Asesinato en Washington

XI

DESCANSANDO EN CASA

POCOS DÍAS DESPUÉS de registrar los archivos consulares, Robert Scherrer fue a visitar al director de la DINA, Manuel Contreras, como acostumbraba hacer en cada viaje a Chile. Las oficinas interiores del cuartel general de la DINA, cerca del centro de Santiago, tenían un elegante aspecto que denotaba recursos económicos prácticamente inagotables. El área de recepción estaba presidida por un ramillete de jóvenes secretarias cuyos vestidos, maquillaje y buena presencia hacía pensar en modelos. Mesas de cristal y cromo, lámparas modernas y cómodos sillones de piel completaban la atmósfera conosureña, imitación de Madison Avenue.

La oficina privada de Contreras tenía un enorme atlas colocado detrás de un escritorio de madera y un mueble con un complejo equipo de teléfonos, televisión y radiocomunicación. Scherrer había estado reuniéndose con Contreras desde 1976 cuando, como resultado de las negociaciones relacionadas con la extradición del terrorista cubano Rolando Otero, la DINA y el FBI establecieron relaciones formales. Después del asesinato de Letelier, las relaciones se hicieron más discordantes, pero manteniéndose siempre dentro de los límites de la caballerosidad.

Scherrer se encontraba en la embarazosa posición de tener que ver con un funcionario considerado uno de los principales sospechosos en un caso de asesinato. En su primera reunión después del crimen, a fines de noviembre, Contreras ofreció a Scherrer la "información confidencial" de que Ronni Moffitt era una de las amantes de Orlando Letelier y que, por lo tanto, el FBI debería considerar a Michael Moffitt como el más probable sospechoso, sobre todo considerando que se había sentado en el asiento trasero, en lugar de hacerlo junto a Letelier. Con mucho conocimiento de causa, el jefe de la DINA dijo a Scherrer que cuando dos latinoamericanos viajan en automóvil con una mujer, siempre son los varones quienes ocupan el asiento delantero. Contreras también le había repetido la versión oficial de la posición del gobierno chileno: el asesinato había sido planeado para dañar la imagen de Chile y formaba parte de un complot marxista. También había prometido brindar su ayuda a Scherrer en la investigación.

En las reuniones siguientes, Scherrer había comenzado a fastidiar con el asunto de las relaciones de la DINA con los terroristas cubanos que habían visitado Chile. Contreras contestaba sus preguntas con seguridad en sí mismo y sin revelar nada. Ahora, en abril, Scherrer notó una diferencia en las respuestas de Contreras, sintiendo que ya no se encontraba ante un hombre en la cúspide del poder. Una extraña inseguridad había remplazado la impenetrabilidad del jefe de la DINA, que otrora adoptaba una posición de Buda.

Revisaron los hechos presentados por Scherrer, Contreras negaba todo, las relaciones de la DINA con Rolando Otero, Orlando Bosch, Guillermo Novo y José Dionisio Suárez. Mientras hablaban, Contreras se paseaba por su oficina alfombrada en gris; luego, parado ante su escritorio, manipulaba el pisapapeles de bronce que lucía el emblema de la DINA, la bandeja del correo, el ventilador. Ambos aceptaban las necesarias suposiciones de su situación: la discusión no implicaba acusaciones ni un interrogatorio, sólo el deseo de Chile de cooperar en la aclaración de un crimen cometido por otros.

De pronto, un cambio en la imagen fija de una de las pantallas de televisión los interrumpió. En la pantalla, la inmóvil figura de la negra reja del cuartel general de la DINA cambió a la imagen del presidente Augusto Pinochet, sentado en su escritorio, a no más de medio kilómetro de distancia de allí, en el edificio Diego Portales. Contreras regresó a su escritorio, presionó un botón y saludó a Pinochet. Scherrer vio en ese momento la cámara fija de televisión arriba en el muro, que los enfocaba a ambos. Tuteándole, Pinochet preguntó a Contreras si había terminado el informe sobre "el almirante". Con discreción, Contreras respondió que se comunicaría de inmediato para poder entregarle la información.

Scherrer aprovechó esa interrupción para poner fin a la incómoda conversación. En un cable a Washington, dijo que Contreras, en esa entrevista y las siguientes, parecía estar "esperando el otro zapato para saltar" en el caso Letelier.

Sólo sabía una parte de los problemas de Contreras. En las lóbregas aguas del poder político dentro del gobierno militar, la corriente se había dirigido contra Contreras y la DINA. Por primera vez en casi tres años, Pinochet había impuesto frenos a su poder. Enfrentado a recortes presupuestarios y a las órdenes de terminar con el exterminio de izquierdistas mediante desapariciones, (1) Contreras se había aliado con sus más fervientes partidarios para defender su imperio de la DINA.

Durante tres años, había enfrentado numerosos desafíos a su poder. El progresista general Óscar Bonilla, uno de los originales partidarios del golpe y el principal rival de Pinochet en el ejército, lo había atacado. Pero esta amenaza terminó con la muerte de Bonilla, en un misterioso accidente en helicóptero, en marzo de 1975. El general Sergio Arellano, otro gigante en el cuerpo de generales, se había quejado a Pinochet contra la "Gestapo" de Contreras, expresando su desacuerdo con oirás medidas. Recibió la orden de retirarse. El general Odlanier Mena, (2) también a fines de 1975, siendo jefe del Servicio de Inteligencia Militar [SIM), encaró a Contreras, acusándolo de que la DINA ejercía actos de espionaje contra oficiales del ejército. Pinochet nombró a Mena embajador en Panamá y luego en Uruguay, en el fondo, condenándolo al exilio diplomático. Contreras, a través del control que ejercía sobre toda la información que llegaba a Pinochet, había eliminado cuidadosamente toda oposición a la DINA, haciéndola aparecer como oposición a Pinochet. Su alianza parecía ser eterna y sus destinos, estar unidos indisolublemente.

La presión venía ahora de medios que estaban fuera de su control. Estados Unidos tenía un nuevo presidente que había hecho de Chile un punto en favor de su elección. (3) Los líderes de la oposición que no estaban en la clandestinidad se reunieron en los salones del Hotel Sheraton San Cristóbal de Santiago la noche de la elección y festejaron la victoria de Carter como si hubiesen pertenecido a su partido. Los empresarios pinochetistas, los tecnócratas y economistas, también se dieron cuenta de la reacción que se produjo en el hotel. Los partidarios civiles de Pinochet comprendieron las vicisitudes en el poder de Estados Unidos, puesto que formaba parte de su educación, de toda una vida en el mundo de los negocios y contactos profesionales con lo que ellos llamaban "sus vecinos del norte".

Ahora que Cárter era presidente, el problema de los derechos humanos en países como Chile se había convertido en el principal desafío de la política exterior. Algunos de los poderosos de Chile comenzaron a reaccionar, lentamente al principio. Deseaban transformar al gobierno que con su poder habían ayudado a crear, en un gobierno que contaba con la gracia de Estados Unidos. Su lealtad a Pinochet seguiría siendo firme, en la medida en que Su Excelencia mostrara cierta flexibilidad. Pinochet, el realista, les permitió atacar un otrora sagrado blanco: el floreciente imperio de Manuel Contreras.

Estos hombres habían trabajado juntos desde antes del golpe, no siempre de manera formal, pero compartiendo ideas e intereses políticos y económicos afines. Aunque nunca constituyeron cuantitativamente una mayoría entre los empresarios chilenos, tenían, a pesar de todo, el poder económico y político como para delinear el futuro económico del país en el Chile posterior al golpe. A lo más, veinte o treinta se agrupaban en la cima del poder. En la banca y en la industria, Javier Vial y Manuel Cruzat, primero juntos y luego separados, habían construido el mayor imperio financiero que el país había visto en su corta vida. Cruzat y su nuevo socio, el financista Fernando Larraín, contaban entre los más ejecutivos --subordinados-- cinco ministros o ex ministros del gobierno de Pinochet. (4) Muy cerca de los grupos Vial y Cruzat-Larraín, estaba el imperio de Agustín Edwards, dueño de la editorial El Mercurio. Habían construido su base económica a través del control de la política económica de la junta y del acceso a las grandes empresas y bancos norteamericanos. Las empresas de Cruzat habían ganado el sugerente nombre de "los pirañas".

En publicaciones, los miembros del grupo competían entre ellos, pero mantenían un indiscutible y creciente control sobre los medios impresos. La empresa El Mercurio poseía el periódico más importante, del mismo nombre, y los dos o tres diarios restantes de Santiago. Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, había sido un importante factor de persuasión para que, en 1970, Nixon ordenara una acción encubierta de la CIA contra Allende. El principal colaborador de Edwards, Hernán Cubillos, hasta el golpe, fue el principal agente de la CIA y conductor de los fondos secretos destinados a grupos de oposición a través de El Mercurio diario del que era presidente en ausencia de Edwards. (5)

Pinochet, poco tiempo después de asumir el poder, confió un grupo de economistas asociados con estos constructores de imperios la tarea de restaurar en Chile el capitalismo puro, perdido tras las reformas de la Democracia Cristiana y la Unidad Popular. Éstos eran hombres elegantes, la mayoría entre 35 y 40 años, procedentes de buenas familias de terratenientes o industriales. Habían estudiado en la Universidad Católica, obteniendo becas de la Fundación Ford u otras similares, a comienzos de la década de los sesenta, para estudiar post grados en economía o administración de empresas en la Universidad de Chicago. Pinochet no se inmiscuyó en sus planes, puesto que no sabía nada de economía. Simplemente, preguntó qué necesitaban para lograr sus objetivos, pidiéndoles no interferir en la tarea de los militares consistente en extirpar el cáncer marxista.

Jorge Cauas, un hombre agradable, regordete, bajo de estatura, con el aspecto de un académico más que de un banquero, condujo el equipo económico del gobierno en su calidad de ministro de Finanzas, detentando el rango oficial de "superministro". Sergio de Castro, ministro de Economía, y Pablo Baraona, presidente del Banco Central, se rodearon de hombres que vestían, pensaban y lucían como ellos: jóvenes brillantes, convencidos de que la ilustración tecnocrática que defendían, por fin tenía libertad para empujar a un país atrasado hacia el mundo moderno. Cuando Cauas fue nombrado embajador en Washington, en marzo, todo el resto subió un escalón: de Castro a Finanzas, Baraona a Economía, y Alvaro Bardón, vicepresidente del Banco Central, a la presidencia del mismo. Eran hombres fríos y ambiciosos (aunque simpáticos, como la mayoría de los chilenos), para quienes los derechos humanos en los primeros años de la junta estaban mucho peor y, en chileno, "no les importaba un comino". Sin embargo, al triunfar Jimmy Carter, vieron la luz.

La página editorial de El Mercurio y una deslucida revista semanal, Qué Pasa, (6) eran sus voceros extraoficiales. Sus lineamientos en desarrollo económico llamaban a la apertura de los mercados chilenos a la competencia internacional para incentivar (léase desproteger) a las industrias nacionales que, de ese modo, podrían competir en el extranjero. Creían poder controlar la inflación sólo a través de mecanismos que manipularan los excedentes monetarios y de la creación de un libre mercado de trabajo (Pinochet pudo garantizar esto al desbaratar el otrora poderoso movimiento sindical chileno). Su mentor intelectual, el economista Milton Freedman, les enseñó que la democracia política era (aunque no necesariamente de inmediato) el producto natural de un mercado económico libre, sin trabas.

A comienzos de 1977, el grupo decidió que la DINA de Contreras había perdido su vigencia. (7) Los editoriales de El Mercurio comenzaron a sugerir que había llegado el momento de que el régimen militar se sacara el uniforme de campaña de los tres primeros años, vistiéndose con un ropaje más institucional. La actual "inamovilidad política" podía arruinar los sólidos logros económicos, decía el diario, previniendo contra el "fanatismo", el "fascismo" y la tentación de usar "modelos franquistas pasados de moda" en el gobierno.

CUANDO EUGENE PROPPER y Cárter Cornick decidieron citar a ciertos miembros del MNC ante el gran jurado, pusieron en práctica una nueva táctica, una combinación entre "divide y vencerás" y "zanahoria y garrote". Garantizaron inmunidad a José Dionisio Suárez y Alvin Ross, a cambio de su testimonio. Esto provocó el efecto de prevenirlos de recurrir a su derecho de Quinta Enmienda para guardar silencio, puesto que la inmunidad les garantizaba que no serían acusados por ningún crimen que confesaran.

Ambos se negaron a hablar. El 20 de abril, un juez de la Corte de Distrito de Estados Unidos declaró a Suárez en rebeldía, encarcelándolo hasta que se decidiera a cambiar de parecer, o hasta el fin del periodo de sesiones del gran jurado, en marzo de 1978. Ross, en cambio, fue liberado. Los informantes de Propper y Cornick les advirtieron que había sido Suárez quien jugó el papel de silenciador. Se había ganado una reputación de mantenedor de la disciplina en términos jerárquicos, intimidando a la gente. Cornick y Propper esperaban que, al permanecer Suárez encarcelado, Ross, "el hocicón", se sentiría menos inhibido para dar cuerda a la lengua. Además, los informantes le dijeron que Ignacio Novo tenía un serio problema de alcoholismo y, borracho, a menudo se vanagloriaba de los crímenes cometidos. Con Suárez en la cárcel, Novo también se sentiría más libre para hablar.

Propper y Cornick tenían una tercera razón para encerrar a Suárez y liberar a Ross: sembrar las sospechas entre ellos.

Mientras Propper esperaba los resultados de su plan o de cualquier otro evento que pudiera revivir el estancado caso, a comienzos de mayo, un policía de la ciudad de Nueva York arrestó a Ricardo Canete de Céspedes, acusado de haber girado un cheque sin fondos.

En la estación de policía, un sargento reconoció a Canete por haber estado allí en ocasiones anteriores y ordenó al patrullero registrarlo cuidadosamente. En el bolsillo, encontró varios cigarros de marihuana, un rollo de billetes falsos de veinte dólares y un pequeño revólver, escondido en la entrepierna. También portaba una licencia de conducir con uno de sus varios nombres falsos. Mientras las acusaciones se multiplicaban, el agente miraba intencionadamente a Canete. Su malestar se convirtió en temor cuando el agente lo invitó a su oficina privada y ordenó cervezas, acomodando los pies sobre el escritorio.

"Ricky, esto podemos arreglarlo fácilmente, o complicarnos la vida. Y yo me imagino que eres un tipo que prefiere las cosas fáciles", dijo el sargento.

Canete observaba la insignia y el arma del policía, igual como un policía contra el vicio inspeccionaba las huellas de hipodérmica en el brazo de un drogadicto. Aunque no entendió nada, Canete creyó haber comprendido sus palabras. La cosa estaba clara: podía convertirse en soplón, o de lo contrario ir a la cárcel. De manera que negoció su libertad, a cambio de información. Por cada cargo en su contra, aumentaba la cantidad de información que debía entregar. Durante varias semanas, ayudó a un agente del servicio secreto infiltrado en el circuito de falsificación, quien le había vendido los malditos billetes de veinte dólares.

La Brigada de Explosivos e Incendios Intencionales del Departamento de Policía de Nueva York estaba interesada en obtener informaciones sobre el MNC. Canete dijo a los sargentos Robert Brandt y George Howard que se había retirado del MNC a mediados de la década de los sesenta, pero que trataría de restablecer contactos. Su amistad con Ignacio Novo se remontaba a 1960, junto con Felipe Rivero y los hermanos Novo, ayudó a formar lo que más tarde llegó a ser el Movimiento Nacionalista Cubano. Cualquier tipo de lucha ética que hubiera tenido consigo mismo acerca de la traición a un viejo amigo, la solucionó rápidamente. Marcó el número telefónico de Center Ford en Union City, donde Ignacio trabajaba como vendedor.

Ignacio Novo reconoció su voz. Después de las formalidades, Canete le sugirió renovar su amistad sobre la base de la ayuda mutua. Ignacio sabía que Canete vendía documentación falsa, en tanto éste sabía que los integrantes del MNC siempre estaban necesitando ese tipo de documentos. Pero Ignacio fue más lejos: "Si Guillermo va a la cárcel, habrá guerra. Agarraremos a Propper, pescaremos a Bell. Le pondremos la mano encima a Fiske (asistente del procurador de Estados Unidos en Nueva York)".

Canete informó sobre su conversación a la policía. El 2 de mayo de 1977, oficiales del Servicio Secreto de Estados Unidos, cuyas tareas incluían la protección de los funcionarios del gabinete, dieron instrucciones a Canete, que se convirtió así en el soplón de dos agencias policiales. El 12 de mayo, el Departamento de Policía de Nueva York (NYDP) dijo a Canete que había encontrado una nueva acusación en su contra, con lo que éste comenzó a enfurecerse por ese típico entrecruzamiento de la policía. Lo habían usado para desenmascarar el circuito de falsificación que le había pasado los billetes falsos y otras operaciones criminales con las que tenía contactos. Había traicionado a Ignacio Novo, un viejo amigo y, posiblemente, lo había metido en líos serios. Y después de eso, iría de todos modos a la cárcel.

El oficial del Servicio Secreto movió la cabeza, diciendo: "Lo siento", mientras a Canete se le llenaban los ojos de lágrimas. "Tiene que haber alguna solución", añadió el oficial, llevándolo a una habitación contigua. Allí, esperando con cara sonriente, estaba el agente especial Larry Wack.

Wack tenía ante sí a un típico rufián callejero fanfarrón, que hablaba la auténtica jerga del bajo mundo de la delincuencia. Pero detrás de esa fachada, sabía que se ocultaba el cinismo del hombre que cree haber encontrado el secreto de la vida, que, para su gusto, era demasiado molesta. Wack percibió un extraño y fugaz revoloteo en sus ojos, una señal de inquietud, un Weltschmertz (8) que la perdida criatura demuestra a veces, como si estuviera pidiendo socorro, o manifestando su última vulnerabilidad.

Se hizo cargo de la libertad de Canete, para quien libertad significaba concurrir a bares con espectáculos de nudismo, meterse en "camorras", "fumaderos" y soplar cocaína; significaba darse empellones con los otros delincuentes callejeros, firmar cheques sin fondos y salir del banco muriéndose de risa; significaba poder jugar con el cortaplumas por la calle, hablar la jerga de los criminales en español, en inglés y en "spanglish". Para Canete, la libertad significaba el olisqueo perruno que practicaban los rufianes entre ellos, buscando en el otro signos de debilidad que algún día pudieran usar en beneficio propio. Los pandilleros que nunca crecen, pero que hacen crecer baldado y provocan padecimientos en el hígado y el riñón, siempre dándose de golpes, como en broma, amenazándose de muerte en varias formas. Sus charras vestimentas en las discotecas de mala muerte los hacen aparecer como criaturas patéticas, sin embargo, son hombres capaces de asesinar, robar, herir. Ésta era la libre vida callejera de Canete, su libertad, su sentido de continuidad de un día al siguiente, desde la década del fascismo de los sesenta hasta la década del crimen de los setenta.

Cuando Larry Wack comenzó su bombardeo verbal contra Canete vio un rostro pálido y asustado, parcialmente cubierto por una bien cuidada barba negra. El sarro de sus dientes denotaba la afición a cigarrillos ingleses importados, de tabaco turco. Para Wack, Canete tenía todas las condiciones de un soplón.

Tras la máscara de rufián despreciable, Wack detectó una rápida y útil inteligencia. El FBI querría que Canete fuera su hombre dentro del Movimiento Nacionalista Cubano y éste lo aceptó como una tarea más del mismo inevitable juego; esto de pasar de una agencia policial a la otra, como un viraje normal de la carrera de su vida.

