Asesinato en Washington

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DOS NOMBRES EN LOS EXPEDIENTES

APENAS PASADA LA 1:00 p.m., del 6 de octubre, un DC-8 de Cubana de Aviación despegó del aeropuerto Seawell de Barbados con destino a Kingston y La Habana. Una vez por semana, el vuelo 455 de Cubana hacía el trayecto entre La Habana y Georgetown, en Guyana, con escalas en Trinidad-Tobago, Barbados y Jamaica. Los vuelos, iniciados en 1972, simbolizaban el quiebre del aislamiento de Cuba de sus vecinos caribeños. Entre los setenta y tres pasajeros y la tripulación, viajaban veinticuatro jóvenes del equipo de esgrima de Cuba, celebrando sus medallas de oro ganadas en una competición realizada en Venezuela pocos días antes.

Dos hombres que descendieron en Barbados dejaron dos paquetitos escondidos en el avión. Uno de ellos llamó por teléfono a un hotel de Caracas, Venezuela. Un empleado del hotel que escuchó la llamada, recordó posteriormente una frase dicha en clave: "El autobús está lleno de perros".

A bordo del vuelo 455, el piloto encendió la señal de "no fumar", mientras el aparato se elevaba en un día caribeño caluroso y tranquilo. En la torre de control de Seawell, nueve minutos después del despegue, la voz del piloto de Cubana se escuchó quebrada:

"¡Seawell! ¡Seawell! CU-455. Tuvimos una explosión a bordo. Descendemos rápidamente. .. Tenemos fuego a bordo... Petición para aterrizar de inmediato". Los pasajeros, horrorizados, veían salir humo desde el piso hacia el exterior. Luego, estalló una segunda bomba. "¡Cierra la puerta!", gritó el piloto a uno de los miembros de la tripulación. "¡Emergencia total!", comunicó a la torre de control. Humos tóxicos penetraron a la cabina, la nariz del avión se inclinó y el DC-8, con setenta y tres personas, se precipitó en el mar Caribe, a unas 8 millas de la costa.

No hubo sobrevivientes.

Hernán Ricardo y Freddy Lugo, los dos hombres que habían dejado el avión en Barbados, regresaron a Trinidad en otro vuelo. Esa tarde, el Miami Herald recibió un mensaje de un hombre con acento hispano que dijo representar a "El Cóndor" y se adjudicó la explosión del avión en nombre del movimiento anticastrista. Otra llamada, esta vez hecha por una mujer a una radioemisora de Miami, dijo que la explosión la había realizado el CORU.

En Trinidad, Ricardo volvió a llamar a Caracas. Pedía instrucciones. Quien respondió la llamada, en un semi código, le dijo creer que la línea estaba intervenida. Efectivamente, lo estaba. Ricardo y Lugo fueron arrestados por la policía trinitaria al día siguiente del atentado. Un taxista dio cuenta de la "sucia" conversación, lo mismo que hizo en Caracas el empleado del hotel. Ricardo y Lugo dijeron más tarde a los periodistas que la policía trinitaria los amenazó con matarlos si no confesaban inmediatamente. Confesaron y rindieron su declaración en la cual nombraron a Orlando Bosch y a Luis Posada Carrilles como integrantes de la conspiración.

Las noticias del atentado desencadenaron una ola de informaciones de las agencias policiales por todo el Caribe y Estados Unidos. Las piezas del rompecabezas empezaron a caer. En Caracas, agentes del DISIP arrestaron a Posada, veterano de Bahía Cochinos de 47 años, que había puesto en práctica el entrenamiento recibido de la CIA en la policía secreta venezolana y posteriormente había instalado su propia agencia de detectives. Luego DISIP detuvo a Orlando Bosch, el número uno de los terroristas cubanos exiliados, una especie de "Padrino".

Los investigadores del FBI de Washington que trabajaban en el caso Letelier, entregaron a Jeremiah O'Leary, reportero del Washington Star, informaciones exclusivas, que él publicó el 8 de octubre, diciendo que ellos también buscaban a Orlando Bosch para interrogarlo en relación al asesinato de Leteiier. Bosch había creado y organizado la CORU, un nuevo "grupo sombrilla", en el verano de 1976, destinado a coordinar las actividades terroristas contra Fidel Castro. Sabía quién había asesinado a Letelier y a Ronni Moffitt, dijeron los investigadores, y él mismo podría estar involucrado en el crimen.

Ralph Stavins leyó las noticias sobre el atentado y, furioso, llegó a la oficina de Landau, diciéndole: "¡Te apuesto a que es el mismo grupo de exiliados cubanos!" En el curso de los días siguientes, se comunicaron con los conocidos de Isabel Letelier en Venezuela, la mayoría da ellos amigos de Orlando Bosch y la CORU, según confirmaron los venezolanos, eran la misma cosa. Hicieron mención a una misteriosa reunión realizada en Bonao, un refugio montañés en República Dominicana.

Stavins y Landau pensaron que Bosch representaba la solución del caso. Un periodista venezolano de El Nacional les comunicó que su periódico informaría que Bosch mencionó a Guillermo e Ignacio Novo como los autores del atentado Letelier-Moffitt. (1) Landau y Stavins llamaron a Propper para comunicarle sus descubrimientos y recomendarle que saliera de inmediato a Venezuela para interrogar a Bosch.

El 11 de octubre, el Departamento de Justicia de Estados Unidos solicitó oficialmente que Venezuela permitiera interrogar a Bosch en relación al caso Letelier. Los reporteros comenzaron a reunirse en Caracas, confiados en que estaba a punto de descubrirse una de las más importantes historias de terrorismo internacional.

Los investigadores del IEP, sintiéndose una sola y única cosa con los investigadores oficiales, tal vez su vanguardia, reunieron un grueso expediente sobre Orlando Bosch y lanzaron una suposición en el sentido de que era el principal sospechoso en el asesinato de Letelier.

Tras gruesos anteojos que se le resbalaban de la nariz, Bosch tenía unos ojos oscuros y penetrantes. Pediatra que, tras una corta participación en la lucha contra Batista en el Frente del Escambray, se había instalado en Toledo, Ohio, Bosch había renunciado a su carrera médica y, desde 1960 en adelante, se había proyectado con una imagen del más combativo, el más duro, el más dedicado y activo de los enemigos de Fidel Castro en el exilio. El aspecto vulnerable de su infantil cara redonda, relajada aún más por sus gruesos y prominentes labios y un bigotito juguetón, no concordaban con el estereotipo del terrorista moderno. Pero Bosch se había ganado sus galardones terroristas en virtud de sus hazañas. En 1960, la CIA lo había llevado con sus compañeros a Everglades, sometiéndolo a entrenamiento para la invasión de Bahía de Cochinos, según le dijeron. Pero la agencia lo encontró demasiado salvaje, incontrolable e impredecible como para incluirlo en su misión, y lo dejaron aislado en Florida, mientras los damas exiliados desembarcaban en Playa Girón, Cuba, procedentes de Puerto Cabezas, Nicaragua.

Cuando, en 1961, fracasó la invasión, Bosch atacó a la CIA, comunicando a los gobiernos de Cuba y Estados Unidos que, en lo que a ti se refería, el terrorismo auspiciado contra blancos cubanos desde el territorio norteamericano era un deber moral y legal y que él usaría cualquier pretexto para realizar esa misión. "Tenemos el derecho de trabajar por Cuba, aquí o en cualquier lugar del mundo. Si la CIA violó las leyes y /John F./ Kennedy también las violó, ¿por qué no podemos nosotros hacer lo mismo?", preguntó a un entrevistador, en 1966. Durante un breve periodo, Bosch trabajó en un hospital de Coral Cables, pero pronto el director de la institución se dio cuenta de que estaba sirviendo a otros fines. "Había llenado el hospital de explosivos", dijo un amigo de Bosch al Miami Herald, después de ser éste despedido.

Hacia mediados de la década de los sesenta, Orlando Bosch había realizado una serie de atentados y operativos comando contra el territorio cubano. La policía y los guardacostas lo arrestaron varias veces, imputándole una serie de cargos. En una ocasión, la policía encontró seis bombas antiaéreas en la maleta de su automóvil. Trabajando con menos de una docena de devotos discípulos, Bosch planificó grandiosos proyectos que requerían de mucho financiamiento. Pero rara vez fracasaba en la obtención del dinero necesario, ya que los exiliados ricos no podían decir que no a Orlando Bosch.

