Desarrollo económico - social de Chile

Capítulo IV

ÉPOCA DE LA PENETRACIÓN DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO
Y DE LA ASCENSIÓN DE LA CLASE OBRERA

1. El coronel Carlos Ibáñez del Campo estableció una dura tiranía, y se ascendió a general, ofreciendo "rasgos psicológicos de perfecta similitud con otros dictadores sudamericanos, en su pasión por el mando, en su desprecio por las manifestaciones del sentimiento público y en su repugnancia por las instituciones emanadas del sufragio universal, y otros que lo diferencian también radicalmente de ellos. No lucró personalmente con los caudales públicos, aun cuando lo hicieron sus parientes y allegados, y su probidad fue reconocida por sus mismos enemigos" (1).

Ibáñez destruyó los organismos políticos democráticos y sindicales; fueron aprehendidos varios cientos de personas (una larga lista apareció en los diarios metropolitanos): dirigentes obreros, oradores populares, dirigentes de instituciones sociales, periodistas, políticos de diversos pelajes. Muchos de ellos fueron relegados a distintos sitios: islas de Más Afuera, Pascua, Mocha, archipiélagos del Extremo Sur, territorios de Aysén y Magallanes, y otros salieron al destierro. Estas persecuciones, resultado de una política de "mano firme", tuvieron por objeto "mantener el orden público" y la "tranquilidad social", con lo cual se atrajo la adhesión de las clases conservadoras. Al encarcelar y desterrar algunos políticos profesionales y al sancionar a algunos altos funcionarios que habían delinquido, se atrajo en los comienzos de su gobierno la adhesión de vastos sectores independientes, gentes de trabajo y de provincia.

Para mantener su dictadura se cometió toda clase de delitos: se entró a violar la correspondencia; se constituyó un amplio aparato de espionaje y delación; se expulsó del Poder Judicial a diversos funcionarios integérrimos; se adquirió por la fuerza los diarios de don Eliodoro Yáñez, para defender los intereses del nuevo gobierno; se persiguió en forma enconada a la familia Alessandri; se extorsionó al millonario Agustín Edwards Mac-Clure, representante de los intereses de los capitalistas ingleses y norteamericanos en el país, entre ellos de Guggenheim Brothers (asuntos de la venta de la casa de la Legación de Chile en Londres al Gobierno y del Testamento de don Federico Santa María). El Ministro de Hacienda de la dictadura, don Pablo Ramírez, hacía insertar en El Mercurio, de propiedad de Agustín Edwards, violentos artículos en su contra, y el propietario no podía defenderse.

Para darle una base política y de masas a su dictadura, creó , la organización obrera estatal al servicio de la tiranía, denominada Crac (Confederación Republicana de Acción Cívica); hizo elegir un Congreso de su amaño (Congreso Termal). Con el objeto de contar con recursos pecuniarios contrató nueve empréstitos hasta el 31 de diciembre de 1930, por la suma. de 792.347.912 pesos de 6 peniques.

En su esencia el gobierno de Ibáñez fue una dictadura policial al servicio del imperialismo norteamericano. En este período su penetración alcanzó un nivel imprevisto. Sus inversiones, que en 1912 eran de 15 millones de dólares, subieron a 451 millones en 1928 y a 700 millones en 1930. A través de la Cosach (Compañía Salitrera de Chile), creada por Ley del 21 de julio de 1930, se entregaba el 50% de la utilidad salitrera y parte de las reservas de salitres del Fisco al imperialismo norteamericano. En esta sociedad entraban como socios el Fisco y la mayor parte de los industriales salitreros, con el propósito de administrar por medio de un organismo único los intereses comerciales y fiscales de la industria. Esta sociedad significaba graves daños para la economía nacional, por cuanto, prácticamente, importaba la supresión de los derechos de exportación a cambio del pago que haría la Compañía de la suma de 660 millones de pesos en los tres años siguientes. El desarrollo que había experimentado esta industria era considerable: en 1929-30, en pleno gobierno dictatorial, se exportaron 2.898.141 toneladas métricas; pero, a continuación, las exportaciones disminuyen en más de un millón de toneladas.

Esta inmensa riqueza, sin embargo, beneficia sólo en escasa parte a la economía nacional, como lo demostró un análisis que hiciera el diputado conservador Alcalde Cruchaga, miembro de la reacción dominante, en 1937. El valor de la producción salitrera mencionada fue de 952 millones de pesos de 6 d. y de esa suma quedaron en el país 330 millones, incluyendo los 220 millones percibidos por el Fisco por concepto de exportación. En ese año, el 90% del salitre estaba en manos del capitalismo extranjero. Es así como, siendo dueños del salitre, casi toda su renta sale al extranjero. Hoy, con las nuevas leyes que reglan la industria, queda toda fuera del país. Nos deja el valor de algunas adquisiciones, tales como el carbón, leña, fierro viejo, los impuestos y los jornales. En el cobre sucede otro tanto, ya que en su 98% está en poder del capitalismo extranjero. Diversos economistas han señalado este hecho, paradojal si se quiere, de que la minería no ha reportado un beneficio real y verdadero a la nación; ha sido motivo de riqueza para los consorcios extranjeros y de explotación para grandes sectores de la ciudadanía nacional, a la vez que ha determinado una serie de fenómenos que han paralizado y obstaculizado un efectivo desarrollo económico de Chile, amén de otras consecuencias de orden social y ético muy perniciosas. (2)

Otro hecho que acredita la explotación imperialista es el siguiente: en este mismo año de 1929 se registra la exportación más alta en nuestra vida económica: 2.283.000.000 de pesos de 6 d., superando las exportaciones en 682 millones a las importaciones y, habiéndose contratado, además, grandes empréstitos, siempre la balanza de pagos fue desfavorable al país, como lo indica el hecho de que el Banco Central disminuyera sus reservas de oro.

Durante los años de 1927 a 1933 se vendieron productos al extranjero por valor de $ 8.699.884.150 de 6 d. (exportaciones) y se trajeron productos por valor de $ 5.846.168.454 (importaciones) , o sea, que se dejó en los mercados extranjeros un valor de $ 2.853.715.696, que no volvieron al país en forma de mercaderías. Este desequilibrio se produce a causa de que todas nuestras riquezas fundamentales están en manos de consorcios extranjeros y el valor de esos productos queda íntegro en otros mercados; y, también, porque el comercio exterior, en su mayor parte, está en manos de consorcios internacionales dueños de nuestras riquezas y es realizado por grandes casas comerciales extranjeras, cuyas utilidades no quedan en el país (Williamson Balfour y Cía., W. R. Grace y Co., Gildemeister y Cía., Gianolis y Mustakis, etc.).

2. En 1930, según Moisés Poblete Troncoso, se estimaba que las inversiones directas de los Estados Unidos ascendían a 440 millones de dólares: 330 millones en empresas mineras, 66 millones en medios de comunicaciones y transportes. Los títulos chilenos colocados en ese país se avaluaban en 260 millones. En total sus inversiones sumaban 700 millones de dólares. Las inversiones británicas se calculaban en 330 millones de dólares, que se descomponían así: títulos de gobierno, 137 millones; ferrocarriles, 103 millones; salitre y empresas diversas, 91 millones.

Además, existían capitales alemanes calculados en 125 millones de dólares, y capitales franceses de monto más reducido, invertidos en las minas de cobre de Naltagua y Las Condes, en refinerías de azúcar y en diversas otras fábricas. Consorcios norteamericanos e ingleses (Guggenheim Brothers y Banco Anglo) controlan el salitre; solamente el 5% de la industria era manejado por nacionales, que indirectamente dependían de los consorcios indicados. El cobre y el fierro están en manos de los consorcios yanquis (Chile Exploration Co. y Andes Copper Mining Co., Braden Copper Co. y Bethlehem Steel Corporation). El bórax pertenece a la compañía anglo-norteamericana Bórax Consolidated Ltd. El comercio de minerales está en manos de la American Smelting Co. El comercio exterior es controlado por casas comerciales inglesas (Williamson Balfour y Cía., Duncan Fox y Cía., Gibbs y Cía., Weir Scott y Cía.) y americanas (W. R. Grace y Cía.), que, además, poseen refinerías de azúcar, fábricas de tejidos, almacenes, etc. Existen poderosas sucursales de bancos extranjeros que no han traído capitales propios al país, sino que han movilizado capitales de depositantes nacionales (del comercio e industria que se desenvuelven en Chile por chilenos) y los han facilitado a empresas extranjeras. En esa forma los bancos han servido de avanzada en la penetración de los grandes consorcios extranjeros que ahogan la economía nacional. En 1936, la Secretaría de Comercio de los Estados Unidos asignaba 250 millones de dólares a las inversiones inglesas directas y 100 millones a sus préstamos; en cuanto a las de los Estados Unidos hacía notar que en 53 empresas había inversiones directas por 483.736.000 dólares.

Ibáñez, en su política de favorecer al imperialismo yanqui, le aseguró el monopolio de la energía eléctrica y tranvías por medio de un contrato leonino que se prestó para críticas y manejos variados. Ayudó a los magnates salitreros haciendo reclutar a hombres del pueblo que eran enviados al Norte, con lo que abarataban la mano de obra y beneficiaban más aún a los capitalistas salitreros, sostenes de la dictadura. Duplicó la deuda externa. Y todo esto provocó una serie ininterrumpida de derroches, gastos reservados, comisiones y fraudes en diversas reparticiones y obras (Dirección de Especies Valoradas, Impuestos Internos, Fondos de Retiro y de Previsión Social, Caja de Crédito Hipotecario, compra de armamentos, contratación de " empréstitos, contratos de la Foundation Co., etc.). Los favoritos del régimen, los "hombres de confianza", abusaban del poder hasta presionar en sus negocios particulares. Una descomposición moral inmensa envolvió al país.

Es verdad, no obstante, que Ibáñez modernizó el país, dotando a las principales ciudades de pavimento, alumbrado, agua potable, alcantarillado, edificios, caminos; y dando una orientación técnica a la administración pública. Emprendió una vasta reorganización de la misma; del Poder Judicial; de las fuerzas policiales por medio de la fusión de carabineros y policías; de la enseñanza pública, aunque resultó demagógica y terminó en las medidas represivas del omnipotente ministro Pablo Ramírez, según las cuales exoneró a más de 200 maestros y relegó a numerosos de ellos, mientras dedicaba sus esfuerzos a construir piscinas. (En este afán hizo destruir el simpático edificio de la Biblioteca del Instituto Nacional, lo que causó la pérdida de algunos millares de libros valiosos, para reemplazarlo por una pileta, que no logró realizar.).

También inició el proceso de la incorporación a la economía nacional del Territorio de Aysén, de cuya extensa superficie de 10.000.000 de hectáreas, por lo menos 500.000 son aptas para la colonización (los resultados de esta medida se pueden apreciar actualmente en los datos siguientes: en 1943 vivían allí más de 10.000 personas y los recursos ganaderos se estimaban en 50.000 ovejunos, 40.000 vacunos y 20.000 caballares).

Sin embargo, Ibáñez no logró crear un desarrollo económico propio basado en la industrialización del país, el que permaneció siendo proveedor de materias primas subordinado a la economía norteamericana. De ahí que al producirse la grave crisis de 1930, que impidió a Wall Street seguir otorgando empréstitos a las dictaduras latinoamericanas, provocó sus derrumbes: Machado en Cuba; seguía en el Perú; Ibáñez en nuestro país. La crisis norteamericana produjo el colapso de su economía y el de las nuestras. Se puede afirmar con toda exactitud que, durante el gobierno de Ibáñez, el Estado fue el órgano fuerte de la minoría plutocrática del país: grandes hacendados, grandes industriales (industria liviana en desarrollo), grandes comerciantes y banqueros, a la vez que el instrumento de la presión del imperialismo, dueño en último término de la economía nacional y formador de una burguesía industrial-financiera de carácter colonial, agente del imperialismo. La economía, al quedar enteramente subordinada al capital extranjero, experimenta en las ramas de sus industrias las consecuencias de las medidas que adopta el imperialismo en las faenas; extractivas, que son las básicas en la vida, económica nacional.

El imperialismo impide un libre y amplio desarrollo industrial que llegue hasta el establecimiento de la industria pesada, porque ello supone dejar de ser exportador de materias primas y mercado de venta de artículos manufacturados; no obstante, permite un pequeño margen, de tal manera que nuestro país ha logrado un apreciable desarrollo capitalista, de carácter industrial, debido al esfuerzo de su propia burguesía y a la acción del imperialismo. Precisamente, durante la tiranía de Ibáñez, se logró en ese sentido un avance innegable, con las características que tal desenvolvimiento, en un sentido burgués, supone para las masas trabajadoras y consumidores en general. En realidad, con el desarrollo industrial capitalista las masas trabajadoras no obtienen un mayor poder adquisitivo. El aumento de los salarios es muy lento; el empleo de las mujeres y niños se hace en escala apreciable y se presta para rebajarlos aún más. Es decir, todo el proceso de industrialización burgués-capitalista se hace a costa de la capacidad de consumo de las masas laboriosas.

3. El 26 de julio de 1931 cae Ibáñez y sube al poder, nuevamente, la oligarquía latifundista-clerical, moviendo la consigna del "civilismo constitucional", frente al cesarismo militarista que había imperado con el general Carlos Ibáñez. Hábilmente exaltaron como Presidente de la República a un distinguido jurista, de clase media y filiación radical, don Juan Esteban Montero (1931-1932), de carácter débil y contemporizador. Envuelto por los intereses poderosos, toda su gestión gubernativa estuvo al servicio del latifundio, de la banca, del clero y de las empresas imperialistas. Las masas trabajadoras se debaten en penosas condiciones, agravadas por los efectos de la crisis mundial y de la bancarrota económica del país en que lo sumiera la política de empréstitos y despilfarros de Ibáñez. El descontento de las clases laboriosas se manifestó en diversos movimientos huelguísticos y en la sublevación de la marinería, que puso al país al borde de la guerra civil, siendo sofocada después de una gran movilización de fuerzas armadas. El civilismo esgrimido por la oligarquía, que había sido desplazada del poder político por las revoluciones militares (pero enriquecida en diversos negocios pingües en el control de la Caja de Crédito Hipotecario y Cajas de Ahorros, con el derroche fiscal de cientos de millones, la esclavitud inamovible de las clases trabajadoras y con el apoyo de los capitalistas extranjeros) solamente era una pantalla para ocultar otra vez la exclusivista y desgraciada dominación política de las clases feudales y capitalistas en desmedro del pueblo.

A lo largo del país se produce un clima de efervescencia en contra del gobierno reaccionario e inoperante. Los funcionarios de gobierno recurren al expediente habitual de la clase dominante: la represión sangrienta. En diciembre de 1931, en Vallenar y Copiapó, se, verifica una insensata masacre que cuesta la vida a numerosos trabajadores humildes.

A pesar de estas sangrientas represiones las masas obreras se organizan aprovechando toda suerte de medios. Toma cuerpo el llamado "sindicalismo legal", es decir, el movimiento de sindicalización que se acoge a las disposiciones del Código del Trabajo. En 1931 existían alrededor de 250 sindicatos legales que agrupaban a más de 50.000 afiliados. Se reestructura la Federación Obrera de Chile (Foch) que había sido quebrada por la dictadura ibañista, y dirige la sindicalización de resistencia, politizando totalmente sus cuadros bajo una orientación cerradamente comunista. Por otro lado, de las antiguas filas de la I.W.W. nace, a fines de 1931, la Confederación General de Trabajadores (C. G. T.) de orientación anarquista, que agrupa a algunos miles de adherentes.

En el campo obrero se produce una violenta época de luchas intestinas que esterilizan la acción uniforme de la clase trabajadora en contra de sus explotadores. La Foch ataca con virulencia al sindicalismo legal reformista; la C.G.T. combate a la Foch y al sindicalismo político; la Foch persiste en su posición partidista y rompe todas las organizaciones existentes, dando origen a organismos exclusivamente comunistas: la Federación de Maestros, la Federación de Empleados, la Federación Ferroviaria, etc.

El Partido Comunista, cegado por un sectarismo intransigente, no logra agrupar a las masas. Vive desligado de nuestra realidad objetiva, sirviendo fielmente las orientaciones de la III Internacional. Desde esta época el comunismo ha evidenciado su desprecio por la idiosincracia de los pueblos, de sus defectos y virtudes; su rechazo a interpretar las ideas particulares y modalidades específicas que forja la vida diaria de los hombres en las diversas partes del globo; su insistencia para trasladar conceptos, juicios y fórmulas hechas para realidades y mentalidades distintas; su incapacidad para ser interprete honrado y sincero de los deseos y aspiraciones de las masas de cada nación. Únicamente le interesa servir de instrumento a la política y diplomacia soviéticas, miembros disciplinados de la Tercera Internacional, aunque sus consignas y virajes, en muchos casos traten de representar anhelos de nuestros países. La más absoluta subordinación a los dictados del gobierno soviético determinan su acción, y eso es lo que lo incapacita para cumplir los imperativos y destinos de nuestros pueblos. El Partido Comunista, colocado en un plano teórico y verbalista, no logra conmover a las masas ni conducirlas por el camino de su liberación; sirve exclusivamente al Komintern. La esterilidad de la acción comunista fluye de su posición internacional subordinada estrictamente a una nación, la URSS, en función de la cual sacrifica todos los intereses de las masas trabajadoras. Un organismo centralizado, con sede en Moscú, rígido y autoritario, al que deben acatamiento total, es el verdadero cerebro de los partidos comunistas. Este organismo se denomina Tercera Internacional o Komintern, elemento fundamental de la política exterior soviética. La Tercera Internacional se constituyó "como partido internacional, único y centralizado del proletariado", con un programa "único y común a todas las secciones". Sus finalidades son: "El programa de la Internacional Comunista, siendo, como es, el más alto resumen crítico de toda la experiencia histórica del movimiento revolucionario internacional del proletariado, es el programa de lucha por la dictadura proletaria mundial, el programa de lucha por el comunismo mundial. La Internacional Comunista unifica a los obreros revolucionarios que arrastran consigo a la lucha contra la burguesía y sus agentes "socialistas" a masas de millones de oprimidos y explotados". Las secciones "nacionales" están sujetas a una disciplina de hierro y a una ciega obediencia: "Para coordinara la labor y las acciones revolucionarias, así como para la dirección más ética de las mismas, el proletariado internacional necesita una disciplina internacional más rigurosa dentro de las filas comunistas. Esta disciplina comunista internacional debe manifestarse en la subordinación de los intereses particulares y locales del movimiento a los intereses generales y permanentes del mismo y en la ejecución incondicional por parte de todos los comunistas de las decisiones emanadas de los órganos dirigentes de la Internacional Comunista". (Programa y Estatuto de la Internacional Comunista, aprobados en el VI Congreso, 1 de septiembre de 1928).

El agudizamiento de la lucha de clases en estos años encuentra fuerte resonancia en el seno del Partido Radical. El sector medio, de pequeña burguesía profesional y burocrática, impone su inquietud en la Convención realizada en diciembre de 1931, al redactarse una Declaración de Principios en la que reconoce la lucha de clases, como resultado de "que el actual régimen capitalista que se apoya fundamentalmente en el individualismo y la propiedad privada de los medios de producción ha hecho crisis, pues divide a la sociedad en dos clases desiguales y antagónicas: una que posee los instrumentos de trabajo, es la clase dominante; otra que no posee más que su fuerza vital, es la clase dominada". Entra a propugnar el reemplazo del régimen capitalista por uno en que los medios de producción sean patrimonio de la colectividad y el individualismo sea substituido por la solidaridad social. Como medio para realizarlo, preconiza un proceso evolutivo de expropiación a justo precio, pues el Partido Radical, en esta lucha de clases, está de parte de las clases asalariadas" hasta conseguir la solidaridad social. Expresa que la plena libertad no existe mientras no se posea la libertad económica; combate toda clase de dictaduras, sean militares, capitalistas o proletarias.

