Bomba en una calle de Palermo

CAPITULO III

EL GENERAL IMPENETRABLE

"El chileno del año, precisamente por serlo, no necesita mayor presentación. Hace un lustro era un coronel penquista, de brillantes estudios, aficionado a la pintura y a la literatura y reservado hasta el punto de que nadie sabía (ni sabe hoy) sus ideas políticas. ¿De izquierda? ¿De derecha? Ahora General, Comandante en Jefe del Ejército, ex Vicepresidente de la República, Ministro del Interior, Carlos Prats sigue su propio y misterioso camino, siempre silencioso, siempre reservado, impermeable a los elogios, levemente susceptible a la crítica (como buen militar, acostumbrado a mandar y a no ser discutido). En sus manos, en buena parte, está el futuro de Chile".

("Qué Pasa", 28-XII-l972)

El General Carlos Prats asume la Comandancia en Jefe del Ejército el 27 de octubre de 1970. En el mismo momento de alcanzar el más alto cargo al que puede aspirar un militar dentro de su rama, comienzan las innumerables pretensiones de manipularlo, de uno u otro lado del espectro, que conocería durante su mandato.

El Presidente Frei le cuenta el cuento de que ha tomado la decisión de designarlo Comandante en Jefe sin consultar a Allende, aunque como está dicho estaba enterado de la intención de éste de respetar la antigüedad en el mando.

Este primer empeño por abusar de su buena fe es en sí mismo anecdótico, pero indica hasta qué punto en lo sucesivo tendrá que mantenerse a la defensiva para evitar ser usado en un sentido o en otro. Casi siempre acierta; en oportunidades se equivoca por exceso de quisquillosidad o recelo de que sus interlocutores estén proponiéndose sobrepasar sus atribuciones militares o queriéndole vender gatos por liebres.

Pocos factores jugaron más en desmedro suyo que su hipersensibilidad frente a sugerencias relacionadas con atribuciones que estimaba sólo le competían a él como jefe máximo de su institución. Esta consideración algo altiva de sus prerrogativas, sumada a su inquebrantable lealtad para con sus subordinados, le jugaría malas pasadas en los tiempos venideros.

Antes de producirse la ceremonia de transmisión del mando, Prats tiene una primera satisfacción al enterarse que su antiguo profesor de la Escuela Militar, Alejandro Ríos Valdivia, ha sido seleccionado por Allende como Ministro de Defensa. El general tiene particular aprecio por el veterano político radical, maestro de varias generaciones de soldados.

Un mes después de ser confirmado en su cargo por Allende, se reúne con él y Ríos Valdivia en Tomás Moro para dar cuenta de los cambios en los mandos superiores. En esa oportunidad, el Presidente le pide que pase a retiro al General Manuel Pinochet, responsable de una feroz represión contra los obreros del mineral El Salvador en el período de Frei, y al general Alfredo Canales, de conocidas vinculaciones derechistas.

Con esa parquedad tan típica, Prats anota en sus Memorias: "Objeto su decisión por no estimarla justificada institucionalmente". Quiere dejar las cosas en claro desde un principio: no permitirá que nadie — ni el Presidente— intervenga en resoluciones de su competencia.

Allende acepta y entiende su posición, porque con mucha perspicacia obtuvo del conjunto de los partidos de la Unidad Popular el asentimiento para determinar libremente todo lo referido a las Fuerzas Armadas. El avezado político socialista estaba muy consciente de cuál debía ser la política frente a los militares y ante la Iglesia.

También es claro el Presidente para notificar a Prats de que en lo sucesivo será el único responsable de la conducta profesional de su rama.

Los ejemplos de las dificultades enfrentadas por el Comandante en Jefe por inconductas, maquinaciones o actitudes directamente deliberativas de militares de alto rango a los que defendió y prorrogó su paso a retiro aun cuando esta determinación estaba justificada, son numerosos. Lamentablemente la limpieza de procedimientos de Prats no sólo no fue correspondida por sus pares, sino en ocasiones utilizada en su detrimento.

Canales sería el peor cuchillo esgrimido contra el Comandante en Jefe. Por esos mismos días, la Junta Calificadora incluyó en la cuota de eliminación al coronel Hermán Brady, quien recurrió a la Junta de Apelación. No hay constancia que el General Prats se moviera en su beneficio —no estaba dentro de sus pautas de conducta—, pero sí se puso en acción cuando no bien Brady fue favorecido por la apelación la Comisión de Defensa del Senado denegó su ascenso a general de brigada.

El Comandante en Jefe se movilizó de manera que la votación se reabriera y Brady ocupara un lugar dentro del Cuerpo de Generales. Más tarde sería uno de los más habilidosos intrigantes para precipitar su renuncia.

Prat se negó siquiera a oír hablar de responsabilidad del general Ernesto Baeza ante una denuncia en el Senado de su presidente Tomás Pablo relacionada con una supuesta red de espías húngaros. Baeza fue otro de los artífices del Golpe y su esposa una de las activistas en la manifestación de mujeres realizada ante su casa.

Aceptó las explicaciones que le ofreció a regañadientes el general Oscar Bonilla, después uno de los "dueños" del Golpe, por sus contactos políticos con el senador democristiano Juan de Dios Carmona. Desechó los recelos manifestados por Allende frente a la designación del coronel Felipe Geiger Stahr como Comandante del Regimiento Buin, mando de tropas de primera consideración, en términos de poder de fuego y manejo estratégico del Golpe, en circunstancias de que el Presidente había recibido denuncias fundadas sobre su lealtad.

Los errores de apreciación que pudo cometer el General Prats a la hora de juzgar a Pinochet no son imputables al candor, porque ya se conoce la rara capacidad de mimetización del actual Capitán General.

Algo más de un año tardó la oposición en reajustar sus cuadros tras el descalabro de la elección de Allende como Presidente. La derecha, en particular, acusó el golpe, y las instituciones empresariales tradicionalmente alineadas en esa tendencia comenzaron a tomar posiciones frente a las reformas propuestas especialmente por Pedro Vuskovic desde el Ministerio de Economía. Se constituye el Frente Nacional del Área Privada (FRENAP), que tiene como misión nuclear a los grandes intereses monopólicos con los medianos y pequeños productores, que otrora no merecieran su atención.

La respuesta de los partidos de gobierno no es lo oportuna ni lo cohesionada que se precisa, pues se enfrascan en discusiones internas que lastran la dinámica del proceso. Prats le observa más tarde a Allende que no podría afirmar si sus enemigos, más contumaces están en la oposición o dentro de los propios partidos de la Unidad Popular.

Todavía, sin embargo, se mantiene la mística de la victoria electoral. Allende visita y recibe como anfritrión a otros jefes de Estado. Viaja hasta Salta para juntarse con el Presidente Lanusse, en Argentina, quien devuelve el cumplido reuniéndose en Antofagasta con el Presidente chüeno, quien a mediados de 1971 realiza una visita oficial a Ecuador, Colombia y Perú.

Motivo de gran euforia popular constituye la venida de Fidel Castro, que prodiga su embrujo de charlador inagotable, acostumbrado a mezclarse con multitudes, chanceando con algunos, preguntando para enterarse de todo, o asombrando con su memoria prodigiosa.

Recorre gran parte del país en una visita que la oposición alega es muy prolongada. Fidel se queja a su vez en Valparaíso de que la tradicional hospitalidad chilena es desdicha por la prensa: "En el afán de mortificar al visitante y de mostrarlo como un intruso y metido en todo, hablan de que van tantos días y que la reina de Inglaterra y el príncipe tal estuvieron tantos días..."

No fue inútil para el Primer Ministro cubano permanecer más de tres semanas en Chile, porque le correspondió estar presente en la primera manifestación masiva y concertada de los sectores contrarios al Gobierno: la marcha de las cacerolas vacías, inscrita en las técnicas de desestabilización recetadas por la CIA en Brasil, en 1964, para expulsar de la Presidencia a Joao Goulart.

En la manifestación de despedida a Fidel Castro, el Presidente Salvador Allende ironizó: "Manifestación que tenía como expresión de protesta las ollas vacías de aquellas que nunca supieron de la carencia de alimentos y que llegaron en poderosos vehículos; jóvenes hijos de sus papas que nunca le trabajaron una hora a nadie y muchachitas que jamás han lavado una olla."

Fidel Castro regresó, no obstante, preocupado por los síntomas de quiebre abrupto de la sociedad que ya comienzan a manifestarse y el desentendimiento entre los partidos gobiernistas. De entre las muchas anécdotas que nutrieron la historia menor de su gira, una que adquiriría relevancia mucho después: en un acto oficial en homenaje a Bernardo O'Higgins, el mandatario cubano estuvo acompañado por el Comandante General de la Guarnición de Santiago, quien

debió extremar sus energías para protegerlo de sus admiradores. El militar se llama, Augusto Pinochet Ugarte.

El General Carlos Prats sobrelleva con serenidad sus propios problemas en 1971. Durante la celebración del Día de la Infantería, celebrado para conmemorar el asalto y captura del Morro de Arica, el General Canales aprovecha la oportunidad para introducir de contrabando algunas de sus reaccionarias ideas políticas. Allende se enoja, pero no interfiere en las responsabilidades del Comandante en Jefe.

"Desearía que el tiempo no le demuestre más tarde que se equivocó al confiar en la lealtad de quienes ahora defiende con tanto celo", le observa con leve pero cortés ironía.

Entre muchas virtudes, Allende poseía la de una penetrante capacidad sicológica para analizar la naturaleza más íntima de los colaboradores que lo rodeaban y detestaba el servilismo. Apreciaba a Prats porque lo sabía íntegro y confiable, aunque -para gusto suyo- un poco testarudo. En una oportunidad le expresó sus deseos de que el general Brady dejara la VI División de Ejército en Tarapacá y fuera trasladado a Santiago. El Presidente conocía bastante a Brady y pensaba que en un momento dado podría ponerse de su parte. En todo caso dejó en manos de Prats la decisión final.

Era difícil para el militar de más alto rango congeniar sus apreciaciones profesionales con respecto a la capacidad de sus hombres y las posiciones políticas que éstos sustentaban en su fuero íntimo. Estas emergían en determinadas circunstancias y muchas de ellas no eran percibidas en su exacta dimensión por Prats, ya que carecía de nociones partidistas y desconocía los sinuosos vericuetos de la política.

Pero era un hombre inteligente y sagaz para advertir la traición cuando la tenía enfrente de su vista. Encara con energía arrestos como los del coronel Labbé con oportunidad de traspasar la dirección de Escuela Militar al coronel Floody donde aquel desliza una frase oblicua de crítica al mando mayor; y también la insolencia con que el general Bonilla se defiende del cargo de mantener continuas reuniones con el senador de la derecha Demócrata Cristiana, Juan de Dios Carmona. Labbé deberá acogerse a retiro en poco tiempo y Bonilla ofrece matizadas explicaciones delante de todo el Cuerpo de Generales, pero luego le hace llegar una carta que satisface a su Comandante en Jefe.

Sin complacencia alguna, Prats advierte que su análisis de años precedentes era correcto: existen importantes diferencias entre tener a su cargo el Ejército en un gobierno de centro o de derecha moderada, que timotearlo en uno atípico de izquierda encaminado a instaurar el socialismo que produce rechazo en la burguesía y los altos intereses económicos y un nada velado hostigamiento de Estados Unidos. Presiente que el país se está dividiendo en dos bandos, y él está en algún sentido en el medio, aunque con deberes muy específicos de respaldo a un gobierno legítimamente constituido. La subordinación del poder militar al orden civil no es para Prats un principio elástico, alternativo, para ser aplicado cuando todo se desarrolla normalmente y a satisfacción de los institutos armados, pero susceptible de desconocer si los mandos consideran que los detentadores del poder civil actúan con criterios equivocados, o sobrepasan las atribuciones contenidas en la Constitución.

Los detractores de la gestión Prats han argumentado con posterioridad que exageró su celo en la protección del orden legítimo hasta involucrarse en él, como uno más de sus adherentes. Una crítica carente de base e injusta.

Su hogar constituye un oasis de descanso. Los pocos domingos que puede compartir con su esposa Sofía y sus tres hijas, dos de las cuales le han dado nietos, lo recompensan de muchos sinsabores. Descansa hasta tarde en la cama, a mediodía visita a algunos amigos, regresa invariablemente con empanadas o "con algo rico para el almuerzo", según recuerdan sus hijas.

La presencia del General Alfredo Canales es un fantasma omnipresente para Prats que extrema su tolerancia. Se sabe que después de la llamada "marcha de las cacerolas", el militar derechista anunció a quien quiso escucharle que "los días de Allende están contados". Luego, cuando en enero de 1972, a raíz de una elección parlamentaria parcial la oposición recuperó dos escaños en Colchagua y Linares, el general arreció en sus invectivas contra el gobierno. En esa ocasión la democracia cristiana apoyó la candidatura del derechista Sergio Diez.

Prats le recomendó en forma oficiosa a Canales por intermedio de otros uniformados que morigera sus críticas y luego lo reconvino de manera oficial. Como la situación se prolonga, el Comandante en Jefe aprovecha una visita a Viña del Mar para entrevistarse directamente con el general, que hace uso de vacaciones, para pedirle que presente su expediente de retiro.

En la oportunidad, desencajado y vociferante, Canales se niega a retirarse de motu proprio y desafía a su Comandante en Jefe que la pida a través del Presidente de la República. Lo amenaza incluso con lanzar una campaña por los medios de comunicación para "hacerlo caer antes de dos meses".

El episodio sigue diversos cursos, pero el resultado es contraproducente: Canales, que sabe tendrá que abandonar el servicio activo, prefiere hacerlo desde posiciones de fuerza. Aprovecha una conversación social con el Almirante Horacio Justiniano —inadvertido de todo— para confidenciarle que habrá un Golpe Militar en menos de 60 días y que si lo echan, "él sabrá cómo mover a los muchachos".

Justiniano no tiene más alternativa que enterar de esta conversación a su Comandante en Jefe, Almirante, Raúl Montero, quien a su vez lo transmite a Carlos Prats.

El Comandante en Jefe del Ejército entiende de inmediato la maniobra: la estrategia de Canales es precipitar una decisión del alto mando para declararse en rebeldía y arrastrar detrás de sí a otros generales descontentos o ya concertados con él. A esas alturas todo se puede esperar.

Canales es hombre a quien no le preocupa demasiado qué medios usa para obtener sus propósitos. En la discusión sostenida precedentemente con Prats, dijo que en la División de Ejército existía un Oficio Reservado presentado por el oficial Horacio Toro, Comandante del Regimiento "Guías" de Concepción, zona a cargo del General Ervaldo Rodríguez, amigo leal de Prats. Toro menciona en él que en un viaje a Santiago escuchó opiniones de generales de que "el Comandante en Jefe era débil y estaba entregado al Gobierno". Su honor le impide identificar a quienes sustentan esta opinión, pero asegura que él mantuvo en su poder la única copia del informe. La actitud de Canales tendrá como consecuencia para Toro la pérdida del mando de tropas. Nunca se supo cómo Canales obtuvo copia del Oficio Reservado.

A ello se agrega que el Comandante Geiger, a cargo del Regimiento Buin, hizo objeto de un deliberado desaire al Presidente Allende y a los titulares del Senado y la Corte Suprema cuando en el ceremonial de Juramento a la Bandera, pronuncia un discurso ignorando la presencia de los altos dignatarios. El propio Prats salva la situación subiendo al estrado para decir algunas palabras y dar cuenta de la asistencia de las personalidades presentes.

En medio de este ambiente enrarecido, a propósito de una reafirmación del Comandante en Jefe que las FF.AA. deben cumplir la Constitución, el General Bonilla da su opinión en el sentido de que lo que corresponde es "no sólo respetar la Constitución, sino hacerla respetar", palabras calcadas a las que poco después pronunciaría el senador Carmona. Prats contesta a Bonilla que para "hacer respetar la Constitución, los militares tendrían que echársela al bolsillo".

Ya se perciben las claves de la concertación. Prats juega sus cartas con decisión y pasa a retiro a Canales, abriendo la espita de una riada de críticas de la prensa, que al no amainar lo obligan a acudir al Colegio Nacional de Periodistas, a cuyo frente está circunstancialmente María Eugenia Oyarzún opositora decidida al Gobierno de Allende.

Prats pide en su carta que se ponga fin a una campaña "de grupos minoritarios antidemocráticos, cuyos postulados buscan conculcar las libertades públicas, entre ellas, la libertad de expresión esencia misma del genuino periodismo", añadiendo que las Fuerzas Armadas velan por la sobrevivencia de la soberanía de la nación. "Para este solo fin, el Estado y su pueblo entregan armas a la fuerza pública; por lo que es ilícito usar el poder militar para atentar contra la integridad misma de la comunidad nacional y contra su sistema de vida democrático". Advierte también en su moderada carta que promover la ruptura de la disciplina dentro de la institución sólo hará avanzar al país hacia la violencia. "Los soldados no cometeremos el crimen de lesa patria de adoptar iniciativas espurias, que nos conduzcan a empapar nuestras armas y uniformes con la sangre de miles de compatriotas".

La periodista parece concluir de la carta que en ella se la alude de modo personal, de manera que luego de asegurar su respeto por las FF.AA., expresa: "(...) Yo he sido siempre partidaria y lo reitero hoy públicamente y más que nunca que nuestras Fuerzas Armadas deben estar en sus cuarteles, deben respetar la Constitución y sobre todo, señor general, deben darle seguridad a la Nación (...) Nunca quisiera ver yo que en mi país, donde he nacido y he tenido a mis hijos, se produzca una situación en la que los soldados cometan el crimen de lesa patria de adoptar iniciativas espurias que empapen sus armas y uniformes con la sangre de miles de compatriotas. Estoy dispuesta a hacer cualquier sacrificio para evitar que esto ocurra".

María Eugenia Oyarzún, hoy Directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, fue designada por el gobierno del General Pinochet, Embajadora de la Organización de Estados Americanos (OEA) y Alcaldesa de Santiago.

UNIFORMES EN LA MONEDA

La violenta tempestad que significó el Paro de Octubre envuelve a Carlos Prats de tal manera que termina sentado en el Palacio de Gobierno como Ministro del Interior. Se trata de una huelga de patrones, ciertamente la más original de la historia del país. Comienza el 10 de octubre de 1972 y sus ondas expansivas adquieren una magnitud que casi acaban en un enfrentamiento físico. Es, sin duda, un pulseo de la oposición para determinar el apoyo que el gobierno tiene en las FF.AA. y en la ciudadanía. Una suerte de ensayo general de un Golpe de Estado, pues al movimiento se van plegando paulatinamente los gremios empresariales y las organizaciones de la burguesía, todo esto orquestado por la estridente banda de música de los medios de comunicación opositores.

Comenzó oficialmente el 10 de octubre de 1972 como una huelga de protesta de la Confederación de Dueños de Camiones de Chile, presidida por el empresario León Vilarín. La Confederación aglutinaba a todos los sindicatos de dueños de camiones del país, los cuales se obligaban a asociarse a ella desde el momento en que solicitaban patentes para sus vehículos en cualesquiera municipalidad. Se trató de una ley que pasó de noche por el Congreso con las apariencias más inofensivas, pero que en el fondo le concedía un poder monopólico a la Confederación.

Muy pronto se convierte en un Paro Nacional de enormes proporciones, que como una hiedra descomunal lo va cubriendo todo. Considerando que la información radial es tendenciosa, el Jefe de Zona en Estado de Emergencia, General Bravo, implanta una cadena radial obligatoria en Santiago.

Las ondas expansivas del movimiento enturbian todas las actividades productivas de la nación, pues mientras los empresarios cierran sus industrias en apoyo de la huelga, los trabajadores las abren por su cuenta en solidaridad con el gobierno.

Es en este momento que Allende acude a las FF.AA. para que asuman tres ministerios dentro de la administración. Lo consulta con Prats, quien se manifiesta dispuesto a colaborar en el entendido de que el Gobierno seguirá con su programa pero en estricto apego a la Constitución y las leyes. Teme el alto oficial que el ingreso de los uniformados en un régimen donde hay quienes, para salvar el empantanamiento a que los somete un Estado acostumbrado a operar para una coalición determinada de intereses sociales y políticos procuran burlar algunas disposiciones legales, pondrá a las FF.AA. en una posición difícil. A pesar de ello sustenta la esperanza de

morigerar los bríos de la izquierda, por un lado, y hallar comprensión en las dirigencias de la Democracia Cristiana, por el otro, habida cuenta de que ya antes se evitó un enfrentamiento a través de un estatuto de garantías constitucionales.

Así lo percibe también la derecha. Prats recibe entonces, duras críticas del Congreso y es centro del humor corrosivo de diarios como "Tribuna" y de las revistas "Sepa" y "P.E.C.", cuyo director se instala prudentemente en Mendoza.

Finalmente, el 1º de noviembre, por petición expresa del Presidente, Carlos Prats asume como Ministro del Interior sin perjuicio de mantener su calidad de Comandante en Jefe; el Almirante Ismael Huerta como Ministro de Obras Públicas, y el General de Brigada Aérea, Claudio Sepúlveda, en el Ministerio de Minería.

Prats sabe que la solución al Paro es una tregua política a través de un arbitraje imparcial. Determina que en 72 horas se pondrá término al conflicto que tiene a Chile paralizado, y al mismo tiempo prepara con los responsables de las carteras de Hacienda, Economía y Trabajo —con visto bueno de Allende— una fórmula viable para los huelguistas.

Los dirigentes gremiales en paro aceptan los términos propuestos, básicamente porque prevén que la presencia de las FF.AA. garantizará las elecciones parlamentarias de marzo del año entrante, donde confían obtener ventajas.

Técnicamente la partida termina en tablas, pero el país ha sufrido una cuantiosa pérdida económica -170 millones de dólares calculan- y la oposición ya domina la técnica para golpear donde más duele, sobre todo si los empresarios no conocieron sangría económica alguna. Abundan las pruebas de que sobró dinero llegado desde el exterior por nada misteriosos conductos para sostener a los huelguistas.

El 29 de noviembre de 1972, el Presidente Salvador Allende inicia una extensa gira que alcanzará hasta la Unión Soviética con un trascendental paso por las Naciones Unidas. Al General Prats le corresponde subrogarlo como Vicepresidente de la República, cargo que jura el día previo a la salida.

Allende hace una escala en Lima para entrevistarse con el Presidente Velasco Alvarado, provoca verdadera conmoción popular en México donde es recibido por multitudes delirantes de entusiasmo (pieza magistral es su discurso improvisado en la Universidad de Guadalajara, donde insta a Luis Echeverría a que lo acompañe y logra el milagro de que no pifien al Presidente mexicano); se dirige a un atestado hemiciclo de la sala de conferencias de las Naciones Unidas donde pronuncia su histórico discurso que comienza: "Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida..."

Después pasará por Argel, estará unos días en la URSS, asistirá a una concentración masiva en La Habana y luego se encontrará con el Presidente Caldera de Venezuela en una escala técnica.

La noche del 28 de noviembre, en la casa oficial del Comandante en Jefe, situada en la calle Pte. Errázuriz tiene lugar una animada reunión. Se trata de una cena improvisada con la que el Cuerpo de Generales quiere agasajarlo por su cargo eventual de Vice-Presidente de la República.

Todos van con sus esposas. Las tensiones al interior de la Institución y las otras —muchas— que se viven en el país entero, quedan momentáneamente arrinconadas. Hay un moderado ambiente de fiesta. En un momento dado, cerca de la medianoche, el general Pinochet pide en alta- voz un momento de silencio.

Con una misteriosa caja en sus brazos, se para en el medio de la sala principal e inicia una perorata cargada de adjetivos halagadores para Prats, que se mueve un poco incómodo. Pero casi cae en el desmayo cuando al terminar su discurso Pinochet saca sorpresivamente de la caja una banda presidencial, y en medio de gran aparato se la endilga en el pecho al atónito Comandante en Jefe, que se queda petrificado. El resto de los generales observan desconcertados la escena. No satisfecho aún, Pinochet llama a un fotógrafo citado para que capte tan insólita escena. Prats está furioso, porque piensa que si la foto circula lo acusaran de estar planeando desplazar a Allende.

Alguien salva la situación hablando otra cosa mientras se escucha la voz estentórea de la señora Pinochet elogiando y felicitando a una incrédula señora Sofía.

El Paro Nacional ha afectado sensiblemente al país, que se parece mucho a un paciente al abandonar el hospital tras un largo período de tratamiento. Hasta el observador menos perpicaz se da cuenta que en Chile se está produciendo una persistente disminución en la calidad de vida, atribuible en parte a la paralización, pero también a otra serie de factores de origen complejo asociados con el cambio estructural de sociedad que propone la nueva combinación de gobierno.

Examinado sintéticamente el panorama con la perspectiva del tiempo es posible analizarlo con alguna objetividad.

Tras la victoria, las fuerzas de la Unidad Popular parecen convencidas de una irrealidad: que se ha producido un cambio cualitativo capital en la correlación de fuerzas de la sociedad chilena. Creen poder sumar a su heterogénea coalición a aquellos que votaron por Radomiro Tomic, con un programa en algunas líneas más radical que el suyo. A poco andar se demuestra que esta pretensión es utópica, porque los intereses efectivos de quienes propugnan el cambio difieren meridianamente.

Hay entonces hibridez en la base social y en la cúpula política, a la que debe adicionarse la incomprensión del carácter del Estado al cual han accedido, que deviene más en arma al servicio de la oposicón. Ella lo utiliza agresivamente en el Congreso, la Contraloría, el Poder Judicial y, en último análisis, en las FF.AA., por mucho que el Cmte. en Jefe se muestre ecuánime y bien dispuesto a defender el gobierno constitucional.

Las alternativas que se presentan no pasan de dos: una ampliación audaz de sus alianzas al costo de hipotecar todavía más el programa prometido, ya gravado en su génesis por las garantías constitucionales; o apretar el acelerador del proceso, apostando a la posibilidad de llegar al inevitable enfrentamiento en mejores condiciones. Estas líneas contradictorias de acción son precisamente las que sustentan comunistas y socialistas, bases de la combinación gobernante.

Al agotarse un impulso inicial de corto alcance —"política Vuskovic"—, que dio buenos logros en el período 70-71 al obtener un crecimiento de 8,3%; baja de la desocupación al 4%; y participación de los trabajadores en la renta nacional de 53.7% a 59%, la política económica de la UP queda supeditada a partir de ese momento a los avatares externos: precio del cobre y disposición crediticia internacional frenada por EE.UU., por una parte, y los estragos como sabotaje y aprovechamiento económico de los grupos de poder integrantes de la sañuda combinación opositora.

Las consecuencias son desabastecimiento, aumento sideral de la tasa de inflación, deterioro del nivel de vida, imposibilidad de modificar la política tributaria anulada por la oposición en el Congreso, y radicalización de los desacuerdos internos.

Estos componentes negativos se agravan políticamente cuando la Democracia Cristiana deriva paulatinamente hacia una articulación con los sectores conservadores y liberales integrantes del Partido Nacional.

Cualquier intento por impedir este enroque de la Democracia Cristiana debió generarse en los dos primeros años y se convierte en esfuerzo estéril en el momento en que este partido se apresta a enfrentar las elecciones parlamentarias asociado al Partido Nacional.

La suma de estos factores convierte la historia de la Unidad Popular en la historia de un progresivo desarrollo de los factores que conducirán a su destrucción.

Frente a este cuadro global desolador, cuestiones como las destituciones de ministros, los intercambios que de éstos se hacen en la Moneda, las colisiones entre grupos armados de uno y otro lado, los enfrentamientos verbales en el Congreso, pasan por la pura anécdota. Sólo quedan en pie los esfuerzos mayores por impedir la confrontación masiva.

Este último aspecto es el que tiene particularmente inquieto a Prats al volver a su gabinete. Reflexiona que si en la batalla mundial Este-Oeste terminada en ese 1972 se ponía fin a un largo período de "guerra fría", por qué no era posible conciliar algunos espíritus en este país.

Una carta que le hace llegar en 11 de enero de 1973 el presidente del Partido Demócrata Cristiano, Renán Fuentealba, respondida por él de inmediato, atenúa su optimismo.

Fuentealba plantea su preocupación por la suerte de las elecciones de marzo, pues asegura contar con información propia para afirmar que la Unidad Popular sufrirá un severo descalabro y como tienen conciencia de esta situación están empeñados en impedir su realización; que la prensa oficialista lo presenta a él —Prats— como garante del sistema democrático e insinúa que ellos —el PDC— tendrían intenciones de atentar contra su vida, delito que en su opinión —por informaciones de "fuentes (que) no podemos revelar"-, lo estarían proyectando sectores de la UP; y que la economía denominada "de guerra" anunciada por el ministro Fernando Flores, sólo agravará la tensión.

La respuesta de Prats es seca. Se remite a expresar que son sectores de la ultra izquierda y de la ultra derecha los que desean el caos para justificar la dictadura o la tiranía. Expone sus anhelos: "¿Y — perdone la asimilación de términos militares— cuál es el objetivo estratégico? ¡La vivificación de una auténtica democracia; no sólo de la tradicionalmente formal! ¿Cuál es el primer objetivo táctico, en demanda del estratégico? ¡Qué en marzo se pronuncie soberanamente el pueblo, como culminación de un proceso electoral limpio!".

Recoge de la carta de Fuentealba la afirmación de que lo ha criticado con "altura de miras" en circunstancias de que su censura pública oficial ha levantado la compuerta de una campaña orquestada de la derecha que no quiere elecciones. Y añade —con una vehemencia impropia a su personalidad—: " ¡Ud. les dio el "pretexto" para lanzarse implacablemente en contra mía; no sólo con críticas a mis actuaciones, sino injuriándome y buscando enlodar mi honra personal!" (se refiere a acusaciones de recibir supuestamente un auto regalado por Allende y un préstamo para la compra de una estancia en Argentina).

Es tronante cuando escribe: "Así se procede cuando siniestramente se quiere destruir imágenes en nuestro país, cuya principal lacra es, lamentablemente, la corrupción moral. Y a ambos nos consta de dónde procede ocultamente el dinero, cómo se usan las experiencias y los sistemas de largos años para organizar felonías y quiénes son los mercenarios que usan los micrófonos, llenan páginas de diarios y revistas o difunden solapadamente el rumor".

Lo demanda además a entregar informaciones específicas sobre el supuesto atentado para investigarlo.

De su puño y letra le añade una post-data: "Confidencial: los ministros militares, desde el viernes (11 de enero), dejamos en "libertad de acción" al Sr. Presidente Allende". [1]

LA TELA DE LA ARAÑA

Los pronósticos risueños del senador Fuentealba no quedan evidenciados en las urnas. La oposición cree obtener los dos tercios del Senado para desde allí montar una desestabilización de Allende con todos los ropajes legales. Con contradicciones internas, múltiples problemas y sorteando una campaña antimarxista clásica de provocar horror en el electorado, la Unidad Popular se las arregla para obtener un 43.59% de los votos emitidos.

Para la derecha ha llegado el momento de recomenzar el tejido de una urdimbre que inmovilice al gobierno comenzando por privarlo de los ministros militares que cualesquiera sea la disposición que tengan frente a la Unidad Popular, la avalan con su presencia.

Desde otra óptica, se incrementa el trabajo sobre los institutos armados para estimular los niveles de deliberación. Se trata de infiltrar a las FF.AA., tarea de la que se encarga el grupo ultra Patria y Libertad, que amplía su campaña subrepticia de acumulación de armas. Comienzan por robarle a Nilo Floody, director de la Escuela Militar, gran cantidad de armamento. La investigación no llegó a resultado alguno, pues Floody no siente simpatía por la UP y, aunque no lo demuestra, tampoco por su Comandante en Jefe.

Curiosamente, los escamoteos de armas practicados por los grupos violentistas de derecha jamás se descubren, pero sí hay diligencia cuando los ladrones son del MIR y de los sectores afines del partido Socialista.

Los Ministros militares regresarán a sus respectivos cargos el 26 de marzo, no sin que antes Prats se viera -paradójicamente, como se verá- mezclado en un caso que él califica apropiadamente de policial. El Canal 13 de Televisión de la Universidad Católica, dirigido entonces por el indescriptible personaje que es el sacerdote Raúl Hasbún, insistió en ampliar sus transmisiones a través de Canal 5 de Concepción, haciendo su propia interpretación de la ley que creó el Consejo Nacional de Televisión.

A pesar de que la Dirección de Servicios Eléctricos le advirtió a Hasbún que no se extendiera maliciosamente, las transmisiones comenzaron a emitirse desde Concepción, interferidas por Servicios Eléctricos.

Patria y Libertad, que nunca aclaró Hasbún qué relación tenía con él o con la Universidad Católica, cubrió la tarea de eliminar la interferencia. Un técnico norteamericano intervino para llevarla a cabo con tres miembros de la organización ultra.

Como quiera que sea, quienes entraron subrepticiamente para desarticular la interferencia se encontraron de pronto con un modesto trabajador que dormía allí y procedieron a amordazarlo, con tal torpeza, que el pintor de brocha gorda Jorge Tomás Henríquez González resultó muerto por asfixia.

El caso provocó escándalo nacional lo que no fue obstáculo para que el cura Hasbún insistiera: "La Iglesia no tiene derecho a abandonar su lucha por la verdad y por eso llevará su verdad a todas partes: a San Fernando, a Concepción... Y eso chocará indefectiblemente con el totalitarismo, porque el totalitarismo es la mentira, es la tiniebla; y la Iglesia es la luz... Todos tenemos un pecado de omisión, pero llegará la hora en que esta horrible pesadilla que está viviendo Chile le será disipada, porque toda pesadilla tiene un despertar..."

