Bomba en una calle de Palermo

CAPITULO IV

"SI LOGRO PASAR LA PRIMAVERA..."

La noche del sábado 26 de mayo de 1973, se cenó tarde e informalmente en la Embajada de Chile en Buenos Aires. Terminaba una semana agobiadora con actividades a cada instante. Sólo los noctámbulos inveterados con grandes reservas de energía aprovecharon la oportunidad para dar un vistazo a la siempre animada diversión bonaerense. El Presidente Allende prefirió permanecer en la sede diplomática para comer algo ligero con el Embajador Huidobro y algunos funcionarios o miembros de su comitiva. El mandatario fue siempre un hombre de energía inagotable, pero al culminar esos días de su visita a los fastos de la transmisión del mando del Presidente Cámpora, exhibía un notorio cansancio. El ceremonial de asunción tuvo lugar a mediodía del sábado y Allende volvía a Chile en un vuelo especial que salía de Ezeiza a las cinco de la tarde del domingo.

Dentro de sí, no obstante, Allende tenía razones para sentirse satisfecho y optimista. La recepción popular y oficial de los argentinos, lo conmovió. En cada lugar al que asistió se transformó en figura estelar, a pesar de que las delegaciones —algunas encabezadas por sus Jefes de Estado — sobrepasaban la centena.

Con esa ingeniosa facilidad de los argentinos para idear slogans sobre la marcha, a los vítores multitudinarios añadían cantos improvisados casi todos con contenidos políticos de apoyo a su persona o a su proyecto de tránsito al socialismo. Algunos expresaban su admiración con la idolatría que se les dispensa a los futbolistas en los estadios o a un artista de moda. "¡Dale Chicho, dale Chicho!", voceaban unos; "¡Allende y Perón, tercera posición!", gritaban otros. El Presidente sonrió y se acercó a saludar a unos jóvenes que vitoreaban: " ¡Chicho, corazón!".

Desde el punto de vista oficial su presencia terminó por, opacar a otros huéspedes de categoría como el Presidente cubano Osvaldo Dorticós, el uruguayo Juan María Bordaberry, observado con desdén por los entusiasmados peronistas, o el propio Secretario de Estado de los EE.UU., William Rogers, silbado. Allende fue elegido para hablar a nombre de las restantes delegaciones en el Congreso y distinguido por el Presidente saliente Gral. Lanusse para ser el primero en formalizar la presentación de credenciales, etiqueta protocolar usada en estas ocasiones, con un agregado significativo. El alto militar le pidió que se mantuviera a su lado para ser él quien recibiera las restantes acreditaciones.

Este honor insólito favoreció un curioso diálogo con William Rogers, quien le dijo, entre humorado y sardónico:

—¿Y por qué tenemos que presentar credenciales a dos Presidentes?

Allende sonrió y le contestó:

—He tenido para darle mucho que pensar a Ud., ¿verdad?-, bailándole en los ojos su clásica ironía.

—Es por eso que estoy aquí —, contraatacó enigmáticamente Rogers, quien años más tarde fuera citado ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano para asegurar -falsamente- que el Departamento de Estado nada tuvo que ver con los planes de la CIA para impedir la elección de Allende.

De modo más formal, Rogers concurrió a la Embajada para hablar con el Presidente de Chile. Asimismo, el Presidente Dorticós; los Cancilleres de España, Gregorio López Bravo, y de Bolivia, Mario Gutiérrez, además de diversos jefes de partidos políticos argentinos acudieron a la sede diplomática a conversar con Allende, que se hospedaba allí.

Este a su vez se desplazó para entrevistarse con el ya ex Presidente Lanusse y el mandatario recién ungido Héctor Cámpora, con quien conferenció por 95 minutos. Ninguno de los dos sabía que sus mandatos serían de corta duración, aunque por razones diferentes y con consecuencias personales también dispares.

La Embajada de Chile en Buenos Aires es un sólido edificio de estilo moderno, con amplios ventanales en todo su contorno. Fue levantado durante el mandato de Frei, en un terreno cedido por el Estado argentino, por los arquitectos Pablo Burchard y Juan Echenique. Se trata de una construcción de tres plantas con dos amplias puertas de acceso: una permite ingresar a las oficinas de la Cancillería y la principal accede a la residencia particular del Embajador en turno. La casa habitación del jefe de la sede diplomática está en el tercer piso, el segundo fue destinado a los salones de recepción y los departamentos de los huéspedes, mientras el primer nivel ha sido acondicionado para las diversas oficinas y la cocina. Está situada en el sector denominado familiarmente Palermo Chico, entre las dos enormes avenidas que son Libertador y Figueroa Alcorta, frente al arbolado y hermoso Parque Palermo.

Circundando el edificio, un parque particular bello donde se levantan una estatua ecuestre de Bernardo O'Higgins, un busto de Gabriela Mistral y otro de Juan Mackenna.

La sede fue centro de un movimiento inusitado con ocasión de la presencia del Jefe de Estado chileno, su Canciller Orlando Letelier, un par de senadores y el jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional, Alte. Patricio Carvajal, el mismo que al ser enterado por Carlos Prats de su renuncia le manifestó -no se sabe si en serio o con un velado sarcasmo-:

"La abdicación de O'Higgins se inscribió en la Historia de Chile como el más noble gesto del prócer". Prats le replicó que parecía olvidar que O'Higgins vino a obtener reivindicación veinte años después cuando estaba a punto de morir.

Esa noche de sábado, previo al retorno a Chile de la delegación, Allende le musitó al oído a Ramón Huidobro: "Vente a mi habitación para conversar un rato".

El Embajador miró su reloj: eran más de las dos de la mañana. Sonrió interiormente porque esa era una de las peculiaridades de Salvador Allende. De pronto parecía al borde de la extenuación y al momento siguiente se sobreponía para ingresar en una actividad frenética de trabajo. A Carlos Prats le producía gran impresión el tiempo de su día que dedicaba el Presidente al Gobierno de Chile; su aplicación en las tareas de gobierno; los escasos ratos de esparcimiento que -contra la insidia y el encono puesto por sus enemigos para presentarlo como bebedor y frívolo-se dispensaba a sí mismo. Le sorprendía a Prats que Allende trasnochara sumido en alguna tarea, llamara a algún colaborador a las 2 ó 3 de la madrugada para formularle una consulta (él mismo fue intempestivamente despertado por el Presidente que todavía estaba en su despacho) y —en sus palabras— "ese espíritu de sacrificio para gobernar, bien, regular o mal, me provocaba asombro. Fue lo que más me impactó en él".

Esa madrugada del 27 de mayo de 1973, Allende y Huidobro conversaron no menos de una hora y media, según recordó este último en 1974 en México almorzando con uno de los autores en "El Hoyo 19" de Insurgentes. La charla giró sobre las evidentes dificultades que arrastraba su administración.

