Bomba en una calle de Palermo

CAPITULO V

EL QUE DEBE MORIR

Poco faltó para que el exiliado General (R) Carlos Prats se cruzara en su viaje a Argentina con Enrique Arancibia Clavel, que realizaba el camino inverso. Las disposiciones de ánimo de uno y otro eran diferentes: el militar tenía ante sí un vidrioso panorama futuro; Arancibia Clavel podía, en cambio, observar el porvenir con sólidas bases de optimismo. Regresaba a Chile en septiembre de 1973 tras permanecer en el país vecino desde febrero de 1971, hasta donde emigró no porque hubiese adoptado la determinación de buscar al otro lado de la cordillera mejores horizontes, sino huyendo de la policía que le seguía los pasos.

Era la segunda vez que se cruzaba en el destino del general, aunque éste apenas hubiese percibido esta circunstancia. Arancibia Clavel, cuya ficha policial chilena (ya veremos que también existe una argentina) indica que nació en Punta Arenas el 14 de octubre de 1944, soltero, estudiante (había sido alumno de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile), 1.70 de estatura, 70 kilos de peso, ojos marrones y pelo castaño. Estaba requerido en rebeldía desde 1970 por su participación en la conjura culminada con el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, General Rene Schneider Chereau, que tanto dolor significó para Prats.

Arancibia fue jefe de un comando ultraderechista creado para producir el clima propicio para que el enajenado complot de secuestro con resultado de muerte fuese atribuido a grupos de izquierda combatiente, en medio de un ambiente enrarecido por la violencia terrorista donde se hacían estallar bombas en diversos lugares que presuntamente hubiesen elegido activistas de izquierda: varios supermercados, torres de alta tensión, la Escuela de Leyes, el aeropuerto de Pudahuel, la estación de televisión del Canal de la Universidad de Chile, la Bolsa de Comercio, entre muchos. El comando dejaba su firma: BOC, una supuesta cédula de reciente creación denominada Brigada Obrera Campesina.

El propósito era establecer que estos guerrilleros urbanos pretendían adelantarse al desconocimiento de la victoria en las urnas de Salvador Allende.

El fracaso estrepitoso de un proyecto torpemente diseñado develó la extensión de la asonada, que tenía por objeto motivar a las FF.AA. a hacerse del poder por la fuerza, deponiendo al Presidente Frei e impidiendo el acceso de Allende. Arancibia Clavel no intervino de manera directa en el atentado fallido, pero debió responder por los bombazos previos. En su declaración a fojas 1.877 vuelta [1] ,denunció al general (R) Roberto Viaux como autor intelectual de la seguidilla terrorista. Al no ser puesto de inmediato en prisión, Arancibia Clavel huyó hacia el sur ocultándose en diversos lugares. Terminó por recalar en la Hostería Lago Ranco, situada en un extremo del lago del mismo nombre. Su propietario, de apellido Provoste, militaba también en las filas del llamado nacionalismo, careta del fascismo directo. El dueño de la hostería lo ocultó, consiguió para él una nueva identidad utilizando la cédula de otro agricultor muerto recientemente apellidado Manríquez, y en febrero de 1971 le anunció a Arancibia que podía cruzar hacia Argentina, pues todo estaba solucionado.

El mismo Provoste lo transportó en su avioneta hasta la llamada Estación Mamuil-Malal, hotel situado en territorio argentino, y le proporcionó el nombre de la persona ante la cual debería presentarse. Este solucionaría sus traslados y contactos en el país vecino. El prófugo chileno tuvo la sensación de que su suerte comienza a cambiar para bien: su contacto era yerno del propietario del Mamuil-Malal y, nada menos, que ex Edecán del general (R) Juan Carlos Onganía, hasta pocos meses atrás dictador con poderes absolutos en Argentina. [2]

Una circunstancia ciertamente sugerente, porque autoriza a sospechar que un sector del militarismo trasandino participó de alguna manera en la conspiración en la cual perdió la vida el General Schneider, o a lo menos estuvo al tanto de ella.

Los especialistas en cuestiones castrenses creen que se trató de un episodio más de la guerra sorda, no declarada, entre dos postulados militares subsistentes en América Latina, la "doctrina constitucionalista" sustentada principalmente por las FF.AA. chilenas, y la de "fronteras ideológicas" propiciada por el gobierno militar argentino presentada en sociedad por Onganía en la Quinta Conferencia de Ejércitos Americanos (CEA), celebrada en West Point en 1964.

La primera de estas reuniones anuales tuvo lugar en 1960 por iniciativa del Comandante en Jefe del Ejército Norteamericano del Caribe, Gral. T.F. Bogart, quien invitó a los Comandantes en Jefe de los Ejércitos latinoamericanos a la sede del Comando en Fuerte Amador en la Zona del Canal de Panamá. La idea era "familiarizar a los representantes de los Ejércitos americanos con el personal y los recursos disponibles". Se convirtió en citas anuales que hasta 1964 "no tuvieron efecto práctico alguno", según escribe en sus Memorias, Carlos Prats.

¿Y por qué tan determinante en ese año?

Porque la trayectoria militar de Onganía tuvo un notable repunte el 28 de marzo de 1962. Ese día, los tres Comandantes en Jefe de las FF.AA argentinas se presentaron en la Casa Rosada para invitar nada cortésmente al Presidente Arturo Frondizzi a hacer dejación de su cargo, conminación que éste rechazó.

Se trasladó a la residencia presidencial de Olivos y desde allí buscó apoyo en el Comandante en Jefe de la poderosa Guarnición de Campo de Mayo. Se comunicó con él telefónicamente para explicarle la situación, pero el hasta ese momento desconocido general al mando le respondió al Presidente que sólo aceptaba órdenes de su Comandante en Jefe, no importa que éste se hubiese sublevado. El resultado fue el esperado: Frondizzi fue destituido y luego puesto en prisión al negarse a dimitir. El 22 de septiembre de ese año el mismo desconocido general se instalaba como Comandante en Jefe de su rama y así fue como en julio de 1963, Juan Carlos Onganía asistía a la Cuarta Conferencia de la CEA, en Fuerte Amador, donde asumió un discreto papel de observador sagaz de todo lo que allí ocurría.

Al año siguiente, Onganía propuso su doctrina de las "fronteras ideológicas", denominada también "Doctrina de West Point", acogida con entusiasmo por el Pentágono. En líneas muy generales, ésta proponía la intervención militar en aquellas circunstancias en que los gobernantes civiles proceden contra la Constitución, no se atienen a las leyes, o se demuestran incapaces de dar solución a los problemas nacionales.

El quid del asunto se centraba en un punto crucial no dilucidado en esta V Conferencia de la CEA: ¿a quién correspondía determinar si un gobernante transgredía flagrantemente estos preceptos sagrados?

Ese mismo año en Brasil quedó resuelta la incógnita: las FF.AA y su poder de fuego resultaron un argumento suficientemente persuasivo para deponer al Presidente Joao Goulart, que en criterio de los mandos armados había sobrepasado la Constitución y la leyes, amén de manifestarse incapaz de dar satisfacción a las dificultades del país.

Lo propio hizo Onganía el 25 de junio de 1966. Ordenó sacar de la Casa Rosada al anciano Presidente Arturo Illia, respetable médico cordobés, que procuró inútilmente mantener las instituciones democráticas. Digno y firme, el doctor Illia resistió con la sola majestad de su alto cargo a quienes lo invitaban a abandonar la Casa de Gobierno. Fue expulsado a empujones.

Con una voz autoritaria salida a través de un copioso bigote, Onganía disolvió el Parlamento, destituyó a los gobernadores leales al Presidente, puso en receso la Corte Suprema de Justicia, y estableció el Estado de Emergencia. Con un discurso fuertemente anticomunista, prometió aislar la subversión externa a través de lo que denominó "un cordón sanitario"; mandó internamente acabar con los focos extremistas e intervino las Universidades con una brutalidad espeluznante. Se inició un período de violencia y represión dando como pretexto la despolitización del país, su moralización por medio de una cruzada que pasaba por la clausura de los medios de comunicación, la prohibición de películas y de libros; y la pretensión de neutralizar por la fuerza a la CGT peronista.

Como muchos otros antes y después, el dictador anunció que las FF.AA. bajo su mando (un decir, porque había pasado a retiro) se mantendrían en el poder por veinte años. En lo que denominó Acta de "La Revolución Argentina", suscrita por los Comandantes en Jefes de las tres ramas, pronunció un discurso mesiánico: "Con decisión irrevocable, por propia y libre determinación, conforme a sus orígenes y destino, asumimos el compromiso de participar en la defensa del mundo libre occidental y cristiano".

