and the nitrate fields of Tarapacá", escrito a raíz de su viaje a nuestro país en 1889, anotó: "El viejo sistema feudal ha dejado sus rastros en Chile; la prestación personal (corvée) aún existe en forma de servicio obligatorio, el que puede ser o no ser severo, según sea la disposición del señor o la tradición de las haciendas" (25). Por su parte, el teniente de la Armada norteamericana J. M. Gilliss, miembro de la expedición astronómica que estuvo en nuestro país a mediados del siglo XIX, calificó las condiciones imperantes en el campo como de "...verdaderos resabios del sistema feudal..." (26)

Podrían multiplicarse referencias como las transcritas. De todas ellas se desprende un hecho: el feudalismo subsistió en Chile a través del siglo XIX dando carácter a la estructura agraria nacional.

Si bien este feudalismo careció de la integridad que tuvo el europeo en la Edad Media, toda vez que las condiciones históricas en que se desenvolvieron uno y otro eran distintas, la verdad es que en Chile -de hecho- el feudalismo poseyó una base jurídica derivada de la falta de legislación sobre la materia. "Hasta el día -afirma don Claudio Gay- el inquilinato no ha sido sometido a ningún reglamento administrativo; el gobierno lo ha dejado en un estado de arbitrariedad del todo en provecho del propietario; porque por su naturaleza misma, necesario es decirlo, esta institución es un abuso que absorbe la mayor parte de los medios del campesino sobre todo entre los propietarios de poca conciencia" (27). El mismo Gay define la naturaleza del régimen de inquilinaje como "... el último eslabón de la esclavitud, casi en todo semejante a la de encomiendas menos la servidumbre perpetua... Con poca diferencia representaba el franco-socage (28) del tiempo del feudalismo a servicios fijos y determinados" (29). Haciéndose una directa referencia a la situación de rigurosa sujeción en que se halló el campesinado chileno durante el siglo XIX, en la Historia Económica de Europa publicada por la Universidad de Cambridge, se dice lo que sigue: "La mejor comparación a nuestro alcance para comprender la situación del campo en Francia e Italia durante la primera Edad Media, se encuentra indudablemente en la América Latina de la centuria diecinueve" (30).

Todavía, la conformación político-administrativa del país era tal, que a los atributos de "patrón" o "señor" que poseía el terrateniente, se añadían funciones políticas, militares y judiciales de carácter local. En los campos, puntualiza Vicuña Mackenna, se produce "...la aglomeración de poderes en los hacendados que lo hacen una triple autoridad delante del desvalido inquilino, hablamos del hacendado-patrón por la propiedad o el arriendo de la tierra, del hacendado comandante de la milicia, y del hacendado-subdelegado del distrito. ¿Por qué se constituye, pues, esta triple opresión sobre el inquilino? ¿Por qué no se arreglan y deslindan en justicia estas atribuciones diversas?" (31). Es decir, de hecho el Estado chileno -manejado por la aristocracia- hizo una delegación parcial pero efectiva de su autoridad en favor de los terratenientes.

El régimen feudal que se mantuvo con muy leves modificaciones fue -en última instancia- el elemento decisivo para obstruir el desarrollo de las actividades agropecuarias. El condicionó el desperdicio de tierras, él impidió que nuevas y más perfectas fuerzas productivas se aplicaran a la agricultura; él, por último, mantuvo la institución del inquilinaje mediante la cual grandes masas humanas, dedicadas a un trabajo deficiente y poco productivo, eran objeto de desconsiderada explotación. Aparte de esto, todavía cabe señalar que el terrateniente, poseído de un afán de ostentación y vanagloria, fue, en general, derrochador; no capitalizó, sino que disipó los frutos recogidos en épocas de prosperidad. Por eso Vicuña Mackenna pudo escribir:

"¿Qué hemos hecho en ocho años de prosperidad agrícola, esto es de prosperidad nacional por el bien de la agricultura? Nada o casi nada. a tierra nos ha dado trigos, los pastos nos han dado grasa y charqui; pues nosotros nos hemos dado brocatos, dorados carruajes parisienses, lacayos engalonados, etc... Cada hacienda ha dado los materiales para un palacio en la capital, pero el arado que surca los campos es la misma rama torcida y la grada es el mismo montón de ramas entretejidas" (32).