El hombre que dirigió esta operación en la que resultó muerto un desprevenido pintor se llama Michael Vernon Townley. De acuerdo con Hasbún este caballero debería ser uno de los emisarios de la luz.

Prats dejó como Comandante en Jefe subrogante en tanto se desempeñaba en el Gobierno al general Pinochet, quien —palabras del General— "(...) Había manejado con sentido de responsabilidad y lealtad (variados asuntos institucionales), liberándome del fardo del problema del mando que a todas horas pende de las resoluciones del Comandante en Jefe".

Es curioso, pero menos de quince días después de reasumir se producen brotes deliberativos en la oficialidad mayor. El Ministro de Educación Jorge Tapia, abogado de gran nivel intelectual, se reunió en abril de 1973 con 60 oficiales medios y superiores de las diversas ramas para explicarles en detalle el punto de vista del Ejecutivo respecto del proyecto de la Escuela Nacional Unificada (ENU), acremente estigmatizada por la oposición.

"La exposición del Ministro Tapia es clara, concreta y precisa", sanciona el Comandante en Jefe. No tiene mucho sentido profundizar sobre esta reforma, pero sí vale relatar lo allí ocurrido, porque resultó sintomática y preocupante para Prats.

El Almirante Huerta sube al estrado después de la intervención de Tapia para lanzar una diatriba en contra de la reforma tomando como base el prólogo de un folleto de propaganda, que —sostiene— tiene claras connotaciones marxistas.

Las campanas de alarma interna sonaron con estridencia para Prats cuando al terminar de hablar Huerta se escuchó una ovación. Como si fuera poco, aunque Tapia dio diáfanas explicaciones en cuanto a que el gobierno no compartía los términos del folleto, ya que la nueva modalidad correspondía a modernas técnicas de educación, intervinieron también el General Javier Palacios y los coroneles Pedro Espinoza y Víctor Barría Barría para apoyar lo dicho por Huerta. Ambos se cruzarían más adelante de una u otra manera en el camino del General.

Resulta admirable hoy observar en la distancia del tiempo la percepción clarividente que poseía Prats para proyectar el futuro de Chile si se permitía que el Gobierno de Allende, con el cual no compartía todos sus criterios y quizá fuesen mayores sus puntos de desacuerdo, era expulsado del sillón presidencial y se instauraba un Régimen Militar.

Poco antes de realizar un largo viaje por diversos países con destino final en la Unión Soviética, el Comandante en Jefe conversó con Orlando Sáenz, presidente entonces de la Sociedad de Fomento Fabril, recalcitrante crítico de la Unidad Popular, quien analiza que la situación política no tiene salida. Sin ambages -así hablaban siempre y casi nunca estaban de acuerdo-, sostiene Sáenz que la única salida que observa para el panorama presente es una intervención de las FF.AA., que deben hacerse cargo del gobierno.

La respuesta de Prats es la siguiente:

—No comparto su opinión, porque los políticos tienen el deber ineludible de velar la vigencia de la democracia, ya que una intervención de las FF.AA. conducirá inexorablemente a una dictadura brutal que, para imponerse sobre el pueblo de Chile, exigiría un gran derramamiento de sangre. Este país tiene características diferentes a otros gobernados por las FF.AA.

El viaje al que ha sido invitado termina, como está dicho, en la URSS, pero pasa antes por EE.UU, con escala en Lima, sigue a Inglaterra y de allí a Moscú con escala en Orly, el aeropuerto principal de París. Viaja secundado por los generales Oscar Bonilla y Raúl Benavides, el coronel Rigoberto Rubio, el mayor Osvaldo Zavala y el capitán Latorre. A él lo acompaña su esposa Sofía, Bonilla, Benavides y Rubio lo hacen también con las suyas.

De regreso están en Belgrado, Yugoeslavia, París; en el Vaticano se entrevistan con el Papa Pablo VI, quien recuerda muy bien la frase de Allende: "no tocaría a la Iglesia ni con el pétalo de una rosa"; el máximo prelado estima que lo ha cumplido. La última etapa del viaje es España desde donde vuelven a Chile, no sin antes hacer una escala técnica en Brasil y otra en Ezeiza.

Aquí se encuentra Prats con la sorpresa para él agradable de que está esperándolo el recién nombrado Comandante en Jefe del Ejército argentino General Carcagno y su esposa, además del Embajador Ramón Huidobro. Este le previene que la situación en Chile es casi insostenible, opina que se está al borde de una guerra civil. Prats reflexiona en el avión sobre "los odios y horrores de la Guerra Civil del 91 (termina con el suicidio del Presidente Balmaceda), donde las FF.AA. no sólo se dividieron, sino que se vivió una etapa de dictadura anárquica y brutal, en la que se cometieron los actos más cavernarios".

Los rostros con que lo reciben en Pudahuel, Pinochet, de nuevo subrogante, y Orlando Urbina, son suficientemente elocuentes. Le narran pormenorizadamente el aluvión de problemas que vive el país. La línea dura representada por Patricio Aylwin había asumido en la Democracia Cristiana con la consigna de acorralar a Allende.

Entiende Prats indispensable bregar por una salida a la crisis, que permita preservar la institucionalidad democrática. Está consciente de que sus esfuerzos pueden —y lo serán-malinterpretados no sólo por los opositores, sino también por los propios sectores duros del Gobierno, y por sus pares uniformados, que sólo permitirán una nueva participación suya con pleno acuerdo de la oficialidad. Pero la pregunta del millón de dólares es, ¿hay pleno acuerdo de la oficialidad de todas las ramas de las FF.AA.? Prefiere no apostar sobre una respuesta.

Su idea final, tras conversar con sectores moderados de la UP y con Carlos Altamirano, el duro, quien le expresa que las FF.AA. deben definirse por la causa del pueblo, y que no está dispuesto a hacer concesiones, es "una tregua política de un año y medio".

¿Problemas?: los sectores recalcitrantes de ambos lados. Altamirano sostiene que la transigencia favorece a la oposición. Aylwin que "no dejará pasar una al gobierno".

En reunión con el Cuerpo de Generales advierte, no sin alivio, que los oficiales máximos creen posible salir del atolladero por medio de "una tregua política". Los hechos le demostrarán muy pronto que ésta es impracticable porque nadie quiere ceder una pulgada.

La mañana del 27 de junio, el General Mario Sepúlveda Squella, Comandante de la II División de Ejército y de la Guarnición de Santiago, amigo leal de Carlos Prats, le refiere que ha hallado evidencias de algunos movimientos sospechosos en el Batallón Blindado Nº 2. Ha incomunicado a un capitán y a algunos suboficiales sorprendidos en un intento de "cuartelazo", por lo que ordena un sumario. El Comandante en Jefe sabe que nada puede esperar del SIM, porque desconfía del hombre que está a su cargo, Gral. Augusto Lutz.

Algo interno lo carcome. No puede definirlo bien como no sea un presentimiento, una sensación de peligro inminente. Está en medio del Consejo de Generales, de modo que opta por lo más simple: el relevo del Comandante del Blindado Nº 2 coronel Souper. Se procederá a ello el viernes 29 de junio.

En 1976, el abogado Carlos Cruz Coke, obstinado ultra-nacionalista, confidencia a sus alumnos de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile que él fue el organizador de lo que se llamó en jerga golpista "Operación Charlie", llevada a cabo a la perfección el 26 de junio de 1973.

La mañana de ese día, el General Prats salió en su coche oficial, un Ford conducido por el suboficial Vargas, quien lo recoge en su casa del Pte. Errázuriz para trasladarlo al Ministerio de Defensa, en cuyo piso quinto está su oficina.

Al llegar a la Iglesia de Nuestra Señora de los Angeles y doblar por la avenida Costanera, el militar advirtió que su vehículo era adelantado por dos o tres coches cuyos ocupantes lo provocan con gestos groseros.

El Comandante en Jefe lleva cerca de sí una subametralladora Thompson. Se limita a observar sin intentar reacción alguna, salvo pedirle a su chofer que le ceda su revólver de servicio. Lo deja a su lado en el asiento. Tiempo después, el general relatará en Buenos Aires a Ramón Huidobro que de inmediato le vino a la mente el atentado de que fue víctima su amigo Rene Schneider, cuyo cabo-chofer vino a advertir demasiado tarde que estaba metido en un característico acorralamiento de tipo gangsteril. "A mí no me iba a pasar lo mismo que a Rene. Nadie me iba a meter en un 'corralito' para acribillarme a balazos sin que pudiera moverme del auto".

De pronto vio que por su derecha, llegando ya al enorme edificio de las Cervecerías Unidas, avanzaba un Renault de cuatro cilindros, una "renoleta" de color rojo, en la que viajaban dos personas. Aquella que conducía le saca la lengua y esa señal con la mano de quien atornilla una ampolleta. Al llegar a un semáforo, ambos coches se detienen. Las acciones irritativas continúan, mientras el hombre que no conduce se ríe a carcajadas, mirándolo de frente: "Llega un momento que lo consideró intolerable", recordará Prats.

Cuando dan la luz verde y la persona al volante persiste en sus gestos obscenos, Prats le apuntó por la ventanilla y le ordenó detenerse para que expliquen de qué se trata todo esto. Como ni hacen caso, ni decrecen sus gesticulaciones agresivas, el alto oficial abre su ventanilla y dispara hacia el tapabarros delantero.

Ambos ocupantes de la "renoleta" la detienen y descienden con los rostros asustados. Es el momento que Prats advierte que quien conduce es una mujer. Azorado, el militar le ofrece sus disculpas indicándole que de saber que se trataba de una dama jamás habría hecho fuego. Ella a su vez se excusa confundidamente.

El escándalo se ha creado, porque cerca están otros participantes del incidente inducido. Ve su auto rodeado de gente que grita enardecida de que ha querido matar a tiros a una mujer, coches que bloquean el suyo, personas que le insultan y — ¡qué casualidad!— aparecen periodistas acompañados de fotógrafos. Un tipo extrae de su coche un tarro de pintura que también por azar tiene a la mano y lo arroja sobre el automóvil oficial. Otros desinflan los neumáticos. En rigor, un auténtico atentado. En el mejor de los casos, una celada para dejarlo en posición absurda, puntualmente desarrollada.

Un taxista lo reconoce y lo conmina: " ¡General, lo van a linchar. Súbase a mi auto. Yo lo saco de aquí...!" Prats se dirige a una Comisaría donde asienta su denuncia. Lo acompaña un oficial de la Escuela Militar que observó el incidente.

Para que el hecho no vaya a pasar inadvertido y provoque toda la conmoción que se pretende, suena el teléfono de su casa y una mujer inidentificada pregunta por la señora Sofía a quien le dice que su hija Cecilia ha sido raptada. Una voz de mujer —otra— grita por el teléfono desesperadamente diciendo que la tienen secuestrada. La esposa del general llama angustiada al Ministerio de Defensa para comunicarse con su esposo. Se produce un equívoco tragicómico, pues mientras el oficial la tranquiliza diciéndole: "Señora, no se preocupe, no ha pasado nada, está muy bien..." (refiriéndose al Comandante en Jefe), ella chilla por el fono: "¿Cómo que está muy bien? ¿Dónde está Cecilia? ¿Quién la tiene?".

Las radios emiten flashes urgentes: las de gobierno sosteniendo que Prats ha sido víctima de un atentado; las de oposición, que el Comandante en Jefe del Ejército le ha disparado a una dama llamada Alejandrina Cox Palma.

La trampa tiene el efecto buscado: el General Carlos Prats se dirige a La Moneda para hablar con el Presidente Allende y presenta su renuncia.

¿Y POR QUE EN TRAJE DE FAJÍN?

A eso de las diez de la noche el Presidente Allende llega hasta el domicilio de Carlos Prats. En sus ojos hay un brillo acerado medio burlón característico. Le comunica que rechaza su renuncia, porque no tiene sentido. Viejo zorro de la política ha advertido el plan después de obtener una información minuciosa.

Hubo testigos imparciales que vieron el incidente en detalles. María Cecilia Allendes, conocida periodista, siguió de cerca las alternativas del hecho y sabe cómo se desarrolló.

El comentario de El Mercurio es "nadie está obligado a rendir pleitesía al paso del Comandante en Jefe".

Ha sido un día aciago para Prats, que no podrá olvidar fácilmente. Al día siguiente al tiempo de despachar una carta a la señora Cox para excusarse por lo sucedido, recibe una de ella en la que reconoce haberlo aguijoneado, aunque asegura ha sido sólo para manifestar su desacuerdo con él.

El Gral. (R) Canales escribe en "Tribuna": "Jamás en la historia del Ejército, un jefe máximo pudo haber tenido una actitud más torpe y lesiva para el prestigio de la Institución, como la del General Carlos Prats que, a un gesto de repudio de una dama desde un auto, respondió a balazos".

Es jueves 28 de junio de 1973. Prats se retira temprano a su casa. Quiere estar con su gente. Cecilia ha aparecido sin novedad, ignorante de lo ocurrido. Aunque se acuesta temprano para descansar de tanta tensión, el militar no despierta como de habitual a las seis y media de la mañana al sonar el despertador. El teléfono que tiene a su lado llama intempestivamente. Echa una mirada rápida al reloj: son las nueve de la mañana. Al otro lado de la línea está el Secretario General de la Comandancia en Jefe, coronel Rigoberto Rubio. Con voz calmada pero donde se adivina la preocupación le comunica:

—Mi Comandante, el Regimiento Blindado Nº 2 está sublevado. Los tanques están atacando La Moneda y el Ministerio de Defensa. Espero sus órdenes...

Prats ha despertado del todo y se pone en acción.

—Haga de inmediato contacto con el General Pinochet, llame también al General Urbina y al General Sepúlveda a la Guarnición de Santiago. Me voy de inmediato a la Escuela Militar a reunirme con el General Pickering.

Sepúlveda es el Comandante de la II División y de la Guarnición de Santiago, y Pickering Comandante de Institutos Militares, las dos unidades más importantes y poderosas del Ejército, piezas claves en la defensa de la capital. Ambos Generales de la absoluta confianza de Prats, y Pickering, su amigo personal.

El levantamiento conocido popularmente después como "el tancazo" fue un complot montado por militares y civiles, estos últimos integrantes de la plana mayor del Movimiento "Patria y Libertad", ultraderechista, asociado a acciones de terrorismo. Dentro de los conjurados militares, es evidente que el alzamiento tiene como cabeza visible a un alocado y falto de experiencia teniente coronel Roberto Souper Onfray, pero detrás de él hubo algunas figuras en la sombra que —nuevamente— no salieron a la luz. Es curioso constatar que antes de lanzarse al descabellado ataque a La Moneda y al Ministerio de Defensa, estuvo en el Blindado 2 el capitán Claudio Lobos, quien fuera Oficial de Ordenes del Jefe del Estado Mayor general Pinochet. Según diría después, Lobos fue allí para "convencer" a sus compañeros de que cometían un error. Cuando Prats le consultó a Pinochet, éste se mostró confundido y explicó que averiguaría sobre estas actuaciones "ambiguas" del oficial medio.

Hubo en este alzamiento militar situaciones con los caracteres de una ópera bufa, pero fue un intento del golpe de Estado que fracasó por la improvisación e ineptitud de quienes lo movilizaron.

A las 7.10 horas llegó hasta el Blindado 2 el Comandante Roberto Souper, a la sazón a su cargo, quien ese mismo día sería relevado del mando. En el patio central de este regimiento encontró formada la unidad y sus oficiales, suboficiales (sargentos y cabos) y clases; lo esperaban, porque era su decisión marchar sobre La Moneda y el Ministerio de Defensa para atacar el palacio presidencial y rescatar desde los subterráneos del ministerio al capitán Sergio Rocha Aros, hecho detener por el General Sepúlveda.

Parte de la información sobre este episodio se recoge de un suplemento especial emitido por El Mercurio al cumplirse un año del Golpe del 11 de septiembre de 1973, plagado de inexactitudes y datos falseados o tendenciosos de modo que sólo se acopia para completar el cuadro, pues en él aparecen detalles significativos y de una deliberada vaguedad.

Según esta fuente, "Souper se convence después de parlamentar largamente con sus oficiales y ordena que salga el Blindado. El entusiasmo sirve de arenga en este caso y no emplea discursos Souper. El abrazo emocionado con algunos oficiales y la orden para que el regimiento ocupe sus puestos en los tanques bastan para que la unidad quede entera a disposición de su Comandante. Souper sube a su propio tanque y saca el brazo derecho con el gesto característico del arma para ordenar la marcha del regimiento. Así sale el Blindado por la puerta de San Isidro (la entrada principal está por Santa Rosa), para dar y recibir tiros en los alrededores de La Moneda".

Esto es el relato épico del mencionado suplemento especial de El Mercurio, preparado y escrito por Arturo Fontaine, en ese tiempo subdirector del periódico y hoy Embajador en Buenos Aires.

Omite, claro, uno de los muchos aspectos pintorescos, como que en un momento dado a uno de los tanques le faltó combustible y Souper lo hizo estacionar en plena Avenida Matta para reaprovisionar. Muy metido al parecer en su papel de militar glorioso, el Comandante demandó con energía:

—Sargento, dígale al bombero que llene el estanque.

El suboficial se acercó a uno de los encargados de la gasolinera y con parecido vigor le ordenó repletar el estanque.

—¿Quién va a pagar?—, interrogó fríamente el expendedor.

¿Cómo que quién va a pagar? ¡No ve que este es un golpe de Estado!

—Será, pero yo tengo que dar cuenta del combustible a mi patrón. Si no me lo descuentan a mí.

El sargento comunica esta situación a su Comandante, que espera apoyado en la escotilla del tanque como si fuera Rommel, en medio de la espectación de los viandantes.

Es un problema absurdo, piensa. Y decide.

— ¿Tiene Ud. plata, sargento? —inquiere.

—No, mi comandante.

—Bueno, no sé. Hágale un vale por el combustible y dígale que lo vaya a cobrar al Blindado 2.

—A la orden, mi Comandante.

Finalmente el tanque fue reaprovisionado. La caravana prosiguió camino de dar un golpe de Estado muy sui generis, tanto que cuando se encontraban con una luz roja el regimiento se detenía.

En el plano menos guiñolesco de los altos mandos, la acción del levantamiento provocó inquietud en el General Prats. Muchas habían sido las cosas que le llamaban últimamente la atención, de modo que —razonó— ésta no podía ser una aventura tan ilógica en la que estuviera involucrado sólo el Blindado. Era menester prever si otras unidades estaban también en el alzamiento.

Ya se había puesto de acuerdo con el General Pickering y tomado contacto telefónico con el General Sepúlveda aprobando las órdenes por éste impartidas, que ya se encontraban en ejecución. Decide ir personalmente al Regimiento Tacna, con el recuerdo del "acuartelamiento" anterior en la mente. El Comandante es el Coronel Joaquín Ramírez Pineda, más tarde Agregado Militar en Buenos Aires.

Antes de abandonar la Escuela Militar se había comunicado con su oficina de la Comandancia en Jefe para que se encomiende el General Pinochet o Urbina mantener enlace con las guarniciones de provincia.

A la salida se topó con el Ministro de Defensa, José Tohá, que llegó a enterarse de lo que está pasando. El alto y delgado ministro, muerto después del Golpe, estuvo valerosamente junto a los soldados que defendían el Gobierno durante la acción.

Todo se hallaba dispuesto en el Tacna y la unidad estaba saliendo a cumplir la orden que le había impartido el General Sepúlveda: tenía instrucciones de tomarse el Regimiento Blindado 2 para cortar la retirada e impedir el reabastecimiento de los tanques y la llegada de refuerzos. Así lo hizo con un mínimo de bajas.

Tan importantes como el Regimiento Tacna era la Escuela de Suboficiales, colindante con el Tacna.El Director de ella era el coronel Julio Canessa. No bien ingresó, Prats observó que las unidades estaban listas par entrar en acción, alineadas en lo que se denomina el Patio de Honor. Allí se producen algunos problemas, porque cuando está en la oficina de la Comandancia entra —muy alterado— Canessa para decirle que los suboficiales están listos para pelear, pero los oficiales se niegan a hacerlo, argumentando que no desean disparar contra otros militares. Ofrece salir solo con la suboficialidad y la clase.

Prats les ordena formarse y requiere conocer sus razones. No advierte señales de insurrección sino sólo de solidaridad. Un oficial tiene un hermano en el Blindado. Un mayor le explica que es muy violento hacer fuego contra sus compañeros.

El Comandante en Jefe asume la responsabilidad y con energía aclara de que se trata de un movimiento sedicioso contra el gobierno que las FF.AA. tienen obligación de defender. Se vive un momento de incertidumbre, de manera que Prats es categórico.

—Señores, la cosa es muy clara. Los que no quieren salir de aquí conmigo es porque están comprometidos con los amotinados. Si así es, pueden comenzar matándome a mí, porque yo iré a defender La Moneda con aquellos que me sigan.

Los oficiales susurran en voz baja consultándose unos a otros. Finalmente deciden obedecer a su Comandante en Jefe. Si alguna duda tenía Prats de que había mar de fondo en su rama, debe haber pensado después que la prueba más tangible la tuvo ante su vista. Días más tarde lo visitaría en su casa Miguel Enríquez, jefe del MIR, quien le confió que en el Regimiento de Caballería los oficiales trataron de enrolar a los suboficiales para unirse al Blindado 2, pero no encontraron eco. Tampoco lo tuvieron en Valparaíso algunos capitanes y tenientes de fragata que animaron a los suboficiales y marinería para marchar sobre Santiago a apoyar al Blindado.

Mientras se dirigía velozmente a la plaza que está en el lado sur del palacio presidencial, el militar ha trazado su plan. No dar tiempo para que alguna división cercana a Santiago decida unirse a los rebeldes. El alzamiento debe quedar aplastado antes de mediodía.

El Regimiento de Blindados 2 está desde temprano en acción en el llamado Barrio Cívico y el sector norte de La Moneda. Un tanque disparó contra el Ministerio de Defensa y un grupo entró hasta el subterráneo para liberar al capitán Rocha, que está allí incomunicado.

Dentro de la información que se incluye en el citado suplemento especial de El Mercurio fechado el 11 de septiembre de 1974, se narra lo siguiente: "La Escuela de Suboficiales sale por la calle Dieciocho hacia la Alameda. Es el mismo oficial que lo mandará el 11 de septiembre.

No se menciona que en ese momento la unidad va al mando del Comandante en Jefe del Ejército, de la misma manera torcida que se manipulan otras informaciones.

Esto es, El Mercurio pretende insinuar que el coronel Julio Canessa estuvo en connivencia con los amotinados, pero los hechos son diferentes. Canessa no está con los sublevados, porque los golpistas del 11 de septiembre recién vienen a tomar contacto con él, el 22 de agosto. El General Viveros le hablará en la fecha indicada para que se una a ellos, que están conspirando para llevar a cabo la toma del poder. Canessa, asustado y para nada interesado en participar en algo semejante, va de inmediato a dar cuenta a su superior, el General Pickering, no sólo de probada lealtad al Comandante en Jefe sino terco antigolpista, pero a quien encuentra en la oficina de la Comandancia de los Institutos Militares, es al General Benavides, quien sí está en la conspiración. Le cuenta todo y Benavides lo deja "en barbecho" para convencerlo más adelante. Pickering había renunciado ese mismo día abandonando de inmediato sus oficinas.

El General Prats ordena detenerse a las tropas de la Escuela de Suboficiales y conversa con Julio Canessa. Le dice que aguarde con su unidad cerca de allí, porque él irá a parlamentar con los revoltosos. Está seguro de imponerse a ellos.

En su fuero íntimo Prats detesta la posibilidad de enfrentar a soldados contra soldados. Pocos han querido más su institución que este distinguido militar. También tiene en cuenta que si la situación se prolonga, pueden unirse otros contingentes de un lado y de otro hasta producirse una matanza de insospechadas consecuencias.

Avanza al encuentro de los tanques acompañado por el Subdirector de la Escuela de Suboficiales, teniente coronel Osvaldo Hernández, el capitán Roger Vergara, asesinado años más tarde por un comando de muy sospechosa procedencia, y el sargento 1º Omar Vergara.

Prats se dirige a un primer tanque que está detenido en la esquina de Teatinos con la Alameda. Quien comanda lo apunta con su ametralladora, pero la actitud de Prats es firme. Se mantiene enhiesto ante el arma, que no es disparada.

Le ordena bajarse e identificarse. Lo conmina a cumplir sus instrucciones y entregarse a los efectivos de la Escuela de Suboficiales. Así lo hace, como también los otros comandantes de tanques que va encontrando en el camino. Lo propio sucede con los dos carros de combate con cuarenta hombres cada uno.

Cuando se enfrenta al tanque comandado por el teniente Mario Garay, encara al primer y peligroso obstáculo. El oficial rechaza la orden y toma distancia apuntando su arma para hacer fuego sobre el Comandante en Jefe. Es el momento decisivo, porque nada puede hacer Prats con su subametralladora Thompson contra el arma de un tanque.

No era su destino morir ese día, porque desde atrás aparece el Mayor Osvaldo Zavala, que venía al encuentro de Prats con su pistola desenfundada. Trepa ágilmente al pesado armatoste y antes que Garay pueda hacer movimiento, se la pone en la sien.

Todo parece haber terminado. Prats respira hondo, porque si bien se produjeron inevitables bajas, alguna de ellas producto del fuego graneado que disparan desde los edificios cercanos diversos hombres de seguridad de Allende situados allí para defender La Moneda, no hubo casi enfrentamiento directo entre unidades.

Todavía falta la rendición del coronel Souper que permanece con los pocos tanques restantes instalado en el lado sur de la Moneda. Prats instruye al valeroso mayor Zavala a que, con el teniente Garay como rehén, le informe a los renuentes que nada queda por hacer.

Los hombres de Souper sorprenden a Zavala y le arrebatan a Garay. Altivo, el Mayor vuelve la espalda para dirigirse al lugar donde está su Comandante en Jefe y desafía a Souper: "¡Dispárenme aquí!" y le señala la nuca. No lo hacen. Saben bien que al no unírseles otros regimientos el motín ha fracasado.

Prats ve pasar a un Souper pálido, con la mirada extraviada, montado en su tanque y seguido por otros tanques y carros de combate. Va en dirección al sur, previsiblemente al Regimiento Blindados 2, que el Comandante en Jefe sabe ya está bajo control del Regimiento Tacna.

Todavía quedan algunas escaramuzas. Canessa se ve sorprendido por el fuego de los francotiradores situados en las alturas de los edificios, que tampoco saben muy bien si los efectivos de la Escuela de Suboficiales están o no con los alzados.

Prats ingresa a La Moneda por el lado sur y ordena abrir los pesados portones del lado norte. Allí se encuentra con una sorpresa. Viene llegando el Regimiento Buin cuando todo ha terminado. Tenía la misión de atacar desde el norte. Lo encabeza Pinochet, mientras detrás suyo está el Comandante Geiger. Prats observa no sin estupor que Pinochet está vestido con uniforme de combate, en circunstancias que tenía instrucción de permanecer en la oficina del Estado Mayor del Ejército.

Le dice que venía a apoyarlo y lo estrecha en un fuerte abrazo que resulta un poco incómodo para Prats.

El General conversó una vez en Buenos Aires con su amigo Ramón Huidobro sobre este hecho:

—Yo había dejado a Pinochet a cargo de la Comandancia en Jefe, en una oficina, un despacho, porque yo andaría circulando y era preciso estar alerta por si otras divisiones del país, las más cercanas, desarrollaban movilizaciones sospechosas. Todo podía pasar. Y cual no sería mi sorpresa cuando veo llegar a La Moneda a Pinochet al frente del Buin, en traje de"fajín" (vestimenta de combate). Hoy día me doy cuenta que Pinochet venía a ver si se quedaba con el pastel. En ese momento me turbé, me turbé mucho y realmente debí haberlo recriminado porque desobedecía mis órdenes.

—Le pregunté: " ¡Qué pasa!". Y me contesta: "Yo venía a ayudarlo, mi General..." Y con el Buin. Venía nada menos que con el Buin y con el Comandante Geiger. Entonces ahora he pensado si este diablo no venía con el Buin para ver si acaso no me iba muy bien y quedarse con la Presidencia... con el poder. Porque, ¿qué diablos andaba haciendo allí en traje de fajín?

Las noticias del alzamiento recorren el mundo. El acontecimiento sacude desde luego a los chilenos. Cada uno de los protagonistas —los que estuvieron en medio del fuego y los que esperaron en la sombra —, saca sus propias cuentas.

Los dirigentes de Patria y Libertad responsables: Pablo Rodríguez, Benjamín Matte, John Schaeffer, Manuel Fuente Wendling y Juan Hurtado, se asilan en la Embajada de Ecuador. Desde allí lanzan una proclama atribuyéndose el movimiento y reclaman "haber sido traicionados". Lo que no especifica el comunicado es dónde estaban ellos cuando las balas silbaban. La gente del Blindado podían alegar también haber sido traicionados por estos propietarios del motín que no se vieron por parte alguna.

Prats designa interventor a Bonilla y a Benavides a cargo del sumario administrativo.

El gobierno pidió la instauración del Estado de Sitio, pero como éste dependía de la aprobación del Congreso, fue rechazado quedando en Estado de Emergencia.

Varias son las preocupaciones que Prats tiene en la cabeza. Le inquieta el destino de un poderoso armamento robado por Patria y Libertad desde el Regimiento Blindados 2 la noche previa al alzamiento, que incluye un importante número de ametralladoras pesadas y municiones, entregadas por los cinco tenientes —entre ellos Mario Garay— que gestaron la insurrección, además de un tal teniente José Gasset Ojeda, un hermano del cual era militante de Patria y Libertad. Gasset se asiló en la Embajada de Paraguay.

Le preocupa también a Prats el hecho de que sospecha de la participación en la conjura de militares de mayor rango de los que dieron la cara peleando en la calle y de cuál será el sesgo que adoptarán ahora los organizadores encubiertos al ver fracasado el intento.

Sabe que cuenta con los generales Sepúlveda y Pickering, que limpió todo el sector oriente de La Moneda acompañado en todo momento por el titular de Defensa José Tohá. Souper se rindió con Sepúlveda, que realizó también una labor irreprochable.

La noche de la asonada, Allende reúne a sus partidarios ante La Moneda e invita a presentarse en el balcón del palacio a los Comandantes en Jefe de todas las ramas mientras le habla al pueblo. A Prats no le gusta mucho esa situación que sabe le perjudica, pero está de acuerdo con Allende de que es importante que sus partidarios de posiciones más duras los vea a ellos -los altos mandos militares- junto al Presidente. Este está empeñado en que los tres Comandantes integren un nuevo gabinete-.

La intranquilidad que dejó en él la frustrada demostración del Blindado y la sensación de que poco a poco se va estructurando un frente interno contrario a su gestión, motiva al Comandante en Jefe a invitar a un grupo de altos oficiales a una reunión privada en casa de Pdte. Errázuriz. Es una charla suelta, coloquial e íntima. En la exposición se contienen sus ideas sobre lo que está ocurriendo en Chile y, básicamente, sus criterios sobre el papel de las FF.AA. en ese momento. [2]

EL PENÚLTIMO ACTO

La madrugada del 27 de julio de 1973 una ráfaga de ametralladora ligera pone fin a la vida del Comandante Arturo Araya Peters en los momentos que se asomaba a la ventana de su casa al escuchar una fuerte explosión. El Comandante era Edecán Naval del Presidente Allende.

Prats es despertado minutos después de las dos de la madrugada por el General Orlando Urbina, quien le da cuenta del hecho, uno más en una espiral de violencia y enfrentamiento en que está sumido el país.

La acción es de inmediato atribuida a grupos de extrema izquierda, aunque parece difícil encontrarle coherencia ya que Araya era un hombre muy cercano a Allende, que lo apreciaba mucho. Al día siguiente Carabineros detiene a un presunto participante: José Luis Riquelme Bascuñán, técnico electrónico de la Corporación de Fomento. El ha confesado que actuó coludido con un tal Blanco y otro sujeto apodado "El Petizo", quien habría efectuado los disparos. Ambos —sostiene Riquelme- dirigentes poblacionales. En verdad, el "tal Blanco" era Domingo Blanco, llamado Bruno, jefe de la Custodia Personal del Presidente, de quien después se diría había confesado su crimen (Bruno resultó muerto durante el ataque a La Moneda el 11 de septiembre al caer en manos de los militares cuando accedía hacia el palacio por el estacionamiento subterráneo). Blanco estuvo en todo momento con Allende esa noche y pernoctó en Tomás Moro.

El atentado se inscribía en la campaña de provocación sobre las FF.AA. a fin que de una buena vez se alejaran del gobierno. Riquelme —escribió entonces "La Segunda"— habría confesado la participación con ellos en el atentado de seis comandos cubanos. Se aseveró que al día siguiente salieron en un vuelo de Cubana de Aviación de regreso a su país.

Incluso la viuda de Araya rechazó las condolencias presidenciales, convencida por la publicidad amañada otorgada al caso, que se trataba de un atentado de terroristas de izquierda.

Pasarían muchos años antes de conocerse la verdad: la victimación del Comandante naval fue perpetrado por un grupo de Patria y Libertad, que al día siguiente del Golpe de Estado se presentó ante las autoridades como los autores. Al parecer esperaban una medalla. No la obtuvieron, pero sí fueron recompensados con un indulto personal de Pinochet. Lo extraño es que uno de los participantes en el asesinato, Mario Rojas Zegers, fue presentado por Investigaciones el 3 de agosto de 1973, pero de ello nada se informó. El juez militar del proceso fue el Almirante José Toribio Merino.

