"Aprender las lecciones del pasado para construir el futuro"

"Aprender las lecciones del pasado para construir el futuro", fue publicado por primera vez — en forma clandestina — en 1975 en Chile, por las Ediciones Nueva Democracia. Ediciones Barco de Papel, lo edita por primera vez en Roma, en Mayo de 1977.

JAIME GAZMURI
Secretario General Mapu Obrero y Campesino
- C H I L E -

APRENDER LAS LECCIONES DEL PASADO PARA CONSTRUIR EL FUTURO

EDICIONES BARCO DE PAPEL


INDICE

Prólogo

I. Presentación

II. La Existencia de la UP es uno de los elementos principales de la actual situación política

III. El Rápido Aislamiento de la Dictadura

IV. La Autocrítica de la UP

V. El Problema de las Formas de Acceso al Poder

1. Democracia Burguesa y Lucha Revolucionaria
2. La Cuestión de las "Vías"

VI. Las Insuficiencias en la Política de Alianza 

1. El Análisis Científico de la Formación Social
2. La Lucha Ideológica

a) Las Concepciones Economicistas en Torno a la Alianza
b) El enfrentamiento al Anticomunismo
c) La alianza en el terreno ideológico

3. La alianza en el Campo Político: El Tratamiento al PDC

Este es el primer libro que las Ediciones Barco de Papel publica en la Resistencia. La colección — y su nombre — nació en los años del Gobierno Popular en Chile, destinada a hacer aportes en el terreno ideológico que contribuyeran a la lucha de nuestro pueblo por su liberación. Así, se publicaron títulos tales como "Sobre la construcción del Partido", que reunía escritos de Rodrigo Ambrosio, "El libro de las 91", que impulsaba la creación del Área Social de la Economía, "El Partido ante la ofensiva fascista", y otros.

Recogiendo hoy día el nombre de la colección, queremos también recoger para el combate anti-fascista lo mejor de nuestra tradición de lucha, y honrar en ello a los compañeros que cayeron construyéndola.


PROLOGO

El trabajo de Jaime Gazmuri que se reimprime con ocasión del octavo aniversario de la fundación de nuestro Partido, fue publicado originalmente en Chile a comienzos de 1975. Su repercusión fue en ese momento atribuida a dos hechos principales: era el primer libro escrito por un dirigente de izquierda, que se imprimía y distribuía clandestinamente después del golpe militar fascista de 1973; y contenía, en segundo lugar, los elementos centrales de una autocrítica seria y meditada que, desde la derrota, la dirección de la Unidad Popular debía a la clase obrera y al pueblo de Chile.

En los dos años transcurridos desde la primera edición de "Aprender las lecciones del pasado...", la situación chilena ha variado de manera importante: la crisis política, económica y moral del fascismo chileno se ha agudizado mas allá de lo previsible; la resistencia popular ha aumentado cualitativamente, haciéndose más abierta, más sólida y sobre todo ganando en perspectiva y unidad; ha crecido también cuantitativamente con la incorporación de vastos contingentes populares, de Sectores de pequeña y mediana burguesía, y con el paso definitivo de los Partidos de centro — sobre todo de la Democracia Cristiana — a la oposición antifascista; el aislamiento internacional de la Junta Militar se ha hecho aún mayor, como expresión de la condena de los más diversos sectores de la comunidad mundial a la violación sistemática y masiva de los derechos humanos en Chile; y todo esto ha repercutido al interior de las propias Fuerzas Armadas, creando una situación de malestar e inestabilidad que sólo el terror a la DINA y al futuro consigue controlar.

Cualquiera de estos elementos podría bastar para desahuciar o al menos relativizar un análisis realizado hace más de dos años en un contexto diverso. Esto no ocurre, sin embargo, con el libro de Jaime Gazmuri, cuyo contenido tiene hoy aún más vigencia que ayer. En primer lugar, porque se pone en una perspectiva que acentúa, en ese momento, los hechos que en su desarrollo posterior han conducido a la actual situación. Pero, además, y lo que es más importante, plantea, desde una perspectiva autocrítica, los principales problemas teóricos y políticos que hoy debe resolver el movimiento popular chileno, si ha de evaluar correctamente la actual situación y crear, a partir de ella, condiciones para derribar a la dictadura y construir en Chile una democracia renovada, con perspectiva socialista.

En efecto, el punto de partida de la autocrítica es la incapacidad de la Unidad Popular de darse una dirección — una política — única, que a su vez le permitiera llevar adelante su programa. Esta cuestión ha sido puesta de relieve muchas veces. Lo que realmente interesa es examinar — y Gazmuri lo hace en profundidad — cuales fueron las causas que hicieron impracticable dicha política única. Basta enumerar estos problemas para comprender que ellos siguen vigentes, si bien en otro contexto. Nuestra posibilidad de resolverlos, más allá de lo formal, condiciona necesariamente nuestra unidad y por ende nuestra capacidad de victoria.

Bajo la noción de "formas de acceso al poder", Gazmuri examina dos problemas actuales de gran importancia: el primero se refiere al sentido revolucionario que tiene la lucha por la democracia en Chile y el segundo a los métodos a través de los cuales se concreta el acceso al poder de la clase obrera y el pueblo.

"El desarrollo de Chile de una democracia con un importante grado de evolución — dice Gazmuri —, ha sido fruto de la lucha de nuestro pueblo, de lo mejor de Chile, en cada etapa histórica". Es común escuchar o leer opiniones, desde la izquierda, que tienden a menospreciar las conquistas democráticas, llegando incluso a darles un sentido negativo y atribuyendo su origen a maniobras de la burguesía en la consolidación de su poder. El concepto de "democracia burguesa", como identificación de un sistema institucional democrático en el cual se expresa aún la hegemonía de la clase burguesa sobre el conjunto de la sociedad, se extrapola y distorsiona hasta llegar a concebir toda forma de democracia como "burguesa" y toda conquista democrática como una concesión o engaño. Pero los revolucionarios no buscan terminar con la democracia; por el contrario, aspiran a alcanzarla plenamente a través de una transformación económica y política de la sociedad que, creando condiciones objetivas de igualdad, haga materialmente posibles los ideales democráticos. Cierto es que sólo el socialismo como sistema posibilita el logro pleno de esa aspiración. Pero ello no implica que el objetivo socialista sea siempre la meta inmediata de la clase obrera. En ciertas condiciones de la sociedad capitalista, cuando las perspectivas de la revolución socialista son aún distantes, el proletariado lucha por sus intereses y obtiene también victorias que se expresan siempre en el logro de objetivos democráticos. Así ha sido, como lo dice Gazmuri, en Chile y en el mundo entero. La gran burguesía no quiere la democracia. Ella le es impuesta por la lucha del pueblo, aunque esa lucha no sea aún suficiente para arrebatarle su control sobre el conjunto de la sociedad.

Luchando por la democracia, y obteniendo en cada paso nuevas conquistas, la clase obrera y el pueblo se aproximan también a su objetivo final: la conquista del poder y la construcción del socialismo. No hay razón alguna para decir que los objetivos democráticos y los socialistas son incompatibles. Por el contrario, la conquista de las libertades políticas, de los derechos sociales y laborales, de la organización política, crea condiciones objetivas en las cuales es posible plantearse la transformación de la sociedad. El caso de Chile es la mejor demostración de ello: sin las luchas del pueblo por la democracia a lo largo de todo este siglo no habría sido jamás posible la elección presidencial de 1970, el triunfo de Allende y la Unidad Popular. Fue esa historia la que creó no sólo las bases para el establecimiento del Gobierno Popular, sino también la conciencia política suficiente para aprovecharlas. El fracaso de esta experiencia no significa menospreciar las condiciones que la hicieron posible.

Rescatar hoy el papel de la clase obrera y de sus Partidos en el desarrollo de la democracia chilena tiene un sentido político inmediato. Existen quienes, desde posiciones democráticas y antifascistas, cuestionan la sinceridad con que la Unidad Popular y sus Partidos formulan sus proposiciones para terminar con el fascismo y construir en Chile una democracia auténtica. Una respuesta válida sería decir que de parte de algunos de estos sectores no hubo, cuando fue necesaria, la consecuencia democrática que hoy exigen de otros. Pero reeditar esa discusión no tiene hoy sentido positivo. Una mejor línea de argumentación, que al mismo tiempo puede contribuir a enriquecer la teoría y la práctica del movimiento revolucionario chileno, consiste en desarrollar cada vez más el análisis de nuestra propia historia. En ella son palpables las contradicciones de quienes, desde el campo de la burguesía, han hecho siempre profesión verbal de la democracia; y con ella es posible también demostrar como no ha habido conquista democrática de importancia en la cual el rol de la clase obrera y el pueblo no haya sido fundamental.

Un segundo punto del análisis de Gazmuri sobre el desarrollo de la democracia chilena debe ser puesto de relieve. "La autocrítica que ... podemos hacer, es no haber desarrollado la lucha democrática hasta sus últimas consecuencias y en todos los niveles". La afirmación es novedosa, sobre todo cuando tantos críticos de nuestra derrota apuntan precisamente hacia el "exceso de democracia" que permitió la acción del imperialismo y el fascismo, acarreando nuestra derrota. No hay en verdad contradicción. Porque desarrollar la lucha democrática hasta sus últimas consecuencias suponía no hacerse falsas ilusiones sobre el carácter democrático del Estado chileno y de sus Fuerzas Armadas, y combatir en su seno las tendencias conservadoras que sirvieron de base al golpe fascista.

"La izquierda pagó tributo a la ideología burguesa sobre el Estado y, en particular, sobre a las FFAA". Tal vez por comprender insuficientemente el carácter revolucionario y popular de la lucha por la democracia, fue incapaz de entender también que la burguesía recurriría a cualquier método para derribar al Gobierno Popular, y que para ello contaba con enormes recursos al interior del aparato estatal y militar. El problema de la lucha democrática en el seno de las instituciones burguesas y el problema de la defensa necesaria de la democracia permanentemente amenazada, se ponen de relieve en el análisis que Gazmuri hace de las deficiencias de la política de la U.P.

Mayor vigencia adquiere hoy este tema cuando existe en parte importante de las fuerzas democráticas chilenas la tentación de volver al pasado, sobrevalorando el desarrollo anterior de la democracia chilena. Lo menos que se puede decir del Estado democrático chileno y sus instituciones — que contenían numerosos elementos de valor cuya conquista hemos reivindicado - es que permitió su propia destrucción y el advenimiento del fascismo. Más aún, hubo elementos importantes del Estado que contribuyeron poderosamente a la victoria fascista y existen incluso hoy instituciones que han pasado del Estado democrático al fascismo conservando su fisonomía. La reacción no necesitó destruir todo el aparato del Estado para destruir la democracia. Por el contrario, parte de ese aparato ayudó y ayuda en su tarea.

Formular una política democrática coherente no puede, pues, significar un retomo a la institucionalidad anterior. Es preciso examinar en detalle que aspectos de esa institucionalidad eran antidemocráticos, en cuanto limitaban la expresión de la voluntad popular o estaban disponibles para torcerla una vez expresada. Gazmuri esboza el problema en un área, tal vez la más crucial: las Fuerzas Armadas. Quedan por examinar muchas otras: administración de justicia, Contraloría, Parlamento, etc., no sólo para ver como la estructura y funcionamiento del aparato del Estado fue factor de ayuda al fascismo, sino también la forma en que es posible evitar o controlar peligros semejantes en un nuevo ordenamiento democrático.

Al examinar el segundo conjunto de problemas ("Las insuficiencias en la política de alianzas"), Gazmuri pone el énfasis sobre todo en las insuficiencias ideológicas de la izquierda en este terreno. Apunta al carácter mecánico a que conducen las concepciones "economicistas" respecto a la alianza (fundadas por lo demás en un análisis completamente insuficiente de la formación social), para luego afirmar que "toda alianza de clases — si bien se fundamenta en la existencia de intereses económicos compartidos por los aliados — no puede desarrollarse si no existe, en primer lugar, la conciencia de esa identidad de intereses, y además la conciencia de un proyecto político común, en el cual los sectores aliados vean la posibilidad de realizar sus principales intereses históricos... (que) no sólo son económicos sino también políticos, culturales y éticos". La incomprensión de esta verdad llevó a la UP a abandonar, en la práctica, la iniciativa ideológica en manos del enemigo, contentándose con la mera imagen propagandística que exaltaba las ventajas materiales para las clases aliadas o se basaba en símbolos destinados más a estimular a su propia militancia que a convencer a los vacilantes. De este modo, el enemigo fue acumulando para sí las banderas de lucha del pueblo: patria, libertad, democracia, y utilizando las ventajas ideológicas que le otorga la dominación que siempre ha ejercido sobre el conjunto de la sociedad.

La importancia de este tema es aún mayor en las condiciones de Chile hoy día. En los últimos tres años y medio la Junta ha desencadenado, también en el plano ideológico, una persecución sobre todo pensamiento progresista o democrática. El anticomunismo y el fascismo como ideología oficial del régimen deben producir necesariamente un efecto negativo en los sectores de la pequeña y mediana burguesía con los cuales una alianza es más posible. Es claro que el fracaso económico de la Junta ha terminado por romper definitivamente todo vínculo de ella con estos sectores. Pero el prejuicio y el resentimiento acumulados durante el Gobierno Popular, incrementados por la oscuridad de los últimos años, son el factor esencial que impide concretar una alianza antifascista. De allí que la necesidad del desarrollo y el enfrentamiento ideológico como condición de una alianza estable sea hoy primordial.

Lo anterior es sobre todo válido respecto del Partido Demócrata Cristiano. Gazmuri analiza los principales errores cometidos en el tratamiento de la UP hacia ese Partido, particularmente después de la elección de 1970, errores que endurecieron al conjunto del PDC y permitieron imponerse dentro de él a las tendencias "alternativistas" y "derechistas". Sin duda la política de la UP hoy día toma en cuenta esos errores y los supera en buena medida. Pero aún existen en la izquierda concepciones erradas acerca de la forma de tratamiento a la DC. La primera de estas concepciones reproduce los errores del pasado, negando toda posibilidad de que el interior del PDC adquieran influencia las corrientes progresistas y apostando a una acentuación de las contradicciones al interior de ese Partido, que permitan dividirlo. La vida ha demostrado ya que tales divisiones no solucionan el problema ni disminuyen efectivamente la influencia del PDC. Por otra parte, si bien en los primeros años de fascismo la actitud consecuente de numerosos DC contrastó con la actitud cómplice y vacilante de otros, generando de hecho dos líneas antagónicas, el paso del conjunto de ese Partido a la oposición aumenta hoy su unidad interna y crea condiciones para que se desarrollen en su seno las posiciones democráticas.

Un segundo error, de diverso sentido, consiste en poner tal énfasis en las necesidades objetivas de confluencia con la DC, que a la postre haga olvidar las diferencias que subsisten con ella. Digamos, en primer término, que no nos parece que la búsqueda formal de confluencias y el pasar por alto las reales posiciones de los potenciales aliados, engañe a nadie. Por el contrario, da alas a los que quieren evitar la unidad, que pueden hacer aparecer la actitud obsecuente como una muestra más de hipocresía. Peor aún, eludir la lucha ideológica y la discusión, pretendiendo un diálogo puramente formal, nos pone una vez más a la defensiva en el terreno ideológico y presagia nuevamente una situación de aislamiento como la ya vivida.

Desplegar con fuerza una línea política definida que sea a la vez coherente con la alianza que se pretende lograr; enfrentar las discrepancias con respeto y altura de miras, pero también con claridad; no tener temor a la autocrítica, como un requisito para exigirla a los demás; son algunas condiciones necesarias para una política de alianzas que se extienda también al plano de las ideas. En este contexto "Aprender las lecciones del pasado para construir el futuro" constituye un aporte y un instrumento de trabajo valioso y vigente.

José Miguel Insulza
Abril de 1977.


I. PRESENTACIÓN

El derrocamiento del Gobierno Constitucional y Popular del Presidente Allende, constituye la más seria derrota que el movimiento popular y democrático chileno ha sufrido en su historia. Las consecuencias de esta derrota las está sufriendo duramente todo nuestro pueblo. El fascismo se ha ensañado particularmente con la clase obrera, sus organizaciones, sus partidos, sus dirigentes y su ideología. Sin embargo, sería un error pensar que el único derrotado el 11 de septiembre ha sido el movimiento popular y la izquierda. Es el país entero, la inmensa mayoría de la población, Chile como nación, quiénes han sufrido un duro golpe.

La derrota del movimiento popular y la instauración de la dictadura fascista en Chile, ha tenido una considerable repercusión más allá de nuestras fronteras. Ello por dos razones principales: en primer lugar porque el desarrollo del proceso revolucionario iniciado en 1970, por las peculiares características de nuestro país, era seguido con vivo interés por el movimiento obrero y revolucionario mundial, y por vastos sectores democráticos y progresistas de todo el mundo; en segundo lugar, por cuanto la contrarrevolución chilena, dirigida directamente por el Gobierno de los EE.UU., ha hecho evidente hasta qué punto puede llegar el imperialismo en alianza con la reacción interna, para aplastar a los pueblos que inician el camino de su liberación nacional y social. En una época que se caracteriza por la agudización de la crisis del capitalismo y del imperialismo mundial, existe la tendencia, en sus círculos más reaccionarios, de echar mano al fascismo como el último recurso para afirmar su dominación. Estas dos razones explican el inmenso repudio universal hacia la dictadura chilena, y la vasta solidaridad que se ha generado con la resistencia democrática y antifascista de nuestro pueblo.

En lo esencial, la política de la dictadura consiste en intentar una rápida y brutal regresión histórica, en establecer un orden político, económico y social que ha sido históricamente repudiado por la aplastante mayoría del país: el capitalismo dependiente.

Esta restauración requiere elevar a niveles desconocidos en nuestro país, la explotación del trabajo asalariado e instaurar un estado totalitario y policial capaz de destruir y aplastar la masiva y creciente resistencia que genera la política de la dictadura. Estos dos elementos centrales de la política del fascismo — superexplotación del trabajo y represión generalizada — afectan directamente, en mayor o menor medida, a la inmensa mayoría del país: la clase obrera, los productores independientes, los empresarios medianos y pequeños, la intelectualidad, las capas técnicas y profesionales, la juventud estudiantil, etc. Desde el punto de vista político e ideológico, todos los sectores democráticos, progresistas y humanistas, repudian el fascismo, su política y sus métodos. El régimen instalado a sangre y fuego el 11 de septiembre de 1973, sólo representa y favorece a una pequeña minoría nacional: la gran burguesía monopólica y sus servidores y al gran capital imperialista. Sólo un año de ejercicio del poder por parte del alto mando fascista de las FF.AA. y Carabineros, han bastado para que el verdadero carácter de clase y político de la dictadura haya quedado al descubierto para sectores cada vez más amplios de chilenos.

A pesar de su inmenso poder, la dictadura tiene los pies de barro. Su política ha llevado al país a la bancarrota y a una crisis general: económica, social, política, moral e internacional. Los elementos más evidentes de esa crisis: el fracaso de la política económica y el agudo aislamiento internacional de la dictadura, ya son hechos que, a pesar de férreo control de la prensa y los medios de comunicación social, comienzan a ser discutidos públicamente y a provocar contradicciones en los medios oficiales. Sin duda este proceso aumentará significativamente en los meses que vienen.

La cuestión de desarrollar una alternativa democrática, capaz de enfrentar derrotar y sustituir a la dictadura, es hoy día una necesidad imperiosa para la inmensa mayoría del país. En las condiciones actuales es, además, una tarea posible.

El movimiento popular, encabezado políticamente por la Unidad Popular, ha sido capaz de resistir la represión, reorganizarse en un nuevo nivel, e iniciar la resistencia democrática y antifascista. Ya en Mayo de 1974, la Unidad Popular planteaba la necesidad de impulsar un vasto frente político y social antifascista, capaz de movilizar al país contra la dictadura y su política. El desarrollo de ese frente no es una tarea fácil. En primer lugar porque la brutal y masiva represión dificulta convertir en una actitud de resistencia activa el ánimo de repudio a la dictadura. En segundo lugar porque las fuerzas llamadas a integrarlo: la izquierda, la DC, y todos los sectores democráticos del país, durante largos años han sido adversarias y no aliadas, y por tanto no es fácil descubrir las coincidencias fundamentales que permitan una acción común de largo alcance. No hay duda de que en estos 14 meses se han producido innumerables acciones conjuntas de las fuerzas democráticas en torno a los problemas más agudos planteados por la política de la dictadura: la defensa de los derechos humanos, la defensa del derecho al trabajo y las reivindicaciones económicas, la solidaridad con los cesantes, etc. Sin embargo, el frente democrático y antifascista sólo podrá desarrollarse sobre la base de dos elementos: la acción común antifascista y un programa común.

El programa del frente antifascista surgirá de la discusión y de la confrontación de puntos de vista de sus elementos integrantes. En la medida en que no existe formalmente dicho frente hoy día — y seguramente no se constituirá sino en etapas más avanzadas del proceso — se hace necesario iniciar el más amplio debate posible entre todos los sectores antifascistas y democráticos, sobre los problemas principales del país y, la forma de encararlos. Este debate es hoy día una necesidad política y al mismo tiempo un medio para impulsar el amplio frente que proponemos.

Desde nuestro punto de vista — el punto de vista de la clase obrera y el movimiento popular — enfrentar adecuadamente las complejas tareas que plantea el desarrollo de la resistencia y la creación de un Frente capaz de enfrentar, derrotar y sustituir a la dictadura, requiere aprovechar exhaustivamente las lecciones del pasado, en particular las del período revolucionario de 1970-1973. Nuestra derrota no fue producto del azar, ni se explica fundamentalmente por la acción de las poderosas fuerzas — nacionales e internacionales — que enfrentaron al Gobierno Popular. Tampoco fue una derrota inevitable. Se produjo principalmente por errores en la dirección del movimiento popular, de la Unidad Popular y del Gobierno.

Descubrir estos errores y los factores que los produjeron, es un deber insoslayable. Si este análisis no se hace, bajo otras condiciones y quizás de distinto modo, esos errores persistirán. Una autocrítica a fondo permitirá extraer de una derrota significativa — pero transitoria — lecciones que se convertirán en armas de combate para asegurar la victoria sobre el fascismo y el curso exitoso de la revolución chilena. Es evidente, además, que nuestra autocrítica interesa a todos los sectores democráticos del país, y no sólo al movimiento obrero y popular, y más allá de nuestra Patria, a todo el movimiento obrero y revolucionario mundial.

El propósito de este análisis es profundizar algunos elementos de la autocrítica de la Unidad Popular que en general han sido planteados en documentos de nuestro Partido y de otros Partidos de la Unidad Popular. Dos capítulos iniciales, que no tienen que ver con la autocrítica, pretenden ubicar el contexto en que ésta se realiza: una situación definida por la existencia y desarrollo de la Unidad Popular, y por el rápido y progresivo aislamiento de la dictadura.

Hemos centrado la atención sólo en los aspectos que no parecen fundamentales: los factores que impidieron que al interior de la Unidad Popular se diera una dirección proletaria unificada y hegemónica, debido principalmente a las influencias de concepciones y prácticas de la pequeña burguesía revolucionaria en el seno de la alianza e incluso de los partidos obreros; y las insuficiencias de la concepción estratégica proletaria que, sin perjuicio de haber planteado correctamente la mayoría de los problemas estratégicos de la revolución chilena, contribuyeron sin duda, a que la influencia de la pequeña burguesía revolucionaria adquiriera una magnitud considerable. Hemos desarrollado con más amplitud este último aspecto, porque nos parece que ha sido todavía menos analizado que el anterior. Es evidente que hay muchos otros aspectos de la experiencia de la Unidad Popular que deben ser analizado críticamente, y que arrojarán valiosas experiencias para el futuro; en particular hay dos que aquí se omiten: la política económica del Gobierno, y las cuestiones ligadas a la movilización y participación de las masas en las tareas revolucionarias del Gobierno y en el Gobierno mismo. Con toda la importancia que tienen estos aspectos, sobre los que esperamos volver en el futuro, nos parece que los problemas que aquí analizamos son los claves para explicar la derrota popular, al mismo tiempo que los que entregan más luces para enfrentar los principales problemas estratégicos planteados por la actual situación.

II. LA EXISTENCIA DE LA UP ES UNO DE LOS ELEMENTOS PRINCIPALES DE LA ACTUAL SITUACIÓN POLÍTICA

Cumplido ya el primer año de la dictadura, una de las características principales de este período ha sido la rapidez con que la dirección del movimiento popular se ha recuperado de los durísimos golpes recibidos. Este hecho decisivo no es aún evidente para todos, porque en septiembre de 1974 las expresiones masivas de la resistencia democrática y antifascista recién comienzan a expresarse con más fuerza. Sin embargo, podemos afirmar con certeza que esta recuperación — lograda en un período muy breve — constituye uno de los elementos fundamentales que define la actual situación política del país. Medir correctamente los avances logrados durante este año en la reestructuración de la dirección política de la izquierda chilena, supone apreciar debidamente la amplitud de la derrota que sufrió el movimiento popular y democrático de nuestro país el 11 de septiembre 1973. Al período revolucionario que se desarrolló en Chile entre 1970 y 1973, sucede un período de profunda contra-revolución en todos los aspectos de la vida del país. La profundidad de la contra-revolución se corresponde con la amplitud y la profundidad del proceso revolucionario desencadenado por el acceso al Gobierno de la Unidad Popular en 1970. La contra revolución se caracteriza, en lo esencial, por un intento de imponer un proceso de regresión histórica sin precedente en todos los planos. Restauración del capitalismo dependiente en un nuevo nivel de explotación del trabajo y de subordinación al gran capital imperialista [1] ; establecimiento de un sistema político totalitario y policial, como no había sido conocido — en la práctica - en toda la historia de Chile como país independiente; liquidación sistemática de la cultura nacional e implantación de una ideología degradada de corte nazi-fascista, son algunos de los aspectos principales en que se expresa la política represiva de la Junta.

Existen pocos ejemplos en la historia política contemporánea de una regresión histórica tan profunda. La política de la dictadura no consiste en una simple restauración, en volver a una situación político-social anterior al período revolucionario de 1970-1973. La dominación imperialista-gran burguesa sólo puede ser restablecida en Chile en un nuevo nivel — no conocido en nuestra historia - de vasallaje, explotación y represión. De allí su carácter tan esencialmente antinacional y bárbaro. No es una casualidad que la Junta, en sus intentos por dar un barniz nacionalista al régimen, no pueda reivindicar ningún símbolo, personalidad o período histórico anterior, como fuente de inspiración. O que, cuando lo intenta — como en el caso de Portales — se vea obligada a tergiversar tanto su pensamiento como el contenido de su política. [2]

Es claro que la brutalidad de la dictadura, la amplitud de la represión, la conculcación sistemática de los más elementales derechos humanos, la liquidación de las conquistas democráticas, su desprecio por el humanismo, su odio sin límites hacia la clase obrera y el movimiento popular; son los métodos y la consecuencia inevitable del camino reaccionario que ha tomado; el precio indispensable de la restauración del dominio de una minoría nacional y del imperio sobre Chile y su pueblo. Sin terror fascista es imposible la restauración gran-burguesa e imperialista en Chile.

En el marco de esta situación de profunda contrarrevolución y terror reaccionario, el movimiento popular ha tenido que desarrollarse en este último año. Desde el 11 de septiembre, ha sido duramente golpeado. Miles de trabajadores y de dirigentes han sido asesinados; están hoy día encarcelados: o han debido tomar el camino de exilio. Las organizaciones del pueblo — y en particular las de la clase obrera — han sido ilegalizadas, perseguidas, ahogadas. Se ha montado un aparato policial y represivo muy extenso. Junto a la represión visible — detenciones, allanamientos, rastrillos, encarcelamientos, torturas cada vez más refinadas - se monta un enorme aparato de infiltración y soplonaje en cada fábrica, barrio, población, liceo, universidad. A los efectos de la represión directa, física, se ha sumando — sin duda — el desánimo, la frustración de la derrota del Gobierno Popular. Las derrotas significativas siempre mellan el nivel de conciencia de las masas, su confianza en sí mismas y en las direcciones que no supieron llevarlas a la victoria. También nosotros hemos vivido este proceso en este tiempo, al que se suma el terror que genera la represión, las angustias económicas y el hambre que amenazan a tantos hogares del pueblo.

A pesar de todo ello, hoy día la resistencia democrática y antifascista se desarrolla y crece día a día. En estos últimos meses, la intensificación de la agitación y propaganda masiva comienza a dar cuenta de ello a toda la población.

Encabeza la resistencia la Unidad Popular, política y orgánicamente reconstituida [3] . Ello demuestra, en primer lugar, que el desarrollo político del pueblo de Chile, y en particular de su clase obrera, es muy profundo y extenso. Que la derrota de 1973, por grande que haya sido, no ha destruido su conciencia ni su capacidad revolucionaria. Que el reflujo y los efectos de la derrota han sido transitorios. Que ni la represión ni la propaganda fascista han mellado - en lo fundamental - su potencialidad revolucionaria. En definitiva, que constituye el centro, el nervio y el motor, de la liberación del país; la única clase con energía suficiente como para encabezar la lucha antifascista. No es esta una afirmación "a priori", "ideológica", sacada de algún texto. Es la constatación pura y simple de lo que ha ocurrido en el país en este primer año de dictadura.

En segundo lugar, la reconstitución política de la Unidad Popular, realizada sobre la base de sus partidos obreros, es una demostración fehaciente de su estrecha vinculación a las masas; de su identificación con ellas; de su capacidad para desarrollarse en las más difíciles condiciones; y para recuperarse de graves reveses. En suma, señala una vez más el carácter revolucionario de los partidos que la constituyen y demuestra su validez como el instrumento político más unitario, coherente y acerado, que el pueblo de Chile haya construido en su historia.

La reorganización y reconstitución de la Unidad Popular no ha consistido solamente en un proceso orgánico, donde cada partido y el conjunto hayan logrado crear las condiciones para sobrevivir y funcionar en medio de la brutal represión fascista, recreando, además, sus vinculaciones con amplios sectores de masas.

La unidad existe y se desarrolla hoy día sobre la base de una concepción política común respecto de los principales problemas que enfrente nuestro pueblo. Existe una visión de los problemas básicos que impidieron el éxito a la Unidad Popular y al Gobierno; sobre la naturaleza y los objetivos fascistas; sobre las tareas políticas del momento; sobre la amplia alianza antifascista que se hace indispensable generar; sobre los objetivos fundamentales de la resistencia democrática. Es decir, la Unidad Popular ha logrado, en estos meses, definir una política común que incluye una definición acerca de los principales problemas estratégicos y tácticos que plantea la nueva situación que vive el país.

Se trata, por tanto, de una unidad que mira hacia el futuro. El análisis del pasado interesa sólo para extraer las lecciones de los éxitos y de los fracasos - y en particular de estos últimos — para que los errores se conviertan en escuela que impida reiterarlos.

Es necesario destacar que el grado de unidad política que ha alcanzado la Unidad Popular durante este año de lucha, es cualitativamente superior al que existía con anterioridad al golpe fascista. La línea política común, cuya expresión más acabada y completa hasta ahora es el "Llamamiento al Pueblo de Chile a Formar un Frente Antifascista para Derrocar a la Dictadura", aprobado en Mayo de 1974, no es el resultado de un compromiso entre concepciones diferentes; de un acuerdo en el que los partidos hayan tenido que sacrificar puntos de vista en aras de la unidad. Ese documento expresa efectivamente la concepción común de cada uno de los partidos que lo han suscrito, respecto de todos los problemas allí planteados, en un grado muy superior al de cualquier documento del pasado. Este hecho, incluso más allá del contenido de la política común, es de una importancia decisiva. Indica que las duras experiencias vividas han unificado más a la vanguardia política del pueblo chileno, y no la ha dividido. Que el proceso — muy común en otras experiencias — de que las derrotas son seguidas por un período de dispersión y de recriminaciones mutuas en el seno de las fuerzas revolucionarias, ha sido sustituido en nuestro caso por el desarrollo — incluso en un nuevo nivel — de la unidad de lo fundamental de la izquierda chilena. Una buena muestra de la validez y la consistencia política de la Unidad Popular.

Por cierto, este proceso no está concluido, ni mucho menos. A su vez, los partidos se desarrollan y actúan en medio de grandes dificultades; la represión crece y se perfecciona pudiendo aun golpearlos duramente; las masas no se han recuperado de la derrota y se vive todavía un período de reflujo, donde la lucha económica y política encuentra poderosos obstáculos para asumir un carácter abierto y masivo. El nivel de acuerdo que se ha logrado en la direcciones, no se expresa necesariamente con igual intensidad en los niveles intermedios ni de base. No ha sido posible que la reflexión colectiva ni el debate político que se ha producido al interior de las direcciones de cada partido y del conjunto, se realice masivamente en el mismo grado entre la militancia y las masas mismas.

Las concepciones diferentes, ya sea sobre cuestiones generales o particulares, que se dieron en el pasado en el seno del movimiento popular y revolucionario, incluso entre los partidos obreros, no han desaparecido de la noche a la mañana; no han podido tampoco ser confrontadas masivamente con los resultados de la experiencia pasada. Las organizaciones partidarias en el extranjero y los miles de militantes de la izquierda, tienen muchas mayores facilidades para desarrollar un trabajo teórico e ideológico que permita aportar en la superación de los vacíos del pasado en este aspecto; sin embargo en las condiciones en que se desarrolla su actividad les es particularmente difícil ligar el trabajo teórico a la actividad práctica revolucionaria, el debate sobre los problemas estratégicos y tácticos a los requerimientos políticos de la lucha antifascista; en fin, las tendencias a desvincular el trabajo teórico de las exigencias actuales, y futuras del movimiento obrero y popular, pesan allí con particular fuerza. En el país, incluso la difusión masiva de los planteamientos políticos de la UP y de los partidos, y por tanto su discusión y análisis en todos los niveles, encuentra todavía inmensa dificultades. Si se quiere tener una visión real de nuestra situación actual, todo ello debe ser considerado.

Pero sin duda que la unidad política lograda en la dirección de la Unidad Popular — junto al crecimiento orgánico y a la lucha de masas que se manifestará cada vez con más fuerza — creará también nuevas condiciones de unidad en las amplias masas de izquierda. Por otra parte, en estos mismos meses hemos observado la fuerza espontánea que adquiere en el seno del pueblo el sentimiento unitario, no sólo en el interior de la izquierda, sino también entre todos los chilenos antifascistas y demócratas.

Todo lo anterior justifica nuestra afirmación inicial de que la reorganización, existencia y desarrollo de la Unidad Popular en las nuevas condiciones creadas por la dictadura, es uno de los elementos fundamentales que definen la actual situación política del país. Además, no cabe duda de que su importancia se acentuará en el futuro.

III. EL RÁPIDO AISLAMIENTO DE LA DICTADURA

Un hecho aparentemente sorprendente, a catorce meses del golpe militar, ha sido la rapidez con que se ha producido el aislamiento político y social de la dictadura. La extraordinaria capacidad del gobierno para enajenarse la simpatía y el apoyo de muy vastos sectores que el 11 de septiembre aplaudieron entusiastamente el golpe, o que lo consideraron "un mal necesario" o que por último, repudiando el derrumbe democrático lo consideraban inevitable. Todos ellos tenían hacia el gobierno militar una actitud inicial de comprensión y hasta de simpatía.

Estos eran los estados de ánimo dominantes en la mayoría de las llamadas "capas medias" del país (empresarios medianos y pequeños, productores independientes del campo y la ciudad [4] , profesionales y técnicos) y aún sectores de los propios asalariados (particularmente empleados), que habían sido movilizados contra el Gobierno Popular. Políticamente, todos los partidos de oposición al Gobierno Popular (PN, DR, PDC y PIR) legitimaron el golpe de estado, con mayor o menor fuerza. En el PDC, la condenación de un grupo importante de dirigentes, encabezados por Bernardo Leighton y realizada a pocas horas del derrocamiento del gobierno constitucional, no representaba — a nuestro juicio — el sentimiento mayoritario de ese partido y de sus sectores de influencia en ese momento.

Incluso en sectores importantes e influyentes como la Iglesia Católica — cuya máxima jerarquía había hecho esfuerzos por evitar el enfrentamiento que precipitaba la derecha — existía un estado de ánimo mayoritario como el que hemos descrito.

Esta situación ha cambiado radicalmente en sólo catorce meses. Nunca en la historia política del país un gobierno había perdido, en tan corto tiempo v de una manera tan radical, sus apoyos sociales y políticos iniciales. Socialmente, el gobierno sólo cuenta en el apoyo de las organizaciones de la gran burguesía agraria, industrial y minera; con las directivas fascistas de algunos gremios de pequeños empresarios (comerciantes, camioneros), y con algunas organizaciones de masas que levantó el fascismo entre 1970 y 1973 (Poder Femenino, FEUC, etc.). Y con los círculos de oficiales en retiro!

Políticamente, sólo apoyan al gobierno Patria y Libertad, el Partido Nacional, pequeños grupos y cenáculos nazis de distinta procedencia (grupo Tacna, etc.), y sectas ideológico-religiosas ultra reaccionarias como el Opus Dei y Fiducia. Cuenta asimismo, con el concurso activo de un sector reaccionario y tecnocrático de profesionales formados en centros universitarios del país dominados por la derecha durante años, y en universidades conservadoras de los Estados Unidos, principalmente. Estos grupos constituyen la élite tecnocrática del fascismo y han adquirido gran peso e influencia en la definición de las políticas del gobierno militar, principalmente en el frente económico.

Estos apoyos políticos no dejan, incluso, de tener contradicciones. En el seno del propio Partido Nacional existe un sector "civilista" que impugna los "excesos" y la orientación ideológica tan manifiestamente fascista y corporativista de la Dictadura.

Al margen de los apoyos sociales y políticos orgánicos, sin duda la dictadura despierta la adhesión de la gran burguesía y de sectores minoritarios e ideologizados de las llamadas capas medias. Un régimen con tan precarias bases de apoyo y con una política como la de la dictadura, no puede mantenerse sin la utilización más extensa de la pura fuerza, en su manifestación más extrema. La fuerza armada y la represión física pasan a constituir los expedientes normales "de gobierno". Ello sólo es posible si las Fuerzas Armadas y de Orden están dispuestas a cumplir ese papel. Hasta ahora, utilizando simultáneamente la represión más brutal, la intoxicación ideológica fascista y la conversión - especialmente de la oficialidad — en casta privilegiada, la dictadura ha logrado mantener la unidad de la oficialidad de las FF.AA. y Carabineros en torno a su política. Sin embargo, también en ese frente aunque de manera aún más subterránea y paulatina, comienza a aparecer los gérmenes de oposición y resistencia a la política de los generales.

Este proceso de aislamiento no es accidental. No es producto de las "torpezas" o "miopías" del gobierno militar. Es producto de su política. Y esta a su vez, expresa los intereses de las clases y grupos que realmente dirigieron la oposición reaccionaria al Gobierno de Allende; de quienes crearon las condiciones del golpe; de quienes movieron los hilos de la conspiración; y de quienes - por cierto- se hicieron luego del gobierno y del país como un botín propio. Una vez que los propios monopolistas y sus patrones yankis se han adueñado del gobierno, han desahuciado - en la práctica -la amplia alianza que con tanta prolijidad urdieron para enfrentar al Gobierno Popular. ¿Por qué la derecha, que ha sido tan hábil históricamente para esconder sus objetivos e intereses reales en alianzas políticas amplias, en una ideología nominalmente democrática, incluso en políticas económicas casi populistas, se vuelve de pronto tan "torpe" para desnudar su verdadera naturaleza? La razón de fondo es que la crisis de capitalismo dependiente en nuestro país es tan aguda que su restauración afecta los intereses concretos, inmediatos, no sólo de los trabajadores, sino de la casi totalidad del país.

La conversión de la economía chilena en un nuevo paraíso del gran capital extranjero, liquida la industria nacional (salvo el gran monopolio) ya que no puede competir ni con este ni con la empresa transnacional, a la que se abren las puertas — no sólo para colocar en el país sus productos — sino también sus capitales. La brusca pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores no sólo los afecta a ellos, sino que a los comerciantes y a los productores de bienes de consumo popular. En suma, en un país como Chile a estas alturas de su desarrollo, la restauración del capitalismo dependiente afecta los intereses de casi todas las clases y capas del país. ¿Quién se beneficia? El monopolista y el capitalista capaz de asociarse como socio menor del inversionista extranjero, y los grupos de intermediarios (tecnócratas, gestores, profesionales, etc.) que se desarrollan en torno a ellos; además de las capas burocráticas privilegiadas, engrosadas hoy día con los grupos de la oficialidad de las FF.AA. que sirven en el gobierno.

Los efectos antinacionales de esta política no son, por cierto, sólo económicos. Se expresan asimismo en la destrucción sistemática de las mejores tradiciones políticas, de las instituciones de diverso tipo que no se dejan utilizar por el fascismo; en el hostigamiento y represión de las corrientes ideológicas y espirituales humanistas y libertarias; en el amordazamiento del arte y la ciencia; en fin, de todos los aspectos de la vida. Es claro que los trabajadores llevan la peor parte en la "reconstrucción", pero más allá de ellos, la casi totalidad del país, de una u otra manera y con diversa intensidad, es víctima del fascismo, de su política y de sus métodos.

Nunca antes el capitalismo dependiente había demostrado con tanta claridad y desnudez, su verdadero rostro en Chile. Nunca había llevado tan hasta el extremo su carácter regresivo y antihumano, su esencia antidemocrática, antinacional y antipopular. Cuando la gran burguesía y el imperialismo, apoyados en una camarilla militar, han asaltado el poder y lo han ejercido sin ningún contrapeso, han demostrado en toda su magnitud su verdadero carácter. El resultado de este proceso es su aislamiento, el repudio — que en diversas formas y grados — recibe de la mayoría del país; de las clases y capas más diversas; desde distintas concepciones ideológicas y políticas.

Hoy día, el grueso del país abomina del fascismo: de la dictadura del gran capital. Miles de los que formaron la oposición activa y militante al gobierno de la Unidad Popular, y que contribuyeron objetivamente a la victoria fascista, han despertado como de un sueño. La frase "yo no luché para esto durante tres años" es cada vez más común en miles de ellos. La resistencia se expresa de las más diversas maneras, desde la lucha organizada de la Unidad Popular y de la izquierda, hasta el comentario antifascista en el círculo familiar o de los amigos de confianza. La posición y la actividad de las iglesias chilenas en defensa de los derechos humanos; la acción conjunta de los demócratacristianos y los militantes de izquierda en la base; la solidaridad con los prisioneros y sus familiares; las protestas de los abogados por la farsa de los juicios; la distribución de volantes clandestinos; la circulación de libros "privados" sin paso previo por la censura oficial; y miles de otras manifestaciones cotidianas, expresan el repudio del país a la dictadura; la voluntad democrática de la mayoría. Muchas de estas expresiones son aisladas. No corresponden al desarrollo de una política coordinada ni mucho menos común entre quienes la impulsan. Es más, existe entre los sectores que se oponen al fascismo, diferencias ideológicas y políticas importantes, tanto respecto de la evaluación de los factores que llevaron al fascismo al poder, como de los métodos y objetivos de la resistencia antifascista. Incluso la cuestión de la unidad de todos los que se oponen a la dictadura, no está clara para muchos. En particular, en el seno de la democracia cristiana, un sector importante de sus núcleos dirigentes, se oponen resueltamente a la unidad antifascista con la izquierda. Con todo, el hecho cardinal es que la resistencia nace y se amplía de una manera natural y muchas veces espontánea, en sectores cada vez más amplios. Ello es el resultado inevitable de la política fascista, de la situación que vive el país. La unidad antifascista es una necesidad planteada con fuerza por la vida misma; responde a los intereses de la mayoría y a los de Chile como nación. Sin embargo, no surgirá espontáneamente. Ayer también era un imperativo para la mayoría del país cerrarle el paso al egoísmo, pero sin embargo, este adquirió una fuerza incontrarrestable.

La unidad antifascista que hoy necesita nuestro pueblo requiere del desarrollo de un poderoso frente político, social e ideológico, que enfrente a la dictadura y que constituya una alternativa real frente a su poder y su política. Un frente capaz no sólo de derrotar a la dictadura, sino de crear una nueva institucionalidad democrática y de generar un gobierno nacional que tenga condiciones de resolver la grave crisis que vive el país; Este frente surgirá de la lucha antifascista común, pero sólo se consolidará y se convertirá en una alternativa al fascismo, en la medida en que desarrolle una concepción común de los principales problemas nacionales y de la manera de enfrentar su solución. En suma, de un programa capaz de movilizar tras él a la inmensa mayoría del país. Esta tarea no es fácil, pero a nuestro juicio, existen hoy día las condiciones para llevarla a cabo. Ello no será posible sin un gran esfuerzo de todos los sectores auténticamente democráticos y patrióticos, por buscar y desarrollar las coincidencias capaces de unir a la mayoría de Chile para desterrar la negra noche del fascismo y abrir camino a una nueva democracia. Por nuestra parte, este esfuerzo es muy anterior al golpe fascista y lo hemos redoblado con mayor fuerza después del 11 de septiembre de 1973. Desde el punto de vista de la Unidad Popular, la profundización de la autocrítica sobre el período 1970-1973, es indispensable para contribuir al desarrollo de la más amplia unidad democrática y antifascista.

IV. LA AUTOCRÍTICA DE LA UP.

Desde el punto de vista de la Unidad Popular y de la izquierda, la nueva situación que se ha creado en el país — la instauración de la dictadura, el rápido aislamiento del gobierno militar, las condiciones particularmente favorables para desarrollar un amplio frente antifascista, la situación potencial-mente revolucionaria que generará la crisis del gobierno militar en plazos no inmediatos pero históricamente breves, abre un período de extraordinarias perspectivas. Obliga a superar las insuficiencias, tanto en las concepciones generales (teóricas, estratégicas y tácticas), como en el trabajo y la conducción política práctica que demostró la dirección máxima de la izquierda en el período recién pasado. Puesta a prueba en un período particularmente complejo y difícil — como todo período revolucionario — la Unidad Popular pasó mal este primer examen de la historia. No fue este, por cierto, el examen final, pero al menos fue un examen general importante donde quedaron de manifiesto con mucha claridad las deficiencias principales.

Hoy día enfrentamos viejos problemas que tienen relación con nuestras insuficiencias del pasado. Enfrentamos también numerosos problemas nuevos que requerirán de una particular, capacidad de parte de la dirección política del pueblo. Para resolver unos y otros de la mejor manera, la profundización de la autocrítica del pasado próximo es indispensable. Los elementos principales de esa autocrítica están planteados en el documento de la Unidad Popular de Mayo de 1974; en documentos de la dirección del PC; en el documento del Comité Central del PS de Marzo y del Comité Central del MAPU OC de Mayo, ambos de 1974. [5]

La autocrítica de la UP y en particular la dirección que imprimieron al proceso los partidos obreros, debe ser capaz de explicar tanto los factores que permitieron al movimiento chileno generar a partir de 1969 una situación revolucionaria, conquistar las más importantes victorias de su larga lucha política, e iniciar desde el gobierno un proceso de profundas transformaciones sociales, económicas y políticas; así como también los elementos que impidieron que la situación revolucionaria se desarrollara favorablemente y, por el contrario, culminará en una victoria en toda la línea del imperialismo y la reacción interna. Sólo el análisis de los éxitos, y sus causas, como de los errores del movimiento popular, es capaz de extraer toda la riqueza de experiencia y lecciones que encierra el período revolucionario 1970-73, no sólo para el movimiento popular de nuestro país, sino para todo el movimiento obrero y revolucionario mundial.

El triunfo electoral de 1970 y la instalación de la UP en el gobierno del país, hechos que abren paso a un período revolucionario de gran profundidad, es el producto, en lo esencial, de la justeza con que la clase obrera y el movimiento popular enfrentaron la coyuntura político-electoral de 1970. Los últimos años del gobierno DC, se caracterizaron por una agudización de la crónica crisis económica del país, y por un extraordinario crecimiento de la lucha social y política, producto de la actividad del movimiento popular y de la izquierda, y de las aspiraciones progresistas y revolucionarias que el reformismo DC alentó en vastos sectores del pueblo, y luego la política del gobierno frustró. En este contexto, se generó el frente más amplio que la clase obrera había construido en la historia.

La gestación de la UP no fue un proceso fácil. Se enfrentaron en 1969, en el seno de la izquierda, concepciones diferentes, tanto respecto del frente y del programa que la clase obrera debía levantar, como de la utilidad y eficacia de las elecciones para lograr avances importantes en el camino de la conquista del poder. Estas diversas concepciones se expresaron, entonces, principalmente como diferencias entre el PC y el PS, en torno a la coyuntura de 1970, aunque tenían por cierto, raíces más profundas y antiguas en el movimiento popular y revolucionario chileno. Se impuso finalmente el camino y el programa de la UP, en virtud, principalmente, del peso del PC en la combinación, y de la influencia del Presidente Allende en el PS, con el aporte, por cierto, de los otros partidos (PR, MAPU, PSD y API), que se integraron al frente desde sus inicios. La UP planteó correctamente la mayoría de los problemas estratégicos de la revolución chilena: alianza de clases que se postulaba; tipo de gobierno a que se aspiraba; tareas y objetivos del Gobierno Popular. Asimismo, en el plano táctico, la perspectiva política de masas que se dio a la campaña, permitió convertirla en una confrontación de fuerzas de gran magnitud, en la cual la UP supo llevar la iniciativa política e ideológica. Las divergencias que se expresaron en los partidos de la UP en su período de gestación, no se manifestaron en esta fase, e incluso los grupos ultraizquierdistas que — como el MIR — no se incorporaron a la UP y durante su fase inicial impugnaron su línea estratégica y táctica abierta y agresivamente, fueron atenuando su actitud y terminaron "aunque con reservas" llamando a apoyar electoralmente a la UP. La creación de la UP, la aprobación de un programa justo, y la conducción política que se dio a la campaña electoral, permitió una activa movilización política de la clase obrera y de vastos sectores del pueblo y el triunfo de 1970. Desde el punto de vista político, la influencia de la clase obrera y la UP, era más vasta que el 36% de la votación alcanzada el 4 de septiembre. La DC, en virtud de la situación creada en el país, se vio obligada a enfrentar la campaña con un programa nacional, democrático y progresista, con un candidato crítico de la gestión del Gobierno de Frei, y con un perfil político distinto al que había tenido durante la mayor parte de los 6 años anteriores. Sólo en virtud de ello logró retener una influencia significativa en importantes sectores del pueblo. En suma, durante 1969-70, a pesar de las contradicciones estratégicas presentes en el movimiento popular, primó en lo central una concepción de clase justa y unificada, que permitió que la alianza popular se diera un programa y una táctica correcta en lo esencial. Es esta una fase donde la hegemonía proletaria en la conducción de la UP se dio con mucho mayor fuerza que en las posteriores. Las insuficiencias de la concepción estratégica proletaria y de su táctica, no eran en ese entonces evidentes, ya que se referían a problemas que, si bien importantes (como lo analizaremos en detalle en los capítulos siguientes), no eran inmediatos.

La instalación del Gobierno Popular el 4 de Noviembre, marcó el inicio de un proceso de profundas transformaciones revolucionarias de carácter nacional, democrático y popular (nacionalización del cobre, desarrollo de una política internacional independiente, creación de una área de propiedad social sobre la base del monopolio industrial y comercial, estatización de la banca, profundización de la reforma agraria, redistribución del ingreso en favor de las clases populares, fuerte impulso a las políticas de salud, educación, viviendas, nutrición infantil, etc.). La aplicación del programa de la UP, impulsado con energía desde el primer día del gobierno del Presidente Allende, abrió camino a un poderoso desarrollo de la movilización, la organización y la elevación del nivel de conciencia política, de las más amplias masas populares. El triunfo electoral de Marzo de 1971, en que la UP alcanzó el 50% de la votación, fue un indicador de la capacidad del gobierno y la UP de comprometer el apoyo de la mayoría de la población al proceso revolucionario en curso.

Desde el punto de vista de la gran burguesía monopólica y agraria, y del imperialismo, ya desde el 4 de septiembre quedó en claro el carácter revolucionario del nuevo gobierno, así como la necesidad de combatirlo con otras armas que las que tradicionalmente utilizaron en Chile para mellar las fuerzas de gobiernos puramente progresistas o populistas. Tras un breve período de desconcierto y relativa dispersión, el alto mando de la reacción imperialista y gran burguesa, diseñó una estrategia que tendía a crear condiciones económicas, sociales, políticas y militares, para derrocar al Gobierno Popular. No es éste el lugar para analizar los aspectos principales de esa estrategia.

La dirección de la UP y del Gobierno, se vio así enfrentada a tareas gigantescas. El principal problema estratégico que debía resolverse era la utilización de la nueva y fundamental posición alcanzada (el Gobierno del país), para generar una correlación de fuerzas que permitiera enfrentar la insurrección reaccionaria en marcha, y culminar exitosamente el cumplimiento "del programa revolucionario de la UP. Dicha culminación no consistía sólo, en el cumplimiento de las transformaciones económicas y sociales planteadas, sino principalmente de las políticas, vale decir, el establecimiento de un nuevo estado, el Estado Popular, que expresara en el plano político la consolidación de la revolución que el país vivía. A las complejidades propias de toda situación revolucionaria, se añadían las peculiaridades de la situación chilena, inédita en muchos aspectos. Los principales, a nuestro juicio, eran la larga tradición democrática del país, que había permitido a la clase obrera y el pueblo controlar un resorte fundamental del Estado: la Presidencia de la República y el Gobierno, dotado de una cuota importante de poder, inserto en un marco institucional burgués, y la relativa complejidad social, política e ideológica de la formación social chilena, en relación al desarrollo de sus fuerzas productivas. Al movimiento popular y revolucionario chileno, se le planteaban así, simultáneamente, tareas que en otras experiencias se han desarrollado en etapas diferentes del proceso revolucionario: acumular fuerzas en todos los planos con el objeto de crear una correlación de fuerzas tal que permitiera vencer la insurrección reaccionaria en marcha, en la perspectiva de generar un Estado Popular de nuevo tipo, y al mismo tiempo asumir la principal responsabilidad en el Gobierno de la Nación con todas sus implicaciones.

Sostenemos que la estrategia general acordada por la UP era viable. Existían condiciones objetivas favorables que permitían, pese a todas las dificultades, enfrentar las nuevas y concretas tareas con éxito. ¿Cuál fue el elemento central que impidió el éxito? Lo decíamos en el documento del CC del MAPU-OC de Mayo de 1974: "El factor que a nuestro juicio impidió convertir las condiciones objetivas favorables y la concepción estratégica en general correcta, en una victoria definitiva de la clase obrera y el pueblo, fue la ausencia de una dirección proletaria unificada, homogénea y hegemónica al interior de la UP y del Gobierno. A pesar de que los partidos obreros tenían un peso decisivo en la combinación, sus insuficiencias y sus desacuerdos hicieron imposible imprimir al proceso una dirección correcta y permanente, capaz de enfrentar con éxito los múltiples problemas estratégicos y tácticos que una situación como la que se vivía exigía resolver día a día. Fue así como, a partir de una situación objetiva favorable y de una concepción general correcta, y a pesar de los innumerables logros del Gobierno Popular en todos los campos, el movimiento popular y el Gobierno sufrieron un lento pero progresivo deterioro, muchos problemas fundamentales se resolvieron desfavorablemente (política hacia el PDC, correlación de fuerzas en las FF.AA., política económica, etc.), y después de tres años el Gobierno llegó a un grado de inmovilidad y aislamiento que hizo posible el éxito del golpe fascista".

La dirección hegemónica proletaria del proceso se vio obstaculizada en lo fundamental, por la influencia de sectores de la UP que antes y después de 1970 sostenían concepciones estratégicas diferentes de las aprobadas por las direcciones de los Partidos al suscribir el programa de la UP, respecto de cuestiones fundamentales. Estas concepciones divergentes nunca se plantearon al interior de la UP como un programa alternativo acabado y coherente, pero de hecho impugnaban la concepción programática del Frente en las cuestiones sustantivas, en particular respecto del carácter de la revolución, del carácter del frente político y de clases necesario, y de la cuestión de las formas de lucha o de la "vía". Postulaban el carácter socialista inmediato de la revolución, negando la necesidad de fases o etapas anteriores no estrictamente socialistas; se restringía la alianza de la clase obrera a la pequeña burguesía, y se negaba por tanto la posibilidad de atraer al campo popular a las capas burguesas medianas y pequeñas; y se levantaban concepciones dogmáticas en torno a las formas que asumiría el enfrentamiento armado con la reacción. Detrás de estas concepciones se escondía una incomprensión de las características particulares de la formación social chilena, de las contradicciones de clase y políticas que se incuban en ella, y de las peculiaridades que para la lucha política y revolucionaria significaban el desarrollo de una arraigada democracia burguesa en el país.

Durante los tres años de Gobierno Popular estas tendencias, con fuerte influencia en algunos partidos y en el propio Gobierno, constituyeron un factor de distorsión permanente en la aplicación del programa, y contribuyeron decisivamente a que muchos problemas estratégicos y tácticos se resolvieran desfavorablemente, entre ellos – como hemos dicho – la política hacia las llamadas capas medias, el PDC y las FF.AA. Contribuyeron decisivamente al aislamiento de la UP y por tanto a su derrota. Desde un punto de vista de clase, expresaban la fuerte influencia de la pequeña burguesía revolucionaria en el movimiento popular e incluso obrero chileno.

Nuestro Partido vivió con particular intensidad las contradicciones entre las concepciones de la pequeña burguesía revolucionaria y las de la clase obrera. Sin constituir el MAPU, en los años 1970-73 un partido con una influencia decisiva en el Frente, la lucha interna que se desarrolló desde 1971 y que culminó con la crisis de marzo de 1973, expresó con bastante nitidez un proceso que se daba con mucho mayor amplitud – y no necesariamente con las mismas características particulares — en el seno de la UP.

Fuera de la UP, las concepciones de la pequeña burguesía revolucionaria se expresaban particularmente, y con mayor nitidez y coherencia, en el MIR. El MIR levantó un programa explícitamente alternativo al de la UP, donde se señalaba el carácter socialista inmediato de la revolución, se postulaba la alianza de la clase obrera con los "pobres de la ciudad y el campo" y con los "elementos radicalizados de la pequeña burguesía"; se llamaba a construir un gobierno obrero-campesino, desarrollando la tesis de la guerra revolucionaria prolongada e irregular como el camino revolucionario para Chile.

Con todo, desde el punto de vista del proceso, fue el peso de las concepciones y la política de la pequeña burguesía revolucionaria al interior de la UP, el factor que atentó principalmente contra el éxito del proceso, ya que introducía desde el seno mismo de la UP y el Gobierno un factor permanente de distorsión del programa y de su aplicación consecuente. La concepción que éste expresaba respecto de múltiples problemas, y en particular sobre la alianza, aparecía ante muchos sectores del país contradicha cotidianamente desde el mismo gobierno y los partidos que lo sustentaban. La debilidad para enfrentar la acción disociadora de estos sectores contribuyó al proceso de distanciamiento y hostilidad de muchos sectores que inicialmente mantuvieron una posición de simpatía frente al nuevo gobierno y su programa. Muchos se preguntaban si las reiteradas reafirmaciones del programa, que no eran seguidas de acciones efectivas para paralizar la actividad de quienes lo transgredían incluso desde el propio gobierno, eran sinceras o constituían sólo la expresión de una política oportunista. Sobre la base de esa desconfianza, provocada por la actitud ambigua de la UP y el Gobierno, la derecha logró considerables éxitos en oponer al Gobierno sectores que objetivamente se favorecían con su política general.

A nuestro juicio, a estas alturas, en las direcciones de los partidos obreros la crítica a las concepciones de la pequeña burguesía revolucionaria, es ya una cuestión bastante clara. Sin embargo, la autocrítica de la UP no puede consistir solamente en ese análisis, por fundamental que sea.

No sólo basta señalar que la influencia de concepciones y prácticas de origen pequeño-burgués fueron un factor determinante en la ausencia de una dirección como la que las circunstancias requerían. Es evidente que en la UP, en tanto a alianza de clase, la clase obrera tenía un peso incontrarrestable; que los partidos de clase eran decisivos en la dirección, formados — además — durante décadas de lucha. ¿Cómo fue posible que un frente de esta naturaleza estuviera tan decisivamente influenciado por tendencias pequeño-burguesas? Responder esta cuestión interesa no sólo desde el punto de vista del análisis del pasado. La alianza que postula hoy día el movimiento popular es mucho más amplia, tanto social como políticamente, de lo que fue la UP; y por tanto, la cuestión de la dirección se planteará con mucho más fuerza y en un nuevo nivel que en el pasado. Es evidente que esta cuestión no puede resolverse absolutamente, en un primer análisis. Aquí queremos adelantar algunas cuestiones que nos parecen centrales.

Las concepciones y prácticas no proletarias adquirieron fuerza en virtud de determinadas insuficiencias de los partidos obreros, de las concepciones proletarias, respecto de ciertos problemas muy significativos. Es imprescindible hacer un esfuerzo por precisar, de la manera más exacta, cuáles fueron las principales de esas insuficiencias. En un primer análisis nos parece que la principales se dieron en torno a dos cuestiones: la primera se refiere a un vacío importante en la concepción estratégica: el problema de las formas concretas que asumiría en nuestro país el acceso al poder por parte de la clase obrera y el pueblo; la segunda tiene relación con deficiencias en la concepción y la práctica de cómo construir la alianza que se postulaba, en las condiciones concretas de nuestro país y de sus principales requerimientos económicos, ideológicos y políticos.

V. EL PROBLEMA DE LAS FORMAS DE ACCESO AL PODER

El primer problema señalado: el de las formas concretas que asumiría en nuestro país el acceso al poder de la alianza popular, es uno de los que ha merecido más atención y tratamiento en el debate en torno a la experiencia chilena que tiene lugar en el movimiento obrero y revolucionario mundial, y en amplios círculos intelectuales, sociales y políticos progresistas.

La experiencia chilena era vista por muchos como el primer intento revolucionario de acceder al poder utilizando la institucionalidad democrático-burguesa y evitando por tanto la lucha armada generalizada como forma de enfrentar el poder de las viejas clases desplazadas. Para muchos en nuestro país se ponía a prueba la tesis sobre la factibilidad de la "vía pacífica", o como más propiamente la definió el PC chileno, "la vía o el camino no armado". A nuestro juicio, esta manera de presentar las peculiaridades de nuestro proceso no contribuye a descubrirlas. Desgraciadamente en el seno del movimiento popular y obrero chileno, se planteó también el problema de la "vía" como una de las cuestiones centrales que caracterizaban nuestra estrategia revolucionaria. A nuestro juicio, plantearse este como un problema principal, impidió desarrollar una línea política justa, tanto antes como después de 1970, respecto — por lo menos — a dos cuestiones centrales: al contenido democrático de nuestro programa; y al tratamiento de las FF.AA.

Intentaremos fundamentar, someramente, estas afirmaciones.

En torno a la discusión sobre el asunto de las "vías" de la revolución, se plantean dos problemas que, aunque inter relacionados, son de naturaleza distinta. El primero es si en determinadas condiciones, la organización estatal democrático-burguesa permite a la clase obrera y el pueblo avanzar en el camino revolucionario — y en concreto en la conquista del poder — utilizando sus propias instituciones y su marco jurídico. El segundo problema es si es posible para el pueblo conquistar el poder sin pasar por un enfrentamiento armado generalizado con las fuerzas contrarrevolucionarias, como ha sido la experiencia de todas las revoluciones socialistas exitosas. Estos dos problemas son, repetimos, distintos. El primero es de la mayor importancia estratégica para países como Chile, antes de 1973, que tenía una organización estatal democrático-burguesa bastante desarrollada. El segundo tiene una importancia estrictamente táctica, ya que no es una cuestión que pueda definirse "a priori" por las fuerzas revolucionarias con certeza. Colocar estos problemas en el mismo nivel de importancia teórica y política, y no haber profundizado suficientemente ni en uno ni en otro es, a nuestro juicio, una de las limitaciones estratégicas fundamentales del movimiento obrero chileno.

1. Democracia Burguesa y Lucha Revolucionaria

Aquella "izquierda" que desprecia sistemáticamente las posibilidades que se abren a la clase obrera y a la revolución para avanzar en el marco político de una democracia burguesa, desconoce — pese a toda la fraseología — algunas leyes elementales de la lucha de clases, y realiza un análisis abstracto — no marxista — de las relaciones entre la lucha democrática y la lucha por el socialismo de la clase obrera. Centrar correctamente este problema, además, requiere de algunas precisiones sobre el desarrollo de la democracia como sistema político, en particular en nuestro país.

En sus orígenes históricos, la democracia surge como una necesidad política imperiosa de la burguesía, en lucha contra el orden feudal y sus expresiones políticas absolutistas. La lucha por la libertad económica y por la libertad política es encabezada por la burguesía europea — a partir de la Revolución Francesa — desde fines del siglo XVIII y principios del XIX, ya que en ese contexto ambas son indispensables para su desarrollo como clase. De allí para adelante, una vez asegurada la hegemonía económica y política sobre las viejas clases feudales, la tendencia permanente de la burguesía ha sido limitar el desarrollo de las libertades políticas que definen conceptualmente al estado democrático-burgués. Correlativamente el desarrollo de la democracia ha sido impulsado, no exactamente por la burguesía, sino crecientemente por el proletariado y las fuerzas populares y progresistas. Este proceso es claro en Europa, en el siglo XIX, y más claro aun en el siglo XX, donde la lucha antifascista estuvo encabezada por estas fuerzas.

Si esto es verdad en la historia europea, en América Latina el progreso es mucho más evidente, por la simple razón de que las clases dominantes de esta parte del mundo han tenido, en muy contados períodos, un papel histórico progresista. Y no han tenido, claro está, el carácter revolucionario que sí tuvo la burguesía europea de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.

La lucha por la independencia no modificó la estructura social y económica de nuestros países. Políticamente, las oligarquías latinoamericanas no tenían ningún interés en desarrollar estados democrático-burgueses. Los imperialismos, primero el inglés y luego el norteamericano, por cierto que tampoco. Ello explica el poco "éxito" de los intentos por organizar repúblicas inspiradas en las instituciones europeas o norteamericanas, que los sectores ideológicamente más avanzados de las clases dominantes impulsaron en América Latina, luego de la liberación política de España.

Las democracias más desarrolladas fueron posibles porque la lucha de los elementos más avanzados de la sociedad en cada época, fue conquistando libertad tras libertad a los oligarquías dominantes. Tal es el caso de Chile. El desarrollo en Chile de la organización política más democrática de América Latina se explica fundamentalmente porque los sectores sociales y políticos más avanzados del país, en cada período histórico, tuvieron la fuerza y la gravitación política suficientes como para ir arrancando libertades políticas y sociales a las clases dominantes y regresivas. En el siglo XIX, apoyados en los elementos más avanzados de la burguesía (minera e industrial principalmente), en el artesanado, en la naciente capa de empleados, en los profesionales liberales y la intelectualidad y, hacia fines de siglo, en los obreros, los partidos (pipiólos, liberales, radicales, demócratas), y los elementos más avanzados políticamente e ideológicamente, liberaron grandes batallas democráticas contra la oligarquía (principalmente terrateniente), en el terreno de la amplitud del sufragio, del término del control gubernamental sobre las elecciones, de la libertad de enseñanza, etc. En el siglo XX, el desarrollo de una vasta clase obrera, con organizaciones políticas independientes, dio un nuevo impulso a las luchas democráticas, particularmente en el campo de los derechos sociales y políticos. En suma, el desarrollo en Chile de una democracia con un importante grado de evolución, ha sido fruto de la lucha de nuestro pueblo, de lo mejor de Chile, en cada etapa histórica. Muchos avances costaron sangre. La derecha chilena siempre se ha opuesto a los avances democráticos, y aquellos que se impusieron fueron normalmente contra su voluntad (desde el derecho a la asociación sindical hasta el voto de los analfabetos). La democracia, incluso en su forma burguesa, no es entonces una concesión de la burguesía, sino una conquista popular y progresista. En el caso de países como el nuestro, el desarrollo de formas estatales democráticas nunca ha sido un objetivo político deseado por la gran burguesía, o indispensable para ella desde el punto de vista de sus intereses de clase.

La importancia del desarrollo y profundización de la democracia para el movimiento popular y revolucionario, no necesita ser justificado para nadie hoy día en Chile. Nuestra experiencia es tajante en el sentido de que no existe contradicción alguna entre la lucha democrática y la lucha revolucionaria por el socialismo. Antes bien, en países como Chile, son absolutamente complementarias.

La autocrítica que en este aspecto podemos hacer al movimiento popular, es no haber desarrollado la lucha democrática hasta sus últimas consecuencias y en todos los niveles. La historia ha demostrado que la estrategia destinada a conquistar posiciones importantes de poder en el aparado estatal — y en particular el poder ejecutivo — era enteramente justa. Tanto porque era una meta posible como por el hecho de que la existencia de un gobierno popular abría inmensas perspectivas revolucionarias.

Sin embargo, el movimiento popular sobreestimó el carácter democrático de la organización estatal chilena y en particular de las FF.AA. Sobre esto volveremos en el punto siguiente. Aquí queremos insistir en que cuando afirmamos que la lucha democrática del movimiento popular chileno no se desarrolló plenamente, nos referimos principalmente a este asunto. En las condiciones de nuestro país, levantar como una de las banderas políticas principales del movimiento popular y democrático, la necesidad de asegurar el carácter nacional y democrático de las FF.AA. y policiales, era una cuestión de vital importancia, no solo desde 1970 hacia adelante, sino desde mucho antes. En esta materia la izquierda pagó tributo a la ideología burguesa sobre el Estado, y en particular, sobre las FF.AA. La derecha, lógicamente, intentó aislar a las FF.AA. del desarrollo del país, apelando a su "profesionalismo" como la mejor manera de mantener la influencia sobre ellas y de poder utilizarlas como último recurso para asegurar su poder. La izquierda fue incapaz de romper ese cerco, salvo esporádicamente. El análisis y el conocimiento científico y concreto de las características de nuestras FF.AA., de las tendencias de su desarrollo, de los problemas de la seguridad nacional, de los contenidos de la instrucción a la oficialidad y clases, etc.; fueron aspectos que — salvo honrosas excepciones — estuvieron fuera de las preocupaciones políticas de la izquierda chilena. Y lo que es más grave, de los partidos obreros. Ello impidió,-por tanto, levantar respecto de este problema, alguna plataforma seria [6] ni desarrollar un trabajo importante hacia las FF.AA. La profundización de la democracia chilena — objetivo fundamental de la clase obrera y el movimiento popular — exigía un análisis a fondo de las características de sus instituciones fundamentales — entre ellas principalmente las FF.AA. — sobre cuya base se levantara un programa democrático respecto de ellas. El trabajo hacia las FF.AA. en una situación como la que vivió el país durante la mayor parte de este siglo - desde 1920 - [7] era posible a partir de una política pública, abierta, de la izquierda sobre los problemas de la seguridad nacional, de los requerimientos del desarrollo de los organismos de la Defensa Nacional, de su vinculación al desarrollo económico-social del país, de la orientación de la formación de la oficialidad y el cuadro permanente, etc. Sin duda plantear esa política encontraba dificultades, habría costado grandes esfuerzos, la derecha habría tratado por todos los medios de proscribirla. Pero, con todo, en las condiciones políticas importantes en ese período, era posible. A nuestro juicio, un factor importante para explicar esta laguna de tanta trascendencia en la política popular, fue la persistencia de una concepción dogmática sobre las FF.AA. en una situación como la chilena. Existían en ellas muchos elementos — tradiciones históricas, composición social, virtudes y prácticas profesionales, una definición institucional constitucionalista — cuya profundización y desarrollo habría permitido contrarrestar los factores regresivos, antidemocráticos, proimperialistas y reaccionarios propios de unas FF.AA. puestas al servicio de un Estado y un orden capitalista dependiente. El no tener la izquierda una política respecto de la seguridad nacional y las FF.AA. contribuyó a reforzar el aislamiento entre estas y el movimiento popular, que al imperialismo y la derecha les interesaba mantener, y por tanto a que se desarrollaran débilmente los elementos progresistas que hemos señalado.

A su vez, desde la ultraizquierda proliferaron - particularmente a partir de 1963 - todo tipo de concepciones dogmáticas e ilusas, sobre el carácter que asumiría en Chile el enfrentamiento armado contra la reacción, sobre la inutilidad de la lucha en el terreno político y democrático, sobre la naturaleza irreversiblemente reaccionaria de las FF.AA., etc.

Estas concepciones y la práctica política a que dieron Origen, contribuyeron sin duda a distanciar más aún a las FF.AA. de la izquierda.

2. La Cuestión de las "Vías"

La discusión sobre el problema de la vía de la revolución: armada o no armada, nos ha parecido siempre una discusión mal planteada. O que, por lo menos en nuestro caso, ha contribuido mucho más a oscurecer algunos problemas estratégicos y tácticos importantes, que a aclararlos. A nuestro juicio, la razón es simple: el problema del carácter inevitable o no de la lucha armada es una cuestión táctica; que depende en lo fundamental, de la correlación de fuerzas en los momentos decisivos de la lucha por el poder. Por tanto, construir una estrategia revolucionaria que pretenda resolver anticipadamente si habrá o no habrá enfrentamiento armado, tiene la posibilidad de un margen muy grande de error. Además este problema, históricamente, depende en mucho mayor grado de las minorías reaccionarias que de las fuerzas revolucionarias. Incluso es posible, teóricamente, que el movimiento revolucionario desarrolle una correlación de fuerzas tan favorable en todos los terrenos, incluido el militar, que la reacción no tenga condiciones objetivas para enfrentar al pueblo con las armas, pero que sin embargo lo haga. Esto no es una pura hipótesis. La historia de las revoluciones exitosas está plagada de estos "errores de cálculo" de la contrarrevolución. Por tanto, esta discusión sobre la "vía" se toma hipotética, predictiva, secundaria. Sin embargo, ha logrado estar en el centro de la discusión de la izquierda, por lo menos en América Latina, durante largos, larguísimos años!! La derrota del Gobierno Popular, además, da argumentos a la ultraizquierda para tenerla en el centro varios años más, salvo que nosotros pongamos nuevamente el problema en sus términos exactos.

A nuestro juicio, sus enunciados son bien simples:

— Es evidente que en todo proceso revolucionario el factor de fuerza es un elemento central. [8]

La revolución no puede tener éxito si no es capaz de acumular más fuerza que las viejas clases contrarrevolucionarias. La acumulación de fuerzas es un proceso múltiple que se da en todos los aspectos: de masas, organizativo, ideológico, político, militar. La conciencia política revolucionaria de las más amplias masas y su nivel de organización son, sin embargo, los principales factores de fuerza que la clase obrera tiene que poner en movimiento para asegurar la victoria.

Las clases dominantes (en nuestro caso la gran burguesía aliada al imperialismo), nunca se dejan desalojar del poder pacíficamente, es decir, por la simple demostración de la voluntad de la mayoría. Son esencialmente antidemocráticas, y por tanto violentas. Históricamente, siempre han recurrido a su poder armado para impedir las transformaciones revolucionarias. Históricamente también, la iniciativa armada ha partido de ellas.

En el desarrollo de las fuerzas revolucionarias, el aspecto militar de la correlación de fuerzas constituye, por tanto, una cuestión decisiva; ya que en un nivel dado de la lucha, el enemigo recurrirá a su poder armado para aplastar el proceso revolucionario. Los aspectos militares de la lucha política deben necesariamente formar parte importante de una estrategia revolucionaria para garantizar el éxito.

La forma concreta que asuma la confrontación armada de fuerzas entre el pueblo y sus enemigos, depende de múltiples factores particulares, determinados por las características de cada país y situación revolucionaria. Esa confrontación podrá tener múltiples manifestaciones, pero estará presente en todo proceso revolucionario.

La inevitabilidad de la lucha armada abierta, que ha sido la experiencia histórica de las revoluciones triunfantes en este siglo, no puede ser convertida en un principio estratégico general, por la simple razón de que teóricamente es posible que las fuerzas revolucionarias adquieran tal superioridad — también en el plano militar - que la contrarrevolución no pueda recurrir a la lucha armada para impedir su desplazamiento del poder. [9]

Planteadas así las cosas, el problema principal de la dirección proletaria y revolucionaria en este plano, no es anticipar "a priori" si habrá o no enfrentamiento armado, sino diseñar una estrategia que en las condiciones concretas de cada país, le permita generar y desarrollar fuerzas militares revolucionarias.

Este último aspecto fue desarrollado de manera absolutamente insuficiente por el movimiento popular y los partidos obreros de nuestro país. En las condiciones de Chile, ello requería de una política hacia las FF.AA. que desarrollara en ellas todo el potencial patriótico, democrático y progresista, que las particularidades de la evolución política democrática del país habían generado, y que al mismo tiempo aislara sus características y sectores regresivos, antinacionales y fascistas, que el carácter de clase del estado del que formaban parte y la penetración imperialista les habían inculcado. Que este era el camino para asegurar el éxito de la estrategia que el movimiento popular desarrolló en Chile, lo demuestra la experiencia de los tres años del Gobierno Popular. A pesar de la ausencia — desde siempre — de una política elaborada y coherente de la izquierda hacia las FF.AA., durante esos tres años se desarrollaron en su interior tendencias nacionalistas, democráticas y progresistas con mucha fuerza; ellas adquirieron la hegemonía, incluso, en el mando superior del Ejército por un período. La movilización de masas — en particular de la clase obrera — y el concurso de estos sectores de las FF.AA., logró derrotar varias ofensivas reaccionarias; incluso en Octubre de 1972, el paro general de la reacción que tenía un claro contenido insurreccional y el objetivo explícito de derrocar al Gobierno Popular.

La falta de una perspectiva política justa respecto de las FF.AA. impidió en el periodo del Gobierno desarrollar las tendencias descritas en la oficialidad, aprovechar el carácter popular del gobierno y su política para ganar a la suboficialidad y la tropa hacia una posición de apoyo activo al gobierno constitucional, y reprimir al fascismo militar cuando existían condiciones favorables. Esta suma de errores, que hoy parecen tan evidentes, no son el producto de torpezas o miopías individuales: son el resultado de una línea estratégica que no abordó suficientemente los problemas de fuerza, los problemas militares que planteaba la revolución chilena.

VI. LAS INSUFICIENCIAS EN LA POLÍTICA DE ALIANZA

Las insuficiencias de la política proletaria en el seno de la Unidad Popular y la izquierda, respecto de la alianza social y política que era necesario construir, no residieron en la concepción general, estratégica, de este problema. El programa de la Unidad Popular definía con precisión cuales eran las clases enemigas del progreso y la revolución en Chile: el imperialismo norteamericano, la burguesía monopólica y la gran burguesía agraria. Postulaba la necesidad de impulsar una amplia alianza con todas las clases y capas cuyos intereses no estaban objetivamente ligados a esas clases dominantes en torno a la clase obrera y el movimiento popular. Por el contrario, ella fue fruto de un largo proceso de lucha ideológica entre posiciones proletarias y pequeño-burguesas respecto del frente, imponiéndose finalmente en el seno de la Unidad Popular una concepción justa a este respecto, impulsada principalmente por el Partido Comunista y el Presidente Allende. [10]

Por otra parte, durante los tres años de gobierno popular, en circunstancias de que el desarrollo de la alianza era una cuestión de vida o de muerte para la clase obrera, las mayores dificultades, incomprensiones y torpezas en este campo surgieron desde sectores con concepciones ultraizquierdistas, tanto de fuera de la Unidad Popular (en particular el MIR), como de su interior (especialmente del PS y el MAPU).

Con todo, desde el punto de vista de las posiciones y concepciones proletarias, han existido ciertas insuficiencias, errores o vacíos en el tratamiento del problema de la alianza que es necesario analizar. No sólo porque su análisis nos permita una mejor comprensión de los problemas del pasado, sino principalmente porque muchos de los problemas no bien resueltos se plantean en las actuales condiciones con particular fuerza y significación.

1. El análisis científico de la formación social

Una política de alianza debe partir de una caracterización lo más precisa posible de la estructura social, de un análisis de las diversas clases, su génesis, sus particularidades económicas, ideológicas y políticas, sus interrelaciones, etc. No es esta una cuestión de pura necesidad académica, un lujo teórico. Es una necesidad política. Una condición indispensable para desarrollar plenamente una estrategia revolucionaria que permita a la clase obrera movilizar en un sentido correcto todas las potencialidades revolucionarias de las diversas capas y clases de la sociedad. En nuestro caso, los partidos obreros han descuidado excesivamente este esfuerzo teórico y científico, que en un país de estructura social y política bastante compleja como Chile, tiene particular importancia. Esta insuficiencia científica se ha compensado con la extraordinaria ligazón de los partidos obreros a la vida del país, y por su ideología proletaria, marxista-leninista. Esto les ha permitido "no perder la brújula", ni en este ni en otros problemas; pero es evidente que una mayor precisión de la naturaleza real e histórica de las diversas clases y capas convocadas por la izquierda a la alianza popular, habría permitido aplicar una política más ajustada, capaz de incorporar al programa popular los intereses y aspiraciones independientes, de amplias capas, facilitando su identificación política con el movimiento popular. Sin embargo, la insuficiencia señalada nos ha llevado muchas veces a tratar los problemas del campesinado, de los productores concretos, de la burguesía no monopólica, de una manera excesivamente general; o aplicando el marxismo de una manera mecánica, adjudicando a sectores y capas del país características idénticas a las de grupos análogos descritos por los clásicos en otras situaciones históricas. Se confirma así, además, en muchos sectores, la falsa idea de que el marxismo — más que una teoría y una ciencia de la vida social — es un conjunto de enunciados rígidos, hechos de una vez para siempre, y aplicables sin más trámite a cualquier tiempo y situación.

La ausencia de una actividad teórica sistemática permanente en los partidos obreros, orientada hacia el análisis de las peculiaridades de nuestra formación social, ha facilitado el trabajo ideológico de las fuerzas reaccionarias y del imperialismo, destinado a la creación y mantención de un conjunto de mitos - que para muchos pasan hoy día por verdades de sentido común - sobre la verdadera realidad del país y los intereses de sus clases y capas mayoritarias; la existencia de una supuesta "clase media" mayoritaria, interesada básicamente en la mantención del orden vigente, "amenazada" por el movimiento popular y la clase obrera; la inexistencia en Chile de una gran burguesía poderosa ("en Chile no hay grandes fortunas"); la ideología en torno al empresario "independiente", con intereses básicamente idénticos, cualquiera sea su magnitud económica; y muchos otros mitos, constituyen hoy día verdades evidentes para amplios sectores del país, y por cierto, condicionan en alto grado su actitud política.

El mismo fenómeno que analizamos ha generado, en el seno de la izquierda, otro proceso dañino. El trabajo teórico y científico ha sido - de hecho - abandonado a los "ideólogos". No se trata de negar el mérito a muchos intelectuales en el desarrollo del pensamiento y el análisis marxista de nuestra realidad. Pero este trabajo, desligado la más de las veces de las necesidades y experiencias del movimiento popular y la clase obrera, se vuelve infructuoso. No apunta a los verdaderos problemas.

En suma, lo que postulamos es que los partidos proletarios también tienen que estar en la vanguardia en el plano teórico y científico. No sólo en cuanto a su clase, sino a la sociedad en su conjunto. Que en nuestro caso, las insuficiencias de los partidos en este plano ha repercutido, entre otras cosas, en nuestra capacidad para atraer a la alianza con la clase obrera a vastas capas y clases cuyos intereses más profundos sólo pueden realizarse en dicha alianza. Que desde el punto de vista de una política proletaria, ello requiere que el programa revolucionario recoja no sólo la necesidad de la alianza, sino los intereses y aspiraciones más concretos y sentidos, de los diversos aliados.

2. La Lucha Ideológica

Hay un segundo aspecto en relación a la política de alianzas de la clase obrera, que por no haber sido resuelto satisfactoriamente por la izquierda, contribuyó muy decisivamente a su aislamiento. Nos referimos a los problemas planteados en torno a la lucha ideológica, y además, a la cuestión muy poco explorada por la izquierda de la expresión de la alianza que se postula, en el plano ideológico.

En la experiencia de la Unidad Popular, era evidente que la lucha ideológica tenía una importancia decisiva. La verdad es que, en todo proceso revolucionario la tiene. [11]

En nuestro caso, además, algunas de las peculiaridades del país — la existencia de una organización política democrático-burguesa evolucionada y una formación social relativamente compleja otorgaban aún mayor prioridad a este aspecto de la lucha social y política. Es hoy día un lugar común afirmar que en este terreno la UP y el Gobierno manifestaron las más agudas deficiencias. Sin embargo, hemos avanzado aun muy poco en un análisis más concreto de ellos. Aquí intentaremos sólo señalar algunas cuestiones que nos parecen importantes para iniciar este análisis, que tiene la mayor significación actual y futura, y que constituye necesariamente un asunto en que el movimiento popular tiene aún mucho que profundizar, tanto teórica como prácticamente.

Queremos descartar de partida dos argumentos que suelen darse para justificar nuestras insuficiencias en el campo de la lucha ideológica. El primero, muy usado, es que el enemigo tenía en este aspecto una superioridad de medios materiales y técnicos incontrarrestable. Este argumento no "explica" nada. Lo normal es que las fuerzas reaccionarias tengan más medios materiales que el pueblo, cuando éste lucha por el poder. De esta situación debe partir siempre la lucha revolucionaria. Justificar nuestros errores por el desequilibrio de medios materiales, significa renunciar - de hecho - a ganar la batalla ideológica, que es lo mismo que renunciar a la posibilidad de la revolución. Sin embargo, en nuestro caso, a partir de 1970, el desequilibrio de medios materiales - periódicos, radios, TV. etc. - para la lucha ideológica, era bastante discutible. La izquierda chilena contó con una cantidad de medios de comunicación de masas que difícilmente ha tenido otro movimiento popular antes de conquistar el poder. Cuatro diarios nacionales con un tiraje aproximado de 400.000 ejemplares por edición; numerosos periódicos; una de las mayores editoriales del país; influencia decisiva en dos de lo tres canales de TV con más audiencia; varias radios nacionales que en momentos cubrían aproximadamente un 50% de la sintonía nacional. Todos estos medios en poder del gobierno y la UP no configuraban una situación desmedrada, precisamente.

La derecha contaba también con medios poderosos. Pero el balance material de ellos nos da una situación de casi equilibrio. Técnicamente, la derecha nos superó en este terreno. Pero en un país como Chile existían los elementos suficientes para, por lo menos, equilibrar también la situación en este aspecto. La influencia de la izquierda en las Universidades, en los medios científicos y artísticos del país, era capaz de proveer los recursos técnicos para la lucha ideológica en el nivel actual de desarrollo de la ciencia y la técnica de las comunicaciones sociales.

Otro argumento falso es el que explica nuestros errores por la hipotética blandura del Gobierno Popular para permitir los excesos propagandísticos e ideológicos de la reacción; ya que precisamente una de las características de la lucha política en los marcos de la democracia burguesa, es la capacidad de la gran burguesía y el imperialismo para poseer y manipular medios de comunicación de masas, prácticamente sin restricciones éticas. Es evidente que una tal libertad de expresión esconde una situación de privilegio para el gran capital en el manejo de medios de una extraordinaria importancia social. Pero así y todo, la transformación de esa situación sólo es posible una vez consolidado el proceso revolucionario y establecida una organización política estatal más democrática que la burguesa.

Entonces, no hay que buscar los problemas ni en las limitaciones materiales y técnicas, ni en la existencia de un enemigo bien pertrechado y hábil para la lucha ideológica. Ellos tienen que ver, en primer lugar, con los contenidos de nuestro trabajo ideológico, con nuestra capacidad para presentar el programa popular de una manera suficientemente clara hacia las llamadas capas medias. En segundo lugar, con las dificultades para contrastar la campaña anticomunista de la reacción, esclareciendo y difundiendo el contenido real del marxismo-leninismo entre las más amplias masas. Por último, no fuimos capaces de descubrir suficientemente como la alianza popular se expresaba en el terreno ideológico, a través de la incorporación activa al proceso, de otras ideologías o corrientes de pensamiento no marxistas, pero progresistas y revolucionarios. Además, fuimos incapaces de impulsar la lucha ideológica como un proceso de masas, como una actividad práctica principal de los partidos, del frente y del gobierno, en todos los planos y niveles, poniendo en juego todos los recursos organizativos, técnicos, artísticos y materiales de que se disponía. Profundizaremos sintéticamente los tres aspectos enunciados.

a) Las concepciones economicistas en torno a la alianza

La construcción de la alianza postulada en el programa, fue tratada desde una perspectiva casi exclusivamente economicista. La vida demuestra que toda alianza de clase — si bien se fundamenta en la existencia de intereses económicos compartidos por los aliados — no puede desarrollarse si no existe, en primer lugar, la conciencia de esa identidad de intereses, y además, la conciencia de un proyecto político común, en el cual los sectores aliados vean la posibilidad de realizar sus principales intereses históricos. Estos no sólo son económicos sino también políticos, culturales y éticos. La política, especialmente la política revolucionaria, tiene en el terreno de la conciencia social, uno de los escenarios más importantes. Esta consideración teórica y práctica fundamental ha estado, sino absoluta por lo menos excesivamente ausente en la política de la Unidad Popular y los partidos obreros. Las concepciones burguesas sobre la historia y la vida social se caracterizan por sobrevalorar el aspecto subjetivo, ideológico, de lo procesos sociales. El marxismo no se caracteriza — como algunos parecen creer — por negar ni la existencia ni la importancia de estos factores en el comportamiento social y político de las distintas clases y capas sociales; sino por ponerlos en su verdadero lugar, vinculados y determinados por las condiciones materiales de la vida social. Sin embargo, esta determinación no es mecánica, ni automática, ni lineal, sino dialéctica; y el factor de conciencia social tiene una relativa autonomía respecto de su condicionamiento material. Por tanto, debe ser considerado como un aspecto particular, con sus leyes y condicionamientos propios, y que tiene una importancia decisiva en el plano político, que aumenta en los períodos revolucionarios.

La relación entre estas consideraciones y nuestras insuficiencias para construir la alianza que postulábamos, es evidente. Ponemos un ejemplo. Durante los tres arios de Gobierno Popular, hubo capas de la pequeña burguesía que fueron beneficiadas como nunca por la política económica. Es el caso del comercio minorista, que gracias a la brusca expansión de la demanda popular, a la política crediticia y a otros factores, elevó sus ganancias en magnitudes que no tenían precedentes en la historia económica de Chile. Sin embargo, la inmensa mayoría de los comerciantes minoristas militaron activamente en la oposición al Gobierno, y constituyeron uno de los pilares en la política insurreccional y golpista de la reacción. ¿Por qué ocurrió este fenómeno? ¿Por qué el enemigo tuvo éxito en despertar una actitud de desconfianza y resistencia tenaz en ellos hacia el Gobierno? Esta resistencia no se manifestaba tanto contra la política concreta del Gobierno y la Unidad Popular, sino contra los supuestos propósitos finales de la izquierda: el avasallamiento de las libertades, la dictadura de los partidos obreros, la liquidación de toda propiedad privada, etc. El éxito del enemigo expresa con elocuencia nuestra incapacidad para evidenciar que los intereses de estas capas están ligados al movimiento popular y no a la reacción; para demostrar el carácter democrático de nuestro programa; la naturaleza distinta del tratamiento al gran capital monopolista e imperialista de la pequeña propiedad comercial en las condiciones del Gobierno Popular, y más allá de él, incluso en el socialismo. En suma, nuestra incapacidad para presentar de una manera positiva el papel de esas capas en el proceso revolucionario. Lo que decimos del comercio minorista vale para muchos otros sectores: empresarios, industriales pequeños y medianos, campesinado propietario, sectores profesionales y técnicos, etc.

La alianza social que postulaba el programa de la Unidad Popular — y que en esencia es muy similar a la que adquiere hoy día la resistencia antifascista y la revolución democrática — tuvo sus mayores dificultades en el campo ideológico y político, y no en el terreno estrictamente económico. Los amplios y diferenciados sectores sociales que hasta hoy día hemos designado como pequeña burguesía mediana y pequeña, están sometidos a una influencia ideológica muy profunda por parte de la reacción y el imperialismo. Tienen una conciencia muy precaria de su situación objetiva en nuestra estructura económica y social de capitalismo dependiente; casi no tienen en absoluto conciencia del papel revolucionario que pueden jugar en la alianza con la clase obrera. Todo ello se expresa en sentimientos muy generalizados de desconfianza hacia el movimiento popular, los partidos y la ideología del proletariado. No tanto por su política y actitud prácticas, sino por lo que ellos creen y suponen nuestros objetivos finales y nuestro pensamiento. Romper estas barreras subjetivas tiene, por tanto, una importancia estratégica decisiva para el éxito de la revolución democrática, nacional y popular, y para abrir paso al socialismo en Chile. Nuestro fracaso como Unidad Popular en este terreno fue uno de los factores principales de su aislamiento, y por tanto de la derrota.

No cabe duda de que las concepciones y la actividad práctica de la ultraizquierda jugó, en este aspecto, un papel negativo de la mayor importancia. La lucha contra esas posiciones se desarrolló escasamente. En este sentido, por último, queremos agregar que en el combate ideológico a las posiciones ultra-izquierdistas sobre la alianza, caímos muchas veces en una argumentación defensiva, que consistía en afirmar su necesidad desde un punto de vista puramente negativo. "La clase obrera debe aliarse con la pequeña burguesía y capas burguesas no monopólicas, porque por sí sola no es capaz de enfrentarse a los enemigos principales". Un argumento de este tipo obviamente no despierta mucha simpatía en los aliados. La alianza aparece como una maniobra oportunista, postulada en virtud de un puro cálculo de fuerzas y que insinúa, además, que después de enfrentar al enemigo principal, le tocará el tumo a los "otros enemigos", que lógicamente no pueden ser sino ellos. El problema de una argumentación de este tipo - muy utilizada en el seno de la izquierda - no es sólo de presentación. Ella expresa un punto de vista que, estrictamente, no es marxista." Una alianza revolucionaria no se puede desarrollar desde el punto de vista de la clase obrera en virtud de un puro cálculo de fuerzas. Ella es posible sólo si las clases aliadas, objetivamente, en función de sus intereses históricos y sus contradicciones con las clases dominantes, pueden jugar un papel revolucionario. La alianza no surge entonces como una maniobra de la clase obrera, sino como la expresión política de intereses objetiva y subjetivamente comunes entre los aliados. Ello no significa que no existan contradicciones entre ellos, y que incluso una vez derrotado el enemigo común, ellas no surjan con mayor fuerza que en el período revolucionario anterior. Sin embargo, cuando se trata de una alianza de carácter estratégico (y la postulada por la UP, asimismo como la alianza antifascista planteada hoy, tienen a nuestro juicio ese carácter), esas contradicciones tienen un carácter cualitativamente distinto, y deben ser resueltas por medios que no significan el aplastamiento ni la aniquilación de una de las partes. Ellas se resuelven por medios evolutivos, democráticos y pacíficos.

b) El enfrentamiento al anticomunismo.

Ligado al punto anterior y como una necesidad permanente del trabajo de los partidos obreros en el terreno ideológico, se plantea la tarea de desarrollar y de difundir el marxismo-leninismo entre las más amplias capas de la sociedad, y de contrarrestar la lucha ideológica anticomunista de la reacción y el imperialismo.

En el caso de Chile, la existencia de partidos obreros desde comienzos del Siglo XX, ha permitido que la ideología proletaria haya calado profundamente en vastos sectores del país, particularmente en la clase obrera, en capas de trabajadores no obreros, y en la intelectualidad científica y artística. La influencia ideológica del marxismo se ha desarrollado con más rapidez y profundidad en la clase obrera. Ello no es, por cierto, una casualidad. La clase obrera manifiesta una particular facilidad para hacer suyo un pensamiento que interpreta sus intereses más profundos. La influencia del marxismo en otros sectores del país, ha crecido con más dificultades, pero de una manera sistemática. Este proceso se ha realizado en medio de una persistente actividad ideológica y cultural reaccionaria, dotada de innumerables medios, hábil y experta, respaldada además, por décadas de predominio cultural burgués, y particularmente imperialista. La campaña sistemática del imperialismo ha logrado introducir profundos prejuicios antimarxistas en los sectores medios, e incluso en algunos medios populares. El anticomunismo presente en estos medios fue el factor ideológico que hizo posible el frente que terminó por derribar al Gobierno Popular. Esta situación obligaba al movimiento popular a desplegar una vasta y sistemática actividad en torno a la difusión del marxismo, y a enfrentar oportuna, metódica y ofensivamente, la campaña anticomunista. Nuestro trabajo en este plano no ha estado a la altura de las necesidades. En la izquierda se ha dado poca importancia al trabajo teórico, que constituye la base de una actividad ideológica masiva y eficiente. Además, respecto de muchos problemas planteados por el enemigo, ha existido la tendencia a escabullirlos, aduciendo muchas veces que "no era el momento'' de enfrentarlos, ya que las tareas inmediatas planteadas eran otras. No se tomaba en cuenta que esas cuestiones — por teóricas que pudieran parecer — ya estaban planteadas por el enemigo y nuestro relativo silencio permitía interpretarlo como oportunismo, o como ausencia de argumentaciones suficientes. Se podrían citar numerosos ejemplos. Señalamos uno: se refiere a la teoría marxista sobre el Estado, tanto en las fases de transición como en el socialismo. El carácter totalitario del socialismo es, para muchos, una verdad indiscutible; el concepto de "dictadura del proletariado" tiene para la mayoría una connotación esencialmente antidemocrática. Explicar nuestras concepciones sobre estas materias en términos accesibles a la masa, desarrollar la teoría respecto de las condiciones particulares que plantea la revolución chilena en este aspecto, etc., son cuestiones de la mayor importancia ideológica y política. Eludir estos problemas con el pretexto de que "ahora no están planteadas tareas socialistas", es un error, ya que es imposible — y además no corresponde — ocultar que el socialismo es nuestra meta histórica. Tampoco se trata de centrar la lucha ideológica sobre cuestiones alejadas de los problemas políticos principales. Lo que afirmamos es que la lucha ideológica, para enfrentar el anticomunismo, es un problema político central, particularmente decisivo para el éxito de la política de alianza que sustentamos. Que además, ella no se centra exclusivamente en las cuestiones políticas, sociales o económicas concretas de cada coyuntura, sino que necesariamente debe también referirse a las cuestiones generales que están planteadas en la lucha entre las concepciones proletarias y las contrarrevolucionarias.

En torno a la cuestión del anticomunismo, otro asunto normalmente mal resuelto por nosotros — en el plano de la lucha ideológica - ha sido la discusión sobre los problemas del movimiento obrero internacional y del campo socialista. El anticomunismo se nutre particularmente de estos problemas y centra en ellos enormes esfuerzos propagandísticos y de mixtificaciones y engaño. Desde un punto de vista proletario, resolver esta cuestión favorablemente es tarea compleja. Por una parte, es necesario un esfuerzo de difusión de las principales experiencias revolucionarias, de los logros de la construcción socialista en los diversos países, de los problemas que han debido enfrentar, del contexto histórico en que han sido enfrentados y resueltos, de las deformaciones que se han producido, etc. Por otra parte, es indispensable destacar el carácter peculiar de cada revolución nacional, la variedad de formas que desde el punto de vista proletario ha asumido — y asume — el proceso revolucionario y la construcción del socialismo. Todo ello en el marco del internacionalismo y de una política de principios.

Haber desarrollado una actividad teórica y práctica insuficiente en el terreno del desarrollo y la difusión de marxismo, ha influido negativamente en la capacidad para extender la influencia ideológica del movimiento popular. Sin agotar el tema, lo que queremos destacar es que el desarrollo teórico y la más amplia difusión del marxismo-leninismo, ligándolo a los problemas económicos, políticos, sociales, culturales y éticos de las más amplias masas, es una tarea permanente de la máxima importancia política, descuidada en exceso en nuestra experiencia pasada. Partimos de la base de que el marxismo no es sólo un método de análisis económico-social, sino una concepción capaz de explicar el mundo, y de entregar herramientas para su transformación. Que es una fuerza liberadora que da sentido a la vida de millones de hombres contemporáneos. Que su influencia no debe quedar circunscrita a los obreros, sino a vastos sectores sociales que en Chile constituyen la mayoría de la población. Hoy día, en condiciones de un profundo reflujo histórico y de una brutal dictadura, esta tarea se hace mucho más difícil, pero no pierde ni vigencia ni importancia.

c) La alianza en el terreno ideológico

El éxito de la estrategia diseñada por el movimiento popular requería desde el punto de vista ideológico, de una consideración más precisa sobre los problemas que planteaba la alianza en ese plano. Esta preocupación no estuvo absolutamente ausente, ni en las concepciones ni en la práctica, de la izquierda chilena. Diversos documentos así lo testimonian. El Presidente Allende, a su vez, insistía particularmente en el pluralismo ideológico que caracterizaba a la Unidad Popular como frente político, y al hecho de que esta situación era una de las características importantes del proceso revolucionario chileno. Con todo, desde el punto de vista proletario, esta cuestión se desarrolló muy insuficientemente. Hubo poco interés por identificar con mayor precisión, cuáles eran las principales corrientes de pensamiento democráticas y revolucionarias no marxistas en el país; y por desarrollar, con ellas, un diálogo y una actividad teórica sistemática, amplia y permanente. Por tanto, la amplitud que de hecho existía como voluntad política en determinados sectores de la Unidad Popular, no se manifestó eficientemente. Los no marxistas interpretaban muchas veces los llamados a la acción conjunta, cómo una actitud puramente "política", un tanto oportunista, que no daba lugar a un aporte efectivo a esas corrientes desde el punto de vista de sus perspectivas, en el proceso revolucionario que se desarrollaba.

En nuestro país, desde los orígenes de su historia, se han desarrollado corrientes de pensamiento (filosóficas, sociales y políticas) de contenido progresista y libertario. Durante muchos años una de sus principales expresiones fueron las llamadas corrientes racionalistas y laicas, que tuvieron mucha importancia en el desarrollo cultural y político del país en el siglo pasado y comienzos de éste, y que se manifestaron en el plano político en partidos importantes, cómo es el caso del Radical. La acción conjunta en diversos períodos del movimiento popular y los partidos obreros con el partido Radical chileno, han permitido que respecto de ese sector, los problemas ideológicos se hayan enfrentado favorablemente por lo menos en una magnitud significativa.

Sin embargo, en la situación particular de nuestro país, las principales manifestaciones ideológicas, democráticas, progresistas y liberadoras — tanto por su dinamismo como por su influencia social y política - se originan en el campo del pensamiento cristiano más avanzado. Este fenómeno tiene la mayor significación histórica en países como Chile, donde el pensamiento cristiano está muy enraizado en la cultura y la vida nacional. En carácter progresista y liberador que asume en amplios sectores el cristianismo contemporáneo, no es un fenómeno particular en Chile. Corresponde a una tendencia universal. Sin embargo, en nuestro país este proceso ha tenido particular intensidad, lo que tiene, evidentemente, la mayor trascendencia revolucionaria. Sus expresiones son múltiples y van desde la existencia de una jerarquía católica mayoritariamente progresista y abierta a las transformaciones sociales, hasta el desarrollo de posiciones políticamente socialistas inspiradas en la ética cristiana, y en el análisis de nuestra sociedad. A nuestro juicio, este fenómeno no ha sido comprendido en toda su magnitud y complejidad por el movimiento popular y los partidos obreros de nuestro país, lo que les ha impedido hasta hoy día desarrollar una actividad fructífera en orden a crear un consenso ideológico mayoritario, tanto para impulsar el proceso revolucionario, como para crear la nueva democracia, y la sociedad del futuro. A nuestro juicio, esta conjunción no tiene validez en el período de transición o previo al socialismo, sino más allá de éste, en la construcción socialista chilena. Ello no significa disminuir, ni atenuar, ni esquivar, las diferencias que existen entre el marxismo-leninismo y estas manifestaciones del pensamiento cristiano, sino tan sólo tener en cuenta que ellas sólo se resuelven en el plano del debate y del diálogo amplio. Desde nuestro punto de vista, tratar correctamente esta cuestión significa realizar un esfuerzo teórico para comprender este fenómeno contemporáneo. A estas alturas del desarrollo de la humanidad, es evidente que no toda concepción religiosa es un elemento de alienación humana. Nuestra práctica nos demuestra que la fe' religiosa constituye hoy día, para millones de hombres, una inspiración en su acción revolucionaria y liberadora. La incorporación de esos vastos sectores a la lucha de nuestro pueblo por la libertad y el socialismo, requiere de nosotros no solamente una actitud de apertura política, sino también y necesariamente teórica.

Estas consideraciones muy preliminares, sólo quieren destacar la importancia del proceso de confluencia ideológica de distintas corrientes progresistas y revolucionarias en la lucha de nuestro pueblo por su liberación. Sin duda que en los años que vienen, los partidos obreros tendremos que desplegar una gran iniciativa en este terreno.

3. La alianza en el campo político: el tratamiento al PDC

El tercer aspecto general respecto de nuestras insuficiencias en relación a la política de alianza impulsada por el movimiento popular, se refiere a su expresión en el terreno político. Es claro que la Unidad Popular no logró incorporar políticamente a todos los sectores del país, que objetivamente podían coincidir con la líneas fundamentales en su programa.

A nuestro juicio, el principal error de la izquierda en esta materia, ha sido no considerar exactamente ni las características ni el papel que el PDC puede jugar en nuestro país. No es esta la oportunidad para hacer un análisis a fondo de la naturaleza de la Democracia Cristiana chilena. En todo caso, este análisis tendrá que ser hecho por nosotros. Aquí plantearemos algunas cuestiones que nos parecen centrales.

No cabe duda de que a partir de fines de la década del 50, la democracia cristiana ha sido el vehículo político más dinámico y significativo de las llamadas capas medias de nuestro país; que desde un punto dé vista social, su influencia se ha extendido hacia importantes sectores obreros y populares. El destino de la alianza popular impulsada por nosotros se resolvía políticamente en torno al PDC. Esta cuestión nunca fue considerada así por el movimiento popular, salvo en muy breves períodos. Incluso los partidos y sectores que impulsaron la política de la Unidad Popular durante muchos años, centraron todos sus esfuerzos políticos en lograr la alianza de la izquierda con el partido Radical, entendiendo que esa alianza era la expresión política principal del frente que se postulaba. De hecho, la experiencia demuestra que ello no era así. Lo que no significa, por cierto, que la política de la izquierda respecto del PR no haya sido justa. Muy por el contrario, ella permitió ampliar la alianza popular con importantes contingentes, y fue el factor decisivo del triunfo de 1970. Es claro que sin partido Radical la UP no habría conquistado la presidencia del país. Pero más allá de la cuestión electoral, desde el punto de vista social y político, haber atraído hacia la alianza al PDC habría significado asegurar el éxito de nuestro proceso revolucionario en ese aspecto. No hay duda de que el núcleo hegemónico en la dirección del PDC (el freísmo), tiene una orientación de centro derecha, y que la base de su política ha sido convertir a la democracia cristiana, no en un aliado, sino en la alternativa al movimiento popular chileno. Sin embargo, y a pesar de que la dirección del PDC ha seguido esa política de una manera permanente, ella ha encontrado, también permanentemente, una oposición interna muy significativa. La oposición progresista a la dirección de Frei, ha logrado incluso, en períodos breves pero significativos, controlar la dirección del PDC. El caso más manifiesto es el más reciente: la candidatura presidencial de Tomic, que tuvo una orientación manifiestamente progresista. Ello significa que en el interior de ese partido las fuerzas que pueden jugar un papel revolucionario tienen una amplia influencia, y que por tanto diseñar una perspectiva que busque como objetivo la unidad política de los partidos obreros y la Unidad Popular con la Democracia Cristiana, se basa en condiciones objetivas que la hacen posible. Esta perspectiva estuvo ausente en la izquierda. En el pasado, lo que más se intentó con el PDC fue llegar a acuerdos puntuales para impulsar de conjunto alguna iniciativa de mayor o menor significación; pero no hubo una política que tendiera al frente con la DC. En la medida en que este no fue un objetivo de la izquierda, se contribuyó a que se desarrollaran con fuerzas las tendencias más derechistas de ese partido, lo que "llevaba a jugar el papel de alternativa "popular" a la izquierda. Una perspectiva general incorrecta respecto del PDC se tradujo obviamente en el mal tratamiento a muchas coyunturas tácticas en las cuales las fuerzas progresistas de ese partido tenían posiciones muy favorables para desarrollar su hegemonía. El ejemplo más claro de una situación de este tipo se produjo después del 4 de septiembre de 1970. Luego de una campaña presidencia! de contenido popular y progresista, la mayoría de este partido y sus sectores de influencia, tenían una actitud inicial de apertura frente al nuevo gobierno popular. Ello permitió que, pese a intensas maniobras de la reacción chilena y del imperialismo (que han sido incluso reconocidas públicamente por la CIA), el PDC votara unánimemente por Salvador Allende en el Congreso Nacional, permitiendo así el acceso constitucional de la Unidad Popular al gobierno. En esos momentos una actitud audaz y abierta de la Unidad Popular frente al PDC, planteando la necesidad de concertar esfuerzos en torno a la realización de las medidas programáticas comunes del programa de Tomic y de la Unidad Popular, habría generado, sin duda, una perspectiva de entendimiento con la DC, de largo aliento. En ese contexto, la derecha DC habría encontrado muchas dificultades para arrastrar al PDC a la actitud de intransigente oposición a que luego lo condujo. Si esta actitud, que hoy día aparece tan evidentemente justa, no se expresó con fuerza en el seno de la Unidad Popular y del gobierno, fue porque desde mucho antes la orientación general de la izquierda respecto de ese partido no supo descubrir las potencialidades revolucionarias que existían en él.

En las nuevas condiciones que se han generado en el país, la alianza con la Democracia Cristiana encuentra mayores condiciones objetivas para desarrollarse con éxito. Sin embargo la unidad antifascista con el PDC encuentra también numerosas dificultades. La vieja orientación anticomunista y alternativista de sus círculos dirigentes más de derecha, hoy día también se manifiesta, aunque de manera distinta. Ellos intentan constituir hoy día la alternativa democrática a la Junta, al margen de la unidad de todos los sectores antifascistas y democráticos del país. La debilidad de esta política consiste en que no existen condiciones para impulsar una resistencia democrática consecuente, si no se suman todas las fuerzas que se oponen a la dictadura. Es por ello que, independientemente de las motivaciones o los deseos de quienes impulsan una tal política, ella conduce inevitablemente al camino de la conciliación y de las transacciones con el fascismo. La actitud que en definitiva asuma el PDC en la lucha por la democracia, es una cuestión que obviamente tendrán que resolverla los propios demócratacristianos. Sin embargo, para que este problema se resuelva de una manera favorable para la democracia y el pueblo, es necesario, de parte nuestra, el desarrollo de una política que tome en cuenta suficientemente los errores del pasado en el tratamiento al PDC.

Noviembre 1974

Composizione e stampa presso la
TIPOGRÁFICA "LEBERIT"
Via Aurelia, 308 - Roma


Notas:

1. No podemos desarrollar en este artículo el análisis económico de la política de restauración del capitalismo dependiente en que está empeñada la dictadura, sus objetivos y sus métodos, como también la estricta relación que existe entre la política económica y la represión fascista. Haremos sólo algunas afirmaciones que - a estas alturas — nos parecen evidentes para todo chileno capaz de observar la realidad del país sin prejuicios.; ni anteojeras. Para un análisis particular de los aspectos económicos de la política de la dictadura - y sus relaciones con el totalitarismo político — nos remitimos al documento de la Comisión Política del partido MAPU-OC. "La Política Económica de la Dictadura y el Programa Económico de la Resistencia".

2. Diego Portales, fue sin duda el mas brillante político que produjeron las clases dominantes criollas después de la Independencia. Por tanto, en su pensamiento y en su acción política hay no pocos aspectos conservadores. Con todo ello, su obra se caracteriza por la afirmación de los auténticos intereses nacionales del país. El Estado Portaliano es autoritario y de minorías, pero civilista y de derecho. No es políticamente arbitrario ni totalitario. Ni el estado conservador de Portales, de hace 150 años, sirve de modelo a estos generales!

3. En el campo de la izquierda, existen otras fuerzas que no integran la Unidad Popular, y que han logrado resistir la represión fascista y reconstituirse política y orgánicamente. Entre ellas, la más significativa es el MIR.

La Unidad Popular busca hoy día desarrollar una política antifascista común con el MIR, sobre la base de un acuerdo táctico general. Este aún no se ha logrado, sin perjuicio de las coincidencias que se producen en la lucha práctica antifascista y de las relaciones de solidaridad mutua de todas las organizaciones revolucionarias sometidas a la represión fascista.

4. En este artículo designaremos indistintamente como productores o trabajadores independientes a la vasta capa social constituida por propietarios de medios de producción o de servicios que los explotan personalmente o con el concurso del núcleo familiar, sin utilizar mano de obra asalariada, salvo en ocasiones. Esta capa social es muy numerosa y diversificada en la estructura social chilena: artesanos, comerciantes urbanos y rurales, minifundistas, transportistas, etc. La caracterización de estos sectores como una "clase" intermedia - pequeña burguesía - utilizada en la literatura marxista chilena (incluidos muchos textos nuestros) nos parece insuficiente teóricamente, por lo que en este texto hemos suprimido su uso.

5. Con posterioridad han aparecido documentos generales de los otros partidos de la Unidad Popular: uno de la dirección del MAPU, en Julio; uno del PR en Julio, donde se desarrollan muchos elementos críticos y autocríticos sobre la experiencia pasada de la UP. Asimismo, un documento anterior de la IC, también contiene elementos autocríticos, aunque está dirigido fundamentalmente al análisis de la situación y tareas actuales.

En todos estos análisis - con matices de diversas intensidad - existe un conjunto importante de coincidencias con los elementos autocríticos que aquí desarrollamos.

6. Incluso en el programa de la UP, las referencias a las FF.AA. son generales, vagas, "externas" enteramente a la naturaleza real de los problemas de las FF.AA. chilenas.

7. De estos 50 años hay que descontar los períodos dictatoriales (primera presidencia de Ibáñez) y represivos (período de vigencia de la ley de "Defensa de la Democracia"), en los cuales la política de la izquierda y de los partidos obreros en especial, encontró múltiples obstáculos no sólo en el terreno que estamos analizando, sino que en todos.

8. La ideología reaccionaria utiliza de una manera absolutamente hipócrita esta afirmación nuestra de que en todo proceso político los factores de fuerza tienen una gran importancia. A partir de ella acusa con gran escándalo a la izquierda y el marxismo de "propugnar la violencia", de elevarla a categoría de principio político, de ser intrínsecamente antidemocrática. Esta es una acusación absolutamente falsa e hipócrita, que sin embargo tiene gran audiencia, incluso en sectores auténticamente democráticos y progresistas. El problema no es que a los marxistas "nos guste" la violencia ni el uso de la fuerza. Precisamente nuestra lucha tiene como objetivo aboliría suprimiendo las causas que la originan en la sociedad humana. Lo que si ocurre es que nos encontramos con la violencia a cada paso de la historia, utilizada por las minorías dominantes para asegurar, en última instancia, su dominación. Toda minoría dominante utiliza la fuerza para mantener su dominio y en último término la usa sin piedad, pese a todos sus alardes previos "democráticos", "humanistas" y "pacíficos". Lo ocurrido en nuestro país debe ser aleccionador en este sentido para todos los chilenos sinceramente democráticos. Un gobierno legal, elegido y confirmado por los organismos constitucionales, enmarcado en un estado de derecho que incluso disponía mecanismos para destituirlo, en un régimen de las más plenas libertades democráticas (de asociación, reunión, prensa, de partidos, sindical, etc.), es derrocado violentamente en nombre de la democracia! Se instaura luego una tiranía oprobiosa que suprime todos los derechos humanos; que tortura, detiene, fusila, no sólo en los días posteriores al "enfrentamiento" sino 14 meses después, en circunstancias de que toda la izquierda ha declarado públicamente que condena el terrorismo y no impulsa la lucha armada en las presentes circunstancias. Pues bien, después de todo esto nosotros tenemos que advertir que en la lucha política el movimiento popular debe considerar el factor de fuerza para poder cumplir con éxito sus objetivos liberadores. Y cuando hacemos esta constatación elemental, de toda lógica, resulta... que somos "propugnadores de la violencia"! El viejo cuento del ladrón detrás del juez. El asunto sería risible si no hubiera tanta gente democrática y de buena fe que está convencida sinceramente que los marxistas y la izquierda son por principio "partidarios" de la fuerza y la violencia en la vida social y política.

9. Para que esta posibilidad teórica ocurra en la práctica, el factor fundamental es la actitud de las FF.AA. del Viejo Estado frente a las fuerzas revolucionarias. Si en aplastante mayoría - e incluso ellos mismos como institución - juegan un papel progresista y revolucionario, es posible que la contrarrevolución no tenga fuerzas militares a que echar mano, en magnitudes suficientes para enfrentar a las fuerzas revolucionarias. En la historia contemporánea y particularmente en los procesos de liberación nacional, se han dado casos de FF.AA. que han asumido un papel progresista y liberador.

10. En 1969-70, en el debate en torno al programa de la UP, este problema se resolvió favorablemente, no sin dificultades. Recordamos bien la polémica, porque nuestro partido sustentaba posiciones pequeño-burguesas sobre este particular, teniendo a estrechar dogmáticamente el frente social y político.

11. Sin embargo, diversos factores le da a este aspecto una importancia creciente. El enorme desarrollo científico y tecnológico en el campo de las comunicaciones sociales realizado principalmente en las sociedades capitalistas desarrolladas, ha multiplicado la capacidad de manipulación ideológica, tanto del imperialismo como de las clases nacionales reaccionarias.

Frente a este desarrollo, tanto los métodos como los contenidos del trabajo ideológico de la clase obrera y las fuerzas revolucionarias y progresistas, resultan anacrónicos e insuficientes.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02