Ensayos quemados en Chile

EL LIBRO ORGANIZADO...
NUNCA DERROTADO

Se sabe que nuestro Gobierno Popular carece de una política cultural. Las causas de esta ausencia son variadas y analizarlas detalladamente es una tarea que los trabajadores de la cultura deberían proponerse. Sin embargo, parece evidente que esta falta sintomatiza un problema más grave: toda batalla por una nueva práctica artística y cotidiana termina dentro de una ofensiva ideológica y emocional, una que prepare, anticipe y acompañe las luchas del pueblo y sus vanguardias en el terreno político y económico y que planifique las metas, las etapas indispensables para alcanzar esas metas y vaya coordinando en virtud de esas decisiones los recursos humanos y materiales. Esto es lo que falta. De todas maneras, aunque de manera aislada e incoherente, se ha estado produciendo en el terreno cultural una gran cantidad de avances, nacidos del apremio del proceso mismo, iniciativas de aparatos de Gobierno, proyectos de las masas mismas.

Aunque no deben confundirse esos logros parciales con una política cultural, ya se puede vislumbrar en cada avance, desde sus perspectivas y limitaciones, desde las enseñanzas concretas de cada lucha, desde los obstáculos que se han generado, las tareas futuras que podrán exigir a fondo a las actuales instituciones y estructuras, exigir que se transformen y desburocraticen para cumplir con las necesidades reclamadas.

Qué apoyo se precisa de parte de los instrumentos del Gobierno para superar las deficiencias producidas? Cómo se puede utilizar cada éxito en la lucha por la conciencia y la interpretación de la realidad para que se multiplique su efecto? De qué manera convertir la cultura en poder, en participación, en control, de la clase proletaria?

A modo de ejemplo, vamos a examinar uno de los triunfos más notables del Gobierno de la UP: las ediciones masivas de Quimantú. Educación política, literatura, conocimiento de la realidad chilena y del mundo subdesarrollado, libros infantiles, etc., en tiradas portentosas (30 mil, 50 mil, 130 mil ejemplares). Nunca antes en nuestro país -ni en cualquiera del capitalismo dependiente- se había producido tal cantidad de libros. Vendidos. Comprados. Incluso dicen las buenas lenguas que pronto vendrá un equipo de expertos de la Unesco para estudiar este "milagro chileno". No hay que ser perito internacional para extraer una respuesta. Nunca antes las masas han tenido esa capacidad de consumo. Nunca antes los trabajadores tenían en sus manos la dirección de la editorial que hasta entonces había funcionado para llenar los bolsillos de los dueños con plata y, de paso, llenar las mentes de los consumidores con mensajes ocultos, prejuicios, subliteraturas. Nunca antes el pueblo había sentido que era tan forzoso elevar su conciencia, capacitarse, conocer. Nunca antes hubo tal urgencia de saber administrar su propia vida, pública y privada, nunca antes se entendió con tanta claridad que para la difícil empresa de que el amanecer se haga sol es imprescindible controlar también las palabras con que vamos empujando la luz.

Sin embargo, un libro se consume de otra manera que un alimento, una tela, una tuerca. Esta diferencia tiene que tomarse en cuenta. Es cierto que los libros son mercancías, se venden, están en los hogares. Pero nada garantiza que se estén leyendo, que la pasividad de las tapas cerradas sea trocada en la actividad de ojos y labios aprendiendo. El objetivo del libro no es ser utilizado como otros objetos: su digestión no es automática. Exige que se produzca, además de su presencia material, un acto comunicativo. Las máquinas de una editorial y los trabajadores pueden fabricar el objeto, páginas, tinta, encuadernación, los mecanismos de distribución pueden colocar esos objetos al alcance del transeúnte, los avisos pueden estimular la venta. Pero la última etapa, la más importante, el libro abanico en la mente del lector, el libro multiplicando ventanas, haciéndose carne y a la vez astilla para los que leen, pasando de mano en mano y boca en boca, sembrador que es también semilla de sí mismo, el libro como transformador continuo, voz que vive de prestigio o signo indescifrable para formar parte habitual del mundo cotidiano, conocer es tan importante como tomarse aquel vaso de leche o ponerse la camisa o darle a la pelota, el libro que abre puertas disfrazadas, el que nos hace amar más y aprender a expresar más ese amor, el que nos explica cómo llegamos a ser lo que fuimos y hacia dónde vamos, a qué vamos, liberar la voz y en el diálogo destruir los diques en que la burguesía siempre quiso estancar las aguas de la imaginación, esa función básicamente movilizadora del libro, esa etapa, eso es lo que falta, lo que no ha acompañado hasta ahora a estas ediciones masivas.

Primordialmente, el acento se ha puesto en la producción. Nadie puede negar la importancia hegemónica de esta masificación, la existencia de los textos, los bajos precios, los quioscos engalanados. Pero para llevar a cabo la consumación de esa etapa en que el libro se hace agente para la liberación, para convertir la producción material en coexistente producción intelectual y afectiva, se confía más que nada en las leyes del mercado, en la voluntad individual del comprador, sus apetencias, capacidades, intereses espontáneos. Se utilizan los medios capitalistas para realizar tareas socialistas. Pero en este caso es como si vendiéramos dinamita, pero no entregáramos fósforos. No hay duda de que muchos consumidores tienen sus propios medios para garantizar la detonación interior y deben haber, en este mismo momento, muchísimos estallidos de conocimiento multicolor en tantas vidas. Pero no es suficiente.

Es perfectamente posible plantearse un modo de superar estos problemas, utilizando métodos que el sistema capitalista no puede siquiera concebir y que -además- incidirían en mayores ventas. Para eso se necesita una política cultural. Hay que organizar a los libros; darle un apoyo político, transformar ese enorme potencial que está ahí tan callado en instrumento de agitación y cambio. Imaginémonos que junto con venderle el libro al lector se le indicara en cuál de los talleres de lectura (en su barrio, en su fábrica, etc.), puede inscribirse para profundizar y desabrochar el texto. O que se filmaran, partes de los libros en radio y televisión y se llevaran a cabo teleclases. O que incluido en el precio de venta de grandes partidas a empresas del área social o dé la gran minería, se garantizara la presencia de profesores, reverberadoras de los textos. Que cada biblioteca popular tuviera a orientadores que discutieran y aclararan los problemas que se van suscitando.

Para realizar esto, hay innumerables organismos y muchas personas. La extensión universitaria, a menudo paternalista y frecuentemente inútil, puede orientarse en este sentido, firmando convenios que vinculen a ciertos departamentos al proceso productivo. 'El perfeccionamiento de sectores del profesorado de media y básica puede incluir este tipo de actividades, que después se traslada a un trabajo efectuado en la comunidad circundante. Las diversas reparticiones que tienen a su cargo la educación de adultos. Las casas de la cultura. Los centros juveniles. Las asociaciones de escritores. El servicio social obligatorio de la mujer. El Departamento de Cultura y Educación de la CUT. La Biblioteca Nacional.

Para que esto se produzca, y mientras se lleve a cabo, habrá que derrotar la burocracia de muchos organismos, su desconfianza en las masas. Establecer sistemas de capacitación. Activar comités de cultura en los lugares de trabajo y residencia. Enjuiciar los aspectos y procedimientos aletargados de nuestro sistema educativo. Sacudir un poco las altas alas de la cultura y su bla-bla tan presumido, un desafío. Y no hay que olvidar las trampitas, los riesgos en el camino: que todo se convierta en un proyecto burocrático, paternalista, pequeño-burgués, que se olvide que esto es sólo una primera etapa, cuyo sentido verdadero se clarifica y se hace horizonte en la medida de que los trabajadores mismos hacen su propia cultura.

El esfuerzo bien vale la pena. Pensemos en aquella persona, que al llegar al término de su libro, ya no lo guarda para que acumule polvo, esa persona que presta su obra a otro y que le presta también la comunicación de lo que ha explorado y descubierto y avanzado, esta persona que, al cerrar su libro, después de la última línea, en vez de leer la palabra fin puede leer la palabra comienzo.

(De Frente, N 13, octubre de 1972)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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