Esta Declaración de Principios sólo tiene un valor histórico, ya que en la práctica el Partido Radical ha actuado siempre en desacuerdo con sus principios, al servicio de la reacción y del mantenimiento del régimen capitalista. Es que mientras en las convenciones triunfa el sector de la clase media, en la política diaria, donde debe llevar a los hechos sus acuerdos, predomina el sector de gran capital: latifundistas, industriales y alta burocracia estatal. La posición del Partido Radical será siempre ambigua. Socialmente no está en la Derecha: no se siente solidario con los conservadores, que son aristócratas y católicos, estrechamente ligados a la Iglesia; su masa es de clase media, de la que se dice su intérprete, de posición racionalista y ligada a las logias masónicas (la masonería es una organización secreta, de tendencia filosófica liberal-individualista, que ataca el teologismo católico y propicia un vago deísmo, combate los dogmas y defiende la ciencia; fue el vehículo ideológico revolucionario de la burguesía en su lucha contra el feudalismo; en la actualidad sirve débilmente al liberalismo democrático de los sectores medios); se aparta de los liberales, quienes repudian la intervención estatal en la economía y desean mantener intacto el régimen de la libre empresa en favor de los grandes industriales monopolistas y el sistema latifundiario de propiedad y explotación agrícolas; si defiende el liberalismo político, en lo económico propicia una especie de socialismo estatal que limita los abusos de la economía de lucro y explotación de los consumidores. No se liga estrechamente a los socialistas que desean la colectivización amplia de los medios de producción; ni al comunismo que es totalitario y dictatorial. Entonces vive en una actitud dual: electoralmente esgrime consignas populares y democráticas, uniéndose a socialistas y comunistas; en el gobierno, defiende prerrogativas administrativas y se alia con los conservadores y liberales para realizar una gestión gubernativa reaccionaria. Su papel efectivo es el de pararrayos de la tormenta proletaria, que amenaza desde hace años sepultar el sistema imperante.

El Partido Conservador y el Partido Liberal son agrupaciones de idéntica composición social y defienden los mismos intereses del gran capital. La totalidad de sus directivas y parlamentarios pertenece a la antigua aristocracia chilena; son los poseedores de la mayor parte de las propiedades agrícolas, donde radica su fuerte base electoral; son los que dominan en los directorios de las sociedades industriales y bancarias. Representan, en lo económico, al gran capital y al sistema liberal-capitalista; en lo social, a la antigua clase dirigente; y en lo político, al régimen demo-burgués. En sus filas militan algunos sectores de clase media, pero son los que se incorporan por motivos interesados y no los que predominan. Defienden una protección decidida al derecho de propiedad y a su ejercicio; la limitación de la intervención del Estado a un mínimum, respetando la libre iniciativa particular; la defensa de la utilidad del capital y la protección amplia al productor por parte del Estado (es decir, el Estado debe defender y ayudar al rico, al capitalista,, y no debe gravarlo; debe hacer recaer el peso de su sostenimiento en las masas asalariadas por medio de los impuestos indirectos); la condenación de todo movimiento huelguístico, porque perturba el orden social y perjudica la actividad productora; el ataque a la organización sindical, la defensa del patrón o empleador; y su actitud frente al obrero es de caridad y beneficencia. Combaten en forma abierta al socialismo y al comunismo, doctrinas que para ellos son similares.

Está magistralmente sintetizada la posición del Partido Conservador frente a los problemas sociales, económicos y políticos de la democracia actual, en el discurso del Presidente Conservador, en su Convención de 1933: " . . .De lo dicho, se desprende claramente -afirmaba- cuan absurdo es el sufragio universal, la mayor imbecilidad que han inventado los hombres, según la enérgica expresión de un autor... Debemos, pues, reaccionar franca y valientemente contra la gran superchería del sufragio universal, y contra el sufragio universal singular, luchar por el sufragio restringido y plural, restringido a los capaces y en la medida de su capacidad. Influyen en los destinos de los pueblos los que son capaces de discernir entre los verdaderos y los falsos intereses del bien común, e influyen más los que son más capaces. He aquí la única, sana, racional y verdadera democracia ... El hecho social que más hiere nuestra vista, que más contrista el alma del sociólogo, y que más irrita el corazón de las muchedumbres, es el gran número de los pobres frente al reducido número de los ricos. Este hecho tan simple, compendia toda la cuestión social. Podríamos decir que el socialismo no tiene otro objeto que terminar con este contraste, haciéndonos ricos a todos los hombres. Bello ideal. Y me explico que esta terrible antinomia de pobres y ricos desespere a los socialistas y encienda todas sus iras. Desde su punto de vista materialista, que concreta el fin del hombre a vivir lo mejor que pueda su vida terrenal, la pobreza no tiene sentido y es el peor azote de la humanidad. Pero no me explico que sociólogos cristianos piensen lo mismo que los socialistas, o por lo menos, procedan en su critica de la sociedad como si pensasen lo mismo ... Que haya pocos ricos y muchos pobres es un hecho natural inevitable, que existirá mientras el mundo sea mundo. Está dentro del plan providencial que así sea, y todos nuestros esfuerzos por evitarlo resultarán infructuosos. Y si esos esfuerzos llegaran a fructificar, alteraríamos en tal forma el orden natural que la humanidad quedaría condenada a desaparecer. Porque, si todos fuéramos ricos o, por lo menos, gozáramos de un relativo bienestar, quién se prestaría para hacer los trabajos más duros y humildes de la escala económica? quién segaría la mies bajo el sol abrasador y quién bajaría a la entraña hosca de la tierra, para arrancar a la mina su tesoro?, la humanidad llena de bienestar se moriría de hambre, y pagaría así su rebelión contra el castigo divino que la condenó a ganar el pan con el sudor de su trente. Para que los hombres puedan vivir sobre la tierra, es indispensable que haya pobres y ricos. Así, unos trabajarán por el incentivo de la riqueza, y otros por el aguijón de la pobreza. Y este contraste, al parecer injusto y doloroso, de la abundancia de los ricos y la estrechez de los pobres, que para los socialistas no tiene sentido, lo tiene, y profundo, para nosotros los cristianos, de la misma manera que lo tiene, en el dolor y la muerte. La pobreza, en nuestro concepto de cristianos, es el estado más rico en medios para que el hombre alcance sus destinos eternos; y en cambio, la riqueza está perpetuamente amargada por aquella terrible sentencia bíblica, que dijo: más fácil es que pase, un camello por el ojo de una aguja, que un rico se salve ..."

Frente a la realidad social, económica y política que hemos reseñado, surgen diversos grupos revolucionarios que, orientados por los principios socialistas, inician una acción política más justa y certera, encauzada a superar el panorama infecundo que vivía el movimiento obrero. Nacen la "Nueva Acción Pública" (Nap); la Acción Revolucionaria Socialista (Ars); el Partido Socialista Marxista; el Partido Socialista Unificado y la Orden Socialista. La labor tenaz de esos grupos, el descontento de las masas, el desgobierno y las irritantes injusticias cometidas por los personeros de las clases poseedoras en el poder, dieron el triunfo a un movimiento revolucionario encabezado por el coronel Marmaduke Grove. El 4 de junio de 1932 cae derrotado Juan E. Montero y se instaura un gobierno socialista.

4. La revolución socialista del 4 de junio de 1932, cuyas principales figuras fueron Marmaduke Grove, jefe militar, y Eugenio Matte Hurtado, dirigente civil, significó una esperanzada perspectiva para la organización de las masas dentro de los principios del socialismo. El pueblo entero se movilizó tras la Junta Revolucionaria de esos días en contra de la oligarquía terrateniente y plutocrática, explotadora del país. Su consigna concreta de "Pan, techo y abrigo" resumía los anhelos insatisfechos de las mayorías nacionales. Precisamente, el Plan de los 50 puntos, que contenía las medidas esenciales que el equipo de la revolución intentaba llevar a cabo, se podía resumir en la necesidad urgente e imprescindible de alimentar, vestir, domiciliar y educar a las grandes masas populares.

Los dirigentes revolucionarios comprenden que los soportes económicos en que descansa el régimen dominante son el latifundio y el capital imperialista. Mientras no se destruyan esos cimientos de opresión no podrá implantarse un nuevo sistema que permita el bienestar electivo de la clase trabajadora. En su "Programa de acción económica inmediata" señalaron, entre otras cosas, con justeza, los efectos tremendos de la penetración imperialista en el país: "todo ha sido entregado sistemáticamente al extranjero. A consecuencia de. esta política, la administración del crédito, el ejercicio del comercio interno y externo y el control de los salarios y del mercado de los brazos se han escapado de nuestras manos. Hemos visto a los gobiernos y a los particulares recurrir constantemente al crédito exterior para movilizar la riqueza nacional; aun se ha recurrido a él en aquellos casos en que los artículos importados representaban una parte insignificante de las inversiones. Por su parte, las casas comerciales extranjeras han llegado a monopolizar nuestro comercio interno mayorista y el comercio externo de exportación e importación está exclusivamente en sus manos. Finalmente, empresas extranjeras tienen en su poder toda la industria pesada de producción de materias primas y una gran parte de los servicios públicos. Las funestas consecuencias de semejante política son claras: afluencia desordenada de los créditos contra el exterior ha permitido, por una parte, a las casas y a las empresas extranjeras hacer efectivas en el exterior las pingües ganancias que obtenían en el interior y, por otra parte, ha transformado a nuestro país en un gran comprador de artículos superfluos y de lujo, ya que no es posible importar los créditos sino las mercaderías. Esta última circunstancia ha sido especialmente funesta para la economía y para el orden social, pues ha fomentado una vana prodigalidad en nuestra clase capitalista y un doloroso pauperismo en nuestra clase proletaria. El monopolio del comercio por las casas extranjeras las ha llevado a ser los árbitros de los precios en nuestro mercado, arma que ha sabido esgrimir para esquilmar a los productores y esclavizar a los consumidores. La entrega a empresas extranjeras de toda nuestra industria pesada y de gran parte de los servicios públicos ha puesto en sus manos el control de los salarios, el mercado de los brazos y el valor de la moneda. Nuestra clase privilegiada ha vivido embriagada con los lujos y la molicie que le proporcionaba el capitalismo extranjero a cambio de nuestras riquezas naturales y de la miseria del pueblo. Por eso, en la advenediza burguesía de Chile, más que en ningún país que se diga libre, se ha evidenciado un mayor respeto por todo lo que no es nacional ..."

Los revolucionarios del 4 de junio contemplaban en su programa una serie de medidas radicales para iniciar la transformación del país, eliminando a la oligarquía plutocrática y al imperialismo. Entre ellas, la organización racional y científica de la producción en sus diversas ramas: agrícola, minera e industrial, mediante la creación del Ministerio de Economía Nacional; revisión de las concesiones al capital imperialista; creación del Banco del Estado; control del comercio interno y externo y del crédito en beneficio de las masas laboriosas, para impedir la explotación capitalista; modificación del sistema tributario, gravando las grandes rentas para hacer más equitativa la repartición de las riquezas; impuesto extraordinario y progresivo a las fortunas superiores a un millón; plan de colonización; reforma educacional; estanco del oro, yodo, bencina, azúcar y alcohol.

Durante, su breve permanencia en el poder solamente alcanzaron a realizar algunas medidas elementales, como ser: amplia amnistía por delitos políticos y sociales, reposición de los maestros expulsados de sus cargos y anulación de las medidas disciplinarias del Consejo Universitario; clausura del ignominioso Congreso Termal; suspensión de los lanzamientos de arrendatarios que pagaban una renta mensual inferior a $ 200; envío de 300 colonos con sus familias al fundo fiscal "El Sauce"; se ordenó a las Cajas de Crédito Popular que devolvieran a los empeñantes los objetos indispensables para la vida y trabajo domésticos; se dispuso que la Caja Nacional de Ahorros concediera créditos hasta el 50% de su capital a los comerciantes que giraban con menos de $ 200.000; autonomía universitaria, declarándose inviolables por las fuerzas armadas los recintos universitarios.

El programa de los revolucionarios no era socialista, sino de transición, por cuanto no hablaban de la socialización de la tierra ni de los medios de producción en general; tampoco de confiscación de las grandes fortunas laicas y del clero. No obstante, el gobierno del 4 de junio produjo un despertar popular gigantesco y ^ todo el país se conmovió en una rumorosa marejada de esperanzas. La oligarquía vivió días de pavor y algunos de sus personeros hasta alcanzaron a efectuar medidas "socialistas" en sus empresas, para marchar a tono con los nuevos tiempos (así, por ejemplo, don Agustín Edwards, acaudalado banquero y comerciante, decretó la socialización de El Mercurio, el diario más antiguo y poderoso del país, y el más neto vocero de la plutocracia nacional).

La acción mancomunada de la oligarquía y ,el imperialismo provocó la caída de los revolucionarios del 4 de junio, quienes no tuvieron un partido estructurado en qué apoyarse, ni supieron tomar medidas radicales para desmontar la máquina administrativa reaccionaria ni para crear una fuerza armada popular. Estas debilidades se explican por la carencia de homogeneidad en el equipo director del movimiento y por su falta de una madurada concepción teórica y política y su correspondiente programa. Sin embargo, a pesar de su corta duración (4-16 de junio de 1932), la revolución mencionada constituye un acontecimiento de extraordinario interés en la historia de las luchas sociales de nuestro país y abrió una nueva etapa de vastas proyecciones en el movimiento obrero nacional.

5. La amenaza que la efímera república socialista significó para la dominación de la clase plutocrática determinó, primeramente, un desarticulamiento grave en sus filas. Se demostró tal hecho en la lucha presidencial de fines de 1932, en la que la extrema derecha reaccionaria llevó dos candidatos; la burguesía y la pequeña burguesía liberal se agrupan en torno a don Arturo Alessandri, cuyo pasado populista y hábil demagogia reformista aún atraían a sectores del pueblo no politizados, prestándose admirablemente para esos tiempos de convulsiones sociales, en oposición a la candidatura popular de Marmaduke Grove, quien, a pesar de estar relegado en la Isla de Pascua, obtuvo más de 60.000 votos, triunfando en Santiago y Valparaíso, los centros más conscientes del país.

En torno a Alessandri se reagrupó y cohesionó la clase dominante: latifundistas, banqueros, grandes industriales y comerciantes, la Iglesia, el capital imperialista. Realiza durante seis años (1932-1938) un fuerte gobierno dictatorial, aunque manteniendo siempre un gran respeto formal por la Constitución y tratando de guardar las formas legales, sin que las clases conservadoras dejen de pisotear, cada vez que es necesario y en resguardo de sus intereses, sus leyes, tras el afán de aplastar el movimiento democrático de la clase obrera. Con razón expresa el historiador Ricardo Donoso que el señor Alessandri, a poco de iniciar su nuevo gobierno, inició una "política abiertamente reaccionaria, de franca tendencia al más perfecto entronizamiento oligárquico, que se creyó un día barrido de la vida pública chilena".

Por el cohecho y la intervención se había elegido un Congreso que pasó a ser el instrumento ciego de su política reaccionaria, el que aprobó continuas leyes represivas (leyes de facultades extraordinarias de abril de 1933 y de diciembre del mismo año), destinadas a sofocar el descontento y las manifestaciones del pueblo y disfrazadas tras el pretendido objeto de defender la estabilidad del régimen, el "orden" y la "tranquilidad pública", esto es, la reforzada explotación capitalista sobre la permanente pobreza popular. En la práctica fueron suprimidas las libertades democráticas; se persiguió enconadamente a los dirigentes políticos y sindicales de la clase obrera; se organizaron con el apoyo gubernativo cuerpos civiles armados dirigidos contra el pueblo y el movimiento de oposición (Milicias Republicanas); desató diversas represiones sangrientas (matanza inicua de más de un centenar de campesinos y colonos en Ranquil, región del Alto Bío-Bío; muerte de varios obreros en el local de la Foch, en Santiago; represión de los obreros municipales); encarceló y relegó por largos períodos, en diversas oportunidades, a decenas de miembros de las organizaciones democráticas; hizo exonerar a 200 maestros; se expulsó de sus faenas a numerosos obreros municipales y ferroviarios; durante la huelga ferroviaria de febrero de 1936, hizo detener y relegar al extremo sur del país a todos los dirigentes de las agrupaciones sindicales y políticas opositoras a su régimen despótico; favoreció los intereses económicos de los terratenientes, permitiendo la libre especulación con los productos de la tierra y de los consorcios imperialistas, entregándoles la totalidad de la riqueza salitrera. Finalmente, permitió la existencia y propaganda libre de un Movimiento Nacional-Socialista, calcado sobre el modelo hitleriano, que actuaba en, la calle desempeñando el papel de vanguardia de choque de la reacción nacional imperante, financiado en gran parte por consorcios industriales y comerciales alemanes.

El hombre fuerte del gobierno del señor Alessandri fue su Ministro de Hacienda, don Gustavo Ross Santa María, hombre de talento, pero hábil especulador, que. estaba ligado a la banca internacional y que desde su alto cargo tomó una serie de medidas que debilitaron la economía nacional, fortaleciendo, en cambio, a la reacción y al imperialismo a costa de la miseria del pueblo. No es un cargo gratuito. Uno de sus partidarios más destacados, don Edecio Torreblanca, escribió en un folleto de propaganda al señor Ross las siguientes líneas: "Es frecuente hacerle el cargo que ha especulado en la Bolsa. Especular es comprar desde luego lo que se sospecha que va a subir de precio, para venderlo después y ganarse la diferencia o viceversa, vender desde luego lo que se calcula que va a bajar de precio, para entregarlo cuando haya bajado, porque entonces se puede adquirir por una suma inferior y se cumple el compromiso con menos dinero que el que se va a recibir por la venta ... Y el señor Ross negociaba en la Bolsa donde no van los pobres sino los que tienen que perder y con el fin de ganar más de lo eme tienen". El historiador don Ricardo Donoso se expresa en los términos siguientes: "El señor Ross no había figurado anteriormente en la política nacional y su personalidad, de agresivas aristas, suscitó desde el primer momento las mayores resistencias. Hombre sin escrúpulos morales ni jurídicos, ajeno a la cultura general más elemental, formado en la escuela de las especulaciones bursátiles, pero movido por una ambición sin freno, habría de ejercer desde la primera hora una influencia decisiva en la marcha de los negocios públicos".

6. Ross liquidó la Cosach en enero de 1933 y creó para sustituirla la Corporación de Ventas de Salitre y Yodo, Ley N 5.350, organización que entregó el 75% de las utilidades del salitre a los consorcios extranjeros para el servicio y pago de los bonos Prior. Esa ley supuso, además, la renuncia por parte del gobierno a un crédito de 42,7 millones de dólares, más o menos 1.067.000 de. pesos moneda corriente, a cambio de la suma de 140 millones. Posteriormente reanudó el pago de la deuda externa, Ley N 5.580, destinando el 56% de las utilidades que el Fisco percibía por derecho de exportación del salitre y un 18% de las contribuciones del cobre a cumplir dicho compromiso. Además, se llevó a cabo una gran especulación con los bonos de la Deuda Externa en los mercados extranjeros, hecho que fue denunciado por el propio diario El Mercurio.

En 1936-37 las utilidades de la industria salitrera, año en que se vendieron 1.465.000 toneladas, fueron de 12,1 millones de dólares, casi 300 millones en moneda corriente; las utilidades de la industria del cobre, compañías Chile Exploración Co., Ander Copper y Braden Co., Poderosa y Naltagua, fueron de mas de 21 millones de dólares, 500 millones en moneda corriente. De la utilidad salitrera la cuarta parte correspondió al Fisco chileno, o sea, 3 millones de dólares, que se destinaron al pago de la deuda externa. El saldo de 9,1 millones de dólares se empleó en la siguiente forma: 3,6 millones para el servicio de los bonos Prior de la Corporación; 5,1 millones se entregaron a los productores y las tres grandes compañías salitreras, la Corporación, la Lautaro y la Anglo-Chilena, destinaron 4,8 millones para el servicio de sus propias deudas. Así tenemos que el servicio total de la deuda externa de la industria salitrera fue de 8,4 millones de dólares. Por ambas leyes el Estado chileno perdió totalmente, para su economía, la riqueza del salitre y yodo.