Prats alude en sus Memorias a este hecho, pero en ese momento no le concede atención particular cuando el Director de Inteligencia Gral. Augusto Lutz, le cuenta con detalles la detención y la supuesta confesión, a pesar de que nunca antes se ha preocupado de averiguar sobre las actividades de Patria y Libertad; no se entera ni por casualidad de los movimientos en el Blindado 2 y tiene que ser el Gral. Sepúlveda Squella quien adopte la decisión de incomunicar al capitán Sergio Rocha; ni tampoco descubre dónde quedaron las armas substraídas por los extremistas de derecha desde el Regimiento Blindado. Riquelme fue puesto en libertad el 1 1 de septiembre y jamás se volvió a saber de él.

Toda la información precedente tiene el propósito de ilustrar cómo se van cerrando las pinzas sobre el Comandante en Jefe. Se pretende primero que él mismo reaccione y se aparte del gobierno. Como no está dispuesto a abandonar a su suerte al Presidente, porque juzga su deber impedir el quiebre de la institución democrática, se procura aislarlo. Los generales Bonilla y Araya le dicen a su compañero Guillermo Pickering, que "tiene mal ambiente". Quieren conminarlo a renunciar. El General Manuel Torres de la Cruz, al mando de la V División de Ejército crea una seria dificultad cuando sus hombres proceden con innecesaria violencia en un allanamiento en la Lanera Austral de Magallanes, con la consecuencia de que un obrero es muerto a tiros por "no respetar la orden de alto".

Las conversaciones que diligentemente procuró establecer el Comandante en Jefe entre Allende y la Democracia Cristiana son meditadamente desahuciadas por el senador Patricio Aylwin, porque conmina al Presidente a formar un nuevo gabinete que en la práctica dejará fuera de él a los dirigentes de los partidos de la Unidad Popular que lo apoyan. Prats reflexiona: "Aylwin plantea una condición que —como político fogueado — sabe bien que para Allende resultará imposible de aceptar".

La conspiración va inexorablemente ganando posiciones. Tampoco los sectores más acerados de la Unidad Popular parecen entender muy bien el peligro que se cierne no sólo sobre el Presidente sino también para la democracia.

El Cuerpo de Generales reunido para escucharlo se manifiesta reticente a aceptar una proposición de Allende para que los Comandantes en Jefe —Prats, Montero y Ruiz Danyau— se integren a un nuevo gabinete ministerial. Ellos privilegian el planteamiento de la Democracia Cristiana: representatividad de generales y almirantes que cubran la mitad o dos tercios del gabinete, y el resto se llene con personalidades apolíticas.

Prats capta muy bien el sentido de esta proposición y lo expresa: se trata de poner en interdicción a Allende, esto es, se le da un "golpe seco". Es una deposición disimulada similar a la que los uniformados uruguayos impusieron a Bordaberry y éste aceptó. Sólo que Allende no es Borbaderry.

Durante estas conversaciones, Bonilla sugiere ladinamente a Prats que una solución es que acepte el Ministerio del Interior y renuncie a la Comandancia en Jefe, anzuelo que por cierto el General no muerde. Como para sorpresa de Prats tanto Montero como Ruiz aceptan ocupar un lugar en el Ministerio, él accede también a integrarlo con anuencia de su Cuerpo de Generales. Ocupa la cartera de Defensa a instancias de Montero, quien asume en Hacienda; Ruiz Danyau toma inesperadamente Obras Públicas (había insistido en ir a Minería) y Sepúlveda, jefe máximo de Carabineros, Tierras y Colonización. Es el 9 de agosto de 1973.

La presión persiste: el 25 de julio se había iniciado una nueva huelga de camioneros con la misma intransigencia de la precedente y similar propósito: desestabilizar al Gobierno.

Todos entienden que es menester adoptar medidas drásticas, pero como si fuera poco, Faivovich, interventor del Gobierno y el Gral. Ruiz, no se entienden.

La Contraloría autoriza la designación de interventores militares, que comienzan a actuar con energía y eficacia. La excepción es Reñaca, donde Merino restringe la actuación de los marinos.

Parece posible desarticular el paro fabricado y sedicioso. El Ministro de Obras Públicas Ruiz Danyau habla por cadena nacional condenando severamente a los transportistas y acusando a la Democracia Cristiana de buscar el enfrentamiento.

Esta intervención de Ruiz se produce el 16 de agosto. ¿Qué pasa la noche del 16 al 17? Misterio. Porque el mismo General de la Fuerza Aérea que en su discurso menciona "la caballerosidad y altura de miras" de Prats contrastándola con "la pequeñez moral y traicionera perfidia de Vilarín", que menciona crímenes cometidos contra quienes no se han plegado al paro; que acusa a los huelguistas de saboteadores y de haber procedido con métodos gangsteriles, al día siguiente muy temprano se presenta en La Moneda para comunicarle a Allende que ha decidido renunciar.

Es un cohete disparado sobre el mismo centro de La Moneda, porque la resistencia de los paristas sediciosos está en la práctica quebrada, pero si el mismo general que la noche precedente los interpeló con una rudeza inusitada al día siguiente anuncia que quiere abandonar el ministerio, la cuestión vuelve a fojas cero y la huelga adquiere una nueva dimensión fortalecida.

Algo ocurrió esa noche, algunas influencias se movieron, una estrategia desconocida pero ciertamente efectiva se puso en acción. Allende le rogó a Ruiz permanecer en su puesto, pero éste se mantuvo inconmovible. Incluso aceptó tras largos forcejeos no sólo abandonar el ministerio, sino también la Comandancia en Jefe de la FACH, que asumió luego de dilatadas tratativas su segundo el Gral. Gustavo Leigh.

El nuevo Comandante en Jefe, que recibió el cargo muy conmovido, porque "él no tiene ambiciones de llegar al más alto cargo institucional", declina rotundamente jurar como ministro. Ofrece a otro general de la Fuerza Aérea, que no es lo mismo que tres Comandantes en Jefe en el gabinete, aunque se trate del muy respetable Gral. Humberto Magliochetti.

La confabulación perfecta y taimadamente delineada está llegando a su climax. En ese momento tiene un blanco específico aunque la maniobra se presente con sentido distractivo: Carlos Prats. Es el primer blanco, porque a él se atribuye que el segundo objetivo —Allende— se mantenga todavía en pie.

Tan evidente es la compartimentación de la conjura, que Prats es sorprendido en La Moneda por una manifestación de mujeres de oficiales de la FACH que reclaman que el "gobierno marxista" y su Presidente "echó al tan querido General Ruiz de la Comandancia en Jefe". Prats las recibe en ausencia de Allende. Ellas le reclaman que se haya mantenido impávido mientras el querido Gral. Ruiz es despedido como un sirviente. Se desconciertan mucho cuando Prats explica que el Presidente poco menos imploró al general del aire para que no se fuera. Se retiran comentando el hecho.

El ya agobiado Comandante en Jefe se interroga: "¿Quiénes están moviendo siniestramente los hilos de la conspiración sicológica y empiezan a usar la fórmula diabólica de colocar de escudos de su cobardía moral a las mujeres de los uniformados, como cuando se usó a la mujer política de la oposición en la "marcha de las cacerolas", al final de la visita de Fidel Castro?".

Es el sábado 18 de agosto. Pronto sabrá Prats de cómo las mujeres se las arreglan también —instigadas— para darle el jaque mate final de este drama en varios actos.

EL TIRO DE GRACIA

No es fácil entender en su contexto exacto los hechos que se siguieron a la renuncia de Ruiz Danyau y la elevación de Leigh como Comandante en Jefe de la FACH, porque todo por esos días de agosto de 1973 puede tener diferentes lecturas.

El caso que es que el impredecible y "querido" Gral. Ruiz se hizo fuerte en el antiguo aeropuerto de Los Cerrillos, ahora recinto militar aéreo, negándose a traspasar el mando. Se "autoacuarteló", que en las claves castrenses tiene un significado de alzamiento y está rodeado de los peores presagios. Leigh llamó a Prats para comunicarle la situación, pero éste le explicó que si él no pidió ayuda a nadie para sofocar el motín del Blindado 2, de manera similar debería proceder a convencer de buenas o malas maneras a su recalcitrante colega.

Por alguna razón no explicada pero sugerente, la situación se compuso con buenos modales, al decir de Leigh. El lunes 20 de agosto Gustavo Leigh asumió como Comandante en Jefe de la FACH.

¿Qué hubo detrás de todo este montaje? No está claro, pero una de las ideas que se tenían en mente era que el Ejército se movilizara para ayudar a Leigh. Prats lo previo muy bien y se mantuvo al margen de un conflicto tan incierto como esas peleas de matrimonio.

"A las 17.15 horas de hoy, frente a la residencia del Ministro de Defensa Nacional, Gral. Carlos Prats González, ubicada en Pte. Errázuriz Nº 4240, Las Condes, se concentró gran cantidad de público, estimada en más o menos 1.500 personas, integrada por mujeres, hombres y menores, los que se ubicaron en el parque central de dicha avenida, desde donde proferían toda clase de insultos e improperios, en contra de la persona del Sr. Gral. Prats. En el lugar en esos instantes, se encontraba personal de Servicio dispuesto por la Jefatura Superior, a cargo del Sbte. Sr. Eduardo Botetano C, con seis carabineros y el Furgón Nro. 429 de esta Unidad, por cuya radio informó a esta Comisaría, lo que estaba ocurriendo, y al mismo tiempo solicitaba los refuerzos correspondientes. . ." .

El conocido estilo de redacción corresponde al parte firmado por el Comisario Juan Francisco Concha Castillo, Mayor de Carabineros de la 24ª Comisaría de Las Condes, correspondiente al día 21 de agosto de 1973.

Fue el día D de la embestida contra el Comandante en Jefe del Ejército, en ese momento Ministro de Defensa Nacional, maniobra montada cuidadosamente como antes lo fuera la incidencia de la Costanera denominada "Operación Charlie".

En aquella ocasión Prats cayó en la red de la provocación. Su nunca desmentida caballerosidad lo movió impulsivamente a renunciar, sin advertir que todo correspondía a una trama sicológicamente estudiada.

Esta era una reprise de la anterior, con más personajes en escena y el escudo protector de unas 300 mujeres esposas y familiares de aguerridos altos oficiales. Las esposas de los generales Bonilla, Palacios (Javier), Viveros, Arellano, Contreras (Raúl) y Nuño arrastraron a las de otros altos y medianos oficiales. El pretexto era entregar una carta a la Sra. Sofía donde le pedían intercediera ante su esposo por la situación que confrontaban sus maridos (ninguno de los cuales, con excepción de Bonilla, tuvo el valor moral de representarlo directamente) y tácitamente se le conminaba a renunciar.

La llegada de refuerzos de Carabineros al mando del capitán Venegas contribuyó a exacerbar más los ánimos, que eran precisamente los de hacer estallar un escándalo público. Si la intención era entregar una carta a la señora Sofía a la que veían con bastante frecuencia, de la que se decían amigas, con la que compartían pequeñas iniciativas como las de confeccionar sábanas para suplir la carencia de éstas en el Hospital Militar, ¿qué explicación tenía asistir en masa, con un público instalado desde temprano allí para presenciar el espectáculo, con escolta de tres militares, incluyendo un capitán uniformado?

El sentido era muy visible. Frente a la residencia oficial del Comandante en Jefe se paró el capitán Renán Bailas Fuentealba, yerno del rencoroso Alfredo Canales, quien pidió silencio para proclamar: "El General Prats no representa al Ejército de Chile y es un traidor".

Los otros oficiales de civil eran el mayor Claudio Lobos Barrios (curioso detalle: el mismo ex Oficial de Ordenes de Pinochet, en ese momento ayudante del Gral. Viveros, que estuvo en el Blindado 2 tratando de "convencer" a sus compañeros de echar pie atrás) y el Mayor Francisco Ramírez Migliasi, por casualidad a las órdenes del Gral. Sergio Arellano Stark y también por azar parte de un grupo privilegiado que rodea hoy a Pinochet alternándose en los directorios de las más importantes empresas estatales.

El mismo parte oficial de Carabineros, escrito en ese lenguaje tan propio, esquemático y preciso, con abundantes comas en el medio, describe la situación que siguió a la llegada del Capitán Héctor Venegas y 20 carabineros: "Una vez allí, constató, que efectivamente la multitud se encontraba en actitud agresiva y frenética, a tal punto, que ante la llegada de los Carabineros, éstos fueron recibidos con denuestos y pedradas, una de las cuales, que seguramente iba dirigida al Cap. Sr. Venegas, lesionó a una dama, que se encontraba junto a este Sr. Oficial, ocasionándole una lesión en la cabeza, hecho que produjo en esta dama, al verse sangrando, un shok histérico, y sin razón alguna, culpó de ello al Capitán antes indicado, llegando al extremo de limpiar sus manos ensangrentadas en el capote del Sr. Oficial en mención..."

El General Prats estaba en casa ya que amaneció con fiebre. Tras realizar algunas actividades impostergables, volvió a su hogar para acostarse a las dos de la tarde y dormir. Lo despertaron precisamente los gritos enardecidos de las que la prensa opositora llamó con mucha propiedad "las generalas". Cualquier observador imparcial tendría que aceptar que el Cuerpo de Generales no respaldaba ya a Carlos Prats, pero debieron ser "las generales" las que precipitaron la situación.

A las siete de la tarde llegó hasta la casa de Prats el general Oscar Bonilla. Pide hablar con la señora Sofía para darle "una explicación de amigo" por el mal rato, aduciendo que desconocía que su esposa estuviera dentro del grupo de las manifestantes. La señora Sofía se limitó a escucharlo y a continuación abandonó la sala sin decir una palabra. Luego conversó a solas con el Comandante en Jefe. Le explica que su imagen ha sufrido un deterioro y lo acusa de concertarse con Allende para sacar a Ruiz Danyau de la Comandancia de la Fuerza Aérea, además de amenazar a Leigh con "echarle el Ejército encima si no resolvía luego la rebelión de Ruiz".

Prats sabe que los cargos son inexactos pero sin perder la calma, aunque con frialdad de hielo, interroga:

— ¿En qué se basa Ud. para decir todo esto?

— Lo leí en la prensa, mi General. Salió en "La Segunda"...

Ya exasperado, Carlos Prats le replica con energía:

— Me parece increíble que un general de la República exprese juicios injustos basándose en informaciones entregadas por los diarios, sin averiguar primero cómo sucedieron las cosas, ni acudir a sus mandos para preguntarlas. . . Haga el favor de marcharse, porque ya no tengo nunca más nada que hablar con Ud.

Hacia las diez de la noche, cuando la multitud a la que por cierto se habían unido periodistas, fotógrafos, camarógrafos de televisión, apareció Pinochet. Venía a expresar solidaridad. Es pifiado e insultado, porque sigue actuando su rol de hombre de confianza del Comandante en Jefe.

Algo más tarde se presenta Allende con los ministros Fernando Flores, a quien Prats aprecia mucho, y Orlando Letelier, que asumiría el Ministerio de Defensa tras la renuncia de Prats.

Hasta ese momento Carabineros —como queda asentado en el parte— había actuado con gran prudencia por instrucciones expresas del Ministro de Defensa, pero Allende, fastidiado, indignado por la maniobra que percibe, de inmediato da órdenes tajantes de despejar el lugar.

Fue una noche triste para Prats, inmerecidamente afrentado.

La mañana siguiente la grave incidencia es el comentario generalizado en el edificio del Ministerio de Defensa. La comidilla sube y baja por los diversos pisos. Prats cita a su oficina a Pinochet, en ese momento Comandante en Jefe subrogante, a quien le expone que el problema suscitado no es una cuestión personal, de modo que no desea magnificarla: basta con que los generales le expresen públicamente su solidaridad. Este se presenta exteriormente conmovido. Promete ejercer toda su influencia para que los generales firmen una declaración de solidaridad.

Los altos oficiales no tienen un pensamiento concordante. Mario Sepúlveda Squella está indignado por lo ocurrido. El día anterior —cerca del mediodía—, un oficial solicitó autorización para hablar con él pidiéndole reserva, al menos de su nombre. Le comunica que su esposa acaba de llamarlo desde su casa (viven en Antonio Varas con Bilbao donde hay varias torres de departamentos para militares de rango) para contarle que las señoras de los generales Palacios y Viveros la han visitado a fin de invitarla a que las acompañe hasta la casa del General Prats para entregarle una carta a la señora Sofía. "No sabe qué hacer, ni yo tampoco", concluye.

Diez minutos después apareció un coronel para plantearle lo mismo. "Ese era el límite al que se había llegado", comenta hoy el Gral. (R) Sepúlveda.

A mediodía, Pinochet llama al general Prats para comunicarle que un sondeo preliminar lo lleva a creer que sólo unos pocos generales están dispuestos a solidarizar con él. Prats manifiesta entonces que es mejor converse con ellos personalmente.

La reunión se produce a las 13.30 horas. Sepúlveda rememora que "llegó, se sentó frente al escritorio y habló corto pero duro, estableciendo claramente que lo ocurrido no le afectaba personalmente, sino que el conflicto envolvía un agravio para la Institución. Que eso era lo que estaba en juego y a ello había que salirle al paso. Después de eso guardó silencio, a la espera que alguien pidiera la palabra. Nadie se atrevió a abrir la boca. Antes de marcharse nos manifestó que pensáramos nuestras decisiones y las hiciéramos saber".

El general Pinochet decidió entonces citar a los generales para una nueva reunión entre ellos solos para saber cual sería la decisión. La orden se dio para las tres de la tarde.

Después de exponer Pinochet al Cuerpo de Generales la idea de Prats de que ellos solidaricen con él, se discuten los términos de una información que harán llegar a los medios de comunicación. Hasta el observador más despistado se da cuenta que en la nota se responsabiliza a Carabineros de los desórdenes, pero en momento alguno figura una frase de adhesión a su Comandante en Jefe titular.

El General Sepúlveda se levanta para manifestar que no está dispuesto a firmar un comunicado de esta naturaleza pues en él se desvirtúan los hechos. Javier Palacios es de la misma opinión: no quiere firmarlo como está redactado y lo más probable —no lo hizo ver así— tampoco está dispuesto a suscribir nada.

El General Pickering, colaborador valioso y leal de Prats, insiste en que la nota debe incluir conceptos de apoyo al Comandante en Jefe. Lo propio sostiene Sepúlveda. Se incorpora entonces alterado el Gral. Viveros y alega:

—No, no pongan eso. No lo pueden hacer. ¿Qué va a decir la Nana? (se refiere a su esposa).

En ese momento el General Sepúlveda formula una exposición donde deplora la situación que se está presentando. Sostiene que se ha producido un serio quiebre dentro del Alto Mando de la Institución. Que a partir de ese momento él presenta la renuncia indeclinable a su cargo, que pone a disposición del Comandante en Jefe subrogante.

El General Pickering se expresa en términos semejantes. No hay un acuerdo previo entre ellos, pero hace suyas las palabras de su camarada de armas y no está dispuesto a seguir un día más en el Ejército. Le pide a Pinochet que tome nota de su renuncia inmediata.

Sepúlveda recuerda que había allí unos diez generales en total. Algunos de ellos manifiestan su acuerdo con lo planteado por los dos generales (Brady, Alvarez, Valenzuela y Benavides), pero sólo a que en efecto hay una ruptura en el Alto Mando. Contreras (Humberto) dice que también desea renunciar, pero luego se verá que sólo se trató de un saludo a la bandera.

Mario Sepúlveda telefonea a su esposa para comunicarle su determinación. Tal es el clima de incertidumbre existente en ese momento, que ella le responde aliviada: " ¡Gracias a Dios!".

Algo similar ocurre con el Gral. Pickering cuando le cuenta a su esposa su decisión.

Los generales renunciados serían al día siguiente conminados por Prats para que declinaran su posición, pero ambos le explicaron que su salida le permitiría a él proceder de manera drástica con aquellos que atentaban contra la institucionalidad. Mas Prats sabe que si así lo hace será la declaración previa de una guerra civil.

Hoy, transcurridos muchos años desde ese momento, Pickering y Sepúlveda rememoran la dramática situación vivida. Ambos coinciden en que Prats era un hombre demasiado bueno. Más impulsivo, Pickering reflexiona: "Su gran defecto fue no haber enfrentado las acciones de Bonilla, que era en ese momento el principal instigador del Golpe. Tuvo veinte oportunidades para sacarlo. No lo hizo confiando en que reaccionaría. Lo mismo pasó con Canales".

Si hubiese pasado a retiro en ese momento al General Bonilla, quizá hoy estaría con vida.

Ese 22 de agosto se aprueba en la Cámara de Diputados un acuerdo —calificado como "histórico" por El Mercurio— en el cual sin eufemismo se establece la ilegitimidad del Gobierno y se conmina a los ministros uniformados para que procedan a encuadrarlo en los lineamientos constitucionales o de lo contrario comprometerán gravemente el carácter nacional y profesional de las FF.AA. y Carabineros, "con abierta infracción a lo dispuesto en el artículo 22 de la Constitución Política y grave deterioro de su prestigio institucional".

El diputado ultraconservador Hermógenes Pérez de Arce se permite sostener la ilegitimidad del mandato y ejercicio del Presidente de la República, "a quien los chilenos no pueden seguir obedeciendo". Un llamado directo a la insurrección.

Esa noche Allende incurre en un desacierto inexplicable: invita a cenar a su casa de Tomás Moro a diez generales encabezados por Pinochet, entre los cuales están los desembozados golpistas Brady, Benavides y Lutz.

Al día siguiente, en una reunión de alto contenido emocional y humano, a la cual asiste conmovido el ministro Fernando Flores, Prats presenta su renuncia como Ministro de Defensa y Comandante en Jefe.

El inclaudicable dique de contención del Golpe de Estado representado por el Comandante en Jefe del Ejército, cede. Las corrientes bajarán entonces turbulentas para ahogar en sangre 150 años de orden republicano, incluyendo un Parlamento que funcionó ininterrumpidamente por el mismo período.


Notas:

1. Texto completo de ambas cartas en Anexos Nš 1 y 2.
2. La transcripción de la exposición completa nunca conocida públicamente y sus participantes en Anexos Nš 3.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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