A mediados de 1967, el gobierno norteamericano se puso más selectivo con los exiliados cubanos a los que permitía perpetrar ataques contra Cuba desde bases norteamericanas. Bosch y su grupo no estaban entre los favorecidos por la CIA. En el verano de 1967, la policía federal descubrió a Bosch y su grupo en el momento en que se preparaban para lanzar una bomba a un carguero polaco anclado en el puerto de Miami. No hubo resquicios legales o argumentos "tipo CIA" que pudieran descalificar el testimonio de Ricardo Morales, soplón del FBI que penetró el grupo de Bosch. El pediatra exiliado estuvo cuatro años en prisión. Aún le faltaban seis de los diez años a que fue condenado, cuando salió en libertad bajo fianza en 1972.

Bosch salió de prisión más furibundo y terrorista que nunca. Con la anuencia de Henry Kissinger, Estados Unidos había firmado un tratado de no agresión con Cuba, en 1973. Para Bosch, esto constituyó una clara evidencia de la traición de Estados Unidos a la guerra santa contra Fidel Castro y comenzó a buscar patrocinadores entre gobiernos antimarxistas más decididos, realizando una peregrinación de dos años por Latinoamérica, violando con esto su libertad bajo palabra.

A su nueva organización la llamó Acción Cubana y puso en movimiento una campaña financiera para reunir $10 millones de dólares, tres de los cuales estaban destinados a la contratación de asesinos para Fidel Castro y el resto, para perpetrar atentados contra consulados y embajadas cubanos. Como blancos especiales de su furor, destacó instituciones que simbolizaban un deshielo en la guerra fría contra la Revolución Cubana. En noviembre de 1974 fue arrestado en Caracas, acusado de dos atentados. El gobierno norteamericano, notificado de la detención de Bosch, declinó el ofrecimiento venezolano de extradición para que fuera a cumplir en Estados Unidos el resto de su condena.

Bosch se sentía como en casa en Venezuela y no deseaba salir de allí. Caracas tenía una comunidad de exiliados cubanos grande y activa y varios veteranos de Bahía de Cochinos habían encontrado trabajo en la policía secreta venezolana en los años sesenta. Orlando García, amigo de Bosch, había sido nombrado director del DISIP. Otro cubano, Rafael Rivas Vázquez, tenía el segundo lugar en la institución. Luis Posada seguía siendo el jefe de operaciones de DISIP. El traidor de Bosch en el pasado, y que nuevamente lo sería en el futuro, Ricardo "Mono" Morales, era agente especial de DISIP. Todos ellos fueron entrenados por la CIA.

Los compinches de Bosch se disculpaban por haber tenido que arrestarlo, pero al mismo tiempo le advirtieron que el clima político de Caracas no le permitiría continuar con sus actividades anticastristas en Venezuela. Luego de ser liberado, se dirigió a Curagao y, al poco tiempo, el 3 de diciembre, a Santiago de Chile.

Los investigadores del IEP tenían muchas sospechas pero pocos datos concretos sobre la actividad de Bosch durante el año y medio de residencia en Chile. Landau y Stavins leyeron que había conocido personalmente a Pinochet, señalándose que durante su estadía en Chile se produjeron atentados contra las instalaciones diplomáticas cubanas en los vecinos países de Perú y Argentina. De acuerdo al Miami Herald, Bosch viajó con guardaespaldas chilenos a otros países sudamericanos.

En febrero de 1976, Bosch nuevamente hizo planes. La policía costarricense lo arrestó por haber complotado para matar a Henry Kissinger, que visitó Costa Rica el 24 de febrero. El Ministro del Exterior costarricense, Gonzalo Facio, reveló que Bosch había ingresado al país con un pasaporte oficial chileno, falso, a nombre de Héctor Davanzo Cintolesi y que tenía una segunda misión, el asesinato del dirigente chileno del MIR Andrés Pascal Allende y a su esposa Mary Anne Beausire, quienes acababan de escapar de una cacería de la DINA en Chile. (2) Nuevamente Estados Unidos se negó a custodiar a Bosch y encarcelarlo. Dejó Costa Rica tras algunos días de detención e interrogatorios y, a fines de marzo, se dirigió a la República Dominicana. Allí, durante varios meses, comenzó a organizar una nueva coalición que acogiera la dura y larga rivalidad entre los exiliados y canalizara su violencia colectiva hacia una nueva ofensiva anticastrista.

A comienzos de junio, en Miami se rumoreaba acerca de una gran convención de importantes grupos de exiliados en Bonao, ciudad de descanso en las montañas de la República Dominicana. Los reconocidos organizadores del encuentro fueron Orlando Bosch y Frank Castro, cubano exiliado, casado con la hija de una influyente familia dominicana. (3) La reunión terminó a mediados de junio con el consenso para la acción y la formación de un nuevo grupo, el CORU, Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas. (4)

En Miami se supo que el CORU contaba con una impresionante cantidad de adherentes. Si bien se nombraba en primer lugar al grupo Acción Cubana de Bosch, el CORU incluía a los jefes de la Brigada 2506, veteranos de Bahía de Cochinos, el mayor y más respetado de los grupos de exiliados, con casi mil miembros activos; el Frente Nacionalista de Liberación Cubana (FNLC) de Frank Castro y el MNC de Felipe Rivero, grupos que declaraban contar con adherentes de larga trayectoria militante.

El CORU se identificó con la Organización para la Liberación de Palestina, indefinida ideológicamente, pero unida en el apoyo de tácticas terroristas internacionales, con el fin de llamar la atención en su lucha por recobrar el territorio. Los miembros del CORU adoptaron la estrategia del MNC: "guerra por todos los caminos del mundo". Hasta Miami se filtraron informaciones de que CORU había logrado un entendimiento "tácito" con las autoridades norteamericanas. Algunos informantes señalaron que CORU había accedido a no realizar actos de terrorismo en Estados Unidos; otros dijeron que este acuerdo simplemente prohibía que CORU se atribuyera actos de terrorismo realizados en Estados Unidos. No hubo discusión ante un hecho: el FBI había "vigilado" la reunión, queriendo decir que sus soplones habían penetrado la asamblea y la organización. Algunas fuentes en Miami dijeron que la reunión de Bonao y la creación de CORU contaba con el activo apoyo de la CIA y con la aquiescencia del FBI y que se le permitía operar para castigar a Fidel Castro por su política en Angola, sin implicar directamente al gobierno norteamericano. (5)

Una ola de atentados, asesinatos y secuestros inundó Norte y Sudamérica, la mayoría reconocidos por CORU como obras suyas, o identificados con sus métodos. Hasta el 6 de octubre, los atentados habían costado la vida a tres diplomáticos cubanos. Ese día, el bagaje del CORU aumentó a setenta y seis muertos. (6)

Con Orlando Letelier y Ronni Moffitt, setenta y ocho personas habían muerto en menos de cuatro meses.

EL PROCURADOR MICHAEL ligar, a petición de Isabel Letelier, Michael Moffitt y el IEP, solicitó una entrevista con el Procurador General Edward Levi, a fin de conversar acerca del estado de la investigación. La petición fue concedida el 21 de octubre. Levi, entre Propper y Stanley Pottinger, asistente del procurador general para los derechos civiles, expresó en nombre del gobierno su optimismo de que el caso podría ser resuelto y opinó que las recientes informaciones de prensa que exoneraban a la DINA eran poco serias y no se habían originado en el Departamento de Justicia. Frente al procurador, Propper y Pottinger, se sentaban Tigar, Isabel Letelier, Saúl Landau y el director adjunto del IEP, Markus Raskin.

Como en Watergate, dijo Tigar, la investigación debe estar bajo el control de un fiscal especial. Además, agregó, ese fiscal especial debe tener la facultad de acceder a los archivos de la CIA sobre Letelier, de la DINA y cualquier otra persona u organización de importancia.

