Bomba en una calle de Palermo

CAPITULO II

UN FUNERAL DE AQUELLOS TIEMPOS

El lunes 26 de octubre de 1970 las actividades normales de Santiago quedaron prácticamente paralizadas durante varias horas laborales. Tenía lugar ese día un ceremonial revestido con todo el boato y la solemnidad imponente de los grandes acontecimientos de la República. En este caso la causalidad era de carácter luctuoso, puesto que se realizaban las exequias fúnebres de un Comandante en Jefe del Ejército, fallecido a las 7.50 horas del día precedente tras agonizar por 72 horas. El general Rene Schneider Chereau había sido atacado a mediados de la semana anterior por un comando terrorista de ultra-derecha en los momentos de abandonar su casa situada en el barrio alto de la capital. Varios coches lo acorralaron en Martín de Zamora con Américo Vespucio. El militar quiso echar mano de su pistola Star calibre 6,35 milímetros, mas como la acción fue sorpresiva y él estaba sentado en su Mercedes Benz azul de propiedad del Ejército, resultó acribillado a balazos por a lo menos tres de los autores directos del atentado. Nada pudo hacer el cabo-chofer Leopoldo Mauna para protegerlo, salvo trasladarlo a toda velocidad al Hospital Militar donde fue prestamente instalado en una camilla y operado de urgencia. Tenía el hígado estallado, además de otras heridas no mortales. La abundante pérdida de sangre conspiraba contra su estado general.

El alevoso crimen provocó conmoción en Chile y el mundo entero. El único hecho semejante producido antes en el país se registró el 6 de junio de 1837 cuando un tal coronel Vidaurre mató a tiros en la ciudad de Quillota a Diego Portales, Ministro del Interior y de la Guerra durante la presidencia de Joaquín Prieto, que cumplía su segundo mandato.

General de División desde el 7 de enero de ese mismo año de 1970, Carlos Prats González no sólo tenía la segunda antigüedad después de Schneider, sino ejercía la Jefatura del Estado Mayor de la Defensa Nacional y era amigo íntimo del Comandante en Jefe.

La mañana de la encerrona a Rene Schneider en la que participaron 26 vehículos y no menos de 50 hombres armados, el General Prats estaba en su oficina del 5o piso del Ministerio de Defensa cuando a través del citófono escuchó la voz emocionada del teniente coronel Santiago Sinclair, ayudante del Comandante en Jefe, quien le explicó lo ocurrido.

Con sólo verlo sobre la camilla bañado en sangre y el rostro lívido por el dolor. Prats supo que su amigo se moría irremisiblemente. Asumió el mando con la rapidez y energía que la situación ameritaba: ordenó el acuartelamiento del Ejército a través de todo el país, citó a reunión inmediata a los generales de la guarnición de la capital, se comunicó con el Comandante en Jefe de Santiago, General Camilo Valenzuela, cuyo acento abatido lo mueve a creer que está profundamente afectado por lo sucedido; recibió al Ministro de Defensa, Sergio Ossa Pretot, y luego al Presidente Frei; y convino con el Juez Militar General Orlando Urbina para disponer una inmediata apertura del proceso.

Sus generales exteriorizan su indignación por lo que consideran un vejamen a la Institución y minutos después se lleva a cabo una Junta de Comandantes en Jefe, reunión de la cual emana una declaración pública de repudio por este hecho aborrecible. Se promete "sancionar inexorablemente a los culpables directos e indirectos".

El comunicado lo firman además del Ministro Ossa y Prats el Almirante Hugo Tirado Barros y el General del Aire, Carlos Guerraty.

La situación asumía una gravedad extrema, ya que 48 horas después el Congreso Pleno decidirla entre las dos primeras mayorías en las elecciones presidenciales realizadas apenas cincuenta días antes. Los congresistas elegirían entre Salvador Allende, apoyado por una coalición integrada por varios partidos marxistas, y Jorge Alessandri, abanderado de los partidos de derecha.

