Asesinato en Washington

IV

EL CHACAL DEL CÓNDOR

MIENTRAS CAMINABA ENTRE las filas de soldados y nidos de ametralladoras que custodiaban la carretera de Pudahuel, el aeropuerto de la ciudad de Santiago, Michael Townley experimentaba un fuerte sentimiento de orgullo y de pertenencia. Los primeros signos visibles de la administración de la junta militar lo hacían erguir más aún su alta contextura física. Se sentía uno de ellos, un soldado del "Movimiento Once de Septiembre" que había derrotado el marxismo y salvado a la patria. Para Michael Townley, ahora alias Kenneth Enyart, regresar a Chile a fines de octubre de 1973, significaba la vuelta al hogar.

El hogar, esa vaga abstracción, le había causado inquietudes desde su nomádica infancia. Necesitaba pertenecer, ser aceptado.

Sus padres, Margaret y Jay Vernon Townley, habían crecido en el tranquilo Waterloo, Iowa, pero el nacimiento de Michael había sido sólo un accidente de la Segunda Guerra Mundial. Su padre, empleado administrativo del Departamento de Guerra de Estados Unidos, designado en una planta de artillería en Mississippi, había mandado a su mujer de regreso a Waterloo para que estuviera en casa de sus padres en el nacimiento de su primer hijo, el 9 de diciembre de 1942.

Ambicioso hombre de negocios, Jay Vernon Townley decidió ascender desde Iowa al mundo de las empresas. Su familia se trasladó con él de ciudad en ciudad y luego de país en país. En 1943, con la guerra en su apogeo, dejó el Departamento de Guerra por un puesto ejecutivo en American Airlines. Cuando Michael tenía nueve años, la Ford Motor Company contrató a su padre y, tras varios años de trabajo en Detroit, lo transfirió a la nueva planta ensambladura de Santiago de Chile, desde pronto ascendió a gerente general.

Michael Townley era un introvertido muchacho de catorce años cuando la familia llegó a Chile, en 1957. Un retrato familiar de esa época lo mostraba como un típico norteamericano, bien definido, saludable, flacucho pero apuesto. Allí lucía ya tan alto como su buen mozo y juvenil padre; su hermana Linda, junto a la rozagante madre y al hermano menor, Mark, en las rodillas del padre.

Los Townley fueron absorbidos por la subcultura de las ciudades latinoamericanas, conocida como la "comunidad de los funcionarios norteamericanos". El clima y el paisaje pueden variar de La Paz a Caracas, a Río de Janeiro, Buenos Aires o Santiago, pero no así la uniformidad en el estilo de vida de los diplomáticos y representantes de las empresas norteamericanas. En la ubicuidad del Rotary Club, el Club de Leones Internacional y la Cámara de Comercio, los ejecutivos norteamericanos alternaban fraternalmente con sus contrapartes locales. Para familias como los Townley, que no provenían de las capas "brahmánicas" norteamericanas, la vida en el extranjero les permitía la ilusión de haber ascendido varios escalones en el "status" social. Como sus vecinos ejecutivos y diplomáticos, los Townley entraron rápidamente en el medio de la exigua capa alta de Latinoamérica, un mundo de sirvientes, placer y desprecio hacia los pobres. Vivían en una amplia casa en el exclusivo barrio Providencia de Santiago. Los circundantes barrios proletarios los proveían de criadas de tiempo completo, un sueldo equivalente a treinta dólares mensuales y una tarde libre a la semana.

El tímido adolescente al comienzo no se adaptó a la vida en Chile, ni al idioma, aunque éste, más tarde, se convirtió en su segunda lengua. A pesar de ser educado, disciplinado e inteligente, no se desempeñaba bien en el colegio Saint George's, muy exclusivo, de tipo norteamericano y dirigido por una orden sacerdotal estadounidense. Las exigencias y críticas del padre lo intimidaban y sus relaciones se deterioraron. Sus padres lo enviaron de regreso a Estados Unidos, a un colegio en Florida. Progresó poco en sus estudios, pero un taller que formaba parte del plan académico lo introdujo en el mundo de la electricidad, iniciándolo en una nueva y apasionante afición.

De regreso con su familia en Santiago, trató de terminar el colegio, esta vez con cursos por correspondencia. Al mismo tiempo, llenó su cuarto de herramientas, implementos eléctricos, viejos relojes y partes de radio. Su afiliación al grupo juvenil organizado por la Unión de Iglesias, centro social de la comunidad norteamericana, le posibilitó una vida social con jóvenes y, lo más importante, una relación de amistad que contrapesaba la crítica actitud de su autoritario padre. Desarrolló la confianza en sí mismo al descubrir que su carácter serio y sus atractivos ojos azules lo hacían popular entre las muchachas. Conquistó las simpatías masculinas mediante despliegues de amabilidad, combinados con generosidad y una modestia dosificada.

Fuera de casa, Michael comenzó a hacerse notar. Su delgada y esbelta silueta se realzaba con un guardarropa compuesto de trajes oscuros, camisas blancas y angostas corbatas. El aspecto de niño perdido con que llegara a Chile, había sido remplazado con una expresión siempre alerta y un aspecto distinguido. "Era un líder y muy inteligente. Tenía aspecto como de un futuro ingeniero o un abogado de éxito", comentó acerca de él un amigo que lo conoció bien.

En casa, el disfraz de confianza y afabilidad desaparecía, ya que no era capaz de dar cuerpo a la idea de su padre acerca del comportamiento correspondiente a un joven de éxito. Cuando recibía sermones o regaños, se limitaba a mirar la punta de sus bien lustrados zapatos y a murmurar excusas. Para su padre, representaba un fracaso, sin voluntad ni disciplina; un desastre escolar.

No obstante sus resquebrajadas relaciones con el padre, aceptaba muchos de los valores que habían guiado al ahora exitoso ejecutivo en el logro de la cima del mundo de los negocios: ambición, autodisciplina, individualismo y una verdadera adoración por el profesionalismo y la tecnología en el burocrático mundo de post guerra.

Modificada su ética puritana original, el señor Townley se contaminó con un feroz anticomunismo, adquirido durante sus años en la atmósfera paramilitar del Departamento de Guerra y American Airlines. Chile, a diferencia de Estados Unidos, tenía un bien organizado Partido Comunista, ampliamente representado en el Congreso y con un virtual control del movimiento obrero sindical. En las elecciones de 1958, el senador Salvador Allende que representaba la coalición socialista-comunista, obtuvo el 38 por ciento de la votación para elegir presidente. Esto representaba para Townley una clara amenaza latente. En Santiago, por primera vez, los Townley presenciaron un sangriento enfrentamiento callejero entre obreros que protestaban y los carabineros, la policía nacional.

Nutrido por el derechismo de su familia y por el medio social en el cual se movía, Michael, en su formación política, absorbió el texto y la textura del anticomunismo. Pero el hecho de coincidir con su padre en lo relacionado con "la amenaza comunista" para la civilización, ayudó muy poco a limar las tensiones básicas existentes entre ambos. A los dieciocho años, Michael empezó a pasar largas temporadas fuera de casa, y fue entonces cuando se enamoró.

A los veintiséis años, Inés Callejas tenía una sonrisa seductora. Su vital y expresivo rostro y su redondeada silueta la hacían atractiva, aunque no estaba entre las mujeres consideradas hermosas, de las que Chile tiene fama. Tampoco pertenecía a la clase alta. Su padre trabajaba como un mal pagado aunque eficiente funcionario del Registro Civil de la pequeña ciudad de Rapel, en la provincia de Coquimbo, al norte de Chile, en donde nació Inés.

Desde que tenía diez años, Inés había tomado la vida como una serie de empresas urgentes. Atacaba las ideas con una fervorosa pasión, sus experiencias eran pinceladas fuertes y espontáneas y subrayaba sus relaciones personales con un sello de activismo social y político. A los quince años, ingresó a las Juventudes Comunistas. Aunque no era judía, tenía muchos amigos pertenecientes a la Liga de Jóvenes Sionistas. A los dieciséis años fue expulsada del colegio por tener literatura comunista. Se casó. Seis meses después, el matrimonio fue anulado y se contrató en un barco italiano con destino al naciente Estado de Israel. Allí se casó con un neoyorquino, Alien Ernest, con quien compartió su ardor aventurero en el kibbutz Skisifim, en el Desierto de Negev. Después de uno año, partieron a Nueva York con su hijo recién nacido, Ronnie. Habiendo "experimentado el socialismo" en el kibbutz -como ella diría más tarde-, lo abandonó. Su anticomunismo tenía las características de ese singular odio y fanatismo que experimentan los ex devotos. En 1960, terminó su matrimonio con Ernest y ella regresó a Chile con sus hijos Ronnie, de ocho años; Susan, de tres y Andy, de cuatro.

Invitado por unos amigos, Michael asistió a una fiesta que Inés daba en casa de su madre, en La Reina. Bailaron y, de ahí en adelante, Michael ya nunca quiso apartarse de su lado. Encantada con su entusiasmo de adolescente, Inés alentaba sus galanterías. Posteriormente, ella escribió: "Lo conocí cuando él tenía diecisiete años. Se veía mayor, hablaba como un adulto y se hacía cargo de la situación". Inés se hizo cargo de Michael.

En julio de 1961 y a pesar de la tenaz oposición de su padre, Michael Townley se casó con Inés Callejas. A los dieciocho años y medio se convirtió en padre de familia, contando con una voluntariosa aunque económicamente inactiva esposa y tres niños pequeños. Pocos meses más tarde, la Ford Motor Company transfirió a Jay Vernon Townley a Caracas, Venezuela. Los amigos de Michael cuentan que él rara vez hacía mención de su padre entre la comunidad norteamericana.

Townley se hizo vendedor, primero de la Enciclopedia Collier's y luego de una compañía más lucrativa, Investors' Overseas Services (IOS). Tenía su clientela en la comunidad norteamericana, el cuerpo diplomático, los empresarios y los técnicos, quienes compraban acciones del IOS para evadir los impuestos. Bajo la administración del floreciente financista Bernard Cornfeld, el IOS garantizaba que los ingresos procedentes de las acciones no serían reportados al Servicio de Impuestos Internos de Estados Unidos. Townley se desempeñó tan bien en esa actividad, que pronto pudo trasladar a su familia a una casa más amplia y con piscina, en La Reina, adquiriendo fama como anfitrión en las fiestas.

De acuerdo a los dictados de su ambición profesional, vestía costosos trajes. Comenzó también a interesarse seriamente en la tecnología y empezó a experimentar equipos en su taller fotográfico y electrónico diseñado por él mismo. Según sus amigos, siempre parecía tener más dinero del que podría haber ganado en su trabajo. Ernest enviaba ayuda económica para sus hijos y, según pensaban muchos, el padre de Townley lo ayudaba a sostener el presupuesto familiar. Pero nadie hizo preguntas acerca de eso.

Los clientes predilectos de Townley eran los científicos y los técnicos que trabajaban en la NASA, estación espacial cercana a Santiago. Sus visitas de negocios se transformaban en largas e informativas conversaciones técnicas con ingenieros y especialistas que operaban elaborados equipos electrónicos y computadoras. El pasatiempo de adolescente se había convertido en una vocación.

"Mike era ingenioso. Con sólo mirar un reloj o una radio, ya sabía cómo arreglarlo", comentó su esposa.

Devoraba los ensayos sobre electricidad, radio y otros temas técnicos que aparecían en la Enciclopedia Collier's y en la Enciclopedia Británica. Se suscribió a Mecánica Popular y más tarde a Electrónica Popular, logrando entender los más complicados libros sobre electrónica. Sus lecturas técnicas implicaban trabajo duro y autodisciplina.

Al mismo tiempo, se aficionó por temas literarios más ligeros, como las novelas policiales y de espionaje, cuyas tramas lo fascinaban. Sus favoritos eran Nick Carter, Len Deighton y, más tarde, Frederick Forsyth.

En 1964, en medio del agitado clima electoral de la campaña en que Eduardo Freí y Salvador Allende eran los contendores, Townley pudo saborear por primera vez una verdadera novela de "capa y espada". Varias personas se le acercaron, impresionándolo fácilmente con el peligro de violencia (¡posiblemente hasta una guerra civil!) que se avecinaba si los "comunistas" triunfaban en las elecciones. Townley acababa de fabricar un aparato de radio de onda corta de alta potencia y le dijeron que, en caso de emergencia, podría ser necesario. ¿Él permitiría que instalaran en su propiedad un generador de gasolina, para que el aparato pudiera trabajar, incluso en el caso de un corte de energía eléctrica? Townley asintió. Pero, habiendo triunfado Freí en un proceso electoral sin violencia, el generador, como inútil mole negra, quedó en el patio trasero de su casa.

Las aficiones de Townley, sus lecturas, sus contactos con los investigadores de la NASA, lo llevaron desde una simple afición hasta la relación con una organización de profesionales altamente especializados. Pero a pesar de sus condiciones incluso geniales, nunca pudo gozar de un "status" de profesional en la materia.

En 1967, una nueva regulación norteamericana terminó con su actividad como vendedor. Dirigida contra el imperio de los fondos mutuos de Cornfeld, esta ley prohibió a los ciudadanos norteamericanos en el extranjero la compra de acciones de IOS, debido a que Cornfeld rehusó reportar las ganancias al Servicio de Impuestos Internos. El gobierno de Frei también intentó acabar con las oscuras operaciones comerciales de Cornfeld. En diciembre de 1966, una corte criminal de Santiago citó a Townley a una comparecencia para que informara acerca del IOS, y al mismo tiempo, publicó una orden de arresto en su contra.

El incansable Townley y la aventurera Callejas decidieron que ya era tiempo de trasladarse y Miami ofrecía buenas alternativas, por ser una ciudad norteamericana que ofrecía la posibilidad de mantenerse en contacto con el estilo de vida latinoamericano y el idioma español.

En enero de 1967, Townley partió con su familia a Miami. Christopher había nacido en 1964 y Brian, en junio de 1966. Cambió sus trajes de empresario por pantalones vaqueros y botas y consiguió un trabajo como superintendente de servicio en un taller de transmisión automática de AAMCO, oficina que estaba a cargo de José Luaces, cubano exiliado, y ubicada en el corazón de la Pequeña Habana de Miami. Puesto que la mayoría de los clientes eran cubanos, a Luaces le interesó Townley, además, por su dominio del español. Durante el primer tiempo, los Townley rentaron una casita en Pompano Beach; más tarde, Michael compró una casa en el área sudoeste de Miami, mediante una hipoteca de $17,000 dólares.

Muy pronto, Inés comenzó a desarrollar una incansable actividad. Le encantaban las ocupaciones que posibilitaran una salida a su energía e intelecto apasionado. No siendo ya una izquierdista y tampoco, todavía, una derechista, no pudo resistirse al ferviente activismo antibélico de los años sesenta. Ronnie, ya en edad de hacer el servicio militar, introdujo los temas antibélicos en la sobremesa familiar. La oposición a la guerra contra los asiáticos de Vietnam, encajaba con las dos convicciones políticas que Inés había mantenido a través de los años: su devoción a la causa de Israel y su lucha contra cualquier tipo de racismo. Robert Kunst, líder del movimiento Partido Nuevo, que presentó a Me Carthy como candidato antibelicista en las elecciones de 1968, recordó posteriormente a Inés Townley, quien fuera voluntaria del movimiento. "Mandaba cartas e iba a las manifestaciones".

Michael prefería la compañía de algunos miembros de la vasta comunidad de cubanos exiliados. Compartía el disgusto de los cubanos por el creciente abandono de su movimiento por parte de los políticos norteamericanos.

Hacia 1967, cuando Townley llegó a Miami, las esperanzas de los exiliados de realizar una invasión a Cuba con el apoyo de Estados Unidos, se habían desvanecido a raíz de la solución de la crisis de los cohetes de 1962. La CIA restó importancia al JM/ WAVE, enorme organización anticastrista de Miami, eliminando de su nómina de pago a los cubanos exiliados. Sin el apoyo de la CIA, las organizaciones de exiliados no eran capaces de operar con éxito. No obstante, la CIA siguió manteniendo el control de los disminuidos fondos y las armas. Como una manifestación de sus fracasos, promovió una gran rivalidad y la corrupción en el seno de la comunidad de exiliados. Algunos cubanos ex agentes de la CIA siguieron apareciendo en la nómina, contratados en otros empleos lucrativos, en tanto que otros simplemente fueron expulsados.

Se prohibieron las operaciones comando centradas en Miami, consistentes en incursiones por las ciudades costeras cubanas, ataques terroristas contra las fábricas y otras instalaciones cercanas a la costa. Los operativos, una vez pilares de la mantención de la moral de los exiliados, desaparecieron cuando el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos puso fin a su anterior indulgencia. La retirada de la CIA y la nueva hostilidad oficial hacia el terrorismo, desencadenó agrios comentarios entre los exiliados cubanos.

Townley conversaba horas y horas con Miguel, mecánico que declaraba haber participado en decenas de operaciones. Pero Inés encontraba desagradables a los cubanos. En unas reflexiones escritas que los autores de este libro obtuvieron, describía así su recelo en relación a los cubanos de Miami:

Ahora ya no se puede trabajar en la Pequeña Cuba, ni vivir en Miami sin encontrarse con cubanos. Debo confesar que siempre fui reticente a trabar amistad con ellos. En primer lugar, su ruidoso temperamento tropical chocaba con el mío. ¡Y qué manera de hablar! Destruyen el español. No hablan, gritan. Finalmente, tengo mis reservas porque la gran mayoría de ellos es antisemita. Parece que, habiendo sido obligados a renunciar a su imposible lucha contra Fidel, han concentrado su agresividad en el blanco más fácil de todos los tiempos. Cada cinco cubanos hay un movimiento político que está totalmente desvinculado del resto y, para la mayoría de ellos, la meta no es el regreso a Cuba, sino la eliminación de los judíos, genéticamente.

Entre ellos circula un libro llamado World Defeat. Allí se justifica el nazismo, se glorifican los crematorios y se culpa a los judíos de todos los sufrimientos de la humanidad.

Una vez fuimos a casa de Pablo C., un cubano que nos había invitado para que conociéramos a algunos de sus amigos, un grupo de cubanos de Los Ángeles, dirigidos por un gordo de ojos saltones y por un serio hombre de color. Vestían muy elegantes y /sus mujeres/ lucían muchas joyas. Nos miraron a Mike y a mí que, como siempre, andábamos en "blue-jeans" y playera.

El hombre gordo, cuyo nombre , nunca olvidaré, nos lanzó la primera pregunta:

"¿Qué piensan sobre la Conspiración Judía Mundial?".

"Perdón, ¿la qué?"

"La Conspiración Judía. Van a destruir el mundo si no los combatimos. Antes que nada, debemos destruir a los judíos". Cuando terminó de hablar, le dije: "Me parece que se han equivocado de propósitos. Como Fidel es un blanco demasiado difícil para ustedes, han elegido el eterno blanco: los judíos. Naturalmente, es más fácil luchar contra los judíos que contra los cubanos.

¡Ah! Y a propósito, mi nombre es Ana Goldman." (1)

Durante los cuatro años que los Townley vivieron en Miami, la familia gozó de cierta prosperidad. Michael, con un préstamo de su padre, adquirió una participación en el Hialeah AAMCO. Compraron una lancha de motor y un aparato de aire acondicionado. Pero Inés insistió en regresar a Chile, donde sus hijos no estarían sujetos a lo que ella consideraba "los peligrosos efectos de la cultura norteamericana".

Desde Miami, siguió de cerca los pormenores de la campaña presidencial de 1970 y ansiaba tomar parte en la contienda. Si los comunachos allendistas ganaran, ella quería volver a Chile lo antes posible. El enfrentamiento final entre la izquierda y la derecha era algo que no quería perderse. Habiendo sentido el llamado de los ideales socialistas en su adolescencia, ahora se inclinaba hacia una posición que sorprendía incluso el visceral anticomunismo de su esposo.

Allende triunfó y la impetuosa Inés hizo sus maletas. Más tarde, dio un tinte romántico a sus razones para el regreso:

Mis campos de batalla habían sido muchos, pero mi ideal había sido siempre el mismo: hacer un Chile mejor, porque Chile lo era todo para mí... Así, cuando en 1970 dejé mi confortable vida en Estados Unidos, fue para llevar a cabo mi lucha contra el gobierno de Allende, que yo sospechaba era algo nefasto.

.. .Escribí muchas cartas /a mis amigos en Chile/ diciéndoles: "No dejen el país. Tienen que quedarse y luchar. Si se van, Chile se convertirá en otra Cuba". Y mientras muchos dejaban Chile, yo regresé, decidida a luchar.

Townley y sus amigos cubanos exiliados se reunían después del trabajo a tomar cerveza y lamentarse por los acontecimientos en Latinoamérica. En esa época, Solivia y Perú tenían gobiernos militares de tendencia izquierdista; Chile estaba a punto de instaurar el primer gobierno marxista surgido del voto popular y transformarse en "otra Cuba". El gobierno militar en Argentina se debilitaba y corrían rumores de que los peronistas podrían regresar al país. ¿Qué podía hacerse? Los amigos de Townley, tras años de acciones terroristas apoyadas por la CIA contra Cuba, eran expertos. Habían estado conversando sobre Chile con sus antiguos jefes, con los que, a pesar del enfriamiento, mantenían estrechas relaciones personales.

La CIA había recibido órdenes concretas en relación a Chile, según informaron los ex funcionarios a sus antiguos agentes. Tenía órdenes de frenar a Allende y a los izquierdistas chilenos en su ascenso al poder, y toda ayuda era bienvenida. Los amigos cubanos sugirieron a Townley relacionarse con la CIA. De seguro, había mucho trabajo y, con sus contactos en Chile y los antecedentes del padre, seguramente la CIA querría incorporarlo.

Impaciente, Inés voló a Santiago con los niños el 22 de noviembre de 1970, dejando a Townley encargado de vender los bienes, liquidar los compromisos de trabajo y hacer los preparativos necesarios para la aventura que tenían por delante. Tres días más tarde, Townley dio el paso que separaba a aquellos que se limitan a leer novelas de espionaje, de los que participan en ellas. Llamó a la central de Miami de la Agencia Central de Inteligencia. Un funcionario atendió la llamada, en la que Townley dijo: "Pronto regresaré a Chile. ¿Les interesa hablar conmigo?" El agente pidió sus datos y, pocos días más tarde, desde su escritorio en la oficina de AAMCO, Townley vio un Volkswagen blanco que se estacionaba en la entrada. Jamás imaginó que un oficial de la CIA circulara en un VW "escarabajo". El individuo se sentó a conversar con Townley. Interrogado más tarde sobre el asunto, recordó solamente una inicial, señor H. Temía que los trabajadores pudieran escuchar la conversación, pero el ruido no lo permitía. No quería aparecer demasiado temeroso. Posteriormente entregó un informe falso de esta conversación:

Simplemente le informé que viajaría a Chile. Estaba preocupado por el destino del país bajo el gobierno marxista que se avecinaba. Los cubanos me habían hablado en varias ocasiones acerca de sus intentos por utilizar a la CIA contra el gobierno marxista de Cuba y, simplemente, pensé que sería útil mantener alguna puerta abierta en caso de necesidad... En esa ocasión, el hombre me informó que, si me necesitaban, establecerían contacto conmigo en el futuro...

No les pedí un empleo... Le dije: "Si necesitan a alguien, yo estaré allá. Punto".

El señor H., se mostró interesado, pidiéndole un contacto en Santiago y escribiendo una información biográfica suya. La entrevista duró menos de una hora.

Cerca de Navidad, Townley ya había liquidado sus bienes en Estados Unidos. Con Inés, elaboraron un plan para hacer dinero, mucho dinero, y sin que Michael tuviera que permanecer ocho horas en una oficina. Inés, dedicada de lleno a su nueva causa, supo que cientos de propietarios chilenos, temerosos del futuro socialista del país, prácticamente estaban regalando sus propiedades. Enormes casas estaban a la venta en precios irrisorios. Michael llegaría con dólares norteamericanos. El mercado negro, en esa época, ofrecía tres veces más que el cambio oficial. Mientras otros se despojaban de sus bienes, ellos invertirían. Se les presentaba una gran oportunidad. El 8 de enero, Michael tomó un vuelo directo a Santiago.

En el efervescente clima político de Chile, los Townley escogieron la vía más extrema de oposición militante a Allende. La mayoría de sus viejos amigos se consideraban parte de la oposición, pero en los primeros meses de 1971, sólo unos pocos eran activistas. Aquellos que buscaban el liderazgo de la derecha tradicional, compartieron la perplejidad del Partido Nacional por la victoria electoral de Allende y su posterior ratificación en el Congreso, gracias al centrista Partido Democratacristiano. La élite industrial y financiera chilena al comienzo trató de no deteriorar sus relaciones con el nuevo gobierno y, en apoyo a esa posición, el Partido Nacional se abstuvo de actuar, al menos temporalmente.

Pero un grupo, el Frente Nacionalista Patria y Libertad (PyL), en virtud de su vocación terrorista, se levantó contra la izquierda. Sus líderes consideraban que PyL podía convertirse en el bastión de la lucha contrarrevolucionaria, identificándose con las Camisas Pardas de Hitler.

Arturo, nombre ficticio de un miembro de PyL que conoció a Townley, comentó: "No teníamos una ideología común, aparte del anticomunismo. El jefe, supuestamente, era Pablo Rodríguez Grez, por supuesto fascista; pero la mayoría de nosotros estaba ahí para combatir". "Arturo" señaló que todos los partidos de oposición (incluso los democratacristianos, que repudiaban la línea política y el vandalismo neofascista de PyL), enviaron cuadros y fondos al movimiento, ya que ésta era una útil vía alternativa de operaciones para entorpecer la política de Allende. PyL sirvió de complemento a la oposición parlamentaria de los partidos tradicionales, cohibida aún por los límites políticos.

Los Townley encontraron un camino para combinar los negocios y la política. Renovaron su amistad con Esteban Vítale, propietario de una agencia publicitaria y ex miembro de una organización anticomunista y pro fascista de corta vida, declarada fuera de la ley en la década de los cincuenta. A través de Vítale, entraron en contacto con PyL. Townley les propuso un sistema para hacer dinero. Se trataba de comprar una lujosa mansión en el conocido balneario de Reñaca, para convertirla en un club nocturno. Arturo cuenta que "quería trabajar con nosotros en política y dijo tener recursos y contactos con la CIA, la que le había pedido mantenerse alerta al desarrollo de los acontecimientos políticos en Chile porque, llegado el momento, ellos lo utilizarían".

Tras verificar los datos de Townley, la CIA decidió usarlo en una "operación de inteligencia". Más tarde, en 1978, la CIA admitió que la APO (Aprobación Preliminar Operacional) dio luz verde para reclutar a Townley en febrero de 1971. También admitió que la oficina de la CIA en Santiago trató de localizar a Townley en la dirección que éste había dado en Miami al señor H., pero no fue posible hacerlo.

Al regresar a Chile, Michael se encontró con que su mujer tenía una aventura sentimental; su relación ya había sufrido problemas similares, incluyendo una muy seria entre Michael y una joven de Miami. Después de dos meses y al no terminar Inés esa relación, él dejó sorpresivamente el país, regresando a Estados Unidos. En Miami, sus amigos le consiguieron trabajo en un taller de AAMCO en San Francisco, donde vivía la joven con la que tuviera relaciones en el pasado. El matrimonio con Inés parecía terminado, sin embargo, en mayo, ella llegó a San Francisco a recuperar a su marido, convenciéndolo para que regresara a Chile. (2) Ella volvió al país en agosto y Michael, tres meses más tarde.

Inés rentó una parcela en la calle Oxford, en el barrio Los Dominicos. Pronto se convirtió en el lugar de frecuentes reuniones del grupo activista en que los Townley participaban. Ronnie, hijo mayor de Inés, estudiante universitario que había vivido varios años separado de la familia, regresó a Chile. Sólo nueve años menor que su "padrastro", discutía agriamente con él sobre asuntos políticos.

En San Francisco, Townley había adoptado algunas modas, las que llevó consigo a Chile. Construyó un elaborado sistema de luz y sonido y, con Inés, solían invitar amigos e incluso conocidos ocasionales a ver películas pornográficas -algo exótico para Chile- y escuchar "el sonido de San Francisco en estéreo", mientras luces multicolores danzaban por la sala. Este equipo, importado de Estados Unidos, era parte de los planes para hacer dinero. También llevó a Chile un radio transmisor para un yate que pensaba construir en un pequeño astillero de Panguipulli, lago del sur de Chile. Sus planes eran navegar hasta Miami en el yate y allí venderlo a un precio elevado. Pero sus planes no se realizaron. Nunca terminó el yate.

Cada vez más gente de la derecha se sentía atraída por las tácticas violentas que preconizaba Patria y Libertad. Los Townley trabajaron con el grupo en la primera manifestación masiva contra el gobierno de la Unidad Popular. En diciembre de 1971 se había planeado una gran marcha y la oposición se organizó en torno al tema de la escasez de alimentos, que ellos consideraban consecuencia de la política de control de precios. Miles de mujeres, golpeando cacerolas, marcharon desde los barrios altos hasta el centro de Santiago. Junto a ellas, marchaban escuadrones de Patria y Libertad, armados con cadenas y cachiporras. Conduciendo a la acción a Inés y varios miembros de su grupo, Townley estacionó su Austin Mini Cooper en una calle lateral. La manifestación, conocida como la "marcha de las cacerolas vacías", degeneró en una orgía de violencia. Los escuadrones de PyL chocaron con la policía, produciéndose una batalla de piedras, palos e insultos. La policía usó garrotes y gas lacrimógeno para dispersar a los manifestantes.

La semilla no comenzó a germinar cuando él tenía diecisiete, veintiuno o veinticinco. .. Creo que empezó... cuando juntos e inermes vimos cómo golpeaban y pateaban en la acera a un viejo con el brazo en cabestrillo los "Servicios Especiales" de Allende. Más tarde, también nosotros sufrimos las consecuencias de lo que habíamos organizado como manifestación pacífica. Todo comenzó cuando vimos, también inermes, a la pobre gente formada en largas colas, esperando toda la noche en la calle para poder comprar al día siguiente medio kilo de carne o un cuarto de litro de aceite.

Y dijimos NO a la República Democrática de Chile. NO a la nueva Cuba, que ni siquiera podía ser tan buena como Cuba, porque nuestro corrompido presidente se comportaba como un chimpancé centroamericano, bebiendo "Chivas Regal" y comiendo caviar, mientras a pocas cuadras de su palacio, el pueblo se helaba y esperaba ... De esta y muchas otras formas, aprendimos cómo era un gobierno marxista y estábamos disgustados, enfermos, pensando en el futuro de nuestros hijos. Y dijimos NO. Es mejor morir que vivir en esta república bananera que está construyendo Allende. Allí y entonces usted encontrará las raíces del asesinato. (3)

Tal vez sería más exacto señalar como el inicio del gusto de Townley por el terrorismo el momento de su entrevista con el señor H., de la CIA, ocurrida casi un año antes de estos hechos, ya que él se interesaba menos por los matices ideológicos del discurso político, aunque asistía con Inés a las reuniones de discusión de PyL, en la segura casa de la calle Rafael Cañas.

El mentor ideológico de Patria y Libertad era el fascista español José Antonio Primo de Rivera, quien era parafraseado en las reuniones por Esteban Vitale y Pablo Rodríguez. Un amigo recuerda las burdas interpretaciones de Townley en relación al pensamiento de Primo de Rivera y la necesidad de un gobierno autoritario. Decía: "La masa no está preparada para gobernarse. La democracia conduce sólo al gobierno de masas, al gobierno del rebaño. El poder debe reservarse a los pocos elegidos, a los intelectuales, los reyes de la filosofía". Este amigo comentó: "Townley parecía un eructo de Inés Callejas que repetía a Pablo Rodríguez, quien repetía a su vez a Esteban Vítale, el que, por fin, repetía a Primo de Rivera". A pesar de esta poco favorecedora declaración, Townley debe haber encontrado una genuina afinidad entre la idea de ser gobernado por una élite tecnocrática y por su fascinación por un fugaz profesionalismo. La situación que se vivía, la acción, el sentido de pertenencia, si bien no influyeron tan dramáticamente en Townley como lo pintó su esposa, contribuyeron a sazonar su "pastel terrorista".

Los líderes de PyL consideraron que la "marcha de las cacerolas vacías" había sido un éxito. Los demás grupos de oposición, por fin, comenzaron a alentar, o al menos a permitir la violencia, si no a practicarla. Sólo la facción más izquierdizante del Partido Democratacristiano mantuvo su posición contraria a la violencia de PyL.

Hacia diciembre de 1971, ya era un secreto a voces entre los partidos de oposición que en la embajada norteamericana se había abierto la llave del dinero para financiar sus proyectos. Animados por su recientemente adquirida reputación, el grupo de Townley decidió probar las conexiones de éste con la CIA.

La Sección Consular en Santiago funciona en una elegante mansión de tres pisos en la calle Merced frente al Parque Forestal, pulmón verde del centro de la ciudad. Mientras largas colas de chilenos esperaban para solicitar visas de turista y residente a los Estados Unidos, Townley, en calidad de ciudadano norteamericano, pasó directamente a un gran salón del primer piso, adjunto a las oficinas ricamente decoradas del cónsul, Frederick Purdy. Muchas veces se había registrado allí como norteamericano residente en Chile, llenando una tarjeta y dejando sus fotografías.

Townley comunicó a su grupo, perteneciente al Movimiento Nacionalista, acerca de lo poco convincente que había sido su entrevista con el funcionario de la embajada, pero les aseguró que el contacto estaba abierto. Sus conocimientos de técnica radiofónica dieron a Patria y Libertad una nueva posibilidad de aproximación a la embajada. Townley descubrió la forma de interceptar las frecuencias secretas que usaba el gobierno para comunicarse internamente. Para comprobar lo anterior, marcó un número de las transmisiones "interceptadas" en un cassette. Luego, por instrucciones de sus compañeros de PyL, hizo una cita con el encargado político de la embajada, David Stebbings, a quien entregó el cassette como garantía de buena fe, pidiéndole que lo hiciera llegar a la oficina de la CIA y prometiéndole que él entregaría las frecuencias secretas a cambio de la ayuda de la CIA. Para comenzar y por encargo de PyL, pidió a la agencia una lista con los nombres de todos los oficiales del Ejército de Chile que tuvieran el grado de capitán hacia arriba, indicando dónde podían ser localizados.

Arturo, uno de los integrantes de PyL, quien había mandado a Townley en esa misión, se expresó así acerca del asunto: "Queríamos probar a Townley. Teníamos contacto con la embajada a través de un tal Sr. Rojas, perteneciente al Departamento Laboral. Le dimos a Townley un cassette en el que habíamos grabado un mensaje y lo mandamos /a la embajada/, pero el encargado político nunca se puso en contacto con nosotros, de manera que dudamos de lo que Townley nos había dicho".

Stebbings escribió un memorándum acerca de la reunión con Townley y, con una copia de la grabación, lo mandó a la CIA. El memo estaba fechado el 21 de diciembre de 1971. La sede de la CIA en Chile, que había intentado localizar a Townley unos meses antes, sin éxito, reaccionó de inmediato. Ese mismo día, a través de su división de operaciones, notificó a la división de seguridad que el "interés operativo" en Townley había sido cancelado. Esto significaba que APO -vía para usar a Townley en Chile- estaba oficialmente disuelto. (4)

La intimidad de Townley con los funcionarios de la embajada norteamericana creció. Su alta figura en "blue-jeans", su rostro anguloso, acentuado por un bigote a la "Sundance Kid" que casi le llegaba a las mejillas, se hizo familiar para ios "marines" y los recepcionistas chilenos de la embajada. Se mantenía lejos de los pasillos frecuentados por diplomáticos y hombres de negocios.

La embajada norteamericana, que ocupaba los cuatro últimos pisos de un gran edificio de la calle Agustinas, a pocos metros de La Moneda, se había convertido en un brillante centro de operaciones de los esfuerzos de Estados Unidos por minar y, eventualmente, derrocar el gobierno de Allende. En uno de los pisos estaban las oficinas del embajador y los cuatro funcionarios políticos del Departamento de Estado. Allí estaba a menudo Townley, despatarrado en un cómodo sillón, cerca del escritorio de David Stebbings, el más joven de los funcionarios políticos. En presencia de los demás, conversaban de botes y de pesca. Stebbings y Miku, su esposa hawaiana, visitaban a los Townley en su casa de Los Dominicos. Cuando Stebbings, a mediados de 1972, dejó el país, presentó a Townley a su sucesor Jeffrey Davidow. (5) John Tipton, el funcionario político encargado de los contactos con las fuentes de la Unidad Popular, recuerda a Townley, definiéndolo como "una lapa de embajadas", típico personaje del grupo de expatriados norteamericanos, cambiadores de divisas y vendedores de antigüedades, que rondan todas las embajadas norteamericanas en el extranjero.

Purdy, casi de la edad de Townley y también casado con una chilena, era muy amigo suyo. A menudo lo visitaban en su casa fuera de la ciudad, cerca del pintoresco pueblecito de Lo Barnechea, en las faldas cordilleranas. Townley reparaba el coche de Purdy. Se había transformado en un valioso informante de la embajada. Durante 1972, proporcionó útil y actualizada información acerca de las actividades terroristas de PyL y sus planes futuros. Para PyL, Michael Townley era un canal que los ponía en contacto con el gobierno norteamericano, un puente mediante el que las nuevas tácticas contra Allende podían discutirse y coordinarse con los auspicios de la embajada. Y tenía la ventaja de ser ambiguo para ambos: para la embajada, era un informante chileno anónimo; para PyL, era supuestamente un agente de la CIA que ellos utilizaban en su beneficio.

En el interior de la estructura de Patria y Libertad, a! grupo de Townley se le autorizó trabajar independientemente en sus propios operativos, asegurándose su propio respaldo económico y llevando a cabo varias misiones. Entre 1972 y 1973, estos grupos rondaban los barrios santiaguinos de la burguesía. Pandillas de jóvenes de clase alta, mezclados con delincuentes, atacaban en sus hogares a reconocidos simpatizantes de izquierda, arrojaban piedras a los transeúntes y, a veces, volcaban autobuses.

Townley estableció contactos con los adolescentes de estos barrios, organizando clubes que, con el pretexto de constituirse en "comandos vecinales de defensa", hacían crecer el sentimiento antiallendista. Uno de estos jóvenes, más tarde contó: "Mike era algo extraordinario. Sabía mucho sobre electrónica y nos enseñaba. También tenía armas y nos dejaba usarlas cuando salíamos en misiones".

La casa de Townley en la calle Oxford se convirtió en refugio nocturno, albergue para los jóvenes que buscaban emociones, diversión y, a partir de 1972, violencia. Los huéspedes se sentaban en el suelo, bebían y cantaban. Algunos fumaban la abundante pero poco efectiva mariguana chilena. Inés adaptaba para su grupo las canciones tradicionales, transformándolas en violentos insultos contra Allende. Exactamente a las diez de la noche, todos salían a la calle y hacían sonar sus cacerolas, ritual cacofónico de protesta contra Allende, que era coreado noche a noche en los barrios de Las Condes, Vitacura y Providencia. En un destacado lugar de la "brigada" de Townley estaban Milo Baigornee, corpulento norteño que durante un tiempo fuera vigilante de la sede de Patria y Libertad, y Miguel Stol Larraín, cuya fama de ladrón de automóviles alejó del grupo a algunos de los jóvenes más moderados. Townley usaba a los adolescentes como "recaderos". En una ocasión, mandó a Susan, hija de Inés, con otro muchacho, a buscar diecisiete cartuchos de dinamita a la granja de un amigo, en la provincia de Linares, a unas cinco horas de camino hacia el sur de Santiago.

Los explosivos se convirtieron en la nueva fascinación de Townley. Baigornee tenía cierta experiencia en la fabricación de bombas pequeñas y otro miembro del club poseía conocimientos de química. Townley se hizo autodidacta en la materia, tal como lo había hecho con el aprendizaje de la electrónica. Esta vez, sus textos fueron la Enciclopedia Collier's, un manual de los "rangers" del ejército norteamericano y un libro sobre ingeniería de minas. Manipulaba mechas, detonadores y nitroglicerina, sobando la dinamita como si se tratara de amasijo para hacer pan. Frecuentemente se le veían las manos partidas y secas, de tanto manipular productos químicos.

Al mismo tiempo, Townley mantenía una activa vida social, recorriendo las discotecas de moda, a veces con Inés, a menudo con otras mujeres. Edward Cannell, guardiamarina de la embajada, se convirtió en su compañero de bares y clubes nocturnos. Coqueteando con su amiga, la hija del embajador Edward Korry, Townley hacía enojar a su amigo Cannell. Los viernes por la noche, solían ir a la lujosa residencia de los guardiamarinas de la embajada, buen sitio para conocer otros norteamericanos residentes y mantenerse en contacto con el personal de la embajada. Para Cannell y quienes lo recuerdan, Townley proyectaba la imagen de un agradable y chispeante vagabundo con aspecto de "hippie", que se presentaba como mecánico de automóviles.

En octubre de 1972, un paro nacional de profesionales y de propietarios de camiones intentó paralizar el país, desatando una ofensiva en gran escala contra Allende. Durante tres semanas, las fuerzas armadas, por orden del Presidente, patrullaron las calles e impusieron un toque de queda desde las 11:00 p.m. hasta las 5:00 a.m. Se obligó a todas las estaciones de radio a transmitir sólo noticias controladas por el gobierno. Michael Townley vio entonces una oportunidad para hacer uso de sus facultades técnicas. A través de Manuel Fuentes, periodista perteneciente a Patria y Libertad, Townley con Rodríguez, jefe de PyL, desarrollaron un plan para poder sacar al aire una estación de radio clandestina.

Con la ayuda de Gustavo Etchepare, también miembro de PyL, adaptó el aparato de radio de dos canales que había importado de Estados Unidos con el fin de adaptarlo a su proyectado yate. Modificó el aparato para transmitir en una frecuencia de AM y montó el aparato bajo el asiento trasero de su rápido Austin Mini-Cooper. Rodríguez, entusiasmado con la idea de poder contar con propaganda exclusiva, desafiando la orden del gobierno, escribió los textos políticos, grabándolos en cassettes.

Por las noches, los Townley y su séquito pasaban horas practicando y grabando las vitriólicas canciones de Inés contra el gobierno. Bautizada como "Radio Liberación", la estación de Townley inició sus transmisiones a mediados de octubre. Aunque con escasa potencia, la oposición consideraba que la radio era una punta de lanza contra el gobierno. En los medios de la oposición, "Radio Liberación" dio a Townley fama de técnico altamente calificado y buen operador. Y el manejo de la radio móvil le dio también oportunidad de poner en práctica sus conocimientos en el manejo de explosivos, adquiridos recientemente.

En las sesiones nocturnas con su grupo, Townley explicaba las técnicas de seguimiento de los "blancos" y de la colocación de explosivos. Uno de sus auditores recordó posteriormente que él hacía énfasis en la necesidad de atar y amordazar a cualquiera que pudiera descubrir algún operativo. Como entrenador escolar, Townley hacía demostraciones de métodos para atar a una persona, haciendo practicar a sus alumnos. Uno de sus discípulos denominó este método "típico remate de Townley", y consistía en amordazar a la víctima con tela adhesiva y luego, atándola de pies a manos tras la espalda, ponerle una cuerda atada al cuello y a los pies.

Varios integrantes de la brigada se retiraron de ella aterrorizados. Los que permanecieron, comenzaron a usar nombres de batalla, "alias" secretos. Townley se llamaba Juan Manuel Torres, o "Juan Manolo". La brigada había acumulado un arsenal de dinamita y armas de poco calibre y fabricaba sus propios cocteles "Molotov", botellas llenas de gasolina con una mecha de trapo. En un operativo contra un depósito de transportes municipales, Townley y sus jóvenes compañeros arrojaron las botellas a aquéllos cuyos conductores se opusieron al paro de la oposición. Como resultado de la acción, muchos autobuses estallaron.

Townley había cruzado la barrera, entrando al mundo de la violencia. Para él, los riesgos crecientes y la violencia en aumento hacían su vida muy excitante y completa. A fines de 1972, por fin. Michael Townley había llegado a ser un terrorista profesional.

Poco después de las acaloradas elecciones parlamentarias del 4 de marzo de 1973, en las que los medios de comunicación desempeñaron un papel más importante que nunca, Townley pidió a su amigo periodista Manuel Fuentes que propusiera un plan al jefe de PyL, Pablo Rodríguez.

En 1973, la Unidad Popular y las fuerzas de oposición habían combatido rudamente por el control de los medios de comunicación. La mayor parte de las radioemisoras quedó en manos privadas y, políticamente, eran antigobiernistas. La Iglesia católica poseía algunas radios y se mantenía neutral, mientras que los partidos políticos de izquierda compraron algunas radios para promover a la Unidad Popular.

Pero las leyes de la televisión, instituidas de acuerdo a los códigos norteamericanos, daban al gobierno el control de las redes aéreas. Otra legislación dio la propiedad exclusiva y el derecho a operar los tres canales de televisión existentes en el país, respectivamente al gobierno, a la Universidad Católica (6) y a la Universidad de Chile, institución autónoma, financiada con los ingresos por concepto de impuestos. Sólo el Canal 13, de la Universidad Católica, estaba en manos de la oposición. Su director, Raúl Hasbún, era un exaltado sacerdote que en un foro político televisado había comparado los partidos políticos con "prostíbulos". Hasbún se consideraba un moderno Josué, que caminaba alrededor de la amurallada ciudad de Jericó de Allende, deseando derrumbarla con la fuerza de su virtud y el clarín de su oratoria.

Con el abundante financiamiento de los partidos de oposición y de los empresarios, Hasbún había instalado dos estaciones pirata de televisión, una en Santiago y otra en la ciudad de Concepción, al sur del país, usando equipos importados de Estados Unidos. La estación de Concepción, haciéndose llamar Canal 5, empezó a transmitir en marzo, sin contar con la autorización del gobierno. Su programación alternaba mensajes políticos de oposición al gobierno con viejas películas de Hollywood. En lugar de recurrir a la policía para que detuviera las transmisiones ilegales, el gobierno instaló un interceptor en una central eléctrica, distorsionando la recepción de los programas. Townley y su amigo Etchepare fraguaron un plan para eliminar la interferencia del gobierno.

Rodríguez llevó a Townley, quien fue presentado como Juan Manuel Torres, su nombre de batalla, para que se entrevistara con Hasbún y le explicara su plan. Hasbún llamó a Carlos de la Sotta, director de la estación de Concepción, pidiéndole que cooperara con el plan. El 15 de marzo, Townley, Etchepare y Rafael Undurraga se dirigieron a Concepción. Con la colaboración de De la Sotta, probaron la corriente eléctrica que llegaba a la estación, localizando así el artefacto que provocaba la interferencia.

Tres días después, un comando de Patria y Libertad integrado por un grupo de jóvenes mandados por Juan Miguel Sessa, llegó a Concepción para asaltar la central eléctrica. Con el fin de facilitar la operación, De la Sotta había conseguido las llaves de un departamento en la calle Freiré, cuya puerta trasera conducía directamente a los subterráneos de la central eléctrica.

En la madrugada del 20 de marzo, Sessa abrió la puerta del departamento número 382 de la calle Freire. Al alumbrar la habitación con una linterna, se encontró con un hombre que dormía en el suelo, en un rincón. José Tomás Henríquez, obrero pintor sin casa que usaba el departamento vacío en las noches, despertó asustado, oponiéndose a los miembros del comando, quienes lo derribaron. Sessa, por instrucciones de Townley, había llevado consigo cuerda, cloroformo y un rollo de tela adhesiva. El resto de la operación fue fácil, ya que los detalles de la ubicación y conexiones del artefacto que producía la interferencia -un gran oscilador-, fueron precisos. Desconectaron el voluminoso aparato y lo cargaron en el automóvil para llevarlo en calidad de trofeo a Santiago y mostrarlo a Rodríguez y Hasbún.

Al día siguiente, un periódico de Santiago publicó en primera plana la foto de Henríquez, muerto por asfixia, con el cuerpo grotescamente contorsionado por las ataduras de sus celosos atacantes. Tal como lo reconocieron algunos de sus alumnos, el método era el de Townley.

La investigación del asesinato se centró en los tres técnicos que se sabía habían visitado el Canal 5 pocos días antes del hecho. Los registros del hotel demostraron que los sujetos habían hecho una llamada de larga distancia a la sede de PyL y a la casa de un militante, Manuel Katz Fried. El director De la Sotta fue arrestado. La policía encarceló a Etchepare y a Undurraga en Concepción. El jefe de PyL, Pablo Rodríguez, ordenó a Townley, Sessa y otro miembro del comando, que huyeran del país.

Tarde, una noche, un miembro de PyL conduciendo un Ford Falcon amarillo, recogió en su escondite a los tres fugitivos. Por la carretera Panamericana, viajaron hacia el sur durante toda la noche, llegando a Temuco antes del mediodía siguiente. Sabían haber llegado a territorio seguro, ya que Patria y Libertad tenía en los alrededores campos de entrenamiento guerrillero, que contaban con el apoyo de los conservadores terratenientes de la zona. Eduardo Díaz, dirigente provincial de PyL, los recibió en una granja de las afueras de Temuco. Era el encargado de la última etapa de la fuga y, el cruce a pie hacia Argentina a través del Paso Julia, uno de los pasos cordilleranos controlados por PyL.

Aunque se presentaron con nombres supuestos, Díaz reconoció a Sessa, Townley y Carlos Vial, los integrantes del comando. Le habían informado que Townley era "un excelente técnico relacionado con la embajada norteamericana". Para Díaz, esto significaba que era agente de la CIA y se negó a usar la vía de escape más secreta de PyL para un agente extranjero que ni siquiera era realmente un integrante de la organización. Estaba dispuesto a llevar a Sessa y a Vial, pero no a Townley. Éste discutió con Díaz y en seguida comenzó a rogarle. No era un agente, pero tenía contactos con la CIA, lo que significaba que estaba en condiciones de enviar dinero y todo tipo de ayuda a Patria y Libertad desde Estados Unidos, si es que podía salir de Chile. Díaz fue inflexible. Más tarde, declaró haber rehusado ayudar a Townley, pues desdeñaba a esos que se proclamaban ideológicamente "nacionalistas", mientras se ligaban a organismos internacionales como la CIA para lograr sus propósitos. Un grupo partió con Sessa y Vial a Junín de los Andes, Argentina, dejando a Townley, quien regresaría a Santiago con el chofer de PyL.

Posteriormente, Townley contaría que había salido con el grupo de PyL, cruzando el paso cordillerano hasta llegar a Argentina, reafirmando su historia con la orgullosa exhibición de sus arruinadas botas, las que adoraba por haberlo "salvado" de la policía de Allende. Otros integrantes de PyL, incluso Rodríguez, negaron la veracidad de esa historia; pero otras fuentes que dicen haber estado directamente involucradas, señalan que Townley tras la negativa de Díaz, se las arregló para cruzar hacia Argentina en una avioneta particular. (7) Desde Argentina, voló a Miami, llegando a tiempo para la celebración del aniversario de bodas de sus padres, el día 2 de abril.

La historia del caso fue publicada en la prensa chilena dos meses más tarde. El tabloide Puro Chile, diario sensacionalista pro UP, publicó la foto de Townley en primera plana el 9 de junio, con el siguiente encabezado: EL ASESINO DE CONCEPCIÓN. El artículo señalaba que Townley era "un hombre de la CIA" que estaba en Chile desde 1968 "haciéndose pasar por constructor de yates".

Aunque estaba en su país, durante siete meses Michael Townley vivió como un exiliado. Ningún cubano exiliado demostró jamás tanto celo patriótico por Cuba, como él lo mostró por Chile, que ahora consideraba su patria.

Convencido de la inminente caída de Allende, Townley no hizo ningún arreglo para establecerse en Miami. Cuando Inés y sus hijos viajaron a reunirse con él en junio, ella compró pasajes de ida y regreso. Michael rentó un departamento en el norte de Miami Beach y, por un sueldo de $275 semanales, regresó a su antiguo trabajo en el taller de reparación de transmisiones AAMCO de José Luaces. Pero esta actividad sólo le interesaba ahora como fuente de ingresos. El exilio agudizó su devoción por la actividad de tiempo completo como "Juan Manolo", el contrarrevolucionario.

Habitualmente se veía a Townley encerrado en una pequeña oficina rodeada de ventanales, en un rincón apartado del taller de Luaces, detrás de las grúas hidráulicas, acompañado por un piloto de LAN. Los pilotos y azafatas antiallendistas de LAN-Chile, compañía que realizaba vuelos diarios a Miami, llevaban paquetes y mensajes a Townley, entregándoselos personalmente en la calle Octava, dirección del taller de AAMCO. A su vez, Townley enviaba paquetitos con el personal de la línea aérea, quienes los hacían llegar a Patria y Libertad, que Allende había puesto fuera de la ley en el mes de julio.

En el interior de Chile, el terrorismo aumentó considerablemente, llegando a alcanzar un promedio de un atentado con bombas cada hora en las semanas anteriores al golpe. Más tarde, Townley confesó que en esa época habitualmente compraba explosivos en Miami.

En su testimonio prestado ante el Gran Jurado, Townley dijo: "Lo que descubrí en Miami ... a comienzos de los años setenta, fines de los sesenta ... /fue que/ gracias a todo el material que habían obtenido de la CIA ... se podían comprar explosivos plásticos en cualquier parte, como si se tratara de caramelos. Armas, explosivos, detonadores ... Lo que se quisiera, y a precios muy bajos".

Tal como había prometido, trató de conseguir ayuda de la central de la CIA de Miami. Antes de abandonar Chile, Pablo Rodríguez y Manuel Fuentes le sugirieron que se acercara a la CIA. Al respecto, posteriormente declaró: "Creo que les mencioné el hecho de que en 1970 había hecho contacto con la CIA, a raíz de lo que me sugirieron ellos que, ya que de todos modos iba a los Estados Unidos, por qué no trataba de obtener fondos, o algún tipo de entrenamiento, o lo que fuera, para el movimiento de resistencia contra Allende".

Llamó al mismo número de teléfono de hacía tres años, comunicándose con el señor H., él funcionario que lo había entrevistado en 1970. Le dijo que había regresado de Chile y para ambos sería interesante conversar. El señor H le contestó que trataría de hacerlo y volvería a llamarlo. Después de cuatro días de espera, Townley volvió a insistir. La información acerca de su participación en el operativo de Concepción estaba en poder de la CIA, por lo que la oficina central ordenó al señor H. no hacer ningún contacto profundo con Townley. Fue muy frío en su conversación telefónica, diciéndole que estaba dispuesto a escuchar todo lo que Townley tuviera que decirle, pero que no tratarían nada relacionado con la acción. Al respecto, la versión de Townley fue: "Me dijo que la gente de la agencia encargada de esta área en particular no estaba interesada en hablar conmigo por el momento ... Que si quería conversar de cualquier cosa, estarían encantados de escucharme, pero sólo a mí. Con eso, me cerraba la puerta".

Lo que Townley describía eufemísticamente como "esa área en particular" de las operaciones de la CIA, había actuado de todos modos, pero sin tomar en cuenta a Townley ni a Patria y Libertad. En Chile, la cuenta regresiva para el golpe ya se había iniciado entre la camarilla de generales.

El 11 de septiembre, entre la comunidad de los cubanos exiliados se recibieron con alborozados festejos las noticias del golpe militar. De inmediato, el general Pinochet y los demás integrantes de la junta se transformaron en héroes para ellos. Poseída por el éxtasis, Inés reservó pasajes en el primer vuelo disponible, llegando a Santiago el 21 de septiembre. Michael se quedó en Miami un mes más, fabricándose una nueva identidad, ya que a pesar del triunfo de los militares, en Chile lo esperaba una acusación pendiente con cargo de asesinato.

Gracias a uno de sus clientes, consiguió un certificado de nacimiento en Florida. Con eso, el 3 de octubre de 1973, obtuvo licencia de chofer y, al día siguiente, en el tribunal de Hialeah solicitó un pasaporte. Kennett William Enyart se identificó en la solicitud como obrero de la construcción, residente en el noroeste de Miami con su esposa Brenda. Señaló que "viajaría a Sud-américa. Perú, Venezuela, Ecuador, Colombia, Panamá". El empleado no lo hizo esperar el periodo normal de diez a quince días, de modo que en veinticuatro horas, Townley estaba con su nuevo y falso pasaporte.

Sus lecturas de novelas de espionaje y detectives le habían servido mucho. Las había leído por razones técnicas y de ellas aprendió, paso a paso, los procedimientos para obtener documentación falsa, seguir rastros, atravesar fronteras sin ser detectado, organizar reuniones clandestinas, transmitir informaciones, inventar códigos secretos . .. Las actividades comerciales, base del profesionalismo de un espía moderno y modelo, remplazaron su antigua afición por la electrónica y los explosivos. Los rudimentos de la actividad, aprendidos en las novelas y en su relación con elementos novatos de Patria y Libertad, pronto se perfeccionaron gracias al contacto con profesionales en la materia.

Uno de los libros de su biblioteca era El día del Chacal, de Frederick Forsyth. Townley admiraba al Chacal, anónimo maestro de las armas y el ocultamiento, manipulador de identidades, rostro sin personalidad. Aunque aún no era un asesino como su héroe ficticio, fantaseaba sobre su futuro papel en Chile, identificándose con el Chacal, extranjero al servicio de otra nación, que se trasladaba de un país al otro sin identificación y sin dejar huellas. Uno de los personajes de la novela de Forsyth describe al Chacal, que estuvo a punto de asesinar a Charles de Gaulle, en los siguientes términos:

Ese hombre, quienquiera que sea, tiene que ser extranjero. No puede ser miembro de la OAS /Organización Secreta del Ejército/ ... No puede ser conocido por ningún policía francés; no debe estar fichado .. . Debe ser un asesino desconocido. Debe viajar con un pasaporte extranjero, hacer el trabajo y desaparecer, regresando a su país mientras los franceses estén tratando de descubrir al presunto asesino ... Lo importante es que sea capaz de entrar al país sin ser notado y sin provocar sospechas. Esto es algo que, por el momento, ninguno de nosotros puede hacer.

Más tarde, Townley comentaría a uno de sus interrogadores en el proceso que el libro de Forsyth era increíblemente cuidadoso en sus descripciones del sistema ilegal de tráfico de armas en Europa y que sólo los nombres falsos separaban la ficción de la realidad.

Townley se transformaría en una caricatura del Chacal, en un asesino de la vida real que imitaría el mundo de la ficción, un aficionado en ese negocio, a pesar de su entrenamiento, en un agente secreto que llevaría bajo el brazo varias de sus múltiples identidades. "Le encantaba toda esa basura de «capa y espada», pero jamás hizo algo sin que lo agarraran", comentó alguien que lo conocía.


Notas:

1. A menos que se indique lo contrario, esta y las citas siguientes han sido tomadas de tres manuscritos que tienen en total unas sesenta páginas y fueron escritos por Inés Townley a mediados de 1978. En especial, tratan acerca de la carrera de su esposo en la DINA.

2. Inés declaró a una fuente que la CIA también siguió a Townley a San Francisco, ofreciéndole trabajo si decidía regresar a Chile. De acuerdo con la información no confirmada, Townley contestó que "con gusto escondería bajo su cama a un agente de la CIA, pero que él no estaba dispuesto a convertirse en agente".

3. Carta sin fecha dirigida a uno de los autores de este libro y recibida en enero de 1979. Agrega: "Pero usted nunca dirá esto, ¿verdad?, porque usted usa un par de anteojos que sólo ven lo que le parece bueno, como tantos otros... En realidad, no tiene caso que busquen las razones en una infancia accidentada, o algo así. Él llevó -nosotros llevamos- una vida feliz y normal. Fue el comunismo el que cambió nuestro estilo".

4. A fines de 1973, Stebbings escribió acerca de este asunto a otro funcionario político. Decía que la CIA había mostrado mucho interés por obtener las frecuencias, pero se negó a entregar la lista de oficiales. Estas negociaciones a través de Townley parecen contradecir las posteriores declaraciones de la CIA de que sus agentes no pudieron localizar a Townley en Santiago, en 1971. La CIA nunca explicó el porqué de su negativa para la aprobación de Townley como agente.

5. En 1974, Davidow dejó Chile y presentó a Townley a Michael Lyons, su sucesor. En esa época, Townley era agente de la DINA.

6. La estación de televisión de la Universidad Católica no debe confundirse con la institución de la Iglesia católica, que mantuvo oficialmente una posición neutral.

7. Estas mismas fuentes declaran que el piloto fue Julio Bouchon, hijo de un acaudalado terrateniente que, en 1970, guió el avión en que huyeron los asesinos del general Rene Schneider. Se dijo que Bouchon aterrizó en una pista privada cercana a Mendoza, Argentina, donde un "jet para ejecutivos" esperaba a Townley para llevarlo a Miami. El asesor político del embajador norteamericano, David Stebbings, en una carta dirigida a otro asesor, a fines de 1973, hace también referencia a la huida de Townley en avión


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