Ensayos quemados en Chile

PROBLEMAS CULTURALES DE LA TRANSICIÓN

Palabras preliminares

Ya advertimos en la Introducción que casi todo lo que se publica en este libro se construyó y pensó bajo el apremio de circunstancias más o menos urgentes. Sin embargo, en esta sección hemos querido reunir aquellos puntos de vista que surgieron como respuesta inmediata a problemas prácticos, sea en el terreno de las comunicaciones, de la educación, de la política editorial, de la ofensiva ideológica fascista.

El artículo "Ese Frío Robot: Las siglas", publicado en la revista 'Chile Hoy' en octubre de 1972 fue elaborado inicialmente en forma más extensa como un preinforme para la CORFO y el Ministerio de Economía, a. instancias del compañero Fernando Flores, quien fue Ministro en tres oportunidades del gobierno popular (Economía, Hacienda, Secretaría General de Gobierno) y que sufre actualmente, como íntimo colaborador del Presidente Allende, una prisión durísima en la Isla Dawson. Fernando Flores mismo discutió largamente el sentido del preinforme y agregó muchas valiosas sugerencias. Las proposiciones, finalmente, fueron aceptadas como política oficial del gobierno popular y yo mismo pude comenzar el trabajo allá sugerido en algunas empresas. Posteriormente esta labor se vio interrumpida.

"Medios masivos de comunicación y enseñanza de la literatura", inédito, estaba en prensa en la Revista de Educación. La versión que aquí se entrega no es la que habría aparecido en la revista. Destruido el original, el borrador que se logró sacar de Chile llegó sin sus primeras dos páginas y sin las últimas tres, que debieron ser reconstituidas de memoria.

En la revista 'De Frente' del partido MAPU se publicó en 1972 "El libro organizado, nunca derrotado". Las tesis allá planteadas estaban siendo llevadas a cabo precisamente durante el curso del año 1973. Yo habíamos organizado nosotros, en el departamento de Español de la Universidad de Chile, una serie de talleres literarios para trabajadores, bajo los auspicios de la CUT y Quimantú, y como parte del Concurso Nacional Pablo Neruda, lo que iría apareado con un programa de televisión que acompañaría las ediciones masivas de libros.

Por último, están los tres análisis políticos publicados en el mes de julio de 1973 en 'Más Fuerte', órgano partidario (salía cada dos días) del MAPU-Obrero-Campesino. Aparecieron unos cuatro o cinco artículos más en ese mes y a principios de agosto, pero ha sido imposible conseguir copias. Todos ellos (y los aquí publicados) desmenuzaban el clima que iba creando la estrategia del fascismo en el terreno de la ideología. Creo que todos ellos lograron comprender y expresar la coyuntura emocional y mental que vivió la lucha de nuestro pueblo en esos meses cruciales.

En esta sección deberían haber ido otros artículos, ensayos, apuntes e informes de 1973, que se referían a la política de comunicaciones de la Unidad Popular y la forma de mejorarla, así como a los problemas de movilización cultural en el seno del pueblo. Todo esto se perdió y no será posible recuperarlo.


Ese frío robot:
Las siglas, las siglas, las siglas,
las siglas, las siglas

A veces, lo que aparece a primera vista como "un detalle sin trascendencia", puede ser algo de mayor importancia y significación que lo que aparentaba. Algo de esto ocurre con los nombres de las empresas que han pasado o pasarán al área de propiedad social.

Por lo general se advierte una actitud uniforme respecto a los nombres de las empresas y que nace, más que de una visión comunicativa, de una nominación que se gesta desarraigadamente a medida que avanza el proceso económico. En la mayoría de los casos esto se traduce en siglas, una combinación de mayúsculas, cada una de las cuales representa (y tapa) una palabra que tiene que ver con la actividad económica que se desarrolla o con el producto final. En otras ocasiones (las menos), simplemente se antepone un "ex" frente a la empresa para señalar el traspaso.

Lo primero que habría que criticar en estos nombres es que todos se parecen. Si bien esto podría justificarse en función de unificar bajo una cierta gris coherencia a todas las empresas, no cabe duda que lo que se gana en centralismo lingüístico se pierde en colorido. Por lo demás, la repetición obsesiva y monótona de la palabra NACIONAL (representada por una sempiterna "n") le quita a ésta toda su fuerza patriótica, convierte la garra en algo majadero, lejano y prescindible.

