Ensayos quemados en Chile

LO HISTORIA NOS SIGUE ABSOLVIENDO, FIDEL

Abel derramó su sangre en el comienzo.
No lo siguieron más que los humildes, los olvidados.
Y, luego de andar sobre el mar,
Quedaron doce, y todo empezó de nuevo
Bajaron con barbas al romper el año,
Y tuvieron discípulos sobre la vasta tierra.

Esto lo sabía ya el libro.

Pero los símbolos que ellos hicieron
No tenían libro: los que hicieron las cosas
No tenían nombres, o al menos sus nombres
No los sabía nadie. Las fechas que llenaron
Estaban vacías como una casa vacía.
Ahora sabemos lo que significan Cuartel Moncada, 26,
Lo que significan Camilo, Che, Girón, Escambray, octubre.
Los libros lo recogen y lo proponen.

El viento inmenso que lo afirma barre las montañas y los llanos
Donde los que no tienen nombres,
O cuyos nombres no conoce nadie todavía,
Preparan en la sombra llamaradas
Para fechas vacías que veremos arder.

Roberto Fernández Retamar.

Hay un almanaque lleno de días 26.
Amanece.

Noel Nicola.

SANTIAGO DE CUBA, 26. (AP). -El Coronel Alberto del Río Chaviano, Comandante de la Guarnición de Moncada, informó esta noche que 48 personas resultaron muertas esta madrugada cuando fuerzas rebeldes trataron de apoderarse de ese cuartel.

Chaviano informó que otros 29 resultaron heridos en la frustrada rebelión que tuvo lugar mientras se celebraban en esta ciudad fiestas que duran tres días.

Un grupo de 200 hombres que llevaban uniforme parecido al del ejército norteamericano atacaron el cuartel, en el que había una guarnición reducida, a los 5.30 A.M., para tratar de apoderarse de él a fin de iniciar una revolución para arrojar del poder al Presidente Batista, según dijo Chaviano en una declaración.

Dio cuenta de que 33 de los atacantes y 15 miembros del ejército resultaron muertos en la lucha.

Al mismo tiempo, 30 hombres atacaron un puesto de la guardia rural en la localidad de Bayamo, resultando muertos dos de los asaltantes y un sargento de policía que trató de oponerse a su intento.

Del Río Chaviano informó que un cabo y dos policías también habían sido muertos en el puesto de Bayamo. Añadió que el dirigente de las fuerzas que atacaron el cuartel de Moncada era Fidel Castro, un dirigente estudiantil que escapó durante el tiroteo. Expresó que los atacantes eran miembros del Partido Auténtico y Ortodoxo.

Los rebeldes, aprovechándose del Día de Carnaval y de que los soldados habían sido enviados a la ciudad para guardar el orden, atacaron el Cuartel por tres lados, irrumpieron en uno de los dormitorios y mataron a dos músicos de una banda del Ejército, mientras otro grupo penetró en el Hospital Militar y dio muerte a siete soldados heridos.

Así informó El Mercurio, de Santiago de Chile, aquel día lunes 27 de julio de 1953. Esa misma mañana, el matutino anunciaba también que el mundo daba un respiro de alivio (lo que significa, en otras palabras, que los norteamericanos se sentían aliviados); se había firmado por fin el armisticio en Corea. Nadie podía adivinar -y menos El Mercurio- que, debido a una de esas hermosas casualidades que la historia nos suele regalar, junto con consignar la primera gran derrota militar de EE.UU. en el continente asiático a manos del "comunismo internacional", se estaba relatando simultáneamente, y en la precisa página de enfrente, el amanecer desconocido de la primera revolución socialista de América.

No era necesario que le supusieran a los rebeldes cubanos ese futuro, para que ya en ese cable, fechado con un glorioso y en ese entonces irreconocible 26, ya ahí, los teletipos comenzaran a torcer los hechos y motivaciones del asalto al Cuartel Moncada. Bastaba con que estuvieran en contra del dictador de turno. Batista, que el 10 de marzo de 1952 había dado un golpe de Estado para impedir el triunfo del partido Ortodoxo -de arraigo populista- en las cercanas elecciones. Los diarios extranjeros se apresuraron a reproducir todas las mentiras que el propio Batista machacaba por cadenas obligatorias, con censura absoluta de prensa. Que los revoltosos eran sangrientos y terroristas. Que venían pertrechados con armamento moderno. Alevosos, oscuros, siniestros, se amparaban en la noche para actuar.

En los primeros días, por lo demás, se seguirían acumulando las tergiversaciones. El 28 de julio apareció el anuncio de la Embajada de Cuba en Chile, asegurando la tranquilidad en el país frente a la intentona de "mercenarios extranjeros". Se los acusaría, posteriormente, de estar al servicio de políticos tradicionales y corruptos desplazados del poder, en especial pagados con creces por el ex presidente Prío Socarrás. Tampoco faltó (el día 30) la aseveración de que eran todos comunistas.

De esta manera se cooperaba, a nivel internacional, con el llamado hecho por Batista a las pocas horas de la rebelión. Era necesario que los cubanos tratasen de conseguir "la armonía mediante la moderación en el lenguaje y la moderación en los hechos".

Bonita colaboración en pos de la armonía.

Mientras las tropas de Batista ejercían su moderación en los hechos, moderando a los revolucionarios con el asesinato a sangre fría (ya el día 31 se declaraba, quizá no tan sorpresivamente, que los asaltantes muertos eran 70, y finalmente esa cifra remontó hasta 80, transformación que Fidel haría notar), los órganos de comunicación del gobierno cubano y las agencias internacionales se encargaban de moderar en el lenguaje la imagen rebelde de los muertos, volviendo a asesinarlos por medio de la falsía y el cerco ideológico.

Entre todas las noticias, hubo sólo una que tuvieron posteriormente que desmentir. Tanto ansiaban la muerte de "esa fuerza telúrica llamada Fidel Castro" (palabras del Che (1)), que llegaron incluso a proclamarla. Con la desaparición de Fidel pensaban colocar el último ladrillo en la muralla que habían construido en torno al Asalto al Moncada.

Pero no fue así.

"Pensábamos en Fidel", relata Haydée Santamaría. "En Fidel que no podía morir. En Fidel que tenía que estar vivo para hacer la revolución. En la vida de Fidel que era la vida de todos nosotros. Si Fidel estaba, vivo, Abel y Boris y Renato y los demás no habían muerto, estarían vivos en Fidel que iba a hacer la revolución cubana y que iba a devolverle al pueblo de Cuba su destino". (2)

Razón tenía Batista para temerle, más razón tenía Haydée para esperar en él.

Si la acción armada contra el Cuartel Moncada fue un Asalto a una tiranía sangrienta, las palabras que Fidel pronunció meses más tarde en su juicio, el 16 de octubre, "en un insólito escenario: el Salón de Actos de la Escuela de Enfermeras del Hospital Civil Saturnino Lora" (3), constituyen el Asalto al discurso igualmente sangriento del dictador, el Asalto a la Mentira, ese Cuartel que había que conquistar también a fuerza de coraje, las palabras que constituyen la ofensiva ideológica indispensable que completa y complementa, como el eco de una campana, la ofensiva militar. Ese contraataque de Fidel se difundió posteriormente, y se conoce, desde entonces, como La Historia Me Absolverá.

I

La Historia Me Absolverá es uno de los documentos más importantes en la historia de América. Encierra múltiples dimensiones, variados niveles de lectura, diversas riquezas según la península desde la cual se navega hacia él.

Ante todo, se trata de un hecho muy simple. La defensa que hace de sí mismo un ciudadano acusado de horribles crímenes que no ha cometido, un enfrentamiento que captura y enciende la imaginación del lector por su dramatismo. Fidel rehúsa aceptar los términos dentro de los cuales el Fiscal lo quiere encuadrar, maniatar, sofocar, y va a realizar su propio juicio en que el acusado es Batista, el escenario la historia, y el pueblo de Cuba el único y definitivo y prolongado tribunal. Convierte aquella pugna entre verdad y mentira, entre ética e inmoralidad, en heredera de una lucha inmemorial, digna de ser recordada cada vez que en algún lugar, por remoto que sea, se cometa una injusticia, válida como ejemplo para todos los países y tierras y hombres. Pero es mucho más que la palabra "universal", otra vez más en que los seres humanos se niegan a aceptar que el verdugo más encima lo juzgue, es más que eso. Porque simultáneamente explora cuáles son las causas históricas de esta encrucijada, de qué manera se llegó hasta una situación como la que el acusado confronta, y cómo se ha de cambiar el país para que nunca más sucedan procesos judiciales como éste. La historia me absolverá es un análisis de las condiciones socio-económicas de su pueblo (de su continente) y de las vías concretas mediante las cuales se debe conquistar el poder para echar a andar las transformaciones imprescindibles. Se trata del programa de liberación nacional que acompañaría la gestación del Movimiento 26 de Julio, el desembarco del Granma, el crecimiento irrevocable del ejército rebelde en la sierra y entre los campesinos, la agitación en la urbe, la huida del dictador el 1 de enero de 1959, el programa cuyas medidas concretas se materializarían a partir de esa fecha, prometidas y cumplidas, y que condujeron inevitablemente, ininterrumpidamente, a una profundización dinámica cada vez más mayor, a una necesaria radicalización, hasta desembocar en el anuncio, ante la invasión de Playa Girón, de que ésta era una revolución socialista, que se supiera bien por lo que se moría y por lo que se vivía, se trataba del socialismo.

Y como si esto fuera poco, en el discurso se contiene también germinalmente un conjunto de características que anuncian formas específicas que adoptaría la revolución cubana, semillas proféticas que anticipan modalidades propias en el desarrollo de las transformaciones, actitudes y preocupaciones humanas que singularizarán a este proceso histórico y que lo distinguirán de otros.

En suma, impregnada de pasado, futuro, y siempre presente, esta obra sigue significando, sigue enseñando, sigue.

Ese sigue es lo primero que impresiona. El tono desafiante de Fidel. Su certeza de que sus palabras se proyectan más allá de ese salón, de que ya el pueblo y el porvenir lo están escuchando. Incluso se prepara, a la luz pública, en ese mismo momento, incluso anuncia que se preparan futuros combates. Ni por un instante piensa en abandonar la lucha emprendida. En vez de lamentar lo sucedido, medita sobre los posibles errores para corregirlos y aprender de ellos. No acepta culpa alguna. Su pasión indignada siempre se encuentra contenida por marcos racionales, definidos, que le dan aun más fuerzas a ese implacable torrente que confía en desbordarse nuevamente en la acción dentro de poco, aunque sea a través de otros brazos y armas. El empuje mismo de las palabras hace presentir el empuje que continuará adquiriendo la acción.

La voz de Fidel parece extraer energías de su aislamiento. No hay público, al pueblo no se le ha permitido presenciar el proceso, rige la censura de los medios, al acusado no se le han entregado libros (ni'siquiera, se queja, los de Martí), se lo ha custodiado .para que no pueda comunicarse con sus compañeros, lo tratan de matar en prisión. Pero mientras más adversidades resiste, más dignidad se electrifica en sus palabras, más se acerca a la condición oprimida y redimible de Cuba, Cuba que no se arrodilla por muy vejada, Cuba luchando en medio de la persecución. Cuba, como Fidel, también atrapada en las cárceles concéntricas del siglo XX. Lo que se ha hecho con él en la cárcel y en este seudo-proceso, es lo mismo que, durante toda su historia, se ha hecho con su patria. No es un hombre el que habla, y por eso sale tan limpia el agua. Es un pueblo.

