Bomba en una calle de Palermo

CAPITULO VI

¿POR QUÉ MATAR AL GENERAL?

El hábil y bien informado Agregado Legal del FBI en Buenos Aires, Roberto Scherrer, ofrece una buena descripción de la personalidad externa de Enrique Arancibia Clavel cuando éste concurre a la Embajada de los Estados Unidos para obtener una visa que le permita viajar a California. Lo retrata como un tipo latino, de complexión atlética, desenvuelto y seguro de sí que se presenta como "un amigo" del Coronel Víctor Hugo Barría Barría, el hombre de la DINA en la capital bonaerense. Es el 12 de octubre de 1977, cuando Scherrer tiene en funciones todas sus antenas de alerta tratando de obtener información sobre unos tales Juan Williams Rose y Alejandro Romeral Jara, que procuraron vanamente conseguir visas para ingresar a Estados Unidos a través de la Embajada norteamericana en Asunción. Paraguay. Los pasaportes resultan ser falsos y los sujetos incorpóreos. Nadie puede decir dónde se ocultaron tras el intento de fraude.

Por esta razón Scherrer lo atiende personalmente. Le llama la atención que Arancibia, sin que nadie lo solicite, confíe que necesita volar a Estados Unidos para realizar algunas gestiones para el Banco del Estado de Chile, del que es su Gerente en la capital bonaerense, pero que ese trabajo es sólo una "cubierta" ya que su labor real es la de agente de la DINA". [1]

Scherrer, que desde 1970 ocupa el cargo de Agregado Legal en Buenos Aires para cubrir un área de seis países, se enterará después que en Interpol-Chile Arancibia Clavel aparece registrado como uno de los asesinos del General Schneider, aunque en rigor sólo participó en la fase previa. No formó parte del absurdo comando que intentó secuestrar y terminó por asesinar al Comandante en Jefe del Ejército la mañana del 22 de octubre de 1970 en la intersección de las calles Martín de Zamora con Américo Vespucio.

Es poco probable que Arancibia Clavel haya mostrado el mismo desenfado casi cuatro años antes cuando llegó a la antigua sede de la DINA, en Belgrado Nº 11, para pedir una entrevista con el coronel Manuel Contreras, tal como quedó asentado en una declaración suya ante la justicia argentina con oportunidad del proceso por el asesinato del General Carlos Prats (fs. 298).

En su deposición, Arancibia dijo que en una fecha indeterminada del mes de diciembre de 1973 "concurre al edificio de la entonces DINA a fin de saludar a su Director Manuel Contreras, que a la sazón ostentaba el grado de coronel y ofrecerse a disposición de éste para llevarle cualquier tipo de información que le fuera requerida dado los numerosos contactos que contaba en nuestro país a nivel de organizaciones derechistas, miembros de la prensa, etc. A los pocos días de ocurrido ello es entrevistado por un oficial DINA, que por su cargo le llamaban don Elías y que era uno de los jefes del Departamento Exterior; que entre las instrucciones que recibió de don Elías figuraba la de tratar de obtener todo tipo de información referida al ámbito antes mencionado y hacerla llegar a ese organismo a través del canal que considerara más idóneo, explicándole que no debería utilizar su verdadero nombre y apellido, ni tampoco divulgar en absoluto su condición de informante del Servicio Exterior de la DINA".

Así vista la declaración, pareciera que Arancibia Clavel fue a demandar con éxito un cargo burocrático. Todo parece marchar sobre rieles y el declarante se abstiene de proporcionar detalles complementarios que ningún interrogador serio podría omitir, pero ya conoceremos cómo se tramitó el proceso realizado en Argentina a raíz de los asesinatos del general Prats y su esposa Sofía.

En el libro citado, Roberto Scherrer cuenta la expectación que entre el personal de la Embajada de los Estados Unidos en Chile produjo su primera entrevista con Manuel Contreras, el enigmático Director de la DINA, al que sólo el jefe de la CÍA en la misión diplomática había logrado ver en una ocasión.

Es evidente que Arancibia Clavel debió tener una muy buena carta de presentación para Manuel Contreras, porque nadie podía aparecerse en la sede de la DINA, pedir una entrevista con su Director y luego ingresar alegremente a conversar con él para ofrecerle sus servicios como agente o espía. El caso concreto es que fue recibido y luego enviado a ponerse a disposición de "Luis Gutiérrez", que era el coronel Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, hombre básico en el esquema de las operaciones extranjeras de la DINA.

Siguiendo con esta declaración de Arancibia, éste narra que "regresa a Argentina para cubrir un puesto como funcionario de la representación en Buenos Aires del Banco del Estado de Chile, cargo éste que le fue ofrecido por el entonces Vice-Presidente de la institución, Valentín Robles, siendo una misión de asesorar al entonces Jefe de la representación del Banco, a efectos de lograr y a instancias del entonces Presidente del Banco, Gral. de la Fuerza Aérea, Enrique González, comienza a efectuar tareas de inteligencia sobre la colectividad chilena residente en Argentina y obtención de información que pudiera ser de interés a nivel político y así comenzó a dar cumplimiento a instrucciones que le diera el Cap. Luis Gutiérrez de la ex-DINA, antes de asumir su puesto en Buenos Aires. Recuerda que en aquélla época recibía del mencionado organismo chileno más de 150 dólares mensuales". (Se mantiene la redacción del original, pero el destacado es nuestro).

Tiempo después de reclutar los servicios de un sujeto extraño y resbaloso como Enrique Lautaro Arancibia Clavel, que renunció a cuatro años y medio de carrera de Ingeniería Civil en la Universidad de Chile para integrar con otros compañeros de facultad uno de muchos grupos de extrema derecha formados alrededor del Gral. (R) Roberto Viaux Marambio para después reunirse todos en el Movimiento Patria y Libertad, otro individuo alienado por una ideología nacionalista patológica visita el laberíntico reducto de la DINA en Santiago, constituido por varias construcciones de un solo piso, que por esta razón está lleno de vericuetos y de hombres ceñudos montando guardia con armas en la mano. Se ha enrolado al siniestro servicio de seguridad junto con su mujer —evidentemente ella manda en el matrimonio—, por intermedio del coronel Pedro Espinoza, lugarteniente de confianza de Manuel Contreras.

Michael Vernon Townley ganó algunas medallas de admiración simbólica entre las huestes nacionalistas cuando montó en su automóvil Austin Mini Cooper un transmisor clandestino que burló los servicios de seguridad de las FF.AA., proeza no tan difícil porque muchos de los oficiales eran contrarios a la Unidad Popular, incluyendo a Espinoza, quien ya había dado públicas muestras de desagrado la vez que el Ministro de Educación, Jorge Tapia, quiso ofrecer una objetiva charla sobre la Escuela Nacional Unificada (ENU).

El coronel Pedro Espinoza reclutó al matrimonio Michael Townley y Mariana Callejas que a partir de ese momento comienzan a actuar bajo los nombres de Andrés Wilson Silva y Ana Luisa Pizarro Aviles. Es el 9 de junio de 1974.