Pero estas observaciones preliminares sólo sintomatizan el fondo de asunto: las siglas son frías e impersonales. No movilizan emocionalmente, y tampoco establecen una relación racional. A la vez que borran el pasado de la empresa, borran el presente, ese acto personal que cada trabajador y chileno siente profundamente, en que se tomó el control de esa empresa, y se nubla así el futuro, el significado posible de ese control. El trabajador no se conmueve: no tiene la impresión de que él haya participado en la elección de ese nombre, no logra establecer un vínculo propio, íntimo, a través del bautizo, con esta nueva forma de propiedad (que encierra sin duda otro concepto de humanidad y por ende otro concepto del lenguaje). En vez de la conquista de los trabajadores, el nombre cristaliza y congela el éxito de una intervención estatal, una aparición casi providencial y ciertamente paternalista de organismos que se presentan, para bien o para mal, como eminentemente técnicos. Sin duda que el paso de la industria al área social surge de una necesidad técnica, de un problema material, de la organización planificada de nuestra economía para vencer los obstáculos que el capitalismo dependiente ha generado en nuestro país;

pero no por eso debe confundirse esta necesidad económica con la forma en que esta acción va a aparecer ante el público. No es inevitable que la empresa se muestre al público sólo en su traje económico, con una exclusividad fatal. Se hipoteca la posibilidad, base de un uso adecuado de los medios masivos, para operar a través de la afectividad y la imaginación tanto del productor (que trabaja directamente en la empresa) como del consumidor mismo (entendiendo por éste tanto el que compra el producto o lo usa como el que consume la noticia del nombre todos los días).

Nombres tecnocráticos

Justamente al nivel del público general, es como si la empresa no hubiera cambiado de manos, como si hubiera dejado de existir. Se sabe -¿qué duda cabe?- que ha ocurrido una modificación, pero las palabras que deberían verificar y anunciar constantemente esta transformación no cumplen su función recordatoria. Más bien alejan y hacen irreal la auténtica significación del fenómeno.

Se llega, por lo tanto, a la conclusión de que la burguesía puede utilizar para sus propios fines, por medio de la ideología, dominante, estas siglas. La mera presencia de un nombre diferente (por ejemplo, en vez de SOQUIMICH, Empresa LUIS EMILIO RECABARREN, o lo que sea) sería un signo, una alarma, un llamado de atención que los medios de masa de la derecha no podrían ocultar ni deformar. A la burguesía le conviene el nombre tecnocrático, robótico, porque detrás de tantas letras se encubre la verdadera transformación, el significado político que pronostica ese control de un sector de la economía. Es una fetichización que ocupa su "natural" lugar junto a las formas de dominio estructurales de nuestra sociedad: el cambio en la base aparece ante el público (el sujeto), como un cambio en la mera superestructura. Al divulgar la idea de que aquí no han participado los trabajadores, se refuerza la noción tan publicitada, con excelentes resultados, de que la estatización sería sólo "un cambio de patrón".

Los trabajadores y "lo suyo"

Como alternativa frente a estos problemas proponemos cambiar el nombre de las empresas con la participación de los trabajadores afectados. Además de ser una actividad relativamente fácil de organizar, incorpora a todos los trabajadores a una tarea común, no sectaria, especialmente importante para los compañeros de bajo nivel político, ya que los alcances profundos del cambio de nombre irían apareciendo a medida que se desarrolle el proceso, en que ya se habrían sentido incluidos.

Pero éstas no son las únicas ventajas. La toma del poder se traduce en el campo del lenguaje: una palabra puede contener y expresar vibrantemente esa transformación, puede concentrar, catalizar, las acciones que se han tomado para que esa empresa sea de los trabajadores y puede servir como una catapulta que precipita a los participantes hacia el futuro, hacia un mayor control, hacia una elevación de la producción de eso que es suyo. La búsqueda misma de la palabra exacta, la discusión en torno a cada palabra hallada y desechada, la educación que la acompaña, el recorrido minucioso por la historia de la empresa en busca de raíces expresivas y, por lo tanto, el conocimiento de la explotación y liberación de los trabajadores, son todas formas de la movilización de la conciencia porque nacen de la experiencia de los trabajadores y trasuntarían sus intereses de clase.

Sin embargo, sólo nos hemos referido a la empresa misma. ¿Cuál sería el efecto propagandístico? sin duda, que se podría publicitar acertadamente la búsqueda misma, el desarrollo de la nominación, y que de esta manera se terminaría por estimular a otros sectores a que pensaran en sus propias empresas en esta perspectiva transformadora. Lo que a su vez prepara al público en general para una modificación cultural mínima dentro de sus propias existencias.

Es evidente que los efectos se harán sentir mucho más allá de la primera etapa de discusión colectiva en que se trate de hallar el nombre. Lo fundamental empieza cuando el nombre ya ha sido publicado, legalizado, cuando ya es patrimonio de todos. En ese momento penetra en la conciencia de los demás trabajadores y de las capas medias. Hace cotidiano y normal el proceso de transformación (lo que no deja de tener sus riesgos), porque acompaña los productos de la empresa en el lugar donde éstos se compran y utilizan. Los cambios se instalan en la casa, en el taller, en el comercio, en las calles. Los nombres mismos que el proletariado, en el acto más simple y limpio de pujanza cultural impone a sus cosas y acciones, son la llamarada que recuerda todo lo que se ha conquistado por medio de las luchas. El nombre de las empresas invade todo y presiona en el día a día del intercambio comunicativo humano.

Lucha contra el pasado

A su vez, el cambio de nombre es un acto de agresión que la burguesía difícilmente puede neutralizar. Llegamos incluso a entrar impunemente en sus propios órganos de expresión. Cuando ellos informen acerca de esas empresas tendrán que hacerse cargo del cambio de nombre, deberán consignar a su pesar ese nombre en su información, multiplicando el eco de un significado y una voz que es experiencia imaginativa del proletariado y que ellos ya no pueden ignorar.

Lo que puede significar la corrosión de la hegemonía lingüística de la burguesía es posible advertirlo a partir del editorial de El Mercurio, sobre el cambio de Parque Cousiño por Parque 0'Higgins: intranquilidad, histeria, rabia, defensa del patrimonio "cultural" del "país", tradicionalismo. Siente que está perdiendo la capacidad de nombrar, de reiterar el pasado en los términos habituales y acomodaticios, de enmarcar la realidad dentro de las fronteras que las representaciones mentales de la clase dominante chilena ha creado para seguir disfrutando del poder. Un ataque nuestro en este terreno, donde la burguesía se siente más fuerte y donde muy poco hemos avanzado, es como asaltar su retaguardia, un sector que ellos estiman privilegiado. En la vía chilena, donde se pretende cercar al gobierno por medio de la interpretación y el "consenso" que los medios masivos de derecha dan del proceso, donde persiste la "libertad de expresión", la voz de las urnas, y significativos sectores del Poder Legislativo y Judicial, etc., siguen en sus manos, es fundamental elevar la lucha ideológica, siempre que se entienda que es necesario buscar el territorio que nos favorezca, tomando en cuenta las condiciones materiales que hacen posible avanzar dentro de la actual correlación de fuerzas. No cabe duda de que el sector donde debe darse esto es, ante todo, en las empresas estatizadas.

Es necesario anotar también algunas otras consecuencias de este cambio de nombre para el resto del proceso chileno. Es evidente que una modificación lingüística no hace más o menos irreversible la organización racional de la economía. Podría borrarse el nombre con un simple decreto. Pero lo que sí ocurre es que el proceso aparece como irreversible, se muestra públicamente como un acto del cual es imposible retomar. Se trata de la creación de algo que no es cuantificable de inmediato, pero que ejerce una influencia devastadora en los cimientos de las representaciones colectivas: un clima. Una serie de tales cambios en el lenguaje permitiría fundar una imperceptible pero segura impresión de movilización renovadora. Para la conciencia del trabajador, que por lo demás está fuertemente saturada de categorías emocionales, creada por una relación personal (que incluye también riesgos) con el objeto que quiere nombrar, se hace inextinguible el proceso.

Tampoco es un acto que surge en el vacío. El pueblo ha venido nombrando y expresándose desde siempre. En nuestro país, en los últimos años puede encontrarse, especialmente en sectores de campesinos y pobladores (sindicatos agrícolas, asentamientos, tomas, etc.), una muestra de ello. Pero en ese caso corresponde a lo que Lenin llamaba gérmenes de la cultura socialista y democrática que han surgido dentro del capitalismo mismo como expresión anticipada de una necesidad de liberación. Se trata ahora de fundarse en ese pasado para adoptar medidas menos espontáneas que obedezcan a la emergencia de una clase que lucha por el poder.

Noviembre, 1972.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube