Asesinato en Washington

VIII

UN ACTO DE TERROR

EL INTERMITENTE CANTURREO de Ronni Karpen Moffitt era una especie de música de fondo mientras ella y Michael se dirigían con Orlando Letelier al IEP en la mañana del 21 de septiembre de 1976. Improvisaba con su voz (lo mismo que con la flauta), manteniendo un control estructural y de allí pasando a desconocidas improvisaciones. Amaba la música y a su esposo Michael Moffitt.

A los 25 años, Ronni había pasado de una infancia retirada al mundo de la política internacional. Había crecido en Passaic, Nueva Jersey, donde sus padres -Murray e Hilda Karpen- tenían una tienda de productos alimenticios. La atención que los Karpen dedicaban a sus embutidos y pasteles, dejaba a sus hijos en segundo plano, pero para ellos, era precisamente esa actividad de sus padres lo que hacía posible su asistencia a la universidad.

Ronni, la mayor de tres hijos y la única mujer, se graduó en 1973 en la Universidad de Maryland y comenzó a experimentar en la carrera de la vida. Trabajó en una agencia de publicidad; dio clases en tercer grado; abrió un centro comunitario de música en la zona Adams-Morgan de Washington, una de las áreas multirraciales pobres, para que la gente imposibilitada de adquirir instrumentos musicales pudiera utilizar los del centro. Hacia 1975, junto con sus actividades comunitarias, había empezado a trabajar de tiempo completo en el Instituto de Estudios Políticos. Primero, como secretaria y luego, tras adquirir los conocimientos necesarios, como coordinadora de los fondos del IEP.

Para Michael Moffitt, joven economista que trabajaba con Richard Barnet en el instituto, Ronni era la encarnación misma de la alegría. Luego de un rápido y romántico noviazgo, se casaron el Día del Recuerdo, el 30 de mayo de 1976. Les compañeros del IEP y los amigos asistieron a la ceremonia realizada en el patio trasero de la casa de los Karpen, en Passaic. Fue una suntuosa comida de bodas, con salchichas, paté, pasteles y champaña, bajo un toldo en donde comieron, bebieron y bailaron hasta el anochecer.

Cuatro meses más tarde, los invitados a la boda recordarían los pequeños incidentes como premonitorios: el viento que voló la chupah, arco que cubre a los novios en las ceremonias nupciales judías, y el tropezón de Ronni cuando se encaminaba hacia el rabino.

En la mañana del 21 de septiembre de 1976, Michael se acomodó en el asiento trasero del automóvil de Orlando, leyendo, mirando por la ventanilla, escuchando y, a ratos, participando en la conversación de Ronni y Orlando acerca de un libro que ambos habían leído en la infancia. Orlando, aunque no era un conductor lento, no tenía un estilo agresivo al volante. Michael recordó haber pensado: "Si yo fuera conduciendo, lo haría mucho más rápido".

El día estaba abochornado, con esa característica niebla de Washington desde junio a septiembre. El cielo estaba cubierto. Ronni personificaba todo el brillo del cual el día carecía. Cuando volteaba la cabeza para hablar con Orlando, Michael podía contemplar su perfil. Se sintió más cómodo cuando abrió un poco la ventanilla, permitiendo que el humo del cigarrillo de Orlando saliera.

El automóvil de Letelier, seguido por el sedán gris, adelantó la embajada de Chile, a la izquierda, enfilando por Sheridan Gírele. El conductor del sedán presionó el botón de un aparato enchufado al encendedor de cigarrillos y luego apretó otro botón.

Michael Moffitt escuchó un ruido agudo "como un alambre caliente sumergido en agua fría". Vio un fogonazo sobre la cabeza de Ronni y luego lo sobrecogió un ruido demoledor, ensordecedor.

William Hayden, un abogado que conducía detrás del coche de Letelier, salió violentamente de su sopor matinal a causa del chispazo y la onda expansiva. Más tarde, declaró: "Vi un automóvil que prácticamente caía del cielo envuelto en llamas". El Chevelle de Letelier cayó sobre un Volkswagen estacionado y rodó hasta detenerse, totalmente quemado, frente a la embajada de Rumania, dejando a su paso un reguero de vidrios, sangre y trozos de metal y carne.

Los policías del Servicio Ejecutivo de Protección que custodiaban las nueve embajadas de la calle, aparecieron de varios puntos, corriendo hacia los restos del coche y desviando el tránsito.

Moffitt relató: "El auto se levantó del piso. Comencé a sentir el hedor más increíble en toda mi vida ... Hacía mucho calor... Parece que nos detuvimos. Yo estaba arrodillado en el piso y no sentía nada de la cintura para abajo. Había humo".

Moffitt salió expulsado del automóvil, sin un zapato, aturdido. Aspiró aire fresco para desintoxicar su pulmones. "Vi a Ronni por detrás, tratando de arrastrarse hacia la orilla". No vio a Orlando.

Corrió por el costado de los restos del vehículo, hacia el asiento del conductor y, en ese momento, lo vio. "Había un boquete enorme en el auto y Orlando estaba dado vuelta, mirando hacia la parte de atrás, con la cabeza medio colgando, trataba de moverla hacia adelante ..." "¡Orlando!", gritó Michael abofeteándole el rostro. "Soy Michael, ¿me oyes?" Vio a Letelier "tratando de murmurar algo, pero nunca dijo nada comprensible". Moffitt entró al automóvil humeante, por entre trozos de metal retorcidos y, "traté de poner mi brazo bajo su espalda y levantarlo, pero estaba muy pesado. En ese momento miré hacia abajo y vi su carne abierta, con la parte inferior de su cuerpo separada del resto".

Desesperadamente, intentó alzarlo de nuevo, con todas sus fuerzas, pero no logró levantarlo de la humeante carrocería. Con el rostro ennegrecido, cubierto de sudor, desistió y, lleno de rabia y frustración, gritó: "¡Asesinos! ¡Fascistas!"

En ese momento vio a Ronni que yacía en el césped de una embajada. Había una mujer inclinada hacia ella. "¿Quiere ayudarme?", le dijo. "Pero ella me contestó, «no. Déjeme tratar de detener la hemorragia»". La mujer trató de llegar a la garganta de Ronni y colocar su cabeza de modo de detener la hemorragia; "la sangre manaba de su boca", dijo Moffitt.

"La sangre le saltaba por la boca, había sangre por todas partes", declaró el oficial Walter Johnson de la policía metropolitana. Johnson llegó al lugar de los hechos minutos después de recibir una llamada por radio de un oficial de policía de Protección Ejecutiva. Vio el automóvil destrozado y corrió hacia el vehículo.

"Cuando me acercaba, vi un pie en la calle ... Pude observar que, aparentemente, el vehículo se había arrastrado unos cien metros, dejando restos en el camino, incluyendo el pie. Me acerqué más al vehículo y miré dentro del auto; inmediatamente vi a un hombre blanco, sentado en sus caderas, en el pavimento. Todo el piso del coche se había desprendido. Había perdido las piernas por encima de las rodillas. Había sangre en todas partes. El interior del vehículo estaba ennegrecido, convertido en chatarra. Miró hacia mí... quiso acercárseme".

Johnson divisó un carro de incendios y solicitó a su conductor que pidiera una ambulancia, por si todavía no habían llamado a ninguna.

"Entonces, vi a un hombre blanco . . . corriendo alrededor, muy excitado. Sus cabellos estaban chamuscados. Gritaba cosas, dando a entender que los fascistas habían colocado una bomba". "¡Los fascistas lo mataron!", gritaba Moffitt. "Lo asesinó la DINA. Pinochet, el criminal".

Ante ese panorama, el detective Johnson sintió náuseas. Oyó gritos, vio más sangre, piernas cortadas. Llegaron otros vehículos y más policías y sirenas. La multitud comenzó a amontonarse.

Llegaron las ambulancias, abriéndose paso con ululantes sirenas por entre el tráfico detenido. Letelier, lívido, sobre un charco de sangre, la medida de su evanescente vida, fue sacado en entre los escombros por un oficial de la policía y los camilleros de la ambulancia. Los enfermeros, inclinados sobre los muñones de sus piernas, trataban de tapar los vasos sanguíneos. La ambulancia partió velozmente. Una vez que llegaron al Hospital George Washington, situado a un kilómetro de distancia, Letelier ya había muerto.

Cuatro agentes del FBI salieron de un coche sin emblema y lograron entrar a Sheridan Circle. Observaron la escena y comenzaron a dar órdenes. Una segunda ambulancia que llevaba a Ronni Moffitt, salió hacia el hospital. Un policía no permitió que Michael Moffitt acompañara a su esposa.

Cuando desapareció la última ambulancia, el agente especial del FBI L. Cárter Cornick se esforzó por recordar todos los detalles sin perder la visión de conjunto. Se dio cuenta, como lo mencionó más tarde en su declaración, que las ambulancias se habían llevado a las víctimas, pero habían dejado un pie en e! pavimento, aún dentro de su zapato. Cornick ordenó un estrecho cordón policial y luego acordonó toda el área, dividiéndola en secciones numeradas para identificar con precisión cada lugar donde podían encontrarse evidencias.

Llegaron más agentes del FBI, entre ellos, el máximo oficial de la sede de Washington, el agente especial Nicholas Stames. Informado sobre la identidad de Letelier, Stames supuso que habría mucha publicidad, probablemente consecuencias políticas y presiones de muchos grupos. Se acercó a Cornick y le dijo: "Este caso es suyo. Actúe".

Más tarde, Cornick recordó: "Todavía estaba allí Mike Moffitt. Ofuscado, gritaba: «¡DINA. DINA!» Yo no sabía qué era la DINA, pero no tardé mucho tiempo en saberlo".

Finalmente, un coche policial llevó a Moffitt al hospital, donde Ronni recibía tratamiento médico de emergencia. Llamó al IEP. La recepcionista Alyce Willy, al oír su voz, empezó a bromear como de costumbre, "Él me dijo: «Basta, Alyce». E inmediatamente me di cuenta de que algo malo había sucedido", recordó ella. "Me dijo algo sobre una explosión, un automóvil. Que Orlando había muerto y que la DINA lo había hecho, o algo así. No fue muy claro. Yo no sabía quién era la DINA, parecía el nombre de una mujer. Michael me dijo que estaban atendiendo a Ronni y que no sabía cómo estaba. Me pidió llamar a Isabel. Yo le pedí a Liliana que lo hiciera".

En una salita de tratamiento, un doctor le extrajo a Ronni un fragmento de metal del esternón; le desinfectaron las heridas y la vendaron. "Me dijeron que Ronni estaba seriamente herida, pero que estaban atendiéndola; parecía haber transcurrido una eternidad ... Me llevaron a una sala, acostándome en una camilla, mientras mucha gente me rodeaba. Uno de los doctores se me acercó y dijo: «Su esposa ha muerto»". (1)

Liliana Montecino, secretaria de Orlando Letelier, llamó a Isabel, diciéndole que había ocurrido un accidente con el automóvil de Orlando y que fuera al Hospital George Washington. Mecánicamente, agregó: "No se preocupe, todo está bien". Liliana descendió nerviosamente a la calle. Hacía menos de tres años, había recibido una llamada similar desde Santiago de Chile: su hijo mayor, Cristian, había tenido un accidente. Dos agentes de la DINA lo arrestaron, aparentemente confundiéndolo con otra persona. El hijo de Liliana murió durante la tortura.

Pocos minutos más tarde, Alyce llegó a casa de Saul Landau. Entre sollozos, le dijo: "Un accidente terrible ... Orlando está muerto .. . Ronni .. . Ronni . .. Ven al IEP. Marc y Dick están en el hospital . . ." Landau corrió al instituto, llegando pocos minutos antes de que los reporteros y otras personas ajenas comenzaran a repletar la recepción. Pidió a todos que salieran y cerró la puerta con llave.

En la sala de emergencias del hospital, Marcus Raskin y Richard Barnet fueron informados de la muerte de Orlando. Las autoridades del hospital, dándose cuenta de la naturaleza poco usual del acontecimiento, hicieron de lado las precauciones burocráticas y dieron todas las informaciones. No fue sino hasta la llegada de Ann, la esposa de Barnet, cerca de las 10:30 a.m., quien recurrió a su status médico para obtener información, que los codirectores del IEP tuvieron la confirmación definitiva de que Ronni también había muerto, ahogada por su propia sangre. Con un trozo de metal, la carótida se seccionó y la sangre, pasando a través de la tráquea, había inundado sus pulmones.

Ann Barnet vio a Ronni. Su rostro, severamente quemado, estaba totalmente negro en algunos lugares y había perdido por completo el color natural. Tenía claros signos de haber sufrido agudos dolores.

Isabel Letelier recordó: "La llamada de Liliana me dejó muy nerviosa porque por su voz comprendí que ella no sabía lo ocurrido. Me dije a mí misma: «Si hubo un accidente, espero que no haya sido culpa de Orlando, él jamás se perdonaría haber hecho daño a Michael y Ronni»". Isabel gritó a Illa, su sirvienta, que debía correr al hospital. Se dio una rápida mirada en el espejo, tal como lo hacía siempre antes de salir. "Estaba vestida con chaqueta y pantalones negros y, no sé por qué, sentí que no podía ir vestida así. Le dije a Illa: «No puedo ponerme esto». Me cambié de ropa y salí, dándome cuenta de que llovía. Tuve una especie de premonición de que algo horrible había sucedido. ¿Habría patinado el automóvil? No me sentí capaz de conducir, por lo que pedí un taxi. Fue algo muy extraño, puesto que yo siempre puedo conducir".

"El taxista se demoró siglos. Ustedes saben cómo se pone Washington cuando llueve; todos van a vuelta de rueda. Cuando nos acercamos a la Mezquita en Avenida Massachusetts, el tránsito estaba bloqueado en ambas direcciones. Comenzó a apoderarse de mí el pánico y le dije al chofer: «Mi esposo manejaba el coche que provocó el accidente». Me sentí muy mal. Orlando preferiría morir antes de lastimar a alguien".

"Vi a Michael Moffitt justo en el momento de llegar; la gente me dijo que había sido una bomba. Michael gritó: «¡Mataron a mi niña!». Nos abrazamos. Me dolía el pecho y me sentía muy débil".

Isabel pidió ver el cuerpo de Orlando, pero las autoridades del hospital y la policía trataron de impedírselo. "No". "Imposible". "No se puede". "Los reglamentos lo prohíben". Citaron reglas, leyes, autoridad. Isabel insistió. "Sabía que tenía que verlo. No importaba cómo estuviera, pero verlo muerto era muy importante para mí". Finalmente, con la ayuda de Ann Barnet pudo entrar a la sala donde yacía el cuerpo de Orlando.

"Vi el cuerpo sin piernas. Fue importante ver qué había hecho el enemigo. Orlando era la vida, la vida, la vida. Sentí una pérdida terrible. Mi matrimonio podría haber terminado y podríamos habernos no sólo separado, sino divorciado, pero él habría seguido siendo mi amigo; en cierta forma, me habría cuidado, como lo hizo cuando estuvimos separados. Y él era el padre de mis hijos. Cuando entré al hospital y me dijeron que estaba muerto, sentí que se me doblaban las piernas. No tenía nada de qué agarrarme. La pérdida de Orlando me produjo dolor en el pecho y la oscuridad me llenó las entrañas, el interior, donde él había estado.

"Cuando lo vi, sólo con la mitad de su cuerpo, sentí furor. Una inyección de energía me recorrió el cuerpo que un momento antes había sentido tan débil. Él amaba su cuerpo, sus piernas, y el enemigo le había hecho esto. Me sentí preparada para luchar contra ellos.

"Pude ver en su rostro el dolor y la sorpresa. Esos deben haber sido sus sentimientos al morir. No podía soportar el dolor en mi pecho, las ganas de llorar. Tuve razón al exigir ver su cuerpo. Eso significó que nada había cambiado, ya que yo había estado luchando contra estos asesinos desde el mismo día del golpe".

Recordó aquel día, en Chile, cuando Moy Tohá recibió la noticia de la muerte en prisión de su esposo José y ella la acompañó al hospital. Las autoridades dijeron que su muerte había sido "suicidio". Isabel le había murmurado a Moy en el oído: "Pide ver el cuerpo". Moy así lo hizo, encontrando evidencias del asesinato.

"Recuerdo cómo se tranquilizó Moy después de eso. Y cómo estaba de tranquila Tencha, tras la muerte de Salvador. Me dije a mí misma que nunca podría haber logrado esa serenidad, que habría estado histérica, habría llorado sin ser capaz de pensar. Ansiaba estar sola y llorar, dejar que mi dolor me saliera por la boca. Pero no pude. El modelo empezó con el golpe. Cuando Pinochet mata, los sobrevivientes deben hacer lo necesario para seguir adelante. Eso se había transformado en un medio de lucha. Supe que debía hacer todo lo que estuviera en mis manos para que la muerte de Orlando costara cara a quienes lo habían asesinado".

Cuando Ralph Stavins, colega del IEP, llegó a Sheridan Circle, a unos cinco minutos a pie del instituto, grandes aspiradoras de la policía habían comenzado a limpiar los vidrios y fragmentos de metal en la calle y los jardines de las embajadas. La lluvia había borrado la mayor parte de la sangre y algunos hombres treparon a los edificios en busca de fragmentos, mientras otros buscaban en los techos de Sheridan Circle, recogiendo pedazos de vidrio, metal, restos de carrocería, trozos de ropa y fragmentos de huesos humanos.

Llegaron más amigos y miembros del IEP. Improvisaron carteles y comenzaron a reunirse frente a la Embajada de Chile. Los oficiales del Servicio de Protección Ejecutiva dispersaron a la enfurecida multitud, emitiendo una orden que prohibía manifestaciones en un radio de quinientos pies alrededor de la embajada.

El embajador chileno Manuel Trueco dijo a un periodista radial que Letelier pudo haber intentado arrojar una bomba a la Embajada de Chile mientras pasaba por allí y que la bomba habría estallado en sus manos. Dos consejeros se reunieron con el embajador, tras lo cual, rápidamente se retractó, aunque demasiado tarde como para evitar que sus declaraciones aparecieran en los noticieros vespertinos.

JOHN DINGES, CORRESPONSAL residente de la revista Times y del Washington Post en Chile, estaba en el escritorio de una pequeña oficina de una revista, en Santiago.

Bernardita, la secretaria, recibió la llamada y aunque no entendía el inglés, al escuchar mi nombre me pasó el teléfono. Eran diez para las diez. El editor para el extranjero del Washington Post fue inusitadamente breve: explosión en Washington hace unos minutos; los cuerpos no han sido identificados, pero el automóvil, sin duda, pertenecía a Orlando Letelier; un hombre -probablemente Letelier- murió. Escribe la "versión para Chile". Otros editores llamaron, averiguando cómo estaba siendo cubierta la noticia.

Nunca había visto a Letelier, pero reaccionó como amigo de la familia. Mientras él estaba en Isla Dawson, trabé amistad con su hermana Fabiola y a menudo discutimos su lucha como abogado para lograr la liberación. A través suyo conocí a Isabel Letelier y, cuando estuve en Washington en julio, la visité en su casa de Bethesda; recuerdo haberme desilusionado porque Orlando no estaba.

Corrí las tres cuadras desde mi oficina, en la calle Matías Cousiño, hasta la Plaza de Armas y entré violentamente por la puerta que tenía un cartel ordinario en donde se leía "Librería Manantial". Adentro, una puerta llevaba hacia la Vicaria de la Solidaridad de la Iglesia católica, centro de la actividad por los derechos humanos en Chile. El guardia de seguridad de la puerta me reconoció, dejándome subir. "¡Mataron a Letelier!", grité mientras subía por la escalera.

Dije cuanto sabia a un grupo de abogados, empleados y otras personas que se encontraban reunidas en la oficina del director de la Vicaría, Cristian Precht. Un abogado salió precipitadamente a buscar a Fabiola, quien, desde la liberación de su hermano, hacía dos años, había estado trabajando sin descanso como miembro del equipo legal de los derechos humanos, presionando a la tímida corte chilena para que actuara en los miles de arrestos ilegales y los cientos de casos de personas desaparecidas. Alguien encendió la radio, pero aún no había noticias. Fabiola llegó, muy alterada, pálida. Cuando las primeras noticias confirmaron que Orlando Letelier estaba muerto, se enfureció y se le doblaron las piernas.

Nadie habló, nadie se molestó en decir que la DINA lo había hecho. Como institución, la Vicaría había subsistido a tres años de detenciones, encarcelamientos y amenazas a miembros individuales, trabajando bajo lo que ellos llamaban "el paraguas", el precario santuario protegido por su vinculación a la Iglesia católica y varias organizaciones internacionales de derechos humanos. Comenzaron los comentarios, pero inmediatamente se acallaron, mientras el miedo se apoderaba de la oficina. Si la DINA podía asesinar a Orlando Letelier en las calles de Washington, ¿cómo podíamos estar nosotros aquí a salvo, con o sin la Iglesia?

Subí a los archivos de la Vicaría, el único lugar en Chile donde se reunían los archivos completos y los análisis de la actividad de la DINA en la violación a los derechos humanos. Como en los incontables casos sobre "derechos humanos", los funcionarios de la Vicaría me ofrecieron su ayuda, sacando las carpetas.

Mis notas de ese día tienen la siguiente descripción:

("M" significa muerto; "A" quiere decir asesinato; "D" es desaparecido, tras haber sido arrestado por la DINA).

M-A Schneider (Oct. 1970). Comandante en Jefe del Ejército.

M-A Prats (Sept. 1974). Com. Jefe Ejército. Ministro Defensa.

M-(¿suicidio? Tohá 1974). Socialista. Min. Defensa. Muerto en prisión.

M-A Letelier (Sept. 1976). Socialista. Min. de Defensa.

M-¿? Bonilla (marzo 1975). Militar. Defensa.

D Víctor Díaz (mayo 1976). Comunista. Comité Central PC.

D Carlos ¿orea (¡unió 1975). Socialista, dirigente.

A Leighton (Oct. 1975). Democratacristiano, dirigente. Sobrevivió.

M-¿? Alberto Bachelet (1974). FACH, pro allendista. Muerto en prisión.

Esa tarde, llamé a mi oficina del Post desde un teléfono público, usando un nombre falso:

El asesinato del exiliado chileno Orlando Letelier... forma parte de un modelo claro de terrorismo dentro y fuera de Chile, que ha ido eliminando a las posibles amenazas al régimen militar del general Augusto Pinochet.

Los observadores aquí creen que, si bien el atentado contra Letelier se realizó en Estados Unidos, fue planeado aquí en la oficina de la DINA, la policía secretadle Pinochet.

El denominador común de todos los asesinatos o accidentes sospechosos es que la victima era un rival militar inmediato para el ascenso al poder de Pinochet, o para su continuación en el poder; o bien, la víctima era un opositor civil con fuertes lazos entre los generales que rodean a Pinochet.

EL ABOGADO DE los Estados Unidos, Earl Silbert, tras consultar a Ronald Campbell, jefe de su división de crímenes mayores, asignó a media mañana en el caso a Eugene Propper como asistente del abogado por los Estados Unidos. (2)

La designación del miembro más joven de la división, reflejaba la opinión de Silbert de que "el asesinato era un claro acto terrorista que sería prácticamente imposible resolver". Pero señaló que Propper "era trabajador e ingenioso y no estaría sometido a presiones". Propper estaba tomando un café en la cafetería del edificio de la Corte Distrital de Estados Unidos, cuando Campbell le notificó su nombramiento.

Stanley Wilson, antiguo miembro de la policía metropolitana, maniobró para ser asignado al caso Letelier-Moffitt, tan pronto como supo la identidad de Letelier. Por haber nacido en la zona del Canal de Panamá, hablaba español.

EN LA TARDE del 21 de septiembre, la situación en los alrededores y dentro del IEP pasó alternativamente del caos al orden y de allí nuevamente al caos. Poco después de que Raskin y Barnet regresaran del hospital, llegaron los periodistas y las cámaras de televisión repletaron la sala de seminarios de la planta baja.

Waldo Fortín y Juan Gabriel Valdés pidieron a Liliana Montéeme las llaves de la oficina de Orlando, situada a media cuadra del edificio central. Acompañados por Saul Landau, revisaron rápidamente los documentos de los archivos de Letelier, para asegurarse de que no caerían en manos de los agentes del FBI materiales que podrían comprometer la resistencia chilena, tanto en el interior del país como fuera de él. Valdés, comprensiblemente desconfiado del gobierno que había ayudado a derrocar a la UP, estaba convencido de que el FBI entregaría a la DINA todo lo que encontrara. Ninguno de los tres encontró listas de nombres en la oficina de Orlando; pero ellos no sabían qué documentos llevaba Letelier en su maletín, o en sus bolsillos. Cualquier información que pudieran contener esos documentos, ahora estaban en poder de la policía y del FBI.

Raskin y Barnet dieron comienzo a la conferencia de prensa. Calificaron las muertes de asesinato, conteniendo con esfuerzos su tristeza y pidiendo que el Presidente Ford y el director del FBI Clarence Kelly investigaran a fondo el caso. Barnet acusó a la DINA: "Creo que hay evidencias suficientes, basadas en lo que sucedió en Roma, en Buenos Aires y ahora aquí en Washington, D.C., que muestran un patrón de conducta de las agencias de inteligencia chilenas".

Michael Moffitt, vistiendo una camisa verde del hospital, prometió trabajar "para reunir a la gente en el Capitolio a fin de solicitar el término de la ayuda a los dictadores en el poder". Se esforzó por aparecer con los ojos casi secos ante las cámaras de televisión: "El gobierno de Estados Unidos ayudó a derrocar el gobierno de Allende y a colocar en el poder a estos dictadores. Ellos son los responsables de la muerte de mi esposa".

Cuando finalizó la conferencia de prensa, llegó la policía y procedió a evacuar el instituto, a fin de que el equipo experto en bombas, con perros amaestrados, pudiera inspeccionar el edificio. Los perros ya habían ladrado al acercarse a un automóvil cerca de Sheridan Circle. El vehículo pertenecía a un conocido crítico de la CIA, y la policía tomó inmediatamente todas las precauciones de seguridad. Más tarde, la inspección reveló la existencia de mariguana en el vehículo, lo que provocó en los adiestrados animales la misma reacción que les causan los explosivos.

Los perros olisquearon los salones del instituto y las oficinas. Fuera de la oficina de Ralph Stavins, ladraron y gruñeron, indicando a sus guardianes que habían encontrado algo interesante. El descubrimiento consistió en un producto químico utilizado en el papel del mimeógrafo, cuyo olor se parece mucho al de ciertos explosivos.

Afuera, la calle estaba acordonada por la policía. Saul Landau mostró al oficial el automóvil de Michael Moffitt, abandonado allí por su dueño la noche anterior a causa del desperfecto, e hizo un movimiento para abrir la portezuela. El policía dio un salto y, tomándole el brazo, gritó: "¡No toque ese auto! ¡Puede estar minado!"

Alrededor de las 2:00 p.m., llegó al lugar de los hechos el FBI; aunque se le esperaba, aumentó el malestar general. La oficina había entrado en el caso porque Letelier había sido miembro del cuerpo diplomático en Washington y, de acuerdo al protocolo, éste era un status vitalicio, que caía dentro de la jurisdicción federal y no de la local. Los directores, compañeros y personal del IEP recibieron la llegada de los agentes como si hubieran sido portadores de la peste negra.

En 1974, el IEP había hecho una denuncia por daños contra el FBI. Basándose en las informaciones de dos ex agentes de la organización, se supo que ésta había introducido en las oficinas del IEP informantes ilegales que intervinieron los teléfonos, violaban la correspondencia y mantenían al personal bajo vigilancia, desde 1968 a 1972. Además, el IEP acusó al FBI de escarbar sistemáticamente entre sus desperdicios y, en una ocasión, haber reconstruido a partir de cintas de máquina de escribir en desuso, una carta escrita por uno de los-funcionarios. En 1975, el FBI admitió ante un comité investigador que había colocado 62 informantes en el IEP. El fallo aún estaba pendiente en septiembre de 1976.

Así, cuando los agentes del FBI pidieron entrevistar a varios miembros del personal del IEP que habían estado ligados más íntimamente a Letelier, los jefes del instituto pidieron que Stavins, ex abogado y profesor de teoría política, estuviera presente. Durante toda la tarde del 21 de septiembre, los agentes, molestos por esas irregularidades en los procedimientos, hicieron sus preguntas. Landau fue uno de los primeros entrevistados.

-¿Quién piensa usted que puede haber asesinado a Letelier y a Moffitt?

-Pinochet.

-De nuevo, por favor -los agentes se miraron intrigados.

-Augusto Pinochet Ugarte, el Presidente de Chile -Landau deletreó el nombre. Los agentes que tomaban notas le pidieron hablar más lentamente. Landau describió las actividades de Letelier contra la junta.

-¿Pudo haber existido otra persona que usted piense deseaba o tenía alguna razón para asesinarlo?

-No.

EN EL ATARDECER del 21 de septiembre, en casa de un amigo, Michael Moffitt, aún vistiendo la camisa verde del hospital, con una venda que le cubría un corte en la cabeza, logró recuperar el equilibrio. Los residuos de cordita (3) habían dejado manchas en su cara y tenía los ojos rojos.

"Se produjo un agudo ruido, un resplandor de luz blanca ... ¡Jesús!", repetía. El dolor y la angustia lo invadían, las arrugas que se marcaron ese día en su rostro, aún no desaparecen. Todavía dominado por el golpe, temblaba constantemente, luchando por dominarse y contestando con tranquilidad las frecuentes llamadas de los periodistas, a quienes dijo lo que había ocurrido, repitiendo siempre el mismo mensaje: Pinochet y la DINA habían asesinado a su esposa y a Orlando Letelier.

No había visto el cuerpo de Ronni. Sabía que Ronni estaba muerta, pero su última imagen de ella viva insistía en aparecer en su imaginación, provocándole dolor y agonía. Sin temor de mostrar su pena, dirigió su pasión hacia la venganza. Tan pronto como su convulsionada mente se recobrara, buscaría a los asesinos. Sin embargo, comenzó su labor política antes de recuperarse. Durante los seis meses siguientes, continuó escuchando el silbido, el resplandor de luz blanca, y haciéndose la inevitable pregunta: "¿Por qué no arreglé el auto? ¿Por qué no me senté yo en el asiento delantero?" Preguntas tan justificadas como irracionales.

LAS MANOS DE Michael Townley temblaban mientras tomaba un vaso de cerveza, con los codos firmemente apoyados en la superficie barnizada de la mesa. Ignacio Novo y su esposa Silvia estaban frente a él, junto a la ventana del Restaurante Viscaya, en el corazón de la Pequeña Habana de Miami. Ignacio, miembro del MNC, había sido el primero en contarle lo de la explosión en Washington.

-¡Estás temblando! ¿Qué te pasa? -preguntó Silvia Novo a Townley.

-Soy nervioso por naturaleza -respondió.

Townley estaba ansioso por salir del país y su avión no partiría hasta la medianoche. No sabía si Silvia formaba parte de la operación, de modo que evadió sus preguntas acerca de si la DINA estaba inmiscuida. Se imaginaba que Ignacio le habría contado acerca de eso y que ella era tan militante como podía serlo una mujer en el machista mundo de los cubanos exiliados, pero era mejor ponerse en guardia.

Desde su llegada a Miami de Newark, el pasado domingo por la noche, los acontecimientos habían sido enervantes para Townley. Todo el lunes estuvo esperando escuchar las noticias acerca de una explosión en Washington, imaginando una docena de razones por las que pudiera haber fracasado. La bomba podría haberse caído, podría haber sido descubierta, no haber funcionado o, simplemente, Paz y Suárez podrían haberse arrepentido, partiendo a su casa y dejando el aparato bajo el automóvil.

"Durante todo ese tiempo, miles de preocupaciones me pasaron por la mente. Estaba pensando en regresar a Washington para actuar yo mismo", confesó posteriormente Townley. Se puso en contacto con Felipe Rivero, titular del MNC, pero el enigmático Rivero ni siquiera demostró saber que la operación estaba caminando.

Empleó su tiempo en Miann para revisar el equipo que había ordenado a nombre de la DINA en Audio Intelligence Devices de Fort Lauderdale y para visitar a sus padres. Había ¡do de compras, adquiriendo algunos recuerdos para sus hijos Brian y Chris. Cuando, por fin, escuchó las noticias por la radio, se enfureció al saber que con Letelier había muerto una mujer, preguntándose también por qué habrían hecho estallar la bomba casi frente a la Embajada de Chile.

Townley apretó el vaso de cerveza para evitar los temblores de su mano, mientras Silvia se burlaba de él. No era un hombre sin sentimientos, no era el Chacal, alguien capaz de matar como si estuviera aplastando una cucaracha. Sabía que la muerte de la mujer no molestaría a sus superiores en Chile, pero sí le molestaba a él, debido a lo que le quedaba de sensibilidad moral, producto de su "formación en Norteamérica". Sus temblores eran también una manifestación del vértigo que acompaña al hecho de haber matado, de haber poseído el supremo poder, cometiendo el mayor de los pecados. Townley deseaba que el temblor parara, ya que lo consideraba una demostración de debilidad. Saboreó en esos momentos el alborozo, la sensación de orgullo, mezclada con asco y miedo.

Silvia e Ignacio Novo llevaron a Townley al aeropuerto de Miami la noche del 21 de septiembre y lo vieron subir las escalinatas hasta la oficina de LAN-Chile. Sólo contaba con unos pocos dólares y un boleto a nombre de Hans Petersen, que no tenía relación con el nombre falso de su pasaporte. No pudiendo convencer al agente de LAN-Chile para que le cambiara el boleto, no salió en el vuelo de LAN de esa noche. Al día siguiente, un piloto de LAN que conocía, le consiguió un pase de un día para Santiago a nombre de Kenneth Enyart.

EN WASHINGTON, Saul Landau comenzó a actuar.

A la mañana siguiente del asesinato, desperté y, calmadamente, me bañé, vestí y desayuné, reuniendo los documentos que quería llevarme al instituto. Salí hacia mi automóvil y saqué la llave del bolsillo. Cuando metí la llave en la chapa de la puerta, me comenzó a temblar la mano y dejé rayada la pintura alrededor. Había terminado el impacto y comenzaba el miedo.

Usé las dos manos para insertar la llave en el contacto y cerré los ojos, apretando los labios mientras ponía en marcha el motor. Imaginé ruidos, llamas, humo, dolor. Pero mi Plymouth Fury simplemente partió. El temblor se detuvo. Los involuntarios sueños diurnos se sucedían velozmente en mi cabeza. Al llegar al edificio del IEP, había imaginado una miríada de muertes violentas para mí, la mayoría de ellas relacionadas con la explosión del auto. También me di cuenta de que tenía dos alternativas: o bien escapar del asunto, o bien decidirme a vivir con este miedo. Podía permitir a mi fantasía escribir cuentos de horror e inventar escenas criminales que me permitieran continuar trabajando y seguir funcionando. De esos pensamientos no surgió ninguna decisión consciente; simplemente, empecé a hacer lo que era necesario. Orlando había sido mi amigo, mi colega, mi camarada, lo mismo que Ronni.

Nada dije a Ralph Stavins acerca de mis temores; así como él tampoco me contó los suyos. Simplemente, partimos con las mandíbulas apretadas, presionando lo más fuerte que pudimos para entregar a los asesinos a la justicia, o por último, para desenmascararlos. La mayoría de la gente que conocíamos y amábamos, aquellos que trabajaban y convivían con nosotros y tendrían que compartir cualquier efecto que tuviera nuestra misión; aquellos que desde lejos amaban a Chile y deseaban justicia; los que, estando en el poder, sostenían posiciones liberales; quienes conocieron a Orlando; los religiosos que, lamentándose, decían que se había cometido un grave pecado, todos ellos, como una sola voz, dijeron a Ralph Stavins y a mí que estábamos absolutamente locos exigiendo una investigación de estos asesinatos. Todos tenían diferentes razones, pero coincidieron al opinar que sólo obtendríamos más dolor y sufrimientos con nuestros esfuerzos. Sólo Isabel Letelier no hizo objeciones. No era optimista en relación a nuestras posibilidades de éxito, pero no estuvo en desacuerdo con nuestros planes. Era todo lo que necesitábamos, e ignoramos al resto porque no nos gustaban sus consejos. Teníamos razones éticas y políticas. Sentíamos que debíamos perseguir a los asesinos en la forma que pudiéramos.

EL GOBIERNO MILITAR chileno dio a conocer su "versión" a través de El Mercurio. El 23 de septiembre, una fuente no identificada, desde Washington, sostuvo que Letelier y sus dos amigos estaban a punto de lanzar una bomba a la Embajada de Chile, cuando se produjo la explosión.

Oficialmente, el Ministerio de Relaciones Exteriores condenó el asesinato como un "lamentable e injustificado acto de terrorismo". Agregaba: "Para cualquier persona normal, está claro que lo sucedido sólo puede dañar al gobierno chileno, ya que de inmediato se convierte en parte de la campaña propagandística de la Unión Soviética en contra nuestra".

El Mercurio encabezó la noticia del sepelio de Letelier en Washington como "extremismo norteamericano en el funeral de Letelier". En un editorial, pocos días más tarde, el periódico señaló que Letelier había estado durante varios meses en una cárcel chilena y que si Chile lo hubiese querido muerto, "había habido tiempo suficiente como para llevar a cabo el hecho en nuestro territorio, sin notoriedad y con absoluta impunidad".

Otra noticia, procedente de DINACOS, la oficina de prensa de la Presidencia, señaló que el asesinato del "señor Carlos Prats y su esposa" y el atentado a Bernardo Leighton, también se produjeron durante la realización de la asamblea general de la ONU, y que el ataque a Leighton se realizó el mismo día en que el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile se dirigía a la asamblea. "En vista de estos hechos", continuaba el comentario, "no cabe duda de que no se trata de una coincidencia, sino de un frío y despiadado plan . .."

LOS ASESINATOS NO siempre unen a amigos y parientes. La muerte de Letelier, más que soslayar, puso de manifiesto algunas de las diferencias entre la izquierda chilena y la norteamericana.

Isabel Letelier, aún con los ojos secos, se elevó desde su papel de viuda al de dirigente político. Mientras permanecía en el servicio fúnebre Gawler de la Avenida Wisconsin, donde estaba el cuerpo de Orlando, atendía llamadas telefónicas y telegramas de todas partes del mundo; hacía de mediador, arbitro y conciliador en las discusiones políticas que surgieron en relación a la organización de la ceremonia de los funerales. Con firmeza, a través de mensajeros, por teléfono, personalmente, dejó establecido que en ese asunto era ella la autoridad.

El domingo 26 de septiembre, varios miles de personas se reunieron en una placita, al sur de Sheridan Circle. Muchos llevaban carteles con fotografías de Ronni y Orlando. Las primeras palabras pronunciadas en público por Murray Karpen, tras conocer la noticia de la muerte de Ronni, estaban impresas bajo el retrato de su hija: "Orlando Letelier luchaba contra la junta chilena. Los acusó de cometer actos de barbarie. Y ellos, para probar que no son bárbaros, lo asesinaron a él y a mi hija". Bajo el retrato de Letelier, estaba la cita de un discurso que pronunciara once días antes de su muerte: "Nací chileno, soy chileno y moriré como chileno. Ellos, los fascistas, nacieron traidores, viven como traidores y serán recordados por siempre como traidores fascistas".

Encabezando la marcha, caminaban Isabel y Fabiola Letelier, Michael Moffitt, los Karpen y otras tres mujeres, cuyos seres más queridos habían caído víctimas de la junta: Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende; Isabel, hija de Allende; Moy Tohá, viuda de José Tohá.

Los cuatro hijos de Letelier y los hermanos de Ronni caminaban junto a los senadores George McGovern y James Abourezk, del ex senador Eugene McCarthy y los congresistas George Miller, Tom Harkin, Pete Stark y John Brademas. Diplomáticos, exiliados, burócratas, tecnócratas, académicos, trabajadores y gente de la calle, caminaban juntos, en columnas de diez o más personas. Varios autobuses habían transportado gente desde otras ciudades.

Un hombre de profunda voz, gritó:

-¡Compañero Orlando Letelier. ..!

-¡Presente! -respondió la multitud.

-¡Ahora . ..!

-¡Y siempre!

La consigna se repitió para Ronni, alternándose ambos nombres a paso lento y solemne.

Sólo quinientas personas pudieron entrar a la catedral, siendo cada una revisada previamente en la puerta. La policía con sus perros ya había revisado el interior de la iglesia y, entre la multitud, se introdujeron policías de civil.

El senador McGovern dijo desde el pulpito: "Si Orlando Letelier debió morir a los cuarenta y cuatro años y la querida Ronni Moffitt debió morir a los veinticinco a causa del poder desenfrenado de un loco, quiere decir que no hay seguridad para ninguno de nosotros".

Controlando su dolor, el miembro del Consejo del IEP, abogado Peter Weiss, habló de Ronni Moffitt, "quien compartía las ideas /de Orlando/, su amistad y total dedicación, pero no supo que esto la convertía en un soldado y que Washington, D.C. se había tornado un campo de batalla". Weiss prometió a nombre personal y del IEP "poner a los asesinos de la DINA, a sus protectores y colaboradores de todo el mundo al descubierto, sin piedad y liberar al amado Chile /de Orlando/ de la tiranía fascista".

Hortensia Bussi, con una fiereza increíble que emanaba de su débil voz, declaró: "La junta se equivoca si piensa que asesinando a los dirigentes populares cada septiembre logrará quebrar el deseo de resistir hasta el final la batalla del pueblo chileno".

Dentro de la iglesia reinó un silencio sepulcral cuando Michael Moffitt se levantó para hablar: "Se me hace difícil seguir adelante sin mi esposa", comenzó tranquilamente, "Ronni nos ha enseñado que ninguno de nosotros puede aislarse del mundo . . . Si el propósito de la junta es silenciar las voces que piden un Chile libre y que aman la paz en todas partes, no han silenciado esas voces, cientos de veces las han multiplicado".

El obispo James Rausch terminó la ceremonia hablando de Orlando como una de esas voces "decididas a exigir la liberación de los cautivos y la libertad de los oprimidos". Bajó del altar y, en medio del profundo silencio, subió Joan Baez, quien, sin acompañamiento, empezó a cantar "Gracias a la Vida". Y, al fin, las lágrimas inundaron los ojos de Isabel.

INVITADOS POR EL Presidente Carlos Andrés Pérez y por el Gobernador de Caracas, Diego Arias, Isabel y sus hijos salieron a Venezuela, para sepultar en suelo latinoamericano a Orlando Letelier. Largas filas de gente llenaron el camino hacia el cementerio. Isabel había trabajado con empeño para lograr que en dos capitales se hicieran actos políticos, y lo había logrado. Miles de ciudadanos en Estados Unidos y en Latinoamérica habían respondido al asesinato con su pública protesta, demostrando su solidaridad con la causa de Chile. En otras ciudades y con la organización de exiliados chilenos y grupos locales de solidaridad con Chile, también demostraron a la junta que los asesinatos de Letelier y Moffitt habían provocado la indignación internacional.

Para los exiliados chilenos que manifestaban, los gritos y consignas también escondían el visceral temor que germinaba en su interior con cada nueva muerte, con cada noticia de torturas, con cada detención nocturna. Una sensación de derrota y fracaso los desgarraba. Las conclusiones a que se vieron obligados a llegar con el asesinato de Letelier, conducía incluso a los más modestos de los exiliados de la Unidad Popular a un pensamiento aterrador: lo mismo podía ocurrir a cualquiera que se convirtiera en público símbolo de la resistencia a Pinochet y su gobierno.

Para quienes apoyaban la causa de Chile en los Estados Unidos, el asesinato de Letelier significó que su propia patria ya no estaba fuera de los límites del terrorismo promovido por la dictadura de Pinochet. De la muerte de Ronni Moffitt, cualquiera habría podido decir: "Pude haber sido yo". Cada uno de los cientos de amigos de Orlando y Ronni, de sus colegas, se habían rozado personalmente con la muerte.

La explosión siguió entorpeciendo las vidas de todos los que estaban cercanos, destruyendo el mito de seguridad. "Después de lo ocurrido, parecía que el mal acechaba en todas partes", señaló una mujer que presenció lo que ella pensó era una terrible demolición en el camino a su trabajo el 21 de septiembre. Una hora más tarde, descubrió que en ello estaban envueltos tres de sus amigos y que no había sido un accidente. "Nunca necesité más apoyo que en los días que siguieron; pero me sentí demasiado vulnerable como para acercarme . .. Todos tratamos de ayudarnos mutuamente, pero ese sentido de solidaridad que se tiene con los amigos se había olvidado. Recapitulando, puede verse que eso fue el efecto del terrorismo ... Por primera vez lo conocimos en carne propia".

Las acciones rutinarias, como la de conducir un automóvil, se tornaron traumáticas. La explosión desafió el concepto mismo de "mi auto" o "mi casa", con una implicación no sólo de posesión, sino de amparo y seguridad. Los lugares familiares se volvieron siniestros; los rostros desapercibidos de tanto verlos, se convirtieron en sospechosos.

La confusión se extendió a los directores del IEP. ¿Quién era el encargado de qué área? Raskin, Barnet y Landau trataron de decidir qué hacer, en quién creer y cómo delegar el trabajo adicional. Nadie sabía, nadie podía haber sabido lo que puede hacer una bomba, antes de que estalle. El terrorismo era algo que leíamos en los diarios y veíamos en el cine.

Algunos miembros del IEP comenzaron a objetar la presencia de chilenos en el instituto, identificando en ellos el objeto que había atraído la violencia por primera vez en los catorce años de existencia del organismo. Uno de ellos habló enojado acerca de que la dirección del IEP había "firmado por nosotros un viaje a la muerte, sin consultar". Algunas de estas mismas personas habían arriesgado sus vidas en el movimiento por los derechos humanos en el sur, enfrentando armados a los Consejos de Ciudadanos Blancos, a los KKK y a los corruptos alcaldes. Pero incluso el odioso y asesino piquete de racistas sureños, quedaban pálidos ante la explosión del automóvil en la Calle de las Embajadas. Un acto de terrorismo dirigido por un gobierno en el poder significa una audacia brutal que pocos se sienten capaces de enfrentar.

En un primer momento, los asesinos habían tenido éxito.


Notas:

1. Por una cruel coincidencia, en el momento justo en que se realizaba la traducción de este conmovedor capítulo, en el noticiero matutino de Radio UNAM, en la ciudad de México, se dio lectura a la noticia que sigue: "Santiago de Chile. El día de ayer, 29 de octubre de 1981, el gobierno chileno cerró definitivamente el caso del asesinato de Orlando Letelier, negándose a realizar una nueva investigación, solicitada por los familiares del ex Canciller Orlando Letelier, de los antecedentes de los militares chilenos implicados en el crimen". (N. del T.)

2. Silbert y Campbell se habían desempeñado como fiscales en la investigación y juicio del escándalo de Watergate. El tercer fiscal de Watergate, Seymour Glanzer, dedicado a la práctica profesional privada, en 1978 fue contratado para representar a Michael Townley.

3. Tipo de explosivo. (N. del T.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube