Asesinato en Washington

V

CAPACIDAD EXTRATERRITORIAL

VEINTE AÑOS ANTES, el edificio de Tejas Verdes había sido un elegante hotel donde los santiaguinos ricos descansaban a la orilla del mar. En octubre de 1973, un prisionero desnudo yacía amarrado a una cama metálica en el que fuera salón de música. Desde hacía algunos años, la Escuela de Ingenieros del Ejército había sustituido a los veraneantes, pero la gente aún llamaba al lugar Tejas Verdes. El río Maipo corría cerca de las amplias terrazas, acarreando polvillo de carbón de los Andes en su último tramo, antes de desembocar en el Pacífico. Por eso, las playas de la zona, hasta el puerto de San Antonio, más al norte, eran color ceniza y carbón.

Antonio Moreno (por razones de seguridad, este nombre es ficticio) gritó varias veces ese día, aunque sabía que nadie podría oírlo, gracias a la aislación acústica del lugar. Nadie, excepto la media docena de hombres que presenciaba el interrogatorio. Una patrulla de la Marina lo había detenido en Santiago, llevándolo hasta ese lugar. Los soldados habían estado torturándolo en la parrilla (plancha eléctrica), hasta que soltó varios nombres de intelectuales de derecha, diciendo que eran agentes secretos soviéticos. Ahora volvían a torturarlo porque su confesión, según descubrieron, era una mentira. Un fuerte olor a heces llenaba la habitación. Su cuerpo y ropas, enlodados, acumulaban mugre desde su detención, tres semanas antes. Un soldado hacía arcadas mientras le cambiaba un electrodo desde los párpados al pene. Entre las descargas eléctricas, Antonio miró fijamente el rostro de un hombre corpulento con uniforme de teniente coronel que, recargado contra la pared, presenciaba atentamente la operación, con mirada de experto. El horror de la experiencia hizo que ese rostro quedara grabado en su memoria y, más tarde habiendo logrado sobrevivir, pudo reconocer la fuerte mandíbula, los impenetrables ojos negros bajo espesas cejas y la mirada de cansada complacencia. Su nombre: teniente coronel Juan Manuel Contreras Sepúlveda, comandante de la base militar Tejas Verdes.

Con sus cuarenta y cuatro años, Contreras era el más joven de los coroneles del Ejército de Chile, y posteriormente sería el más joven de los generales. Pero no sólo perseguía el poder a través del escalafón. El puerto de San Antonio y el regimiento de Tejas Verdes fueron la plataforma que lo acercó al poder.

Perteneciente a una arribista familia militar de clase media, Contreras estaba en el último año de la academia militar cuando a ella ingresó como cadete Orlando Letelier. Desde el comienzo de su carrera, atrajo la atención de uno de sus profesores, el capitán Augusto Pinochet. Ambos, el joven oficial y su maestro, se hicieron amigos íntimos, coronando su amistad con el apadrinamiento de un hijo de Contreras.

Siendo mayor, Contreras permaneció desde 1967 hasta 1969 en la Escuela para Oficiales del Ejército de Fort Belvoir, Virginia. En Estados Unidos ingresó al Club de Leones de Fort Hunt, Virginia y más tarde, ya de regreso en Chile, siguió perteneciendo al Club de Leones Internacional. Abrió una cuenta bancaria en el banco Riggs de Washington, D.C., la que más tarde le fue de gran utilidad.

No habiendo tomado parte en ninguna guerra, los oficiales chilenos eran soldados "de salón". La vía para ser ascendidos en el escalafón era a través de estudios en cursos especiales en el extranjero, como profesores de la Academia Militar y la Academia de Guerra, en Chile. Contreras siempre fue el primero de su clase y más adelante le fue difícil combinar sus aptitudes como profesor con el comando de tropas. Aunque adscrito al Cuerpo de Ingenieros, se dedicó también a la historia militar, a la estrategia, la inteligencia, además de enseñar técnicas típicas de la ingeniería de guerra, en especial explosivos y bombardeo.

Tal como lo había adoctrinado Pinochet, Contreras tuvo a su cargo muchos oficiales jóvenes, a quienes cautivaba con su inteligencia y de los que logró lealtad total, gracias a su absolutismo y autoritarismo. Manuel Contreras se empeñó siempre por mantener el control sobre la gente, las instituciones, el futuro. Había logrado dominar a su familia, a sus amigos y a sus subalternos y, con cuidado, había ido forjando su ascenso vertiginoso dentro del ejército. Pero había dos cosas que escapaban a su control: en las reuniones sociales, era incapaz de dominar sus respuestas a individuos de clase o ideas distintas de las suyas. Optaba por apartarse tímidamente, o bien por argumentar con violencia. Se exaltaba al discutir sobre comunismo, liberación femenina y democracia cristiana. También había fracasado en sus intentos por controlar su apetito. La obesidad lo enfurecía y canalizaba el enojo hacia sus ansias de poder.

Varios meses antes del golpe, Contreras recibió el mando de Tejas Verdes, el más alto puesto militar en el área de San Antonio. En los años cincuenta, había servido en esa ciudad portuaria durante un lustro, regresando en junio de 1973 como reconocida personalidad entre los círculos sociales del lugar, aunque menos de lo que él hubiera deseado. Estableció un férreo control sobre su nuevo regimiento y cuando la Provincia fue declarada en estado de emergencia pocas semanas antes del golpe, Contreras se convirtió en el jefe absoluto del puerto.

San Antonio es el puerto del Pacífico más cercano a la ciudad de Santiago. Durante las semanas que antecedieron al golpe, los ciento treinta kilómetros de autopista entre la ciudad y su puerto casi estuvieron sin tráfico de camiones, debido al control de los camioneros en huelga. Barcos cargados con cientos de toneladas de trigo languidecían anclados en la rada, mientras en Santiago el presidente Allende anunciaba que los cuatro millones de habitantes de la ciudad, dentro de tres días, ya no tendrían harina para la fabricación del pan. Un convoy del ejército podría haber derribado las trincheras de los camioneros y los grupos de la oposición, armados sólo con rifles y revólveres de poco calibre, pero San Antonio, bajo el mando de Contreras, era territorio enemigo y ni los barcos fueron descargados, ni se organizaron caravanas para llevar alimentos a la capital del país. Días antes del golpe, Contreras ordenó a patrullas del ejército que vigilaran a los grupos de jóvenes izquierdistas, sospechosos de estar preparando una resistencia armada al inminente golpe.

El día 11 de septiembre se dispararon pocas balas. El mandato del gobierno de la Unidad Popular había terminado en San Antonio. Los camiones se volvieron a poner en circulación para transportar el grano hacia Santiago, pero el 13 de septiembre, el radical sindicato de estibadores del puerto declaró una huelga de brazos caídos, protestando por la abolición de las leyes de protección laboral por parte de las nuevas autoridades militares. En la tarde del día 13, Contreras citó en su oficina a los dirigentes sindicales con el fin de negociar. A la mañana siguiente, cuatro cadáveres perforados por bala fueron enviados a los familiares de los dirigentes sindicales en ataúdes sellados. No hubo más huelgas en San Antonio.

Otros cadáveres empezaron a aparecer regularmente en las playas. Las enfermeras del hospital de la ciudad reconocieron algunos de los cadáveres como pertenecientes a personas que, habiendo llegado heridas al hospital en los días posteriores al golpe, fueron atendidas por ellas y, más tarde, patrullas militares se las llevaron por la noche. Durante las primeras semanas que siguieron al golpe, patrullas militares y colaboradores civiles detuvieron a centenares de militantes y simpatizantes de la UP. Hacia fines de septiembre, se corrió el rumor de que Contreras había organizado un campo de concentración militar junto al puente del Maipo, cerca del regimiento Tejas Verdes.

Personas que trataban de localizar a sus parientes desaparecidos, subían diariamente las colinas para observar desde allí el campo y sus dos docenas en hileras de barracones de madera. Mientras iban al comedor o a las letrinas, los prisioneros podían observar a la gente que miraba. Y también podían ver, allá arriba, las dos estatuas de cemento blanco que daban el nombre al lugar: "La colina del Cristo de Maipo". Diariamente llegaban prisioneros, muchos de ellos traídos desde Santiago. Camiones más pequeños los llevaban en grupos al antiguo balneario de Tejas Verdes, a un kilómetro y medio de distancia, para someterlos a interrogatorios. Oficialmente, el campo de prisioneros no existía. No había listas de presos y los oficiales del ejército rehusaban responder las preguntas de los parientes. Sólo los detenidos y sus vigilantes entraban al campo. Dormían en enormes cajas de embalaje marítimo y en casuchas. Un hoyo abierto en la arena y rodeado de tablas hacía de letrina. No había lavamanos ni duchas.

San Antonio constituía una zona problemática para Pinochet, debido a la importancia estratégica del puerto y a la fuerte tendencia UP de su población. Contreras fue como un enviado del cielo que supo mantener la difícil situación bajo control, con rapidez y eficiencia. A medida que en Santiago fue aumentando la presión para que se permitiera a la Cruz Roja Internacional la inspección de las prisiones y las listas de los presos, Tejas Verdes fue convirtiéndose en el destino de los detenidos de Santiago, sospechosos de participar en la resistencia organizada. En interrogatorios. Sus informaciones sobre la resistencia, fruto de las sesiones de tortura en la sala de música de Tejas Verdes, llegaron a ser las más completas de Chile, supliendo las deficiencias y complementando las de los Servicios de Inteligencia del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea.

Contreras fue el autor de las leyes que regían la vida en San Antonio. Destituyó a una juez de tendencias izquierdistas, encarcelándola en Tejas Verdes. Puesto que Pinochet y la junta habían anunciado que no habría cambios en el sistema judicial, dos funcionarios de la Corte viajaron a San Antonio para exigir a Contreras respeto a la autonomía del Poder Judicial. Uno de estos funcionarios declaró que Contreras los recibió en su oficina y permaneció de pie frente a ambos, como era su costumbre. Rechazó sus quejas, diciéndoles: "Señores, yo soy la ley". Y, poniéndose la mano en su pistola agregó: "Y éste es el sistema judicial".

EN OCTUBRE DE 1973, Santiago parecía una ciudad ocupada. Patrullas militares en "jeeps" y camiones inundaban las calles, las armas listas para disparar. Troncos y sacos de arena protegían los puestos de vigilancia alrededor de los edificios del gobierno, edificios públicos y comisarías de carabineros. Por la noche, después del inicio del toque de queda, se escuchaban ráfagas de metralleta. Los diarios de la mañana (los que quedaron, luego de la confiscación de todas las publicaciones contrarias al nuevo régimen), informaban acerca del número de izquierdistas muertos la noche anterior por haber "tratado de escapar".

En su primera semana de regreso en Santiago, Michael Townley conducía por las calles en estado eufórico, bebiendo los aires de la victoria militar total. A veces, saludaba a las patrullas, reconociendo a algún ex compañero de Patria y Libertad que iba con los soldados, luciendo con orgullo un rifle automático. Una vez cumplido su propósito, Patria y Libertad se había disuelto voluntariamente, de manera que sus integrantes pudieran colaborar individualmente con el nuevo gobierno. Townley renovó sus antiguas relaciones y pronto supo quiénes de su amigos de PyL habían encontrado trabajo en las brigadas de "limpieza" militares y quiénes tenían ahora puestos importantes.

Townley ansiaba conducir uno de esos "jeeps", pero no como un soldado común y corriente, sino como un oficial al servicio del Once de Septiembre. Creía que en el cuerpo de oficiales del ejército anticomunista de su país adoptivo, encontraría un lugar donde utilizar su talento y sus aptitudes. Algunos de sus compañeros lo entusiasmaron, advirtiéndole al mismo tiempo que si bien el control del Estado había cambiado de manos, los niveles más bajos de la burocracia no habían alterado sus procedimientos formales, de manera que debía recordar que su participación en el asunto de Concepción le había dado cierta fama. Townley escuchó las advertencias, puesto que no quería arruinar sus posibilidades actuando precipitadamente.

Se presentó en el consulado norteamericano, en la calle Merced. Su amigo Fred Purdy, el cónsul, lo saludó calurosamente, hablando con entusiasmo sobre el nuevo régimen y la victoria de la lucha contra el gobierno de Allende. Townley le comunicó que necesitaba un nuevo pasaporte. (1) Purdy le manifestó sus deseos de servirlo. Aunque sabía que se trataba de un criminal buscado, que había huido de Chile para librarse de la mano de la justicia, a pesar de que se le había acusado de asesinar a un hombre en el incidente de Concepción, decidió ayudarlo.

Townley llevó al consulado varias fotos tamaño pasaporte, y obtuvo un nuevo documento. Purdy actualizó su tarjeta de ciudadano norteamericano señalando su regreso al país, anotando su nueva dirección y anexando una de las fotos. Cuando Townley salió de la oficina, Purdy escribió un memorándum describiendo la conversación que acababan de tener.

Ahora se sintió seguro. Su regla había sido siempre mantener la honestidad con la embajada norteamericana y estaba seguro que allí nadie se dejaría sorprender por la necesidad burocrática de hacer líos en relación a su presencia ilegal en el país. Luego se dedicó a tratar de anular la orden de arresto por lo de Concepción, intentando hacer desaparecer los documentos legales que existían en los archivos de la corte y de los acusadores. Ese era un problema más difícil que el anterior. El nuevo gobierno había resuelto problemas similares a otros activistas de PyL que eran buscados por crímenes cometidos durante el gobierno de Allende. La junta había liberado a Roberto Thieme, ex director de las operaciones clandestinas de PyL, y a varios otros que habían regresado de su exilio en Paraguay y eran buscados por el asesinato del general Schneider. Rafael Undurraga, compañero de Townley en lo de Concepción, había sido liberado silenciosamente, tras seis meses de cárcel. Explicó su problema a su amigo de PyL, el capitán de Marina Carlos Ashton, que tenía un puesto en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Ashton aseguró a Townley que una comunicación discreta con las autoridades de Concepción terminaría con su incertidumbre.

Una vez más, Townley se instaló en Chile. Inés había rentado una casa en Providencia. Para dejar pasar el tiempo y ganar algo de dinero mientras esperaba el ansiado ofrecimiento de trabajo en el Ejército, Townley reparaba transmisiones automáticas y finos aparatos en un pequeño taller de reparación automotriz.

EL CORONEL MANUEL Contreras repartía su tiempo entre Santiago y Tejas Verdes. Acumulaba títulos y extendía la base de su poder, moviéndoles el piso a varios generales, pero manteniendo sumisión absoluta frente a un solo hombre: el general Augusto Pinochet. En San Antonio, además de ser gobernador militar y jefe de la zona en estado de emergencia, se hizo cargo de la administración del gigantesco complejo pesquero EPECH, una de las industrias del "área social", concebida como un paso hacia la economía socialista de autogestión obrera. En Santiago, era director de la Escuela de Oficiales y de la Academia de Guerra, además de prestar sus servicios en las comisiones militares para la planificación política del gobierno. El número y prestigio de sus actividades, inusitados para un coronel, le dieron la base de poder para llegar a manejar la mayor empresa del gobierno militar. En tamaño y recursos, sólo la industria cuprífera, base económica del país, era mayor que EPECH. Pinochet le había encomendado poner orden y eficiencia en la gigantesca tarea de eliminar el marxismo del país. Le ordenó no aminorar la violencia de las primeras semanas después del golpe, sino intensificarla, coordinarla y racionalizar la represión.

La organización formal del terror institucionalizado en Chile, comenzó en noviembre de 1973 con un decreto que creó el Servicio Nacional de Detenidos, SENDET. La nueva institución era una medida burocrática para manejar la administración de la docena de campos de concentración del país. SENDET instaló sus oficinas en el subterráneo del edificio vacío del Congreso Nacional y el gobierno anunció que cualquiera que quisiera saber acerca de personas arrestadas, debía dirigirse allí.

Escondida en el decreto (el Decreto 517, aparecido en el Diario Oficial el 31 de diciembre de 1973), había una cláusula que creaba el Departamento de Inteligencia Nacional, "para determinar el grado de peligrosidad de los detenidos y mantener coordinación permanente con los Servicios de Inteligencia de las Fuerzas Armadas, Carabineros e Investigadores". Un abogado que trabajaba en la recientemente creada organización de derechos humanos, el Comité de Cooperación para la Paz, hizo una fundamentada suposición, que redactó en un memorándum. Básicamente, declaraba que el Departamento sería un nuevo aparato de inteligencia y concluyó que la sigla del nuevo organismo era DINA.

El coronel Manuel Contreras, director secreto del "departamento" del SENDET, comenzó a forjar una organización que tenía el doble propósito de infundir temor y unificar las políticas de inteligencia. Y en esta tarea contó con el asesoramiento del jefe de la oficina de la CIA, Ray Warren, que había trabajado con Contreras antes del golpe. Cuando supo que Pinochet había entregado la misión de centralizar las agencias de inteligencia a un hombre de la comprobada capacidad de Contreras, Warren prometió la ayuda de la CIA en la supervisión de la planificación y organización de la nueva estructura, así como en el entrenamiento de sus principales funcionarios. Townley y otros civiles de PyL reclutados en esa época, veían cómo Contreras organizaba la DINA: era un Estado dentro de otro Estado. Un ex agente de la DINA dijo: "Al comienzo de 1974, él /Contreras/ sólo tenía un montón de planes y, seis meses más tarde, había construido un imperio. Pensé que era un genio por haber sido capaz de construir un aparato tan grande y complejo en tan poco tiempo. Después descubrí cuánta ayuda había recibido de la CIA para lograrlo". (2)

Las cinco agencias de inteligencia que originalmente existían en Chile, no estaban preparadas para la tarea de vigilar a los ciudadanos cuyo crimen consistía en tener ideas políticas "pasadas de moda". Otros gobiernos, incluso el de Allende, se habían apoyado en investigaciones, la división política de la policía civil, para investigar el terrorismo y la subversión, hechos de los que había pocos ejemplos en la historia del país, hasta los dos últimos años del gobierno de Allende. En los años sesenta, la CIA había recomendado la creación de una rama de inteligencia de carabineros, la policía nacional, pero SICAR (Servicio de Inteligencia de Carabineros) siempre había sido un servicio incompetente.

El Servicio de Inteligencia Militar, SIM, perteneciente al Ejército, se dedicó a aspectos relacionados con posibles conflictos externos hasta los años sesenta y luego, por recomendación del Programa de Ayuda Militar de Estados Unidos, se amplió hacia programas de insurgencia interna.

La Inteligencia de la Marina operaba casi exclusivamente en las ciudades portuarias de Valparaíso y Talcahuano. El Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, SIFA, más pequeño que el SIM, asumió de buen grado la tarea de represión. Bajo la dirección de uno de los cuatro miembros de la junta, el general Gustavo Leigh, la SIFA operó a lo largo del país, conquistando la reputación de ser la más brutal de todas las organizaciones que efectuaban arrestos . .. Hasta que apareció la DINA.

Los servicios de inteligencia eran responsables de sus jerarquías respectivas, existiendo a todo nivel rivalidad entre ellos. Pinochet, por consejo de la CIA, entendió la necesidad de una policía secreta a gran escala, que estuviera bajo su directa supervisión, fuera independiente de cualquier estructura militar y se encargara de la coordinación de las demás agencias de inteligencia. Otras agencias policiales secretas formadas con similares propósitos, como la KCIA de Corea del Sur, el Servicio Nacional de Información de Brasil y la SAVAK de Irán (todas patrocinadas por la CIA), sirvieron de modelo a la organización de Contreras, quien obtuvo manuales técnicos y de entrenamiento de la CIA. Seleccionó a los oficiales que conformarían su grupo selecto entre tenientes y capitanes de la Academia de Guerra y reclutó soldados que habían adquirido experiencia en Tejas Verdes. Mandó a entrenarse a Brasil a algunos de ellos y obtuvo cerca de 40 millones de dólares para financiar la organización, mediante el ingenioso truco de sacar fondos de EPECH (Empresa Pesquera de Chile) y luego, con préstamos del Banco Central, cubrir las "pérdidas" de la firma. Justificó estas pérdidas culpando públicamente al régimen de la Unidad Popular de malversación de fondos.

Los entrenamientos empezaron en diciembre. Seiscientos reclutas se reunieron del otro lado del río, junto al regimiento de Tejas Verdes, el antiguo "balneario popular" construido por Allende. Uno de los reclutas era Samuel Fuenzalida, conscripto procedente de una familia obrera de Santiago. En una entrevista, Fuenzalida declaró: "Cuando llegamos, Contreras nos hizo un discurso muy patriótico en el que nos explicó por qué el golpe había sido tan importante para el país. Dijo que íbamos a formar parte de la DINA, organización que sería responsable sólo ante el presidente y que nosotros mantendríamos dentro y fuera la seguridad del país. Dijo que teníamos que eliminar el marxismo y todas las ideologías políticas como si fueran plagas".

"Nos enseñaron técnicas para seguir gente en la calle, para interrogar y para tratar a los presos. Nos enseñaron a torturar, a conocer las partes más sensibles del cuerpo y cómo hacer para no matar involuntariamente a una persona. Aprendimos la tortura sicológica, como por ejemplo, encerrar en una casa inmunda a una persona refinada y no dejarla lavarse".

Fuenzalida, que más tarde se exiló, dijo que los oficiales chilenos que les enseñaban estaban asesorados por "gringos". Agregó que él vio cinco o seis durante los tres meses que duró su curso y que los reconoció porque hablaban inglés y porque posteriormente muchos oficiales de la DINA fueron premiados con viajes a Estados Unidos.

En enero y febrero de 1974, con el reclutamiento aún incompleto, la DINA de Contreras comenzó a operar en pequeña escala, incluso sin tener todavía existencia legal. Los trabajadores por los derechos humanos en el Comité pro Paz comenzaron a notar un aumento de casi 250 personas por semana en el número de detenciones, detectando a la vez un inquietante cambio de métodos. Contrariamente a las prácticas anteriores, los uniformados rara vez participaban en las detenciones. Quienes realizaban los arrestos llegaban después del toque de queda, vestidos de civil, negándose a identificarse. Vendaban los ojos de sus víctimas y los arrojaban en el piso de camionetas sin patente. Entre el grupo de cuatro o cinco hombres, a menudo se veía a una mujer joven.

EL VERANO CHILENO llegó a su fin. Con la excepción de Andy, hijo de Inés que se había enrolado en la Marina norteamericana, la familia había pasado las vacaciones reunida. Brian, el más pequeño, había entrado a segundo año y Christopher, su hermano casi adolescente, estaba en quinto. Susan, alegre, tomaba más en serio a los muchachos que los estudios. Ronnie, meditabundo joven de veintidós años, heredero de las aficiones intelectuales de su madre, había partido a Nueva York para ingresar a la universidad. Los Townley eran un modelo de grupo familiar homogéneo y afectuoso.

El teniente coronel Pedro Espinoza, segundo en importancia de la naciente DINA, llegó de visita a casa de los Townley. Inés supervisaba a la sirvienta que servía té y tragos a su marido, a Espinoza y a una aparatosa mujer de más de cuarenta años, propietaria de la casa que rentaban y que había servido de intermediaria entre ellos y Espinoza, quien, según ella dijo, estaba interesado en conocer a Michael.

Los Townley pronto se dieron cuenta de que la visita de Espinoza era el resultado de los deseos de colaborar que ellos habían manifestado a sus amigos de Patria y Libertad relacionados con el nuevo gobierno. El débil pretexto social para realizar la visita, pronto se desvaneció, cuando Espinoza empezó a recordar los años de Allende. Felicitó a Townley por su candor al poner en circulación la clandestina Radio Liberación en las propias narices del gobierno de Allende y confesó que, en su calidad de oficial de inteligencia militar, había recibido entonces órdenes de interceptar las transmisiones ilegales. "Pero no puse mucho empeño", agregó con una carcajada.

Regañándolo con benevolencia, le dijo que lo de Concepción había sido "algo chapucero".

Luego, pasó a averiguar detalles más íntimos acerca de sus actividades bajo Allende y después, desde su regreso a Chile.

Townley lo observaba, admirando la apostura militar y el atlético físico de ese hombre casi tan alto como él. Incluso cuando reía, sus ademanes al estilo prusiano y la intensidad de su mirada traicionaban su origen militar y una férrea voluntad. Entendió que Espinoza ya lo había examinado y, en esa prueba preliminar, lo había aprobado. Gracias a sus numerosas lecturas de espionaje, entendió la situación.

Invitándolos a cenar a su casa, con los niños, Espinoza dio por terminada la reunión. Cautivado por el aura de profesionalismo de Espinoza, más tarde calificó de "amistad íntima" su relación con el oficial de inteligencia.

En las semanas que siguieron a la entrevista, Espinoza se dedicó a analizar a su candidato. Éste era uno de los numerosos civiles que había llamado la atención de Contreras por su audacia como terrorista de PyL. Aun cuando eran aficionados, podían recibir entrenamiento, de modo que sus probadas cualidades individuales, alimentadas por una ideología ultraderechista, los haría aptos para desempeñar tareas que los militares rehuían. Contreras y Espinoza ya habían reclutado a algunos de los conocidos de Townley: Vicente Gutiérrez, que había llevado a PyL al asesinato; Anthal Liptay y Alvaro Puga, expertos en propaganda; Víctor Fuenzalida, experto en explosivos; Gustavo Etchepare, experto en radio. Townley obtuvo una alta calificación por parte de Espinoza.

Había demostrado sus conocimientos de electrónica, radio y explosivos y, lo mejor de todo, era un norteamericano con dos pasaportes, totalmente fiel a la causa del gobierno militar chileno, deseoso de llegar a cualquier parte y seguir cualquier orden, con tal de alcanzar sus metas. Espinoza estaba impresionado por el respeto que manifestaba Townley por la autoridad, su acatamiento sin preguntas y su casi infantil fascinación por desempeñar el papel de soldado.

El ofrecimiento de Espinoza para que ingresara a la DINA se produjo casi al mismo tiempo de la llegada de las lluvias invernales en Chile. (3) Espinoza contrató a Michael Townley y a Inés Callejas con un sueldo común de aproximadamente 600 dólares mensuales. Townley declaró que para él había sido un honor transformarse en soldado al servicio del Once de Septiembre. Contó a Espinoza acerca de sus anteriores contactos con la CIA y sus relaciones con los funcionarios políticos de la embajada norteamericana, además del cónsul Purdy. Espinoza le aseguró que los contactos con los funcionarios norteamericanos no constituían obstáculo alguno para convertirse en agente de la DINA.

En sus escritos posteriores acerca de estos hechos, Inés ocultó su propio papel en la DINA, pero parece haber sido honesta al describir algunos de los factores que ayudaron a la incorporación de Townley:

El coronel propuso a Michael trabajar en la DINA. Su único trabajo en esa época eran ocasionales reparaciones de transmisión automática en el taller de Juan Smith, y aceptó encantado. Por fin tendría la oportunidad de trabajar en electrónica, su actividad favorita. Además, le pagarían por ello. El trabajo, según nos dijo el coronel, dejaría tiempo a Michael para hacer otras cosas a la vez. No estoy sugiriendo que mi esposo imitaba a James Bond, ni tampoco que realizaba las misiones más importantes. Pero, ciertamente, puedo decir que la DINA encontró muy útiles sus conocimientos en electrónica, inglés y comercio. A esto se agrega el hecho de que, en su calidad de norteamericano, tenía libre acceso a Estados Unidos en cualquier momento, sin necesidad de solicitar visa, algo tan difícil de conseguir.

Además, mi esposo tenía cualidades que lo hacían destacarse en el mundo del espionaje: mente despierta, increíble memoria, férrea determinación y lealtad. Estaba absolutamente convencido de que el gobierno militar y el señor Pinochet eran lo mejor que podía haberle sucedido a Chile.

La contratación por parte de la DINA permitió otras garantías a Townley. En lugar de trabajar en la enorme sede central de la organización, se le dio la oportunidad de ocupar una gran casa, casi una mansión con varias hectáreas de terreno, en el elegante sector de Lo Curro, situado en una colina que dominaba la ciudad de Santiago. Contreras había comprado esa casa durante la época de Allende, cuando la propiedad estaba subvaluada. A expensas de la DINA, instaló una poderosa estación transmisora de radio y equipó un completo laboratorio electrónico. Poco tiempo después de su contratación, los Townley se mudaron a la casa. Inés escribió más tarde:

La casa era un elefante blanco, pero respondía perfectamente a nuestros propósitos. Michael podía tener su taller electrónico y su laboratorio fotográfico, otro de sus "hobbies". Y yo tenía en el tercer piso una agradable terraza. Había piscina y estaba, absurdamente, ubicada a la salida de la cocina, en el patio trasero, pero hacía felices a los niños. El terreno, con árboles frutales, era uno de los mejores de Lo Curro. Michael instaló unas antenas enormes, que provocaron las sospechas de los vecinos. Nos denunciaron a la policía, que llegó a allanarnos. Pudimos pasar la investigación sin problemas.

Durante los meses siguientes, Townley fue sometido a un periodo de vigilancia, entrenamiento e iniciación. Sus superiores querían saber hasta dónde llegaba su habilidad y recibió órdenes que comprobarían sus conocimientos de electrónica: intercepción de mensajes telegráficos y telefónicos. También recibió indicaciones para realizar operaciones preliminares con explosivos.

Un agente de la DINA debía conocer las bases del negocio y, en las novelas de espionaje, Townley aprendió de arriba abajo las artes del amedrentamiento, tal como se practicaban en Chile.

La DINA tenía sus propios procedimientos de adiestramiento, de jerarquías y obediencia a la autoridad, la idiosincracia de una organización en proceso de crecimiento y sus propios directivos. Finalmente, en cierto modo semejante a la CIA, la DINA exigía un juramento de silencio y lealtad, que se hacía frente a Contreras en persona. Townley firmó el juramento con seriedad y convicción. Desde ese momento, se convirtió en un espía profesional y su nombre oficial para la DINA era Juan Andrés Wilson Silva, (4) aunque la mayoría de sus colegas seguía llamándolo Mike, o bien "el Gringo". Las primeras tareas de Townley consistieron en espionaje electrónico en varias secciones operativas de la DINA. Su jefe era el mayor Vianel Valdivieso. Usando como base de operaciones su casa de Lo Curro, formó una brigada que tenía el pretencioso (y muy al estilo de la DINA) título "Centro Quatropillán para la Investigación y el Desarrollo Técnico". Su equipo de trabajo estaba compuesto por una secretaria, un chofer para el Fiat 125 asignado por la DINA y un sargento, que también usaba un automóvil de la DINA. Ambos coches tenían radio. Townley mantuvo su brigada activa como una firma de reparación de equipos eléctricos que se movía con eficiencia.

Pero Contreras no había contratado a Townley para que sembrara aparatos interceptores en macetas.

Cuando, a mediados de 1974, Espinoza reclutó a Townley, la DINA contaba aproximadamente con 600 agentes militares de tiempo completo y empleados civiles a contrata. Cerca del 20 por ciento del personal era civil, la mayoría reclutados en los barrios bajos, entre asesinos y criminales de baja estofa. Townley integró un grupo más elitista, reclutado entre Patria y Libertad y otros grupos de oposición, la mayoría de los cuales ingresó a la DINA en marzo y abril de 1974. La DINA les prometió prestigio y posición, incluyendo el comando de tropa y rangos equivalentes a teniente de ejército y capitán. En 1977, año de la cima del poderío de la DINA, Contreras dirigía un pequeño ejército de 9,300 agentes y un grupo de informantes, unos asalariados, otros voluntarios, varias veces más numeroso, que rastreaba todos los rincones de la vida dentro de Chile y en el extranjero. (5)

El gobierno militar no admitió la existencia de la DINA públicamente hasta la aparición, en junio de 1974, del Decreto 521, ley oficial de la junta que creaba la Dirección de Inteligencia Nacional. (6)

El nombramiento de Contreras como su director no se dio a la publicidad. El Decreto 521 contenía tres artículos secretos, el 9, 10 y 11, que subordinaban todos los demás servicios de inteligencia del país a la DINA y otorgaban a sus agentes poder ilimitado para allanar casas y detener personas sin formulación de cargos. (7) Técnicamente, la DINA estaba subordinada a los cuatro miembros de la junta; en la práctica, todos los operativos, incluso aquellos que originalmente pertenecían a otras ramas de las fuerzas armadas, sólo recibían órdenes de Contreras y éste, a su vez, sólo recibía órdenes de un hombre: el general Augusto Pinochet. (8)

Las operaciones secretas de la DINA bajo la dirección del coronel Espinoza, contaban con cinco secciones: Servicio Gubernamental, Interno, Económico, Guerra Sicológica y Exterior (Operaciones Extranjeras). Las secciones Gubernamental e Interna eran las más secretas y las mayores. Se centraban en el control de las fuerzas de oposición en la burocracia estatal y en la población en general.

Las purgas que se produjeron inmediatamente después del golpe habían eliminado a miles de personas, identificadas como miembros de los partidos de izquierda, muchos de ellos pertenecientes a las universidades y a los servicios públicos. Pero los dirigentes del régimen consideraban cada oficina de gobierno un suelo fértil para el sabotaje y la conspiración, y a cada empleado estatal, un potencial riesgo contra la seguridad. Los miembros de los partidos Radical y Democratacristiano, virtualmente monopolizaron los puestos gubernamentales de nivel medio. Muchos habían dado la bienvenida al golpe, pero podía considerarse que se opondrían a los militares tan pronto como se hiciera evidente el plan para desmantelar el sistema democrático chileno.

Los informantes, llamados soplones, proporcionaban el único método para producir temor y arrestar a los opositores potenciales entre la burocracia estatal a los niveles medio y bajo.

La DINA instaló un gran número de oficinas en el centro de Santiago, y comenzó a extender la vasta red de espías del gobierno, muchos de ellos voluntarios, o contratados por medio tiempo. Cada informante tenía su jefe, el que enviaba los informes obtenidos a su jefe de sección. De los 20 a 30 mil informantes que supuestamente tenía la DINA, más de la mitad tenía puestos estratégicos en las oficinas de gobierno a lo largo de todo Chile. Contreras contaba con un efecto multiplicador para aumentar la efectividad de la cadena. La simple sospecha de que la persona del escritorio contiguo pudiera trabajar para la DINA, era motivo suficiente de desaparición de las quejas y eliminaba la discusión política en las oficinas gubernamentales.

La Sección Interna de la DINA tenía la doble tarea de extirpar los focos restantes de resistencia organizada de la izquierda y reforzar la lucha contra cualquier actividad política de oposición. Según Contreras, se trataba de una misión formidable, considerando el 40 por ciento de los electores que había apoyado la Unidad Popular, enemigo del gobierno de Pinochet; y el 30 por ciento de los partidarios de la Democracia Cristiana, enemigos potenciales. Contreras decidió comenzar su ataque sistemático con la persecución a la ultraizquierda, el movimiento con las raíces más débiles, pero con una gran reputación de valentía, convicción y determinación. El MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) había pasado a la clandestinidad antes del golpe y continuaba tratando de llevar a sus seguidores hacia la resistencia armada. En seguida les tocaría a los socialistas y a los comunistas. Finalmente, pero no antes de 1975, Contreras volcaría su aparato de terror hacia los democratacristianos y la Iglesia católica.

Para doblegar al 70 por ciento de la población, Contreras recurrió a los viejos métodos de la detención y la tortura, a los que agregó un sistema nuevo: la desaparición. (9) Los grupos de choque del ejército de Contreras, las Brigadas de Arresto e Interrogación, eran grupos de cinco o seis personas, dirigidas por un capitán o por un mayor. Con nombres de raíces indígenas, como Antumapu, Pehuenche, Peldehue, cada brigada operaba en una casa de seguridad cuya ubicación cambiaba frecuentemente. Los grupos de arresto, vestidos de civil, llevaban a los detenidos a estas casas de la DINA, sometiéndolos a torturas e interrogatorios. Aquellos que, según la DINA, pertenecían a la categoría de los irrecuperables, se les exprimía toda la información posible, a veces durante meses de interrogatorios, y luego eran puestos en manos de una brigada especial, que se encargaba de hacerlos desaparecer. La DINA no dejaba evidencias, no dejaba ningún tipo de constancia de detención y los cuerpos no se llevaban a la morgue, ni se extendían certificados de defunción. En 1974, la lista de desaparecidos creció con un promedio de cincuenta personas al mes.

Y la campaña tuvo éxito, pues la población se encontraba aterrorizada.

En un discurso pronunciado en septiembre de 1974, Pinochet declaró que el país era "una isla de tranquilidad" en medio de un mundo de violencia. Sin embargo, no todos los altos mandos de la institución militar chilena estaban de acuerdo con los métodos de apaciguamiento empleados por Contreras contra la población civil. La red de la DINA funcionaba no sólo para controlar a la oposición, sino también para determinar la influencia de las políticas implementadas por Contreras. La DINA pidió -obteniéndola- una cuota de control político de alto nivel en cada ministerio. Los ministros, muchos de ellos generales, comenzaron a sentirse amenazados a medida que la DINA asumía el carácter de un gobierno fantasma dirigido personalmente por Contreras. Sus maniobras amenazaban incluso a los más conspicuos generales, aunque los efectos de reacción eran producto de la rivalidad antes que de razones humanitarias.

La SIFA, Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, bajo la dirección del coronel Edgardo Ceballos Jones, en 1974, también había iniciado una campaña contra el MIR, en la que sus hombres hicieron amplio uso de la tortura. Cuando Contreras comenzó a centralizar en la DINA el control de otros servicios de inteligencia, los detenidos liberados por Ceballos cayeron en poder de los hombres de Contreras, siendo nuevamente interrogados mediante torturas y posteriormente "desaparecidos". Los activistas por los derechos humanos señalaron más tarde que Ceballos empezó a esconder de la DINA a sus presos y, a través de las organizaciones de derechos humanos, los asilaba en embajadas de países extranjeros, impidiendo que la DINA los asesinara.

El general de Ejército Oscar Bonilla, ministro del Interior, que tenía fama de ser una persona dinámica y populista, se convirtió en el primer enemigo declarado de Contreras. A mediados de 1974, en una reunión de Gabinete, Pinochet hizo participar a Contreras para que informara acerca del robo de documentos del escritorio de uno de sus ministros. El informe culpaba del robo a infiltrados de izquierda en el ministerio; el hecho fue usado por Contreras y Pinochet para justificar el inflexible control de la DINA en los ministerios. El general Bonilla, dirigiéndose a su subordinado, el coronel Contreras, pidió evidencias de que los izquierdistas habían robado los desaparecidos documentos. Contreras, según declaraciones de alguien que estaba allí presente, rehusó entregar mayor información y señaló intencionalmente que "ciertas cosas no podían decirse frente a extraños". Enojado, Bonilla se dirigió a Pinochet, pero éste apoyó la posición de Contreras.

El general Sergio Arellano Stark, apodado por los izquierdistas "el Carnicero del Norte" debido a su actuación en las prisiones del norte de Chile un mes después del golpe y que dio como resultado la ejecución sumaria de setenta prisioneros, protestó directamente ante el general Pinochet. En una carta de noviembre de 1974, Arellano se quejaba de que Contreras, su subordinado en el escalafón, se había negado a responder las preguntas de los familiares de los presos. La carta describía a la DINA de Contreras como una "Gestapo" y pedía que se corrigieran los errores, antes de que la situación se hiciera incontrolable.

Pinochet escuchó las protestas, recibió las cartas de queja y aplacó a algunos generales, pero no cedió en su apoyo a Contreras. Por el contrario, pasó a Contreras una lista con los oficiales disidentes. De esta forma, aumentó más aún la penetración y vigilancia de la DINA en el seno de las fuerzas armadas.

Contreras tenía también especial interés por los planes que había implementado el grupo de economistas del gobierno; muchos de ellos habían obtenido grados académicos en la Universidad de Chicago y eran seguidores del doctor Milton Freedman. Los dos ministerios que tenían que ver con la economía eran los únicos en manos de civiles y, por ende, no sujetos al control militar directo.

Contreras instaló su propia sección económica en la DINA, con el propósito de vigilar el descontento entre los grupos de bajos ingresos y los sindicatos de trabajadores. No estaba de acuerdo con el sistema económico que se había implantado, compartiendo en cambio los puntos de vista de líderes políticos como Pablo Rodríguez, jefe de PyL, quien favorecía un modelo corporativista, combinando el gobierno autoritario con las políticas económicas benevolentes y populistas en relación a los desposeídos. El personal de Contreras, un grupo de dieciocho economistas, hizo de la Sección Económica de la DINA una espada de doble filo, atacando tanto a los partidos de oposición y a los sindicatos, como a los "Chicago Boys", única tendencia en la política económica de la junta. (10)

El equipo económico que conducía la política fiscal de la junta, al comienzo, no interpretó como un desafío los métodos de la DINA, sino como un mal necesario, a cambio del control de la oposición durante el tiempo que necesitara el nuevo modelo económico para echar raíces. Consideraban que el problema número uno de Chile, en 1974, era la realidad concreta de la creciente inflación y no la abstracción denominada "marxismo". Los encargados de la economía eran hombres de negocios que actuaban en un enrarecido mundo donde las contingencias de las finanzas internacionales eran más importantes que las preferencias ideológicas. Contreras, por otro lado, tomó las cosas mucho más en serio. Se le había encargado no sólo remplazar un sistema económico por otro, sino remplazar un conjunto de ideas por otras. El terror físico requería de un complemento síquico.

La Sección de Guerra Sicológica de la DINA operaba en estrecha relación con la Dirección Nacional de Comunicaciones Sociales del Gobierno, DINACOS, oficina encargada de la censura de prensa, la supervisión de los corresponsales extranjeros y las campañas de propaganda en pro de la junta, tanto en el interior como en el extranjero. La subdirección de DINACOS estaba reservada a un subalterno de Contreras.

Detrás del vasto aparato de la DINA y sus numerosos departamentos y secciones, existía un círculo interno, el Comando General, que contaba con unas treinta o cuarenta personas en las que Contreras se apoyaba, no sólo por su absoluta lealtad personal hacia él, sino por sus intereses profesionales puestos al servicio de una causa común. Los oficiales militares, cuya lealtad se debía en primer lugar a su propio servicio, no integraban el Comando General, sin importar su rango. Este Comando General conocía todo el conjunto de los planes de Contreras y los detalles de las actividades diarias de las cinco secciones. Todo lo demás se encontraba compartido. Los miles de hombres y mujeres que cobraban cheques de la DINA, que arrestaban, torturaban, interrogaban y mataban, sólo sabían lo que Contreras consideraba que debían saber para realizar sus misiones.

Había diseñado esta estructura a fin de imponer un control personal absoluto sobre cada aspecto del funcionamiento de la DINA y para evitar la tendencia natural de la burocracia hacia intereses y enclaves privados de poder. Sólo una total devoción a Contreras y a la cruzada de la DINA, como él lo definió, abriría al camino del progreso y la responsabilidad.

Otras operaciones de la DINA, tan secretas que sólo eran del conocimiento del Comando General, tenían como blanco de su acción a los propios militares chilenos y a los enemigos en el extranjero.

Los exiliados y lo que Pinochet había calificado de "campaña del marxismo internacional" contra su gobierno, requerían de contramedidas. En respuesta a este nuevo y creciente problema, a mediados de 1974, Contreras organizó su última división: la "Sección Exterior". Allí tenía en mente un trabajo especial para Michael Townley.

Bajo la división estructural del trabajo de la DINA entre las secciones Interior y Exterior, estaba el concepto de la guerra contra el comunismo, una "cruzada santa" sin líneas de combate, sin límites ni enemigos físicamente identificables. No había una distinción precisa de quiénes eran los que agredían a Chile; ningún ataque al que Pinochet pudiese resistir con los procedimientos militares regulares. Sólo la DINA tenía los hombres y los métodos para realizar un contraataque; sólo la DINA podía desarrollar la capacidad de aniquilar al enemigo que se protegía en la madriguera del extranjero. Contreras denominaba a esta condición su "capacidad extraterritorial".

El Presidente de México había recibido a los dirigentes máximos de la Unidad Popular, ofreciéndoles la capital del país como virtual sede de operaciones de los exiliados. La viuda de Allende, Hortensia Bussi, aceptó la invitación del gobierno mexicano, instalándose en ese país con Isabel, la menor de sus hijas y rodeándose de los más capaces dirigentes de la UP. Otro grupo de exiliados prominentes, tanto democratacristianos como izquierdistas, comenzaron a organizar un movimiento antijuntista en Roma, Italia. El Presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, socialdemócrata amigo de Allende y partidario de las causas del Tercer Mundo, abrió el país al flujo de exiliados. Caracas se convirtió en un lugar estratégico de reunión para los líderes de la UP y la Democracia Cristiana, algunos de los cuales entraban y salían de Chile clandestinamente.

Para Contreras, Argentina representaba un especial desafío. Compartiendo más de 4,500 kilómetros de montañosa frontera con Chile, y con un floreciente movimiento guerrillero, tenía el mayor grupo de exiliados chilenos, hacia 1974. Un hombre en particular preocupaba al general Pinochet. El general Carlos Prats, su antecesor en la Comandancia en Jefe del Ejército, vivía y escribía sus memorias en Buenos Aires. Prats representaba la línea constitucionalista de las fuerzas armadas de Chile y, posiblemente, atraía a algunos generales, después del golpe. Antes del 11 de septiembre, había sido el mayor obstáculo para el golpe y, a los ojos de Pinochet, era el principal peligro para la unidad de los militares chilenos. En Buenos Aires, Prats estaba a sólo dos horas y media de Santiago.

MICHAEL TOWNLEY LLEGÓ al aeropuerto de Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires, el mismo día en que fue liberado Orlando Letelier y llevado a la embajada de Venezuela. Townley lamentó no estar presente en la celebración del primer aniversario del golpe, al día siguiente, pero esta misión lo afirmaría o lo eliminaría definitivamente de la DINA. Sus órdenes eran hacer los arreglos necesarios para eliminar a Prats en el mes de septiembre. Sabía que contaría con el tiempo suficiente para elaborar los últimos y detallados planes con los argentinos, realizar una vigilancia cuidadosa, preparar el "artefacto" y hacer el trabajo.

Viajó con el pasaporte a nombre de Kenneth Enyart; el sello octogonal de inmigración argentina fue estampado por segunda vez en el documento que sólo tenía once meses. Varias semanas antes había usado el mismo pasaporte en un viaje a Buenos Aires.

Una atmósfera de violencia se cernía sobre la capital del país como espesa nube de "smog". En julio había muerto el presidente Juan Domingo Perón, siguiendo al hecho un virtual estado de guerra civil. La combinación del ala izquierda del peronismo con las fuerzas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), estimadas en unas 10,000 personas, controlaba la mayor parte de dos provincias. La viuda de Perón y vicepresidenta del país, María Estela Martínez de Perón, había asumido el poder, apoyada por consejeros derechistas, encargando el destino del país a una figura similar a Rasputín, José López Rega. En el momento de la llegada de Townley, una organización terrorista llamada Alianza Argentina Anticomunista, AAA, (11) se reconocía como autora de una ola de asesinatos de prominentes políticos e intelectuales de izquierda. Investigaciones posteriores establecieron que AAA era el nombre de cobertura para varios grupos de terroristas de derecha, organizados por el jefe de la policía federal, Alberto Villar, bajo la dirección de López Rega.

Townley estableció contactos con miembros de Milicia, un grupo afiliado a la AAA, especializado en la reimpresión de divisas nazis en español y en promover el antisemitismo. El grupo coordinaba sus operaciones clandestinas terroristas a través de una rama del Servicio de Inteligencia del Estado, SIDE, servicio de inteligencia militar argentino. (12) Townley les explicó la misión: asesinar a Carlos Prats. Los argentinos accedieron a colaborar, pero le pidieron esperar algunos días. Mientras esperaba, entre el 21 y el 30 de septiembre, fueron raptados y asesinados cinco peronistas de izquierda.

A pesar de todo, el general Prats se sentía a salvo en la Argentina. En 1964 y 1965 se había desempeñado como agregado militar en ese país, haciendo muchas amistades entre sus colegas. Él y su esposa Sofía vivían en el barrio de Palermo, en un confortable departamento que tenía vigilancia las veinticuatro horas del día. Mantenía contactos con algunos amigos del ejército a través de correspondencia que enviaba y recibía por medio de personas de confianza. Algunas de esas cartas lo entristecían, pues se enteraba de la campaña de desprestigio que en su contra llevaba a cabo Pinochet entre los militares. A medida que sus ex colegas empezaron a recordarlo, expresándole su desilusión por la megalomanía de Pinochet, la correspondencia aumentó, según Prats comentó a sus amigos.

Había comenzado a escribir un libro con sus memorias sobre su experiencia como jefe del ejército durante el gobierno de la Unidad Popular. En el manuscrito, sostenía que la intervención militar en política provocaría la destrucción de las instituciones militares chilenas y explicaba las razones de su adhesión a la "Doctrina Schneider" en defensa de la Constitución. En su libro, daba respuesta a quienes lo acusaban de haber tomado partido en la polémica política, al aceptar un cargo en el gabinete de Allende. Por primera vez, reveló haber ingresado al gabinete tras solicitar permiso al cuerpo de generales. Los agentes de la DINA informaron a Contreras acerca del libro de Prats. Algunas de sus cartas cayeron en manos de la DINA y se rumoreaba acerca de espectaculares revelaciones contenidas en sus memorias.

El operativo de Townley envolvió a mucha gente. En vista del nivel generalizado de violencia en el país y de la colaboración de la inteligencia argentina en el plan, Townley actuó sin tomar medidas extremas de seguridad, ya que no veía la necesidad de hacerlo y tampoco tenía órdenes en ese sentido. La misión de asesinar a Prats nació en Santiago, en una conversación sostenida en una reunión social. Desde Buenos Aires, un oficial de la policía envió un mensaje a la DINA, pidiéndole no demorar más la misión, puesto que en los círculos policiales muchos estaban enterados del asunto. Había que actuar rápido.

Pocos días antes de la llegada de Townley, un hombre que imitaba el acento argentino telefoneó a Prats, diciéndole: "General, lo llamo para decirle que un oficial del ejército chileno viajó de Santiago a Montevideo a contratar un grupo de personas para que lo asesine. La única forma de detener la operación es que usted haga una declaración pública diciendo que no está complotando contra la junta militar".

Prats, reconociendo el acento falso, dijo al desconocido: "Vamos, hable como chileno". El interlocutor rehusó identificarse, pero siguió hablando, rogándole a Prats cortar todos sus contactos con el personal militar chileno y abandonar Argentina. "Fue una advertencia, no una amenaza", dijo Prats cuando comentó el incidente a algunos amigos.

Molesto con el creciente caos de Argentina, Prats había solicitado un nuevo pasaporte al Consulado de Chile, con el fin de viajar a Europa y aceptar un ofrecimiento de trabajo allá. El 29 de septiembre, su solicitud aún estaba sin respuesta. Prats y su esposa estuvieron todo ese día descansando con sus amigos. Fueron a una granja a pocos kilómetros de la ciudad, donde almorzaron y luego, por. la tarde, regresaron a Buenos Aires para ir al cine con Ramón Huidobro y su esposa. Después de la película, las dos parejas fueron a tomar café y conversar a la casa de Huidobro, donde permanecieron un par de horas.

Poco después de la medianoche, Prats y su esposa regresaron a su departamento en Palermo. Se bajó del automóvil para abrir la puerta del garaje y luego volvió al volante, para ingresar al estacionamiento. En ese momento, la bomba de Townley, colocada bajo el piso del vehículo, estalló. Prats fue expulsado por la puerta abierta, desprendiéndosele el brazo y la pierna derecha y muriendo instantáneamente. Sofía Prats murió quemada en el interior del automóvil. La explosión arrojó trozos del vehículo a la terraza de un departamento en el noveno piso.

El pasaporte de Townley bajo el nombre de Enyart mostraba cinco sellos el día del doble asesinato. (13) Con un corto viaje a Montevideo, Uruguay, justo al otro lado de la desembocadura del Río de la Plata, dejó Buenos Aires. De allí, tomó un vuelo hasta Santiago, llegando cerca de la medianoche.

Michael Townley se había ganado las condecoraciones: Contreras lo premió, dándole un grado equivalente a teniente. Continuó trabajando en el taller de Juan Smith, una coartada para sus actividades con la DINA. Los clientes lo apreciaban, aunque se preguntaban el porqué de sus largas ausencias, ya que era uno de los pocos mecánicos en Chile capaces de arreglar transmisiones automotrices automáticas.

Las tareas encomendadas por la DINA se diversificaron y aumentaron en importancia. Se encargó de actividades más "intelectuales", actuando en el terreno de la propaganda y la contra propaganda. Trabajó en el análisis de los operativos de inteligencia en la Sección Exterior, evaluando los informes de los agentes acerca de las actividades en el extranjero y preparando memoranda acerca del impacto de las críticas al gobierno por parte de los organismos internacionales encargados de luchar por los derechos humanos.

Sus obligaciones en el campo de la electrónica, aparte de supervisar a su equipo encargado de realizar intercepciones, incluía la compra de sofisticados equipos electrónicos de espionaje. Muchos otros integrantes de la DINA podrían saber más que él acerca de electrónica, radio y vigilancia, pero sólo Townley podía viajar fácilmente a Estados Unidos, principal fuente de adquisiciones, sin llamar la atención.

A comienzos de diciembre, salió con una lista de compras en un viaje organizado por la agencia Cooks a Estados Unidos; una especie de viaje de turismo en el que haría un recorrido por tiendas privadas de abastecedores de servicios de espionaje, cuyos aparatos podían interferir las más secretas reuniones, o implementar vigilancia electrónica. (14)

En Miami, restableció sus antiguas relaciones con los activistas cubanos exiliados y enseñó sus credenciales de agente de la DINA para comprar equipo de espionaje en Audio Intelligence Service, una firma de Fort Lauderdale.

El padre de Townley, Jay Vernon, había dejado la Ford y se había instalado en Boca Ratón, un suburbio de Miami, convirtiéndose en vicepresidente del First National Bank del sur de Miami. Townley pernoctó en casa de sus familiares y padre e hijo conversaron de negocios.

En ese y los viajes siguientes, Michael Townley creó el "sucio" aparato que necesitaba para comprar equipos a la DINA y exportarlos a Chile. Instaló las compañías PROSIN, Inc. y Consultec, Ltda., usando las falsas identidades de Kenneth Enyart y Juan Andrés Wilson. Su padre lo ayudó a abrir la cuenta bancaria número 11-192-4 para PROSIN, en el South East First National Bank. La cuenta estaba a nombre de Juan Andrés Wilson, el alias de Townley en la DINA, y de Jay Vernon Townley, su padre.

El 12 de diciembre regresó a Chile, vía México, llevando consigo el sofisticado equipo que había comprado. Contreras personalmente lo felicitó por su trabajo y decidió mandarlo a su tercera misión en el extranjero


Notas:

1. Townley contó a un amigo que había mostrado a Purdy su antiguo pasaporte, expresándole haber temido en ese momento que los sellos revelaran su salida de Chile y su posterior ingreso ilegal. Según él, fue idea de Purdy resolver el potencial problema, extendiéndole un nuevo pasaporte, sin sellos de inmigración.

2. La fuente dijo no haberse dado cuenta hasta 1975-1976 de la magnitud de los contactos entre la DINA y la CIA. Dijo haber visto "manuales de instrucción y procedimiento" proporcionados por la CIA. Las relaciones alcanzaron su momento culminante cuando Contreras viajó a Washington, en agosto de 1975, y fue recibido por el general Vernon Walters, director adjunto de la CIA en la sede central de la organización. Según la fuente, las relaciones se enfriaron a comienzos de 1977, como resultado del cambio de personal directivo bajo la administración de Cárter. El tema de los derechos humanos y el asesinato Letelier-Moffitt, de acuerdo a lo que pudo observar la misma fuente, no tuvieron influencia alguna sobre los lazos CIA-DINA, a fines de 1976.

3. Abril o mayo de 1974. Los testimonios de Townley son imprecisos en relación a la fecha exacta de su ingreso a la DINA. Las fechas que asigna a sus primeras actividades (octubre o noviembre de 1974) se contradicen con otras evidencias. En el segundo interrogatorio a que fue sometido por los agentes especiales del FBI Carter Cornick y Robert Scherrer, el 17 de abril de 1978, dio tal vez las respuestas más sinceras acerca de su ingreso a la DINA. En el informe de esta entrevista, los agentes Cornick y Scherrer escribieron: "En relación a su afiliación a la DINA, señaló que se fue viendo progresivamente envuelto en las operaciones de inteligencia chilenas, las que culminaron en octubre o noviembre de 1974, cuando se convirtió en agente de operaciones, en una calidad semejante a la de un empleado civil a contrata".

4. El 6 de septiembre de 1974, Townley obtuvo un carnet de identidad bajo ese nombre.

5. La información sobre el tamaño y estructura de la DINA se obtuvo de fuentes de información norteamericanas y de informaciones provenientes del interior de la organización, con carácter personal. La información recopilada por los autores entre las fuentes chilenas, coincide con la obtenida por los investigadores en entrevistas; éstos dijeron que algunos de los informes se basaban en reportes provenientes de la central de la CIA, en Santiago.

6. El Decreto 521 definía la DINA como "un organismo técnico profesional directamente dependiente del gobierno de la Junta Militar, cuya misión será la recopilación de toda la información de varios campos de actividad a nivel nacional, con el propósito de obtener la información necesaria para la formulación de políticas, planes y la adopción de medidas necesarias para la preservación de la Seguridad Nacional y el desarrollo del país".

7. El artículo secreto número 11 decía que la DINA era "la continuación legal de la comisión llamada DINA, organizada en noviembre de 1973" por el decreto del SENDET. Las cláusulas secretas nunca fueron publicadas en Chile, pero los textos conteniendo estos artículos se enviaron a los comisionados por los derechos humanos en 1975 y fueron distribuidos clandestinamente.

8. En una entrevista, el general Gustavo Leigh, de la Fuerza Aérea, miembro de la junta hasta 1978, declaró que las actividades de la DINA nunca fueron sometidas a la consideración de la junta y que, en 1976, él había retirado de la DINA a todos los oficiales de la aviación, debido a desacuerdos con Contreras.

9. En 1978 y 1979 fueron descubiertos varios entierros masivos que contenían los restos de personas ejecutadas por carabineros y otros servicios, no por la DINA. Los cuerpos de las víctimas de la DINA nunca han sido encontrados. Se cree que fueron arrojados al mar desde helicópteros, después de perforarles el estómago a fin de evitar la flotación, táctica copiada a las fuerzas norteamericanas en Vietnam.

Los oficiales de la DINA que tenían acceso a los archivos sabían cuáles presos habían sido elegidos para la desaparición. Samuel Fuenzalida, ex oficial de la DINA, actualmente residente en Europa, testificó en Bonn, Alemania Occidental, en un juicio civil, dando detalles acerca del sistema. Si el prisionero tenía en su ficha la leyenda "Puerto Montt" (ciudad del sur de Chile), dijo Fuenzalida, eso indicaba que el preso debía ser asesinado en tierra firme. Otro término. "La Moneda", indicaba que el presidiario "debía morir mediante lanzamiento al océano desde un avión".

10. Los economistas de la DINA supervisaban también un grupo de contadores y estadígrafos, encargados de preparar un presupuesto interno secreto y facilidades financieras con un mecanismo muy elaborado, cuyo fin era el saneamiento de millones de dólares de fondos secretos.

Varios cientos de empresas que habían pasado al control del Estado durante la Unidad Popular, habían regresado a sus antiguos dueños entre 1974 y 1975. Algunas de las firmas, sin embargo, cayeron en manos de Contreras, quien las usó para generar fondos a la DINA. EPECH, complejo pesquero de San Antonio y Cemento Melón, el mayor fabricante de cemento del país, eran las empresas más importantes que controlaba la DINA.

11. "Triple A". (N. del T.)

12. La descripción de las actividades y contactos de Townley en Argentina se basa en entrevistas con fuentes investigadoras de Estados Unidos y con ex miembros de Patria y Libertad, así como con agentes de la DINA, en Chile. El pasaporte Enyart sirvió como evidencia de su presencia en Argentina, la que fue corroborada por declaraciones de Inés Townley. Ninguna de las fuentes pudo, o quiso, identificar por sus nombres a quienes colaboraron con Townley en el asesinato de Prats. Un fuerte parecido físico con Michael Townley provocó que un aparentemente inocente derechista chileno, Juan Ossa Bulnes, fuera varias veces mencionado como el autor del hecho por encargo de la DINA.

13. Salida de Argentina, entrada a Montevideo. Salida de Montevideo, entrada a Santiago, por Pudahuel, el 30 de septiembre, nula; entrada por Pudahuel, el 1 de octubre. Enrique Arancibia, que había abandonado Chile a raíz de su participación en el asesinato del general Schneider, regresó a Santiago el mismo día de Townley. Posteriormente, Arancibia fue agente de la DINA, usando su trabajo en el Banco Central de Chile, sucursal de Buenos Aires, como cobertura. En esa época (1977-1978), su superior de la DINA era Michael Townley.

14. Los recibos obtenidos por los investigadores norteamericanos indican que Townley, usando uno u otro de sus nombres falsos, compró equipo en Audio Intelligence Devices, de Fort Lauderdale; Dektor Counterintelligence and Security Inc., en Springfield, Virginia, y en Criminal Research Products Inc., de Conshohocken, Pennsylvania. De acuerdo a los recibos, "Kenneth Enyart" ordenó equipo de intercepción telefónica, el que fue enviado a través de United Parcel Service a la casa de su padre, en Florida. Una de las transacciones se realizó en febrero de 1977, el mismo año en que, según dijo en los interrogatorios, nunca había entrado a los Estados Unidos.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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