Bomba en una calle de Palermo

PRIMERA PARTE

¡Adiós democracia!

CAPITULO I

EXTRAÑOS EN LA ESQUINA

La primavera se manifestaba cálida y húmeda en Buenos Aires ese domingo 29 de septiembre de 1974 a las nueve y media de la noche.

A esa hora regresaba a su casa la señora María Rufina Leyes de Trucco, inquilina del edificio de departamentos de Malabia 3359, a quien llamó la atención que las luces de la intersección de las calles Cerviño y Malabia, hacia Libertador, estuvieran apagadas. De acuerdo con una declaración formulada cuatro días después a la Policía Federal, se trataba de un hecho inusual. A una cuadra de distancia, en la esquina de Malabia con Cabello, distinguió también la presencia de personal policial uniformado.

Algo más tarde, María Luisa Primitiva Fernández empleada doméstica de la señora Leyes de Trucco, observó la misma oscuridad al volver de su día franco y expuso que en el cruce de Malabia con Cerviño había apostado un grupo de alrededor de diez hombres en su mayoría jóvenes, circunstancia que en ese momento no llamó particularmente su atención.

La calle Malabia está localizada en el barrio bonaerense de Palermo, tan ligado al sentimiento de Jorge Luis Borges y reducto de clase media acomodada o alta. Sus vecinas son dos arterias bien diferenciadas entre sí: Juan Francisco Seguí, de características similares por sus edificios de departamento de entre cinco y diez pisos, y Avenida Libertador, travesía ancha de doble vía con tránsito copioso y costanero que remata hacia el sur lejano y tanguero en el barrio tradicional de la Boca, tras adoptar diversos nombres.

El Palermo de Borges tampoco estaba eximido por esos días de lo que en Buenos Aires se llamaba, en el lenguaje críptico no exento de humor negro de los servicios de seguridad, Zona Liberada, que correspondía a un sector sometido a un aislamiento coordinado de fuerzas policiales. Como por arte de magia, el personal uniformado de guardia desaparecía después de recibir una orden cuando estaba próximo a producirse un atentado. De modo igualmente sorprendente solía suspenderse el alumbrado eléctrico en la vía pública y, en oportunidades, hasta los teléfonos domiciliarios del lugar seleccionado.

No fue extraño entonces que no más allá de una hora después ni un alma transitara por la oscurecida calle Malabia.

El sol había brillado en plenitud desde las primeras horas de ese domingo, pero no fue el esplendor primaveral que incentivó al matrimonio Prats, ocupante del departamento número 3 del edificio de departamentos de Malabia, a salir de su rutina

El general (R) Carlos Prats González, ex Comandante en Jefe del Ejército de Chile, y su esposa Sofía Cuthbert Chiarleoni tenían establecida una ritualidad dominical que raramente abandonaban: él se enfrascaba en una concienzuda lectura del diario, sin dejar la cama, tras apurar un desayuno espartano, y ella, levantándose en bata para prepararlo y ordenar apenas lo indispensable en la cocina, para después introducirse de nuevo en el dormitorio a veces con un breve interludio de sueño ligero.

Ese domingo de primavera escapó a esta especie de reflejo condicionado en las costumbres tradicionales del general, que a media mañana trabajaba aunque fuera una hora en su libro de Memorias.

Hacía algo más de un año que el militar habitaba en el departamento de la calle Malabia después de exiliarse de Chile tras el Golpe de Estado, que derribó el Gobierno del Presidente Allende. Alquilado con mobiliario elegido por otras personas su único sello diferenciable del hogar frío e impersonal de lo que no es propio lo constituía la habitación destinada a escritorio, acomodada a su satisfacción por el general. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo disponible empeñado en terminar cuanto antes su libro, como si se tratara de una compulsión premonitoria.

Ese domingo 29 de septiembre el hábito se interrumpió por una invitación a almorzar en las afueras de la capital formulada por su amigo Eduardo Ormeño, hasta tiempo atrás Cónsul General de Chile en Buenos Aires y compañero de labores durante un año y medio en la Embajada desde 1964 cuando el entonces coronel Prats servía el cargo de Agregado Militar.

Ormeño logró convencer al matrimonio Prats para asistir a un asado campestre en una amplia y elegante quinta en Bellavista, lugar aledaño a la enorme urbe, situado a unos cuarenta minutos en automóvil en dirección de Olivos. Amigos de larga data del ex diplomático, los anfitriones eran Andrés Stevenin, catedrático de matemática pura, que no ejercía su especialidad en las aulas universitarias por su acomodada posición económica, y su esposa Marta Muratorio, hija de un ex Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea argentina, retirado tras la caída de Perón en septiembre de 1955. Vivían alternadamente en Buenos Aires y en París.

El ex Cónsul General de Chile cimentó una amistad con el general Prats en la Embajada. En 1972, a instancias de Prats, por entonces Comandante en Jefe del Ejército, Ormeño realizó en Santiago un curso de Alto Mando en la Academia de Guerra en representación del Ministerio de Relaciones Exteriores. Cuando en septiembre de 1973, el general llegó a Buenos Aires ambos renovaron esta relación y una semana después del arribo el Cónsul contó en la Embajada que esa noche había invitado a cenar a su casa al general Prats.

Ormeño narra que en la oportunidad se produjo un silencio ominoso entre los funcionarios de la sede diplomática. Para nadie era un misterio las circunstancias en que Prats abandonó Chile, de manera que el agasajo les resultaba a lo menos inoportuno. La tensa situación fue quebrada por el Coronel Carlos Ossandón, otro buen amigo y alumno del distinguido general, en ese momento Agregado Militar, quien manifestó que la invitación le parecía una excelente idea. Para corroborarlo exhibió un cable recién recibido bajo firma oficial en donde le sugerían que el ex Comandante en Jefe fuera bien atendido.

Como si una imagen congelada cobrara de pronto animación, casi todos coincidieron en ese momento que la iniciativa de Ormeño era magnífica y resultaría bastante más lucida si a ella se unían también algunos de ellos. El anfitrión, sin embargo, se mostró en extremo renuente a ampliar la invitación a alguien más, pues deseaba conversar en confianza con su amigo. Debido a que se le pidió oficialmente que lo hiciera, el Cónsul General se sintió obligado a hacer extensivo el convite al Ministro Consejero, Javier Illanes, en la actualidad Embajador del gobierno de Pinochet en la Organización de Estados Americanos.

El trayecto hasta la quinta de los Stevenin en Bellavista se inició a las nueve de la mañana. Carlos Prats y su esposa Sofía abordaron el Fiat 124 de color blanco invierno de Ormeño. "El general estaba de excelente humor", recapitula el ex funcionario de carrera de la Cancillería. "Se instaló a mi lado, y en el asiento trasero se acomodó la señora Sofía. Carlos, con frecuencia un poco retraído, conversaba animadamente esa mañana, pero yo observaba que de vez en cuando daba vueltas la cabeza. De pronto se puso muy serio y me dijo: 'Nos viene siguiendo una camioneta'. Me reí y le contesté: 'Claro que nos viene siguiendo. Es el guardaespaldas que tengo en Buenos Aires'. La verdad es que yo olvidé informar al general que también había sido invitado el entonces Agregado Laboral de la Embajada, mi amigo Aldo Verdugo, un ex dirigente de Correo y Telégrafos en Chile, quien desconocía la ruta. Fue un motivo más para la risa del general".

Eduardo Ormeño rememora nítidamente los detalles del almuerzo. Como pocas veces Carlos Prats estaba alegre y despreocupado, con una disposición inmejorable, ya que muchas veces en el último tiempo lo observó inquieto, convencido de ser objeto de una vigilancia permanente. Ormeño cuenta qué solían almorzar una o dos veces por semana y en esos últimos días lo advirtió tenso, cansado, como si estuviera agobiado por múltiples problemas. "Yo no diría que estaba asustado, sino sólo alerta... Sin embargo, él siempre tan compuesto en el trato y en la vestimenta, se puso esa mañana una campera como llaman en Argentina a esas chaquetas ligeras con cierre de cremallera en el pecho. No recuerdo bien de qué color; sólo que era una tenida informal".

El general Prats —evoca Ormeño— se convirtió en centro de atracción del almuerzo al aire libre servido en varias mesas distribuidas alrededor de la piscina. "Por su representación absorbió la atención de las personas, algunas de las cuales lo conocían desde sus tiempos de Agregado Militar y le hicieron patente su aprecio. No era él una persona demostrativa. Para algún observador superficial podía parecer un poco seco y ceremonioso, pero cuando se le conocía mejor se advertía de inmediato su afabilidad. Era algo retraído, ensimismado a veces, pero siempre gozó de un trato social privilegiado".

Ese domingo el militar chileno estaba en uno de sus mejores días. Comió con buen apetito, pero bebió moderadamente como era su costumbre. Incluso se acomodó junto a un alegre grupo para que Ormeño tomara algunas fotografías. Después del asado tradicional, integró una de las mesas de bridge. Prats comentó que solía practicarlo cuando estuvo destinado en Concepción, aunque debió reconocer tras algunas miradas fugaces de sus compañeros de juego que lo tenía un poco olvidado. El mismo propuso que los jueves sucesivos se reunirían a jugar algunas manos de bridge. Prometió releer el Manual de Goren para ponerse al día.

Ormeño supone que estaba desacostumbradamente relajado, porque al parecer había entrado en las etapas finales de su libro, guardado celosamente en una caja de fondo empotrada detrás del closet de su escritorio.

"Yo sabía que tenía una cita con Ramón Huidobro para ir al cine, de modo que a media tarde lo llevé de vuelta a su casa porque debía cambiarse de ropa", comenta el ex Cónsul General.

Ormeño piensa hoy que en esa ocasión lo dejó en su departamento alrededor de las ocho de la noche, pero debió ser necesariamente antes de esa hora, puesto que los Prats y los esposos Huidobro estaban concertados para ir a la función de vermut de un cine céntrico.

De lo que sí está seguro Ormeño es de que Carlos Prats no salió de su casa antes de las nueve de la mañana, de modo que su automóvil Fiat 125 modelo 1973 permaneció desde el día anterior -sábado 28 de septiembre- en el garage con portones metálicos de color verde, cuya entrada tiene el número 3351 de Malabia. Se trata de un estacionamiento con puertas macizas de dos alas con acomodación para tres coches. Se ingresa a él por el exterior usando la llave o por el interior bajando directamente desde los departamentos. Para acceder a éstos debe trasponerse otra entrada metálica decorada con fierros forjados utilizando la llave o llamando a las residencias por medio de un citófono eléctrico. Un portero colabora en el mantenimiento y la administración del edificio.

El departamento localizado en el bloque de cinco pisos de la calle Malabia fue seleccionado por personal del Ejército argentino de acuerdo con las disponibilidades económicas del ex Comandante en Jefe, quien en definitiva pagaba el arriendo con sus remuneraciones como Gerente Administrativo de la Industria Gomalex S.A. La jubilación que le correspondía tras acogerse a retiro el 23 de agosto de 1973, no podía serle 18 remitida fuera del país de acuerdo con las regulaciones del Banco Central. Prats declinó que se hiciera una excepción en su caso. Mucho menos aceptó hacer uso del dinero cambiándolo en forma subrepticia para que le fuese despachado a Buenos Aires.

El resultado de todas estas limitaciones era una vida austera en un país convulsionado por el terrorismo.

La espeluznante escalada de violencia se incrementó en Argentina hasta límites insoportables tras la muerte del mítico general Juan Domingo Perón, ocurrida el 1º de julio de 1974. Sólo a la beatería del peronismo ortodoxo le produjo satisfacción su reemplazo por su viuda Estela Martínez, llamada Isabelita por sus incondicionales.

El temor parecía impregnarlo todo en un país donde las dictaduras militares se venían alternando desde 1930, con breves remansos de gobiernos constitucionales que tampoco representaban una garantía de seguridad para aquellos -la enorme mayoría—, que no formaban filas en uno u otro lado extremo del espectro.

La denominada Acción Anticomunista Argentina (A.A.A.), nacida en las narices mismas de un Perón ya senil, por iniciativa de su Ministro de Bienestar Social, José López Rega, decidió presentarse oficialmente en sociedad, no bien asumió Estela Martínez, despachando notificaciones a los medios de comunicación como si se tratara de una sociedad filantrópica. Su propósito confesado era desbrozar "la maleza del terrorismo marxista enquistado en el peronismo". Los blancos pretendían ser el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), descrito como de los "troscos", y el grupo Montoneros, calificado más benévolamente como de los "zurdos". En rigor, sus enemigos eran todos aquellos que tenían un pensamiento diferente del ultraderechismo. Un auténtico Escuadrón de la Muerte, sin la cubierta engañosa de su símil de Brasil, no menos tenebroso, que desbarataba la delincuencia común a través del argumento convincente de acribillarlos a tiros.

La Triple A se instauró para asesinar sin proceso tanto a quienes tomaban las armas para imponer sus criterios como a profesores universitarios, intelectuales, artistas, sindicalistas y a quienes reclamaran reivindicaciones o justicia por medio del pensamiento o la palabra.

Como atención especial, la Triple A tenía la urbanidad de anunciar previamente estos propósitos a sus futuras víctimas, de manera que a quienes no se dieran por advertidos como Raúl Laguzzi, Rector de la Universidad de Buenos Aires, le hacían volar la casa con una bomba, que no mató al docente sino a su hijo de cuatro meses.

La A.A.A. perpetraba sus crímenes con apoyo logístico o en directa connivencia con autoridades de gobierno y la policía, por más que la inefable María Estela Martínez de Perón clamase como una diosa alada y abracadabrante desde la Casa Rosada que "pareciera que sobre el mundo se hubieran lanzado los cuatro jinetes del Apocalipsis bíblico, con su secuela de violencia, vicios y deformaciones", agregando con una resolución que no creía ni ella misma que "de manera alguna seremos débiles para aplicar la ley con todo su vigor".

A pesar de sus garantías de que el gobierno "no estaba inerte", en menos de tres meses se produjeron 95 asesinatos con violencia a partir del 1º de julio. La estadística del espanto daba cuenta que 814 personas habían perdido la vida a causa del terrorismo antes de finalizar 1975.

Días antes de ese domingo 29 de septiembre de 1974, hampones vestidos con impecables uniformes de la Policía Federal sacaron a punta de pistolas desde un hotel del barrio central Once a Atilio López, ex vicegobernador de Buenos Aires, figura señera del sindicalismo peronista de izquierda, y a Juan José Varas, quien fuera Subsecretario de Economía, para llevárselos con destino desconocido. Resultó un misterio de corta data: antes del día siguiente sus cadáveres fueron hallados en un caserío apenas poblado a 90 kilómetros de la Capital Federal. Como lo que menos le faltaba a los delincuentes pertrechados desde el Ministerio de Bienestar Social eran armamento y municiones, a cada uno le alojaron cincuenta balas en el cuerpo.

El ambiente enrarecido por el terror adquirió por esos días una osadía sin precedente. Las amenazas y las advertencias dejaron de ser desdeñadas. El ex Rector de la Universidad de Buenos Aires Rodolfo Puiggrós, doctorado en Ciencias Sociales y prestigioso historiador, solicitó y le fue concedido asilo en la Embajada de México. Nacha Guevara y Norman Briski, actores, abandonaron también el país.

Los Montoneros, empeñados en mantener una fama sin desmedro luego del juicio burlón del ERP de ser "burgueses que se entretienen jugando a revolucionarios", anunciaron que en su lista figuraba en lugar preponderante nada menos que el ex Presidente Alejandro Agustín Lanusse, el mismo que en un alto para el esparcimiento durante el encuentro oficial con el Presidente Allende, bailó en Antofagasta la milonga "Taquito Militar" con Sofía Cuthbert de Prats. El fornido general tomó el asunto muy en serio. A pesar de contar con un nutrido y eficiente equipo de custodia, prefirió los aires menos expuestos del Uruguay y residió por un tiempo en el país vecino.

Durante el funeral del teniente coronel Jorge Oscar Grassi, asesinado en Rosario, el teniente general Leandro Enrique Anaya formuló una advertencia a quienes describió como "un grupo de inadaptados" notificándolos que "el Ejército está preparado para caer sobre ellos con todos sus medios, cuando el pueblo así lo reclame, a través de sus legítimos representantes". Bellos conceptos legalistas que se cumplirían de manera escalofriante a partir de 1976 cuando en Argentina se da comienzo a lo que se denominó simplemente "El Proceso". Ni el pueblo, ni sus legítimos representantes tuvieron participación en la gestación de este orden despótico y pavoroso.

Carlos Prats estaba perfectamente consciente de la situación. Como recapacita hoy su hija María Angélica, "se cuidaba". A su amigo Ramón Huidobro, a quien debía ver esa tarde del 29 de septiembre de 1974, le había dicho con esa gravedad que alguna vez aparecía en sus facciones: "Ando con mi pistola".

En el almuerzo de Bellavista cautivó a sus anfitriones e invitados con su serena simpatía y la gentileza exenta de malicia que era como una impronta de su personalidad. Estaba inquieto, vigilante, mas nadie pareció advertirlo en medio de la despreocupación del almuerzo campestre ni él permitió que alguna de estas emociones se hiciera presente esa tarde en su rostro resplandecido por una sonrisa cordial.

Tan apremiados por el tiempo llegaron los Prats a su departamento de la calle Malabia, que la señora Sofía desestimó estirar las camas o hacer algún aseo. Su idea era que tendría suficiente tiempo luego del cine y de la conversación importante que el general había proyectado con su amigo Ramón Huidobro después del momento de distracción cinematográfica.

Confiadamente se cambiaron de ropa y sacaron del garage de Malabia 3351 su automóvil para ir al encuentro de los Huidobro.

PAN Y CHOCOLATE

Ramón Huidobro estaba a su vez sumido en la preocupación. El fue el último Embajador del Gobierno de Salvador Allende en la Argentina. El mismo 11 de septiembre de 1973, cuando en el exterior no se dibujaban todavía los contornos brutales de la represión desatada después del Golpe, aunque ya se conocía la suerte corrida por el último mandatario constitucional, Huidobro despachó un télex con su renuncia.

"A Ramón Huidobro nadie le dijo ¡vayase!", comentó Carlos Ossandón.

Era un procedimiento innecesario para un hombre que fuera amigo personal de Allende, con quien se comunicó telefónicamente antes del bombardeo de la Moneda. En Argentina las autoridades dieron orden de izar la bandera a media asta en todos los edificios públicos pero en la Embajada —técnicamente territorio chileno— se recibió desde Santiago una orden de subirla al tope. Con el fin de no provocar un conflicto diplomático el personal mayor se puso de acuerdo para no izar la bandera, pero un miembro subalterno alzó por su cuenta el pabellón en los mismos momentos que cientos de argentinos se aglomeraban frente a la Embajada para repudiar la asonada que culminó con la muerte del Presidente Allende. Al darse cuenta de la situación, los funcionarios más altos de la representación diplomática dieron orden de arriar la bandera con la consecuencia que los manifestantes comenzaron a vocear: "No bajen la bandera, nosotros pasaremos la frontera".

Las inquietudes de Huidobro tenían que ver en parte con su situación personal amenazada per se, pues las fuerzas subterráneas entrecruzaban intereses sin obedecer consignas u órdenes de nadie, pero más que ello por su amigo el general Carlos Prats a quien conociera el día subsiguiente de su nombramiento como Embajador, produciéndose entre ambos una corriente de empatía incrementada con el paso del tiempo. Ramón Huidobro y su esposa a quien todo el mundo conocía como Panchita, plena de personalidad y dinamismo, eran los mejores amigos de los Prats en Buenos Aires.

Para desfogar todos esta tensión latente, de la que casi nunca se hablaba por innecesario ya que estaba ahí a la vista del más miope y los cuatro eran personas sensibles, decidieron ir ese domingo 29 de septiembre al cine. Nada puede representar mejor el sentido que tenía el interludio de dispersión elegido, que las dificultades de Ramón Huidobro para recordar el episodio.

—A ver, espera. ¿Dónde estaba el cine? Bueno, no sé, en el centro, desde luego. Uno de esos teatros grandes de Lavalle o de Corrientes. No me acuerdo. ¿Y la película? Era una de un italiano inmigrante que iba a Suiza, o algo así. Una de esas películas neorrealistas que daban hace quince años... ¿Cómo se llamaba? Yo me acordaba, por el día que fuimos, ¿no? Lo tengo por ahí apuntado en alguna parte, en algunos papeles...

Otros fueron los detalles que Ramón Huidobro fijó en su memoria con tinta indeleble como una marca a fuego. La película finalmente se titulaba "Pan y Chocolate". Ciertamente no debe figurar en la antología del cine, pero sí en la historia particular de los Prats, porque cada recuerdo de ese día tiene un valor arraigado para ellos. En ocasiones hay que negarse a olvidar incluso los detalles más nimios.

De ese pasatiempo fugaz Huidobro ha olvidado casi todo, salvo que en la sala se encontraron con Oscar Jiménez Pinochet, ex Ministro de Salud, quien por esos días vivía en Buenos Aires. Pero sí recuerda fotográficamente cada momento ulterior hasta que los despidió al abandonar su casa poco después de medianoche cuando el día 30 de septiembre vivía sus primeros minutos.

Con ese hablar nervioso, plagado de intercalaciones laterales y apuntes de expresivo humorismo involuntario, Ramón Huidobro va recomponiendo paso a paso un rompecabezas del cual sólo él y Panchita tienen todas las piezas: el período que va desde que salen del incógnito cine donde el domingo 29 de septiembre de 1974 se exhibía una película italiana llamada "Pan y Chocolate" y el momento en que los Prats abordan su Fiat 125 en la muy transitada avenida Figueroa Alcorta, a media cuadra de la Embajada de Chile, a pocas calles de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y a otras tantas del Automóvil Club. Unos veinte minutos después detendrán su coche ante el garage de Malabia 3351.

—Siempre íbamos con Carlos y Sofía al cine, o a tomar un café al centro. Preferíamos la hora de la vermut, a eso de las seis, porque Carlos trabajaba en su libro a las horas más inverosímiles y le gustaba llegar temprano al departamento. Nos pasábamos después al Richmond de Florida. El pedía un Crocque Monsieur. Son esas tostaditas con jamón y queso caliente..Tomábamos café o chocolate, y luego a casa, a dormir. Nada muy rangoso, porque a veces Carlos pasaba muchas apreturas económicas.

El Richmond de Florida es una especie de heredad inglesa afincada en el centro más centro de Buenos Aires. Hasta los mozos tienen un aspecto flemático. El inadvertido chileno que cae por ahí sin observar ese ceremonial del té o café con masitas, que engullen una señoras gordas o un grupo de alegres muchachas todavía solteras pero con ganas de no seguir siéndolo, corre el riesgo de incurrir en algún pecado venial de finura castigado con una mirada gélida del garzón.

Pero en esta ocasión la Panchita ofreció "unas carnes" que tenían en su casa y los Prats aceptaron de buen grado. Ramón Huidobro se sintió aliviado de conversar en la tranquilidad de su hogar porque había varios asuntos que deseaba discutir con su amigo.

Intranquilizaba mucho a Huidobro la seguridad del general Prats. Su más ferviente deseo era que el ex Comandante en Jefe aceptara alguna de las invitaciones específicas recibidas desde Europa: una de España y otra de Inglaterra. Hombre versado en la política argentina, en sus vericuetos más recónditos, intuía que algo estaba pasando. Ese mismo día se le había mencionado en "La Nación" con esa sesgada malignidad característica de algunos diarios tradicionales. Su olfato diplomático lo movía a pensar que si su nombre salía por primera vez más de un año después de dejar el cargo de Embajador, era porque "se quiere empujar a alguien para algo", y eso le producía escalofríos en la espalda.

Huidobro no podía quitarse de la cabeza la amenaza telefónica recibida por Prats a las dos de la mañana del 4 de septiembre. Con esa sangre fría que era otra de sus peculiaridades, el militar anotó en su Diario los tópicos más importantes de la intimidación. Escribió en la página correspondiente: "Llama un desconocido con un forzado acento argentino. Dice que forma parte de un grupo mercenario croata, que está pagado por la derecha para asesinarme a partir de hoy. El sujeto dice que recibieron instrucciones en Montevideo de un Teniente Coronel del Ejército de Chile. Agrega que ellos saben que quiero irme a Brasil. Que la única manera de salvar mi vida es convocar hoy a una conferencia de prensa...".

El precedente es el texto exacto manuscrito por el General en su Diario. Pero verbalmente le narrará otros detalles a Huidobro. Primero cuando su interlocutor incógnito insiste en el tratamiento de "che", para hacerlo parecer argentino, Prats lo detiene:

-¿Y para qué está hablando como argentino? Ud. es chileno, hable como chileno...

El individuo nada responde a la conminación y le agrega que el sentido de la conferencia de prensa es que anuncie públicamente que no está conspirando o encabezando algún movimiento en contra de la Junta Militar chilena. Si no lo hace al día siguiente, le darán muerte.

En su Diario el general incorporaba a veces criptográficamente algunas menciones.

La última es del 24 de septiembre y en ella aparece escrito el apellido "Schilling". ¿A quién podría corresponder? Un sujeto con este nombre fue uno de los primeros detenidos durante la escalada terrorista que preludió el atentado y asesinato del general Rene Schneider, antecesor de Prats en el cargo de Comandante en Jefe del Ejército. Fue sorprendido colocando una bomba y entregado confeso ante el juez Abraham Meersohn, junto a otros dos. Al día siguiente el magistrado los dejó en libertad "por falta de méritos". Al subsiguiente huyeron a Argentina.

Nada en la insinuación de confabular contra la Junta era efectivo, pues el ex Comandante en Jefe estaba exclusivamente preocupado de terminar su libro de Memorias y desarrollar de la manera más eficiente su trabajo en la industria de neumáticos Gomalex S.A. Solía hablar con muchas personas de diferentes procedencias políticas a las que con su rostro impenetrable se limitaba a escuchar sin formular comentarios. Siempre correcto, atento a las argumentaciones de sus interlocutores, mas sin aportar opiniones a la conversación.

Carlos Prats fue recibido por el general Perón con quien habló durante una hora y media, pero nunca se ha podido conocer -no lo saben ni sus hijas ni se enteró su esposa Sofía— lo que ambos dialogaron.

Si el general hubiese aceptado la proposición implícita en la nada velada amenaza telefónica, probablemente hubiese vivido, pero para ello habría sido menester que no fuera Carlos Prats.

Su intransigente dignidad dificultaba cualquier iniciativa adoptada por sus amigos más cercanos para ponerlo a cubierto de los peligros que sentían cernirse sobre él. Esta era la razón por la que Ramón Huidobro anhelaba conversar "cosas delicadas" con el general esa noche en su casa. Para su sorpresa, Prats le expuso que como la Embajada de Chile actuaba con deliberada morosidad en la tramitación de los pasaportes que le permitirían salir de Argentina para marchar a España, como quería él, o a Inglaterra como soñaba doña Sofía, el Ejército Argentino le ofrecía el documento para salir del país.

— ¿Y...?, —preguntó incrédulo Ramón Huidobro.

—Yo como Comandante en Jefe del Ejército chileno no puedo viajar con pasaporte argentino, salvo que la Embajada nos niegue definitivamente los pasaportes.

Ramón Huidobro razonó largamente con él durante la comida y la sobremesa apremiándolo para que por lo menos lo considerara, porque no podía seguir arriesgando su vida en un país que lo había acogido admirablemente por su rango y jerarquía personal, pero que al mismo tiempo no podía brindarle protección. Los últimos hechos de violencia terrorista demostraban a las claras que el gobierno carecía de poder para controlar la violencia.

Huidobro no lo mencionó, pero tenía motivos para suponer que en ese momento el general pudiera estar más expuesto a riesgos provenientes de los sectores ultraderechistas argentinos que de los chilenos.

Prats se mantuvo inalterable en sus posiciones. A lo sumo accedió a que Huidobro volviera a conversar oficiosamente con el Embajador Rene Rojas Galdames, quien había viajado a Santiago después de las Fiestas Patrias y debía llegar de un momento a otro, le expusiera el peligro que afrontaba un ex Comandante en Jefe del Ejército chileno en un país recorrido por la violencia terrorista y oficiara con urgencia a la Cancillería para apresurar la autorización de los pasaportes,

descontando que él tenía las prerrogativas para concederlos si así lo hubiese querido. Ni siquiera se necesitaba de su presencia, pues bastaba que Alvaro Droguett, en ese entonces Cónsul General los otorgara, pero por alguna extraña razón el procedimiento regular estaba atascado.

A diferencia de Huidobro, todo nervio, todo inquietud por la suerte de su amigo y su esposa Sofía, consistente como una roca apoyando las decisiones de su esposo, Carlos Prats parecía esa noche todavía sintonizado en el espíritu que lo dominaba desde las horas del almuerzo campestre. Cambió sí latamente ideas con Huidobro sobre la situación, que le parecía digna de análisis y de cuidado, pero se manifestaba risueño, incluso gastándole algunas bromas inocentes a Panchita.

Muy diferente del Carlos Prats que Huidobro encontró el 19 de septiembre cuando lo visitó en su departamento para invitarlo a comer juntos al centro debido a que se celebraba el día del Ejército. El general no estaba para conmemoraciones, menos en una fecha como esa, tan cara en otros tiempos para él. Huidobro recuerda: "Me dijo: 'No me convides a ninguna parte, me quiero quedar aquí con mi amargura, rumiando mi amargura...' Estaba realmente en el suelo, porque no podía comprender que su institución se hubiese transformado en lo que era en esos días. No podía caer en la depresión porque era un hombre muy fuerte, pero se negó a moverse de su casa..."

Al abandonar esa noche los Huidobro el departamento del general Prats, tuvieron una experiencia muy sintomática. "Cuando salimos a Malabia, nosotros habíamos puesto nuestro automóvil al final de la calle. Bueno, en la primera cuadra que es bastante larga, y una calle muy oscura, no tenían para qué haber cortado la luz... Yo me paré en la mitad de la acera, preocupado porque creía firmemente en la amenaza que le habían hecho a Carlos, y vi a lo lejos mi coche. Y justo que salí, partía un jeep a toda velocidad. Se veía que estaba cerca de mi automóvil. Se subieron unas personas al jeep que habían estacionado en segunda fila. Subieron corriendo y se fueron en el jeep. Nosotros con panchita corrimos hasta donde estaba nuestro coche y no hallábamos como mirar debajo del auto. Yo no tengo ninguna práctica en estas cosas y la Panchita menos. Entonces le dije a mi mujer: ¡Subámonos, si han puesto algún artefacto, qué le vamos a hacer...! Subimos y no pasó nada, pero fue algo bastante preocupante y sobre todo curioso".

Por esta experiencia traumática y en algún sentido didáctica, Ramón Huidobro sostiene que es imposible que esa noche del 29 de septiembre pudiesen haber colocado un artefacto explosivo en el coche de Carlos Prats en plena avenida Figueroa Alcorta, donde está su casa, puesto que se trata de una de las vías más transitadas de Buenos Aires.

Rememorando ese momento Huidobro llama la atención sobre el ánimo del general. "Estaba dicharachero, muy contento, y Panchita, que lo quería entrañablemente, le dice: 'General, —porque ella lo trataba de Ud.—, no sabe cuánto me gusta verlo así, cuando el 19 estaba tan triste. Entonces Carlos se levantó del sillón del living donde estaba y le besó la mano, le hizo un cariño en la mejilla y se volvió a sentar, como esos caballeros antiguos. Fue una cosa absolutamente inusual, casi diría yo, ¿premonición?. No sé, el caso es que nos quedamos comentando... Eso fue después, porque la Panchita bajó con él hasta la calle, porque ella tiene una perrita y la quiso sacar esa noche un rato... Bueno, ya sabes, a hacer pipí... Ella los dejó en el auto cuando se fueron... Debe haber sido a las doce y cuarto... Sí, a las doce y cuarto se fueron. Y yo podría jurar que no fue ahí donde le pusieron el artefacto, porque por Figueroa Alcorta deben pasar dos coches cada diez segundos..."

Informe del Experto en Explosivos de la Policía Federal: "La explosión centralizó su poder destructor en el rodado. El lugar de origen del estallido se ubicó justamente debajo del piso entre los dos asientos delanteros, sobre la caja de velocidades. El techo se desprendió y fue a caer en un edificio situado frente al lugar del hecho. La puerta del acompañante fue arrancada por completo y el incendio se declaró de inmediato. El general Prats se encontraba fuera del coche junto a la puerta del conductor. Su esposa estaba sentada en el interior".

"Su sistema de iniciación era independiente de la instalación del coche. Se descarta acción a control remoto. Se estima artefacto explosivo de fabricación casera con carga de alto explosivo oscilante mil y mil quinientos gramos con sistema de encendido electro-mecánico de tiempo y uno o varios detonadores eléctricos".

Resumen del Informe del Médico Patólogo de la Policía Federal; La bomba provoca en la Sra. Sofía Cuthbert de Prats desgarro del diafragma, bazo estallado, quemaduras externas con carbonización parcial, brazo izquierdo amputado por explosión a la altura del codo; igual situación en la pierna y el pie izquierdo. El general Carlos Prats muere por traumatismos y desgarros vícerovasculares múltiples, hemorragia externa e interna.

LLAMADAS NOCTURNAS

Los hechos que antecedieron a la explosión de la poderosa bomba adosada al chasis del automóvil de Carlos Prats sólo pueden deducirse, pues los únicos testigos debieron ser sus asesinos que desde la distancia vigilaron los movimientos del general al descender del vehículo y accionar las puertas de la cochera de Malabia 3351, para en el momento en que la víctima se aprestaba a subir de nuevo a su Fiat operar la bomba a control remoto -no manual como sostiene el experto de la Policía en su informe— y hacerla detonar en el instante preciso.

La acción fue comunicada en forma anónima a una comisaría del sector de la Policía Federal. El techo desprendido del automóvil por la violencia del impacto fue a depositarse en la terraza de un edificio de ocho pisos situado frente al departamento de los Prats.

Momentos después de producirse el atentado se hicieron presentes en el lugar efectivos de la Policía Federal y personal que se suponía cuidaba de su seguridad. El portero del edificio de Malabia 3359 confirmó a los investigadores del crimen, que esa noche la cuadra de esta calle localizada entre Cervino y Malabia estaba a oscuras. Al día siguiente la luz fue repuesta.

Según todos los vecinos, que salieron despavoridos tras la explosión que rompió numerosos cristales de los alrededores, el estallido y por consecuencia la muerte del matrimonio Prats se produjo exactamente a las 0.40 horas del lunes 30 de septiembre de 1974. A partir de ese momento, una onda expansiva de información circuló por las líneas públicas de los teletipos de las agencias internacionales al mundo entero y, desde luego, por el circuito interno de familiares y amigos.

Por una de esas curiosas coincidencias que suelen darse en estas situaciones, Ramón Huidobro tenía su teléfono momentáneamente descompuesto. Cerca de las cuatro de la mañana siente el sonido del timbre de su casa. Es el primer secretario de la Embajada de Chile, Fabio Vío Valdivieso, quien tenía su residencia en la calle Figueroa Alcorta precisamente frente a Huidobro.

— ¿Es el general Prats?—, no titubea en inquirir Huidobro.

—Sí, Ramón: El y también su señora.

— ¿Donde están? ¿Dónde los tienen?

-Bueno están... No te preocupes. La Embajada se ha hecho cargo de todo...

-¿Cargo de qué?—, interroga exaltado Huidobro.

—Estee... del funeral...—, responde azorado Vío.

A partir de ese momento entra en actividad la expedita Panchita Huidobro, quien ha bajado vestida sólo con una bata. Atraviesa Figueroa Alcorta hasta la casa de los Vío Valdivieso para llamar a Santiago a Isabel Allende, hija de un primer matrimonio de ella, hoy famosa escritora, a quien le explica lo que acaba de ocurrir. Le pide se comunique de inmediato con alguna de las hijas del matrimonio Prats.

A las cuatro y media de la mañana el teléfono suena intempestivamente en casa de Sofía Prats Cuthbert, la hija mayor.

Es Miguel Frías, esposo de Isabel Allende, a quien le corresponde dar la infausta noticia.

Las tres hijas del matrimonio Prats han heredado algunos rasgos mixtos de los caracteres de sus predecesores. De partida un sentido de clan familiar cuyo vértice era Carlos Prats, escasamente expresivo, casi cortante dentro de sus modales caballerosos y apegados a una cortesía vagamente distante, pero dulce y tierno con sus hijas y nietos en la intimidad. Cuando eran pequeñas solían metérseles en la cama para regalonearlas, en actitud que le habría parecido impensable a sus subordinados del Ejército, que lo apreciaban cordialmente aunque en ocasiones los hiciera sentir incómodos por su imperturbabilidad. A ninguno de los oficiales a su cargo se le hubiese ocurrido jamás que alguien le dijera "el tata", como sus nietos; que fuera un buen bailarín en reuniones íntimas y que sus hijas contaran que "le gustaba chacotear en las fiestas".

Sofía Cuthbert era más extrovertida, pero de gran fuerza interior y más pasional que su esposo. Había razones más que sobradas para que a ella no le gustara Pinochet, que en sus tiempos de subordinado no dejaba de hacerla objeto de halagos empalagosos, de modo que cuando se refería a él no podía ocultar su desprecio. No se prodigaba en estas manifestaciones, porque sabía no eran del agrado de su esposo.

Ambos, sin embargo, eran resueltos, firmes en sus convicciones hasta la testarudez e íntegros a toda prueba en su concepción frente a la vida.

Al momento de recibir la llamada Sofía se sintió, por supuesto, hondamente conmocionada, desgarrada, herida en lo profundo, pero cuando cerca de las cinco de la mañana llamó a casa de su hermana María Angélica narró los hechos como si fuera un parte de guerra, sin escatimar detalles, porque era preciso ponerse en actividad de inmediato pues eso era lo que requerían las circunstancias y lo que su padre hubiese deseado de ellas.

María Angélica memora que se le produjo una nebulosa en el momento mismo de enterarse de la noticia: "La llamada la recibió Víctor (su esposo médico). Supe luego que en ese mismo instante rompí muchas cosas que estaban cerca de mí. Fue una nebulosa. Momentánea, sí. Cecilia que estaba viviendo con nosotros sintió el teléfono y se acercó de inmediato a mi dormitorio para saber qué ocurría. Decidimos entonces vestirnos porque debíamos partir cuanto antes a Buenos Aires, de modo que nos fuimos a la casa de Sofía".

Las hijas del general Prats recuerdan que su madre era de muy pocas lágrimas. Ellas parecen haber heredado este rasgo y también su firmeza. Porque a partir de ese momento iniciaron un cruzada personal, impertérrita, encarando todas las dificultades, aunque las acuciara el dolor, la fatiga o el pánico. Sus padres habían muerto y nada se podía hacer para volver a tenerlos a su lado, salvo hacer perdurar el patrimonio ético del general, su razón de vida y las pruebas que de esta conducta consecuente con sus principios había plasmado en sus Memorias. Era necesario preservarlas para darlas a conocer en el momento oportuno. Prats quería que se publicaran en Chile para conocimiento de todos sus compatriotas, y no en ediciones clandestinas.

Ellas desconocían en ese momento los detalles del siniestro asesinato, pero deducían que los criminales huyeron de inmediato de la escena del atentado sin tiempo para registrar el departamento. Los originales del libro deberían estar ahí, salvo que... Había todavía muchos factores de incertidumbre.

En las primeras y distanciadas conversaciones con el Gobierno, personeros oficiales les hicieron saber que si era necesario pondrían a su disposición un avión. Viajaron en un vuelo regular de LAN que arribó a Ezeiza a las dos de la tarde de ese mismo 30 de septiembre.

Los esperaban en el aeropuerto Jerónimo Adorni y su esposa Dora, amigos de los Prats desde hacía muchos años, y el doctor Oscar Jiménez, médico pediatra, además de un numeroso grupo de funcionarios de la Embajada. Con ellas iban sus tíos, Pedro Prats, un hermano de su padre y Harold Cuthbert por el lado de su madre, quienes procederían poco más tarde a reconocer los restos.

En el mismo avión LAN viajó el Embajador de Chile en Argentina, Rene Rojas Galdames, que se unió al personal de la Embajada instalado en una salita especial del aeropuerto. Era evidentemente una situación incómoda frente a la cual la zalema diplomática venía a resultar contraproducente o hipócrita.

Utilizando varios automóviles, todos se dirigieron a las dependencias de la Policía Federal para proceder al reconocimiento de los cuerpos. Ellas sintieron un estremecimiento cuando con su característica fortaleza observaron largamente el coche Fiat de su padre desarbolado, convertido en una masa informe de hierros retorcidos, destechado y apenas reconocible como un auto del año.

Esa misma energía manifestaron cuando al alternar brevemente con funcionarios de la Embajada, le preguntaron abruptamente a Alvaro Droguett, Alvarito para sus amigos, la razón por la cual no se le otorgaron a sus padres los pasaportes para salir del país. La noche del día siguiente, durante el velatorio, Alvaro Droguett se presentó al local -una casa de velatorio alquilada, todo lo impersonal que suelen ser estos recintos— llevando en su mano diversos papeles. Con ellos quería demostrar que sí hizo llegar diversos memorandos y notas a la Cancillería en Santiago impetrando los pasaportes correspondientes, aunque omitió explicar por qué no los cursó él mismo, que tenía esa facultad.

Secamente, Sofía Prats le retrucó:

-Perfecto, entonces entregúeme esos documentos para tener la certeza de que así fue...

Droguett se descompuso a tal extremo que se desmayó. Alguien pidió que se llamara al médico de la Embajada. La impetuosa Panchita Huidobro manifestó en voz alta: "Déjenlo ahí solo con sus papeles..." Su hijo mayor la tomó diplomáticamente del brazo y la condujo a su casa. Al día siguiente, Droguett telefoneó para comunicarles que "por orden expresa de la Cancillería no puedo entregarle esos documentos".

Los funcionarios de la Embajada entraban y salían manifestando sus pesamos con voces confusas, inaudibles. Se sentían ciertamente incómodos, abochornados y habría sido interesante preguntarles por qué. El Agregado Militar de la Embajada, Coronel Joaquín Ramírez Pineda, apareció con su señora, que lloraba copiosamente. Hoy, ya general, actúa como Rector de la Universidad de La Serena.

Todo habría parecido una escena del teatro del absurdo si no fuese que de pronto, como un río caudaloso, comenzaron a llegar funcionarios de gobierno, políticos y parlamentarios argentinos; dirigentes sindicales, personeros de los gremios, militantes de los más diversos partidos, amigos personales de Prats desde sus tiempos de Agregado Militar y hasta pueblo.

Lo que para las hermanas Sofía, María Angélica y Cecilia Prats Cuthbert comenzó como una ceremonia patética, pues temprano esa noche del 1º de Octubre en una sala velatorio desnuda sólo podían observarse dos ataúdes lisos, sin siquiera una flor sobre ellos (aún no llegaban las numerosas coronas de flores enviadas) y sin que fuera posible saber quién descansaba en cuál urna, se transformó con el correr de la noche en una ceremonia emocionante y, a lo menos, con una gran cantidad de personas que expresaban su dolor con sinceridad.

Estas agitaciones encontradas no rebajaron el ánimo consistente de las tres hermanas Prats. No podían desprenderse del dolor por la pérdida de sus padres, ni la ansiedad o los lógicos temores como los que asaltaban a Cecilia, la más jovencita, por ese tiempo estudiante universitaria, quien sentía un estremecimiento medular cada vez que debía abordar un automóvil. Se apoderaba de ella la imagen de un vehículo estallando en pedazos, que la perturbaba.

Alojaron en casa de los Adorni, con cuya esposa Dora y una amiga llamada Emma Echeverría, la señora Sofía había inaugurado a principios de 1974 una pequeña boutique bautizada DEF (Dora, Emma, Sofía) que la maledicencia la convirtió en una inmensa tienda donde se vendían lujosos modelos de ropas. En rigor se trataba de comerciar modestos artículos de regalo de bajo o regular costo.

La primera noche ninguna quería dormir sola en una cama, de modo que los maridos de Sofía y María Angélica —Isidoro Cuadrado y Víctor Castro, respectivamente— debieron ingeniárselas como pudieron, pues las tres Prats ocuparon una sola cama matrimonial. Reposaron mínimamente ya que tenían la mente puesta en el día siguiente. Les habían sido entregadas las llaves para hacerse cargo del departamento de sus padres y sus pertenencias, entre las cuales figuraban los originales del libro.

María Angélica relata hoy los detalles de ese momento capital: "Abrir el departamento, e ir a mirar si estaban las Memorias fue una sola cosa. El suspenso duró bastante puesto que fue necesario hacer descerrajar la caja de fondos disimulada al interior del closet del escritorio de mis padres. Cuando vimos que estaba ahí fue un momento muy impresionante. Fue como sentir que ellos no habían muerto. Como si de alguna forma una parte suya había quedado ahí. Mi papá las tenía ordenadas por medio de unas carpetas guardadas en tres cajas especiales, de modo que las repartimos entre las tres y no las soltamos más. Con ellas fuimos a todas partes".

"El 2 de octubre, Isidoro y Cecilia fueron juntos a sacarles fotocopias. Al embalar las pertenencias, nos dimos cuenta que faltaban un plato de cerámica esmaltada y una cafetera de color verde. Pero lo que realmente nos preocupó fue que resultó imposible encontrar un pequeño cuaderno de tapas café de mi mamá, donde ella anotaba detalles, comentarios suyos y apreciaciones de orden subjetivo de nuestro padre". A unos amigos íntimos ella les dijo un día: "Tengo anotado en un papel el nombre del que nos va a asesinar. Este indicio capital para la investigación jamás fue hallado".

"Estábamos pendientes de Isidoro y Cecilia con quienes nos habíamos quedado de encontrar cuando terminaran de fotocopiar las Memorias. Tengo un recuerdo muy nítido, una sensación muy especial del momento en que vi a los dos esperándonos en la esquina con los paquetes conteniendo las páginas del libro debajo del brazo. Nunca lo conversamos de manera específica, así directamente, pero todos sabíamos muy bien lo mismo: a mi papá lo podían haber matado para que las Memorias no se publicaran jamás. Teníamos mucho susto, teníamos pánico. Pensábamos que en cualquier momento podía aparecer alguna gente y quitarnos los originales. Estos finalmente permanecieron depositados en la caja fuerte de un banco argentino. Pero nosotras teníamos las fotocopias y puedo apostar que a muchas personas les habría gustado leerlas antes de salir publicadas".

Terror natural, miedo muy bien fundamentado, desde luego. Pero las hijas del general Prats no son mujeres que se dejen arredrar fácilmente. Ya se ha dicho que desconocer el temor es irracionalidad; percibirlo y vencerlo, es valor. Ellas fueron —son mujeres valientes y empecinadas como sus padres.

Las horas se hacen cortas para disponer el funeral, que las hermanas Prats desean tenga lugar en Chile y, de acuerdo con un compromiso adquirido en Santiago por las autoridades, le sean rendidos los honores correspondientes a su cargo.

El Secretario General de Gobierno, coronel Pedro Ewing, manifestó a la prensa que el Gobierno no se opondría a la repatriación de los restos si así se lo hacían saber sus familiares. "Pero advirtió— no lo solicitará en forma oficial, como tampoco una investigación especial sobre el crimen. Si los restos llegan a Chile, se le rendirán honores en su calidad de general de Ejército".

Sin embargo, las hijas del general sostuvieron diversas conversaciones tanto con el Embajador Rene Rojas Galdames como con el Ministro Consejero, Javier Illanes, en torno al mismo tema: ¿Tendrían o no lugar los honores militares para el ex Comandante en Jefe del Ejército y Vicepresidente de la República? Ambos funcionarios escurrieron el bulto aduciendo que estas honras deben ser autorizadas por el gobierno o por el Alto Mando del Ejército.

El Senado argentino ofreció a las hermanas Prats tributarle homenajes militares y civiles al general, y que ambos cuerpos quedaran sepultados en suelo del país hermano. "Para nosotros -dice María Angélica- era acceder en algo demasiado importante, inaceptable en el sentido de que pensábamos debía estar enterrado en su patria. Porque no se trataba sólo que fuera nuestro padre, sino un Comandante en Jefe asesinado en un país extranjero y queríamos que mantuviera toda la dignidad que le correspondía. Estábamos enormemente agradecidas de Argentina, pero considerábamos que debíamos llevar sus restos a Chile".

Así ocurrió el día 3 de octubre en la tarde cuando los ataúdes y los deudos abordaron un avión LAN con destino a Santiago.

La señora Eslavia Luksic era amiga de Violeta Clavel, madre de Enrique Arancibia Clavel, participante de primer nivel en la conspiración que terminó con el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, General Rene Schneider Chereau, el 22 de octubre de 1970. Arancibia no pudo ser detenido y huyó clandestinamente a Argentina. La señora Luksic relató que la noche del 30 de septiembre de 1974 habló telefónicamente con la señora Clavel, quien le manifestó con satisfacción: "Mi hijo Enrique acaba de regresar hoy de Buenos Aires".

El matrimonio formado por Michael Vernon Townley y Mariana Callejas, ambos agentes de la DINA (Dirección de Información Nacional), abandonó Buenos Aires luego de permanecer allí por varios días, la tarde del lunes 30 de septiembre, con destino a Montevideo. El vuelo lo realizaron por PLUNA, línea aérea uruguaya. Desde Montevideo se trasladaron a Chile para llegar las primeras horas del martes 1̊ de octubre. Las fechas quedaron anotadas en sus respectivos pasaportes.

El mayor Raúl Eduardo Iturriaga Neumann es en 1974 jefe de operaciones extranjeras de la DINA. Su nombre de guerra para estos efectos es "Luis Gutiérrez", seudónimo usado por todos aquellos oficiales que desempeñan ese cargo. El 29 y horas de la madrugada del 30 de septiembre, está en sus oficinas de la calle Belgrado Nº 11.

Tiene la obligación de comunicarse inmediatamente que reciba alguna información con el coronel Manuel Contreras Sepúlveda, director de la DINA.

En la última Junta de Selección de Oficiales Superiores y Jefes del Ejército y de la Junta de Selección Extraordinaria de Oficiales de octubre de 1986 se determinó ascenderlo a Brigadier General y destinarlo a la Comandancia de la IV División del Ejército.

El Comisario Juan Carlos Gattei, encargado por sus jefes de la Policía Federal argentina para actuar como contacto con el general Carlos Prats luego que el Jefe de Inteligencia del Ejército general de brigada Carlos Della Tea requirió protección para el militar chileno, llegó al lugar del atentado sólo cinco minutos después de haberse producido.

Juan Martín Ciga Correa Anzorena, alias "Cristo", es uno de los jefes de la organización terrorista de ultraderecha MILICIA, miembro del sindicato derechista de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y en 1974 Jefe de Seguridad de esa casa de estudios, situada a cuatro cuadras de la residencia de Ramón Huidobro.

El general Pinochet estuvo en Televisión Nacional hasta por lo menos las primeras horas del lunes 30 de septiembre. El entonces Gerente General de ese medio, Mayor (R) Jaime Fuenzalida Valenzuela, tenía dudas sobre incluir en la programación una miniserie de siete horas titulada "QV-VII", protagonizada por Ben Gazzara, Lee Remick y Anthony Hopkins. En ella se relata la denuncia de un periodista norteamericano de origen judío contra un médico ex asesino nazi, quien ha adquirido un crédito inatacable en Inglaterra por sus excelencias científicas. El Jefe de Junta asistió a una exhibición privada para aprobar o vetar la cinta basada en una ficción novelada por León Uris. El filme fue exhibido.

UN FUNERAL ACCIDENTADO

Las fatigosas negociaciones iniciadas antes de que la familia se dirigiera a Argentina para traer lo restos del general Prats (murió a los. 59 años) y su esposa, semejaron una novela de suspenso.

En medio de los apresurados afanes de la partida a Buenos Aires en la mañana del lunes 30, cuando las hermanas Prats recibieron expresiones de pésame de numerosos amigos y familiares, entre ellos los generales (R), Guillermo Pickering, Mario Sepúlveda y Ervaldo Rodríguez con sus respectivas esposas, se echó de menos un representante del Gobierno. El único presente delegado por el régimen fue un suboficial que actuaba como enlace entre la familia y el Ejército, quien lógicamente no podía cumplir otro rol que el de estafeta.

Por Pedro Ewing se enteraron que el gobierno ofreció un avión de la Fuerza Aérea, desestimado cuando los viajeros lograron cupo en el vuelo regular de LAN. Ervaldo Rodríguez tomó contacto con el general Alvarez, Director de Personal del instituto armado para requerir detalles sobre los honores militares. Tal como ocurriera en Buenos Aires, el alto oficial explicó que esa decisión estaba en manos del general Pinochet, en ese momento en Rancagua para una ceremonia. En todo caso no hubo respuesta a esta solicitud.

Todo este drama de equivocaciones, omisiones, promesas incumplidas por tratarse sólo de recursos dilatorios, y contraórdenes, vivió su momento de clímax al arribo del vuelo itinerario de LAN-Chile a las siete de la tarde del jueves 3 de octubre.

Las hijas del general establecieron un acuerdo con el Embajador Rojas Galdames en Buenos Aires en el sentido de que la ceremonia fúnebre comenzaría con una misa rezada en la Iglesia Transfiguración del Señor, en Apoquindo entre Padre Errázuriz y Tomás Moro, a las diez de la mañana para después procederse a su sepultación.

En el momento mismo de ingresar los familiares a una salita del aeropuerto de Pudahuel donde aguardaban amigos y familiares, se iniciaron las hostilidades. Contrariamente a lo resuelto, el oficial superior destacado por el gobierno, teniente coronel Rodríguez Salfate, aseveró tener órdenes del general Alberto Polloni, Director de Inteligencia del Ejército, para que los féretros fueran trasladados directamente al Cementerio General.

La idea era que los restos del ex Comandante en Jefe y su esposa fueran velados en los lóbregos recintos que para este efecto funcionan en la necrópolis metropolitana y en las primeras horas del día siguiente se procediera a una sepultación sumaria, poco menos que de puntillas. Harold Cuthbert, hermano de la señora Sofía, reaccionó airadamente. A gritos hizo saber que si esa orden se mantenía, él impediría el descenso de los ataúdes desde el avión y prosiguieran viaje a Lima, siguiente escala del vuelo.

Entre las argumentaciones barajadas por el oficial a cargo de la seguridad en el aeropuerto, hubo una referida a un rumor sobre un posible atentado terrorista, supuesto ridículo porque el aeropuerto es uno de los lugares custodiados con más celo por ceñudos paracaidistas provistos de metralleta.

Hubo prolongados cabildeos y consultas telefónicas con el general Polloni por parte de Rodríguez Salfate. Este al igual que el teniente coronel César Manríquez Bravo (llamado a retiro con el rango de Brigadier General en octubre de 1986), destinado también en Pudahuel, vestían de civil. Los únicos uniformados eran los fieros paracaidistas de guardia y los Carabineros.

Los militares gobiernistas habían estirado demasiado la cuerda, acostumbrados como estaban a simplemente ordenar, de manera que la presión ejercida con toda seriedad por Harold Cuthbert, amigo personal del general Bonilla, los obligó a ceder. Se autorizó el transporte de los féretros hasta la parroquia de la Transfiguración, pero se ordenó a las carrozas fúnebres y los autos de familiares y amigos realizar recorridos diferentes: los carruajes mortuorios tomarían una desviación por la calle San Pablo y el resto transitaría la carretera directa.

En la Iglesia serían velados de noche y la misa tendría lugar a las 10 de la mañana. La sepultación debería producirse no más allá de las 11 horas del siguiente viernes 4 de octubre

Por supuesto ninguno de los dos oficiales de seguridad sabía algo sobre honras militares, a pesar de existir un anuncio del Secretario General de Gobierno, coronel Ewing, entregada oficialmente a los medios de comunicación. Esta declaración textual previamente transcrita sería el único saludo a la bandera que recibiría el ex Comandante en Jefe del Ejército. El alto funcionario de gobierno fue suficientemente explícito sobre el particular cuando el coronel Carlos Ossandón lo consultó en privado. Ewing respondió que no habría honores militares.