Mayo de 1973 resultó particularmente conflictivo para el Presidente, sea por la persistencia de las dificultades endémicas: problemas con los partidos que lo apoyaban cada uno desde una óptica que antagonizaba con los demás; los embates inclementes de la oposición a esas alturas unida al suceder Aylwin al moderado Renán Fuentealba en la presidencia de la Democracia Cristiana; las dificultades económicas que afligían al país, y las conspiraciones constantes, algunas de las cuales conocía y otras intuía; o fuera por cuestiones coyunturales como las acusaciones constitucionales a los Ministros de Minería, Sergio Bitar, y de Trabajo, Luis Figueroa, unida al proceso a que sometió la Corte Suprema al Ministro Secretario General de Gobierno, Aníbal Palma, por negarse a cumplir un mandamiento judicial para levantar la censura a la Radio Sociedad Nacional de Agricultura, además de las sangrientas confrontaciones entre los facciosos de Patria y Libertad y los grupos armados de la izquierda extrema que obligaron a la instauración del Estado de Emergencia, y la persistencia de la huelga del mineral "El Teniente", con grave daño para la economía nacional. Cuestiones todas que con diferentes nombres, puntos de conflictos y motivaciones se sucedían mes a mes.

Allende le manifestó a Ramón Huidobro en esa oportunidad que confiaba, sin embargo, en las FF.AA. A pesar del recelo que le provocaban algunos generales tenía fe en la gestión del Comandante en Jefe del Ejército, Carlos Prats, y esperanza de que el Alte. Montero pudiera imponerse ante los mandos golpistas de la Armada, encabezados por José Toribio Merino e Ismael Huerta. Ellos -razonaba- podían garantizar la institucionalidad democrática, a despecho de los intentos de la oposición por malquistar a su administración con las FF.AA.

El trabajo de zapa emprendido por Estados Unidos para socavar la economía por medio de la restricción crediticia, la reducción de importaciones y las querellas de las empresas mineras animadas por el Departamento de Estado, se compensaban —era su criterio— con el apoyo que encontraba en otros países su vía chilena hacia el socialismo.

Le comenta a Huidobro que, objetivamente, podría salir adelante a pesar de tanto agobio e intransigencia. A veces, observa, se siente entre dos fuegos: el disparado por una burguesía monopolista y una cáfila de ambiciosos enquista-dos en la oposición; y la terquedad autodestructiva de sus propios partidarios, empeñados en luchar entre sí más que unirse para hacer frente al enemigo común.

Todo esto con la verba fácil, de prolija exactitud en la ejemplificación, parándose y sentándose alternativamente, observando mientras charla hacia el Parque de Palermo, o como todos los líderes de masa naturales, sin dirigirse a su interlocutor sino a un público invisible que lo escucha en silencio.

Ramón Huidobro es su amigo desde que el Dr. Allende, delgado, casi imberbe, jurara como Ministro de Salud del Presidente Pedro Aguirre Cerda a fines de los años treinta. Lo conoce a la perfección, lo sigue atentamente y de vez en cuando intercala alguna pregunta o inquietud, que Allende medita brevemente para luego postular sus razones, que casi siempre son las que él considera adecuadas.

Confía y quiere a Huidobro, que se ha manejado políticamente con acierto en un país vecino y pivote para Chile en la región. Los honores recibidos en esos días avalan el hábil desempeño de su Embajador, aunque éste en su fuero interno tenga dolorosas dudas sobre si tanto optimismo es real o aparente en un luchador nato como es el Presidente de Chile.

Lo sobrecoge, sin embargo, una frase final clave para entender que el líder socialista está más ilusionado que convencido de su discurso confiado sobre lo que le deparará el futuro:

—Creo que podré salir adelante... si logro pasar la primavera.

No alcanzará siquiera a comenzarla.

Fue la última vez que Huidobro estuvo con su amigo de tantos años.

Meses después, ya ex Embajador, Ramón Huidobro tendrá oportunidad de recordar esta frase conmovedora. Se la repetirá a Carlos Prats un domingo en que acompañados por sus respectivas esposas fueron a pasar una tarde en el Tigre con el propósito de conversar sueltamente y a solas, en un lugar hermoso al aire libre, si uno se olvida de los mosquitos.

El militar intenta recapitular el panorama reinante en su país antes de producirse el Golpe de Estado, analizando los problemas que afectaban a Salvador Allende con la consecuencia de todos conocida. Huidobro lo interrumpe para relatarle la conversación sostenida esa noche de mayo de 1973 con el mandatario fallecido.

—Pienso que él, a pesar de ese barniz de optimismo con que descomponía la situación a futuro, sabía muy bien lo que iba a pasar. Por lo demás lo dijo muy claramente el 11 de septiembre—, concluye el diplomático de carrera.

Prats lo observó inquisitivamente y comenzó a reflexionar como si hablara para sí:

—Hay varias maneras de observar lo ocurrido, pero pienso que el enemigo principal del futuro de Chile es la concupiscencia del poder. Ese apetito perverso de poder es la manifestación más visible, la que yo preveo va a pasar con los hombres que quedan a cargo de los destinos del país...

— ¿Por qué lo crees?—, inquirió Ramón Huidobro buscando aprovechar ese momento para que este hombre inteligente que es Prats pero siempre renuente a emitir opiniones personales, se explaye sobre un tema que pocas veces acepta profundizar.

—Ramón, hay gente que ha estado arrinconada durante años. Te diría que desde el momento del término de la dictadura de Ibáñez, se ha producido un cisma entre cierto sector de los hombres de uniforme y la civilidad. Ahora ellos están imponiendo la fuerza, que es el temor que yo siempre tuve. Van a tomar el país como si fueran un partido político y nada puede ser más nefasto que ésto para las Fuerzas Armadas. Yo pienso que se han apoderado de Chile por muchos años... ¡Ojalá esté vivo para ver el final de este gobierno militar!

Tan corto y tan certero.

No se cumpliría su deseo, sin embargo.

EL DÍA SIGUIENTE

Pinochet se mostró amable con el renunciado Comandante en Jefe cuando éste se disculpó por algún retraso en el traslado de sus pertenencias desde la casa de la Comandancia en Jefe en Pte. Errázuriz hasta un departamento donde viviría en lo sucesivo con su esposa Sofía y su hija soltera Cecilia. Su nueva residencia estaba siendo restaurada y se procedía a complementar las terminaciones.

El general estaba inquieto por el sesgo que tomaba la alternativa política y la escasa, casi inexistente respuesta de los partidos de la Unidad Popular a ceder en sus encastilladas posiciones frente a una oposición enervante, convencida de que todo es cuestión de tiempo pues la "pera madura"... caerá.

Los conceptos de Renán Fuentealba en el sentido de que la Democracia Cristiana es contraria a un Golpe de Estado y, por consecuencia, al gobierno que de él pueda resultar; y de Radomiro Tomic, quien declara que si no se producen formas de acuerdo entre su partido y el gobierno "nuevas y peores crisis amenazarán el orden constitucional", son voces solitarias perdidas en el vacío.

Carlos Prats sabe perfectamente como se mueven detrás de bastidores los sectores golpistas su única duda consiste en precisar si se impondrán los "duros" o los "blandos". Con esa parca dignidad tan suya ha salido de la escena nacional de puntillas, sin notas "solicitadas" o cartas puntualizadoras en los diarios. Incluso declinó asistir a un homenaje masivo organizado por un sector de la Unidad Popular. Para todos los efectos, él está retirado de la vida pública. En relación con la política, su actitud es la de siempre: nada tiene que ver con ella.

Recibe cartas solidarias y encomiásticas de Radomiro Tomic, Pablo Neruda y Renán Fuentealba, además de una de su amigo Felipe Herrera.

Los conflictos persisten. La Armada detiene e interroga con rudeza a suboficiales y marineros acusándolos de un complot contra los mandos impulsado por el MIR; y el general Torres de la Cruz sigue haciendo de las suyas en el extremo sur. Amenazante sostiene que las FF.AA castigará "a los indignos chilenos y a los indeseables extranjeros" que tienen armas en su poder para enfrentarlos, en una abusiva batalla de burro con tigre.

Nada dice en cambio el Director de Inteligencia Augusto Lutz de un poderoso arsenal de armas apropiado por Patria y Libertad, la mayor parte del cual oculta en la localidad de Maipú, que jamás será encontrado. Ni siquiera —sugestivamente— después del 11 de septiembre.

Desde las pantallas de Canal 13 de Televisión de la Universidad Católica de Chile, el sacerdote Raúl Hasbún, Director entonces de ese medio, acentúa sus prédicas desestabilizadoras con toda audacia y, ciertamente, con una impunidad que no tendría en un gobierno no democrático. Se reproduce su verba editorial del 4 de septiembre de 1973, que tiene la virtud de ser atemporal, de manera que sirve para cualquier período histórico.

La inicia con una cita del Papa Juan XXIII: "La razón de ser de un gobernante radica por completo en el bien común (hasta aquí el alto prelado, y después Hasbún interpreta desde su peculiar punto de vista)... Cuando los gobernantes no conocen los derechos del hombre, o los violan, faltan a su deber propio, y las disposiciones que dicten carecen de toda obligatoriedad".

"La alegría de un gobernante es ver que su pueblo crece, que su pueblo sana, que su pueblo es uno solo. El drama, también, de un gobernante: contemplar a su pueblo empobrecido, exasperado, desgarrado en su cuerpo, herido y enfermo en su alma. Sobre todo cuando se ha sido encarnador de una gran esperanza. Portador de una promesa —de una certeza casi de pronta redención... Cuando un pueblo se hunde, arrastra en su frustración y fracaso al gobernante (No en vano "gobernante" tiene -en griego- la misma raíz de "piloto")."

"Ahora Chile semeja a un barco que se hunde. Es inútil cegarse. Lo saben todos... La queja recae en una persona. El piloto. Es él el responsable del rumbo de la nave... No acusamos: respetamos el misterio de las profundidades del alma: santuario inviolable donde sólo a Dios le es lícito penetrar. Respetamos, también, el dolor personal. Nos imaginamos que nadie sufre tanto como el piloto... Y si el gobernante, el piloto, no puede enmendar el rumbo; si constata que, objetivamente, no se dan las condiciones para que él cumpla su solemne y esencial compromiso... ¿qué hacer? Un dilema doloroso: continuar al mando, sabiendo que la ruta es itinerario al desastre; o dejar el mando a otro, ingresando en la historia como frustrador de una esperanza... Probablemente la historia recordará con gratitud, con cariño, la imagen de un hombre que un día, honestamente, convencido de que el camino terminaba en el abismo, sintió que su pueblo valía el sacrificio de su postergación y retiro personal"...

Hasta aquí Hasbún, aconsejando al gobernante, al piloto, que abandone el timón y se lo ceda a otro piloto.

Un punto de vista interesante y de notable vigencia.

En el plano familiar, el "clan Prats" se moviliza para que sus padres abandonen lo antes posible la casa de Pdte. Errázuriz. María Angélica Prats revive parte de esos momentos:

—Las actividades en ese instante tan crítico estaban relacionadas con recibir a cantidades de personas que querían solidarizar con mi padre; dar respuesta a cúmulos de cartas que llegaban, y desocupar lo antes posible la casa de la Comandancia en Jefe. Mi papá estaba francamente afectado, porque para él era muy claro lo que iba a significar su renuncia. Por eso había tolerado por tanto tiempo las situaciones que le correspondió vivir. Eso lo justificaba, no le importaba mayormente su problema si ello le permitía alcanzar una solución política, una salida política que era lo que él planteaba. Sabía perfectamente lo que pasaría en Chile y estaba consciente que su renuncia iba a representar, más tarde o más temprano, algún tipo de movimiento.

La familia: su esposa, sus hijas, sus yernos y sus ancianos padres estaba sólidamente apegada al general Prats, que vivía momentos de gran amargura y tensión. No sabía muy bien por dónde y en qué momento iba a saltar la liebre. Se sentía como león enjaulado. Estaba pendiente de hacer una lectura correcta de los diferentes indicadores sugerentes, que se presentaban por lo demás día a día. Para descansar de tanta presión interna, gastaba parte de su tiempo reuniendo sus papeles, revisando el escritorio, ordenando sus libros, siempre con la colaboración de alguna de sus hijas.

María Angélica pormenoriza: "Sofía lo ayudaba a recopilar sus cosas y mi mamá se encargaba de levantar los ánimos. Ella conservaba en todo momento esa actitud positiva de que las cosas pasaban para mejor; era como si dijera ahora ,sí lo vamos a pasar bien, vamos a cambiarnos de casa donde estaremos mucho mejor porque el departamento es estupendo y podremos viajar un tiempo porque ahora nos toca descansar'. Siempre en una actitud de hacer proyectos para salir adelante, bien, para mejor".

Era evidente, no obstante tanto entusiasmo más alentado por el deseo que basado en la realidad, que todo había cambiado para los Prats en el sentido de que los miembros del Cuerpo de Generales -aparte de los Sepúlveda, los Pickering y los Rodríguez— estaban distanciados de quien fuera su amigo y camarada de armas de tantos años.

Prats enfoca con propiedad lo ocurrido en su rama en una carta de respuesta a otra de solidaridad recibida de Ramón Huidobro. En algunos de sus acápites patentiza sus sentimientos de ese período: "Es increíble la habilidad con que se montó una sórdida campaña en mi contra, tejiéndose las intrigas más siniestras, con injurias soeces y calumnias infamantes".

"Lamentablemente, en las filas del Ejército —especialmente en el sector medio de la oficialidad— tal campaña tuvo eco y estimuló a un grupo de Generales a presionarme, usando métodos que merecerían calificativos que no quisiera especificar".

"¿Cuál ha sido mi pecado, Ramón? Querer que se produjera un consenso mínimo entre el Gobierno y la Democracia Cristiana, para que el proceso de cambios se encauzara en moldes legales definidos, al lograrse la apertura de la vía legislativa, hasta ahora bloqueada por la oposición. Así se aseguraba la continuidad del estado de derecho y la vigencia de la democracia, frustrando la aventura golpista (en la que muchos peces gordos están embarcados) o la lucha subversiva (que quieren promover los ultra-izquierdistas)".

"Pero, ocurre que los "porfiados hechos" pueden más que las buenas intenciones, y quienes encontraban en mí un obstáculo para sus espúreos propósitos, lograron marginarme".

"El momento que hoy vive el país es realmente un drama y no sé si cuando recibas esta carta, los acontecimientos se hayan precipitado; los golpistas ahora no se atreven a derrocar directamente al Gobierno, usando el viejo estilo; se busca entonces paralizar totalmente el país para colocar al Presidente en la gran encrucijada: o renuncia o él desata la violencia popular y da el 'pretexto' para que las Fuerzas Armadas pasen a "restablecer la ley y el orden"...

La carta precedente tiene fecha 6 de septiembre de 1973. Es de una clarividencia escalofriante. [1]

En este punto es preciso formular una disquisición necesaria: Pinochet -quedó demostrado trágicamente con ulterioridad— actúa movido por ambiciones internas que alguna vez serán analizadas por especialistas, pero no permite que ellas afloren hasta muy poco antes del Golpe. Cualquier ordenación razonada de sus conductas, desdice los argumentos esgrimidos por él en su libro "El Día Decisivo"; que publicará años más tarde. Allí sostiene que se mantuvo a la expectativa madurando el "pronunciamiento" durante varios meses porque advierte que el "marxismo leninismo" busca someter al país a una "dictadura del proletariado" que él está empeñado en combatir hasta las últimas consecuencias y hoy ofrece dar su vida por impedirlo.

Frente a esta aseveración mesiánica existe un número abrumador de testimonios y situaciones que lo contradicen. El General (R) Gustavo Leigh —hoy enemigo suyo, cierto— asegura que Pinochet se unió a la conspiración sólo el domingo 9 de septiembre alrededor de las cinco y media de la tarde. Ese día llegaron hasta la casa del Comandante en Jefe de la FACH numerosos oficiales de aviación para impulsarlo "a hacer algo" frente a un insensato discurso de Carlos Altamirano en el Estadio Chile donde desafía a la Marina anunciando que seguirá reuniéndose las veces que sean necesarias con la suboficialidad y la marinería que denuncian las maniobras conspirativas de los altos mandos.

Alarmado por esta situación, Leigh concurre hasta la casa de Pinochet (a quien apenas conoce porque ambos tienen corta data en sus respectivos cargos de Comandantes en Jefe), en el mismo momento que aparecen desde Valparaíso dos emisarios del Almirante Merino, éste sí golpista desde hace mucho, que ha conversado con generales como Arellano Stark, Bonilla, Benavides, Brady y otros, pero no con Pinochet, a quien supone un hombre de Prats. Es el Comandante en Jefe del Ejército, claro, y si entra en el alzamiento, bien, mejor que mejor, pero si no, tendrá que ser arrasado.

En esa oportunidad, tanto los enviados de Merino, que traen una nota comprometiendo a quienes la firmen a asestar el Golpe el martes 11 siguiente como Leigh, instan a Pinochet a que suscriba el documento. Este se muestra titubeante, alega que no encuentra el timbre oficial y, finalmente

—palabras textuales de Leigh jamás desmentidas-, el general balbucea:

— ¡Pero ésto nos puede costar la vida...!

Debe tomar la decisión en ese momento. Saca sus cuentas y concluye que corre el riesgo de quedar en el camino aplastado por la avalancha insurreccional. Firma finalmente.

Al día siguiente —ya en su nuevo papel de confabulado — se reúne con otros generales, que a su vez se consideran "los dueños del Golpe" (Bonilla y Arellano Stark, básicamente).

Otros hechos: Pinochet es abucheado e insultado cuando visita a Prats con oportunidad de la manifestación de las esposas de los generales. Lo es porque todos los que están allí —antiallendistas acérrimos— saben que es su segundo y le suponen sus mismas ideas.

Días antes del 11 de septiembre, P.E.C., revista financiada por la CIA y escrita a pedido de los sectores de la derecha asociada a la conspiración y que por lo tanto sabe muy bien cuáles son "sus generales", lo hace objeto de un duro ataque describiéndolo como "un hombre con mucha voz hacia abajo, pero sin ninguna hacia arriba".

Su prima Mónica Madariaga, que hasta antes de romper con él fue considerada "la mujer del Régimen" (Ministra de Justicia y Educación, y Embajadora ante la OEA), rememorará años después que cuando ella y otros abogados de la Contraloría General de la República, todos alérgicos a la Unidad Popular, se enteran luego del 11 de septiembre que uno de los integrantes de la Junta de Gobierno es el general Pinochet, un sentimiento de desencanto se apodera de todos. Lo consideran blando y remiso a las posiciones ajenas a la Doctrina Schneider de profesionalismo, no deliberación y sometimiento al poder civil.

El sábado previo a la asonada sediciosa, Prats almuerza en el refugio particular de Allende denominado "El Cañaveral", un predio de mediana extensión donde se levantan algunas construcciones nada ostentosas, localizado en los primeros faldeos cordilleranos. Un oscuro diputado democristiano de apellido Del Fierro denunció con escándalo en la Cámara, que se trataba de una mansión suntuosa con un valor de 350 mil escudos (equivalentes en ese tiempo a 17.962 dólares). "Constituye un escupitajo al rostro de los pobres", declamó teatralmente.

Sólo la construcción central de las tres casas levantadas por el general Pinochet en su refugio de "El Melocotón" tiene un valor de un millón de dólares.

Sería la última vez que el militar vio a Salvador Allende, todavía confiado en revertir la situación sombría y llena de oscuros presagios que lo rodea.

Le participó a Prats. delante de un demudado Fernando Flores, que tenía el propósito de llamar a plebiscito.

-Creo que lo perderé, pero la alta votación popular lo convertirá en una derrota honrosa para la Unidad Popular. Si existe, como creo, una expresión mayoritaria del pueblo se podrá evitar una guerra civil. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para evitar que esta tragedia se consume-, meditó en voz alta Allende.

Las ideas de Prats se transtornan en su cabeza. Habla parejamente, con lentitud, eligiendo las palabras para explicarle que un plebiscito tardará en realizarse no menos de 30 a 60 días:

— ¿Cómo lo va a hacer si tiene que afrontar un Pronunciamiento Militar antes de diez días?—, interroga deprimido.

Se extiende en consideraciones para arribar a una conclusión ominosa: será un golpe "blando" (si lo maneja el PDC duro), o "cruento" (en caso de imponerse los sectores asociado al golpismo derechista).

Allende monta en cólera y lo apostrofa de si con ello quiero decir que los generales Pinochet y Leigh son unos traidores que se plegarán a un golpe. El Presidente no parece discernir con claridad sobre algunas cosas elementales. Que se ha llegado a un punto en que los Comandantes en Jefe actúan frente a cuerpos de generales y almirantes decididos a echarlo del gobierno, no importa cuáles sean las opiniones de sus jefes.

Prats le explica esto reposadamente. Sabe que al irse él y también renunciar Mario Sepúlveda, a cargo de la Guarnición de Santiago y la II División de Ejército, relevado, por Brady; y Guillermo Pickering, al frente de la Comandancia de los Institutos Militares, de los que se hizo cargo Benavides, ambos calificados golpistas; con el General Arellano controlando la zona central; en el norte está el Buín al mando de Felipe Geiger; y al sur el Gral. Vivero, de la FACH, con Oscar Bonilla como el gran pope, secundado por Javier Palacios, Arturo Viveros y Augusto Lutz, nada podrá frenar al Ejército. Pinochet —en el caso de mantenerse apegado a la Constitución- será desbordado. El Alte. Montero no tiene carácter ni disposición anímica para frenar a Merino, y Leigh ya dio una significativa demostración con el "show" del cambio de mando solucionado "a lo amigo" con Ruiz Danyau.

¿Qué se puede esperar?

Calmado ya pero centellándole los ojos entre burlones y duros como pedernal, le interroga:

— ¿Y qué sugiere Ud.?

Es entonces cuando el ex Comandante en Jefe, leal hasta el último instante con el Presidente Constitucional, menciona lo que sugiere: que solicite un permiso constitucional por un año y abandone por ese tiempo el país. Se ve que Prats, pese a toda su penetración, no conoce a fondo el valor personal y la fría determinación de Allende.

Prats escribe: "(...) me mira con una expresión que nunca olvidaré, porque son sus ojos y no sus labios los que dicen: ¡'Jamás'!".

No hay más que hablar. El general constitucionalista le pide olvide lo que acaba de decir.

Fernando Flores ha asistido mudo a este momento histórico y dramático. Se nota profundamente abatido. El conversará al día siguiente con Prats para ofrecerle una casa de seguridad, porque teme por su vida. Ya se sabe de movimientos sospechosos de tropas. La Armada se apresta a participar en la Operación Unitas conjuntamente con la Flota del Pacífico Sur de los EE.UU., que por rara casualidad está por arribar a Valparaíso.

Como todavía no terminan de habilitar su departamento Prats duerme alternativamente en casa de sus familiares, pues su amigo Fernando Flores le ruega que no siga alojando en Pte. Errázuriz. El domingo visita a sus ancianos padres y pernocta allí con la señora Sofía. Viven en el paradero 13 de la Gran Avenida. Su madre recuerda que ese día conversó largamente con ellos, salió a dar una vuelta para que tomaran algo del sol primaveral, comprar el periódico y departir con ellos.

María Angélica rememora la noche del 10 al 11 de septiembre; "Se fue con mi mamá y con Cecilia a dormir en nuestra casa, que estaba en Tomás Moro con Imperial. Es decir, detrás mismo de la casa de Salvador Allende. Nuestros patios casi colindaban. Mi padre estaba muy preocupado. Cuando él estaba inquieto por algo, permanecía en silencio, tomando muchísimo café y fumando incansablemente. Sabía que corría peligro. Ya se lo habían advertido".

Es posible que también estuviese inquieto por lo que podría ocurrir en Chile y la suerte del Presidente Allende, a quien —diferencias aparte— llegó a apreciar muchísimo.

Los sucesos que aquí se narran de manera sucinta corresponden a testimonios debidamente corroborados por personas que los presenciaron, fueron sus protagonistas o los conocieron de fuentes acreditadas corresponden al 11 de septiembre de 1973).

5.30: Se sabe en la residencia del Presidente en Tomás Moro, que la Escuadra que se había hecho a la mar el lunes 30 ha regresado y los buques se distribuyen frente a las costas de Quintero, Valparaíso, Viña del Mar y San Antonio. La información procede del Prefecto de Carabineros de Valparaíso; la recibe el Subdirector de la Institución, Gral. Jorge Urrutia. Este llama al Presidente.

7.15: El Presidente Allende se dirige a La Moneda en su coche de uso personal, cuatro vehículos escoltas y 23 hombres, además de ametralladoras 30.06 y bazookas. Previo a la salida, el periodista Augusto Olivares ha llamado infructuosamente a Valparaíso al Alte. Montero y a los Generales Pinochet y Leigh. Allende habla con José María Sepúlveda Galindo, Director Gral. de Carabineros y Hermán Brady, Cte. en Jefe de la Guarnición de Santiago. Este asegura que está "adoptando las precauciones del caso".

7.35: El Presidente y su comitiva llegan a La Moneda. Ingresa por Morandé 80. Cinco minutos después se presenta en el Palacio Presidencial el Gral. de Carabineros, José María Sepúlveda, llevando un portadocumentos de color negro.

7.55: Allende graba su primera alocución al país difundida por Radio Corporación. Minutos antes y después de esta hora habla separadamente en su despacho con Luis Figueroa, Presidente de la Central Única de Trabajadores (CUT), y con el vicepresidente, Rolando Calderón.

8.20: El Presidente recibe una llamada de su Edecán Aéreo Cte. Roberto Sánchez desde el Grupo-7 de la FACH, para comunicarle que el Gral. del Aire Gabriel von Schouwen, Jefe del Estado Mayor, ha dispuesto un aparato para que abandone el país. Respuesta de Allende: "Dígale al Gral. von Schouwen que el Presidente de Chile no huye y que sepa cumplir con su deber de soldado".

8.30: Por Radio Sociedad Nacional de Agricultura se conoce la primera proclama de la Junta Militar de Gobierno firmada por el Gral. Pinochet; el Almirante Merino; el Gral. de la FACH, Leigh; y el Gral. Mendoza, donde se conmina al Presidente a dejar su cargo. Asegura que se inicia "La histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria" para evitar que caiga "bajo el yugo marxista"; ordena a los medios de comunicación adictos al gobierno a que se abstengan de entregar información y notifica a la población que no debe abandonar sus casas.

8.45: El Presidente se dirige de nuevo a la ciudadanía a través de la Oficina de Radiodifusión de la Presidencia para anunciar su decisión de mantenerse en el cargo.

8.50: El Director de Carabineros Gral. Sepúlveda Galindo le comunica a Allende que ha sido relevado de su cargo y que las tanquetas y fuerzas de Carabineros que protegían La Moneda procederán a retirarse por orden del nuevo director, Gral. César Mendoza.

9.15: Se radia el último mensaje dirigido al país por el Presidente a través de la Radio Magallanes, ya que la Fuerza Aérea abatió las antenas de Radio Corporación y Radio Portales.

En su discurso dice, en parte: "Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan Uds. sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor". Al finalizar, cuando se escucha el himno: "No nos moverán", la emisora es allanada.

9.20-9.30: El Presidente se reúne con sus Edecanes; Sánchez, FACH; Badiola, Ejército y Grez; Armada, quienes posteriormente abandonan el palacio presidencial al ser dejados en libertad de acción por el mandatario.

9.45: Doce de los veinte miembros del personal de la Dirección de Investigaciones abandonan el palacio de Gobierno. Los ocho restantes permanecen allí para defender La Moneda y al Presidente.

10.00: Allende se reúne con sus colaboradores más cercanos —Ministros, Subsecretarios, funcionarios de confianza-seis mujeres, entre ellas sus hijas Isabel y Beatriz, y sus hombres de seguridad. La siguiente es una versión no oficial, anotada por un testigo, de sus palabras: "Compañeros, del mismo modo que ninguna revolución puede triunfar si sus dirigentes no saben asumir sus responsabilidades en todo momento y hasta sus últimas consecuencias, también es cierto que las muertes inútiles no contribuyen en absoluto a la causa de la revolución". Hace una pausa y observa a su alrededor. "Las mujeres y los hombres que no tengan como defenderse, deben irse. Ordeno que las compañeras abandonen La Moneda. Quiero que se vayan. Yo no me voy a rendir, pero no quiero que el de Uds. sea un sacrificio estéril. Ellos tienen la fuerza. Las revoluciones no se hacen con cobardes a la cabeza, por eso me quedo. Los demás deben irse... No voy a renunciar. A todos les agradezco su adhesión. Los hombres que quieren ayudarme a luchar, que se queden. Tengo dos hijas que no tienen por qué estar aquí. Deben irse... Eso es todo, compañeros... "

10.15: El periodista Augusto Olivares, amigo y colaborador estrecho del Presidente, se dispara en la sien con una pistola calibre 22. Muere pocos momentos después. Allende queda profundamente conturbado.

10.25: Se recibe un llamado de la Junta Militar en la que se exige la dimisión del Presidente y la evacuación inmediata de La Moneda. En caso contrario, a las 11 de la mañana se procederá al bombardeo. La conminación es rechazada por el Presidente, quien de nuevo se niega a aceptar un avión para volar a cualquier país sudamericano al sur de Panamá, formulada por Patricio Carvajal.

Hora imprecisada: Se produce un amago de incendio en una pequeña sala del primer piso cuando funcionarios oficiosos tratan de quemar algunos documentos para evitar que caigan en manos de los militares.

Allende discute acremente (un testigo escuchó parte de la conversación) con sus hijas, en particular Beatriz que se niega a salir. Finalmente les ordena abandonar el Palacio.

12.00: Se produce el ataque con rockets sobre el Palacio de Gobierno por aviones Hawker Hunter. La Moneda se incendia parcialmente y queda casi completamente destruida. Hombres de seguridad del Presidente se baten hasta caer acribillados, hiriendo levemente en una mano al Gral. Javier Palacios que ha llegado al mando del Blindado Nº 2.

Aproximadamente a las cinco de la tarde: Se entabla un diálogo entre el general Pinochet, que instaló su puesto de mando en Peñalolén en las primeras estribaciones de la cordillera, y el general Urbina, destinado en Temuco pero que regresó en un avión. Ambos se llaman entre sí, por alguna razón que se desconoce, "hermano".

Urbina: ¿Cómo está todo, hermano?

Pinochet: Bien, el plan se cumplió como estaba previsto, hermano...

Urbina: ¿Dónde están los demás?

Pinochet: Todavía en sus puestos, hermano. Merino debe estar por llegar desde Valparaíso, Leigh y Carvajal están en el Ministerio de Defensa. Mendoza no sé dónde está pero llegará pronto al Ministerio.

Urbina: ¿ Y dónde está Bonilla, hermano?

Pinochet: Está en el Ministerio de Defensa...

Urbina: ¿Sabes una cosa, hermano? Ándate inmediatamente al Ministerio de Defensa, porque si no te vas a quedar sin puesto y sin mando.

Así lo hizo entonces el Gral. Pinochet. Horas más tarde jurará como miembro de la nueva Junta de Gobierno.

(La versión oficial es que el Presidente de Chile, Salvador Allende Gossens, se dio muerte por su propia mano usando para ello una metralleta AK-2, regalo del Primer Ministro cubano Fidel Castro).

Hay muchas dudas a este respecto alimentadas por el sigilo y medidas de seguridad adoptadas por los nuevos gobernantes tanto en lo que se refiere a la autopsia como a los funerales, además de vaguedad en la información. Años después, uno de los médicos de la Presidencia, Dr. Gijón, aseguró haber visto a Allende inmediatamente después de suicidarse, pero el ya citado Suplemento Especial de El Mercurio, escrito por Arturo Fontaine, sostuvo que otro médico presidencial, Óscar Soto, fue a buscarlo al Gran Living de La Moneda.

En los ámbitos privados de los militares se da hasta hoy el crédito de la "hazaña" de haberle dado muerte, a un rubio y delgado teniente llamado Rene Riveras, de modo que la causa de la muerte todavía no se determina. En 1977, Riveros ya es un elemento de la alta jerarquía en la DINA.

ULTIMA VISIÓN DE CHILE

A las ocho y media de la mañana, no bien María Angélica Prats salía hacia su trabajo habitual en Televisión Nacional, sonó el teléfono de su casa y respondió el General (R) Carlos Prats. Se trataba de Gonzalo Rodríguez, amigo de Cecilia e hijo del Gral. Ervaldo Rodríguez, uno de los leales camaradas de arma, que en ese tiempo servía el cargo de Agregado Militar en la Embajada en Washington.

Llamaba para informarle de lo que estaba ocurriendo y ponerse de acuerdo para conducirlo hasta la casa de su padre, quien había ofrecido a Prats la usara en cualquier contingencia. El militar sospechaba que no bien se produjeran los primeros tiroteos alguna unidad se desplazaría hacia la casa presidencial de Tomás Moro, ya que en ella quedó un fuerte contingente de guardias de seguridad para defenderla de cualquier ataque.

De inmediato entonces se puso en actividad. Su esposa Sofía y Cecilia irían en un coche y él subiría en el vehículo de Gonzalo Rodríguez, que milagrosamente salió del lugar en los minutos previos a la incursión que llevaron a cabo los tanques para prácticamente demoler la casa de Tomás Moro.

La residencia del Gral. Rodríguez estaba en ese tiempo en la intersección de Pocuro con Tobalaba. La desembozada vigilancia de elementos de seguridad sobre el departamento, todavía sin entregar para ser habilitado, le hizo entender a Prats que su vida corría peligro. Amigos leales le previnieron que tanto grupos terroristas de Patria y Libertad como un desquiciado comando de oficiales menores lo buscaban para darle muerte.

Aparte de sus familiares y de Gonzalo Rodríguez, sólo su ayudante Mayor Osvaldo Zavala, el Teniente Coronel asignado a la Comandancia en Jefe, Rene Escauriaza, y el coronel Rigoberto Rubio, conocían su paradero.

El lunes 10, previo al golpe, Prats redactó la carta al Congreso solicitando permiso para abandonar el país, pero la Junta Militar clausuró el Parlamento en una de sus primeras medidas, de manera que el ex Comandante en Jefe quedó obligado a obtener esta autorización de los nuevos gobernantes.

Su posición era de tanta peligrosidad que cuando la joven Cecilia Prats fue hasta la casa de Pte. Errázuriz para retirar los últimos efectos personales de su padre, la cocinera casi sufrió un desmayo:

—Pero, ¡por Dios, señorita Cecilia! ¿Qué anda haciendo aquí? ¿No sabe que a su papá lo andan buscando para matarlo?—, le dijo sin truculencia alguna.

Incluso el guardia personal de Prats, un suboficial, fue advertido que si lo encontraban con él también lo asesinarían. El clima era insostenible, en particular para sus hijas, porque el general no siempre guardaba las precauciones indispensables.

No había lugar a equivocación. Carlos Prats estaba forzado a abandonar Chile lo antes posible. Por esa razón fue hasta la casa de sus padres para despedirse, pero con esa cierta obstinación que ponía los pelos de punta a sus hijas llegó hasta la Gran Avenida en su propio automóvil, el mismo Fiat 125 modelo 1973 de color gris que resultó casi desintegrado por la bomba que estallaría frente a la puerta de la cochera de Malabia.

Gonzalo Rodríguez y Víctor Castro, marido de Angélica, se trasladaron a la casa de sus padres para evitar que fuera reconocido.

El ex Comandante en Jefe llamó al Gral. Pinochet y le manifestó a uno de sus ayudantes que deseaba salir de Chile con destino a Argentina; para eso necesita el correspondiente salvoconducto y las garantías necesarias para llegar sano y salvo a la frontera. Se le indicó que el Comandante en Jefe se comunicará con él.

Se ha instaurado un Toque de Queda riguroso. Durante los primeros días se mantiene en la práctica a todos los santiaguinos dentro de sus casas. La ferocidad del Golpe provoca pavor en la gente; nadie se siente dispuesto a salir a la calle; en las noches se escucha en todos los barrios el tableteo furioso de las ametralladoras que sugiere violentos enfrentamientos.

Estos ciertamente se producen, pero pronto comienza a conocerse la verdad: la tropa se divierte disparando al aire o a todo lo que se mueve para amedrentar a la población y mantenerla en sus casas.

Las hijas de Prats lo recuerdan por esos días, tenso, fumando un cigarrillo tras otro, escuchando con avidez las noticias, que por lo general se reducen a bandos de la Junta Militar cada vez más intimidatorios. Se entregan listas de personas que deben presentarse en el Ministerio de Defensa.

No bien conoció la estrategia usada para atacar La Moneda, de seguro Carlos Prats tendrá que haber recordado cuando en 1969, el General Schneider realizó con el Estado Mayor de la Defensa Nacional un estudio de probabilidades en relación con las variables que se manejaban frente a la elección presidencial del 4 de septiembre.

El análisis desarrollado en esa ocasión, del cual Prats fue uno de los especialistas que lo llevó a cabo, barajó diversas posibilidades. Una de ellas fue la elección de Alessandri por el Congreso a pesar de no haber obtenido la primera mayoría. Esta variable se clasificó como la más dañina para la Seguridad Nacional, porque se consideró que el pueblo podría reaccionar violentamente frente al despojo, con riesgo para la institucionalidad.

El estudio secreto fue conocido por algunos políticos de derecha y de seguro que ello enajenó su voluntad en contra de Schneider y de quienes seguían sus preceptos, pues quedaba en evidencia que el Alto Mando no propiciaba la designación de Alessandri por el Congreso por el alto peligro que conllevaba.

Precisamente por eso, por primera vez se contempló una acción mancomunada Carabineros-Militares, con mando militar, consistente en un plan de defensa de Santiago que tenía como eje el Palacio Presidencial, estimada la zona más crítica de la capital. Se hizo un bosquejo en el cual

La Moneda estaba en el centro y se dibujaron cuadrados concéntricos en cada uno de los cuales se proyectó contar con unidades que interceptaran el paso a los posibles atacantes en diversos puntos considerados estratégicos. Carabineros tendría la misión de rodear la zona donde se levanta la sede del gobierno.

Este mismo plan, sólo que invirtiéndolo, se aplicó para atacar La Moneda y vencer la débil resistencia que podía oponer Allende con una cincuentena de hombres en capacidad de defenderlo, sin contar con los francotiradores apostados en todos los edificios públicos circundantes.

El viernes 14 de septiembre Prats recibe un llamado de Pinochet. Con su característico hablar un poco farragoso, le explica que ha tenido grandes dificultades para obtener acuerdo sobre su salida del país, mucho más cuando se dan a conocer versiones desde el exterior —una de Radio Moscú emanada, al parecer, de Lima— en el sentido de que Prats avanza con una fuerza liberadora desde el sur.

Se trata de una patraña inventada —se dijo— por la propia Junta, porque el ex Comandante en Jefe no se ha movido de Santiago, como a Pinochet le consta.

Es entonces cuando el Comandante en Jefe en funciones le advierte que sólo podrá conseguir el permiso si accede a presentarse públicamente ante las cámaras de televisión para garantizar que no está comandado tropa alguna para enfrentar a las FF.AA.

Prats acepta el acuerdo. No tiene muchas alternativas, a pesar de que jamás ha pasado por su mente encabezar fuerzas para batirse con sus ex compañeros de armas. Su comparecencia produjo consternación en quienes creyeron la falsa versión del supuesto avance de un ejército fantasmal marchando sobre Santiago, pero más a quienes vieron al enhiesto general permanecer en todo momento con las manos debajo de una estrecha mesa. En muchos quedó la idea de que estaba esposado, pero no fue así.

El general se sentía abatido y humillado, porque mucho antes de producirse el quiebre institucional habló con Allende a fin de solicitar autorización constitucional para salir de Chile.

En su breve alocución manifestó:

"He sido informado por las autoridades militares de que se está difundiendo hacia el exterior la versión de que yo encabezaría militarmente la resistencia armada contra la Junta de Gobierno. No tengo otros antecedentes sobre la situación que vive el país que las informaciones oficiales difundidas por cadena nacional. Pero declaro enfáticamente que tal presunta versión clandestina cuya procedencia no califico, es totalmente falsa. Desde que renuncié a mi cargo de Ministro de la Defensa Nacional y me retiré de las filas del Ejército me he mantenido totalmente marginado de acciones públicas y políticas. Tan cierto es lo anterior, que desde antes del derrocamiento del gobierno del señor Allende tenía el propósito de ausentarme temporalmente del país para lo cual necesitaba la autorización de la Honorable Cámara de Diputados por las circunstancias de haberme desempeñado como Ministro de Estado. El lunes 10 tenía redactada la solicitud correspondiente, pero, como a partir del martes 11 el Parlamento quedó en receso, solicité que la Junta de Gobierno me concediera el permiso para salir del país lo que espero, me sea otorgado".

"Como lo expresara en mi carta pública de fecha 23 de agosto dirigida al entonces Presidente señor Allende, no quise constituirme en factor de quiebre de la disciplina institucional, razón por la que renuncié indeclinablemente al cargo de Ministro de Defensa Nacional y voluntariamente me alejé de la Comandancia en Jefe del Ejército. Ahora que soy un simple ciudadano sin autoridad ni representatividad, está muy lejos de mi ánimo interferir en el proceso contingente nacional, porque por conciencia de cristiano y formación de soldado no deseo contribuir al derramamiento de sangre entre compatriotas. Muchas Gracias".

Este agravio televisado para un militar de honor, considerado por muchos como la reserva moral de un Ejército no deliberante y respetuoso de la institucionalidad, fue la cuenta que le pasaron sus innumerables enemigos golpistas.

No todos quedaron satisfechos ni con la sanción, ni con la autorización de su salida. Había quienes deseaban enfrentarlo a un Consejo de Guerra. Como no lo lograron en ese momento, se prepararon para una segunda vuelta de revancha.

ARDUO TRAMO HASTA MENDOZA

Numerosas son las versiones que se tejieron alrededor del viaje del ex Comandante en Jefe hasta Mendoza. Casi todas adolecen de omisiones y algunas son contradictorias entre sí. Solamente hoy, luego de un moroso proceso de indagación es posible conocer con detalles lo ocurrido en el camino.

No deja de ser afrentoso enterarse que es el propio Ejército argentino, con el General Carcagnó en ese momento al mando, el mismo que postula una modalidad argentina de la Doctrina Schneider en oposición a la de las "fronteras ideológicas" de Onganía, el que exige garantías para el general Prats e incluso toma contacto con los oficiales leales a su ex jefe máximo para que éste pueda llegar indemne a territorio del país hermano.

Ni siquiera las hermanas Prats conocen con absoluta certeza esta operación, ni con su acostumbrada reserva Carlos Prats deja asentada en sus Memorias detalles de la acción.

Por lo pronto, tanto Escauriaza, como Rubio y Zavala, distinguidos oficiales, impiden a las patrullas que conducen y regresan a Prats tras su intervención televisiva que se acerquen hasta la casa del general Ervaldo Rodríguez. Permiten que se conozca la zona donde está el general, pero no el lugar exacto, para evitar un atentado.

Saben muy bien que habrá peligro en el camino.

El día previo, la familia se reúne por última vez a tomar el té en la casa del general Rodríguez. Como el toque de queda es a las 18 horas hasta las 6.00 horas de la mañana siguiente, a las cinco de la tarde se despiden de él. La señora Sofía debe quedarse un tiempo en Chile, pues su hija mayor tenía entonces más de ocho meses de embarazo.

Tanto María Angélica como Sofía sienten el ruido del helicóptero que conduce al general cerca de las siete de la mañana del 15 de septiembre. Ellas cuentan hoy la muy diferente disposición que observan en el instante de despedirse de su padre. Acostumbradas a verlo en una acción casi refleja de guardar su pistola de servicio, las pone tensas advertir que ahora carga una pistola más potente, amartillada para ser usada en cualquier momento y con un gesto de decisión desconocido para ellas.

Piensan -así lo cuentan- que el conductor habitual de Prats, Germán López, viaja solo en el automóvil de su padre con sus pertenencias, pero ignoraban que en el auto va también el coronel Rene Escauriaza, que se eligió a sí mismo como señuelo. Este militar ejemplar, ya fallecido -muerte natural, para evitar cualquier suspicacia-, usó la gorra del general para viajar por tierra.

Ricardo Lagos, abogado y economista exiliado en Buenos Aires como Carlos Prats, cuenta en dos artículos aparecidos en noviembre de 1974 en "La Prensa" de Lima, algunos antecedentes ignorados, como por ejemplo que el decidido Escauriaza es interceptado primero por oficiales de la Fuerza Aérea de Colina (los aviadores acusaban equivocadamente a Prats de provocar la salida de Ruiz Danyau), y de nuevo debe sortear un intento de intercepción al llegar a la ciudad de San Felipe. Lagos, que firma con el seudónimo de Marco Sifuentes, dice que tenían órdenes de fusilar a Prats.

El coronel (R) Carlos Ossandón da fe de estas versiones, pues le correspondió retirar del coche personal de Prats pertenencias del coronel Escauriaza, incluyendo municiones; y recoger la gorra del ex Comandante en Jefe.

Este por su parte hizo el viaje acompañado por el decidido mayor Osvaldo Zavala. Subieron a un helicóptero militar que zarpó desde Tobalaba con destino a Portillo, para desde allí dirigirse en automóvil a Las Cuevas.

Siempre preocupado de sus oficiales, el general Prats es deliberadamente vago en sus Memorias con respecto a este punto y a las incidencias que se producen, porque teme le pueden representar dificultades a sus leales colaboradores.

Al parecer, el piloto del helicóptero no fue advertido de que su pasajero era el ex Comandante en Jefe del Ejército. Cuando lo supo adoptó actitudes que hicieron dudar de sus intenciones a Zavala, quien le puso una pistola en la cabeza de la misma manera que convenció al teniente Garay durante el llamado "tancazo".

Esta versión nunca fue corroborada oficialmente por el general Prats, preocupado de evitar riesgos para un hombre tan valioso como Zavala, quien debía volver a Chile. Al parecer el hecho es efectivo y si alguna duda existiera no deja de ser significativo que ese mismo año pasó a retiro. Tiempo más tarde falleció.

El caso es que el general Carlos Prats llegó a las 7.40 horas del 15 de septiembre de 1973 a Portillo, donde lo esperaban el teniente coronel Rene Escauriaza y el chofer Germán López, quienes además del mayor Zavala salen con destino a Caracoles para proceder al trámite aduanero.

En el límite de la frontera lo esperan el teniente coronel Antonio Losardo, del Cuartel General de la VIII Brigada de Infantería de Mendoza y el Comandante Principal, Alejandro Bonamusa, Jefe del Escuadrón 27 de Punta de Vaca de la Gendarmería Nacional. Ambos han sido destacados allí para recibirlo y escoltarlo hasta Mendoza por orden directa del Comandante en Jefe del Ejército de Argentina, General Jorge Raúl Carcagno.

Antes de despedirse de sus escoltas, a quienes abraza con emoción porque no sólo son sus colaboradores y amigos en una hora amarga sino constituyen para él la prolongación de sus nociones sobre lo que deber ser un militar profesional, Prats le hace entrega al coronel Escauriaza de una carta dirigida a Pinochet.

"El futuro dirá quién estuvo equivocado. Si lo que Uds. hicieron trae el bienestar general del país y el pueblo realmente siente que se impone una verdadera justicia social, me alegraré de haberme equivocado yo, al buscar con tanto afán una salida política que evitara el golpe", dice en una parte de ella.

Lejos está este hombre limpio y de acrisolada conducta profesional de imaginar en lo que Pinochet convertirá al Ejército por el cual tanto sacrificó. No mucho después conocerá a un Pinochet diferente, ávido de poder y que irá despejándose el camino para convertir su mandato en una dictadura unipersonal.

No se trata en este caso de una pureza con carencia de malicia que lo caracterizara en vida. El militar a quien designó siempre como su subrogante engañó a muchos con sus modales obsequiosos y su lealtad aparente.

No le ocurrió sólo a él: Felipe Herrera sería testigo de cómo al producirse el golpe Hortensia Bussi de Allende exclamaba conmovida: "¿Dónde estará Pinochet? ¿Qué habrá pasado con el pobre Pinochet?"

Tampoco sabía Prats que no pasaría la siguiente primavera.


Notas:

1. Ver texto completo de la carta en Anexo Nº 4.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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