Y cuando el terrateniente no disponía de suficientes reculos para construir palacios y realizar largos y costosos viajes a Europa, se endeudaba, seguro de que sus deudas se pagarían vendiendo los artículos alimenticios provenientes de sus tierras a mayor precio o se disminuían con la desvalorización monetaria que provocaría aprovechando su influencia en el Gobierno (33). Resulta, pues, perfectamente fundada la siguiente afirmación del economista norteamericano Frank Whitson:

"Hay algo de paradojal en el hecho de que un país gobernado en el pasado por una aristocracia conservadora con una historia política tan estable y con un crédito público tan excelente, haya debido pasar por una experiencia monetaria tan desgraciada. La explicación de ello se encuentra principalmente en el fuerte endeudamiento de sus terratenientes y en su predominio en las esferas gubernativas" (34).

Lo señalado desvirtúa absolutamente el mito de la aristocracia austera, sobria, llena de relevantes virtudes cívicas y morales creado por historiadores de extracción aristocrática -don Francisco A. Encina entre ellos- y que han difundido incluso historiadores de otra estirpe.

Con tales procedimientos, los terratenientes actuaron en forma negativa sobre todo el organismo económico nacional, suscitando en él trascendentales problemas que fueron el punto de partida de los más graves trastornos financieros, cuyas proyecciones aún sufre la República.

* * *

Sería incompleto el bosquejo del desarrollo económico de Chile trazado en las páginas precedentes, si no dejáramos siquiera constancia de los siguientes hechos:

1. El comercio internacional tuvo un rápido incremento como se puede apreciar por los siguientes datos:

Año Exportaciones Importaciones Tipo de cambio
1844 6.006.000 8.596.000 44,5 peniques
1850 12.426.000 11.788.000 44,8 peniques
1860 25.451.000 22.171.000 44,6 peniques
1870 26.975.000 28.224.000 45,9 peniques
1875 35.927.000 38.137.000 43,8 peniques

Es decir, en el curso de treinta años (1844-1875) el volumen de nuestro comercio internacional aumentó en un 500%, subiendo de $ 14.603.000 a $ 74.065.000.

Una serie de actividades que alientan la vida económica, se desarrolló en estrecha vinculación con el movimiento comercial. Así, se crearon medios modernos de transporte terrestre con la construcción de ferrocarriles y caminos. Además, se intensificó el movimiento marítimo, como lo revelan las siguientes cifras:

Año Entradas Salidas
Nº Buques Tonelaje Nº Buques Tonelaje
1844 1.487 374.000 1.477 370.000
1860 2.450 884.000 2.423 874.000
1875 5.747 3.747.000 5.699 3.733.000

En proporciones más o menos parecidas al comercio internacional, creció el comercio interno y el cabotaje.

2. El progreso económico del país se tradujo en la modernización de las ciudades, en la construcción de puentes, ferrocarriles y otras obras públicas de diversa índole, en la habilitación de puertos que contaran con muelles, malecones, almacenes de depósito, etc. También condicionó el impulso dado a la colonización del sur mediante la radicación de colonos extranjeros. por fin, constituyó el más poderoso estímulo al desarrollo cultural: fue creada una cantidad de centros educacionales de diverso grado y carácter, entre los que cabe mencionar la Universidad de Chile, algunas escuelas normales, la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela Práctica de Agricultura y numerosos liceos y escuelas primarias.

La mayor parte de estas obras se debieron a la iniciativa gubernamental. Para ello el Estado dispuso de rentas ordinarias que aumentaban de año en año y de recursos extraordinarios obtenidos a través de empréstitos. Las entradas fiscales ordinarias aumentaron en la siguiente forma:
Año Entradas
1833 $ 1.770.000
1840 $ 2.946.000
1850 $ 4.334.000
1860 $ 6.282.000
1870 $ 11.337.000
1875 $ 15.937.000

En cuanto a los empréstitos externos, fuera del de 1822, hasta el año 1875 se contrataron nueve; cuatro con el fin de cancelar empréstitos anteriores, dos para atender los gastos ocasionados por la guerra con España y tres, los de 1858, 1870 y 1873, por un total de 4.843.200 libras esterlinas, para la construcción de los ferrocarriles de Santiago a Valparaíso, de Chillan a Talcahuano y de Curicó a Angol.

3. Las actividades financieras se expandieron con rapidez. Además de la Caja de Crédito Hipotecario, de la Caja Nacional de Ahorros y de la Caja de Ahorros de Empleados Públicos, por el año 1878 funcionaban alrededor de una docena de grandes bancos con un capital nominal aproximado a los $ 63.000.000. Estas instituciones, manejadas por hombres de negocios políticamente influyentes y que mantenían muy sólidas conexiones con las instituciones financieras británicas, se regían por la Ley General de Bancos de 1860, que les concedía las más liberales franquicias, incluso las de emitir billetes. Los bancos tuvieron una influencia incontrarrestable en la marcha económica del país. En varias oportunidades realizaron arriesgadas operaciones, evidentemente lesivas al interés nacional, que los colocaron al borde de la bancarrota; para prevenir semejante situación, que habría sido verdaderamente catastrófica, fue necesario que el Gobierno los auxiliara disponiendo, en 1878, el curso forzoso de sus billetes.

4. Finalmente, durante el período que estudiamos, la economía chilena no se desarrolló, como pudiera creerse, en forma normal. Aparte de sufrir -a veces con bastante intensidad- los efectos de crisis que periódicamente afectaron al sistema capitalista, experimentó también algunos trastornos ocasionados por circunstancias internas o locales.

Entre estas crisis, la de mayores proyecciones fue la que comenzó en Europa y se extendió a todo el mundo a raíz de la guerra franco-prusiana de 1870, y que alcanzó su culminación internacional hacia 1874. En Chile la depresión empezó a hacerse sentir en 1874, y se manifestó en la forma de una total perturbación de la vida económica: baja general de precios, especialmente en los principales artículos de exportación (cobre, plata y trigo), declinación de las exportaciones, balanza comercial desfavorable, baja en el valor de la moneda, paralización de faenas y cesantía, aumento en la tasa de intereses bancarios, déficit fiscal, etc.

Esta crisis remeció hasta en sus cimientos nuestra estructura económica, porque ella coincidió con los comienzos de la decadencia de la minería del cobre a que nos hemos referido antes, con la impetuosa expansión del capitalismo bancario nacional y también con las primeras manifestaciones de la crisis agrícola que, desde entonces y hasta el día de hoy, habría de afectar al país.

Sus efectos fueron, en verdad, catastróficos porque, en momentos de una verdadera calamidad nacional, los sectores dominantes en la economía, que tenían el control casi absoluto del Gobierno, adoptaron mezquinas medidas que les proporcionaran mayores beneficios (35), aunque con ellas el país experimentara daños incalculables.

Difícil es decir cuál habría sido el desenlace natural de esta crisis, ya que ella ".. .encontró un término inesperado con la Guerra del Pacífico a principios de 1879. Y decimos que encontró un término inesperado, porque ésta puso al país en posesión inmediata de inmensos recursos" (36).

* * *

Resumen. Entre 1820 y 1879, la estructura económica chilena experimentó substanciales transformaciones. Recibió el impacto del desarrollo capitalista europeo. Sus fuerzas productivas aumentaron, con lo que el proceso de producción social del país se intensificó apreciablemente. La riqueza pública y privada alcanzó altos niveles, produciéndose un decisivo crecimiento de la renta nacional. En verdad, después de la Independencia, la economía nacional se reestructuró, iniciándose una etapa de franca y acelerada expansión.

Como resultado de todo esto, Chile entró en la primera fase de su evolución capitalista; se constituyó un capitalismo comercial y bancario relativamente sólido que desbordó nuestras fronteras, ya que actuó en Bolivia y el Perú.

Aparte de estos caracteres positivos, Chile adquirió los rasgos de un país económicamente subordinado. El capitalismo inglés tomó el control de su más valiosa fuente de riquezas -la minería- y de su comercio internacional, el que estuvo orientado principalmente a Gran Bretaña.

Por otra parte, la base principal de su renta nacional fue la minería, en particular la producción cuprera. En esta industria extractiva descansaron las rentas fiscales, el comercio internacional, la capacidad adquisitiva de un fuerte sector de la población, la estabilidad de las instituciones financieras, etc. El hecho de que esta industria estuviera sujeta al dominio británico tuvo por consecuencia la transformación de Chile un apéndice o satélite del capitalismo británico.

A pesar de los visibles progresos que hubo en la rama agropecuaria, perduró -sin embargo-una estructura agraria de contornos definidamente feudales. Dentro de ella constituyeron excepción los capitalistas que se transformaron en hacendados.

Los tres elementos esenciales en la configuración de la economía nacional: el capitalismo comercial y bancario, el feudalismo y la influencia preponderante del capitalismo inglés, no tuvieron sino muy débiles antagonismos entre sí; prevalecieron más bien sus puntos de contacto o sus afinidades, lo cual se tradujo en la adopción de una política económica libre-cambista que satisfizo al terrateniente, al comerciante, al minero y, sobre todo, a los ingleses, que encontraron en Chile un mercado sin barreras para sus productos.

La coalición de estos tres grupos de poderosos intereses impidió que prosperaran iniciativas favorables al desarrollo industrial. Sólo surgieron industrias que de una u otra manera eran complemento de las dos principales ramas de la producción: la minería y la agricultura. Es decir, en Chile, el modo capitalista de producción careció de favorables posibilidades para desenvolverse.


Notas

1. Aranda, Carta a FIoridablanca, 12 de marzo de 1786. Citada por M. L. Amunátegui: Los Precursores de la Independencia. de Chile. Tomo III, Pág. 261.

2. Aranda, Representación; al Rey, 23 de febrero de 1793. Citada por M. L. Amunátegui: ob. cit. Pág. 274.

3. Roberto Hernández: Valparaíso en 1827. Pág. 66.

4. Hemos podido determinar las siguientes empresas británicas que participaron en la explotación del cobre: Cía. de San Pedro de Cachiyuyo (Chañaral); Cerro Blanco Mining Co. (Carrizal); Copiapó Mining Co.; Panulcillo Copper Mining Co. Ltd.; Puquios Mining Co.; Cía. Explotadora de la Mina de San Francisco y la Casa Gibbs. En total, las inversiones de estas empresas representaron algo así como 800.000 libras esterlinas y su capacidad de producción era relativamente limitada, toda vez que aportaron entre el 20 y el 30% del total de la producción del país.

5. Los cuatro ferrocarriles mineros importantes del Norte Chico estaban en manos de las siguientes empresas: Copiapó Railway Co.Ltd,; Coquimbo Railway Co. Ltd.; Tongoy Railway Co., Ltd., y Carrizal Railway Co. Ltd., las cuales en conjunto giraban con un capital de $ 10.000.000 más o menos.

6. Ilustrando esta afirmación, es oportuno reproducir el siguiente párrafo de una información publicada en "El Copiapino" el 8 de octubre de 1857:

"Sabido es que el mercado de cobre está a disposición de tres o cuatro casas inglesas que producen el alza y baja cuando quieren. Desde hace un mes los negocios de Londres están en calma debido a que se espera una fuerte baja".

7. "El Copiapino", 21 de noviembre de 1868.

8. Pérez Rosales describe este sistema en los siguientes términos:

"Existe en las ciudades y cerca de los criaderos metálicos una multitud de almacenes de depósitos provistos de todo lo que puede ser necesario a la explotación. Estas casas se ocupan no sólo de la venta directa de sus mercancías, sino que además suministran a los mineros que no tienen con que comprar al contado, los víveres y útiles que necesitan... A pesar de los riesgos de esta especulación, como los beneficios son enormes si el trabajo es coronado por el buen éxito, el número de estos proveedores lejos de disminuir aumenta de día en día.

"Además de estos establecimientos, hay en las ciudades casas de comercio que compran los minerales y los metales. Son conocidas bajo el nombre de casas de rescate. Gracias a las ganancias enormes que realizan, se forman en muy pocos años enormes fortunas. Ellas son, regularmente, las que suministran capitales a los habilitadores e imponen un oneroso tributo al trabajo por los precios módicos a los que se hacen dar los productos de las minas". (Pérez Rosales: Ensayo sobre Chile. Páginas 446-447).

9. En el periódico "El Minero de Coquimbo" del 24 de mayo de 1828, encontramos el siguiente párrafo que se refiere a este Banco:

"A pesar de la delicadeza con que los administradores de este establecimiento han llenado sus deberes y compromisos para con el público; se nos ha informado que muchos comerciantes que han recibido dinero a interés, muy poco exactos en entregar al plazo cumplido sus capitales, han absorbido la mayor parte del que tiene disponible el Banco. No pudiendo por estas razones beneficiarse otros que han atribuido esta falta a desconfianzas personales; los directores se han visto en la necesidad de economizar sus costos, desprendiéndose de la casa particular que ocupaban y de los dependientes que despachaban; no obstante, sirva de conocimiento al comercio y al público, que en la casa de los señores Vicuña Cordovez, Haviland y Lambert se rescatan los billetes que circulan y que cambian por onzas de oro los que necesiten de aquéllos para facilitar el mercado en virtud de la escasez que nuevamente se experimenta de la moneda sencilla".

10. Ramón E. Santelices: Los Bancos Chilenos. Págs. 45-46.

11. Según Luis Segall, importante expositor marxista, el nacimiento de la producción capitalista supone la necesidad de "...arrebatar a los pequeños productores autónomos sus medios de producción (expropiarlos), arruinar y esclavizar a los pequeños artesanos, arrojar de la tierra a los pequeños campesinos, etc... Los capitalistas debían concentrar en sus manos los medios de producción arrebatados a los pequeños productores, y las cantidades de dinero suficientes para hacer frente a las necesidades de la producción capitalista que es, desde sus comienzos, una gran producción". (L. Segall: Estructura y Ritmo de la Sociedad Humana. Pág. 105). Justamente, ninguno de estos hechos ocurrió en la minería del cobre. Fuera de Urmeneta, gran productor, y de Agustín Edwards, quien llegó a ser dueño de algunas minas pertenecientes antes a pequeños productores, gran parte de la producción cuprífera estuvo en manos de mineros pobres o pequeños que debían recurrir al "aviador" para explotar sus minas. Estos pequeños productores, pues, no fueron "expropiados" de sus medios de producción, en este caso, la propiedad de sus yacimientos.

12. La Junta era un organismo formado por los mineros de Atacama con el objeto de estudiar los problemas que afectaban a esta industria y proponer, tanto a los asociados como a las autoridades, las medidas que convenía adoptar para resolverlos.

13. Francisco Marcial Aracena: Apuntes de Viaje... Pág. 142.

14. "El campesino chileno retirado en su campo y alejado de toda sociedad, se ve en la necesidad de ser a la vez su tejedor, su sastre, su carpintero, su albañil, etc..." (C. Gay: Historia Física y Política de Chile. Agricultura. Tomo I, Pág. 159).

"Las mujeres, siempre sedentarias, se ocupan, esperando la hora de preparar la comida, en hilar lana que ellas mismas han teñido perfectamente de amarillo, azul, rojo, verde, con substancias todas del país, exceptuando el añil; con ella tejen ponchos, frazadas, alfombras, etc., y por esto se ve generalmente al lado de la casa un telar compuesto de cuatro maderos y dispuesto en un cuadrado largo y a veces de dos varas, lo que permite que trabajen dos... Sus vestidos, confeccionados por las mujeres, consistían antes en una especie de género muy flojo de lana cardada y tejida por estas mismas mujeres y teñido casi siempre con el añil que el comercio recibe de Centro América". (Ibid. Pág. 163).

También los campesinos trabajaban el cuero, la madera, fabricaban utensilios de greda, etc. Eran, en cierta medida, auto-suficientes.

15. Don Claudio Gay indica que estos capitalistas transformados en agricultores representaron un elemento nuevo y progresista. Ellos, dice, "... saben gastar sus capitales convenientemente para poner sus haciendas en un estado de gran prosperidad. Tienen más experiencia que los antiguos hacendados del poder de sus capitales, y se apresuran a disponer de una parte de los productos de su primitivo trabajo para crearse con ella nuevas riquezas. La experiencia ha probado que bajo la dirección de las personas ricas y, especialmente, de los mineros, es cómo las haciendas de escaso valor se han convertido al cabo de algunos años de un manantial de riqueza y de grandes productos". (Gay: Historia Física y Política de Chile. Agricultura. Tomo I. Pág. 106).

Estos capitalistas favorecieron la modernización de la agricultura. Construyeron costosas obras de regadío, introdujeron nuevas plantas o mejoraron las variedades existentes, comenzaron a utilizar medios técnicos más perfeccionados para explotar el suelo. Fueron, en una palabra, impulsadores del progreso de la agricultura y su ejemplo fue imitado por algunos terratenientes de antiguo cuño que se transformaron en hombres de iniciativa, un tanto aburguesados.

16. Según Schneider, la cantidad de maquinaria agrícola usada fue la siguiente en los años que se indican: 11 en 1856; 137 en 1868; 285 en 1869 y 500, más o menos, en 1871. Además, "...en 1871 había ya en uso en el país, fuera del número antes indicado, 170 segadoras recolectadoras, 100 traslapadoras, 600 cultivadoras, escarificadoras, rastras de fierro y arados perfeccionados y unas 300 máquinas menos importantes. En el solo año 1874 se importaron: máquinas para arnear, 26; aventar, 14; aprensar pasto, 9; fabricar queso, 2; fabricar mantequilla, 2; limpiar trigo, 81; picar pasto, 151; vendimiar, 27; segar, 89; destroncar, 5". (Teodoro Schneider, La Agricultura Chilena durante los últimos cincuenta años. Págs. 108-109).

17. En el curso del siglo XIX, poco más del 11% de nuestras ventas al exterior estuvieron formadas por artículos agropecuarios. Hasta 1875 este porcentaje fue considerablemente más ano, pudiendo estimarse que osciló entre el 20 y el 30%.

18. Valentín Letelier: Sesiones de los Cuerpos Legislativos de la República de Chile. 1811 a 1845. Tomo VIII. Pág. 358.

19. Gay; Historia Física y Política de Chile. Agricultura. Tomo I. Pág. 88.

20. Ibid. Tomo I. Pág. 111

21. Benjamín Vicuña Mackenna: La cosecha y la maquinaria agrícola. Artículo publicado en "El Mensajero de la Agricultura", Tomo I. Pág. 212.

22. Luis Sadá: La Quinta Normal. Pág. 4.

23. Insistiendo en estos puntos de vista, José I. Gálvez, en "Algunas observaciones sobre el Departamento de La Ligua", afirmaba que una de las causas "...del poco fomento que tiene en este Departamento la agricultura, es la falta de subdivisión de la propiedad; todo él está dividido en cuatro propietarios, a excepción de algunas pequeñas hijuelas denominadas las Chacarillas y el Blanquillo..." (Artículo publicado en "El Mensajero de la Agricultura". Tomo II. Pág. 231).

24. Luis Sadá: Proyecto de organización de un código rural. Artículo publicado en "El Mensajero de la Agricultura", Tomo II. Pág. 205.

25. William Howard Russell: ob., cit. pág. 307.

26. J. M. Gilliss: The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere... Chile. Tomo I. Pág. 345.

27. Claudio Gay: Historia Física y Política de Chile. Agricultura. Tomo I. Pág. 183.

28. Socage: forma de arrendamiento de la tierra que imperó en la Edad Media; el arrendatario pagaba al terrateniente prestando servicio personal.

29. Claudio Gay: Ob., cit. Tomo I. Pág. 182.

30. Universidad de Cambridge: Historia Económica de Europa. pág. 295. En el estudio que esta misma obra hace de lo que se denomina el caudillaje rural en la Europa medieval, se afirma que los campesinos se hallaban subordinados a una aristocracia "...como generalmente ocurrió en nuestra época entre el peón chileno y su hacendado..." (Ibid. Pág. 316).

31. Benjamín Vicuña Mackenna: La Agricultura de Chile. Pág. 68.

Exponiendo este mismo punto de vista, B. J. de Toro sostuvo que durante los años de auge agrícola provocados por el oro de California y Australia, "...ni pensamos siquiera en prepararnos para luchar con ventaja en circunstancias comunes, para cuando la producción y los consumos entren a su estado normal; hemos tomado hábitos de lujo y de pródigos gastos, sin hacer nada por conservar el monto de nuestras rentas". (Algunas mejoras necesarias de la agricultura nacional. Artículo publicado en "El Mensajero de la Agricultura". Tomo I. Pág. 133).

32. Benjamín Vicuña Mackenna: Las dos crisis actuales. Art. publicado en "El Mensajero de la Agricultura", tomo II, pág. 395.

33. Teodoro Schneider, en su obra La Agricultura en Chile, refiriéndose al endeudamiento improductivo de los terratenientes, señala los siguientes hechos:

"Las propiedades rurales fueron gravadas, pero los capitales así obtenidos, lejos de invertirse en mejorarlas para hacerlas mas productivas, se emplearon, en gran parte, en la construcción de edificios suntuosos, en carruajes, en recepciones y espectáculos y en los demás dispendios del lujo. Así, por ejemplo, según confesión de joyeros establecidos por esa época en la capital, sus ganancias anuales subieron a centenares de miles de pesos cuando se estableció la Caja de Crédito Hipotecario". (Obra citada. Pág. 7).

34. Frank Whitson Fetter: La Inflación Monetaria en Chile. Prefacio, Pág. XI.

35. La más grave de estas medidas fue el empréstito bancario de 1878. Desde el año 1871 se estaban produciendo déficits fiscales que adquirieron considerables proporciones a partir de 1874, y el Gobierno, en vez de saldarlas haciendo economías o imponiendo gravámenes a los poseedores de riquezas, optó por recurrir a un empréstito bancario en junio de 1878. Nueve bancos accedieron a prestar $ 2.525.000 por el término de dos años al alto interés del 9% anual y a cambio de la concesión de un privilegio: facultad para emitir hasta $ 10.100.000 en billetes en el plazo de dos años, los que serían recibidos en tesorería fiscal. Es decir, los banqueros aprovecharon una situación fiscal aflictiva para realizar un pingüe negocio: hacer un préstamo oneroso al fisco y lograr la atribución para que los billetes de emisión bancaria alcanzaran la más amplia circulación. Por supuesto que los bancos, sus directores y principales accionistas tomaron todas las medidas para sacar ventaja de los privilegios alcanzados; aumentaron sus emisiones y también sus créditos a grupos reducidos de capitalistas; el Banco Nacional de Chile concedió en préstamo a sus directores una suma equivalente a la mitad de su capital.

El 22 de julio de 1878, antes de un mes de otorgado el préstamo al Gobierno, la presión de los bancos -que se habían excedido en sus emisiones y que por este motivo habían disminuido sus reservas hasta el punto de encontrarse al borde de la quiebra- indujo al Gobierno a presentar un proyecto estableciendo el curso forzoso del papel moneda, con lo cual quedó iniciada una triste etapa en nuestra historia económica. El economista F. W. Fetter, refiriéndose a esta operación, que tiene los caracteres de escándalo, escribió:

"El empréstito bancario al Gobierno considerado en relación con las prácticas bancarias que se han mencionado, deja poca duda sobre la causa fundamental de la suspensión de pagos: relaciones indeseables entre el Gobierno y los bancos y el mal sistema bancario". (La Inflación Monetaria en Chile. Pág. 36).

36. Daniel Martner: Historia Económica de Chile. Pág. 358.


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