Fidel es el sobreviviente, es el que ha seguido vivo en medio de la muerte, pese a la muerte, encima de la muerte. Por eso, su figura tiene el derecho y; la obligación de reunir la verdadera Cuba, Cuba que ha sido borrada cotidianamente de los textos oficiales y los manuales de estudio tal como se ha pretendido ahora -otro episodio vergonzoso más- acallar a los asesinados en el Moncada. Todos los mártires, conocidos, anónimos, semisumergidos, de la patria, no sólo los compañeros inmediatos, no sólo los de 1953, alientan en la arremetida verbal de Fidel, fluyen con él en la salvaje serenidad que da encontrarse expresados. Si ha elegido sufrir la misma opresión que su pueblo, su pueblo pasado y presente, y puede, por lo tanto, adjudicarse inconscientemente la represión de la nación cubana, declarar todo lo que no se sabe, no sólo sobre el Moncada, sino sobre los otros crímenes que se han acumulado contra el pueblo. Las pequeñas victorias de Fidel contra sus carceleros (se comunica con los demás prisioneros, la conciencia de los combatientes sigue unida pese a la separación física, Fidel vuelve a arriesgarse nuevamente denunciando esa opresión y los abusos adicionales que ella inventa para doblegar a los revolucionarios), todas se convierten en pruebas de que Cuba sigue viva, erguida, inapagable. Mientras su enemigo esconde todo, ostentando el omni-poder, Fidel admite y reclama la verdad hasta su último detalle, asumiendo públicamente su responsabilidad, sin tener siquiera el control sobre sus propios movimientos, a merced de quienes lo acusan y han exterminado a casi todos sus hombres. El ser humano que simboliza objetivamente la exacerbación de los males a que está sometida Cuba, dependencia, tortura, corrupción, ese ser, al no pedir clemencia o golpearse el pecho jurando rectificar su conducta (4), puede expresar asimismo la raíz incontaminada de un pueblo que no ha perdido su humanidad, ese manantial.

Fidel no duda de que él es superior a sus jueces. Por ahora, es cierto, no queda más que admitir que se lo está juzgando a él, al revolucionario. No obstante, la situación actual es transitoria, tal como lo es la reiterada explotación de la Isla. En los vislumbres actuales y pretéritos de rebeldía se dibuja el día de la liberación, en que la tortilla se vuelva ... Pero Fidel no espera esa jornada, en que él juzgará a Batista (nosotros, veinte años más tarde, sabemos que efectivamente ocurrió así): empieza desde ya, instalado en el más allá de la historia futura que crea y en que cree, en la confianza en el pueblo como definitivo arbitro. Tal es así que, frente a la "conjura del olvido", la falta de palabras y rapidez del fiscal en su afán de sobrevolar por encima del problema, frente al Fiscal que nada prueba, nada recuerda, frente al Fiscal cuya versión será la única que la prensa reproduzca, Fidel establece con toda calma que no es imprescindible, para que permanezcan, que sus palabras, las factuales sean distribuidas. Está seguro que el mero hecho del asalto, y el juicio posterior, aunque nunca nadie escuche lo que él acá explicó, será suficiente para provocar y estimular la reacción múltiple en la diseminada piel con que piensa el pueblo, miles de Fideles reinterpretando silenciosamente la verdad en cada boca, en cada boca a boca. Los cubanos no se dejarán engañar.

La voz del futuro comandante no surge, por ende, desde la individualidad, sino que viene impregnada por la "lógica sencilla del pueblo". (5) Son la misma confianza con que Fidel habla desde Martí, así Cuba hablará desde Fidel. "Vosotros seréis juzgados no una vez, sino muchas, cuantas veces el' presente sea sometido a la crítica demoledora del futuro." Eso mismo, como observaremos más tarde, lo hace rechazar indignado la especie de que pretendían dar un cuartelazo o ultimar a Batista. Pone énfasis en el cuidado con que primero tomarían las armas, y recién entonces difundirían el llamado por la radio convocando al levantamiento popular: porque nada se hace a espaldas del pueblo, porque ese verdadero protagonista que es el hombre como colectivo sabrá responder a la fe depositada en él, sabrá esquivar las interpretaciones erróneas que la clase dominante le quiere hacer siempre tragar.

Por eso, quizás, utiliza en una ocasión el género fabulesco, el más simple y oral y mítico que existe. "Os voy a referir una historia. Había una vez una República." Fidel se proyecta a sí mismo, sin nombre, como un "humilde ciudadano de aquel pueblo". De la misma manera, logra que Batista trascienda su concreción y sea representante, símbolo, instrumento represivo de un sistema, de una clase (que él llama, con fluctuante vaguedad, un "grupo" o "grupito"). Su relato funciona a dos niveles: por una parte conserva suficientemente el dramatismo del choque entre dos individuos para seguir capturando la imaginación popular como si fuera una película (una de las buenas) de acción, por otra, detrás de la lucha entre personalidades se agita, y esclarece, la lucha entre un pueblo y la minoría que lo oprime. Fidel es más que Fidel, Batista es más que Batista. La movilización emocional del lector en torno a los protagonistas más visibles de la guerra, es parte de su educación, de lo que podríamos llamar su movilización intelectual.

Esta es la esencia de la estrategia narrativa (y es un buen nombre) de Fidel. Su disposición de los elementos a su alcance, las prioridades con que desenvuelve su discurso. No va a comenzar por responder las acusaciones, no detallará todavía los preparativos, no contesta de inmediato las mentiras. Eso sería colocarse a la merced del ataque oficial, hacerle caso para su defensa. Hay que seguir a la ofensiva, el espíritu con que asaltaron el Moncada así lo exige. Prefiere partir, ante todo, del juicio mismo que se le sigue. La ausencia de garantías (legales, constitucionales, el atropello a los derechos humanos) constituye precisamente la evidencia irrefutable de la bancarrota del sistema, prepara emotivamente al que lo escucha y lee, a reconocer con anticipación que existen razones de más para derrocar a un gobierno que procede de este modo.

El proceso mismo es sólo una prolongación, otra gota que rebalsa una inundación, de un corrompido estado vigente. El acto de juzgarlo de esta manera es desde ya un testigo a favor del acusado. Porque las idénticas leyes en nombre de las cuales se le pretende castigar, testimonian la ilegitimidad criminal de Batista y la validez de quien desea poner término a esa ilegitimidad. La democracia burguesa misma, su tradición, sus grandes pensadores (Milton, Montesquieu, etc.), condenan el régimen cubano imperante. Fidel enfrenta a la retórica hueca de la república consigo misma, la fachada que presenta se compara con las aspiraciones que dice estar re-presentando y cumpliendo a la perfección. Como se verá, este uso de la Constitución de 1940 a lo largó del texto, los artículos, incisos, reglamentos, obedecen tanto a la necesidad de marcar el agotamiento de las formas de lucha democrática como al interés que siempre mostrará Fidel por acumular fuerzas y forjar una alianza nacional lo más amplia y unitaria posible, lección que ha aprendido -a mi parecer- tanto en Martí como en las actitudes cotidianas de los hombres del pueblo en su práctica día a día, (Pero de todas maneras no se ata las manos, no se ancla en perpetuidad a ningunas leyes, lo que trasunta un uso adecuado y diferenciado de táctica y estrategia: "admito y creo que la revolución sea fuente de derechos". Es decir, no se niega a juzgar a los usurpadores en sus propios términos, pero no se queda tampoco limitado por esos marcos de referencia).

Podemos relacionar esta dimensión de La historia me absolverá a otras características: en su combate por rescatar la imagen verdadera y sembrar sus ideas, Fidel no deja un recurso sin utilizarse. Trabaja con todas las técnicas que habitualmente se encuentran en manos de los explotadores como armas de engaño y mistificación. Vuelve los argumentos de sus acusadores contra ellos mismos, incriminándolos. Invierte la lógica rutinaria (los hombres lloran un secuestro, pero no lloran diez mil muertos de hambre). Se niega a aceptar la forma en que la ideología dominante intenta reducir el alcance de su estallido (por ejemplo, al sugerir que ellos estarían pagados desde el extranjero por Prío se deseaba pre-interpretar el Moncada como un episodio gris más dentro de la espiral putrefacta de la rutina política, una mera riña superestructural, jueguitos desvalorizados). Se apoya también en las más variadas tradiciones culturales, extrayendo sus ejemplos de épocas, naciones, pensadores de todo tipo.

El discurso nos deja, literalmente, sin aliento, al romper con su sistema todos los esquemas mentales hegemónicos en. la época, logrando al mismo tiempo -cosa tan difícil para los que se encuentran en la vanguardia- conservarse dentro de las fronteras en que las palabras siguen siendo comunicables, tomando en cuenta el grado de conciencia de la mayoría del pueblo cubano en esa coyuntura histórica.

Tal como habla desde el pueblo, habla para el pueblo. Fidel no se sitúa más allá de las posibilidades mentales (o materiales) efectivas de la nación que él está defendiendo. No es una discusión de cafetería o abstracciones discutidas entre abogados. Él quiere que cualquiera pueda entender lo que él dice en nombre de todos los cualquiera de la patria, los cualquiera que pronto serán un pueblo alzado y resistiendo.

Por eso, si utiliza contra los opresores las armas democráticas que esos opresores dicen representar, es porque son aspiración mayoritaria del pueblo cubano. Los que gobiernan también deben actuar en nombre de esos anhelos, aunque en los hechos los atropellan.

Claro que a la vez que una garganta que se coloca dentro de los límites de lo comprensible, Fidel se edifica también como una avanzada. Tal como Batista es la exacerbación de un estado latente de dependencia y venalidad a lo largo de la República, así Fidel es la contrapropuesta exageración del ánimo de rebeldía y creación que también han tenido su reiterada expresión anterior". Conversando con el pueblo en términos siempre entendibles, Fidel impulsa al interlocutor hacia adelante, le exige que esa comprensión se convierta en catapulta y avance.

La historia me absolverá demuestra que esa exageración de Fidel, su rechazo de la moderación (en los hechos y en el lenguaje) es la única respuesta digna -y lo que es más importante, de efectividad práctica- en la Cuba de 1953. Por eso resulta tan primordial comprobar que la República no es tal, que es -como se dirá posteriormente- una República "mediatizada" (Fidel), "intervenida", "seudo-república", etcétera. El Moncada señala el final de un camino. El atropello de la Constitución de 1940 es el último paso: ahí se frustra un logro por el cual el pueblo cubano había sufrido durante décadas. La República por la cual murieron miles de patriotas, sacrificándose generaciones enteras, terminaba siendo una pura ficción. Las instituciones democráticas que se habían conquistado en la guerra contra el colonialismo español, y que habían sido burladas y deformadas por el imperialismo norteamericano y sus sirvientes internos, y que nuevamente el pueblo cubano había seguido desarrollando dura y amargamente, y que padecían nuevos retrocesos, y que otra vez más el pueblo establecía como sus banderas, estas instituciones llegaban a su punto final. La masacre misma, el juicio mismo, la prisión misma, remachaban y revelaban que en efecto, se había arribado a la crisis irremediable del sistema. Batista significaba "un retroceso. de veinte años" para Cuba", es decir, volver a las condiciones existentes antes del glorioso año 1933 cuando un movimiento popular despoja del poder al dictador .Machado.

Esta marcha atrás de Batista, el callejón sin salida en que se ha metido, es -claro- resultado de la crisis económica neo-colonial aun más profunda, el estancamiento de la nación durante el período 1945-57, para utilizar la cronología de López Segrera: monoproducción azucarera junto con la caída vertical de precios (en el año 1953 llegó a uno de sus puntos más bajos), comercio y financiamiento en manos extranjeras, débil estructura industrial (a diferencia de muchos otros países latinoamericanos que en las décadas del 30 y 40 habían alcanzado algún mínimo grado de desarrollo) que sufría un proceso de "involución" desnacionalizadora, deformación de la economía para servir a la integración monopólica internacional. (6) Por otra parte, se había venido llevando a cabo, a partir de 1934, una "integración de la protesta nacionalista y revolucionaria en el seno del sistema" (7). (8)

Como notaremos más adelante, el ataque de Fidel es el producto exacto e imprescindible de esta crisis y de la forma en que se había estado tratando de combatirla por parte de las fuerzas progresistas. Pero ahora importa observar de qué manera Fidel se encuentra en un momento privilegiado: va a utilizar el Moncada y sus secuelas (masacre y juicio), para que la República se pase juicio a sí misma. Es la manera más eficaz de dramatizar lo que ya es evidente y público para todos, para hacer visible lo que todos en su fuero interno ya admitían. Compara la triste realidad de hoy con los sueños de los hombres que agotaron sus existencias para construir justamente una realidad que no fuera triste, y constata que la revolución que Martí propició como segunda etapa y secreto sentido de la independencia ("La revolución no es la que vamos a iniciar en las maniguas", le había dicho a Baliño, "sino la que vamos a desarrollar en la República", (9) no se ha cumplido. El país en que seudo-enjuician a Fidel y martirizan a los jóvenes patriotas, no es el país por el que cayeron, y siguieron soñando aún mientras caían, los revolucionarios del pasado. Esos 50 años de lucha no habían transcurrido sin considerables avances, laboriosos triunfos (rechazo de la enmienda Platt, derrota de los dictadores, formación de federaciones obreras y estudiantiles, la constitución de 1940, la génesis de una conciencia amplia sobre la necesidad de cambios estructurales), pero ahora Batista desmentía y bloqueaba siquiera esas victorias parciales, borraba el camino mismo que se había vivido para llegar hasta esa fecha: "puede desmembrar el territorio nacional y vender una provincia a un país extraño como hizo Napoleón con Louisiana"... "En manos de hombres que de verdad son capaces de vender la República con todos sus habitantes".

Aunque Batista sobrepasa y culmina y resume todos los procedimientos anti-patrióticos y males anteriores, aunque Fidel lo estigmatiza incesantemente con el signo de lo demoníaco, infernal, bestializado, no comete la equivocación de aislar a Batista como persona y echarle a él, en cuanto individuo satánico, la culpa exclusiva. Es significativo que no empieza a describir el carácter cruel y despótico del mandatario hasta haber descrito previamente el sistema económico y social que lo sustenta. Pone atención en detallar primero los crímenes del grupo social dominante contra el conjunto de la nación, para después fijarse en los vejámenes, y exquisiteces extremas, que su representante ejecutivo ha decretado contra los miembros más conscientes y puros de ese conjunto. Él no hará con Batista lo que Batista hace con él. No psicologiza la historia desprendiendo esta carnicería de las condiciones concretas que la posibilitaron ni de las anteriores masacres que se han repetido con insistencia en el pasado. La persona de Batista viene a simbolizar un sistema social económico, cultural, que hay que aniquilar. Tal como Fidel es mucho más que el sobreviviente y líder del Moncada, así el dictador es más que aquel que dio el golpe de Estado de 1952. El hecho de que la figura de Batista se re-engendra insaciablemente en los últimos veinte años (contra-brillando en las fechas 1935, 1940, 1952), contribuye a que Fidel encarne en él la inagotable resurrección miserable de la historia oficial de Cuba, el tirano que renace de las cenizas del tirano anterior, el traidor que siempre espera, el asesino que aprieta ese gatillo que parece eterno contra cada revolucionario desde 1868 en adelante. El Moncada es signo tajante de un padecimiento (americano) casi permanente, en que una vez más, una vez más, una vez más se vuelven a enfrentar las fuerzas de la liberación y las que propician la dependencia. Una vez más la opresión, la cobardía y la mentira han dominado a las energías que iluminaban el porvenir como una zona de progreso y libertad.

Pero el ciclo de levantamiento y derrota, avance y reacción, no podía ser eterno. El Moncada surge, de hecho, para romper con la configuración y diseño anteriores. "Con Fidel se asociaron de inmediato", explica Julio Le Riverend, (10) "jóvenes de clase media y obreros que tenían una conciencia de que la historia de la República intervenida exigía cambios profundos en la organización del país, si es que la lucha contra la dictadura se enderezaba no solamente a un cambio de personas y de equipos en el poder, sino a crear y desarrollar nuevas condiciones. Había que impedir que volviera a producirse la alternativa que desde 1902 se observaba políticamente en el país: gobiernos 'democráticos' que daban paso a gobiernos 'regeneradores' de tipo dictatorial, que eran a su vez echados del poder por el movimiento popular para dar paso inmediato a una nueva etapa. supuestamente democrática que abría paso otra vez a una dictadura, reiniciándose el ciclo".

El Moncada venía a imponer otras condiciones. O lo que es lo mismo, un nuevo lenguaje. O lo que también es lo mismo, el auténtico lenguaje que presionaba en cada conciencia para explotar, la visión que crecía desde contradicciones que ya no podían encubrirse. No es Batista quien le pondrá la palabra "fin" al libro, no es Batista el que está narrando en definitiva la historia de Cuba, no son los anales de Batista los que perdurarán.

Porque habitamos el año 1953, el año del Centenario. Hace cien años había nacido el Apóstol de la Independencia, José Martí. Fidel va a concebir el asalto al cuartel Moncada como la iniciación de la última y decisiva etapa de la revolución ininterrumpida de Cuba hacia su liberación nacional, el momento en que la historia debe dejar de ser un disco rayado, en que la victoria definitiva de las fuerzas de la verdadera patria pongan fin al ciclo que tanto se ha reiterado.

Martí vive.

II

De lo que se trataba, era ni más ni menos que del segundo (o infinito) nacimiento de José Martí. Batista acababa de clausurar, así, "sin importarle nada, 50 años de la historia de Cuba. El estado de ánimo generalizado en el país después del cuartelazo del 10 de marzo de 1952 era de apatía, desesperación y en gran medida indiferencia. Todos los aguerridos movimientos sociales ( una corriente continua, aunque de virulencia esporádica) que habían logrado ir arrancando concesiones de la clase dominante y de los norteamericanos no habían sido suficientemente fuertes y definitivos para hacer irreversibles esas conquistas. El desparpajo con que Batista repetía una situación que se había encarnizado antes en la historia de Cuba, y que se venía intensificando y profundizando hasta sofocar a las fuerzas de rebeldía, la continuación contemporánea con que el gobierno dictatorial volvía a expresar los endémicos síntomas de la entrega (anexionismo, autonomismo, negociacionismo, reformismo, etapas cada una en que, en nombre del pueblo, en nombre de Cuba, se vendía el país), venía a exigir un retorno a "las raíces revolucionarias de nuestro pueblo", la repetición también de aquellas vías de transformación que Cuba se había brindado para combatir esa situación cada vez que se había presentado. Si Batista es el calco simiesco del pasado de opresión, Fidel será el eco de la herencia de liberación y lucha.

Tanto el ataque frontal, por la vía armada, a la tiranía, como la batalla ideológica (que convierte la derrota militar en triunfo emocional y analítico), es decir, tanto el Moncada como La historia me absolverá surgen de la necesidad de nutrirse en las enseñanzas de quienes enfrentaron las grandes crisis anteriores (Céspedes, Martí, pero también Maceo). Sin duda, ese ejemplo de lucha había seguido inspirando a su vez la acción de otras figuras a lo ancho de la República (Mella, Guiteras, Menéndez, Baliño y muchos más), que incluso se habían despojado de sus vidas por mantener ardiendo los sueños de sus antecesores revolucionarios. Sin embargo, precisamente esos esfuerzos por llevar adelante la liberación nacional que era el verdadero sentido que tenía la independencia, y para que no se retrocediera frente a lo ya avanzado, alterando además la conciencia del país, expresando en forma cada vez más poderosa la inevitabilidad de cambios, habían desembocado en un cuarto aparentemente oscuro y sin puertas. Era indispensable ahora volver a las fuentes.

Por eso, Fidel no conoce el miedo. Puede morir, y de todos modos ha triunfado. Porque serán aplicables -él está seguro- al Moncada las mismas palabras que Fidel utiliza para la guerra de la independencia de 1895 (pronunciadas en 1968, en conmemoración de los cien años de lucha): "No culminó en el triunfo definitivo de la causa, aunque ninguna de nuestras luchas culminó realmente en derrota, porque cada una de ellas fue un paso de avance, un salto hacia el futuro". (11)

En el caso de que él muriera, y casi todos sus compañeros han sufrido esa suerte en el Moncada, no puede considerarse un fracaso, porque su lucha se incorporará a la larga lista de asesinados por la patria, porque su presencia cambió la correlación de fuerzas, alteró la materialidad del mundo, su ejemplo sigue venciendo, su pensamiento sigue reverberando, su decisión sigue inspirando nuevas decisiones para la vida mayor del pueblo, su nombre caería en boca de algún futuro Martí, algún Fidel, algún Mella, algún hombre, algún Hombre, algún pueblo Pueblo, que lo iría pronunciando en voz alta y desafiante en el próximo combate, para corregirse y aprender y encenderse y avanzar más, hasta que finalmente se llegue al corazón de ]a victoria. En definitiva, no importa quién haga la revolución, tú, yo, él, no importa el apellido, porque ese nombre es sólo prolongación tanto del pueblo como del pasado, esa fogosidad se la hemos pedido en calidad de préstamo a las fuerzas hondas de la nación. El deber que hay que cumplir -y así se entendió a lo largo de 50 años de seudorrepública- es mantener la llamarada flameando, y tal vez sea uno, Fidel Castro, y así fue, el que prende la última y majestuosa conflagración, o tal vez sea otro que lo haga por nosotros, que lo haga porque nosotros mantuvimos ese legado ardiendo e inolvidable, porque nosotros no permitimos a los sempiternos traidores a Cuba quedarse con la última palabra. (12)

"Porque los revolucionarios de hoy encontramos un camino preparado, una nación formada, un pueblo realmente con conciencia ya de su comunidad de intereses; un pueblo; un pueblo mucho más homogéneo, un pueblo verdaderamente cubano, un pueblo con una historia, la historia que ellos escribieron; un pueblo con una tradición de lucha, de rebeldía, de heroísmo". (13)

En esas condiciones, dejar morir a Martí, olvidarlo, es matar el futuro.

Desde 1868, la cubana es una sola revolución, y por lo tanto, los que. hoy la siguen completando son los mismos (Son los Mismos es el nombre de un periódico que saca Fidel en el año 1952, (14) de ayer, su perfeccionamiento decisivo. El pueblo espera la chispa revolucionaria porque es el pueblo el que cultivó y sembró, el pueblo es la tierra, el pueblo es la lluvia, el pueblo espera entrar en acción apenas todo se le aclare en un relámpago seguro de comprensión. La voz y acción de Fidel nacen de esa experiencia rumorosa y exacta que es el recuerdo colectivo y la lucha cotidiana del pueblo entero, y tienen efecto porque no se dibujan en el vacío (15), sino que le devuelven al pueblo el camino y el instrumento para hacer su propia historia. Siempre decir la verdad, siempre apelar a las reservas físicas y morales de la nación, verificar todo frente a los ojos del pueblo que es capaz de entender todo, será una característica de la revolución cubana en todas sus etapas, como lo demostró Fidel ante el asombro del mundo entero a raíz de la zafra de los diez millones.

Pero el pasado no es sólo fuente de inspiración emocional. Es también el territorio donde se aprende. Los revolucionarios, en cada época, se plantean las ideas más radicales posibles, aquellas que surgen del grado de desarrollo de las contradicciones materiales en el seno de esa sociedad, aquellas que pueden tener perspectivas de éxito en su afán transformador, aquellas que pueden representar y a la vez conducir los intereses de las mayorías revolucionarias (16). Las ideas que se habían materializado, como guía teórica y práctica, durante la guerra de la independencia, no se habían extinguido, no habían perdido su vigencia (17). El neo-colonialismo que frustraba las aspiraciones de "una ideología de liberación nacional que va más allá de los propósitos y esquemas de la Guerra de los 10 años y que establece las bases para una sociedad fuera de las estructuras coloniales" (18), generaba al mismo tiempo una energía opositora. Al mantenerse las condiciones socio-económicas que la ideología de la liberación de fines del siglo XIX había jurado borrar, se mantuvieron también las aspiraciones y lecciones de esos luchadores. Las tabeas que se habían planteado desde 1868, cada vez con mayor claridad, seguían constituyendo una necesidad, un llamado mientras más reprimido más urgente, y lo que es más, las formas históricas concretas, los métodos, el modo de organización mismo, aparecían en ese instante, 1953, en esa sociedad prostituida, dividida, condenada supuestamente a importar los productos culturales y hasta el idioma desde la cercana metrópoli, aparecían en el momento en que se hablaba más y más de la puertorriquización de Cuba, esas formas históricas del pasado aparecían como las únicas viables, exigían volver a ser ensayadas. A esto hay que agregar que el partido del proletariado (Partido Socialista Popular) estaba confundido en cuanto a la acción a emprender en contra de la dictadura (pese a haberse movilizado desde el principio contra ella, denunciando su carácter pro-imperialista). Carlos Rafael Rodríguez acota que se aplicaba mal el leninismo y que no se supo manejar el sentido de la alianza que era necesaria construir:

"... por no comprender que una parte de los objetivos democrático-burgueses quedaron realizados ya en la América Latina hace muchos años y que el capitalismo llegó a ser en este Continente una estructura dominante aun con su contrapartida de retraso y semifeudalidad, no se supo distinguir entre 'burguesía' y 'burguesía', se promovieron alianzas que no corresponden al modelo leninista y carecían de su dinámica revolucionaria, se mezclaron los conceptos electorales con los de largo alcance revolucionario y se llegó en diversos países -dentro del gobierno y fuera de él- a posiciones seguidistas en las que no era el proletariado el que 'neutralizaba y arrastraba', sino el neutralizado y arrastrado". (19)

Las lecciones del pasado confluían con las urgencias del presente. Si se reiteraba la opresión, también los valores de la liberación levantaban cabeza nuevamente. Y sin que los cubanos sintieran que se trataba de hacerlos abrazar una 'ideología extranjerizante', como el imperialismo había calificado al marxismo, convenciendo a vastas capas de la población de la perversidad del comunismo (20).

¿Qué exigía la voz de la experiencia pasada?

Decisión. Ante todo, decisión. No esperar siempre las condiciones óptimas, ideales, inmejorables. Confianza en el pueblo como verdadero ejército. Abastecerse del enemigo para conseguir las armas. Comenzar con un grupo reducido, de ideas más avanzadas y claras, no significa necesariamente estar aislado de las grandes masas. Aprender y radicalizarse en la lucha misma. Se comienza siempre en condiciones económicas, militares e ideológicas desventajosas, pero para eso se tiene espíritu de sacrificio y fe en las propias fuerzas. La lucha armada es la forma histórica que se da el pueblo de Cuba para vencer a sus enemigos. No importa que, transitoriamente, el movimiento termine en la prisión. Estas son las lecciones que vienen desde ochenta años atrás.

Enseñanzas de la revolución cubana que había nacido en 1868. Y repetimos que no es por voluntarismo fatigado que Fidel retoma a ellas en 1953. Es cierto que corresponden a la ideología de la pequeña-burguesía revolucionaria, pero en las condiciones de Cuba representan la voluntad potencial de la gran mayoría. El renacimiento de esas ideas, su persistencia como faro y maestro, - no puede obedecer a una casualidad histórica. Expresan, a lo largo de la seudo-república, la conciencia indisminuible de la nación, el acicate subterráneo para seguir adelante. Pese a los esfuerzos de los dictadores y vendidos intelectuales de turno por deformar esa herencia, por re-interpretarla y acomodarla a sus intereses, tanto la acción como la conciencia del pueblo y sus líderes siguieron ahondándose y haciéndose más radicales. Cuando la crisis económica del sistema capitalista dependiente en Cuba se agudiza, y trastorna también las superestructuras ideológicas y políticas, desnudando la bancarrota del sistema que ya no puede siquiera explicar o manejar la realidad en forma mínimamente satisfactoria, esas decisiones pretéritas rebrotan y florecen con extraordinario brío..

Existiendo, por lo tanto, como veremos, factores objetivos favorables (que Fidel reconoce) que demandaban y permitían transformar la sociedad, lo que faltaba era la conciencia nacional y la organización material de ella que pudiera aprovechar esos factores para vencer, faltaba la orientación concreta y la unidad mayoritaria en torno a intereses comunes, faltaba la confianza del pueblo en sí mismo y en algunos líderes, faltaba un instrumento conductor. Las ideas de los revolucionarios pasados no sólo señalaban a la vanguardia el camino a seguir (lucha armada) sino que constituían a la vez la base para una comunicación y cohesión entre los cubanos, las armas ideológicas que el pueblo había nutrido, asimilado y conservado, que había traducido en presupuesto innegable, durante sus 80 y tantos años de lucha. Re-encontrar -y repetir- las enseñanzas del pasado venía a ser, simultáneamente, la manera efectiva de superar las frustraciones de los últimos años, y hacerlo en nombre de ideales y tareas que eran intimidad en cada cubano, parte de la certeza carnal con que se percibe y respira la realidad.

El año 1953 no es sólo el año en que hace crisis el sistema. Es también un año en que se agrava la conciencia de Cuba, se resienten esas raíces revolucionarias. La clase dominante, y el imperialismo, al imponer la solución de Batista, tenían "el propósito de destruir la conciencia de un pueblo, su camino, su destino; ... para arrebatarle la confianza en sí misma, para arrebatarle la fe en su destino". (21) Los que tenían la misión de conducir al pueblo y oponerse a estas intenciones (que reflejaban una estrategia económica y política más profundas, la servidumbre cada vez más encadenada a los monopolios internacionales), los que habían abonado el terreno con sus luchas y organizaciones a lo largo del siglo XX, estaban desorientados.

En esas circunstancias, sacar la conciencia del pueblo de la normalidad falsa, de la rutina monstruosa en que estaba ("porque los pueblos muchas veces", dice Fidel en el centenario del 68, "se acostumbran a ver cosas monstruosas sin darse cuenta de su monstruosidad, y se acostumbran a ver algunos fenómenos sociales con la misma naturalidad con que se ve aparecer la luna por la noche ... o la enfermedad, y acaban por adaptarse a ver instituciones monstruosas como plagas tan naturales como las enfermedades"), romper la modorra de los esquemas políticos y culturales (nota 21a), volver a los mares de la verdadera rebeldía, era una empresa con consecuencias revolucionarias. De ahí que el Asalto (el modo en que se llevó a cabo el Asalto), y el seguro sentimiento que sobre esa acción se difunde en La historia me absolverá, son dos fases de un mismo objetivo: crear la conciencia, no sólo de la necesidad de profundos cambios socio-económicos para resolver los problemas del país, no sólo de la necesidad de una lucha armada contra la dictadura y la clase que la sustentaba como único modo de realizar esos cambios; sino también de la posibilidad de que esas vías sirvieran en efecto para cumplir esas necesidades. Y cuando un pueblo medita en las perspectivas de éxito, no toma en cuenta únicamente la correlación de fuerzas materiales, sino ante todo la confianza en los líderes, la fe en quienes dirigen. Había que establecer con claridad que no se trataba de otro grupito -como tantos que pululaban por ahí- que jugaba a la revolución y que traicionaría al pueblo apenas éste se hubiera organizado detrás de ellos. El escepticismo de las masas en esa coyuntura constituía una defensa contra tanta promesa, tanta actividad febril que se mostraba finalmente estéril.

El Asalto al Moncada se revela, entonces, en su esencia. Es evidente que los combatientes contemplaban seriamente la alternativa de una victoria militar. No es nuestro propósito discutir estas presuposiciones. Pero nos interesa, más bien, sus efectos en la psiquis colectiva. La insurrección armada, que repetía operaciones similares que todo el pueblo de Cuba conmemoraba de su pasado, cobraba en el mismo instante una deslumbradora función propagandística: hacer estallar la conciencia nacional, extraer de ella las semillas que germinaban desde hace años, revelarle a la patria que había hombres en quiénes se podía depositar la vida, porque estaban dispuestos a dar todo por sus ideales. Por eso. La historia me absolverá tenía como meta transformar la derrota militar en victoria política. Fidel no podía retroceder, aún enjuiciado, no podía dejar emanar ni un olorcillo de temor. Porque desde ahora en adelante, el pueblo podrá creer en los sobrevivientes del Moncada. Sin conmocionar la imagen pública (de un sistema en que todos se integraban incómodamente), que incluso sectores progresistas consentían, era imposible que el pueblo volviera a tener esperanza, que se cristalizara popularmente lo que en forma subterránea siempre estaba a punto de crecer. Había que hacer añicos, mediante la acción y la simultánea y posterior difusión, las falsas teorías reformistas vigentes en la oposición a Batista, hacer trizas el jueguito de otros sectores que aparentaban ser revolucionarios pero que no pasaban más allá de la verbalización caliente, hacer pedazos el sopor con que gran parte del pueblo contemplaba la acción política. Quienes creían entonces (y son pocos los que ahora lo postulan) que se trataba de una "locura", de un acto de desesperación insano, deberán antes estudiar detenidamente el contexto ideológico y político en que se produjo ese asalto, los preparativos calculados, racionales, sobrios (22), deberán comprender que la ética del revolucionario en una sociedad incrédula y fatigada, que la ejemplaridad moral de acciones transformadoras, que el entusiasmo en el otro y la comunicación con él, son precondiciones políticas para tener éxito. Las condiciones subjetivas, el desánimo, he ahí le que también asalta Fidel en el Moncada.

El comandante Jesús Montané Oropesa ha explicado meridianamente este proyecto. Con la frustración de "las prédicas de Chibás (que) reflejaban la aspiración elemental del pueblo cubano que deseaba ser gobernado al menos con honestidad y moralidad" (23), en la Cuba de 1953 "no cabía otra respuesta a la tiranía de Fulgencio Batista, que no fuera un ataque frontal por medio de las armas" (24). Y Raúl Castro nos ha entregado todo el ambiente ideológico de la época en su artículo conmemorando el VIII aniversario del Moncada: "Con el golpe de Estado, al producir la crisis política del país, parejamente se producía una crisis mayor aún, por ser de carácter definitivo, en la dirigencia del partido Ortodoxo, los alejados del poder, que tan cerca tuvieron en las manos, dieron rienda suelta a todas sus debilidades, ambiciones e incapacidades con las excepciones que todos conocemos.

"Por lo tanto, ni ese partido, ni las facciones innumerables en que se dividieron sus dirigentes oficiales podrían ofrecer un camino ni mucho menos un programa de lucha a la masa que estaba ansiosa de algo más que libertades a secas y que manifestaban antes del golpe de estado, que ya apetecía algo más que el microprograma de la honradez administrativa, que nada resolvería; una masa que empezó a comprender, que el reciente golpe reaccionario no era contra el gobierno que estaba en el poder sino contra ella misma y sus honradas aspiraciones..."

Y agrega, más adelante: "Pacíficamente, lo único que podía lograrse sería una componenda entre las diferentes dirigencias de los partidos burgueses que se disputaban el poder a espaldas del pueblo y en contra de sus intereses ... En la clase obrera se intensificaba la destitución de sus líderes honestos, la imposición gangsteril de falsos dirigentes, el asalto a mano armada a los sindicatos, la pérdida paulatina de muchas de sus conquistas; la ofensiva patronal aliada a Mujal y al imperialismo profundizaba la división teniendo como bandera el anticomunismo, cuidadosamente alimentado por la embajada yanqui a través de sus agentes en los cargos dirigentes de la Confederación de Trabajadores de Cuba. Todo esto hacía que estuviera muy lejano el momento en que el movimiento obrero de masas alcanzara las formas explosivas de lucha". Y por último: "Estábamos de acuerdo y teníamos conciencia de que era necesario para destruir la tiranía, poner en marcha el movimiento de masas, pero, con los antecedentes expuestos, ¿cómo lograrlo? Por aquellos tiempos, Fidel decía; 'Hace falta echar a andar un motor pequeño que ayude a arrancar el motor grande' ". (25)

La generación del centenario entiende que no se trata de re-emplazar hombres corruptos con hombres limpios, sino de que la limpieza suya sea una garantía para las transformaciones estructurales que se necesitaban. La revitalización de las masas como participantes era primordial si se deseaba cambiar la sociedad entera y enfrentar enemigos tan poderosos. Y la crisis moral del país excluía tal participación. No parece ser una coincidencia que, leyendo los testimonios de los sobrevivientes del Moncada sobre su motivación y la de sus hermanos asesinados, provenientes de las geografías más diversas y de estratos sociales de toda índole, enfaticen la dignidad y la honra como factores determinantes de su cohesión. Esta ansia se había manifestado en la consigna populista de Chibás y del partido Auténtico, "vergüenza contra dinero". Se expresaba de esta manera en la forma más simple posible el antagonismo entre las incontenibles aspiraciones democráticas de la inmensa mayoría del pueblo cubano y la tiranía que malversaba el país y al cual la clase dominante debió echar mano para acentuar la dependencia y resolver transitoriamente su crisis. En el Manifiesto del Moncada, redactado por Raúl Gómez, que moriría en la hazaña, constantemente se menciona la oposición entre ladrones, corruptos, improvisados, ambiciosos, traidores, usurpadores, arrogantes, sin honra, sin vergüenza, y los hombres honrados, limpios, dignos, sin tacha, jóvenes, patriotas.

En esta situación, en que los valores morales se derrumbaban y simultáneamente entraban en descomposición las salidas básicamente reformistas que durante años los sectores progresistas habían esgrimido (electoralismo, etc.), limpieza ética y lucha armada pasaron a ser casi sinónimos para la conciencia de la generación del centenario. La lucha armada no sólo constituía la táctica adecuada para derrotar a la tiranía (aunque debió sufrir modificaciones sustanciales, con su traslado a la sierra y su vinculación a los movimientos de masas de la ciudad), sino que es, además, la proclamación de nuevas reglas de juego, o más bien, del renacimiento de las auténticas reglas del juego que ya se habían probado con eficacia en Cuba varias veces. Retornar al centro del devenir histórico cubano, continuar la independencia política y económica que se ha frustrado (sólo realizado a medias) y las jornadas heroicas de la década del 80, significa ante todo salirse de aquellos márgenes en que la burguesía quería recluir la lucha del pueblo (el recambio electoral, y la dictadura o intervención extranjera cuando el jueguito democrático no daba garantías suficientes o se acrecentaba la movilización popular), significaba remontarse a las raíces éticas, a los orígenes de la nacionalidad (26).

La mejor manera de decir es hacer, advirtió Martí.

"El hombre de actos sólo respeta al hombre de actos", dice el Apóstol el 10 de octubre de 1890 en Nueva York, "El que se ha encarado mil veces con la muerte,' y llegó a conocerle la hermosura, no "acata ni puede acatar la autoridad de los que temen a la muerte. El político de razón es vencido, en los .tiempos de acción, por el político de acción; vencido y despreciado... a menos que, a la hora de montar, no se eche la razón al frente, y monte. La razón, sí quiere guiar, tiene que entrar en la caballería; morir, para que la respeten los que saben morir". (27)

Esa postura ética, que probaba la consecuencia humana, al menos, de los revolucionarios, era anterior a cualquiera razón o razonamiento, era un elemento que daba o restaba confianza en lo que se podía decir. La crisis moral de Cuba conduce a quienes se van radicalizando a pasar inevitablemente, estimulados por el redescubrimiento de una tradición martiana cuyo rescate era también fruto de las luchas populares y sus efectos en los intereses de los intelectuales, por una primera etapa ética. Y más aún si comprendemos que se trata de una lucha inmensamente desigual, en el corazón y símbolo del mundo tricontinental. En el último país americano en independizarse de España.

En los países subdesarrollados, dominados por el atraso, por el terror tecnológico, por la importación del escepticismo, por la subestimación de su propio quehacer, tienden a arraigarse el fatalismo y la- corrupción. Esa actitud ética, desafiante, movilizadora de las conciencias, reafirmando su fe en la posibilidad del propio triunfo, no puede por sí sola hacer la revolución, pero sin ella no hay fuerza suficiente para conducir a los hombres a la práctica desde la cual surge la necesidad de una teoría científica orientadora. Este orgullo del hombre encadenado, este retorno a las verdaderas raíces (28), esta superioridad en la virtud, esta hermosura, recorren todas las páginas de La historia me absolverá, y anticipan la invencibilidad de Cuba desde 1959 en adelante, anticipan a Vietnam ganándonos el derecho de todos los pueblos a construir su destino sin la intervención norteamericana. Es el hombre contra la civilización imperialista que cree que podrá dominar hasta el último basural por medio de sus adelantos científicos. La fundación en Martí adquiere, entonces, otro significado aun más profundo: he aquí al primer pensador del mundo colonial, como se ha demostrado en varios ensayos en los últimos años (29), cuyas ideas se generan, precisamente, en los años que preparaban lo que Lenin llamaría "la primera guerra imperialista" (30), la intervención norteamericana en la guerra contra España en 1898.

1953 marca el año matemático en que se combinan dos factores; el agotamiento moral de la República y la aparición (o reaparición bajo nuevas y modernas formas) de las ideas que se venían gestando y que alumbran la solución a ese derrumbe. "El Centenario martiano culmina un ciclo histórico que ha marcado el progreso y el retroceso paulatino en los órdenes político y moral de la República", dice el Manifiesto del Moncada. Se ha retrocedido. Se ha avanzado. Se ha tocado fondo, es cierto, pero paralelamente se han creado las condiciones de conciencia para advertir la superación de ese estado. Lo positivo y lo negativo ("La lucha sangrienta y viril por la libertad e independencia; la contienda cívica entre los cubanos para alcanzar la estabilidad política y económica; el proceso funesto de las intervenciones extranjeras; las dictaduras, la lucha incansable de los héroes y mártires por hacer una Cuba mejor", palabras textuales del Manifiesto) se han ido desarrollando lado a lado (31), y ha llegado el momento culminante en que, a la vez que el dominio avasallador de la Cuba aparente, resurge también desde las entrañas de la frustración y de los avances acumulados, la Cuba auténtica ("O Cuba no es Cuba"... dice Fidel en La historia...). Se han mantenido iluminadas las lámparas de la esperanza, la posta de manos y lumbre entre hombre y hombre, de generación en generación, y ahora en el centenario han surgido hombres que -producto de esa lucha anterior, producto de esta crisis contemporánea y de la angustia por hallar una salida- están listos para dar término a la prolongada revolución que Martí inició hace ya tantos años. No se podían apagar las lámparas, ni cortar las manos extendidas, ni derruir el puente hacia el futuro, porque entre Cuba y el abismo estaba el pueblo y su historia, estaba Fidel y sus compañeros, estaba Martí vivo (así como años después en millones de barriadas y pulmones y puños en llamas se sabe que Chile también vive).

Sin embargo, la postura de Fidel en La historia me absolverá trasciende más allá de la ética, aún discerniéndola en el sentido martiano dé compromiso histórico concreto, de organización de un individuo para la transformación del hombre colectivo (32). Se trata de que Fidel hace un análisis de las realidades socioeconómicas de su país y propone una serie de transformaciones. No puede confundirse ni el análisis ni las soluciones con el marxismo-leninismo. Pero a la vez no puede dejar de constatarse que, a medida que nace la experiencia objetiva de la agravante situación de dependencia y los ciclos críticos de la economía cubana, estas observaciones nacen también de la influencia de las ideas socialistas que durante el siglo XX habían ido ejerciendo más y más influencia en. Cuba, particularmente a partir de la década del 20 y la acción de Baliño y Mella, llegando incluso a radicalizar las posiciones populistas y sus partidos, de donde provenía originalmente la juventud que acompañó a Fidel, juventud impactada asimismo por la gesta de la revolución bolchevique de Octubre.

La historia me absolverá revela otra dimensión.

Contiene un programa. Un programa para la liberación nacional.

III

Con el Asalto al Moncada, Fidel se había ganado el derecho -y la obligación-, de escribir el programa de la revolución, el pueblo creería en las posibilidades efectivas de llevarlo a cabo. Y aunque Fidel está seguro que la acción misma desencadena o cristaliza en la conciencia de los cubanos una percepción espontánea de sus intereses, es fundamental al mismo tiempo articular y dar voz a esas gargantas sacudidas, establecer públicamente una plataforma de lucha que agrupe a las grandes mayorías nacionales tras ciertas tareas imprescindibles. La experiencia misma del Moncada dinamiza y hace amanecer la necesidad de ir más allá del Manifiesto que se había preparado, fijando las bases para un movimiento (el 26 de julio) que actuaría conjuntamente a nivel nacional durante las próximas fases de la lucha armada.

En resumen, ese programa partía de las grandes contradicciones objetivas de la Cuba de entonces, demostrando de qué manera los problemas que Fidel detallará con descarnado rigor (salud, vivienda, educación, trabajo, producción industrial y alimenticia) exigían el cambio de la estructura socioeconómica de todo el país, el avance en todos los frentes para emerger de la miseria y el atraso. Eran golpes mortales a la clase dominante: las tareas propuestas al pueblo de Cuba en La historia me absolverá se han llamado nacional-revolucionarias (para darle la acepción que manejó Lenin al sustituir la palabra "democrático-burguesa" en el informe de la comisión nacional y colonial en el congreso de la Internacional Comunista de 1920 (33) y permiten unir detrás de sí a casi todas las clases sociales del país. Siendo imprescindible garantizar esa alianza amplia, no había un conjunto más avanzado y progresista de medidas y análisis en esa época, constituyendo al mismo tiempo el resultado del desarrollo de la conciencia de los cubanos, lo que ellos .efectivamente podían plantearse como propósitos. Cualquier medida más allá habría dañado la alianza, cualquier medida más acá habría dañado la decisión de avanzar. Se sitúa en el punto exacto: acumula la mayor cantidad de fuerza posible tras de sí para golpear después con la mayor energía posible.

Es interesante destacar aquí nuevamente el ángel de Martí, su influencia sobrecogedora, que buscó la unidad por sobre todas las cosas. "Exacerbar a destiempo la 'batalla social' es, en su tierra, quebrar ese frente", explica Fernández Retamar (34), "y hacer imposible incluso el paso primero". Pero apurémonos en agregar que esto no significa que Martí contemporice ni Fidel tampoco. Una vez que se tengan unidos a los grupos con intereses secundarios contrapuestos, la única garantía para la alianza, para consolidarla, es seguir avanzando. La unidad se forja para la acción, y las vacilaciones pueden debilitar la coherencia del conjunto.

Aunque en ese programa están presentes una serie de categorías del pensamiento marxista, de ninguna manera es maduro exigirle una profesión de fe ni una metodología ni menos una terminología marxista-leninista. Aun en el caso de que Fidel hubiera sido comunista en esa época (y nos parece más que ocioso discutir el punto), hubiera constituido una estupidez sin precedentes, dada la gravitación del anticomunismo, los prejuicios internalizados por un pueblo bombardeado por los estereotipos norteamericanos, plantear metas socialistas. Las soluciones a las que La historia me absolverá aspira son aquellas que el pueblo cubano podía formularse en ese momento. Otra cosa es comprender que, planteado así objetivamente el programa, la dinámica misma de la revolución (en su fase insurrecciona], en su fase de toma del gobierno, en su fase de primeras realizaciones) empujaría irrevocablemente hacia una etapa socialista. Fidel planteaba la urgencia, y la viabilidad, de salir del subdesarrollo. La experiencia misma le demostrará al pueblo, y a sus dirigentes, que eso no es posible si no se construye el socialismo (35), desencadenando una radicalización que es a su vez fruto de la propia lucha y los obstáculos que sé irán interponiendo. La aplicación práctica dé ese programa de liberación nacional,- llevado a cabo en forma intransigente, terminaría por educar a los propios revolucionarios en 'la necesidad' de pasar ininterrumpidamente a una revolución socialista. La única manera de asegurar esas tareas democrático-revolucionarias que la burguesía cubana jamás había sido capaz de llevar adelante por su situación de sometimiento al imperialismo, era seguir a la ofensiva, llegar a la dictadura del proletariado. Para consolidar esas primeras conquistas, en que casi todos estaban de acuerdo, era imprescindible dar un salto cualitativo.

Partiendo de la idiosincrasia, tradición y necesidades más apremiantes de su pueblo, Fidel confía en el futuro. Tiene razón. En la construcción misma, en la violencia que hay que ejercer para destruir al enemigo, en el enfrentamiento cada vez más esclarecedor con los consorcios imperialistas y el gobierno estadounidense que es su principal gendarme, en la ayuda de la Unión Soviética y la solidaridad proletaria internacional, en la oposición y sabotaje de la burguesía dependiente, en la fuerza del pueblo y el descubrimiento de las leyes científicas del marxismo para sopesar, explicar y planificar esos fenómenos, en la organización de los trabajadores en un partido, en la experiencia con los campesinos, el pueblo de Cuba irá extrayendo la conclusión práctica, paso a paso, irrebatible, irá midiendo los verdaderos alcances de ese programa y lo mucho que exige a su vez el cambio en la mentalidad y objetivos del pueblo mismo.

"Entre el proletariado y el socialismo se interpone esa vasta masa que es necesario conquistar en parte y en parte neutralizar, para emprender la revolución socialista victoriosa", afirma Carlos Rafael Rodríguez. "Sólo la llegada de fuerzas auténticamente revolucionarias al poder y la expresión directa de las masas puede acelerar esa toma de conciencia. Mientras tanto, no será la idea socialista la que las mueva con mayor fuerza, sino aquellos sentimientos nacionales destacados por Lenin, unidos a los intereses particulares a conquistar a través de la derrota y extirpación del predominio imperialista". (36) Y agrega en una nota de su texto:

"Cuba es un ejemplo excepcional. Fidel Castro, con su maestría en la explicación de los problemas y aprovechando los errores de un imperialismo cegado por la ira, convirtió en pocos meses una mayoría popular ganada por él anticomunismo y la admiración, a una metrópoli a la que supuestamente debíamos nuestra independencia, en un pueblo consciente de la necesidad del socialismo". En otras palabras, Fidel logrará una "síntesis dialéctica" (37), según López Segrera, entre "la pequeña burguesía nacionalista y el proletariado vinculado a ideas socialistas".

Nuevamente nos asombra el lugar que ocupa el Asalto al Moncada como aval de La historia me absolverá. La moral revolucionaria templada en la acción armada, el espíritu de generosidad, sacrificio y patriotismo que acompañaban ese arrojo, y que la imaginación de Fidel propagaría durante el juicio, esa limpieza, borraban la maltrecha palabra "política", zanjaban la diferencia entre la política como la entendían Batista y su casta y los que se le oponían por métodos ineficaces, y la política de la generación del centenario. El Asalto al Moncada es catalizador y mensaje, y el programa posterior que sale de la cárcel surge como aprendizaje y avance ideológico, legitimando y dando sentido y plenitud a esa acción anterior. Sería, en último término, esa honradez de los dirigentes, ese modo de ser leche de las masas y parte de ellas, lo que resultaría decisiva cuando el proceso mismo exigiera seguir avanzando al socialismo o dejar de llamarse revolución.

Por lo tanto, los objetivos políticos y económicos anunciados en ese programa no son sólo el punto de mayor avance para el mayor número de cubanos en ese momento, "objetivos políticos que no están necesariamente unidos al socialismo y que -como programa- son capaces de atraer y movilizar a esas poderosas clases y capas intermedias que no comenzarían a moverse tras un programa netamente socialista" (38) aun si Fidel hubiese deseado -o podido- formulárselo, sino que constituyen a la vez el germen del futuro socialista que se iría desenvolviendo a partir de su aplicación histórica, y durante ella. Fue el Che Guevara quien mejor comprendió esta interrelación entre conciencia y realidad: "... que la Revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que intervienen en ella, aun sin conocer la teoría (ed. marxista). Es claro que el conocimiento adecuado de ésta simplifica la tarea e impide caer en peligrosos errores, siempre que esa teoría enunciada corresponda a la verdad. Además, hablando concretamente de esta Revolución, debe recalcarse que sus actores principales no eran exactamente teóricos, pero tampoco ignorantes de los grandes fenómenos sociales y los enunciados de las leyes que los rigen. Esto hizo que sobre la base de algunos conocimientos teóricos y el profundo conocimiento de la realidad, se pudiera ir creando una teoría revolucionaria" (39).

Intuitivamente, por ende, aunque detrás de esa palabra "intuición" se encuentran, de hecho, las lecturas del pasado y de la época (40), Fidel postula en su programa una cuidadosa y a ratos difícil alianza de clases que toma en cuenta en todo instante la correlación de fuerzas interna y externa. En este contexto, el conflicto ético con una administración corrompida (continuación moral implacable de la línea de oposición de Chibás), se nos revela como la capacidad de incluir en la alianza a sectores que podríamos llamar tal vez no-revolucionarios, sectores que están cada vez más dispuestos a jugarse contra el dictador (41). Se aprovecha así los conflictos dentro de la misma clase privilegiada, puesto que la crisis del capitalismo dependiente en Cuba había tenido que entrar en franco y repugnante antagonismo con su propia ideología autojustificatoria, aliándose con fuerzas abiertamente sospechosas, sanguinarias, deshonestas. Es evidente que, por lo menos en Cuba, para limpiar a la administración pública y acabar con los negociados y las torturas, es decir, disponer de un mínimo de garantías para el funcionamiento democrático y el respeto a los derechos humanos, había que liquidar a la clase económicamente dominante. Sin poner énfasis exclusivo en esos aspectos más visibles, esos puntos neurálgicos, Fidel los coloca sin embargo como punta de lanza de transformaciones más radicales, utiliza como ariete cada problema, cada conflicto, cada desnivel de conciencia, cada antagonismo secundario, para sumar fuerzas y unir al pueblo en torno a las tareas de fondo. Lo que era posible porque comprendía que eran los desposeídos, los campesinos y obreros, los que debían llevar a cabo antes que nadie la revolución.

Resulta iluminador, y un tanto heterodoxo, la reducida atención otorgada al gran enemigo, al peor antagonista, el imperialismo. Aunque subraya siempre los grandes intereses, castas, grupos, minorías, aunque incluye una mención al capital foráneo cuando pasa revista a la hipotecada agricultura nacional, aunque en su descripción, de "Barriguilla" lo liga a "compañías extranjeras", "bancos norteamericanos" y "que se hospedaba en el más lujoso hotel de los millonarios yanquis", no hay de todas maneras un ataque frontal y abierto contra los EE.UU., un análisis que se podía haber hecho en esa época y que otros ya habían publicado. ¿Cómo se explica esto? ¿No contradice lo que mencionamos antes, en cuanto a unir a todo el país en torno al problema principal?

Sabemos que Fidel, bajo el seudónimo de Alejandro en el "Yo acuso", exhibe ya en 1952 una acendrada conciencia antiimperialista (42). Sabemos que era un estudioso de Martí y que debía estarle siempre quemando las frases famosas que el Apóstol le escribiera a su amigo Manuel Mercado la víspera de su muerte: "Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo-, de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso" (43). Sabemos que Fidel fue presidente de una federación de estudiantes famosa por sus movilizaciones antinorteamericanas, Fidel forjándose en el recuerdo inmediato de las convulsiones sociales de la década del 30, Fidel admirador de Guiteras (que dijo, antes de ser asesinado en 1935: "Nuestro programa no podía detenerse simple y llanamente en el principio de no-intervención. Teníamos que ir forzosamente hasta el fondo de nuestros males: el imperialismo económico"), Fidel líder de la tri-continental, Fidel consciente de que la revolución cubana se gana o se pierde a la larga en toda América, en todo el mundo, Fidel promoviendo la Primera y Segunda Declaración de La Habana, Fidel siempre consciente del monstruo a tan pocas millas de la costa.

Es inconcebible, por lo demás, que Fidel no comprendiera que el enfrentamiento con el gigante norteamericano era inevitable, puesto que la estructura económica cubana era absolutamente dependiente de los intereses monopólicos internacionales, y ;se expresaban en la hegemonía política y militar de los EE.UU., su flagrante intervención en Cuba, su embajador que manejaba los asuntos del país. Estaba, incluso, bastante claro que las tareas democráticas no se habían podido llevar a cabo porque la burguesía dependiente era incapaz de enfrentar al imperialismo para llevarlas a cabo y temía demasiado la movilización del pueblo como para liderar una ofensiva.

¿Por qué, entonces, Fidel no plantea las tareas antiimperialistas como prioritarias? ¿Por qué no se lanza contra el imperio, verdadero causante de los males de nuestro continente?

Debemos suponer que, tratándose de Fidel Castro, nadie va a salir con la peregrina teoría de que ¡tenía miedo!

También eso lo aprendió de Martí (44). "Cuanto hice hasta hoy, y haré es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin."

Fidel había hecho el doloroso aprendizaje de la historia de Cuba. No había que copiar la experiencia de otra insurrección triunfante, la de 1895-98, en que los norteamericanos recogieron la fruta que con su sangre habían preparado los patriotas cubanos. Cuando los intereses yanquis estaban directamente amenazados, no tardaban en intervenir con su brazo armado, con sus marines. Y más todavía tratándose de su provincia de ultramar, su balneario preferido, su dominio económico exclusivo. Que juzgue el pueblo de Guatemala, en la década del 50, que juzgue el pueblo de Vietnam en la del 60, si Fidel no sabía lo que hacía. Lo que sucedió en la República Dominicana varios años más tarde (precisamente en prevención de una experiencia similar a la victoria cubana), no debía suceder en Cuba en 1958. No había necesidad de aullar el antiimperialismo, de ponerlo en primera fila: estaba latente, a flor de piel, era una presencia que todos tomaban en cuenta antes de hacer su movida. Para que renaciera, basta con llevar a cabo la primera etapa revolucionaria.

Para el pueblo de Cuba aparecía por lo menos como una meta alcanzable el derrocamiento de Batista, viables aunque difíciles los cambios internos en la estructura económica y social. Para Fidel es esencial descargar toda la fuerza posible contra los lacayos internos del imperio, ya que podía llegar el momento -y así fue, aunque a regañadientes- en que Batista podría ser sustituido. Pero ya sería tarde.

El Che ha señalado la importancia de esta condición, "que pudiéramos calificar de excepción, es que el imperialismo norteamericano estaba desorientado y. nunca pudo aquilatar los verdaderos alcances de la Revolución Cubana ... Emisarios del Departamento de Estado, fueron varias veces disfrazados de periodistas, a calar la revolución montuna, pero no pudieron extraer de ella el síntoma del peligro inminente". Y en el mismo ensayo, el Che afirmaba: "Los monopolios, como es habitual en estos casos, comenzaban a pensar en un sucesor de Batista, precisamente porque sabían que el pueblo no estaba conforme y que también lo buscaba, pero por caminos revolucionarios. ¿Qué golpe más inteligente y más hábil que quitar al dictadorzuelo inservible y poner en su lugar a los nuevos 'muchachos' que podrían en su día, servir altamente a los intereses del imperialismo? Jugó algún tiempo el imperio sobre esta carta su baraja continental y perdió lastimosamente" (45).

No era imposible derrotar al imperio. Cuba y Vietnam lo demuestran. Pero en esos días, en el patio trasero yanqui, aparecía ante la opinión pública, como una mera fantasía. Si no eran capaces los cubanos siquiera de quitarse de encima a un sargento que insistía en robar y asesinar cada vez que le venía en gana, que volvía cada tantos años ... Pero una vez que el conflicto estuvo planteado (y en la Sierra ya hay muestras de ello, frente a la intervención del embajador norteamericano y noticias falsas propaladas por agencias cablegráficas yanquis), Fidel lo convirtió en estímulo para la movilización más vasta que ha conocido este continente en el presente siglo, transformando el antiimperialismo en algo más que consigna, en una tarea de masas, poniendo a su pueblo en tensión. A medida que las condiciones cambian, también iban adquiriendo nuevas dimensiones los proyectos de la revolución.

En los hechos, el programa era antiimperialista, pero no lo proclamaba a los cuatro vientos.

El programa que anuncia La historia me absolverá permite que una Revolución que no se planteó inicialmente el socialismo como meta, pueda ser explicado, y se haya desarrollado, en virtud de las leyes del marxismo-leninismo.

IV

La gloriosa madrugada de la revolución cubana deslumbró al continente. Ante todo, construía ante los atónitos y felices ojos de los moradores al sur del Río Grande, que el socialismo era no sólo posible, sino que probable, en América. Radicalizó la lucha de clases en cada uno de nuestros países, hizo trizas muchos de los gastados esquemas vigentes en la izquierda continental, hizo entrar en contradicciones a muchos partidos populistas o de signo reformista, acicateaba con su ejemplo a la transformación de la gran patria a que todos pertenecemos, construía la nueva sociedad echando mano a recursos y fuerzas que parecían haber sido archivadas por otros procesos revolucionarios.

Aunque no es éste, evidentemente, el lugar para referirnos a la historia de América Latina después del 1 de enero de 1959, a la renovada dinámica social (tanto de parte de las fuerzas progresistas, como de parte del imperialismo y sus aliados) que se desarrolló desde esa fecha, ni tampoco deseamos volver a debatir aquí acerca de las polémicas que han sacudido el continente a raíz de la victoria de Cuba, nos parece un deber, en vista de que escribimos apresuradamente estas páginas en medio de la revolución chilena, en medio del enfrentamiento de clases más agudo y complejo que esté viviendo América, en medio de una lucha ideológica dentro de la izquierda también sin precedentes, dejar que sea La historia me absolverá misma la que juzgue, en forma implícita, a quienes la han tratado de malinterpretar.

Son dos las principales deformaciones que en la izquierda se ha hecho de este discurso. Un grupo es el de los excepcionalistas ("son los seres especiales", ironiza el Che, "que encuentran que la Revolución cubana es un acontecimiento único e inimitable en el mundo, conducido por un hombre que tiene o no fallas, según que el excepcionalista sea de derecha o de izquierda, pero que evidentemente, ha llevado a la Revolución por unos senderos que se abrieron única y exclusivamente para que por ellos caminara la Revolución cubana". Y agrega: "Falso de toda falsedad" (46), y el otro el de los imitadores serviles, que trasladan mecánicamente esa experiencia a cualquier rincón del mundo subdesarrollado y enjuician todo según se acerque o no al modelo cubano que tienen sentado en un sillón dentro de sus cabezas.

Ambos han leído mal a Fidel, ambos carecen de perspectiva proletaria frente a la estrategia concreta de la vanguardia. Si los imitadores dogmatizan la realidad, queriendo apoyar la revolución por medio de su voluntad, saltándose etapas, correlación de fuerzas, historia y tradiciones nacionales, alianzas imprescindibles, los excepcionalistas esconden, en cambio, a duras penas otros propósitos, consciente o inconscientemente, el de negar en cualquier circunstancia la vía armada y, lo que es más grave, una tendencia a esquivar el problema de la destrucción del estado burgués y el rol de la violencia (que no tiene por qué ser guerrillera) en la revolución. Son, respectivamente, desviaciones de izquierda y de derecha.

Ni excepcional e irrepetible. Ni automáticamente imitable.

Ni automáticamente inimitable ni modelo único.

Esto no se decide, no se puede decidir de antemano. Es Fidel el que lo asegura, es Fidel el que lo prueba en La historia me absolverá. La estrategia y táctica de cada revolución se determina en función de las particulares contradicciones y la historia concreta de cada día en el que se vive, siempre que no se utilice esa historia concreta como pretexto para negar leyes generales dialécticas que la revolución cubana viene a confirmar una vez más. Fidel enfatiza, debido a las condiciones morales de Cuba, debido a la posición reformista del Partido Socialista Popular (comunista) en la Isla, debido al derrotismo vigente y el desapego, debido al ciclo aparentemente sin fin, debido a la tradición cultural de lucha, debido a las formas de participación de las masas en los movimientos .sociales anteriores, Fidel enfatiza la voluntad como pieza fundamental para el triunfo. Y tenía razón. Y la tienen los revolucionarios que insisten en la preponderancia de ese factor subjetivo, esa decisión de seguir adelante, esa dignidad dispuesta a dar la vida, esa energía que viene desde la tierra misma de América, esa confianza en las masas y en su capacidad de sacrificio y arrojo. No hay revolución posible, y menos la cubana, sin esa voluntad.

Pero de ahí a suponer que sólo ese factor ("milagroso") importe para llevar a cabo un cambio de estructuras, es ya otra cosa. Esto esconde pereza intelectual, desamparó, psicológico, temor a analizar la difícil realidad concreta, en, que verdaderamente, uno sé halla, aunque los esquemas brillen a: lo lejos y prometan mayor esplendor. Esto esconde el desequilibrio que siente la pequeña burguesía, la necesidad de resolver todo cuanto antes de acuerdo a los sueños que ha visto realizados en otra parte.

Paradójicamente, los excepcionalistas evidencian el mismo miedo: como la revolución cubana sería un accidente o un error del imperialismo o un golpe de suerte, no hace falta preguntarse en qué medida conmociona las estrategias y tácticas hasta ese momento vigentes, abriendo inéditas posibilidades de desarrollo de la revolución.

Ambos, excepcionalistas e imitadores, le hacen un flaco servicio a Cuba, no desean aprender de ella, sea que la conviertan en la única ley válida o en una contingencia que puede guardarse por ahí sin molestias. Ambos sintomatizan una característica de nuestra América y su dependencia cultural, un problema que nuestro pensamiento ha venido reproduciendo durante casi toda su historia: la negativa a pensar nuestra realidad desde nosotros mismos, la negativa a aprender de la experiencia mundial pero desde nosotros, Es la importación de modelos y su aplicación mecánica a realidades que se le parecen sólo lejanamente. Es vivir en función de otros.

Esta situación, que caracterizó el desarrollo de gran parte de nuestra cultura americana durante los siglos XIX y XX, en función de las clases dominantes y su dependencia respecto a la metrópoli, parece ser un mal que se contagia a sectores de la izquierda también.

Ahí están. Los que rechazan, a priori, la vía armada. Los que rechazan a priori, cualquier alianza con sectores de la burguesía mediana o pequeña. Los que rechazan, a priori, la universalidad de las lecciones de la revolución cubana y la urgencia de aprender de ellos. Los que rechazan, a priori, la especificidad de la revolución cubana y la urgencia de aprender de ella. Los que rechazan, a priori, el examen de la correlación de fuerzas. Los que rechazan, a priori, el papel de la movilización de las masas y la fuerza del pueblo para garantizar esa correlación de fuerzas. Los que rechazan, a priori, apurarse cuando ha llegado el momento en que la voluntad puede apresurar el curso de la historia. Los que rechazan, a priori, esperar y preparar y no impacientarse por ese momento. Los que leen La historia me absolverá, no para aprender, sino -para confirmar una posición ya asumida, para acomodar las tesis de Fidel a su propia petrificada visión. Los que tienen terror de pensar por su cuenta, corregirse, autocriticarse, mejorar su control de la realidad por medio de la práctica y la teoría que surgen de los hechos cotidianos.

Nos parece que ha sido Carlos Rafael Rodríguez, en su esclarecedor ensayo "Lenin y la cuestión colonial", el que ha dilucidado en su forma más acabada este dilema:

"Lenin no nos ha dejado un breviario de soluciones 'ad hoc', sino un instrumento de orientación ... Mientras dependimos de dictámenes elaborados a miles de millas y sin contacto real con nuestro continente, se repitieron los ensayos frustrados. Hizo falta la prueba irrebatible de la revolución cubana de Fidel Castro para que se comprendiera el papel singular de la pequeña burguesía latinoamericana que algunos habíamos empezado a apreciar. Ni las alianzas de clase necesarias para la derrota del imperialismo pueden ser idénticas en todos los países, ni las formas de tránsito deben encontrarse necesariamente en las Obras completas de Lenin. Lo que está en ella, cuando se las estudia, es un método para analizar la realidad social y un ejemplo de cómo se hizo una revolución más difícil y completa que todas las nuestras... Si lográramos asimilárnoslo, ese Lenin permitirá a los revolucionarios abandonar los esquemas viejos sin esquematizar de nuevo la vida. Yerran quienes imaginan que fue sólo una 'praxis' revolucionaria la que permitió a Fidel Castro conducir la primera revolución socialista de América. Fue la praxis de alguien que, dotado de esa misma visión sagaz y totalizadora de Lenin, había sabido extraer además de sus muchas lecturas teóricas los ingredientes necesarios para saber enseguida 'hacia dónde marcha'". (47)

Nuevamente reaparece la influencia decisiva de Martí en Fidel, vuelve a aparecer como una estrella en ese año de 1953. El ejemplo y el pensamiento del primer escritor que pensó el mundo colonial desde sí mismo, que anticipó a Ho Chi Minh y a Fanón y al Che y a Fidel, el que avistó los peligros del imperialismo norteamericano y las tareas de nuestros pueblos para el siglo XX, es el que inspira y guía una revolución que será socialista para no traicionar al mismo Martí (48). La fidelidad a Martí, la síntesis de sus ideas con las del proletariado del mundo se había realizado a lo largo de las luchas de Fidel con la realidad, para domarla y entenderla y cambiarla, Martí como instrumento teórico y práctico para la toma del poder y la creación de un mundo mejor, Martí está en la base del lenguaje y del mensaje de Fidel. Fusionado con las masas de Cuba, a la vanguardia de esas masas, hablando por ellas, dejando que ellas hablen a través de él, Martí y Fidel creen en la comunicación entre los seres humanos (49), creen que esa comunicación es un anticipo ahora de un mundo más limpio que estamos naciendo.

V

Por eso, finalmente, si hay que fijarse en algo, si hay que alumbrarse, calentarse, quedarse con algo, en La historia me absolverá, habría que elegir sus anuncios de futuro.

Porque las promesas se han cumplido, las palabras se han hecho realidad visible.

La pobreza, la cesantía, las enfermedades, analfabetismo, opresión, hambre, los sin techo, los sin dientes, los sin otra cosa que su cuerpo para vender y ver morir, los sin tierra, los sin América, todo lo que hace veinte años imperaba en uno de los países más atrasados de nuestro continente, ya no existe. La descripción que Fidel hace de Cuba en 1953 sirve, desafortunadamente, para referirse al resto de América.

Y Fidel dice en su discurso que sueña con el campamento militar de Columbia, de donde partían todos los cuartelazos, como un refugio para huérfanos. Y si ahora se pasa por allá, veremos una ciudad-escuela, atónita de niños educándose. Y los ejemplos podrían multiplicarse. Cada triste hecho que Fidel denuncia, al que Fidel le declara la santa guerra revolucionaria, cada lacra ha sido borrada, y en su lugar, está el pueblo triunfante.

Pero no se trata sólo de eso. No se trata sólo de que Fidel hace la profecía de la liberación en cada palmo del territorio de la Isla. A lo largo de La historia me absolverá sopla la solidaridad. Es la preocupación de Fidel por sus compañeros, heridos y muertos, por los adversarios nobles y engañados. Es la decisión de sacrificarse. Es la seguridad de que no se muere cuando se vive bien. Es la certeza de esperar lo mejor de cada ser humano. Es la honra y la dignidad y la alegría de pertenecer al género humano. Es la felicidad de sentir que la revolución es uno, es muchos, es todos, es uno en todos. (50)

En definitiva, entonces, el discurso de Fidel es el presagio de una nueva humanidad. Es la convocatoria de la vía cubana, que pone al hombre en el centro del interés, que pone por sobre todas las cosas al hombre nuevo en el corazón de la revolución. Es lo que Fidel ha llamado la construcción simultánea del socialismo y del comunismo. Es la madurez para aceptar prioridades, para gozar al mundo y sus dificultades y su construcción tal cual es.

Allá, procesado, encadenado, perseguido, Fidel no deja por un momento de confiar en el otro. En su actitud, en su fervor, en su desafío, Fidel anticipa la victoria final, no sólo de Cuba, sino de toda la especie.

Ese amor -y no hay otra. palabra que sirva, compañeros- ya no es una sinopsis, ya no es una nota a pie de página, ya no es un paciente amarrado a una cama en un hospital, ya no es una mano extendida y otra que casi la toca. Ese amor, que Fidel lanza con furia revolucionaria, con un alarido desde otra orilla del porvenir que construye ahí mismo, frente a sus jueces implacables, ciegos, incapaces de ver el futuro que brilla en sus ojos y en los ojos de millones de cubanos que pronuncian con él las palabras, ese amor ya tiene nombre veinte años después.

Ese amor, para América, se llama ahora Cuba.

VI

La Associated Press sigue tratando de negarlo.

El Mercurio sigue tratando de negarlo.

Pero siempre es julio, y siempre es 26, y siempre hay algún asalto al Cuartel Moncada de la Historia en alguna parte del mundo, en cada pequeño y cotidiano acto de múltiple coraje con que avanzamos y atacamos y persistimos y sobrevivimos, y siempre ahora mismo, ahora mismo, alguien acusa a sus carceleros y tiranos, y la historia nos sigue absolviendo, nos sigue absolviendo, Fidel.

Mayo, 1973.


Notas:

1. Ernesto Guevara, Obras Completas, Casa de las Américas.

2. Bohemia, 20 de julio de 1962, p. 46. Véase el libro Veintiséis, Instituto del Libro, La Habana, 1970.

3. Marta Rojas, La Generación del Centenario en el Moncada, La Habana, 1964, Ediciones R, p. 371.

4. Parecería Maceo mismo el que habla: "La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de los cobardes, incapaces de ejercitarlos".

5. Aunque no tenemos espacio para probarlo, éste es el concepto de comunicación que tiene José Martí. Por ejemplo, cuando habla de los verdaderos partidos, los "que arrancan de la conciencia pública, los partidos que vienen a ser el molde visible del alma del pueblo y su brazo y su voz".

6. Hemos seguido de cerca el libro de Francisco López Segrera, Cuba: capitalismo dependiente y subdesarrollado (1510-1959), Casa de las Américas, 1972. Para Julio Le Riverend, Historia Económica de Cuba, p. 262., las siguientes son las características del período 1934-1959: "la extracción cada vez más intensa de riquezas-cubanas, el saqueo cada vez más profundo de los fondos públicos por parte de las oligarquías nacionales, la dilapidación de las reservas internacionales ..,, la consolidación del latifundio azucarero y la ampliación de la estructura latifundista con la creación de grandes, explotaciones ganaderas y arroceras, la persecución al movimiento sindical y la burocracia vendida y a la dictadura".

7. López Segrera, op. cit; p. 278.

8. Omissis

9. Martínez Bello, Antonio, Ideas Sociales y Económicas de José Martí, La Verónica, La Habana, 1940, p. 131.

10. Le Riverend, La República, Dependencia y Revolución, La Habana, Instituto del Libro, 1969, p. 359.

11. Fidel Castro, "Si las raíces y la historia de este país no se conocen, la cultura política de nuestras masas no estará suficientemente desarrollada, "Pensamiento Crítico", 20, 1968, págs. 195-6.

12. "Aún quedamos doce hombres ... Bastan para hacer la independencia..." ¿Quien pronuncia estas palabras? Fidel en el Moncada, en el Granma? ¿El Che en Bolivia? No, aunque podría ser uno de ellos: es Carlos Manuel de Céspedes a mediados del siglo pasado.

13. Fidel, "Si las raíces . .", pág. 208.

14. Véase el ya citado libro Veintiséis y Moncada: Antecedentes y Preparativos, Dirección Política de las Far, 1972

15. Es interesante notar el paralelismo con el concepto de palabra y revolución, lenguaje y cambio, en la obra de Alejo Carpentier, especialmente en El Siglo de las Luces. Ver mi ensayo, "El sentido de la historia en la obra de Alejo Carpentier", en Imaginación y Violencia en América, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1970.

16. "Nosotros no podemos analizar los hechos de aquella época a la luz de los conceptos de hoy, a la luz de ideas de hoy. Porque cosas que hoy son absolutamente claras, verdades incuestionables, no lo eran ni lo podían ser todavía en aquella época." Fidel, "Si las raíces", pág. 191.

17. Fidel con Martí dentro de él: "Y qué se puede parecer más a aquella lucha de ideas de entonces que la lucha de las ideas de hoy? ¿Qué se puede parecer más a aquella incesante prédica martiana por la guerra necesaria y útil como único camino para

obtener la libertad, aquella tesis martiana en favor de la lucha revolucionaria armada que las tesis que tuvo que mantener en la última etapa del proceso el movimiento revolucionario en nuestra Patria, enfrentándose también a los grupos electoralistas, a los politiqueros, a los leguleyos, que venían a proponerle al país remedios que durante 50 años no habían sido capaces de solucionar uno solo de sus males". (Op. cit., pág. 195).

18. Pedro Pablo Rodríguez, en el estudio preliminar a una selección de Martí publicado en Editorial Quimantú a principios de 1973, págs. 18-19. Agreguemos las palabras de Roberto Fernández Retamar: Martí "fue un revolucionario que vivió en el límite extremo de las posibilidades de su tiempo, y previo incluso no pocas de aquellas que, según comprendió con claridad, no le correspondía realizar entonces". Ensayo de Otro Mundo, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1969, pág, 37.

Es interesante anotar, siguiendo a Franz Hinkelammert, Dialéctica del Desarrollo Desigual (CEREN, 1971), que la peculiar coyuntura americana de fines del siglo XIX permite plantear tareas que al subordinarse la burguesía nacional al imperialismo no podían cumplirse. Precisamente, Chile vivió, durante el gobierno de Balmaceda, anticipaciones de una ideología de liberación nacional.

19. Carlos Rafael Rodríguez, "Lenin y la cuestión colonial", Revista Casa de las Américas, § 59, 1970, pág. 30.

20. Ho Chi Minh, como lo demuestra Fernández Retamar, vive y resuelve este problema desde Asia.

21. Fidel, "Si las raíces...", pág. 198.

21a. Dice Martí: "Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador". Ahí están, además, los gloriosos terremotos tiernos que son los discursos de Fidel.

22. El combatiente Jesús Ponce Díaz destaca la "discreción y seriedad" del grupo. Veintiséis, pág. 152.

23. Veintiséis, pág. 143.

24. Ibid., pág. 141.

25. Moncada: Antecedentes y Preparativos, págs. 27, y 31-32.

26. Recalquemos esta observación con el interrogatorio (descrito por Marta Rojas) que le hacen a Fidel:

-"Dígame joven. ¿Con qué prestigio político contaba usted para creer que un pueblo entero se le sumaría y más un pueblo tan descreído y tantas veces engañado como el de Cuba?" (Pregunta con la cual el propio Fiscal reconocía el estado de apatía abismante en que se cayó.)

Es decir, había que fabricarse ese prestigio político: que un pueblo que no creía tuviera fe. Fe en la posibilidad de cambiar la realidad de Cuba. Fe en quienes podían llevar a cabo esos cambios. Fe en sí mismo, Y Fidel contesta con la tradición, casi con palabras que pudo haber calcado de lo que iba a enunciar el año 1968 en la celebración de los cien años del inicio de la guerra contra España. Cuenta con el mismo prestigio del "abogadito ... Carlos Manuel de Céspedes" y del "mulato arrieor Antonio Maceo". Cuba llena de héroes que han surgido de las necesidades del pueblo, y que se prueban en la lucha, ganándose el derecho a ser líder. Es el prestigio "revolucionario" frente al prestigio "político".

27. Historia de Cuba, Dirección Política de las F.A.R., s.f., 29 edición, p. 340.

28. "A la raíz va el hombre verdadero", José Martí.

29. Omíssis

30. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, prefacio.

31. Martí mismo, en su interpretación de la cultura de los indígenas americanos, había anticipado lo que Fidel postularía frente a su obra: los valores de las antiguas civilizaciones "no murieron del todo, sino que se sumergieron en una especie de clandestinidad durante más de tres siglos, y ... resurgirán transmutados y fundidos con la nueva ideología y la nueva cultura de la liberación. La continuidad que pueda haber entre los viejos valores indígenas y la América liberada será, por tanto, una continuidad subterránea, clandestina, en tanto que la historia pública es la historia infamante de la. colonia, cuyos vehículos culturales se congelaban en América en fórmulas retóricas que pretendían simbolizar la eternidad del imperio, la supremacía de lo europeo". (Leonardo Acosta, "La concepción histórica de Martín", revista Casa de las Américas, § 67, julio-agosto 1971, p. 15.)

32. Lisandro Otero ha publicado en la revista Punto Final un interesante estudio sobre Martín como organizador político.

33. Lenin, Obras completas, XXXI, p. 230.

34. Ensayo de otro mundo, p. 35.

35. "Hoy para el mundo subdesarrollado el socialismo es condición de desarrollo" (Fidel en Pensamiento crítico, enero, 1970, § 36).

36. "Lenin y la cuestión colonial", p, 27.

37. López Segrera, op. cit., p. 296. En una sección anterior ya había afirmado el mismo investigador: "La polarización de las clases explotadoras y explotadas de la sociedad cubana se hizo cada vez mayor. En contraposición a la oligarquía privilegiada habanera -integrada por el sector más rico de la alta burguesía, por miembros de la aristocracia obrera y sectores pequeñoburgueses y proletarios ligados a las actividades parasitarias (hoteles de lujo, casas de juego, etc.) de los magnates norteños y cubanos- se erguía, en el resto de la nación una pequeña burguesía y un proletariado rural y urbano, cada vez más excluidos de los beneficios de la sociedad de consumo habanera", op. cit; p. 295. Puede verse también, de Robin Blackburn, "Prologue to the cuban revolution", New Left Review, october, 1963.

38. Carlos Rafael Rodríguez, artículo citado, p. 28.

39. "Notas para el estudio de la revolución cubana". Obras, II, p. 92.

40. Se sabe que Abel Santamaría leía a Lenin, y Fidel también. -Abelardo Crespo relata (Veintiséis, p, 177) los estudios que hacían en la prisión Lenin, Gorki, Ostrovski: El Capital. Marta Rojas consigna la respuesta de Fidel de que leían obras de todo el mundo, siguiendo el ejemplo universalista de Martí.

41. "Así fuerzas .no revolucionarias ayudaran de hecho a facilitar el camino del advenimiento del poder revolucionario". Obras, II, p. 406.

42. Ver Moncada: Antecedentes y preparativos.

43. Martí, Obras completas.

44. Nuevamente haría falta señalar nuestra deuda con quienes han estudiado el fervor con que Martín buscó la unidad y su estrategia para conseguirla.

45. Obras, II, 405.

46. Obras.

47. P.33

48. Omissis

49. Frente a la corrupción de la palabra en la Cuba del momento ("habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción"), Martí contribuye a que Fidel tenga confianza en la comunicación; es la función política de lo literario. Marinello, ya en 1937 (Literatura Hispanoamericana, hombres y meditaciones, p. 31) había destacado esta característica en la oratoria de Martí: "Lo que Martí ha de decir está ya en los hombres que acuden a escucharlo. De ellos ha pasado a la palabra del conductor. No se ha de rebajar su palabra, porque su oyente tiene la clave de sus esencias, aunque resbale angustiosamente por entre los párrafos preñados de. luces difíciles." Y valen las palabras de Pedro Pablo Rodríguez (edición de Quimantú ya citado, p. 53), con respecto a Martí para Fidel: "Si él rompió (Rodríguez se refiere con el liberalismo), tuvo que valerse del lenguaje y las ideas de su tiempo y sin enemistarse innecesariamente con. sus contemporáneos dados los fines políticos inmediatos de su actuación."

50. ¿Será necesario citar de nuevo al infatigable Martí? Un botón de muestra, extraído de Nuestra América: "Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia... cae por el bien mayor del hombre." Obras completas, tomo IV, p. 101.


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