—Pero el General fue incluso Vicepresidente de la República—, adujo Ossandón.

—Sí, pero Vicepresidente de un gobierno ilegítimo—, fue la réplica del Secretario General de Gobierno.

Los artificios para sumir las honras fúnebres en una penumbra, fueron cuidadosos. Una Orden del Día dada a conocer privadamente en los cuarteles prohibió asistir al aeropuerto, la iglesia o el cementerio. No hubo entonces una delegación oficial del Ejército en las ceremonias. Ni siquiera estuvieron allí —así fuera a título personal— camaradas de armas que sirvieron bajo su mando y pasaron por ser sus amigos, en algunos casos, por treinta años. Por personas interpuestas algunos manifestaron sus condolencias a través de recados.

"El Mercurio" publicó un solo aviso necrológico pagado: el dispuesto por los generales Rodríguez, Pickering y Sepúlveda, que firmaron "sus amigos" y donde se dio como hora de las exequias en la iglesia las diez de la mañana. Las inserciones restantes fueron rechazadas.

Modestos pobladores, trabajadores y otras personas inadvertidas llegaron a la misa en momentos en que al otro extremo de la capital se procedía al entierro de los cuerpos. A pesar de ello tanto la oración como el acto de sepultación tuvo momentos de gran emoción.

María Angélica Prats refiere algunos detalles previos a los actos públicos: "Después de tanto tira y afloja llegamos finalmente a la iglesia. Nos quedamos toda la noche ahí. Nosotras, nuestros maridos, algunos cuñados y en general solamente familiares. Teníamos mucho miedo de que algo pudiera pasar en la noche. No sabíamos muy bien de qué estábamos atemorizadas. Es un miedo que se produce en situaciones como éstas".

Había razones sobradas para sentir ese temor en esos días de 1974. La misma noche que las hermanas Prats y otros familiares pernoctaban dolientes frente a los féretros, siete individuos de civil, fuertemente armados, al mando del teniente de Ejército Fernando Adrián Laureani Maturana detuvieron a las tres de la madrugada dentro de su misma casa, donde lo aguardaban reteniendo a sus familiares bajo detención domiciliaria, a Juan Carlos Andrónico Antequera, sindicado como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR. El día anterior, con lujo de violencia el comando de la DINA irrumpió a saco en el hogar de los Andrónico, en Paraguay Nº 1473, de la comuna de La Granja, apoderándose de su hermano Jorge Elías. Ambos fueron conducidos a una casa-prisión localizada en la calle José Domingo Cañas esquina de República de Israel. Nunca más se volvió a saber de ellos.

El día que se desarrollaban los funerales, una concertada operación de DINA permitió sacar de la propia Penitenciaría al ingeniero David Silberman Gurovich, ex Gerente General de Cobre-Chuqui, quien se entregó a las autoridades el 15 de septiembre de 1973. Fue juzgado y condenado a trece años de prisión por un Tribunal Militar por Ley de Seguridad del Estado y Ley de Control de Armas, a pesar de que probablemente el ingeniero civil no habría sabido jamás qué hacer con una pistola calibre 22 en la mano.

A la misma hora en que se procedía a la sepultación de los restos del general Prats y su esposa Sofía, civiles no identificados se presentaron en Catedral 2808 para preguntar por Amelia Bruhn Fernández, que trabajaba en esa dirección. Como todavía no llegaba, la esperaron distribuidos en diferentes dependencias a la vista de los empavorecidos empleados. Cuando Amelia Bruhn llegó cerca del mediodía, la subieron a un automóvil que ostentaba el letrero "Policía" en su portamaletas. Amelia Bruhn fue despojada de sus documentos de identidad, incluyendo su cédula Nº 21.349 de la ciudad de Quilpué.

Tanto Silberman como Amelia Bruhn fueron interrogados en la casa de la DINA de José Domingo Cañas. Figuran hasta hoy como detenidos-desaparecidos. No obstante, la cédula de identidad de Amelia Bruhn fue hallada en un cajón secreto de Enrique Lautaro Arancibia Clavel al ser aprehendido en Buenos Aires en 1978. Este hecho permitió asir la punta de la hebra de un voluminoso ovillo, el cual nos proponemos desenredar.

No obstante tanta interdicción, presente incluso dentro de la Iglesia donde inconfundibles sujetos con ropas que les quedaban grandes vigilaban a quienes acudieron a la misa fotografiándolos a su ingreso, la ceremonia fúnebre se efectuó en medio de recogimiento, silencio y —previsible— enorme tensión entre los concurrentes. Como una nota de humorismo oscuro, fuera de lugar en ese recinto pero acorde con situaciones que todavía se viven, el general (R) Mario Sepúlveda, que fue durante bastante tiempo Director de Inteligencia del Ejército, se sorprendió al ser saludado respetuosamente por antiguos subordinados apostados en el templo.

La misa fue rezada por Monseñor Sergio Valech, atendiendo a un encargo especial del Cardenal Raúl Silva Henríquez, quien quiso inútilmente oficiarla en la Catedral de Santiago. El gobierno le hizo saber al prelado que no habría autorización. El encargado de las relaciones Iglesia-Gobierno (nada buenas), argumentó que el culto público podría ser "malinterpretado".

Como todo en Chile tiene lecturas distintas según sea la intención de quien las narra, el diario oficialista "La Tercera", en una escueta crónica sobre los funerales, escribe: "La policía uniformada dio toda clase de facilidades para el traslado del cortejo, que se hizo por Avenida Kennedy, Bellavista y Avenida Perú, evitando el paso por el centro de la ciudad".

Esta admirable organización se tradujo en un cierre del tránsito a fin de no encontrar interferencia alguna en el camino. Abrían paso a los carruajes fúnebres y la comitiva a su rezago, motoristas de Carabineros que recorrieron el largo trayecto a velocidad de "alerta 1" empujando a los vehículos a conducir de la misma forma, de manera que parecía una prueba de turismo carretera. Raudamente arribaron al camposanto y no bien ingresó el grupo de familiares y amistades cercanas, se procedió a cerrar sus pesadas puertas de hierro añoso. Con todo, unas 300 personas pudieron ingresar, pero otras tantas —descritas al día siguiente por la prensa oficialistas como "grupos izquierdistas"— quedaron afuera debido al aviso de "El Mercurio".

El lugar de reposo eterno estaba interiormente rodeado por agentes de seguridad de civil pertenecientes al Ejército que vigilaban a distancia. El fotógrafo de la Dirección de Inteligencia del Ejército captaba ostentosamente primeros planos de los asistentes. Carabineros uniformados y provistos de metralletas circulaban de manera visible por los alrededores.

Nada de esto perturbó la inalterable dignidad de las resueltas hermanas Prats. Si no hubo honores militares, ellas los suplieron envolviendo el catafalco de su padre con una bandera chilena y poniendo encima el sable del soldado intachable que fue Carlos Prats. Sobre el féretro de su esposa se colocó una flor.

Determinadas hasta hoy a conocer la verdad de lo ocurrido con sus padres a fin de hacerla pública y mostrar a los responsables directos e intelectuales de los asesinatos; asumiendo riesgos personales, gastando de su patrimonio para trasladarse al extranjero en procura de información, editando contra todos los pronósticos las Memorias del general Prats, las hermanas Sofía, María Angélica y Cecilia representan una ínsula de consecuencia y valor en un país contaminado por el temor, la indiferencia y la negligencia culpable.

En el momento de introducir en el nicho la urna de Sofía Cuthbert, una voz femenina, tenue en un principio, inició la canción nacional, que fue subiendo en diapasón al unirse otros presentes hasta convertirse en más poderoso a medida que se acercaba al mausoleo el féretro del general Carlos Prats.

En el instante en que ambas cajas mortuorias descendían para perderse de vista, una voz de mujer gritó: " ¡General Carlos Prats... Presente...!".

Con acento acorde con la quietud del lugar, pero nítida y firme, Sofía Prats rogó:

—Por favor, no griten. Pido respeto...

Luego, las tres hermanas iniciaron en voz alta el Padrenuestro rezado a coro por todos los concurrentes.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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