Ensayos quemados en Chile

ENSAYOS QUEMADOS EN CHILE
(INOCENCIA Y NEOCOLONIALISMO)

Ariel Dorfman
EDICIONES DE LA FLOR, 1974


Contenido:

1. Introducción desafortunadamente necesaria

I Parte: Dependencia

2. Inocencia y neocolonialismo: un caso de dominio ideológico en la literatura infantil
3. Salvación y sabiduría del hombre común: la teología del Reader's Digest
4. Entrevista exclusiva al Llanero Solitario

II Parte: Problemas culturales de la transición

5. Ese frío robot: Las siglas
6. El libro organizado, nunca derrotado
7. Medios masivos de comunicación y enseñanza de la literatura
8. Artículos sobre movilización ideológica en la derecha e izquierda en los últimos meses del gobierno popular

III Parte: Literatura chilena en la encrucijada

9. ┐Volar? Un estudio de la narrativa de Skármeta y Edwards
10. El Patas de Perro no es tranquilidad para el mañana

IV Parte: Valores de la liberación

11. Ernesto Cardenal: íTodo el poder a Dios-proletariado!
12. La historia nos sigue absolviendo, Fidel


INTRODUCCIÓN DESAFORTUNADAMENTE NECESARIA

Por la Avenida Benjamín Vicuña Mackenna, así denominada en honor a un historiador chileno de fama del siglo XIX, hombre de vasta y reconocida cultura universal, pasaban los camiones. Pasaban llenos en dirección a Puente Alto, volvían vacíos.

-┐Sabes lo que llevan esos camiones? -me preguntó la voz de un compañero.

Esto era a principios de Octubre, 1973. Yo contemplaba la caravana cíclica de camiones desde una de las ventanas de la Embajada Argentina, en Santiago de Chile, cuya inmensa fachada da precisamente a esa arteria. Estaba recién asilado, y no, no sabía con qué iban cargados los camiones aquéllos, ni la más remota idea.

-Con libros -susurró el que miraba conmigo.

-┐Libros?

-Libros- asintió él. -Los llevan desde Quimantú- y señaló vagamente el edificio de la Editora Estatal Quimantú, que se divisaba a apenas dos cuadras de distancia, al otro lado de la Plaza Italia, al otro lado el río Mapocho, -hasta la Papelera- y ahora indicó por Vicuña Mackenna hacia el sur, el camino a Puente Alto, un pueblo suburbano del gran Santiago donde está instalada la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones.

No supe enseguida si era cierto lo que me afirmaba el compañero, que decía reconocer la procedencia de los vehículos. Yo no podía saberlo, porque los camiones iban tapados y no se veía su contenido. Pero tenía todos los visos de ser verdadera esa versión. Todos sabíamos, por distintas fuentes, que durante la primera semana los militares fascistas, junto con usurpar el poder, se habían entregado devotamente a la tarea de usurpar la cultura. Con entusiasmo, con fervor de drogadicto, habían quemado toneladas de libros que se hallaban en el depósito de la Editorial Quimantú. Pero, después de ese primer acceso de euforia, algún fascista menos bruto, había considerado que era un delirio hacer piras inquisitorias con los volúmenes. En sus pensamientos, pesó sin duda más su amor a la economía que su amor a la lectura. ┐Por qué no devolver los títulos ya impresos a la Papelera, y que allí los retornaran a sus orígenes, haciéndolos picadillo? En ese estado, guillotinados, perdían igualmente su carácter subversivo, se le borraban sus palabras, y conservaban, en cambio, su integridad física, prontos a quedar re-incorporados a la larga cadena de la producción, volvían a ser "útiles" a la sociedad como materia prima, volvían a beneficiar a los viejos dueños monopólicos de Chile ahora nuevamente asegurados en su hegemonía.

Estas ideas no circulaban privadamente. El Mercurio publicó una carta con esta sugerencia en la segunda (┐o sería la tercera?) semana del golpe. La firmaba no recuerdo qué vetusta y venerable señora, pero la había redactado sin lugar a dudas, como todas las "cartas" de El Mercurio, algún sabio del equipo editorial de ese diario. En ella se sugería que los libros así purificados podían servir para fabricar limpias fonolitas e higiénicos techos de cartón para los "pobres".

-Y los hemos visto yendo y viniendo así varios días -acotó el compañero.

Sí, era una tarea de gigantes. Se trataba de millones de ejemplares. La política editorial del gobierno popular había significado un salto tan inmenso, una difusión tan extraordinaria, que no bastaba con métodos ordinarios, normales, para acabar con los residuos materiales de esa experiencia.

En definitiva, daba lo mismo si esos camiones que terminaba de ver pasar eran efectivamente los que transportaban los libros. Era verosímil, claro, que los vehículos tomaran la ruta más corta y directa, que desfilaran frente a la Embajada Argentina camino a Puente Alto.

Me pregunté si algún libro en que yo había participado estaría entre los que viajaban tan incómodamente hacia su destino de pulpa de papel. En la Editorial Quimantú, en ese momento, existían dos títulos, casi finiquitados, en que mi colaboración había sido activa. Uno, a punto de distribuirse a fines de la semana que se inició el lunes 10 de septiembre, era La Historia Me Absolverá, de Fidel Castro, cuya larga introducción había escrito. Esa obra, según mis cálculos, debió ser una de las primeras en mandarse a la hoguera: incluía orgullosamente, como símbolo de la hermandad chileno-cubana, un prólogo-homenaje del compañero presidente, de Salvador Allende, a la primera revolución socialista de América a propósito del vigésimo aniversario del Moneda. De ese libro no debía quedar ni una hoja suelta flotando por ahí, ni un ejemplar. En cambio, el otro volumen, en encuadernación, Poesías Escogidas de Ernesto Cardenal, que llevaba un también extenso ensayo introductorio mío, pudo haberse verosímilmente salvado del fuego, en espera de la posterior guillotina. Ya me imaginaba a los analfabetos asaltantes de Quimantú (┐los mismos que serían designados, en mérito a sus servicios, interventores de las universidades chilenas?) clasificando las toneladas y metros cuadrados de cultura: ítodo lo abiertamente político, se quema!; ílas obras literarias, a la Papelera!; lo demás (?)..., a revisión.

Sentí, en el centro (o sería la periferia) de toda la extrañeza que se me había ido acumulando durante los días posteriores al golpe, en el centro de la extrañeza que había significado vivir plenamente los tres años de gobierno popular, sus avances y dificultades, sentí que se agregaba otra experiencia singular más: presenciar el transporte de libros, vagones repletos hacia su Auschwitz chileno, obras que eran fruto del esfuerzo colectivo del país por salir adelante cultural, ideológicamente, por romper el subdesarrollo educacional y la dependencia, esfuerzo en el cual había puesto yo también, junto al gran nosotros que éramos, que seguimos siendo, mi parte.

Ya me había ocurrido, por lo demás, algo similarmente insólito un par de semanas antes, refugiado en la casa de un obrero calificado (que recién vine a conocer en esa ocasión). Tuve ahí la oportunidad de presenciar por televisión la quema de libros frente a las Torres de San Borja. De pronto, en medio de uno de los auto-de-fe, un ejemplar de Para Leer al Pato Donald. Quizás en ese sorprendente momento me convertí en un nuevo y lastimoso fenómeno del siglo XX: uno de los primeros autores que viera, a través de ese medio audio-visual, la incineración de una obra suya. (Supe, meses más tarde, ya en Buenos Aires, que los 300 ejemplares remanentes de esa edición que se encontraban en bodegas de Ediciones Universitarias de Valparaíso, habían sufrido un curioso destino: fueron tirados a la bahía por efectivos de la Armada. Habrán pensado, humor naval, que era un justo fin para un pato tan subversivo).

Tristes experiencias originales que hace vivir, entre otras muchas, entre otras más terribles, el fascismo. El fascismo, que siempre reduce a cenizas los libros, pero que no siempre tiene (ni tuvo) a su disposición un sistema televisivo para transmitir el evento, que no siempre había llegado a tal soberbia enloquecida (y temerosa) que se vanagloriase de ello. Si los usurpadores del poder en Chile trataban de esa manera a la palabra impresa, no es difícil imaginar de qué manera se trataría a la palabra viva del país, a sus obreros, campesinos, estudiantes.

El presente libro. Ensayos Quemados en Chile, quiere recopilar todo el material inédito, pero que se hallaba al borde de salir a la publicación. Incluye, por lo tanto, además de las dos introducciones a las obras de Fidel y Cardenal, un estudio, "Medios Masivos de Comunicación y Enseñanza de la Literatura", que se encontraba en prensa en el último número de la Revista de Educación. Presumo que ese número, dedicado a la ENU (Escuela Nacional Unificada, proyecto de modernización y reorganización del sistema de enseñanza, odiado y combatido por la derecha), habrá pasado también por las delicias expurgantes del fuego. A menos que los cruzados hayan calculado que había que castigar tanto atrevimiento con una sanción más aleccionadora, atando la revista a las aspas de un helicóptero (como hacen con los campesinos en el sur de Chile, cerca de Temuco), para que sea el aire mismo el que sancione y borre el intento de cambiar el mundo. Quizás los militares creen en la antigua filosofía astral, y quieran que los libros sean destruidos por los cuatro elementos, agua, aire, tierra y fuego, para que sea el universo mismo el que reprima a los marxistas.

También hemos recogido aquí ensayos y artículos ya editados, que aparecieron a lo largo de los tres años en revistas y periódicos cuya circulación la Junta prohibió y cuya mera presencia en una biblioteca (en las primeras semanas, por lo menos) era un signo de contaminación política ominosa: Cuadernos de la Realidad Nacional, Chile Hoy, La Quinta Rueda, De Frente, Más Fuerte.

Hay dos textos, no obstante, que no cumplen, por lo que yo sé hasta aquí, el requisito de haber sido censurados ni tampoco quemados. Son los referidos a la literatura chilena en la encrucijada, de la tercera sección, los únicos que, curioso dato, no fueron elaborados durante el gobierno popular, sino en los meses de 1970 que lo antecedieron. Si se han agregado al libro, es debido a que sirven, de todos modos, para complementar, tanto temáticamente, como desde el punto de vista de la evolución de mi propio quehacer, la totalidad de diferentes búsquedas que surgen a lo largo de los tres años. Más allá del interés que pudieran ofrecer sus análisis, lenguajes, argumentos, posiciones, más allá de que todos exploran, de una u otra manera, los problemas de la dependencia y de la liberación en los medios masivos y en la literatura americana, el central asunto de un lenguaje, poético, político, masivo, para América, creo que el valor principal del conjunto de ensayos, y su unidad, reside en haber sido creados al calor y a la presión de los hechos inmediatos, como quien no ha tenido tiempo de corregir o respirar, configuran una voz puesta crecientemente al servicio de su pueblo. Estas variadas perspectivas sobre América son el resultado práctico de una militancia cada vez más marcada en un proceso revolucionario, orientado por un partido político. Yo supe, en mi propia persona, lo que es ser moldeado por las masas, enseñado y enriquecido por ellas, lo que es ser parte de un movimiento de vanguardia. Yo pude ver, en mi propia obra, de qué modo el pueblo organizado, luchando por liberarse, en ese período hirviente en que se propone factiblemente conquistar el poder, va también organizando, pujando, cambiando al productor cultural, a ese ente que llamamos "intelectual", forzándolo a entrar en bendita crisis, comprometiéndolo hasta los huesos en el proceso, haciendo de él un combatiente de su causa. Incluso la gran mayoría de los ensayos han sido escritos en el mientras tanto de la vida, en las intersecciones de los horarios, a las dos o tres de la mañana de vuelta de un rayado mural, en las madrugadas entes de hacer clases, en escasos fines de semana libres, en momentos a veces robados -por qué no admitirlo- a tareas políticas que parecían (y creo que eran) más urgentes. Llevan con honra el sello de su apresurada elaboración, de ser respuesta a necesidades de expresión que se sentían vibrar en el aire puro y trabajoso del Chile popular, ideas para las que alguien tenía que ser transitorio puente, pequeñas semillas -entre tantas semillas, de tanto colores, para tantas especies y frutas- que exigían un sembrador.

Estos escritos, por ende, como parecerá obvio, estaban destinados prioritariamente al público chileno.

Ese público, también obvio, no los puede leer.

Llegarán las jornadas en que los hombres -y los libros- puedan transitar sin temor por los campos y ciudades de mi país. Mientras tanto, cada uno de los ensayos aquí rescatados desde el infierno y la barbarie, sigue reafirmando la confianza con la cual fueron originalmente concebidos: no se puede apagar la rebeldía del hombre, no se puede encadenar su voz, no hay fuerza que pueda evitar que brote la comunicación. Ahora mismo en Chile la letra impresa viaja de subterráneo en subterráneo, navega de mano en mano, las bocas la propagan más allá de los bolsillos y la lectura. Desde las cenizas, desde el papel picado, desde el agua de mar en que se los intentó sumergir, los ensayos quemados quieren asegurar que lo que queda no es la hoguera, no es la máquina trituradora de la papelera, no es el océano. Las palabras renacerán, ya renacen, y sabrán contribuir también a la definitiva liberación de la patria.

En Chile, pese al decreto tal, la ordenanza cual, más allá de las fogatas, alguien lee, muchos alguien, muchos, muchos alguien, sigue y siguen leyendo, el pueblo sigue comunicándose.

ARIEL DORFMAN. Marzo, 1974.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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