El problema del salitre es de gravedad en esta época. Aparte de lo que hemos expuesto, la Corporación de Ventas obliga a vender caro el salitre, pues debe soportar un recargo superior a su propio costo, lo que impide competir con el sintético. El valor y pago de bonos es superior a $ 150 por tonelada, en circunstancias que el costo medio de extracción y elaboración del salitre en las oficinas de industriales chilenos era de $ 140. El peso de las deudas existentes eleva considerablemente, en forma artificial, el costo del salitre. Por otra parte, es del caso anotar que en la industria salitrera el proceso de producción que se cumple es el llamado Shanks, a excepción de las oficinas Pedro de Valdivia y María Elena, en donde se practica el sistema Guggenheim (en los últimos años se construía en Tarapacá la planta mecanizada Brac, que perfecciona los métodos anteriores); pero el sistema de organización de la producción y distribución es el creado por la Corporación de Ventas. En las pampas mismas se han producido algunos fenómenos de consecuencias graves: agotamiento de los terrenos de buena ley; incapacidad financiera de las oficinas para renovar la maquinaria; aumento de los precios de los elementos de producción y de los combustibles (petróleo); continuos conflictos obreros. Estos factores han reducido los márgenes de utilidades y en algunos casos los precios de costo sobrepasan los de venta. En la fase actual de industrialización se ha presentado el fenómeno conocido con el nombre de "productividad decreciente". La ley de la Corporación de Ventas de Salitre y Yodo los ha agravado en cuanto a los costos medios y nivelación de precios que se establecen para fijar las utilidades que corresponden al Estado por cada tonelada de salitre y yodo, porque con dicho procedimiento salen perjudicados los industriales que trabajan con altos costos de producción. En junio 1933-julio 1934, el consumo mundial fue de 14 millones de toneladas de salitre sintético y un millón de toneladas de salitre natural. Lo único que Chile obtiene en el presente de la riqueza salitrera es lo que dejan las compañías extranjeras por concepto de salarios, siempre cercenados a causa de la constante desvalorización monetaria, de 6 d. a 1 d. En el año salitrero de 1928-29 los salarios fluctuaron alrededor de $ 12, que al cambio de 6 d. por peso significaban 1.50 dólares; en el año salitrero de 1936, los salarios fueron de $ 21.50, término medio, o sea, al cambio de l g d., 0,85 centavos de dólar. En la masa total de 26.000 obreros del salitre, supone un robo de cinco millones de dólares, más o menos 125 millones de pesos moneda corriente. El aumento nominal de los salarios es burlado por la desvalorización monetaria, que produce, a su vez, el encarecimiento de los artículos de primera necesidad y de los arriendos, agudizando los problemas de la clase obrera.

Con respecto a la política de los salarios, el imperialismo establece una irritante desigualdad entre los empleados y obreros nativos y los empleados del país de origen. Un diputado obrero hizo en la Cámara, sobre el mineral de cobre El Teniente, una exposición que lo demuestra. Según él, en 1933 trabajaban 3.389 obreros que ganaban, en el mes de abril de ese año, 1.137.008.10 pesos moneda legal; 400 empleados chilenos ganaron 270.590.63; y 218 empleados extranjeros, comprendidos algunos abogados nativos al servicio del imperialismo, $ 1.124.805.10, es decir, casi tanto como el total de obreros. En la misma forma, mientras un obrero yanqui del cobre ganaba de 4 a 6 dólares, más de $ 100 diarios, los obreros chilenos ganaban alrededor de $ 20.

La explotación imperialista se caracteriza por el bajo salario que paga al obrero nativo, lo que le permite obtener una mayor plusvalía y, por lo tanto, aumentar considerablemente sus utilidades. El capital imperialista no emigra si no encuentra mano de obra barata para explotar. Algunos de sus técnicos de confianza ocupan las posiciones claves y sus obreros especializados dirigen, al comienzo, las faenas en tanto logran la especialización de los obreros aborígenes, quienes luego pasan a ocupar aquellas plazas por menor paga.

Un hecho más en la política de complacencia y entreguísmo al capitalismo internacional fue el llamado "Pacto entre Caballeros". La Corte Suprema debió investigar la acusación de que la Compañía de Electricidad había sacado del país más de 100 millones de pesos a espaldas del Control de Cambios, burlando nuestra soberanía. En la investigación realizada se comprobó la efectividad de la acusación y la Corte Suprema condenó a dicha Compañía a pagar la suma de 55 millones de pesos de multa, por haber burlado las leyes nacionales. El señor Ross, pasando por sobre la independencia del Poder Judicial, celebró un pacto de caballeros con Mr. Calder, representante del consorcio norteamericano afectado, por el cual condonó a la compañía la multa indicada.

En esta forma la Compañía de Electricidad ha gozado de una especial deferencia en los círculos de la burguesía dominante, sea en el gobierno de Ibáñez, sea en el de Alessandri. La explotación imperialista tiene distintos caracteres en las industrias de materias primas (salitre, cobre, hierro) y en las industrias de consumo (energía eléctrica, ferrocarriles, teléfonos). A Chile, por ejemplo, la explotación imperialista del cobre lo empobrece menos, pues el cobre no lo consumimos nosotros; el capital extranjero que lo explota lo vende fuera del país y paga con rentas del exterior los salarios de nuestros obreros y los impuestos al Fisco. Es útil para el país, actualmente, que la industria del cobre tenga grandes utilidades; de ese modo el Estado la obliga a pagar salarios cada día más altos y cada día mayores tributos al Fisco chileno, pues esos pagos se hacen con dinero extranjero, ya que el cobre se ha vendido en el mercado internacional.

En la industria eléctrica la explotación imperialista adquiere su forma más intensiva. En ella se vende su producto a nuestra población consumidora y es ella la que paga todos los gastos de la Compañía, de tal manera que los salarios de sus obreros y todas sus utilidades salen del bolsillo de los chilenos, por lo que no necesita traer dólares del extranjero, como los debe traer la industria del cobre para pagar sus gastos en Chile. Salarios, contribuciones, impuestos, todo lo que debe pagar en el país y las utilidades que se lleva al exterior salen, en el caso de la Compañía de Electricidad, de nuestra población consumidora. En 1937 esta Compañía declaró haber obtenido una renta de 122 millones de pesos, 51 millones de gastos y 71 millones de utilidad neta. salidos íntegramente de los chilenos, de su industria, de su comercio y de los salarios de los trabajadores. Así, pues, esos 122 millones de pesos representan la riqueza chilena de la industria eléctrica, tanto en lo que se refiere a materia prima como al pago de su consumo y todo sale exclusivamente del bolsillo de los consumidores nacionales. Si esos 122 millones de la renta de la industria eléctrica hubiesen sido obtenidos por la industria del cobre, habrían salido del mercado extranjero y de esa suma se habría traído a Chile la parte destinada al pago de jornales e impuestos (los 51 millones de gastos de la Compañía) y no de nuestros consumidores. En el caso de la industria eléctrica, el problema consiste en que la utilidad que obtenga de los consumidores nacionales el consorcio imperialista sea menor, ya que esa utilidad sale fuera del país.

El gobierno de Alessandri-Ross, tan benévolo para servir las exigencias del imperialismo y de los terratenientes nacionales, no llevó a cabo una política favorable para los medianos y pequeños productores. Por el contrario, abusó del sistema de los impuestos indirectos: 2% a las ventas, 5% a la base, que provocaron grandes trastornos a los consumidores y a la pequeña industria. El impuesto del 2% alcanzaba en la práctica a un 10% o un 12%, afectando gravemente al pequeño comercio y, en especial, a los consumidores, quienes son, en último término, los que pagan los impuestos. Con razón en los albores de la República, en 1824, el Ministro de Hacienda, don Diego José Benavente, condenó los impuestos indirectos, porque en ellos contribuye con más "el laborioso gañán que el rico sibarita". El 2% rindió en 1933 la suma de $ 47.560.000; en 1934, la de $ 102.564.000; en 1935, la de $ 128.623.000, y en 1936, la de $ 29.816.000 (rigió sólo algunos meses). El 5% a la base rindió $ 144.775.000 en 1936 y $ 141.000.000 en 1937. En cambio, los grandes terratenientes pagaban, en 1937, apenas la suma de 62 millones de pesos como impuesto territorial al Fisco. Y el 31 de diciembre de 1937 las reservas de oro del Banco Central habían disminuido de $ 447,7 millones, que eran en 1929, a $ 144,2 millones.

El proceso de inflación y encarecimiento, que en Chile ha sido permanente, se agudizó desde 1932 y en los seis años del gobierno Alessandri-Ross el costo de la vida experimentó un alza de 100%. No obstante este sombrío cuadro, la situación de los poderosos fue excelente, realizando ganancias enormes: "A la sombra del movimiento económico, el comercio y la industria obtuvieron utilidades cuantiosas, mientras la situación de las clases asalariadas se hizo precaria, por el notable aumento del costo de la vida y la depreciación de la moneda".

Los presupuestos nacionales crecieron en apreciable proporción: de 945 millones en 1933 a 1.596.666.994 en 1938, presupuesto aprobado, ya que el gastado subió realmente a un mil 660.000.000 de pesos. Claro que dicho aumento demostraba una mayor actividad, especialmente en obras públicas, y con razón el mismo señor Alessandri exclamaba: "yo le digo al país que los presupuestos crecen porque no puede detenerse, el progreso de la nación".

7. En el gobierno de Alessandri-Ross se fortalece el movimiento obrero, a pesar de la represión gubernativa constante.

Los graves sucesos de 1932, que provocaron una terrible crisis en la clase dominante y el ascenso cada día más vigoroso de la clase obrera, son dos hechos esenciales que nos explican el nacimiento, desarrollo y acción terrorista del nazismo, al estilo hitlerista, amparado por el gobierno. El Movimiento Nacional-Socialista de Chile nace en abril de 1932 y desde 1933 aparece en la calle como una reacción ante la pujanza de la clase obrera. Ataca al régimen democrático-liberal, pero dirige sus fuegos más ardorosos en contra del marxismo y del movimiento obrero. Su -finalidad es reconstruir el Estado fuerte de Portales, como expresión de los intereses de la burguesía financiera e industrial. Reconoce que la propiedad privada es la institución básica de la sociedad y que, por lo tanto, deben existir clases sociales rígidas y separadas: los poseedores y los desposeídos. Considera ficticia la actual división del Estado en tres poderes independientes, pues ello debilita la acción de la autoridad pública. Anexa la facultad legislativa al poder presidencial y a éste queda también sometido el control del poder judicial. Es la dictadura personal omnipotente. En resumen, defiende un sistema político totalitario al igual que el que imperaba en la Alemania de Hitler, modelo emocionado del nazismo criollo. Si a esto se agrega el establecimiento del año de trabajo obligatorio, aplicable al pueblo sin duda, y la organización corporativa del trabajo nacional, queda más claramente presentada su tendencia totalitaria y anti-popular (3).

Sin embargo, su demagogia y Concesión a la realidad social existente queda de manifiesto en el énfasis que gasta para condenar la era del liberalismo, definitivamente muerta, y para destacar que se abre una nueva era socialista, caracterizada por el nacimiento de una economía socialista, que requiere, para fructificar, un sistema político socialista. Pero el socialismo del Movimiento Nacional Socialista (M.N.S.) no tiene punto de contacto alguno con el socialismo marxista, porque éste se reduce, según los corifeos nacistas, a un materialismo económico y se basa en la lucha de clases, mientras que el socialismo del M.N.S. propicia el mantenimiento y estratificación de las clases sociales y es espiritualista. En cuanto a su organización, estaba dirigido por un "jefe", quien lo manejaba con plena autoridad y responsabilidad, asesorado por un Consejo Consultivo. Contaba con una sección especial denominada "Tropas de Asalto" (T.N.A.), especializada en atacar las reuniones obreras y provocar la muerte de sus dirigentes como manera de detener la marea de la clase trabajadora.

En cuanto a sus vinculaciones con el fascismo internacional, Jorge González von Marees declaró, en un reportaje publicado en El Imparcial del 25 de octubre de 1932, ante la pregunta de si la tendencia nacista era semejante a la fascista: "No lo niego. Consideramos que el fascismo, en sus ideas fundamentales, no es sólo un movimiento italiano sino que mundial. El encarna la reacción espontánea y natural de los pueblos contra la descomposición política producida por el Estado democrático-liberal. Significa el triunfo de la "gran política", o sea, de la política dirigida por los pocos hombres superiores de cada generación, sobre la mediocridad, que constituye la característica del liberalismo; significa también el predominio de la sangre y de la raza sobre el materialismo económico y el internacionalismo. En este sentido somos fascistas, sin que ello signifique, por ningún motivo, que pretendemos copiar el fascismo italiano o el hitlerismo alemán. Nuestro movimiento se caracteriza por su tendencia esencialmente nacionalista". (Por una extraña paradoja, este acérrimo enemigo del liberalismo, "formado de mediocridades", ingresó al Partido Liberal).

La acción armada del nazismo, la intensificación de la explotación económica de la oligarquía feudal-imperialista y la enconada persecución política, robustecen, sin embargo, el movimiento reivindicacionista de las grandes masas, .ayudando a la maduración de su conciencia de clase.

8. Durante esta época la penetración del imperialismo norteamericano en vasta escala permite la formación de una burguesía financiera, administradora de sus intereses; por otra parte, la explotación intensiva de las materias primas y el desarrollo de un apreciable margen de industrialización del país, fortalecen a la clase obrera. Aparece como clase definida, separada de las demás y con intereses permanentes que le dan homogeneidad y que hacen de ella una clase en sí. El choque de sus intereses de clase en sí contra los intereses de las otras clases sociales le forjan su conciencia de clase, es decir, la conciencia de sus intereses específicos, de su rol social, de su papel histórico como clase nueva y vigorosa. Entonces se hizo una clase para sí, que sabía lo que era, a dónde debía ir, no sólo económicamente, sino también políticamente.

El hecho demostrativo de lo que se afirma fue el nacimiento del Partido Socialista el 19 de abril de 1953. Su formación significa la soldadura de la contradicción existente, en ese año, entre el incremento de la clase trabajadora y su conciencia clasista y la profunda crisis de dirección y organización que sufría el movimiento obrero chileno.

El Partido Socialista reconoce los principios del socialismo científico, como fundamento filosófico y político de su programa. Enfoca dialécticamente nuestra existencia nacional y se remonta al análisis de la realidad continental, condenando los errores de los partidos adheridos a la II y III Internacionales. Comprueba que la realidad económico-social semifeudal de Chile es diversa a la de los países industrializados y afirma, entonces, la importancia de las clases medias, o pequeña burguesía, numerosa y empobrecida tanto como los obreros y campesinos. El P. S. se constituye en un movimiento revolucionario a base de la unión de los trabajadores manuales e intelectuales, proletariado y pequeña burguesía, para lograr la implantación de un gobierno de trabajadores organizados. Y destaca también la necesidad de coordinar más allá de los límites nacionales su acción, aunque repudia a la II Internacional por su posición reformista y conciliadora frente al capitalismo y a la III Internacional por su sectarismo intransigente y sus continuos virajes al servicio de la política exterior rusa. Propicia, en cambio, la unidad de todos los pueblos de América para llegar a la constitución de la Confederación de Repúblicas Socialistas del Continente. La unidad de Latinoamérica es el objetivo internacional inmediato del P. S., primer paso para obtener más tarde la unidad de los trabajadores del mundo. Y defiende el internacionalismo por constituir él el reflejo teórico y político de las fuerzas productivas y del impulso mundial de la ludia de clases (4).

El Partido Socialista emprendió una vasta tarea para unificar a la clase obrera y para orientar el movimiento sindical, fortaleciendo el avance democrático-popular. De ahí que propiciara la unidad de acción con los grupos políticos afines, a objeto de enfrentar a la poderosa reacción gobernante. Así surgió el Bloc de Izquierdas (formado por los partidos Socialista, Democrático, Radical-Socialista e Izquierda Comunista), que llevó a cabo, en 1934-35, una labor decisiva en la paralización de la ofensiva reaccionaria y de la amenaza fascista, y en la ampliación del movimiento popular, fortaleciendo sus cuadros políticos y sindicales. Su papel fue importante, ya que en un momento de crisis política reagrupó a las fuerzas populares. El Bloc de Izquierdas también se opuso victoriosamente al nazismo, aglutinando a las clases medias que el fascismo reclutaba preferentemente, aprovechando su impaciencia y desesperación ante la ineficacia social-demócrata y los desatentados virajes del comunismo stalinista. Su acción detuvo en Chile la amenaza del fascismo y permitió la creación del más sólido punto de apoyo para el triunfo posterior del movimiento democrático chileno.

9. A fines de 1935 el Partido Comunista desató una fuerte ofensiva para constituir el Frente Popular, de acuerdo con las consignas del Komintern, en su VII Congreso de julio-agosto de 1935, ofensiva que encontró eco en un poderoso sector del Partido Radical. La consigna del Frente Popular surgió internacionalmente como una alianza determinada por la coincidencia de las necesidades de la burocracia soviética con las de la burguesía francesa. En el fondo brillaba la esperanza de un mejoramiento de la economía soviética en vista de la deficiencia del primer plan quinquenal y, por el otro lado, la de lograr una reestabilización del capitalismo mundial. Se le defiende como una necesidad para conseguir el mantenimiento de la democracia e impedir el triunfo del fascismo. El comunismo no hacía la menor mención a que tanto en la democracia burguesa y capitalista como en el régimen fascista, es la clase dueña de los medios de producción la que posee el Estado. En la primera, la explotación se apoya en las mismas clases expoliadas por intermedio de los órganos de la democracia; y en el segundo, la explotación se consolida con la destrucción de todos los órganos de la democracia proletaria (partidos, sindicatos, clubes, locales, cooperativas). Es cierto que esta diferencia importa mucho para impedir la transformación de una en otro y para aprovechar la democracia burguesa como base de sostén en favor del mantenimiento y ampliación de la democracia proletaria hasta crear las bases de un régimen socialista. En estas consideraciones se fundamentaba la defensa y necesidad transitoria del Frente Popular, según sus propugnadores. Sin embargo, en la práctica, esta combinación permitió la consolidación del fascismo en Alemania e Italia, su triunfo en España por el Comité de No Intervención, ideado por el Frente Popular francés y, luego, la derrota de Francia. Finalmente, la propia URSS lo liquidó por el Pacto de No Agresión y Ayuda Mutua que firmó con la Alemania hitlerista (Pacto Molotov-von Ribentropp), que fue el viraje de la burocracia soviética para impulsar la guerra entre el fascismo y las democracias, en la esperanza de un debilitamiento que permitiera el surgimiento de la hegemonía stalinista. Indirectamente, después de haber estado a punto de sucumbir en los años de 1941-1943 a manos de su aliada, logró obtener, en su totalidad, su objetivo al destruir el fascismo alemán (y en Asia, el fascismo japonés), reemplazándolo, en su espíritu expansionista, frente a los Estados Unidos, que ha surgido más poderoso y temible que nunca.

El Frente Popular pasó a constituir una alianza de fuerzas obreras y democrático-burguesas con un programa que, contemplando los intereses de clases antagónicas, tendía a eliminar las asperezas de sus posiciones opuestas. Lo más destacado de él eran los puntos dedicados a la defensa de las libertades democráticas y a algunas reformas económico-sociales, en vista de las aflictivas condiciones de vida de las grandes masas laboriosas.

Desde 1936, organizado el Frente Popular, la lucha política en el país adquiere caracteres dramáticos. La reacción, fuertemente cohesionada en el Gobierno y en torno a sus caudillos Alessandri-Ross, lleva a efecto una constante ofensiva en contra de las fuerzas populares. Estas responden con la constitución, al cabo de variadas peripecias, de la Confederación de Trabajadores de Chile (C.T.CH.), que unificó sindicalmente a la clase obrera, en diciembre de 1936, con excepción de cierto núcleo de orientación anarquista, organizado en la Confederación General de Trabajadores (C.G.T.). En las elecciones parlamentarias de marzo de 1937 obtuvo un débil triunfo la combinación de gobierno; pero la gran sorpresa política la dio el Partido Socialista, que hizo triunfar 20 diputados y senadores en las listas del Frente Popular, con más o menos 45.000 votos.

Hasta mediados de este año de 1937, el Frente Popular disfrutó de cierta unidad política, si bien careció de cohesión orgánica, subsistiendo como anhelo más que como realidad y, sobre todo, porque a raíz de la derrota en las elecciones, desarrolló acciones comunes en contra del Gobierno, atacando violentamente los procedimientos que empleara para conseguir su triunfo. El pueblo apreció claramente que su derrota se debía al cohecho y a la intervención, y ello aumentó su energía combativa; recobró su esperanza en el poderío de las fuerzas democráticas unidas y llevó a cabo luchas dramáticas y definidas que lo condujeron a la victoria.

10. En estas condiciones se llega al año de 1938, señalado por una lucha presidencial de caracteres apasionantes. La reacción se agrupó en torno a su personero más genuino, don Gustavo Ross Santa María. En el sector de izquierda, el movimiento socialista defiende y agita la candidatura de Marmaduke Grove, mientras los radicales exaltan la de Pedro Aguirre Cerda. Los comunistas permanecían sin definirse por un candidato determinado, lo que aprovecharon los nacistas y grupos dispersos, algunos de ellos de las propias filas del Frente Popular, para levantar la candidatura de Carlos Ibáñez del Campo. En tales circunstancias se realizó la Convención de Izquierdas en abril de 1938, a fin de designar el candidato único que debería enfrentar a Ross y las Derechas. Después de varias votaciones, el socialismo retiró su personero y apoyó a don Pedro Aguirre Cerda, abanderado del Partido Radical. Es así cómo ese político radical pasó a ser el candidato único de las izquierdas.

La inmensa agitación en favor de la campaña presidencial de Aguirre Cerda le dio un resonante triunfo sobre Ross. Fue una victoria estrecha en cuanto al número de votos de mayoría, pero rotunda y decisiva, dadas las circunstancias desfavorables en que libró la contienda. La campaña presidencial de 1938 estuvo rubricada por un terrible hecho de sangre: la masacre alevosa de 63 jóvenes fascistas, después de un fracasado putsch, el 5 de septiembre de 1938. Cayeron víctimas de los propios métodos que predicaban y que habían practicado contra la clase obrera, aunque el Gobierno empleó una crueldad más despiadada. A consecuencia de esa masacre las fuerzas ibañistas se plegaron a la candidatura democrática de Aguirre Cerda, influyendo en su triunfo.

Después de esta victoria del 25 de octubre de 1938, sin duda fecha memorable en la historia de las luchas del movimiento democrático y popular de Chile, sube a la presidencia de la República don Pedro Aguirre Cerda, abanderado del programa y de la política de las fuerzas populares, que proclamaba la necesidad urgente de proceder al reestructuramiento económico y social del país como único medio de solucionar los graves problemas nacionales (5).

El análisis de esta nueva etapa, que ya abarca un decenio, es materia distinta a la de este trabajo. Sin embargo, es de gran interés hacer el estudio somero, por medio de algunas estadísticas básicas, del estado general del país en estos años y como concreción del desenvolvimiento histórico republicano. De este estudio se desprende que chile acusa los siguientes rasgos característicos: régimen de latifundio en la propiedad de la tierra, con un poderoso influjo de los intereses terratenientes en su evolución económica y social; débil formación de capitales y dependencia de la explotación del cobre y salitre, que representan el 80% de las exportaciones totales del país, y ambas dominadas íntegramente por grandes consorcios internacionales; industria incipiente, en gran parte de sostenimiento artificial al no laborar materias primas, viviendo a la sombra de aranceles prohibitivos; inflación y desvalorización monetaria inveteradas, agravadas por la utilización que de ellas se hace para proteger los intereses del sector dominante, desde que toda inflación modifica el reparto de las rentas en favor de los empresarios; bajo nivel de vida, que obedece a una renta nacional insuficiente, de tal suerte que la mayoría de la población vive en condiciones lindantes con la miseria; y crónica escasez de divisas, a causa de la expoliación imperialista, del atraso de la explotación agraria, de la pequeña industria y del exceso de consumos suntuarios del sector plutocrático.

11. Según la estadística de 1930 la distribución de la tierra era como sigue:

Superficie Porcent. N Predios Porcent.
Latifundios (más de 1.000 has.) 21.281.000 78% 2.620 2%
Predios medianos (50-1.000 has.) 4.807.000 18% 23.260 16%
Predios pequeños (5-50 has.) 1.224:273 4% 120.364 82%

El 2% de los predios ocupa el 78% de la superficie cultivable y el 82% del número de predios ocupa el 4% de la superficie cultivable. Si comparamos estas cifras con las de 1869, tenemos que en ese año, 2.307 propietarios, el 7% del total, acaparaban el 70% de la tierra cultivable. Ahora, el 2% de los propietarios acapara el 78% de la superficie cultivable, lo que indica un evidente proceso de concentración. Es verdad que ha aumentado el número de pequeños y medianos propietarios, pero la extensión rural de esos predios ha bajado. En 1869, un 93% de propietarios medianos y pequeños poseía el 30% de la superficie agrícola; en 1930, un 98% de pequeños y medianos propietarios posee el 22% de la superficie cultivable, lo que señala una subdivisión excesiva, creándose el problema del minifundio.

En lo agrario, la economía chilena sufre los efectos de un doble proceso de concentración y subdivisión de la tierra; del latifundio y minifundio anti-agrícolas y anti-económicas.

En la cifra de 2.620 propiedades de más de 1.000 hectáreas, los predios superiores a 5.000 hectáreas eran 568 y abarcaban una superficie de 16.924.583 hectáreas, es decir, el 62% de la superficie agrícola nacional. En último término, esos 568 grandes terratenientes dominan a 2.052 fuertes propietarios y a 143.624 pequeños y medianos propietarios. Y alrededor de 350.000 inquilinos, gañanes y peones, cultivadores del suelo, viven despojados y explotados miserablemente.

La distribución de la tierra utilizable en Chile, a base del censo agropecuario de 1936 (véase cuadro inserto), confirma los datos anteriores acerca de la concentración de la tierra en unas pocas grandes propiedades y frente a ella una enorme cantidad de pequeñas propiedades, que muchas veces no permiten alimentar a una familia. El 72,3 del número de predios posee el 2,4 de la extensión agrícola utilizable y, por otro lado, el 0,9 del número de predios domina el 68% de la extensión agrícola cultivable.

Extensión Predios Extensión Media N de
Predios
Porcent.
del N.
Superficie Total Porcent.
de Extens
0-20 4,7 129.227 72,3% 608.785,3 2,4%
21 a 2.000 - 48.191 26,8% 7.453.949,8 29,6%
2.000 y más 11.631,6 1.464 0,9% 17.028.757,6 68 %
178.882 25.091.492,7

En la agricultura, como en la industria, le pequeña propiedad decrece, siendo eliminada por la grande. El pequeño propietario se debate en la angustia por falta de crédito. Cuando se fundó la Caja de Crédito Hipotecario su finalidad era propender al desarrollo de la agricultura mediante la facilitación de créditos oportunos, poco gravosos, que no le impidieran al agricultor seguir el libre desarrollo de sus actividades económicas. Pero se desvirtuó totalmente su espíritu y pasó a ser controlada por los señores feudales de la tierra y para su exclusivo beneficio, lo que les permite obtener créditos para mantener su residencia santiaguina y realizar sus viajes a Europa.

He aquí lo que produce la concentración de la propiedad agrícola: la despoblación de los campos; el estagnamiento de la población de las provincias agrícolas; la formación de un numeroso ejército industrial de reserva (sin trabajo); el crecimiento de la capa de pequeños comerciantes y de oficios minúsculos (modos de vivir que no dan de vivir) y meros intermediarios.

En el campo no se establece una jornada limitada de trabajo (se trabaja de sol a sol); la técnica moderna no se aplica, todo se hace con el esfuerzo muscular de las grandes masas de inquilinos, peones y afuerinos, de tal manera que la renta que produce la agricultura no proviene de la explotación de la tierra ni del bosque, sino de la explotación del labriego. En Chile, para producir una hectárea de trigo, se necesita el esfuerzo de 160 horas de trabajo por hombre, mientras que en los Estados Unidos se requieren solamente 30 horas. Y, además, los terratenientes casi no pagan contribuciones y no llevan contabilidad en sus grandes haciendas, burlando los impuestos.

Los trabajadores de la tierra, inquilinos y peones, viven en ranchos miserables, con piso de tierra, muros de adobe o tablas, sin luz ni aire, húmedos en los meses de invierno, insoportables de calor en verano; su vestuario es raído e insuficiente; carecen de calzado y cuando más usan ojotas o envolturas de gangochos viejos; su alimentación es deficiente y su trabajo excesivo, lo que se traduce en el debilitamiento físico y en el menoscabo de su salud. A comienzos de la administración de Alessandri-Ross sus jornales fluctuaban entre sesenta centavos diarios a dos pesos cincuenta, según las regiones, más, para los inquilinos, el goce de una cuadra de siembra; como alimentación recibían una galleta diaria y un plato de porotos. Se agregaba el talaje para algunos animales y un pequeño cerco. Con todo, jornales y regalías, el salario medio del trabajador agrícola, fuera inquilino o peón, no alcanzaba a 4.50 diarios. Si a todo lo anterior agregamos las dificultades de aprovisionamiento y la circunstancia de ser las familias campesinas muy numerosas, nos encontramos que el término medio disponible para la vida de cada persona dependiente del trabajo campesino alcanzaba en aquella época a menos de $ 1 diario.

En una encuesta hecha en 1935-36 por la Inspección General del Trabajo en todo el país, y que comprendió a más de 12.000 familias campesinas, se revelaron casos angustiosos. El 99% de los inquilinos y peones comían carne sólo una vez al mes; el 97% no bebía leche; el 76% vivía en el rancho inmundo que hemos descrito. En 1937 los jornales eran los siguientes: salario vital calculado para los afuerinos e inquilinos, $ 6.59 a 7.77; real para los afuerinos, $ 2.59 a 4.09, y para los inquilinos, $ 4.90 a 6.63. El salario real de los inquilinos y afuerinos fue calculado tomándose en cuenta todos los índices que se consideran en estos casos (alimentación diaria, días hábiles trabajados, tierra, talaje, habitación y otras regalías). Asimismo, el salario vital se calculó tomando en cuenta el costo de la vida en la región. No se consideraron entretenimientos y enfermedades y se tomó a cada trabajador como soltero. De ahí que el Servicio Social de la Cadso fijó un salario vital para el campesinado, en esta época, de $ 16.37, tomando en cuenta todo lo indispensable para la existencia de un ser humano.

Por otra parte, en los grandes fundos andinos y costinos no existen escuelas y el porcentaje de analfabetos es extraordinariamente elevado. Consecuencias de todo lo expuesto son la desnutrición, la miseria y la ignorancia de las grandes masas campesinas, al margen de las más elementales conquistas de la civilización. Prácticamente, es un conglomerado pasivo que casi no consume.

El latifundio significa que imperan métodos primitivos en el cultivo de la tierra, anarquía en la producción por la ausencia de control (siembran lo que se les ocurre y cómo se les ocurre); falta de industrialización en la explotación; pobreza de los suelos (carencia de cal), debido al abusivo y atrasado sistema de trabajo y falta de abonos, lo que determina un bajo rendimiento y una mala calidad de los productos. Faltan las obras de regadío indispensables; el crédito es escaso y caro (las diversas instituciones relacionadas con la agricultura: Caja de Crédito Hipotecario, Caja de Crédito Agrario, Caja de Colonización, sirven los intereses de la clase pudiente) ; los pequeños y medianos propietarios venden su producción antes de la cosecha (en verde) a intermediarios (molinos y bodegueros) o a las grandes casas importadoras y exportadores extranjeras, que obtienen enormes ganancias sin trabajar ni arriesgar nada y a costa de la miseria y sufrimiento de los pequeños agricultores. La falta de racionalización origina a menudo la pérdida de cosechas de determinados productos por falta de mercado comprador.

El latifundio, al explotar a grandes masas humanas, se traduce políticamente en la disposición de un ganado electoral al servicio de los intereses de los señores feudales, lo que impone en la realidad una falsa e irritante "democracia". Basado en el poder económico y político de la gran propiedad es que los terratenientes han orientado la vida económica, política y cultural del país, desde la Independencia hasta nuestros días, a través del gobierno, los bancos, la desvalorización sistemática de moneda en su provecho, y sus leyes. Su dominio ha negado obstinadamente a la masa laboriosa de la nación el acceso justo, a que tiene derecho, del bienestar material y de la cultura (6).

La agricultura ocupa el 33% de la población activa y el 40% de la población total, y su producción constituye sólo el 15% de la renta nacional. En 1943, la renta nacional fue de $ 29.650.000.000 y en ella la renta agrícola fue de $ 4.671.000.000. La productividad anual por cada trabajador alcanzó apenas a $ 10.000. Este 15% de la renta nacional producido por la agricultura se distribuyó en una, forma dispareja. Los grandes terratenientes absorbieron $ 1.905.000.000 y, en cambio, los trabajadores agrícolas sólo retuvieron $ 1.205.000.000, de los cuales $ 722.000.000 se tradujeron en el mercado monetario y el resto, $ 483.000.000, lo recibieron en especies y regalías. Los empleados percibieron $ 277.000.000 y para leyes sociales $ 35.000.000. Quedó un excedente neto de $ 1.248.000.000, o sea, los salarios constituyen el 25,8% (en dinero, 15,5%; en regalías, 10,3%); sueldos de empleados, 5,9%; sueldos patronales, 40,3%; excedente neto, 26,7%. La agricultura casi no paga impuestos (1,5%) y para leyes sociales apenas entrega el 0,6%.

La producción agrícola nacional, a consecuencia de los datos dados, es insuficiente, desorganizada y de altos costos. De acuerdo con el estudio del Plan Agrario, sobre un total de 20 millones de hectáreas de suelos agrícolas, sólo se aprovecha con cultivos anuales, barbechos, frutales, viñas y praderas naturales, una parte muy reducida. La extensión sembrada se ha mantenido alrededor de 1.200.000 hectáreas. En forma exacta, el Censo Agrario de 1940 estimó en 5.564.033 hectáreas arables la superficie agrícola del país y se cultivaban 1.270.441, o sea, el 22,8%.

En las condiciones actuales de nuestra agricultura, antes que incremento, lo que se consigue son desplazamientos en la producción de los diversos artículos, ya que el aumento de unos implica la disminución de otros, dentro de los límites que supone la disponibilidad estacionaria de terrenos cultivables. No se ha operado un mejoramiento real en cuanto a trabajos de adaptación de tierras improductivas por obras de regadío u otros medios, ni se ha desarrollado una mecanización en la agricultura con la finalidad de mejorar el rendimiento humano y aplicar un cultivo intensivo a predios más extensos, lo que ha provocado una sensible disminución de diversos artículos esenciales, que deben ser importados, en especial de la vecina República Argentina, lo que se traduce en un grave debilitamiento de nuestro escaso presupuesto de divisas. En la agricultura nacional existe una tendencia decreciente de los rendimientos de la tierra que sólo puede contrarrestarse por la incorporación de los adelantos técnicos y de organización que permitan mayores rendimientos y costos más bajos. Ello se debe a que en nuestra producción agropecuaria los implementos mecánicos que multiplican el trabajo humano y bajan considerablemente los costos, son escasos y no constituyen un factor de importancia.

La agricultura, por su atraso, no está en condiciones de producir a costos bajos, aunque en los costos no influye casi nada el índice de las remuneraciones del trabajo agrícola, cuyos salarios y beneficios son tan exiguos que la población agraria tiene un poder de consumo casi nulo. En 1943, a pesar de que los salarios habían experimentado un notable aumento, el jornal diario de un inquilino fue de $ 24.81 (en dinero $ 6.33, y en regalías, .1? 18.48) y el de un afuerino fue de $ 11.47. El jornal anual, según días trabajados, fue para el inquilino de $ 5.433 (en dinero, $ 1.386, y en regalías, $ 4.047) y el del afuerino de $ 2.512.

El problema más grave de la agricultura nacional es el relacionado con el injusto régimen de la propiedad de la tierra, situación que no sólo tiene conexión con las cuestiones agrarias sino que alcanza y representa uno de los determinantes de nuestra defectuosa realidad económica y social. Según escritores nacionales y estudiosos extranjeros (Mac-Bride, Ellsworth, Wallace), el "problema fundamental de la agricultura chilena es el actual sistema de propiedad de la tierra, que concentra la mayor parte de la tierra agrícola en relativamente pocas grandes posesiones, y el cual tiende a perpetuar pasadas técnicas agrícolas y un aprovechamiento antieconómico de la tierra". Este sistema de gran propiedad agrícola lleva anexo un ineficaz método de cultivo, lo que explica su reducido rendimiento medio. La agricultura chilena ofrece grandes posibilidades de desarrollo mediante su modernización, pero el obstáculo para lograrlo ha sido la gran hacienda o fundo. Podemos afirmar, con toda razón, que el latifundio está caracterizado, en lo económico, por el mantenimiento de un sistema primitivo de explotación, sin adelanto técnico; en lo social, por un régimen semipatriarcal claramente opuesto al régimen asalariado industrial; políticamente ha permitido la existencia de una reducida clase de aristócratas que ha detentado el poder y de una clase de siervos a su exclusivo servicio. Basada en el poder económico y político de la gran propiedad, la clase poseedora ha orientado la vida económica, política y cultural del país en su provecho.

En cuanto a las tierras australes que abarcan un tercio del territorio nacional, están escasamente explotadas y poco subdivididas. Han sido entregadas por el Estado, en grandes extensiones, a compañías, la mayoría extranjeras, sobre todo en cuanto al nexo o beneficio que representan para el país. Así las tierras fiscales de Magallanes están dominadas por tres o cuatro compañías. Otros problemas de la agricultura dicen relación con el regadío artificial, que es escaso y mal aprovechado, y con los caminos, faltando vías permanentes y arterias transversales. Las obras son costosas y lentas, porque sólo el Estado las emprende y recupera una mínima parte de los valores invertidos, a pesar de la enorme valorización y plusvalía que obtienen los propietarios beneficiados con ellas. En cuanto al crédito, el Plan Agrario expresa que es caro que está mal financiado, sólo es parcialmente controlado y no da el mismo tratamiento al grande y al pequeño agricultor. Las instituciones de crédito agrícola que existen sirven a los grandes propietarios y a los intermediarios que explotan a los pequeños productores. En cuanto a los abonos, en el país sólo se produce el 25% de los necesarios; son escasos los abonos fosfatados y sólo suficientes los nitrogenados. Su uso por parte de los agricultores es muy limitado. Se nota la falta de bodegas para guardar la producción y evitar la explotación que realizan las grandes casas importadoras y exportadoras y los molinos con los pequeños y medianos agricultores.

En resumen, atraso, rutina, cultivo extensivo, escasa producción, explotación humana y déficit de artículos alimenticios, son los resultados del actual régimen agrario, semifeudal, basado en la gran propiedad, que todavía subsiste y predomina, en el país.

12. Según un estudio que hiciera Carlos Keller, en 1939, sobre el monto total de las inversiones extranjeras en nuestro país, ellas alcanzaban a la suma de 1.111,2 millones de dólares, que se descomponían de la siguiente manera:

Deuda Pública 434,8 millones de dólares
Minería 402,0 millones de dólares
Industrias manufactureras 17,7 millones de dólares
Electricidad y tranvías 55,7 millones de dólares
Bancos y Seguros 13,0 millones de dólares
Comercio 37,0 millones de dólares
Comunicaciones 151,0 millones de dólares

La cifra de la minería se descompone así: salitre, 218,9 millones de dólares; cobre, 175,3 millones; hierro, 4,3 millones; bórax, 3,0 millones y comercio de minerales, 0,5 millones; la de comunicaciones se descomponía en ferrocarriles, 121,6 millones; telégrafos, 3,1, y teléfonos, 26,3 millones. En lo que respecta a bancos eran 8,3 millones y a seguros, 4,7 millones.