Contando su historia a recién conocidos, Canete mezclaba hechos reales con fantasías que intentaban dar la impresión de un hombre nacido hacía diez mil años, que había llevado toda la sabiduría de los tiempos a las experiencias callejeras. Según Canete, su carrera política comenzó durante la insurrección conducida por Fidel Castro contra Batista, a fines de la década de los cincuenta. Decía haber contrabandeado armas para el Movimiento Veintiséis de Julio. Orgullosamente, contaba que Fidel Castro le rogó que partiera con él a Cuba, cuando los barbudos regresaron a la isla tras una corta visita triunfal a Nueva York, en 1959. Según decía, en 1960, Fidel Castro le ofreció una oportunidad para ir a Cuba a recibir entrenamiento de la KGB, preparándose para servir en la inteligencia cubana. Rechazó ambas ofertas, aceptando en cambio el ofrecimiento de la CIA, ingresando en 1960 a la Brigada 2506 que invadiría Cuba. Gracias a su habilidad e inteligencia, la CIA lo usó de intérprete del dirigente político exiliado Tony Varona. En una oportunidad, esta actividad lo llevó a Hyannisport, donde se fotografió junto a la familia Kennedy.

Tanta era la importancia de Canete para la CIA, que dos semanas antes del desembarco en Bahía de Cochinos, lo sacaron de las fuerzas invasoras, reclutándolo en un escuadrón secreto, Operación 40. Planificado por el Procurador General Robert Kennedy, este cubano exiliado tipo Waffen-SS debía limpiar los bolsillos de la resistencia, después de la exitosa invasión, y neutralizar a los elementos disidentes en el interior de las fuerzas armadas invasoras. En esta aventura, Canete se asoció a figuras legendarias de la CIA, como el coronel Rip Robertson y Grayston Lynch. La CIA también lo conectó con el principal hombre de la mafia, John Rosselli, y la mujer de la mafia, Marita Lorenz, en el ZR/ RIFLE, sigla clave de la CIA para el complot de asesinato de Fidel Castro.

En 1964, Canete participó en el atentado con bazuca contra el edificio de Naciones Unidas, perpetrado por el MNC, cuando "Guillermo /Novo/ jodió todo, dejando que la bazuca se hundiera en el lodo". También "puso fuera de combate a algunas bestias" y "eliminó algunos negros" con los Novo en el prostíbulo de la Calle 116, en Harlem. Hacia 1966, su imaginación fascista sobrepasó los estrechos límites de los obsesionados anticastristas del MNC y, abandonando a los cubanos exiliados, se integró (o infiltró) en el Partido Nazi Norteamericano de George Lincoln Rockwell, que eran "un atado de locos condenados".

En algún momento de los años sesenta, se fue a Vietnam, donde la CIA lo ubicó en el programa Phoenix. Se especializó en hacer hablar a integrantes del Vietcong, amarrados de una cuerda desde helicópteros en vuelo. A fines de la década, ya de regreso en Estados Unidos, alternaba su tiempo entre el contrabando y la venta de zapatos. Durante toda su peligrosa carrera, Canete siempre consultaba a los jefes espirituales de su culto a los santones, protectores yoruba que lo alejaban del peligro. Practicaba los ritos apropiados de la santería con los amuletos que siempre usaba bajo la camisa. También se ligó a los Tongs chinos y a algunas fracciones de la mafia de Brooklyn, y aprendió Tai Quan Do.

En los sesenta, también aprendió las técnicas de la falsificación, así como otras artes útiles para hacer dinero fácil, rápido y con poco trabajo. Se especializó en trabajos para la policía secreta sudafricana, BOSS, y el MOSSAD israelí. "Firmó un contrato con el líder Yasser Arafat de la OLP y, personalmente, le impidió a ese hijo de puta venir a Estados Unidos por periodos mayores de tres semanas".

Ahora, como agente de Wack, se reunía con Ignacio Novo, quien le presentó a Alvin Ross. Novo le pidió documentos falsos, especificándole edad, estatura, color de cabello y de ojos. Canete entregó copias de estos documentos a Wack, recibiendo como pago y cimentación de su relación $300 dólares, por los cuales firmó un recibo. (9)

Por la naturaleza de las preguntas del gran jurado y por la atención que el FBI prestaba al MNC, los Novo sabían que no pasaría mucho tiempo antes de que descubrieran que Guillermo había viajado a Chile sin autorización, violando así su libertad bajo palabra. Suárez estaba en la cárcel y Guillermo hizo planes para escapar. Canete le fabricó documentos usando el nombre de Frederick Pagan, con una licencia de conducir de Nueva Jersey, un pasaporte panameño y fe de bautismo que correspondía con la edad y constitución física de Guillermo Novo. El 20 de junio, Novo no asistió ante el gran jurado que consideraría la revocación de su libertad bajo palabra, de manera que se le extendió una orden de arresto. Desapareció en el protector submundo de la Pequeña Habana de Miami.

EN SANTIAGO, UN chapucero operativo de la DINA que incluía el secuestro de un niño de dieciséis años, dio a las revistas Ercilla y Qué Pasa un pretexto para su primer reportaje sobre los abusos cometidos por la DINA desde el golpe. Ercilla apareció con un artículo al respecto de cuatro páginas, entregando todos los detalles del secuestro, identificando a agentes de la DINA como los posibles autores e ilustrando el artículo con impresionantes dibujos de fieros agentes aplicando cigarrillos encendidos en la piel viva del muchacho atado y encapuchado. Qué Pasa siguió con extractos de un testimonio secreto ante el juzgado, que contradecía las declaraciones de la DINA de que sus agentes no estaban involucrados. En los números correspondientes a todo el mes de junio, los semanarios progubernamentales llevaron a sus lectores, paso a paso, por la pesadilla vivida por el muchacho, Carlos Veloso, hijo de un dirigente sindical. Este episodio entregó a muchos chilenos su primera visión del bajo mundo de terror y mentiras de la DINA, que constituía el reinado del miedo del gobierno militar. (10)

El 2 de mayo, después del colegio, Carlos Veloso había ido a la oficina de su padre, la Fundación Cardijn, patrocinada por la Iglesia. Ya estaba oscuro a las 6:30 p.m., cuando salió de la oficina. Mientras caminaba hacia una parada de autobuses, tres hombres salieron de un automóvil, lo arrojaron al piso del asiento trasero, llevándolo a una casa donde lo torturaron con cigarrillos encendidos, toques eléctricos y drogas durante seis horas, mientras lo interrogaban acerca de las actividades laborales de su padre. Luego, lo sacaron de un auto, dejándolo en un barrio residencial, justo antes de comenzar el toque de queda. Un transeúnte ayudó al convulsionado muchacho para que pudiera llegar hasta su casa.

Dos días más tarde, otros agentes de la DINA llegaron a la casa de Veloso, diciendo a sus padres que estaban investigando el secuestro y querían llevar al muchacho y a su padre, Carlos Héctor Veloso, para hacerles algunas preguntas. En el centro de interrogatorios, los agentes separaron al joven de su padre, diciéndole que matarían a su familia si no memorizaba una historia falsa de lo ocurrido y no identificaba a cuatro vecinos (todos dirigentes sindicales de oposición) como los secuestradores. En un determinado momento, los agentes, a través de una ventana secreta, le mostraron a su padre. El joven Carlos vio a un hombre apuntando al padre con una escopeta. Reconoció al agente armado como uno de sus raptores originales.

Tres agentes de la DINA se instalaron en la casa de Veloso. Nuevamente drogaron e hipnotizaron al joven. Al padre le dijeron que los marxistas habían sido los raptores de su hijo. El 25 de mayo, los agentes de la DINA llamaron a una conferencia de prensa en la que, bajo la estrecha vigilancia de éstos, el joven Veloso identificó las fotografías de sus vecinos como los secuestradores. Los cuatro nombres entregados a la prensa, correspondían a cuatro personas reportadas como "desaparecidas" desde el 4 de mayo. Los agentes anunciaron luego que los cuatro eran reconocidos marxistas subversivos y habían sido entregados a una corte militar, acusados de secuestro.

La historia verdadera del muchacho salió a luz cuando un obispo católico investigó el caso y puso al joven y a su familia bajo protección. A comienzos de junio, la familia hizo declaraciones bajo juramento ante un juzgado militar, denunciando el secuestro de la DINA y asilándose posteriormente en Canadá.

El martes 28 de junio, el editor de Qué Pasa, Jaime Martínez, dejó su oficina al atardecer, subiendo a su automóvil estacionado enfrente. Mientras lo ponía en marcha, un hombre escondido en el asiento trasero le apuntó con un arma en la nuca, mientras otro sujeto armado abría la portezuela e ingresaba al vehículo. Martínez, un hombre delicado, intelectualoide, de unos 40 años, saltó del coche pidiendo ayuda. Un grupo de trabajadores de la revista presenció los hechos. Uno de ellos anotó el número de placas del Peugeot último modelo que, velozmente, se acercó al vehículo de Martínez y recogió a los dos frustrados secuestradores. (11)

ESE MISMO DÍA, en Washington, Cárter Cornick y Eugene Propper hicieron una llamada oficial al nuevo embajador de Chile, Jorge Cauas, quien recibió en su oficina al joven fiscal y al agente del FBI, con mucha amabilidad. De acuerdo al protocolo, no era normal que un embajador recibiera llamadas de personas con el rango de Propper y Cornick, pero la posición de Cauas como embajador ante el gobierno de Jimmy Cárter había atravesado por muchas dificultades.

Cauas se consideraba un economista, un tecnócrata que evitaba la política. Democristiano en el pasado, con actividades en el equipo económico de Frei, había apoyado con entusiasmo la dictadura de Pinochet, como su única oportunidad de aplicar las teorías políticas que sustentaba en un "laboratorio" libre de presiones políticas. Sus antiguos amigos estaban desilusionados, pero seguían pensando en Cauas como en un ejemplar distinto en el ganado de Pinochet. Durante sus casi tres años como responsable de la economía chilena, se mantuvo públicamente como analista apolítico. Jamás emitió juicios sobre las informaciones de represión política, las torturas y los asesinatos practicados por su gobierno. Eso no era de su incumbencia.

Ningún otro chileno podía llevar a Washington el prestigio y las cualidades personales que poseía Cauas. En eso, tenía alguna similitud con Orlando Letelier, y en el hecho de que había vivido antes en Washington, como director de investigaciones para el desarrollo en el Banco Mundial. Cauas se consideraba "embajador" ante Nueva York y la comunidad de la banca privada, lo mismo que embajador ante la Casa Blanca. En eso, no tenía rivales. A partir de 1976, mientras daba los toques finales al programa de austeridad más severo de la historia del país, las compuertas del crédito privado internacional se abrieron, permitiéndole evitar un déficit de 800 millones de dólares en la balanza de pagos.

En la diplomacia, su éxito era considerablemente inferior. Nombrado embajador por Pinochet seis semanas después de la elección de Carter, llegó a Washington en febrero, pero sólo un mes más tarde Cárter aceptó recibirlo para que entregara sus cartas credenciales. Las relaciones eran frías y empeoraban en la medida en que la administración Carter desataba su campaña en pro de los derechos humanos, haciendo alusiones constantes a Chile. A comienzos de junio, Rosalynn Carter expresamente omitió a Chile en su gira por Latinoamérica y, una semana después, el vicepresidente Walter Mondale y el Consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski recibieron al ex presidente Frei en la Casa Blanca. (12)

El caso Letelier produjo malestar a Cauas. Contemporáneo, aunque no su amigo, respetaba a Letelier y estaba familiarizado con su trabajo en el Banco Interamericano de Desarrollo. Pero, cuando a mediados de 1976, el presidente Pinochet presentó a la reunión del gabinete el decreto que lo privaba de su ciudadanía, Cauas lo firmó. Ahora, sinceramente quería creer que Chile no tenía nada que ver con el asesinato, así como tampoco con el atentado contra Leighton, o con el asesinato de Prats.

Propper y Cornick habían ido a ponerle ese asunto sobre su escritorio. Propper, con gran deferencia, le habló sobre los esfuerzos y la determinación del Departamento de Justicia para resolver el crimen. La investigación, señaló, había develado los nombres de varios terroristas cubanos que se sabía visitaron Chile, y deseaba solicitar la ayuda de Chile para obtener informes acerca de las actividades de tres individuos: Guillermo Novo, Orlando Bosch y Rolando Otero.

Cornick entregó a Cauas una reseña con las fechas de entrada de los cubanos a Chile y sus supuestos alias. Dijo que se deseaba descubrir qué contactos y reuniones habían realizado con los funcionarios de los servicios de inteligencia chilena. Cauas les aseguró que haría todo lo que estuviera de su parte para solicitar la información a las más altas autoridades chilenas, y que estaba ansioso por colaborar personalmente, como pudiera, con la investigación. Señaló que Estados Unidos y Chile tenían un interés común en la identificación de los responsables de las horribles muertes de Letelier y Ronni Moffitt. Chile, en particular, había sido gravemente dañado por las constantes acusaciones de su participación en el asesinato. Sólo resolviendo el caso criminal, el nombre de Chile quedaría limpio de toda mancha.

Ambos investigadores dejaron la oficina. A los pocos días, Propper recibió una llamada telefónica de la embajada, informándole que el presidente de Chile, personalmente, ordenó a Investigaciones, la policía civil, comenzar una investigación, de manera que se pudiera dar respuesta a las preguntas acerca de los tres cubanos. (13)

La respuesta a la solicitud, que fue transmitida a través de Cauas a Propper, casi un mes más tarde, consistente en un memorándum de tres páginas catalogado de "estrictamente confidencial", no contenía ninguna información sobre Bosch y Otero que ya no hubiera aparecido en los medios de prensa, agregando sólo sus direcciones mientras permanecieron en Chile. Guillermo Novo, que entró a Chile con su verdadero nombre, el 3 de diciembre de 1974 y salió el 19 de diciembre, era un "terrorista" sobre el que no se conocían "acciones negativas". El informe ignoró las preguntas de Propper sobre los supuestos contactos de los cubanos con la DINA. Lo importante, según Propper, sin embargo, fue que una parte del gobierno chileno se estaba manifestando deseosa de colaborar con la investigación de Estados Unidos. (14)

EL 8 DE JULIO, Larry Wack recibió una llamada telefónica a las 2:00 de la madrugada y escuchó la voz temblorosa de Rick Canete. Wack sabía que éste había concertado una entrevista con Alvin Ross esa tarde, para entregarle documentación falsa, pero no esperaba tener noticias hasta el día siguiente. Canete empezó a contarle una historia, mientras Wack hacía esfuerzos por prestar toda su atención. Cuando mencionó algo sobre "la bomba de Letelier", Wack lo interrumpió, diciéndole que comenzara de nuevo, para conectar una grabadora.

Mientras ponía la máquina en marcha, le dijo: "Ahora vuelve a contarme todo, frase por frase, tal como recuerdas la conversación. Y cálmate".

"Voy a encontrarme con Al en Ascione Ford, donde trabaja como vendedor. Cuando llego, sale y cierra la puerta (es tarde y él mismo cierra el negocio). Vamos en su automóvil a tomar un trago en un restaurante. Veo un portadocumentos abierto en el asiento delantero, con dos sobres de papel manila, uno dice Orlando Letelier, y el otro, Chile. En el restaurante es muy atento y me ofrece un trago u otra cosa, mientras él va a hacer unas llamadas telefónicas. Pido una Coca-Cola con limón.

"Luego regresamos al garage. Necesito una máquina para llenar los documentos que le traje. Mientras escribo, él se pone a decir pendejadas, ¿tú ves? Empiezo a fabricar unas tarjetas de identificación para un tal Frederick Pagan. Me jacto de mi trabajo, tú ves, para fabricar esas DD 214, (15) tienes que tener en la cabeza todos esos códigos del ejército norteamericano; un error, y eres hombre muerto.

"Y entonces, él me dice: «Yo también soy bueno en mi trabajo», y empieza a jactarse de sus bombas, diciendo que una vez fabricó una en una maceta para plantas. No le creo. No me interesa meterme en sus pendejadas, así es que sigo escribiendo, mientras le contesto, «sí, Al. Seguro».

"Y él agrega: «No estoy bromeando. Te lo digo en serio. Mi bomba era una maravilla, hasta los profesionales me la alabaron».

"Sí, chico, le digo mientras sigo escribiendo. Ya casi tengo listos los DD 214. Él se molesta un poco y me dice: «Mira. Yo hice la bomba de Letelier. La hice aquí mismo. Usé explosivo plástico porque son las más fáciles de moldear y se pueden usar para penetración, produciendo la cantidad de calor que se necesita. Usé un reloj con un aparato con ácido».

Wack lo interrumpió: "Rick, ¿estás dispuesto a someterte al detector de mentiras para comprobar la veracidad de tu historia?"

"¡Por supuesto!", contestó Canete, mientras Wack detenía la grabación.

En la tarde del día siguiente, Wack se encontró con su informante en Central Park.

"¡Esto es una locura!", dijo Canete. "He ido demasiado lejos. Yo no sabía que me estabas metiendo en el medio de una tropa de asesinos. Ya no quiero más de esta basura, quiero salirme de esto".

Wack había tenido poca experiencia en el trato con soplones, pero sabía que Canete estaba aterrorizado y presentía el peligro en que su hombre estaba metido. Sin éxito, trató de persuadirlo para que continuara y siguiera en contacto con él. Canete se negó. Dijo que iría a la próxima cita con Ross, para entregarle los documentos, y eso sería todo. Se separaron, caminando en direcciones opuestas.

EN UNA CELDA de Raiford, la Penitenciaría Federal de Florida, Rolando Otero manifestaba su ira contra Augusto Pinochet, el hombre que personificaba la última de las traiciones de su vida, el que le había prometido asilo en Chile y, en cambio, sus asesinos lo habían humillado como ratón en la trampa, entregándolo después al odiado FBI.

Otero, contrastando con el vulgar y barrigón Orlando Bosch, personificaba la típica imagen que todos -y él también- tenían del terrorista ideal. A los treinta y cinco años, con rasgos oscuros y bien definidos y complexión atlética, se veía más joven y menos ahíto que la mayoría de los terroristas cubanos de Miami. Mientras otros vendían zapatos y automóviles, Otero dedicaba todo su tiempo a las actividades paramilitares, manteniendo un estilo de vida ostentoso: ropa, mujeres, centros nocturnos, muchos viajes, y el buceo como afición.

La ira dominaba la vida de Rolando Otero. Fidel Castro y la Revolución lo habían seducido cuando era niño, hasta que, tras salir exiliado con su aristocrática familia, había alimentado un sentimiento de venganza, jurando matar todos los objetos de su anterior devoción. A los dieciséis años, la CIA lo reclutó, constituyéndose en el integrante más joven de las fuerzas invasoras de Bahía de Cochinos. Odiaba a Castro, sobre todo porque lo había derrotado, sometiéndolo a largos meses de prisión. Desde su punto de vista, traicionado una vez más por la CIA, se convirtió en terrorista independiente, disponible para cualquier grupo que le propusiera aventuras y financiamiento.

Muchos de los terroristas cubanos estaban desilusionados con el gobierno norteamericano, por haber relegado a un segundo plano la causa del derrocamiento de Fidel Castro, en la década de los setenta. Pero Rolando Otero se lanzó. En su furia, entre octubre y diciembre de 1975, prácticamente cada símbolo oficial de Estados Unidos en Miami recibió una bomba: El Aeropuerto Internacional de Miami, dos centrales de policía, el cuartel general del FBI, la Oficina de Seguridad Social, el Edificio Federal, y un gran banco privado. El FBI estaba convencido de que el autor era Otero. Partió a República Dominicana y de allí a Venezuela, dejando ambos países justo antes de que llegaran las peticiones de extradición.

Encontró asilo en Santiago de Chile, a comienzos de 1976. Tenía la esperanza de admirar de cerca el verdadero "nacionalismo" del gobierno de Pinochet y de participar en la victoriosa guerra que se llevaba a cabo contra el comunismo. Pero ahí también se encontró con la traición.

Gene Propper leyó los informes sobre Otero. A pesar de las negativas de Chile, existían claras evidencias de que había estado en contacto con la DINA hasta el momento de su extradición, en mayo de 1976. Estuvo participando en misiones para la DINA y en el juicio, en enero, manifestó su resentimiento contra Chile y su deseo de hablar. En julio, Propper hizo arreglos con el abogado de Otero y superó los escollos legales para sostener una entrevista con él. William Clay, su abogado, dijo que Otero estaba dispuesto a entregar información, cooperando ampliamente en lo relacionado con cualquier información sobre Chile y su policía secreta, pero no aceptaría ninguna pregunta acerca de los exiliados cubanos. Propper se manifestó de acuerdo con él. Consiguió un escrito y arregló así el traslado de Otero a Washington.

La entrevista se realizó en julio, en la oficina del Procurador de Estados Unidos en Washington. Otero estaba nervioso, cruzaba y descruzaba las piernas, apretaba los labios y las mandíbulas, hasta que los músculos contraídos se notaban en su cara. Habló rápidamente, como ametralladora. Al comienzo, manifestó su ira, hablando incoherentemente sobre la injusticia de su expulsión de Chile, la traición, su odio hacia el agente especial Scherrer y hacia Manuel Contreras.

Propper lo dejó desahogarse y luego lo interrogó punto por punto. Quería informaciones detalladas de todos los contactos personales de Otero con los funcionarios de la DINA. Al cabo de tres días de interrogaciones, se descubrió la historia.

En Caracas, a fines de enero de 1976, según dijo Otero, estuvo en el departamento de su viejo amigo Ricardo Morales. Venezuela, sabiendo que el FBI pedía su extradición, lo dejó entrar, en el entendido de que viajaría a Chile de inmediato. Supo que "Mono" Morales era entonces funcionario del DISIP, la policía secreta venezolana. Propper también sabía que era informante ocasional del FBI. Morales persuadió a Otero para que éste hiciera un doble trabajo en Chile: con la DINA, tal y como lo había planeado, pero también que informara al DISIP sobre las acciones de la DINA en el extranjero.

Otero viajó a Santiago el 3 de febrero, registrándose en el elegante hotel de estilo colonial El Emperador. De allí, se fue al Ministerio de Relaciones Exteriores, ubicado en el ala del Palacio de la Moneda que había quedado intacta tras el bombardeo. Se identificó como capitán del ejército de exiliados cubanos y, tras una cordial bienvenida, un funcionario de inteligencia del ministerio le dijo que se pondría en comunicación con él en su hotel, en unos días más.

A los pocos días, tres agentes de la DINA, dos hombres y una mujer, llegaron hasta su habitación. Vestían de civil y se comportaban de manera áspera y autoritaria. De acuerdo con el informe de Propper. Otero dijo a los agentes "que esperaba luchar contra el comunismo cubano dondequiera que se encontrara y que su propósito era ponerse en contacto con la DINA, por encargo de los exiliados cubanos anticastristas". Añadió haberse puesto en relación con la DINA para comprarles explosivos y otros materiales, en retribución a lo cual él podría entregarles "informaciones que a ellos les interesaba sobre comunistas latinoamericanos".

Describió a los tres agentes. La mujer parecía sólo tomar notas y guardar silencio. Tenía unos treinta años y era morena. El que parecía ser encargado, se identificó como el mayor Torres; tenía unos cuarenta años, tez olivácea y era alto y atlético.

El tercer integrante dijo poco, pero hizo preguntas incisivas, mostrando gran conocimiento sobre los cubanos exiliados. Tenía "un metro ochenta de estatura, era flaco, de pelo rubio y ojos azules". Otero le calculó entre treinta y dos y treinta y cinco años, diciendo que parecía más alto a causa de su complexión delgada. Dijo que el agente "tenía aspecto débil y hablaba español con acento norteamericano".

La expresión de Propper no cambió; no dio señales a Otero de que la descripción del agente rubio y alto era más interesante que todo lo que ya había dicho. Rápidamente, comenzó a pensar. El informante de Wack habló de haber visto un chileno alto y rubio, acompañado de Guillermo Novo en los días previos al asesinato. Otro informante agregó el detalle de que "el contacto de la DINA" de Novo era un chileno-norteamericano. Ahora, Otero parecía haber cerrado el círculo: personalmente, se había reunido con un agente de la DINA alto, rubio, experto en asuntos cubanos y que hablaba español con acento norteamericano.

Otero prosiguió la historia de su odisea con la DINA. Habló de otro agente que fungía como su oficial y le ordenó el asesinato de Andrés Pascal Allende y Mary Anne Beausire, haciéndolo viajar a Costa Rica con sus propios medios económicos. Llegó hasta Caracas con la intención de cumplir la orden, informó allí del asunto a Morales y luego regresó a Santiago. Dijo haber estado varias veces con el agente rubio y alto de la DINA.

Cuando se llevaron a Otero, Propper y Cornick analizaron la información recibida. Supieron que el hombre que contrató a Novo para el asesinato podía ser el agente que interrogó a Otero en Santiago. Discutieron acerca de si llevar el interrogatorio un paso más adelante, mostrándole a Otero las fotos entregadas por el FBI como parte del incidente paraguayo. Las fotos habían circulado por algunas oficinas del FBI, pero los agentes tenían estrictamente prohibido mostrarlas a alguien que no fuera oficial.

Las fotografías y en general el incidente de Paraguay no habían constituido parte importante de la investigación y Propper tuvo que refrescarse la memoria. Incluían la primera página del pasaporte que contenía los datos personales y la descripción física de Romeral y de Williams. Aunque las fotos en blanco y negro estaban sobreexpuestas, y se hacía difícil distinguir el color de cabello, la descripción de Juan Williams del documento calzaba.

Cuando los agentes discutieron si mostrar o no a Otero las fotos de Williams y de Romeral, algunos sostuvieron que Otero podría estar jugando chueco, a pesar de su evidente odio contra la DINA y podría informar a la DINA a través de los cubanos que las fotos estaban siendo usadas en la investigación del caso Letelier. Propper estaba indeciso. Durante meses, había puesto grandes esperanzas en la posibilidad de encontrar pistas en el gobierno de Chile o en la Dina. Cualquier signo de que la investigación se estaba centrando en agentes individualizados, como Romeral y Williams, considerándolos sospechosos, podría "secar de inmediato la fuente". Finalmente, decidieron que debía correrse el riesgo.

El 12 de julio enseñaron a Otero las fotos mezcladas con otras. No lo dudó: el rubio agente de la DINA que había conocido en Santiago era el hombre de la fotografía que representaba a Juan Williams Rose. Habían pasado más de ocho meses antes que el Departamento de Estado entregara los pasaportes a Propper. Había pasado casi un año desde que las fotos llegaran a poder del embajador norteamericano, George Walter Landau, en Paraguay.

El misterioso Juan Williams se convirtió en el centro de la investigación. Los teletipos alertaron a las oficinas regionales en relación a la renovada importancia de las dos fotografías.

En Buenos Aires, Robert Scherrer recibió las noticias. Puesto que había manejado el asunto de la expulsión de Otero el año anterior, tenía especial interés por los largos cables que resumían los resultados de los tres días de interrogatorios. Cablegrafió a Washington, engrosando con su análisis la ya voluminosa información. La identificación de Williams como agente de la DINA en contacto con los cubanos en Santiago, según lo señalado por Otero, era "un enorme avance" en el caso, concluyó. Inmediatamente planificó otro viaje a través de Los Andes, hasta Santiago.

LOS RUMORES DE que Pinochet tenía planes de desmembrar la DINA comenzaron a circular en los medios políticos de Santiago en el mes de julio y provenían de dos fuentes: la jerarquía eclesiástica y la embajada norteamericana. Y los rumores calzaban con los acontecimientos políticos del mes.

El 11 de julio, Pinochet lanzó un discurso en la antorchada ceremonia organizada por el Frente Nacional de la Juventud, patrocinada por el gobierno. Por primera vez, delineó el tipo de gobierno que Chile tendría después del gobierno militar, prometiendo que pronto empezaría el periodo de transición hacia la "institucionalidad". Dijo que Chile tendría una "nueva democracia" que protegiera al país por siempre de caer en las garras del marxismo. Sería una "democracia autoritaria, integradora y protectora, basada en el principio de subordinación y la economía libre".

El plan de Pinochet era llamar a elecciones parlamentarias a comienzos de 1980 y aseguraba virtualmente su elección como primer presidente electo en ese nuevo sistema. (16)

De este modo, por primera vez, se refería a un proyecto electoral. El Mercurio y Qué Pasa alabaron el discurso, al que bautizaron como "El Plan de Chacarillas", por el nombre del cerro desde donde fue pronunciado. Era su plan, concebido por las mentalidades tecnócratas de los financistas y escrito por uno de ellos, Jaime Guzmán.

La embajada norteamericana también lo vio como el resultado de sus infatigables esfuerzos por persuadir a Pinochet de abandonar el absolutismo y encaminarse hacia la constitucionalidad, no importando los plazos. Con varios días de anticipación, se enviaron copias del discurso a la embajada, así Washington podría felicitarlos de inmediato. En Santiago, el encargado Thomas Boyatt, el personero más importante desde la salida del embajador David Propper, llamó al día siguiente personalmente al Ministerio de Relaciones Exteriores, ofreciendo al ministro Patricio Carvajal una conferencia de prensa. En ella, señaló: "Acabo de realizar una visita oficial al canciller Carvajal para expresarle de la manera más cordial y formal la positiva reacción que ha habido por parte del gobierno de mi país ante los progresos hacia una nueva institucionalidad por parte de Su Excelencia el Presidente. Mi gobierno está muy satisfecho de ver a Chile en camino hacia un régimen gubernamental generado por un proceso electoral".

Angustiados, los dirigentes de la oposición declararon que Boyatt había felicitado a Pinochet por un proyecto que ellos consideraban una "farsa" y "una burla dentro de la democracia". (17) Pero Boyatt sabía algo que la oposición ignoraba: los civiles que formaban parte del gobierno y los militares moderados habían convencido a Pinochet de que hiciera gestiones sustantivas para mejorar las relaciones con Estados Unidos. Boyatt, amigo de Pinochet desde hacía tiempo, también sabía que entre los planes estaba realizar cambios en la DINA.

Manuel Contreras comprendió las implicaciones personales que tenían los anuncios presidenciales. Significaba que Pinochet había optado contra el modelo gubernamental propuesto por él y sus seguidores, un estado rígido y autoritario, sin elecciones ni partidos políticos, donde el gobierno, como arbitro último, controlara tanto los negocios como los sindicatos. Peor aún, los informantes de Contreras llegaron con la noticia de que hacía algún tiempo Pinochet había solicitado al general en retiro Odlanier Mena, rival de Contreras, la formulación de un plan de reestructuración del servicio de inteligencia de Chile. Además, Pinochet había nombrado al coronel Jerónimo Pantoja, que estaba fuera del círculo de los íntimos de Contreras, como el segundo hombre de la DINA.

El 13 de agosto, durante una visita oficial de Terence Todman, Asistente del Secretario de Estado de Estados Unidos, un vocero oficial anunció la disolución de la DINA y la formación de una nueva organización de inteligencia, la Central Nacional de Información. La DINA, continuaba el anuncio, "ha completado sus delicadas funciones de seguridad nacional que se le habían confiado". Contreras siguió siendo el director del nuevo organismo.

Robert Scherrer llegó a Santiago una semana después de estos hechos. Necesitaba descubrir quiénes eran Juan Williams y Alejandro Romeral, sin que Contreras percibiera su interés. No era difícil de suponer que si Juan Williams estaba efectivamente involucrado con los cubanos en el asesinato de Letelier, y Contreras sabía que Scherrer estaba en la pista, Juan Williams, quienquiera que fuese, sería otro de los desaparecidos de la DINA.

Scherrer hizo averiguaciones. Una revisión secreta en el Gabinete Central de Identificaciones, organismo responsable de los carnets de identidad entregados a todos los chilenos, resultó negativa. No había registros de nadie que se llamara Juan Williams o Alejandro Romeral. En seguida, fue al Ministerio de Defensa y se le permitió revisar los archivos del rol militar. No existía ningún capitán o teniente Williams ni Romeral.

Luego, fue a visitar al cónsul de Estados Unidos, Josiah Brownell. Se había reunido varias veces antes y sus relaciones eran íntimas. Brownell rechazó su petición de revisar los documentos consulares, exigiéndole para ello una autorización expresa de Washington. Afortunadamente, Brownell recibió los "memos operativos" que autorizaban la investigación y llevó a Scherrer al archivero gris donde se guardaban las solicitudes de visa "forma 257-A". Rápidamente encontró las solicitudes de Juan Williams y Alejandro Romeral, las que fotocopió.

Puesto que se trataba de visas oficiales, sabía que era necesaria sólo una "nota verbal" del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile para solicitar las visas en el caso de asuntos oficiales de gobierno. Brownell le mostró dónde estaban archivadas dichas notas y tuvo que revisar cientos de páginas de documentos que acompañaban las solicitudes de visa. Todos los documentos estaban en carpetas, en orden cronológico. Allí estaba la nota, una para ambos individuos. Era una carta-tipo, señalando que Romeral y Williams iban a Estados Unidos en viaje oficial de negocios, por encargo del Ministerio de Economía.

Scherrer enfatizó a Brownell que los archivos del consulado eran de capital importancia en el caso Letelier, advirtiéndole que no permitiera la remoción de ningún documento, ni menos su destrucción. Tras confirmar que en el Ministerio de Economía no trabajaba nadie con esos nombres, cablegrafió su informe, Romeral y Williams eran nombres falsos. Habían solicitado y obtenido visas oficiales con la ayuda del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile para una misión secreta en Estados Unidos, cerca de un mes antes del asesinato de Letelier y Ronni Moffitt. La identificación de Williams como capitán de la DINA relacionado con los terroristas cubanos por parte de Otero, era una razón de más para considerarlo sospechoso en el caso, si podía establecerse que en esa fecha estaba en Washington.

Scherrer pidió a Cornick copias de las fotos de Romeral y Williams y de los pasaportes paraguayos, así como un acabado informe de todos los datos en poder del FBI que pudieran responder a la básica interrogante: ¿Estaba Williams en Estados Unidos alrededor de la fecha del asesinato?

DOS SEMANAS DESPUÉS, estando en su oficina de la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires y mientras examinaba las fotos y los pasaportes paraguayos, sonó el teléfono. Para su sorpresa, el coronel Contreras estaba en la línea. "Quiero que venga de inmediato. Es algo muy importante para mí", le dijo Contreras. Sorprendido, Scherrer le contestó: "¡Ni siquiera tengo visa para entrar a Chile!"

"No se preocupe por la visa", prácticamente le gritó Contreras. Scherrer hizo especulaciones acerca de las posibles razones de la urgencia del jefe de la DINA, quien le agregó: "Acabo de hacerle reserva y alguno de mis funcionarios lo esperará en Pudahuel". El capitán de la DINA Rene Riveros recibió a Scherrer en el aeropuerto de Santiago, haciéndolo pasar por inmigración y aduana.

Sin mirar a su alrededor, despreocupadamente como de costumbre, Scherrer escudriñaba cada uno de los rostros de los oficiales de la DINA al entrar a Belgrado 11. Ninguno se parecía a las dos fotos. "Quiero visas para Sus Excelencias. Las necesito de inmediato, para que el presidente y su esposa tengan seguridad", le dijo Contreras. El presidente Cárter había invitado a todos los jefes de Estado latinoamericanos, incluyendo a Pinochet, para que asistieran a la ceremonia de la firma del Tratado del Canal de Panamá. "Le pido como favor personal que intervenga en este asunto y penetre la barrera que se ha creado en su embajada. Necesito cincuenta y cinco personas. Después de todo, hay una gran hostilidad hacia nosotros en ciertos círculos por estos días", explicó Contreras. También quería permiso para que sus agentes portaran armas.

Scherrer le prometió que haría lo posible. Regresó a la embajada y reunió un equipo de fotógrafos para que cubrieran varias horas de trabajo. Al día siguiente, telefoneó a Contreras por su línea directa, diciéndole: "Pude mover algunos hilos y le tengo buenas noticias. Mándeme los pasaportes y, personalmente, les pondré las visas, devolviéndoselos de inmediato".

Un mensajero de la DINA llevó los pasaportes a la embajada de Estados Unidos. Scherrer se sonreía mientras examinaba cada pasaporte antes de pedirle al fotógrafo que lo copiara. Reconoció algunas caras, como la del coronel Víctor Barría Barría, hombre de la DINA en Buenos Aires, y la del jefe de electrónica de la DINA, José Fernández Schilling. Escribió todos los nombres y números de los pasaportes. Luego, vio otra cara familiar. El nombre del empleado civil del gobierno era Morales Alarcón, pero la foto pertenecía a Manuel Contreras. La fecha de expedición del pasaporte era el 22 de septiembre de 1976, el día siguiente al del asesinato.

Le molestó no encontrar los nombres de Romeral y de Williams, así como tampoco sus fotos entre todos los pasaportes. Sin embargo, se dio cuenta de que los pasaportes de Fernández Schilling, Barría Barría y Morales Alarcón tenían numeración seriada que correspondía a la secuencia de los de Romeral y de Williams. (18)

El 5 de septiembre, Pinochet y su escolta aterrizaron en Washington y se registraron en dos pisos del Hotel Embassy Row, a dos cuadras de la Embajada de Chile, en Avenida Massachusetts. Pinochet consideraba que esa invitación a Estados Unidos era un paso importante para la restauración de su dañada imagen. El presidente Cárter había dado audiencia a cada jefe de Estado latinoamericano, y Pinochet deseaba ser tratado por el presidente norteamericano como su igual.

El senador por Mississippi, James Eastland, hizo un almuerzo en honor de Pinochet. En medio de bromas, Eastland hizo esta observación a otro senador: "Le dije a Pinochet que yo apoyaba la medida de encarcelar a todos los comunistas y agitadores y Pinochet me contestó: «Eso es exactamente lo que yo estoy haciendo»".

Más tarde, mientras hacía antesala junto a Pinochet para entrevistarse con Carter, su traductor percibió que éste tenía los nudillos casi blancos de tanto apretar la silla, en la Casa Blanca. Carter dio la bienvenida a Pinochet y se estrecharon las manos. Dio un informe al Presidente de Estados Unidos acerca del progreso que había hecho en la erradicación del comunismo y la restauración de la ley y el orden. Amablemente, Carter esperó su turno para discutir algunos puntos. Sin elevar la voz ni dejar de sonreír, le dijo que el asunto de los derechos humanos seguía siendo un punto fundamental para Estados Unidos y que esperaba amplia colaboración en el caso Letelier. Pinochet se manifestó ignorante de la preocupación de Carter, pero le aseguró que, personalmente, garantizaría una cooperación total.

Poco después, Pinochet ofreció una conferencia de prensa. Un periodista le pidió comentar acerca de las acusaciones de que Chile había ordenado el asesinato de Letelier. Pinochet hizo el signo de la cruz contra sus labios y juró inocencia. El gesto escapó a los representantes de prensa de Washington, pero no así el juramento: "Soy cristiano, no soy asesino. Juro que nadie en el gobierno chileno planeó jamás una cosa semejante".

Les Whitten, de la oficina de Jack Anderson, había probado casi exactamente lo contrario a partir de informes del FBI. El día de la partida de Pinochet, el jueves 8 de diciembre, la columna de Anderson apareció en cientos de periódicos alrededor del mundo: "El siniestro jefe de la policía secreta de Chile fue el hombre que estuvo detrás del asesinato . . . Algunas fuentes del Departamento de Justicia sugieren que el presidente chileno Augusto Pinochet en persona ordenó el asesinato".

Mientras Pinochet estaba en Washington, el agente especial del FBI Larry Wack recorría discretamente sus contactos en Union City, incluyendo aquellos que sabía se negarían a cooperar, así como aquellos que anteriormente le habían proporcionado informaciones. Desde la conversación con Canete acerca de Alvin Ross, Wack era doblemente cuidadoso. Un error de su parte, cualquier signo que llevara a algún miembro del MNC a sospechar quién había sido su informante, podría significar la muerte de alguien ...

Había leído los informes sobre las entrevistas en Washington con Otero y sobre la investigación de Scherrer en Santiago de los nombres y las fotografías de Romeral y Williams. Había recibido las fotos hacía algunos meses, pero no podía usarlas "en la calle". Ahora, ya tenía autorización para mostrarlas a sus informantes que, en noviembre pasado, le habían hablado de un chileno rubio que andaba con Guillermo Novo y con otros miembros del MNC.

Organizó una reunión secreta e individual con cada uno de ellos, dándole carácter de urgente. Pero este era un proceso lento pues tenía que asegurar protección total, usando agentes para comprobar que los informantes no eran seguidos. Necesitó otros agentes del FBI para que desempeñaran labores de vigilancia, la posición de una revista en el bolsillo de un abrigo o bajo el brazo, todas "claras" y "peligrosas" señales para reuniones clandestinas.

Uno a uno, Wack mostró a sus informantes las fotografías de los pasaportes paraguayos. Algunos de ellos recordaban al individuo bien afeitado, por lo que Wack hizo que el laboratorio del FBI quitara la barba de Williams de una de las fotos.

El 16 de septiembre, Wack telegrafió a Cornick informándole los resultados: todos sus informantes señalaron que la foto de Williams coincidía con el hombre que habían visto con los miembros del MNC. Ninguno de ellos reconoció a Romeral.

EN WASHINGTON, CARTER Cornick reorganizó sus prioridades en el caso. Por primera vez, colocó al comienzo de la lista las fotos de Romeral y de Williams y el incidente de Paraguay. Cornick revisó el expediente, encontrándolo contradictorio. Un memo del Departamento de Estado había dado detallados informes sobre la entrada a Miami de Romeral y de Williams el 22 de agosto, un mes antes del asesinato. El memorándum mostraba visas diplomáticas A-2 y pasaportes oficiales chilenos, no paraguayos. Esto coincidía con las solicitudes de visa descubiertas por Scherrer en Santiago. El memo llevó a Cornick a una hipótesis lógica: Romeral y Williams, después de obtener los pasaportes paraguayos, regresaron a Santiago, obteniendo allí nuevas visas y pasaportes, con los que viajaron a Estados Unidos para cumplir la misma misión secreta.

Pero, de acuerdo con el Servicio de Inmigración y Naturalización, nadie que tuviera esos nombres había ingresado a Estados Unidos. Entonces, ¿cómo supo el Departamento de Estado que Romeral y Williams habían ingresado al país y cómo se enteraron de los detalles de sus pasaportes?

Cornick comparó la información de los pasaportes paraguayos con las solicitudes de visa. Las descripciones variaban ligeramente. Los pasaportes paraguayos estaban a nombre de Juan Williams y de Alejandro Romeral, omitiendo los apellidos maternos. Los individuos que entraron a Miami, según se informó, lo hicieron como Juan Williams Rose y Alejandro Romeral Jara, de acuerdo al informe. Posiblemente, esa diferencia había ocasionado un error en el archivo.

Cornick decidió averiguar una vez más, tanto con el Departamento de Estado como con el INS. Llamó al buró de Chile del Departamento de Estado y habló con el nuevo encargado, Robert Steven, que recientemente había remplazado a Robert Driscoll.

Steven conocía bien Chile y sentía un gran afecto e identificación con el país, fenómeno poco común entre los funcionarios del Servicio Exterior que habían trabajado allá. Entendía las complicaciones de la política chilena y se hizo cargo del buró de Chile con una autoridad y entusiasmo que inmediatamente fue evidente para Propper y Cornick, que siempre se habían quejado de la desidiosa respuesta de Driscoll a sus preguntas en torno al caso Letelier-Moffitt.

Cornick no dio indicaciones a Steven acerca de por qué deseaba investigar el asunto Romeral-Williams. Presentó la petición como algo de rutina. Conversaron acerca del caso. Cornick se mostraba optimista, pero entregaba pocos datos acerca de los recientes progresos.

Steven se dedicó a su tarea. Como miembro selecto de la pura cepa brahmánica de Massachusetts, consideraba el Servicio Exterior un empleo agradable y privilegiado. El caso Letelier-Moffitt le interesaba y la mayor parte de su primera semana en el buró de Chile, se dedicó a poner en orden los caóticos archivos dejados por Driscoll.

EL 21 DE SEPTIEMBRE comienza la primavera en Chile, en el pasado, la época de elecciones; de los asesinatos políticos y campañas policiales punitivas contra la izquierda, en 1974, 1975 y 1976. En los transparentes y tibios días de la primavera de 1977, se desarrollaba la lucha más enconada por el poder, desde, que se produjera el golpe.

Contreras permanecía en la fortaleza de Belgrado 11. Los dirigentes de oposición interpretaban este hecho como prueba de que el estado policial, con su absoluta falta de respeto por los derechos básicos de los ciudadanos, continuaba igual. Apuntaban hacia las similitudes entre la ex DINA y el decreto presidencial que creaba la nueva Central Nacional de Información, CNI. Contreras, sin embargo, se aferraba desesperadamente al poder. Ya no podía contar como su aliado absoluto al Presidente de Chile y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas.

Durante septiembre y octubre, Contreras se mantuvo cerca de sus siempre leales agentes civiles de la DINA. Los oficiales de carrera del ejército, como el director de operaciones, coronel Pedro Espinoza y el capitán Armando Fernández, ya no querían ligar su futuro a un imperio declinante. Comenzaron a salir de la DINA, trasladándose a puestos militares.

El equipo de los leales de Contreras evitaba cuidadosamente usar el término "Ceneí" (CNI), refiriéndose al "servicio", que, para ellos, siempre significaría la DINA, vanagloriándose de su poderosa línea dura. En septiembre, estalló una serie de bombas en El Mercurio, el Citibank y la antigua residencia de Pinochet. La prensa reprodujo con celo las acusaciones oficiales contra los "extremistas de izquierda". Pero entre los periodistas y el personal de la embajada de Estados Unidos era un secreto a voces que los hombres de Contreras habían colocado la mayoría de las bombas, si es que no todas, como advertencia a los que promovían la línea blanda. (19)

Habían sobrepasado a Contreras. Mientras las mismas leyes marxistas que había jurado erradicar habían aparecido como serpientes malignas en el seno de la DINA, los intereses económicos habían determinado el curso de los acontecimientos.

El grupo económico de tecnócratas había usado a la DINA, había confiado en el deseo sin barreras de Contreras para destruir el sindicalismo chileno, silenciar todas las opiniones políticas, salvar a la nación de todos los obstáculos institucionales que se presentaban en el camino de su modelo económico. Pero una vez que esto se había logrado, los "Chicago boys" encontraron que la DINA y sus métodos eran un obstáculo y, sin sentimentalismos de lealtad, ahora completaban activamente para su eliminación y la de su jefe, de su creador.

Como coronel, había pasado por encima del poder de diez generales en la cúspide de su autoridad. Con la DINA eliminada formalmente y sin el sólido apoyo de Pinochet, descubrió lo que ya había sospechado: no tenía independencia en el seno de la estructura militar. Tenía amigos y admiradores, pero no tantos en comparación con la cantidad de enemigos. Incluso sus partidarios incondicionales no poseían el poder como para enfrentarse al cuerpo de generales y defender su posición sin el apoyo abierto de Pinochet.

Contreras, obligado a retroceder, reunió a sus incondicionales y se preparó para dar la batalla por recuperar el apoyo de Pinochet, para convencer a Su Excelencia de que el grupo económico lo había persuadido de disolver la DINA y arrodillarse ante Estados Unidos. En verdad, lo había engañado y traicionado a la patria.

Antes de tomar la ofensiva, Contreras debía protegerse. Pinochet lo remplazaría por el general Odlanier Mena, su enemigo, un hombre celoso del poder de su predecesor. Contreras no quería ninguna evidencia comprometedora en manos de Mena. Antes de entregar el mando, supervisó a sus hombres en una tarea que duró una semana, expurgando de los archivos de la DINA el material relacionado con detenciones clandestinas, brigadas, interrogatorios y centros de ejecución.

El 22 de octubre, Contreras asistió a mediodía a una recepción en la embajada de Perú. Entre los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, vio a su amigo, el coronel Enrique Valdés Puga, que le había solucionado sus necesidades de pasaportes. Guillermo Osorio, el hombre de Puga que había implementado los detalles, estaba al otro lado de la sala. Contreras y Puga le sonrieron. Osorio había comenzado a beber incluso antes de ver a Puga y a Contreras en la recepción. Cuando se acercaron, apuró el resto de su vaso de vino y pidió más. Observadores señalaron que el trío se fue a la una de la tarde y, en el automóvil de Contreras, llevaron a Osorio a su casa. Un pálido Osorio entró solo a su casa. Mientras la sirvienta los atendía para comer, siguió bebiendo. Comió poco y contestó con cautela a las preguntas de su esposa Mary sobre su evidente estado depresivo. Ella no insistió, había aprendido a no provocarlo.

El débil y maduro diplomático de carrera se levantó tambaleante de la mesa diciendo que "se tendería a descansar un rato" y pidiendo a su esposa un "Alka-Seltzer". En el dormitorio, se quitó los pantalones, tomó el "Alka-Seltzer" y se recostó. Su esposa lo dejó solo. A los pocos minutos, ella y la sirvienta oyeron un disparo, precipitándose en la habitación. Osorio sostenía un revólver que guardaba en el velador, en su mano, colgando del dedo pulgar. De un pequeño agujero en la mitad de la frente, caía un delgado hilillo de sangre. (20)

LA PRIMERA SEMANA de noviembre, el gobierno comunicó oficialmente que Contreras había renunciado a la dirección de la DINA/CNI. Simultáneamente, se anunció que Contreras estaba entre los ocho coroneles del ejército promovidos a brigadier general. Contreras, según decía el anuncio, había sido nombrado consejero especial del presidente en asuntos de seguridad nacional.

Desde 1973, Contreras había sido una figura misteriosa, cuyo nombre rara vez se mencionaba, un símbolo casi abstracto del terror que dominaba Chile. Pocos fuera del ejército lo conocían. El 3 de noviembre se levanto, oficialmente, el manto del misterio y la fotografía de Contreras se distribuyó a la prensa, junto con las de los demás coroneles ascendidos a brigadier general. Esa tarde, el rostro de Contreras apareció en la primera plana del tabloide La Segunda.

El nuevo director del CNI, Odlanier Mena, se reintegró al ejército para asumir su cargo. Había regresado sólo algunos días antes de su puesto de embajador en Uruguay. Cuando fue a asumir el cargo en el cuartel general de la DINA, a mediados de noviembre, llevó consigo a una docena de ayudantes militares seleccionados. Entraron al edificio de Belgrado 11 con la actitud de un ejército de ocupación. Los archivos mostraban aún las huellas del saqueo perpetrado por los hombres de Contreras, habiéndose retirado de su ex oficina la mayor parte del equipo electrónico.

Las siguientes tres semanas, Mena y sus hombres eliminaron cerca de mil agentes, la mayoría de ellos civiles, a través de la solicitud de su renuncia voluntaria o, directamente, del despido.

En Washington, Robert Stevens rastreó los archivos del buró de Chile en busca de material relacionado con Romeral y Williams y el incidente paraguayo. Conociendo los normales procedimientos de trabajo de los funcionarios del Departamento de Estado, concluyó que el material más importante acerca de lo ocurrido en Paraguay podría estar archivado en el fichero secreto personal de Harry Shlaudeman, que recientemente había dejado el cargo de secretario asistente para Latinoamérica. Después de obtener la autorización, fue a la oficina vacía de Shlaudeman y abrió el archivo de material clasificado.

No estaba equivocado: allí había varias carpetas relacionadas con el asunto de Paraguay y los pasaportes Romeral y Williams. Debido a su clasificación, nunca habían circulado a través de los canales normales del Departamento de Estado. Cada vez que encontraba material de importancia, se lo enviaba a Propper por correo. En algunos casos, pedía al fiscal que acudiera personalmente al Departamento de Estado a leer documentos cuya clasificación como ultrasecretos no permitía su traslado o reproducción. (21)

El documento clave era un cable del embajador George W. Landau, dirigido a Vernon Walters, director adjunto de la CIA en 1976, enviado a la CIA vía Departamento de Estado, a través del canal conocido como "canal Roger". Por primera vez, Propper dirigió toda su atención a lo sucedido en Paraguay en julio y agosto de 1976, lo que había permitido que Estados Unidos tuviera en su poder las fotografías que actualmente constituían el centro de su investigación.

Según supo Propper, el general Vernon Walters había viajado a Paraguay en junio de 1976 para sacar de su puesto al jefe de la CIA, a raíz de una discusión con el embajador Landau. El jefe de la CIA engañó a Landau poniéndolo en la embarazosa situación de haber tenido que negar al gobierno paraguayo que cierto individuo de esa nacionalidad era agente de la CIA, lo que demostró ser falso. El viaje de Walters tenía el doble propósito de hacer un sumario al jefe local de la CIA y tratar de convencer a los paraguayos de no matar al desafortunado agente, detenido y acusado de participar en un complot para derrocar al presidente Stroessner.

Esta tarea no era desconocida para Walters, desde mucho tiempo asignado a Latinoamérica y amigo cercano de las figuras más importantes de los gobiernos militares que controlaban la región. Consideró ese viaje como un obsequio previo y su ya presupuesto retiro de la agencia.

El agente paraguayo Conrado Pappalardo recibió a Walters a su llegada, organizándole entrevistas con personalidades del país, incluyendo al presidente Stroessner. La visita había sido cordial. El jefe de la oficina de la CIA fue enviado a Buenos Aires, y de allí, a Estados Unidos, pero el destino del agente de la CIA, que había sido torturado y permanecía en prisión, aún no se resolvía cuando partió Walters, en la última semana de junio.

Luego, Landau se había ido de vacaciones por dos semanas y, a su regreso, Pappalardo le hizo una petición que Landau calificó en el cable como "extraña". Pappalardo le dijo que el presidente Pinochet de Chile había solicitado al presidente Stroessner pasaportes para dos agentes chilenos de la DINA, el capitán Juan Williams y el teniente primero Alejandro Romeral, para llevar a cabo una misión en Estados Unidos. Pappalardo señaló que él tenía entendido que la misión chilena había sido arreglada en Santiago con la CIA y que los dos individuos estarían en contacto con el general Vernon Walters a su llegada a Washington. Pappalardo había informado inmediatamente a Landau sobre la misión chilena y pidió que éste facilitara el otorgamiento de las visas por parte de Estados Unidos. Landau señaló que había sospechado de ese asunto por considerar inusual que la CIA en Chile arreglara una misión de la DINA en Estados Unidos usando pasaportes de un tercer país. Pero, expresó, parecía que la solicitud de visas para la misión chilena a Estados Unidos era el quid pro quo que Paraguay exigía a cambio de salvar la vida del agente de la CIA. Landau dijo haber otorgado las visas después de haber intentado infructuosamente de comunicarse con Walters, a fin de consultarlo sobre el asunto. Pero señaló haber tomado la precaución de fotocopiar los pasaportes y enviado las copias a la CIA, de manera que ésta pudiera controlar a los agentes de la DINA.

Luego, Propper leyó la respuesta de Walters, del 4 de agosto. Decía no haber hecho ningún arreglo con Pappalardo en relación a la colaboración en esa misión de la DINA. Dijo haber discutido el asunto con el director de la CIA, George Bush, llegando al acuerdo de que la agencia no quería nada con esa misión y no deseaba ponerse en contacto con los agentes Romeral y Williams. También señalaba que la petición paraguaya era "altamente irregular" y "una extraña manera de hacer negocios".

Propper supo que el embajador Landau tomó medidas inmediatas para reparar el paso en falso que había dado al otorgar las visas. Cablegrafió al Departamento de Estado, señalando que las visas para Romeral y Williams deberían ser canceladas, avisándose al 1NS para prevenir su ingreso al país. Landau avisó al Departamento de Estado que había llamado a Pappalardo, solicitándole retirar los pasaportes a los chilenos y llevarlos a la embajada para cancelar las visas. (22) En las semanas que siguieron, Landau llamó diez veces a Pappalardo hasta que, finalmente, a mediados de septiembre, recibió los pasaportes que no habían sido utilizados.

Para Propper estaba claro que el incidente paraguayo había suscitado un considerable malestar en los escalones superiores de la CIA y el Departamento de Estado, mucho más del acostumbrado para una cancelación de visa, asunto manejado generalmente por los funcionarios consulares y de la Oficina de Visa y Pasaportes del Departamento de Estado. Supuso que tal vez eso podría atribuirse a la "delicadeza extrema" del otro asunto, el cambio del jefe de la oficina de la CIA y el descubrimiento del agente de la CIA paraguayo.

Propper siguió la huella dejada por los pasaportes. El buró de Chile del Departamento de Estado recibió las copias de los pasaportes el 6 de agosto. Propper ya conocía los siguientes documentos: los memos del Departamento de Estado que habían acompañado las fotos y demás documentos de Romeral y Williams que se adjuntaron al ser enviados al FBI, después del asesinato. También el comunicado del 22 de octubre del Departamento de Estado, notificando al FBI que Romeral y Williams habían ingresado a Miami el 22 de agosto, con pasaportes chilenos.

Después de que Cornick le comunicara que las averiguaciones con el INS eran negativas, ya que no existían datos sobre la entrada al país de Romeral y Williams, Propper había descartado esa información. Cornick había vuelto a revisar los datos del INS, después de que Otero identificó la fotografía de Williams como la del agente de la DINA, pero recibió la misma respuesta negativa anterior.

Los nuevos documentos proporcionados por Steven eran un descubrimiento sorprendente. Propper leyó un memo fechado el 11 de noviembre de 1976, del funcionario del buró chileno Robert Driscoll y dirigido a su jefe, Harry Shlaudeman. Decía que los dos oficiales chilenos habían sido vistos en Washington durante un periodo que coincidía con el asesinato. Shlaudeman había ordenado a Driscoll enviar la información al FBI, cosa que éste no hizo.

Las preguntas eran obvias. Si el INS no tenía datos de la entrada al país de Romeral y Williams, ¿quién había informado al Departamento de Estado que dos chilenos, usando esos nombres, habían entrado con pasaportes diplomáticos chilenos en la fecha exacta del 22 de agosto? ¿Quién había informado a Driscoll de que alguien había visto a los dos individuos en Washington? ¿Por qué Driscoll había desobedecido la orden de su superior, no informando al FBI?

Pero aún existía una pregunta más importante: ¿Quién era Juan Williams y quién era Juan Williams Rose? ¿Eran dos personas, o una sola? Cualquiera que fuese su real identidad, el Juan Williams cuya fotografía aparecía en el pasaporte paraguayo, era un oficial del ejército chileno, un agente de la DINA que se encargaba de los asuntos cubanos y que había sido identificado en compañía de Guillermo Novo, el presunto asesino, cerca de la fecha del asesinato. Juan Williams debía ser ubicado e interrogado.

Propper se reunió con Cornick para decidir la estrategia a seguir. Cornick envió a Scherrer la información recién encontrada del Departamento de Estado. Casi en ese mismo momento, Scherrer había sabido algo de la información, lo que lo estimuló más aún por descubrir la identidad de Juan Williams. En una recepción de comienzos de noviembre en Buenos Aires, casualmente escuchó el nombre Williams en una conversación de un oficial del ejército chileno. El oficial contó a Scherrer que ese nombre, originalmente inglés, correspondía a un capitán de la marina que, en el siglo XIX, había desempeñado un importante papel en la historia militar de Chile. Juan Williams había derrotado a los franceses en una incursión marítima, en 1843, reclamando para Chile el Estrecho de Magallanes. Scherrer escondió su asombro cuando el oficial agregó que la fecha exacta del famoso desembarco de Juan Williams en el Estrecho fue el 21 de septiembre de 1843, ¡aunque más de un siglo después, el mismo día del asesinato de Letelier!

La investigación no podía progresar sin pedir, de una u otra forma, informes sobre Juan Williams directamente al gobierno chileno. El asunto era cómo hacerlo. Un paso en falso podía provocar la desaparición del misterioso Juan Williams para siempre.

El despido de Contreras de la DINA/CNl había cambiado radicalmente el balance del poder en el seno de las fuerzas militares y policiales chilenas. Por primera vez, era posible que un acercamiento discreto a través de la policía o los canales diplomáticos se manejara en forma confidencial, sin que inmediatamente se filtrara la información hasta Contreras. También era posible que si incluso Contreras sabía algo sobre el interés de Estados Unidos por Williams, ya no estaría en condiciones de eliminarlo. (23)

Propper prefería plantear a Chile el asunto Juan Williams a través del embajador Jorge Cauas. Pero el primer intento por contar con la cooperación de Cauas en la investigación, en junio pasado, había sido un gran fracaso. Al comienzo, éste aseguró a Propper que el mismo presidente Pinochet había ordenado una investigación especial sobre las actividades de los cubanos exiliados en Chile. Esto resultó ser una mentira, no obstante los funcionarios norteamericanos estaban convencidos de que Cauas era sincero al manifestar el deseo de cooperación de Chile. Más tarde, cuando llegaron las respuestas chilenas a las preguntas de Propper acerca de los cubanos, contenían sólo falsedades y sirvieron únicamente para convencer al fiscal de que el gobierno chileno estaba directamente involucrado en el caso Letelier, o encubriendo a los culpables.

En un cable enviado el 7 de diciembre desde Buenos Aires, Scherrer propuso una estrategia. Decía que, dado lo que se sabía acerca del incidente paraguayo, especialmente la petición personal de pasaportes por parte de Pinochet al presidente Stroessner, era posible que el gobierno chileno negara tener conocimiento de los nombres, si se les preguntaba oficialmente. Para eliminar esa posibilidad y poner a los funcionarios chilenos entre la espada y la pared, recomendaba revelar los detalles específicos que poseía el FBI que, aunque insuficientes, serían extremadamente embarazosos para el gobierno chileno. Además de los nombres de Williams y de Romeral, se diría a los chilenos que el FBI sabía que ambos individuos habían obtenido visas en el consulado de Estados Unidos el 17 de agosto de 1976, viajando a Estados Unidos en el curso de ese mismo mes.

En seguida, propuso una artimaña para ocultar la verdadera extensión del conocimiento que Estados Unidos poseía en relación al incidente paraguayo. Se informaría a los chilenos que las computadoras del FBI habían entregado datos relacionados con el intento de Romeral y Williams de usar pasaportes paraguayos y obtener visas en Asunción, en julio de 1976. Concluyó que los chilenos quedarían impresionados por esa información que estaba en poder de las computadoras norteamericanas, y preocupados con la posibilidad de que el FBI poseyera más informaciones de las que había revelado.

En lugar de proceder a través del embajador Cauas, Scherrer propuso acercarse al general Ernesto Baeza, director de investigaciones, con el objeto de mantener la solicitud de información sobre bases estrictamente policiales. Baeza había colaborado con el FBI y otras agencias de investigación criminal en varias ocasiones en el pasado, y Scherrer lo conocía bien. También era uno de los generales que había expresado su desacuerdo con Contreras y las operaciones de la DINA, entregado a Scherrer información sobre las actividades de los cubanos exiliados en Chile y datos de inmigración acerca de los viajes de éstos desde y hacia Chile.

GEORGE WALTER LANDAU, alto y delgado individuo de unos cincuenta años, ahora embajador en Chile, salió de su despacho para saludar a Scherrer, conduciéndolo hasta su oficina privada. De su maletín, Scherrer sacó las fotografías de Williams y Romeral y un borrador de la carta dirigida al director de investigaciones Baeza, subrayando la petición de información por parte de Estados Unidos. Landau reconoció las fotos que existían gracias a que, diecisiete meses antes, siendo embajador en Paraguay, su instinto le ordenó fotografiar los pasaportes y enviarlos a la CIA.

Landau prometió el total apoyo de la embajada, mostrándose entusiasta dentro de su habitual comportamiento apático. El asunto sería tratado exclusivamente de policía a policía, pero Landau insistió en que se le consultara e informara de cada paso.

El jueves 29 de diciembre, se despacharon las fotos y la carta. Baeza se encontraba de vacaciones en Punta Arenas, al sur del país, pero su segundo, J.F. Salinas, aseguró que inmediatamente le haría llegar la carta.

Pasó una semana sin tener noticias de Baeza. Posteriormente, Scherrer, que ya había regresado a Buenos Aires, recibió un llamado urgente de Landau, pidiéndole viajar de inmediato a Santiago para presionar a Baeza en el asunto Romeral-Williams. En Santiago, Scherrer y Landau se reunían a diario. Baeza seguía en Punta Arenas y sospecharon que simplemente estaba eludiendo el asunto. Todas las mañanas Scherrer llamaba a Investigaciones, presionando a Salinas y luego se reportaba con Landau. Después de una semana de insistencias, Salinas organizó una comunicación por radio entre Scherrer y Baeza, quien le dijo haber recibido las fotos y la carta, pero que había "seguido los canales oficiales", enviando la petición norteamericana al Ministerio del Interior, general Raúl Benavides, oficial superior de la DINA/CNI de acuerdo a la reestructuración. Abatido, Scherrer terminó la conversación y se fue a informar a Landau. Sentía que Baeza había cedido, lavándose las manos de todo el asunto y lanzándolo hacia arriba, donde evidentemente lo habían bloqueado.

Landau y Scherrer se reunieron en la oficina del primero y luego cablegrafiaron por separado sus informes a Washington. Con el rechazo de Baeza para encargarse del caso como un asunto policial, la investigación quedaba ahora en manos del Departamento de Estado y del Departamento de Justicia. De allí en adelante, la diplomacia y el uso selectivo del poder internacional de Estados Unidos, tomarían la delantera por encima de las investigaciones realizadas por los encargados del caso, siendo ellos quienes determinarían el destino que tendría el asunto.

El embajador Landau, involuntariamente envuelto en el caso desde antes del asesinato a raíz de su anterior cargo en Paraguay, se unió a Propper, Cornick, Wack y Scherrer, tomando el asunto como un desafío personal. Como la mayoría de los encargados de asuntos latinoamericanos en el Servicio Exterior, Landau había estado de acuerdo con la "teoría del mártir". Se había resistido a la idea de que el poco usual incidente de los pasaportes paraguayos estuviera vinculado al caso Letelier-Moffitt. Después del asesinato, no había intentado siquiera llamar la atención del FBI sobre el incidente. (24)

Según él, había hecho lo apropiado al reportar el asunto a sus superiores del Departamento de Estado y al director y el director adjunto de la CIA. Nada tenía que agregar ahora a sus cables e informes de 1976.

Realizó un juego de suposiciones acerca de lo que otros en e! •Departamento de Estado llamarían "una pelota difícil", un americanismo que Landau prefirió evitar. Nacido en Viena, se había hecho ciudadano norteamericano cuando era soldado en la Segunda Guerra Mundial. Aún conservaba un aristocrático aire europeo que lo distinguía de sus colegas embajadores. Pero su arrugado rostro, asoleado a lo largo de todo el año, tenía la expresión del diplomático veterano, una mezcla de afabilidad y firmeza. Huellas de su acento austríaco añadían a su inglés un toque autoritario.

Landau poseía excelentes credenciales para la tarea que iba a emprender con el gobierno militar. Había llegado al grado de coronel en la Inteligencia del Ejército de Estados Unidos y, en 1947, había dejado el servicio. Dedicado a los negocios privados, había vivido varios años en Colombia como gerente general de una planta manufacturera de automóviles. En 1957, fue oficial de reserva del Servicio Exterior, siendo asignado a Montevideo con el rango de Agregado Comercial. (25)

La mayor parte de su carrera diplomática le había facilitado el contacto con dictadores de derecha. Sirvió en España como jefe de los funcionarios políticos durante el régimen de Franco, especializándose en asuntos españoles y portugueses durante algún tiempo, antes de ser nombrado embajador en Paraguay, en 1972. En España se ganó la reputación de ardiente defensor de Franco y su gobierno, pero hacia 1977, en las audiencias del Senado que discutían su nombramiento de embajador en Chile, se declaró "ferviente defensor de la causa de los derechos humanos". Una vez que Scherrer lo convenció que agentes de la DINA, y no izquierdistas, eran lo más probables sospechosos de los asesinatos, Landau se abocó a la tarea de forzar a los chilenos para que entregaran al testigo clave del caso: Juan Williams.

En Washington, Propper se sintió vengado al saber que Scherrer había fracasado en su intento por usar a Baeza. Aunque nunca se habían reunido, con frecuencia ambos habían estado en desacuerdo en relación a qué tácticas usar para aproximarse a las potenciales fuentes chilenas. Se sintió reforzado por la presencia de un rígido y decidido embajador como Landau. Había llegado a la conclusión de que se habían agotado los recursos regulares de la investigación. Sólo les quedaba una carta: el retrato de Juan Williams. Propper estaba preocupado por lo débil de su posición ante Williams y lo poco que en realidad sabía acerca del misterioso agente. Las evidencias de sus informantes, que ligaban al agente con los cubanos, eran sólidas y convincentes, pero virtualmente inútiles en la corte. A este punto, era dudoso de que pudiera incluso obtener el permiso de arresto de Guillermo Novo y Alvin Ross.

Sin embargo, Propper podía contar con otras fuerzas. Con el apoyo del Departamento de Estado, podría levantar su mano tan arriba que, tal vez, los chilenos, conscientes de su culpa y sin saber la real extensión del conocimiento de Estados Unidos, pudieran sentirse obligados a cortar sus amarras, perdiendo la apuesta. El cuadro de un gigantesco juego de póquer se reproducía claramente en su imaginación. No era un buen jugador, pero le encantaba el desafío del póquer y su maniobra principal: el lance:

El mecanismo legal que escogió para su movida fueron las cartas petitorias o rogatorias, que eran una solicitud de asistencia judicial internacional. Este recurso permitía a la corte de un país pedir a la corte de otro realizar ciertos procedimientos legales. Estas peticiones eran recíprocas y frecuentes en asuntos de comercio exterior en los juzgados de la mayoría de los países no socialistas. Los procedimientos incluían poner a los testigos bajo juramento y hacerles preguntas proporcionadas por la parte solicitante. Propper comenzó a preparar una lista de preguntas para Juan Williams y Alejandro Romeral.

EN SU LABORATORIO electrónico de Lo Curro, Michael Townley pasó la mayor parte de su tiempo, durante enero de 1978, aprendiendo técnicas computacionales. Durante el último año, su trabajo en la DINA había cambiado radicalmente y, tras la renuncia de Contreras, Townley se había considerado afortunado de no haber sido purgado por el general Mena junto con otros tantos agentes civiles. Se dedicó a los libros y revistas técnicos con la misma dedicación con que una vez estudiara la tecnología del terrorismo: electrónica y explosivos. Ya había establecido contactos comerciales con dos firmas importadoras de computadores de Estados Unidos, efectuando compras para la DINA y una clientela privada que iba en aumento.

Pensaba poco en la misión Letelier. Desde entonces, mucha agua había corrido bajo el puente y otras misiones en Argentina habían llenado su atención. Sus colegas de la DINA le habían aliviado el nerviosismo (26) que le produjera el fiasco de Paraguay, asegurándole que otros dos agentes usando los mismos nombres Romeral y Williams, viajaron a Estados Unidos para despistar las posibles pesquisas. De acuerdo a lo que sabía, la investigación norteamericana de los asesinatos se había concentrado casi exclusivamente en el "contacto cubano", siendo incapaz de ligar el crimen con Chile o con la DINA. (27)

A fines de enero, mientras se preparaba para salir de vacaciones al sur, con su familia, Townley recibió una llamada desde Miami. Quien llamaba, se identificó como "Fernando". Reconociendo el código y la voz, supo que se trataba de Guillermo Novo. Hablaron con eufemismos. Novo le pedía dinero y, aunque calmado, su solicitud de un "préstamo" de 25,000 dólares fue firme. Dijo que el caso estaba candente y la "organización" necesitaba el dinero para "reubicar a algunos de sus miembros".

Townley fue amable. Sabía que Novo había estado escondido desde junio pasado, usando peluca y cambiándose de escondite en escondite dentro de la Pequeña Habana. Le dijo que comunicaría su solicitud a Contreras, que estaba de vacaciones en su casa en la playa, en Santo Domingo. Durante los días siguientes, recibió más llamadas y peticiones de dinero, primero Novo una vez más, y luego de Virgilio Paz y Alvin Ross. Cada uno usó una táctica distinta. Novo siguió llamándolo "préstamo". Paz señaló que era un asunto de honor y amistad entre él y Townley y entre el MNC y la DINA. Ross gruñó y maldijo, amenazando con graves consecuencias si la DINA no pagaba su "deuda".

En su Austin Mini, Townley se dirigió a Santo Domingo, a una hora y media de distancia de Santiago, para hablar con Contreras. Tenía que pasar por San Antonio, el puerto, y luego cruzar el puente de cemento del turbio río Maipo. Mientras conducía por el puente, pudo divisar a su derecha el edificio de Tejas Verdes y el cuartel de ingeniería del Ejército, donde había estado varios días entrenándose para su carrera en la DINA. Sobre el puente, en una colina a su izquierda, estaba la blanca estatua de cemento del Cristo de Maipo y, abajo, los restos de las abandonadas cabanas del campo de concentración. Cinco minutos más tarde, llegó a los negros roqueríos conocidos como Rocas de Santo Domingo, enfilando por las tranquilas calles llenas de bugambilias, hasta llegar a identificarse ante el guardia de la calle de Contreras.

Manuel Contreras, aún vistiendo su atuendo de pesca, saludó calurosamente a su agente, quien le comunicó las noticias. Contreras le pidió su opinión acerca de la petición de los cubanos. Contestó que era poco probable que el FBI hubiera organizado una investigación seria contra los cubanos. Un miembro del MNC había estado en la cárcel durante casi un año por rehusarse a testificar ante el gran jurado y las autoridades norteamericanas no habían podido culparlo del crimen.

Dando muestras de que la reunión había terminado, Contreras negó el dinero, pidiéndole que les comunicara que podían mandar a Chile a sus familias, si querían, que ellos se encargarían. Pero, continuó, los miembros del equipo del asesinato deberían arreglárselas solos, ya que ya no contaba con tanto presupuesto como antes.

Mientras se encaminaba hacia la puerta, en un lance de audacia poco habitual en él, Townley insistió por última vez. "Si usted no puede ordenar el envío del dinero", dijo, "¿no podría .. . Usted sabe . . . pedirlo más arriba?" "No puedo", contestó textualmente Conteras. "Nadie, excepto yo, sabe acerca del operativo. No puedo pedir dinero".

EL 17 DE FEBRERO, el asistente del Secretario de Estado, Warner Christopher, citó al embajador de Chile Jorge Cauas al Departamento de Estado. Allí, entregó a Cauas un documento de diez páginas, atado con cinta roja oficial y que lucía los sellos del Departamento de Estado y del Departamento de Justicia. Los documentos estaban firmados por el Secretario de Estado, Cyrus Vance, el Procurador General Griffin Bell y por William B. Bryant, juez jefe de la Corte del Distrito de Estados Unidos, por el Distrito de Columbia.

Christopher informó a Cauas que un documento idéntico se presentaría oficialmente al Ministerio de Relaciones Exteriores por intermedio del embajador George Landau. Cauas leyó rápidamente el documento que contenía una carta del juez Bryant a la Suprema Corte de Chile y una lista de cincuenta y cinco preguntas para "Juan Williams Rose y Alejandro Romeral Jara".

El punto tercero de la carta de Bryant decía:

Ha sido puesto en conocimiento del Procurador General de los Estados Unidos .. . que dos miembros del ejército chileno ingresaron a Estados Unidos un mes antes de los asesinatos de Orlando Letelier y Ronni Moffitt. Por lo menos uno de esos individuos se reunió con una de las personas supuestamente responsables de estos asesinatos. Ambos individuos obtuvieron previamente visas para ingresar a Estados Unidos haciendo uso de documentación fraudulenta de otro país y no de Chile. Dichas visas fueron revocadas por Estados Unidos el 9 de agosto de 1976, a raíz del origen fraudulento de los documentos, el cual fue descubierto. Subsecuentemente, obtuvieron visas oficiales del tipo A-2, en la Embajada de Estados Unidos en Santiago de Chile, el 17 de agosto de 1976, presentando pasaportes oficiales chilenos.

La carta describía a Williams y a Romeral y agregaba: "Se cree que estos individuos poseen conocimientos e información concernientes a estos asesinatos. Por lo tanto, se solicita que ustedes obliguen a cada uno de ellos a comparecer ante la corte para responder bajo juramento al cuestionario que se anexa a esta rogatoria". Cauas terminó de leer la carta y hojeó las cuatro páginas a un espacio que contenían las preguntas. Adjunto al documento, estaban las fotografías de Williams y de Romeral y las copias de los pasaportes paraguayos.

Cauas reiteró su promesa de que el gobierno chileno cooperaría ampliamente con la petición norteamericana, pero esas eran sólo palabras. Las evidencias presentadas en los documentos inmiscuían claramente en el caso Letelier-Moffitt al gobierno chileno por primera vez. Cauas preguntó a Christopher acerca de la publicidad, agregando que suponía, como había sucedido en situaciones anteriores, que el Departamento de Estado mantendría en secreto todos los aspectos del caso, así como las cartas rogatorias. Christopher respondió que eso ya no sería posible, puesto que la carta de Bryant se publicaría en la Corte Distrital de Estados Unidos.

Después de menos de treinta minutos, la reunión se dio por finalizada.

EL JUEVES SIGUIENTE, las noticias con las cartas rogatorias llegaron a la primera plana de los periódicos de Santiago, después de haber sido publicadas en el Washington Post. El orquestado juego de póquer de Propper, comenzaba a sacar una carta a la vez.

Una avalancha de denegaciones y descargos oficiales comenzó a manar de los medios gubernamentales chilenos. En sus archivos oficiales, no existía ningún Juan Williams o Alejandro Romeral, manifestaron los voceros del Ejército, la Marina, la Fuerza Aérea y el Ministerio de Relaciones Exteriores. Tampoco había civiles con esos nombres, señaló el Gabinete de Identificación, tras una revisión de seis archivos. "¡El apellido Romeral no existe en Chile!", publicó en un encabezado el diario oficial del gobierno, El Cronista. "Es asunto de Estados Unidos explicar cómo la embajada norteamericana en Chile otorgó visas a Williams y Romeral", señaló un oficial.

Al día siguiente, los funcionarios de la embajada norteamericana, en informaciones entregadas a varios corresponsales extranjeros, jugaron otras de las cartas de Propper. "Sabemos que los nombres son falsos", dijo un vocero. "Tenemos una carta de petición de visas a esos nombres firmada por un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, señalando que Romeral y Williams viajarán a Estados Unidos en misión oficial de negocios, en representación del Ministerio de Economía. Que ellos expliquen eso".

Michael Townley pasó casi todo el mes de febrero de vacaciones con Inés y dos de sus hijos en una cabana junto a un lago en el sur de Chile. Llenó su tiempo y ganó algún dinero extra instalando equipos de radio a los ricos agricultores de la zona. El tiempo pasado junto a Inés, descansando y conversando, estrechó sus debilitadas relaciones. Los tres hijos de Inés ya habían abandonado el hogar. Ronnie y Andy, hacía dos años, y ahora Susie, que pensaba casarse.

Michael e Inés conversaron acerca del futuro y el dinero. El colegio privado Saint George's era cada año más caro a causa de los cambios económicos implementados por los "Chicago boys". El sueldo de Townley en la DINA perdía cada año su valor adquisitivo y era casi insignificante. La mayor parte de sus ingresos procedía de trabajos fuera de horario en la empresa privada y en la libre importación de equipo electrónico, esto último, una garantía por su posición dentro de la DINA.

Inés lo urgía a que dejara para siempre la DINA y trabajara de tiempo completo en el negocio de importación de computadores que había iniciado. Y Townley estaba tentado de hacerlo. Desde la salida de Contreras, la DINA había cambiado; pero su lealtad hacia Contreras no había disminuido y alimentaba la esperanza, discutida en todos los tonos en los medios de la DINA, de que Contreras recuperara su poder.

Los Townley regresaron a Santiago, encontrando el nombre de Juan Williams encabezando todos los periódicos. Townley maldijo. Llamó a su secretaria de la DINA/CNI y se encontró con que lo esperaba un mensaje. Debía llamar al coronel Vianel Valdivieso, incondicional de Contreras y jefe de su sección de electrónica. Valdivieso lo citó para esa misma noche en el "Noco's Pizza", un pequeño restaurante del barrio alto.

Valdivieso recogió a Townley en su casa, conduciéndolo al restaurante. Allá se encontraron con Fernández y ordenaron una pizza. Townley estaba contento de volver a ver a Fernández. A los pocos minutos, un Peugeot gris entró al estacionamiento del restaurante. Valdivieso lo vio e hizo una señal. Townley y Fernández salieron del restaurante, sentándose en el asiento trasero del Peugeot. Townley observó que el conductor era Eduardo Iturriaga, su ex jefe en la Sección Exterior. Junto a él estaba Manuel Contreras. Iturriaga salió del estacionamiento, mientras lo seguía otro automóvil, que Townley identificó como de los guardaespaldas de Contreras.

"Hice arreglos para que los dos partan al sur, al campo, donde estarán a salvo de todo esto, en caso de que algo salga mal", dijo Contreras a Townley y Fernández. Señaló haberse anticipado a los problemas, en vista de lo ocurrido en Paraguay. "Pero la operación secreta se hará cargo cuidadosamente de eso. Riveras y Mosqueira contestarán las preguntas de los gringos".

Townley se puso tenso, pensando: "¡Al sur!". Sabía que allí desaparecerían como cientos de presos antes que ellos. La traición que siempre había temido, del hombre al que admiraba casi tanto como a Su Excelencia, el Presidente. Era obvio que él y Fernández se habían convertido en tipos que sabían demasiado y Contreras estaba pensando quitárselos de encima.

"Sugiero que Fernández y yo nos mantengamos en el asunto secreto hasta donde nos sea posible", dijo Townley. "No dejaré Santiago". Por primera vez se oponía francamente a una orden.

Fernández dejó que hablara Townley, mientras Contreras iba enfureciéndose. Pero Townley, por insistencias de su esposa, había llegado preparado para asegurarse la vida. Dijo a Contreras que había arreglado las cosas de modo que ciertos documentos acerca de sus actividades en la DINA estuvieran en poder de amigos de confianza, fuera del país.

POCOS DÍAS DESPUÉS, el equipo investigador de Estados Unidos jugó otra de sus cartas. Entregaron las fotos de Williams y Romeral al antiguo reportero del Washington Star, Jeremiah O'Leary, junto con un completo informe sobre la determinación del gobierno para obligar a Chile a la presentación de los dos agentes a un interrogatorio. Dos personas con conocimientos del caso que habían tenido acceso a las fotos, admitieron que el artículo de O'Leary estaba oficialmente autorizado. El Star publicó las fotos el 3 de marzo, bajo un titular destacado: ESTADOS UNIDOS AMENAZA CON ENDURECER RELACIONES CON CHILE. El artículo decía: "Funcionarios de por lo menos dos agencias federales dijeron al Washington Star que una actitud poco cooperadora por parte de Chile en relación a la petición norteamericana, podría traer como consecuencia, por lo menos, el retiro del embajador George Landau, o la ruptura de relaciones diplomáticas, en el peor de los casos".

A la mañana siguiente, en Santiago, las fotos de Romeral y Williams aparecieron en El Mercurio. Ignacio Peñaflor (28) recogió el periódico en la entrada de su casa y exclamó: "¡Chucha! El gringo".

Había visto al Juan Williams de la foto sólo unas semanas antes. Conocía a Michael Townley desde 1974, cuando éste había reparado su automóvil en el taller de Juan Smith.

Se habían hecho amigos y Peñaflor lo invitó una vez a su casa a tomar un trago. Townley asistió con su esposa, la que escribía cuentos con el seudónimo de "Mariana" y una vez había ganado un premio literario de El Mercurio. Recordaba a Townley como un tipo agradable pero misterioso. Obviamente, estaba muy por encima de los mecánicos automotrices chilenos en general, tanto por sus modales como por su nivel de vida. En esa ocasión, también se había vanagloriado de su época de militante de Patria y Libertad.

Peñaflor, ferviente partidario del gobierno de Pinochet, llamó a un redactor de El Mercurio, amigo de confianza. Más tarde, el editor del periódico dio la autorización para publicar el artículo. La búsqueda entre periódicos anteriores al golpe, proporcionó un recorte con la foto de Townley aparecida en un tabloide de izquierda que encabezaba la noticia: EL ASESINO DE CONCEPCIÓN. Un periodista fue asignado para entrevistar a Inés Callejas Townley. A medida que transcurría el día, muchas otras personas llamaron entregando informaciones similares.

Los artículos con las fotos aparecieron al día siguiente, ocupando casi toda la primera plana. La foto de "Williams" estaba junto a la del asesino de 1973, que mostraba un Townley más joven y desarreglado. En ambas fotos, el hombre, no cabían dudas, era el mismo. Un artículo sin firma, señalaba que Townley era un agente de la CIA y relataba la historia de su pasado en Patria y Libertad. En un artículo separado, Inés Callejas fue identificada como "íntima amiga" de Townley. Reproducía su declaración de no haber visto a Townley desde hacía cuatro años. Ninguno de los artículos ligaba a Townley con el gobierno chileno o con la DINA. Ese mismo día, un editorial de El Mercurio urgía al gobierno chileno para que cooperara con la petición norteamericana, a la que había llamado el exhorto.

Los artículos de El Mercurio, el más progobiernista y autorizado periódico del país, inyectó energía periodística en Chile. La falta de reacción por parte del gobierno en relación a las revelaciones de El Mercurio, fueron interpretadas por los medios de prensa como una luz verde para investigar. Se publicaron decenas de reportajes de personas que habían conocido a Townley. Jay Vernon Townley fue localizado por el Washington Post, en Florida, y confirmó que su hijo vivía en Chile, pero dijo no haberlo visto desde hacía tres años. En Santiago, el jefe de Patria y Libertad, Pablo Rodríguez, declaró a la prensa que Townley había sido un "colaborador" en la lucha contra Allende.

Townley fue indicado como el contacto norteamericano, como la mano de la CIA en el asesinato Letelier-Moffitt, pero los periodistas no se atrevieron a publicar todo lo que sabían. Un reportero chileno, vecino por algún tiempo de Townley en Lo Curro, descubrió que dos chilenos que regularmente entraban y salían de su casa, habían admitido ser empleados de la DINA. Pero el reportero, convencido por una conversación privada con un dirigente derechista de que Townley era agente de la CIA, no publicó la noticia. Otros periodistas, profundamente contrarios al gobierno de Pinochet, pero decididos a preservar el exiguo periodismo de oposición que quedaba, simplemente temieron proporcionar nuevos hechos al caso.

Varios días después de la identificación de Townley, un periodista de oposición recibió una llamada de un amigo que lo citaba para una entrevista personal. En la reunión, éste señaló al periodista conocer la identidad del otro hombre de las fotos. Alejandro Romeral era el capitán del ejército Armando Fernández, dijo, mostrándole una página fotocopiada del anuario de la Academia Militar, de 1969, Cienáguilas. El Fernández de la foto de graduación era inconfundiblemente la misma persona: "Romeral". El amigo dijo haber sido advertido de la verdadera identidad de Romeral por los condiscípulos de Fernández, molestos por la posible relación de los militares chilenos con el asesinato de Letelier.

Las fuentes señalaron que Fernández había estado ligado a la DINA desde su creación. El periodista sabía que su identificación eliminaría muchos de los "comentarios" relacionados con la ciudadanía norteamericana de Townley. Si escribía la historia, ya no habría duda de la conexión del gobierno militar chileno y la DINA con el caso Letelier. Y temía que eso no fuera tolerado por el gobierno. Al regresar a su oficina, llamó a John Dinges, corresponsal residente del Washington Post.

Al día siguiente, el 8 de marzo, la noticia que identificaba a Romeral como el oficial Fernández de la DINA apareció publicada en el Post. Cuando Dinges redactaba el artículo, varios periodistas chilenos que habían recibido la noticia empezaron a hacer preguntas en la oficina local de Prensa Asociada (AP). Hacia media tarde, el servicio cablegráfico había transmitido la noticia. Ahora que se basaba en publicaciones extranjeras, la prensa local de Santiago no temió que la publicación provocara represalias. El Mercurio, en su primera plana, puso juntas la foto de Romeral y la de Fernández, aparecida en el anuario Cienáguilas. En el mismo número, El Mercurio publicó la primera reacción de Pinochet a las cartas rogatorias. "Este gobierno no tiene nada que ver con el crimen cometido contra el señor Letelier", declaró, agregando que él tenía la impresión de que todo este asunto era "una bien montada campaña, como todas las campañas comunistas, para desacreditar al gobierno".

LA IDENTIFICACIÓN DE Juan Williams como Michael Townley, un ciudadano norteamericano, desencadenó una febril actividad en la oficina del asistente del fiscal de Estados Unidos, Eugene Propper. Estaba preparado para la posibilidad de que "Williams" tuviera un padre norteamericano y hablara inglés, pero no para el hecho de que fuera ciudadano norteamericano, con posibles vínculos con la CIA. Supo que no había duda de que Townley tenía contactos con funcionarios de la embajada de Estados Unidos. Por casualidad, el ex cónsul Frederick Purdy estaba en Washington para entrevistarse por otro asunto con un asistente del procurador. Purdy dijo conocer a Townley y Propper fue llamado para entrevistarlo. Le pidió todos los datos sobre Townley en relación a la CIA y éste respondió que el individuo "había estado en con- tacto" con la agencia en varias oportunidades durante el periodo de Allende, pero que nunca había sido un agente a sueldo. Propper creyó en la información de la CIA.

El FBI no tenía informes de Townley, pero Cornick ordenó a sus agentes en todo el país averiguar sobre él, con lo que su expediente creció rápidamente. El agente Larry Wack localizó a la hermana menor de Townley, Linda, en North Tanytown, Nueva York, donde vivía con su esposo, Fred Fukuchi. Fue parca y muy vaga, pero señaló recordar que su hermano la había visitado durante un viaje. Llamando a un amigo que había visto a Michael durante la visita, dio como fecha aproximada alrededor de septiembre de 1976 y también, recordó, hizo varias llamadas telefónicas durante su estadía.

Wack le pidió los recibos mensuales de teléfono y Fred Fukuchi sacó de los archivos domésticos los recibos correspondientes a varios años. El agente se llevó a su oficina sólo los correspondientes a septiembre de 1976, dedicándose a comprobar los números. Descubrió que Townley había hecho dos llamadas por cobrar, el 9 de septiembre, a Union City, Nueva Jersey, al bar Bottom of the Barrel, guarida de los integrantes del Movimiento Nacionalista Cubano, que Wack conocía bien. El 19 de septiembre, dos días antes del asesinato había una llamada al 201-945-7198, número de teléfono a nombre de Guillermo Novo.

Nuevos datos adicionales llegaron de un informante de Miami, que comunicó al FBI la compra por parte de Townley de equipo de espionaje en Audio Intelligence Devices, en Fort Lauderdale. El presidente de AID, Jack Holcolm, confirmó conocer a Townley, entregando facturas que comprobaban la visita de éste, bajo el nombre de Kenneth Enyart, el 21 y 22 de septiembre de 1976. En Nueva Jersey, una visita del FBI al departamento de Alvin Ross, descubrió gran variedad de equipo para la fabricación de bombas y un recibo de compra de instrumentos de espionaje que, según los expertos, podrían haber sido usados como detonadores de control remoto, del tipo utilizado en el asesinato.

Propper se mantuvo en contacto con lo que sucedía en Santiago por intermedio del tráfico cablegráfico del Departamento de Estado. La embajada comunicó que el gobierno chileno había reiterado su cooperación total, abriendo una investigación interna a fin de determinar el origen de los pasaportes usados en su viaje por Romeral y Williams. Sin embargo, los chilenos no habían dado ni un paso de importancia para presentar a los dos individuos y la embajada temía que el ofrecimiento de cooperación fuera sólo una maniobra para ganar tiempo.

Propper estaba listo para viajar a Chile, en cuanto recibiera las indicaciones. Quería estar presente para conducir los procedimientos de los interrogatorios. El 18 de marzo, se recibió una comunicación de la embajada, anunciando que Chile estaba listo para presentar a Romeral y a Williams. Esa noche, Propper y Cornick abordaron el avión, llegando a Santiago a la mañana siguiente, un domingo.

LA PRIMERA SEÑAL de que el presidente Pinochet estaba en problemas se presentó cuando Jorge Cauas voló a Chile, pocos días después de recibir las cartas rogatorias. Anunció su renuncia como embajador ante Estados Unidos y, antes de abandonar Washington, dijo a sus amigos del Departamento de Estado que estaba profundamente desilusionado. Finalmente, había aceptado como ciertas muchas de las acusaciones sobre la brutalidad de la DINA que, como embajador, había declarado que eran falsedades. Las revelaciones que vinculaban a su gobierno con el asesinato de Letelier, según manifestó a un amigo, era una de las razones para renunciar a su cargo.

En Santiago, Cauas se encontró con que existía consternación entre sus amigos civiles en el gobierno. Ningún otro acontecimiento en los casi cuatro años de gobierno militar había dañado tanto el futuro del régimen. Sin la colaboración de Estados Unidos, sus planes eran totalmente ilusorios. Habló con hombres de negocios, con banqueros y con los que llevaron la batuta de la línea editorial de los principales medios de prensa. El lenguaje era cuidadoso, pero tenían una opinión unánime: no se le permitiría a Contreras impedir los acuerdos del gobierno con Estados Unidos.

Durante las dos semanas siguientes, mientras las portadas de periódicos y revistas salían llenas de revelaciones acerca de Townley, Fernández y los pasaportes falsos, quienes se consideraban miembros de la derecha "ilustrada" formulaban una estrategia.

En cenas de grupos reducidos y en reuniones a horas insólitas en sus importantes oficinas, surgió un entendimiento común. Los civiles sintieron que no estaban solos con sus puntos de vista. Tenían el apoyo de cinco importantes generales: Sergio Covarrubias, jefe de personal del Ejército; Héctor Orozco, jefe de Inteligencia Militar; Odlanier Mena, director de la DINA/CNI; Rene Vidal, ministro y Secretario General de Gobierno; Enrique Morel, jefe de la Zona Militar de Santiago. Todos ellos, tanto los civiles como los militares, eran reconocidos incondicionalmente de Pinochet. Algunos creían firmemente que si la DINA había realizado la operación Letelier, Pinochet no había sido informado. Otros pensaban que ninguna participación, fuera de la DINA, podría ser probada. Todos tenían razones personales para considerar a Contreras un enemigo potencial.

Estaban de acuerdo en que el caso Letelier no necesariamente debía convertirse en un Watergate chileno; que no necesariamente debía provocar un cambio radical en el curso del régimen, sino que debía reforzar el ya creciente afianzamiento del grupo económico civil y sus partidarios militares en el gobierno. Ellos tenían el control efectivo de la prensa y sabrían cómo acallar los efectos dañinos que podrían producir nuevas revelaciones. El daño, creían, podía enfocarse hacia sectores del régimen que querían debilitar, como Contreras y sus adversarios en la ultra-derecha, los que deseaban poner cortapisas a su modelo económico. La opción de retirar su apoyo a Pinochet y buscar una figura alternativa llegó a ser discutida en esos círculos, a comienzos de marzo, pero muy pronto se abandonó esa opción, principalmente porque no existía la persona indicada y porque un rompimiento abierto con Pinochet habría necesitado otro golpe, terminando con la fachada de unidad del Movimiento Once de Septiembre.

Su tarea, entonces, fue la de convencer a Pinochet para que adoptara una estrategia, en otras palabras, aceptar su liderazgo en el manejo de la economía del país. A cambio, ellos ofrecían el apoyo unido de los sectores más poderosos de los círculos militares y civiles. Hernán Cubillos, ex oficial naval con acceso a la embajada norteamericana, surgió como el hombre clave de los empresarios para convencer a Pinochet de adoptar sus puntos de vista.

En el lado opuesto, estaban los seguidores de Contreras y él mismo, quienes proponían el aislamiento y una declaración de independencia de Estados Unidos. Sus representantes exigían a Pinochet proclamar que las cartas rogatorias de Estados Unidos constituían una violación de la soberanía chilena, y rechazar la cooperación con la investigación norteamericana en todo sentido. En el seno de la comunidad militar existía el sentimiento de que la cooperación para encontrar a "Romeral y Williams" constituía una traición del código de honor militar, de acuerdo con el cual sólo un oficial asume la responsabilidad por acciones que resulten de sus órdenes.

Contreras, en una serie de reuniones en su casa de Santiago, lanzó discursos napoleónicos a sus partidarios militares y civiles allí reunidos. Expresó que la DINA había sido el instrumento más efectivo en la erradicación del marxismo y en la creación del Chile nuevo que todos deseaban.

"Hemos servido en la oscuridad, ensangrentando nuestras manos para que los chilenos pudieran vivir en la luz y la tranquilidad", recordó más tarde uno de los asistentes a la manifestación de Contreras. Sus palabras, según el testigo, seguían: "Ahora hay quienes proponen que entreguemos a una potencia extranjera a los muchachos que, siguiendo con lealtad nuestras órdenes, fueron los soldados a la vanguardia de nuestra batalla contra el comunismo".

Contreras expresó que el trabajo de la DINA y el de todo el Movimiento Once de Septiembre habría sido en vano si Chile se entregaba a los banqueros y grandes empresarios, cuyo único principio era el beneficio y cuya principal lealtad era con el Tío Sam. Contreras sabía que sus partidarios, leales pero poco numerosos, no bastaban y que su única esperanza era convencer al presidente Pinochet personalmente para que adoptara su posición. Por eso, le solicitó una entrevista.

El general Augusto Pinochet esperaba ser Presidente de Chile hasta 1990 y jamás habría adoptado esa posición. Esa ambición y el anticomunismo eran sus dos únicos principios guías. Desde 1973, había neutralizado las fuerzas competidoras en el interior del régimen, dándole a cada grupo un trozo de la acción. Había dejado la economía en manos de empresarios y economistas pro norteamericanos, contra los deseos de la extrema derecha, que lo presionaba hacia la adopción de un sistema económico estatizado, de acuerdo a lineamientos fascistas. En cambio, Pinochet había depositado en los fascistas la misión de derrotar el marxismo, dándoles libertad para organizar un autoritario estado policial.

Pinochet, al manejar el asunto Letelier, estaba decidido a mantenerse neutral, evitando verse forzado a escoger una u otra de las facciones, de manera que con ello perdería la lealtad de la otra. Estaba en una posición privilegiada. La misión de asesinar a Letelier había sido realizada por Contreras, pero sólo él y Pinochet sabían cuál era la respuesta a la pregunta de todas las tendencias: ¿Había dado la orden Pinochet? ¿Había aprobado el asesinato de Letelier y otros crímenes de la DINA? Cualquier cosa que Pinochet hubiera hecho, debía separarse de Contreras, pero no tan violentamente como para permitirle declarar públicamente que era él quien había dado la orden. Tenía confianza en Contreras, lo consideraba un hombre inteligente, que comprendía lo que había debido hacer su presidente. En los viejos días, cuando aún era él la cabeza de la DINA, a menudo usaba una frase en sus sesiones de inteligencia: la primera tarea del jefe de inteligencia es "administrar el silencio". Aprovechando esa estrategia, Pinochet la hizo suya para asegurarse de que Contreras continuaría fiel a esa máxima.

Manuel Contreras llegó al edificio Diego Portales y tomó el seguro ascensor que lo condujo hasta el vigésimo segundo piso, donde estaban las oficinas del presidente. Sin embargo, en lugar de ser conducido a la oficina privada de Pinochet, lo llevaron hasta la sala de conferencias, donde lo encontró presidiendo una reunión con los dieciocho miembros de su gabinete.

Cuando tomó asiento, Pinochet le pidió informara sobre el caso Letelier a los integrantes del gobierno. Añadió que, en particular, había tres preguntas que requerían de una respuesta específica: ¿Era Michael Townley agente de la DINA? ¿Tuvo algo que ver la DINA con el asesinato de Letelier? ¿Había alguna razón para que el gobierno o los militares rechazaran la petición de Estados Unidos de interrogar a "Romeral y a Williams"?

Contreras respondió como Pinochet estaba seguro que lo haría. Para las primeras dos preguntas, dijo que la respuesta era "no". Michael Townley había realizado trabajos de "telecomunicaciones" para la DINA sobre bases abstractas, pero no había sido un agente de tiempo completo. La DINA no había tenido nada que ver en el asesinato de Letelier. No había razones para que "Romeral y Williams" no fueran interrogados. No tenían nada que ver con el asunto Letelier y, además, no eran Townley y el capitán Fernández. Los dos hombres que viajaron en agosto de 1976 como Williams y Romeral, explicó Contreras, eran Rene Riveros y Rolando Mosqueira, ambos capitanes del ejército que antes pertenecieron a la DINA. Su misión se realizó con el conocimiento de la Agencia Central de Inteligencia y consistió en tareas rutinarias de vigilancia. En Washington, establecieron contactos con el cuartel general de la CIA.

Contreras terminó su informe, se levantó y salió. Pinochet lo había manipulado para que mintiera ante el gabinete en pleno, haciendo aparecer al presidente como totalmente inocente.

EUGENE PROPPER LLEGÓ a Santiago en el soleado atardecer del domingo 19 de marzo, pensando que el gobierno chileno había decidido cooperar. Cornick y Scherrer llegaron en el mismo vuelo. A Propper lo recogió una limusina de la embajada, llevándolo a la lujosa residencia del embajador, situada en una colina junto al Club de Golf Los Leones, en pleno corazón de la ciudad. Cornick y Scherrer se instalaron en el Hotel Carrera, en el centro. El lunes, los tres se reunieron en las oficinas del embajador, en el noveno piso; pasando a través de innumerables puertas con cerradura especial y guardias, llegaron a la sección de máxima seguridad, señalada POL/R, el cuartel de la estación de la CIA en Chile. Necesitaban severas y seguras medidas para realizar su trabajo.

Ese día, el gobierno chileno informó al embajador que los dos hombres que habían viajado a Estados Unidos con los pasaportes Williams y Romeral aparecerían el miércoles ante el juzgado chileno encargado de las cartas rogatorias. El juez, una mujer llamada Juana González, conduciría los interrogatorios, basados en las preguntas elaboradas por Estados Unidos. La embajada norteamericana había contratado un abogado chileno, Alfredo Etcheberry, para que representara a los fiscales norteamericanos en la audiencia, el que estaría autorizado para hacer preguntas adicionales.

El embajador Landau se reunió con Propper para elaborar la estrategia a seguir. La ciudadanía norteamericana de Townley cambiaba radicalmente la situación. El gobierno chileno difícilmente podría rehusar una demanda de extradición de Estados Unidos, tratándose de un ciudadano estadounidense buscado por la justicia, sugirió Landau. Después del interrogatorio a Townley y su predecible negativa a contestar las preguntas, Propper solicitaría su deportación inmediata a Estados Unidos. Landau dijo: "Se lo pediremos, es nuestro". Propper se manifestó de acuerdo.

El agente Scherrer estaba intrigado por el hecho de que Juan Williams hubiera resultado ser ciudadano norteamericano. Fue al Consulado de Estados Unidos para revisar los archivos de los ciudadanos residentes. Había ido al mismo lugar hacía casi un año, buscando al "rubio chileno-norteamericano", sin encontrar nada. En ese entonces, había revisado cada una de las 1,500 fichas del archivo. Se preguntaba por qué no había notado el nombre y la foto de Townley en los registros.

Encontró varias tarjetas 5x8 unidas con grapa. Michael Townley se había registrado en el Consulado en 1957, cuando llegó con sus padres; en 1964 y 1966, cuando nacieron sus hijos; en enero de 1971 y en octubre de 1973. Pero no había ninguna fotografía. En el espacio para una foto tamaño pasaporte, en la tarjeta de encima, Scherrer sólo encontró goma reseca y restos de papel. En algún momento, la foto de Townley había estado adherida a la tarjeta, pero la habían sacado, antes de la primera revisión que hiciera, en abril del año anterior.

El martes, el ejército chileno anunció que el general Contreras había renunciado "voluntariamente". En un almuerzo pocos días después, Pinochet declaró a un grupo de periodistas que había dejado el servicio activo para no asociar al ejército con la investigación chilena en el caso de los pasaportes falsos.

El miércoles, tarde, los capitanes Rene Riveros y Rolando Mosqueira comparecieron ante la juez Juana González y el abogado por Estados Unidos Alfredo Etcheberry. Ambos, tras identificarse, dijeron haber viajado a Estados Unidos en agosto de 1976 en una misión oficial de la DINA, usando pasaportes a nombre de Juan Williams y Alejandro Romeral. Manifestaron estar preparados para responder a las preguntas formuladas por Estados Unidos.

Apenas miró a los dos individuos, Etcheberry, que esperaba ver a Townley y a Fernández, exclamó: "¡Estos no son los hombres que buscamos!", dirigiéndose a la juez. "De ninguna manera corresponden a las fotografías de los dos individuos que anexamos a las cartas rogatorias. La identificación de los dos individuos que constituyen la base de la petición de Estados Unidos se logró a través de las fotografías, no de los nombres, ya que suponíamos que éstos eran falsos. En nombre de mi cliente, el gobierno de Estados Unidos, exijo que la corte suspenda este procedimiento y se abstenga de dar a conocer el contenido del cuestionario a estos dos individuos".

Propper estaba furioso cuando supo que los chilenos habían tratado de hacer pasar a dos extraños como Romeral y Williams. Scherrer, en cambio, estaba divertido. Siempre se había cuestionado las ligeras discrepancias en la filiación física de Williams en el pasaporte paraguayo y en el pasaporte chileno que se había usado para ingresar a Miami. El pasaporte paraguayo señalaba como fecha de nacimiento el 18 de octubre de 1942; estatura, 1.89 m. En tanto que el documento chileno señalaba el 12 de marzo de 1949 y 1.75 m. Él y Cornick habían discutido con Propper la posibilidad de que dos pares de individuos hubieran usado las identidades Williams y Romeral. Scherrer y Cornick siempre se habían sorprendido por la aparente irracionalidad de la DINA al mandar a los mismos dos hombres, con idénticos nombres falsos, para matar a Letelier, a sabiendas de que las autoridades norteamericanas ya sospechaban de Romeral y de Williams. Ahora eso tenía más sentido. Townley y Fernández efectivamente habían viajado a Paraguay, obteniendo pasaportes y visas bajo los falsos nombres de Williams y Romeral. Ellos no podían haber sabido que el embajador Landau hizo copias de los documentos, incluyendo las fotos, pero sí sabían que los norteamericanos habían sospechado, ordenando la cancelación de las visas. Dos hombres involucrados en la misión de eliminar a Letelier, ahora identificados como los capitanes Mosqueira y Riveros, habían usado los nombres Romeral y Williams para dar una explicación inocente de lo que había sucedido en Paraguay. Cornick posteriormente supo que Mosqueira y Riveros, como "Williams y Romeral", habían hecho notar a la CIA su presencia en Washington. Por lo que dedujo que la segunda versión Romeral-Williams era una operación encubierta, destinada a despistar al FBI en las sospechas que pudiera haber tenido sobre el incidente paraguayo, después del asesinato.

Casi había funcionado. Pero Landau había ordenado fotografiar los pasaportes paraguayos, y no había duda de que "Williams" era Michael Townley y era el hombre que buscaba el FBI.

También el embajador Landau estaba ofendido por lo que consideraba una trampa de los chilenos para desviar la atención sobre Michael Townley. Temprano por la mañana del jueves, llamó al ministro chileno del Exterior, solicitándole una reunión. Hacia mediodía, todos los oficiales relacionados con el caso se reunieron en la oficina del ministro Patricio Carvajal. Entre los funcionarios chilenos estaba el viceministro de Relaciones Exteriores, Enrique Valdés Puga; el director del CNI, Odlanier Mena; el subdirector del CNI, Jerónimo Pantoja; el viceministro del Interior, Enrique Montero, y Miguel Schweitzer, (29) abogado. Junto a Landau, alrededor de la concurrida mesa de conferencias, estaban Eugene Propper, el abogado Etcheberry y Thomas Boyatt, subjefe de la misión de Landau.

Cuando el embajador se levantó para hablar, a uno de los presentes le recordó a un general prusiano que daba una lección a sus subordinados. En un español medio y perfectamente articulado, Landau explicó las consecuencias que tendría el error de Chile si no entregaba a Michael Townley. Todas las delicadezas del protocolo internacional se vinieron al suelo, mientras Landau martillaba a los chilenos con sus argumentos.

Estados Unidos, su gobierno, consideraba que la integridad de sus relaciones con el gobierno de Chile dependía de una sola cosa, la presentación de Michael Townley para que respondiera el cuestionario de Estados Unidos acerca del asesinato de Letelier, señaló Landau. El argumento de que Townley no estaba bajo el control del gobierno y no fue habido, no era un argumento creíble. Nuestros investigadores tienen evidencias de que Townley está vinculado de alguna manera al asesinato de Letelier, y declaramos responsable de su aprehensión al gobierno chileno. La no cooperación en este asunto puede obligar a nuestros investigadores a hacer pública la información que tiene en su poder y que sindica al gobierno chileno como cómplice del asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt.

El abogado Miguel Schweitzer, en representación de Chile, se mantuvo en la posición chilena oficial de que Michael Townley nada tenía que ver con el gobierno de Chile y que su país había cooperado ampliamente con la investigación de Estados Unidos. Estados Unidos, dijo, al rehusarse a entregar todas las evidencias que posee del caso, no ha correspondido a esa cooperación.

Antes de que terminara la reunión, los chilenos se comprometieron a entregar a Townley para que fuese interrogado, con la condición de que la embajada continuara declarando a la prensa que Chile estaba cooperando en el caso.

Una semana más tarde, Michael Townley hizo su primera aparición pública. Fue fotografiado saliendo de un automóvil de la DINA/CNI y entrando al Ministerio de Defensa para atestiguar ante el general Héctor Orozco quien, en su calidad de jefe de Inteligencia del Ejército, conducía una investigación interna de las fuerzas armadas por el asunto de los pasaportes falsos. La declaración de Townley a Orozco siguió los lineamientos de la historia secreta inventada por él con Fernández. Manuel Acuña, abogado representante de Townley, dijo que su cliente "había salido poco de su casa" desde que su fotografía apareció en los periódicos. Al día siguiente, Townley y Fernández acudieron al cuartel general del CNI, en Belgrado 11, donde, por acuerdo especial, la juez González y el abogado representante de Estados Unidos, Etcheberry, esperaban para escuchar sus respuestas a las cincuenta y cinco preguntas formuladas por Propper. Townley respondió seis preguntas sobre sus características personales y su educación, rehusándose a contestar el resto, sobre la base de autoincriminación. El testimonio tuvo lugar el 1º de abril, "Día de los Inocentes" en Europa y Estados Unidos.

Aunque fue liberado sin cargos, supuso correctamente que en seguida Estados Unidos pediría su extradición y sería entregado al FBI. Con Acuña, su abogado, planeó una estrategia para permanecer a salvo en Chile, aunque significara que debería pasar un tiempo en la cárcel. El plan parecía perfecto. Acuña se las ingenió para que el caso del crimen de Concepción se reabriera. La casi olvidada demanda de detención de Townley fue reactivada y le sería muy útil. Los cargos de 1973 invalidaban la petición de expulsión, de ese modo, sería imposible que Chile lo entregara. A pesar de sus deseos de cooperar, las manos del gobierno estarían atadas. Funcionarios cercanos al presidente Pinochet habían asegurado a Townley que el gobierno no mantendría su promesa.

Mientras Michael Townley hacía malabarismos para salvarse, el viceministro del Interior, Enrique Montero, y el abogado Miguel Schweitzer viajaron a Washington con autorización para negociar la expulsión de Townley. Durante largas horas de discusión en el Departamento de Estado con los fiscales Propper y Larry Barcella, se determinaron las condiciones del acuerdo. Schweitzer y Montero pidieron que Estados Unidos accediera a mantener la investigación de Letelier en un punto en el que no se fuera más allá de la identificación del papel desempeñado por Townley. Schweitzer argumentó que el gobierno chileno temía que el caso Letelier pudiera ser usado por los enemigos de Chile dentro del gobierno de Estados Unidos, que buscaban el derrocamiento de Pinochet. El caso podría ser usado como una investigación que permitiera inmiscuirse en todas las actividades de la DINA, tanto en Chile como en el extranjero, manifestaron.

Los fiscales norteamericanos les aseguraron que no era esa la intención de Estados Unidos. Dijeron que no podían prometer la limitación de los propósitos de la investigación de Letelier, pero, con el fin de obtener la extradición de Townley, estaban de acuerdo en callar a los medios de prensa y a otros gobiernos donde pudieran haber sucedido crímenes perpetrados por la DINA, todas las demás informaciones sobre las actividades de la DINA.

Acordaron que los procedimientos de extradición, no expulsión, podrían usarse en futuras defensas.

Propper también prometió mantener en secreto el acuerdo mismo. Los negociadores chilenos señalaron la necesidad de pulir el texto final en Santiago. La noche del 7 de abril, el negociador Miguel Schweitzer llamó al fiscal Eugene Propper a su casa, comunicándole que habían obtenido la aprobación y que el acuerdo estaba listo para ser firmado. Propper llamó a Larry Barcella; eran más de las 10:00 p.m. y celebraba su vigesimonono cumpleaños con algunos invitados en casa.

El acuerdo debía ser firmado de inmediato, ya que los fiscales temían que el gobierno chileno cambiara de parecer. Barcella, que tenía el borrador del acuerdo en su portadocumentos, se dirigió inmediatamente a la Embajada de Chile, donde esperaban Schweitzer y Enrique Montero. Éste firmó por Chile y Barcella por Estados Unidos, a nombre de su jefe, el Procurador de Estados Unidos, Earl Silbert. Bajo el nombre, colocó las iniciales ELB, en una escritura casi ilegible.

Para el gobierno de Chile, el acuerdo significaba que Estados Unidos no se serviría de la información obtenida en la investigación de Letelier para denunciar ante el mundo los crímenes de la DINA. Para Propper y Barcella, el acuerdo era un precio insignificante a pagar para obtener la expulsión del hombre que creían era el que había organizado los asesinatos Letelier-Moffitt. En el acuerdo quedaba estampado el compromiso de los chilenos de poner a Townley en un avión y mandarlo a Estados Unidos.

Barcella permaneció un rato conversando con Schweitzer y Montero. Preguntó sobre la situación en Santiago. ¿Podría salir mal alguna cosa?

En su vacilante inglés, Montero contestó: "Las cosas en Santiago son muy «confundidas»".

Schweitzer, más fluido, lo corrigió: "Confusas. No puedo predecirle qué sucederá. Ya no se sabe quién es el encargado ahí. Las cosas cambian cada hora".

EN SANTIAGO, MICHAEL Townley tenía confianza en que los informes sobre su expulsión eran una mera estratagema. Creía que Pinochet, aunque parecía estar entregándolo a Estados Unidos, insistiría en el "gambito de Concepción" de Townley para negar la petición norteamericana, al hacerlo enfrentar acusaciones por el homicidio de 1973, en Concepción.

Tres días antes, el presidente Pinochet había informado a los otros tres integrantes de la junta sobre su decisión de entregar a Townley a las autoridades norteamericanas. El general de la fuerza aérea Gustavo Leigh protestó porque una decisión tan importante como esa hubiera sido tomada sólo por el presidente y no por toda la junta. Pinochet se impuso y, como ya era habitual en las reuniones de los cuatro, nadie apoyó a Leigh en su desacuerdo. Pinochet no mencionó que Schweitzer y Montero habían viajado a Washington para negociar un acuerdo secreto en relación a la expulsión de Townley.

A media tarde del viernes 7 de abril, el oficial de la DINA/CNI Jerónimo Pantoja llamó a los agentes Cornick y Scherrer para que asistieran a su oficina, en Belgrado 11. Les mostró un documento oficial firmado por el ministro del Interior Raúl Benavides, decretando la expulsión de Michael Townley, pero se negó a entregar a Cornick una copia. Dijo que el documento de expulsión de los negociadores de Chile en Washington de que el acuerdo había sido firmado con los fiscales norteamericanos.

Townley no debería saber acerca de ese decreto antes de ser llevado a Investigaciones, señaló Pantoja. "Townley consiguió un abogado inteligente y están manipulando la situación. No estaremos en condiciones de sacarlo del país hasta el domingo, el sábado por la noche, a más tardar".

A las 6:30 p.m., Townley se dirigió a Investigaciones con su abogado Manuel Acuña, entregándose a las autoridades por el homicidio de Concepción. Estaba nervioso, pero de buen ánimo. Acuña, propietario de un avión privado, había arreglado con los detectives de Investigaciones el traslado de Townley a Concepción, bajo la custodia de un agente, al día siguiente. Muchos de los detectives de Investigaciones conocían a Townley por su trabajo en la DINA y lo invitaron a jugar pool en la sala de recreación. Acuña se fue, diciendo a Townley que lo llamaría al día siguiente. No hay nada de qué preocuparse, le dijo. Incluso si surge un decreto de expulsión antes de que lleguemos a Concepción, la ley da un plazo de veinticuatro horas para apelar ante la Suprema Corte.

A las 8:30 p.m., las radioemisoras chilenas interrumpieron sus programas para transmitir un anuncio especial del gobierno. En virtud del decreto 290 del gobierno, comunicó el locutor, el permiso de residencia de Michael Townley ha sido revocado y debe ser expulsado del país. El gobierno ha determinado que Townley ha cometido numerosas violaciones a las leyes chilenas, ingresando y saliendo ilegalmente del país.

Alrededor de la mesa de pool, en Investigaciones, las burlas de los detectives adquirieron un cariz de bajeza. Sabían de los planes de Townley para hacerse detener en Concepción, evitando así la expulsión del país. La cárcel de Concepción está llena de presos políticos, le dijeron. Muchos de ellos son "extremistas" y uno, asesino. Se reían, pero Townley palideció. "Te apuesto a que no duras ni un solo día ahí adentro", bromeó uno de los detectives. Tirando el bastón de pool, salió de la sala y, en un teléfono, comenzó a hacer llamadas, seguido por los guardias.

Robert Scherrer y Carter Cornick se levantaron a la mañana siguiente en el Hotel Carrera, reuniéndose en la Sala de Cobre para tomar un buen desayuno, poco después de las 8:00 a.m. Bromearon acerca de la tensa espera del decreto de expulsión de la noche anterior. Su trabajo en Santiago estaba casi terminado y había sido exitoso. Townley estaba seguro bajo la custodia de Investigaciones y esa noche sería embarcado en el vuelo internacional de Braniff a Miami. Ellos se encontrarían a bordo de la nave para recibirlo.

Scherrer, en "blue jeans", regresó a su habitación cerca de las 9:00 a.m. para cepillarse los dientes. Sonó el teléfono. El hombre del otro lado de la línea rehusó identificarse.

"Vaya inmediatamente al aeropuerto de Pudahuel. Townley estará en el vuelo 052 de Ecuatoriana de Aviación, programado para despegar a las 9:45 a.m. No se preocupe por pasajes y reservas, nosotros nos encargaremos. Por favor, dése prisa. El abogado de Townley está maniobrando".

Scherrer llamó al embajador Landau a su casa. Le dijo que se corría un riesgo al sacar a Townley en una línea aérea que no fuera norteamericana, especialmente en ese vuelo, con escalas en Ecuador. Landau escuchó atentamente el análisis de Scherrer, y decidió: "Tal vez esta sea nuestra única oportunidad, deberemos correr el riesgo".

Scherrer se puso traje y llamó a Cornick, que tomaba su tercera taza de café en el Salón de Cobre. Minutos más tarde, dejando su equipaje y la cuenta del hotel sin pagar, Scherrer y Cornick salieron del hotel, subiéndose a un automóvil de la embajada que los esperaba afuera.

Media hora más tarde, el coche con los dos agentes del FBI, llegaba hasta el aeropuerto de Pudahuel, entrando hasta la misma pista que ocupaba el multicolor avión de Ecuatoriana. La hora preestablecida del despegue ya había pasado, pero las autoridades del aeropuerto retuvieron el permiso de salida.

Scherrer y Cornick esperaron en la escalinata de aluminio, viendo cómo una caravana de automóviles de la policía rodeaba el camino que conducía al aeropuerto. A los pocos minutos, un grupo con ametralladoras salió del edificio del aeropuerto y un vehículo se dirigió hacia el avión. La alta figura en "blue jeans" de Michael Townley, salió lentamente. Esposado, Townley subió la escalinata, custodiado por un guardia. Miró a Scherrer, reconociéndolo, pues lo había visto en las oficinas de la DINA, en una de sus visitas a Contreras. La foto de Cornick la había visto en los periódicos. Lo condujeron a un asiento junto a la ventanilla, en la cola del avión, ocupando ellos los otros dos asientos. El avión tomó pista una hora después, comenzando su vuelo de doce horas hasta Estados Unidos. Michael Townley se tapó la cara con las manos esposadas, y lloró.

"Mike", le dijo Cornick, "tú entiendes, ¿no? Estás en serios problemas y serás arrestado tan pronto como pises suelo norteamericano".

Townley, con el rostro ceniciento, contestó con fría y airada voz: "Con estas esposas, no pensé que me llevarían a un pic-nic".

Cornick, sentado junto a Townley, adoptó el papel de sabueso, de policía riguroso, diciéndole con aspereza los cargos de los que se le acusaba. Scherrer, en el asiento del pasillo, era más amistoso. Tenía, incluso, un tono ligero. Le habló como un oficial de inteligencia a otro. La conversación versó sobre la investigación que los había reunido. Las horas pasaban de acuerdo al ritmo de tragos, comidas y tiempo muerto del vuelo.

"Me pregunto qué le sucederá a Fernández", dijo Townley. Su voz se quebró al hablar de su esposa e hijos y, nuevamente, le corrieron las lágrimas. Luego, se puso tenso. "Este será el fin de Chile", recordó Scherrer que había comentado. "Los democratacristianos volverán, dejando la puerta abierta a los comunistas de nuevo. Como la última vez. Todo nuestro trabajo habrá sido en vano".

Fue entonces cuando Scherrer sintió que Townley había traspasado la frontera entre el operativo de inteligencia y la defección. Sabía que Townley confesaría todo. Arreglarían la protección y prevenciones necesarias, pero esos eran simples detalles. Townley mostraba una compulsión por contar su historia, por descubrir su bagaje de informaciones a individuos como Scherrer y Cornick, a quienes respetaba por su posición y cuyo respeto deseaba tan vehementemente. Ellos entendían su odio por los comunistas, su devoción infantil por Contreras y la obediencia militar a sus órdenes.

EL VUELO DE Ecuatoriana de Aviación, con Townley a bordo, fue desviado de Nueva York por razones de seguridad y aterrizó en el aeropuerto internacional Baltimore-Washington. Townley fue confinado a la base militar Fort Meade, viéndose diariamente con Cornick y Scherrer, en medio de las extremas medidas de seguridad usadas para los defensores de Watergate. Una semana después de su llegada, firmó un acuerdo con el abogado de Estados Unidos, declarándose culpable por conspiración en el asesinato de un funcionario extranjero. El acuerdo estipulaba que no debería dar información acerca de ninguna actividad de la DINA, excepto aquellas que se relacionaban con el caso Letelier. Se le garantizó una sentencia de no más de diez años en prisión, con la posibilidad de salir en libertad bajo palabra después de cumplir tres años y cuatro meses. Durante las siguientes semanas y meses, Michael Townley contó la historia de la operación de la DINA para asesinar a Orlando Letelier.

La semana después de la expulsión de Townley, los miembros del gabinete, en Chile, renunciaron a petición de Pinochet. El nuevo gabinete tenía, por primera vez desde el golpe, una mayoría civil, entre los que el más prominente nuevo ministro era el del Exterior, Hernán Cubillos.

El 14 de abril, la policía de Miami y los agentes del FBI ubicaron y detuvieron a Guillermo Novo y a Alvin Ross, quienes habían estado ocultos en la Pequeña Habana de Miami. Ignacio Novo fue detenido a los pocos días en Union City, Nueva Jersey. Dos cubanos siguieron fugitivos: Virgilio Paz y José Dionisio Suárez. Este último había sido liberado sólo cuatro días antes de la llegada de Townley a Estados Unidos. (30) El 1º de agosto, un gran jurado de Estados Unidos repuso las acusaciones, culpando a siete hombres del asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt. Los acusados eran: Manuel Contreras, Pedro Espinoza, Armando Fernández, Guillermo Novo, Alvin Ross, José Dionisio Suárez y Virgilio Paz. Ignacio Novo fue acusado de perjurio y de encubridor de los crímenes ante el gran jurado.


Notas:

1. Los funcionarios de los derechos humanos de la Iglesia católica señalaron que por primera vez desde el golpe, nadie había desaparecido entre enero y abril.

2. Este no es un nombre común en los países de habla hispana, tampoco en Chile. Su origen, según se comenta en el país, está en una disputa matrimonial entre los padres de Mena. Mientras la madre estaba encinta, juró poner a su futuro hijo el nombre de su esposo --Reinaldo--, pero "al revés". (N. del T.)

3. El candidato Jimmy Carter, en uno de los debates preelectorales con el presidente Ford, dijo: "Observo que el señor Ford no ha hecho comentarios acerca de las prisiones en Chile. Este es un típico ejemplo, como muchos otros, de que su administración derrocó un gobierno elegido constitucionalmente y ayudó al establecimiento de la dictadura militar.

4. Los cinco ministros con pasadas o presentes relaciones con el grupo Cruzat-Larraín son: Jorge Cauas, Ministro de Economía y Finanzas; Fernando Léniz, Ministro de Economía; Pablo Baraona, Ministro de Economía y Presidente del Banco Central; José Piñera, Ministro del Trabajo; Alfonso Márquez de la Plata, Ministro de Agricultura. De acuerdo a la investigación del economista Fernando Dahse, los conglomerados creados por Cruzat-Larraín, Vial y Edwards, con otros cuatro, controlaban 101 de las 250 mayores compañías chilenas, incluyendo la mayoría de los bancos privados. El grupo Cruzat-Larraín, el mayor de todos, controlaba 37 de las 250 empresas. Véase Fernando Dahse, Mapa de la Extrema Riqueza: Los grupos económicos y el proceso de concentración de capitales (Santiago, 1979).

5. La editorial Lord Cochrane pertenecía parcialmente a la familia Edwards, propietarios de El Mercurio; pero, hacia 1977, la casa editora estaba bajo el control de Hernán Cubillos, quien había dejado El Mercurio en 1973, tras una disputa por dinero con Edwards. Lord Cochrane y una tercera editorial, Publicaciones Andinas, llenaba los puestos de periódicos con revistas hechas en Miami, publicadas en español y con formato norteamericano, como Vanidades, Cosmopolitan y Mecánica Popular. Sólo la democratacristiana revista Ercilla, de circulación nacional, se mantenía independiente de las principales editoriales, pero, en 1976, también cayó en el paquete, cuando la compró una subsidiaria de Cruzat. El editor de Ercilla, Emilio Filippi, recolectó entonces dinero en Europa y Estados Unidos, lanzando su propia revista, Hoy.

La relación de Cubillos con la CIA fue revelada durante una audiencia judicial el 23 de octubre de 1978, en el caso del funcionario de la ITT Roberto Berrellez acusado de haber mentido a un subcomité del Senado, en 1973, en relación a la actividad ITT-CIA contra Allende (Washington Post, 14 de noviembre de 1978).

6. Qué Pasa fue fundada por Cubillos, Baraona y el ideólogo de la derecha, Jaime Guzmán, durante el primer año de gobierno de Allende. En esos tres años, Qué Pasa fue subsidiada por la oposición. Se editaba en el mismo edificio del Instituto de Estudios Generales, fortaleza ideológica. El IEG, cuyo presidente en 1973 era Pablo Baraona, fue posteriormente aludido en el informe del Comité Church sobre la acción encubierta en Chile: "La CIA fue progresivamente fundando la mayor parte de una organización de investigaciones de la oposición (más del 70% en 1973) ... Muchas de las acusaciones presentadas por los parlamentarios contra el gobierno, eran redactadas por el personal investigador de estos organismos". Acción encubierta en Chile: 1963-1973 (Washington, D.C., 1975), p. 30.

7. Un factor decisivo para ir a la ofensiva contra la DINA, en 1977, puede haber sido el papel que ésta desempeñó en la denuncia de un escándalo de proporciones en el mercado monetario. La quiebra de varias pequeñas financieras que realizaban operaciones monetarias dudosas y que habían surgido en 1976, obteniendo beneficios del 20 y 30% mensuales en tasas de interés, estaban minando la superendeudada economía, hasta que una fianza del Banco Central desencadenó la ola de quiebras financieras. En el punto culminante de la crisis, agentes de la DINA proporcionaron informaciones a la prensa santiaguina, lo que contribuyó a aumentar más aún la crisis, proclamándose que el grupo económico de los "Chicago boys" era un desastre. Una de las firmas quebradas fue "La Familia", ligada al consejero de Pinochet Jaime Guzmán. Ésta había hecho préstamos a estudiantes de la Universidad Católica, feudo de Guzmán desde el golpe, con un 24% de interés mensual, haciendo uso de depósitos a corto plazo.

8. Dolor universal, en alemán en el original. (N. del T.)

9. Wack se las arregló para que, en la acusación contra Canete por posesión de dinero falso se la hiciera un juicio leve, pero que se le juzgara en caso de interrumpir su cooperación.

10. La primera vez que se hizo amplia referencia a la DINA en la prensa chilena fue en noviembre de 1975, cuando muchos periódicos publicaron un boletín de la DINA que describía de un modo favorable a ésta los acontecimientos relacionados con la detención del médico inglés Sheila Cassidy, con ocasión de un operativo en el que una mujer fue asesinada. Una publicación hecha por Qué Pasa en el mes de agosto de 1976, se refería a algunos procedimientos de la DINA, como el uso de capuchas, intimidaciones y desaparecimientos, pero a la vez felicitaba a la institución por haber eliminado a los marxistas.

11. Cuando se hicieron las averiguaciones del caso, resultó que ese número de placas "estaba fuera de circulación". Pero Martínez no tenía ninguna duda de que sus atacantes habían sido enviados por Contreras y que había empezado la lucha abierta.

12. En virtud de su rango de ex ministro de Relaciones Exteriores, el socialista Clodomiro Almeyda, uno de los dirigentes más importantes de la UP, tuvo un tratamiento similar, al ser recibido en el Departamento de Estado por el Secretario Adjunto, Warren Christopher. Esas visitas protocolares de los dirigentes de oposición son raras, aunque no son las primeras y constitutían un claro índice de que Washington no consideraba el gobierno de Pinochet como el único personero del pueblo de Chile.

13. Sin embargo. Pinochet no ordenó la investigación en esa época, de acuerdo con lo que el jefe de investigaciones, general retirado Ernesto Baeza, manifestó a Scherrer en Santiago, el 15 de julio; en esa ocasión dijo no estar en antecedentes de ninguna investigación sobre los cubanos.

14. Poco después de la reunión del 28 de junio, Cauas sometió al detector de mentiras a un funcionario de la embajada durante su interrogatorio acerca de reuniones con cubanos exiliados en la misión chilena.

15. Tarjetas de identificación del servicio militar.

16. De acuerdo al sistema, Pinochet personalmente designaría un tercio de los miembros del Congreso, y los otros dos tercios serían elegidos en votación directa. En seguida, los miembros del Parlamento elegirían un presidente. Así, en el caso de que Pinochet se presentara como candidato, cosa que todos creían sucedería, sólo necesitaría el 66% de la votación, además del voto de sus parlamentarios incondicionales.

17. Un vocero del Departamento de Estado expresó sus temores en una declaración clarificadora, pocos días después, señalando que la administración seguía "muy preocupada" por las violaciones a los derechos humanos en Chile y que Cárter preferiría un regreso "más rápido a la democracia que el prometido por Pinochet".

En realidad, hasta la fecha, Pinochet nunca ha llamado a elecciones, de acuerdo a lo prometido por él en Chacarillas. (N. del T.)

18. Scherrer hizo uso de su poder para reducir de 55 a 13 los permisos de portar armas. Mandó las fotos de los 55 agentes de la escolta de Pinochet al cuartel central del FBI, "quemándolos" a todos. Contreras no viajó, pero en cambio, el hombre de la DINA en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Guillermo Osorio, acompañó a Pinochet.

19. Los nuevos agentes del CNI también actuaron con violencia. Poco después de los atentados, Víctor Fuenzalida, ex activista de Patria y Libertad, fue encontrado drogado y amordazado en su automóvil, luego de haber estado desaparecido por tres días. Según declaraciones de su esposa a la prensa, agentes del CNI lo torturaron e interrogaron. Ella confesó que Fuenzalida había trabajado para la DINA como experto en explosivos, poco después del golpe.

20. Respondiendo al llamado de la esposa de Osorio, Valdés Puga regresó con el general Forestier a la casa. Ambos arreglaron toda la situación, a fin de evitar la autopsia.

21. A Propper, Barcella y sus superiores Donald Campbell y Earl Silbert se les autorizó para tener acceso a material clasificado de cualquier departamento del gobierno.

22. El jefe de inteligencia paraguaya, coronel Benito Guanos, en un memo firmado por él que llegó a manos de los autores de este libro, decía que el embajador Landau le pidió el 6 de agosto "contactar a su amigo (de Guanes) Manuel Contreras" para pedirle que devolviera los pasaportes.

23. La extensión del poder real de Contreras en los meses que siguieron a su despido de la DINA/CNl, fue objeto de especulaciones, incluso en el seno del grupo civil del gobierno. Oficialmente, Contreras había regresado a su puesto de jefe de la Escuela de Ingenieros de San Antonio, pero había informaciones dignas de confianza que sostenían la obtención de un jugoso presupuesto secreto para mantener un grupo policial paralelo al CNI del general Mena. Los observadores de la embajada norteamericana dieron gran importancia a las informaciones, de que Pinochet, forzado a sacar a Contreras por la presión interna e internacional, continuaba cooperando con Contreras en la formación de un autónomo "Escuadrón de la Muerte", dirigido por éste y sus partidarios de la DINA. La ¡dea de que Pinochet seguía apoyándose significativamente en Contreras, se reforzó en diciembre, cuando se supo que Contreras había viajado a la Argentina para llevar a cabo cruciales negociaciones con ese gobierno en relación al conflicto limítrofe del Canal Beagle.

24. Cuando durante el juicio fue interrogado en relación al asesinato. Landau dijo:

P.: ¿Qué hizo usted con los pasaportes?

Landau: Primero los miré, comprobando que no tenían fotos ni habían sido usados. Luego los archivé. Nunca nadie me preguntó por ellos.

P.: ¿Permanecieron en su archivo?

R.: Así es. Los llevé conmigo de Paraguay a Chile y, de acuerdo a mi experiencia, eran pasaportes inútiles. No sabía qué hacer con ellos y no fue sino hasta 1978 cuando todo este asunto se activó y los nombres de Williams y Romeral salieron a la luz. Entonces dije al agente del FBI: "¿Sabía usted que yo tengo esos pasaportes?" Él me contestó: "No". Entonces, le dije: "Mire, son sólo un pedazo de papel, ya que no tienen fotografías. No fueron usados, pero si los quiere y usted me da un recibo, se los entregaré". Y eso fue lo que hice.

25. Landau tenía 37 años y carecía del grado de bachiller cuando ingresó al Departamento de Estado. Sin embargo, comenzó con el grado R-4, el equivalente aproximado de su grado militar de coronel. La "R" siguió durante tres años ligada a su nombre. Recibió un grado académico de "Arte" en la Universidad George Washington tras dos años de estudio, en 1969. En esa época, ya había alcanzado el grado máximo del Departamento de Estado, O-Il.

26. El 12 de abril de 1977, un artículo del periodista Bob Woodward en el Washington Post le provocó unos cuantos días de pánico, pues mencionaba a un tal Edmund Wilson como ex agente de la CIA y sospechoso del asesinato Letelier-Moffitt. Éste era un nombre demasiado parecido al seudónimo de Townley en la DINA, Juan Andrés Wilson.

27. La opinión de Townley, dada a conocer ante el tribunal, era que Baeza no había entregado a la DINA las fotografías de Williams y Romeral.

28. No se trata de su nombre verdadero.

29. Schweitzer, hijo del ex ministro de Justicia de Pinochet del mismo nombre, fue uno de los cinco candidatos sugeridos por la Embajada de Estados Unidos para representar a su gobierno en el asunto de las cartas rogatorias.

30. Suárez era sospechoso en el caso Letelier y había sido encarcelado por orden de la corte por rehusarse a atestiguar ante un gran jurado, después de habérsele garantizado inmunidad. Fue liberado, debido a que estaba a punto de terminar el periodo de sesiones del gran jurado.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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