Si algún misterio encerraba el asesinato éste era definir si se trataba de presionar al Congreso para decidirse por Alessandri, o —como creían los más enterados— un intento de Golpe de Estado. La victoria de Allende no sólo había provocado pavor en la alta burguesía industrial y terrateniente, sino — adicionalmente— un ataque biliar a Nixon en Estados Unidos, quien dio instrucciones al director de la CIA, Richard Helms, para gastar hasta diez millones de dólares si era necesario para impedir la asunción del candidato de izquierda como Presidente.

Varios factores decidieron la elección de Allende por el Congreso, pero ninguno fue más decisivo que el cobarde atentado contra Schneider perpetrado por un seleccionado conjunto de conspiradores de los que el abogado fiscal dijo: "Eran unos inútiles, unos chambones, no servían para nada", bajo la dirección de otros megalómanos no menos incompetentes.

El mismo domingo 25 de octubre Prats fue designado Comandante en Jefe subrogante. Esa jornada dedicada por él al descanso la ocupó en supervisar los preparativos para el funeral del lunes. El día precedente. Allende fue instituido Presidente electo por amplia mayoría. Un clima de incertidumbre se vivía en un país herido por la muerte del general Schneider y porque muchos sentían avecinarse tiempos turbulentos. La derecha política recomponía sus desbandadas fuerzas en medio del pánico de la burguesía. Muchos liquidaban sus propiedades y pertenencias para radicarse en otros países, convencidos de que las hordas rojas caerían sobre sus patrimonios como un feroz ejército de hormigas termitas.

Se trataba ciertamente de un ritual penoso, pero el propósito de consenso era convertir el funeral en un acto esplendente que reflejara el respeto y la admiración concitada por el malogrado Comandante en Jefe. Schneider había hecho una disciplina de vida su respeto por la preservación de la constitucionalidad, la prescindencia política de los institutos armados a partir de la no deliberación y del entendimiento cabal del papel que en una democracia corresponde a las Fuerzas Armadas. Esta noción es la que se conoce como la Doctrina Schneider, largamente olvidada por los detentadores del poder en la actualidad, pero absolutamente vigente.

La mañana se presentó incierta en cuanto a la posibilidad de que el sol contribuyera a hacer más lucida la ceremonia. Una fuerte brisa matinal sacudía los penachos rojos y blancos con que se engalanan los cadetes militares en las ocasiones especiales. Esta lo era, porque Schneider fue uno de los Directores de la Escuela Militar desde donde se disponía a partir el cortejo. En medio de los preparativos la banda de la institución hacía escuchar el "Yo tenía un camarada", himno tradicional del adiós castrense.

Tras los aparatos de rigor con izamiento de los pabellones del establecimiento y la canción nacional cantada a coro, el cortejo salió para cumplir el prolongado recorrido hasta la Catedral Metropolitana. Allí la gente común podría rendirle un homenaje postrero desfilando ante el féretro.

Entre la Escuela Militar y el recinto religioso se apostó un público silente agitando pañuelos blancos en ofrenda. Las banderas de los edificios públicos e incluso de los particulares se exhibían a media asta. Los colegios suspendieron sus clases para que los alumnos asistieran al paso del cortejo. Una nota emotiva la puso un pequeño que se arrodilló frente al vehículo con los restos.

En la Catedral resultaba casi imposible recibir a todos aquellos que deseaban acceder a su interior. Sobre el catafalco se depositó la urna. El comandante Sinclair puso con todo cuidado sobre ella el uniforme de gala de quien fuera su jefe.

Mientras se desarrolló la misa fúnebre oficiada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez, la guardia de honor formada por uniformados contó en todo momento con oficiales generales que se fueron rotando.

El Presidente Eduardo Frei y el recién electo Salvador Allende encabezaron las filas con distinción de rango que se observó en la ceremonia eclesial. La homilía del servicio religioso estuvo a cargo del Cardenal, quien pronunció conceptos atingentes a la oportunidad sancionando moralmente a quienes arrebataron la vida a un militar que la perdió defendiendo la democracia. Analizadas desde la perspectiva de hoy tienen una notación profética que no es ocioso reproducir:

—La violencia se ha revelado como absolutamente estéril para quienes pusieron su fe en ella. Siempre obtuvieron exactamente lo contrario de lo que pretendían. Ni sus conciencias encontraron paz, ni la luz que combatieron fue oscurecida, ni la palabra que los molestaba logró ser acallada. Cuando pensaron reducir sus víctimas al silencio, la sangre de ellos se alzó para hablar con más elocuencia que todas las palabras. Y de sus mismas muertes surgió inagotablemente fecundo un manantial de vida.

Y prosiguió:

—Por eso lloramos, pero no perdemos al que da la vida por sus amigos. Hoy son nueve millones de amigos, nueve millones de chilenos los que sienten renacer su hambre y sed de justicia, su pasión por la verdad, su anhelo y vocación de paz, su imperativo de fraterna unidad y, sobre todo, su fe en la convivencia democrática.

La travesía hecha a pie hasta el Cementerio General duró 45 minutos. El cortejo incluía a cientos de personalidades, flanqueados en todo momento por un público acongojado y respetuoso. La urna conteniendo los restos del Comandante en Jefe fue conducida sobre una vetusta cureña tirada por 28 alféreces militares, navales, de aviación y Carabineros. Delante de las enormes riadas de personas marchaban 45 estandartes con crespones de luto sujetados estoicamente por sus abanderados y escoltas.

Llamaba la atención la presencia cercana a la cureña con el ataúd del caballo Tacora, que fuera favorito del general cuando ejercía como Comandante de la V División de Ejército. El animal sin jinete parecía una fragata: enjaezado como para Fiestas Patrias, con sus remos enhuinchados con vendas blancas y las crines ornamentadas con motas tricolores como los nacionales.

A su paso por la tradicional Pérgola de las Flores, una lluvia de pétalos de rosas se esparció alrededor de la cureña que transportaba la caja mortuoria y flotó largamente ayudada por el viento que seguía soplando con intensidad.

Eran casi las cinco de la tarde cuando la procesión arribó al Cementerio con todos sus dignatarios a la cabeza. Además de los dos Presidentes, uno en ejercicio y otro listo para el relevo, estaban los presidentes de ambas Cámaras del Congreso, el presidente de la Corte Suprema, parlamentarios, ministros, comandantes en jefes de todas las ramas y delegaciones extranjeras, entre ellas el Comandante en Jefe del Ejército del Perú, General de División Amoldo Wilkenried y el General de Brigada Alberto Nicolás Rocatagliatta, quien viajó a Chile en representación del Comandante en Jefe argentino Alejandro Agustín Lanusse, y amigo personal del General Schneider, pues ambos coincidieron como Agregados Militares en Paraguay.

En el campo santo las ritualidades de rigor con discursos pronunciados por el Ministro de Defensa, Ossa Pretot, los presidentes del Senado Tomás Pablo, de la Cámara de Diputados, Jorge Ibáñez, el Comandante en Jefe subrogante General Prats, quien habló por el conjunto de las Fuerzas Armadas, y el general (R) Jorge Rodríguez Anguita, en nombre de los compañeros de curso de Schneider, de la promoción de 1932.

Diversos regimientos presentaron armas y se pronunciaron nuevas oraciones fúnebres, entre ellas la del Vicario General Castrense Monseñor Francisco Javier Gillmore.

Fuera de cuadro para los efectos de la foto, pero vivos, bullentes, encaramados en los árboles o irreverentemente trepados en las cornisas de los mausoleos, surgiendo detrás de las tumbas, sin querer perder detalle, llorando en las calles como fue posible observar a cada paso, el pueblo; el hombre común, el obrero, la costurera, el trabajador manual, para quienes el general asesinado representaba un ser distante, pero al cual, con esa intuición iluminada que sólo parece pertenecerle a ellos, admiraban y respetaban.

El General Prats fue en vida un ser inexcrutable, infranqueable, en cuanto a que hacía de la reserva una especie de código de vida. No obstante ello, quienes lo conocían íntimamente percibían que sus dotes de observación eran extraordinarios. Sus Memorias son una buena prueba de ambos asertos: registra y le otorga sentido a todo cuanto advierte, conversa o lee, pero desencanta a quienes las aguardaban como develaciones espectaculares porque mantiene discreción sobre un sinnúmero de personas que merecían ser desenmascaradas para exhibirlas en sus verdaderas personalidades con nombres y apellidos.

No es entonces un ejercicio inútil de imaginación preguntarse si más adelante reflexionó sobre los participantes tanto de los fastos de la sepultación como de quienes provocaron que esta ceremonia tuviera lugar. Si pensó alguna vez de qué manera algunos de ellos jugarían un rol decisivo en su vida. Si estas conclusiones no se asentaron en sus escritos, ello es sólo atribuible a su mesura, hombría de bien e intransable sentido del honor.

Porque allí estaban —lamentosos y compungidos —, los generales Camilo Valenzuela y Vicente Huerta, Director General de Carabineros, y el Almirante Hugo Tirado Barros, titular en ese momento en la Comandancia en Jefe de la Armada. Todos ellos se confabularon con el general (R) Roberto Viaux Marambio, cabecilla de la conspiración que acabó con la existencia de su amigo Rene Schneider.

Tirado Barros suscribió junto a Prats la declaración pública donde se "acuerda condenar y repudiar con la máxima energía el cobarde atentado" y se asegura que "las tres Instituciones Armadas emplearán todos sus recursos para colaborar en su total esclarecimiento". Firmado esto por el Almirante que viajaba de incógnito desde Valparaíso para mantener reuniones en sitios clandestinos con Viaux, y enterarse de los detalles de la maquinación.

Vicente Huerta emitió otra declaración pública. En ella escribe: "Estas son horas amargas, en las que sólo cabe hacer presente el repudio a los autores materiales e intelectuales del alevoso asesinato. Deseo hacer presente mi congoja y los sentimientos de pesar de Carabineros tanto para el Ejército como para los familiares de mi amigo fallecido". Él, que también se reunía con Viaux vestido de civil para complotar.

Y qué decir del General Camilo Valenzuela, Comandante en Jefe de la Guarnición de Santiago, dotado de todos los poderes después del asalto al coche de Schneider al ser designado Jefe de Zona en Estado de Emergencia, estableciendo el Toque de Queda en la capital. El mismo militar que las investigaciones de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, presidida por el intachable William Fulbright, denunciaron como aceptando recibir 50 mil dólares del Agregado Militar de la Embajada norteamericana en Chile, coronel Paul Wimert, si el secuestro del Comandante en Jefe resultaba exitoso. Esto ocurrió el 20 de octubre de 1970. Se trató de un último desesperado intento del Grupo de Tareas de la CIA por impedir que Allende llegara a La Moneda.

También allí en la necrópolis, "con el rostro ensombrecido", estaba el presidente de la Corte Suprema, Ramiro Méndez, quien presidió después el Pleno donde se impidió el desafuero del senador derechista Raúl Morales Adriasola, implicado en la conjura por sus contactos con el chileno radicado en Venezuela, José Olalquiaga, agente de la CIA, encargado de aportar fondos a los conspiradores para la compra de armas. Sólo dos de trece Ministros votaron en contra del parlamentario golpista. Otros magistrados de la justicia ordinaria intervendrían también para desbaratar las acusaciones probadas por el Fiscal Fernando Lyon y las penas dictadas por el Juez Militar general Orlando Urbina, entre ellas las que afectaban a Tirado, Valenzuela y Huerta.

También en el mismo lugar, flanqueándolo, pues en ese momento es su Comandante en Jefe, están los generales que conspiraron en la sombra para hundirlo cuando Prats empeñó su carrera para establecer una tregua política entre el Gobierno del Presidente Allende y la Democracia Cristiana, que en última instancia pudo evitar el Golpe de Estado. Allí estaban a su lado: Augusto Pinochet, Orlando Urbina, Manuel Torres de la Cruz, Oscar Bonilla, Alfredo Canales y, entreverado, apareciendo en una curiosa fotografía cuando observa sesgadamente al Presidente Electo, uno de los Edecanes de Frei llamado Humberto Gordon.

El actual integrante de la Junta después de su paso por la dirección de la CNI ha hecho una carrera mediocre en el Ejército, lo que no obsta para que hoy sea general de cuatro estrellas. Especialista en la parodia involuntaria Gordon declaró al ser elegido para suceder en la Junta a otro favorito, el Teniente General Julio Canessa: "En todas las actividades se tienen poderes. Lo importante es que nunca se abuse del poder".

En un lugar muy distante, pero también expresando desconsuelo, el coronel Sergio Arellano Stark asistía a una misa en Madrid donde cumplía funciones como Agregado Militar.

Todos los mencionados fueron después los generales del Golpe, a los que se unieron algunos coroneles ascendidos por el propio Prats, como César Raúl Benavides, Javier Palacios, Herman Brady, Raúl Contreras, Washington Carrasco, Sergio Nuño y Arturo Viveros, sin contar al entonces general Ernesto Baeza, por ese tiempo Agregado Militar en Washington. En el escalón correspondiente a la Academia de Guerra el mayor Manuel Contreras Sepúlveda.

Varios pudieron pasar a retiro por razones más que fundadas, pero Prats no tenía otra cosa en mente que aplicar las normas institucionales. En ese sentido, el general carecía de malicia política. Lo recuerda Ramón Huidobro: "Primero que nada Carlos era un hombre de estudio, un profesional absolutamente consagrado a su actividad militar, que tenía grandes inquietudes intelectuales, un hombre bastante culto que quería escribir sus Memorias desde mucho antes de verse envuelto en el torbellino de la política, cosa que seguramente contrarió su carácter". Y agrega el ex Embajador en Buenos Aires, con cierta nostalgia cariñosa: "La verdad es que era bastante ingenuo en algunas cosas".

La ceremonia finalizó a las 17.45. Allende y Frei caminan juntos por las avenidas del Cementerio en busca de sus respectivos coches. Eran adversarios políticos pero mantenían una amistad a través de muchos años de alternar en el Senado. Frei le preguntó entonces a Allende:

— ¿A quién vas a nombrar Comandante en Jefe?

—Mi candidato es Schneider.

—Pero Schneider está muerto —replica Frei.

—El era mi candidato y si ha sido asesinado propongo como sucesor al general que compartió con él su celo profesional: Carlos Prats. . .

CONSPIRACIÓN: PRESENTE Y FUTURO

Carlos Prats desconocía desde luego esta conversación, de modo que tampoco tenía muy claro lo que ocurriría con su carrera. Probablemente cuando abandonó el Cementerio General en los momentos que la multitud antes cohesionada empezaba lentamente a desintegrarse, su pensamiento estaba centrado en su amigo Rene Schneider, cruelmente inmolado por la pasión patológica de poder que se apodera de algunas mentes.

Habrá quizás pensado —no lo sabía en ese momento pero sí lo sospechaba — quienes habían encabezado el complot cuyas ramificaciones arrancaban desde hacía algo más de un año. En esta oportunidad se produjo lo que se denominó después "el Tacnazo".

Todo comenzó el 18 de septiembre con oportunidad del solemne Te Deum de Fiestas Patrias. Los servicios de seguridad detectan situaciones de deliberación entre oficiales de menor rango. Luego se produce un conato de sublevación: el Regimiento "Yungay", de guarnición en San Felipe, llega deliberadamente tarde a la formación ante la Catedral para rendir honores al Presidente Frei. Circunstancialmente al mando está el 2º Comandante Mayor Arturo Marshall Marchesse, que mantiene contactos con Roberto Viaux.

Ambicioso, con una egolatría enfermiza, Viaux está al frente de la I Guarnición con asiento en Antofagasta, donde demagógicamente agita problemas de equipamiento y económicos reales existentes entre la oficialidad menor y suboficialidad. El Servicio de Inteligencia Militar (SIM), sin embargo, no tarda en entregar informaciones precisas sobre sus actividades.

El entonces Comandante en Jefe del Ejército, General Sergio Castillo Aránguiz, reúne al Consejo del Cuerpo de Generales el 16 de octubre de 1969 para analizar los problemas de disciplina de Fiestas Patrias y las dificultades presentadas en la I Guarnición. El resultado es que a Viaux se le pone en situación de retiro, determinación cumplida no sin ciertas escaramuzas de rebeldía provocadas por el alto oficial.

Apenas tres días después se produce el "acuartelamiento" del Regimiento Tacna con apoyo de la Escuela de Suboficiales. El general Viaux ingresa al Regimiento a las seis de la mañana y ordena apresar a su Comandante, coronel Woolvett.

El conflicto provoca alarma nacional, porque se trata de un levantamiento para remover al Presidente Frei. Su solución resulta nociva para el Ejército, porque no se obtiene mediante el reconocimiento de los mandos, sino por intermediación de un civil: Patricio Silva, Subsecretario de Salud, que media para arribar a un acta insatisfactoria para las partes, pero que pone fin a la impasse.

Prats infiere que Viaux no es otra cosa que una pieza menor en un ajedrez mayor, donde hay personajes civiles y militares que se mueven en conciliábulos de pasillos a la espera del resultado para salir a la luz o para recogerse a sus posiciones a la espera de otra oportunidad.

La renuncia de Castillo Aránguiz es seguida por la asunción del General Schneider, Comandante de la V División con sede en Punta Arenas, como nuevo jefe máximo del arma.

El coronel (R) Carlos Ossandón, designado Comandante del Tacna después de estos acontecimientos, por disposición de Schneider, recuerda que "los sucesos del 'Tacnazo' significaron un grave quiebre en el orden institucional y el inicio de una crisis más profunda. De ahí que se viera la necesidad urgente de profesionalizar las principales unidades afectadas. En los hechos, Viaux estaba utilizando en su beneficio un sentimiento muy auténtico de la oficialidad que se sentía desplazada: desconocidos en las universidades, no contemplados en ningún tipo de planificación en las actividades de gobierno. Éramos estupendamente buenos cuando se producía una emergencia, pero no considerados en otros momentos. Nos sentíamos manejados, usados".

Consecuencias del affaire son el nombramiento de Sergio Ossa Pretot como Ministro de Defensa en lugar del General (R) Tulio Marambio y de Carlos Prats como Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

Era un peldaño importante para Prats, por supuesto. Hasta entonces él era Comandante en Jefe de la III División con sede en Concepción, donde se vivían sólo los coletazos menores de las situaciones políticas producidas en Santiago. Allí tenía tiempo incluso para jugar bridge, practicaba equitación y conocía a todo el mundo porque era de la zona: había nacido en Talcahuano, que recuerda ya no era el mismo puerto de calles empedradas de sus años de niñez. Tampoco Concepción se parecía a una taza de leche. En la siempre aguerrida universidad penquista había nacido el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, del cual eran sus líderes Luciano Cruz, los hermanos Miguel y Edgardo Enríquez y un bastante más joven Nelson Gutiérrez.

Los días en Santiago resultan muy agitados para Prats, pues las secuelas del Tacna siguen apareciendo en una y otra parte. Un día es una reunión deliberativa en una casa de la calle Gay Nº 2496 donde quien actúa como cabeza es el coronel (R) Raúl Igualt Ramírez", suegro de Roberto Viaux. Otro es un complot extravagante inventado por un general (R) llamado Horacio Gamboa, que tuvo su cuarto de hora en tiempos del General Ibáñez cuando llevó a cabo una nada épica incursión sobre Santiago, realizando la primera exhibición de fuerza sobre una población desarmada como las que se acostumbran estos días.

También Gamboa tenía contactos con Viaux, quien según todos los decires manejaba los hilos desde las sombras. El estaba allí, siempre disponible para encabezar cualquier asonada que pudiera situarlo en posiciones de poder.

La victoria electoral de Salvador Allende, contra todos los pronósticos, le dio ocasión por fin de cumplir algunas de las hazañas que proyectaba, tomando eso sí prudente distancia del lugar donde se producía la conflagración. Incentivado Viaux por políticos de derecha, de los cuales era un peón, y financiado por la CIA, dispuesta como está dicho a gastar lo que fuera preciso para sacudir a las Fuerzas Armadas y en particular al Ejército a fin de impedir el acceso de Allende a la Presidencia, ideó un plan desquiciado: secuestrar al Comandante en Jefe del Ejército para que los mandos creyeran que del hecho era responsable el terrorismo de izquierda.

La mise en escène comenzó a montarse después del 18 de septiembre cuando el Embajador de Estados Unidos Edward Korry recibió una carta blanca desde su país para adoptar todos los cursos de acción necesarios menos el usado en la República Dominicana (ya se sabe que allí entraron los marines para expulsar del gobierno al Presidente Juan Bosch) para impedir que Allende tome el poder.

Un grupo terrorista de ultraderecha encabezado por Enrique Arancibia Clavel desata una ola de violencia, haciendo estallar bombas en diversos lugares, incluyendo un lunático intento de hacer volar el aeropuerto de Pudahuel, que hubiese tenido como consecuencia centenas de muertos en barrios populares. Se atribuyen a una ficticia organización de extrema izquierda denominada BOC (Brigada Obrero-Campesina).

La culminación de esta escalada estaba a cargo del estratega Roberto Viaux, quien debería integrar un grupo capaz de secuestrar al General Schneider, llevarlo a una casa de dos pisos localizada en un sector de Ñuñoa y esperar allí el desarrollo de los acontecimientos, que según el ex-general debería ser el alzamiento de las Fuerzas Armadas contra el Gobierno constituido con la consecuencia de que asumiera el poder el Almirante Tirado Barros, el Ministerio del Interior el General Valenzuela y el de Defensa, él mismo: Viaux.

Quizá si esta acción hubiese sido encargada a un comando especializado de profesionales en este orden de actividades detestables, el plan pudo llevarse a efecto, aunque es dudoso que los mandos militares —los de aquellos días, a pesar de Camilo Valenzuela— adoptasen el camino de destituir a Frei y tomar el poder.

El indecible Viaux, en cambio, confió esta delicada misión a un conjunto promiscuo de jóvenes bien y truhanes, cuya única identidad era su ineptitud para realizar ésta o cualesquiera otra tarea. Estaban más capacitados para montar una función de circo que para consumar el plagio de un Comandante en Jefe, que lógicamente no lo iba a permitir.

La resultante, ya se conoce. Todo fracasó desde el primer instante, a tal punto que resulta difícil creer que algunos participantes tuvieran una intención diferente de la de acribillar a tiros a un militar de impecable vocación democrática como Rene Schneider.

Schneider y después Carlos Prats, resultaban un obstáculo insorteable para quienes quisieran subvertir el orden constitucional. Militares de honor, formados en una escuela arraigadamente profesional, de gran sensibilidad social y anhelos de paz y justicia para el país, representaban un escollo para las pretensiones golpistas.

Por eso se asesinó a Schneider en octubre de 1970 y al General Prats cuatro años más tarde, aunque estuviera en otro país y por principio no se sintiera dispuesto a participar en aventura extralegalista alguna.

La sólida amistad entre Schneider y Prats deviene de unas amistosas confrontaciones dialécticas que nutrieron la historia menor de la Academia de Guerra. Carlos Ossandón las evoca hoy con un sentimiento de añoranza: "El general Prats había sido mi teniente instructor en la Escuela Militar en 1941. Curiosamente, no era ni instructor de Artillería, que nos daba, ni mucho menos de basquetbol de la que también se hizo cargo. En ese momento el teniente Prats era para nosotros uno de los intelectuales dentro del Ejército, de modo que verlo a cargo de la rama de basquetbol nos parecía extraño. A él le daba mucha risa esta destinación, porque su deporte favorito era la equitación. Era un excelente jinete. No sé como se las habrá arreglado, pero el caso es que nos clasificamos campeones de Chile".

"Después fue oficial de Estado Mayor y Profesor de la Academia de Guerra. En su- paso por el Estado Mayor fue el gran planificador del llamado Libro Blanco donde se resumían todas las políticas a aplicar por un oficial de Estado Mayor. Esto es, la nueva política derivada de la II Guerra Mundial, más o menos siguiendo las normas norteamericanas".

"Luego me encuentro con él en la Academia de Guerra. Fue entre los años 58 y 61. Era profesor de Logística. Yo fui su ayudante. A él evidentemente le gustaba la Estrategia, sobre la que hizo clases después junto al General Schneider y los altos oficiales Sagredo y Forch. Para muchos ha sido la mejor época de la Academia de Guerra. Personas que recuerdan esos tiempos dicen que eran históricos los duelos que en materia de Estrategia se entablaban entre Prats y Schneider. Claro que siempre en forma fraterna y cordial, porque eran muy amigos. Schneider enseñaba Táctica y por eso se producían estas discusiones que tenían mucho público".

"Más tarde, siendo ya Comandante del Tacna comencé a ver al General Prats en la famosa "mesa de los miércoles", que se inició cuando se instauraron los "miércoles deportivos" en el Ejército. Los no deportistas nos reuníamos en el Club Militar. Los generales Prats y Schneider integraban la mesa. Y uno no podía ir y sentarse allí. Se era elegido para sentarse en ella. Se trata de una mesa de élite que todavía, entiendo, existe".

"Recuerdo que cuando Allende ganó las elecciones, el General me llamó al Estado Mayor. Todavía el Congreso no decidía y el problema de la Doctrina Schneider estaba en su apogeo, ya que no se sabía que actitud se adoptaría en las Cámaras. Prats me dijo: "Ossandón, siéntese. Saque papel y lápiz. Este es un tema de coeficiente 3, que en nuestro código quiere decir un tema extraordinariamente difícil y delicado. ¿Qué debemos hacer las Fuerzas Armadas, y especialmente el Ejército, frente a la asunción de Allende si cuenta con el apoyo del Congreso?".

Ossandón sonríe cuando rememora la situación: "Al principio creí que era una broma. Pero luego cerró la puerta y me dijo: 'Piénselo' y se marchó. Yo medité un rato largo y después escribí a lo ancho de la página: 'Confiabilidad'. Cuando miró mi respuesta me observó en esa forma tan característica suya y luego me dijo: ¡¿Eso es lo único que se le ocurre escribir?!. Yo le respondí que no teníamos alternativa, que debíamos aceptar lo que votara el Congreso. Me respondió entonces: '¿Cómo vamos a confiar cuando se dice que se van a reestructurar las Fuerzas Armadas, e incluso a rebajar los ingresos de los montepiados?'. Me di cuenta de que el asunto iba muy en serio y que él como Jefe del Estado Mayor era la primera persona que debía asesorar al Comandante en Jefe. Estaba llevando a cabo un estudio para lograr lo que se denomina "la apreciación global". Lo noté muy preocupado y recuerdo que pensé que mi general Prats era democratacristiano".

La apreciación de este buen y leal amigo del General Prats que es Carlos Ossandón resultó equivocada, pues como se sabe el militar fue apolítico.

El último comunicado de Prats antes de ser designado Comandante en Jefe, fue a propósito de la muerte del General Schneider. En él escribe: "El Comandante en Jefe suplente infrascrito reitera en este momento de tan hondo dolor su fe más inquebrantable y su convicción más absoluta de que su Institución deberá mantener firme y férrea unión y continuará por esta senda limpia y patriótica que tantas veces nos señalara nuestro querido y respetado General Schneider y que nos permitirá cumplir, hoy y siempre, la alta misión que nos señala para el mejor porvenir de la Patria, la Constitución y las leyes".

Sería irrespetuoso decir que el General Prats adolecía en oportunidades de cierta candidez, pero sí se podría sugerir que era un optimista impenitente.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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