Ensayos quemados en Chile

VALORES DE LA LIBERACIÓN

Palabras preliminares

Aquí están los dos ensayos que esperaban en Quimantú ese día 11 de septiembre.

Ambos deben entenderse como acompañantes de los textos que aparecían introduciendo, guías para un lector que tendría ocasión de leer antes o después la obra misma que se pretendía explicar. En una introducción hay ciertas fronteras a la libertad del ensayista, hay un marco de referencias bien delimitado. Al publicarse así, desgajados de la obra que antecedían, es necesario solicitar la comprensión del lector:

El ensayo sobre Fidel requiere mayores explicaciones particulares. Formaba parte del homenaje que Chile le brindaba a Cuba con motivo del XX aniversario del Asalto al Moncada. Se trataba de dos volúmenes (que inicialmente iban a estar apretujados en un solo inmenso tomo) el primero, titulado La historia me absolverá, comenzaba con un prólogo de Salvador Allende, seguía con una breve relación de la manera en que se había editado La historia ..., continuaba con el famoso alegato de Fidel, y finalizaba con "La historia nos sigue absolviendo, Fidel". El segundo, que se llamaba El asalto al cuartel Moncada, consistía en una selección de textos, por lo general testimoniales, que yo había escogido sobre ese acontecimiento.

Las circunstancias desde las cuales fue elaborado y posteriormente re-elaborado este ensayo permiten que se lo lea con pleno conocimiento de sus limitaciones.

El trabajo tuvo que realizarse con rapidez, aunque no con ligereza. Cuando se decidió, a fines de marzo de 1973, que yo debía escribir la introducción, carecía yo de los libros y folletos fundamentales. Solicité el envío de materiales desde La Habana: algunos, por fortuna, llegaron; otros arribaron muy tarde (junio, julio) como para ayudarme; a otros sólo los pude consultar pasado el vigésimo aniversario. Me faltaron, por lo tanto, el grueso de los artículos y antecedentes que salieron a raíz del 26 de julio de 1953, mucho de los cuales habrían aclarado y afinado mi perspectiva.

Hay que tomar en cuenta estos factores un año después de haber sido escrito el ensayo, que se terminó en los primeros días de mayo, 1973. Se había impuesto ese plazo para asegurar la aparición del volumen para el día 26. Sin embargo, el libro se iba atrasando irremisiblemente: el compañero presidente se encontraba muy atareado, y no había logrado la tranquilidad suficiente como para materializar el prólogo. Advertía, eso sí, cada vez que veía al embajador de Cuba o a un ejecutivo de Quimantú, que el libro no podía salir sin su contribución, que sus palabras no debían faltar para una fiesta tan memorable en la historia americana, y que por favor se lo aguardara.

Salvador Allende buscó y halló, en medio de la creciente crisis que vivía la nación, en medio de la ofensiva de la burguesía, una ocasión para escribir aquel homenaje, hacía el final de junio, unos días antes de la sofocada rebelión militar de Souper. El libro entró en prensa a principios de julio. Debido a las diversas demoras, y a las condiciones imperantes en la casa editora y en el país durante ese período, fue imposible imprimirlo con mayor velocidad. No sé si algún compañero trabajador de la Editorial habrá logrado rescatar alguna copia de la obra que iba a ser distribuida dentro de unos días. Quizá fue así, y en el futuro dispondremos del prólogo de Salvador Allende, de incalculable valor.

En el caso del ensayo presente, se perdió todo vestigio del original o de copias de él. Sólo meses más tarde, en febrero de 1974, y en Buenos Aires, llegaron a mis manos los borradores que habían servido como versión previa a la definitiva que entregué en mayo de 1973. Las páginas venían, no obstante, incompletas, con hojas perdidas, y con casi todas las notas de índole aclaratoria, bibliográfica, de complementación histórica y social, extraviadas. A pesar de estos inconvenientes, opté por reconstituir lo más fielmente posible el texto original, sin agregarle análisis ni conocimientos que había obtenido después de su entrega, especialmente a partir de aquellas publicaciones que me fueron llegando a raíz de la celebración en Cuba del Moncada. Quiero, por lo tanto, que se lea el ensayo como lo que es: testimonio no sólo de mi fervor por Cuba y su revolución, y de la amistad indestructible entre dos pueblos hermanos, sino también como resultado y síntoma de un momento de lucha ideológica muy intenso en el seno de las fuerzas de izquierda en Chile. Escritas en el corazón de una de las luchas de clases más violentas que ha conocido el continente americano, escritas desde la perspectiva de alguien que participaba en esa. ludia y que trataba de comprender, veinte años después, la revolución cubana justamente desde su propio momento histórico, creo que las tesis aquí esbozadas tienen plena vigencia política.

NOTA DEL EDITOR: El consciente corrector que tuvo a su cargo la revisión de las pruebas de este libro, me hace notar que "queda pésimo en un libro que en los capítulos anteriores se señalen las notas" de un, modo y vayan al pie de página y en los dos finales se cambie el sistema (como se verá).

Debo al lector la explicación: rescatados en la forma que el autor indica, estos ensayos fueron llegando por diversas vías, en cuotas, en tanto el libro se iba componiendo. Este mismo desorden es el que el libro refleja, y a ello se debe la omisión de algunas notas, cuya reconstrucción hubiera requerido al autor una demora mayor.

Creo que no es difícil esperar que unos ensayos quemados presenten chamuscaduras en alguna parte.


ERNESTO CARDENAL
¡TODO EL PODER A DIOS PROLETARIO!

Antes de su visita a Chile en 1971, Ernesto Cardenal (nacido en Granada, Nicaragua, 1925) era para nosotros primordialmente una figura de extraordinario relieve poético, uno de los renovadores más originales de la literatura hispanoamericana de este siglo. Sin embargo, no se dispuso nunca a hablar sobre su propio quehacer específico, su modo de construir y transmitir belleza. Cada vez que se le rozaba el tema, con esa intensa serenidad y mirada a la vez vaga y escueta, respondía que ahí estaba la poesía, que hablaba por sí sola, o daba a entender que lo principal era conversar sobre otros asuntos: la revolución, por ejemplo, o quizá la revolución, y la revolución, que conversáramos sobre la revolución, ¿qué nos parecía?

Y en efecto su visita causó un revuelo que desbordó los cauces normales para un poeta o para un sacerdote. Convirtió su estadía en una empecinada cruzada evangélica en apoyo del gobierno de la Unidad Popular, una misión entre los cristianos de este país para que unieran sus fuerzas a los revolucionarios, una defensa militante de la socialista Cuba, una ofensiva contra el imperialismo y los fariseos de su propia Iglesia (que él calificó de heréticos, al apoyar la explotación del hombre por el hombre).

Debimos haberlo presagiado. Porque Cardenal era, a la vez que un poeta, una leyenda. Se sabía de su recluida vida actual, centrada en la meditación y la escultura y la comunidad popular de la isla de Solentiname, en Nicaragua. Y que esto no había significado aislamiento, ya que atacaba furiosamente todos los excesos e injusticias que las autoridades gubernamentales de su país cometían y que las autoridades eclesiásticas consentían. Y que esta actitud era continuación de actividades revolucionarias juveniles, en la conspiración de 1954 contra la usurpación de Somoza. Y que era un pensador e investigador de nuestra historia y cultura, habiendo estudiado también en universidades de su país y extranjeras. Y que había ingresado como novicio al convento de Gethsemaní, bajo la dirección del trapense Thomas Merton. Y que había peregrinado a Cuba para vivir lo que él llamó algo así como una segunda conversión.

Aquí en Chile, ante nuestros propios ojos, la leyenda siguió incrementándose. Cardenal era, de hecho, un político: un fogoso exponente de la teología de la liberación, el cristianismo colaborando y en ocasiones fusionándose con el marxismo-leninismo.

Así lo entendieron los enemigos de nuestro pueblo: El Mercurio, inmediatamente, y desde entonces, no ha dejado de asaltar su imagen, tratando de utilizar sus opiniones y escritos en contra del movimiento popular interno e internacional. Y a un tiempo, como El Mercurio debe demostrarse afanoso promotor de "cultura", quiso separar la literatura de Cardenal de esas "estrafalarias" ideas sociales subversivas. Siempre la misma burguesía, tratando de escindir al hombre: se puede disfrutar de la hermosura que crea Cardenal sin comulgar con su posición política, se puede leer epigramas cómodamente en un sillón mientras la dictadura nicaragüense espera la ocasión (como el terremoto del año 1972) para liquidar al autor de los epigramas.

Pero Ernesto Cardenal, político, nos regaló a los chilenos lo que Ernesto Cardenal, poeta, había elaborado a lo largo de su existencia, seleccionando para Quimantú una antología de sus mejores poemas. Tal vez comprendía que era la mejor manera de reafirmar que él, Cardenal, era un solo hombre, sacerdote y poeta, revolucionario y contemplativo, que la obra de su acción y la obra de sus letras eran, para él, una sola obra, un único, definitivo, anticipatorio, prolongado, acto de amor y de lucha y de comprensión.

Esa es nuestra tesis. La demostraremos con sus poemas.

Tal como en su vida, sorprende en los escritos de Cardenal la inmensa marea y playa de búsquedas, intereses, caminos. Su apasionamiento por la historia de América no conoce fronteras ni se parcela en un país o época: los testimonios, casi reportajes poéticos, a diversos períodos y latitudes incluyen las culturas indígenas, los conquistadores, los confusos vaivenes del siglo XIX, las perfectamente evidentes dictaduras del XX y los intentos por combatirlas, la acción imperialista, los avances actuales del pueblo. Pero a la vez una poesía de amor, pasión nostálgica por la mujer. Y naturalmente el hundimiento (o subida) religioso en la conversación casi mística. Aunque tampoco Dios es unilateral o monotemático. Dios como universo físico y biológico. Dios y la cohesión apocalíptica de las grandes ciudades. Dios comprometido políticamente. Y como si todo esto fuera poco, el mundo contemporáneo desnudado, especialmente su protagonista ejemplar, USA y la imagen que USA proyecta de sí. Y también poesía que otros llamarían panfletaria, guerrillera, "enganchada" en la circunstancia inmediata.

No obstante, más allá de cada uno de estos árboles temáticos, lo que destaca es la unidad del bosque. Es el lenguaje de Cardenal el que, si bien evolucionando y enriqueciéndose más perfecto y preciso, constituye el ojo simultáneo que da cuenta desde una perspectiva invariable de los múltiples amaneceres en los múltiples horizontes.

Si fuera necesario amarrarse a una sola palabra (y Cardenal, digámoslo, tiende a intuir que no existen sinónimos, sino el certero y reposado flechazo de cada vocablo) para definir esta actitud, tendría que ser la palabra simple. Lo que no debe confundirse con facilidad. Lo que pasa es que para Cardenal la complejidad no puede nacer del intento de cubrir, retorcer, complicar. Es la intensificación de recursos sencillos, aparentemente yuxtapuestos, pero en realidad naciendo acumulativa de una armonía unitaria, de una revelación que no se va gastando en su desarrollo, sino que va concentrándose, el mundo iluminado como un vasto panorama musical de siluetas claras, que se enfocan desde la mirada desnuda y fresca (lo más profundo es lo simple, lo más simple es lo misterioso retumbando y recortado en el silencio), lo que no se adorna ni se retoriza para lograr una comunicación.

Esa voz no busca sorprender. Lo inusitado y lo exótico han sido desterrados desde antes, aunque paradójicamente todo lo que cae bajo la mirada se nos visibiliza en su forma más espontánea y natural y nueva, como si eso ya lo conociéramos y hubiéramos estado aguardando que alguien encontrara los canales que más alumbraran y serenaran el objeto en gestación.

Es un torrente que no tiene apuro. Más que épica, la poesía de Cardenal se nos figura saga primitiva, voz para una tribu extensa, la intimidad que da el silencio acatado por todos, dentro del cual el coro invisible de los lectores está pronunciando a la vez las palabras que recibe y no fuera imprescindible agregar ni una sílaba. Casi la paciencia de los niños explicándose sus secretos, con esa anarquía del loco que entiende lo que dice : las palabras que se repiten, el uso iterativo del polisíndeton (y..., y... y . . .), el encadenamiento sin subordinación sino mediante el ritmo.

Sin duda, Cardenal narra desde una lejanía, desde una tranquila laguna de trascendencia. Pero no combina esta distancia con el desapasionamiento, la frialdad. Mientras más denso el mundo, más transparente y ordenado. Como si alejarse fuera la precondición para recrear amorosamente la esplendorosa ferocidad del mundo, el único modo de acercarse a una América demasiado exhuberante, demasiado hinchada de naturaleza y violencia, la mucha tristeza y la sobre-frustración, la explosión de los sentidos y la asfixia de la miseria, como si todo eso sólo pudiera comunicarse mediante una controlada resistencia al barroquismo que se ha anunciado como sustancial a nuestro continente. El sumergimiento en la plenitud-corazón del fluir, es posible mediante la operación del desapego, mediante la mensuración vigilada con que el poeta conduce su oficio. Porque detrás de esta actitud subyace otra: se imita así el modo de ser verdadero del universo. Ese ritmo, las pausas entre la cascada detenida pero cayendo, el aliento de silencio que respira en cada verso, corresponde al acaecer objetivo del universo mismo. Aunque volveremos después sobre la idea de que el poeta hace con su lenguaje lo que Dios (o la naturaleza) hace con el mundo, vale la pena señalar que para Cardenal pareciera que la literatura no es algo que se imponga artificiosamente sobre la realidad, a modo de apéndice, sino algo que surge inevitable de ella, como si fuera el sonido mismo de las relaciones entre las cosas, los versos fluyendo de las hojas de una guirnalda hasta entonces invisible. El descanso desde el cual el autor ordena la realidad es posible porque se supone que esa perspectiva coexiste en el meollo mágico (aunque a menudo escondido) de cada acontecimiento.

Pero la seguridad con la cual Cardenal gravita, irrevocable, obre sus lectores (que no sienten la presión), no es una motoniveladora que pasa, monótona y unilateral. Si bien no parece haber búsqueda en su poesía, angustia por cercar un objeto desconocido que se niega a comparecer, ni persecución desesperada, sino solamente la certeza de quien descubre y acata y refleja lo que ya existía (y que sigue, en su poesía, el mismo camino con que fueron creados, natural y socialmente, los objetos), el oído está atento a los contrastes objetivos, variados, hasta irónicos y entrecomentándose, del habla de los hombres en su historia. Se ha sugerido que su literatura sería, además de exteriorista ("voluntariamente refractaria a todo tipo de simbolismo, austeramente fiel a la realidad inmediata y exterior", según. Coronel Urtecho, (1)), conversacional. No sólo porque utiliza para un auditorio amplio y público un tono confidencial y precisamente de carácter privado, (2) como si todos pertenecieran a una sola familia que no por inmensa deja de compartir los mismos recuerdos íntimos, el mismo hábito de lenguaje esencial, sino que también debido a que incorpora la frase coloquial, la palabra viva, la forma popular, a los versos mismos, frecuentemente poniéndolos en boca de un yo histórico concreto. Lo mínimo y cotidiano en el idioma, lo que todos reconocen y hacen, es lo verdadero, lo que resume y potencializa el trabajo anónimo de la colectividad.

Tal como Cardenal siente que sus palabras reflejan !o que es verídicamente este trozo de eternidad (siglo XX) que le ha tocado vivir, y que serán recoleccionadas por lectores actuales y futuros, así él concibe el lenguaje del pasado en forma idéntica. Fue vigente entonces y puede ser comprendido ahora, con tal de que alguien sepa acercarse de un modo sobrio y con retiro apasionado a esos mensajes para clarificarlos. Cardenal cree que repitiendo eso tan pequeño, el apenas, el casi, el detalle insignificante (supuestamente), Cardenal cree que el eco es más eficaz y claro que la confusa voz original.

Desde cada época, sin que los hombres se dieran cuenta del secreto sentido de su labor, a medida que laboraban y elaboraban, iban transmitiendo sin mayores pretensiones esas vivencias, y desde esos mensajes surgía un diseminado resplandor de palabras, un enjambre luminoso y equilibrado. La huella de la historia está ahí, perdurable, y sólo precisa una grabadora-retransmisora (el poeta) que sepa editar y seleccionar, que sepa unificar y dar cohesión rítmica a lo aparentemente disperso, para que aquello que fue involuntariamente sembrado sea voluntariamente cosechado y digerido.

Esta confianza en la permanencia de las palabras que otros enunciaron y que todavía son puentes entre los hombres, se advierte en la atención casi obsesiva que Cardenal le presta a los sonidos, "oyendo cada leve rumor como un gran ruido". Casi podríamos afirmar que no hay ni un poema en que el mundo como onda sonora no esté en el centro del registro del poeta. De ahí la lentitud y descanso de los versos: es el eco dentro del silencio que no es mudez ("lenguaje sin palabras pero que no es un lenguaje que NO SE OIGA", Salmo 18, no antologado), el prolongado aguacero acústico, la reverberación que avasalla a todos los demás sentidos (siendo muchas veces, incluso, el origen de ellos, como si la luz naciera de la música), y cuya señal es tan definitiva y derramada que hace escuchar también el silencio dentro del cual irrumpe.

Justamente esta preocupación por la cadencia estructurada, oral, casi tribeña, de las palabras humanas, esta reducción de los testimonios a una sinfonía cósmica, el denominador común sonoro y objetivo que subyace a los entre-dichos de los diferentes siglos, es lo que permite retomar al pasado, situarse en cada época pero, sin embargo, no perder la unidad del propio estilo. Se garantiza así la variedad entre Clinton Rollins (norteamericano, siglo XX), Bartolomé de las Casas, español, siglo XVI), Nele de Kantune (indígena panameño, siglo XX) y el mismo Cardenal, conteniéndolos a todos en una perspectiva purificadera atemporal.

La antología se abre, precisamente con el testigo Rollins telegrafiándonos la época de los filibusteros saqueando Nicaragua. Es bien sabido que Cardenal reproduce cuidadosamente las auténticas fuentes, entremarañadas con sus propias palabras, sin que el -lector pueda distinguir entre las manifestaciones. Este retorno al género americano que nace junto con el descubrimiento y la conquista (la Crónica), denota el interés por re-capacitar la historia, colocándose en el exacto punto desde el cual lo vivió el que la sufre y la hace. Pero a la vez el modo de versificar, según los procedimientos técnicos que hemos enfatizado, distancian al lector, impersonalizando su mirada. Lo que concilia las supuestas contradicciones entre los géneros amalgamados (el testimonial y el poetizador), ya que el reportaje es lo que acerca al lector y la poesía es lo que lo aleja. La cariñosa fiereza con que la voz se sumerge en las cosas se fusiona con la economía de recursos, la pureza, con el punto de vista más allá de la historia, envolviendo el transcurso con una leve acumulación de nostalgia que la objetividad del paisaje no puede desmentir.

Este expediente de instalarse en la pupila del otro, del desaparecido, y la necesaria imparcialidad para que éste pueda nuevamente presenciar cómo su boca narra lo que su cuerpo y boca padecen y perciben, es la precondición para que América se revele tal como esos hombres la vieron en su primera oportunidad. Si bien es cierto que la mayoría de los seres en que Cardenal se aloja transitoriamente son hombres que han venido a nuestra tierra para traer la destrucción y la ruina, a la vez han vivido otro tipo de aventura, son el testimonio de una experiencia que los desborda y que han transcrito a su pesar. Esta tendencia va a culminar años más tarde en el grandioso epos casi cinematográfico de El Estrecho Dudoso, pero ya en sus poemas iniciales el poeta nicaragüense se inquieta por la mirada del extranjero, la proyección casi original de quienes pudieron, pese a sus intenciones casi exclusivamente económicas, extrañarse ante el mundo desplegado frente a sí, encontrando otra fortuna de la que buscaban.

El viaje de Raleigh, de Rollins, o de Squier y Drake (no antologados), portenta más de lo que aparenta. No es sólo un ser histórico, sino que en su contextura se revela, además, algo así como un arquetipo, todo hombre adentrándose en lo desconocido, rodeado de oscuridad, aturdido de silencio y bombardeado de verdes salvajes y truenos y voces desesperantes. Todo hombre descubriendo (y enamorándose a medida que la pierde) la realidad: cargado de sensaciones que son signos que no logra descifrar, pero sospechando al menos (aunque no lo dice) que son signos, que tienen un sentido último que se le escapa y que no se atreve a confrontar.

Ahí se disemina lo americano: por su naturaleza, violencia, inocencia, el continente transfigura a quien la penetra, lo enreda en sus ecos y lujuria. Los saqueadores, los piratas, los exploradores, en un momento dado, parecen vislumbrar que detrás de su acción podría haber un objetivo diferente del que se habían propuesto, hay otro tesoro, mayor que el que señala el mapa, como si en el camino hacia el templo que nunca halló el romero se le revelara que los senderos ya recorridos (y casi olvidados) eran cada uno un santuario. Es sólo después, o en el mientras tanto resbaladizo de su vivencia, que ellos se dan cuenta. Son los semiconscientes depositarios temporales de esa visión, que se manifiesta en el deslumbramiento sensual y la sed de reposo y paz, el idilio y en ocasiones el recargo -de cuando en cuando hasta el umbral de lo insoportable- de sus sentidos, y de ahí cierta tristeza, cierta frustración, cierto anhelo de fertilidad, que se respira en los poemas, Pero ese es el núcleo real (y no la aventura aparente) de su experiencia, es lo que humaniza su relato, lo que permite su trascendencia e identificación con otros hombres-receptores. Buscan, sin saberlo, sólo sabiéndolo a medida que narran poseídos por esa hambre que los sobrepasa, algún encuentro en el desborde. Están enfermos de eternidad, y lo sintomatizan del único modo que les queda, a través de su narración o a lo largo de su crecida, en los márgenes de lo que debería ser el mar central de sus intereses. Seres fracasados, en realidad, pero que en el camino de su privación descubren algo que se agita más allá. Hasta se manifiesta esto en el poema de Bolívar, donde éste cree que será testigo fatigado, sin percatarse de que cada gesto suyo ya es la del actor, que en él hay mucho más de lo que él dice o los demás reciben.

Por lo general, es la naturaleza americana, y a veces sus nativos, la que está encargada de expresar una red interior (un nivel) que ellos desean pero que no pueden realizar, que están casi empeñados en exterminar como misión histórica. Eso que palpita en el fondo de cada objeto americano es el esplendor de la paz y el amor, es la belleza (de Dios, diría Cardenal, unos años después), es la solidaridad y posible comunicación entre los seres humanos. Y si están melancólicos y no en un lugar, sino en todo el transcurso de su testimonio) es porque sólo presencian aquello sin poder alcanzarlo. Serán otros, los revolucionarios, el pueblo, el poeta, los indígenas americanos, los que lograrán ordenar esa magia e integrarla a su existencia, los hombres-plenos que no rozarán la superficie tangencial de la realidad sino que vibrarán en sus arterias mismas, agentes de la Historia y no sólo sus fracturados testigos.

En Hora Cero esto queda en claro.

Aquí no se trata de explorar la realidad, sino de determina" quién la hace, si el dictador y sus amos norteamericanos o el pueblo y sus líderes legendarios. Aunque no se abandona el tono objetivo, y aún se acentúa para explayar el fenómeno de la dependencia del país del imperialismo, dilucidando los hechos socio-económicos casi en forma escolar, con una lógica implacable y concatenada (por ejemplo, los precios y las bananas), aparece un nuevo tipo de trato a los personajes. A los revolucionarios se los presenta con mayor solemnidad, quizá con reverencia; a los lacayos con recursos irónicos y del absurdo, dejando que sea el lector mismo el que llegue a condenarlos, a través de sugerencias implícitas en el contexto general (se saca, pongamos por caso, la conclusión irrefutable de que Somoza es norteamericano, sin afirmarlo jamás). Pero todo esto dentro de un torbellino avasallador (siempre contenido, eso sí), como un noticiero viejo que no puede ser desmentido, en que paso a paso Centroamérica va cayendo bajo el dominio extranjero. Es un proceso casi apocalíptico, de una derrota sempiterna que se debe a fuerzas incontroladas más de allá de las fronteras de los países. No hay aquí, de parte del poeta, el ansia de situarse en la interioridad del dictador o de los yanquis, como si ellos no tuvieran aventura sensual o amorosa que justificara coexistir con ellos. Puros slogans, propaganda, cables, sombras sin colores, un clima más que nada cacofónico y aullante y maquinal que revela hasta qué punto ha avanzado la deshumanización, una fuerza que no quiere la efectiva comunicación (el diálogo) sino el dominio verbal absoluto, la boca que sólo canta sí hay sordos.

Se manifiesta la corrupción de la materia fónica tal como el imperialismo ha degradado la materia social y económica de América. Después de repetir la palabra "Company" siete veces en ocho líneas, se suceden los siguientes versos, en que las corporaciones se extienden y repiten y re-engendran hasta someter todo, inclusive el estilo:

"con sus revoluciones para la obtención de concesiones / y exenciones de millones en impuestos de importaciones / y exportaciones, revisiones de viejas concesiones / y subvenciones para nuevas explotaciones, / violaciones de contratos, violaciones / de la Constitución..." (y "ción" se reitera diez veces más en las próximas seis líneas). Esta férrea estructura fluida, en que se pierde (casi) el lector, contra el que parecería imposible alzarse, no significa, sin embargo, derrota definitiva. América, que en los poemas anteriores era reposo o promesa, es también inspiradora de acciones revolucionarías para conseguir (recuperar, diría Cardenal, en esta etapa) esa paz. En el centro mismo de ese girar insensato de países débiles dentro de la órbita de una economía dominante inhumana, se agita la semilla de la rebelión, la injusticia siembra la rebelión, y el recuerdo de esa lucha es el trampolín para los poetas y los revolucionarios, que la convertirán en más actividad, más conocimiento.

He ahí a Sandino, "poeta convertido en soldado por necesidad, / y un hombre nervioso dominado por la serenidad". Sandino, en que persisten ambas dimensiones, el cansancio de las sombras, la alegría de la luz. San diño, resurrección permanente contra un enemigo devastadoramente poderoso.

No es sólo que Sandino lucha por recuperar a América de quienes intentan torcerla de su destino de fraternidad, sino que en el transcurso mismo de esa insurrección va imponiendo dentro de su tropa (o sería mejor decidir que va surgiendo irrevocable del pueblo que es ejército) los valores capitales de América, esos que la naturaleza nuestra y sus habitantes originarios proyectaban en la lejana pantalla de los conquistadores como un llamado al reposo, paz, unidad, un mundo de estímulos humanos. "Más bien como una comunidad que como un ejército." Y su labor tampoco termina con su muerte, sino que sigue perpetuándose en otros, a los cuales también se los masacra, y así "el héroe nace cuando muere".

Claro que a Sandino y a los demás, a todos los revolucionarios, se los trata de aniquilar más con telegramas, propaganda, idioma yanqui, que con balas. La manera en que se narra su muerte, en forma indirecta, imita el intento de la cultura dominante de cercar a ese hombre, de enmudecer su voz. Por lo tanto, el poeta que escribe Hora Cero está subvirtiendo la historia oficial, la que arrastran los textos escolares y las agencias de noticias. Sin embargo, la novedad interesante en el caso de Cardenal es que, si bien como tantos escritores levanta su propia versión frente a la sofocación que impone el monopolio ideológico de la burguesía, no ignora esa propaganda, no levanta una alternativa panfletaria, narrando exclusivamente el punto de vista de los revolucionarios. Cardenal no considera que la poesía (y menos la americana, en un continente que construye su luz en parte con las sombras europeas) pueda hacerse al margen de esa voz hegemónica, de los falsos mitos vigentes, sino que el pueblo tiene que labrar su garganta en medio de los altoparlantes, tiene que moldear su resonancia superando esa supuesta voz civilizada, tomándola en cuenta. Por eso asume aquellos mensajes, quiere agotar el punto de vista de los explotadores, permitiendo que esas gesticulaciones verbales revelen y desnuden su propio derrumbe. De manera que, a lo largo de toda su obra. Cardenal pinta en sus paredes las comunicaciones de los dominantes, exigiendo que el comentario cristalice desde dentro, desde un ojo que critica en el entre y durante, a la vez que brilla a su lado el canto de banderas que la solidaridad empuña y esparce y que los yanquis y sus sirvientes desean borrar. (Incluso sospecho que Cardenal estima que, tal como las luces insensatas denlas grandes urbes son la incandescencia que anuncia la próxima boda de Dios con el hombre, así la sobrecarga de propaganda, de una prosa rutinaria e insulsa, la exacerbación de los medios masivos y la injusticia del verbo con la riqueza y variedad, es otro signo más que anuncia la llegada de la Verdad, de la palabra limpia y final del Señor, del imperio de la palabra de los poetas y de esa palabra del revolucionario que es la violencia del pueblo contra sus opresores. Pero esta idea, en que la propaganda es pura apariencia desde el mirador de la eternidad, la desarrollaremos después.

Por lo tanto, la sencillez de Cardenal no es un mero trámite estilístico. Es una posición estética que traduce su comportamiento ético, un acompañamiento lingüístico de los hombres que han batallado por imponer socialmente esa idéntica verdad que él multiplica por otras vías. Si en alguna parte esto es irrebatible es en los famosos Epigramas. Aquí se canta, en el fondo, la violencia y el amor, esos dos sentimientos y actitudes de que tanto se ha abusado en la subliteratura contemporánea, en los westerns y los Corin Tellado, tergiversaciones que inquietan a Cardenal como veremos, a lo largo de su literatura. Pero él no contesta esa corrupción de la verdad por medio de otra trampa, la de una élite atormentada y aceleradamente hermética, cerrándose ante un monstruo público semianalfabetizado. Por el contrario, responde con su propia simpleza, desnudándose de toda artificialidad o desequilibrio formal, de toda experimentación que pudiera estar más allá del lector común. No sólo, como otros autores contemporáneos, denuncia los efectos perniciosos y los ironiza, sino que también señala, positivamente, a través de su ejemplo poético, el modo real de combatir su influencia masiva. Quiere ser comprendido, no busca sólo una comunicación potencial, teórica y siempre por venir, sino que confía en que hay quienes (Dios y pueblo) lo pueden comprender si llegan a leerlo. No es que evite la evocación, el rodeo, la certera ambivalencia; pero su disposición general es armonía, fluencia, estabilidad, propiedades -como hemos visto- de los objetos mismos, un hondo equilibrio que existe en la realidad misma. Lo que es simple, lo que se ha vivido y. luchado en forma simple, la tiranía que lo es, la rebelión que perdura y lo es, la naturaleza que lo es a pesar de su sensualidad infinita y debido a ella el amor que también lo es, la historia que, todo lo que es simple debe ser devuelto y reordenado al lector en forma simple. No dejar que la desesperación lo vaya escribiendo a él, sino al revés. El caos y el dolor se revelan con paciencia ("Irá escribiendo con su pluma, despacio, despacio, / corrigiendo los errores con cuidado, como el piloto / que va descubriendo las costas, echando la sonda", palabras válidas para Bernal Díaz y para Cardenal). Características profundamente populares, casi metodología proletaria, diría yo. El equivalente de este estilo en la vida individual es la pobreza, el tópico de la vida natural ("Y ella me prefiere, aunque soy pobre, a todos los millones de Somoza").

Pero ¿cómo se entiende, entonces, que sean de hecho "Epigramas", formas cultas por excelencia, recreaciones greco-latinas, Propercio, Cátulo, Ovidio? ¿Cómo es posible que estos versos tan delicados, elegantes, de tan refinada orfebrería, no sean obra de un poeta de una minoría hablando a sus congéneres en un lenguaje exclusivista y exquisito? Y no sólo los epigramas. Sino que los salmos, las crónicas, cantos, oraciones, elegías, todo lo que denota una genealogía precisamente intelectual.

No es así. Tal como Cardenal ha buceado en el pretérito para excavar las formas populares, la dicción resucitada, así también se apoya en los grandes hallazgos de las épocas doradas del hombre, la expresión de lo universal que descubrieron ciertos poetas para una colectividad más difusa. Frecuentemente esos descubrimientos surgen de comunicaciones casi rituales, arquetípicas, correspondientes a relaciones esenciales y repetitivas entre los seres humanos (hombre y mujer, sobreviviente y amigo muerto, fiel y Dios, ciudadano y patria), modos inmejorables de intercomunicación. Son modelos justamente "clásicos", que han capturado una verdad una vez y que deben ser utilizados otra vez más, intensificando su sentido, para que surjan desde otra realidad en que sean necesarias y expresivas. Por una parte esto significa conservar lo que es patrimonio de unos pocos pero que está labrado para unos muchos, lo que permanece como glorioso residuo de cada época y es capaz de universal aplicación. No es un falso populismo el de Cardenal. En la senda de su compatriota Darío y quienes lo siguieron en Nicaragua, y aprendiendo de la poesía norteamericana contemporánea (3), lleva adelante los postulados de José Martí: se revitaliza la cultura europea, no para sucumbir ante ella, sino para agregar oirá rama más (injertada naturalmente) en el árbol americano. Ese equilibrio clásico, esa concentración de recursos, esa conversación para entendidos, debe pasar por la lengua transformadora del poeta, del traductor, del portavoz, para que de nuevo sea recibida su verdad, para que la cultura (desde lo coloquial y lo familiar) atraviese un segundo y tercer nacimiento.

De la misma manera en que el poeta extiende su magia por medio de la repetición de sonoridades, coloniza el oído y lo encanta, de la manera en que Cardenal se catapulta panorámicamente hacia adelante con la certidumbre de ser recogido también por la oreja de la eternidad (en que Pueblo y Dios son la misma garganta y eco), así, en el pasado, las culturas no han muerto. Aunque nos aproximaremos más a esta visión cuando incursionemos en la teoría de los ciclos humanos en el homenaje que hace Cardenal a los indios de América, de todos modos es fundamental observar que para el escritor nicaragüense el tiempo se repite, hombres han amado antes a mujeres que los han despreciado, hombres han caído presos por rebelarse contra la opresión, y se los sigue rememorando, como a Cardenal en el futuro de Hispanoamérica. Los sonidos se repiten en los versos del poeta. Y los versos del poeta se repiten en los poemas futuros. Y los poemas en las civilizaciones. Todo esto ha ocurrido, dice Cardenal, y seguirá transcurriendo cuando nos hayamos extinguido: la validez del lenguaje pasado se debe a que el mundo mismo está construido sobre estructuras paralelas, desdobladas, multiplicaciones de universalidad.

De ahí la tristeza que inunda estos epigramas, una frustración anticipada. Claudia no va a comprender, el poeta será exiliado, el revolucionario no derrocará al tirano. La mujer cantada vive ferazmente (pero con qué palidez) la sensación con que se impregnaron ya Raleigh y Clinton Rollins: el no haber percibido suficientemente lo real cuando apareció, por tener la mirada obsesiva en el tesoro equivocado. El orgulloso poeta mismo, y sus versos, son las joyas (sensualidad, reposo, energía revolucionaria, capacidad de entrega y protección) que la amada encontró en su, camino y que no supo apreciar, que casi ni registró. Pero ese tesoro queda, precisamente para los lectores, para otros amantes. Como si a Cardenal le bastara con eso, pero como si a la vez no pudiera suprimir una vaga neblina depresiva por tener que gozar a la mujer por medio de otros cuerpos y otros labios, que sean otros dedos los que disparen la bala decisiva contra Somoza. Y por esto no es una mera ingenuidad el que se congreguen términos políticos en estos epigramas, y que la tiranía esté omnipresente. No sólo debido a que la atmósfera cotidiana de Nicaragua y su tirano oprimen al autor y su posibilidad misma de amar; no sólo debido a que siempre, desde el principio de la poesía amatoria, se han utilizado comparaciones de origen social para referirse a los enamorados; sino porque el dictador (salvando las distancias) comete el mismo error de fondo, el de destinar sus esfuerzos a obtener galardones que no sirven (Somoza detrás de su alambrada, Somoza robando sin poder comprar nada, Somoza hablando a un estadio vacío). De modo que el uso del epigrama como cauce y contacto, como marco de referencia, es conjuntamente una reafirmación del triunfo del bien, una defensa de la poesía (otro tópico greco-latino). Tal como la tradición anterior (memoria ejemplar de la raza), estos poemas (retransmisores) cumplirán su función, finalmente, para otra mujer, aunque haya ahora una derrota transitoria, así como el alzamiento contra la tiranía triunfará. La poesía, y sus raíces en los antecedentes otros, menos fantasmas de lo que podríamos imaginar, salvaguarda el talismán de esa lucha, y la acompaña cuando llega el momento.

Cuando otros realicen el amor y la rebelión que propone el poeta, cuando sus versos lleguen por último a un destinatario atento, a un sí mismo que lo espera, no sólo se está acabando y culminando en el porvenir el ciclo de su existencia truncada, sino que también los amantes de la antigüedad, los anteriores rebeldes de América, están representados por Cardenal mismo, una eternidad de puentes para una eternidad de orillas, ayer, hoy, mañana, cuándo. Por eso el sonido permanece en el aire mucho después de que su causa haya desaparecido, la vibración cuando la campana ya es polvo y viento, la voz cuando sólo cenizas el poeta y su civilización y la amada también (lo que presagia su dedicación a Dios como Amor y fundamento invariable).

Quizás eso explique el remolino impresionante de imágenes de incomunicación sonora en la poesía de Cardenal. La más famosa de todas: Marylin marcando un número ocupado a medida que muere. Pero muchas otras: Walker leyendo un mensaje tal vez indescifrable en un pizarrón que hereda de un hombre agonizante, los tiros en el cementerio que nadie osa reconocer, Bernal Díaz escribiendo para hijos y nietos una obra que quizá nunca se imprimirá, los gritos confusos y anónimos de los torturados, los relatos mentirosos que acumulan los descubridores de El Estrecho Dudoso, el rey que no atiende la petición de Bartolomé de las Casas, "la mano de una niña lejana tocando una nota de piano", la angustia ante un Dios que no responde frente a la aniquilación de los judíos, el teléfono que Somoza deja repiqueteando para no comprometerse más en la muerte de Sandino, el asesinato del indio Lempira mientras hablaba ("Y Lempira cayó rodando con sus armas sierra abajo / mientras aún seguían hablando los valles"), los poemas para Claudia que le llegarán cuando ella no sepa que le están dirigidos, las estelas sin labrar de las ciudades mayas, la radio de una estrella suicida sonando a todo volumen sin ninguna estación, el canto de los pájaros nicaragüenses que señalan el camino de la revolución y que nadie comprende. Cardenal siempre atento a la mano que se extiende y que se corta. Cardenal constituyéndose en el camino que continúa y asegura ese contacto, que realiza la conexión que no pudo fructificar su autor original, configurando un sentido y un orden precisamente ahí donde todo nos dice que no lo hay. Y esa acumulación de cortocircuitos, de interferencias y bloqueos, se encuentra enmarcada dentro de una poesía absolutamente confiada en su propio contacto. Puede ser ésta una de las claves de su atracción: contradice con su modo de poetizar muchas de las vidas paralizadas que son el objeto, de su retrospección. La serenidad del autor termina de edificar el puente bombardeado, en algún recinto de la perpetuidad del hombre ese mensaje llega a un recipiente. La tiranía no logrará apagar la esperanza: es la primavera misma, proceso biológico-científico del universo, amanecer en la naturaleza, en la palabra, en la sociedad. De ahí, la obsesión con el pasado, servir de paloma mensajera en que la paloma es el mensaje, no permitir que esa segunda muerte (el olvido) se apodere de nuestros antepasados y de sus gestos, mientras más simples, más heroicos ("José Dolores Estrada").

Por eso, en sus próximos pasos poéticos (así como en su vida), Cardenal se trasladará al centro de la incomunicación: la sociedad donde todo es extensión, donde la tecnología ha permitido al hombre dominar y controlar y telefonear e irradiar y filmar y jet y autopistas, pero donde ya no se conversa, ya no hay contacto.

Los EE.UU. se convierten así en un extremo límite posible de (in) humanidad. Es la culminación de todo lo absurdo, vacío, angustioso, de modos de morir anteriores, Babel y a la vez Infierno. Todo lo frustrado y transitorio de personas y épocas diferentes se refleja en la ciudad del Juicio Final. A la par que acentúa el caos, la enajenación, la rutina irremediable, el poeta remueve los productos de esa encarnación-aduana en busca de símbolos, significados, gestos que quedarán y que los habitantes de la metrópoli no logran exteriorizar. Nuevamente rehúsa Cardenal aceptar que esa sociedad no esté, al mismo tiempo, emitiendo señales que contienen algún recóndito mensaje, una sugerencia para ojos más sabios (trenes de carga, latas de cerveza, semáforos, teleseries, concursos, turismo).

En el aparente desamparo de estos poemas es que hace su aparición la contrafigura, primero soplo, luego peso y presión, finalmente expandiéndose a todo el cosmos, la de Dios. Si bien se materializa en el derroche de la sociedad de consumo, iluminándola desde su adentro, más que nada existe paralelo en la naturaleza que no ha sido acallada. El recuerdo de Nicaragua y su olor a primavera. El ciclo de reconversión y transformación de la tierra. El hidrógeno final que no es idéntico al hidrógeno original: la última partícula contiene todo el camino que yo llamo dialéctico y que Cardenal llamaría seguramente pasión. La muerte (en su expresión más violenta, la disolución de vínculos físicos y espirituales en el Nueva York de hoy) no devora: asume, resume, representa, y en fin, sintetiza. Entre tantos alambres desconectados y casas aisladas, entre tantas manos que no enchufan en otra mano, la naturaleza asegura la permanencia y la regeneración: "En Pascua resucitan las cigarras / -enterradas 17 años en estado de larva- / mirones y millones de cigarras / que cantan y cantan todo el día / y en la noche todavía están cantando. / Sólo los machos cantan: / las hembras son mudas. / Pero no cantan para las hembras: / porque también son sordas. / Todo el bosque resuena con el canto / y sólo ellas en todo el bosque no los oyen. / ¿Para quién cantan los machos? / ¿Y por qué cantan tanto? ¿Y qué cantan? / Cantan como trapenses en el coro / delante de sus Salterios y sus Antifonarios / cantando el Invitatorio de la Resurrección. / Al final del mes el canto se hace triste, / y uno a uno van callando los cantores, / y después sólo se oyen unos cuantos, / y después ni uno. Cantaron la resurrección".

No podemos dudar. Aun la incomunicación más vasta (el teatro del absurdo inserto en las comunicaciones entre insectos) tiene un sentido, todo canto deja su huella (Salmo 93, no antologado: "Todos nuestros pensamientos están en tus archivos. / Todas nuestras palabras están grabadas"). Es América que se agita nuevamente detrás de la artificialidad y debajo del linóleo. Por eso mismo Cardenal rechaza la tarjeta postal en que los yanquis nos quieren enviar al buzón, el turismo del Caribe, los avisos de vacaciones. La sociedad norteamericana quiere incluso domesticar el último rincón de la naturaleza, esa misma que inspira y vulcaniza la crítica del poeta, quiere la naturaleza como consuelo y Nembutal, el ocio donde los explotadores buscan dormitar. Que nuestra América exporte imágenes de inocencia para consumo internacional a la sazón que exportamos materia prima para los aviones que traerán turistas a nuestras tierras a limpiar de sus conciencias las contradicciones y tensiones que su sistema de expoliación les ha producido.

La naturaleza, sin embargo, no será domesticada. Por mucho maquillaje que le plantifiquen encima, por mucho que nos traten de envasar, el Origen permanece y se rebela. Porque en el siglo XX, en cada corazón de este siglo XX, sigue persistiendo esa inocencia. Cada ser humano que se engendra es cuerpo, naturaleza, esperanza, una América en miniatura", una Nicaragua que no se deja moldear del todo. Es Marilyn Monroe.

En ella caza Cardenal (y es con razón su poema más célebre) la imagen universal más acabada de esa categoría humana que podríamos llamar el desesperado ("los tristes por no ser santos"), que Cardenal ya ha elaborado a lo largo de su resurrección de la historia de América. Aquellos estaban sumidos en un Mito, una ilusión que la época vertebra colectivamente, y se van enmascarando y engañando en ella. Claro que el siglo XX es peor en ese sentido porque los medios de comunicación han comenzado incluso a tapiar los signos de la naturaleza dinámica y alucinante que acompañaban y levemente desviaban a los viajeros que partían en pos de los Falsos Vellocinos. A ellos se les permitía, mediante un rodeo, por medio de sus relatos y sentimiento de pérdida irrecuperable, por medio de su fascinación por lo sensual y el reposo, intuir esa humanidad que estaban desperdiciando. Marilyn, en cambio, realiza una de las pocas travesías todavía abiertas a los peregrinos de nuestra era, y lo hace dentro de paredes artificiales. Ella, y tantos más que son víctimas, zarpan hacia el Mito que le han inoculado: Éxito, Fama, Dinero, cosas que ella consigue, en representación vicaria de los espectadores, y que resultan tan irreales para quien las obtiene como para quienes presencian (participantes de quinta categoría) su estréllate, ella también butaca de su propia existencia cinematográfica. Es decir, ni siquiera está en contacto con aquello que recuerda más salvajemente lo verdadero, la naturaleza americana.

Falsa es la imagen en la pantalla, así como los miserables consumidores de la imagen. Falso el nombre. Sólo resta el maquillaje y el maniquí. Script. Pero Marilyn no se adapta del todo al rol que se le ha asignado. Algo que naufraga mar adentro le susurra que es víctima y no estrella, y lo va confirmando a medida que se desarrolla su seudo-vida. Hasta que en el acto de suicidarse pone en evidencia la precariedad de todo lo demás: el Sueño que Time quiere que ella realice, la Superproducción del Twentieth Century filmada por todos (culpabilidad inevitable), el mundo como película. Es inocente, y lo demuestra el desajuste, esa molestia y tardanza cada vez mayores, el insomnio. Ese cuerpo que es templo de Dios (casta naturaleza y signo suyo) no se habitualiza. Recita otras líneas, que no han escrito los guionistas, busca comunicarse sin sus agentes de prensa. Ahora, al morir, como una cigarra solitaria que canta para sordos y mudos (espectadores ciegos y amordazados), y para un poeta, Cardenal, tendrá la oportunidad de ser ella misma, sin autógrafos, sin su seudónimo en letras de oro. Es el mensaje que la empleadita de tienda quiso entregar y que no logró comunicar, pero que Dios sí conoce y que el poeta absorbe y multiplica. Marilyn Monroe, que para los norteamericanos debería simbolizar el american-way-of-life, termina por ser arrebatada de las manos de los mercaderes de la mentira, transformada ahora en el símbolo del fondo de humanidad (América) que no puede ser exterminada, ni en la peor de las condiciones. Esa mujer, solitaria, enmurallada, menos tangible que una imagen que se derrama por una pantalla y se va, transmite su mensaje todavía, logra que Dios (la Humanidad) conteste su llamado.

Pero si Marilyn es la Inocente que apenas tiene conciencia de sí y termina autodestruyéndose como único modo de rebelión (como tantos otros personajes de los últimos veinte años en las letras hispanoamericanas, especialmente en la generación de Cardenal) en los Salmos se levanta otro Inocente, uno que, en efecto, es capaz de comunicarse plenamente y que exige la destrucción de las auténticas causas de su angustia, el sistema social y político que ha condenado a Marilyn y que contagia de responsabilidad a grandes sectores dentro del mundo dominante ("Murder inc.").

En ese planeta donde ya nadie habla con otro con "palabras limpias", sino con slogans, jingles, convenciones, donde la propaganda comercial y política ha sustituido la vida simple y la civilización que surge en torno a la conversación, donde no hay contacto solidario entre los hombres, se vuelve a confiar en la poesía. A la falsa simplicidad de la propaganda (que todos deben comprender) se opone la verdadera simplicidad del Salmo, frente a la aldea tribal (a través del dominio económico y comunicativo de los yanquis) se yergue la verdadera comunidad de los hombres probos, frente a la voz oficial de la época la protesta que revela lo que realmente ocurre, frente a un Dios que explotadores instrumentalizan para Justificar su control, un Dios de los explotados.

La voz que puede, que todavía puede, criticar ese tipo de organización humana, pertenece a ese hombre natural, primitivo, espontáneo, alguien que no esté sepultado por el asfalto ni deslumbrado por la electricidad, que conserva todavía confianza en que hay Quien (y quienes) escucha la que dice sin palabras cada reducida Marilyn pero que apaga el televisor. Alguien que conservará las palabras del poeta y barrerá los satélites transmisores. Esa voz lo logra hacer porque se sitúa en la perspectiva del hombre común pisoteado, el hombre-mordaza, el perseguido y crucificado por los enemigos del ser humano (los sirvientes del capitalismo y el imperialismo). Esta lucha entre Bondad y Maldad se proyecta para todos los tiempos, pero nutriéndose de imágenes del mundo contemporáneo. Dios mismo se arma y se moderniza ("tanques blindados", "Sí me interrogas de noche / con un reflector / con tu detector de mentiras"), como respuesta a una Ontología de la Destrucción, el uso demoníaco de prácticas políticas públicas (la Conferencia de Prensa, la Mesa Redonda, el Proceso) y privadas (la cárcel, el suero de la verdad, el campo de concentración, la confesión, la picana). Se fusiona así la víctima del siglo XX con el hombre violado de los siglos anteriores, prolongación que Cardenal ha insinuado (y confirmará) en sus otros poemas. Tal como América había sido saqueada (reiteradamente) por los sucesivos conquistadores (los que sobrevuelan desde fuera y los que se entronizan como mayordomos suyos adentro), así el Hombre Actual (inocente, original, no-corrompido) y su Aliado Dios son atacados por la sociedad industrial (consumo, politiquería, capitalismo, comercio). Contra la dependencia y el dominio (que, como se sabe, no se da a un solo nivel, sino que termina por gangrenar la conciencia misma), contra el exterminio tecnológico, la supuesta Civilización, el Inocente de los Salmos carga en su protesta la emoción de ser el embajador de los inocentes (indios y pueblos) americanos. Por una parte se fija especialmente en los judíos perseguidos por el nazismo (además de menciones evidentes al stalinismo), pero a la vez está todo el mundo subdesarrollado alentando por debajo (se nos viene África insurrecta a la memoria, se nos viene -como siempre- Vietnam).

El hombre americano, el desposeído por antonomasia, el más orilla del mundo, el eternamente colonizado y traicionado por los Somozas de la Infinitud, el perseguido desde los comienzos de su dependencia del extranjero, el creador de riquezas para otros y pobreza para su familia, pasa a convertirse en el símbolo universal de la humanidad entera del siglo XX, estandarte incluso para la mayoría de los hombres de los países desarrollados. Cardenal le entrega la palabra, le da derecho a hablar, y hablar a nombre de Dios. Porque sólo el subdesarrollado puede descubrir e inventariar las verdades comunes de la época, precisamente porque -inserto a la fuerza en las mismas fuentes culturales- puede denunciar y advertir el abismo que hay entre la propaganda y la palabra limpia. La distancia a la que se encuentra, su mismo atraso, su origen siempre renovándose y siempre triturado, su rezago con respecto a aquella imagen en el espejo televisivo que dicen dramatizarlo, son condicionantes casi metafísicas que le exigen asumir la defensa del Hombre. Los que viven enajenados en el Centro no pueden expresar suficientemente esta experiencia: debe ser un marginal el que rescate sus almas, el que esté cerca de la esperanza que todavía es tierra, el que está fundido con una lucha y una raíz que no han sido prostituidos por una participación en los beneficios (integración al sistema).

Sin embargo, desarrolla Cardenal aquí una escisión muy interesante, que vale la pena examinar. El Hombre es un ser sufriente, y fuera de su protesta y su voz indignada, vive pasivamente, recibiendo golpes. Su Yo activo, militante, su brazo armado, su vengador, es Dios mismo con más poder que la bomba atómica. La lucha de clases viene a desarrollarse así entre el Hombre (como esencia) y la clase dominante, entre Dios (y su ejército de Cristitos atropellados) y los órganos represivos de esa clase, entre la palabra del Poeta (y del poeta) y las consignas torcidas de los comerciantes intelectuales, entre la bondad primitiva con que cada cual nace umbilicalmente y la enajenación masiva. Es una lucha que se ha suscitado en todas las épocas (desde que hay clases sociales, ya que no existió en la infancia de la humanidad) de una manera similar, pero cada vez más radicalizada. No se trata, por lo tanto, de una visión marxista de las formaciones sociales. Es siempre el mismo hombre, asediado por fuerzas cada vez más perfectamente endemoniadas. El resultado a largo plazo de este conflicto no puede ser otro que el milenio, el Mesías, el retorno a la comunidad o al comunismo primitivo (de fieles o de tribu).

Está muy claro para el Hablante de los Salmos quienes son los enemigos principales: los imperialistas, los dictadores (básicamente centroamericanos), los fascistas, la policía secreta, los publicity-men. Pero si bien el énfasis está puesto casi unilateralmente en las víctimas de los banqueros, los dueños de los medios de comunicación, los gangsters y locutores, los tribunales venales, sin embargo, hay un rechazo explícito (y más frecuentemente implícito) de toda lucha en partidos organizados contra esa explotación. Por contagio, por ambigüedad, por lo que a mi parecer (y quizás al parecer de Cardenal ahora en los años 70) es una generalización ingenua, se tiende a incluir a los partidos marxistas-leninistas entre los obstáculos para conseguir esa liberación (4).

Es necesario que nos detengamos durante un rato en estas características, en vista de que los críticos liberales (y reaccionarios) de la burguesía gustan de poner el acento en estas producciones de Cardenal con sintomática exclusividad, y las hacen aparecer como en contradicción con su posterior adhesión a la lucha revolucionaria de Cuba y el resto de América latina.

Nosotros, por el contrario, no concebimos los Salmos aislados de la evolución poética general del sacerdote nicaragüense, sino como un escalón inevitable dentro de 'su desarrollo y búsqueda de la verdad. No se trata, por ende, tampoco de esconder las ideas y las fuentes de esas ideas presentes en estos poemas.

Como en tantos escritores latinoamericanos que presencian las luchas del pueblo por conquistar el mañana, Cardenal pasa por una etapa de gran influencia del anarquismo (que tiene, por otra parte, parentesco con ideas cristianas y una raíz en el infantilismo de la pequeña-burguesía. El conflicto en los Salmos es entre los políticos (su camarilla, sus medios financieros, comunicativos y políticos) y los hombres que sufren esa política (y naturalmente el sistema capitalista e industrial que la sustenta). Dios será el encargado de hacer polvo a los políticos. Pero no nos indica Cardenal cómo se hará. Está escribiendo la historia de la humanidad desde el punto de vista del infinito, cuando se retorne al Banquete y todos sean iguales. No está desarrollando (como quisiera la burguesía) una teoría de la historia concreta, no entrega a sus lectores un guía de acción práctica para el revolucionario. Posteriormente (Canto Nacional, En Cuba, sus declaraciones y actuaciones en Chile y Nicaragua) proclamará que la lucha es entre los políticos falsos del imperialismo y de la burguesía y los políticos verdaderos del pueblo (los revolucionarios), entre los cuales están principalmente los marxistas apoyados por los cristianos auténticos, brazos armados concretos para plasmar ese Plan Político de largo alcance de Dios, para hacer madurar al Reino de Dios, para hacer madurar el Reino que Dios ha programado, sembrado y agitado siempre. Aunque el poeta nunca olvida que su misión es vigilar ese proceso desde la atalaya de la verdad (concepción en la cual, como marxista-leninista que soy, no lo puedo acompañar), comprende que no hay contradicciones (o son secundarias, aunque a veces persistentes) entre el Inocente y los partidos del proletariado. La alegría de los Salmos, su energía liberadora, su confianza, su Mansedumbre, válido para muchas ocasiones, para ser cantado, recitado, recordado por millones de hombres que viven ese sentimiento de opresión y esperanza y que nunca tendrán la ocasión de leer a Cardenal, su aplicación a múltiples circunstancias, se concretizará con el tiempo en experiencias históricas, en la Cuba de Fidel, la Colombia de Camilo, el Chile de Allende y la Unidad Popular, la América del Che, la Nicaragua del FSLN. Los Salmos pueden verse, por lo tanto, como una etapa correspondiente al grado de conciencia de quienes cantaban (ya en Hora Cero) los movimientos de liberación nacional que, al correr de los años, mostrarían su inevitable radicalización hacia el. socialismo como única garantía de llevar adelante los intereses democrático-nacionales. Podríamos rastrear una evolución similar en muchos narradores y poetas del continente, y los recientes debates, a nivel latinoamericano, sobre el sentido de la cultura y la construcción del socialismo evidencian que el problema y sus orígenes pequeño-burgueses ya se está clarificando.

Sin duda que esta visión de los Salmos se debe a una serie de factores históricos en el desenvolvimiento del socialismo a nivel mundial. El estalinismo, acompañado de los errores de muchos partidos comunistas del continente, junto con desviaciones (sectarismo, consignismo, dogmatismo) en la actuación cotidiana, son algunas de las condicionantes de la desconfianza de Cardenal. Pero más que nada hay que auscultar las raíces de su propio desarrollo poético.

El primitivismo de Cardenal, su sencillez, su aceptación del poeta como un ser que debe rescatar la voz auténtica tullida por las máquinas, lo lleva (a él y tantos otros literatos) a rechazar la sociedad industrial como una totalidad, sin distinguir el progreso socialista del capitalista. Frente a este mundo opone el Mito, la Utopía, la Comunidad de Bienes y de Hombres que el humanismo cristiano radicalizado siempre ha soñado como acompañamiento de la relación íntima, Erasmiana, con Dios, y que -como hemos dicho- se identifica con América (donde, amén, se ha construido según Cardenal ese Mito en sociedades perfectas y reconocible históricamente). Muchas veces, entonces, se traslada a un punto de vista eterno, más allá del trabajoso y contradictorio devenir, hacia el futuro, y contempla la ya gestada aniquilación de los políticos y su sistema. Es, por lo tanto, una alegoría de la totalidad de la historia del hombre y no las vías prácticas efectivas. Se trata de la persecución, crucifixión y final resurrección del Hombre (Hijo del Hombre) como una metáfora que vale para el movimiento subterráneo que crece debajo de tanta explotación y aparente caos e injusticia. El Banquete que profetiza es un presentimiento de la sociedad comunista, en que no habrá Estado ni pobreza ni jerarquías ni organizaciones ni coerción. Faltará poco para que el mismo Cardenal, debido a la radicalización de la lucha de clases en América latina, debido a los cambios en el cristianismo (que no son frutos espontáneos, sino que también reflejan el avance en el mundo de las fuerzas materiales del proletariado y la crisis del sistema capitalista y de su ideología), debido a Cuba fundamentalmente y a Vietnam en segundo término, acepte que el camino para la desaparición del Estado pasa a través de la destrucción del estado burgués a manos del proletariado conducido por sus vanguardias, y el fortalecimiento de otro Estado, la dictadura del proletariado, la forma más democrática que existe, en que gobierna la mayoría, el pueblo mismo, y que es la forma más cercana, dirá Cardenal, dadas las condiciones objetivas y las necesidades reales, al paraíso. (5)

Se equivocan, no obstante, los que consideran, que en esta etapa de los Salmos no se está abonando el camino para esa posterior modificación, los que se niegan a ver la continuidad (tal como se equivocan los que creen que la conversión al cristianismo no se anticipaba en Hora Cero y en los Epigramas). Porque si bien el Hombre mismo, como inocente que es, se despolitiza, y rechaza el partidismo, la voz de ese Hombre, y su Caballero, Dios, se ha .precisamente politizado, se ha incorporado a un lado de la lucha, la de los pobres y explotados. En su primera etapa poética, eran los hombres los violentos y los luchadores y Dios (un tanto sin rostro) el que garantizaba la repetición en el más allá de la próxima confrontación; en esta segunda etapa, se universaliza a todo el siglo XX esta existencia de humildes con sus hogares destruidos, pero pasa Dios a ser el violento, el revolucionario. La tercera etapa, síntesis dialéctica de las anteriores, es que la lucha revolucionaria de los hombres acaba por ser el agente concreto de Dios, su instrumento para eliminar las células enfermas del cuerpo que madura. Dios, en los Salmos, resume en sí mismo toda la rebeldía de América, mientras que el hombre concentra toda la persecución sufrida por nuestros pueblos.

Pero por otra parte Dios está concebido como una fuerza material e industrial inmensa. Es decir, Dios no rechaza la ciencia, se viste de los últimos adelantos, supera y purifica el miedo primitivo de los progresos tecnológicos porque los puede usar sin enfermarse, al ser Poder y Bondad. En el Salmo 103 se observa cómo ha desarrollado todas las leyes que la ciencia natural y física ha discernido para desarrollar la materia. (De ahí que podríamos argumentar con mucha lógica: si hay reglas científicas que los hombres han sabido determinar y que son fruto de los dedos de Dios en la naturaleza, y los hombres las han utilizado para modificar ellos ese sistema natural, ¿por qué no puede también el hombre aplicar las leyes científicas sobre la sociedad -el marxismo-leninismo- para llevar a cabo también los designios de Dios y obtener los beneficios de esa ciencia para todos los hombres?) Además, hay frecuentes observaciones de que el sistema mismo de los burgueses los llevará a la ruina, es decir, que entrará objetivamente en Crisis. Dios surgirá a la acción en ese momento. La alabanza material de Dios (que se presentía en la eternidad de la materia y lo fónico mediante el mecanismo de la repetición en poemas anteriores) es otra característica novedosa.

Podemos afirmar, por lo tanto, que lo que hace Cardenal en los Salmos es proletarizar a Dios, haciendo que la divinidad supere las limitaciones de los hombres inocentes, pero haciéndolo en nombre de ellos: se lo politiza, se lo industrializa, se lo materializa, se lo convierte en guerrero y científico. Es el Sujeto de la Historia (recordemos los análisis de Lukács sobre la conciencia para sí de la clase obrera), el que resolverá las contradicciones. No es extraño que ese Dios vaya a elegir, después, para salvar a ese inocente, las únicas fuerzas que se le asemejaban, los partidos del proletariado.

No debe asombrarnos, por consiguiente, que las próximas colecciones de poemas sean un examen de la forma en que el Sueño de Dios se materializó en la historia o cómo el ciclo actual de opresión y miseria ya existió para frustrar esas ilusiones. En El Estrecho Dudoso (de que nos ocuparemos poco aquí debido a que son muy escasos los fragmentos antologados) se narra, entremezclando el lenguaje textual de los protagonistas y el del narrador a siglos de distancia, y con los fines que hemos comentado (el eco parece más hermoso y preclaro que la voz, el editor que selecciona los materiales para que trasluzcan una verdad escondida, el lenguaje común del pasado conversa más desnudamente que el retórico), la verdad sobre la conquista de América. Buscando el estrecho que lleva del Mar del Norte al Mar del Sur, se van abriendo otros horizontes, destruyendo y construyendo. Especial importancia tiene advertir en ese pasado la presencia de los mismos males de la Nicaragua actual: la familia Somoza se espeja simiescamente en Pedrarias, Rodrigo de Contreras, Hernando de Contreras, abuelo, hijo, nieto. Si tuviéramos tiempo (y la experiencia en que se apoya el lector) podríamos ir reseñando el paralelismo entre las dos épocas, las estructuras iterativas y modelos que unen y calcan a períodos tan aparentemente disímiles. Tal como Walker demostraba, con el gris de su hielo-mirada, su condición moral frente a la vegetación y tranquilidad de Nicaragua, así nuevamente se necesita que el sentido surja del conjunto y no de las opiniones del narrador, un periodismo cinematográfico en la poesía. Y recalcar que es posible advertir estas semejanzas debido a que esos ojos y bocas anotan para nosotros, circunstancias que son más significativas para el siglo XX que para el siglo XVI. Sin traicionar el mensaje original, Cardenal fuerza al lector a leer más allá, tal como en esa época pre-transcurría el siglo actual.

Casi como contrapartida, hasta en el título, está el Homenaje a los Indios Americanos. No se trata, como podría suponerse (6), de un retorno al indigenismo, en que la bondad es América precolombina y la maldad el conquistador y sus descendientes. Aunque no fuera sino porque en esos tiempos (véase el poema "Mayapan", no antologado) también hubo civilizaciones parecidas a la contemporánea, un ciclo de opresión, militarismo y ceguera, así como entre los españoles venían también aquellos, como Bartolomé de las Casas, que vivieron el mismo ideal utópico de paz y humanidad, además de llevar dentro de sí cada español un Mar Dulce, un Mito, un deslumbramiento que lo hacía intuir algo más ("la misteriosa esperanza colectiva que en ella alienta" (7) ). Pero sí es evidente que en la época precolombina se gestó, en los orígenes, en su estado más puro, la comunidad humana perfecta. Y esa esperanza, recuerdo, fuente de lucha, modo de vida, se mantuvo a lo largo de la historia (la momia en el museo lista para seguir bailando al viento la siembra) que se inicia con los conquistadores, y que ha reiterado los valores de destrucción y dominio que ellos traían. En ese primer encuentro no se resolvió la lucha, aunque ese momento resume el más acertado para poner de manifiesto las características mejores y peores de cada una de las culturas que se oponían. La injusticia que se encarnó en América en esa iniciación culmina, en e] siglo XX, en dos sociedades de signo complementario: la dictadura de Somoza y la sociedad de consumo imperial que sostiene a esa dictadura. Estos modelos están contenidos potencial y anticipatoriamente en los siglos previos; aunque también los Conquistadores (y su lenguaje lo prueba, el reportaje tierno y feroz que Cardenal recoge de su playa aparentemente. abandonada) difieren de la época actual, eran capaces de vislumbrar (como Marilyn) la huella digital de la naturaleza que los rodea como una caverna suave, luminosa y agresiva. El siglo XX masifica y perfecciona la explotación, repitiendo los mismos personajes y formas de sojuzgamiento, ahora despojados del sueño que los acompañara. Pero en la mitad de la alienación se yergue también la posibilidad cada vez más cierta, poética y revolucionaria, de acentuar la otra tendencia, solidaridad, humanismo, amor, liberación, que a la vez que renacimiento de los orígenes indígenas, es apoyo en los sectores del pueblo (los pobres) que contienen dentro de sí la posibilidad de llevar a cabo esa transformación (8).

Tanto el Estrecho como el Homenaje constituyen, por ende, no sólo una reconstrucción histórica, no sólo una predicción histórica, sino también un comentario sobre nuestra vida contemporánea, una realidad paralela que el lector debe interiorizar inevitablemente. "Las carreteras eran sólo para procesiones". Y no para los productos de la assembly-line de Michigan y Chicago, agregamos los lectores. Como si a la vez que vivieran su existencia (hermosa y pacífica, violenta e insensata, según su raza y época) nos estuvieran mandando un mensaje también sobre el hagan-esto y no-hagan-esto. No se trata sólo de que el tiempo se repite, que los kantunes volverán, sino que en este mismo instante se está repitiendo, a medida que se va profetizando en el pasado, y el autor va recogiendo, con su modo de ver, el modo de ser de esa sociedad, en este mismo instante en el pasado (entendido como el conjunto intercomunicado de ambas colecciones de poemas, sobre indígenas y conquistadores) ya se dio la lucha y enfrentamiento poético y que es en nuestro siglo donde se resolverá en definitiva el destino de la humanidad, cuál de los ciclos permanecerá, cuál de ellos deberá desaparecer y callarse para siempre.

Si Cardenal canta a los indios americanos es porque ellos han materializado en un sistema social (es decir, en las relaciones materiales y humanas que establecieron entre sí) el sueño -que no lo fue para ellos- de todos los oprimidos y revolucionarios del mundo, y supieron conservar la inspiración de esa solidaridad a lo largo de sus años de explotación. En su doble calidad (cuando eran dueños del mundo, cuando son marginales), representan la esperanza, que a veces se manifiesta como sistema social, a veces como lucha por ese sistema, a veces como débil intuición de su realización. No tiene sentido discutir con argumentos antropológicos esta visión. Ellos eran la poesía encarnada en una sociedad. Esa poesía hecha acción, esa unión de la praxis y la teoría, del individuo y la comunidad, resucitará en el futuro kantún de la revolución. El ciclo está garantizado, porque nunca se ha interrumpido del todo, aunque en algunos momentos tiene mayor hegemonía sobre el mundo. En algunas (y muchas) partes persisten esas banderas inferiores, la América eterna, el Che que somos, 'Tahirassawichi y Nele de Kantune (para ejemplificar sólo con los antologados). Ellos recuerdan los ideales verdaderos del hombre que es tan fácil dejar pudrir en esta época imperialista. Pero son un extremo "del hombre, seres putos, modelos, 'casi dioses. Como los contemplativos (que para. Cardenal "recuerdan el futuro auténtico de la humanidad), ellos en la infancia del hombre (la Edad de Piedra) se comunicaron perfectamente, y fueron resguardados desde arriba (y al lado) por su Padre, y conciliaron arte y ciencia, imaginación y política. Ahora, pasada la adolescencia, la humanidad se apronta para la madurez, para volver a recuperar el Origen y la infancia (que nunca se perdió del todo), pero de una manera superior, habiendo ya enfrentado el peligro, la tentación, la destrucción, la experiencia, los conquistadores cíclicos y cada vez más sin rumbo, cada vez más poderosos y menos soñadores, ha llegado la hora de que los tiempos cíclicos (y simultáneos, unas veces dominantes, otras veces dominados) arriben a la orilla decisiva de un Tiempo mejor, el tiempo de la revolución.

Los hombres se encuentran, por lo tanto, clasificados en tres categorías: los que están en el paraíso (revolucionarios, indígenas, inocentes), los que están en el infierno (dictadores, explotadores, mentirosos), los que están en el purgatorio (los desesperados, los exploradores, los que buscan sin saber cómo ni qué, las víctimas).

Ha llegado el tiempo del futuro. Es hora de hacer el paraíso.

En los guerrilleros, ensueño y carne el pueblo campesino, en las madres que los protegen con sus gritos y visiones, en el "Amanecer" "simple del pueblo cada día, y más que nada en el gran Canto Nacional con que se cierra, esta antología. Por fin la naturaleza y la historia se unen en un solo movimiento de liberación, donde el canto del pájaro y del poeta presagian y reclaman la victoria, donde Dios y la revolución son un sonido rimado, donde los tiempos simultáneos de Sandino y los explotadores se vacían y se limpian en el futuro que se avecina, en Nicaragua socialista que nace desde la inmediatez y urgencia de la tierra y el pasado.

Nuevamente se nos aparece el lenguaje de Cardenal como algo más (bastante más) que un recurso retórico. Su celebración de la sensualidad pausada del mundo, su sobria cadencia, su compás humilde, son el resultado de su concepción unitaria de la realidad. El desencadenamiento de la acción revolucionaria y de la catarata de geografías y períodos sonoros está incesantemente controlado por la voz de quien ha percibido el avance implacable hacia el triunfo. Se combina lo impersonal y lo cercano, la lejanía y el compromiso, casi como si Dios y la revolución, el Hombre y cada hombre (y ya parece dar lo mismo, yo que soy ateo lo digo) hubieran coincidido en las mismas palabras, hubiesen escogido el único micrófono existente para hablar juntos, indistinguiblemente.

Es la tierra misma de América la que exige ser liberada. Sólo existe, en potencia, para la revolución, para recordar los combates que se han dado, las múltiples y variadas esperanzas que ha alimentado para sus habitantes y para sus viajeros, para empujar a los hombres a su Justa repartición.

Es el pueblo el que rescata y conoce sus propias raíces del porvenir. Perdura el pasado porque el pueblo, que sufre y lucha y llueve, que repite como un sonido que nadie puede detener la crecida del diluvio revolucionario a través de los siglos. Es el pueblo el que canta en Cardenal, el pueblo que es la única poesía, el pueblo el verdadero y definitivo protagonista.

Repartición de pan. Repartición de belleza.

Abril. 1973.


Notas:

1. José Coronel Urtecho, carta-prólogo a El estrecho dudoso, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1966, p. 25.

2. Roberto Fernández Retamar ha estudiado este aspecto en la poesía hispanoamericana actual en uno de sus ensayos.

3. Como lo demuestra Pablo Antonio Cuadra en su prólogo a la Antología de Cardenal (Cuadernos Latinoamericanos, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1971), p. 20.

4. Véase Los Cristianos y la revolución, Quimantú, 1972, donde se incluye un diálogo de Cardenal con los estudiantes de la Católica, además de numerosos documentos de tipo continental.

5. Interesantísimo resulta el juicio de Cardenal con respecto a Cuba: En Cuba, Ediciones Carlos Lohle, Buenos Aires, 1972.

6. Relata Cardenal que los estudiantes de la Universidad de La Habana, entre otras preguntas, le hicieron la siguiente. "¿No cree usted que el excesivo interés de la temática precolombina lo aproxima peligrosamente a cierto indigenismo que por su estrechez de miras fracasó como corriente literaria en nuestro continente hace apenas unas décadas?" (En Cuba, p. 120).

7. Coronel Urtecho, op. cit.

8. Ver, para esto y para parte de lo que sigue, el iluminador estudio introductorio de José Miguel Oviedo para la edición de Universitaria de Homenaje a los Indios Americanos (1970)


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