A estos datos pueden hacérseles algunos reparos. La cifra de la deuda pública externa tomada del estado del 31 de diciembre de 1937 aparece más abultada de lo que era en verdad. Los datos más exactos fueron dados en la Cámara de Diputados al analizarse el Presupuesto Nacional aprobado por la Derecha para 1939, según los cuales, el 31 de diciembre la Deuda Externa alcanzaba las siguientes cantidades:

A largo plazo 350.000.000 dólares, o sea, 2.887.500.000 $ de 6 d.
A corto plazo 44.500.000 dólares, o sea, 367.125.000 $ de 6 d.

Total de la Deuda Externa: 394.500.000 dólares, o sea, 3.254.625.000 $ de 6 d. En moneda corriente representaba casi 10.000.000.000 de pesos.

En la actualidad, según el Mensaje Presidencial de 1948, la Deuda Externa está reducida a 250 millones de dólares.

En 1937 se destinaron para el servicio de la Deuda Externa las siguientes sumas:

De la deuda a largo plazo .. .... 6.106.763 dólares
De la deuda a corto plazo . .. .. 1.515.910

De este total de 7.622.673 dólares (en moneda corriente más o menos, 190.000.000 de pesos) se destinaron 3.500.000 dólares al pago de intereses y 4.100.000 dólares para amortizaciones.

La deuda pública ha sido uno de los problemas que con mayor gravedad han pesado sobre la vida del país. Desde 1885, cuando Chile está en plena posesión de las salitreras, a 1905, la deuda pública aumentó en un 226%, pues se recurrió al crédito externo para saldar los déficit en el comercio internacional y ayudar a mantener el depreciado peso. Desde 1885 a 1931, la deuda pública aumentó un 931% a causa de los grandes empréstitos destinados a la compra de armamentos y a la realización de obras públicas.

En el cuadro reproducido acerca de las inversiones imperialistas aparecen disminuidas las de las industrias del cobre, hierro y electricidad. El escritor norteamericano Archibald Mac-Leish estampa en su monografía sobre Chile, publicada en la revista Fortune (y traducida por la Revista Hoy, de Santiago de Chile), algunas cifras que completan las de Keller. Expresa que las inversiones imperialistas en Chile no llegan a 1.500 millones de dólares. En 1937 las inversiones yanquis alcanzaban un valor nominal de 800 millones de dólares y real de 500 millones. Las inglesas se redujeron de 500 a 300 millones, distribuidas así: 140 millones en la deuda pública; 100 millones en el salitre y el resto en el ferrocarril de Antofagasta a Bolivia y en las diversas casas comerciales (Williamson Balfour y Cía., Duncan Fox y Cía.). Mac-Leish detalla que la Anaconda Copper Mining Co., a través de sus filiales Chile Exploration Co. y Ander Copper Mining, tiene 220 millones de dólares invertidos en Chuquicamata, el mineral de cobre más grande del mundo, que contiene el 25% de las reservas mundiales, y en Potrerillos. La Braden Copper, filial de la Kennecot Copper Corporación, tiene 60 millones de dólares invertidos en los minerales de cobre de "El Teniente", que poseen el 10% de las reservas mundiales. La Bethelhem Steel Co. tiene 40 millones de dólares invertidos en el mineral de hierro de "El Tofo" y 30 millones de dólares en 5 barcos que transportan el mineral a Estados Unidos. La Compañía Internacional de Teléfonos y Telégrafos tiene invertidos 12.500.000 dólares, más 2.500.000 en la All América Cables. La Compañía de Electricidad y Tracción tiene 80 millones de dólares invertidos en plantas de energía eléctrica para luz y tracción. Este consorcio maneja varias empresas subsidiarias: la Compañía de Tracción de Santiago, la Compañía de Valparaíso, la Compañía Hidroeléctrica de El Volcán; la Compañía Hidroeléctrica de Florida, la Empresa Eléctrica de Los Andes y la Empresa Eléctrica de San Antonio. La Casa Grace mueve 10 millones de dólares en diversas empresas comerciales.

Los datos reproducidos nos indican que el inversionismo extranjero ha llegado a Chile como una forma de expansión del capitalismo anglo-norteamericano, explotando en vasta escala a sus clases trabajadoras y subyugando y empobreciendo al país en su totalidad. Chile es una factoría económica de los grandes consorcios extranjeros. Su penetración ha sido sin violencia; la diplomacia, la compra a bajo precio, la contratación de empréstitos, la concesión a largo plazo y el monopolio han entregado las riquezas nacionales. La diplomacia ha actuado en Chile como la violencia y la intervención armada en México, Nicaragua, Puerto Rico y Panamá.

Chile es un país productor de materias primas. Un elevado porcentaje de esa producción se exporta en bruto, sin transformación alguna, creándole factores negativos que determinan el nivel de vida de su población y una fuerte dependencia de la economía interna con respecto al comercio exterior; el comercio de exportación es el centro decisivo y sus cambios marcan los auges y las depresiones materiales de la nación entera. En 1944, el valor de la exportación representó el 26% del valor total de la producción; en 1945, el 39%. Una reducción cualquiera en las faenas principales de exportación, cobre y salitre, acarrea de inmediato desocupación, debilitamiento de la capacidad compradora que, para desenvolverse, requieren la industria, la agricultura y el comercio. Por otro Jado, el descenso de las ventas en el exterior supone el decrecimiento de las importaciones, compuestas de mercaderías y artículos imprescindibles para la economía nacional. Más del 90% de ellas las representan materias primas para la industria, combustibles, medios de producción y bienes de consumo indispensables. Al no contar el país, en un momento dado, con las divisas necesarias, provenientes casi exclusivamente de nuestro comercio de exportación, tiene que restringir la adquisición de maquinarias y herramientas, comprometiendo así sus posibilidades de mejoramiento económico. Además, la repercusión de las entradas provenientes del comercio exterior, en las finanzas del Estado, es decisiva; la tributación de la minería extranjera supone más del 50% del total de los impuestos directos recaudados. Y de esas entradas ha dependido el financiamiento de los planes de la Corporación de Fomento y Obras Públicas. La economía chilena es de exportación y el país depende de la venta de un producto: salitre años atrás, cobre en la actualidad, sufriendo las modalidades propias de la monoexplotación. El comercio de importación es flojo y de menor valor que el de exportación, manteniéndose una relación constante entre ambos valores: 1942, exportación: 869,1 millones de pesos oro, e importación: 622,8 millones de pesos oro. En 1943, exportación: 877,3 millones de pesos oro, e importación: 637,3 millones de pesos oro. Podría creerse que el saldo neto de las exportaciones supone una situación de prosperidad, pero esa balanza comercial favorable solamente acusa el raquitismo de la economía nacional, o sea, indica su condición de país deudor y de escasa renta nacional. Chile interna productos de consumo directo (tejidos, artículos alimenticios elaborados, productos químicos, papel, etc.); materias primas industriales (petróleo, carbón, hierro); bienes de capital (maquinarias, herramientas), que comprenden sólo un 259o de las importaciones, evidenciándose el estancamiento de la economía del país. El saldo de la exportación que no retorna emigra al extranjero para servir de utilidades a los grandes consorcios internacionales. Por esta razón la tasa de capitalización, que permite medir el progreso real de un pueblo, en el nuestro es ínfima. La balanza de pagos, que examina tanto las cifras del comercio internacional de mercaderías como los movimientos ocultos e invisibles de capitales, es desfavorable para Chile. Los débitos en el exterior que Chile debe pagar no son sólo el precio de las mercaderías importadas, sino el servicio de los intereses y amortización de los empréstitos, los réditos de capitales invertidos en Chile, las utilidades de todas las casas extranjeras instaladas en el país. Por eso la balanza de pagos arroja déficit e indica el creciente endeudamiento del país. El capital internacional actúa en nuestra balanza de pagos, produciendo un déficit crónico, pesando sobre nuestro signo monetario, tiranizando su naturaleza y su valor. Esta consecuencia acentúa la deformación económica al impedir el desarrollo industrial y mantener la miseria del país.

La dependencia del país con respecto al comercio exterior tiene el agravante de que la producción exportada está constituida por dos elementos: salitre y cobre. Por esta causa es vulnerable a los cambios que se produzcan en el estado general del comercio mundial y a los reajustes provocados por descubrimientos científicos, hallazgos de nuevas fuentes de aprovisionamiento, alza de tarifas u otras variaciones o restricciones de un mercado que no domina, por lo general, un país exportador. Basta recordar el caso del salitre. Al ser desplazado por la producción sintética, provocó el derrumbe de la economía nacional y un largo período de trastornos. O, en la actualidad, el caso del cobre. Las ventas del salitre y cobre bajaron de 2 mil $ 293.000.000 de pesos, de 6 d. en 1929, a 282.000.000 en 1932; y las importaciones descendieron de $ 1.674.000.000 a $ 183.000.000 en los mismos años. Más tarde, rehecha la industria minera, entre 1937 y 1939, nuevamente, el cobre y el salitre cubren el 72% del valor de la exportación, porcentaje que se elevó a raíz de la guerra: en 1942, 80%; en 1943, 75%; en 1944, 74% y en 1945, 67%. A lo anterior se agrega otro hecho desfavorable para los países productores de materias primas: la desigualdad cada vez mayor de los precios de las materias primas y los de los productos manufacturados. En 1945, el índice de precio de los productos mineros fue de 341,0 y el de los productos importados de 1.527,6; en 1946, los índices fueron de 369 y 1.749,9, respectivamente. El valor recibido, por Chile, por tonelada de hierro exportado, entre los años 1937 y 1941, fue de $ 8.50 de 6 d., y en el mismo período le costó la tonelada de mercaderías importadas correspondientes a manufacturas derivadas del hierro, $ 1.333 de 6 d. La producción y venta de materias primas a cambio de productos elaborados impone condiciones negativas permanentes, que tienden a agravarse en forma progresiva.

La explotación de las riquezas mineras ha sido el principal incentivo de atracción del gran capital. Las industrias extractivas básicas son propiedad de capitales extranjeros y están ligadas a organizaciones comerciales de carácter internacional. Estas inversiones extranjeras son de tipo imperialista; se dedican a la explotación de nuestras materias primas y en ningún instante tratan de desarrollar la economía interna en función de los intereses nacionales. Su exclusivo objeto es crear fuentes de aprovisionamiento para la industria del país de origen, de donde en seguida envían sus artículos manufacturados, realizando un negocio lucrativo a costa de la nación colonial. El desarrollo hipertrofiado de uñó o dos productos mineros; la dependencia de estas industrias del mercado mundial; el desnivel de técnica y medios entre la producción de la gran minería de los inversionistas extranjeros y la minería chica de los nacionales; la pobreza y atraso a que se ve constreñida la minería, relegada a un costoso proceso meramente extractivo, son expresiones de nuestra dependencia del capital extranjero, de donde deriva nuestro atraso económico.

Las consecuencias de que las faenas vitales para la economía nacional, como son las industrias del cobre y del salitre, proveedoras de más de la mitad de las divisas con que cuenta el país, estén en manos del capital extranjero, son dos: 1. Una crecida parte del valor de esa producción no retorna al país. 2. La existencia y actividad de esas industrias están subordinadas a controles y dirección extraños. El 40% de las divisas que normalmente debía producir nuestra minería emigran del país; es el tributo pagado por nuestro atraso minero y es el síntoma de nuestra dependencia económica.

Según la obra Renta Nacional, en 1943, mientras el valor de la producción de la gran minería extranjera llegó a $ 4 mil 388.059.222, la renta neta de esas labores, para Chile, sólo sumó $ 2.102.765.470, menos de la mitad; en cambio, la pequeña minería nacional, cuya producción ascendió a $ 881.971.928, ese mismo año, significó una renta para el país de $ 657.200.000, los tres cuartos del total.

El cobre y el salitre han representado más del 95% del valor de las exportaciones mineras, y ellos solos han cubierto entre el 67% y el 80% de la exportación total del país. El cobre representa el 80% de las divisas retornadas por las grandes empresas mineras; el 70% de los valores retornados de toda la minería, y el 52% del total de nuestras exportaciones.

El cobre y la plata fueron las principales riquezas de exportación hasta la época de la guerra del Pacífico; a continuación cedieron su lugar al salitre. Después de la primera guerra mundial, estimulado por la producción en escala gigantesca por los grandes consorcios norteamericanos, el cobre vuelve a ocupar el primer sitio. Durante el siglo XIX el promedio de producción de cobre fue de 18.000 toneladas anuales; en la década de 1861-70, fue de 40.000 toneladas; en la década de 1871-80, de 45.000. En 1876 se alcanzó la más alta cuota de producción: 53.000 toneladas, el 61% de la producción mundial, detentando el primer lugar en la producción universal. Algunos minerales de cobre se hicieron famosos, como el de Tamaya, con ley del 30%. Se levantaron numerosas fundiciones en Caldera, La Serena, Carrizal, Tongoy, Guayacán, que permitieron enviar beneficiado el cobre hacia los mercados de consumo. El gobierno ayudó al desarrollo de la industria, haciendo construir los puertos de Tongoy, Carrizal y Chañaral. Los productos de cobre chileno de la gran fundición de Tongoy eran famosos en el mundo entero. Toda esta poderosa industria nacional desapareció. Sobre sus ruinas surge una nueva industria dominada por grandes consorcios norteamericanos.

La Anaconda Copper Mining es dueña de la Chile Exploration Co., que posee el mineral de Chuquicamata, con las mayores reservas mundiales de cobre. Comienza a trabajar en 1915, entregando 4.962 toneladas; en 1943 produjo 238.000 toneladas. Sus inversiones alcanzan a 120.000.000 de dólares y en el presente ultima los planes para invertir 130.000.000 de dólares con el objeto de tratar y explotar los minerales sulfurosos. También es dueña de la Andes Copper Mining Co., que posee el mineral de Potrerillos. Inició sus labores en 1927 con una producción de 24.500 toneladas; en 1943 alcanzó la cuota de 84.000 toneladas. Sus inversiones suman 80.000.000 de dólares. La Kennecott Copper Corporation es dueña de la Braden Copper, ubicada en Sewell. Inició la producción en el mineral de "El Teniente" en 1911, con una producción de 4.523 toneladas; en 1943 alcanzó a 150.000 toneladas. Sus inversiones suman 62.000.000 de dólares. La elaboración de cobre de estos consorcios está entregada a compañías subsidiarias de ellos. Hoy día las empresas norteamericanas de cobre representan el 95% de la producción total; Chagres y Naltagua, en manos de capitales franceses, el 2,5% y la minería cuprífera nacional un 2,5%.

En 1941 el valor del cobre en puerto chileno fue de 99 millones 713.660 dólares. El retorno en divisas por sus exportaciones, que comprende tres rubros, se distribuyó así; costo legal, 26.057.000; adquisiciones con cambios propios, 7.000.000; tributación, 11.921.300; esto es, un total de 44.978.310. El valor no retornado fue de 54.735.356 dólares, 55% del total de la exportación. De esa suma el grueso corresponde al servicio de los capitales invertidos en la industria. Como el monto de las inversiones norteamericanas se estimaba, entonces, en 192 millones de dólares, el valor no retornado, que coincide con el servicio de los capitales, representaría más del 28% de esas inversiones. Los salarios y tributación, que benefician al país, alcanzaron a poco más de 1|5 del valor total del cobre. Desde 1942, a consecuencia de la guerra, este beneficio ha aumentado.

En 1943 el retorno de divisas por la exportación del cobre fue: costo legal: 43.799.970; adquisiciones con cambios propios, 17.056.496 y tributación, 25.380.606. Total: 86.237.072. Desde esta época se logró un aumento apreciable de los salarios y de la tributación, beneficiando al país. No obstante, un alto porcentaje queda en el extranjero pagando las utilidades de las grandes compañías imperialistas. En la realidad actual la única manera de aumentar los beneficios de esta industria para la nación es. por medio de una participación creciente del Estado y de los* trabajadores chilenos en las utilidades de las compañías cobreras y por la aplicación de un impuesto a los "beneficios excesivos" y un control mayor de sus manejos financieros. En 1940-43 las exportaciones del cobre alcanzaron un promedio de 435.000 toneladas y su industria dio trabajo a 19.000 obreros. Su aporte en divisas, en 1944, fue de 83,1 millones de dólares, y en 1945, de 79,1 millones.

Es un hecho qué la economía nacional está subordinada al cobre. Y en cualquier momento los consorcios extranjeros, por estimarlo conveniente para sus intereses particulares, pueden reducir su explotación, como sucedió en 1946, cuando disminuyeron la producción en más de 100.000 toneladas, provocando trastornos graves al Estado chileno. La paralización de las faenas de exportación dominadas por el capital extranjero afecta a la economía nacional en su totalidad. Asimismo, una baja en el precio del cobre determina, inmediatamente, disminuciones graves y dolorosas en las entradas del Fisco chileno, como sucedió en 1949. En este año el precio del metal rojo descendió arbitrariamente varios centavos-dólar por libra. Chile, a consecuencia de tales fenómenos, mantiene un cuadro de relaciones que le aseguran el carácter de país de economía semicolonial. A pesar de poseer independencia política, los vínculos económicos con las naciones industriales son de tipo colonial. Hoy día radica en el cobre parte del servicio de la deuda externa, el crédito externo, los planes de fomento de la producción nacional y de obras públicas, los gastos de la defensa nacional, el mantenimiento y adelanto de diversos servicios de carácter social; el 60% de nuestras disponibilidades de divisas, o sea, las bases dei andamiaje económico del país, descansan en la suerte de la industria cuprífera, de tal modo que una crisis cualquiera significaría una catástrofe nacional.

A pesar de las grandes entradas suministradas por el cobre, una cantidad importante no retorna al país, destinada al servicio y utilidades de los capitales extranjeros invertidos en su explotación. El cobre no contribuye efectivamente a mejorar nuestra condición de país deudor con una balanza de pagos de pasividad crónica. Chile pierde alrededor de 40.000.000 de dólares, anualmente; quedan en el exterior para servir de utilidades a los consorcios cupríferos (7). Aunque Chile vive del cobre, y es el país que posee las más grandes reservas cupríferas del mundo, todo lo relacionado con la fijación de precios, cuotas de producción y desarrollo técnico de la industria, está entregado a la exclusiva decisión de los capitales extranjeros invertidos en las minas de Chuquicamata, Potrerillos y El Teniente, sin intervención del gobierno de nuestro país, donde las minas están situadas y cuyos obreros suministran la mano de obra necesaria para su explotación. Por lo menos debiera crearse la Corporación de Ventas de Cobre, a objeto de que el Gobierno chileno intervenga en lo que concierne a la industria del cobre y la política a seguir.

En lo que respecta al salitre, el panorama es el siguiente: da trabajo a cerca de 20.000 obreros y empleados y aporta alrededor de 40 millones de dólares. En 1946 entregó 44.230.415 dolare (31,5 por retorno de costos: 9 por compras industriales y 3,7 de participación fiscal). La industria del salitre está también controlada por el capital extranjero, en manos de la Anglo Chilena y la Lautaro Nitrate, consorcios dependientes del grupo financiero Guggenheim, y de la Compañía Tarapacá y Antofagasta, ligada a intereses británicos. En el caso de esta industria, el Estado ejerce una tuición por intermedio de la Corporación de Ventas de Salitre y Yodo. La producción de salitre alcanza a 1.700.000 toneladas. Según el balance de 1946, las ventas que realizó la Corporación significaron un valor de 8.591.759 libras esterlinas, descontados los gastos apreciables que significa la administración de la empresa, en la que un alto porcentaje del personal es extranjero y se contrata fuera del país con remuneraciones enormes en comparación con los sueldos de los chilenos. La Corporación obtuvo una utilidad de 3.614.054. De acuerdo con la Ley 5.350, le corresponde al Fisco un 25% de dicha utilidad, o sea, la suma de 903.513, valor exiguo si se considera que es el único. tributo de una industria en poder de capitales extranjeros. Del salitre retorna al país, en forma semejante a las empresas del cobre, el costo de producción que cubre cerca del 25% de nuestras disponibilidades de divisas. Esta industria se encuentra sobrecapitalizada y su administración es gravosa; las utilidades son mucho mayores que las oficiales y resistirían una mayor tributación en favor del Estado chileno.

En lo referente al hierro, que se extrae del mineral de "El Tofo", existe idéntica situación. Está en manos de la Bethlehem Steel Corporation, consorcio norteamericano, por medio de un contrato de arrendamiento con el consorcio francés "Hauts fourneaux, forges et acieries du Chili", primitivo concesionario de esos minerales. Nuestro país ni siquiera ha tenido intervención como intermediario en la enajenación de su riqueza del hierro. En 1941 se exportaron 1.696.000 toneladas y la economía chilena recibió un ingreso de 1.085.466 dólares, correspondiente al retorno del costo legal de producción, adquisiciones y tributación. En 1946 se exportaron 1.158.386 toneladas con un retorno de 1.360.321 dólares; 869.000 dólares por costo de producción; 449.000, por adquisiciones industriales; 36.015 por derechos de aduana y 6.300 por tributación. Del precio de 6.80 dólares la tonelada puesta en fundición al flete desde los puertos chilenos se le asignan 5 dólares. El hecho de que la Bethlehem Co. exporte el mineral en bruto hace que sobre una producción media de 1.700.000 toneladas, con ley del 60%, se incurra en un gasto de flete para 680.000 toneladas de piedra y tierra. Ocupa apenas 450 obreros y aunque Chile es el primer productor de hierro de América Latina, debe importar 90.000 toneladas de fierro y acero, el 66% de su consumo total. El actual estado de cosas del hierro es altamente negativo para los intereses nacionales, pues Chile está entregando sus reservas de hierro, de ley muy alta, a cambio de una retribución ridícula.

En lo que respecta a otros minerales la situación es la siguiente: sus yacimientos de bórax son los más grandes del mundo y casi no dejan beneficios al país; consorcios extranjeros poseen grandes yacimientos sin explotar (por ejemplo, el de Chilcaya en el departamento de Arica). En el siglo pasado éramos el principal exportador de manganeso; así en 1890 se exportaron 51.000 toneladas. Ahora nos superan Cuba y Brasil y sólo producimos unas 11.000 toneladas. Desde la Conquista hasta 1938, Chile produjo 384 toneladas de oro, el 1% de la producción mundial. En 1940 se produjeron 9.565 kgs. de oro fino; en 1941, 8.191 kgs. y en 1942, 5.826 kgs. Las reservas minerales de oro se han estimado en 5.000.000 de toneladas, con leyes que oscilan entre 5 y 20 gramos fino por tonelada. También es importante la producción de carbón, que, en 1940, alcanzó a 1.029.639 toneladas. En cuanto a la plata, en 1940 se produjeron 47.139 kgs.; en 1941, 38.366 kgs., y, en 1942, 28.152 kgs.

La minería nacional, pequeña toda, representa poco frente a la extranjera y trabaja con métodos atrasados y bajos rendimientos; no obstante es la que entrega mayor renta al país.

Al indicar la realidad anterior no desdeñamos la importancia y necesidad del aporte de capitales extranjeros a la economía nacional. Es urgente que se atraigan capitales extranjeros, garantizándoles utilidades equitativas. Pero tales capitales deben incorporarse de manera efectiva por medio de la asociación con los capitales nacionales, sean del Estado o de particulares. Hemos visto que el inversionismo extranjero concentrado en las industrias extractivas ha dado origen a una deformación completa de nuestra economía. Para impedirla es necesario que los capitales extranjeros obtenidos se apliquen al desenvolvimiento de otras actividades económicas, con el propósito de lograr el desarrollo sincrónico y uniforme de todas las actividades nacionales. Y este desarrollo económico, de acuerdo con una política científica, debe estar orientado por la idea fundamental de que un país debe producir al máximo para el consumo, destinando el comercio de exportación a incrementar la capitalización nacional.

El gran capital dueño de las materias primas y medios de comunicaciones ha llegado a tener un absoluto control económico sobre la nación, determinando, en su mayor parte, la política interna. El imperialismo, que es un fenómeno de carácter económico (explotación y despojo de las riquezas y rentas nacionales), tiene también consecuencias políticas (menoscabo de la soberanía e independencia políticas) y morales (corrupción de la clase gobernante que lo sirve, entregándole el patrimonio nacional e intensificando la expoliación de sus clases laboriosas). Su explotación consiste en llevarse las utilidades chilenas, las rentas de Chile, el trabajo de los chilenos, al extranjero, impidiendo que el país se capitalice y pueda contar con los fondos suficientes para crear industrias y perfeccionar las escasas que existen; desarrollar y estimular la agricultura; dar un fuerte impulso a la economía en su conjunto. Cada año nos empobrecemos más, porque cada año son mayores las utilidades y rentas del trabajo de los chilenos, que salen, en forma de exportación, a servir de utilidades al capitalismo extranjero, que paga fuera de Chile sus intereses y utilidades; su servicio figura en el debe de nuestra balanza de pagos. Esto nos permite comprender que, a pesar de ser nuestras exportaciones mayores que las importaciones, lo que hace decir a muchos que la balanza internacional es favorable a Chile, el resultado único es que ese exceso de exportaciones pertenece al imperialismo y, por lo tanto, no significa bienestar para el país, sino, por el contrario, se traduce en su empobrecimiento sistemático y en su ruina. Los consorcios trasladan nuestros productos minerales, exportando su renta, que es el precio de la producción nacional, al extranjero, donde quedan su valor y sus utilidades; aquí dejan apenas los bajos salarios de nuestros obreros, el valor de algunas adquisiciones y los impuestos y derechos que imponen las necesidades de explotación y las leyes. Y ello se debe a que "desgraciadamente, ni el metal de nuestras montañas, ni el salitre de nuestro desierto, ni la energía de nuestros ríos nos pertenecen; todo, absolutamente todo, está en poder del capital extranjero no domiciliado en Chile". (Palabras del diputado conservador Enrique Alcalde Cruchaga). Debido a esta circunstancia. Chile trabaja y produce no para sí sino para el extranjero. Produce en calidad de colonia. Los consorcios extranjeros que nos explotan nos hacen pagar a todos los consumidores chilenos las utilidades llevadas a sus capitalistas. Esta explotación de las riquezas nacionales explica el empobrecimiento del país, al impedir la capitalización, y disminuye la productividad del trabajo de los nacionales. La gravedad de este fenómeno ya fue considerada certeramente por Francisco A. Encina, en su obra citada., expresando, entre otros conceptos: "La intensidad del contacto con economías considerablemente más avanzadas, benéfico en otra época desde el punto de vista del desarrollo de la riqueza, constituye en la hora actual su más serio estorbo. Colocados por la naturaleza en la necesidad ineludible de ser pueblo manufacturero y comerciante, la realización de nuestros destinos tropieza con los hábitos de consumos improductivos, con el debilitamiento de las fuerzas morales y con la competencia dentro de la propia casa, originada por él. No es, pues, una paradoja, como a primera vista parece, contarlo entre los factores de nuestra inferioridad".

El imperialismo ha contado con el apoyo de la clase terrateniente nacional, porque le ha permitido un fortalecimiento de su dominio, asegurando el mantenimiento del latifundio con una escasa producción que ha tenido un mercado seguro en los sitios en que funcionan las industrias extractivas. Además, ha constituido una burguesía financiera, agente administradora de sus intereses, unida a la oligarquía terrateniente, formada por nuevos sectores: burocracia administrativa, gestores, abogados mercenarios, parlamentarios venales, magistrados sobornables, fracciones de clase media arribistas y ávidas de lucro. Finalmente, determinan en el país la existencia de un parasitismo agobiador concretado en el aumento de los que viven desligados del trabajo productivo. El latifundio y el imperialismo explican que en Chile la población activa alcance a un tercio apenas del total. Y de ese tercio los realmente creadores de riqueza son menos aún.

Si el gran capital ha creado las industrias extractivas, no permite, sin embargo, un desarrollo industrial del país, puesto que nos considera y mantiene siempre como mercado de materias primas y en tal caso las industrias están en el país de origen, de donde luego parten al nuestro, que es a la vez mercado de venta, los productos manufacturados. En tal forma impide toda posibilidad de verdadero desarrollo industrial, puesto que desenvuelve sólo las fuerzas productivas que le convienen y no todas las que podría desarrollar. Empobrece al país e impide que se formen grandes capitales, a causa de la exportación de las utilidades del trabajo de los nacionales, con lo que el país no se puede desarrollar económicamente en la escala que necesita. Se puede afirmar, entonces, que es condición previa, para un desarrollo industrial verdadero y armónico, la eliminación de esta explotación. Hasta ahora ella ha sido el obstáculo para el incremento económico del país y para el bienestar de sus grandes masas productoras. Su única concurrencia positiva es la formación de un proletariado vigoroso, originado al industrializar las faenas de extracción de las materias primas, fuerza social en la que reside uno de los más sólidos apoyos para emancipar económicamente a nuestra sociedad y obtener nuestra liberación. nacional.

13. Las industrias nacionales se desenvuelven en forma de irritantes monopolios que se enriquecen a costa del pueblo. El crédito ha estado monopolizado por el capital extranjero y los industriales del país. Los bancos nacionales han mirado solamente los intereses de la clase pudiente. El Banco Central y el Banco de Chile han tenido un control estricto sobre el crédito nacional. Han, estimulado y levantado negocios perjudiciales para el Estado; han perseguido ganancias para sus accionistas y no el interés de la industria, agricultura y comercio. El Banco de Chile, con su Departamento de Comisiones de Confianza, utilizando los depósitos de ahorro que recibe, por los cuales paga el 2 1/2% y con los préstamos que hace, por los cuales cobra el 11%, ejerce una poderosa influencia en la industria, controlando diversas empresas, tales como: Fábrica Textil Yarur. Compañía Azucarera, Compañía Sudamericana de Vapores, Saavedra Benard, Sociedad de Comercio Exterior, Mademsa. Industria Hotelera, terrenos para barrios residenciales, edificios de renta. Los bancos particulares, así como las compañías de seguros, obtienen ganancias elevadísimas. Las instituciones fiscales y semifíscales de crédito (Banco Central, Instituto de Fomento Minero de Tarapacá y Antofagasta, Cajas de Crédito Agrario, Minero, Hipotecario, Popular e Instituto de Crédito Industrial) han favorecido siempre el beneficio de los particulares y de las grandes empresas y sociedades anónimas, en perjuicio de la economía colectiva.

Numerosos otros monopolios han acaparado diversos medios de producción y productos fundamentales: la Compañía Carbonífera y de Fundición Schwager y la Compañía Carbonífera e Industrial de Lota tienen el monopolio del carbón; las compañías de gas de Santiago y Valparaíso el de coke y gas de alumbrado; las sociedades Explotadora de Tierra del Fuego y Ganadera Gente Grande el del ganado lanar y carnes (las riquezas de Magallanes están controladas por empresas nacionales y extranjeras muy poderosas. Las empresas de John Dick dominan el giro de los negocios, porque es dueño de grandes estancias, administra otras y representa a varias firmas: la Sociedad Agrícola y Ganadera José Montes, con un capital de un millón dé libras esterlinas, según su balance de 1943, tiene grandes establecimientos industriales y comerciales; es accionista de empresas bancarias e industriales y tiene poderosos intereses en Argentina; Mauricio Braun, fundador de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, del frigorífico de Río Seco, del Banco de Punta Arenas, de la firma naviera Braun y Blanchard, controla numerosas estancias, industrias y negocios; la Sociedad Anónima y Comercial Menéndez Behety dispone de grandes estancias en el país y en Argentina, tiene fuerte participación en la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, y controla minas, industrias y establecimientos comerciales. Son las empresas dueñas de Magallanes). La Fábrica de Cemento El Melón, la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, la Compañía de Cervecerías Unidas, la Compañía de Refinería de Azúcar de Viña del Mar, la Compañía Chilena de Fósforos, la Compañía Chilena de Tabacos, poseen el monopolio de los elementos que indica su razón comercial. Existen numerosos otros monopolios, como los del alcohol, velas, clavos, arroz, aceite de pepitas, etc. En atención a tal hecho imponen los precios que desean, -provocan escasez artificial, especulando en una forma indigna y en la más absoluta impunidad, porque el gobierno que expresa sus intereses se preocupa de reglamentar el pequeño comercio en vez de herir los privilegios de estos monopolios. No es raro entonces que obtengan utilidades que van desde el 30 al 60%, mientras la vida encarece y los consumidores se agostan en la desesperación. En 1943, la Compañía de Textiles Caupolicán Chiguayante obtuvo 50,2% de utilidades; la Sociedad Yarur, 58,3%.

En la industria nacional su productividad es baja y los costos de producción son elevados a causa de su escasa inversión en equipos mecánicos, su alta dependencia de las materias primas extranjeras y la escasa competencia interna derivada de la protección aduanera; su producción reducida es absorbida en el mercado interno, que es pobre y pequeño, ya que existen grandes sectores sin poder de consumo, y no quedan excedentes exportables en beneficio de la economía del país. El número reducido de personas que concentran las directivas de las empresas principales, el limitado mercado y la protección aduanera han permitido y favorecido la constitución de estos monopolios odiosos a costa de los intereses del país y de las condiciones de vida de la masa asalariada.

La industria ocupa el 17% de la población activa y su renta sobrepasa los $ 5.880.000.000, superando a la agricultura y a la minería. La industria, a pesar de su débil desarrollo, contribuye con el más alto porcentaje al Estado, por concepto de impuestos, y proporciona a la masa consumidora del país numerosos artículos que antes se importaban; además, tiene un carácter nacional y sus beneficios, al contrario de lo que sucede en la minería, quedan en el país en su mayor parte. La industria chilena aprovecha en escaso margen las materias primas nacionales, como ser cobre, hierro, salitre, maderas, lanas. Un 40% del valor de las materias primas consumidas son extranjeras, lo que expone a la industria a las alternativas del comercio internacional y, por otro lado, si es verdad que el desarrollo industrial significa un ahorro de divisas extranjeras, por el otro este progreso queda constreñido, por cuanto la adquisición de materias primas recarga el pasivo dé nuestra balanza de pagos y gran parte de la producción industrial queda dependiendo de cualquier fenómeno que torne bruscamente negativo dicho comercio exterior.

No ha existido en el país la necesaria acumulación capitalista que permita un desarrollo industrial poderoso. La acumulación capitalista consiste en invertir en el proceso de reproducción gran parte de la plusvalía obtenida en la producción de mercancías y en transformar la plusvalía obtenida en capital constante, o sea, en nuevos medios de producción. El desarrollo del capital constante, maquinarias, permite un mayor crecimiento de la acumulación. Este fenómeno de capitalización es indispensable para ampliar la producción fabril. El semifeudalismo ha impedido la formación de una clase "libre" de asalariados y el capital imperialista, al absorber nuestras principales fuentes de riquezas y al mantenernos sujetos a un déficit crónico en nuestra balanza de cuentas internacionales, ha impedido la acumulación de capitales y ha mantenido estancado el proceso de capitalización. En 1890 existían 6.855 establecimientos industriales; 7.881 en 1917, y en 1937, según el censo industrial de ese año, había 19.439 establecimientos industriales, de los cuales el 37% estaba en Santiago. Las cifras anotadas indican que el desarrollo industrial ha sido lento y está subordinado a la suerte del capital imperialista. Del censo industrial se desprende que el régimen artesanal se mantiene sólido con el 90% de los establecimientos sujetos a su sistema (9.700 establecimientos son atendidos por sus dueños y familiares y 7.694 constan de un personal término medio de 3,2 personas por establecimiento). La gran industria está concentrada en 251 establecimientos, con un término medio de 368 asalariados por cada uno. Los 2.000 establecimientos que constituyen el andamiaje industrial ocupan, por término medio, 158 asalariados por cada uno.

La escasa proporción de nuestra concentración industrial determina un alto costo de producción y da a un importante número de empresas un carácter de artificialidad que obliga a protecciones injustificadas del Estado con perjuicio de la masa consumidora. Asimismo, es deficiente su mecanización. En las empresas controladas por la estadística, se comprueba que en un capital, incluyendo beneficios, de $ 6.309,2 millones, la maquinaria, instalaciones y herramientas sólo representaban 2.010 millones, poco más del 30%. Esto se traduce en una baja productividad del esfuerzo industrial del país. En los costos de producción el 50% lo absorbe el factor materias primas; el 30 a 40%, el factor capital; y el 10% el factor trabajo. Así, es un burdo sofisma afirmar que el asalariado se lleva la mayor parte de los costos y que el aumento de salarios debe llevar implícita el alza de los precios.

El desenvolvimiento industrial del país no descansa en la base de una sana tasa de capitalización sino en el apoyo de medidas gubernativas llevadas a un grado increíble. Por otra parte, la industria mira decisivamente al mercado 'interno, ya que el standard de vida de la población determina su capacidad de compra, factor primordial en el desarrollo industrial, que tiende a una expansión ilimitada; a este respecto Chile es un país de bajísimo standard de vida. En su población hay un elevado porcentaje que casi no consume y, además, de aquella en condiciones de trabajar casi un 20% no lo hace; es un sector estrictamente parasitario.

De lo dicho se desprende que el desarrollo de la industria debido a la insuficiencia de equipo y al reducido mercado que resulta de la situación miserable del pueblo, es lento (no es solamente la reducida población la que determina lo precario del desarrollo industrial y la pobreza de la nación; es también la carencia de mecanización, o sea, la producción que agrega el motor, factor real que contribuye a acrecentar el rendimiento de la producción). Se estimula a la industria liviana y a la manufacturera de artículos de consumo. Carece de industria pesada. La pobreza de equipo mecánico, la falta de concentración en la producción, la inexistencia de una industria pesada, contribuyen a que nuestra industria nacional sea dependiente del extranjero y produzca a altos costos. Esta industria cara, de bajo rendimiento y mala calidad, se ha mantenido por el apoyo que le ha suministrado el Gobierno y por el dominio tiránico del. mercado interno, explotando a los consumidores. Existe una marcada localización. En Santiago y Valparaíso se logra el 73% de la producción total; el resto se obtiene en Concepción y Valdivia. Esta localización, unida a la deficiencia de los transportes, crea graves trastornos para las regiones sin desarrollo manufacturero. La disponibilidad de mano de obra técnica o calificada es muy limitada, lo que implica una apreciable escasez de obreros especializados, supliéndose esta falla con la improvisación, aprovechando la habilidad natural de nuestro elemento humano; es aquí donde reside la exigencia de una reforma educacional práctica para conseguir que un sector de la población tenga capacitación económica y técnica que sirva al desarrollo industrial y al progreso general del país.

El arancel aduanero protege sin discriminación a todas las actividades industriales del país y es mantenido por el simple interés tributario del Fisco y por el interés privado de los industriales, que quieren estar a resguardo de la competencia internacional. De este modo la industria mantiene en muchos rubros un carácter de artificialidad, acreditado en el hecho de que sus materias primas ocupan un alto porcentaje del presupuesto de divisas; se internan materias primas que consumen el 60% de las divisas y en la producción de las mismas el aporte de la industria no significa más del 12 al 15%.

Por la falta de competencia la industria no ha tenido interés en perfeccionar sus métodos y medios de producción y ha desarrollado las tendencias monopolistas ya indicadas, que sacrifican a la masa consumidora. Todos los rubros industriales principales se desenvuelven como irritantes monopolios que sólo persiguen el más alto beneficio a costa del consumidor nacional. De estos rasgos desfavorables de la industria con respecto a la economía nacional, derivan excepcionales ventajas para los industriales. En primer lugar, logran un alto nivel de utilidades, pues imponen precios altos y éstos se fijan y regulan por el empresario de costos más altos. Las empresas más modernas, en cuanto a maquinaria y organización, obtienen beneficios extraordinarios que les han permitido transformarse en entidades poderosas a corto plazo. Pero, a pesar de estas cuantiosas utilidades, la industria no ha remunerado en forma satisfactoria a sus trabajadores. No obstante, las grandes alzas de 1946, el promedio de las remuneraciones industriales alcanzó apenas a $ 56.50 diarios.