Muchas veces después Townley tratará de hacer creer que ambos ingresaron a la DINA en una fecha posterior al 30 de septiembre de 1974, pero es una tarea inútil pues existen decenas de pruebas en contra. El acuerdo aceptado por el Fiscal Eugenio Propper en Santiago de juzgar a Townley sólo por los delitos cometidos en los Estados Unidos para lograr que el gobierno de Pinochet proceda a la expulsión del norteamericano, que se casara con Mariana Callejas el 22 de julio de 1961 (ella cargaría después una acusación de bigamia pues no estaba legítimamente anulado su segundo matrimonio), no inhibe al acusador judicial para entregar pistas claves en su libro "Laberinto". En él se narra que el 17 de mayo de 1975, Townley regresa con diversos equipos electrónicos adquiridos en Estados Unidos, tras fracasar en su misión de asesinar en México a los ex senadores Carlos Altamirano y Volodia Teitelboim.

Agrega: "En el laboratorio prepara un informe de una página sobre la misión en México, para el coronel Contreras, a quien invita a su casa a tomar té. Contreras acepta la invitación, diciendo que quiere ver la costosa casa de la DINA con la que agració a Wilson (Townley) como recompensa por sus servicios en 1974" (destacado nuestro).

¿Qué servicios está gratificando el Sr. Contreras? ¿El fracaso en México? ¿La compra de material electrónico en la Audio Intelligence Devices? ¿O tal vez los muy valiosos servicios prestados en Buenos Aires cuando viajó con Mariana Callejas con la misión de solucionar los problemas que había en Argentina para acabar con la vida del General Prats?

Como quiera que sea, previo al estallido de la bomba en la calle Malabia, Townley adquirió para la DINA equipo electrónico de alta sofisticación en la AID, empresa de propiedad de Jack N. Holcomb.

Holcomb es otro más de esta fauna curiosa de soldados de fortuna: militarmente anticomunista, que se autoproclama mercenario, experto en seguridad y hombre de negocios sólidamente instalado en la ciudad de Fort Lauderdale, en el estado de Florida. En el mismo período Holcomb era también director del National Intelligence Academy.

Holcomb sólo vende a gobiernos o a policías, por esta razón lleva un minucioso registro de sus clientes e incluso de las llamadas que éstos realizan desde sus oficinas. Para los efectos de la investigación sobre el Caso Letelier, Holcomb tiene registradas diversas compras de material a nombre de Kenneth Enyart durante 1975 y 1976.

Townley tiene una larga vinculación con Holcomb, ya que entre 1974 y 1975 viajó no menos de doce veces a Fort Lauderdale para recoger equipos, parte del cual hizo enviar a Buenos Aires a nombre de la empresa CONSULTEC, una de varias sociedades de fachada de la DINA. Como lo reconociera más tarde el general Odlanier Mena, quien sucedió a Contreras a la cabeza de la CNI. [2]

La organización de seguridad ha ido adquiriendo una sórdida pero efectiva notoriedad a partir del 12 de noviembre de 1973 cuando —oficialmente— se le dio su fe de bautismo original.

Su organicidad institucional por Decreto Ley Nº 521 data del 18 de junio de 1974, aunque su fama ya se extiende internacionalmente como consecuencia de operaciones clandestinas destinadas a detener sin órdenes judiciales a los opositores al gobierno militar, los interrogatorios en lugares secretos, la utilización de la tortura para obtener las confesiones y el asesinato o la desaparición de quienes considera enemigos en esta guerra interna sin tregua lanzada por el régimen contra el marxismo, aunque etiquete con esta ideología a todas las personas que se manifiestan en desacuerdo con la dictadura.

La publicación del decreto que crea la Dirección de Inteligencia Nacional en el Diario Oficial del 18 de junio de 1974 consta de 11 artículos, con la curiosa particularidad que los números 9º, 10º y 11º no se dan a conocer públicamente. En el registro oficial se indica que los artículos mencionados se incluyen en un anexo de circulación restringida del Diario Oficial.

Tan restringida es su circulación, que nunca se publicó en Chile, ni siquiera cuando tras el escándalo del Caso Letelier la DINA fue substituida por la Central Nacional de Informaciones (CNI), con parecidas atribuciones pero con un articulado sin anexos reservados o secretos.

El siguiente es el texto de los artículos misteriosos:

Art. 9º.- El Director de la Inteligencia Nacional y los Jefes de los Servicios de Inteligencia de las instituciones de la Defensa Nacional, podrán coordinar directamente sus actuaciones para el cumplimiento de sus misiones especificas.

Sin perjuicio de lo anterior y cuando lo reclamara la necesidad imperiosa de la defensa del Régimen Institucional del Estado, la Junta de Gobierno podrá disponer la participación o coordinación de todos los organismos de Inteligencia anteriormente mencionados, en funciones propias de la Dirección de Inteligencia Nacional.

Art. 10º.- Para el ejercicio de las facultades de traslado y arresto de personas que se conceden y la declaración del Estado de Sitio u otras que puedan otorgarse en las circunstancias de excepción en la Constitución Política, la Junta de Gobierno podrá disponer que las diligencias de allanamiento y aprehensión, si fueren necesarios, sean cumplidas además por la Dirección de Inteligencia Nacional.

Art. 11º.- La Dirección de Inteligencia Nacional será la continuadora legal de la comisión denominada DINA, organizada en el mes de noviembre de 1973.

Suscriben el documento los miembros de la Junta de Gobierno Augusto Pinochet Ugarte; Almirante José Toribio Merino Castro; General del Aire, Gustavo Leigh Guzmán; General de Carabineros, César Mendoza Duran; y General de División, Oscar Bonilla Bradanovic, Ministro del Interior.

No hay que ser muy sagaz para entender por qué parte del articulado no se da a conocer. En él se contiene una carta blanca, una patente de corso de tales características licenciosas que legitima una acción destrabada de todo control y destinada no sólo a hacer lo que le venga en ganas con los derechos de las personas, sino que también echar mano cuando así lo considere necesario el Director de la DINA, coronel Manuel Contreras, del personal de Inteligencia o seguridad de las restantes ramas de las FF.AA.

Los hombres protegidos por estas disposiciones legales, dictadas dentro de un ordenamiento jurídico ilegítimo porque corresponde al de un régimen que substituyó por la fuerza de las armas a un gobierno constitucional, elegido en sufragios secretos, libres e informados como siempre lo fue a través de 150 años de vida republicana, buscarán a partir de ese momento, con lujo de violencia, a todos aquellos dirigentes políticos, sindicales o de cualquier orden, y a personas naturales que a juicio del organismo de seguridad representen un peligro para la dictadura. No importa el lugar donde se encuentren.

El largo brazo de la DINA hará justicia por su cuenta despachando a sus agentes fuera de Chile, asociándose con los de otros países contando con dinero e infraestructura adecuada, y recurriendo a mercenarios o hampones comunes para castigar a sus enemigos donde estén.

El primer blanco de estas operaciones externas será el último Comandante en Jefe del Ejército de Chile, General Carlos Prats González, exiliado en Buenos Aires.

EL CASO DE LOS PASAPORTES

La muerte oficial de Juan Domingo Perón, líder discutido pero imperecedero para millones de argentinos que lo idolatraron como se ama a una utopía, se produjo el 1º de julio de 1974. Su deceso — en los términos reales de un ser dotado de todas sus facultades— llegó antes. Sus partidarios más fervorosos en su mayoría "cabecitas negras" y "descamisados" venidos desde los extramuros hacia el centro para verlo en los balcones de la Casa Rosada, amaban en realidad una nostalgia. Ya no era el donoso héroe natural de antaño, si bien todavía tenía atisbos del ingenio popular que lo identificaba con sus incondicionales de las "villas miseria" del suburbio.

La voz se había cascado, el maquillaje con que lo embadurnaban para exhibirlo todavía inmarchitable se descascaraba no bien lo enfocaban los reflectores fastidiosos de las cámaras de televisión, su empecinamiento por mantenerse enhiesto lo convertía en un ser de apariencia mecánica, pero nada de ello desanimaba a sus muchachos de antes que lo aclamaban como a un icono viviente.

No era justo con él, ni ecuánime con la Historia desenterrarlo desde su tumba dorada de Puerta de Hierro para mostrarlo en los paños menores de la decadencia a fin de obtener beneficios políticos, pero la crónica de la perversidad inventariada de José López Rega está todavía por escribirse en páginas prontuariales que algunos inocentes —incluyéndonos — aún esperan. La de la estulticia de su consorte postrera no parece estar sometida a sumario.

Estragado y todo, el general Perón representaba seguridad para Carlos Prats. Su muerte lamentada por sus adherentes dejó al militar chileno en la indefensión. López Rega movió los hilos desde el poder mucho antes de la desaparición física del Presidente, que todavía se hospeda en el limbo de los que esperan el juicio de la posteridad. Desaparecido Perón, las apetencias del oscuro ex Ministro de Bienestar Social crecieron desmesuradamente y como el fascismo no es una ideología sino una forma de vida, se dio a la tarea de combinar fuerzas para deshacerse de quienes pudieran amagar su poder efímero.

En primera instancia separó del cargo a un molesto Comandante en Jefe como el Gral. Carcagno, que preconizaba que "mientras haya quienes, con ceguera suicida, continúen haciendo abuso de lo que poseen y demasiados los que carezcan de lo más elemental, la seguridad continental seguirá amenazada, porque los conflictos o mantendrán su latencia en progresivo aumento o harán eclosión cuando menos lo esperamos".

Probablemente este general democrático haya pensado en la intimidad que su paso por la Comandancia en Jefe podía ser de corta data, pero de seguro no se imaginó jamás de qué manera los conflictos harían eclosión no precipitados por la revuelta popular, sino por mano de sus propios pares menos de dos años después de su salida.

Fue reemplazado por el Gral. Leandro Anaya, a quien secundaban dos generales cristianos, occidentales, y de un anticomunismo enfermizo: Jorge Rafael Videla y Roberto Viola. Esperarían pacientemente su momento.

Otro hombre que molestaba a López Rega —por obvias razones — era el Ministro de Economía, José Ber Gelbard, que apreciaba mucho y era amigo personal de Carlos Prats, aunque éste sólo le deba algunas atenciones y su modesto cargo en Gomalex. Más que otra cosa la muerte de Perón y las salidas de Carcagno y Gelbard representaron para el general quedar en el mayor desamparo en cuanto a su seguridad.

No es una coincidencia que apenas dos meses después de producirse estos acontecimientos, la voz neutra que lo despertó a las dos de la madrugada del 4 de septiembre le anunciara que se había creado un comando para asesinarlo. Tampoco lo es que ese mismo día, en horas de oficina, aparecieran por la industria Cincotta (empresa ligada a Gomalex S.A.) dos personas no identificadas presentándose como "inspectores", para consultar con Manuel Cifuentes, Gerente General de la empresa sobre el general. "(...) Estas personas preguntaron datos referidos a la persona de Prats y se retiraron nerviosamente cuando su interlocutor se los quiso presentar" (Jerónimo Adorni, fs. 603, vuelta).

Dos días después una nueva visita tuvo lugar. En esta ocasión un individuo con una credencial que dijo pertenecer a la Dirección de Migraciones concurrió a la oficina del propio Adorni en la calle Santiago del Estero 643, casualmente muy próxima a Gomalex. Pero dejemos que sea Adorni quien lo diga en la misma declaración citada: "Hizo una serie de preguntas llamándome la atención la que formulara respecto del actual domicilio. El dicente dio la impresión que no lo conocía, que le pidió que lo esperara, que iba a consultar por teléfono a su casa. En vez de llamar a ese lugar habló con Prats quien le dijo que esa persona no era de Migraciones, que lo distrajera, que en seguida concurría a verlo. Prats trabajaba en la calle Venezuela a una cuadra y media o dos de su oficina. El compareciente no pudo retenerlo logrando solamente arrancarle la promesa de que volvería esa tarde a las 19.00 horas".

En su testimonio ante el Juez Federal Juan Edgardo Fégoli, Jerónimo Adorni dice enterarse por Prats de los sospechosos que estuvieron dos días antes en Gomalex, y prosigue: "Por estos dos motivos el dicente concurrió a ver esa misma noche al Comisario Gattei, a quien le contó lo sucedido. Que el hombre que lo visitaba tendría en ese entonces unos 30 ó 35 años de edad, medía un metro setenta aproximadamente, de tez blanca, cara llena, ni gordo ni flaco, muy bien vestido con traje, camisa, corbata e impermeable que no eran los típicos de un empleado de Migraciones. Que tenía cabello castaño".

Se le exhiben dos fotografías que no coinciden con el sujeto y agrega "que no pudo detectar acento alguno que lo identificara como de algún origen".

Si algunas observaciones se pueden formular, la principal es llamar la atención sobre la fecha del testimonio: 17 de mayo de 1984(¡). Diez años después de producirse el alevoso atentado que segara la vida de un Comandante en Jefe del Ejército de Chile y su esposa. El intrigante asunto de los procesos llevados a cabo en la Argentina será extensamente abordado en la segunda parte de este libro. La otra consideración no es menos grave y tiene que ver con algo varias veces mencionado: no son concedidos finalmente los pasaportes por el Consulado General de Chile cuando aún el observador más negligente deducirá por los antecedentes que su vida corría grave peligro.

El Comisario Gattei es Jefe de la División de Asuntos Extranjeros de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal, nominación ostentosa para este funcionario público encargado de velar por la preservación de la integridad física del militar chileno. Aparte de aparecerse con una sorprendente premura en el lugar del atentado, Gattei no declaró en la fase inicial del proceso. Este hecho exime de un comentario mayor sobre la aplicación puesta por el SIDE en la seguridad del ex Comandante en Jefe del Ejército de Chile. También es elocuente respecto del esmero empeñado por el juez que instruyó el proceso.

El acoso sobre Prats persistió. El portero del edificio de Malabia, Carlos Alberto Weiss, declaró que "en dos oportunidades se le apersonó un sujeto de alrededor de 30 años exhibiéndole una credencial y diciéndole que era de la Dirección de la Policía Federal pidiéndole suministrara los horarios del general Prats, pues tenía a su cargo la custodia del nombrado".

Ya veremos más adelante cómo algunos testigos sufren repentinos ataques de amnesia cuando son requeridos a partir de 1984 por el juez democrático Juan Edgardo Fégoli.

El caso de los pasaportes reviste enorme trascendencia, porque tal como lo explícita Adorni diez años después y todos sus amigos por esos días de septiembre de 1973, el general Prats asume la decisión concluyente de marcharse de Argentina. Los documentos fueron solicitados inicialmente en el mes de julio de 1974. En ese momento Prats tenía en su poder dos invitaciones formales: una del Instituto de Cultura Hispánica y otra de una institución universitaria de Inglaterra, pero ante el Consulado se especificó -por aquello de las dudas- que el matrimonio pensaba visitar Brasil.

Previo a la partida de Santiago, a la señora Sofía le fue retirado el pasaporte en el aeropuerto de Pudahuel por las autoridades migratorias. Le dijeron que podía viajar con su cédula de identidad. Carlos Prats poseía a su vez un pasaporte diplomático caducado por una decisión gubernamental. Digno y altivo como era el general, no discutió esta determinación pero al mismo tiempo solicitó le fuera entregado un documento ordinario, gestión que llevó a cabo su señora. Incluso, Sofía Cuthbert se dirigió personalmente a la casa del Ministro Consejero de la Embajada, Javier Illanes, acompañada de su hija Cecilia, para rogarle apresurara el otorgamiento de estas autorizaciones.

Illanes, que hoy exterioriza su consternación y disgusto en la Organización de Estados Americanos (OEA), por las sistemáticas condenas allí aprobadas contra las graves violaciones de los derechos humanos en que incurre el régimen que representa como Embajador, se limitó a responderle que el asunto estaba en manos del Ministerio de RR.EE. en Santiago.

Ramón Huidobro conversó privadamente con Rene Rojas Galdames para prevenirlo de que en su opinión el general corría serio peligro en la Argentina. Le dio cuenta de la amenaza telefónica y Rojas reaccionó vivamente diciendo: "¡No me pueden hacer esto a mí, no me pueden tocar al General, con lo que me ha costado a mí arreglar toda esta situación con el gobierno argentino!".

Huidobro le replicó: " ¡Rene, tienes en tu mano que se vaya esta tarde. Yo te lo saco esta noche por Iberia, que le den los pasaportes, pues; hoy, mañana, pasado, y te sacas la preocupación de encima como Embajador...! ¡No te matan a tu general Prats...!"

El Embajador Rojas Galdames, funcionario de carrera que después ocupara el Ministerio de Relaciones Exteriores designado por Pinochet y del cual fue relevado de un día para otro, se comprometió a realizar las gestiones con la urgencia que la situación ameritaba, pero no volvió a comunicarse con Ramón Huidobro.

Cuando las pertinaces hermanas Prats escribieron el 8 de noviembre de 1974 al Almirante Patricio Carvajal, entonces Canciller del gobierno militar, representándole la indolencia en la concesión de los pasaportes para sus padres, en circunstancias de que nada impedía hacerlo, recibieron una meliflua respuesta plagada de antecedentes inexactos: que en efecto se recibió en la Cancillería la solicitud del Cónsul Droguett con fecha 12 de agosto, pero la señora Sofía había solicitado un pasaporte ordinario en circunstancias que ella poseía uno oficial (falso: se lo habían retirado como está dicho); que Droguett confirmó que la señora Sofía dijo querer cambiar su pasaporte oficial por uno ordinario (con razón se desmayó Droguett del Fierro, tan bien tratado por el ex Embajador Bernstein en su libro "Recuerdos de un diplomático", Editorial Andrés Bello, pensando que alguna vez podría ser confrontado frente a tamaña mentira); que por otra parte "el ex Embajador R. Huidobro había expresado a nuestra Embajada en Argentina que un comando croata con residencia en Brasil había amenazado al Sr. Carlos Prats. En esas circunstancias estimamos que era conveniente investigar previamente la efectividad de esta amenaza antes de autorizar el cambio de pasaporte, ya que evidentemente el pasaporte diplomático permitía obtener más fácilmente la debida protección" (sin comentarios); y final: "Puedo asegurar a Ud. que tanto el Cónsul Droguett como la Embajada de Chile en B.A., como el Ministro que suscribe no tuvieron en ningún momento la intención de restringir la libertad de viajar de vuestros señores padres y que sólo nos preocupaba su seguridad", (destacado de los autores). ¿Habrá algo más que decir?

Tal vez sí, consignar una especie de postdata-despedida de don Patricio Carvajal, actual Ministro de Defensa: "Permítanme expresarles mis sinceras condolencias por el trágico fallecimiento de vuestros recordados padres a quienes tuve ocasión de conocer y apreciar durante varios años".

Fecha de la carta de respuesta: 22 de noviembre de 1974. En tanto en la Cancillería santiaguina y en la Embajada de Buenos Aires existía este conmovedor desasosiego por la seguridad del ex Comandante en Jefe del Ejército, en otros lugares se afinaban los preparativos para la puntilla final. Los rastreadores de la historia contemporánea de la violencia institucionalizada han observado rasgos de paralelismo en los golpes asestados por la ultraderecha concertada con organismos de seguridad contra los disidentes chilenos con imagen pública intachable por su moderación, influencia y representación.

Los hay entre el asesinato de Orlando Letelier en Sheridan Circle en Washington, el que afectó a Bernardo Leighton y su esposa Anita Fresno en Roma y el de Carlos Prats en una calle de Palermo; y también existen entre el perpetrado contra Prats y el que arrebató la vida del General Rene Scheneider.

En este último caso se apeló a la creación de un clima previo de violencia, atribuida a un comando de izquierda apócrifo denominado BOC. Curiosamente también el jefe de los grupos terroristas fue Enrique Arancibia Clavel, que sembró de bombas numerosos lugares de Santiago.

Por supuesto este procedimiento carecía de validez en un Buenos Aires atronado a cada instante por artefactos explosivos de diversa potencia y ráfagas de metralleta o poderosas armas de mano por bandas que operaban a cualquier hora del día.

Para perseverar en un despiste semejante al usado con Scheneider, se organizó un ataque a la Embajada de Chile en Buenos Aires llevado a cabo el 14 de septiembre de 1974. Se eligió una noche en que el Embajador Rojas recibía al Ministro de Defensa argentino Adolfo Savino, que al día siguiente partía a Santiago en visita oficial para participar en las celebraciones de Fiestas Patrias.

Según la agencia española EFE, el ataque se desarrolló con suma rapidez y consistió en el lanzamiento de una "granada de mano, que explotó en el parque que circunda la sede diplomática y los disparos iban dirigidos contra la policía que presta servicio de vigilancia en el lugar y contra un automóvil estacionado frente a la puerta del edificio". Oficiosamente se anunció que una persona había resultado herida.

El diario "La Tercera de la Hora" publicó la información a tres columnas con un título sensacionalista: "Bombardearon la Embajada de Chile en Buenos Aires". El corresponsal del periódico y esposo de la Agregada de Prensa de la Embajada, periodista Daniel Galleguillos, estaba en ese momento en Santiago, lo que no le impidió escribir una extensa nota sobre lo ocurrido, tras comunicarse telefónicamente con la sede diplomática. Transcribamos párrafos marcados de su despacho:

—"La tranquila charla que sostenían el embajador de Chile en Buenos Aires y el Ministro de Defensa argentino se interrumpió bruscamente a las 23 horas ocho minutos cuando una explosión, ráfagas de metralleta y ruido de vidrios quebrados rompieron el silencio de la tibia noche bonaerense".

—"El Embajador Rene Rojas y el Ministro Adolfo Savino pudieron luego analizar los resultados del ataque que elementos extremistas perpetraron contra la embajada y donde una persona aún no identificada resultó herida por la acción de una banda que manejaba bombas de mano y fusiles automáticos livianos marca FAL, acondicionados para lanzar granadas".

—"Dos grupos extremistas denominados FAL 22 de Agosto y Comandos Populares de Liberación, respectivamente, se adjudicaron el crédito por los atentados".

Tras una poética descripción del parque de la Embajada y de unos árboles denominados "palos borrachos", que tienen una semilla —dice — "del porte de una palta", salta a un párrafo claramente inductivo:

—"Los integrantes de la ex Unidad Popular que se encuentran en la capital argentina y sectores marxistas y de idiotas útiles bonaerenses habían decretado que septiembre sería un mes de atentados" (destacado de los autores).

—"A media cuadra de la embajada vive el representante de la UP Ramón Huidobro, quien recibe constantemente en su lujoso departamento a exiliados y extremistas argentinos".

—"Hace pocos días se anunció la formación de tres nuevos movimientos extremistas, dos antimarxistas y el tercero extremista".

-"Entretanto, otra Argentina, la de los trabajadores, sólo se preocupa de producir y anhela la tranquilidad puesta en jaque por elementos, que el Gobierno, Fuerzas Armadas, partidos democráticos y sectores de obreros y empleados califican de lacayos del imperialismo soviético".

Hasta aquí Galleguillos con su opinión en la cual quiere endosar sesgadamente la responsabilidad del ataque a los "ex UP" (¿por qué "ex": estarían renunciados?) "y sectores marxistas y de idiotas útiles bonaerenses que habían decretado que septiembre sería un mes de atentados"

El único damnificado chileno del mes de septiembre fue el ex Comandante en Jefe del Ejército de Chile, General Carlos Prats González. Algunos idiotas útiles sostuvieron que los que "bombardearon la Embajada de Chile en Buenos Aires" fueron los mismos que hicieron estallar un poderoso artefacto explosivo en la calle Malabia del barrio Palermo de Buenos Aires a las 0.40 del 30 de septiembre de 1974.

Cuestión de puntos de vista.

CITA EN BUENOS AIRES

Poco a poco la operación de pinzas comenzó a estrecharse alrededor de Carlos Prats, impedido de abandonar Argentina por problemas de pasaportes y porque en su obstinada dignidad no quiso aceptar el documento reiteradamente ofrecido por sus amigos militares argentinos.

Se trataba de una cuestión de principios y en este terreno era casi imposible siquiera cambiar ideas con el militar, que con cortesía británica pero firmemente declinaba discutir el asunto.

Varios grupos concertados conspiraban para sacar al General Prats del medio. Unos llegaron especialmente desde Chile, otros cruzaron desde Montevideo y los restantes adoptaron las precauciones para que todo resultara como estaba previsto. Como una paradoja, algunas conversaciones sobre el tema se desarrollaban en la misma sede del SIDE en Campo de Mayo. Martín Ciga estaba estrechamente ligado a este organismo de seguridad como demostraremos más adelante; y Milicia, uno de los grupos operativos del SIDE, facilitaba sus hombres para labores de control del ex Comandante en Jefe del Ejército chileno.

En sus declaraciones ante la justicia por el asesinato de Carlos Prats, el terrorista Enrique Arancibia Clavel relata de qué manera conoció a Martín Ciga (fs. 299). Explica según la transcripción: "que a través de Patricio Fernández Gacitúa, residente chileno desde 1971 (era también uno de los hombres de Roberto Viaux y luego de la DINA) dedicado a la venta de muebles y artículos de decoración, domiciliado en la localidad de La Lucila, calle Vicente López, conoció a Martín Ciga Correa, de aproximadamente 35 años, moreno, 1,75, quien se desempeñaba como Jefe de Seguridad de la Escuela de Derecho de la Universidad de Buenos Aires".

Se bocetearon en páginas anteriores algunos apuntes sobre este ultranacionalista troglodita que desde fines de 1950 militó en los grupos de choque del nacionalismo derechista con el seudónimo irreverente de "Cristo". En 1957 estaba enrolado en el movimiento nacionalista Tacuara, de odioso renombre, que se desprendió de la Unión Socialista de Estudiantes.

Tacuara se integró posteriormente a la denominada Juventud Nacionalista Socialista Argentina, considerada el movimiento madre del Frente Nacionalista Argentino, cuyo grupo combatiente armado era el temible "Panzer".

A Martín Ciga Correa Anzorena se le conoció como activista del Sindicato Universitario de derecha de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Al morir Juan Domingo Perón, el grupo de López Rega convence a la frágil Isabelita para que designe como Ministro de Educación a Óscar Ivanisevich. Era una forma de intervenir por la fuerza a la Universidad principal de la capital. La denominada "Misión Ivanisevich" hizo época en esas aulas de estudio.

Por lo pronto, designó Rector de la Universidad de Buenos Aires, que tantos educadores de nota, intelectuales calificados, investigadores de excelencia académica contó en su historia, a un sujeto de nombre Alberto Ottalagano, quien en 1983 publicó un libró"titulado: "Soy fascista, ¿y qué?". Aparte de este mérito de sinceridad, no se le conocieron muchos más. Fue Ottalagano quien instaló a Ciga como Jefe de Seguridad del establecimiento universitario, con facultad para detener activistas -reales o pretendidos- y entregarlos para su encarcelamiento o desaparición en los llamados "chupaderos", cárceles secretas donde se practicaron las más atroces torturas (al estilo de Villa Grimaldi, Londres, José Domingo Cañas, con Israel).

La triste fama de Ciga Correa adquirió notoriedad cuando fue procesado como uno de los responsables del asesinato de Daniel Winier, caso muy famoso en su momento. En 1983, la revista "Siete Días" mostró una fotografía antigua de Ottalagano haciendo el saludo fascista, brazo en alto, junto a otros connotados ultras. Similar a una muy conocida donde en la misma actitud aparece el abogado Pablo Rodríguez Grez.

En 1975, Martín Ciga Correa figuró entre los civiles que apoyaron un fallido alzamiento militar del Brigadier Jesús Orlando Capellini, destinado a destituir a Estela Martínez de Perón. El intento se frustró pero vino a ser el ensayo general del golpe exitoso que puso a las FF.AA. en el poder el 24 de marzo de 1976 para dar inicio a una pesadilla institucionalizada conocida como "El Proceso". Este nuevo golpe de Estado, que depuso a María Estela Perón, tuvo como pivote precisamente al SIDE, a cuyo cuidado estaba la seguridad de Carlos Prats. [3]

Varios hechos en apariencia sin relación entre sí se producen durante el período previo al atentado. Ya se verá como en algunos de ellos existirá una interpenetración que jugará de una u otra forma en la suerte del ex Comandante en Jefe y su esposa.

En el mes de enero de 1974, Carlos Ossandón es notificado que su función como Agregado Militar de la Embajada de Chile será ocupada por el coronel Joaquín Ramírez Pineda, mismo que estuvo al mando del Regimiento Tacna durante el nombrado "Tancazo" del 29 de junio de 1973. Ossandón había asumido esa responsabilidad a fines de 1972 designado por Carlos Prats. Estas destinaciones suelen durar un año, salvo excepciones como la del mismo Prats que prolongó su estada porque su presencia contribuía a distensionar las relaciones con las FF.AA. argentinas dado sus buenos contactos con generales y jefes de otras ramas. Raramente los relevos se ordenan antes de un año, como no se produzcan situaciones que el Alto Mando considere como de indisciplina o razón desdorosa.

Curioso es registrar que el coronel Joaquín Ramírez Pineda -asumió en abril de 1974- fue substituido en el mes de noviembre del mismo año, poco más de un mes después de la muerte del general Prats y que no se constataron en su caso acciones de inconducta. Por el contrario, Ramírez Pineda tuvo a su regreso una racha de auge inusitado: Director de COPEC (1975-1980); Director de Celulosa Arauco y Constitución (1979-1980); Presidente de ENTEL (1979); Embajador en Sudáfrica (1983) y Rector de la Universidad de La Serena hasta estos días, previo paso por la Dirección de la Academia de Seguridad Nacional.

En el mes de mayo de 1974, los exiliados chilenos Joaquina Garrido y Sergio Díaz Parada fueron secuestrados y luego desaparecieron. Otros connacionales correrán la misma suerte después de ser Prats victimado.

En Chile, entre tanto, se publicaba con fecha 24 de junio de 1974 el Decreto Ley 527 mediante el cual se creaba el nuevo estatuto de la Junta de Gobierno. Esta estaría encargada' de ejercer el Poder Constituyente y el Poder Legislativo mediante decretos leyes. El Poder Ejecutivo quedaba entonces en poder del Presidente de la Junta, Gral. Augusto Pinochet Ugarte. Nadie menciona ya que ese cargo será rotativo, de manera que de la tan agitada en los primeros meses "alternancia en la Presidencia de la Junta de Gobierno" nunca más se volvió a hablar.

En una fecha lógicamente imprecisada del mes de agosto tiene lugar en Neuquén, con las precauciones del caso, una reunión secreta de la Junta Coordinadora Revolucionaria, cuyo propósito fue agrupar para acciones conjuntas a varios movimientos que postulan la lucha armada contra los gobiernos dictatoriales o no intrínsecamente democráticos en América Latina. Uno de los temas que provocó mayor debate e inquietud fue el de las acciones a desarrollar en Chile para poner fin a la dictadura.

A propósito del cónclave clandestino de la Junta Coordinadora Revolucionaria, la DINA se ingenió para infiltrar a uno de sus hombres. El suboficial mayor (sargento) Guillermo Jorquera Gutiérrez, Jefe del equipo de interrogadores de los prisioneros de alto rango recluidos en la isla Dawson, logró introducirse en las reuniones de Neuquén como supuesto integrante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Ya volveremos sobre este personaje clave que es el eslabón que asocia los asesinatos del General Carlos Prats y del ex Canciller, Orlando Letelier.

Carlos Prats ha estado sumido en intranquilidad permanente que declina compartir con su familia; cuando menos no con su hija María Angélica que viajó en agosto a Buenos Aires para permanecer allí los primeros días de septiembre. Debido a la actitud reservada del general, regresa a Chile ignorando la amenaza telefónica, las visitas sospechosas e incluso las vicisitudes con los pasaportes. A pesar de ello, una angustia indeterminada la acompaña a su vuelta. Advierte a su padre preocupado, aunque se empeñe en aparecer alegre y la invite muchas veces a comer o a tomar el café en alguna de esas mesitas al aire libre tan propias del centro de la metrópoli.

Un día se queda mirando atentamente a una persona que transita frente a su mesa. Ella le consulta si se trata de un amigo. Su respuesta es enigmática: "No, amigo no, pero es interesante que ande por aquí". Se trata de Juan Luis Ossa Bulnes, connotado nacionalista vinculado a grupos violentistas de derecha. No deja de ser curioso que Ossa Bulnes haya sido mencionado por dos personas sin vinculación alguna entre sí como participante del complot que estalla en Palermo la madrugada del 30 de septiembre.

Uno es el periodista brasileño Paulo Sotero, quien escribió en la revista "Veja" del 9 de agosto de 1978, que de acuerdo con sus fuentes "por lo menos tres personas más podrían haber participado directamente en la operación, aunque no se puede precisar el papel de cada una en el asesinato del general. Una de estas personas sería José Luis Ossa Bulnes (equivoca el primer nombre que es Juan), un activista de extrema derecha..." (las otras dos —según Sotero— son Michael Townley y Armando Fernández Larios, a quien él sitúa también en Buenos Aires "días antes de la muerte de Prats").

Existe también un testimonio del francés Ellio Ciollini, preso en Italia, quien relaciona con el bombazo a Ossa y a Mauricio Giorgio, italiano que habría sido uno de los autores del atentado contra el ex Vice-Presidente de la República y senador, Bernardo Leighton, atacado en Roma junto a su esposa.

Juan Luis Ossa Bulnes estaba en Buenos Aires cuando Prats fue ultimado. Se alojaba en el Hotel Plaza. Al producirse el doble crimen cancela su habitación y se traslada a la casa del Agregado Militar Joaquín Ramírez Pineda, donde aloja en los días sucesivos.

Angélica retiene también que por esos días de finales de agosto y comienzos de septiembre, la labor de su padre en las Memorias se hizo exhaustiva, pues su propósito era finalizarlas no después de septiembre. Parecía prever algo. Estaba contento, no obstante, y ella relata que la llamaba para mostrarle lo que ya estaba terminado en primera redacción.

El general habría pedido revisar sus Memorias a dos personas de toda su confianza, pues a nadie más hacía conocer sus escritos: Javier Urrutia, economista, funcionario del BID, y Ramón Huidobro.

Este último se esfuerza por sacar a Prats de esa cierta postración social en que de repente se sume. No es muy fácil en ese momento la vida en Buenos Aires, porque la situación política se ha radicalizado. Ramón Huidobro comentaba que el propio Almirante Massera le aconsejó a él que no saliera de su casa después de las cinco de la tarde.

Después de la llamada intimidatoria acompaña al general a reunirse con Rafael Perrotta, director-propietario de "El Cronista Comercial", periódico especializado e influyente en algunos círculos, que los ha invitado. El general y el ex Embajador almuerzan en la redacción del periódico de Perrota el 16 de septiembre.

Huidobro manifiesta su consternación cuando recuerda más tarde que la Triple A hizo asesinar a Rafael Perrotta. "Es increíble que esto haya ocurrido. Para mí es algo tan insospechado que este hombre pudiera estar metido en algo que lo hiciera morir. Recuerdo que yo escribí unos borradores de mi relación con Prats y pensé en él para que leyera los manuscritos. Yo estaba en ese tiempo en Nueva York".

Carlos Prats mantiene su rutina habitual de trabajar de siete a cinco y media de la tarde, a despecho de las amenazas. Tal como se relatara, el 19 de septiembre Huidobro lo visitó encontrándolo en un estado de alteración anormal. Con su habitual prudencia, el militar no le refirió que ese día acababa de recibir desde Chile el Suplemento Especial de conmemoración del primer aniversario del Golpe de Estado y al leerlo lo asaltó una sorda indignación al comprobar que la historia redactada por el hoy Embajador en Buenos Aires, Arturo Fontaine Talavera, ha sido feamente desfigurada. Su reacción también es maquinal: toma una hoja de papel y escribe de corrido una larga carta dirigida a sus hijas donde puntualiza su pensamiento y pone las cosas en su exacto lugar frente a cada falseamiento. La carta viene a convertirse en una especie de testamento póstumo, escrito sin ira, desprovisto de invectivas contra sus detractores y difamadores; incluye solamente hechos despojados de adjetivación de la misma forma en que redactó sus Memorias. Es la última correspondencia que reciben de su padre: un testamento de honor para que alguna vez sea conocido por soldados de un Ejército democrático.

¿POR QUE LO ASESINARON?

Doce años después de la explosión de la bomba en aquella noche trágica, la pregunta recurrente de quiénes lo mataron no tiene respuesta precisa pero en cambio es posible enunciar algunas reflexiones y cotejar antecedentes, que sin constituir en sí mismos una hipótesis de responsabilidad, nos aproximen a la verdad que es el preámbulo de la justicia.

El general confió plenamente en Pinochet mientras estuvo al frente de la Comandancia en Jefe del Ejército. Incluso, en un primer tiempo le concedió el beneficio de la duda, pues tal como pronosticara en su última reunión con el Presidente Allende, los respectivos Comandantes en Jefe serían avasallados por sus mandos inmediatos si se precipitaba un Golpe de Estado.

Le costaba creer las noticias sobre brutalidades cercanas al genocidio practicadas en Chile después del 11 de septiembre, pero las explicaba —no justificaba— por el odio recíproco que percibió entre los bandos en lucha.

Pronto se dio cuenta de que no era así, pero tampoco consiguió imaginar que las feroces represiones se hicieran con conocimiento de los mandos uniformados. Confiaba en que pronto se restablecería el orden. Previo que las fuerzas victoriosas se mantendrían en el poder pero estaba seguro de que pasado un tiempo los garda de corps atemperarían sus espíritus y, bien o mal, buscarían gobernar para las mayorías como prometían en sus nutridas declaraciones de principios.

No hay ingenuidad de su parte cuando al viajar el coronel Ossandón a Chile y preguntarle si tiene algún recado para Pinochet, el militar le responda: "Dígale solamente que no se tiente con la derecha".

No habrá respuesta directa a esta conminación, pero los porfiados acontecimientos le demostrarán que sus antiguos subordinados "están al servicio de los Pirañas o de los Edwards".

Dentro de esa circunspección inherente a su personalidad Prats reflexiona, analiza, obtiene conclusiones, pero no las da a conocer públicamente o las participa. Prescindente como es de la política rechaza acudir a reuniones públicas, formular declaraciones o criticar así sea por medios indirectos lo que observa está ocurriendo en su país.

Paradójicamente, esta prescindencia y cautela suyas lo convierten en un peligro para el orden vigente, porque aunque no lo admita ni pregone recibe por diversos conductos cartas confidenciales de militares democráticos que ven con espanto la represión, las cárceles secretas, los asesinatos justificados por supuestos intentos de fuga, los fusilamientos sin proceso, la tortura, las desapariciones. Nadie como él puede representar mejor una alternativa en un tiempo no lejano.

Lo escribe Ricardo Lagos: "Prats se transformó en un símbolo de un sector del Ejército".

Así lo percibe también el conocido brasileño Paulo Sotero: "Prats conservaba prestigio e influencia considerable dentro del Ejército y en los sectores más importantes de la política chilena después del golpe militar del 11 de septiembre (...) Más irritante para la Junta era el papel de reserva moral de las FF.AA. chilenas que el general continuó desempeñando después de dejar el país".

Había además enconos internos y explícitos de parte de Pinochet. Estuvo a su servicio de manera obsecuente, servil, esmerándose en mostrarse útil, pues intuía que sería llamado a retiro. Tendrá también que haberse cotejado a sí mismo con su Comandante en Jefe, pleno de prestancia, decencia y majestad.

Relata Paulo Sotero en su extensa crónica a cuatro años de su muerte: "En una reunión de amigos, Alvaro Puga, en una época asesor de prensa de la Junta, comentó que Pinochet atribuía a Prats el fracaso de una entrevista que tramitó con Juan Domingo Perón en abril de 1974, durante una escala de su avión en el aeropuerto de Buenos Aires, camino a Asunción. En opinión de Pinochet, Prats, que tenía acceso a Perón, andaba envenenando el espíritu del Presidente argentino contra el régimen chileno".

Este complejo resentimiento interno no reconocido por Pinochet aflora en una carta de respuesta a Prats en julio de 1974. El general desterrado se sintió profundamente herido cuando supo que el coronel Felipe Geiger Stahr, Adicto Militar, Naval y Aéreo en Bogotá despachó una nota rectificatoria al diario "El Tiempo", el 25 de mayo de 1974, sobre torturas denunciadas por un estudiante fugado de Chile y que declaró que el General Prats vivía "pobremente en Argentina". Geiger, puesto por Prats al mando del Regimiento Buin contrariando la opinión del Presidente Allende, responde al periódico liberal colombiano que el general (R) vive en Buenos Aires desempeñando un alto cargo en una industria de neumáticos. A mayor abundamiento, su esposa posee una boutique de lujo en plena Avenida Santa Fe, área del comercio más exclusivo de Buenos Aires. Aparte de todo esto -sostiene erradamente Geiger-, Prats tiene otros intereses en Argentina "que si es el caso se los puedo enumerar, todo lo anterior sin tomar en cuenta su pensión como general retirado".

Los conceptos de Geiger ofenden al general quien escribe una carta de moderada protesta a Augusto Pinochet, respondida en un tono desusadamente despectivo y altanero. Le habla desde su sitial de Jefe Supremo de la nación y Comandante en Jefe del Ejército.

Es una detonante y no declarada ruptura de relaciones, que adquiere significación por la sorda batalla por el poder que se libra en Chile y que Pinochet no está seguro de ganar.

El concepto de Carlos Prats sobre Pinochet ha trascendido: "Es un buen profesional, pero personalmente mediocre". [4]

En una carta dirigida los primeros días de septiembre de 1974 a Moy de Tohá, viuda de José de Tohá, Ministro del Interior y de Defensa del gobierno de Salvador Allende, Prats manifiesta sin ambages su opinión con respecto al Presidente de la Junta: "En cuanto a la conducta de Pinochet puedo decirte que su traición no tiene parangón en la historia de Chile. ¿Cómo puede entenderse su trayectoria bonachona y dúctil entre marzo y septiembre de 1973 si él mismo ha reconocido su compromiso bajo firma para derrocar a Allende desde aquel mes?".

Explica también las razones por las que Tohá fue conducido a la muerte: "¿Por qué ellos se ensañaron con José? Porque a cada uno de los comitres de hoy les torturaba la evidencia de que, dentro de la Unidad Popular, José era quien mejor los conocía. Los observó humildes y obsecuentes, los vio hacer genuflexiones y supo de sus miserias íntimas, de sus celos interarmas, de su concupiscencia y frivolidad, de sus limitaciones intelectuales y culturales y de la farsa de su lealtad".

Añade: "José Tohá tenía mucho que decir y cada palabra suya, avalada por su incuestionable autoridad moral, habría tenido la fuerza suficiente para derribar de su autoregido pedestal a estos apóstatas del profesionalismo militar. ¿Y cómo podrían contraatacar a José? ¿Cómo podrían vituperarlo si hasta la mención de sus convicciones ideológicas iba a serles contraproducentes porque no les resultaba tolerable ni compatible exhibir como marxista a un ser de tanta sensibilidad social, de tanta nobleza y dignidad personal y de tanta misericordia humana".

"Ten la certeza", prosigue, "de que si hubieran encontrado el más mínimo cargo afrentoso contra él, les habría convenido dejarlo vivir".

Más adelante, para enjuiciar la traición de Pinochet añade: "La explicación está en que en su personalidad —como en el caso de Duvalier— se conjugan admirablemente una gran pequeñez mental con una gran dosis de perversidad espiritual como lo ha estado demostrando con sus inauditas declaraciones recientes".

En una carta dirigida a la señora Hortensia Bussi de Allende, (16 de marzo de 1974), el ex Comandante en Jefe del Ejército llama la atención sobre hechos que deben ponderarse a la luz de su alevoso asesinato: "Me vine a Argentina en azarosas condiciones, en la madrugada del 15 de septiembre, al ser oportunamente prevenido de que grupos descontrolados trataban de ubicar mi paradero, para liquidarme amparados en la impunidad que brindaba la situación de caos que vivía el país".

En otro acápite señala: "Me he mantenido marginado de contactos políticos y periodísticos; pese a ello mis actos son vigilados por una curiosa y entremezclada red de informantes y muchos esfuerzos se han desplegado en Chile por encontrar un indicio que pueda afectar mi honra o que les permita exhibirme como 'el general al servicio del marxismo ... .

Después de producido el atentado, los diarios santiaguinos coinciden en culpar del hecho a un violentismo anónimo, apátrida, en apariencia autónomo como si quienes llevan a cabo estas prácticas están desprovistos de propósitos y no actúan al servicio de un mandante o de una causa, por mezquina que ésta sea.

"El crimen de Prats fue una cosa de locos", titula el diario "La Patria". "Brutal acto terrorista", juzga "El Mercurio". El periódico "La Tercera de la Hora" editorializa: "La barbarie del extremismo".

En el momento de fundar los móviles, la prensa apunta con hipocresía y desfachatez a maquinaciones para enlodar el prestigio del país, "La Tercera" trasiega sobre los propósitos que pueden ser "los más ocultos y encaminados una vez más a dañar la imagen de Chile o a incorporar la insanía extremista en un país que sólo anhela trabajar en paz, surgir, traspasar la barrera del subdesarrollo, alejar el fantasma de la miseria y elaborar la grandeza de una nación maltratada por las experiencias políticas del pasado".

"El Mercurio" vuelve sobre infundios de planes de exterminio masivo sobre los que jamás se aportó un solo antecedente serio, a pesar de contar un poder incontrarrestable para exponerlos a la luz pública: (...) el desprecio por los seres humanos y la insolencia con que los terroristas siguen actuando a lo largo del continente, demuestra hasta qué punto Chile estaría hoy sumido en un baño de sangre si las fuerzas armadas no hubiesen tomado en sus manos la dirección del país en septiembre de 1973 y si no hubiesen desoído las arteras y falsas lamentaciones de los que atacan en el exterior el estado de excepción que mantiene la Junta de Gobierno, indispensable para el imperio del orden y la realización de un programa de reconstrucción nacional".

"La Segunda" sugiere que en Buenos Aires se atribuye el atentado al grupo ultraderechista Triple A y, sibilinamente, comenta sin precisar fuentes que en la capital argentina se dice que "el extinto general sostenía actividades y vinculaciones con extremistas de izquierda".

La investigación, sin embargo, conduce a móviles diferentes de los aducidos por los periodistas nacionales y no a autores innominados y demenciales capaces de tomarse el trabajo de arrostrar la ira de las Fuerzas Armadas argentinas, que con independencia de sus posiciones encontradas frente al comunismo como único causante de la insurrección, jamás se les hubiese pasado por la mente que el General Prats estuviera asociado ilícitamente con "extremistas de izquierda".

A las filiaciones específicas de los responsables y las asombrosas ramificaciones que de este crimen abominable se derivan estará dedicada la segunda parte del libro.


Notas:

1. Laberinto", de Eugenio M. Propper y Taylor Branch, pag. 478.
2. Laberinto, página 619.
3. Parte importante de estos antecedentes fueron recogidos de artículos del periodista y escritor Horacio Verbitzky.
4. Paulo Sotero en revista "Veja".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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