Asesinato en Washington

II

VICTORIA PIRRICA

EL 4 DE SEPTIEMBRE de 1970, en el barrio Providencia de Santiago, miles de paredes y ventanas lucían carteles con el nombre de Jorge Alessandri, candidato de la derecha que tenía el apoyo casi unánime de la clase media y los ricos de Chile. Los únicos pobres que vivían en Providencia, los sirvientes, no tenían oportunidades para desplegar emblemas, pero, al igual que más del 90 por ciento del electorado chileno, ellos también habían votado en las elecciones presidenciales. Cuando al anochecer los noticieros de la televisión dieron a conocer la victoria -por una estrecha mayoría- del candidato de la coalición izquierdista de la Unidad Popular, la mayor parte de los sirvientes estrechó sus manos en una demostración silenciosa de alegría. Sus patrones, escuchando las mismas noticias, arrancaron los carteles de Alessandri, apagaron las luces, bajaron las persianas, cerrando a piedra y lodo puertas y portones de sus casas.

El camino hacia el aeropuerto de Pudahuel, en Santiago, estaba atascado por los automóviles de los habitantes de Providencia y barrios similares, ansiosos de abandonar el país en el primer vuelo disponible. Una victoria de la Unidad Popular, pensaron, llevaría a una orgía de saqueos y robos y ellos, poseedores de la virtud y la riqueza de Chile, serían el blanco de la ira y el odio de las masas.

Adolescentes de acomodados barrios como Providencia, llegaron en sus autos hasta las calles principales, gritando que la votación había sido un fraude. Otros coreaban: "Chile sí, Cuba no". Algunos decían a los transeúntes que la elección no podía reconocerse y que los militares deberían dar un golpe, salvando así a la nación. Otros gritaban: "Hay que armarse, porque las hordas comunistas marcharán sobre Providencia".

Pero las "hordas" que habían votado por la Unidad Popular (UP), no tenían ninguna intención de saquear ni de robar. Celebraban en las calles su victoria, cantando y gritando consignas de la Unidad Popular, repetidas miles de veces: "El pueblo, unido, jamás será vencido"; la numerosa clase obrera brindaba con vino tinto. (1)

Su candidato, el doctor Salvador Allende Gossens, hizo su aparición en un balcón de la Plaza Bulnes para celebrar con la multitud una victoria que coronaba cuatro décadas de lucha de la clase obrera chilena por el ascenso al poder a través de las elecciones. Allende y los manifestantes estaban convencidos de su victoria; ahora el problema sería cómo conservar el poder.

Allende se había preparado para este momento casi toda su vida. En 1932 era sólo un joven estudiante de medicina cuando un coronel independiente, Marmaduke Grove, proclamó la primera república socialista (que fue derrocada por un golpe militar dos semanas más tarde); al año siguiente, Allende se reunió con un grupo de jóvenes, fundando el Partido Socialista. En 1938, la formación de un Frente Popular culminó en la elección para la presidencia del radical Pedro Aguirre Cerda, y Allende colaboró- en el gobierno como ministro de Salud. En 1946, el pueblo de Valparaíso, la segunda ciudad más importante de Chile, lo eligió senador del Congreso de Chile, cargo que ocupó durante veinticuatro años. Allende, quintaesencia del socialismo, consumado parlamentario, se convirtió en un líder en el que varios grupos y partidos de izquierda creerían. Pero fue mucho más que un eterno candidato presidencial, (2) de hecho, fue el médico izquierdista cuyo programa digno de confianza y de gran sobriedad, prometía llegar a una sociedad justa mediante procesos pacíficos y racionales. A los sesenta y dos años, el testarudo médico, gracias a su ingenio y a la coalición de la Unidad Popular que había representado en la elección de 1970, pensó que por fin sería capaz de convertir su sueño en realidad política: sus anhelos de cambio social.

El programa de la Unidad Popular prometía "acabar con el dominio imperialista, con los monopolios y con la oligarquía terrateniente y comenzar la construcción del socialismo en Chile". Para los trabajadores chilenos, socialismo significaba que podrían, a través de sus organizaciones y partidos, asumir el control de las minas e industrias y que los beneficios se canalizarían hacia las inversiones públicas y las prestaciones sociales, en lugar de ir a parar a los bolsillos de los ricos.

Allende no prometió la instauración inmediata de una economía socialista. Delineó un programa de seis años que llevaría gradualmente a cambios sociales y económicos, sentando las bases de una revolución legal del capitalismo al socialismo. No era iluso ni sentimental y tampoco se dejaba arrastrar fácilmente con declaraciones heroicas. Importantes sectores de la izquierda, incluyendo miembros de su propio partido, desdeñaban las políticas electoralistas o, en el mejor de los casos, las veían como una etapa en la conquista del poder del Estado; muchos de ellos se inspiraban en la Revolución Cubana. Allende discrepaba de ellos.

"No estamos en la Cuba de 1959", manifestó al corresponsal francés Serge La Faurie (Nouvelle Observateur, 14 de Dic. de 1970). "La derecha aquí no ha sido derrotada por un levantamiento popular, sólo ha sido vencida en las elecciones por un estrecho margen. Su poder está intacto. Aún posee sus industrias, bancos, tierras, así como aliados en el ejército". Allende se veía como un actor que desempeñaba su papel en el contexto de un amplio proceso histórico; como alguien que había viajado a lo largo de un camino electoral, habiendo ganado por ese camino. "Nuestra única oportunidad de triunfar -declaró- es desempeñando hasta el final el juego de la legalidad, utilizando todas las herramientas que nos ofrece la Constitución, y esas herramientas no son pocas".

En la casa de campo de los Letelier, en Shenandoah Valley, cerca de Washington, al escuchar las noticias a través de una transmisión de onda corta de Radio Praga, Isabel despertó a sus hijos a las tres de la mañana, gritando: "¡Ganó Allende!". Orlando se había quedado en Washington para seguir telefónicamente desde Chile los resultados. Temprano en la mañana, llegó a su casa tocando la bocina para anunciar la victoria, antes de que pudieran divisarlo desde la cabana. Abrazó a Isabel y comenzó a decirle: "He decidido renunciar a mi puesto en el BID ..." "¡ ... Y nos vamos a Chile!", continuó Isabel.

Sin embargo, en lo más profundo de sus pensamientos, Letelier no podía liberarse de la sensación obsesiva de que la celebración, aunque justificada, era prematura. Sabía que el conservador sistema económico de Chile no iba a aceptar pasivamente la victoria de sus enemigos. Estaba seguro de que empezarían a conspirar, a armarse, a hacer todo lo necesario a fin de conservar su poder. Lo sabía con tanta certeza como sabía qué hora era, en qué fecha estaban y en qué lugar: conocía íntimamente la clase alta chilena, puesto que era hijo suyo.

EN 1932, CASI AL mismo tiempo en que Allende y sus camaradas fundaban el Partido Socialista de Chile, nacía Orlando Letelier del Solar, en la apacible ciudad agraria de Temuco, a unos setecientos kilómetros al sur de Santiago. Esta zona de Chile cuenta con la mayor concentración de población indígena, conocida en el país como los mapuches, o araucanos para los antropólogos. Cuando nació su hijo, don Orlando Letelier, padre de Orlando, poseía una imprenta y publicaba un diario para los treinta mil habitantes de la ciudad. Inés del Solar, su madre, escribía poemas y era activista voluntaria en trabajo social. Originalmente, los Letelier procedían de Saint Malo, Francia, de una familia emigrada en la época napoleónica. Don Orlando era miembro del Partido Radical, (3) primer partido chileno de clase media, que condujo a las reformas sociales iniciadas en la década de los años treinta. Como Salvador Allende, él también pertenecía a la Orden de la Masonería chilena. En la familia Letelier, integrada por latifundistas y banqueros que se consideraban a sí mismos aristócratas, don Orlando era algo así como la "oveja negra". Además de manejar una imprenta y de militar en un partido progresista, era aficionado a las carreras de caballos y semanalmente asistía a las peleas de boxeo. Sus parientes de "sangre azul" lo consideraban "audaz e independiente". Don Orlando trataba de explicar a su hijo por qué los mapuches eran pobres y las razones de por qué era así la vida de los oprimidos. Y ese mensaje dio sus frutos.

"¡Corilonco, corilonco!", gritaban las mujeres mapuches cuando veían al niño colorín de tres años. La palabra quiere decir "fuego" en lengua araucana. El abundante pelo rojizo de Orlando Letelier comenzó a ralear con los años, pero lo hizo merecedor del apodo de "el Fanta", marca de fábrica de una bebida gaseosa de color anaranjado.

Cuando Orlando tenía tres años, sus padres se trasladaron a Santiago. Los chilenos pobres vivían también las consecuencias de la depresión mundial de los años treinta, y el padre de Orlando siguió explicando al muchacho las causas de la pobreza que se veía en la capital. Inscrito en una escuela de tipo Montessori, donde cursó su enseñanza primaria, Orlando se educó en un ambiente más liberal que sus primos y otros miembros de su clase. Para un muchacho en cuyo hogar se vivía bajo las normas del radicalismo, el paso lógico era ir de la escuela Montessori a un liceo público, pero, para sorpresa de sus padres, a los catorce años decidió ingresar a la Escuela Militar. Asegurando a su padre que su intención no era seguir la carrera militar, explicó que ésta le daría independencia personal y disciplina para enfrentar el mundo. Fue un alumno excelente y, para satisfacción de su padre, también un buen boxeador. Fue premiado con el grado de oficial de cadetes, honor reservado a estudiantes especiales. También organizó un grupo de teatro que representaba comedias musicales.

Hacia 1930, Chile vio nacer un pequeño movimiento nazi que sobrevivió después de la Segunda Guerra Mundial. Durante esa época, hubo cortos periodos de gobierno militar; pero Chile, incluidas las clases media y alta, firme y orgullosamente hizo siempre profesión de una vocación democrática, ganándose la reputación de "los ingleses de los Andes". El mismo Orlando, junto con aprender el abecedario, había internalizado su devoción por la democracia.

En 1946, cuando Gabriel González Videla llegó a la presidencia, en lo que constituía la tercera victoria del Partido Radical, muchos chilenos, incluido el padre de Orlando, se alegraron, considerando que por fin las reformas completas, prometidas en cada campaña, se verían realizadas. Sin embargo, el "continuismo" Radical, como se le llamaba, dio un viraje hacia la derecha. Bajo la presión de Estados Unidos, González Videla puso fuera de la ley al Partido Comunista, quitándole el derecho a voto y prohibiendo su derecho a reunión. El gobierno envió a los dirigentes comunistas a un campo de concentración en Pisagua, ciudad costera del nórtico desierto de Atacama. Este fue el primer campo de concentración de Chile. Cerrado después de varios años de uso, sería reabierto veintiún años más tarde.

Los cadetes chilenos realizaban maniobras cada verano. En su cuarto año en la Escuela Militar, Orlando bebió agua en un arroyo supuestamente virgen de la montaña, contrayendo una fuerte amibiasis que le provocó una prolongada disentería. El tratamiento médico le produjo perforaciones intestinales que lo tuvieron por mucho tiempo postrado a causa de úlceras sangrantes. Sintiéndose incapaz de soportar el esfuerzo físico que se requería, debió retirarse de la Escuela Militar.

Ingresó a la Escuela de Leyes de la universidad y durante el primer año de estudios conoció a Isabel Margarita Morel, cuyos antepasados habían emigrado de Saint Malo en 1832, el mismo año que los Letelier. También perteneciente a una familia de "sangre azul", Isabel se convirtió en la novia de Orlando. En 1952, primer año del gobierno de Carlos Ibáñez, general retirado, Orlando regaló a Isabel una "ilusión", equivalente a una alianza de compromiso matrimonial.

Isabel estudiaba literatura española, en tanto que Orlando era alumno de leyes y economía, y aprendiz de abogado en una oficina jurídica. Ambos formaban parte de un círculo artístico de estudiantes y, siendo ésta la época de la locura existencialista en todos los medios estudiantiles del mundo occidental, decidieron organizar una "fiesta Sartre-Camus", con el propósito de recolectar fondos para su círculo.

Aunque más indirectamente que Isabel, Orlando también participaba en la actividad estudiantil. En esa época se había integrado a la rama juvenil del derechista Partido Liberal, como protesta contra la corrupción Radical. El Partido Liberal, que más tarde constituiría una alianza con el Partido Conservador, estaba formado por propietarios urbanos de la clase alta y representaba el "capitalismo ilustrado" del liberalismo inglés del siglo XIX, que enfatizaba la ley natural y el libre mercado. Letelier tenía ambiciones de tipo político y se presentó como candidato al consejo estudiantil de la universidad en calidad de independiente.

Una de las consignas de la campaña decía: "Las promesas sobran, faltan las realidades. Orlando Letelier del Solar ha demostrado su capacidad. Vota por él". Muy pronto, sin embargo, consideró al Partido Liberal incompatible con sus ideales, y también sus compañeros liberales estimaron que se había salido de sus principios al votar por un candidato estudiantil de izquierda.

Sus amigos eran artistas e izquierdistas; entre ellos estaba José Tohá, que más tarde sería su colega en el gabinete ministerial, y Jorge Dager, exiliado venezolano. Ambos influyeron en el cambio ideológico de Orlando desde el radicalismo anticuado hasta el socialismo al estilo de Salvador Allende, pasando por una breve transición liberal. Isabel, que se consideraba una "cristiana de izquierda", desconcertaba a Orlando, que veía contradictorios los conceptos de "izquierda" y "cristianismo".

Muchos de sus conocimientos políticos los fueron adquiriendo en sus relaciones con los desterrados venezolanos durante la dictadura de Pérez Jiménez. "También nos enseñaron lo triste que es el exilio", recordó Isabel.

En 1962, las úlceras de Orlando nuevamente se agravaron, obligándolo a guardar cama durante cuatro meses.

Isabel se graduó en 1953. Orlando terminó su último año universitario fuertemente ligado a los radicales, los marxistas de varias tendencias y los artistas más innovadores. Isabel con una amiga organizaron un teatro de marionetas para niños y, cuando tenía tiempo, Orlando desempeñaba papeles de héroes y locos con su voz de barítono; también cantaba y tocaba la guitarra. Los domingos, el conjunto hacía presentaciones en fiestas de cumpleaños y otras celebraciones, trasladándose en la pequeña camioneta de Orlando.

En 1954, Orlando se graduó en leyes y economía. Comenzó a trabajar en el Departamento del Cobre, investigando los aspectos de la explotación, ventas, mercados y embarque del cobre, metal que constituye la riqueza básica de Chile, fuente de sus ganancias por concepto de comercio exterior.

Se casaron en 1955. Orlando estaba tan obsesionado con el asunto del cobre, que era capaz de recitar de memoria las caídas y alzas de su precio en el mercado en el lapso de una década. Isabel perdió su primer hijo. En 1957, cuando ya sus úlceras aparentemente habían sanado, se enfermó de fiebre tifoidea, justo cuando estaba por nacer Cristian, el mayor de sus hijos. Para llegar hasta la clínica, Isabel debió solicitar un salvoconducto ya que el país tenía estado de emergencia a consecuencia de desórdenes estudiantiles. Deseando estar junto a Isabel, Orlando llegó a la clínica, pálido a causa de la enfermedad; intentó esbozar una sonrisa y cayó al suelo, inconsciente.

Orlando e Isabel comenzaron a trabajar con un grupo constituido en su mayor parte por estudiantes universitarios en la campaña presidencial de 1958 de Salvador Allende Gossens.

Durante la campaña, Orlando debió viajar por primera vez a Europa en una misión del Departamento del Cobre, con el fin de estudiar los mercados del metal en París y Londres. Durante su viaje, escribía con frecuencia a Isabel; uno de los temas constantes de estas cartas era su amor por Chile y su fuerte sentido de pertenencia al país. Regresó al cabo de dos meses. En septiembre de 1958 se realizaron las elecciones y en ellas triunfó el candidato conservador Jorge Alessandri.

Inmediatamente después de las elecciones chilenas, cayó la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela y un gobierno democrático remplazó varias décadas de tiranía. Los amigos exiliados de Orlando e Isabel regresaron a su país, muchos de ellos a ocupar puestos en el nuevo gobierno. Considerando que la derrota electoral de Allende se traduciría en una persecución contra Orlando, ya que él y unos pocos más en el Departamento del Cobre se habían declarado socialistas, participando activamente en la campaña de Allende, lo invitaron a vivir y trabajar en Venezuela. A esta invitación, Orlando respondió: "Soy un profesional y no un político. Nada puede pasarme". Y continuó trabajando en el Departamento del Cobre.

En agosto de 1959, murió el padre de Isabel, cercano y antiguo amigo del recién elegido presidente Jorge Alessandri. Dos semanas más tarde, un viernes, Orlando Letelier encontró un sobre en su escritorio cuyo contenido era el siguiente: "No se presente a trabajar el próximo lunes. Sus servicios en las oficinas del cobre han terminado oficialmente". Una vez que el padre de Isabel había muerto, Alessandri ya no tenía compromiso alguno con Orlando.

En la administración del Departamento del Cobre nadie dirigió la palabra a Orlando. Los acontecimientos eran muy desconcertantes para él. Su futuro estaba cimentado en el cobre y el trabajo lo absorbía apasionadamente. Al mismo tiempo, su familia aumentaba. Pancho, el tercero de sus hijos, tenía sólo tres días de nacido cuando Orlando recibió la noticia de su despido. También otros funcionarios que habían trabajado en la campaña de Allende fueron notificados del cese de sus funciones. Las relaciones que Orlando tenía entre la clase alta le manifestaron que había recibido lo que merecía. Al respecto, Orlando recordó más tarde que un alto funcionario del gobierno de Alessandri le dijo: "Tu castigo es un ejemplo por haber traicionado a tu clase".

Los antiguos amigos se convirtieron en enemigos a la distancia; no visitaron a Isabel en la clínica cuando dio a luz. Allende, derrotado en su primer intento presidencial, fue a visitarla. Juntos recordaron cómo ella había tropezado y caído cuando estaba casi al final del embarazo, ocasión en la que él le había ayudado a incorporarse, ofreciéndole apadrinar al niño.

Más tarde, Allende denunció públicamente al Ministro de Minería por haber despedido a Orlando. En Última Hora, el periódico que editaba, José Tohá escribió un editorial condenando esta persecución.

A raíz de estos hechos, Orlando comenzó a pensar en las ofertas de trabajo en Venezuela. Un viejo amigo de la familia le aconsejó: "Mira, Orlando, no encontrarás trabajo ni en el Departamento del Cobre, ni en ningún otro ministerio del gobierno, desde el norte hasta el polo sur de Chile. Siendo un hombre con tanto talento, es una lástima que hayas actuado así, pero deberías irte a Venezuela porque de todos modos, allá podrás desarrollarte".

En septiembre de 1959, los Letelier partieron a Venezuela. En cierta forma, esta partida fue un alivio: "Personas que habían sido nuestros mejores amigos, que trabajaron con Orlando en el Departamento del Cobre, jóvenes matrimonios, gente con la que habíamos compartido embarazos y nacimientos, con la que habíamos festejado y disfrutado, ahora cruzaban del otro lado de la calle cuando nos divisaban -recordó Isabel-. En una de las fiestas de despedida que nos hicieron, un invitado dijo a Orlando que él tenía la culpa de haber sido despedido del trabajo, nadie más que él".

En Caracas, Orlando trabajaba con un grupo de inversionistas privados haciendo estudios de mercado, cuando Felipe Herrera, antiguo profesor de la Escuela de Leyes, fue elegido presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y le pidió ir a trabajar con él a Washington, D.C. Al mismo tiempo, Letelier recibió otro atractivo ofrecimiento. El 1º de mayo de 1961, estaban con Isabel junto a Salvador Allende en La Habana, Cuba. Invitado a las celebraciones del 1º de Mayo, Allende les había pedido que lo acompañaran.

Jaime Barrios, economista a quien Orlando conocía bien desde los días de la universidad, trabajaba en ese momento para el gobierno cubano, lo mismo que muchos otros técnicos y expertos latinoamericanos, quienes no encontraban el reconocimiento que merecían en sus propios países. Una noche, ya tarde, Barrios llevó a los Letelier al Banco Central de Cuba. A la entrada del edificio, un guardia miliciano, bajando la metralleta checa, guió a Barrios y sus acompañantes. En el interior, los Letelier se encontraron con un hombre de baja estatura e hirsuta barba que, sosteniendo un trozo de tiza, explicaba números y ecuaciones en un pizarrón a otra persona. El personaje de baja estatura detuvo su lección después de algunos minutos y Barrios presentó a los Letelier al mayor Ernesto "Che" Guevara, presidente del Banco Central de Cuba.

Durante gran parte de esa noche, Orlando conversó con "Che" Guevara, quien le ofreció un puesto en el Banco Central. Letelier trabajaría con Jaime Barrios, Juan Noyola y un grupo de distinguidos latinoamericanos, ayudando así a Cuba en la solución de Su carencia de expertos. Durante los cinco días siguientes, Orlando e Isabel se dedicaron a observar y escuchar atentamente, dándose cuenta de que Fidel muy pronto proclamaría la revolución socialista y vendrían tiempos difíciles. Vieron la posibilidad de que ella enseñara en Cuba y él trabajara con sus viejos amigos.

Dejaron la isla tentados con la oferta; sin embargo, la proposición de Felipe Herrera era aún más tentadora. "La Revolución Cubana es un hecho y se sostendrá con o sin mí. En cambio, lo que me ofrece Felipe Herrera es una oportunidad para implementar la integración latinoamericana", expresó a Isabel. Una vez obsesionado con hacer del cobre la base de la economía chilena, veía ahora en el proyecto del BID de Herrera una base para la integración económica, para un mercado común latinoamericano que terminaría con la pobreza, con el analfabetismo y la miseria en todo el continente. Así, escogieron Washington en lugar de La Habana.

Al día siguiente de su llegada a Washington, Orlando dejó a Isabel y a los niños en el Hotel Presidencial y fue a informarse de su trabajo específico en el banco. Isabel buscó casa, médicos y escuela para los niños. A Letelier le tomó poco tiempo interiorizarse de su nuevo puesto. Con un equipo de economistas y estadígrafos, se dedicó a recopilar los primeros datos estadísticos serios de Latinoamérica, prerrequisito para un plan comprensivo de desarrollo. Las estadísticas o bien no existían, o no eran dignas de fe. No había datos sobre el producto nacional bruto y las estadísticas poblacionales, de empleo, salud y educación no tenían sentido. Los métodos de recopilación de datos diferían entre un país y otro, e incluso en el interior de algunos países. a menudo por razones que servían a intereses políticos.

Isabel rentó una casa en la zona noroeste de Washington, lo suficientemente grande para la creciente familia. Muy pronto integraron la comunidad de las organizaciones internacionales en Washington, cuyos miembros gozaban de ciertos privilegios sin formar parte del cuerpo diplomático. En casa, hablaban español, hacían vida social con amigos de habla hispana y en el Banco Interamericano de Desarrollo, el español era la lengua oficial. A veces, cuando debían cenar con personas que no hablaban español, Orlando se lamentaba: "¡Qué lata! Esta noche tenemos que cenar en inglés". Su acento siempre fue algo basto, aun cuando dominaba las sutilezas de los anglicismos. El esfuerzo físico que le significaba hablar inglés se le reflejaba en los músculos del cuello y la posición forzada de la mandíbula en la articulación de las consonantes anglosajonas.

Isabel contribuía al ingreso familiar dando clases de español en el Instituto del Servicio Exterior del Departamento de Estado, pero no siempre era esta una experiencia agradable. "Los hablantes nativos de español debían repetir ciertas oraciones básicas y los lingüistas las explicaban en inglés ... Y yo era una nativa ..." Entre sus estudiantes, recordaba a Nathaniel Davis, quien fuera embajador norteamericano en Chile antes, durante y después del golpe. También enseñaba a los agentes del FBI y a funcionarios de la Casa Blanca.

Letelier se transformó en un miembro del "jet-set" laboral. Parte de su trabajo en el banco consistía en viajar a cada uno de los países latinoamericanos, a fin de convencer, discutir, seducir y persuadir a las autoridades locales para que aceptaran un sistema unificado de recolección de datos estadísticos; tratando de impresionarlos con la seriedad de la misión del BID; recordándoles a Bolívar y su historia y, finalmente, contratando técnicos y burócratas para incorporarlos al trabajo de la institución.

Compraron una casa en Bethesda, Maryland, en 1961. Nació su cuarto hijo, Juan Pablo. Isabel conservaba su dinamismo y su figura. Pero hacia 1963, a pesar de los dos ingresos familiares, vieron que, igual que otras parejas jóvenes con hijos, iban endeudándose más cada día. Vendieron la casa de Bethesda, volviendo a ser arrendatarios.

"Teníamos una casa enorme, casi vacía, y en las noches comíamos papas". A Orlando no le preocupaba. Al terminar 1963, estaba cada vez más involucrado en la campaña presidencial chilena que culminaría en 1964. Una vez más, su guía y amigo, Salvador Allende, representaría a la izquierda unida. Letelier comenzó a recolectar dinero y a hacer todos sus esfuerzos por entusiasmar a los funcionarios del banco. Hizo algunos viajes extra a Chile. Trató de organizarle a Allende un viaje a Estados Unidos para que consiguiera el apoyo de los liberales, explicara su vía moderada hacia el socialismo y pudiera conocer de cerca la política norteamericana. Pero el temor y la desconfianza en los Estados Unidos, que tenían su origen en las amargas experiencias y en la falta de conocimiento, contribuyeron a que los líderes del Partido Socialista negaran su consentimiento a la proposición de Letelier, de manera que Allende no visitó Washington. La derecha chilena, para asegurarse la derrota de Allende, tácticamente no presentó candidato, de manera que el democratacristiano Eduardo Frei Montalva triunfó con los votos sumados de la derecha y el centro, que representó el 55 por ciento de la votación total. Allende, con un 38.9 por ciento de los votos, fue derrotado.

Letelier y sus amigos más cercanos decidieron que debían permanecer en Washington, ya que Chile aún no ofrecía posibilidades para el desarrollo de sus aptitudes y conocimientos. A causa de sus ideales socialistas, Letelier seguiría siendo combatido en el interior del país. Por otra parte, los latinoamericanos residentes en Washington (y entre ellos los Letelier), aún no habían perdido las grandes esperanzas puestas en el presidente Kennedy, sintiendo que se abría una nueva era en las relaciones entre Latinoamérica y su "gran hermano del norte". Ni siquiera la invasión a Cuba de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, logró menoscabar su confianza en las buenas intenciones hacia Latinoamérica por parte de Kennedy.

"Debe haber estado mal informado por sus agentes de inteligencia", comentó a este respecto Orlando a Isabel. Más tarde, ella recordaba: "En esa época, todos estábamos enamorados de Kennedy. La Alianza para el Progreso alimentó en Orlando y en Felipe Herrera un gran optimismo y la fe en que Estados Unidos cambiaría sus métodos, su política, y comprendería las verdaderas necesidades de América Latina".

Pero tras el asesinato de Kennedy, el gobierno norteamericano regresó a su papel tradicional. Un golpe militar en el que más tarde se probó la participación de la CIA y del Pentágono, derrocó al progresista presidente de Brasil Joao Goulart, en 1964. El presidente Lyndon Johnson, en 1965, envió "marines" a la República Dominicana con el fin de colocar en el gobierno un presidente que fuera del agrado de Estados Unidos. Argentina, Bolivia y Ecuador cayeron en gobiernos militares. En las postrimerías de la década de los años sesenta, el periodo de Kennedy y los ideales reformistas de la Alianza para el Progreso se desvanecieron, mientras crecía la guerra entre Estados Unidos y Vietnam, extendiéndose a todo el sudeste asiático.

Entre 1965 y la elección de Salvador Allende como presidente, en septiembre de 1970, los Letelier siguieron ajustándose a la vida de Washington. Compartían con parientes una cabaña veraniega en Shenandoah Valley, pero Isabel viajaba a Chile con los niños durante tres meses cada año. Les contrataba un profesor particular y personalmente supervisaba sus estudios de historia de Chile, cultura, español y literatura. Los cuatro niños asistían a colegios norteamericanos, hablaban el inglés sin acento extranjero y por su aspecto parecían niños estadounidenses. Pero ella se aseguró de que sus hijos se sintieran chilenos y aunque los afectaba perder las vacaciones de verano, el sacrificio valía la pena en relación a lo que se proponía.

Los viajes de Orlando a Chile, más frecuentes pero también más cortos, significaban siempre largas reuniones con Allende y otros dirigentes del Partido Socialista; a menudo se encerraban con Orlando durante varios días, planificando estrategias a seguir.

Con el transcurso de los años y el ascenso de Letelier en el BID, la mística original del banco y sus proyecciones perdieron interés para él. El subdesarrollo de Latinoamérica no se superaría en una década y, en el transcurso de su vida, tal vez nunca. Se concentró en proyectos que condujeran a un desarrollo real, en lugar de servir intereses estrechos. Posteriormente, abandonó todos los proyectos, convirtiéndose en el asistente de Herrera.

Isabel dejó el Departamento de Estado para dar clases de español en la Universidad de Georgetown; también enseñaba lectura terapéutica en el ghetto negro, haciendo circular peticiones para poner fin a la segregación en el condado de Bethesda. Pintaba y, algunas veces, acompañaba a Orlando en sus viajes de trabajo. Veía cómo su esposo había ganado el respeto y la admiración de sus colegas en todo el mundo, tanto de socialistas como de liberales y tecnócratas apolíticos. Hacia 1970, Orlando Letelier había conquistado renombre como economista, diplomático, solucionador de problemas y figura brillante.

LA CONCIENCIA DE Allende de los límites de su poder basado en el pluralismo, lo condujo a buscar una alianza con aquellos sectores políticos y militares que él sentía abiertos al diálogo. Mientras iniciaba sus conversaciones con los dirigentes democratacristianos y miembros clave de las fuerzas armadas, tendientes a asegurar su lealtad a la Constitución y, a la vez, obtener su colaboración, otros grupos se reunían en Washington, D.C.

Cuando las noticias con la elección de Allende llegaron hasta la Casa Blanca, "Nixon estaba fuera de sí", según lo declara en sus memorias el Consejero de Seguridad Nacional del Presidente, Henry Kissinger. Él mismo se reunió dos veces en los diez días siguientes al triunfo de Allende con el Comité de los Cuarenta que, en su desesperación, adoptó una política secreta con el propósito de ejercer una presión económica contra Chile. (4) El Comité de los Cuarenta encargó al Departamento de Estado ponerse en contacto con los inversionistas que tenían intereses en Chile con el objeto de ver si podían asumir actitudes de presión económica sobre Chile, en conformidad con las políticas del gobierno norteamericano. Kissinger aseguró que el director de la oficina de la CIA en Chile tenía más de doscientos cincuenta mil dólares para trabajar en elecciones especiales y otras maniobras contra Allende. Los oficiales de la CIA fueron autorizados para sobornar a los congresistas chilenos con el propósito de que votaran contra la confirmación de Allende en la presidencia.

La actitud de Nixon en relación a Allende era intransigente. No hacía distinciones entre él y Castro, entre distintos tipos de marxistas, entre socialistas y comunistas. En al fondo, veía una sola cosa, irónicamente, la misma que Allende consideraba crucial: quién controlaría las riquezas productivas de Chile.

Entre los ricos que emigraban de Chile, había un hombre que desesperadamente quería ver al presidente Nixon. El archiduque de la nobleza chilena sin títulos, don Agustín "Duney" Edwards, dirigía uno de los más grandes bancos de Chile y publicaba El Mercurio, principal periódico del país. Habló con su amigo Donald Kendall, director de la compañía Pepsi-Cola e íntimo amigo de Nixon. Kendall consiguió a Edwards una cita con el presidente.

El 15 de septiembre, Kendall acompañó a Edwards a la Casa Blanca. Éste había desayunado antes con el Consejero de la Seguridad Nacional, Kissinger, y con el Procurador General John Mitchell. Y ahora se entrevistaba personalmente con el presidente. Nixon estaba al tanto de la presión económica que Kissinger había organizado el 8 de septiembre con el Comité de los Cuarenta. Escuchando a Edwards, sus temores aumentaron. Según palabras de Kissinger, que estaba presente en la reunión, Nixon dijo a Richard Helms, director de la CIA, que "deseaba un esfuerzo mayor para determinar qué hacer con el propósito de impedir la llegada de Allende al poder. Si sólo existiera una posibilidad entre diez de deshacerse de Allende, había que intentarla; si Helms necesitaba diez millones de dólares, los aprobaría. / .../ Debían suspenderse los programas de ayuda; la economía /de Chile/ debía ser hostigada hasta que «reventaran»".

Helms fanfarroneaba con un miembro del Senado: "Si alguna vez saqué el «bastón del mariscal» fuera del Óvalo, fue ese día". Sus notas con las órdenes de Nixon, escuetamente redactadas en una hoja de papel, decían:

Tal vez una posibilidad entre diez, pero ¡salvemos Chile!
enormes gastos
implica riesgos incalculables
no involucrar a la embajada
Diez millones disponibles, más si es necesario
trabajo de tiempo completo, los mejores hombres que
tenemos
plan de acción
hacer estallar la economía
48 horas para el plan de acción (5)

En septiembre y a comienzos de octubre de 1970, desde el Comité de los Cuarenta se canalizaron fondos hacia importantes periódicos y revistas chilenos y hacia los bolsillos de miembros del ala derecha del Congreso, quienes debían confirmar en la Cámara el triunfo electoral de Allende. Por otras vías, la CIA completó con algunos oficiales de las fuerzas armadas de Chile.

Dos días antes de la votación en el Congreso Nacional, un grupo de personas sincronizó sus relojes, repartiéndose entre cuatro automóviles. Su misión: secuestrar al general Rene Schneider, comandante en jefe del Ejército de Chile. Schneider había declarado su lealtad incondicional a la Constitución, rechazando las proposiciones de varios oficiales para apoyar un golpe. Sin contar con la cabeza de su estructura altamente disciplinada, organizada por oficiales prusianos en el siglo XIX, el ejército no se movilizaría. La CIA había proporcionado armas y dinero a los grupos que planearon el secuestro de Schneider.

El 22 de octubre, el chofer del general Schneider tomó el camino acostumbrado desde la casa del general hasta su oficina. Los secuestradores ya habían hecho dos intentos previos y, esta vez, habían prometido no fallar. Uno de los coches bloqueó el automóvil del general por delante, el otro, por detrás y los individuos corrieron hacia Schneider, pistola en mano. Tanto el general como su guardia personal sacaron sus armas. Los raptores abrieron fuego y Schneider cayó mortalmente herido.

En lugar de provocar un golpe o de envalentonar al Congreso para que negara a Allende su voto a la presidencia, el asesinato de Schneider produjo una reacción contraria. En demostración de apoyo, el Congreso dio a Allende 135 de los 170 votos totales y así, el 4 de noviembre de 1970, se convirtió en presidente de Chile.

Orlando e Isabel regresaron al país y comenzaron las conversaciones con los compañeros del partido y del gobierno, las que a menudo se prolongaban hasta la madrugada. Fueron testigos de la liberación de los presos políticos de izquierda, del restablecimiento de relaciones con Cuba, de la tan esperada nacionalización de las minas de cobre. (6)

Allende intentó organizar sus fuerzas en dos frentes: internamente, formando un gabinete que no asustara a la Democracia Cristiana y que, al mismo tiempo, no apareciera como un debilitamiento de lo prometido en la campaña. También tenía que establecer estrechos contactos con las fuerzas armadas y mantenerse alerta a las señales que pudieran indicar un golpe. En el frente externo, necesitaba en Washington, más que en ninguna otra parte, un representante leal y digno de confianza, capaz de analizar las situaciones y de inspirar respeto en los círculos diplomáticos y económicos, capacitado para servir de puente con los norteamericanos sin provocar sospechas al interior de los partidos de izquierda chilenos. En diciembre de 1970, Allende comunicó a Letelier: "Orlando, te necesito en Washington". Le habló acerca de los efectos ya entonces evidentes de la presión económica, de sus sospechas acerca del papel que jugaban ciertas compañías norteamericanas, de la CIA. Letelier aceptó el cargo. Había oído y sospechado lo mismo. Ambos estuvieron de acuerdo en que la violencia persistente era alentada desde el exterior, pero ninguno sabía que Kissinger había pedido al Comité de los Cuarenta 38,000 dólares para apoyar solapadamente al grupo neofascista Patria y Libertad, el más importante de los grupos terroristas. (7)

En febrero de 1971, los Letelier regresaron a Washington, instalándose esta vez en la residencia de la embajada, cerca de Sheridan Circle, en la Avenida Massachusetts. El 2 de marzo, una "limousine" del Departamento de Estado condujo a Orlando a la Casa Blanca, donde lo recibió el presidente Nixon. Se estrecharon las manos. "Encantado de conocerlo, señor embajador". Letelier entregó a Nixon la carta formal de Salvador Allende que lo acreditaba como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante los Estados Unidos de Norteamérica. Nixon leyó un discurso formal del que Letelier, particularmente, recordaba una parte: "Estoy seguro que estará de acuerdo, señor embajador, en que ningún país puede, en buena conciencia, ignorar los derechos de los demás o las normas internacionales de comportamiento, esenciales para la paz y las mutuas relaciones fructíferas. Por nuestra parte, este gobierno y este país abogan por el mutuo respeto a la independencia, diferencias, derechos y deberes internacionales".

Cuando Letelier abandonó la Casa Blanca, la banda tocaba una marcha militar y la bandera chilena flameaba entre "las barras y las estrellas". Comenzó a sentirse incómodo. La hostilidad oficial del gobierno norteamericano hacia el nuevo gobierno de Chile había sido manifestada por Henry Kissinger en una comunicación de prensa ampliamente difundida, el 15 de septiembre. (8) Y ahora, Nixon se había mostrado demasiado amistoso. Intrigado, Orlando conversaba con Isabel, preguntándose por qué Nixon se había referido al respeto por la independencia. Consultó la copia del discurso que le había dado el funcionario de la Casa Blanca: "Respeto mutuo ..."

Durante los años en el Banco Interamericano de Desarrollo, Letelier había trabajado durante larguísimas jornadas; como embajador, trabajaba día y noche. Se levantaba antes de las siete y revisaba la agenda del día. A las siete y media, la familia desayunaba en el salón del segundo piso. Alrededor de las nueve, llegaba a la oficina de la Embajada de Chile, situada a un kilómetro de distancia. (9) Entre nueve y diez recibía los informes de su personal, preparándose para las visitas protocolares de rutina a otras embajadas. Durante esas horas, Isabel salía de compras con el chofer. El gobierno de la Unidad Popular había recortado el presupuesto de sus embajadas, al mismo tiempo que exigido a sus embajadores el establecimiento de buenas relaciones para el nuevo gobierno. Así, Isabel cuidaba el presupuesto, supervisando personalmente los gastos. La pareja había logrado un equilibrio. Orlando se concentraba en la política y la economía, mientras Isabel atendía los aspectos culturales. Durante la primera época, una invitación a comer en la Embajada de Chile, que casi siempre incluía personeros de la prensa, del cuerpo diplomático o del Departamento de Estado, más que la pesada obligación de tener que sufrir la propaganda marxista-leninista, como podría haber sugerido la prensa de derecha y los círculos gubernamentales, era un auténtico placer.

Por la tarde, Letelier debía regresar a la oficina para revisar el contenido de la diaria valija diplomática que incluía periódicos chilenos. Se dio cuenta del creciente tono antiallendista de El Mercurio, periódico de "Duney" Edwards. Durante todo el día llegaban cables con consultas acerca de la compra de algodón, los créditos, los embarques de petróleo, las fluctuaciones en el precio del cobre, etc., asuntos que requerían de rápidas respuestas. Con su reducido equipo político, ocupaba las tardes en la realización de pormenorizadas discusiones de análisis, en las cuales la política de los bancos internacionales y privados del gobierno norteamericano era el tema dominante. Además de todo lo anterior, Letelier supervisaba los asuntos consulares.

Mientras tanto, Isabel tomaba el té con estudiantes, grupos de mujeres y representantes religiosos, a los que invitaba para informar acerca del nuevo Chile, del programa nacional de distribución de leche a los niños desnutridos, de la construcción de policlínicas y escuelas en las zonas de bajos ingresos, y del reclutamiento de profesores, enfermeras y médicos voluntarios, programas que Allende había descrito elocuentemente a un entrevistador. "Soy médico. Hoy en Chile hay seiscientos mil niños mentalmente retrasados por no haber sido alimentados adecuadamente durante los ocho primeros meses de vida, por no haber recibido las proteínas necesarias. Por eso implementamos el plan del medio litro de leche diario. . . La solución real, sin embargo, está en el cambio en las condiciones de vida de sus padres, en la reestructuración de las condiciones de vida familiares".

El 22 de marzo de 1971, Henry Kissinger obtuvo 185 mil dólares del Comité de los Cuarenta para que fueran canalizados hacia los fondos de la Democracia Cristiana, en preparación de las elecciones municipales de abril. Ese mismo día, se reunió con Letelier en el edificio de la Oficina Ejecutiva. Al día siguiente, en su memorándum al Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Letelier extractó los puntos clave de esta conversación que duró cincuenta minutos, escribiendo: "Le expresé al señor Kissinger que el gobierno chileno estaba tomando una serie de medidas de acuerdo al programa de la UP y consecuentes con el establecimiento de un sistema socialista. Kissinger subrayó especialmente que su gobierno no deseaba por ningún motivo interferir en las acciones que el gobierno chileno adoptara internamente. Los Estados Unidos tenían suficientes enemigos en el extranjero -dijo- y no deseaba actuar de manera que Chile se convirtiera en un nuevo enemigo".

Letelier había sonreído al escuchar la declaración de bienvenida de Kissinger. El regordete Consejero de la Seguridad Nacional, con las manos cruzadas sobre la mesa, había recordado a Letelier la actitud de un escolar. "Le mencioné las declaraciones de prensa que hacían alusión a un documento secreto de la Casa Blanca, cuyo propósito era organizar una acción coordinada contra Chile en el seno de la comunidad interamericana". Letelier cablegrafió la respuesta de Kissinger entrecomillada: "Absolutamente absurdo y sin fundamento alguno". El cable continuaba enumerando los comentarios que había hecho Kissinger: "Como politólogo, consideraba «fascinante» el caso de Chile y la forma en que el presidente Allende estaba conduciendo el proceso, «digno de gran admiración»".

Kissinger, observó Letelier, "demostró gran interés por saber acerca de las próximas elecciones, preguntando en especial sobre el porcentaje de votos que nosotros esperábamos para los partidos ganadores, y en particular para los partidos de la Unidad Popular. También preguntó acerca de la forma en que habíamos determinado las tres áreas de la propiedad: estatal, privada y mixta, acerca de lo cual le di explicaciones más o menos detalladas".

Letelier había abandonado la oficina de Kissinger sintiéndose satisfecho. No sabía que éste, junto con el Comité de los Cuarenta, desde el triunfo de Allende, había aprobado un millón y medio de dólares para los grupos de oposición y los medios informativos chilenos. La radiodifusión y los medios de comunicación impresos pronto se saturaron de propaganda anti-allendista y anti-Unidad Popular; los democristianos y el derechista Partido Nacional bombardearon a los electores chilenos con campañas propagandísticas. El 4 de abril de 1971, en la elección de 280 miembros para los municipios, los partidos de la Unidad Popular obtuvieron el 49.7 por ciento de la votación, lo que significó un aumento de casi 14 por ciento en relación a las elecciones presidenciales de septiembre. Las reformas realizadas habían atraído a los sectores de la clase trabajadora y de la temerosa clase media que generalmente en el pasado había votado por la Democracia Cristiana.

El 21 de diciembre de 1970, el presidente Allende propuso una reforma constitucional para nacionalizar el cobre. Había tratado de explicar, no sólo a los chilenos, quienes lo entendían, sino a Estados Unidos y a los dirigentes internacionales, lo precaria de la situación económica de Chile a causa de los propietarios e inversionistas extranjeros. En los últimos sesenta años, como manifestó Allende a Saúl Landau en una entrevista filmada en febrero de 1971, los inversionistas extranjeros habían sacado de Chile unos diez mil millones de dólares. "Esto equivale a que el total del capital acumulado en Chile durante los últimos cuatrocientos años ha traspasado las fronteras. En esto basamos nuestro derecho a la nacionalización de nuestros recursos".

Allende había declarado que Chile pagaría indemnizaciones, pero los procedimientos para ello, así como el monto del pago, lo dejó sujeto a negociaciones. Letelier se encargó de la mayor parte del difícil regateo, ya que en su mayoría, los inversionistas extranjeros afectados por la nacionalización eran compañías norteamericanas. El 28 de junio de 1971, Letelier envió un cable en el que reseñaba una conversación sostenida con Gordon Murphy, Presidente de la Compañía Cerro Andino, importante inversionista minero. Casi todo el texto cablegráfico se relacionaba con los complejos detalles técnicos discutidos entre los negociadores de Allende y los abogados de las compañías norteamericanas. Tras resumir los puntos resaltados por Murphy, Letelier concluyó que "los ejecutivos de Cerro parecían más interesados en firmar el contrato para las gestiones ya negociadas, que en ayudar a incrementar la producción". Las discusiones con la ITT, la Anaconda y la Kennecott fueron menos exitosas desde el comienzo y siguieron siéndolo, e incluso empeoraron en el transcurso de los meses siguientes.

Letelier, lo mismo que los ejecutivos norteamericanos, comprendió que este problema central había colocado a Estados Unidos y Chile en una posición antagónica que involucraba a los propietarios y que había demasiados aspectos que hacían difícil la solución del conflicto sin un enfrentamiento. Sin embargo, Orlando Letelier era optimista, experimentaba un poético y romántico amor por el triunfo de la justicia.

En Chile, mientras tanto, en violento contraste con el diplomático diálogo que se llevaba a cabo entre los representantes oficiales de las respectivas embajadas (en Santiago y en Washington), la batalla entre la Unidad Popular y la oposición se realizaba en el lenguaje propio de la lucha de clases. El conflicto escondía más que una pura competencia ideológica. En el sur de Chile, grupos de campesinos empezaron a realizar tomas de tierras, reclamando su derecho inalienable a recuperar la propiedad que la burguesía les había arrebatado ilegalmente en el pasado. Los trabajadores tomaron las fábricas, declarando que quienes producían tenían derecho a poseer los medios de producción.

Cada toma de terrenos, cada ocupación de fábricas, socavaba la confianza en Allende y su empeño por proceder de acuerdo con las vías legales. Los democristianos y la derecha, que se habían mantenido lejos de un apoyo o participación en el naciente programa de reformas, se alzaron como una sola voz, exigiendo un endurecimiento por parte del gobierno. Algunos sectores del ejército amenazaban con tomar el asunto en sus manos. El ala derecha sacó dividendos en el clima político reinante, llevando a cabo una serie de atentados y otros actos de sabotaje. A menudo trataban de culpar a la izquierda de la violencia callejera.

En Washington, Letelier se sentía confundido por primera vez. Cumpliendo una orden urgente, había preparado una solicitud de garantía de préstamo, dirigida al Export-Import Bank, por la cantidad de 21 millones de dólares destinados a financiar la compra de tres aviones Boeing por parte de LAN-Chile. A comienzos de la primavera, había reunido los documentos necesarios, recibiendo como respuesta nuevas exigencias desacostumbradas por parte de los funcionarios del banco. Sus amigos de la comunidad bancaria confirmaron que el EXIMBANK estaba sometido a las presiones de la Casa Blanca y del Consejero de Seguridad Nacional, quienes pedían negar el financiamiento del préstamo.

En el mundo de la diplomacia y de la banca, los caballeros no dicen mentiras abiertamente. A lo largo de centurias, la evasión, las omisiones, las frases sutiles y cuidadosas han sido características de la diplomacia, incluso en periodos de relaciones poco amistosas. Nixon y Kissinger le habían manifestado explícitamente que no tomarían medidas directas, que no intervendrían, que deseaban relaciones pacíficas y amistosas; sin embargo, la presión económica era manifiesta en muchos campos. En la prensa cotidiana y en los círculos diplomáticos se corrían rumores acerca de una desestabilización económica y ahora, la actitud del EXIMBANK no permitía otra interpretación: la política de Estados Unidos difería drásticamente de lo manifestado por sus dirigentes máximos.

El 11 de julio y con el regocijo de la vasta mayoría de los chilenos, se realizó la nacionalización de las minas de cobre. Tal como se esperaba, la casi totalidad del Congreso, incluidos los representantes de la derecha, votaron en favor de la enmienda. Pero las negociaciones con los propietarios norteamericanos de las minas no iban bien. Incluso Cerro Andino, la menos complicada de todas las compañías, declaró que las proposiciones de los negociadores de la Unidad Popular eran injustas. Kennecott y Anaconda, los gigantes, habían exigido compensaciones que sobrepasaban en varios millones de dólares lo que la Unidad Popular consideraba justo.

El 28 de junio, Allende pidió cablegráficamente a Letelier que se reuniera con el embajador norteamericano Edward Korry para explicarle que aún había bastantes posibilidades de negociación para resolver las diferencias producidas tras la promulgación del decreto constitucional. Letelier recibió la instrucción de permanecer flexible y evitar la confrontación.

A mediados de julio, Letelier fue llamado a Santiago para consultas. Los ministros del gabinete y los dirigentes del Partido Socialista lo pusieron al corriente de la situación. La izquierda chilena siempre había considerado que el gobierno norteamericano era un bloque monolítico de poder imperialista. Letelier, sin enfrascarse en discusiones inútiles, trató de mostrar algunas de las complejidades de la política norteamericana, las que había aprendido a conocer a lo largo de diez años de permanencia en Washington.

Almorzando con Allende, que escuchaba atentamente las opiniones de su embajador acerca de las motivaciones de Estados Unidos, Letelier se extendió en detalles acerca del tema, diciéndole a Allende que el sistema político norteamericano encerraba complejas presiones y fuerzas que dificultaban los asuntos políticos aparentemente más simples. Por supuesto, los sectores empresariales y de la banca estaban presionando en favor del endurecimiento de la acción de Estados Unidos, y los políticos de derecha estaban convencidos de que Allende y la Unidad Popular eran la misma cosa que Fidel Castro y el comunismo cubano pro soviético. Pero también había gente razonable en el Departamento de Estado y otros organismos, que comprendía las complejidades de Chile y de Latinoamérica y entendía los cambios que se estaban produciendo en el Tercer Mundo. Estas personas no se manifestaban ansiosas por forzar a un enfrentamiento o por hacer que la CIA desempeñara un papel que posiblemente se transformaría en un escándalo. Además, importantes senadores como William Fulbright, jefe del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, habían hecho comentarios muy positivos acerca del socialismo democrático que se estaba construyendo en Chile.

Al día siguiente de su regreso desde Chile, Letelier se reunió con el Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger una vez más. El principal punto a tratar fue la venta de los Boeing, que requería la autorización de créditos del EXIMBANK y una reunión de alto nivel con Allende, para la que Letelier había escogido a Kissinger. Éste agradeció calurosamente la deferencia y le habló acerca de China y del próximo diálogo que sostendría en Pekín. Letelier, sonriendo, felicitó a Kissinger por sus éxitos diplomáticos. Codificado "sólo ojos", en el télex número 429 Letelier hizo un informe al Ministro del Exterior acerca de la reunión del 5 de agosto de 1971:

Expliqué a Kissinger los antecedentes de la petición al EXIMBANK y le dije. . . que la alternativa para LAN sería comprar aviones soviéticos. . . Le hice saber que nuestro país deseaba seguir usando tecnología norteamericana en esta área y, finalmente, le enfaticé que la adquisición de aviones soviéticos, como consecuencia de la demora por parte del EXIMBANK, que en verdad parecía significar una negativa, tendría varias consecuencias políticas que, inevitablemente, provocarían nocivos efectos en las relaciones entre Chile y Estados Unidos, las que mi gobierno deseaba mantener en un nivel positivo.

Kissinger sabía acerca del problema de los Boeing y manifestó a Letelier que entendía sus ramificaciones políticas.

El télex agregaba:

Por cierto, estoy de acuerdo en que ninguno de nosotros quiere engañarse, ya que ambos sabemos acerca de los solapados intereses del otro. Me dijo que estaba claro que el gobierno norteamericano no intervendría en ninguna forma en los asuntos internos de Chile, pero que al mismo tiempo la Casa Blanca estaba sometida a "enormes presiones" desde diferentes sectores del gobierno, de grupos privados y del Congreso, tendientes a hacer que se suspendiera toda clase de ayuda financiera a Chile, hasta que se aclarara la situación de las compañías nacionalizadas por Chile.

Kissinger prometió a Letelier que averiguaría personalmente la situación con el EXIMBANK, ya que "era conveniente evitar en lo posible una situación que de seguro conduciría a una secuela de resultados negativos". Letelier trató de obtener indicaciones específicas acerca de la política futura. "En este punto de la conversación -cablegrafió Letelier- intervino el consejero de Kissinger para los asuntos latinoamericanos, lamentándose por el fracaso en la solución del caso de Cerro Andino". Letelier interpretó así lo anterior: "Esto indica que la Casa Blanca está directamente envuelta en los intereses de esta compañía".

Juzgó que los puntos de vista e intereses de Kissinger debían considerarse sólo como un aspecto de la política internacional. Sus conclusiones reflejaban el creciente pesimismo en relación al mejoramiento de las relaciones, pero también que no todo estaba perdido. "No creo que pronto pueda haber una reacción favorable en el caso de LAN por parte de los norteamericanos, pero esto tampoco quiere decir que ellos hayan cerrado todos los caminos". Una vez más, aseguró que Chile había cumplido con todos los requerimientos exigidos por el EXIMBANK, pero que si éste no respondía pronto, la Boeing seguramente cancelaría el pedido.

El 11 de agosto de 1971, el Export-Import Bank rechazó el préstamo. Los inversionistas, siguiendo las instrucciones de la Casa Blanca, frenaron todas las inversiones. El monto de los créditos a Chile descendió violentamente a cero. Desde fines de 1971 en adelante, terminó la ayuda norteamericana y todo tipo de relaciones, con excepción de las militares, empezaron a decaer: esa era la respuesta del Poder Ejecutivo de Estados Unidos al programa de Allende.

A pesar de todo, Letelier trató de mantener los lazos más amistosos posibles con el gobierno norteamericano, transmitiendo la imagen que reflejaba la realidad chilena: un gobierno constitucionalmente elegido, de tipo socialista moderado, que no tenía nada en contra del pueblo norteamericano. Y lo anterior, a pesar de las negativas oficiales y las evidencias que mostraban una interferencia encubierta, masiva, por parte de Estados Unidos en los asuntos internos del país.

En diciembre de 1971, Orlando e Isabel recibieron una invitación a una fiesta en casa del importante columnista Joseph Alsop. Poco después de la cena, hizo su entrada el secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger, acompañado de una deslumbrante joven que lucía "hot pants". Buscando el momento para conversar informalmente con Letelier en un quieto rincón, Kissinger puso su mano en el hombro de Letelier y, casi en un susurro, le dijo: "Por favor, deseo que transmita un mensaje a su presidente: El Gobierno de Estados Unidos no tiene agentes que recorran su país, como ha sugerido su prensa. También quiero que sepa usted que, si fracasan, será por sus propios errores, se lo prometo". Letelier aseguró a Kissinger que comunicaría ese mensaje al presidente Allende.

En la mañana del martes 9 de mayo de 1972, Andrés Rojas pidió a Letelier que lo recibiera un momento en privado. Rojas era agregado de prensa y el más joven de los funcionarios de la embajada. "Compañero -le dijo en un susurro-, anoche entraron a robar en mi casa". Letelier manifestó que lo sentía. "No, compañero -agregó Rojas-, usted no me entendió. Los ladrones sólo se llevaron documentos y papeles". Letelier movió la cabeza. Era el quinto robo que le comunicaban los funcionarios de la embajada. En algunos casos faltaban objetos, en otros sólo documentos. Ninguno de los funcionarios tenía cosas delicadas o secretas.

En la mañana del martes 16 de mayo, Letelier leía el New York Times mientras tomaba su tercera taza de café, cuando sonó su línea privada. Un robo en la embajada. "¡No toquen nada!", ordenó a su asistente. "Llama al Departamento de Estado y a la policía".

A los diez minutos, Letelier ya estaba allí. En su oficina del tercer piso, encontró un mueble de archivo abierto por la fuerza, con los cajones violados. El suelo estaba cubierto de carpetas y papeles. Arriba el Primer Secretario Fernando Bachelet se encontró con una escena similar. Los ladrones no se habían llevado el dinero ni el costoso equipo de oficina, sólo cuatro radios pequeños y una rasuradura eléctrica. Letelier declaró a la policía estimar el costo total de lo robado en unos cincuenta dólares. Recibió disculpas formales por parte del Estado y de la policía metropolitana, la que no aclaró ninguno de los asaltos.

Antes de que terminara 1972, Kissinger recibió la aprobación del Comité de los Cuarenta para gastar más fondos, que incluían otro millón de dólares destinado a El Mercurio, como apoyo a los candidatos contrarios a la Unidad Popular en las próximas elecciones: para promover la división en el seno de la Unidad Popular; para apadrinar empresarios y grupos laborales que apoyaran el anti-allendismo; para provocar la violencia. Durante todo el año 1972, se sucedieron casi a diario actos violentos. Los partidos de derecha organizaron huelgas de comerciantes y una devastadora huelga nacional de camioneros que paralizó la economía chilena. Los periódicos de Chile y de todo el mundo comenzaron a hacer referencias a una intervención abierta de la CIA en el país.

En octubre de 1972, el Comité de los Cuarenta erogó otro millón y medio de dólares, destinados a derrotar a la Unidad Popular en las elecciones parlamentarias programadas para marzo del año siguiente. Durante la huelga de camioneros y la de comerciantes, el importante columnista Jack Anderson recibió documentos que comprobaban la intervención de la ITT.

Hacia fines de 1972 y tras dos años de gobierno, Allende con sus consejeros y ministros hizo un balance de la situación. La abierta y violenta lucha de clases que había tratado de evitar a toda costa, había aumentado. La derecha, a través del sabotaje económico y el entendimiento con algunos elementos del Partido Democratacristiano, había bloqueado el apoyo y el compromiso político en el poder legislativo, forzando a una polarización. La ultra izquierda había respondido en correspondencia con todo lo anterior.

Posteriormente, Augusto Pinochet, en entrevista concedida a un corresponsal de Reuter, señaló como fecha de nacimiento del golpe el 13 de abril de 1972. "El 13 de abril de 1972, en la Comandancia en Jefe de la Marina, analizamos las posibilidades y ese día llegamos a la conclusión de que el conflicto entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo no permitía una solución constitucional". Pinochet mostró más tarde a un reportero documentos que comprobaban el comienzo de la respuesta de los militares a la crisis política. Un memorándum fechado en agosto de 1972 y otro fechado en julio "ya desde entonces sugerían la posibilidad de tomar el control de la nación. En 1972 habíamos comenzado a preparar las unidades que enfrentarían a los grupos extremistas alrededor de la capital".

Pero aun así, las Fuerzas Armadas no estaban unidas a fines de 1972. Todavía había sectores pro allendistas y, lo fundamental, vastos sectores civiles constitucionalistas mantenían el balance del poder. El general Carlos Prats, quien sucedió al asesinado general Schneider, apoyaba a Allende y mantuvo firmemente su convicción de que el caudillismo (vieja noción latina del inefable líder político-militar) no tenía cabida en la historia chilena, y mucho menos las doctrinas fascistas detentadas por ciertos sectores militares.

Hasta diciembre de 1972, cuando el presidente Allende fue invitado a la Asamblea de las Naciones Unidas y el embajador Letelier lo acompañó a Nueva York, a ambos no les cabía la menor duda de que Kissinger había mentido, que él era el ideólogo de una campaña secreta destinada a destruir el gobierno de Allende.

En su discurso ante la Asamblea General, el 4 de diciembre, Allende explicó su programa, hablando a los países y pueblos del Tercer Mundo y a los del mundo industrializado que se habían inclinado por la honradez y la justicia. La Asamblea General estalló en aplausos cuando Allende señaló que "nosotros hemos experimentado los efectos de una agresión en gran escala".

Dentro de los límites de las acciones no violentas, Allende debió elegir tácticas para mantener dividida y sin fuerzas a su larga lista de adversarios y, al mismo tiempo, idear una estrategia para seguir adelante con un programa. Tratando de impedir un golpe, Allende ejerció su prerrogativa presidencial en forma selectiva, pidiendo la renuncia a ciertos generales sospechosos; al enfrentar huelgas apoyadas y organizadas por la derecha, hizo uso de su carisma, llamando a la clase trabajadora a demostrar públicamente su solidaridad con el gobierno de la Unidad Popular. Sin embargo, a fines de 1972, la escalada de violencia y el caos político habían debilitado la posición de Allende, al punto de que se vio obligado a formar un gabinete con miembros de las fuerzas armadas. Pensó que esta medida lo mantendría seguro hasta las elecciones parlamentarias de marzo de 1973. Si la UP mostraba su fuerza en las urnas, entonces llamaría a un plebiscito que podría demostrar cómo la mayoría de los electores apoyaba al Presidente, facultándolo a derribar los obstáculos que presentaba el poder legislativo a través de la recientemente formada coalición Democracia Cristiana-Partido Nacional. (10) También haría pensar a los militares que aun cuando la UP no había ganado por mayoría, más del 50 por ciento de los chilenos seguiría a Allende, al hombre, al Presidente, permitiéndole llevar a cabo sus reformas. Pero, antes que eso, Allende y los partidos de la UP debían enfrentar la enorme tarea que implicaba la campaña electoral, en una atmósfera política viciada.

La propaganda y los observadores periodísticos predijeron que la orquestada violencia y la desestabilización económica le costaría a Allende por lo menos la mitad de los votos que había recibido en 1970. La mayoría de los democristianos y el Partido Nacional esperaban ganar los dos tercios de los asientos del Senado, lo que les permitiría inhabilitar a Allende y llamar a nuevas elecciones. Se reunieron y confidencialmente hicieron los planes para las acusaciones. La ultraderecha, que siempre había visto el golpe como la única posibilidad de una solución, encontró muchos aliados nuevos. El ex presidente Eduardo Frei, líder del Partido Democratacristiano, estimaba que un golpe derrocaría a la Unidad Popular con un mínimo derramamiento de sangre. Los planes posteriores de Frei eran que los militares llamaran a nuevas elecciones y él, una vez más, renacería de las cenizas para conducir los destinos de Chile, por otros seis años.

Las elecciones parlamentarias dieron a la UP el 43.4 por ciento de los votos, un 7 por ciento más que en 1970, pero la derecha controlaba el poder judicial, conservando además con los democristianos el poder suficiente como para bloquear ciertas iniciativas de Allende en las cámaras. Ellos tenían el control efectivo de muchas unidades de la policía y las fuerzas armadas, ocupaban puestos clave en la administración pública y controlaban más del 80 por ciento de los medios de comunicación. Allende tenía la presidencia y el 43.4 por ciento de los electores. Chile quedó dividido entre el centro, la derecha y la ultraderecha. Esta división entre las fuerzas no UP y una estancada minoría constitucionalista entre los militares, había dificultado el éxito de la organización del movimiento de los militares.

MIENTRAS ALLENDE COMENZABA de inmediato a planificar estrategias para un plebiscito, la oposición del Congreso comenzó a crearle nuevos obstáculos, destinados a forzarlo a realizar acciones que provocaran a las fuerzas armadas para que éstas tomaran el control de la situación. La táctica de las acusaciones se convirtió en la más importante y tuvo su impacto en la vida de los Letelier. A través de la constante inhabilitación a los ministros de su gabinete, la derecha forzaba a Allende a hacer cambios. En mayo de 1973, Letelier abandonó Washington para desempeñarse como Ministro de Relaciones Exteriores. Partió a Chile en el mismo momento en que las conversaciones entre su país y Estados Unidos se habían roto.

En este puesto, Letelier fue una tan buena elección como lo había sido en 1970 para embajador en los Estados Unidos. Comprendió la enorme importancia y los problemas relacionados con la renegociación de la deuda externa chilena. Su habilidad diplomática, su entrenamiento militar, su universalmente reconocido encanto e ingenio, lo hacían sentirse confortablemente, tanto con los militares, como con los políticos socialistas, los intelectuales y el resto de los políticos, permitiéndole limar algunas de las asperezas en las relaciones del recientemente formado gabinete.

El nombramiento formal de Letelier como Ministro de Relaciones Exteriores, coincidió con el estallido de la peor cadena de violencia y sabotajes nunca antes experimentado. Una huelga del cobre que había empezado en abril de 1973 escalonadamente, y que había llevado a la derecha a una inusitada alianza con los trabajadores del cobre, obligó a Chile a suspender sus embarques del mineral. Dos semanas después de la paralización de la principal fuente de divisas del país, fueron a la huelga los médicos, los profesores y los estudiantes, protestando contra la forma en que Allende había manejado la huelga del cobre. La CIA entregó apoyo financiero y organizativo tanto a los dirigentes de los sindicatos, como a los huelguistas y sus aliados. Nunca antes la derecha había apoyado la causa de los trabajadores en huelga; de hecho, la mayor parte de la derecha chilena en el pasado se había opuesto al sindicalismo "per se" y había luchado por dejar fuera de la ley a los sindicatos y el derecho de huelga.

El 21 de junio, una marcha de apoyo terminó en una serie de tiroteos, explosiones y asonadas callejeras, en que Patria y Libertad jugó el importante papel de instigador y actor en los actos de violencia. Allende recurrió a la fuerza policial para detener los desórdenes y cerró El Mercurio, diario que en esa época había recibido millones de dólares de la CIA para que desempeñara el papel de difamador, acrecentando así la violencia. El cargo contra El Mercurio fue "incitación a la subversión" y fue implementado por un juzgado menor. Al día siguiente, la Corte de Apelaciones invalidó la decisión del juzgado y el diario volvió a ser publicado.

Después de vivir durante los últimos trece años en Washington, Isabel Letelier y sus cuatro hijos adolescentes regresaron a Chile el 28 de junio de 1973. La lucha de clases había penetrado todos los aspectos de la vida nacional, sólo faltaba un enfrentamiento directamente en trincheras. Cada acto rutinario se convertía en una confrontación potencial entre pobres y ricos. El refinamiento que durante siglos había prevalecido y que consistía en la evasión del mutuo reconocimiento de las diferencias básicas entre el tener y no tener riqueza, hizo explosión. Las clases, tanto en grupos como a nivel individual, expresaron abiertamente su odio. El resentimiento de los desposeídos contra los consumistas de la clase media y alta y el temor y odio de estos sectores privilegiados hacia la mayoría de bajos ingresos, encontró su expresión en palabras, gestos e, incluso, enfrentamientos físicos.

El 29 de junio, lo que todos esperaban o imaginaban, pareció estarse produciendo. Tanques, camiones y tropas avanzaron desde sus bases hacia el centro de Santiago. Los soldados, al mando del coronel Souper, hicieron gala de una cruel pericia al rodear el Palacio de la Moneda. Allende permaneció tranquilo. Habló con el general Prats, quien una vez más le aseguró lealtad, y ambos recibieron las expresiones de confianza de generales y almirantes clave en el ejército, la aviación, la policía y la marina. Prats, con Allende a su lado, pidió la rendición de los oficiales rebeldes, en nombre de la Constitución de Chile. Durante ese día, veintidós personas murieron en el tiroteo.

Las tropas regresaron a sus cuarteles y los complotistas fueron dados de baja; pero el Tancazo, como se le llamó, probó a los generales que los militares chilenos podían actuar con rapidez y que, eliminando a ciertos oficiales, se eliminaban también los principales obstáculos para un golpe. Tan importante como lo anterior fue el hecho de que la movilización que la derecha había anunciado no se produjo. Obviamente, la sujeción estricta de Allende a la Constitución había impedido que la izquierda militante actuara.

El 26 de julio, Orlando, acompañado de Isabel y la esposa de Allende, viajó a Cuba para representar a Chile en el vigésimo aniversario de la Revolución Cubana. Cuando el avión aterrizó, funcionarios cubanos transmitieron a la delegación chilena la noticia de que el capitán de la armada chilena, Arturo Araya, amigo y edecán del presidente Allende, había sido asesinado por elementos de la derecha.

El asesinato coincidió con el más exitoso acto de sabotaje patrocinado por la CIA: una huelga iniciada por gran número de propietarios de camiones, a la semana, el 2 de agosto, se vio incrementada con la adhesión de más de cien mil propietarios de taxis y autobuses, paralizando la economía chilena.

Para controlar los posibles movimientos golpistas, Allende nombró Ministro de Defensa al general Carlos Prats, quien a la vez continuó siendo el Comandante en Jefe del Ejército. Prats prometió que las Fuerzas Armadas mantendrían la ley y el orden. Pero gran parte de los militares rechazaba ahora actuar como instrumento de la autoridad de Allende. A pesar de una larga historia de represión contra los obreros y huelguistas, estos oficiales, enfrentados a la insurrección de la burguesía, se alinearon con los rebeldes, condenando al Estado. Letelier, ahora Ministro del Interior debido al cambio de gabinete de fines de julio, durante un breve tiempo se convirtió en colega de Prats.

El 22 de agosto, Letelier veía desde la casa de Prats cómo las esposas de algunos oficiales rodeaban la casa, insultando al fino y orgulloso general, gritándole "¡Maricón!" Prats, rojo de indignación, soportó esa prueba sin moverse. Había obtenido su grado militar en la misma academia de los esposos de esas escarnecedoras mujeres, en la misma academia militar que Letelier había frecuentado. Detrás de las mujeres había grupos de jóvenes con palos, cadenas y cachiporras. Al verlos allí, Letelier reconoció a algunos; a otros, los identificó en fotografías. Pertenecían a las brigadas de choque de Patria y Libertad y a la Brigada "Rolando Matus", del Partido Nacional. Letelier tomó el teléfono; como ministro del Interior, era responsable del mantenimiento del orden público. Entregó los detalles de lo que sucedía al jefe de la policía de Santiago; mientras esperaban a la policía, algunos de los jóvenes que llegaron en calidad de "protectores" de las mujeres, comenzaron a molestar a los transeúntes y a romper los vidrios de los automóviles estacionados en las inmediaciones.

Más tarde, Prats en la sala de su casa, vestido con su bien planchado saco al estilo prusiano, de pulidas charreteras, dijo a Letelier: "Nunca pensé que generales y coroneles a quienes conocía desde la infancia se esconderían bajo las faldas de sus esposas. Estoy triste por Chile, porque he visto no sólo traición, sino una cobardía que creí imposible existiría".

La policía llegó dos horas después de la llamada de Letelier. El capitán pidió amablemente a las mujeres que abandonaran el lugar. Los truhanes que las habían acompañado ya habían destruido algunos vehículos y arrojado todo tipo de objetos a la casa de Prats.

Temprano en la mañana del 23 de agosto, Letelier abandonó la casa de su colega. Prats se sentó frente a su escritorio y comenzó a redactar su carta de renuncia al Ministerio de Defensa y la Comandancia en Jefe del Ejército. Ya no controlaba el respeto de sus oficiales. Ya no era un obstáculo para el golpe.

El día de la renuncia de Prats, Allende habló ante los jefes de las fuerzas armadas reunidas: Pinochet, del Ejército; Montero, de la Marina; Leigh, de la Aviación y Sepúlveda, de Carabineros. Les leyó una lista de doscientos atentados terroristas que se habían cometido en el país en el transcurso de pocos días. Les llamó la atención por su incapacidad de hacer respetar la ley y les dijo: "Señores, ésta es una guerra civil. Quiero que ustedes entiendan muy bien que yo no dejaré La Moneda vivo. Si quieren derrocarme, moriré en mi lugar, como Presidente de Chile. Nunca me rendiré ante nadie".

El 28 de agosto de 1973, Allende nombró a Orlando Letelier Ministro de Defensa. Cuando éste tomó en sus manos el ministerio, sabía que sólo un apoyo masivo a través de un referéndum nacional podía frenar un sangriento golpe de estado. El general Augusto Pinochet Ligarte, quien remplazó al general Prats en la Comandancia en Jefe del Ejército, dijo a Letelier que estaba de acuerdo con él. Pinochet y Letelier habían tenido varias conversaciones después del nombramiento de este último en el Ministerio de Defensa; una de estas reuniones había sido en presencia de Allende. En esa ocasión, Pinochet aseguró a ambos que él, como su predecesor, era leal a la Constitución y al presidente Allende.

La ceremonia de nombramiento de Letelier en el Ministerio de Defensa fue muy sencilla; otros miembros del gabinete posaron con él y Allende en una foto de grupo. Letelier hizo el juramento oficial el 28 de agosto, en una pequeña sala de La Moneda. El gabinete, los dignatarios de la Unidad Popular, unos cuantos generales, la prensa y la televisión, se codeaban para conseguir un lugar en el reducido salón. Pinochet, presente en la ceremonia, se acercó a Isabel Letelier y la besó en ambas mejillas, diciéndole: "Estoy muy contento de contar con nuestro Orlando. Como usted sabe, él estuvo en la Escuela Militar. Hemos seguido su carrera". Luego, tomándola del brazo, agregó: "Quiero que conozca a mi esposa. Podemos llegar a ser buenos amigos. Hemos sido muy afortunados por haber tenido extraordinarios ministros de Defensa, como José Tohá y Orlando Letelier. Y sus esposas -sonrió- han sido tan gentiles. Nos veremos mucho en el futuro". Y dirigiéndose a Letelier, dijo: "Usted sabe, Orlando, que el ejército ansiaba su nombramiento. ¡Qué suerte la nuestra haber tenido primero a Tohá y ahora a usted en este puesto!"

El nuevo comandante en jefe siempre asentía o estaba de acuerdo con las ideas y sugerencias del nuevo ministro de Defensa. Entre tanto, lo que Letelier desconocía era la autorización que había dado Pinochet para los operativos en las industrias, cooperativas agrarias y barrios pobres, en los que se usaba como pretexto la Ley de Control de Armas.

Letelier sabía que se avecinaba un golpe, pero, ¿cuándo?, ¿cómo? ¿Lograría la resistencia organizarse a tiempo? ¿Se acoplarían algunas unidades de las fuerzas armadas a los trabajadores? ¿Cuántas? Tiempo, tiempo, tiempo, pensaba Letelier.

Con el fin de responder a la escalada de violencia y hacer desistir a aquellos sectores que ya estaban celebrando su victoria en el golpe, Allende llamó a las masas a demostrar su poder y determinación. El 4 de septiembre, en la plaza principal de Santiago, un millón de adherentes de la Unidad Popular marchó en una demostración de solidaridad con el gobierno.

El clima de conspiración produjo un profundo sentimiento de inconformismo entre las filas de la clase obrera. El tema principal de las discusiones en las fábricas y los centros vecinales era la defensa: cómo detener a la reacción. Debido a la crisis, todos los constructivos debates sobre la edificación de la nueva sociedad se habían suspendido.

El 7 de septiembre, el embajador norteamericano Nathaniel Davis telefoneó a Letelier, avisándole que debía regresar a Washington para sostener una importante reunión con el Secretario de Estado, Kissinger. Se despidió, manifestándole que pensaba estar de regreso en Santiago el 11 o el 12 y que ese día deseaba una cita con él, para discutir acerca de una petición de compra de armamentos que las fuerzas armadas querían realizar en Estados Unidos. El embajador Davis regresó a Chile, pero no el 11 ó 12 como había planeado, sino el 10.

Ese mismo día 7 de septiembre, el general Prats informó a Allende y a Letelier que había recibido informaciones de que el golpe se realizaría el 14 de septiembre. Si el Presidente daba de baja a cinco o seis generales, esa fecha podría posponerse, dando así más tiempo a que la defensa se preparara. Prats aseguró a Allende que, en lo personal, Pinochet era leal al Presidente.

El golpe, igual que la primavera chilena, se sentían en el aire. El almirante Montero enfrentó un motín de antiguos oficiales en Valparaíso, puerto principal de Chile y sede de la Marina. Allende dio instrucciones a Letelier para que enfrentara el problema y éste obligó a los rebeldes a reunirse con Montero. Pinochet susurró en el oído de Letelier: "Duro con ellos, ministro". Ese mismo día, Pinochet aseguró a Allende que un referéndum nacional resolvería los obstáculos parlamentarios y limpiaría el camino para un gobierno efectivo. Pero cuando Letelier trató de obtener informaciones acerca de los movimientos del ejército contra la Unidad Popular, Pinochet fue impenetrable y vago. "Me contesta con evasivas" -comentó Letelier a Isabel-. "Es adulador y servil, como el barbero que te persigue con el cepillo después de cortarte el pelo y no deja de cepillarte hasta que no le das su propina. Constantemente está tratando de ayudarme con el abrigo, con cargar mi portafolios

El 7 de septiembre, los Letelier invitaron a cenar a varios funcionarios del Ministerio de Defensa. Letelier, retrasado en el Palacio de la Moneda con Allende, suplicó a Isabel que hiciera ella sola el papel de anfitrión. Conversó con los coroneles y los capitanes navales. Durante la conversación anterior a la cena, escuchó de pasada el comentario de un coronel constitucionalista acerca de la marcha de hacía tres días: "Es impresionante ver un millón de personas, ¿no cree?" El capitán Laluz, joven oficial de Marina, le respondió: "Creo que nuestro último censo reportó que somos diez millones. Estoy seguro de que nos las podremos arreglar con nueve millones".

En la mañana del 10 de septiembre, Letelier recibió varias órdenes firmadas por Pinochet, autorizando los operativos militares. Cuando le pidió explicaciones, Pinochet fue evasivo y se negó a admitir que él había autorizado los operativos.

La mayor parte del día 10 de septiembre, Letelier estuvo con Allende y el resto de los ministros del gabinete, así como con los consejeros. La reunión se realizó en el Palacio de La Moneda, en un salón decorado con objetos de la época colonial. En la reunión, los ministros informaron sobre los sabotajes, la violencia y los operativos del ejército en las fábricas de la UP. Letelier se refirió al comienzo de las investigaciones contra el capitán Bailas y otros oficiales que habían realizado la manifestación ante la casa del general Prats. Se mostró optimista: "Si no nos derrotan esta semana, nunca caeremos. Todo lo que ellos han montado está listo para estallar ahora". Los ministros planificaron medidas contra el golpe, basándose en la movilización de los obreros y sus unidades de defensa y en los elementos de las fuerzas armadas supuestamente leales al gobierno. Pinochet era uno de los generales con que contaban.

Comieron y siguieron las conversaciones. Allende miró su reloj. "Son más de las tres. Orlando, anda al Ministerio de Defensa y asegúrate de que la Fuerza Aérea haya suspendido todos los operativos".

Letelier se dirigió a su oficina. Era su decimotercer día como Ministro de Defensa. Dentro y alrededor del edificio del ministerio personas uniformadas lo saludaban. Tenía informaciones fidedignas de que algunos de ellos estaban complotando; sospechaba de otros y creía que el núcleo de los altos mandos permanecía leal. Pero sabía que no tenía los medios para resolver el problema.

En el atardecer del 10 de septiembre, Letelier dio una conferencia de prensa por televisión acerca de la seguridad nacional y las Fuerzas Armadas. Los temas eran una reiteración de la política de la Unidad Popular: el respeto por el carácter institucional de las Fuerzas Armadas; mejoramiento de su equipo y entrenamiento profesional; intención de acabar con su aislamiento en relación a la población; la necesidad de tomar medidas para impedir una guerra civil.

Durante los meses de junio, julio y agosto, Chile vivió un promedio de un acto terrorista por hora. Hasta el 11 de septiembre, las Fuerzas Armadas siguieron realizando sus operativos en los centros laborales y políticos pertenecientes a los seguidores de la UP; sin embargo, no se realizaron acciones contra los grupos paramilitares de derecha; incluso, en ocasiones se culpó a los grupos de izquierda de acciones cometidas por éstos. Sin embargo, Allende se mantuvo firme. Cuando cenaban juntos por última vez en su casa, dijo a "Tencha", su esposa: "La Unidad Popular no puede responder al terrorismo con terrorismo, porque eso sólo provocaría el caos".

Allende recibió informaciones acerca de que la Marina había comenzado sus entrenamientos y que los barcos se habían hecho a la mar desde Valparaíso. (11) "Por fin podremos estar seguros de que el golpe no incluirá a todas las Fuerzas Armadas", comentó.

En la noche del 10 de septiembre, después de la conferencia de prensa, Letelier se reintegró a la reunión que sostenían los ministros y consejeros. Augusto Olivares, periodista, amigo y consejero, interrumpió la reunión para informar: "Se ha comunicado que camiones con tropa procedentes de Los Andes se encaminan hacia Santiago". Allende ordenó: "Por favor, Orlando, llama al Jefe de la Guarnición de Santiago y averigua qué está ocurriendo". Letelier se comunicó con el general Herman Brady, recientemente nombrado Jefe de la Segunda División del Ejército. "Dice que no sabe nada", informó Letelier. Quince minutos más tarde, dándole tiempo para que realizara las averiguaciones, volvió a llamarlo.

A medianoche, Letelier informó acerca de su segunda averiguación con Brady. "Dice que no hay informaciones sobre movimientos de tropas; éstas están acuarteladas, preparándose para la Parada Militar del 19, Día del Ejército. Dice que él está controlando la situación".

Poco después de medianoche, el Secretario General del Partido Socialista, Carlos Altamirano, llamó a Letelier para comunicarle que camiones con tropas habían salido de la base militar de Los Andes. Letelier presentó tres alternativas para enfrentar a los posibles golpistas. Allende se inclinó por la que le había recomendado Prats: pedir la renuncia de seis o siete generales antes del fin de esa semana. "Mañana, en mi discurso al país, informaré al pueblo acerca de esta medida".

A las 2:30 de la madrugada, Allende puso fin a la reunión. "Hablé con Brady. Vayan a dormir que es tarde. Mañana será un pesado y largo día".

Esa noche, Isabel Letelier se durmió alrededor de la 1:30 de la madrugada. En una reunión sostenida esa tarde, había sido nominada para presidir la Junta de Abastecimientos y Precios (JAP) de su barrio, pero la votación no pudo realizarse ya que el representante del gobierno, cuya presencia era requerida para la legitimación del acto, nunca llegó. Su chofer, un empleado del Ministerio de Defensa, la llevó hasta casa de unos amigos. Su amiga le dio una pequeña porción de leche en polvo para el desayuno, ofreciéndole también una porción al chofer, que miraba asombrado. Isabel recordó más tarde su molestia ante cualquier gesto amistoso del chofer.

Como lo había hecho varias veces, al llegar a su casa, le dijo al chofer que se llevara el automóvil. Desde el comienzo de una larga huelga de transportistas, no tenía otro medio para llegar a su casa. Los coches con chofer eran provistos por las Fuerzas Armadas al ministro y su familia.

Orlando Letelier padecía de frecuentes insomnios. Durante años, había dormido no más de cinco horas por noche, incluso cuando estaba agotado. De regreso en su casa tras la reunión con Allende, a las 3:00 a.m., dio las buenas noches a su guardia personal, se fumó el último cigarro (¿era su cuarto o su quinto paquete?) y, mientras se desvestía, dejó que las informaciones de los funcionarios de inteligencia acerca del complot dieran vueltas en su cabeza.

Se metió en la cama. Acababan de cambiarse a ese departamento en el séptimo piso y las ventanas del dormitorio aún no tenían cortinas que los protegieran de las luces provenientes de la calle. "¿Cómo estuvo la reunión?", murmuró Isabel, mientras él se acostaba a su lado. "Excelente. Salvador anunciará el plebiscito mañana en la tarde. Estoy seguro de que lo ganaremos y esto disminuirá las posibilidades de un golpe". Isabel se despertó totalmente. Más tarde, contó: "Esperábamos el golpe cada día, de manera que cuando Orlando me habló de los planes para lograr un voto de confianza popular, ambos nos acostamos contentos".

"Esa noche tuve un sueño extraño -contó Letelier a uno de los autores de este libro-. Cuando por fin me quedé dormido, soñé que bailaba solo, mientras los generales y almirantes me miraban. Era muy gracioso. Pinochet me sonreía desde su asiento cuando yo lo miraba, pero cuando no estaba mirándolos, los generales murmuraban entre ellos".

El ruido del teléfono despertó a Isabel a las 6:30 de la mañana del 11 de septiembre de 1973. "Es Salvador", dijo. Allende, calmado, firme y claro, dijo a Orlando: "Se levantó la Armada. Seis tanques de la Marina vienen desde Valparaíso hacia Santiago. Los carabineros son la única unidad que responde. Los otros comandantes en jefe no contestan el teléfono. Pinochet no contesta. Averigua lo que puedas".

Orlando pidió a Isabel que llamara al almirante Montero y al general Prats, mientras él usaba el otro teléfono para llamar a Investigaciones, la división de la policía secreta, y al Ministerio del Interior.

Isabel marcó y esperó mucho rato, nadie contestaba en la casa de Prats ni en la de Montero, como tampoco en sus oficinas. Las llamadas de Orlando confirmaron las informaciones de Allende.

Letelier llamó entonces a su oficina. Para su sorpresa, el almirante Patricio Carvajal respondió el teléfono: "Su información es equivocada, señor Ministro. Es una especie de operativo, nada más. Ahora estamos tratando de comunicarnos a Valparaíso. Yo estoy a cargo de esto".

Letelier llamó a Allende. "Orlando, anda al Ministerio de Defensa y controla la situación, si es que puedes entrar allí".

Tragó una taza de café. El segundo de sus hijos, José Ignacio, llegó a la cocina, comunicándole que él con su grupo de compañeros habían planeado tornar su escuela y encerrarse allí a defenderla. Letelier sonrió por primera vez en varios días. Desde el 8 de septiembre había ido dos veces a ver a su dentista, pero en ambas citas, una llamada urgente de Allende había interrumpido el tratamiento. La primera vez, el médico le había sacado las amalgamas para realizar una intervención en las encías; la vez siguiente, había iniciado un complicado trabajo de tratamiento de canales, cuando Orlando tuvo que volar para atender al presidente. La boca le dolía cada vez que comía algo frío o caliente, o el aire se ponía en contacto con los nervios expuestos. Hacía más de un día que no comía. Mientras se ponía el saco esperando el elevador, Isabel le dio dos aspirinas.

Allende había ofrecido un coche para que llegara a la oficina, ya que el chofer no llegaría hasta más tarde. Sin embargo, cuando Orlando llegó a la calle, allí estaba su chofer, no así su guardia personal. Isabel lo acompañó hasta el coche. Letelier preguntó por su guardia, pero Jiménez, un joven corpulento, respondió con vaguedad, diciendo que la esposa del guardia estaba en el hospital dando a luz. Isabel, dándose cuenta de su extraña conducta, se acercó a Jiménez mirándolo fijamente. El hombre enrojeció cuando ella, en un gesto maternal, lo rodeó con el brazo, diciéndole: "Por favor, cuide que a él no le suceda nada".

Mientras el automóvil lo conducía por las calles de Santiago, notó que había tropas en pequeñas unidades patrullando las calles. Miraban su auto con curiosidad. Sólo circulaban camiones y vehículos militares. Cuando llegaron al Ministerio de Defensa, Letelier brincó fuera del coche. Su habitual puerta de acceso estaba cerrada, por lo que se dirigió a la puerta principal del edificio, custodiada por soldados en traje de campaña. Se acercó y la guardia lo apuntó con armas automáticas. Un sargento le dijo: "Lo siento. Tengo órdenes de no dejarlo entrar". Con una voz que esperaba sonaría autoritaria, y recordando sus días de estudiante en la academia militar, Letelier le respondió: "Yo doy las órdenes aquí. Retroceda". "Lo siento, señor, pero no puede entrar", insistió el soldado. Un elegante oficial en traje de campaña se acercó, diciéndole: "Si continúa insistiendo, nos veremos obligados a ejecutarlo de inmediato".

En ese momento, una voz desde el interior del ministerio, dijo: "Dejen que entre el ministro". Las puertas se abrieron y Letelier, erguido, marchó hacia el interior con su mejor paso militar. Más tarde, recordó: "Detrás de la puerta, sentí algo duro en la espalda y unos diez o doce hombres me rodearon, apuntando sus metralletas. Vestían uniformes de campaña y se les veía muy excitados. Entre ellos, estaba mi «enfermo» guardia personal". Fue conducido al sótano del edificio. "Me quitaron la corbata, el cinturón y el saco. Me revisaron y empujaron contra una pared".

Letelier ya no supo nada más. Dentro de La Moneda, Allende y sus más íntimos colaboradores trataron de planificar las acciones. Allende esperaba que Letelier lo mantuviera informado acerca de los movimientos de tropas; preguntó a sus ayudantes si habían tenido noticias suyas, pero nadie sabía de él, de modo que mandó a un miembro de su escolta al Ministerio de Defensa para que averiguara su destino.

Las noticias que Allende recibió esa mañana iban de mal en peor. La Fuerza Aérea le ofreció un avión para salir del país con su familia si se rendía pacíficamente. Contestó al jefe de la Fuerza Aérea: "El Presidente de Chile no deserta en un avión y él /el general Von Showen/ debería saber cómo actuar en su calidad de soldado, igual que el Presidente sabe cómo mantener su promesa". Allende estaba curiosamente preparado para esa llamada telefónica. Muchas veces había contado a sus amigos cómo respondió el presidente Pedro Aguirre Cerda a un golpista en potencia que le había ofrecido un avión para escapar del país. Mientras liaba tranquilamente su cigarro, sentado en el sillón presidencial, el presidente Aguirre Cerda respondió al general de la Aviación: "Mire. Toda mi vida he sido un hombre de ley. Ahora soy Presidente de la República y tendrán que sacarme por la fuerza, porque no voy a renunciar". Ese solo acto impidió en aquella ocasión el golpe de 1939. Allende había parafraseado a Pedro Aguirre Cerda. Irónicamente, sus vidas habían corrido paralelas hasta el día del golpe.

"Acabo de llegar del Ministerio de Defensa", informó el coronel que Allende había mandado a averiguar sobre el paradero de Letelier. "Traté de entrar pero no me dejaron hacerlo. La Armada controla el edificio".

Alrededor de las 8:30, Allende supo que Pinochet estaba implicado. Escuchó una transmisión radial que informaba de la constitución de una junta, gracias a un decreto, el que estaba firmado por Gustavo Leigh, general de la Fuerza Aérea; el almirante José Toribio Merino; el general de Carabineros César Mendoza, y Pinochet. Allende, con la mano sobre el escritorio y mirando a través de la ventana, exclamó: "¡Traidores!".

Letelier fue conducido a un automóvil y, con tres fusiles apuntándole, trató de observar la actividad callejera. Eran las 9:15 a.m., cuando el coche se dirigió hacia el sur, al cuartel general del Regimiento Tacna. "Cada veinte o veinticinco metros, había un pelotón de seis o siete soldados patrullando la cuadra". En el Tacna, comenzó nuevamente el registro. Estaba muy cerca del Palacio de la Moneda y durante todo el día Letelier escuchó el tiroteo de artillería, metralletas y rifles automáticos. Temprano en la tarde, escuchó estallar bombas las cuales hacían vibrar el edificio.

Allende, con un pequeño grupo de íntimos colaboradores y su guardia personal, escogió permanecer en La Moneda. A pesar de su limitado número de armas, obligaron a las Fuerzas Armadas a usar aviones que, por primera vez en su historia, bombardearon el palacio presidencial. Alrededor de las 3:00 p.m., los soldados invadieron el palacio envuelto en llamas. Allende fue asesinado por una ráfaga de ametralladora.

A Letelier lo trasladaban de un cuarto al otro. Le permitieron hablar por teléfono, pero el aparato no funcionaba. Por primera vez solo, presenció que una gran cantidad de gente llegaba al Tacna con las manos levantadas sobre la cabeza en señal de rendición. Algunos de los detenidos eran conducidos al patio. Letelier podía oír periódicamente algunas ráfagas cortas. Entre los que llevaban a los detenidos, vio a algunos de civil, de los que conoció en su corta temporada en el Ministerio del Interior.

Letelier continuó insistiendo en su derecho a hablar con el comandante. Los guardias se rieron, burlándose e insultándolo, dando excusas y haciéndole promesas. Escuchó una radio, pero no pudo distinguir qué se decía. Oyó su nombre repetido varias veces. Llegó la noche. No tenía cigarros y comenzó a sentir su falta. Los tiroteos se sucedían cada seis o siete minutos. Desde una pequeña ventana, Letelier vio gente que yacía en el piso del patio. No veía el pelotón de fusilamiento, pero podía ver a los soldados retirando los cuerpos. La luz era pálida y amarillenta y la ventana de Letelier estaba a varios metros de la escena de los fusilamientos.

Alrededor de las 4:00 ó 4:30 de la madrugada, según sus cálculos, oyó una voz que ordenaba: "Saque ahora al ministro, es su turno". Entrando, un oficial le gritó: "¡Muévete!"

Años más tarde de estos hechos, Letelier contó la historia de esos momentos: (12) "Seis tipos me arrastraron. Comenzamos a bajar por el corredor, por una escalera. .. Uno de los guardias tenía una toallita y me di cuenta que servía como venda para los ojos. Inmediatamente pensé que, por haber estado mirando la escena desde la ventana, me iban a fusilar. Es curioso todo lo que se dice o lee sobre lo que el ser humano piensa antes de ser fusilado. Yo no revisé mi vida, ni mi pasado, ni mi situación familiar. Pensé cosas muy concretas. No quería que me temblaran las rodillas y me preguntaba si pediría o no la venda cuando llegara al patio. Conté los metros que me separaban del área de ejecuciones. Parecía irreal lo que me estaba sucediendo, si bien tenía una sensación muy real y racional de que iban a ejecutarme. También me pareció extraño que a uno lo abandone la capacidad de sentir terror. Tal vez el nivel del miedo es tan alto, que pasa por sobre uno mismo, lo supera, permitiéndole observar la situación como si se tratara de otra persona.

"¡Alto!", gritó el sargento. Estábamos en el último escalón que llevaba al patio donde se realizaban los fusilamientos. Comenzaron a hablar entre ellos. En momentos como ese uno piensa idioteces: yo pensé en lo incómodo que era estar parado con un pie en un escalón y el otro en el piso; traté de ponerme a nivel, pero un guardia, dándome un culatazo, me ordenó estar quieto. En ese momento, sostenía una discusión con otra persona, que duró cuatro o cinco minutos. . . Se referían a quién era el encargado allí. . . y, finalmente, un oficial de menor graduación gritó desde arriba: "¡Traigan de nuevo acá al preso!" Uno de los guardias junto a mí, dijo: "Tienes suerte, cabrón. No te van a eliminar".

"Si me preguntan por qué no me dispararon a mí y a otros sí, no podría decir que se debió a razones políticas; más bien, debería decir que fueron razones burocráticas las que impidieron mi fusilamiento, porque en el momento justo apareció un capitán particular. . . La discusión entre los guardias era burocrática: «Yo soy el encargado aquí y ustedes no tienen derecho a bajar a los prisioneros»".

Desde el helado cuarto, Letelier miraba hacia el patio para ver qué sucedía. Cuando comenzó a amanecer, se quedó dormido. Se dio cuenta de que estaba vivo, de que sus sufrimientos recién habían empezado, de que cosas terribles estaban ocurriendo allá afuera. Supo que la vida de estudiante, de economista, banquero, embajador y ministro, había llegado a su fin, y el frío que traspasaba sus huesos en esa minúscula habitación, presagiaba el futuro.

Hasta entonces, nada en su vida había sido particularmente romántico, ni mucho menos heroico. Tal vez los criminales, los terroristas o los revolucionarios puedan verse en la cárcel y considerar que es una situación acorde con lo que han escogido en sus vidas. Para una persona con los antecedentes de Letelier, la prisión era un choque total, una anomalía que lindaba con lo absurdo.


Notas:

1. La Unidad Popular es una coalición formada predominantemente por elementos de la clase obrera; en esencia, por los partidos Socialista y Comunista y varios otros grupos: el Partido Radical, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), el Partido Socialdemócrata y la Acción Popular Independiente (API); la mayoría de ellos, formados a partir de divisiones de partidos de centro.

2. Allende se presentó en cuatro elecciones presidenciales consecutivas. La primera vez, en 1952, recibió el 5.4 por ciento de la votación. En la segunda campaña, en 1958, se formó una alianza electoral entre los partidos Socialista y Comunista, el FRAP, o Frente Popular. Allende fue derrotado por 35,000 votos por Jorge Alessandri, dentro de un total de un millón y medio. En 1964, el Partido Democratacristiano, con el apoyo de los Conservadores, elegía a Eduardo Frei, cuya plataforma política prometía la reforma agraria y otras medidas populistas. La campaña de Frei se basó en la propaganda anticomunista y recibió más de tres millones de dólares de la CIA. En 1970, Allende derrotó al ex presidente Jorge Alessandri, candidato del Partido Nacional y al democratacristiano Radomiro Tomic.

3. El Partido Radical fue fundado en 1958 y su plataforma incluía la educación laica, libre y obligatoria; también luchaba por la separación de la Iglesia y el Estado.

4. El Comité de los Cuarenta es un organismo subministerial perteneciente al Ejecutivo, cuya tarea consiste en revisar los proyectos de acciones secretas. Originado en los años '50, el grupo ha subsistido con distintas denominaciones; pero desde 1969, el Comité de los Cuarenta se ha encargado, bajo las órdenes del Asistente Presidencial, de los asuntos de la seguridad nacional. También participan en el Comité representantes del Estado, la Defensa, la CIA y los Directores Asociados.

El informe elaborado por el Comité del Senado, constituido para estudiar las operaciones gubernamentales en relación a las actividades de inteligencia, definió las "acciones de vigilancia" como "cualquier actividad secreta o clandestina destinada a influir sobre gobiernos extranjeros, acontecimientos, organizaciones o personas, en apoyo de la política exterior de los Estados Unidos, llevada a cabo de tal manera que la participación del gobierno norteamericano no sea evidente". Acción Encubierta en Chile, 1963-1973 (Washington, D.C., 1975), vol. 7, p. 4.

5. Informes anteriores a la constitución del Comité del Senado para estudiar las Acciones Gubernamentales relacionadas con Actividades de Inteligencia, formado en 1975 bajo la presidencia del senador Frank Church, proporcionaron la principal fuente de información sobre la intervención del gobierno de Estados Unidos en Chile. Los descubrimientos hechos por lo que más tarde se llamaría el "Comité Church", aparecieron en el reportaje titulado Acción Encubierta en Chile. 1963-1973.

6. Las fórmulas previas la llamaban "chilenización" y, por parte de Chile, significaba el control del 51 por ciento de las minas. Esta fórmula no había satisfecho a la mayoría de los técnicos, y las compañías de Estados Unidos recibieron un porcentaje adicional por concepto de administración y otros servicios. En esa época, Allende logró que no sólo sus partidarios, sino también los democratacristianos y sus aliados, apoyaran la nacionalización.

7. Patria y Libertad (PyL) tenía como máximo dirigente al abogado Pablo Rodríguez Grez. Era un grupo paramilitar de raíces fascistas.

8. En esta información, Kissinger manifestó a un grupo de periodistas del Medio Oriente: "Ahora es relativamente fácil predecir que si Allende triunfa (en la votación confirmatoria del Congreso), existen muchas posibilidades de que por un largo periodo establezca algún tipo de gobierno comunista. En ese caso, no se tratará de una isla, lejana del continente y sin una tradición de íntima relación e influencia en latinoamérica; se tratará de un país latinoamericano importante que caerá bajo el comunismo...De manera que no podemos hacernos ilusiones de que el ascenso de Allende no presentará problemas para nosotros, para las fuerzas pro norteamericanas de Latinoamérica, para todo el hemisferio occidental".

9. Ubicada también en la Avenida Massachusetts. Las oficinas de la Embajada de Chile se llaman Cancillería e incluyen el Consulado y la Misión Militar

10. En el mes de junio de 1972, a través de la CIA, el Comité de los Cuarenta entregó unos 50 mil dólares con el fin de romper un supuesto acuerdo entre la Unidad Popular y el Partido Democratacristiano y, en cambio, forjar una alianza entre la Democracia Cristiana y la derecha en las elecciones futuras. El efecto inmediato de este acto fue la acusación e inhabilitación de José Tohá, Ministro del Interior. La UP nunca tuvo mayoría parlamentaria y, en el sistema parlamentario chileno, una coalición mayoritaria (como la formada por el Partido Nacional y el Partido Democratacristiano) puede hacer un voto de "desconfianza", como de hecho lo hizo con varios miembros del gabinete de Allende. Esto obligó al presidente a reorganizar constantemente su equipo ministerial, lo que entorpecía seriamente el proceso de gobierno.

11. Se trataba de la Operación Unitas, práctica anual conjunta entre la Armada chilena y los Estados Unidos. (N. del T.)

12. Las citas de Orlando Letelier se sacaron de una entrevista que Tad Szulc le hizo en la revista Playboy, y de conversaciones entre Letelier y Landau.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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