En 1965 se había producido la encarnizada intervención de los infantes de Marina en Santo Domingo con el encargo de deponer al Presidente Juan Bosch, complementada por una fuerza interamericana de defensa, aprobada en la OEA con participación decisiva del Embajador argentino, que en rigor estaba formada por las mismas tropas norteamericanas con pálidas incrustaciones de soldados brasileños y de un par de países, que jamás intervinieron en una acción.

Onganía quiso entonces institucionalizar una Fuerza Interamericana de Defensa permanente, especie de gendarmería continental, que no tenía más propósito que despejar al hemisferio de su enemigo principal: la subversión comunista. Fracasó en este empeño, a pesar del esmero que puso cuando fue anfitrión de la Séptima Conferencia de la CEA, iniciada en Buenos Aires el 29 de octubre de 1966. Representante chileno en la reunión fue el General Parada con asesoría del entonces Coronel Schneider.

El general Carlos Prats en sus Memorias, definió las dos líneas de pensamiento doctrinario que se enfrentaron en dicha reunión: "La VII Conferencia constituye un foro de política militar interamericana que determina un verdadero alineamiento de posiciones, en función de los criterios políticos nacionales diferentes al de la seguridad continental".

"Un grupo de Comandantes se alinea en la posición de mantener el esquema vigente de seguridad continental que identifica la agresión sólo con el comunismo internacional y particulariza la subversión marxista como una amenaza a la propia seguridad interna. Otro grupo se alinea en la postura de eliminar la especificación del comunismo internacional como 'el único adversario' y señala que el desarrollo y la seguridad de las naciones del continente es amenazada por cualquier tipo de agresión imperialista, ya sea ésta ideológica o económica o por la subversión de cualquier procedencia".

Prats concluye que: "El Comandante en Jefe chileno se identificó en este último grupo".

Lo que también sucedió es que ese alineamiento chileno contó con la entusiasta participación del entonces coronel Rene Schneider. Onganía identificó claramente a este brillante oficial chileno en la categoría de ideólogo de la doctrina constitucionalista.

Al año siguiente Argentina vuelve a la carga cuando el Teniente General Alejandro Agustín Lanusse procura instrumentar en Río de Janeiro -Octava Conferencia de la CEA-, un mecanismo de vinculación entre la CEA, la OEA y el Tratado Intercontinental de Asistencia Recíproca (TIAR), destinado a legalizar el intervencionismo y acreditarle validez jurídica.

La proposición no encontró acogida. Chile nuevamente se alineó con las naciones que cautelan el principio de autodeterminación de los pueblos. Se reafirma por la parte chilena que en un Estado de Derecho, las FF.AA. deben subordinarse el poder civil, en función de qué ellas son "profesionales, jerarquizadas, disciplinadas, obedientes y no deliberantes".

A pesar de este desacuerdo capital el dictador Juan Carlos Onganía fue invitado a visitar Chile en enero de 1970. El pretexto es la inauguración del tramo chileno del camino internacional Los Andes-Mendoza, pero detrás de este bastidor escenográfico está el asunto mucho más de fondo del antiguo problema del Beagle. No se entiende muy bien qué esperaba la Cancillería chilena obtener de un hombre tan rígido como Onganía, que entre sus logros puede anotar la popularización de la palabra "gorila" como adjetivo.

El intolerante militar hacía frente en los meses previos a la visita a conflictos sociales y políticos de una envergadura inquietante: los incidentes en las Universidades sobrepasaron toda medida en la represión policial con un saldo de varios muertos; y en mayo se precipitó el histórico "Cordobazo", revuelta de trabajadores que hizo tambalear su gobierno despótico, provocando 14 muertes. Se instauró el Estado de Sitio, y Córdoba pasó a ser una ciudad ocupada militarmente.

No era Onganía un gobernante que tuviera una imagen ideal en Chile, pues se producen manifestaciones estudiantiles y populares en las calles para protestar contra tanta barbarie. La policía implantó custodias de 24 horas alrededor de la Embajada argentina ante la cual se manifiestan empecinadamente miles de jóvenes para solidarizar con los estudiantes argentinos.

A pesar de todo, el Presidente Frei se movilizó hasta Los Andes para hacer objeto a Onganía de un recibimiento con honores, en medio de estrictas medidas de seguridad. El mes elegido para su breve gira fue enero para garantizar que la modorra del verano morigerara los ánimos. El 9 de ese mes fue agasajado y condecorado en el Palacio de Cerro Castillo en Viña del Mar; allí mismo tuvo lugar una reunión privada con asistencia del Ministro de Defensa, Ossa Pretot; el Almirante Tirado Barros; el Gral. de Aviación, Carlos Guerraty y los generales chilenos, Rene Schneider, Comandante en Jefe del Ejército, y Carlos Prats, Jefe del Estado Mayor de las FF.AA.

Se desconocen los términos de las conversaciones —nada concreto, en todo caso—, aunque trascendió que Onganía hizo buenas migas con el Alte. Tirado, más tarde probadamente conspirador en los sucesos que derivaron en el asesinato del Gral. Schneider. Salvador Allende lo pasó a retiro no bien se hizo cargo del Gobierno.

Intransigente y miope a la hora de evaluar las condiciones internas, Onganía persistió en sacar adelante su gobierno con mayores restricciones: instauró incluso la pena de muerte para castigar determinados delitos terroristas. Cuando en el mes de mayo un comando peronista extremo secuestró y dio muerte al general (R) Pedro Eugenio Aramburu, quien encabezó un corto y duro gobierno tras la deposición de Juan Domingo Perón en 1955, la precariedad institucional de su mandato defacto llegó a su punto ápice. Las FF.AA. encargaron al Gral. Lanusse avisarle que no contaba ya con su apoyo.

Pretendió resistirse, pero la previsora disposición de los mandos argentinos de pasar previamente a retiro al uniformado que ocupa la Presidencia, dejándolo sin mando de tropas, anuló toda defensa. Dimitió en el mes de junio de 1970.

Como una paradoja, su sucesor fue el hombre destinado por Onganía para representar sus drásticos puntos de vista en la Junta Interamericana de Defensa de Washington, el Gral. Roberto Marcelo Levingstone (previo paso a retiro, por cierto), un par de grados menos autoritario que su predecesor, pero igualmente reacio a la democratización de los argentinos, al levantamiento de la interdicción de los partidos políticos, a la plena libertad de expresión, la independencia sindical y la no intervención en las Universidades.

Este terco sedimento anticomunista, que en los hechos representa oponer la fuerza a toda manifestación discrepante del discurso oficial, es el germen de la extrapolación aberrante que vivirá Argentina durante muchos años.

Dentro de esta lógica de guerra, no le cuesta mucho a Enrique Arancibia Clavel obtener ayuda de quienes tienen su misma posición de nacionalismo exacerbado. Menos todavía reunirse y asociarse con numerosos conspiradores escapados de Chile después del fracasado intento por subvertir el orden constitucional. La tarea siguiente es contribuir a la desestabilización del gobierno socialista de Salvador Allende.

Arancibia recibe instrucciones de conectarse con Jorge Arce Brahm, cuñado de Roberto Viaux, un contador nacido el 11 de noviembre de 1921, sindicado como financista de la "Operación Alfa" (así se llamó el plan de secuestro de Schneider), aunque su papel fue más bien de cajero, de pagador. Arce registra salida de Chile por Pudahuel con destino a Buenos Aires el mismo 22 de octubre de 1970, día del atentado al Comandante en Jefe. Arancibia es acogido con satisfacción por el grupo faccioso escapado, entre los cuales estuvieron primitivamente Diego Izquierdo Menéndez y Guillermo Carey, el primero de los cuales siguió viaje a España (su refugio en Buenos Aires era la casa de un tío, Alejandro Menéndez, Roque Sáenz Peña N̊ 547). Carey, cuñado de Ricardo Claro Valdés, mantiene cierta distancia de los terroristas y de los pistoleros.

Entre quienes integran el grupo figura Nicolás Díaz Pacheco, en cuya casa tuvo lugar una de las reuniones conspirativas. En el proceso, Boris Ravest Toro (a fs. 417, 1608 y 1710) declara que "asistió a una reunión en casa de Nicolás Díaz, domiciliado en Presidente Ríos, ignoro dirección exacta...", donde estuvieron Luis Gallardo, Carlos Labarca Metzger y Juan Diego Dávila Basterrica, todos integrantes del comando asaltante de Schneider. Dávila es un antiguo fascista que intervino (lo reconoció en el proceso) en la fuga de Patricio Kelly.

Nicolás Díaz Pacheco, más tarde avecindado en Mendoza, fue quien entregó las armas usadas en el intento de secuestro. Entregó es sólo un decir, porque las vendió y exigió su pago por adelantado. Fue detenido y liberado bajo fianza, circunstancia que aprovechó para escapar a Argentina.

También en el grupo figura Rubén Santander, encargado por Viaux de vigilar los domicilios de los generales Schneider y Prats (en un principio se pretendió secuestrar a ambos), y participante de una reunión en casa de Viaux a la cual asistieron Guido Poli Garaycoechea, ex oficial de Marina, León Cosmelli Pereira, ex oficial de Ejército; el Gral. (R) Héctor Martínez Amaro; Dávila Basterrica, Gallardo y Juan Luis Cerda Bulnes —sobrino del senador del Partido Nacional Francisco Bulnes Sanfuentes—, sindicado como uno de los que hicieron fuego sobre Schneider. Su pena fue remitida durante la administración del General Pinochet. Los restantes integrantes eran Jorge Schilling, Mario Igualt Pérez, Julio González, Renato Maino, Francisco Fernández (alias "El Pato") y Enrique Rojas Zegers, hermano de uno de los miembros del Comando asesino del Edecán de Allende, Comandante Arturo Araya Peters.

Con ellos alterna también un indescriptible personaje llamado Arturo Marshall Marchesse, ex Mayor de Ejército, a quien se mencionó insubordinándose al frente del Regimiento Yungay con oportunidad del Te Deum de Fiestas Patrias en septiembre de 1969. Fue compañero de curso de los hoy generales Alejandro Medina Lois y Jorge O'Ryan, y procesado primero por la Justicia militar por el hecho indicado. Fue llamado a retiro el 13 de octubre.

A partir de ese momento, Marshall comienza una carrera aventurera parecida a la de esos "soldados de fortuna", que en Estados Unidos editan revistas y ofrecen sus servicios para, combatir en algún remoto país africano.

Luego de ser exonerado deshonrosamente, fue sometido a proceso por la Corte Marcial. Al parecer, tuvo sólo una participación episódica e intrascendente en el conflicto del Regimiento Tacna del 21 de octubre de 1969.

Eh el absurdo conato de levantamiento del Gral. (R) Horacio Gamboa, tiene una intervención de co-protagonista. Es el hombre de enlace de Roberto Viaux en el complot, ambos actuando en las sombras. No puede ser aprehendido pues huye y se oculta.

Su detención se produce poco después de la victoria de Allende. La diputada Laura Allende, hermana del Presidente, le da a éste la localización exacta del lugar donde se esconde Marshall. Allende llama entonces al Director General de Investigaciones, Luis Jaspar da Fonseca para instarlo a que proceda a la captura.

La acción tiene ribetes de parodia. Personal de Investigaciones rodea la casa-refugio del ex Mayor, quien grita desde dentro —indomable— que vayan a buscarlo. Cuando los agentes avanzan, en lugar de hacerles frente, pretende salir protegido tras una mujer. Finalmente se rinde cuando le son arrojadas bombas lacrimógenas. Al allanar la casa, se le requisa un rifle con mira telescópica igual al usado por Lee Harvey Oswald para asesinar a Kennedy.

Su reaparición en escena tiene lugar en Bolivia tras el sangriento golpe que derribó del poder al General Juan José Torres, por mediación del también General Hugo Banzer. El ex Mayor se instala en Oruro y Santa Cruz, con la colaboración del régimen dictatorial instaurado por Banzer. Marshall alardeaba estar entrenando a unos 3 mil activistas de Patria y Libertad, y de contar con una conexión en Mendoza, apoyada allí por prósperos agricultores antiperonistas.

A comienzos de 1973, Marshall viajó de incógnito a Chile para tomar contacto con el abogado Roberto Holtheur, domiciliado en Tarapacá 336, en la ciudad cuprífera de Calama. Se entrevistó también allí con el Cónsul de Bolivia en Santiago, que viajaba también con nombre supuesto acompañado por una mujer de nombre Mirtha. Ambos alojaron en el Hotel Derby.

Estas andanzas aventureras de Marschall no tuvieron significación en los sucesos que arrebataron el gobierno al Presidente Allende, porque siempre fue un sujeto faramalloso y anhelante de publicidad.

La única "hazaña" de cierto valor para su protector Banzer fue una incursión a Santiago, el 27 de octubre de 1973, cuando secuestró a Jorge Gallardo Lozada, ex Ministro del Interior de Juan José Torres para llevarlo a Bolivia, aprovechando las facilidades otorgadas por el régimen establecido en Chile por las FF.AA.

Personaje central de este equipo de sujetos desatinados, integrantes en su mayoría de la organización fascista Patria y Libertad, es Enrique Arancibia Clavel. Durante las audiencias de la Corte Marcial, citada para conocer lo que se llamó el Caso Schneider, Arancibia fue figura recurrente. En la fundamentación del fallo se le cita como inculpado rebelde y en la letra b) del Nº 15 puede leerse que "grupos políticos de índole nacionalista se reunieron en diferentes ocasiones, especialmente en el domicilio particular del inculpado rebelde Enrique Arancibia Clavel, ubicado en General del Canto Nº 122, donde el día 8 de octubre fueron encontrados 15 cartuchos de dinamita con sus respectivas mechas y 5,50 metros de mecha en un portadocumentos negro marcado con el nombre de Erwin Robertson T.; y en diversos cafés y restaurantes céntricos, en cuyas reuniones, además de haberse acordado la ejecución de diversos atentados terroristas, se convino imprimir panfletos en los cuales se haría suponer que esos atentados eran obra de un supuesto grupo de extrema izquierda -Brigada Obrera Campesina, BOC-, a objeto de crear un ambiente adverso en contra de la extrema izquierda" (Las palabras destacadas pertenecen al original).

En estos considerandos del fallo, el Fiscal Militar del proceso Fernando Lyon, actual asesor jurídico del general Pinochet, menciona que existe un grupo paralelo -"con el mismo propósito de los anteriores y aparentemente desconectados con ellos"-, que atenta contra el Canal 9 de Televisión, y la Radio Magallanes, para lo cual "se proveyeron de dinamita que les proporcionó el reo Nicolás Díaz Pacheco".

En el documento mencionado se establece que "Enrique Arancibia Clavel (sirve) como nexo de ambos grupos ya mencionados y proveedor de ellos de elementos a emplear, tales como cartuchos de dinamita, detonadores y mechas o guías...".

También en la fundamentación del fallo, firmado por el Juez Militar General Orlando Urbina, se hace una detallada enumeración de las actividades del grupo terrorista donde figuran además como autores Alejandro Cabrioler Moya, Erwin Robertson Rodríguez, Edison Hugo Emerson Torres Fernández, Walter Abdul Malak Zacur, Guido Poli Garaycoechea, (los dos últimos citados en la revista "Cauce" N̊ 85 como miembros de Avanzada Nacional y agentes de la CNI) y Mario Tapia Salazar. Este último y Edison Torres Fernández tuvieron cargos de representación pública en la zona austral del país en el actual régimen.

En declaraciones del reo León Cosmelli Pereira, hijo de un ex Intendente de Aysén y ex oficial de Ejército, dice de Arancibia (a fs. 173) "durante las conversaciones que tuve con Arancibia Clavel recuerdo que éste me conversó sobre su participación o mejor dicho, que a partir de la fecha del Tacnazo , él se había iniciado en estas actividades y que era director de un diario que se llamaba 'Presencia de Octubre'. Me conversó asimismo del golpe militar que estaba preparando el general Viaux y de algunos nombres de personas que estarían de acuerdo también, con el general Camilo Valenzuela"...

En una causa posterior en Argentina, en que sí estuvo presente acusado de espionaje y del que se dará cuenta más adelante, Arancibia Clavel narrará que "tanto su padre como sus hermanos integraban el cuadro de oficiales de la Armada chilena. Actualmente uno de ellos está destinado en el área naval de Valparaíso y él mismo (Arancibia) cursó el año 1960 y 1961 en la Escuela Naval".

En la oportunidad precedentemente citada, Enrique Arancibia Clavel relata que después de un tiempo de estar en Buenos Aires adoptó una nueva identidad con el propósito de obtener "algún margen se seguridad en sus contactos con chilenos". En los círculos golpistas Arancibia fue conocido en adelante como Luis Felipe Arizmendi. A esas alturas observaba con intranquilidad los aires de renovación en los mandos militares argentinos, pues las "fronteras ideológicas" estaban paulatinamente desapareciendo. Ello implicaba una dificultad, pues sus contactos mejores los mantenía entre quienes postulaban una áspera confrontación con el comunismo y sus sucedáneos socializantes como los propuestos en Chile por el Presidente Allende.

SOLEDAD EN LA MUCHEDUMBRE

El exilio a que es forzado Carlos Prats el 15 de septiembre de 1973 abre para él un paréntesis de duda: no sabe si alguna vez volverá a estar con sus seres queridos y en la tierra donde nació. Es un momento de profunda tristeza apenas mitigado por el gesto comprensivo del teniente coronel Antonio Lozardo, que apoya tenuemente su mano sobre el hombro del general mientras atraviesan en automóvil el túnel de Las Cuevas.

El ex Comandante en Jefe del Ejército chileno es objeto de numerosas atenciones del personal destacado en la zona fronteriza. Duerme una noche en el Escuadrón No 27 de la VIII Brigada de Infantería de Montaña de Mendoza.

Es probable que Prats haya reflexionado esa noche sobre la inutilidad de los esfuerzos gastados por defender la democracia. Porque de entre las muchas singularidades que distinguen el tosco alzamiento militar del 11 de septiembre, ninguna es más falsa y persistente que atribuirle la índole de una gesta libertadora de un país a punto de caer en el totalitarismo marxista aducido por sus perpetradores. Si algo caracterizaba al gobierno de Allende por esos días, ello era precisamente su extrema precariedad. Muchos fueron los pecados de intransigencia en que incurrió la base política que lo sustentaba, pero la historia ha demostrado que no menos lamentables resultaron los del sector más progresista de la oposición que, en su ceguera, impidió todo acuerdo para evitar que el alzamiento militarista tuviera justificación.

Consciente de lo que se aproximaba, Prats trató vanamente de concertar una "tregua política" acudiendo alternativamente a quienes podían conseguir que la institucionalidad democrática discurriera por una senda que no la condujera a su extinción. Por un lado Allende, que aun debilitado por sus partidarios más extremos, estaba dispuesto a dialogar, y por otro, Frei, con peso suficiente para contener la marea de su partido. Pero uno no pudo y el otro no quiso.

Calculó el líder democristiano que sus frecuentes interlocutores, los generales Arellano Stark y Bonilla, impondrían más tarde o más temprano sus puntos de vista sobre un Pinochet titubeante en la víspera.

Pero ya el día del Golpe éste discurseaba sobre "los siniestros planes para realizar una masacre en masa de un pueblo que no aceptaba sus ideas" (las de la dictadura marxista), al mismo tiempo que con una saña y ferocidad estremecedoras las tropas victoriosas arrasaban a sangre y fuego a todo aquel que alguna vez sustentó, o a ellas les pareció que así era, alguna idea cercana a la del régimen aplastado. Nunca se hicieron presentes ni "las armas ni los mercenarios del odio", como sostuvo periódicamente el verdadero dueño del poder; tampoco aparecieron "los documentos encontrados" que demostraran que "el marxismo internacional (...) en cumplimiento de sus siniestros planes" pudiera hacer lo que prometía: segar la vida de un millón de chilenos.

Con una habilidad que nadie le supuso jamás, Pinochet -en palabras de Prats- "implantó un régimen totalitario -bajo la vigencia del Estado de Guerra Interno- que desarticuló todos los mecanismos de la representatividad y ha causado miles de muertos, miles de torturados y vejados, miles de cesantes, miles de exiliados, miles de seres que han perdido su dignidad, miles de desesperados que lloran la desaparición de sus seres queridos a quienes acosa el hambre, la miseria y la delación".

Esa misma astucia silvestre le permitió a Pinochet constituirse en el primer Presidente de la Junta Militar y no dejar nunca esa posición, más bien por el contrario, consolidarla hasta límites absolutos.

Todavía en 1973 los "dueños del Golpe" tenían mando, voz, voto y vida. Pugnaban por hacerse notar a través de declaraciones periodísticas. En diciembre Arellano aseguraba a "Ercilla" que "el pensamiento de Schneider siempre estuvo presente en la acción del 11 de septiembre y en los días anteriores y posteriores. No hemos transgredido la línea de conducta porque actuamos justamente en defensa de la "institucionalidad". Parecía creer en ese momento que su aterrador "viaje de la muerte" a la zona norte donde dio personales instrucciones para fusilar sin proceso a 73 personas, pasaría tan inadvertido como cientos de tropelías semejantes cometidas en otros lugares.

Bonilla por su lado rebozaba optimismo y amenazaba a la burguesía industrial en sus conceptos a la revista argentina "Panorama": "La participación será nuestra bandera; es una verdadera obsesión de la Junta poder hacerla efectiva a todo nivel. Esto de la participación debe ser un lema, debe ser una verdadera realidad. Una empresa está formada por el que tiene el saco de billetes y los que ayudan a formar ese saco. Es todo un grupo humano que actúa y que merece respeto. Aquí se acabó el reparto de la torta para unos y las migajas para otros. Me parece una burla la participación de un seis por ciento de los trabajadores. Debe ser la participación no sólo económica, sino social; el trabajador debe integrarse, participar con su técnica; su experiencia debe estar en la mesa de las decisiones. Eso es participación y nosotros nos encargaremos de que quien así no lo entienda, deberá entenderlo aunque sea a palos".

El fantasma de los ejecutados sumariamente en octubre de 1973 apagaría la estrella de Arellano Stark. Pasó a retiro, y hoy, sin gloria, se acoge a una ley de amnistía de tal naturaleza que una sala de la Corte de Apelaciones acaba de dictaminar que ella borra los delitos como si jamás hubiesen existido.

Óscar Bonilla murió al caerse un helicóptero que lo conducía. Muchos rumores circularon a raíz del accidente, pero no se recogerán aquí. Sí se recordará que el general le prometió a Frei que "si ocurría algo", él como presidente del Senado pasaría a ser el Jefe del Estado.

El domingo 8 de julio de 1973, Carlos Prats se entrevistó con el ex Presidente Eduardo Frei para exponerle la posibilidad de instaurar una "tregua política" que contribuyera a la distensión. El militar le explica que ello no será posible si esta tregua no se pacta con la Democracia Cristiana. El ex Presidente le respondió que "no se puede dialogar, cuando el adversario pone la metralleta sobre la mesa".

En sus Memorias, Prats no se extiende demasiado sobre los términos precisos de la conversación privada, pero Ricardo Lagos —firmando con el seudónimo de Marco Sifuentes—, en uno de los dos artículos aparecidos en "La Prensa" de Lima, menciona que el ex Comandante en Jefe pronosticó a Eduardo Frei, que, "si había un golpe, en un primer momento caerían Allende y la Unidad Popular, pero en el mediano plazo sería también arrasado el Partido Demócrata Cristiano, que no pensara que caído Allende habría elecciones a los seis meses y que ellos volverían al gobierno. El golpe significaría el fin del sistema democrático chileno por muchos años".

Al parecer, el fallecido líder del PDC tuvo una opinión divergente.

Carlos Prats llegó a Buenos Aires el 17 de septiembre. Con esa cortesía tan británica suya no espera ni un solo día para despachar diversas cartas de agradecimiento para quienes le brindaron su hospitalidad en Mendoza. Incluso el teniente Alfredo Somoza lo acompaña hasta la misma capital bonaerense donde lo espera el Agregado Militar, coronel Carlos Ossandón.

Este ex alumno y amigo suyo se ha movido con presteza. No bien supo del éxodo del distinguido militar, se puso en contacto con el Jefe del Estado Mayor argentino para informar con detalles de su llegada. Prats está entonces bajo la protección del Servicio de Inteligencia del Ejército (S.I.E.). El mismo Ossandón usa sus segundos nombre y apellido para denominarlo en lo sucesivo Rene Sánchez. Así se referirá a él cada vez que lo mencione, por razones de seguridad.

Ossandón recuerda nítidamente el momento de su arribo a Buenos Aires. Lo está aguardando en el lugar que será dentro de un tiempo prudencial su hogar: el departamento de Malabia 3359. Se estima mejor que en los primeros días Prats se instale en una casa particular en vez del Círculo Militar, tanto por razones de seguridad como para eludir el asedio periodístico y el político, pues inicialmente el ex Comandante en Jefe aparece como el hombre de la providencia que encabezará un presunto -impensable en ese momento- contragolpe.

Por ello se elige la casa de su amigo Jerónimo Adorni de sus tiempos de Agregado Militar (período 1964 y fines de 1965, mayor tiempo que el normal por sus buenos contactos con los uniformados argentinos en momentos de grave tensión como el conflicto de Laguna del Desierto, enfrentamiento entre la Gendarmería argentina y Carabineros de Chile donde resultaría muerto el Tte. Merino). Ossandón evoca el estado de ánimo dominante en Prats al llegar al departamento de calle Malabia: "Me saludó, se sentó y allí estuvimos, yo creo, una media hora, sin cruzar palabra alguna. Se veía muy afectado, profundamente preocupado. Yo diría que no estaba tan angustiado por él sino por Chile. Ahí le expliqué que por razones de seguridad no debía salir del departamento y que tal vez sería mejor que buscáramos una casa particular donde permaneciera en un primer período. Cuando nos vinimos a dar cuenta nos habíamos tomado una botella de whisky que yo había llevado".

La frontera chileno-argentina está cerrada a piedra y lodo. Decenas de periodistas argentinos y extranjeros habían levantado sus cuarteles generales en Mendoza pugnando por ingresar a Chile para informar de lo que ocurría. Los uniformados chilenos estaban practicando la "operación limpieza", eufemismo que malamente disfrazaba una vendetta brutal e injustificada, porque la resistencia era ínfima.

Los corresponsales retornaron a Buenos Aires para fletar dos charters a fin de volar a Santiago, pero el coronel Carlos Ossandón debe responderles que no hay permiso de las nuevas autoridades para aterrizar en Pudahuel.

Mientras la seguridad de Carlos Prats estuvo a cargo del S.I.E., este organismo con Ossandón, seleccionaron las personas que podían entrevistarse con el general (previa anuencia de éste, desde luego).

Parecía existir en todos lados una gran inquietud sobre las iniciativas que el ex Comandante en Jefe se propusiera emprender durante su estada en Argentina. El Agregado Militar Carlos Ossandón debía informar al Gral. Augusto Lutz, Director de Inteligencia de la Junta, sobre cada paso que diera el militar desterrado.

El más tranquilo en este sentido era Carlos Prats. Su convencimiento es que nada resta por hacer en Chile en el corto plazo. Sus ímprobos esfuerzos por obtener un acuerdo entre las fuerzas en pugna, se parecieron mucho a los de un timonel de un bote de náufragos empeñado en conseguir que los de babor remen para el mismo lado que los de estribor, lo que no sólo lo dejó agotado sino lo convirtió en una especie de pato de la boda.

Parece legítimo que a esas alturas su mente no albergue otro deseo que volver al lado de los suyos para disfrutar de un descanso justificado, tras cuarenta años en el Ejército. No quiere ya enzarzarse en discusiones inagotables sobre si la Unidad Popular lo hizo bien o mal, o en aquellas bizantinas acerca de la legitimidad de la intervención armada aducida en Buenos Aires por quienes huyeron del supuesto terror marxista.

Cuando su amigo Carlos Ossandón le pregunta qué desea hacer, responde sin vacilaciones: "Trabajar". Utilizando un seudónimo escribió para la prensa argentina un par de artículos sobre la situación chilena. Mantiene esa ponderación de juicios, al mismo tiempo que una de sus virtudes, en algunos casos un defecto.

El primer mes en la capital argentina representa para el general una actividad incesante, porque obviamente son muchas las personalidades interesadas en discutir con él las variables que se pueden presentar en Chile. Como en su carta de agradecimiento al General Jorge Raúl Carcagno por la cordial y efectiva acogida dispensada le solicita una entrevista personal, es invitado por el Comandante en Jefe a una cena en su residencia. El sentido de compartimentación de Prats sólo permite que de ella trascienda el interés del Gral. Juan Domingo Perón por tener con él una charla, también de carácter privado. De ésta —como se mencionó— nunca se supo nada, salvo que tuvo lugar también en la casa del anciano líder, que ocupó el lugar dejado por su adherente Héctor Cámpora.

Todo este resplandor social no puede erradicar de él un sentimiento de nostalgia y desolación del que le es imposible sacudirse. Transitando por las pobladas calles bonaerenses, donde la gente parece moverse como en una película filmada a menos cuadros, Prats — hombre solemne, imperturbable, de rostro taciturno— deja aflorar sus emociones cuando está a solas consigo mismo. Hay una dulzura que se esconde en él como una segunda piel, donde habitan su profundo amor por los suyos, las ternuras que reserva para sus hijas y sus nietos, el desgarro que le produce la ausencia de su compañera de casi treinta años a la que espera con impaciencia de enamorado, pues Sofía representa un molo de abrigo donde podrá remendar sus estragos internos para convertirse de nuevo en el general de siempre, de impecable estilo british.

Por ahora es un ser solitario en medio de una muchedumbre.

Cuando Sofía Cuthbert llegó por fin el 15 de octubre, se emocionó al observar que el muy impráctico general ("Mi papá no sabía prepararse ni una taza de té", bromea hoy nostálgica su hija María Angélica) se las había arreglado para elegir apropiadamente unos bonitos juegos de sábanas, mantelitos individuales para la mesa y alguno que otro adorno de buen gusto que hizo revivir a su esposa los días de luna de miel.

Se conocieron en la plaza de Iquique, en esas eternas rondas donde a cada vuelta se cruzan como por casualidad las miradas. Ella estudiaba en el privativo English College y él era un capitán que lucía su uniforme pero se veía en figurillas para atenderla con su sueldo escaso. Aún así, se negó en redondo a que trabajara después de casarse aunque se recibió como dactilógrafa en inglés. El matrimonio tuvo lugar en 1944 y casi de inmediato es destinado nuevamente a la Escuela Militar.

El arribo de la señora Sofía fue ciertamente oportuno. Le insufla al general una buena cuota de optimismo y dinámica para proseguir con sus escritos. La amistad con los esposos Adorni y la renovación de los contactos con Ramón Huidobro, frecuentes cuando uno era Embajador y el otro Comandante en Jefe del Ejército, revivifican una algo petrificada vida social del matrimonio. El trabaja incesantemente en sus Memorias, fumando los únicos cigarrillos a los que acostumbró allí, unos L y M que consume hasta la mitad y apaga meticulosamente.

Un cambio cualitativo de trascendencia para Carlos Prats se produce cuando su seguridad pasa del S.I.E. a la jurisdicción del SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado). A primera vista un hecho irrelevante, una simple transferencia burocrática, pero tendrá en el futuro una significación vital para el militar, todavía no compenetrado del complejo engranaje de la política argentina en ese período.

Ramón Huidobro, más conocedor y perceptivo, lo previene cuanto es posible, porque Prats -se queja Ossandón-"era muy testarudo en algunas cosas. Toda la seguridad que hubo para él al principio se encargó de desarticularla, arrancándose".

Tiene algunos momentos de solaz, casi todos relacionados con sus cálidos amigos que son los Huidobro. A Ramón le regala su libro "Benjamín Vicuña Mackenna y las Glorias de Chile", que le representó el Premio de Honor en el Concurso "Memorial del Ejército de Chile". Lo envió con el seudónimo de Aristarco. Para obsequiárselo a Huidobro escribió una dedicatoria: "A mi noble amigo, reconocido por su valioso apoyo moral, en un año de desolación". Este a su vez lo arrastra a una cena para hombres solos a celebrar el día de San Carlos, pues no sólo el general tiene ese nombre, sino también Ossandón y un chileno largamente avecindado en Argentina de apellido Fingstone. Todos van a comer a un restaurante que Huidobro ya no identifica.

— ¡Qué me voy a recordar! Es uno muy popular que está cerca del Caballito, un lugar donde se comen muy buenas parrilladas. Te diría que fue la primera vez que vi a Carlos alegre. Estaba dicharachero, se le iluminaba la cara y se reía de cualquier cosa... Y no era por el vino, te diré..."

La satisfacción se prolongó porque su hija María Angélica con su esposo, el médico Víctor Castro, y sus hijos fueron a Buenos Aires para pasar las Fiestas de Navidad y Año Nuevo. "Tengo imágenes muy grabadas de él con los niños", evoca su hija. "Víctor Miguel se acuerda cuando su abuelo lo llevó a ver los patitos en una laguna. Era muy dulce con los niños, como lo fue con nosotras. Lo que él más admiraba en otra persona era la inteligencia. Pero también tenía una capacidad que nos marcó a las tres: la de comprender que otras personas tenían derecho a tener puntos de vista diferentes de los nuestros".

La Navidad de 1973 fue particularmente grata para el segmento de la familia Prats que estaba en Buenos Aires. Lo pasaron con la familia Adorni con todo ese ceremonial típico del árbol engalanado y los niños revoloteando a su alrededor espiando los paquetes multicolores antes de abrirlos a medianoche.

En Año Nuevo fueron todos a Punta del Este. "Conseguimos arrendar una especie de departamento. Teníamos el firme propósito de desconectarnos lo más posible de todo lo que pasaba en Argentina y en Chile. Por momentos vi a mi papá contento, alejado de los recuerdos tan recientes y dolorosos", revive María Angélica.

Cecilia, la menor de sus hijas, llegó en el mes de enero y se quedó con sus padres hasta marzo. Existía la duda si Cecilia se quedaba para inscribirse en la Universidad de Buenos Aires o proseguía sus estudios en la Escuela de Bellas Artes en Chile. Se optó porque regresará a su país. El general estaba preocupado por el sesgo que estaba adquiriendo la situación en Argentina. Parecía prever el peligro y, contra sus deseos íntimos, no forzó la situación.

Había razones que avalaban su inquietud. Coincidiendo casi con el ingreso de Carlos Prats como Gerente Administrativo de Gomalex S.A., con oficinas en la calle Venezuela, tiene lugar en Buenos Aires el Primer Seminario Policial de Lucha Antisubversiva del Cono Sur de América al que asisten delegaciones de Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Chile y el país anfitrión. En la sesión inaugural del 27 de febrero de 1974, da la bienvenida a las delegaciones el Jefe de la Policía Federal, Gral. de División (R), Miguel Ángel Iñiguez, que pone de inmediato sobre la mesa sus credenciales de halcón:

—Estamos frente a nuevas formas de acción, por lo tanto tenemos que oponerle también nuevos procedimientos de combate. Ya la intención de predominio, la intención de sometimiento, no se manifiesta a través de ejércitos y, no se evidencia a través de un enfrentamiento armado sino de una penetración lenta, aguda, inteligente.

—Tenemos nosotros la grave responsabilidad de ser la primera línea de combate y, tenemos esa responsabilidad, no solamente en nuestras propias fronteras, sino también en todo el ámbito americano.

—No en vano, organizaciones como "Tupamaros", el Ejército Revolucionario del Pueblo, el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, el M.I.R. en Chile, son elementos de subversión, de perturbación, que a la postre pretenden el sometimiento a determinados imperialismos.

Un discurso provocativo porque las proposiciones se contradicen, están en las antípodas con las enunciadas seis meses antes en Caracas, con ocasión de la X Reunión de la CEA, por el Comandante en Jefe del Ejército, Gral. Jorge Raúl Carcagno, quien extiende un certificado de defunción para la doctrina de las "fronteras ideológicas" de Juan Carlos Onganía.

—Cuando a los ciudadanos de un país se les niega la justicia, se los persigue ideológicamente, se los vulnera en sus libertades y se los priva de lo que legítimamente les corresponde, la subversión exclusivamente interna o provocada y alentada desde el exterior puede ser la respuesta. En este caso, la guerrilla se desarrolla y actúa con el apoyo de la población que le proporciona todas las facilidades que necesita y las fuerzas del orden son impotentes entonces para destruirlas. Cuando no se perciben, o no se quieren percibir las razones intrínsecas de la subversión, su erradicación por la fuerza se torna imposible. Del empleo del poder militar contra ella deriva un distanciamiento entre el pueblo y el ejército, que forma parte del pueblo. La imagen de los ejércitos como guardias pretorianas de un orden político, económico y social injusto es en extremo perniciosa para la salud de los pueblos, para el logro de sus aspiraciones, para la conformación del ser nacional y para su proyección continental.

Los conceptos de Carcagno echan por tierra no sólo el proyecto de Onganía, sino la fórmula impulsada por la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos. Y, claro, nada tienen en común con los argumentos de Iñiguez, lo que revela las contradicciones intestinas del régimen peronista y —desde el punto de vista internacional— un rechazo a las maniobras que en ese momento se están gestando en Chile.

El General Edgardo Mercado Jarrín, Cte. en Jefe del Ejército peruano se encamina por la misma línea cuando descarta la institucionalización de un Sistema Militar ínter-americano. Dice: "Cuestionamos la estrategia medular a la que ha venido sirviendo este Sistema. No creemos en la represión como medio fundamental de lucha contra la subversión. Creemos en las profundas reformas estructurales y en una acentuada lucha política y sicológica para preservarlas".

Como Pinochet está ocupado en subirse al último carro del tren golpista y no asiste a la conferencia, su lugar en las nociones ultraderechistas lo ocupa con gallardía el Gral. Breno Fortes, Jefe del Estado Mayor del Ejército de Brasil, que distingue como único enemigo al movimiento comunista internacional. Hace de sus actividades un retrato propio de un inquisidor medieval. "Los agentes comunistas utilizan todos los medios, desde el chantaje y coacción sicológica hasta el uso de los tóxicos y frecuentemente, de la atracción sexual, predicando y difundiendo el amor libre".

Luego los pinta como consumados actores capaces de interpretar los papeles más disímiles: "El enemigo se disfraza de sacerdote o de profesor, de alumno o de campesino, de vigilante defensor de la democracia o de intelectual avanzado, de piadoso o de extremado protestante; usa si es necesario el uniforme o el traje civil; hará cualquier papel para engañar, mentir, atrapar a los pueblos continentales. A los jefes militares les corresponde el deber y la responsabilidad de no dejarse engañar"...

Por cierto, los militares brasileños, propulsores de la Doctrina de Seguridad Nacional, hija de la cual son las "fronteras ideológicas", harán buenas migas con Pinochet. Las primeras inyecciones tonificantes para la economía de la dictadura militar naciente, provienen de Brasil.

¿QUIEN MANDA AQUÍ?

En contraste con la euforia de la alta burguesía que celebra, el dolor de los vencidos en Chile. Mujeres enlutadas pasean valientemente su duelo. El Estadio Nacional viene a resultar un lugar apropiado para solventar los déficit de prisiones para los partidarios de la Unidad Popular, una vez que los encierros normales y los improvisados como los barcos de las bahías, se colman.

Los delincuentes de ayer devienen en héroes de hoy. Es así como Enrique Arancibia Clavel regresa para reclamar un lugar en el estrado de la victoria. Después de todo contribuyó bastante al asesinato de un Comandante en Jefe del Ejército. Otros integrantes de los comandos que actuaron en la celada de Martín de Zamora con Américo Vespucio, o en la ruidosa y destructora preparación sicológica para el crimen, vuelven para adelantar sus pechos en procura de medallas.

Héroes de la batalla de la desestabilización del gobierno de Allende y del finiquito del sistema democrático y el estado de derecho, vuelven en los primeros aviones que aterrizan. Así ocurre con Mariana Callejas, aunque su marido Michael Vernon Townley se retrasa por obtener una nueva identidad antes de retornar, porque teme ser puesto en prisión por la muerte del pintor de brocha gorda, en Concepción.

El 4 de octubre de 1973 en Miami, Townley se presenta en las oficinas estatales correspondientes provisto de una nueva identidad. Ahora se llama Kenneth William Enyart; no le cuesta gran trabajo hacerse de un pasaporte. Al día siguiente obtiene uno con el No 2287732. Con una mentalidad legalista todavía persistente, le preocupa solucionar el problema de Concepción que lo obligó a viajar primero a Buenos Aires (después dirá que consiguió pasar sobornando a los gendarmes fronterizos con dos botellas de pisco), y luego a Miami.

Sus compinches de Patria y Libertad que lo conocen como Juan Manolo, le sugieren que no se preocupe, pues para él y para los que "lucharon por la libertad" hay papeles, amnistías, remisiones o vista gorda.

Roberto Thieme, jefe de operaciones de Patria y Libertad, que simuló un accidente aéreo para pasar a la clandestinidad, ya está libre. Los intrépidos luchadores armados que incentivaron el "tancazo" pero no dispararon un tiro para después refugiarse nadie sabe de qué en la Embajada de Ecuador, están de vuelta.

Los asesinos del Comandante Araya se apersonaron ante las autoridades de la Armada, a cuyas filas pertenecía el acribillado, siendo enviados a una clínica particular para montar la ficción de que están detenidos. Luego serán amnistiados.

Si Townley todavía está asustado, no hay mejor comprobación para tranquilizarlo que los únicos dos detenidos por el caso de Concepción han sido liberados en el sigilo. Rafael Undurraga no alcanzó a pasar seis meses en prisión, porque su amigo y compañero de Patria y Libertad, capitán de Marina, Carlos Ashton, premiado con un alto cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores por el nuevo régimen, se comunicó directamente con las autoridades de Concepción para que "solucionaran el problema".

Los periódicos daban cuenta de curiosas y recurrentes situaciones de pertinacia de parte de detenidos pertenecientes a los partidos de la Unidad Popular: casi todos los días realizaban intentos de fuga a pesar de estar fieramente custodiados, con el resultado de que acaban muertos a tiros. La represión brutal, librada a los criterios desorbitados de la oficialidad menor, incluso de la suboficialidad o tropa, que operaban con aterradora impunidad, muchas veces asociados a bandas de terratenientes ansiosos de venganza, dio como resultado el asesinato de miles de inocentes, atrapados en una ratonera gigantesca, delatados como izquierdistas por quienes los malquerían o ambicionaban sus tierras o sus pequeños patrimonios; todo un cuadro apocalíptico donde nadie ponía coto u orden, donde se procedía por la sola voluntad de quienes poseyeran armas o vistieran uniforme, sin que desde un mando central emanaran órdenes atemperadoras u obedecidas, convirtiendo el país entero en un infierno revanchista.

Los pocos periódicos circulantes abonaban este clima de incertidumbre otorgándole categoría de peligrosos extremistas armados a pacíficos ciudadanos que adhirieron al gobierno derrotado o desarrollaron en él funciones meramente burocráticas.

Esta es la razón que podría explicar cómo un militar anodino como Pinochet adquirió su nada gloriosa celebridad. Los galones de crueldad institucionalizada los ganó después, cuando reflexiva y conscientemente actuó en asociación con un coronel del arma de Ingenieros Militares, llamado Juan Manuel Contreras Sepúlveda, quien atendió el trabajo sucio a través de una organización que falsamente se ocupaba de labores de Inteligencia. En la práctica se trató de un sofisticado centro de operaciones de guerra contra la subversión, real o presunta, diferente de las labores de contrainteligencia, que sí ocupan un lugar en una ordenación regular de Inteligencia. Se la denominó DINA, sigla temida aunque su nombre real parezca inocente: Dirección de Inteligencia Nacional.

Mientras esta fuerza de acción semiclandestina perpetraba sus penosas labores, en el escenario resplandeciente de la cúpula se desarrollaba una sorda batalla por el poder. Incluso desde el punto de vista estrictamente técnico, Pinochet no tenía antigüedad para presidir la Junta de Gobierno —correspondía a Gustavo Leigh — ni créditos conspirativos para reclamarla, pues el verdadero instigador del Golpe había sido el Almirante Merino; y en el Ejército mismo aguardaban con impaciencia igual reconocimiento otros generales sediciosos con mayores títulos que quien asumió el mando de Cte. en Jefe, concedido precisamente por el Presidente derrocado.

De cómo logró trepar Pinochet hasta la cima del poder absoluto es una larga batalla de desgaste, pero su parte medular se escribe entre los meses de septiembre-diciembre de 1973. Por arte de birlibirloque, tras una astuta maniobra de pasillo, en el artículo Segundo del Decreto Ley Nº 1 del nuevo régimen, se regula la composición de la Junta de Gobierno y se dispone que el General Augusto Pinochet Ugarte será su Presidente. No se fijan plazos, pero sí existe un acuerdo para que haya alternancia de sus cuatro miembros en la presidencia del nuevo ente institucional. Hay también consenso, que se respeta durante un período de tiempo, en el sentido de que los acuerdos serán adoptados por unanimidad.

En declaraciones formuladas por Manuel Contreras a propósito del asesinato en Washington del ex Embajador en Estados Unidos y Ministro de Relaciones Exteriores, de Interior y de Defensa de Salvador Allende, Orlando Letelier, aquel recuerda que "el 12 de noviembre de 1973 fui llamado por la Junta de Gobierno al Edificio Diego Portales, siendo yo a la sazón Tte. Coronel de la Escuela de Ingenieros Militares de Tejas Verde. Se me informó que el llamado tenía por objeto encomendarme la misión de organizar un servicio que se había acordado denominar Dirección de Inteligencia Nacional. Fue así como comencé la organización de dicho servicio y conjuntamente se me designó también como Director de la Academia de Guerra del Ejército, ambos destinos aquí en Santiago".

Relatada con esta simpleza pareciera que en vez de la fundación de la DINA, a Contreras se le puso al frente de la presidencia del Consejo de la Caja de Previsión de la Defensa Nacional.

Los hechos son diferentes y están del todo exentos de simpleza. Existen pruebas fehacientes de que en esa ocasión Contreras había ya confeccionado la estructura de la DINA con un completo organigrama. Su creación tenía el doble propósito de acabar con una red insurgente de resistencia y, primordialmente, debilitar la acción de Inteligencia y Contrainteligencia de las restantes FF.AA., a fin de que Pinochet pudiera consolidar su poder personal y reducir a su mínima expresión la fuerza relativa de las ramas restantes de la Defensa Nacional.

Para llevar a buen término este plan, necesitaba a la cabeza de dicho organismo —con poderes omnímodos a un oficial dispuesto a ponerse incondicionalmente a sus órdenes, además de tener los atributos de atrevimiento como los demostrados por Contreras en la brutal represión en San Antonio, donde se recuerda mató por su propia mano a algunos dirigentes portuarios que se negaron "a colaborar".

La reunión ampliada del Diego Portales, no contó solamente con la asistencia de los cuatro miembros de la Junta de Gobierno, sino de los jefes de Inteligencia de las FF.AA. y el Estado Mayor de la Defensa Nacional.

A los avezados directores de Inteligencia no escapó el verdadero sentido de la proposición de Manuel Contreras (no tienen asidero alguno sus dichos de que recién en ese momento se le pidió que pensara en la organización de la DINA), de modo que formularon serias impugnaciones al proyecto. Argumentaron que tratándose de un servicio específicamente de contrainteligencia, iba a provocar un debilitamiento de la acción de Inteligencia ante el enemigo tradicional, vale decir el extranjero.

La réplica la tenía Contreras a flor de labio en la contingencia, el enemigo era la subversión interna, a ella era menester combatir, y para neutralizar la amenaza exterior los distintos servicios de Inteligencia no sólo podrían seguir actuando como siempre, sino además contarían con un organismo moderno y bien preparado para secundarlos en esta tarea cuando así fuese necesario.

La decisión final la tomaron los cuatro miembros de la Junta de Gobierno que votaron en favor de la creación de la DINA, a la que se entregaron fondos para constituirla en un cuerpo de élite.

No mucho tiempo después, Contreras organizó visitas de exhibición para grupos selectos de oficiales en las que realizó teatrales demostraciones del poder alcanzado por la DINA: por ejemplo, la capacidad de localizar a pedido a personas determinadas en cualquier punto del territorio nacional.

EL PRIMER PROBLEMA CONFRONTADO

El primer problema confrontado por Contreras tuvo que ver con otras demostraciones menos prodigiosas divulgadas en los diarios de la época. En efecto, el 24 de octubre de 1973 "El Mercurio" informó que "cinco extremistas resultaron muertos al registrarse en el sector norponiente de la capital (Cerro Navia) un enfrentamiento entre efectivos de las Fuerzas Armadas y un grupo de terroristas, en los momentos en que estos últimos hacían una operación de reconocimiento con el objetivo de volar dos torres de alta tensión".

Después de entregar una detallada reseña del desarrollo de los acontecimientos en el pretendido enfrentamiento, el periódico dice que luego, al efectuarse un registro a las pertenencias de uno de los ultimados, se encontró un completo plan de sabotaje y terrorismo caratulado en el documento manuscrito como "Plan Leopardo". Lo que la información no consigna es que —extrañamente— los cuerpos presentan huellas de atroces torturas..

El diario "El Mercurio" indica que la fuente de su información fue la Comandancia en Jefe del Ejército.

Sin embargo los vecinos de la Población La Legua sabían que toda la historia del enfrentamiento era una farsa ya que Pedro Rojas Castro, obrero de 21 años; Luis Emilio Orellana Pérez, empleado 25 años; Carlos Alberto Cuevas Moya, gasfíter, 21 años; Luis Alberto Canales Vivanco, empleado, 27 años y Alejandro Patricio Gómez Vega 22 años, soltero, comerciante de feria libre, fueron detenidos después del 20 de diciembre en sus hogares por efectivos uniformados y de civil que no exhibieron orden alguna. Las víctimas pertenecían al Partido Comunista.

Los familiares de los detenidos concurrieron a diferentes lugares -incluyendo la parroquia del sector— solicitando ayuda en la búsqueda de los suyos. No faltó el sacerdote que relató los pormenores de la operación militar a la superioridad de la Iglesia Católica. Por diversos conductos la noticia de la detención salió al exterior y la recogió Radio Moscú, ávidamente escuchada en esos días por los chilenos de cualquier pelaje ya que la información en el país era casi inexistente. Cuando la prensa oficial dio cuenta que los detenidos habían muerto en un enfrentamiento, la denuncia en el exterior cobró mayor fuerza y el propio cardenal Raúl Silva Henríquez, que tenía en su poder una relación detallada de las detenciones, hizo llegar una carta a las autoridades exigiendo una investigación.

No tenía aún Pinochet la potestad que adquiriría posteriormente, de modo que otros miembros de la Junta representaron su preocupación por los sucesos. Se ordenó entonces una reunión conjunta de los diversos servicios de Inteligencia para intentar responder a la denuncia. Todas las miradas convergieron sobre Contreras, pero éste negó rotundamente que la DINA estuviera involucrada. Había además un problema engorroso: la fuente de la información identificaba a la Comandancia en Jefe del Ejército. Los restantes reunidos llevaban consigo informes muy precisos de sus agentes en cuanto a la responsabilidad de la DINA en los crímenes, con un capital de pruebas de tal manera incontestable, que finalmente el imperturbable director de la organización admitió que estas ejecuciones sumarias fueron practicadas por personal suyo.

La única sanción acordada vino a ser que él mismo respondiera la carta al Cardenal Silva Henríquez.

Hablando en términos estrictamente de Inteligencia, la DINA tuvo una eficacia nula. Jamás obtuvo un solo informe sobre acciones de enemigos extranjeros durante los más candentes períodos de incertidumbre fronteriza.

Pero el daño ya era irreversible: a partir de diciembre de 1973 no se volvió a hablar de alternancia en la Presidencia de la Junta de Gobierno.

Un oficial de alto rango que vivió ese período en servicio activo en las FF.AA. resume lo ocurrido en una frase: "Nos robaron la película...".

"A ESE HAY QUE MATARLO"

El traspaso de la seguridad de Carlos Prats del S.I.E. al SIDE fue algo así como dejar una lechuga al cuidado de un canario. Más que humor, en este aserto en apariencia festivo se contiene una realidad cada vez más patética y consubstancial con un momento clave de la historia contemporánea de Argentina. En tanto el Comandante en Jefe del Ejército, Gral. Jorge Raúl Carcagno sentaba en Caracas las premisas de la denominada"doctrina constitucionalista" en oposición a la de "fronteras ideológicas", en su país estas proposiciones no sólo se contradecían en discursos oficiales (caso Iñiguez), sino parecían imposibles de llevarse a la práctica. La feble democracia reestrenada por Héctor Cámpora en medio del conmovedor entusiasmo popular adolecía de notorias debilidades. No todos los uniformados, ni siquiera la mayor parte, pensaban igual que Carcagno, ni desde luego el exhumado Juan Domingo Perón era el mismo de los años del frenesí justicialista.

Cuando asciende por vía de la votación a la Presidencia de la nación, tiene 78 años. Es el binomio Estela Martínez -López Rega el que gobierna. En su tiempo de líder carismático, cuando era "el general de la esperanza", Perón usaba un lenguaje coloquial con ese gracejo popular propio de sus descamisados. Decía: "Para conocer a un cojo, lo mejor es verlo andar". Parodiando: para conocer a un anciano, lo mejor es verlo actuar.

En los hechos de 1973 el movimiento justicialista está definido por un predominio de los sectores ultras de "El Brujo" López Rega, que funda la Triple A y acoge a grupos como Milicia, que tienen penetrado el aparato del Estado, con estrechas conexiones en el SIDE. De allí que si la seguridad del general Prats dependía de este último organismo había sobradas razones para inquietarse por su suerte futura. Los hechos dieron razón a quienes así pensaban.

Carlos Prats inició su trabajo en Gomalex con un horario que va desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, pero muy pronto interroga a Ossandón: "Tengo una tremenda oficina, pero no me pasan ni un papel. ¿Qué sucede?".

Su amigo promete consultarlo con quienes le proporcionaron el empleo (personas allegadas al Ejército). Estos responden: "No queremos molestar al General". Ossandón les explica entonces que si algo puede molestar al militar es que le regalen el dinero. De modo que -cuenta el Agregado Militar— "el general entró en actividad plena, logró dominar en poco tiempo el área de su trabajo y demostró su gran eficiencia".

El coronel Carlos Ossandón fue su alumno en los años '40 y después un respetuoso amigo, pero tal como su maestro es un militar de honor. Cumple con sus deberes de informar de sus pasos al Gral. Lutz, jefe de Inteligencia y no omite detalles, entre otras cosas porque el general Prats no da motivo alguno de queja para la Junta chilena.

Ha comprometido su dignidad de soldado a no encabezar movilización alguna tendente a discutir militarmente el poder a sus antiguos subordinados. Está consciente que se trata de una cruzada inútil, de una aventura sin destino. Tampoco usa políticamente sus contactos. Por ello es que de su entrevista con Perón del 1º de octubre de 1973 no sale ni una palabra, pero ésto no significa que no sea solicitado permanentemente por los generales de mayor peso en el Ejército argentino, interesados en conocer su opinión sobre lo que ocurre en Chile con la vesánica dictadura instaurada por Pinochet.

Ossandón, por lo demás, lo acompaña a casi todas estas conversaciones y tiene una opinión interesante sobre los altos oficiales del país hermano: "El oficial argentino mantiene su dependencia ideológica y cada uno de ellos representa su respectiva expresión política al interior del Ejército argentino. Yo diría que todo el Alto Mando estaba preocupado por conversar con Prats".

Los artículos previamente mencionados escritos por Ricardo Lagos para "La Prensa", de Lima (3-XI-73), refieren que Carlos Prats nunca logró entender bien por qué sus camaradas de armas estaban en una política que sólo defendía los intereses de una clase social reducida, pero poderosa económicamente, como es la oligarquía chilena. En palabras textuales dijo: "¿Por qué ellos, a quienes conozco tan bien, modestos exponentes de la clase media, están al servicio de los Pirañas o de los Edwards?".

Ricardo Lagos, que conversó varias veces con el general, menciona en una de sus notas interpretativas: "Nunca logró entender la traición de Pinochet. Siempre se reprochó el haberlo avalado ante el Presidente Allende para que lo designara como su sucesor en la Comandancia en Jefe, porque creía conocerlo bien a través de una amistad de toda la vida".

Cierto. Pero, ¿quién podría haber seguido el pensamiento íntimo de este ser imprevisible que hoy gobierna los destinos de Chile?

Es curioso consignar que no era Pinochet un militar sobresaliente. Todas las referencias coinciden en que fue uno más del grupo de la mitad hacia abajo. La anécdota se repetía cada año cuando se acercaban las Juntas de Calificaciones. Los oficiales solían hacer cartillas sobre quiénes pasarían a retiro. Pinochet figuraba en casi todas.

De hecho, en 1972 le correspondía acogerse a retiro pero sobrevivió por una costumbre típica del Ejército: cuando un oficial de alta graduación es destinado a comisiones importantes, no se procede de inmediato a licenciarlo. Por ejemplo, si se designa a un coronel como Agregado Militar en un país vecino, y vuelve, no se le puede llamar a retiro de inmediato porque equivaldría a un desaire para una nación amiga. Sería como si se hubiese designado para esa función a un militar de tercera categoría.

De manera que no obstante que a Pinochet le correspondía descansar con una nada despreciable jubilación en 1972, el hecho de haber subrogado a Prats como Comandante en Jefe en dos ocasiones, lo libró de esta venturosa eventualidad con los resultados conocidos. Hoy es Capitán General de cinco estrellas. Y las cinco estrellas son una distinción muy escasa en la historia castrense occidental: el último en poseerla es el General Omar Bradley, Jefe Supremo de cuatro ejércitos en la II Guerra Mundial con un total de 1.3 millones de hombres a su mando. Los otros han sido los generales: Eisenhower, Arnold, Mac Arthur, Pershing y el Padre de la Patria norteamericana, general George Washington.

Personaje ciertamente singular e inefable, cuando Pinochet recibe de manos del coronel Escauriaza la carta enviada por Carlos Prats desde la frontera, la lee rápidamente y, en gesto peculiar abre muy grandes sus ojos azules para interrogar:

-¿Estará enojado Carlos conmigo?

No habrá el mismo candor poco tiempo después. Como consecuencia de una sistemática y minuciosa campaña de desprestigio en contra de un militar símbolo de unas FF.AA. democráticas, muchos oficiales no pierden oportunidad de hacer público su rencor.

En una reunión de la Academia de Guerra del Ejército donde participa el Alto Mando además de algunos civiles del régimen, profesores de la Academia, un testigo cuenta que el coronel Dowling enjuicia en voz baja a la nueva organización de Inteligencia —DINA— y le advierte a un compañero: "¿Te acuerdas de la Gestapo? Bueno, algo como eso"... En un momento dado el cambio de ideas deriva hacia la identificación de los principales enemigos del orden autoritario recién instaurado. La conversación se encamina entonces hacia el General Prats. Dowling, esta vez en voz alta, dice fustigante:

¡A ese hay que matarlo!


Notas:

1. Proceso por el asesinato del Gral. Schneider.
2. Extracto de su declaración en el proceso por actividades de espionaje que se le siguió en Argentina en 1978.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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