Junto a esta poco consoladora realidad industrial, el régimen financiero chileno se ha caracterizado por una permanente desvalorización monetaria (de 46 d. a fracciones de d. por peso) como consecuencia y reflejo de las debilidades de la estructura económica nacional. El proceso económico envuelto en el fenómeno monetario que recibe el nombre de "inflación", nos agobia desde hace largo tiempo.

La depreciación constante de nuestra moneda se ha debido a los fenómenos desfavorables que, en repetidas épocas, ha sufrido el comercio exterior chileno, que tiene elementos negativos permanentes; a la errada política de los gobiernos y a la acción de aquellos grupos o sectores fuertemente endeudados, con grandes influencias en el gobierno y a quienes ha beneficiado la desvalorización del peso. La baja del valor de la moneda aprovecha a los productores, a los terratenientes, a los industriales, a todo deudor y a las instituciones de crédito que facilitan dinero para especular, no para trabajar. En cambio afecta a los asalariados, a los depositantes en Cajas de Ahorros, a los jubilados, a los tenedores de bonos. Y este régimen funesto ha sido mantenido por los deudores que tienen sus grandes propiedades recargadas de hipotecas y con las cuales cuentan para su vida dispendiosa, para sus viajes a Europa y, en general, para llevar una existencia de prodigalidades y derroches. La baja de la moneda agrava en la actualidad las consecuencias señaladas, por cuanto favorece a los magnates nacionales y ayuda al imperialismo en su política de extorsión de la economía del país. Las empresas imperialistas del hierro, cobre y salitre traen una cantidad mucho menor de dólares para pagar los salarios de los obreros chilenos que trabajan en sus faenas, con lo que se llevan fuera del país una cantidad adicional de divisas; traerán menos dólares para financiar las obras en que se encuentran empeñados en Chuquicamata y El Romeral y en cambio encarecen el valor de las materias primas que Chile debe importar para abastecer a sus industrias, lo que se traduce en un alza de precios y en una mayor angustia para las masas consumidoras. Esta tremenda desvalorización de la moneda permite un mayor enriquecimiento de la oligarquía plutocrática nacional y de los consorcios imperialistas. Y en el fondo no hace otra cosa que aumentar la plusvalía que la casta dominante y el imperialismo extraen de la clase trabajadora nacional a costa de su existencia. Es dramática y justa la frase gráfica del diputado Francisco Puelma Tupper: "En Chile existen dos industrias. Una, la de los rotos que recortan las carabinas para robarle a los ricos y la otra, la de los ricos que recortan los pesos para robarle a los rotos".

La desvalorización se ha agravado en los últimos años con las frecuentes emisiones monetarias para financiar déficits fiscales, con el acrecentamiento de los gastos públicos y de fomento de la producción y con la influencia nociva del crédito bancario privado (la expansión del crédito bancario es aprovechada por el interés particular de los bancos y su clientela para efectuar operaciones de tipo especulativo). La falta de una política crediticia general, que el Estado podría aplicar por medio de las Cajas de Ahorros, crédito agrario, hipotecario, industrial y Corporación de Fomento, ha hecho que los bancos particulares realicen especulaciones injustas, incluso aprovechando los centenares de millones de pesos de las instituciones semifiscales.

Muchos sectores han querido señalar el aumento de sueldos y salarios como el factor determinante del proceso inflacionista. Pero las alzas casi siempre son solicitadas con motivo de la subida de los precios. En verdad, los reajustes de sueldos y salarios son efecto y no causa de la inflación. Los asalariados no tienen otro medio de adquirir los bienes indispensables, siempre a mayor precio, que solicitando una elevación de sus remuneraciones. A pesar de los aumentos logrados, los sueldos y salarios no quedan a cubierto del alza de los precios ni guardan relación con las mayores utilidades del comercio o de la industria, la valorización general de los bienes raíces o valores mobiliarios, o la disminución real del monto de las deudas, con que se favorecen los empresarios y sectores acaudalados, por el proceso inflacionista. En la agricultura los salarios son tan bajos que casi no influyen en el costo de la producción; asimismo en la industria, en donde apenas constituyen el 10% del costo.

Según la obra Renta Nacional, la distribución de la renta es la siguiente: sueldos 22%; salarios 21,9%; sueldos patronales 22,4%; utilidades e intereses 16,4%; rentas 11,5% y otros 5,8%. Los salarios subieron de $ 7.400.000.000 en 1940 a 13.400 millones de pesos en 1943; los sueldos patronales subieron de 4.000 millones de pesos a $ 7.300.000.000; las rentas de $ 1.600.000.000 a $ 2.110.000.000; las utilidades e intereses, de 2.780 millones a 4.81,8 millones. Aumentaron en igual o mayor proporción las remuneraciones del capital que la de los trabajadores en general. Los salarios y sueldos no tienen influencia en el proceso inflacionista, porque son reducidos. En 1945, sobre un total de 97.599 imponentes de la Caja de Empleados Particulares, solamente 17.698 recibían sueldos superiores a $ 2.000 mensuales. Y según las estadísticas de 1946, el promedio de los jornales de la industria fue de $ 56.51. El grupo de personas afecto al impuesto global complementario, 54.405 personas declaró en 1946 una renta de 6.083.000.000 y el total de salarios pagados ese año alcanzó a 6.536 millones. La producción nacional aumentó en un 61% desde 1937 a 1946; en el mismo período, el costo de la vida subió en un 183% y el poder adquisitivo de la moneda bajó de 100 a 31,1. A pesar de los aumentos de producción, la capacidad de compra de los asalariados y su condición social disminuyó, porque sus remuneraciones, alzadas nominalmente, perdieron poder adquisitivo. El aumento de producción ha sido cuantitativo; no tocó a aquellos rubros decisivos para la masa popular y al no introducirse reformas en los métodos de explotación se tradujo en una violenta alza de éstos. La inflación sólo puede abordarse y resolverse si se eliminan las fallas y debilidades de nuestra economía; lo demás significa una política de parches que agrava a la larga el problema nacional.

14. El dominio del latifundio, de los consorcios extranjeros y de los monopolios industriales, más la desvalorización de la moneda que imponen regularmente, han provocado una explotación terrible de las masas trabajadoras y consumidoras. Sus consecuencias inmediatas son: existencia de bajos salarios y encarecimiento creciente de la vida. En estas condiciones la población chilena está desnutrida, debido al no consumo de alimentos protectores en la cantidad requerida por el organismo, especialmente de leche y sus derivados, carne y huevos, lo que se manifiesta en el poco desarrollo actual de la raza y en el escaso rendimiento de los obreros (se comprueba esta afirmación en el examen de los escolares y en el de los llamados al servicio militar). El vestuario de los trabajadores es deficiente, la mayor parte viste harapos. Carecen de viviendas sanas y confortables (un millón y medio de personas viven en habitaciones insalubres) , y la mayor parte de la población está hacinada en "conventillos", "poblaciones callampas"; los campesinos, en "ranchos" inmundos (por término medio viven 5,5 personas por habitación y duermen 3,2 por cama). Para solucionar el problema de la vivienda sería menester construir alrededor de 500.000 casas.

La pavorosa situación señalada explica que Chile tenga la más alta mortalidad infantil del mundo; en 1934 fue de 262 por cada 1.000 nacidos vivos; en 1935, de 251; en 1936, de 252. Se ha logrado rebajarla bastante, pero aún es extremadamente elevada. Tiene una de las más altas mortalidades por tuberculosis: en 1934 fue de 25,3 por cada 100.000 habitantes; en 1935 de 25,1; en 1936 de 25,0. En 1936 murieron 11.811 tuberculosos y en 1937 fallecieron 12.155. Esta cantidad continúa, sin lograr disminuirse su porcentaje. El término medio de vida en Chile alcanzaba la baja cifra de 23 años y el aprovechamiento de su elevada natalidad apenas llegaba al 27%. Por otra parte, existían 40.000 niños ilegítimos, 20.000 niños abandonados y 400.000 niños que no concurrían a la escuela. Debido a la miseria, la constitución de la familia y sentimientos anexos es de una fragilidad espantosa.

La educación ha estado entregada en manos de la reacción o de una burocracia inerte y fosilizada y no ha estado informada por un verdadero sentido democrático social y económico. Los profesores han sido siempre perseguidos al sustentar ideas renovadoras y han sido mantenidos en duras condiciones de vida, con sueldos exiguos. La escasez de locales escolares es impresionante. En la dirección de la enseñanza ha imperado el desprecio propio de la mentalidad colonial hacia las tareas de la educación. La educación profesional y técnica casi no existe. La errada orientación de la enseñanza nacional se aprecia en este dato: en un país minero como el nuestro, la Universidad otorgó, desde 1898 a 1918, 1.700 títulos de abogados y solamente 22 de ingenieros de minas. La población analfabeta alcanza al 28% y sólo el 5% de los niños que concurren a la escuela primaria llegan a cursar el V año de esa rama de la enseñanza-Constituyen la masa de semianalfabetos. Este estado de atraso y miseria en que yace el país por el efecto de la dominación clasista que ha predominado a lo largo de su devenir histórico es evidente y uno de los documentos más lapidarios, en este sentido, es el Informe de los técnicos Dragoni y Burnett, miembros de la Oficina Internacional del Trabajo, al exhibir las pésimas condiciones de vida de las masas laboriosas chilenas, después de una seria y detenida encuesta. Según este informe. Chile es uno de los países más pobres y atrasados de la tierra en el plano económico-social. El doctor Salvador Allende, siendo Ministro de Salubridad, publicó en 1939 un libro titulado La realidad médico-social de Chile, donde se da a conocer en detalle la penosa situación del país en los aspectos que hemos reseñado. La obra Renta Nacional, publicada bajo el patrocinio de la Corporación de Fomento de la Producción, es un libro extraordinariamente serio que reafirma lo anterior al exhibir a Chile como a un país de escasísima renta nacional por individuo a causa de su alarmante atraso económico y de su insuficiente desarrollo, sobre el cual pesan factores coloniales y semicoloniales, abusivos e injustos.

15. El atraso económico-social ha determinado una gran decadencia moral. A causa de la permanente miseria, la moralidad nacional ha descendido profundamente. La austeridad, el sentido de responsabilidad y la sobriedad que existieron, evidentemente, en el siglo XIX y constituyeron los puntos de apoyo del desenvolvimiento del país, se han desmoronado para dar paso a un desenfrenado ambiente de corrupción, mediocridad, compadrazgo, oportunismo y decadencia. La clase dominante, en el pasado poseyó, en relativo grado, tales valores, a pesar de su egoísmo. Los ha perdido totalmente. En este balance tétrico, de nuestro país, tal vez el hecho más alarmante es la constante decadencia de la moralidad nacional. Durante el siglo pasado Chile se organizó institucionalmente sobre bases jurídicas firmes. Consagraba la dominación y privilegios de una minoría, de una pequeña oligarquía, sobre las grandes muchedumbres productoras, pero, no obstante, la nación en su conjunto se hizo notar por su energía pujante y laboriosa al explotar minas de plata y cobre, impulsar una agricultura, poderosa, y más allá de sus fronteras dio vida v actividad a innumerables faenas salitreras y destacó sus productos y hombres de trabajo; por la seriedad temprana de sus organismos político-jurídicos por sus empresas guerreras y el respeto de los valores éticos. Numerosos escritores extranjeros han dejado constancia de esta realidad y una ponderada admiración hacia nuestro país fluye de sus páginas. Pero desde la época de la república parlamentaria se manifiesta una desmoralización trágica. Pareciera que la conquista del salitre significó un factor corruptor. La riqueza se concentra siempre en una porción pequeñísima de la sociedad, mientras la inmensa mayoría queda en la pobreza. Este contraste agudizó el antagonismo de clases, que ayudó a disgregar la conciencia nacional existente. Este hecho se tradujo en la liberalidad asombrosa con que se entregaron las riquezas mineras al capital extranjero a cambio de un impuesto que era ínfimo, pero que liberaba a la clase rica de imponerse contribuciones, clase que demuestra una devoción y fidelidad increíbles hacia los capitalistas extranjeros y que nos lleva a la completa desnacionalización de la economía del país y a una espantosa pobreza.

En la dirección política predominan los hombres indolentes, incapaces de emprender cosas grandes y renovadoras. Son los estadistas que defienden el principio de que "las cosas no tienen arreglo o se arreglan solas". No se intentó gobernar de acuerdo con una política económica definida tendiente a desarrollar las fuerzas productivas del país, a industrializarlo y hacerlo poderoso y próspero. Esa incapacidad unida a la errada orientación de la enseñanza y al desprecio feudal por el profesor, mal rentado y subestimado en su rol social de forjador de las nuevas generaciones, es decir, del porvenir de la patria, determinan la decadencia del país y la pérdida de nuestros valores éticos. Y no es que no haya habido hombres señeros que señalaran esta realidad peligrosa y que propusieran ideas atinadas para modificarla en beneficio del porvenir de Chile. Los hubo, y muchos, pero no fueron escuchados o, simplemente, se les acusó de ilusos y locos.

Desde la caída del gran Balmaceda la tendencia al lucro a costa del patrimonio nacional y de la explotación de las grandes multitudes, el parasitismo, el derroche y la ostentación, los vicios infamantes (alcoholismo, juegos de azar, pillaje, prostitución), la malicia y el engaño, pasan a ser normas corrientes en las relaciones sociales y no las excepciones como ocurre en otros países. Tampoco existe la sanción moral para quienes delinquen y, por el contrario, con el tiempo se les aplaude y reverencia porque fueron hábiles y "listos". Francisco A. Encina ha señalado con mano maestra los aspectos negativos que predominan en la psicología económica del chileno, obstáculo terrible para el desenvolvimiento progresivo y fecundo del país. En la misma forma, el doctor Julio Valdés Cange anotó con gran valentía estos síntomas de nuestra decadencia moral en sus Cartas a don Pedro Montt y en Sinceridad. Chile íntimo en 1910. En un párrafo traza una síntesis digna de ser meditada: "Esta podredumbre interna no se manifiesta sino de cerca y al ojo experimentado; por eso, las naciones extranjeras siguen atribuyéndonos muchas de las cualidades que en otro tiempo nos adornaban, y nosotros mismos tratamos de engañarnos ensalzando con necia arrogancia las extraordinarias virtudes de nuestro pueblo y de nuestros hombres dirigentes... Arrullados por estas farsas y arrogancias pueriles nos adormecemos y nos contentamos con las apariencias de la grandeza y de la gloria. Nuestro pobre roto entretanto, víctima de la ignorancia, del fanatismo y de la miseria, se embrutece cada día más en las tabernas y su raza degenera con una rapidez asombrosa que sólo los ciegos no pueden ver. Nuestra clase decente, cubierta de oropeles, vive una existencia frívola y llena de mentiras e hipocresías ... Alardeamos de patriotismo, balandroneando cada vez que se ofrece, a voz en cuello, como cualquier perdonavidas: somos patrioteros y nada más, porque el espíritu cívico es una cosa tan rara que no se encuentra ni para ejemplo. Los que más hablan de patriotismo son cabalmente los que más explotan a la Patria. En esto pasa como en política: los que siempre llevan en los labios el nombre del pueblo son sus peores verdugos".

Es una verdad irrefutable que en el presente los fenómenos fundamentales que aquejan a Chile son: atraso económico-social, derivado de la anticuada estructura semifeudal y semi-colonial que impera por la acción obstinada de un reducido grupo privilegiado; y decadencia moral en las diversas clases sociales, pero más fuerte en los sectores dirigentes, todo lo cual determina la existencia de una permanente y honda pugna de clases sociales antagónicas y trastornos cotidianos.

Ha ayudado, sin duda, a la formación de este clima de desmoralización y dolo, aparte de la mala renta de millares de funcionarios de la administración pública, de la injusta repartición de la riqueza y el ambiente de lujo y derroche de los sectores privilegiados, el predominio de una politiquería eunuca y bastarda. La politiquería intrascendente, sin finalidad alguna, ni un elevado ideal, ha sumido a la mayor parte de la administración pública en el desaliento y el escepticismo, dando vida a un ambiente propicio al delito. El panorama se agrava desde que este ambiente de desenfreno se extiende y rodea a todas las actividades patrias y el país entero marcha envuelto en una inmensa ola de inmoralidad. Es verdad que siempre ha existido, un margen de inmoralidad en las relaciones sociales, pero en Chile ha cundido demasiado en los últimos años. La desvalorización sistemática de la moneda, anexa a turbias maniobras de diversa índole; el robo de tierras fiscales con sus respectivos litigios tortuosos; la entrega de las riquezas mineras y de los servicios de utilidad pública a consorcios extranjeros, según contratos leoninos, defendidos por altos personeros de gobierno; la gestación de los poderes públicos por medio del cohecho y el fraude; la designación de cualquier individuo para un cargo determinado, por empeño, favor político o compadrazgo y nepotismo, son hechos que desatan la injusticia y la inmoralidad, creando un clima de desconfianza que se traduce en un desenfreno y licencia generales. En su libro Recuerdos de don Pedro Aguirre Cerda, el destacado político y publicista Alberto Cabero enumera algunos escándalos famosos que hablan en forma gráfica de la decadencia de la moralidad nacional: " La compañía agropecuaria de los Rabudos, que por medio de escrituras apócrifas pretendió apoderarse de gran parte de una provincia del sur; las 50.000 dadas por la Compañía de Salitres de Antofagasta a un distinguido abogado para la compra de votos, o sea de conciencias, en el Parlamento; los bulliciosos procesos de las Especies Valoradas en que la Excma. Corte Suprema condenó a doce años de presidio a su Director; los fraudes en la provisión de los albergues en que no se castigó a los delincuentes porque había interés en que los sumarios desaparecieran; los escándalos llamados del fierro viejo y del guano blanco; la defraudación de la Caja de Crédito Popular; el negocio turbio del consulado de Liverpool; el desfalco de la Dirección de Impuestos Internos que obligó a su Director a suicidarse; las mensuras brujas de terrenos salitrales; las extensiones de terrenos fiscales otorgadas ejecutivamente para colonizar a compañías especuladoras; la apropiación de propiedades de los indios por medio de la embriaguez de éstos haciéndoles firmar engañosas ventas o valiéndose del temor, arrancando manu militari las cercas que señalaban a los indígenas sus posesiones, como aconteció cuando el gobierno dio tierras en la frontera a oficiales revolucionarios en 1891 y, por último, en el extremo sur, especialmente en Magallanes, las concesiones obtenidas por conocidos gestores".

Y la lista, puede continuar con escándalos mayúsculos: la vergonzosa especulación con los bonos de las minas de estaño de Llallaguas, por íntimos del Presidente Sanfuentes: la famosa "guerra de don Ladislao"; el latrocinio permanente practicado por algunas municipalidades, como las de Pica, en Tarapacá, y Sierra Gorda, en Antofagasta, que percibían cuatro veces más fondos que los que gastaban en la comuna; las tasaciones irrisorias que hacían muchos terratenientes de sus fundos y propiedades urbanas, burlando los impuestos; los fraudes denominados de las "cachimbas" y de la "reposición de linderos", en la región salitrera, por medio de los cuales se despojaba al Fisco de sus valiosas reservas salitrales. Don Agustín Ross en sus escritos (y F. A. Encina más tarde) ha dejado en claro que nuestra aristocracia ha demostrado codicia, rapacidad y malicia dolosa. Entre sus miembros ha existido siempre un concierto tácito para negar el valor real de sus haciendas, a fin de pagar los más ínfimos tributos. Ha sido aficionada a las especulaciones y ha profesado el criterio de que robar al Fisco no es delito. El contrabando lo ha practicado como un verdadero sistema legal, ejercido de consuno con las autoridades. El ministro Rengifo escribía en 1834, a Portales sobre este espíritu de la aristocracia: "Son los más ricos y los que tienen más, los que obstaculizan el mejoramiento de nuestras rentas. Oponen a cada medida ministerial toda clase de reparos e imaginan que mi propósito es expoliarlos y arrancarles lo que tienen". Y Portales, con su sagacidad criolla, estampa en una de sus sabrosas cartas: "al chileno lo único que le duele es la bolsa". Y se entiende que es al chileno rico, al plutócrata.

Las clases conservadoras no quieren contribuir al Fisco: sin embargo le piden buenos caminos, vigilancia policial, puentes, ferrocarriles, y su contribución se casi nula. Miran al Estado como a un monstruo devorador de la iniciativa particular y destructor de la fortuna privada. Pero al jugarse en defensa de sus intereses de casta es justo y sabio. Lo es al autorizar la desvalorización de la moneda y al establecer impuestos indirectos. Agustín Ross les advertía por eso en 1897: "el daño de esta política lo verán antes de mucho. Las cargas indirectas que pesan sobre el pueblo pesarán algún día sobre este grupo privilegiado derrochador de bienes que ni siquiera ha conquistado, porque los ha heredado".

Mientras la plutocracia domina el Estado y sus instituciones, disponiendo en parte decisiva de los poderes públicos, el pueblo yace mísero y utilizado únicamente como masa de maniobras políticas. La miseria, la especulación y la inoperancia para poner término a tan triste realidad, producen un desaliento y pesimismo grandes en los sectores sanos de la nacionalidad, mientras en las distintas esferas y lugares se repite una misma y espantosa desmoralización. En todos los sectores el mismo afán de enriquecerse, no mediante la producción, o sea, por el esfuerzo constante, doloroso y creador, sino por el escamoteo de la riqueza ajena ya creada. En todas partes el mismo fraude descarado, la misma mentira e idéntica', irresponsabilidad (8).

En las cimas de la sociedad burguesa y rica sale a la superficie el desentreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada paso chocan con sus mismas leyes, desenfreno, en el cual, por ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza procedente del agro y el juego; desentreno por el que el placer se convierte en crápula y en el que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia del dinero, lo mismo en sus métodos de adquisición que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpen-proletariado en las cumbres de la sociedad: frente a las orgías desvergonzadas de los privilegiados, la perversión de los oprimidos y, en general, la lucha dura y amarga de todo el pueblo por los víveres más indispensables.

A causa de la terrible miseria el pueblo sumido en los más bajos índices de vida y en los más espantosos vicios, presenta una realidad que abisma. Pareciera que la condición necesaria para el funcionamiento de nuestra democracia y para que el país pueda desenvolverse bajo el régimen de "sufragio universal" fuera el predominio del vicio y de la ignorancia. A causa de estas condiciones de explotación y pobreza se va formando al lado del obrero industrial, que más o menos subsiste con su salario, un lumpen-proletariado que se distingue claramente de él. Esta capa es un centro de reclutamiento de rateros y delincuentes de todas layas que viven de los despojos de la sociedad, gente sin profesión fija, vagabundos, gentes sin hogar.

Para salvar al pueblo es preciso conocer su desgraciada situación económica y su estado moral tales como son: junto a la miseria del cuerpo la del alma; junto a los harapos del vestido y de los miasmas de la pocilga, los andrajos de los vicios y las emanaciones terribles de esa concupiscencia del tugurio. La miseria del pueblo es material y abisma su podredumbre moral; hay que atender a su salud física y salvar su espíritu. Entre la aristocracia del dinero y el pueblo se extiende la vasta clase media, emprendedora y ambiciosa, pero que vegeta comida por una vanidad antipática e irracional, con su afán de fingir fortuna y gastar como si la tuviera, reflejo muchas veces de una corrupción estúpida que vende cuerpos y honras por el boato. por trapos y muebles costosos, por pieles, por objetos suntuarios y licores finos. Una pobreza real, con su corte de apuros, disimulos, esperanzas y desesperaciones, es la realidad cotidiana de esta clase. En ella se forma el pequeño burgués charlatán, difuso y leguleyo, desvinculado de la producción y de todo trabajo creador, viviendo del excesivo comercio intermediario, del profesionalismo agobiador y de la burocracia inútil. Y, desgraciadamente, parece que ha impuesto su sello mediocre y mezquino a la sociedad actual. Constituyen una clase parasitaria por excelencia, cuyo ideal es una "pega" cualquiera y cuya realidad es la estrechez con su respectivo acompañamiento de pretensiones ridículas, de ambiente social cursi, de apuros positivos, grandes y constantes, de miserias caseras y de significar harturas que son ensueños. De esta pobreza encopetada y ostentosa de la clase media surgen, en afortunadas especulaciones, los enriquecidos de última hora, que representan el dinero que se gasta mal, se desperdicia en locuras y en tonterías, en sobornar a la virtud y levantar templos a la prostitución, juntándose al dinero de los bolsistas y agiotistas que se pierde por jugarse a espaldas de la ley, demasiado ancha y complaciente; el dinero que va y viene en especulaciones artificiales que nada tiene que ver con la natural circulación del capital en la vida de la riqueza. Los banqueros e industriales persiguen ganancias demasiado crecidas para adquirir costosos coches de lujo, poseer siempre el último modelo, jugar en el Casino de Viña del Mar, por ser de buen tono, o en el Club Hípico; construir mansiones lujosas y darse un tono fastuoso; los comerciantes persiguen utilidades del 200, 300 y 400%; y estos intermediarios inescrupulosos se enriquecen en forma desmedida a costa de los sufrimientos de los asalariados; de aquí la psicología económica basada en un afán de engaño y de lucro.

Es patriótico descubrir estas verdades dolorosas para que el chileno otrora pujante, austero, sobrio y enérgico no siga, como en la actualidad, convertido en un individuo sensual, cómodo, flojo", derrochador y arribista que trata de levantarse aplastando a la inmensa mayoría de los miserables y olvidados. El chileno abdica su fe, su voluntad, todos sus motivos elevados para vivir en el alcoholismo, en el vicio y en la politiquería, semejando un pueblo viejo y liquidado.

Es necesario corregir estos defectos graves y es necesario devolver la fe al pueblo; terminar con este sentido fácil de la vida que ahora predomina. Los que trabajan constituyen un tercio de la población y el resto se mantiene a sus expensas. Día a día aumentan los burócratas, los jubilados, los que se dedican a minúsculos comercios intermediarios o a explotar los vicios en las cantinas y garitos.

Ha llegado el tiempo de que "los estadistas se convenzan de que su obligación no es hacer poderoso al país, como tampoco es hacerlo agrícola, minero, comercial o fabril, porque todas esas cosas son medios y no fines ... El ideal del gobernante debe ser conseguir la felicidad de su pueblo y ésta no se alcanza sino libertando a todos los ciudadanos de la esclavitud económica en que le tienen las leyes que hoy rigen a la sociedad, y de la esclavitud moral a que le tiene condenado la miseria y la ignorancia". Para lograr este criterio en los dirigentes es necesario que ellos sean verdaderamente estadistas y no políticos profesionales. Entre estos políticos predominan las superficialidades profundas y las nulidades solemnes, que se pasan años y años ocultando la taimada vaciedad de sus espíritus con sus maniobras dudosas, con la gravedad de sus lugares comunes, con sus demagogias y con el empaque grave de sus cuerpos. En las diversas campañas electorales actúan como terribles sansones dispuestos a remover los cimientos del, país, pero al llegar a los ministerios, congreso o presidencia, se convierten en simples y lamentables filisteos, ayudándose, para realizar sus ínfimos trabajos políticos, de los viejos trapos de fregar que se llaman, pomposamente y a sí mismos, "estadistas". Es por eso que tenemos el deber de impedir que simples politiqueros que no poseen las virtudes y cualidades de la parte sana de la raza, puedan en un momento dado de su historia influir para que Chile parezca en el futuro diferente de lo que es en realidad.

Es decisivo emprender una política económica planificada renovadora que contemple la reestructura económico-social de Chile y verificar una reforma educacional que exprese las nuevas realidades y aspiraciones del porvenir chileno.

El desarrollo histórico nacional impone el tránsito de una economía semifeudal y semicolonial, orientada con criterio liberal-capitalista, a una economía superior, planificada, de espíritu y orientación socialistas, tendiente a superar el atraso imperante y con una elevada finalidad de servicio social, que permita cumplir los objetivos nacionales hasta ahora frustrados por las clases dominantes.

La planificación de la economía nacional a base de la intervención técnica del Estado haría posible una amplia reforma agraria y una adecuada industrialización; lograría la nacionalización de las minas de carbón y hierro, de los medios de transportes y comunicaciones y del crédito; llevaría a cabo la conversión de las industrias controladas por el imperialismo en concesiones dadas por el Estado por un número determinado de años y en condiciones que aceleren su recuperación por el país; conseguiría la liquidación de los monopolios y aseguraría el mejoramiento efectivo de las condiciones de vida y de trabajo de las grandes masas trabajadoras (salario vital, asignaciones familiares, habitaciones, previsión completa, buenas condiciones sanitarias, etc.).

En cuanto a la educación, su amplia y profunda reforma debe converger en sus diversas ramas hacia la aportación de nuevos ideales económicos, sociales y morales.

La planificación de la economía y la reforma educacional pueden lograr el ennoblecimiento de la política y del individuo, requisitos indispensables para el funcionamiento de una democracia fecunda y disciplinada.

Si la educación es una función social ligada a la conservación y renovación de la vida de los pueblos, es, pues, el mejor instrumento para construir las bases de una nacionalidad nueva. Y los objetivos esenciales para edificarla son los que se relacionan con la creación de un régimen de democracia social, extendiendo el ejercicio de la libertad por medio de una amplia realización de la justicia social. A la educación debe dársele una orientación humanista en el amplio y moderno sentido de este vocablo, económica y científica que forme hábitos de trabajo y espíritu de empresa, que, afirme sólidos valores éticos, permitiendo valorizar el territorio nacional, fomentar la cooperación, eliminar el parasitismo y crear la riqueza necesaria que consiga elevar el nivel material y espiritual del pueblo, recuperándose el empuje y la austeridad de la raza, junto con la dignificación económica y social del magisterio, sector irreemplazable de nuestra comunidad y llamado a emprender y verificar la reforma educacional.

En los sectores generosos de la juventud, en las clases trabajadoras, en los profesionales honestos y eficientes, en los elementos técnicos que laboran silenciosamente, en los políticos idealistas es donde residen las fuentes intocadas de vigor y energía, de voluntad y esfuerzo, capaces de rehacer el país hasta darle una nueva fe, una nueva moral y un nuevo empuje que forjen un destino superior.


Notas:

1. Ricardo Donoso: Desarrollo político y social de Chile desde la Constitución de 1833.

2. Véase la obra de F. A. Encina: Nuestra inferioridad económica.

3. Para conocer la doctrina, plan de acción y estructura del nazismo chileno, se pueden consultar sus numerosos folletos, entre ellos: El movimiento nacionalista de Chile, Santiago, 1933, que, contiene: Manifiesto del Jefe, Plan de Acción, Declaraciones fundamentales. Aspiraciones de acción pública y Organización, los discursos de Jorge González von Marees: El movimiento nacional-socialista de Chile como única solución de la crisis política y social de la República (pronunciado en la primera asamblea nacista, celebrada en Santiago el 21 de junio de 1932) y La concepción nacista del Estado (conferencia dada en Santiago el 9 de septiembre de 1932) y ampliada después en un folleto con el mismo título. Además se pueden consultar los números de la revista Acción Chilena, que dirigía Carlos Keller, uno de los teóricos principales del nazismo criollo.

4. Para conocer en detalle los principios y programa del Partido Socialista se pueden consultar sus numerosas publicaciones, como ser: el semanario Consigna, la revista mensual Rumbo (1939-40) , entre los folletos más importantes: Política Socialista, de Oscar Schnake, Santiago, 1937, El Partido Socialista en la política nacional, de Luis Zúñiga, Santiago, 1938, El Partido Socialista frente a la penetración imperialista. Santiago, 1939 y Significado del P. S. en la realidad nacional. Santiago, 1940, ambos de Julio César Jobet, La juventud socialista en el frente del pueblo, de Raúl Ampuero, Santiago, 1940, La contradicción de Chile, de Salvador Allende, Santiago, 1943- Entre los libros se destacan los de Humberto Mendoza: Y ahora? El Socialismo móvil de post-guerra, Santiago, 1942 (Esta obra lleva un extenso prólogo nuestro acerca del desarrollo de las clases sociales y de los partidos políticos chilenos) y Socialismo, camino de la libertad, Santiago, 1945.

5. El Partido Socialista, durante los primeros años de su existencia, juega un papel decisivo en el desarrollo social y político del país. Su organización moderna, su programa revolucionario, su carácter nacional y americanista y la profunda mística de sus militantes, quienes se consideran los soldados de una justa y gran causa, explican su rápido crecimiento e influencia. El pueblo deposita una alta confianza en sus cuadros y en sus dirigentes, intelectuales y obreros jóvenes, y encuentra traducidas certeramente sus principales aspiraciones en el programa y en la agitación del joven partido. La propaganda del Partido Socialista penetra en los diversos sectores de la nación, las ideas, tan corrientes hoy día, sobre el peligro de la penetración imperialista en una economía nacional poderosa y autónoma, sobre la necesidad de la planificación económica y de la intervención técnica del Estado, sobre la urgencia del desarrollo industrial de Chile por medio de grandes empresas estatales y la reforma agraria, se deben, en parte principalísima a su acción sostenida.

Este partido, que era toda una inmensa esperanza desde que participa en el gobierno de Frente Popular, a partir del mes de diciembre de 1938, se debilita considerablemente. Queda muy por debajo de sus responsabilidades históricas, sus dirigentes claudican turbiamente. Una colaboración deslucida y estéril en gobiernos débiles, cómplices de las fuerzas reaccionarias derrotadas, lo burocratiza y desprestigia. Por mantener algunas prebendas administrativas y cargos parlamentarios se corrompe políticamente y gasta su energía en el juego pequeño, sin idealismo, de las componendas y alianzas de los llamados partidos históricos. Pierde el apoyo generoso de las masas y se divorcia de los genuinos intereses y anhelos del pueblo. Las sinecuras del poder, las ambiciones personalistas y las luchas intestinas desatadas por caudillos egoístas, reemplazan las grandes acciones para conseguir las reformas estructurales que el país y el pueblo reclaman. El Partido Socialista entra en una completa decadencia y empieza a desintegrarse en medio de frecuentes divisiones que lo ponen en ridículo, pierde su línea renovadora hasta caer en el aventurerismo político que nada logra de positivo y que hace aumentar el desconcierto y el escepticismo políticos de las multitudes.

El Partido Comunista, ante el fracaso del Partido Socialista, se vigoriza poderosamente y pasa a capitalizar, en gran parte, el apoyo del pueblo. Ayudan a fortalecer al Partido Comunista los factores internacionales derivados de la segunda guerra mundial: su posición democrática antifascista, la alianza de la URSS con las potencias occidentales y el heroísmo del pueblo ruso en su contienda con las fuerzas hitleristas. Se transforma en el más fuerte de los partidos populares de Chile y de América Latina, e indudablemente su política y acción son seguidas con fe y entusiasmo por el pueblo. Sin embargo, su participación en el gobierno, en alianza con los liberales, su ineficacia para imponer la resolución de los agudos problemas nacionales, idéntica a la que demostrara el Partido Socialista, y sus nuevas consignas internacionales en defensa de la expansión rusa como consecuencia de la guerra mundial, lo aíslan y desprestigian. Luego, una serie de medidas represivas que lo colocan fuera de la ley, ponen término a su influencia política.

El fracaso de los partidos populares deja a las masas trabajadoras chilenas huérfanas de una dirección política propia, bajo el peso de una dura reacción económica, social y política, y envuelta en una espesa ola de derrotismo y desaliento.

6. El problema agrario está tratado en varias de las obras que hemos citado en el curso de este trabajo: de Correa Vergara, Mac-Bride, Valdés Cange, Nicolás Palacios y otros. También ha escrito un buen estudio sobre nuestro problema agrario don Moisés Poblete Troncoso, aparecido en 1918, además es autor del libro Los problemas sociales y económicos de América Latina, valioso por las numerosas estadísticas que colecciona sobre la repartición de la propiedad de la tierra y las inversiones de capitales extranjeros en los diversos países latinoamericanos. Es muy importante el trabajo de Adolfo Matthei: Política Agraria Chilena, 1935. Igualmente se pueden consultar con provecho las obras del ingeniero agrónomo don Leoncio Chaparro Ruminot y de don Pedro Aguirre Cerda y los capítulos sobre la agricultura que le dedica don Santiago Macchiavello Varas en su obra sobre Política Económica Nacional.

7. El valor de la exportación del cobre alcanzó entre 1911 y 1950 a 2.836 millones de dólares; de éstos 1.050 millones de dólares retomaron al país y 1,784 millones quedaron en el extranjero. La utilidad liquida obtenida por los inversionistas extranjeros por los valores no retornados del cobre fue de 817 millones de dólares entre 1931 y 1950. En igual período, Chile obtuvo créditos por 149 millones de dólares para sus planes de desarrollo

8. Carlos Vicuña, en su obra La Tiranía en Chile, traza un cuadro de la formación y características psicológicas de las clases sociales chilenas, muy interesante. Afirma que los trastornos que ha debido sufrir el país han sido ocasionados por la existencia y luchas de estas clases, separadas por barreras odiosas. Vicuña estima que son tres las clases sociales que constituyen la comunidad nacional. La llamada aristocracia, formada por la fusión de los comerciantes y aventureros vascos con los vástagos más ricos y pudientes de los criollos primitivos, a la que han tendido a vincularse los togados, primero los venidos de España, como oidores y letrados, y más tarde, infructuosamente, los que el estudio, la industria o la política, han hecho sobresalir. Se llaman a sí mismos "caballeros", o "gente de sociedad" o "de familia". La clase media formada en. las ciudades con los descendientes venidos a menos de los antiguos conquistadores, empobrecidos por la ociosidad, amargados por la inferioridad social, avergonzados de su bastardía originaria, mordidos de ambición, roídos de envidias y rencores, pero fuertes, porfiados, tenaces y mareados de amor propio. Son designados por la aristocracia como "siúticos". Pero esta clase no tiene caracteres tan uniformes; más que una clase es una vasta gama social que va desde los confines superiores del pueblo bajo hasta el límite inferior de la aristocracia. En último lugar, el pueblo bajo, que vive hoy día no sólo disperso en los campos, sino también, agrupado por migración progresiva en aldeas, villorios y suburbios, adonde va en busca de mayor seguridad y de vida más fácil. Este pueblo viene en su casi totalidad del indio encomendado y del cruce de las indias y mestizos con los castellanos de la conquista y sus sucesores en el dominio del suelo. Es en los campos sumiso, triste, esforzado y huraño, hospitalario con el viajero, sobrio y sufrido. En su juventud es pendenciero, sobre todo si ha bebido, lo que es para él ineludible cuando quiere emocionarse; sólo con el trago se divierte y entusiasma; asiste a reuniones y velorios, disipa sus penas, se enamora o platica la amistad. En las aldeas y suburbios se despeja y anima, se hace diligente y decidor, abandona la tristeza apática y cultiva su soberbia quisquillosa; el respeto humilde y resignado desaparece y el orgullo comprimido, por reacción violenta, estalla en tempestades de insolencias. Este elemento constituye el "roto", como lo llaman las demás clases sociales, esforzado y sagaz, trabajador e ingenioso, valiente y pendenciero, abnegado y generoso, ladrón y liberal, duro para el sufrimiento y despreciador de la muerte. Es curioso y andariego por curiosidad. Todo lo quiere ver por sus ojos "para que no le cuenten cuentos". Con tal afán recorre los continentes y los mares y pasea su desparpajo y su fraternidad entrañable por dondequiera que baya tierras, habitadas.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube