Asesinato en Washington

III

EL AÑO DEL TERROR

A LAS 3:30 p.m., del 12 de septiembre de 1973, en su celda del Regimiento Tacna, Letelier supo que el presidente Allende había muerto en la batalla de La Moneda. Sintió una tremenda ansiedad, algo entre la confusión intelectual y el terror animal, sentimiento que compartía ese día con millones de chilenos. Pocos minutos más tarde, Letelier y Enrique Kirberg, también preso, rector de la Universidad Técnica del Estado, fueron conducidos en un "jeep" por las desiertas calles de Santiago, sólo frecuentadas por las atareadas patrullas de soldados que instalaban tanques en las esquinas y los edificios públicos. La junta había decretado veinticuatro horas de toque de queda y los civiles, si eran partidarios de la Unidad Popular, esperaban en sus casas no ser perseguidos por las asonadas de los militares. Otros civiles habían embanderado sus casas.

Después de más de una hora, los prisioneros llegaron a la Escuela Militar Bernardo O'Higgins, el "West Point de Chile". Una placa colocada sobre la entrada por la que Letelier y Kirberg pasaron, proclamaba la jerarquía militar, ahora usurpada por el golpe: Presidente, Salvador Allende; Ministro de Defensa, Orlando Letelier; Comandante en Jefe del Ejército, Augusto Pinochet. Equivocadamente, Letelier pensó que él, el prisionero, estaba jerárquicamente por encima de cualquier oficial de la Academia.

Apuntando hacia la placa, se dirigió al guardia, pidiéndole en vano ser llevado de inmediato con el coronel de turno. La antigua escuela de Letelier se había convertido en su prisión. Cerca de veinte detenidos de alto rango se habían reunido allí, incluidos todos los ministros de Allende. (1) En otro lugar de Santiago, el gigantesco Estadio Nacional estaba repleto con miles de personas custodiadas por la tropa o por patrullas de Patria y Libertad.

En un estadio santiaguino más pequeño, el cantante chileno Víctor Jara trataba de mantener en alto la moral de los detenidos y siguió hablando aunque los guardias lo habían prohibido. Cuando le pegaron, hizo cantar a todo el estadio. Los guardias entonces rompieron su guitarra, pero él continuó cantando. Ante los ojos de miles de presos, le quebraron las manos y las muñecas, pateándolo hasta darle muerte. Otros presos, aislados en distintos lugares del estadio, fueron obligados a yacer cara al suelo durante todo el día y luego, durante dos, tres, cuatro días, sin agua ni alimentos, ensuciándose la ropa.

Isabel Letelier telefoneó a casas y oficinas de generales y almirantes. En la casa de Pinochet, respondió un sirviente. El general estaba comiendo y no podían molestarlo. Siguió llamando y, a media tarde, pudo hablar con el general Leigh: "Él está bien, no se preocupe, hemos tomado medidas para protegerlo".

"Pero, ¿cómo puedo estar segura?", respondió ella.

"Le doy mi palabra", contestó irritado.

"Pero, general Leigh, la seguridad de mi esposo..."

Leigh colgó el aparato.

El gobierno de Allende estaba en ruinas, pero aún existía el problema de la recuperación de la legitimidad constitucional. Allende se había negado a renunciar, a entregar voluntariamente el mando a los usurpadores militares. Antes de morir, reafirmó a través de una estación radial la legalidad de su gobierno, su derecho a actuar como lo había hecho, denunciando la traición de aquellos que se levantaron contra el gobierno legítimo, que recurrieron al bombardeo aéreo y la artillería pesada.

Los jefes civiles de la oposición, como el ex presidente Eduardo Frei, quien apoyó el golpe, habían contado con que Allende sería "razonable" y se conduciría como un "caballero parlamentario". Frei y el resto jamás imaginaron el holocausto que se produjo. Ninguna coalición democratacristiana-derechista podría llegar al poder tras tanto derramamiento de sangre. Ninguna constitución podría simular ni siquiera una fachada de prestigio.

La resistencia de Allende destruyó cualquier posibilidad de transición rápida hacia un gobierno de corte tradicional. Su "suicidio", inventado por los golpistas y anunciado por ellos mismos después de su muerte, eliminó a Allende en tanto obstáculo, pero arruinó las aspiraciones de legitimidad de los militares.

Los cuatro comandantes que conformaron la junta gobernante, eligieron como presidente al general Augusto Pinochet, pero como presidente de la junta, no como presidente de Chile. Su mandato comenzó dos días después del golpe, el 13 de septiembre. La junta decretó que todo el poder residiría en los nuevos dirigentes militares, incluso el poder de cambiar la Constitución. Anunciaron que su tarea era "eliminar de raíz y para siempre de Chile el marxismo".

La coalición de izquierda contaba con millones de partidarios (un millón de ellos, militantes activos) y muchos años de historia. El proceso que había llevado a la victoria de Allende, manteniéndola y haciéndola avanzar durante tres años, se convirtió en el mayor desafío de la junta, que se dio cuenta de la necesidad de producir una reacción capaz de contrarrestar la fuerza de la UP y sus partidarios, a fin de neutralizar el pasado. Rápidamente, los generales concluyeron que la acción requerida era la represión en su forma más brutal. El terror, que había existido subterráneamente durante el periodo de Allende, se institucionalizó, y quienes habían bombardeado, perseguido, asesinado y secuestrado, se convirtieron en funcionarios del aparato represivo del Estado.

Comandos militares gobernaron de norte a sur, en ciudades y campos. Durante el primer mes, quizás un millón de libros considerados propagadores de ideas "marxistas", fueron quemados en piras, públicamente, a la salida de bibliotecas y casas particulares. Los soldados, la policía y los comandos derechistas tenían libertad plena para actuar en arrestos, secuestros, torturas, construcción de improvisados campos de detenidos y realización de ejecuciones sumarias a los izquierdistas, a lo largo de todo Chile. Más tarde, un general de la Marina admitió que murieron por lo menos 3 mil personas, de las cuales menos de una docena eran militares o personal de carabineros. Para este mismo periodo, la embajada norteamericana y la CIA consideraron que el número de muertos ascendía a unas 5 mil personas, pero en sus declaraciones públicas los funcionarios norteamericanos trataron de minimizar la masacre. Haciendo cálculos moderados, unas cincuenta mil personas sufrieron detención e interrogatorios, mientras las cárceles, instalaciones militares, barcos de la Marina, estadios deportivos y auditorios públicos estaban abarrotados con una cantidad de prisioneros políticos que fluctuaba entre los 15 mil y los 20 mil.

Gracias a la ola de xenofobia que se apoderó del país, los exiliados extranjeros que habían sido acogidos en Chile durante la administración de Allende, se convirtieron en los blancos preferidos de las patrullas militares. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados instaló centros de evacuación de emergencia en iglesias y conventos de Santiago. Militantes de izquierda y funcionarios de la Unidad Popular que lograron escapar de las detenciones en los primeros días que siguieron al golpe, llegaron hasta las embajadas extranjeras en busca de asilo político. (2) Hacia comienzos de 1974, más de 10 mil chilenos y extranjeros dejaron Chile para reubicarse en calidad de exiliados políticos en otros países.

Otros cincuenta mil chilenos cruzaron las fronteras, solicitando asilo político en Argentina y Perú. Las cifras parecían increíbles. Hacia fines del primer año de gobierno militar, de los diez millones de habitantes de Chile, más de cien mil -uno de cada cien- fueron víctimas de la represión por vías del asesinato, el exilio o la detención.

El problema más inmediato de la junta era qué hacer con los ministros del gabinete y otros representantes gubernamentales que mantenían bajo arresto. La confusión imperaba en la Escuela Militar, la cárcel temporal de funcionarios e importantes personalidades de gobierno.

Después de tres días de estar allí, los dignatarios de la UP recibieron la visita del ministro de Justicia de la junta, quien, según dijo Letelier, "nos manifestó su pesar por la muerte del Presidente, diciendo que serían respetados los derechos humanos y que él pensaba que convendría sacarnos fuera del país". Letelier y el grupo contestaron que no habían cometido crimen alguno y no entendían por qué deberían salir del país. "Queremos ser procesados", manifestaron.

Al día siguiente, mientras los detenidos se preparaban para sentarse a comer, "nos obligaron a regresar a las habitaciones donde dormíamos y tomar nuestras pertenencias; con mucha violencia, empujándonos e insultándonos, nos pusieron en fila y nos introdujeron en un autobús". Dentro de éste, los presos fueron obligados a mantenerse con la cabeza baja y los guardias les advirtieron: "El que levante la cabeza, será ametrallado de inmediato". Orlando no tenía más que la ropa que llevaba puesta el día que salió de su casa. ¡Parecía haber sucedido hacía tanto tiempo! Cuatro días sin rasurarse, sin cambiarse de ropa, hacen que una persona se desespere de incomodidad. Y, peor aún, su hábito de cuatro paquetes diarios de cigarros, se redujo a cero. El autobús los llevó a la Base Aérea del Bosque, cerca de Santiago. Una vez más, los prisioneros tuvieron que abrirse de piernas y soportar la revisión de los guardias. Cuando Letelier junto a los demás abordó el DC-6, le dejaron sólo su carnet de identidad y, curiosamente, el documento que lo acreditaba como embajador ante Estados Unidos.

En el avión había casi tantos guardias como pasajeros. "Percibía que nos dirigíamos hacia el sur y traté de adivinar adonde". Ocho horas más tarde, el avión aterrizó en Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo. Era de noche. Mientras abandonaban el aparato en parejas, les sacaron fotos y luego les vendaron los ojos. Letelier vio tropas con bayoneta calada, tanques, carros blindados y camiones de transporte. El trato hacia los prisioneros siguió siendo violento y abusivo.

Arturo Girón, ministro de Salud, quien se había quedado en el Palacio de la Moneda con Allende hasta ser detenido, fue especialmente maltratado; los guardias lo pateaban sin descanso. Letelier, tratando de racionalizar las circunstancias en que se encontraba y vencer así el miedo, comenzó a repasar sus conocimientos acerca de los militares. "En cualquier situación, cada soldado es un prisionero. El soldado raso tiene un cabo por encima; el cabo es vigilado por un teniente, y cada uno de ellos está tratando ahora, a causa del temor, de mostrar que él es más violento que el resto, porque sabe que si no es así, le aplicarán sanciones: hay una verticalidad del terror. . . Ablandarse, ser humano, puede conducirlos a un castigo real".

Letelier y sus compañeros, encapuchados, fueron subidos en un vehículo blindado. "Oí disparos. Mientras nos hacinábamos en el camión, pensé que iban a dispararnos a todos y hundir nuestros cuerpos en el Estrecho de Magallanes. .. Todo parecía tan irreal, tan inconcebible, tan absurdo, tan sobrenatural.. . Se llega a un punto en el que la angustia y el temor desaparecen, uno está tan desmoronado, que el temor se supera, ya no hay lugar para el miedo y la calma se apodera de uno. . . Surge la necesidad de decirse «bueno, si van a matarme, moriré con dignidad, como un hombre. Estos tipos son asesinos y, en cierta forma, tengo la responsabilidad histórica, la responsabilidad en tanto hombre, de actuar correctamente»".

Antes de que el camión partiera, hubo más tiroteos. "¡Me hirieron!", gritó el que estaba junto a Letelier. "Estaba seguro de que yo sería el próximo", recordó más tarde. Una voz gritó: "¿Qué está pasando?" "Estoy herido". "¡Mierda!" "¡Cierra la puerta!" "¡Vamos!" Los disparos que Letelier había oído provenían de los nerviosos guardias que estaban en los blindados. Un disparo rebotó en el techo e hirió en el brazo a Daniel Vergara, viceministro del Interior. Durante una hora y diez minutos, mientras los camiones se sacudían por el camino, le goteaba sobre la pierna un líquido tibio. Las capuchas los ahogaban y aterrorizaban; nadie podía hablar.

Los cambiaron a un barco de transporte de tropas. Ya sin las capuchas y hacinados en el piso o en estrechos bancos, resintieron el movimiento del mar, algunos hasta sufrieron mareos. El brazo de Vergara comenzó a hincharse y perder su color. El Estrecho de Magallanes se arremolinaba alrededor del barco, arrojando a los prisioneros unos contra otros.

Cerca de las 6 a.m., desembarcaron en una isla; manchas de nieve salpicaban el rocoso paisaje; a la distancia, se divisaba una montaña. "Estábamos con ropa de verano", recordó Letelier. "Caminamos por la playa y a los más viejos los subieron en antiguos camiones norteamericanos de la Segunda Guerra; caminamos por la nieve mientras el viento soplaba y nos cortábamos con el alambre de púas que pisábamos. Esta era la Isla Dawson, una base naval que habían transformado en campo de concentración. Allí, en el pasado, José Tohá había comenzado un experimento agrícola". Los otros presos, tras recorrer cerca de dos millas, llegaron a un conjunto de cabanas ruinosas, al lado de un arroyo. Allí, Jorge Peles, oficial de marina, se dirigió al grupo. Letelier recuerda que los llamó "prisioneros de guerra, con todos los derechos y deberes de los prisioneros de guerra, en virtud del Tratado de Ginebra. .." "Nos dieron frazadas y nos mandaron a nuestras barracas, instruyéndonos acerca de la rutina del día siguiente". Letelier ya tenía casi una semana como prisionero.

En la mañana del 18 de septiembre, Isabel y Moy Tohá decidieron descubrir adonde habían llevado a sus maridos y qué estaba planeando la junta. Llegaron al Ministerio de Defensa, identificándose con el cabo de la puerta. "El cabo gritó hacia dentro: «Aquí están las esposas del ministro Letelier y del ministro Tohá»". Moy Tohá relató la escena: "Para mi sorpresa, en un corredor vi a Pinochet. Casi sin aliento, Isabel me dijo: «¡Va a abrazarte! ¡Va a abrazarte!»". Moy se puso las manos en la espalda, enterrándose las uñas en las palmas. "Y vi acercarse a Pinochet, después de alejar a los periodistas con un gesto. Me agarró, trayéndome a su pecho, mientras decía: «Nada va a pasar. Nada va a pasar»".

Pinochet accedió a recibirlas. Al día siguiente, Isabel Letelier, Moy Tohá e Irma Almeyda, esposa del ex ministro de Relaciones Exteriores, Clodomiro Almeyda, se sentaron en la sala de espera del despacho de Pinochet. Después de unos veinte minutos, la puerta se abrió, y Pinochet ingresó en la sala. Isabel recuerda que comenzó a gritar: "Para su información, sus esposos están bien alimentados, bien cuidados y en un lugar seguro, con asistencia médica".

No dejó hablar a nadie más, relató Moy Tohá. "Se paró en su sala, ante tres mujeres sentadas, gritando a todo pulmón". Isabel dijo: "Lo mirábamos atónitas, porque, sacando la lengua, vociferaba como loco acerca del Plan Z. (3) Repetía que nuestros maridos estaban bien y luego, sacando de nuevo la lengua, dijo: «Habría sido muy diferente para nosotros si la situación se hubiera dado a la inversa porque, en ese caso.. .» y a continuación hizo un horrible gesto, pasándole el filo de la mano por la garganta y sacando la lengua". Pinochet dijo luego que deseaba poner fin a la entrevista. "Pero nuestros maridos habían desaparecido y estábamos dispuestas a descubrir dónde estaban. . . Continuó gritando, pero cuando vio nuestra determinación, nos permitió entrar en su oficina. Siguió hablando y, refiriéndose a Allende, dijo: «Siempre deberemos seguir persiguiendo a ese traidor, aunque esté a varios metros bajo tierra»".

Finalmente, Pinochet accedió a que las mujeres escribieran a sus maridos, permitiendo sus respuestas, así sus familiares podrían saber que seguían vivos.

Letelier y el resto de los ministros y personalidades comenzaron a ajustarse a la vida semipolar de Isla Dawson. Los prisioneros sufrían de hambre, frío, enfermedades y todo tipo de incomodidades. Muchos contrajeron catarros virulentos, con altas temperaturas. Se organizaron lo mejor posible para maximizar sus posibilidades de sobrevivencia. Los convirtieron en trabajadores forzados que construían edificios, letrinas y rejas, cargaban y picaban piedras. Cada día, recordó más tarde Letelier, "el viento soplaba a setenta u ochenta millas por hora y los trabajos forzados, que comenzaban a las siete de la mañana, prolongándose hasta las siete de la tarde, se hacían muy difíciles para nosotros". Sonrió al expresar que "el fascismo es algo horrible, pero cuando está combinado con el subdesarrollo. .."

Cuando un grupo de oficiales fue a visitar Isla Dawson, los ojos de Letelier brillaron de expectación al reconocer entre ellos al coronel Vicuña, lejano amigo y ex compañero en la Escuela Militar. Luis Matte, prisionero con Letelier, relató así el incidente: "Orlando se las ingenió para acercarse a Vicuña. Todos esperábamos que pudiera obtener informaciones sobre cuál sería nuestro futuro. Cuando regresó, estaba muy pálido y, al preguntarle nosotros lo ocurrido, contestó: «Dijo cosas terribles. Me dijo que, si dependiera de él, nos mataría a todos, deshaciéndose así de un gran problema, ya que si no nos mataba, algún día dejaríamos esto y nosotros o nuestros hijos, probablemente, buscaríamos venganza»".

Letelier recuerda: "Sólo comíamos lentejas y estaban llenas de piedras. Nada de fruta, carne o verduras. Rara vez nos daban un poco de grasa, alimento necesario debido al clima". Después de un mes, a las esposas se les autorizó mandar paquetes con ropa y comida, pero la junta limitó el tamaño y la frecuencia de los envíos. Un día, José Tohá ya no se pudo levantar. Lo llevaron a un hospital de Punta Arenas. Tohá, con casi un metro noventa de estatura, pesaba cerca de 53 kilos hacia fines de 1973. Uno de los prisioneros recuerda: "Tohá empezó a consumirse como una vela. Siempre estaba contento y haciendo bromas, pero era como un pájaro extraño que no puede vivir enjaulado". Lo sacaron del campo, llevándolo de regreso a Santiago, al Hospital Militar. Varios meses más tarde, los presos de Isla Dawson oyeron en una radio clandestina que escondían en el campo de concentración que el frágil Tohá se había colgado con su cinturón. (4)

POCO TIEMPO ANTES, otro importante prisionero había muerto en cautiverio: el general de aviación Alberto Bachelet, firme partidario de Allende, habiendo sido apresado tras el golpe y confinado en una prisión militar, murió -según se dijo- de un ataque al corazón, en marzo de 1974.

En el campo comenzó lo que Letelier llamó "una torturante comedia del absurdo". Los prisioneros acostumbraban cantar mientras trabajaban o marchaban, pero "no nos dejaban cantar cualquier canción; por el contrario, nos obligaban a entonar viejas marchas militares chilenas, muchas de ellas de la época de la Guerra del Pacífico, del siglo pasado. Una famosa marcha escrita durante la Segunda Guerra Mundial, el «Himno de las Américas», donde se recitan los nombres de todos los países latinoamericanos, teníamos que cantarla una y otra vez. En una ocasión, un oficial que nos escuchó al pasar, nos detuvo: «Aquí se comete una deslealtad. Ustedes cantan que Norteamérica, México y Perú, Cuba, Canadá .. . son hermanos, pero la palabra Cuba está prohibida en el lenguaje chileno». Desde ese momento, seguimos cantando la canción, sin mencionar a Cuba".

Letelier y los demás prisioneros, a cinco horas de barco de la última ciudad al sur del país, se sentían completamente aislados de Chile y del resto del mundo.

El terror que sentían los prisioneros de Dawson, como el que sentían también algunos guardias y otros militares de bajo rango, tenía su contraparte en todos los niveles de la sociedad. La junta debía encontrar reemplazantes para todos los elementos de la sociedad chilena que "habían recibido las influencias del marxismo". Esto requería de un nuevo orden económico, de nuevas leyes, ya que las antiguas se contradecían con la actual política económica, de un nuevo sistema educacional. Para elaborar su modelo económico, los intelectuales de la junta recurrieron a los economistas de la Universidad de Chicago, al doctor Milton Friedman y a Arnold Harberger.

Internamente, los trabajadores chilenos comprobaban cómo sus conquistas económicas y sociales iban desapareciendo. Los servicios públicos, de bajo costo o gratuitos en el régimen de Allende, se hicieron costosos. Los sueldos reales fueron congelados, mientras aumentaba la inflación. Los precios de los artículos de primera necesidad se abrieron al "libre Mercado". En sólo dos meses, el precio del pan subió veintidós veces en relación al precio controlado que tenía en el gobierno de Allende. Los artículos de lujo volvieron a aparecer en abundancia.

Luego de tres meses en el campo de concentración de Isla Dawson, Orlando Letelier, con más de un metro ochenta de estatura y complexión robusta, pesaba aproximadamente 63 kilos. "Resistir cada día" se convirtió en el principio que lo guiaba. No le gustaba recibir fotos o cartas de su familia. Observaba que otros presos experimentaban una gran conmoción al recibir cartas de sus hogares y luego la alegría se convertía en tristeza, autocompasión y quiebres emocionales. "Tenía centrada la atención en mi vida de prisionero y en tratar, cada día, de dedicarme a la tarea de estar vivo. En las noches, antes de dormirme, pensaba y repetía en voz alta: «¡Bueno! ¡Estoy vivo!»". Sin embargo a veces se sentía a punto de estallar, de renunciar, al borde de la desesperación. "Uno piensa, ¿cómo es posible que el mundo permita que esto suceda? ¿Que algo tan brutal, tan injusto, tan inmoral, pueda ser posible en este siglo, con todos los ideales que guían al mundo civilizado? ¿Que esta irracionalidad pueda permitirse.. .? Existe la tendencia a pensar que uno ha sido abandonado, que los amigos no piensan en uno, demasiado preocupados sólo por ellos mismos. . .".

La llegada de una guitarra proporcionó a los presos los pocos momentos felices y alivió en cierta forma las tristezas de la vida en Dawson. Letelier persuadió a un soldado de que le comprara una guitarra en Punta Arenas. Su compañero de reclusión, Luis Matte, recuerda: "Letelier tenía una rica y profunda voz. A los guardias e incluso a los oficiales les gustaba escucharlo cantar. En ese frío y desolado lugar, el sonido de una guitarra y una voz entonando una cueca podía lograr que los ojos se llenaran de lágrimas".

Los guardias de Dawson trasladaron a los presos políticos de alto nivel a un lugar llamado Río Chico, del otro lado de la isla, a fines de diciembre. "Éste era un verdadero campo de concentración, por su aspecto, era exactamente igual a los modelos alemanes y empezamos a pensar que allí nos quedaríamos para siempre. ¡Qué desolación!. . . En el otro campo, por lo menos, había algunos árboles". El nuevo campamento tenía cuatro largas barracas de madera encerradas en una reja de doble fila de alambre de púas. A ambos lados se elevaban dos abruptas montañas y desde cuatro torres de vigilancia, ametralladoras de alto calibre disparaban día y noche. Las cimas de las montañas estaban coronadas con baterías de artillería apuntando hacia el mar. La artillería -según dijeron a los presos- era para defender el campamento del ataque de submarinos soviéticos. Los guardias les advirtieron que, en caso de que el ataque se produjera, los prisioneros serían ejecutados inmediatamente.

Otros dirigentes de alto rango se sumaron a los presos de Dawson. La población del campo de concentración aumentó a casi doscientas personas con la llegada de unos 160 dirigentes locales y militantes de izquierda detenidos por el comando militar de Punta Arenas, en la Provincia de Magallanes. Un capitán da la Marina, contemplando las nuevas instalaciones, comentó a uno de los presos: "Esto es igual a la película El Gran Escape".

En febrero, el comandante de Dawson ordenó que Letelier fuera llevado en barco al hospital de Punta Arenas para someterse a una revisión médica. Por vías secretas, Isabel se enteró de la noticia y compró un pasaje para viajar a Punta Arenas. En la plaza de la ciudad, alguien se le acercó y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo: "Camarada, la felicitamos por su valor". Confusa, caminó hacia el Municipio de la ciudad. "En varias ocasiones, la gente se me acercó diciendo: «¡Solidarizamos con usted, camarada!» Más tarde, me di cuenta de que llevaba en el cuello la piedra que Orlando esculpió y me había mandado. Ese tipo de piedras existe exclusivamente en Isla Dawson y la gente del lugar la había reconocido".

Isabel pidió permiso a las autoridades del hospital para ver a su esposo; algunos la mandaban a las autoridades militares, otros, a las del hospital, quienes volvían a mandarla con los militares. .. Finalmente, en un segundo viaje a la Comandancia Militar, un rudo y tieso mayor le dio permiso, con la condición de que la pareja hablara sólo de "problemas domésticos" y ante la presencia de un oficial de inteligencia.

En el hospital, se abrazaron frente a un ceñudo y joven oficial, que varias veces interrumpió su conversación por considerar que hacían "referencias políticas". Treinta minutos más tarde, el oficial, abruptamente, dio por terminada la entrevista. Les permitió un abrazo breve, mientras escrutaba con atención las manos de Isabel, para asegurarse de que no le pasaba notas o armas a Orlando. "Te amo", se repitieron mutuamente.

Los chilenos pro allendistas que escaparon o estaban en el extranjero al producirse el golpe, se unieron a simpatizantes para organizar una campaña internacional centrada en el propósito de liberar a los prisioneros políticos. Contando con la participación de prominentes dirigentes políticos y emisarios culturales de todo el mundo, pidieron al gobierno de Pinochet su liberación; al mismo tiempo, periodistas y organizaciones humanitarias solicitaron entrevistas con los presos, demandando el derecho a filmar e imponerse de sus condiciones de vida en Isla Dawson. La presión dio resultados.. . Enfrentado a lo que parecía ser una condena mundial en aumento, Pinochet ordenó que sus prisioneros-estrellas fueran trasladados de Dawson a Santiago.

El 8 de mayo de 1974, los despertaron a las 4:00 a.m., ordenándoles empacar sus pertenencias en quince minutos. "En las noches precedentes, los guardias del campo habían simulado ataques en el lugar, disparando hacia nuestras barracas. Esa mañana, nos forzaron a marchar cerca de cinco kilómetros hasta un avión. En el camino, tuvimos que vadear dos helados arroyos, secándonos los pantalones; sentía que se me congelaban las piernas mientras pasábamos nuestros bultos del otro lado del río, formando una cadena humana. Naturalmente, los oficiales cruzaron por otra parte".

Los ex ministros fueron conducidos al aeropuerto de Punta Arenas, donde abordaron un C-130 de la Fuerza Aérea. Letelier reconoció el avión. "Recordé lo que había conversado con el Agregado de la Aviación, en Washington, antes de que lo compráramos. «Coronel, este avión se usa sólo para transportar equipo. ¿Acaso la Fuerza Aérea tiene carga suficiente como para justificar la adquisición?» «También puede usarse para transportar gente en cualquier momento», me respondió".

Atados de pies y manos, los prisioneros entraron al avión que Letelier había pensado era una compra innecesaria. En su incomodidad, se decía que, si lo arrojaban fuera del avión a esa altura, el hecho de que sus extremidades estuvieran o no atadas, nada cambiaría; las cabinas del C-130 no estaban presurizadas y el ruido les provocó la pérdida temporal del oído. Justo antes de aterrizar en Santiago, los guardias los desataron. A la bajada del avión, encontraron personas que vestían batas blancas con la insignia de la Cruz Roja, quienes revoloteaban amablemente a su alrededor. Un tal coronel Espinoza pronunció un breve discurso a los presos, diciéndoles que sus condiciones mejorarían. El coronel, que administraba cien campos de concentración a lo largo de Chile, sonrió y preguntó al grupo su estado de salud. Letelier habló: "Debo decirle que ustedes nos han dado un trato inhumano. A los ojos del mundo, todas sus acciones son una infamia". El coronel Espinoza sonrió, diciendo: "Muy bien, ahora pueden irse". Un hombre que lucía una insignia de la Cruz Roja tomó del brazo a Letelier, llevándolo detrás de unos edificios. Allí le pusieron los brazos tras la espalda, atándolo fuertemente y cubriéndole la cabeza con una capucha. Los hombres que él había tomado como funcionarios de la Cruz Roja eran en realidad funcionarios militares. Empujando y pateando a los prisioneros, los "funcionarios" los arrojaron dentro de unos camiones que se alejaron rápidamente.

Letelier se encontró en un subterráneo de la Academia de la Fuerza Aérea, cuyas ventanas estaban tapadas con papel. Desde arriba llegaban casi constantemente gritos y llantos, algunos, de mujeres. A través de la ventanilla de su celda, vio gente volteada hacia la pared del pasillo. Los guardias los obligaban a estar de pie, encapuchados, durante días, hasta que se desvanecían.

"¿Eres maricón?", preguntaron a Orlando. "Trataban de destruirnos psicológicamente". A algunas personas las aislaban durante semanas, amarradas a sus camas y encapuchadas. Letelier confesó estar encapuchado "era una de las cosas más difíciles de soportar. No ser capaz de distinguir el día de la noche, no ser capaz de mantener la noción del tiempo, es espantoso".

"Me interrogaron especialmente acerca del asunto de la ITT. (5) Dijeron haber comprobado que yo había pagado $75.000 dólares al periodista Jack Anderson para que acusara a la ITT; que personalmente le había entregado los documentos que yo mismo había fabricado, yendo al Edificio de la Prensa, en Washington, a entregarle el cheque".

En los interrogatorios, solían preguntarle: "¿Sabes algo acerca de esto y de lo otro?" Luego, cambiando el tema de la ITT y Jack Anderson, le decían: "¿Sabías que tu mujer es una puta?"

Una mañana temprano, sin advertencia previa, despertaron a gritos a los prisioneros de Dawson. Los introdujeron en un camión, llevándolos a una estación de policía. De allí, "nos arrojaron al piso de un autobús, dándonos puntapiés para obligarnos a abrir las piernas, mientras teníamos los brazos detrás de la espalda". El autobús llegó a Ritoque, lugar costero al norte de Santiago. Fueron instalados en las cabinas que se construyeron durante el gobierno de Allende en calidad de centro de vacaciones para obreros. El centro de vacaciones estaba convertido en campo de concentración, cercado con alambre de púas y resguardado con torres de vigilancia.

Letelier comenzó a sentirse más seguro. Había conocido al almirante que estaba a cargo de la Provincia de Valparaíso y a un coronel relacionado con la base aérea vecina, los que habían sido agregados militares en Washington. Habían estado en la cena de despedida que dieron allí a ambos. En esa ocasión, ambos alabaron a Letelier, expresando la "gratitud que sentían por la forma en que los había tratado". El almirante Eberhard llegó en helicóptero a Ritoque. Los guardias obligaron a los presos a ponerse en fila y el almirante pasó revista, preguntándole a cada uno su número. Cuando liego junto a Orlando (a quien en otros tiempos se había dirigido tratándole de "señor" o "embajador"), se detuvo.

-"¿Cómo está usted?", preguntó.

-"Estoy bien", respondió Letelier.

-"¿Necesita algo?"

-"No. No necesito nada".

-"¿Y cómo está su señora?", preguntó el almirante.

-"No muy bien. ¿Cómo está la suya?"

-"Ella está perfectamente".

Un coronel de la Fuerza Aérea fue hasta la cabina de Letelier. Posteriormente, Orlando recordó la forma en que trató de "echar la culpa de todo a otros, para no aparecer como directamente conectado con las circunstancias que había provocado la situación. Le contesté breve y con aspereza, con lo que, sin insistir, salió".

Estas visitas reforzaron su fuerza moral. Jamás dudó de tener la razón y el derecho, la Constitución y la ley de su parte. "Un sargento se dio tiempo para conversarme. «Don Orlando. Yo estoy contra esto. Contra esos generales, pero no puedo hacer nada. Soy casado, ¿sabe? Tengo familia. Y si alguien. . . ¡Imagínese! Lo que pasa es que el teniente aquí es un fascista». Luego apareció el teniente. «Mire, señor Letelier. Usted me odia, ¿verdad? Sí. Me odia. Pero no se da cuenta de que soy un profesional y debo obedecer órdenes. Ellos me enseñaron cómo pelear contra los enemigos. Sé que no está bien hacer estas cosas con los chilenos, pero yo obedezco órdenes del capitán Zamora, el responsable». Más tarde se dejó caer el capitán Zamora. «Usted piensa que yo hago todo esto por venganza, con un espíritu vengativo. No. Quiero que sepa que no tengo nada personal en contra suya y se equivoca al pensar mal de mí, porque, por encima de todo, soy un profesional y el mayor es quien me da las órdenes. Yo no hago ni la mitad de las cosas malas y negativas que él quisiera, pero, si no lo hago, ¿sabe qué pasaría? Yo mismo acabaría preso en una de estas celdas». Esto es lo que yo llamaba la verticalidad del terror".

La misma presión internacional que había obligado a Pinochet a cerrar el campo de Isla Dawson, aseguró un mejor trato a los importantes prisioneros de Ritoque. Después del 20 de julio de 1974, Letelier y los demás comenzaron a recibir visitas de sus familiares. Empezaron las lluvias invernales, pero en Ritoque tenían abrigo suficiente y protección contra las inclemencias del tiempo. Después de la Academia de la FACH y la Isla Dawson, Ritoque era una especie de veraneo para los prisioneros. Además de las visitas familiares semanales, tenían momentos de recreación, durante los que se les permitía conversar, jugar ajedrez, organizar actividades. A comienzos de septiembre, Isabel, en una de sus visitas, le contó a Orlando que Diego Arias, gobernador de Caracas, Venezuela, planeaba visitar Chile.

Diego Arias estimaba mucho a Orlando Letelier, quien era su íntimo amigo y padrino de su única hija. La situación de Letelier representaba la más importante obligación para Arias, uno de los políticos más poderosos de Venezuela. Voló a Santiago y, el 9 de septiembre de 1974, consiguió entrevistarse con Pinochet.

"He venido con una misión personal y humanitaria", comenzó diciendo Arias. "Por supuesto que cuento con la aprobación de mi gobierno, pero quiero que usted sepa que Orlando Letelier es el padrino de mi única hija. He sabido que usted piensa liberar algunos presos este mes y le pido, en nombre de la amistad, que incluya a Orlando Letelier entre ellos".

"Tiene razón", replicó Pinochet. "Estoy pensando liberar a algunos presos, pero Letelier no está en la lista". Diciendo esto, Pinochet se recargó en el respaldo de su asiento, con una expresión de suficiencia.

Arias intentó otro tipo de argumento: "Señor presidente, quiero recordarle que Letelier estuvo poco tiempo en Chile durante el gobierno de Allende, en comparación con muchos de los demás prisioneros".

Pinochet sentenció: "A menudo, quienes están poco tiempo hacen el daño mayor".

"¡Pero hay una campaña internacional desde todos los sectores políticos. ..!"

"Ya le he dicho que Letelier no está en la lista", contestó enfáticamente Pinochet, agregando: "He decidido que se vaya con usted mañana mismo".

Asombrado, Arias murmuró unas palabras de agradecimiento.

Pinochet continuó: "Pero va a necesitar un pasaporte". Marcó un número y habló con su ministro de Relaciones Exteriores. "Por favor, arregle los documentos necesarios para que Orlando Letelier deje mañana el país".

Tras la reunión con Arias, Pinochet dictó dos resoluciones: Una, la liberación de Letelier, en virtud de que el estado de sitio bajo el que fuera detenido, había terminado (nunca se presentaron cargos en su contra). Otra, su expulsión de Chile.

El 9 de septiembre, una vez más Letelier se encontró con que lo sacaban de su celda y lo llevaban a una base aérea. Allí pasó de un grupo de guardias a otro. Oyó a un chofer repetir una dirección y reconoció que se trataba de la Embajada de Venezuela. Lo registraron muchas veces más. Los guardias lo rodeaban. El oficial encargado le confesó que habían movilizado noventa hombres para su traslado. El oficial le dijo: "Cuando esté fuera, recuerde que el brazo de la DINA es largo. El general Pinochet no tolerará actividades contra su gobierno".

Más tarde ese día, un funcionario de la Embajada de Venezuela se dirigió al Ministerio de Relaciones Exteriores para recoger los documentos que había ordenado Pinochet, pero regresó con las manos vacías. Isabel Letelier esperaba en la embajada. A toda prisa, había empacado dos maletas para su esposo, pero ahora estaba nerviosa. Arias tenía la palabra de Pinochet, pero no habían entregado el también prometido pasaporte. Hacia la medianoche un vehículo militar se detuvo bruscamente ante las puertas de la embajada. Dos inexpresivos guardias sostenían de los brazos a Letelier, mientras otro los cubría con un arma automática y un cuarto tocaba el timbre. El ministro consejero de la embajada corrió hacia la puerta.

El que había tocado el timbre puso un recibo frente al diplomático venezolano, pasándole una pluma. En el recibo, se leía: "Yo, .....acepto la entrega de un hombre de 1.85 m de estatura; peso aproximado, 75 Kg; complexión delgada; cabello rojizo". El venezolano firmó el recibo, devolviéndoselo al soldado, quien hizo una seña a los guardias. Empujaron a Letelier hacia el venezolano como si se tratara de un paquete y, haciendo un saludo militar, marcharon hacia el vehículo.

Ya dentro, los Letelier se abrazaron. Orlando estaba con un ánimo especial. Bromeaba acerca de su "despacho" y se veía totalmente a gusto. Diego Arias y el embajador descorcharon una botella del más fino champaña para celebrar su liberación. Conversaron hasta después de la 1:00 a.m., y luego, Orlando e Isabel se retiraron a dormir.

El avión de Letelier con destino a Caracas salía a las 7:30 a.m. Se levantó después de dormir menos de una hora y empezó a revisar el contenido de las maletas que Isabel había preparado. "Tuvo un arranque de histeria", recordó ella más tarde. "¿Para qué me pusiste esta corbata de lunares? No puedo usarla con el traje de espigas. ¡Y jamás voy a usar esta ropa interior!" Tiró la ropa fuera de la maleta, diciendo: "Éste es el peor empaque que he visto en mi vida".

La furia que se había ido anidando en su interior, estalló en una pataleta. La inexpresable ira que había experimentado durante 364 días, la vomitó en el dormitorio de la embajada venezolana, mientras volvía a acomodar sus maletas. Los Letelier, terminada y olvidada la explosión, se dirigieron al aeropuerto en el automóvil del embajador.

Sólo cuando el avión se elevó, Isabel pudo respirar aliviada, temiendo hasta ese momento que Pinochet pudiera cambiar de opinión.

LETELIER, EL PRIMER preso importante liberado por la junta, habló cautelosamente a los periodistas que lo esperaban en Caracas. Isabel y sus hijos aún estaban en Chile y, a pesar de que le aseguraron que asumirían cualquier consecuencia que pudiera derivarse de la conferencia de prensa, se limitó a denunciar "las horribles condiciones que existen en los campos de concentración" y a confirmar la veracidad de las recientes publicaciones al respecto.

La liberación de la cárcel significó para Letelier la posibilidad de despertar, dormir, comprar y comer cuando y cuanto quisiera. Pero, más importante aún, la libertad -como lo descubrió- "significó de una manera muy profunda, el reconocimiento de la necesidad. Cuando leí a Marx, no entendí en lo personal qué significaba, pero al ser liberado y llegar a Caracas, sólo tenía conciencia de mis necesidades". Si el deber, la suerte o las preferencias personales había contribuido a forjar el camino de su vida antes de la prisión, su destino personal ya nunca más pudo estar divorciado de la imperiosa necesidad de trabajar contra la junta, de actuar sin vacilaciones en el terreno político.

Diego Arias trató de convencerlo para que tomara vacaciones y recuperara su peso y la salud, ofreciéndole un viaje por el Caribe. Pero rechazó la oferta, aceptándole en cambio la proposición para trabajar como consultor en el Ministerio de Vivienda, trabajo que le proporcionaba una oficina, secretaria, teléfono y acceso a gente importante. Desde esta oficina en Centro Bolívar, se puso en contacto con otros exiliados políticos, con Aniceto Rodríguez y otros viejos militantes del Partido Socialista con los que hizo peticiones, organizó y agitó en favor de los refugiados chilenos y de los presos políticos.

El Letelier que salió de Isla Dawson era otro hombre. Así lo manifestaron sus amigos en Venezuela. El impaciente, nervioso, hiperactivo funcionario del BID, de la diplomacia y de la política, se había debilitado. Su ritmo se hizo más lento y cauteloso, pero, a pesar de todo, seguía siendo más rápido y enérgico que muchos otros. Su rostro mostraba nuevas huellas del dolor y la edad, marcas de sufrimiento que él mismo había olvidado ya, pero que aún experimentaba por los demás presos y por los que habían muerto o desaparecido. Se sentía diferente en relación a los desposeídos y a los hambrientos de todo el mundo.

También se sentía solo. Isabel había mandado a José, el segundo de sus hijos para que le hiciera compañía en Caracas hasta que el resto de la familia pudiera viajar. Pero aun así su soledad lo llevó a una aventura sentimental. Caridad (6) era rica, hermosa y sofisticada.

"Ella empezó la relación. Para un hombre que ha experimentado carencias extremas, ¿pueden imaginar lo que es, de repente, tenerlo todo a su disposición? Ella fue una especie de «Lady Bountiful» y yo me sentía como un niño desvalido. Sabía mis obligaciones, pero la confianza que había tenido siempre al emprender cualquier tarea, las ventajas de la seguridad en uno mismo, me habían abandonado. Mientras, por las noches, me preguntaba quién era yo realmente. Esta mujer apareció y me dijo que era maravilloso". Escuchaba con atención cada una de sus palabras. Simpatizaba con la causa de Chile y ofreció su apoyo económico. Conquistó un hombre que, indiscutiblemente, era un radical, pero que, al mismo tiempo, era lo suficientemente educado como para acompañarla en sus reuniones sociales.

Letelier se sentía desgarrado. Sus amigos le aconsejaban disfrutar el momento, tomarlo con ligereza y aceptar lo que la vida le ofrecía; pero él sabía que Isabel y sus otros hijos llegarían pronto, así como estaba cierto de que debía cada gramo de sus energías creadoras a quienes habían vivido y sufrido con él en Dawson y en Ritoque. Ellos confiaban en él y no podía abandonar su solidaridad.

Isabel recuerda que, después de reunirse en Caracas toda la familia, en diciembre, "sentí algo, intuí algo. Me confesó haber tenido una aventura, pero aseguró que no había sido nada importante. Manifestó su esperanza de que lo comprendiera. Así se lo aseguré y luego, mirándolo fijamente, le dije: «Yo también espero que tú podrías comprender algo así en mi caso». Horrorizado, me gritó: ¡Jamás!"

Los Letelier disfrutaron de una segunda luna de miel en Caracas. "Se reía mucho y me contaba historias. Allá tuvimos momentos muy buenos. Al mismo tiempo, él trabajaba con empeño y teníamos contacto con los camaradas".

Saúl Landau, al poco tiempo de su llegada a Caracas, telefoneó a Orlando, ofreciéndole, a nombre de Marcus Raskin y Richard Barnet, una beca de trabajo en el Instituto de Estudios Políticos, en Washington. (7) A los pocos días, Letelier se comunicó con Landau, diciéndole que iría a Washington para discutir los detalles, pero que, en principio, estaba entusiasmado con el ofrecimiento.

EL IEP NOMBRÓ a Letelier becario asociado para desarrollar un estudio sobre las relaciones chileno-norteamericanas durante los años de la Unidad Popular. También aceptó organizar una conferencia de alto nivel sobre las relaciones estadounidenses-latinoamericanas. En su oficina del IEP y al comienzo de manera esporádica, desde los primeros meses en Washington Letelier se dedicó a ponerse en contacto con sus viejos amigos y al mismo tiempo organizó reuniones para conocer nueva gente. En el instituto, no hablaba acerca de su trabajo por Chile, pero no era un secreto el hecho de que se mantenía ocupado en él día y noche, que los exiliados chilenos tenían contacto con él; que hacía discursos por todos los Estados Unidos, Canadá y, ocasionalmente, México y Europa.

En febrero de 1975, los dirigentes en el exilio de los partidos de la Unidad Popular, se reunieron en la ciudad de México. El Consejo Mundial de la Paz había establecido un "Tribunal Internacional para juzgar los crímenes de la Junta Militar" y organizó un foro público en México. Sabiendo que la reunión significaría una oportunidad para que los líderes de la UP se reunieran y discutieran sus estrategias, a la vez que serviría como propaganda en contra de Pinochet, el gobierno mexicano dio la autorización para que se realizara el evento.

Por primera vez desde el golpe, la reunión juntó a las principales figuras de la coalición de la Unidad Popular, algunas de ellas recientemente liberadas de las prisiones de la junta. Mientras las sesiones públicas del Tribunal Internacional se concentraban en el problema de la violación de los derechos humanos en Chile, privadamente, los líderes de la UP se reunían a conversar acerca de los tres años de gobierno de Allende y a planificar la estrategia para la creación de un movimiento de resistencia.

AL REGRESAR DE México, Letelier se sentía optimista y comenzó a pensar que las actividades en el exilio podrían dar origen a algo más que la simple retórica. Al mismo tiempo, estaba inquieto por algo que lo había molestado siempre: el tipo de pensamiento político, que consideraba asociado a doctrinas de la vieja guardia; la costumbre de hablar en tono polémico y el comportamiento basado en anticuados moldes. Sus casi trece años de vida en Estados Unidos lo habían inclinado por un vigoroso pragmatismo. Quería acciones políticas contra la junta, incluso si era preciso para ello pasar por sobre la pureza ideológica. Para él, cada actividad conjunta que aislara a Pinochet y centrara la atención en su ilegitimidad, era un paso en favor de la restauración de un gobierno civil en Chile. Creía en la necesidad de la unidad, para comenzar; los argumentos ideológicos llegarían más tarde.

Se sentía cómodo con su posición secundaria dentro del Partido Socialista y la Unidad Popular. No tenía el "status" de viejo político de Carlos Altamirano o Clodomiro Almeyda y siempre había entendido que en la política del socialismo chileno, los años de servicio pesaban fuertemente en el acceso al liderazgo del Partido. Letelier no pretendía disputar puestos políticos a sus camaradas. No tenía ni la paciencia ni la resistencia para sostener interminables reuniones, ni menos en el ambiente de los exiliados políticos. A pesar del escepticismo de sus camaradas mayores, se sentía confiado en que lograría convencer a Estados Unidos para que tomara importantes y decisivas medidas contra Pinochet.

Puesto que pocos de ellos conocían la política norteamericana como la conocía Letelier, los dirigentes de la Unidad Popular lo designaron para representarlos en Washington y para que se encargara de las actividades de los exiliados en Estados Unidos. Dando curso a este mandato, Beatriz "Tati" Allende, Tesorera del Partido Socialista de Chile, autorizó que Letelier recibiera un sueldo de $1,000 dólares mensuales de los fondos del Partido, con lo que podría hacer frente a sus gastos y disponer de más espacio para organizarse. Uno de los asuntos en los que Letelier había puesto más empeño, la eliminación de las restricciones impuestas por Estados Unidos a la cuota de refugiados chilenos, casi alcanzó su éxito.

En junio de 1975, los senadores McGovern, Abourezk, Kennedy, Church y Humphrey enviaron una enmienda a través del Comité Judicial del Senado que permitía la entrada a Estados Unidos de cuatrocientos chilenos. Habían logrado persuadir al senador James Eastland, el reaccionario presidente del Comité Judicial, para que permitiera el paso de la enmienda. Letelier se sintió feliz, no sólo por razones humanitarias, sino porque mientras más activistas chilenos pudieran estar en territorio norteamericano, mejor podría organizarse la acción. Los dirigentes del Partido Socialista tomaron nota del aparentemente milagroso éxito de Letelier.

A COMIENZOS DE 1975, los Letelier se habían mudado a una amplia casa en el condado de Bethesda, a veinticinco minutos del Dupont Circle. Orlando podía ahora invitar a sus antiguos colegas del BID y a sus amigos diplomáticos.

Isabel Letelier tenía miles de anécdotas que contar acerca de la vida en Chile bajo el régimen de Pinochet. Si bien ella y Orlando tenían una causa común, Isabel nunca se desempeñó como "un poder detrás del trono", ni como "la esposa de Orlando Letelier". Tenía su propia vida. Pintaba, esculpía, organizaba actos culturales y constituía una de las dos mitades de la vida social y política de la familia. Tenía su propio estilo y sistemas de persuasión, los que políticos como los senadores McGovern y Abourezk (con sus respectivas esposas), llegaron a conocer bien.

Puesto que había vivido dentro del círculo de dolor y miedo experimentado por las esposas e hijos de los presos, a menudo lograba sensibilizar a los más reticentes personajes de Washington. Creó el Comité Chileno por los Derechos Humanos, dedicado a informar a los norteamericanos acerca de los problemas de Chile y las violaciones de los derechos humanos en el país.

A los cuarenta años, Isabel brillaba. Sus negros cabellos, ahora salpicados de canas, olían a perfumes. Era el centro visual y auditivo de las reuniones sociales. Además de sus atractivos físicos, transmitía una efervescencia telúrica, una generosidad de espíritu que se veía en su rostro, junto a las huellas que habían dejado los años y sus cuatro hijos, marcas que denotaban determinación y fibra.

No le interesaba competir con el liderazgo político tradicional entre los exiliados chilenos. Era la esposa ideal para un hombre en el que confluían el destino personal y las fuerzas de la historia, los que le habían impuesto su papel político, la adopción de la política como una vocación. De conformidad con su temperamento, aceptaba su condición de exiliada política. Aunque pocos se daban cuenta de su perspicacia política, que las circunstancias hicieron salir más tarde a la superficie, nadie dudaba del valor intelectual, la sensibilidad y la indiscutible determinación de Isabel Letelier. Frank Mankiewicz, después de una cena en compañía de los Letelier y McGovern, comentó: "¡Es una mujer extraordinaria! Ella y Orlando son chilenos poco comunes porque entienden la política norteamericana y, al mismo tiempo, la latinoamericana".

Pero mientras los Letelier trabajaban perfectamente como pareja social y política, su matrimonio no recuperó la fluida vitalidad anterior. Por una cosa u otra y con o sin la voluntad de Orlando, la relación con Caridad continuó. Lo que a fines de 1974 se le había presentado a Isabel como una aventura pasajera, hacia mediados de 1975 se convirtió en un problema "pegajoso" y sin solución. "Creo que esto se ha transformado en algo neurótico", comentó Orlando a un colega chileno.

A comienzos de 1976, Letelier agregó dos exiliados chilenos al personal del IEP: Waldo Fortín, socialista, abogado, ex intendente de Santiago y funcionario de la Corporación Chilena del Cobre durante el gobierno de Allende, y Juan Gabriel Valdés, hijo de Gabriel Valdés, democratacristiano del ala izquierda y alto funcionario de Naciones Unidas.

En la primavera de 1976, Letelier confesó a un cercano compañero que había decidido separarse de Isabel y alquilar un departamento. "Me he convertido en un loco. No puedo ayudarme. Estoy enamorado. Me siento despedazado internamente porque también amo a Isabel. Dios sabe que hemos enfrentado tantas cosas juntos y que ella es la persona más maravillosa en este mundo. Pero amo a Caridad".

Se mudó a un departamento en Avenida New Hampshire, cerca del IEP, compartiéndolo con Waldo Fortín. Pero no sabía cocinar, ni limpiar la casa, ni hacer las compras más elementales. "Sobrevivió a los campos de concentración, pero nunca aprendió a preparar un huevo revuelto", recuerda Isabel.

Pero Orlando fue aprendiendo. "Un día me invitó a desayunar a su departamento y preparó una tortilla con palta; todo estaba muy elegante y perfecto, aunque se demoró siglos. Así era él: un perfeccionista hasta en los detalles mínimos", cuenta Isabel.

Dos días después de haberse mudado, les instalaron teléfono. Cuando sonó, a la mañana siguiente, Letelier pensó que era Isabel la que llamaba. "Eres un hombre muerto", dijo una voz masculina y colgó. Waldo Fortín hizo el comentario siguiente: "Era extraño, ya que nadie sabía nuestra dirección y menos el número del teléfono, recién instalado. Esa fue la única vez que él me comentó algo acerca de la eficiencia de la DINA".

Fortín recuerda que "Orlando se despertaba alrededor de las seis de la mañana, aun cuando normalmente se acostaba tarde. Acostumbrábamos escuchar música de Mozart o Beethoven al despertar. Luego, nos dedicábamos a nuestra común adicción por los tangos. Orlando tenía una bella voz de barítono. Por lo general, no cocinábamos en el departamento. Alguien venía dos veces por semana a hacer la limpieza y Orlando llevaba su ropa a una lavandería. No le gustaba estar en el departamento; creo que se sentía triste por la ausencia de su familia. Por lo regular, trabajaba hasta tarde en las noches".

La separación no duró mucho tiempo. En julio, Isabel accedió a que regresara a Ogden Court. Había prometido terminar su relación con Caridad. "Una aventura amorosa no es algo que se pueda cortar con tijeras para darle un fin. Si uno tiene sentimientos y honor, no es posible", le manifestó a un amigo.


Notas:

1. Entre los prisioneros, estaban: Clodomiro Almeyda, ex ministro del Exterior; Sergio Bitar, ministro de Minería; Carlos Briones, ministro del Interior (el único ministro liberado antes del traslado de los presos a la Isla Dawson); Edgardo Enríquez, rector de la Universidad de Concepción y ex ministro de Educación; Fernando Flores, ministro de Minería; Arturo Girón, ministro de Salud; Aníbal Palma, ex ministro de Educación; Osvaldo Puccio, secretario privado de Salvador Allende, y su hijo Osvaldo, de dieciséis años; Aniceto Rodríguez, senador; José Tohá, ex ministro del Interior.

2. Los organismos de exiliados de la Unidad Popular citan incluso cifras mayores de muertos, detenidos y exiliados. Las cifras del texto se basan en entrevistas con personeros de las Fuerzas Armadas de Chile y con funcionarios de la embajada norteamericana, así como en datos proporcionados por la Organización Chilena por los Derechos Humanos y la Vicaría de la Solidaridad, organismo patrocinado por la Iglesia católica.

Véase también el estudio "Cinco años de gobierno militar en Chile (1973-1978)", manuscrito inédito de Bernarda Elgueta y otros autores. También existe información al respecto en los numerosos informes de Amnesty International y del grupo de la Comisión de los Derechos Humanos de la ONU dedicado al estudio del caso chileno ...

3. Se dijo que el Plan Z era una conspiración de Allende y sus aliados para provocar un golpe proizquierdista, un autogolpe. A los facciosos les sirvió como pretexto para dar su propio golpe. Pinochet y los demás conspiradores dijeron haber actuado como lo hicieron, entrando en acción con esa fuerza y brutalidad, como la única forma de salvar a Chile de la asonada militarista prosoviética. Nunca hubo evidencias de la existencia del Plan Z. Más tarde, los militares abandonaron el asunto, que fue ampliamente descrito en El Libro Blanco, publicación financiada por la CIA.

4. Junto con Tohá, fue trasladado al Hospital Militar de Santiago Osvaldo Puccio, ex secretario privado de Allende, quien sufrió un infarto cardiaco en la prisión. Permaneciendo en la habitación contigua en el mencionado hospital, fue casi testigo del asesinato de José Tohá. (N. del T.)

5. De acuerdo con el informe del Comité Church, el 9 de septiembre de 1970, en una reunión del personal de la compañía, en Nueva York, Harold Green, ejecutivo jefe de la ITT, dijo a John McCone, miembro de la ITT y ex director de la CIA, que estaba preparado para ofrecer un millón de dólares de la compañía "con el fin de ayudar a cualquier plan del gobierno encaminado a formar una coalición del Congreso chileno que detuviera a Allende". McCone comunicó el ofrecimiento al Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger y al director de la CIA Richard Helms, esa misma semana. Posteriormente, la CIA negó haber aceptado la oferta de la ITT, a raíz de la noticia que publicara el columnista Jack Anderson, informando acerca del asunto. Los documentos que prueban el hecho salieron a la luz pública en las audiencias del Comité Church, en 1975.

6. Ese no es su verdadero nombre.

7. El Instituto de Estudios Políticos fue fundado en Washington, D.C., en 1962, por los ex funcionarios de la administración Kennedy, Richard Barnet y Markus Raskin, con el propósito de hacer estudios críticos y ofrecer alternativas a la política exterior y militar de Estados Unidos. El instituto se convirtió en un centro de pensamiento radical y activista en pro de los derechos civiles. A mediados de la década de los sesenta, también había ganado fama por su labor en contra de la guerra de Vietnam. Por ese tiempo, había desarrollado un sistema de becas, contando con más de doce becarios que centraban su atención tanto en la política interna como en la exterior. En 1973, el IEP fundó el Instituto Transnacional, con oficinas en Washington y en Amsterdam, dedicado a la investigación de las causas y las posibles soluciones frente al desequilibrio entre países ricos y países pobres.


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