Asesinato en Washington

VII

EL BLANCO: LETELIER

EL GENERAL AUGUSTO Pinochet Ugarte se levantó antes del alba. Era su costumbre y su deleite demostrar a los subordinados, a los ex colegas del cuerpo de generales, que él, el jefe supremo de la nación, el Presidente de la República, general del Ejército y comandante en jefe de las fuerzas del aire, mar y tierra, jefe absoluto y encarnación del Movimiento Once de Septiembre, trabajaba más y más duramente, con más disciplina que cualquiera de ellos.

A comienzos de junio de 1976, tenía sesenta años y estaba en la cima de su poder. En los meses anteriores había comenzado a planificar una década o dos como gobernante de Chile, viéndose en sus años maduros como el líder que había derrotado el comunismo en Chile y en toda Latinoamérica. Otro generalísimo Franco, murmuraban sus colaboradores civiles, en voz alta, para que él pudiera escucharlos.

A las cuatro, de madrugada, Pinochet se vistió con su traje de karateka, atándose un cinturón café a la cintura. Media hora de ejercicios en el gimnasio, con un instructor militar de karate, una ducha y una hora de revisar documentos, antes de desayunar, se había convertido en su diaria rutina. Este régimen reforzaba los valores militares de austeridad y disciplina, evitando el reblandecimiento interior.

El coronel Manuel Contreras por lo general trabajaba toda la noche, aprovechando las horas del toque de queda, de la 1:00 a las 5:30 de la madrugada, cuando Chile le pertenecía a él y a los comandos de la DINA. En aquellas noches en las que no había planeado operativos especiales, se retiraba temprano, levantándose a tiempo para la más importante de sus funciones: el informe diario sobre inteligencia que entregaba al presidente. Casi a diario, Contreras llegaba a la residencia de Pinochet hacia las 6:30 de la mañana. Desayunaban juntos, o bien salían de inmediato al Diego Portales, edificio del gobierno, en el Mercedes Benz blindado de Pinochet, protegidos por una escolta de ululantes motocicletas. Contreras sólo rendía cuentas a Pinochet, exclusivo auditor de los reportajes de inteligencia de la DINA. Nadie sino él podía dar órdenes al coronel Contreras que, aunque no era comandante de división, tenía más poder que cualquier general chileno.

Hacia junio de 1976, la junta integrada por cuatro individuos se había convertido en mera ficción, ya que Pinochet controlaba Chile. Alcanzó esta posición gracias a su manipulación de todos los detalles y a la implementación de sus medidas ilegales, y no debido a inteligencia o cualidades políticas. Exigía que se le mantuviera informado de los movimientos de cada uno de los que reconocidamente participaban en la oposición, o sea, los partidos de izquierda, la Democracia Cristiana, la Iglesia católica, el movimiento por los derechos humanos, los periodistas nacionales y extranjeros. Contreras le proporcionaba los detalles de esas actividades y en esto basaba Pinochet su poder. (1)

Los ambientes que escogía para escuchar estos informes eran cómodos y bien protegidos: la residencia presidencial, el Mercedes blindado, el vigesimosegundo piso del edificio Diego Portales. Pero Pinochet y Contreras, unidos a través de los informes secretos, transformaron su medio ambiente en una tienda de campaña, en la que ellos eran los generales que planeaban las diarias estrategias contra el enemigo, analizaban los avances y retrocesos del día precedente y llevaban de memoria la cuenta de las pérdidas sufridas por el enemigo. Consideraban que el proceso de gobierno era una guerra que necesitaba el despliegue de las fuerzas en todos los frentes para derrotar al enemigo.

En junio de 1976, Contreras tenía mucho que comunicar y planificar con Su Excelencia. En el frente interno, podía informar acerca de numerosas bajas infligidas al enemigo. Sus hombres habían logrado deshacerse, uno a uno, de los dirigentes máximos del Partido Comunista de Chile. A comienzos de ese año, un militante de nivel medio del partido había cedido ante las torturas, proporcionando a la DINA información sobre la localización de la mayor parte de las casas de seguridad del partido, donde vivían o se reunían los dirigentes en la clandestinidad. La DINA supo que el partido planeaba realizar una serie de protestas masivas que coincidieran con la reunión de la Organización de Estados Americanos, en junio.

Basándose en la información entregada por el "quebrado" prisionero, en los meses de abril y mayo la DINA arrestó al máximo dirigente del Partido Comunista en el interior, el subsecretario general Víctor Díaz. Para entonces, los comandos de la DINA ya habían detenido a un buen número de dirigentes y a cientos de militantes. Este hecho le llevaría años al Partido Comunista para reconstruir una resistencia organizada. (2)

El "frente interno" era seguro. La operación limpieza contra los comunistas había aniquilado el último frente de la resistencia organizada. El Partido Socialista y el MIR, grupo de extrema izquierda, aún no se recuperaban de los golpes recibidos en 1974 y 1975 por parte de la DINA, con los que habían llenado los campos de concentración, dejando un saldo de cientos de muertos y desaparecidos.

Con Bernardo Leighton fuera de combate, el Partido Democratacristiano echó pie atrás en las conversaciones con la Unidad Popular para formar un frente unido de oposición a la dictadura. Sin embargo, los democratacristianos sostuvieron otro tipo de oposición, consistente en criticar los planes económicos del gobierno y las violaciones de los derechos humanos. Con esa actitud el Partido Democratacristiano no planteaba una amenaza inmediata al régimen.

En el "frente exterior", la situación era más precaria. La prensa extranjera, incluida la de aquellos países con los que el régimen militar había contado como aliados, constantemente publicaba noticias que detallaban las atrocidades y la miseria en el interior de Chile. Gran Bretaña, Suecia y México habían retirado sus embajadores. La oficina gubernamental de prensa elaboró una lista negra, expulsando de Chile a veinticuatro corresponsales extranjeros que representaban la mayor parte de los medios de comunicación internacional, pero la situación empeoró. (3)

Santiago sería la sede para la próxima Asamblea General de la OEA, programada del 7 al 18 de junio de 1976. Pinochet vio en esa asamblea una oportunidad para mejorar su imagen internacional, para eliminar su actual condición de "paria", la que se había ganado gracias a su récord de violaciones de los derechos humanos.

También el gobierno norteamericano decidió que había llegado el momento para ayudar a que Pinochet se limpiara de las acusaciones relacionadas con los derechos humanos y diera comienzo a un gobierno limpio. En este sentido y en primer lugar, el Departamento de Estado ejerció su considerable influencia en la OEA para eliminar la oposición a que se realizara la reunión en Santiago, oposición que sostenían los gobiernos continentales democráticos. El Secretario de Estado, Henry Kissinger encabezaría la delegación norteamericana y su preferencia por la sede de Santiago era del conocimiento público.

Un mes antes de la reunión de la OEA, el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, William Simón, incluyó a Chile en una gira que realizaba por Latinoamérica y el 7 de mayo permaneció durante diez horas reunido con Pinochet y los máximos dirigentes gubernamentales encargados de la economía. Elogió la instauración en el país de la política económica de libre mercado, a la vez que amonestó suavemente al gobierno por los derechos humanos. Simón se llevó una lista de presos políticos y dijo claramente a sus anfitriones que esperaba la liberación de un considerable número de ellos. En entrevista con uno de los autores de este libro, Simón recordó su visita a Chile como un "juego duro", expresando que "el Departamento de Estado y el gobierno chileno simultáneamente me decían que necesitaban un funcionario de alto nivel, oficial, para que fuera a Chile y apareciera en público. Les dije que no iría, a menos que ellos liberaran a algunos presos. Fui duro y me comprendieron. Simplemente, yo no veía por qué tenían que arrestar a tanta gente, ya que sus planes económicos iban marchando muy bien".

Los chilenos se sintieron comprometidos. Simón, en una conferencia de prensa en el Banco Central de Chile, anunció que se le había asegurado que un 48 por ciento de los prisioneros sería puesto en libertad. (4) Más adelante, declaró:

Los Estados Unidos están dispuestos a trabajar con Chile en los próximos meses. Estamos preparados para colaborar con los esfuerzos chilenos por restablecer la estabilidad económica y promover la prosperidad, pero sólo podremos hacerlo dentro de los marcos de un sistema que asegure libertades personales y políticas. La eliminación de las condenas públicas en Estados Unidos y en todo el mundo, pavimentará el camino para un dinámico y mancomunado esfuerzo que lleve el programa de desarrollo económico chileno a un nuevo conjunto de éxitos.

Kissinger pronunció palabras similares al tomar la palabra en la asamblea de la OEA, en junio. Celebró el "progreso" del gobierno de Pinochet y declaró que Estados Unidos continuaría ayudando económicamente a Chile, con el fin de mejorar más aún la situación de los derechos humanos. En reuniones privadas con los representantes chilenos, también Simón prometió ayuda, expresando que la administración Ford lucharía contra las restricciones económicas y de ayuda militar impuestas a Chile por el congreso norteamericano.

Las visitas de Simón y Kissinger dieron al régimen de Pinochet la legitimidad de la que había carecido durante los tres primeros años después del golpe, a pesar del considerable apoyo de Estados Unidos. La reputación de Chile en relación a los derechos humanos mejoró de la noche a la mañana, simplemente porque Kissinger y Simón dijeron que habían progresado en ese sentido.

Contreras informó a Pinochet sobre la realidad que se escondía tras esa fachada: las casas de seguridad de la DINA, diseminadas por Santiago, trabajaban a toda su capacidad durante el tiempo que duró la visita de Simón y de Kissinger. Los chilenos disidentes eran sometidos a interrogatorios y torturas a pocos kilómetros de los lugares en que se realizaban las recepciones oficiales y las reuniones a las que asistían los dos representantes norteamericanos. Más de una docena de los arrestados en esa época desapareció en el bajo mundo de la DINA y nunca más se tuvo noticias de ellos. (5)

En el "frente externo", el movimiento mundial antijunta, en lugar de ir desapareciendo con el transcurso del tiempo, como esperaban Pinochet y Contreras, fue aumentando. El abuso constante de los derechos humanos en el interior de Chile alimentó la campaña, pero, incluso más importante, con la liberación de los dirigentes de la UP, entre 1975 y 1976, se generó una gran inyección de energía en el movimiento de los exiliados.

A Contreras comenzaron a llegarle constantemente informaciones acerca de las actividades de Orlando Letelier. Las más importantes procedían de la Embajada de Chile en Washington y de la Misión Chilena ante las Naciones Unidas; uno de estos informes, del embajador de la junta ante las Naciones Unidas, el almirante en retiro Ismael Huerta, señaló las actividades de Letelier, promoviendo la condena de Chile en el seno de la Comisión de los Derechos Humanos de la ONU. Un informe procedente de Washington señalaba que Letelier se preparaba para establecer un gobierno chileno en el exilio. Lo calificaba de terrorista que tramaba un complot para derribar un avión de LAN-Chile.

El autor del informe que acusaba a Letelier de planificar actos de terrorismo contra la junta, admitió posteriormente en una declaración haber distorsionado los hechos porque sus informaciones sólo perseguían fines propagandísticos. Sin embargo, otras informaciones sobre Letelier tenían bases más realistas. Sus auténticas actividades amenazaban a la dictadura chilena, pretendiendo influir sobre los lineamientos del gobierno norteamericano. Los senadores Frank Church, George McGovern, Edward Kennedy, Hubert Humphrey y otros, usaron los argumentos de Letelier para exigir una suspensión total de la ayuda militar a Chile. El voto con la petición de suspensión fue presentado el 16 de junio de 1976.

A mediados de marzo, Letelier se entrevistó con los representantes demócratas George Miller, de California, Toby Moffett, de Connecticut y Tom Harkin, de Iowa, quienes proyectaban un viaje a Chile. No los impresionó contándoles historias terroríficas acerca de las violaciones de los derechos humanos, sino más bien trató de explicarles la lógica del reino del terror de Pinochet; expresó que la DINA utilizaba el modelo del libre mercado de los "Chicago boys", con el fin de proveerse de una mano de obra desesperada y desposeída. Letelier les pidió comprobar su tesis de que existían lazos entre la represión y el modelo de Chicago, dándoles nombres de personas y lugares para que visitaran en Chile. En Santiago, y a pesar de un bombardeo de noticias que denunciaban el hecho, los tres congresistas se entrevistaron con la hermana de Letelier, Fabiola, abogando por los derechos humanos, con líderes de la oposición y del gobierno. Harkin trató de visitar el más famoso centro de detención y torturas de la DINA, Villa Grimaldi, pero no obtuvo el permiso. Al regresar a Estados Unidos, los parlamentarios comenzaron a promover el apoyo del Congreso para la enmienda que solicitaba la suspensión de la ayuda militar a Chile.

Los círculos políticos eran menos receptivos que el Congreso a los llamamientos para actuar contra la dictadura de Pinochet. Letelier logró establecer contactos en los pocos lugares en donde prevalecían las tendencias en pro de los derechos humanos. William D. Rogers, Asistente del Secretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, un convencido liberal, comió con Letelier poco después de la llegada de éste a Washington. Con la mira puesta en las próximas elecciones de 1976, Letelier también logró acercamientos exitosos con los consejeros de los contenedores demócratas, en particular con la gente de Jimmy Cárter. Cualquier posibilidad de éxito de los demócratas asustaba a Pinochet y a Contreras, ya que significaría el fin de la conveniente relación con la administración Ford y la sustitución de Henry Kissinger. Pero lo que más temían era una abierta ruptura con Washington, debido al problema de los derechos humanos. (6)

Letelier conquistó también gran altura entre los exiliados de la Unidad Popular, que lo designó para representar a Chile en la reunión preparatoria de la Conferencia de Países no Alineados, en Argelia, realizada durante la segunda semana de junio. La organización había condenado a la junta, reservando un lugar en la conferencia a la coalición de la UP. La nominación de Letelier como representante ante la reunión de Argelia, significó su primera aparición pública en un papel que podía presagiar su liderazgo en la coalición de la resistencia.

Había una lógica de tipo político para el ascenso de Letelier. El Partido Comunista era demasiado controvertido, demasiado íntimamente asociado a la Unión Soviética como para dar una imagen unificadora para la izquierda, especialmente en vista del inflexible rechazo de los democratacristianos a cualquier tipo de alianza con ellos. Además, la junta aún mantenía en su poder al Secretario General del Partido Comunista, Luis Corvalán y el senador Volodia Teitelboim, teórico del partido, residía en Moscú. El socialista Clodomiro Almeyda, portavoz de hecho de la Unidad Popular, gracias a su estrecha relación con Allende y su alto puesto en el gobierno de la UP, era respetado, pero carecía de la inspiración y la energía necesarias para ser la figura central de una lucha que muchos pensaban podía durar diez años. Carlos Altamirano, senador y Secretario General del Partido Socialista hasta 1979, tenía seguidores en el interior. Su negativa a abandonar Chile después del golpe y su dirección clandestina del partido, hasta que finalmente se vio obligado a salir, unos meses después, reforzó su fama de valentía. Pero Altamirano no pudo borrar la imagen de equivocado político que tenía para muchos. Con la muerte de Allende, el máximo puesto directivo aún estaba vacante.

Durante 1975 y 1976, Orlando Letelier, quien nunca fuera un miembro clave en el interior del Partido Socialista, había madurado, convirtiéndose en un político abierto y poco ambicioso. Tenía relaciones cordiales con los democratacristianos de centro y se había ganado el respeto tanto de los comunistas como del MIR. Fuera de Chile, tenía muchos aliados entre los numerosos partidos socialdemócratas europeos.

Por lo anterior y en virtud de un proceso de eliminación, el papel de unificador recayó sobre Letelier. El constitucionalista general Carlos Prats, de quien se esperaba pudiera lograr una coalición de militares progresistas para derrocar a Pinochet, fue asesinado en Buenos Aires en septiembre de 1974. Bernardo Leighton, ex vicepresidente y el único democratacristiano considerado capaz de forjar una coalición con la izquierda, se había retirado de la política militante luego de haber estado a punto de morir en un atentado en Roma, en 1975.

A pesar de los esfuerzos por impedirlo, el sentimiento unitario persistió en el interior del ala progresista del Partido Democratacristiano y la iniciativa fue impulsada en Estados Unidos por Orlando Letelier, el ex Ministro del Interior de la Democracia Cristiana Gabriel Valdés y el candidato presidencial democratacristiano en las elecciones de 1970, Radomiro Tomic. Valdés, cuyo hijo era asistente de Letelier, vivía en Nueva York y se desempeñaba como director del Programa de Desarrollo Nacional de las Naciones Unidas. Tomic, como Leighton, había elegido el exilio. Vivió durante un tiempo en Texas y luego en Suiza. Los tres habían sido amigos por muchos años y a comienzos de 1976 iniciaron conversaciones informales en representación de sus partidos.

En Santiago, Michael Townley recibió y analizó los informes de la DINA enviados por los colaboradores que vigilaban a Letelier en las tres ocasiones en que éste se reunió con Gabriel Valdés en Nueva York. Estos hechos y el ascenso notorio de Letelier en el liderazgo del movimiento de resistencia de los exiliados pesó considerablemente en la conciencia de Pinochet, más incluso que en la de los dirigentes en el exilio. Contreras consideró que el poder de Letelier en Washington le daba el ominoso rango de "embajador en el exilio", minando la posición de la junta en la capital misma de su fundamental aliado. Una vez que los agentes de la DINA en el exterior se dieron cuenta de que Santiago había centrado su interés en Letelier -de acuerdo a una fuente de inteligencia-, los informes fueron en aumento, exagerando su importancia. Las informaciones llegadas desde Amsterdam, a comienzos de junio de 1976, pueden haber sido "la gota que colmó el vaso".

En 1975, la firma holandesa de inversiones Stevin Groep había firmado un contrato con el gobierno chileno, comprometiéndose a invertir 62.5 millones de dólares en el sector minero por un periodo de cinco años. El mayor contrato individual extranjero desde el golpe, el de Stevin Groep, fue una señal de triunfo para el equipo económico de Pinochet, que había basado sus planes en el aflujo de capital extranjero y los créditos. La empresa holandesa proyectaba introducir técnicas mineras muy productivas para extraer de la montaña oro de alto grado, plata y tungsteno, llevándolo hacia la costa y el lecho de los ríos.

Orlando Letelier llegó a Amsterdam el 11 de junio. La municipalidad holandesa de Groningen informó a Stevin Groep, con quien tenía proyectos en obras públicas, que los contratos serían cancelados si su división internacional no rescindía el contrato con Chile. Luego de otros incidentes, el 10 de junio, Stevin Groep se dio por vencido y suspendió el programa de inversiones. La cancelación formal del contrato se produjo algunos meses más tarde. Pinochet, de todos modos, indicó a Letelier como el responsable directo de la pérdida del contrato con Stevin. Los informes de inteligencia señalaron detalladamente la intención de Letelier de trabajar por el aislamiento de la junta pero, como siempre, sobreestimaron su influencia.

En 1976, Letelier realizó cuatro viajes a Holanda. Amsterdam contaba con una activa comunidad de exiliados chilenos y un fuerte movimiento de solidaridad holandesa, siendo al mismo tiempo la sede de la división europea del Instituto Transnacional del IEP. Letelier estaba convencido de que Holanda era el país ideal desde el que podía organizarse un boicot económico contra Chile. La resistencia chilena tenía allí un fuerte aliado: el Partido Laborista Holandés gobernante, partido socialdemócrata que también gobernaba varias de las ciudades principales. Al mismo tiempo, podía contarse con los sindicatos holandeses para una solidaridad activa.

En una conferencia de prensa en La Haya, apareció con representantes de la Central Unica de Trabajadores (CUT) en el exilio, máximo organismo sindical chileno, y con la Federación Holandesa del Transporte, una de las más importantes de ese país. En esa ocasión, Letelier se refirió a los sufrimientos del pueblo chileno y explicó cómo podría ayudar el pueblo holandés.

"Un boicot, incluso si es realizado por un solo país, puede ser efectivo", señaló. "Y aunque este boicot no tenga consecuencias directas sobre la economía chilena, producirá efectos políticos".

En entrevistas de prensa, regresó constantemente sobre estos argumentos: "Las acciones económicas desde el exterior son de máxima importancia, a causa de la vulnerabilidad de la junta en cuanto a su dependencia financiera de los países extranjeros". Señaló que una firma holandesa planeaba realizar grandes inversiones en Chile y que Holanda se había convertido en el país más importante dentro de la pequeña lista de inversionistas europeos en Chile. "A mi modo de ver, cualquier inversión en Chile en este momento es inmoral, porque colabora con uno de los regímenes más fascistas del mundo", agregó. Habló con decisión, señalando que los inversionistas deberían considerar los riesgos comerciales que entrañaban las inversiones en Chile, ya que un gobierno posterior a la junta, de hecho, podría declarar nulos los contratos establecidos con ese régimen ilegítimo.

Letelier hizo esfuerzos por lograr que el gobierno holandés, en una próxima reunión del consejo directivo del Banco Mundial, hiciera uso de su influencia y su voz para impedir los préstamos de este banco a Chile. También intentó persuadir al gobierno de que admitiera en el país más chilenos refugiados. Se reunió con el presidente del Partido Holandés del Trabajo, Ina van der Heuvel, con el Ministro de la Cooperación para el Desarrollo, Jan Pronk, con el miembro del Parlamento, Relus Ter Bek, que se desempeñaba como encargado del Comité de Asuntos Extranjeros, con el alcalde de Rotterdam, Andre van der Luow, y con un grupo de dirigentes sindicales que incluía al Secretario General de la Federación de Trabajadores Portuarios. Tras numerosas reuniones con Letelier, Relus Ter Bek opinó que lo consideraba el más razonable, articulado, pragmático y bien intencionado de los dirigentes chilenos que había conocido en Europa. Señaló que sólo Letelier entendía la complejidad de la política europea.

Durante su visita de junio, Letelier manifestó una ¡dea que puede haber servido para alimentar la creencia de la DINA de que estaba a punto de formar un gobierno en el exilio. Propuso el establecimiento en Holanda de un "Instituto Salvador Allende", que sirviera para preparar un gobierno constitucional y entrenar a los futuros funcionarios gubernamentales, escogiéndolos entre los exiliados. El equipo de ese instituto estaría preparado con elementos humanos y programas que incluirían el diseño de una nueva constitución, en el momento de la caída del régimen de Pinochet. Presumiblemente, el instituto se fundó en Rotterdam bajo los auspicios de Andre van der Luow, el alcalde de la ciudad, quien se había reunido con Letelier en febrero.

Pinochet y Contreras condenaron a muerte a Letelier y, en algún día del mes de junio, (7) pusieron en marcha el operativo de asesinato de la DINA. Para Pinochet, Letelier era un traidor, pues consideraba que las actividades antijuntistas que realizaba eran antichilenas. Y él, personalmente, tomó en sus manos el asunto. Basaba lo que consideraba su "derecho al poder" en una identificación personal con el Estado. Gradualmente fue invadiéndolo la ira, ese tipo de furor que es la resultante de una sensación de haber tomado una decisión errada, la que se proyecta hacia afuera. Él, Pinochet, había salvado la vida de Letelier, liberándolo del campo de concentración junto con otros prisioneros de la UP. Y ahora, este hombre que literalmente debía su vida a la generosidad, demostraba su ingratitud. (8)

El "momento justo" para la muerte de Letelier, como uno de sus asesinos recordó más tarde, era septiembre, mes del inicio de la primavera en Chile; mes del nacimiento de la nación, en 1810, bajo la espada de Bernardo O'Higgins, el George Washington de Chile; mes del golpe de Pinochet, en 1973; del asesinato de Prats, en 1974; del atentado a Bernardo Leighton, en 1975. Para ese septiembre de 1976, la víctima elegida por la junta era Orlando Letelier.

PARA MICHAEL TOWNLEY, 1976 había sido un año relativamente tranquilo. Desde su regreso de Europa y Miami, el 16 de octubre de 1975, no había tenido que viajar, pudiendo gozar su tiempo libre con Brian y Christopher, que acababan de ingresar al Saint George's, su antigua "alma mater". El trabajo de inteligencia lo realizaba fuera de la casa de Lo Curro.

Virgilio Paz, compañero de Townley en México y Europa, fue su huésped durante los meses de abril a junio. Contreras no había cumplido la promesa de entregar un curso completo de entrenamiento secreto en retribución a los servicios prestados. Por el contrario, la central de la DINA mantuvo a Paz a distancia y el único entrenamiento que recibió fue el de Townley, en su laboratorio electrónico de Lo Curro. Paz, fascinado con la bomba de control remoto, trató de aprender a fabricarla. Sabía cómo armarla, pero carecía de la habilidad de Townley para hacer las modificaciones que transformaban el inofensivo aparato en un mortal detonador. Triste y amargado, discutía por teléfono con su esposa y molestaba a Inés Townley con sus comentarios antisemitas. Por fin, a mediados de junio, regresó a Estados Unidos.

Otros integrantes del equipo internacional de Townley estaban también en Chile, trabajando con la DINA. El terrorista italiano Alfredo di Stefano, el del operativo contra Leighton, había instalado en Santiago una agencia de noticias financiada por la DINA, dedicada a canalizar artículos pro juntistas hacia revistas europeas de tendencia derechista. La DINA facilitó a di Stefano y otros dos italianos (9) un gran departamento para ser usado como oficina, equipado con télex. Los tres individuos viajaban con frecuencia a Buenos Aires, donde establecieron relaciones de trabajo con los contactos de Milicia de Townley.

Las obligaciones de Townley incluían servir a la red de inteligencia y operaciones que había organizado anteriormente para la DINA. Dividía sus horas de trabajo entre la Sección Exterior, al mando de "Lucho Gutiérrez", y la sección de electrónica, bajo la supervisión del Mayor Vianel Valdivieso, uno de los más cercanos confidentes de Contreras, coordinador de la red de la DINA encargada de intercepciones y vigilancia electrónica. "Lucho Gutiérrez" era el nombre falso del supuesto jefe máximo de las extremadamente secretas operaciones de espionaje y asesinato en el extranjero. Más tarde, Townley declaró no saber cuál era la real identidad de "Lucho" a mediados de 1976. Pero el primer jefe de operaciones exteriores era su amigo Eduardo Iturriaga que, en junio de 1976, estaba en Panamá tomando un curso especial en la Escuela Militar de las Américas de Estados Unidos.

Townley trabajaba en estrecho contacto con los jóvenes tenientes y capitanes que constituían la médula del Comando General de la DINA. Los muchachos de Contreras adoptaron la actitud de conquistadores, despreciando al enemigo, especialmente por su incapacidad o falta de voluntad para defenderse. Sus metáforas más importantes las copiaron de la jerga médica: el comunismo era "un cáncer en el cuerpo de Chile", la eliminación de este cáncer mediante una "operación sangrienta" era la única esperanza para "salvar el organismo como un todo". "Eliminación" llegó a ser un eufemismo aceptado para entender "asesinato".

Automáticamente, todos los simpatizantes de la UP fueron considerados comunistas y todos los comunistas eran traidores, maricones, huevones, hijos de puta, conchas de su madre. Este era el lenguaje del odio, necesario para deshumanizar a las víctimas, para evadirse del hecho de que ellos, quienes habían jurado defender Chile, estaban martirizando y asesinando a sus compatriotas.

Uno de los integrantes de este círculo interno era el teniente primero Armando Fernández, quien llegó a ser amigo de Townley, compartiendo su infantil entusiasmo y su devoción a "Mamo", el coronel Contreras. Proveniente de una rígida familia de militares, había ingresado a la Academia Militar por consejos de su padre, el general en retiro Alfredo Fernández. El joven Armando se graduó en la Academia, recibiendo el grado de teniente en 1969. Fornido, de mediana estatura y cara de niño, tenía un aspecto serio e inocente. Sus cortos cabellos negros caían sobre la amplia frente y las espesas cejas que enmarcaban sus oscuros ojos acentuaban el color mate de su piel. Típico chileno de clase media, obviamente no pertenecía a la aristocracia, pero su arribismo así lo hubiera deseado. Los que conocían a la familia, describían a Armando como un "buen muchacho".

La mayor parte de los agentes de la DINA tenían sobrenombres. A Fernández lo llamaban "el águila". Era uno de los muchachos favoritos de Contreras y, como Townley, fue asignado a la Sección Externa.

En un tranquilo día de fines de junio, Armando Fernández telefoneó a Townley desde el cuartel general, diciéndole: "Pedrito" era el teniente coronel Espinoza, a quien Townley consideraba "un amigo íntimo" y era quien lo había reclutado. Como jefe de operaciones, era el principal asistente de Contreras. Espinoza mantenía estrechas relaciones con Brasil, principal contraparte extranjera. No había visto a Townley desde hacía casi un año. "Máxima seguridad" significaba que la reunión se realizaría fuera de las oficinas de la organización.

Durante la época más fría del invierno santiaguino, la temperatura a menudo desciende bajo los 0º C. El sábado por la mañana, Townley descendió en su automóvil la colina donde se encontraba su casa, llevando un termo con café en el asiento del lado. Al llegar a la planicie, siguió a la derecha, por Avenida Santa María, bordeando el río Mapocho y pasando frente a ECOM, firma de computación. Con la excepción del moderno edificio de ECOM, el paisaje era rural, ya que la zona urbana de Santiago terminaba del otro lado del río.

Por las precauciones y advertencias, sabía que Espinoza no lo había citado por cualquier cosa. Tras recorrer cerca de un kilómetro, nuevamente volteó a la derecha, entrando en la ancha e inconclusa Avenida Américo Vespucio, una arteria que circundaba la ciudad. Algunos metros más adelante, la arteria terminaba en el Colegio Saint George's. Pensó que incluso en días laborales no había tanto tráfico como para justificar la construcción de la avenida, que seguramente ocupaban sólo los alumnos y el personal del colegio. Más adelante, hacia la izquierda y cerca de un lugar llamado La Pirámide, divisó un coche oscuro y se estacionó detrás.

Espinoza, vestido de civil (anchos y gruesos pantalones y mal ajustada chaqueta deportiva, con las solapas demasiado angostas), bajó del vehículo y caminó hacia Townley. Su firme paso, la postura erguida y sus lustrosos zapatos negros, delataban su condición de militar.

Tomaron café y conversaron, primero sobre sus respectivas familias y luego sobre asuntos relacionados con la DINA. Por fin, Espinoza fue al grano, preguntándole si estaría dispuesto a aceptar otra misión fuera de Chile.

-"¿Eliminación?"

-"Sí".

Ni siquiera era necesario preguntar. Al nivel de Espinoza, las órdenes nada tenían que ver con asuntos tan triviales como viajes de compra de equipos electrónicos.

"Éste es a los Estados Unidos", dijo Espinoza. "¿Crees que podrías conseguir a esos cubanos con los que trabajaste antes? No necesito decirte que este operativo es de primera prioridad. Las órdenes vienen de Mamo".

Esa acotación tampoco era necesaria. Townley sabía que, básicamente, la DINA sólo operaba bajo las órdenes de Contreras, quien respondía exclusivamente ante Pinochet. Otro asesinato. Más viajes que lo alejaban de casa... Y Espinoza le pedía aceptar sin siquiera decirle el nombre de la víctima. No se mostró entusiasmado. Más bien, se quedó mudo.

Respondió a Espinoza: "Las relaciones con los cubanos han estado irregulares. Tenemos buenas relaciones con uno de los grupos. Durante casi un año trabajé con un tipo que designaron para viajar conmigo por Europa. Después estuvo aquí en Chile, en mi casa. La DINA lo conoce".

Notó que Espinoza evitaba nombrar el Movimiento Nacionalista Cubano, aun cuando sabía todo lo relacionado con él y su trabajo para la DINA. Mirando a través del parabrisas, tenía un agradable panorama de las montañas que se extendían hasta Conchalí, una de las zonas más pobres de Santiago. Pero desde allí no se veía la pobreza. Un canal de riego, sólo un angosto y sucio arroyo, serpenteaba a lo largo de la empinada colina. Hasta el hecho mismo de que dos hombres solos planearan un asesinato que se realizaría a miles de kilómetros de distancia, era una abstracción. Se trataba de la departamentalización...

Townley, animado por servir a la DINA, se puso comunicativo. Virgilio Paz y su grupo ayudarían. Nos necesitan y están dispuestos a cualquier cosa. El problema, explicó a Espinoza, es el resto de la comunidad de exiliados cubanos, especialmente los de Miami. Están muy molestos porque Pinochet entregó a Rolando Otero al FBI. Ven esto como una traición; no importa que Otero haya sido un loco exaltado, es uno de ellos, un luchador por la libertad. No podemos decirle a toda la comunidad cubana que era un espía y fue una suerte que saliera vivo de aquí. Pero yo puedo explicar esto a mis amigos de Nueva Jersey y estoy seguro de poder convencerlos de que hicimos lo necesario.

Se quejó de que casi la mayor parte de 1975 había estado fuera de Chile y dijo que su esposa estaba a punto de ser sometida a una histerectomía. Pero dijo no tener objeciones a la petición de eliminación de Espinoza.

-"¿Cuándo?"

-"Dentro del mes de septiembre, como siempre".

-"Realizaré la misión si se me da una orden específica".

Después de más de una hora, se puso fin a la reunión. Espinoza le dijo que volvería a ponerse en contacto con él.

Durante el corto trayecto de regreso a casa, pensó que, como siempre, cumpliría las órdenes. Al llegar, le contó a Inés que la sección de operaciones exteriores tenía otra misión para él. Inmediatamente, ella entendió de qué se trataba. Fue tal vez en ese momento cuando Inés "Mariana" Callejas, la muchacha de una pequeña ciudad de Chile, se dio cuenta de que el buen mozo joven norteamericano con quien se había casado, se había transformado, simplemente, en un asesino a sueldo de la DINA. Posteriormente, Inés escribió acerca de lo que pensó en ese momento:

Él ya había llegado muy lejos, transformándose en uno de ellos. Era un agente de la DINA, sin poder, pero respetado y, por supuesto, envidiado... Y al pobre le habían prometido un rango militar, con lo que estaba feliz. Iba a ser mayor. Se sentía un mayor. Sólo yo supe, simplemente supe que eso nunca se haría realidad.

CASI INMEDIATAMENTE DESPUÉS de hablar por teléfono con Townley, Armando Fernández voló a Buenos Aires. Se trataba de una Operación Cóndor. Mientras Espinoza se ponía de acuerdo con "el Gringo", Fernández organizaría un viaje seguro a Washington. "Tito", jefe del centro de documentación de la DINA, le entregó dos pasaportes argentinos antes de que partiera. En Buenos Aires, Fernández se puso en contacto con el servicio hermano de la DINA, SIDE, el Servicio de Inteligencia del Estado. Pidió al SIDE que avalara los pasaportes y solicitara visas al Consulado norteamericano a través de sus contactos con la CIA, el Agregado Legal del FBI, o con amigos del Consulado. Pero el SIDE dejó a Fernández con un palmo de narices (10). El 1º de julio, un jueves, Espinoza se comunicó con Contreras. Había que encontrar otro camino.

A mediados de la semana, Contreras citó a Fernández a su oficina y le ordenó acompañar a Townley a Asunción. Paraguay, obtener documentos paraguayos y seguir viaje directamente a Washington. Fernández le pidió a Contreras aclarar el rango de la misión, con lo que éste lo hizo responsable del operativo, pero incluyó al mismo tiempo un factor ambiguo: Townley recibiría de Fernández las órdenes de viajar. Contreras le pidió llamar a Townley para sostener una reunión de planificación.

LA COLINA DE Lo Curro, una de las vistas más panorámicas de la ciudad, a varios metros de altura, prácticamente no tiene smog. La fresca brisa y la vegetación contrastan violentamente con la suciedad, el tráfico y la polución de la invisible ciudad que se extiende allá abajo. Hacia el este, a poca distancia de la casa de Townley, un amplio y hermoso pastizal, especie de meseta de poca altura, es un paraíso para excursionistas y elevadores de volantines, en primavera y verano. A la distancia, se alzan las nevadas cumbres de los Andes.

Townley y Fernández llegaron juntos a la reunión. Pocos minutos más tarde, arribó Espinoza en un Chevy Nova rojo, de los automóviles que importó la junta para usarlos como vehículos policiales, pero que terminaron en poder de los oficiales, como vehículos privados. Fernández permaneció en el auto mientras Espinoza y Townley daban un paseo. "Más departamentalización", pensó Townley. Espinoza tenía órdenes precisas que impartir y cortó en seco las expresiones amistosas de Townley. La misión sobre la que había hablado unas semanas antes, estaba a punto de empezar y era realmente urgente.

El blanco era el "ex Canciller" (11) Orlando Letelier. "Desde que lo liberamos", informó Espinoza a Townley, "Letelier ha estado dando problemas al gobierno en el exterior. Debes hacer aparecer su muerte lo más accidental posible; prepara un accidente automovilístico, un suicidio, o algo por el estilo. Usa a tus amigos cubanos sólo como apoyo", dijo.

Townley pensó en sus aparatos Fanon-Courier, uno de los cuales sabía que estaba en Nueva Jersey, listo para ser usado. Era un sistema rápido, a prueba de tontos y absolutamente letal. Además, no era necesario enfrentarse con la víctima. La bomba de Townley aseguraría que el trabajo fuera realizado. Preguntó a Espinoza si aceptarían una bomba, en caso de que otros métodos no dieran resultado. "Sólo asegúrate de que Letelier esté solo", le contestó Espinoza. "Haz lo que sea necesario. Tus órdenes son eliminarlo por cualquier medio. Tú y Fernández son responsables del asesinato. Deja que los cubanos te ayuden, si los necesitas. Involúcralos, pero ustedes mismos den el golpe".

En seguida, le dio a conocer los planes. "Contreras -dijo- convenció a los paraguayos para que se unieran a Cóndor; quiere ponerlos a prueba. Tú y Fernández obtendrán de la inteligencia paraguaya sus documentos de viaje y visas norteamericanas. Fernández se encargará de esa parte de la misión y luego, tú y él estarán en igualdad de condiciones. De Paraguay, viajarán directamente a Washington. Ni Fernández ni Espinoza dijeron a Townley que ya habían intentado obtener documentos de viaje a través de la inteligencia argentina, otro miembro de Cóndor, fracasando en su gestión.

Pocos días más tarde, Espinoza citó a Townley en las oficinas del centro de Santiago; Fernández también estaba presente. Recibieron boletos aéreos abiertos para viajar entre Santiago, Buenos Aires, Asunción, Santiago. Fernández, en otra reunión, había recibido S5.000 dólares en efectivo. Enseñó el dinero a Townley, dándole un sobre que contenía cerca de $1,000 dólares.

Después de la reunión, Fernández le dijo a Townley que quería salir inmediatamente. Townley replicó que sería una pérdida de tiempo, ya que era viernes y no podrían hacer nada en Asunción hasta el lunes. Fernández, por motivos personales, quería quedarse un tiempo en Buenos Aires, de modo que decidieron viajar separados y reunirse el lunes en Buenos Aires.

Ese fin de semana, Townley conversó con su esposa acerca de la misión y le confesó quién era el blanco elegido esta vez. Ninguno de los dos sabía mucho acerca de Letelier, sólo que había sido ministro de Allende y (una vaga impresión personal), que tenía más clase que muchos de los dirigentes de la Unidad Popular, un tipo socialista más sofisticado, semejante al distinguido Allende, sólo que mucho más joven. Inés se sentía incómoda, no a causa de la moralidad del asesinato, sino porque se realizaría en Estados Unidos. Al respecto, escribió más tarde:

Tal vez debería haberlo impedido. Debería haber sido inflexible y caprichosa (lo soy habitualmente). Haberlo amenazado con el abandono o la indiferencia. Pero no lo hice, a pesar de saber, por la evasiva mirada de sus ojos azules, por sus respuestas elusivas, que esta era una misión que él no comprendía del todo. Era una orden que debería haber cuestionado las órdenes que recibía. Le dije: "No me gusta esto", pero él ya sabía que no me gustaba. Sabía que no confiaba en los soldados para los que él era otro soldado más en el trabajo, pero sólo un civil cuando llegaran los buenos tiempos.

Lo vi empacar una pequeña maleta y le traje algunos pares de calcetines del lavadero. "¿Hacia dónde?, le pregunté. "¿De nuevo a Estados Unidos?" "No", me contestó. "Sólo a Paraguay". Y agregó: "Mira. La inteligencia paraguaya ofreció su colaboración y el jefe quiere saber qué tal son. Van a darnos pasaportes paraguayos para viajar a Estados Unidos.. . Voy con el capitán Fernández. (12) No te preocupes, no es nada especial".

EL LUNES, TOWNLEY tomó un vuelo vespertino de LAN-Chile a Buenos Aires. Parte del viaje lo hizo en la cabina, conversando con el piloto, un viejo amigo llamado Martín. Desde el aeropuerto de Ezeiza, tomó un autobús hasta la terminal de Avenida Rivadavia, lugar fijado para el encuentro.

Fernández lo esperaba con otro individuo. Townley los saludó. Al argentino lo conocía, pues había formado parte de su equipo hasta 1974. Fernández le sugirió que se registrara en su mismo hotel, El Embajador, situado en la calle Pelegrini, y que esa noche asistieran a los espectáculos de nudismo de los alrededores. Townley no aceptó la invitación, aduciendo que tenía un compromiso con el otro tipo, de modo que se encontraría con él a la mañana siguiente, para volar a Asunción.

Townley dejó la estación terminal con el individuo, miembro de Milicia, uno de los más nuevos grupos terroristas anticomunistas, que operaba bajo la tutela del SIDE. Milicia había adquirido una particular fama gracias a su predilección por robar coches Ford Falcon, realizar secuestros y sostener una posición ideológica nostálgica de Hitler y el Tercer Reich. Poseía una editorial, también llamada Milicia, que imprimía textos nazis.

Se registró en el hotel República, en una estación con vista al Obelisco y, con su amigo, se fue a cenar. (13)

A la mañana siguiente, Townley y Fernández tomaron un taxi hasta Ezeiza para abordar el vuelo a Asunción de Aerolíneas Paraguayas, a las 6:00 a.m. Era el martes 20 de julio. Ambos llevaban sus habituales documentos falsos proporcionados por la DINA: Andrés Wilson y Alejandro Rivadeneira.

EL CORONEL BENITO Guanes, jefe de la División J-2 (inteligencia militar) del ejército paraguayo, controlaba la restringida vida política del país de una forma muy similar a como lo hacía Contreras en Chile. La dictadura, represión y corrupción en Paraguay era mucho más abierta que en Chile. El reinado de veinte años de Stroessner era una reliquia del caudillismo anterior a la Segunda Guerra Mundial. Stroessner no necesitaba las caprichosas doctrinas de "seguridad nacional" que el Pentágono había introducido en el continente desde los años cincuenta. Circundado por Brasil, Uruguay, Argentina y Bolivia, todos con seguros gobiernos de derecha y autoritarios, en 1976, Stroessner se sentía muy cómodo. Pero los nuevos dictadores militares que gobernaban sus vecinos países, empezaron a exigirle nuevos compromisos para lo que denominaban "la lucha continental contra la subversión". Y de todos, los chilenos eran los más fanáticos.

Durante más de un año, los chilenos habían estado presionando a Paraguay a que se les uniera en una dudosa causa para coordinar sus servicios de inteligencia. La llamaban Operación Cóndor y, por supuesto, Contreras se autodenominaba "Cóndor Uno". Sólo pocas semanas antas de la llegada de dos agentes de la DINA, Paraguay se había integrado a Cóndor como miembro oficial, estableciéndose códigos especiales y teletipos. Contreras, en una ceremonia formal en Santiago, había galardonado a Guanes con una medalla de bronce que decía: "En conmemoración de! ingreso de Paraguay a la Operación Cóndor. Julio de 1976". Y ahora, antes de terminar el mes de julio, Contreras estaba pidiendo ayuda en una misión específica.

Una jerigonza de letras salió del teletipo de la oficina central de J-2. El mensaje llegaba a través del canal Cóndor y luego de su decodificación, podía leerse:

ADVERTIMOS QUE MAÑANA, 18 Ó 19 DE JULIO, LLEGARAN ALLÍ DESDE BUENOS AIRES ALEJANDRO RIVADENEIRA CON ACOMPAÑANTE. EL NÚMERO DE VUELO SERÁ ADELANTADO POR CÓNDOR UNO. AGRADECERÉ ASISTENCIA EN LA REALIZACIÓN DE LA MISIÓN, DE ACUERDO CON LO QUE LOS ARRIBA MENCIONADOS SOLICITEN.

El uso de la primera persona significaba que el coronel Contreras había mandado personalmente el mensaje. Cuando éste llegó, el sábado, Guanes realizaba uno de sus frecuentes viajes a Brasil. Un asistente le telefoneó para recibir instrucciones. Guanes le ordenó esperar hasta su regreso. Un oficial de la DINA completó el cable con una llamada telefónica desde Santiago, informando a los paraguayos que Rivadeneira llegaría en el vuelo de la mañana del martes de Aerolíneas Paraguayas.

Townley y Fernández aterrizaron en el destartalado aeropuerto Presidente General Stroessner de Asunción y pagaron un dólar cada uno para ser sometidos a una rutinaria inspección de inmigración y aduana. Tomaron un taxi que los llevó a Asunción, a unos treinta kilómetros del aeropuerto. El conductor les recomendó El Señorial, un hotel semielegante, localizado en el mejor barrio de la ciudad y no lejos del Cuartel General del Ejército. Todavía no era mediodía. Los cielos azules y la temperatura primaveral eran un grato cambio en relación a la contaminación de Santiago y las intermitentes y frías lluvias invernales.

Después de comer, tomaron un coche que los llevó a través de las nueve cuadras de la Avenida Mariscal López, hasta un grisáceo edificio donde, en un letrero colocado a la altura del tercer piso, se leía "Estado Mayor del Ejército", en grandes letras rojas. Un guardia los dejó pasar las grandes rejas de hierro, conduciéndolos por un elaborado jardín hasta la puerta trasera. El capitán Sosa, oficial naval, (14) los escoltó luego hasta la oficina del coronel Guanes. Allí, un mayor del Ejército les comunicó que eran esperados pero que, por desgracia, el coronel Guanes estaba fuera de la ciudad y él no podía ayudarlos personalmente, aunque su petición de documentos no presentaba ningún problema. Sólo deberían entregar dos fotos tamaño pasaporte y otras cinco más pequeñas, tamaño carnet.

Durante la reunión, Townley dejó que hablara Fernández. Para esta misión, se presentaba como Oficial del Ejército de Chile y sabía que, a pesar de su fluido español, después de unas cuantas frases podrían notarle su acento norteamericano. Por otra parte, Fernández había sido muy celoso de su rango en esta misión, dejando bien en claro que, mientras estuvieran en Paraguay, era él el encargado.

Abandonaron las oficinas del ejército, sintiéndose satisfechos con lo obtenido. Sólo un par de fotos, requisito indispensable para obtener cualquier documento de identificación, y estarían listos para viajar a Washington en un par de días.

En la oficina que acababan de dejar, el mayor tomó un teléfono, llamando a un puesto militar, situado en algún lugar de Brasil. "Ya están aquí", dijo el mayor a Guanes. "Quieren que les proporcionemos pasaportes oficiales con nombres falsos y les pidamos visas en la embajada norteamericana. Dicen que su misión es ponerse en contacto con la CIA en Washington y conseguir algunos silenciadores Colt para armas pequeñas. "Manténlos ocupados, mientras regreso en un par de días", ordenó Guanes.

Townley y Fernández se hicieron fotografiar en un pequeño negocio del centro de Asunción y llevaron las fotos a la oficina de Guanes. Desplazándose entre oficiales militares y a menudo con agentes de la inteligencia paraguaya en calidad de acompañantes nocturnos, hicieron una especie de excursión fantasma por la ciudad, que es el centro del bajo mundo derechista de Latinoamérica. Garantizándosele protección absoluta y anonimato en la zona libre de Stroessner (el Santuario), la subcultura de Asunción incluye nazis fugitivos no sólo de Alemania, sino también de los grupos simpatizantes del nazismo de Europa Oriental, así como agentes de inteligencia de todos los principales países latinoamericanos, más Sudáfrica y Taiwan. El general Viaux, de Chile, vivía en un confortable exilio en Asunción, hasta que el gobierno de Pinochet redujo su condena por el asesinato del general Schneider, en 1970, anulando su sentencia a presidio.

Townley y Fernández fueron con el capitán Sosa y el mayor no identificado del cuartel general al centro nocturno Iguazú, en las afueras de la ciudad. Los paraguayos se pusieron ruidosos e insistieron en que dos argentinos, agentes del SIDE, se unieran a ellos, mientras disfrutaban de una buena carne paraguaya y gozaban del espectáculo ofrecido por voluptuosas nudistas al estilo brasileño.

Varios días más tarde, Townley y Fernández fueron citados a la oficina del jefe de personal del ejército, el general Alejandro Freites. Fernández estaba muy nervioso. Como teniente, se sintió intimidado y desconcertado por esta entrevista personal con un oficial de tan alto rango. Cuando un mayor los escoltó a la oficina del general y les pidió presentarse, el nerviosismo de Fernández se convirtió en ira, al oír a Townley presentarse como un capitán de telecomunicaciones del Ejército chileno. Townley lo había superado.

El general Freites les pidió amablemente dar a conocer el propósito de su misión. El solícito mayor intentó aliviar su incomodidad recordando al general que los dos chilenos pertenecían a la "inteligencia" y que una pregunta como esa resultaba inapropiada. Pero el general quería una respuesta.

Apresuradamente, Fernández inventó parte de una historia de espionaje. La misión envolvía tanto la vigilancia a empleado: sospechosos de la Corporación Chilena del Cobre, empresa gubernamental en Nueva York, como la revisión de rutina de elementos electrónicos de interferencia en la Embajada de Chile en Washington, una intercepción de comunicaciones de tipo doméstico.

Los dos oficiales paraguayos se miraron interrogativamente el mayor conteniendo una sonrisa, dijo algo así como "a una pregunta tonta, una respuesta tonta". Pero Freites no bromeaba quería estar seguro de que Paraguay estaba protegido. Preguntó a los dos hombres que estaban nerviosos, de pie ante él, si les importaría que él informara acerca de esto a la embajada norteamericana.

"No es necesario", respondieron. "El jefe de la Central de la CIA en Santiago ya fue ampliamente informado y dio su aprobación".

Freites les manifestó que tendrían que esperar sólo un tiempo más, porque el coronel Guanes acababa de regresar de Brasil y se haría cargo personalmente de su solicitud.

Pero la verdad era que Guanes había regresado hacía varios días a Asunción. La demora en la obtención de los pasaportes y las visas no se debía a su ausencia, sino a la desconfianza de prestar el nombre de Paraguay en una misión desconocida de la DINA en la capital de Estados Unidos. Ayudar a otros países que necesitaban documentos falsos para borrar pistas en misiones antisubversivas, era algo rutinario para ellos, incluso mucho antes de la existencia de Cóndor. Las mismas autoridades norteamericanas toleraban este tipo de operaciones en otros países latinoamericanos. Pero esta misión en la capital de Estados Unidos revestía peligros para el Paraguay. Los chilenos aseguraban que la CIA había dado su autorización a la DINA, pero Guanes prefirió asegurarse directamente con los norteamericanos.

Pero había una dificultad, ya que el jefe de la Central de la CIA acababa de renunciar a su puesto y de abandonar Asunción; en ese momento, el puesto estaba aún vacante. Guanes no contaba con su contraparte norteamericana. Además, incluso si decidía arriesgarse en favor de Cóndor Uno, carecía de contactos de alto nivel en la embajada norteamericana para obtener las visas. Decidió manejar el asunto fuera de los canales de inteligencia, acudiendo a "Teruco".

Teruco era Conrado Pappalardo, el comodín del presidente Stroessner. Oficialmente, era el jefe del Protocolo en el Ministerio del Exterior. Orgulloso, arrogante y mal hablado con sus subordinados, se tornaba obsequioso y servil con los que eran más poderosos que él. Uno de los hombres más influyentes del país, usaba su apodo incluso en los asuntos oficiales de gobierno.

Teruco prometió a Guanes que se ocuparía del asunto, pero él también tenía un problema, ya que fuera del jefe de la Central de la CIA, sólo el embajador podía extender visas norteamericanas en pasaportes falsos, y el embajador George Landau no regresaría a su oficina hasta el lunes 26 de julio.

Townley y Fernández esperaron. El viernes, Guanes accedió a recibirlos. Prometió arreglar el asunto lo antes posible, enviándolos a otra oficina para que llenaran solicitudes de pasaportes paraguayos y visas norteamericanas. Fernández se hizo llamar Alejandro Romeral Jara, estudiante, nacido en Estero, Paraguay.

Townley inventó el nombre de Juan Williams Rose, adaptación de su alias de la DINA, Juan Andrés Wilson, más el apellido de una familia inglesa que había conocido en Santiago. Se identificó como estudiante, nativo del Paraguay.

En Paraguay, los pasaportes especiales y las cartas confidenciales del Gobierno solicitando visas, eran un poco más caras que las de los pasaportes ordinarios. El consulado norteamericano no daba automáticamente ese tipo de visas, sino que exigía entrevistas personales a fin de corroborar la documentación, pidiendo fotografías para acompañar la solicitud de visa. Para eludir esas disposiciones, el solicitante necesitaba contactos personales en la embajada, no bastando con la solicitud normal. Teruco Pappalardo tenía dos contactos y se sintió muy complacido de poder demostrarlo.

El lunes, con el asunto ahora en manos de Pappalardo, Fernández y Townley fueron citados temprano en la mañana al Palacio de Gobierno, un edificio de estilo colonial, poco atractivo, cerca de la Plaza de la Constitución, en el centro de la ciudad. Su modesta operación secreta había salido de la sombría seguridad que les daba el Cuartel General de Policía, a la arena pública de la diplomacia oficial del Gobierno. Más tarde, Townley recordó que en ese momento sugirió abandonar ese absurdo y regresar a Santiago sin los documentos. Pero eso habría significado enfrentar a Contreras con las manos vacías, de modo que Fernández insistió en continuar con lo que ya habían comenzado.

Cuando llegaron al Palacio de Gobierno, habían colocado una larga alfombra roja, lo que indicaba la llegada de alguna personalidad. No queriendo ensuciar la alfombra con la huella de sus pisadas, avanzaron por la orilla. Los condujeron a una oficina, presentándolos al doctor Conrado Pappalardo, un hombre de unos cincuenta años que, según les informaron, era un alto funcionario del despacho de Stroessner. En su declaración, posteriormente, Townley sólo recordó su apodo, "Teruco". Pappalardo era simpático, aunque algo pomposo y autoritario. Los impresionó con la envergadura de sus contactos y la importancia de su posición. Cortésmente, le hicieron notar su impaciencia por la demora. Él les aseguró que las dificultades habían llegado a su fin, ya que los pasaportes estaban listos y él, personalmente, se encargaría de obtener las visas apropiadas, lo cual no constituía un problema, ya que era amigo personal del embajador George Landau.

Pappalardo tenía otro "buen amigo" que podría ayudarlos en Washington, según les dijo, mencionando al general Vernon Walters, mirándolos al mismo tiempo, para ver si estaban impresionados. Llamen al general Walters, les dijo, dándoles un número telefónico que Fernández anotó.

Ambos habían escuchado a Contreras mencionar a Walters como amigo suyo. En la visita que hizo a Washington en 1975, Walters lo había recibido en la oficina de la CIA en Langley, Virginia, "la meca" de la inteligencia. Tal como el director George Bush, Walters, según Contreras, estaba en otro grupo, a raíz de las recientes modificaciones entre los asesores políticos. Walters era un antiguo soldado que se suscribía al aspecto militar de la lucha contra la subversión comunista. Seguramente, simpatizaba con los argumentos de Contreras, que justificaban el uso de la desaparición y la tortura aplicada en Chile contra los sospechosos de ser comunistas.

Townley y Fernández dejaron la oficina de Pappalardo y, en otro despacho, un indiferente funcionario llenó a mano los pasaportes paraguayos, mientras esperaban. Extendiéndoles los pasaportes para las firmas, les comunicó que las visas estarían listas al día siguiente, en la tarde. Aliviados, salieron del Palacio de Gobierno y, aunque todavía molestos, pensaron que aún era posible la misión. Tomaron un coche que los llevó al Cuartel General del Ejército, donde se sentían más a gusto, conversando con los agentes de inteligencia.

Después de comer, les comunicaron que un alto oficial de inteligencia, un teniente coronel, deseaba verlos. La reunión parecía ser de carácter informal. En un momento, su anfitrión se levantó abruptamente, explicándoles que debía hacer algunas gestiones para contar con la asistencia de una orquesta militar a una fiesta que esa noche ofrecería en su casa. Una vez solos, Townley y Fernández se abalanzaron sobre los documentos del escritorio.

Allí estaban sus nuevos pasaportes, las solicitudes que acababan de llenar para las visas norteamericanas y un detallado informe que describía todos sus movimientos durante su semana de estadía en Asunción. Posteriormente, Townley escribió: "Entre los documentos, también se incluía el nombre de un coronel del Ejército norteamericano, cuyo apellido empezaba con «W». Creo que junto a su nombre había una anotación diciendo que era el jefe de la Misión Militar norteamericana en Paraguay".

El mensaje era claro: los paraguayos habían entrado en sospechas y los habían vigilado, informando a los norteamericanos acerca de una misión de la DINA en Washington. Los paraguayos habían probado ser menos crédulos de lo que Cóndor Uno había esperado.

Townley y Fernández decidieron que su último día en Paraguay sería el martes 27 de julio. Si ese día no estaban listas las visas, regresarían a Santiago. Se levantaron de madrugada, dirigiéndose a la recepción del hotel, que estaba vacía. El guardia nocturno, un ceremonioso joven guaraní, estaba frente a la puerta de la recepción, con los brazos cruzados bajo el amplio poncho azul marino. Llamó al empleado y Fernández pagó la cuenta, dejando instrucciones para que tuvieran listo el equipaje.

Se dirigieron al Cuartel General del Ejército, donde esperaron los documentos. Después de algunas horas, les dijeron que los pasaportes con las visas estaban listos en el Ministerio del Exterior.

Ya en el ministerio, en el centro de la ciudad, revisaron los documentos. Las visas, estampadas en la página 11, eran del tipo B-2, tenían fecha de ese día y los autorizaba para ingresar a Estados Unidos como turistas o comerciantes, hasta el día 27 de julio del año siguiente. En la parte inferior, firmaba el funcionario consular de Estados Unidos William F. Finnigan. ¡Por fin! Pensaron que la operación había empezado a funcionar. Los norteamericanos no habían hecho preguntas y, basándose sólo en las recomendaciones de Pappalardo, habían otorgado las visas, eludiendo los requisitos de entrevista personal y fotografía.

Caminaron desde el Ministerio del Exterior hacia la Plaza de la Constitución. Fernández señaló que, antes de iniciar la etapa Washington, tenían que comunicarse con la DINA. En el camino, pasaron frente a la oxidada mole de hierro de un agujereado tanque perteneciente a la Primera Guerra Mundial. Era el monumento a las glorias de la victoria de Paraguay en la Guerra del Chaco de 1929 contra Bolivia.

Casi ocho cuadras más adelante, llegaron a la anticuada estación ferroviaria, en la calle coronel Bogado. Desde la cabina telefónica de la estación, Fernández pidió una llamada por cobrar a un número telefónico de seguridad de la DINA. Mientras, Townley esperaba cerca de allí, observando una locomotora de vapor del siglo XIX, preparada para su salida de esa tarde. Muchas cosas en Paraguay pertenecían a épocas bastante remotas.

"Lucho Gutiérrez" contestó la llamada. (15) Fernández utilizó un código simple: Habían obtenido la "mercancía", según las órdenes, pero hubo demoras no presupuestadas y él se sentía incómodo con los problemas que se presentaron en el proceso de "cerrar el trato". Luego dejó de hablar, asintiendo de vez en cuando. Colgó y se reunió con Townley.

"Nuevas órdenes", le dijo. "No les gusta como huele esto. Tenemos que regresar inmediatamente a Santiago".

A CIERTA DISTANCIA de allí, en la Avenida Mariscal López, más allá de las oficinas del Ejército, en el corazón del más elegante barrio de Asunción, el embajador George Landau regresó a su escritorio después de comer. Abrió una carpeta en la que, en letras rojas, se leía SECRETO, la que acababa de sacar del archivero con cerradura de combinación. Dentro de la carpeta había un cuaderno para notas, varias de cuyas hojas estaban llenas con los primeros párrafos del borrador de un cable. Cuando lo terminara, una persona de confianza lo mecanografiaría y llevaría a otra oficina, donde sería codificado y enviado a través del más seguro canal telegráfico. Iba dirigido a! general Vernon Walters, CIA, Langley, Virginia y contenía el primer capítulo de la historia de Juan Williams y Alejandro Romeral. En el escritorio de Landau también había fotocopias de los pasaportes paraguayos.

TOWNLEY Y FERNÁNDEZ reservaron pasajes para regresar esa tarde a Santiago, tras una escala nocturna en Buenos Aires. Allí, Townley volvió a cenar con su amigo de Milicia. Como de costumbre, Fernández asistió a los espectáculos nocturnos de nudismo de Pelegrini. A la mañana siguiente, tomaron el primer vuelo disponible a Santiago.

Aún a cargo de la operación, Fernández se comunicó con el coronel Pedro Espinoza a la mañana siguiente, entregándole los dos pasaportes especiales paraguayos. Más tarde, Townley llamó a Espinoza. "Dije francamente al coronel Espinoza que sospechaba que el capitán Fernández y mi afiliación secreta habían sido consideradas comprometedoras para el gobierno norteamericano", escribió Townley posteriormente.

Habían pasado el dato de la operación a la CIA.

La demora, la vigilancia, las insistentes preguntas de los paraguayos, la insinuación de Pappalardo de que Walters esperaría la llamada en Washington, todo eso lo ponía nervioso, según Townley expresó a Espinoza. Le ordenaron esperar hasta nuevas órdenes y pensó que el asesinato de Letelier ya no contaría con su participación.

CUANDO ROBERT DRISCOLL fue a su oficina en el Departamento de Estado, el 6 de agosto, encontró en el escritorio un sobre de papel manila de la CIA, cerrado con tela adhesiva y cordel y rotulado "SECRETO". Driscoll, funcionario encargado de los asuntos de Chile, manejaba el tráfico de cables desde y hacia la embajada norteamericana en Chile. Los leía, archivaba y enviaba a las oficinas correspondientes y otras agencias gubernamentales. Lo mismo hacía con los informes sobre Chile dirigidos al Estado y a otras agencias. Driscoll abrió el sobre. Adentro, encontró las copias "xerox" de dos pasaportes paraguayos. Los nombres de Juan Williams y Alejandro Romeral no significaban nada para él. Miró las fotos y se dio cuenta de que la CIA había incluido los negativos, indicando que habían fotografiado los pasaportes. Una breve "nota de transmisión" proporcionaba la única explicación del porqué la CIA había mandado el sobre. Ésta decía: "Memo a Harry Shlaudeman (16) para DIA (Agencia de Defensa de Inteligencia). Asunto: Envío de fotos y negativos de pasaportes paraguayos que fueron enviados recientemente a Washington desde Asunción". Driscoll garrapateó un borrador, buscó un lugar para las copias y colocó el paquete en la bandeja de "salidas".

ESPINOZA Y CONTRERAS recibieron un mensaje en clave de Guanes a través del canal Cóndor, fechado el 7 de agosto. El representante de Estados Unidos había informado a Guanes que su Gobierno había revocado las visas, extendiendo órdenes de arresto de los dos hombres en el puerto de entrada al país, en caso que intentaran viajar a Estados Unidos. Guanes pedía que Contreras le devolviera los pasaportes por valija diplomática. Dos días después, llamó a Contreras, quien le aseguró que los dos agentes no habían salido de Santiago y los pasaportes no serían usados.

Posteriormente, Espinoza confesó: "El coronel Contreras me citó a su oficina, pidiéndome los pasaportes y diciendo que el servicio de inteligencia paraguayo los había solicitado de vuelta. Se los entregué y, en mi presencia, sacó las fotos y las destruyó".

Los pasaportes, ahora inútiles productos de lo que en el seno de la DINA se empezó a llamar el "fiasco paraguayo", fueron enviados a Guanes un mes más tarde, mutilados, tal como lo señaló Espinoza.

MICHAEL TOWNLEY SE comenzaba a sentir cansado y frustrado mientras se dirigía a su casa en el automóvil, desde el cuartel general. Su vida se había convertido en una serie de misiones, la mayor parte de ellas desconectadas entre sí. Sentía un creciente alejamiento de Inés y sus hijos, a quienes veía entre misiones y encargos. Incluso estando en su casa, sujeto a la disposición y el antojo de "su servicio", debía estar preparado las veinticuatro horas del día. Casi siempre que terminaba una misión y se la comunicaba a Espinoza, nada volvía a saber de su importancia o consecuencias. La DINA sólo daba explicaciones cuando lo estimaba necesario. Incluso un obrero de ensambladura, por ejemplo, puede entrever el proceso completo en el que ha contribuido con su parte.

Los asesinatos eran algo distinto. Tenían resultados espectaculares. Sus superiores siempre se mostraban agradecidos por trabajos de ese tipo. Pero sus largas ausencias significaban fricciones familiares. Inés cada vez prestaba menos atención a su matrimonio, dedicada como estaba al grupo literario en el que había encontrado gran aceptación.

Pero los soldados deben cumplir órdenes, sin cuestionarlas ni pedir informaciones que sus superiores consideran innecesarias. Townley sentía que en la DINA se había encontrado a sí mismo, había empezado a vivir como soldado y a comportarse como oficial. Deseaba que Espinoza hubiera aceptado y entendido sus reservas sobre la misión de Letelier en términos estrictamente profesionales. No había demostrado temor, porque en la fanfarria del mundo del espionaje, el miedo eran tan irrelevante como la curiosidad. Sin embargo, se moría por saber qué habrían informado a Espinoza acerca de la reacción de la CIA ante el incidente paraguayo y si el asunto de Asunción había provocado la suspensión temporal o la cancelación de la misión.

Consideró que ya no debía seguir pensando en el asunto Letelier, porque lo habían "quemado". Pappalardo así lo consideraba y él y Fernández se lo habían comunicado a Espinoza. De acuerdo a todo lo que sabía, dedujo que la CIA no apoyaba la misión de Washington. (17)

El carácter de Townley era producto de su ancestro norteamericano, si bien se había comenzado a sentir más leal a Chile que a su país natal. La audacia de llevar a cabo un asesinato en el corazón mismo de Estados Unidos había excitado su gusto por la aventura, aunque sopesaba sus peligros.

Finalmente, Inés debió someterse a la histerectomía que, originalmente, estaba fijada cuando Townley partió a Paraguay. Él estaba preocupado. Su dependencia de ella era absoluta, hasta el punto de ignorar sus frecuentes aventuras sentimentales a fin de mantener la relación. Estuvo en el hospital del 7 al 14 de agosto. Durante ese periodo, Townley abandonó sus obligaciones habituales en la DINA y en su laboratorio, pasando todo el día junto a ella. Pero sus superiores lo localizaron, ordenándole presentarse en el cuartel general. "Anda inmediatamente a Argentina". Nuevamente, Townley quiso protestar, pero el soldado nada dijo. Voló a Buenos Aires el miércoles 11 de agosto, regresando la tarde siguiente a Santiago.

En los interrogatorios posteriores rehusó hablar acerca de la naturaleza de esa misión, tan urgente como para separarlo del lado de su esposa, pero es probable que el viaje estuviera relacionado con el secuestro que dos días antes habían hecho de dos diplomáticos cubanos en el centro de Buenos Aires. Ambos, un funcionario consular sospechoso de ser agente secreto, y su chofer, fueron secuestrados de su coche por agentes secretos de SIDE e interrogados sobre sus supuestos contactos y lazos financieros con revolucionarios argentinos. Townley, especialista de la DINA en asuntos cubanos, habría llegado en el momento culminante de los interrogatorios del SIDE y torturado a los cubanos, utilizando sus conocimientos comunes con los argentinos y ganando para la DINA nuevas informaciones acerca de las operaciones de los cubanos.

A fines de octubre, los cuerpos hinchados de los dos cubanos, Jesús Cejas y Crescencio Galamena, con los pies encementados, aparecieron en los bancos areneros del río Lujan, cerca de Buenos Aires.

Pocos días después del regreso a Santiago de Townley, los médicos del Hospital Militar dieron de alta a Inés, haciéndola guardar cama en su casa de Lo Curro. El invierno derivaba ya en primavera. Terminaron las lluvias y aumentó la temperatura.

Manuel Contreras consideró que el episodio del Paraguay había sido un molesto retraso, pero no un obstáculo imposible de superar con agudeza. Mucho más lo molestaba la incapacidad de la inteligencia paraguaya para colaborar eficientemente y merecer su participación en la Operación Cóndor. Contreras comenzó a trabajar duramente con su propio personal encargado de la documentación y con amigos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, a fin de evitar nuevos problemas en la obtención de documentación falsa segura.

La Marina estaba a cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Contreras no podía manipularlos. Cualquier operación que se canalizara a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, necesitaba del consentimiento del comandante en jefe de la Marina, José Toribio Merino, miembro de la junta. Un procedimiento semejante funcionó bien cuando, un año antes, Contreras solicitó y obtuvo autorización para colocar agentes de la DINA en embajadas en el extranjero con calidad de diplomáticos.

Pero él no tenía intenciones de canalizar el operativo Letelier a través de la junta. Para evitar enredos jerárquicos, Contreras consultó a su amigo, el coronel Enrique Valdés Puga, un seguidor de la línea dura y el oficial de más alto rango dentro del Ministerio de Relaciones Exteriores. Valdés Puga le presentó al funcionario civil de carrera Guillermo Osorio: director de Asuntos Consulares. Contreras le explicó sus necesidades: una serie de pasaportes oficiales auténticos que la DINA pudiera llenar con nombres falsos. Estos pasaportes estarían "cubiertos" por la numeración, que sería la misma de los otorgados por vías regulares. La oficina de Osorio debería dar el mismo trato de autenticidad a esos pasaportes.

Osorio aceptó. Hombre ambicioso, casado con Mary Scroogie Alessandri, sobrina del ex presidente Jorge Alessandri, más tarde pagaría un alto precio por su colaboración con la DINA. Pero en ese momento, la oferta de Contreras se ajustaba muy bien a sus inclinaciones ideológicas y políticas. Germanófilo, durante muchos años prestó servicios en el consulado chileno en Bonn, a comienzos de los años sesenta. Allí, se conquistó la simpatía de los alemanes de ultra derecha, sacando a relucir su antigua participación en un grupo nazi chileno juvenil. Durante el gobierno de Allende, Osorio estuvo relacionado con Patria y Libertad. Desde el golpe, sus ideas derechistas le sirvieron muy bien en su carrera dentro del Ministerio. El hecho de ayudar colateralmente a la policía secreta no interferiría su estilo de vida y un favor a Contreras, el segundo hombre más poderoso del régimen, conduciría a favores recíprocos.

Osorio se convirtió en el contacto de la DINA dentro del Ministerio de Relaciones Exteriores. A mediados de agosto de 1976, la DINA le pidió extender una serie de pasaportes. Sin que Osorio lo supiera, Contreras había separado siete, numerados del 525-76 al 531-76, para el asesinato de Letelier.

EL 16 DE AGOSTO de 1976, un lunes, en Belgrado 11, comando central de la DINA, había una gran actividad. Estaban hechas las llamadas telefónicas, citando a los agentes. Se habían realizado reuniones, firmado papeles, elaborado documentos, facilitado los equipos, calculado los gastos, enviado los mensajes.

El teniente Armando Fernández recibió sus nuevas órdenes directamente de Contreras. En su oficina, Contreras presentó a Fernández a una alta y elegante rubia de unos veinticinco años. Su espigada figura, muy a la moda, sus finos modales y su expresión altanera denotaban aristocracia.

A Fernández y la mujer les entregaron pasaportes para firmar, tomándoles fotos. Les comunicaron que tenían pasajes para Washington, dentro de unos días. La identidad de Fernández para la misión, escogida por él mismo, era Armando Faúndez Lyon. La mujer se llamaría Liliana Walker.

Un mensajero llevó los pasaportes y las fotos al Ministerio de Relaciones Exteriores, a la oficina de Guillermo Osorio. Se pusieron los sellos y timbres oficiales y Osorio llenó los formularios que identificaban a los poseedores de los pasaportes como funcionarios oficiales del Gobierno de Chile, pidiendo visas para Estados Unidos. Osorio escribió sus iniciales en los formularios: GOM (Guillermo Osorio Mardones). Hacia media tarde, un mensajero del Ministerio llegó al consulado norteamericano con los pasaportes en regla y las solicitudes de visa. Los números de los pasaportes eran: 525-76 y 526-76.

Los agentes de la DINA Rene Riveros y Rolando Mosqueira recibieron una orden de reportarse a la oficina de Espinoza, quien les dijo: "Antes que termine la semana, viajarán a Washington". Contrariamente a las prácticas habituales de la DINA, no se les permitió elegir sus nombres falsos para esa misión. Los pasaportes que recibieron de Espinoza estaban a nombre de Alejandro Romeral Jara y Juan Williams Rose. Riveros, un aficionado a la historia militar, reconoció su nombre como el de un héroe naval chileno de ascendencia inglesa que, hace un siglo, reclamó para Chile el Estrecho de Magallanes. El propósito de su misión era actuar como señuelos y despistar así cualquier investigación que surgiera como consecuencia de las sospechas creadas en Asunción.

Riveros y Mosqueira, usando las identidades de Williams y Romeral, recibieron la orden de ponerse en contacto con el general Vernon Walters de la CIA y hacerse notar antes de regresar a Chile. Si la policía norteamericana intentaba seguir la pista dejada por Townley y Fernández en Paraguay, las huellas los llevarían a Riveros y Mosqueira, quienes cumplirían una misión inocua en Washington, saliendo de la ciudad mucho antes de cometerse el asesinato.

Espinoza les entregó dinero para sus gastos y boletos de avión. Sus pasaportes, acompañados de una solicitud de visa que los describía como funcionarios del Ministerio de Economía, los envió Osorio del Ministerio de Relaciones Exteriores.

EL MÁS ALTO funcionario del consulado norteamericano en 1976 era el cónsul Josiah Brownell, al que asistían en sus obligaciones dos vicecónsules. John Hall, un tercer secretario, no se encargaba precisamente de los asuntos consulares: su cargo era una pantalla para encubrir su calidad de agente de la CIA.

A diferencia del Paraguay, el consulado norteamericano en Chile otorgaba automáticamente las visas cuando las solicitaba el Ministerio de Relaciones Exteriores. El martes 17 de agosto, uno de los funcionarios consulares, procesó cuatro solicitudes, colocando visas en cuatro pasaportes oficiales chilenos: Armando Faúndez Lyon (Nº. 525-76), Liliana Walker Martínez (Nº. 526-76), Juan Williams Rose (Nº. 527-76) y Alejandro Romeral Jara (Nº 528-76). Todas las visas tenían fecha 17 de agosto de 1976 y eran válidas para entradas múltiples, con un año de duración. Eran visas tipo A-2 y certificaban que sus poseedores eran funcionarios oficiales del gobierno.

Riveros y Mosqueira salieron el sábado siguiente, aterrizando en Miami el 22 de agosto, comenzando así la primera parte del plan de asesinato, planeado en tres etapas por Contreras. Mosqueira, delgado y de cabellos claros, tenía un leve parecido con Michael Townley, lo suficiente como para responder a la descripción física que se señalaba en su pasaporte "Juan Williams Rose", en ocasión de la solicitud de los documentos paraguayos. En el avión, Mosqueira había llenado la forma migratoria I-94, colocándola dentro de su pasaporte. Cuando llegó su turno, el oficial de inmigración recogió la forma y timbró el pasaporte sin dudar.

También Riveros pasó por inmigración sin problemas. Estaban sorprendidos, Espinoza los había preparado, advirtiéndoles que podrían ser detenidos por los funcionarios norteamericanos, ya que la DINA había sido informada a través de la inteligencia paraguaya de que Estados Unidos los revisaría.

Mosqueira y Riveros pasaron ese día en Miami y, al día siguiente, 23 de agosto, siguieron viaje a Washington. Se pusieron en contacto con la Embajada de Chile y llamaron al general Nilo Floody, agregado militar. Éste relató posteriormente la visita en una entrevista con el FBI:

En agosto de 1976, no se recuerda la fecha exacta, el general Floody, según sus declaraciones, recibió en la Misión Militar chilena de Washington la visita de los capitanes Mosqueira y Riveros. El general Floody declaró que los capitanes Riveros y Mosqueira le dijeron que estaban en una misión de inteligencia para la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), y que el propósito de su misión era conectarse personalmente con el general Vernon Walters de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El general Floody señaló que ni el capitán Riveros ni el capitán Mosqueira le dieron razones específicas de su deseo de conectarse con el general Walters. El general Floody señaló que los capitanes Riveros y Mosqueira le manifestaron no haber tenido éxito en sus intentos por contactar al general Walters en la oficina central de la CIA. En un esfuerzo por ayudar a los capitanes Mosqueira y Riveros, el general Floody dijo haber pedido a su secretario, que dominaba el inglés, llamar al cuartel central de la CIA a fin de localizar al general Walters y solicitarle una entrevista. .. El general Floody declaró que su secretario fue informado por el cuartel general de la CIA que el general Walters ya no pertenecía a dicha organización y que, o se había retirado, o había renunciado a la vida militar activa.

Misión cumplida. La CIA había recibido informes acerca de la presencia de Romeral y Williams. Mosqueira y Riveros se hicieron notar, rondando la Embajada de Chile y haciendo excursiones turísticas en un automóvil con chofer de la embajada. El hijo de Floody, Ricardo, los acompañó personalmente en sus paseos por Washington. Una noche, cenaron con el coronel Walter Doerner, oficial del ejército chileno cuya presencia en el Instituto Interamericano ce Defensa era, según el FBI, un pretexto para su real ocupación: jefe de la DINA en Estados Unidos.

En Chile, entretanto, comenzó la etapa número dos del plan. Fernández y Walker, que ya contaban con sus pasaportes visados, recibieron la orden de partir el 25 de agosto.

El vuelo nocturno de Branniff de los miércoles de Santiago a Miami es uno de los pocos vuelos directos a Estados Unidos y generalmente está completo. Armando Fernández y Liliana Walker parecían un exitoso hombre de negocios y su elegante esposa en viaje a Disney World. Walker se mantenía apartada del grupo que esperaba abordar el avión, sosteniendo displicentemente su equipaje de mano. El ligero sobrepeso que tenía Fernández casi no se le notaba en el holgado traje veraniego que lucía. Su misión era vigilar los movimientos de un hombre, como preparación para su asesinato. Sin embargo, su preocupación mientras iba junto a la hermosa Liliana en ese vuelo de ocho horas de duración, era si ella haría o no el amor con él. Puesto que simulaban ser esposos, deberían compartir el cuarto del hotel en Washington. Ignorando las intenciones de Fernández, Walker podría haber estado pensando en Letelier, cuya fotografía y antecedentes había estudiado cuidadosamente. La habían escogido para la misión porque pensaban que era el tipo de mujer a la que Letelier no habría podido resistirse. Era joven, pero madura; aristócrata; afecta a dar opiniones políticas progresistas; el sexo era parte de su bagage, su negocio, y lo ejercía sin entrar en mayores consideraciones, de la misma forma en que se decidía por un suéter o una blusa. Su preocupación era cómo llegar hasta Letelier y seducirlo, sin tener que ingresar al círculo de sus amistades. Consideraba para ello contar con la ventaja de la frecuente tendencia de los hombres casados a mantener sus asuntos sentimentales discretamente separados de sus actividades políticas. (18)

Alrededor de las 6:00 a.m., llegaron al aeropuerto internacional de Miami, donde pasaron aduana e inmigración. A las 8:00 a.m., trasbordaron a un avión de Eastern Airlines, llegando a Washington dos horas más tarde. Fernández recordó que, a pesar de la temprana hora, hacía calor y el ambiente estaba húmedo. Reservaron una habitación en el Hotel Washington, cerca de la Casa Blanca, entre la Calle 15 y la Avenida Pennsylvania; la habitación número 645 se transformó en su base de operaciones.

El 26 de agosto, coincidieron en Washington la etapa uno y la dos de la operación Letelier de la DINA. Mosqueira y Riveros podrían haberse conectado con Fernández y Walker ese día, a fin de intercambiar información. Al día siguiente Mosqueira y Riveros tomaron un avión con destino a Miami, donde permanecieron el fin de semana en casa de una hermana de Riveros y visitaron Disney World.

Fernández había nacido en Washington, en 1949, mientras su padre era Agregado de la Fuerza Aérea de la Embajada de Chile. Como oficial formado en la rígida subcultura militar chilena, sentía casi una mística afinidad con Washington, hogar del Pentágono y de la CIA, centro del mayor poderío militar del mundo. Como muchos oficiales chilenos, tenía la posibilidad de seguir un curso de entrenamiento en Estados Unidos, en la medida en que ascendiera de grado.

La hermana de Fernández, Rose Marie, vivía con Lawrence Guest, su esposo norteamericano, en Centerville, Virginia, a unos quince minutos de camino del hotel de los agentes de la DINA. Durante los trece días que permaneció en Washington, convivió casi permanentemente con los Guest, desempeñando el papel de un soldado sudamericano de vacaciones en Washington. Después de pasar dos noches en el hotel con la Walker, se trasladó a casa de su hermana, en Centerville.

Liliana Walker dejó pocas huellas de sus actividades durante los sofocantes días de agosto en Washington. Un recibo del Hotel Washington indica que ella y tal vez un acompañante tomaron un par de whiskies con soda en el bar Sky Terrace del hotel. Ocupó la habitación hasta el 6 de septiembre. Y no hay más datos.

La hermana de Fernández y su cuñado testificaron más tarde en favor de éste, diciendo que visitó el antiguo empleo de Larry Guest en el cuartel general del FBI, un edificio tipo mausoleo, y estuvo todo el día en la Fundación Airlie, al norte de Virginia, donde se tomó una foto con María Eugenia Oyarzún, la sociable embajadora de Chile ante la Organización de Estados Americanos. Rose Marie dijo al FBI que Armando nunca dejó el lugar durante esos días y no podría haber estado comprometido en actividades de espionaje. Sin embargo, su esposo indicó en su declaración al FBI que durante casi todo ese tiempo salieron juntos, separándose al llegar a Washington.

Cualesquiera hayan sido los pretextos que tuvieron Fernández y Walker para justificar su misión, se frustraron en su intento por seguir a Letelier. Desde el 26 de agosto al 6 de septiembre, éste estuvo menos de cuarenta y ocho horas en el área de Washington. El día en que llegaron Fernández y Walker, Letelier estaba en su oficina de la Calle 19, entre Dupont Circle y la Calle Q. El día anterior había llegado de sus vacaciones en Rehoboth Beach, donde su esposa arrendó una casa, para asistir a una reunión en el IEP, a las 8:30 a.m. Estuvo en Washington las noches del 25 y 26 de agosto y, en la tarde del viernes 27, regresó a Rehoboth. El sábado en la mañana volvió a Bethesda y permaneció en su casa, haciendo llamadas telefónicas hasta cerca de las 4:00 p.m. Luego tomó un avión a Nueva York, saliendo esa noche hacia Amsterdam. Los agentes de la DINA y su víctima se separaron; durante casi una semana, el complot mismo pareció fragmentarse, con Letelier en Amsterdam y Fernández con la Walker en Washington.

En el cuartel general de la DINA, el coronel Espinoza recibió las informaciones de Fernández y Walker. La semana en Washington había sido prácticamente estéril a causa de la ausencia de Letelier. Fernández solicitó permiso para regresar a Chile; le habían comunicado que su padre estaba gravemente enfermo. Espinoza le ordenó recoger cualquier información y luego dirigirse a Nueva York. La etapa número dos, muy poco satisfactoria, se daba por terminada.

Espinoza citó en su oficina a Michael Townley, poniendo así en funcionamiento la etapa número tres. Comunicó que debía llevar a cabo el asesinato de Letelier de acuerdo a sus órdenes originales: usar a los terroristas cubanos exiliados para realizar el crimen. Él debería estar fuera de Estados Unidos en el momento del asesinato. Le comunicó que Fernández, su ex compañero de viaje, ya estaba en Washington y le proporcionaría "datos previos de inteligencia" acerca de los movimientos de Letelier. A Fernández se le había indicado encontrarse con Townley en el aeropuerto internacional Kennedy. Era el 7 de septiembre. Le ordenó partir a Nueva York la noche siguiente. Townley estaba sorprendido con esas órdenes, ya que nada había sabido acerca de la misión de Fernández en Washington.

En Union City, Nueva Jersey, los amigos de Townley del Movimiento Nacionalista Cubano nacían planes para bombardear el carguero soviético Iván Shepetkov, anclado en el puerto Elizabeth de Nueva Jersey.

En la tarde del 4 de septiembre, Letelier regresó de Amsterdam en un vuelo de KLM hasta Nueva York. Por haber perdido el último vuelo de combinación a Washington, pasó la noche con sus colegas del IEP, Saul Landau y Richard Barnet, en un hotel del aeropuerto. En la mañana del 5 de septiembre, un domingo húmedo y caluroso, los tres regresaron a Washington. La presa de la DINA estaba de regreso.

AL REGRESAR A su casa de Lo Curro, Townley llamó a Virgilio Paz a Nueva Jersey. Posteriormente, llamó a su amigo Fernando Cruchaga a las oficinas de LAN-Chile en el aeropuerto internacional Kennedy.

A la mañana siguiente, "Tito", el encargado de documentación falsa de la DINA, entregó a Townley un pasaporte con visa para Estados Unidos. Su foto estaba adherida al documento que había sido extendido hacía dos semanas, el 24 de agosto. El pasaporte estaba a nombre de Hans Petersen Silva. Otro agente de la DINA le dio $980 dólares en billetes norteamericanos.

Tarde, en la noche del 8 de septiembre, Townley se dirigió al aeropuerto de Pudahuel, abordando el LAN-Chile vuelo 142 con destino a Nueva York.

EN WASHINGTON, LOS memoranda e instrucciones hacían su camino deliberadamente complicado, de un escritorio a otro y de una agencia a la otra. En la Oficina de Visas y Pasaportes del Departamento de Estado, el director Julio Arias firmó dos certificados de revocación de visa en dos pasaportes paraguayos a nombre de Juan Williams Rose y Alejandro Romeral Jara. De su oficina, despachó los documentos por valija diplomática a la embajada norteamericana en Asunción, Paraguay, donde fueron recibidos el 15 de septiembre. Antes, la oficina de Arias había mandado al Servicio de Inmigración y Naturalización norteamericano una petición de rutina para la revisión de los dos individuos, ordenando se distribuyera en todos los puestos de entrada y los consulados en el extranjero. El Departamento de Estado fue notificado posteriormente que los dos individuos habían llegado vía Miami con pasaportes chilenos, pero que no habían sido detenidos en inmigración.


Notas:

1. Sólo Pinochet y Contreras conocían el contenido específico de los informes de inteligencia. Los extraños se limitan a hipotéticas reconstrucciones basadas en los acontecimientos y operativos de la DINA.

2. Uno de los militantes medios del Partido Comunista detenido por la DINA, resultó ser un agente de la CIA que mantenía informados a los servicios de inteligencia norteamericanos acerca de los planes del partido. Un funcionario de la CIA se acercó discretamente a un oficial de la DINA con el que había trabajado. De acuerdo a lo que un funcionario norteamericano en Chile contó, la CIA manifestó a la DINA que "X", el miembro del Partido Comunista declarado desaparecido, podría servir a la causa común de la seguridad nacional chileno-norteamericana más efectivamente si era liberado. Según dijo la fuente, la CIA ofreció "usarlo en conjunto", compartiendo con la DINA los "resultados de la labor de inteligencia" del infiltrado.

La DINA nunca respondió a estas demandas y el agente de la CIA no apareció. El funcionario norteamericano agregó al respecto: "Supusimos que la DINA lo asesinó antes que se establecieran los contactos de la CIA

3. La lista incluía a Joanne Omang, del Washington Post; Rudolph S. Rauch III, del Time; Juan de Onís, del New York Times; William Montalbano, del Miami Herald; a los corresponsales de la Televisión Nacional Alemana, de Suecia, Italia y México. Los periodistas soviéticos y de Europa Oriental fueron expulsados automáticamente.

4. Orlando e Isabel Letelier, desconocidos para Simón, jugaron un importante papel en la elaboración de la lista que él llevó a Chile. Simón recibió la lista de Rose Styron, funcionaría de Amnesty International, que se responsabilizó de su fidelidad. El día anterior, había revisado la lista cuidadosamente con los Letelier.

5. Una lista parcial de los desaparecidos fue publicada en ¿Dónde están?, vol. 2, 1979, editado por la Vicaría de la Solidaridad, organización pro derechos humanos patrocinada por la Iglesia católica. El libro presenta informes documentados de los casos de 65 personas que desaparecieron a consecuencia de redadas de la DINA contra dirigentes del Partido Comunista, entre el 29 de marzo de 1976 y el 9 de septiembre de 1976. Aquellos que desaparecieron exactamente en la época de las visitas de Simón y Kissinger, son:

Miguel Luis Morales Ramírez, dirigente sindical, PC (mayo, 3)
Mario Zamorano Donoso, Comité Central PC (mayo, 4)
Jorge Onofre Muñoz Poutays, Comité Central PC (mayo, 4)
Jaime Patricio Donato Avendaño, dirigente sindical, PC (mayo, 5)
Uldarico Donaire Cortez, Comité Central PC (mayo, 5)
Elisa del Carmen Escobar Cepeda, dirigente, PC (mayo, 6)
Fernando Antonio Lara Rojas, dirigente regional, PC (mayo, 7)
Lenin Adán Díaz Silva, Comisión Técnica, PC (mayo, 9)
Marcelo Renán Concha Bascuñán, militante, PC (mayo, 10)
Víctor Manuel Díaz López, Subsecretario General, PC (mayo, 12)
Eliana Marina Espinoza Fernández, militante, PC (mayo, 12)
Rodolfo Marcial Núñez Benavides, dirigente sindical, PC (mayo, 18)
César Domingo Cerda Cuevas, ex Comité Central, PC (mayo, 19)
Juan Rene Orellana Catalán, Comité Central Juventudes Comunistas (Jun. 8)
Luis Emilio Maturana González, dirigente regional, PC (junio, 8)

6. Preocupado, Contreras escribió al jefe de la inteligencia brasileña, Joao Baptista Figueiredo, acerca de los peligros de una victoria demócrata en Estados Unidos. En la carta, fechada el 28 de agosto de 1975 y entregada a la prensa tras el asesinato de Letelier y la misteriosa muerte del ex presidente brasileño Juscelino Kubitschek, Contreras decía: "Comparto su preocupación por el posible triunfo del Partido Demócrata en las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos. También estamos enterados del apoyo permanente que los demócratas han dado a Kubitschek y a Letelier, quienes, en el futuro, pueden influir seriamente en la estabilidad del Cono Sur de nuestro hemisferio". La autenticidad de la carta se pone en duda por parte de los investigadores federales de Estados Unidos, quienes la consideran totalmente apócrifa.

7. Naturalmente, la fecha de la decisión de asesinarlo sólo la saben los autores del crimen.

8. Hay evidencias de una profunda animadversión personal, cuyas razones no se comprenden totalmente. Un ex alto oficial de la junta relató los detalles de una reunión con Pinochet, sostenida a principios de 1974, con el fin de discutir una petición de ministros del exterior de varios países, en la que se solicitaba la liberación de Almeyda, miembro del "club" de los actuales y los ex ministros del exterior, respetado internacionalmente. El oficial informó que "el ochenta por ciento de las cartas y telegramas pedían la liberación de Almeyda. Pregunté a Pinochet por qué no lo liberaba, a lo que me contestó enojado: «No lo haré, porque si suelto a Almeyda, también tendría que soltar a Letelier»".

9. Las fuentes de la DINA que se relacionaron con los italianos durante la estadía de éstos en Chile, que duró hasta comienzos de 1977, dijeron que éstos usaban los nombres de Alfredo o "Topogigio", Luigi o "Gigi" y Mauricio. Después de que la noticia de las relaciones entre di Stefano y Townley la publicara en The Nation, en junio de 1979, John Dinges, el periódico romano La Repubblica escribió que aquél había sido identificado como un terrorista fugitivo, llamado Stefano delle Chiaie.

10. La entrada y salida de Argentina de Fernández, con el nombre de Alejandro Rivadeneira, consta en los archivos de la policía de inmigración argentina. En 1978, los funcionarios de SIDE informaron de las demandas de éste a Robert Scherrer, agente del FBI.

11. Ministro de Relaciones Exteriores.

12. En 1978, año en que ella escribió estas líneas, Fernández había sido ascendido a capitán.

13. Townley no identificó a este individuo, si bien seguramente sabía su nombre. Es extraño que sus acusadores no le hayan pedido identificarlo, a fin de localizarlo y obtener de él lo que habría sido una valiosa colaboración en relación a la evidente conexión entre Townley y Fernández.

14. Siendo Paraguay un país mediterráneo, es casi una ironía la existencia de la Marina en las Fuerzas Armadas de ese país. (N. del T.).

15. Cualquiera que haya contestado el teléfono en la oficina de la DINA, se identificó como "Lucho Gutiérrez", clave que significaba que era esa la Sección Exterior de la DINA.

16. Asistente Adjunto de la Secretaría de Estado para Asuntos Interamericanos.

17. Tanto en la misión de Argentina como en la de Italia, Townley trabajó con terroristas civiles, relacionados con los servicios de inteligencia. Los miembros de Milicia y de AAA que ayudaron en el asesinato de Prats, trabajaban directamente bajo las órdenes de SIDE, servicio de inteligencia militar de Argentina. El grupo fascista italiano que había colaborado en el atentado a Leighton, tenía lazos informales con los servicios de inteligencia de ese país que, en 1975, estaban controlados por la derecha.

18. Fernández, Contreras y Espinoza negaron posteriormente saber el nombre real de Liliana Walker. Las órdenes precisas que recibieron Fernández y su nueva compañera, nunca han sido reveladas, o se perdieron en la maraña de la posterior actividad de espionaje. Una parte de la misión, pero probablemente no la única, consistió en la vigilancia previa de Letelier en Washington, eso es lo que posteriormente declaró saber Townley. Pero el papel de la atractiva agente, cuya identidad hasta ahora han logrado ocultar los chilenos, es un misterio. Una explicación aceptable es que ella tenía órdenes de seducir a Letelier, arrastrándolo a una situación comprometedora, con la que el asesinato podría realizarse con mayor seguridad y tranquilidad.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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