Desarrollo económico - social de Chile

INTRODUCCIÓN

LA HISTORIOGRAFÍA CHILENA

Con mucha exactitud el historiador francés Albert Mathiez ha escrito: "la erudición es una cosa y la historia es otra. Aquélla investiga y reúne los testimonios del pasado, estudiándolos uno a uno y confrontándolos para que de ellos surja la verdad. La Historia reconstituye y expone. La erudición es análisis; la historia, síntesis". En nuestro país la Historia ha sido eminentemente erudita y la de síntesis e interpretativa está por hacerse. En el terreno de la historia erudita resplandecen figuras de contornos continentales como don Diego Barros Arana, Ramón Sotomayor Valdés, José Toribio Medina, Enrique Matta Vial, Domingo Amunátegui Solar, que resumen y expresan las cualidades y limitaciones de los historiadores chilenos.

Guillermo Feliú Cruz, en su excelente estudio "Barros Arana y el método analítico en la Historia", dice en algunos párrafos sobresalientes: "Nos faltan las grandes síntesis. En el plano de la historia de Chile se percibe, mejor que en ningún otro, la ausencia de una construcción orgánica y substantiva, sintética y esquemática, de lo que fuimos y ahora somos. Lo saben los eruditos a grandes trazos. El termino medio de las gentes cultas, conforme a la escuela en que se han educado, está atiborrada de datos, fechas, nombres. Ignora la trama sociológica que ha ido anudando nuestros problemas, y nos ha hecho al fin, un pueblo de tales y cuales características. Está en nuestros hábitos intelectuales porque así nos formaron, odiar las síntesis, las grandes explicaciones que descubren la interpretación de nuestro fenómeno político-social. Siempre creemos que reducir a términos de síntesis histórica y sociológica nuestro pasado, es señal de un espíritu tropical y exaltado... Al extremarnos en el método analítico, al cerrarnos el camino de la especulación y de la abstracción, nos llevaron a despreciar la base filosófica de toda cultura. Siempre se contunde la ilustración con la cultura. La ilustración no es nada si no se tiene una formación fuerte, sólida, poderosa en lo que el Renacimiento llamó el humanismo. El sentido práctico de la enseñanza de esos dos grandes maestros (Bello y Barros Arana) ha sido nuestra ruina moral a la larga. El profesionalismo nos inundó de viles apetitos. La Universidad se convirtió en fábrica espúrea de ideales y allí se trizaron las grandes directivas de toda aspiración suprema, de toda idealidad superior ... A la carencia de una escuela intelectual con base filosófica, hay que añadir en la generación de ayer, de hoy y de mañana, una total ignorancia de la evolución de nuestra nacionalidad. Sabe poco de sus grandes hombres. Nada de sus virtudes. Desconoce las etapas por que ha cruzado el país, y si no ignora las grandes divisiones de su historia, no tiene la menor noción de lo fundamental en cada uno de esos periodos clásicos y artificiosos ..."

Si en verdad que en nuestro país se ha cultivado en forma preferente el genero histórico, con una constancia y delectación especiales, lo ha sido siempre con un criterio narrativo y erudito de tal manera que por una curiosa paradoja, el verdadero desarrollo histórico de Chile, por lo menos desde la Independencia, es conocido de modo deformado; ignorado en hechos capitales; adherido a personalidades exaltadas desproporcionadamente a su importancia intrínseca o a su rol jugado realmente, a causa del espíritu de familia o de clase que ha guiado el criterio de la mayor parte de nuestros historiadores, mientras que otros personajes de mérito efectivo y de gravitación poderosa han sido injustamente rebajados o mistificados en su acción e ideas. Por otra parte, casi todos nuestros historiadores han entendido por Historia solamente la historia política, o "historia de los acontecimientos" (denominación errónea, pues las invenciones mecánicas y la introducción de nuevas maquinarias, como el descubrimiento de las bacterias y de nuevas drogas para combatirlas, constituyen acontecimientos no menos importantes, pero son relegados a segundo término por la historia pragmática de los sucesos). Tales historiadores subestiman la historia de "la manera de vivir", o de la "civilización" como la designan otros, para darle importancia primordial a la cronología y a los nombres, a las guerras y a los caudillos. Es corriente oír decir que se enseña poco y mal la Historia, especialmente la nacional, porque no se indican las fechas precisas de innumerables hechos baladíes o los detalles minúsculos de la vida de los próceres o las anécdotas insulsas de los malos gobernantes.

Si los grandes historiadores liberales, Diego Barros Arana, los Amunátegui, Vicuña Mackenna, Tomas Guevara, Alejandro Fuenzalida Grandón, Luis Galdames, representan, desde un ángulo filosófico, discrepancias apreciables con los historiadores conservadores, como Sotomayor Valdés, Crescente Errázuriz, Gonzalo Bulnes, especialmente en el plano religioso y en el campo de la educación, en los problemas fundamentales de carácter económico social, su posición es idéntica y su actitud de indiferencia frente a las condiciones de vida del pueblo es la misma.

Barros Arana compendia la posición liberal en el terreno religioso y educacional cuando en carta a Bartolomé Mitre le expresa, a propósito de su separación del Instituto Nacional, lo siguiente: "Pero yo enseñaba la historia sin milagros la literatura sin decir que Voltaire era un bandido y un ignorante, la física sin demostrar que el arco iris era el signo de la alianza, y la historia natural sin mencionar la ballena que se tragó a Jonás. Esta enseñanza enfureció al clero, que no perdió medio alguno para suscitarme dificultades". Por otro lado. Barros Arana trató de darle a la investigación histórica un sentido científico con métodos y principios extraídos de las ciencias naturales y con un marcado afán de encontrar leyes causales inmutables en el acontecer histórico nacional, que es producido bajo la idea del evolucionismo y del principio del progreso. Pero sus discrepancias son bien pequeñas (las más graves son de orden político, o personalista, de acuerdo con las clásicas pugnas de Carreristas y O'Higginistas, de pelucones y pipiolos, de monttinos y antimonttinos, de balmacedistas y antibalmacedistas, sin siquiera profundizar en la realidad de fondo sobre la cual se levantaron y actuaron esos grupos y caudillos) y en la investigación minuciosa y resultados concretos de ella, en el análisis de los acontecimientos, de sus causas y consecuencias, en el enfoque de los hombres que ocuparon los planos dirigentes, en la atención y preferencia d sus temas, en la evocación de conjunto del desenvolvimiento histórico nacional, no se diferencian ni se separan en forma fundamental. La norma que ha imperado en la investigación es la minuciosidad erudita y, a menudo, baladí, dentro de un marco parcial y unilateral. La vocación histórica de nuestra raza, según la afirmación corriente, ha tenido mucho de heráldica, biográfica y coleccionadora de cuantas minucias inútiles existen en papeles desconocidos. Solamente en obras ocasionales, o en ensayos reducidos, han tocado algunos escritores en la médula de nuestro proceso histórico, o en su fondo vital, interpretando la evolución del país, según causas bien definidas.

José Victorino Lastarria en sus "Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y el sistema colonial de los españoles en Chile", acomete un análisis vertebral de la sociedad chilena y atribuye los vicios y la reacción imperantes al régimen feudal de las encomiendas y, en general, al sistema colonial establecido por los peninsulares y mantenido intacto una vez que se logró la Independencia. El ensayo de Lastarria constituyó una audacia que lúe sancionado con el anatema de Bello y sus discípulos.

En verdad, el trabajo de Lastarria adolece de numerosos vacíos, a causa, en gran parte, de las deficiencias de información por la carencia de materiales de primera mano. Antes de escribir un trabajo de interpretación de tal índole era necesario revisar los archivos, ordenar las colecciones documentales y los testimonios de la época, lo que se llevará a cabo en el curso de la segunda mitad del siglo XIX.

Santiago Arcos Arlegui, en su celebre "Carta a Francisco Bilbao", aparecida en 1852, influido por el pensamiento de los socialistas utopistas franceses, es el primero que lleva a electo un estudio explicativo del desenvolvimiento de la sociedad chilena buscando sus causas últimas y determinantes. Para el es la lucha de clases, aristocracia terrateniente versus pueblo trabajador (artesanos, obreros y, principalmente, campesinos) la que caracteriza la fisonomía, condiciones y estado del país. Es el primer escritor nacional que ha señalado la existencia de una lucha de clases en el seno cíe nuestra sociedad, contienda que le da carácter y color a su desarrollo económico, social, político y cultural. Esta teoría interpretativa tan avanzada ha sido igualmente sustentada por el esclarecido político, periodista y orador liberal, don Isidoro Errázuriz, quien en la "Historia de la administración Errázuriz", de la que nos ha llegado únicamente la "Introducción", ha llevado a cabo, en forma particularmente brillante, un ensayo de hondura y clarividencia notables señalando, al igual que Arcos, la existencia de una pugna de clases en la base de nuestro proceso histórico.

Francisco Bilbao en "Sociabilidad Chilena" ataca el dogmatismo de la Iglesia y el fanatismo clerical, como causas de la reacción imperante. Vuelve a la misma afirmación, y amplia su estudio al plano social, cu su "Cana a Santiago Arcos".

Nicolás Palacios, en "Raza Chilena", trata de explicar la evolución nacional, tan destacada dentro del conjunto hispanoamericano, por razones de carácter étnico, influenciado por las doctrinas del conde de Gobineau y sus seguidores Vacher de Lapouge y Ammon.

Alejandro Venegas (doctor Julio Valdés Cange) en su libro "Sinceridad, Chile íntimo en 1910", lleva a cabo un detenido análisis de nuestro desarrollo indicando que las causas económicas han sido decisivas en la marcha de la historia patria. Una injusta realidad económica ha generado el dominio de una clase que ha gobernado exclusivamente en su provecho, a costa de la miseria y el atraso del pueblo y el debilitamiento del país, realidad que se ha mantenido sobre todo por una serie de maniobras financieras que han destruido la moneda y esclavizado a las grandes multitudes consumidoras.

Alberto Edwards, en su popular obra "La Fronda Aristocrática" ha verificado un estudio original y sugerente de nuestro desenvolvimiento histórico republicano. Para él el motor animador del proceso chileno es la lucha constante entre la aristocracia, clase ejidal en la sociabilidad nacional, y el Estado, que, según la creación portaliana, estaría por sobre los intereses clasistas. Aunque esta concepción es débil y discutible, puesto que el Estado durante la República no es otra cosa que el instrumento fuerte de la clase latifundiaria, a la cual se agrega más tarde una clase minero-industrial; la obra de Alberto Edwards es notable por sus observaciones, juicios, puntos de vista nuevos y su construcción sintética.

Carlos Vicuña Fuentes, en su discutido libro "La Tiranía en Chile", enfoca el proceso social y político chileno con originalidad y vigor sintético. La primera parte de su obra es valiosísima, pues en ella traza un bosquejo preciso de la formación de la sociedad chilena, desde la Colonia hasta la primera guerra mundial. Las páginas en que expone el origen de las clases sociales existentes, de sus elementos constitutivos, de sus rasgos psicológicos y de sus intereses antagónicos, son de extraordinario mérito.

Domingo Amunátegui Solar, abandonando momentáneamente su labor erudita, trazó un excelente compendio sobre la historia del país, en la que se esfuerza por señalar sus aspectos sociales hasta llegar, más tarde, a la publicación de su "Historia social de Chile", en la que afirma la importancia del pueblo y su real participación en el desenvolvimiento nacional.

Luis Galdames ha dejado brillantes páginas y diversos ensayos en los que aborda con valor, aspectos de la realidad económica y social del país y señala la dominación clasista de carácter oligárquico, que ha imperado. Se aprecia este criterio en sus obras: "La evolución constitucional de Chile" y "Valentín Letelier".

Guillermo Feliú Cruz, dejando de lado sus búsquedas bibliográficas, ha escrito algunos penetrantes ensayos que presentan los problemas de la historiografía nacional y en su "Esquena de la evolución social de Chile en el siglo XIX" nos entrega una visión novedosa de esa centuria. Continúa este trabajo en un estudio similar que abarca desde la revolución de 1891 hasta la primera administración de Arturo Alessandri.

Ricardo Donoso, minucioso biógrafo de Barros Arana, Vicuña Mackenna, Antonio José de Irisarri y Ambrosio 0'Higgins, en su bosquejo titulado: "Evolución social de Chile desde la constitución de 1833 hasta nuestros días", expone diversos acontecimientos, hasta el presente soslayados, e indica el papel de figura que no han sido debidamente consideradas.

Jaime Eyzaguirre, historiador católico e hispanista, autor de minuciosas biografías sobre Pedro de Valdivia, Mateo de Toro Zambrano y Bernardo O'Higgins, ha realizado en su ensayo "Fisonomía histórica de Chile", una interpretación, a veces, inteligente y, a menudo, ingenua y absurda, del proceso nacional partiendo de la defensa y exaltación del régimen colonial español según su estructura jurídica formal.

En la actualidad, acapara el interés de los círculos intelectuales don Francisco Antonio Encina, historiador vigoroso que se dio a conocer en 1912, con dos obras sociológicas notables:

"La educación económica y el Liceo" y "Nuestra inferioridad económica". Recientemente terminó la publicación de una vasta "Historia de Chile", en veinte volúmenes. Esta monumental y exagerada empresa histórica llega hasta la revolución de 1891.

Encina ha atacado duramente a los diversos historiadores nacionales, en especial a Barros Arana, en "quien le sublevan su "sencillez indigente", el "simplismo", la "confusión de la cultura con el desarrollo cerebral", etc. Sólo encuentra bien dotado a Vicuña Mackenna, aunque lo demuele al agregar que "se dio en él el caso raro de que la forma imaginativa del niño persistiera más allá de los cincuenta años".

Muchos de los reparos de Encina a nuestros historiadores son justos y perspicaces, pero, a menudo, cae en un apasionamiento estéril. Aparte de algunos juicios lapidarios y tremebundos, expuestos en un lenguaje muy personal y pintoresco, en el cual abundan las denominaciones anticuadas. Encina es un historiador valioso que trata de innovar tanto en la concepción filosófica para apreciar la Historia como en el arte de presentarla. Al comentar la obra de Sotomayor Valdés señala que la falta de profundidad cerebral de éste, le impide aprehender el fondo del suceder histórico; que delante de los hombres y de los sucesos titubea; no se atreve o no puede discriminar lo que simboliza el período que historia, de lo que debe arrojarse al canasto de los papeles inútiles o relegarse a las historias especiales; y al hacerle esta critica aprovecha el señor Encina para exponer en parte su propia concepción, afirmando que la historia de un pueblo no está al alcance de las dotes del erudito ni del literato, y que exige un cerebro capaz de abarcar a la vez la forma y el fondo del devenir histórico, de digerir el contenido de los materiales, transformarlo en una imagen real y viva del pasado, de simbolizarla en los mismos sucesos y en los propios hombres que lo encarnaron y de destacarla en una representación plástica y coloreada ante los ojos del lector. De ésta, su manera de enfocar lo que debe ser la historia, surgen todos sus reparos a los historiadores nacionales. Así como critica a Sotomayor Valdés, también menudea sus ataques a Barros Arana, en quien resume los defectos y las pocas excelencias de la historiografía chilena. Dice que como ya observara el crítico Omer Emeth, la "Historia General de Chile" no responde a ninguna de las formas de la creación histórica. Aun prescindiendo de la debilidad de la base documental (puesto que desde 1880 en adelante ha aumentado en forma impresionante la documentación) y de la tergiversación sistemática del contenido genuino de los documentos, para ensamblarlos en una armazón ideológica y sentimental preconcebida, un relato de la materialidad del pasado revestido con los sentimientos, las pasiones y las ideas del presente del autor, carece de todo valor para nuestros actuales cerebros. Pero, agrega que en Chile, en esta época, no era posible hacer otra cosa; y en la ardua tarea de adaptar la historia a las exigencias del infantilismo mental de la época. Barros Arana desplegó una notable capacidad de juicio y una rara sagacidad, obteniendo, además, de sus modestas dotes intelectuales, un rendimiento que nunca se admirará en exceso.

F. A. Encina se jacta de haber concebido y trazado su "Historia de Chile" como conocimiento objetivo, ajena a todos los postulados y los sentimientos extraños al propio suceder, ayudado por el estudio de la nueva e inmensa documentación y de su poderosa capacidad cerebral. Y aunque escrita hace tiempo, la ha dado a luz mucho después, cuando "el desarrollo de la sensibilidad cerebral y de la cultura, hicieran posible su asimilación".

Sin embargo, es difícil creer en la afirmación del señor Encina de que su obra está trazada como conocimiento objetivo. No solo está limitada por su pertenencia de clase, su posición política y su sensibilidad cerebral, sino que también por su concepción filosólica general.

El señor Encina es un adepto a las teorías étnicas de Gobineau, Vacher de Lapouge y H. S. Chamberlain, y a la filosofía intuitiva de Bergson, y tiene, a menudo, más fe en la intuición y en la imaginación para reconstruir y animar el proceso histórico que en la mera frialdad escueta del razonamiento, aunque defiende, al igual que Barros Arana, la necesidad irreemplazable del documento y su análisis. De su obra "La literatura histórica nacional" se desprende que la esencia de sus doctrinas se concreta en la afirmación que todos nuestros historiadores, a excepción de Nicolás Palacios, en "Raza Chilena", han partido de un doble error histórico y psicológico en la interpretación de la historia nacional. Según el, consiste el primero en suponer que el conquistador americano y el colonizador de Chile tenían la misma composición étnica que la masa de la población peninsular; y el segundo, en prescindir de las consecuencias psicológicas del cruzamiento del conquistador con el aborigen. El español que llegó a Chile tenía un mayor porcentaje de sangre goda que los que llegaron a los demás países americanos, lo cual influyó en el temperamento y carácter chileno; la capa vasca sólo la recubrió, sin destruirla, a esa base goda, a fines de la Colonia (las ideas de Palacios han sido refutadas por carecer de realidad científica; sin embargo, su libro es de gran valor y, sobre todo, es la expresión de una alma sinceramente patriota que indicaba valerosamente la postración del pueblo por la injusticia económica y social y que deseaba redimirlo y levantarlo al sitio que le correspondía por su valer y labor). Las ideas del señor Encina son discutibles, por cuanto sus afirmaciones, a pesar del brillo de que están revestidas, se basan exclusivamente en su capacidad intuitiva y en su honorabilidad personal, y no en hechos concretos y demostrables. Es, ante todo, un castellano violento, arremetiendo en contra del autonomismo vasco en el campo de la historia nacional.

En el tomo III de su "Historia de Chile", en los capítulos III, IV y V que tratan sobre la formación de la raza chilena, estudia las sábanas progenitoras, su cruzamiento y los resultados psicológicos del mestizaje, desarrollando con cierta extensión su teoría expuesta en la "Literatura histórica chilena", que hemos citado. Aquí en los capítulos enumerados, afirma: "la selección psicológica engendró una selección étnica: el castellano viejo, el andaluz, el leonés, el extremeño, etc., que pasaron a Chile, traían en sus venas una alta proporción de sangre germana. Esta sangre dispersa en la Península en un corto número de individuos, que salpicaban la gran masa, se concentró en Chile en los doce mil mestizos íbero-godos que vinieon hasta l630 y, en menor proporción, en los que continuaron llegando más tarde; y pesó sobre el temperamento, el carácter y el intelecto chilenos". Reconoce que "esta impresión traspasa los dominios de la historia; a lo menos no es susceptible de ser comprobada documentalmente ... La estimación sobre el ponrcentaje de sangre goda que traía el progenitor español del pueblo chileno, no puede asentarse sobre ninguna base seria. Pero su influencia psicológica es tan viva que se necesita la insensibilidad cerebral de los historiadores vascos del siglo XIX para no percibirla" ...

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Del análisis que hemos hecho creemos justo deducir que en la historiografía nacional, con excepción de los ensayos históricos que hemos mencionado especialmente, predomina un criterio estrecho y cerrado, el que nos explica que no se haya dado la trascendencia que posee al estudio de los fenómenos económico-sociales, gestadores en grado decisivo, del desenvolvimiento de la sociedad.

Monod, destacado representante de la ciencia histórica francesa, ha escrito algo que se aplica con mucha exactitud a la historiografía nacional: "los historiadores se han acostumbrado demasiado a prestar exclusiva atención a las manifestaciones brillantes, ruidosas y efímeras de la actividad humana, a los grandes acontecimientos y a los grandes hombres, en lugar de presentar los grandes y lentos movimientos de las condiciones económicas y de las instituciones sociales que constituyen la parte verdaderamente interesante y permanente del desarrollo de la humanidad, la parte que, en cierra medida, puede ser sintetizada en leyes y sometida hasta cierto grado a un análisis exacto. En efecto, los acontecimientos y las personalidades destacadas lo son precisamente como signos y símbolos de diferentes etapas de elidió desarrollo. En cambio, la mayoría de los acontecimientos llamados históricos son para la verdadera historia lo que para el movimiento profundo y constante del flujo y reflujo las olas que nacen en la superficie del mar, brillan un momento con su luz. viva y van a estrellarse luego contra la costa arenosa, desapareciendo sin dejar huellas".

Según Monod, pues, la tarea primordial de la ciencia histórica en el presente es el estudio de las instituciones sociales y de las condiciones económicas de una determinada colectividad. Es lo que se echa de menos en forma impresionante en nuestro país. Y es curioso que los trabajos de investigación sobre dicho aspecto son, en su mayor parte, de especialistas extranjero: Mac Bride, F. W. Fetter, Ellsworth y otros. Es, por esta razón, a los historiadores jóvenes a quienes corresponde presentar nuevos aspectos del proceso histórico nacional y, sobre todo. investigar en su raíz económico-social, hasta entregarnos una visión exacta, verídica y de acuerdo con el real desenvolvimiento nacional, de la que hasta el momento carecemos. Indudablemente, esta vasta labor tendrá que ser emprendida y llevada a término por equipos de historiadores.

Para escribir la Historia es necesario conocer todos los hechos, sin exclusivismos, y, luego, hay que analizar la dependencia reciproca de los mismos, discerniendo cuáles son los principales y cuáles los secundarios. De aquí que la historiografía supone una elección de los hechos, en la que influye no solamente las pasiones del historiador; sino también los intereses de la clase a que pertenece, sobre todo en lo que se refiere a la interpretación. Es ingenuo aceptar el punto de vista de algunos historiadores liberales que consideran a la Historia una ciencia tan objetiva como las Matemáticas ni es posible imaginarse al historiador como a un ser inmaterial inspirado por un interés científico abstracto únicamente. Jean Jaurés, gran político, y excelente historiador, ha expresado este juicio acertado: "A medida que una clase social surge y afirma su fuerza, no busca solamente preparar el porvenir, sino que desea comprender el pasado e interpretarlo según las nuevas luces de su conciencia. Ha llegado la hora para el proletariado obrero y campesino de tomar posesión, por su pensamiento, del siglo que ha terminado, así como se apoderará por la acción, del siglo que comienza ..."

El historiador es un hombre vivo, es decir, el hombre de una época, de un país, de una clase social determinada. Hasta ahora en Chile, las clases oprimidas nunca han tenido sus propios historiadores. Todos pertenecen a la clase dominante.

La historia en Chile ha sido eminentemente narrativa y erudita y se ha desenvuelto en función de la pequeña oligarquía gobernante. Los diversos historiadores proceden de dicha clase o se incorporan a ella.

Quizás esta afirmación parezca exagerada y parcial, no obstante algo similar expone el historiador don Guillermo Feliú Cruz, investigador paciente y ensayista de aguda comprensión, quien ha enfocado certeramente, como ya lo hicimos notar, algunos rasgos del carácter de la historiografía nacional en su estudio aludido. En un trozo, especialmente revelador, expresa:

"Uno quisiera proclamar el fracaso rotundo de los historiadores chilenos como maestros y orientadores de la cultura histórica. Fueron incapaces de desenvolver el sentido de la vida del pasado, por más que ese pasado esté encerrado en limitaciones bien estrechas. Arrastrados en la carrera loca de la investigación puramente erudita, que vino a convertirse al fin, en una especie de manía por desentrañar papeles inéditos, no nos dejaron conocer lo que éramos para explicarnos nuestra formación de pueblo, nuestra condición de raza. Y en pocos países de América se ha escrito más historia que en Chile y se ha exaltado más el patriotismo. Se ha exagerado nuestra grandeza. Nos han hecho creer que somos un pueblo superior. Nuestras virtudes aparecen dominando, avasalladoras sobre las lacras de nuestros vicio. No nos dejaron ver nuestros defectos y el orgullo, el heroísmo, el desprecio, han adquirido las proposiciones de una elefantiasis. Pero la historia escrita por nuestros mejores historiadores, sólo sirvió siempre para fortalecer las pretensiones de una casta y asegurar su posición. No rozó la epidermis del gran pueblo. La misma oligarquía chilena, de la cual salieron los más aventajados maestros de la composición histórica, no puede decirse que los leyera con ánimos de buscar en ellos, en sus páginas, una enseñanza. Se complacía en encontrar reflejada en esos libros las altas glorias de sus antepasados. El espíritu de clase de nuestra sociabilidad todavía discute apasionada el carrerismo y el o'higginismo, el montt-varismo y el balmacedismo. No polemiza por los ideales políticos o sociales que esos caudillos sostuvieron. Les interesa mas saber que se les recuerda como hombres que cubren de gloria una familia o una dinastía de familias.. Y el orgullo de la tribu se hincha".

Este fragmento resume muy claramente el contenido de la historiografía nacional, a la vez que apunta justamente los vacíos y deficiencias de ella. Ya hemos anotado que los grandes historiadores liberales representan, desde un ángulo filosófico, discrepancias con los historiadores conservadores, pero en los problemas fundamentales de carácter económico-social su posición es idéntica, de tal modo que sólo en obras ocasionales, o en ensayos aislados, algunos historiadores y escritores han enfocado el fondo medular de nuestro proceso histórico, aunque sin obedecer a un plan sistemático y continuado.

No es un juicio aventurado afirmar que la historia de Chile está por hacerse. Hasta el presente no ha sido más que el relato de los grandes magnates del país y la crónica de la clase pudiente, cuyos privilegios ocupan el sitio preponderante, como si no existiera nada fuera de ellas. Es necesario, por eso, llevar a cabo la historia del pueblo chileno, cuyas condiciones de vida se han desconocido, para destacar el papel decisivo y fundamental que ha jugado en la evolución de la nacionalidad. Es que al escribir la historia nacional se han utilizado de preferencia los documentos provenientes de los miembros de las clases privilegiadas (magistrados, altos jerarcas de la Iglesia, jefes de las fuerzas armadas, diplomáticos, miembros del Parlamento y de la alta burocracia), desconocedores muchas veces de la vida popular, por no haber mantenido nunca contacto con ella o por haberla considerado propia de una clase inferior. De otro lado, junto con pertenecer a esa clase privilegiada, han estado vinculados directamente al poder, lo que los ha llevado a exagerar la acción, importancia y virtudes de los personajes de la política del país, presentándolos a todos como a grandes estadistas y dechado de perfección y haciendo, entonces, de la Historia una exclusiva actuación de hombres superiores de una determinada clase social.

Las clases dominantes interpretan siempre la historia desde un punto de vista "idealista" y se imaginan que solamente ellas y sus núcleos dedicados a la actividad intelectual son los que la hacen; que la Historia se mueve gracias al trabajo de la inteligencia humana en las formas "superiores" de su actividad, o sea, las más alejadas de la trama diaria y pesada de la vida. Convierten la Historia en la historia de la ilustración, olvidando todo el papel primordial de las clases populares, laboriosas. Reducen la creación de la historia a la acción de los jefes y de los "héroes" de la clase dominante, sin tomar en cuenta para nada a las clases trabajadoras: obreros, campesinos, artesanos. Si en verdad los jefes y héroes desempeñan un gran papel, lo es cuando se apoyan en las masas, en el pueblo, expresando sus necesidades y aspiraciones.

Es así como esta interpretación "idealista" de la Historia es la que ha reducido el campo real de la historia, eliminando el análisis de las clases bajas, y no dándole ninguna atención a la historia del hombre en el mundo de las necesidades y la de los pueblos en su terrible lucha por la existencia. Con razón Malthus, el conocido economista, ha dicho que "las historias de la humanidad que poseemos, son, por lo general, historias de las clases superiores".

Para formarnos una idea clara del fondo del proceso histórico es particularmente útil la lectura del libro de Parmalee Prentice: "El hambre en la Historia". En sus paginas se puede apreciar el alcance de la interpretación "idealista". Es difícil conciliarla con la realidad viva, según la cual el hombre libra una contienda atormentadora para adquirir el pan de cada día, renovada incesantemente, que aniquila y absorbe totalmente al individuo; que agobia a los pueblos y los lanza a tremendos conflictos; que mantiene a la humanidad en una lucha feroz y permanente.

Más justo es el criterio que reconoce que la acción del hombre, en general, tiende fundamentalmente a producir para tener la posibilidad de subsistir y que por ello la Historia tiene su base más vasta en las necesidades materiales, de tal modo que, a causa de lo expresado, es la masa laboriosa, el pueblo, la decisiva en el desarrollo de la sociedad y que son los millones de trabajadores que alimentan y visten al mundo entero los verdaderos héroes de la vida, ya que su tarea inmensa decide la suerte de las colectividades, de las naciones, de la Historia. Y esta interpretación sencilla y objetiva del proceso de la sociedad y de la Historia es el materialismo histórico.

La base del desarrollo de la sociedad humana reside en la economía, o sea, la lucha que el hombre sostiene con la naturaleza por la existencia, de tal modo que la Historia se halla movida por intereses materiales, es decir, por la necesidad que el hombre tiene de alimentación, vestido, vivienda, calefacción y herramientas. Y el motor de la Historia es la lucha de las clases sociales, según el sitio que ocupan en la producción económica. De las clases oprimidas, explotadas, contra las clases que la oprimen y explotan. La esencia de la Historia consiste en el desarrollo y modificación graduales de la sociedad humana, con el objeto de satisfacer en una forma más adecuada las necesidades materiales y porque sean satisfechas de la manera más justa posible, de tal suerte que los bienes. terrenales se distribuyen entre todos, según sus necesidades. Claro está que no solamente influyen las necesidades materiales que caen en el campo de la técnica económica, aunque son las decisivas; también tienen un rol importante las teorías políticas, que responden a una concepción racional de la sociedad; e, igualmente, la voluntad humana, o sea el hombre muchas veces más allá de su pertenencia de clase y de sus exigencias materiales se mueve por aspiraciones, pasiones, instintos, que en un momento dado ocupan su existencia hasta provocar acciones trascendentales, desligadas de motivos puramente económicos, como son el heroísmo, la santidad, el honor, la amistad y muchos aspectos de la creación estética. Y es preciso, además, darle un sitio a la casualidad o azar.

Creo que el filósofo Rodolfo Mondolfo interpreta correctamente los principios del materialismo histórico cuando afirma que la fuerza dinámica de la Historia son los hombres impulsados por sus necesidades, pero que no hay una dialéctica fatal y automática de las cosas sobrepuestas al hombre, sino que hay siempre la lucha de los hombres hacedores de la Historia. Por eso el materialismo histórico se opone al determinismo económico; y aquellos que han querido interpretar a Carlos Marx, principal sostenedor de esta teoría, por medio de la doctrina del determinismo económico, han olvidado que para este la propia economía es una creación del hombre, y todo el movimiento y desarrollo de la historia es un intercambio continuo y reacción recíproca de efectos que se transforman en causas y de causas que se convierten en efectos. Todo el curso de la Historia es un desarrollo progresivo de lucha de clases. En cada momento histórico las fuerzas de producción se sistematizan en formas de equilibrio social, pero el desarrollo ulterior pone a las fuerzas productoras en lucha contra las formas ya establecidas y contra las clases interesadas en su conservación. Esta lucha se produce a raíz de las necesidades humanas, entre las cuales la necesidad económica es fundamental; pero ella misma no opera sino por medio de los hombres creadores activos de la economía y de los instrumentos técnicos. Los hombres no son un producto pasivo de la estructura económica, porque intervienen siempre dinámicamente con sus necesidades, aspiraciones, voluntad y sentimientos en la transformación de la estructura económica

El método materialista enfoca las luchas de intereses de las clases sociales y tracciones de clases, determinadas por el desarrollo económico y, pone de manifiesto que los partidos son la expresión política más o menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de clase. A veces una minoría dominante, amolda de nuevo a sus intereses las instituciones estatales, debido a que por el desarrollo económico los anhelos de esta minoría están más en consonancia con la situación general y logran contar con el apoyo o la pasividad de la gran mayoría dominada, lo que le da a la acción del grupo minoritario la apariencia de ser represéntame de todo el pueblo.

Esta fecunda teoría, y científico método de investigación, que es el materialismo histórico aplicado al estudio del desarrollo nacional, nos permite una comprensión y explicación claras de su desenvolvimiento, sucesos, hombres y fenómenos "típicos". A los nuevos historiadores corresponde la enorme tarea de analizar y comprender el pasado nacional en su verdadera raíz, con el objeto de poder presentar más exacta y realmente el momento actual tan denso de problemas graves y necesidades agudas, cuya resolución adecuada, exige la interpretación franca y valerosa de la realidad, sin perjuicios y sin mezquinas limitaciones, como único camino para conseguir la verdadera transformación estructural y progresiva que Chile requiere si no pretende quedar a la zaga de la historia. Es una tarea que estimamos urgente e ineludible para las actuales generaciones.

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Después de un estudio constante y atento de nuestra evolución histórica y por una observación directa de la vida diaria, con un criterio materialista y científico, hemos podido constatar de manera irrefutable el profundo divorcio existente entre lo escrito y proclamado en innumerables libros de Historia, que exaltan h grandeza y la superioridad de nuestro país, y la verdadera realidad económico-social trágica y dolorosa, de atraso y miseria, en que se debate. Del mismo modo hemos comprobado la contradicción violenta entre las conquistas sociales y garantías de todo orden establecidas en centenares de leyes de prolijas disposiciones y bien intencionados fines, y la increíble pobreza e inicua explotación que predominan en el ambiente, sin el menor asomo de ser remediadas por la aplicación real de esas leyes. Es que este legalismo chileno, producto del criterio abogadil y dialéctico" de las legiones de juristas que hacen nata en la política profesional, es idéntico al legalismo feudal que hizo de la Colonia un modelo de despotismo bárbaro con un régimen legal que es un modelo de humanismo y sentido social. Así, por este afán de dar "solución jurídica" a los problemas que nos agobian, vivimos con una plétora de leyes avanzadísimas, pero a espaldas de ellas, porque ha sido una misma oligarquía gobernante que las ha elaborado, interpretado y ejecutado y siempre con el pensamiento oculto de falsearlas y engañar a las masas reivindicacionistas. Este legalismo ha llevado, además, a la entrega del país a los consorcios extranjeros conforme a contratos y leyes aprobadas por brillantes parlamentos, entre cuyos miembros sobresalían los más destacados abogados de los consorcios imperialistas interesados en reducirnos a colonia, y después de abundantes consideraciones sobre el patriotismo, la soberanía y la libertad de Chile.

De esta manera la democracia que ha imperado ha sido limitada, formalista y falsa, pues existe en el papel, y no en la práctica, caracterizándonos como a un país de simulaciones políticas. Así se habla del respeto a la voluntad popular y se veneran al Ejecutivo y al Parlamento como poderes públicos de alta calidad democrática, pero todos los grandes partidos políticos asientan su dominio sobre un electorado reducido, en relación a la masa de la población, y éste convertido en mesnada, que solamente entrega su sufragio a quien le paga más. A los poderes públicos se les hace emanar de "feudos electorales" y del poder del dinero. Se habla del "culto a la ley" y las leyes quedan escritas o son interpretadas en favor de los poderosos, o, sencillamente, deformadas. Se habla de las libertades ciudadanas y se da amplia garantía a las libertades de palabra, reunión y pensamiento, pero no hay óiganos donde se pueda realizarlas, ya que la amenaza de leyes represivas permanentes lo impide, y, además, porque los diarios, teatros, radios, están sujetos a monopolios comerciales o políticos o dependen de las autoridades del gobierno, siempre prestas para perseguir a quienes traten de proclamar su verdad, que no es la verdad oficial.

Este panorama tan tétrico es el resultado de la evolución nacional, subordinada al exclusivo provecho de una ínfima oligarquía plutocrática. Dicha minoría, acaparándose la Patria y su Historia, ha tratado siempre de reducirla a sus intereses y tras las bellas palabras patrióticas, no ha hecho otra cosa que negociar, enriquecerse a costa del patrimonio nacional y expoliar a sus grandes masas trabajadoras. Las ha mantenido en la más injusta y degradante condición y las ha reprimido cruelmente cuando han solicitado el otorgamiento de sus derechos elementales y la satisfacción de sus reivindicaciones mínimas, con lo que no solamente ha explotado y agobiado a un sector social de la nacionalidad, sino que, además, ha debilitado al país, a Chile en su conjunto, como nación y potencia. Pocas clases dominantes más egoístas, tartufas y crueles que la oligarquía Chilena. Ha mantenido el latifundio y el inquilinaje feudales, negándose a toda reforma agraria democrática; ha desvalorizado sistemáticamente la moneda; ha entregado las materias primas al capital extranjero imperialista; ha creado una incipiente y artificial industria en forma de monopolios abusivos; ha dominado el crédito con finés de lucro, por medio de bancos de su absoluto control; ha mantenido al pueblo laborioso en misérrimas condiciones de vida; ha impedido el funcionamiento de un sistema político democrático verdadero, y ha generado un estado de desmoralización total.

Esta realidad que se oculta con leyes adelantadas, pero sin aplicación efectiva, y con una organización institucional formal muy perfecta, aunque en la práctica casi no rige, o lo es para el disfrute de una escasa minoría, ha asombrado a los observadores extranjeros que llegan al país y que no se basan en las leyes y libros oficiales para enfocarla, sino que se adentran en la observación directa de nuestras formas de vida diaria. Así el escritor francés André Bellesort, en su obra "La Jeune Amérique" (3a edición en 1923), después de recorrer todo Chile, escribe algo que resume la impresión general que se forman estos observadores independientes y perspicaces: "Trescientas familias detentan la propiedad del territorio y a la vista de los extranjeros se traspasan una a otra la fortuna pública ... La República se compone de una clase que lo posee todo y de otra clase, nías numerosa, que no posee nada. Lo que admira es que esta última nada exige tampoco... De este modo, en esta joven república, que parece la mejor organizada de la América del Sur, se encuentra una plebe tan miserable, tan falta de esperanza, que no tiene ni bastante energía, ni bastante conciencia para manifestar ninguna aspiración ... La pereza y la embriaguez la mantienen en su estado de ignorancia. Ha heredado de los indígenas que ella ha absorbido su fisonomía grave y su individualismo taciturno. La Araucanía ha conquistado el alma de sus últimos vencedores".

Y este juicio se ha reproducido constantemente en las observaciones y publicaciones de numerosos tratadistas extranjeros, especialmente norteamericanos, como Mac-Bride, F. W. Fetter, Mac Leish, Ellsworth, y se ha fundamentado en forma dramática con los resultados impresionantes de la encuesta de los técnicos Dragoni y Burnet, sobre las condiciones de vida de las masas laboriosas chilenas, verificada en los años finales de la segunda administración Alessandri.

Tal vez las consideraciones anteriores sean tomadas como apresuradas y unilaterales, producto del desconocimiento de la realidad nacional. Pero no es así. Por el contrario, el estudio directo del país entero y de las condiciones de vida de su población; la lectura y estudio de las estadísticas oficiales y de innumerables obras de gran calidad que han abordado de preferencia los problemas económico-sociales de Chile; y el manejo constante de sus principales obras históricas, nos han llevado a formular las anotaciones que desarrollamos.

Existen varias obras emanadas de organismos estatales que exhiben claramente los hechos que afirmamos, entre ellas, principalmente, el "Plan Agrario", publicado por el Ministerio de Agricultura, y la "Renta Nacional", patrocinada por la Corporación de Fomento de la Producción. Asimismo, son varios los libros de altos personeros del gobierno, que ratifican la mencionada situación: basta señalar los dos estudios de don Pedro Aguirre Cerda: "El problema agrario" y "El problema industrial".

Por otra parte, son numerosos los libros de investigación seria y especializada que enfocan y exhiben este lamentable cuadro. Léanse, por ejemplo, "La economía chilena y el comercio exterior", de Fernando Illanes; "Estructura de nuestra economía", de Francisco A. Pinto; "La economía de Chile y la industria del cobre", de Ignacio Aliaga; "Política agraria chilena", de Adolfo Matthei; "Expansión y estructura agraria", de Hugo Trivelli; "La realidad médico-social", de Salvador Allende; y a esta lista sumaria pueden agregarse diversas obras generales, publicadas en el extranjero, por sus capítulos relacionados con Chile, que ratifican los juicios que hemos formulado sobre el atraso y dependencia de nuestro país. tales como: "Problemas económicos de América Latina", de Harris S. E , y otros; "Dólares en la América Latina", de Feuerlein W. y Hannan E.; "La economía internacional latinoamericana", de Olson R. R. e Hickman C. A.

Si el conocimiento de la renta nacional de un país, de su composición, de su distribución, de sus fuentes de origen y de sus diversas características, es indispensable para tener una idea exacta de su estructura económica y social y, a la vez, para la formulación de todo plan económico serio, que tienda a transformarla y desarrollarla, la lectura y meditación de la obra sobre esta materia, ya mencionada, es particularmente concluyeme. De sus análisis más importantes resulta que en la economía nacional predomina un escaso nivel de vida y una fuerte dependencia de factores externos. De los extensos desarrollos y numerosas cifras de la obra citada se desprende que la renta nacional es un reflejo de la atrasada estructura económica del país; que sus características son desfavorables, por cuanto es muy baja, y se reparte injustamente, de tal suerte que es perentorio un reajuste económico que tienda a superar esos factores tratando de acelerar la capitalización, a fin de incrementar la renta nacional y con ello elevar los niveles de vida e impedir el atraso, miseria y sujeción de nuestra patria.

La razón de esta atrasada estructura económica, generadora de una bajísima renta nacional, y resultado de la evolución republicana subordinada a una clase social profitadora, reside en los siguientes hechos, como concreción del desarrollo histórico de más de un siglo: 1 Sujeción absoluta al capitalismo extranjero, lo que hace que la estructura económica chilena se distinga por la extremada dependencia de la exportación de productos minerales (plata, cobre, salitre) y, en especial de uno solo en la actualidad, el cobre, donde se concentra el inversionismo extranjero, de carácter imperialista. Esta circunstancia afecta tanto la economía fiscal como la privada; da origen a la mayor fuente de recursos del Estado (en cualquiera disminución del precio de venta del cobre, el Fisco deja de percibir cientos de millones de pesos); crea el principal poder de compra en la economía interna y provoca la mayor disponibilidad de divisas extranjeras, con los efectos y riesgos que todos conocemos. 2 Atraso considerable en la explotación agraria, a causa del predominio del latifundio, lo que determina un escaso aprovechamiento de la superficie agrícola; reducida mecanización de sus faenas; bajos rendimientos; bajas rentas de la población campesina, de tal modo que se encuentra prácticamente fuera de la órbita monetaria, además que sus escasas e invariables rentas no guardan relación con los cambios que ocurren en las rentas monetarias del resto de la población. Todo esto hace que exista anualmente déficit de producción en la mayoría de los artículos alimenticios e ínfimas condiciones de vida, atraso y analfabetismo en las masas rurales. 3 Incipiente y localizada industria, de sostenimiento artificial, que no labora materias primas nacionales, sino importadas y vive a la sombra de aranceles prohibitivos. Es así cómo el abastecimiento del país se hace fundamentalmente con artículos importados. Por otra parte, esta reducida producción industrial nacional se halla organizada en rnonopolios abusivos que obtienen enormes porcentajes de utilidad a costa de los consumidores. Aparte de ser escasa y cara nuestra producción industrial, es de mala calidad en razón de su reducido y anticuado equipo de maquinarias y de la limitada mano de obra con la experiencia y técnica necesarias. 4 Régimen financiero caracterizado por una permanente desvalorización monetaria, como consecuencia y reflejo de las debilidades de la estructura económica, lo que provoca una disminución ininterrumpida del poder adquisitivo de los sectores asalariados, y ayuda al fuerte proceso de permanente inflación. 5 Sistema tributario anticuado y agobiador, que sólo tiende a salvaguardar los intereses de las clases plutocráticas y en el cual una parte considerable de las personas y de las rentas afectas a tributación escapan a todo gravamen tributario. Los impuestos generales de la nación gravan principalmente los consumos (arancel aduanero e impuestos indirectos), pagados por igual por el contribuyente rico y el pobre. Los impuestos indirectos que recaen sobre los consumidores alcanzan a la mitad de la tributación nacional. En este sórdido régimen tributario son desconocidos los impuestos directos de estricta justicia social y de rentabilidad elevada, como ser: impuesto al mayor valor espontáneo de la tierra; imposición a las ganancias ilegitimas; tributo especial a las industrias favorecidas por el arancel aduanero; impuestos a los terrenos agrícolas insuficientemente cultivados y al ausentismo agrario; imposición de tributos adicionales a las patentes de minas mensuradas, sin trabajo actual, tanto de compañías nacionales como extranjeras; impuestos a las compraventas de lujo: reavalúos de la propiedad raíz; establecimiento de diversos estamos; penas severas al delito tributario, 6 Acción dispersa y torpe, cuando no se margina, del Estado, que ha carecido de un plan y de una política definida, lo que ha significado que la Ley de Presupuestos carezca de una orientación precisa, como elemento básico de una política fiscal creadora. Esta estructura económica anticuada y apoyada en la injusticia y el privilegio, que se ha formado y mantenido a lo largo de la tan exaltada evolución histórica nuestra, por "extraordinaria" y "superior", ha provocado una realidad social, demográfica, sanitaria y cultural lamentable. Son evidentes un estado de miseria grave y un empobrecimiento sistemático de la masa nacional, déficit alimenticio, escasez de vivienda sana y confortable, deficiente vestuario, salarios reducidos, enfermedades destructivas, todo lo que está causando una alarmante decadencia en las condiciones físicas de la población, que daña y compromete a nuestro capital humano, elemento y sujeto primordiales de la gestión económica.

En la realidad económica y social que hemos señalado una reducida clase ha tenido y mantiene el control de los medios de producción, permitiéndole un enriquecimiento desmesurado, mientras la inmensa mayoría permanece en la pobreza. Este contraste ha dado origen a un duro antagonismo de clase que ha ayudado a disgregar la conciencia nacional y a mantener una fuerte pugna, la denominada "cuestión social", que se ha agravado en los últimos años.

El atraso económico-social, derivado de la estructura semi-feudal y semicolonial que impera, ha dado origen a la formación y desarrollo de clases sociales antagónicas en permanente lucha, y la clase dominante ha impedido un reestructuramiento económico-social progresista, que saque al país del atraso y la pobreza. La pugna señalada ha tenido su repercusión aguda en el plano político, de tal manera que nuestro régimen democrático lo es sólo en el nombre, pero en la práctica está fuertemente limitado por los intereses económicos privilegiados. A pesar de que nuestro país es reputado en todo el Continente como ejemplar en cuanto a su amplitud democrática, madurez política y perfección jurídico-institucional, es el hecho que el sector ciudadano que elige y es elegido, con plena conciencia política,, es limitadísimo, de tal suerte que la base del régimen democrático: determinación de los destinos, de la nación por la voluntad de las mayorías no funciona en la práctica y, por el contrario, como en los sistemas oligárquico-aristocráticos, una ínfima minoría es la que decide la marcha y destino del país. En las elecciones presidenciales de 1946 no alcanzó a participar medio millón de ciudadanos, o sea, un chileno de cada 11; y el Presidente de la República fue designado con menos de 200.000 sufragios.

La democracia que ha imperado en Chile ha sido formalista y burocrática, puesto que ha funcionado sin una conciencia política en vastos sectores del pueblo y sin una verdadera organización de la voluntad popular, falseada sistemáticamente por vicios diversos: cohecho, fraudes e intervención; y porque los partidos que han disfrutado el poder, han carecido de una concepción técnica del Estado y de un sentido orgánico y constructivo, manejándolo con un criterio electoral y burocrático. Además, la democracia de que se alardea ha estado entregada al control extranacional de unos cuantos grandes consorcios internacionales, pues la economía de la nación depende de los grandes capitales internacionales que dominan el salitre y el cobre y, dentro del país, le sirven de aliados, a cambio de una intensa expoliación de sus masas consumidoras, los reducidos capitales que manejan una incipiente industria, los bancos y la propiedad de la tierra. Así la libertad y la democracia son un espejismo. La democracia concebida como un método para controlar científicamente la economía y la técnica en beneficio de la sociedad, desarrollándolas planificadamente, y como un gobierno de verdadera representación popular, es desconocida en nuestro país. No puede existir democracia mientras la economía sea colonial y la organización política sea generada por una pequeña minoría de su población, orientada por partidos o fracciones de tales, sin programas ni ideales legítimos.

La historia política del país, muy distinta a la escrita por los historiadores oficiales, nos lleva a la conclusión de que los partidos llamados "históricos", han desperdiciado más de un siglo de vida para la superación de la Colonia y la construcción de un país efectivamente libre y progresista. Su preocupación ha sido mantener y defender privilegios económicos de una reducida minoría, bajo una apariencia de régimen democrático, y establecer una inocua tradición de respeto a la ley, que no es más que respeto a la oligarquía dominante.

El liberalismo, como doctrina económica y como ideario político, no ha logrado encarnar en instituciones renovadoras al servicio de los auténticos intereses y necesidades de Chile. Hasta mediados del siglo XIX sobreviene intacto el orden colonial, consagrado jurídicamente en la Constitución de 1833. La república consistía, en la práctica, en un régimen de privilegios que favorecía a los terratenientes, a la Iglesia y a los togados. A partir de la década de 1850-1860 se verifican grandes transformaciones económicas y sociales. Surge una burguesía activa y emprendedora, adepta apasionada a las teorías liberales y librecambistas. En lo político tiende a la liberalización del Estado y al laicismo en las instituciones, y por eso lleva a cabo una ofensiva sistemática en contra de la aristocracia y de la Iglesia y una abierta oposición al gobierno, defensor de aquellos intereses. En lo económico defiende la fórmula del "laissez faire, laissez passer" y tiende a eliminar toda intervención del Estado en la economía.

Las teorías liberales se expanden y afirman en razón del desarrollo de la burguesía minera y comercial desde la administración Montt y cuando la economía del país pierde su carácter nacional, vinculándose al mercado internacional, del que entra a depender en alto grado. El liberalismo se impone en lo económico. El Estado ajusta su acción por los principios del "laissez faire, laissez passer"; se margina de la vida económica y sólo vela por la seguridad de las personas y sus bienes; el Estado no debe ya entorpecer el libre juego de los intereses individuales; debe limitarse a defenderlos y para ello se convierte en el Estado gendarme. La política económica del "dejar hacer" se impuso fácilmente porque en la práctica no hirió los intereses feudales, al dejarlos en completa libertad de acción. Y como ellos tenían el control de la oferta gozaban de hecho de verdaderos monopolios. En cambio, por otra parte, desató la producción minera, desarrolló los transportes e intensificó la creación de bancos y el comercio, bases económicas sobre las cuales se asienta y afirma la burguesía.

Es así cómo la política económica liberal fue la aliada en el fortalecimiento de la vieja economía agraria monopolista y su correspondiente orden social de la Colonia, al revés de lo que hizo en Europa, donde destruyó el régimen feudal, a la vez, que desató la expansión de la economía burguesa, minera y comercial, que entra a coexistir con el feudalismo agrario.

El radical individualismo reinante y el absoluto marginamiento del Estado de la vida económica se traducirá en el desarrollo de una economía clasista atrasada, feudal-capitalista, fortalecida por el apoderamiento de las tierras del sur (Magallanes y Araucanía) por grandes concesionarios y particulares privilegiados, y de las minas de salitre en el norte, que luego son enajenadas a los capitalistas internacionales. Este falso liberalismo importado de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, hecho sobre los intereses de esas naciones, pero ajeno a nuestra realidad económica y social, han servido para fortalecer los grupos tradicionales que han detentado la riqueza.

La política liberal en Chile ha servido para dos cosas: 1) Afirmar el sometimiento de la sociedad chilena a la rígida esclavitud en manos de unas cuantas familias, las que controlan la "libertad de la economía"; 2) Estimular la ineptitud del Estado chileno, que durante un largo y decisivo período no se sintió obligado a actuar y hacer, aceptando pasivamente los principios del liberalismo anti-intervencionista, defendido por Courcelle-Seneuil y las familias gobernantes, porque convenía a sus intereses (Gustavo Courcelle-Seneuil por espacio de siete anos, 1855-1863, orientó la política económica del Gobierno, en su calidad de consultor técnico del Ministerio de Hacienda y sus discípulos, como Zorobabel Rodríguez., Miguel Cruchaga Montt y otros, la continuaron. Courcelle-Seneuil, formado en la Francia liberal y capitalista del siglo XIX, era un partidario ardoroso de esas teorías, las que aplicadas rígidamente a Chile. país de economía débil, fueron desastrosas trente a las grandes potencia. No logró modificar las bases de la economía interna y no supo defenderla de los embates de las economías desarrolla-as europeas; "por eso la influencia del economista francés, considerada dentro del desarrollo general de la economía, fue perniciosa para el país. Con su admirable erudición asentó el predominio de las doctrinas liberales y librecambistas, en circunstancias que los grandes imperialismos pugnaban por establecer su hegemonía universal. Y escudada bajo el manto de tan sabias teorías, la oligarquía chilena pudo ceder tranquilamente al capitalismo extranjero, a cambio del disfrute del poder, las principales fuentes de nuestra riqueza nacional").

Esta libertad y liberalismo han consistido en dejar manos libres a terratenientes y capitalistas para manejar el mercado interior y el mecanismo simple de los precios, es decir, para que funcione la economía en orden a un pequeño grupo de intereses sin tomar en cuenta las necesidades y posibilidades de las mayorías trabajadoras. Es una libertad para destruir la verdadera libertad. A la vez que este liberalismo desenfrenado entregó las materias primas al capitalismo extranjero y así la economía nacional quedó subordinada a una o dos de ellas y, por lo tanto, sujeta a las fluctuaciones de sus precios en el mercado mundial, controlado por el imperialismo.

El gran presidente Balmaceda luchó por una vigorosa política de intervención estatal para lograr un desarrollo económico armónico y diversificado, industrializador y nacional, y para hacer frente al imperialismo (a este respecto es sugestivo su notable discurso pronunciado en la Convención que lo proclamó candidato a la presidencia de la República). Fue vencido y el régimen parlamentario que lo sucede pasó a ser el vehículo del nías desenfrenado liberalismo, favorecedor de los negocios de la oligarquía y de la penetración imperialista. Desde la crisis de postguerra, 1919-1922, en la que Chile empieza a recibir una enorme corriente de capitales, de nuevo se lucha por eliminar el espíritu rígidamente liberal que ha predominado en nuestro sistema político administrativo y en la posición pasiva del Estado, con funciones policiales solamente (represiones del movimiento obrero surgente en 1903, 1905, 1906, 1907, 1919, 1921 y 1925). Desde esta época de 1920-1925 se preconiza la intervención del Estado en la vida económica, y se inicia un intervencionismo tibio (dictación de las leyes sociales y del trabajo) , que se lleva a cabo .sin menoscabo de la adhesión a los principios liberales y bajo el predominio de las fuerzas sociales y políticas de tal inspiración, por lo que se transforma en la práctica en una acción desorganizada, torpe y burocrática. Su intervención, en vez de crear la libertad económica y desarrollar las fuerzas productivas (o sea, con un objetivo liberal), ha tendido más bien a dar vida a empresas monopolistas, a robustecer las existentes, dejándolas operar libremente en el mercado nacional por medio, de medidas de rígido proteccionismo, a costa de los consumidores del país. No intervienen para crear riqueza, sino para fomentar la concentración de riqueza en manos de algunas industrias privilegiadas, sin intentar siquiera repartir los beneficios traídos por las restricciones o privilegios aduaneros entre las diversas clases sociales que concurren en la economía nacional.

Si en el plano económico el liberalismo se impuso sin mayor oposición, en el campo político e institucional debió librar una contienda violenta con la aristocracia colonial y la Iglesia, fuerzas sociales conservadoras, apegadas a sus prejuicios y creencias, y que ejercían el control absoluto del Estado, de sus instituciones y de las conciencias. Desde la abolición de los mayorazgos hasta la dictación de las leyes laicas, en el gobierno de Santa María, durante varias décadas se desarrolló un vasto conflicto entre la burguesía liberal y la aristocracia e Iglesia, conflicto que le da bastante color a la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, durante el gobierno de Balmaceda, ambas clases se unen y se entrelazan para oponerse resueltamente a sus grandes reformas económicas por medio de una acción planeada e intervención técnica del Estado tendiente a modificar la anticuada estructura económica nacional, lo que suponía una amenaza para las clases privilegiadas y para el imperialismo ingles, que ya había captado gran parte de la riqueza salitrera.

En la revolución de 1891 triunfaron esas fuerzas y de ella surgió poderosa y ávida una plutocracia que sólo anhela conservar sus prebendas económicas y disfrutar del gobierno, a costa del pueblo y del patrimonio nacional. Desde 1891 hasta 1924 el liberalismo político se concreta en el sistema parlamentario, el que expresa la ineficacia e irresponsabilidad de los llamados partidos históricos, dedicados a un estéril bizantinismo politiquero, mientras entregan las riquezas nacionales a los ávidos consorcios imperialistas (los capitales ingleses dominan enteramente el salitre, elemento básico de la economía de la época), y toleran la subsistencia de un régimen agrario medieval, lo cual determina la ignorancia y miseria de las multitudes laboriosas. La representación al Parlamento, órgano decisivo de este nuevo régimen, proviene de un juego sin alternativa de feudos electorales y del cohecho. Y al examinar las nóminas de parlamentarios, se llega a la conclusión de que a pesar de renovarse periódicamente, el Parlamento fue prácticamente vitalicio, ya que en él figuran siempre los mismos diputados y senadores. No había selección ni renovación de valores. Desde este instante se establece la "profesión parlamentaria", que era compatible con la profesión de litigar y de actuar al servicio de loa intereses contrarios al país, representados por las compañías, bancos y consorcios extranjeros. Los parlamentarios no se consideran con ninguna responsabilidad frente a sus electores, puesto que compran sus asientos. Y los ciudadanos no tenían ninguna autoridad sobre ellos, desde que constituían una masa pasiva, que en el día de las elecciones se vendía, desvinculándose de sus representantes desde el mismo momento que los elegía.

En estas condiciones, aunque legalmente puede ser elegido cualquier ciudadano, de hecho no lo son más que quienes poseen dinero e influencias, o sea, terratenientes, capitalistas y altos profesionales. El parlamento es, por su origen y carácter, aristocrático-plutocrático. Grupos de familia se lo transmiten hereditariamente, como representantes del pueblo, así como los tribunales, en calidad de jueces; y el Ejecutivo, como gobernantes. Tíos, sobrinos y primos dominan en la Presidencia, Congreso y Tribunales.

Ante esta patética realidad, sólo los movimientos militares de 1924-1932 han provocado ciertos cambios en el panorama social, abriendo brecha en la muralla de los privilegios y posibilidades de ascenso a grupos sociales nuevos. El odiado militarismo, por la oligarquía, que ya en la Independencia trató de imponer un régimen liberal en desmedro de la aristocracia colonial, hasta que fue aplastado por Diego Portales y la reacción colonial, ha realizado más por la democratización del país que los tranquilos y "normales" periodos de civilismo legalista oligárquico.

De todos modos, la base del país no se altera; solamente el reemplazo del imperialismo inglés por el norteamericano, joven y avasallador, impone algunos cambios al ampliar y modernizar la explotación de las materias primas e intensificar la explotación de grandes masas de trabajadores, significando algunas transformaciones cuantitativas en la economía y en las relaciones sociales.

En el presente, después de siglo y cuarto de evolución republicana, y a pesar de una década de "régimen popular", se mantienen intactos los privilegios económicos y políticos, aunque disimulados por algunas leyes avanzadas, por la propia costumbre y por la actuación en el primer plano de elementos descastados de las clases de abajo, incorporados como sirvientes al séquito de los poderosos. Los partidos históricos dominan sin contrapeso y siempre existen los apellidos tabú de la aristocracia colonial, terratenientes viñateros, y de la plutocracia bancaria, bolsista e industrial, que prestan a quienes lo poseen, sin beneficio de inventario, un poder mágico y universal; son los apellidos que no pueden discutirse y que se emplean de preferencia en tas crisis políticas.

Esta es la realidad económica, social y política que llena nuestra historia, la que por haber sido escrita por cronistas de familias, por vulgares desecadores de hechos y hombres o por escribas cortesanos, nada trascendental y cierto ha dicho sobre el tiránico, negativo y tartufo papel desempeñado por los privilegios hereditarios en una república democrática de ficción, pero de contenido feudal y burgués.

Las nuevas generaciones tenemos una doble misión: de una parte, realizar un estudio e interpretación del pasado con un criterio científico, que estén acordes con la verdadera realidad histórica del país; y de otro lado, emprender una acción sostenida y sistemática en favor de la transformación de Chile en sus bases económicas y sociales, hasta conseguir el funcionamiento de una verdadera democracia, en donde imperen la justicia económica, la igualdad social y la libertad que permitan un desarrollo histórico armonioso y fecundo.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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