Tigar y Raskin manifestaron su temor de que, a raíz de la persecución que sufriera el IEP en el pasado por parte del Departamento de Justicia, el FBI dirigiera la investigación contra la izquierda. Expresaron que, tanto la vigilancia ilegal del FBI y sus molestias contra el IEP, como la acción de la CIA contra el Gobierno de Allende, viciarían la capacidad de investigación de estas agencias.

Levi, ex director de la escuela de leyes donde había estudiado Raskin, habló lentamente, mostrando que elegía cuidadosamente cada una de sus palabras: "Mi opinión es que el principal proceso de saneamiento para este país consistirá en que las agencias regulares resuelvan casos como éste. Me horrorizaría si la investigación se distorsionara. Pero hay restricciones para entregar información".

"Dado que esas agencias tienen motivos.. .", comenzó Tigar, pero Levi lo interrumpió abruptamente: "En ese caso, estaremos especialmente atentos para obtener información".

"En el asunto de los procedimientos.. .", recomenzó Tigar, tratando de exigir una decisión sobre los emplazamientos relacionados con los archivos de la CIA.

"No puedo hacer emplazamientos basados en la información disponible hasta el momento", replicó Levi.

La reunión parecía haber terminado, cuando habló Isabel Letelier.

"De acuerdo con el señor Propper, la idea de un crimen pasional ha sido descartada, si bien él aún persiste en interrogarme sobre el asunto".

"Había una mujer en California. Sin embargo, no fue entrevistada por motivos de salud", respondió Propper. "¿Y las averiguaciones sobre las cuentas bancarias?", preguntó Tigar. "Usted las tiene en el maletín", interrumpió Isabel, agregando: "¿Por qué están interrogando a Maruja del Solar /tía de Letelier/?"

"Yo no puedo hacerme responsable de cada agente del FBI", dijo Propper. "Tendrá el maletín en dos semanas más".

Mientras esperaban el elevador, casi en un susurro, Tigar dijo a Propper: "¿Por qué no un emplazamiento a la CIA?" En ese momento, sonó el timbre del ascensor.

Propper miró a Tigar como un maestro que repite una lección supuestamente conocida por el alumno desde hace mucho tiempo: "Si exijo un emplazamiento por los archivos de la CIA y ellos no están de acuerdo, simplemente pueden afirmar no tenerlos y, posteriormente, destruirlos". Los del IEP entraron al ascensor, diciendo adiós a Propper.

AL DÍA SIGUIENTE, aunque no relacionado con la reunión del Departamento de Justicia, un funcionario del Departamento de Estado llamó a la oficina de relaciones del FBI, ofreciendo "algo que podría ser útil en la investigación del caso Letelier". El relacionador escribió un memo subrayando la información: Hubo un extraño incidente en Paraguay, hace unos meses, relacionado con dos oficiales del ejército chileno llamados Juan Williams y Alejandro Romeral. Trataron de obtener visas para entrar a Estados Unidos, utilizando pasaportes paraguayos. El embajador norteamericano sospechó e hizo fotografiar los pasaportes, incluyendo la página con la fotografía de los sujetos. Las visas fueron canceladas, pero los dos individuos llegaron a Miami el 22 de agosto con visas diplomáticas tipo A-2 en pasaportes oficiales chilenos. (7)

Cárter Cornick recibió el memo y, a los pocos días las copias de los pasaportes y las fotografías, a través del correo del Departamento de Estado. Puso atención en la descripción física de ambos individuos: Alejandro Romeral, cabello y ojos oscuros; 1.74 metros de estatura; 26 años. Juan Williams, cabello rubio, ojos azules; 1.89 metros de estatura: 34 años. Inmediatamente, buscó los nombres Romeral Williams en la lista de la computadora del INS que había recibido hacía varias semanas. Al no encontrar allí los nombres, ordenó a un agente reconfirmar con el INS si había algún registro en sus archivos que comprobara la información del Departamento de Estado. El INS contestó que su lista computarizada de las formas I-94 que todos los extranjeros debían llenar y presentar a los oficiales de inmigración al ingresar y salir del país, no registraban a Romeral y a Williams. Luego, Cornick pidió a los agentes de la oficina de Miami que investigaran sobre la presencia allí de los dos agentes chilenos sospechosos. Nuevamente dibujó un blanco. Puso a un lado las fotografías y continuó asignando tareas aún no realizadas y de mayor prioridad en el caso que las sospechas sobre los oficiales chilenos de inteligencia.

EN SU INFANCIA, el juguete favorito de Larry Wack era un equipo de dactiloscopia. Creció en Willingboro, Nueva Jersey y también era un fanático del juego "policías y ladrones", en el que siempre quería hacer de policía. Cuando tenía veinte años, escribió a J. Edgar Hoover, preguntándole cómo podía llegar a ser agente del FBI. Hoover le respondió, diciéndole qué hacer, consejo que Wack siguió. Después de graduarse en secundaria, en 1976, Wack fue a Washington, obteniendo un trabajo administrativo en el cuartel general del FBI. En la Universidad Americana, siguió cursos de criminología en sus horas libres.

Cuando en septiembre de 1975 se graduó en la academia del FBI, comenzó a caminar con un balanceo fanfarrón y la cabeza muy derecha. Hablaba con la boca torcida y a veces se dejaba abierta la chaqueta, para que se pudiera ver el bulto de su pistola de servicio que le colgaba del cinturón. Wack tenía todo el aspecto típico gringo: rubio, ojos azules y una suave cara infantil. Para completar esa imagen, se dejó un bronco bigote rubio. En el trabajo, en la calle, Wack era rudo. Había trabajado en la brigada contra bombas y terrorismo de la oficina de Nueva York solamente durante seis meses y luego lo asignaron al caso del asesinato Letelier-Moffitt, su primer caso importante.

El 11 de octubre, un hombre alto y de rostro anguloso, vestido en "blue jeans", se acercó a Elizabeth Ryden en la Terminal Aérea Este de Nueva York, diciéndole "¡Hola!". Elizabeth Ryden, una auxiliar de vuelo, esperaba el autobús Carey que la llevaría al Aeropuerto Kennedy para cumplir con su trabajo. Una hora más tarde, en un lugar de reunión para auxiliares de vuelo en el aeropuerto, Elizabeth Ryden vio al mismo tipo que caminaba hacia ella y se le paraba a lado.

"Dile a tu amiguito que mejor saque su cochina nariz de los asuntos de Chile, o tú ya no serás tan linda. ¡Bum! ¡Bum! ¿Sabes lo que quiero decir?" Durante un largo rato la miró fijamente y luego se dio media vuelta, desapareciendo entre la multitud. Elizabeth Ryden notó que se estaba quedando calvo en la coronilla. Enseguida corrió a un teléfono y llamó a su "amiguito" y novio, Larry Wack.

Una tarea al principio excitante, se convirtió en un problema personal para Larry Wack. Ordenó un automóvil del FBI y corrió hasta el Aeropuerto Kennedy. En una oficina de American Airlines, Wack pidió a su novia la descripción exacta del sujeto. Un dibujante del FBI trabajó con ella y, juntos, lograron elaborar un retrato hablado. Wack ordenó protección para su novia.

Comenzó a repasar las decenas de llamadas telefónicas y entrevistas que había realizado durante los veinte días transcurridos desde el asesinato. Ninguna calzaba con la descripción de Elizabeth. La mayoría de los entrevistados pertenecía a la izquierda y estaban relacionados con Letelier. Pero también había hablado con el jefe de la Misión chilena ante la ONU, el almirante Ismael Huerta, y le había hecho preguntas directas sobre los contactos de Chile con exiliados cubanos.

Wack compartía el punto de vista general de la oficina: Si había chilenos involucrados, probablemente eran izquierdistas. Ocho años de formación en la oficina le habían enseñado a ver a los izquierdistas como enemigos. Durante un largo tiempo, esta actitud fue evidente en sus entrevistas con los chilenos exiliados. Jaime Barrios y Mónica Villaseca, funcionarios de la oficina de Chile Democrático en Nueva York, dijeron a Landau que la actitud de Wack era francamente molesta. A comienzos de noviembre, Wack llegó a la oficina de Chile Democrático, cercana a Naciones Unidas, sin telefonear previamente. Preguntó a Jaime Barrios, encargado de las actividades de los exiliados en Nueva York, si podía dedicarle unos minutos, que "no se trataba de nada especial". "¿Usted cree que el asunto del asesinato puede haber sido un error y que iba dirigido a otra persona?", le preguntó Wack.

-"Es posible", contestó Barrios.

-"¿Letelier tenía problemas económicos?"

Barrios negó con la cabeza.

-"¿De qué vivía? Usted sabe que su salario no era muy alto. Sería posible (y, por favor, ésta es una mera suposición) que hubiera robado dinero en el IEP, lo que habría provocado el asesinato?"

-"Lo dudo, pero puedo averiguar", respondió Barrios.

En seguida, Wack le hizo preguntas sobre su vida personal. Barrios y Mónica Villaseca sostuvieron no saber nada acerca de la vida privada de Letelier. También preguntó sobre los contactos de éste con Naciones Unidas.

Posteriormente, Barrios contó a Saúl Landau e Isabel Letelier el incidente, quejándose con Cornick, Propper y también con el procurador general. Pero Cornick tranquilizó a Landau diciéndole: "No se preocupen por Larry Wack. Es un bonachón que está haciendo un condenado trabajo al investigar el caso. Barrios debe estar equivocado".

Cornick tenía razón. Wack reprimió sus intereses personales, adoptando otros métodos más sólidos. Supo que el Equipo anti Bombas y Terrorismo tenía informaciones sobre otros tres atentados terroristas recientes en el área de Nueva York-Nueva Jersey. En julio, la policía de Nueva York detuvo a tres jóvenes integrantes de la fracción de Union City del Movimiento Nacionalista Cubano en el momento de estar instalando una bomba a la salida de la Academia de Música de Nueva York, donde se realizaba un acto pro revolución cubana. El 16 de septiembre, una bomba colocada por un hombre-rana, perforó un costado del barco soviético Ivan Shepetkov, en el puerto Elizabeth de Nueva Jersey. Dos días después del asesinato de Letelier, estalló una bomba a la salida del Palladium Theatre en Nueva York, donde se proyectaba una película cubana. Omega 7 se atribuyó ambos atentados. El FBI supo que Omega 7 era el brazo armado de las operaciones clandestinas de la rama de Union City del MNC.

Wack recogió y transmitió a Washington las primeras informaciones "callejeras" que aseguraban que los hermanos Novo estaban coludidos. Había leído los despachos de Cornick informando que el terrorista Orlando Bosch también nombró a los Novo tras ser detenido en Venezuela.

Hurgó acerca de los Novo y del MNC en los archivos del FBI. En una de las carpetas, encontró fotografías de publicaciones de los exiliados cubanos que mostraban al diplomático chileno Mario Arnello compartiendo la tribuna con Guillermo Novo y otros altos dirigentes del MNC en un acto denominado "Cuba y Chile contra el comunismo". Junto a la tribuna, se veía a otro activista del MNC, Jorge Gómez, uno de los detenidos en el frustrado atentado del 24 de julio en la Academia de Música. El acto en cuestión había tenido lugar justo un año antes, en el salón de la Iglesia de San Rocco, en Union City, decorada para la ocasión con pancartas y dibujos que mostraban dos haces de luz destruyendo una hoz y un martillo. Las fotos no constituían pruebas criminales, pero cimentaban una relación política de alto nivel entre el gobierno chileno y el MNC. Y Wack ya tenía la evidencia de que los miembros del MNC eran aficionados a jugar con bombas.

Trasladó sus energías en la investigación de la izquierda a la derecha. Comenzó a recorrer las calles de Union City, deteniéndose en los pequeños negocios y tomando cerveza en el bar Bottom of the Barrel. Los cubanos estaban casi acostumbrados a verlo. Los agentes del FBI se habían convertido en parte de sus vidas en los años recientes y Wack era más simpático que la mayoría de ellos. Debido a su persistencia, empezaron a llamarlo "perro de caza".

Durante la primera semana de noviembre, primero uno y luego varios cubanos accedieron a reunirse secretamente con Wack en lugares seguros de la ciudad de Nueva York. Le contaron todos historias similares. Alrededor de una semana antes del asesinato de Letelier, le dijeron, vieron a miembros del MNC recorriendo la ciudad con un chileno alto y rubio. Uno de los soplones lo vio con Alvin Ross y Virgilio Paz en The Bottom of the Barrel, tarde una noche. Otro dijo que el chileno había estado antes en Union City y que su asociación con Guillermo Novo y Suárez se remontaba a un año atrás. Uno dijo que de inmediato se dio cuenta de que el chileno rubio era agente de la DINA. El tipo hablaba un perfecto inglés, sin huellas de acento hispano, dijo otro. Wack retuvo cada descripción. En términos generales, todas coincidían: cabello rubio o castaño claro, de unos seis pies de estatura, delgado, tipo atlético, ojos azules, de unos treinta años. Wack convenció a sus informantes para que se reunieran con un dibujante del FBI, quien hizo un retrato hablado, según ellos, ligeramente parecido al individuo.

ROBERT DRISCOLL, EN su calidad de encargado de los asuntos de Chile en el Departamento de Estado, mantenía relaciones con la mayor parte de la comunidad chilena en Washington, tanto de la embajada como de otras reparticiones oficiales: el embajador y su personal, los agregados militares, hombres de negocios, la misión de la OEA y los burócratas internacionales que alternaban entre el servicio gubernamental y el trabajo en organizaciones como el BID y el Fondo Monetario Internacional. Driscoll tenía un problema. Uno de sus contactos chilenos, a los que le gustaba denominar "fuentes", le había contado una turbia historia con posibles ramificaciones en los recientes asesinatos Letelier-Moffitt. La fuente le comunicó que dos agentes de la DINA estuvieron en Washington por la fecha del asesinato de Letelier, "rondando la misión militar chilena".

En octubre de 1976, el Departamento de Estado no había realizado gestiones que indicaran un interés especial en las muertes Letelier-Moffitt. Nadie había pedido a los expertos del Departamento de Estado que pensaran en posibles pistas que entregar al FBI, Driscoll, encargado de pesquisar, seleccionar y analizar los cables de las oficinas en Chile y la región andina, en el quinto piso del edificio principal del Departamento de Estado, en el decimosegundo año de su carrera había aprendido que "estar rascándose la cabeza" era, decididamente, un comportamiento peligroso.

Las relaciones con Chile eran buenas. Habían sido excelentes inmediatamente después del golpe y luego, en 1975, tuvieron un periodo de decaimiento, cuando Pinochet no cumplió la promesa hecha al Departamento de Estado de permitir la visita a Chile de una comisión de Derechos Humanos de la ONU. En 1976, las relaciones habían experimentado un evidente mejoramiento. En efecto, la mañana del día del asesinato, había llegado a Washington una delegación chilena encabezada por el Ministro de Finanzas Jorge Cauas, con el propósito de sostener una ronda de entrevistas cordiales con altos funcionarios del Departamento de Estado, además de los principales banqueros de Estados Unidos. Cauas había trabado amistad con el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, William Simón, organizándole una visita a Chile para abril. También logró dar una buena impresión al Secretario de Estado Henry Kissinger, cuando éste visitó Chile un mes más tarde. En opinión del Departamento de Estado, Cauas era un tipo de la vieja guardia, en quien podía confiarse que mantuviera sus promesas. Al mismo tiempo, Cauas les aseguraba que el acceso de civiles "moderados" como él a puestos previamente monopolizados por militares equivocados y fanáticos derechistas, significaba un mejoramiento en la situación de los derechos humanos.

Driscoll analizó las políticas formuladas por sus superiores para tener claves que le indicaran cómo manejar la delicada información recibida. Él secretario Kissinger había anunciado a la prensa el 15 de octubre: "Aún no hemos encontrado evidencias de quién está detrás del asesinato". Driscoll recibió también recortes del Newsweek, el New York Times y el Washington Star que mencionaban a "fuentes de inteligencia" señalando que la DINA chilena había sido virtualmente eliminada de entre los sospechosos del asesinato Letelier-Moffitt.

La información que Driscoll poseía parecía contradecir estas opiniones. Y por último, él ahora sabía que la inteligencia chilena había estado desarrollando una misión secreta en Washington en la época de los asesinatos. Su fuente le entregó también los nombres supuestos de los agentes chilenos, Juan William Rose y Alejandro Romeral Jara, con el dato de que estos mismos individuos habían tratado anteriormente de entrar a Estados Unidos subrepticiamente, procedentes de Paraguay.

Revisó sus expedientes e ingresó los nombres a la computadora, la que respondió: "positivo". En julio y agosto, una ola de cables relacionados con los oficiales chilenos Romeral y Williams habían ingresado al expediente de Chile. Había referencias a los últimos cables enviados el 15 de septiembre e, increíble, al día siguiente del asesinato. Ordenándolos cronológicamente desde el más reciente, los leyó.

El cable del 22 de septiembre, enviado por la noche a Santiago, había sido redactado el día del asesinato. Advertía al Consulado en Chile no extender visas a nadie que se llamara con alguno de los dos nombres. El cable del 15 de septiembre, dirigido a la misión norteamericana en Paraguay, era un certificado formal de revocación de visas, expedidas a Romeral y Williams el 27 de julio de 1976 en el consulado de Asunción. Otro cable, casi de la misma fecha, informaba a Washington que el embajador norteamericano en Paraguay, George Landau, en respuesta a una petición suya, había recibido de las autoridades paraguayes dos pasaportes a nombre de Romeral y de Williams, a fin de cancelar con un sello las visas en ellos estampadas.

A fines de agosto, un breve memo señalaba que el Departamento de Estado había recibido mayor información en la Oficina de Visas y Pasaportes. Driscoll no se molestó en revisar allí y siguió adelante. El siguiente objeto refrescó su memoria: un pesado sobre de papel manila, fechado el 6 de agosto contenía un memo adjunto, en papel rotulado de la CIA, dirigido a "Harry W. Shlaudeman, Asesor del Secretario de Estado para Asuntos Interamericanos, DIA". Driscoll recordó haber recibido el paquete y mirado las fotografías que contenía. Volvió a mirarlas. Las mismas dos caras en las mismas dos fotos: un hombre de cabello oscuro, con rostro ancho y poco regular, y un hombre de cabello claro, rostro anguloso, corto bigote y barba. El memorándum adjunto sólo señalaba que las fotografías pertenecían a "dos pasaportes paraguayos que fueron enviados recientemente desde Asunción a Washington".

Driscoll encontró la orden dirigida de Landau en el sentido de que se advirtiera en todos los puertos de entrada a Estados Unidos sobre los dos individuos. Los mensajes explicaban que dos chilenos, con falsas identidades, habían intentado obtener visas para viajar a Estados Unidos en el consulado norteamericano en Paraguay. Uno de los cables tenía la observación "reftel", seguida de un número en clave, indicando la referencia a un telegrama enviado el 28 de julio, vía "Roger Channel", la más secreta de todas, directamente a la oficina del Secretario de Estado Kissinger, pasando por encima de la red de comunicaciones del Departamento de Estado. Para leer ese telegrama, Driscoll sabía que necesitaría una autorización especial.

Driscoll sabía que era un procedimiento normal permitir a los agentes de inteligencia extranjeros la entrada a Estados Unidos utilizando nombres y documentos falsos. Él mismo y sus predecesores habían recibido visitas de agentes chilenos que buscaban informaciones en la oficina para los asuntos de Chile. (Manuel Contreras y su comitiva llamaron a la oficina durante su visita a Washington, en agosto de 1975.) Lo insólito del asunto era que los agentes chilenos hubieran usado pasaportes de un "tercer país" -Paraguay-, en lugar de pasaportes chilenos. Y las nuevas informaciones de Driscoll de que los mismos dos agentes (o tal vez otros, usando los mismos nombres) se las habían ingeniado para entrar a Estados Unidos y llegar a Washington, a pesar de las órdenes de Landau, le daban razones de más para sospechar. En el contexto del asesinato de Letelier y Ronni Moffitt y las subsiguientes acusaciones contra el Gobierno chileno, esta nueva información era candente.

Driscoll sabía que en el Departamento de Estado la interpretación favorita para el asesinato era la "teoría del mártir". Lo pensó dos y hasta tres veces para desarrollar una teoría mostrenca que podría significar una bofetada a las políticas oficialistas. Decidió no "hacer olas" y escribió un memo.

El propósito del memo era informar a su superior, Harry Shlaudeman, sobre la presencia de los dos agentes chilenos en Washington, sin relacionar ese hecho con el contexto del asesinato de Letelier. Shlaudeman, tan capaz como él de concluir que "dos más dos son cuatro", decidiría si dar o no la alarma. Si no colocaba el "incidente paraguayo" en el contexto de los asesinatos Letelier-Moffitt, en su memorándum no habría nada que sugiriera la posible relación entre ambos casos.

Driscoll envió el memo a Shlaudeman el 11 de noviembre, explicando que los dos chilenos, probablemente oficiales del ejército, habían ingresado a Estados Unidos tras obtener visas en la Embajada norteamericana en Paraguay, con documentos falsos, y después que el embajador Landau anulara las visas y diera órdenes de investigación. Señaló haber escuchado que "estos fulanos estuvieron en la Embajada de Chile" diez días antes y que "habían permanecido en el país unos treinta días". Driscoll manifestó a Shlaudeman que deseaba pedir su opinión acerca de las medidas a tomar. Por ejemplo, ¿podrían ser expulsados del país estos dos individuos, demostrando así a Chile que el Gobierno de Estados Unidos no toleraba un comportamiento semejante?

El memorándum de Driscoll era un modelo de eufemismo burocrático. En ninguna parte mencionó a la DINA o demostró intenciones de relacionar a los oficiales chilenos con el asesinato de Letelier. Sin embargo, había actuado correctamente al informar de un incidente sospechoso a su superior, solicitándole un consejo acerca de cómo actuar. Que Shlaudeman estampara por escrito la existencia de una evidencia circunstancial y sugiriera que los chilenos podrían estar involucrados en el asesinato Letelier-Moffitt, según opiniones oficiales.

Sin embargo, Shlaudeman estaba igualmente decidido a "no ponerle el cascabel al gato", y escribió una respuesta muy simple: "Bob, no canceles las visas, pero informa de esto al FBI".

Driscoll examinó nuevamente el expediente, descubriendo que ya se había mandado un memo acerca del incidente de Paraguay al FBI, el 22 de octubre. Y decidió que esto era suficiente para mantenerlos informados. Ignoró las instrucciones de Shlaudeman y, simplemente, anexó su memo al expediente. (8)

CORNICK HABÍA COMENZADO a trabajar duro en el caso. Sus agentes desecharon cientos de pistas, la mayoría de ellas significativas. Examinó los informes cablegráficos, destacando aquellos que eran lo suficientemente llamativos para distraer a Propper. Incluso después de la selección preliminar de Cornick, se despachaban más de cien documentos al FBI, a la ya saturada oficina de Eugene Propper. Ambos se entrevistaban con frecuencia, acompañados a veces por Donald Campbell, jefe de la División de Crímenes de Mayor Cuantía, y por Lawrence Barcella, jefe adjunto y superior de Propper.

El FBI entregó a Propper una lista de cubanos exiliados que habían viajado a Chile desde el golpe militar y éste comenzó a hacerlos comparecer ante el gran jurado. Los molestos exiliados, respondiendo en las comparecencias contra su voluntad, aportaron pocas informaciones nuevas.

El 27 de octubre Ignacio Novo, y dos días más tarde su hermano Guillermo, se presentaron ante el gran jurado; sus respuestas fueron firmes: ninguno había sabido nada de la DINA; el MNC se había retirado de CORU; Estados Unidos estaba utilizando el caso Letelier-Moffitt para perseguir a los cubanos que luchaban por la libertad. Guillermo, interrogado acerca de si alguna vez había viajado a Chile, se amparó en la Quinta Enmienda.

BOB SCHERRER TENÍA noticias de los cubanos exiliados desde mediados de la década de los sesenta, cuando en su calidad de miembro de la "Brigada Tamale" del FBI, en Nueva York, asesoraba las actividades, tanto pro como anticastristas. (9) En las semanas siguientes al asesinato, Scherrer proporcionó a Cornick los nombres de los cubanos cuya entrada a Chile pudo verificar gracias a contactos secretos con la policía chilena.

Scherrer conocía el terreno de la inteligencia latinoamericana, los espías, agentes, dobles agentes y los complejos asuntos secretos existentes entre ellos. Entendía la mentalidad de los agentes secretos latinoamericanos y de la policía, que se sentían luchando en una guerra secreta en contra del comunismo desde hacía dos décadas, tras la fachada de los distintos gobiernos en turno.

A menudo, sentían tener mucho más en común y mayores razones de lealtad entre ellos que con sus amos políticos en constante cambio. Scherrer había observado equipos que caían en situaciones ilegales, sin que por ello se alteraran sus relaciones con el resto de la hermandad de inteligencia.

Patria y Libertad, en Chile (fuera de la ley durante Allende), era tratado como su igual por la inteligencia brasileña, y muchos de sus integrantes se convirtieron en agentes de inteligencia bajo el régimen de Pinochet.

La Triple A de Argentina había surgido en alianza con la inteligencia de ese país bajo el débil gobierno peronista y luego perdió su fuero cuando el gobierno tomó el poder, en 1976. Venezuela, con su gobierno democrático, titubeantemente progresista, entregó su aparato de inteligencia a fanáticos cubanos exiliados derechistas, como Orlando García y Rivas Vásquez y, en pago por sus servicios, debió asilar y proveer de documentación falsa a terroristas activos como Orlando Bosch. Los exiliados terroristas cubanos, "out" a raíz de la Revolución Cubana, pertenecían al club secreto latinoamericano del anticomunismo. (10)

Scherrer había seguido sus vicisitudes a causa de la CIA, que alternativamente los alentaba y desalentaba en su actividad marginal dentro de los trabajos de inteligencia; ellos eran los secuestradores, los torturadores, los que hacían el trabajo sucio.

Ante su inmersión en la sórdida atmósfera de la inteligencia latinoamericana, Scherrer experimentaba sentimientos ambivalentes. Conversaba y hacía bromas con torturadores y verdugos, valorando su anticomunismo, pero despreciando sus métodos. Tenía que trabajar con ellos para ganar su confianza, pero, contemporáneamente, adhería al principio de que el fin no justifica los medios. Luchaba por combatir el mal, pero tratando de impedir que su alma se contaminara.

El 26 de noviembre, Scherrer envió un largo informe analítico a Washington, vía valija diplomática. Entregó evidencias, extraídas tanto de sus archivos como de su experiencia personal, para llegar a las siguientes conclusiones: el Gobierno militar de Chile tenía una "relación especial con los militantes anticastristas, y esas relaciones incluían misiones criminales conjuntas. El cable era una respuesta a las primeras consultas de Cornick a los agentes de todo el mundo para sacar conclusiones acerca del asesinato Letelier-Moffitt. Era también un complemento de su informe del 28 de septiembre sobre la Operación Cóndor.

Chile había ofrecido al movimiento de cubanos exiliados el tipo de apoyo y aliento dado a ellos una vez por la CIA. Las fuentes de Scherrer informaron acerca de un programa completo de relaciones chileno-cubanas, que podría proveer de una base inviolable a los operativos de los cubanos contrarrevolucionarios. Pinochet, según esa fuente, se había propuesto reconocer un gobierno cubano en el exilio, con sede en Chile. Este tipo de reconocimiento diplomático, aun cuando se tratara de un solo país, implicaba la posibilidad y el derecho de realizar una guerra contra Cuba, buscando aliados y armamento en otras naciones anticomunistas. Orlando Bosch era el hombre que había hecho esta solicitud a Pinochet. Había vivido en Chile durante más de un año. De acuerdo con las fuentes de Scherrer entre los exiliados cubanos, Pinochet prometió a Bosch aceptarlo como el presidente del gobierno cubano en el exilio. Y algunas actividades en este sentido ya habían comenzado: Chile estaba proveyendo de armas, explosivos y falsa documentación a los cubanos exiliados. Bosch y otros más habían recibido asilo y protección en territorio chileno, contra persecuciones por actividades terroristas.

Chile prometió establecer un campo de entrenamiento y entregar instrucción militar y de inteligencia. Algunos de los exiliados eran llevados a una grande y segura finca al sur de Santiago, un lugar especialmente reservado para ellos.

Scherrer hizo notar que la presencia cubana en Chile coincidía con el ímpetu de la DINA en la organización de la Operación Cóndor, pero dijo no tener evidencias de un papel oficial de los cubanos en esta organización. Sin embargo, concluyó, el tratamiento de "tapete rojo" a los cubanos debía implicar forzosamente un sustancial quid pro quo. Los cubanos relacionados con Chile eran, por lógica, sospechosos en el asesinato Letelier-Moffitt. El terrorismo era su moneda y ellos debían muchísimo a Chile.

Bosch era el principal sospechoso, desde que se supo su intento por organizar un asesinato para Chile en Costa Rica. Pero los informes de los soplones del área de Nueva York vinculaban al MNC al crimen, y Scherrer sabía que Guillermo Novo y Suárez estaban entre los cubanos que habían visitado Chile. Y había decenas más que habían hecho valiosas ofrendas ante el altar de Pinochet. El contrato podría haberse hecho con cualquiera de ellos.

Uno de los cubanos que había ¡do a Chile en 1976 era un caso especial. Rolando Otero, del FNLC de Frank Castro, unos meses antes del asesinato, había salido de Chile directamente a una cárcel norteamericana y, no hacía mucho, enfrentó un juicio en Miami por numerosas acusaciones de atentados terroristas. Scherrer, personalmente, había realizado la captura de Otero, solicitando su detención al gobierno chileno, que lo envió esposado en un avión hacia Estados Unidos.

Otero, igual que Bosch, íntimo amigo del ubicuo "Mono" Morales, informó a éste en febrero de 1976 que había aceptado un contrato de asesinato con la DINA, como una forma de demostrar su buena fe. Las víctimas elegidas eran Andrés Pascal Allende y Mary Anne Beausire, los mismos blancos que otro servicio de inteligencia chileno había entregado a Bosch. Morales, que estaba al tanto de la tarea encomendada a Bosch, pasó la información al FBI, que advirtió al gobierno costarricense sobre el doble complot. Después de que Bosch fue detenido en Costa Rica, Otero regresó a Chile. Pocos meses después, fue secuestrado por la DINA y encerrado en un centro de torturas. (11)

La expulsión de Chile de Otero, en mayo de 1976, había roto el patrón de las relaciones cubano-chilenas. Otero odiaba a Scherrer por haber ordenado éste su captura, pero odiaba al gobierno chileno más aún. Él y muchos otros exiliados consideraban que la detención había sido una violación del acuerdo establecido entre el gobierno de Chile y el movimiento de exiliados. Scherrer remitió a Cornick al archivo de Otero, sugiriéndole un cuidadoso y bien planeado acercamiento al cubano, detenido en la prisión de Miami, lo que podría ser fructífero. El visceral odio de Otero podría abrir una ventana al manejo de los exiliados terroristas por parte de la DINA. Agregó que el resentimiento de los cubanos exiliados ante la traición sufrida por Otero era tan grande, que el FBI podría considerar seriamente la posibilidad de que el atentado frente a la Embajada de Chile haya sido producto de los cubanos, con el fin de causar problemas al régimen de Pinochet.

EL DETECTIVE STANLEY Wilson de Homicidios del Distrito de Columbia llamó al agregado de prensa Rafael Otero (no está emparentado con Rolando Otero), a quien había estado frecuentando desde el asesinato, y se puso de acuerdo para reunirse con él en un restaurante a pocas cuadras de la misión chilena. "Tengo algo que mostrarle", dijo Wilson. "A propósito, ¿quién es Tati?"

"Es hija de Allende, su nombre es Beatriz Allende. Ahora vive en Cuba. Sé más sobre ella, pero, dígame, ¿por qué quiere saberlo?"

"Aquí tengo una carta para Orlando Letelier firmada por «Tati» y enviada desde Cuba". Los dos hablaron en español, considerándose mutuamente como "fuentes". Se habían estado reuniendo con regularidad. Para Wilson, Otero era una vía de comunicación desde el interior del gobierno de Chile. Para Otero, Wilson era una forma de llevar el recuento de la investigación del caso Letelier-Moffitt y saber cuan cerca estaban de Chile.

Otero, que a veces se autodenominaba por su cómico apodo de "El enano", en Chile tenía fama de ejercer un periodismo venenoso. Alguna vez admirador de Fidel Castro y funcionario de la agencia cubana de noticias Prensa Latina en la oficina de Chile, hacia fines de la década de los setenta, se había convertido en furibundo anticomunista. Tenía un pequeño semanario político que publicaba durante la época de Allende con caricaturas insultantes y referencias escatológicas. Se vanagloriaba de haber sido detenido veintiocho veces, con lo que daba a entender que había sido una víctima de la persecución política de Allende; en verdad, la mayoría de sus detenciones se produjeron en la época anterior de Allende, por hurto y fraude. Orlando Letelier lo consideraba un informante de la DINA en Washington.

La llamada telefónica de Wilson, a fines de noviembre, indicó a Otero que éste estaba listo para "negociar" material seleccionado, a cambio de su cooperación en el acceso a los expedientes de Chile acerca de terroristas latinoamericanos. Mientras se ponía el abrigo y abandonaba la embajada, se reía para sus adentros.

Wilson no estaba seguro de si Otero trabajaba o no para la DINA, pero sí sabía que era accesible. ¡El FBI había estropeado tanto el caso!, pensaba Wilson. Los agentes habían husmeado en la Embajada de Chile, habían entrevistado al personal, pero no habían logrado ninguna información. Los chilenos se habían cerrado "como ostras". En cambio, Wilson usó una táctica distinta, y le dio resultados. Había convencido a Otero que, trabajando juntos, podrían mantener el foco de las investigaciones donde debía estar: en los marxistas, en los cubanos exiliados que habían trabajado por su cuenta, y en Orlando Letelier, considerándolo un supuesto agente comunista. Wilson dudaba de que Chile estuviera involucrado en el asesinato. Se había ganado la confianza de Otero y el acceso a los documentos de la DINA.

Wilson encontró "increíbles" los expedientes que le mostró Otero. Prácticamente cada terrorista activo en el hemisferio occidental, incluyendo a los cubanos pro y contrarrevolucionarios, tenían un expediente. Con esto, Wilson se convenció de que podría ganarle al FBI en la solución del caso. Sólo la CIA tenía expedientes tan completos como aquéllos, y la CIA no los compartía con nadie.

Cuando llegó al restaurante, Otero ya estaba instalado. Dejó un montón de papeles sobre la mesa, antes de saludar a Otero, y se sentó. Era un hombre de hablar suave y comportamiento amable. Sacó varias fotocopias engrapadas y, en español, comenzó a leer párrafos clave.

"Gastos a expensas de la oficina política, hasta el 15 de octubre de 1975. Recibido: Dos pagos, uno por $3,000.00 a comienzos del año, y otro por $5,000, en mayo de 1975. Total recibido: $8,000.00".

Wilson mostró a Otero los papeles que estaba leyendo y que consistían en una relación mensual de gastos. De acuerdo a la naturaleza de la lista, para un chileno informado como Otero, era obvio que la relación pertenecía a Orlando Letelier.

"¡Es increíble! ¿Dónde conseguiste todo esto?", preguntó Otero, entusiasmado.

"Espera. Éste es sólo el comienzo. Ahora te leeré una carta que indica dónde consiguió ese dinero".

Mirándolo de vez en cuando para ver el efecto que le producía, leyó:

La Habana, 8 de mayo de 1975

Querido Orlando:

Sé que Altamirano quiere comunicarse contigo para plantearte una solución a los problemas que han surgido allá y me pidió que te informara que desde aquí (Wilson enfatizó la palabra), desde aquí, te mandaremos, en nombre del partido, mil dólares ($1,000.00) mensuales para financiar tu trabajo. Te estoy mandando cinco mil ahora, para no tener que hacerlo mensualmente.

Un gran abrazo para ti e Isabel Margarita de

(firmado) Tati

Wilson extendió la carta a Otero, para que éste viera que efectivamente estaba firmada.

"Este es dinero de Cuba, amigo mío, para financiar un movimiento de resistencia en Estados Unidos. Y hay otra carta que se refiere a otro pago de cinco mil dólares. Toda esta basura salió del maletín de Letelier. Lo sacamos del automóvil como prueba, el día del asesinato, y fotocopiamos todo su contenido", dijo Wilson.

Wilson y Otero, en la quieta mañana del restaurante, estuvieron reunidos más de una hora, pasándose papeles y conversando animadamente. Otero le dijo todo lo que se le ocurrió acerca de "Tati": Era la hija predilecta de Allende, de unos treinta años, alta funcionaría del Partido Socialista de Chile. Durante los tormentosos días de la Unidad Popular, había conocido a un diplomático cubano, con el que se había casado. Después del golpe, ella, los niños y su marido, Fernández de Oña, se habían ido a vivir a Cuba.

"El contacto de Fernández con el Gobierno cubano es perfecto", señaló Otero. "Trabajó en el extranjero, ¿quién podría decir que no es un agente de inteligencia? Letelier recibe dinero de la esposa del agente cubano, de este modo, se convierte él mismo en un agente pagado por los cubanos. No podría haber resultado mejor si nosotros mismos hubiéramos escrito esas cartas".

Otero dijo que no quería quedarse con ninguno de los documentos, argumentando que podría ser peligroso para Chile si se sabía que la embajada tenía acceso a los documentos antes de que se hicieran públicos, y podrían surgir acusaciones de que la embajada los había sustraído. Aconsejó a Wilson entregar los documentos a los amigos de Chile del Capitolio.

Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre, la columna Jack Anderson/Les Whitten, iba encabezada así: CONTACTO EN LA HABANA DE LETELIER. Y, en algunos trozos, decía:

Documentos secretos encontrados en el maletín que llevaba Letelier el día del asesinato, demuestran que había estado recibiendo mensualmente unos misteriosos $1.000 dólares a través de un "contacto en La Habana".

Hemos visto algunos de esos documentos ultrasecretos. Fuentes de inteligencia sostienen que ese dinero no podría haber llegado a Letelier sin la aprobación del gobierno cubano.

Su contacto era Beatriz "Tati" Allende, hija de Salvador Allende. . . La mujer vive actualmente en La Habana con su esposo, funcionario cubano.. .

Hablamos por teléfono con Tati Allende, pero ella se negó a revelar la fuente de esos pagos. Dijo que su carta a Letelier tenía carácter personal y no comprendía por qué se había dado a la publicidad, "a menos que no fuera para perjudicar" el caso Letelier.

ISABEL LETELIER HABÍA comenzado a recoger los fragmentos del trabajo en el exilio que Letelier dejara inconcluso. Siempre vestida de negro, ante las cámaras de televisión y la prensa mostraba una imagen digna y sobria. Habló en iglesias y sindicatos, en universidades y en manifestaciones públicas. Su mensaje era simple: "Pinochet asesinó a mi esposo y a Ronni Moffitt, ciudadana norteamericana. No son sino dos, entre los tantos que ha asesinado, torturado, encarcelado, expulsado del país. Hacer justicia en los casos de mi esposo y de Ronni Moffitt, significará hacer justicia a la mayoría del pueblo chileno. No busco venganza, sólo busco que se haga justicia".

Además, estaba profundamente involucrada en la investigación independiente que realizaba el instituto. Analizaba el significado de cada nueva pista o hecho, de la interpretación de los datos, hasta dónde podría llegar el trabajo del instituto en conjunto con el del FBI y de la fiscalía. En las reuniones con Cornick y Propper, siempre se las ingeniaba para sacar información acerca del curso de la investigación. En sus discursos, se contenía para no hacer acusaciones ni atacar al gobierno norteamericano. Tal vez más que nadie en el IEP, sentía una desconfianza visceral hacia ese gobierno y sus funcionarios, no sólo por lo que sabía habían hecho a Chile, sino porque representaban un sistema imperialista, revestido de una retórica democrática y anticolonialista. Mientras escuchaba, casi siempre silenciosa, durante las reuniones con Propper, Cornick y otros funcionarios gubernamentales, a veces se sonreía. "Me puse a pensar en la época en que enseñaba español a los agentes del FBI; entonces me preguntaba que si alguien puede aprender un idioma, está abierto para aprender otras cosas. Y esos hombres tan educados, con el cabello muy corto y bien afeitados, que vestían igual y tenían la misma expresión en sus rostros, repetían después de mí palabras, frases y oraciones en español. A veces, me preguntaba: si digo «El socialismo es la única solución para Latinoamérica y el Tercer Mundo», ¿lo repetirían?"

HACIA DICIEMBRE, TRES meses después del asesinato, la investigación, como atrapada en un torbellino, no siguió avanzando y comenzó a dar vueltas en círculo, alrededor de las primeras pistas entregadas durante las semanas iniciales; los hermanos Novo, Orlando Bosch, el CORU, la efímera conexión venezolana y la aún más oscura conexión chileno-cubana. Los argumentos prefabricados por el agente Larry Wack circularon entre las oficinas del FBI, los agentes de la Administración de Control de Tráfico de Drogas, e inclusive entre el personal de la Agencia Central de Inteligencia en el extranjero.

Hacia Navidad, se eliminaron los cientos de pistas falsas que los agentes del FBI de todo el país habían estado siguiendo. Cornick mantuvo vivo el interés del FBI en el caso, entregando gruesos "informes" (uno de ellos de mil páginas) a todas las oficinas de la agencia. Pero el flujo de documentos al escritorio de Propper y los informes con nuevos datos habían disminuido. Propper comenzó a impacientarse con los nebulosos informes "de las fuentes", que repetían los mismos hechos escasos e insustanciales. Necesitaba pruebas, algo que pudiera usar en la corte. Y siguió haciendo desfilar a los cubanos exiliados por la sala del gran jurado, en el tercer piso del edificio de la corte distrital.

A medida que pasaban las semanas, sin ningún progreso en la investigación, la "luna de miel" con el IEP e Isabel Letelier se puso tirante. Isabel quería pruebas de que la investigación se estaba centrando en la DINA, algún indicador oficial que señalara entre los sospechosos reales a la DINA y el gobierno de Pinochet. El 8 de diciembre, Isabel Letelier y los compañeros del IEP se reunieron con el Procurador General Levi por segunda vez. Propper anunció: "Hemos eliminado todas las pistas, a excepción de la motivación política, la conexión sudamericana y la conexión chileno-cubana anticastrista. Es hacia allá donde se dirige todo el peso de la investigación". Antes de la llegada de los representantes del IEP, Levi preguntó a Propper: "¿Por qué no les dice que está investigando a la DINA?" Propper se negó, porque, en ese caso, el IEP lo comunicaría de inmediato a la prensa y "las fuentes que tenemos en Chile se callarán automáticamente".

Cornick y los expertos en explosivos del FBI estaban intrigados con el hecho de que Michael Moffitt hubiera podido sobrevivir a la explosión, con sólo algunas heridas y rasguños menores. Cornick pensó que la extraordinaria memoria de Moffitt en relación a los ruidos e imágenes del momento previo a la explosión podría resolver algunas cuestiones. Pensó que Moffitt, subconscientemente, podría haber ocultado algunos detalles importantes. Fue al IEP y le manifestó que el FBI le pagaría un viaje a Roches-ter para que viera un médico especializado en un tipo de hipnosis que, en algunos casos, ayudó a recordar hechos que los pacientes habían enterrado en su memoria. Moffitt accedió, aunque esa diligencia no se realizó nunca. En seguida, estalló, reclamando a Cornick la lentitud de la investigación y la actitud reticente del FBI en relación a la embajada chilena y a Chile.

Cornick escuchó a Moffitt y en defensa propia calló, terminando por admitir su simpatía hacia los sentimientos de Moffitt. Cuando abandonó el IEP, éste se tranquilizó, dándose cuenta de que la visita de Cornick significaba que la investigación del gobierno estaba entrando en detalles.

Más que nadie, Moffitt había sufrido el trauma del asesinato. Vio y escuchó la explosión y la experiencia estaba grabada para siempre en su cerebro. A pesar de todo, tres días después del hecho, apareció en la televisión, escribió un furibundo editorial en el New York Republic, muy racional, y presidió una emocionante ceremonia en la Iglesia Saint Matthew. Sólo después de eso tomó varias semanas de descanso para recuperar el equilibrio. Regresó al instituto dos meses después de la muerte de Letelier y su esposa y terminó de redactar el documento en el que habían estado trabajando junto con Letelier la noche anterior al asesinato. (12)

De acuerdo con la investigación del IEP, (13) se puso en contacto con los reporteros, tratando de persuadirlos para que siguieran las pistas que el instituto les proporcionaba y presionaran al gobierno para que entregara los detalles de su investigación; además de informar a algunos congresistas acerca del progreso del caso, o su estancamiento. Cerca del monótono y gris invierno de 1977, en circunstancias de haberse eclipsado el optimismo de Cornick y Propper y la prensa no pudo obtener noticias lo suficientemente "impactantes" como para mantener el interés del público puesto en el caso, Isabel Letelier y Michael Moffitt tomaron la batuta. Comenzaron a realizar conferencias por todo Estados Unidos a fin de sensibilizar a los norteamericanos con la sistemática violación de los derechos humanos del régimen de Pinochet. Hicieron foros en universidades y periódicos locales, donde los asesinatos habían provocado el mayor impacto. Aparecieron en radio y televisión, se reunieron con directores de universidades y dirigentes religiosos; hablaron a numerosos y diferentes grupos, tratando de mantener vivo el interés de la opinión pública en la somnolienta investigación, presionando sin descanso para colocar a Chile en la agencia de los derechos humanos del nuevo presidente.

A COMIENZOS DE marzo, medio año después del crimen y meses después de su última pista nueva, Propper y Larry Barcella viajaron a Caracas para interrogar a Orlando Bosch en su celda de la prisión militar La Pastora. Durante la mayor parte del tiempo del vuelo de ocho horas, Propper informó a Barcella sobre el curso de la investigación.

En Caracas, un funcionario del Ministerio de Justicia los presentó al exiliado cubano Rafael Rivas Vásquez, segundo en importancia del DISIP. Compañero de Bosch en la organización de exiliados cubanos en Miami a comienzo de la década de los sesenta, Rivas había dejado el grupo activista MIRR para conectarse más de cerca con la CIA, introduciéndose en el trabajo de inteligencia. Bosch optó por el terrorismo, pero los dos ex camaradas no perdieron contacto. Rivas dijo a Propper y a Barcella que había conversado durante horas con Bosch, cuando éste fuera detenido a comienzos de octubre. En esa ocasión, Bosch se había quejado de la traición al movimiento cubano por parte de la CIA, de su detención y la traición al movimiento cubano por parte del gobierno venezolano. En el curso de su diatriba, señaló Rivas, habló del caso Letelier y, casi a contramano, hizo el comentario de que los hermanos Novo lo habían hecho a petición de Chile.

Propper y Barcella obtuvieron la promesa de Rivas de ir a Washington y repetir esa historia ante el gran jurado. Le preguntaron sobre conexiones entre Bosch y Guillermo Novo y entre los cubanos exiliados y el Gobierno chileno. A ese punto, Rivas se tornó vago, hablando en general sobre los esfuerzos de Manuel Contreras para que servicios de inteligencia extranjeros como el DISIP vigilaran a los exiliados chilenos y sus actividades. Dijo saber que Bosch y Novo habían viajado juntos a Chile en diciembre de 1974, porque los había encontrado en un hotel en Caracas, justo antes de que partieran. Dijo que estaban con otro exiliado, José Dionisio Suárez, y manifestó que el DISIP estaría complacido de poder proporcionar datos de inmigración que confirmaran la presencia de Novo en Venezuela. Sin embargo, Rivas se volvió inútil cuando Propper y Barcella le pidieron autorización para interrogar a Bosch, y los funcionarios del gobierno venezolano no hicieron nada por agilizar el asunto. El embajador norteamericano en Venezuela, Virón Vaky, fue muy frío ante la sugerencia de los investigadores de que "presionara" un poco a los venezolanos. La falta de colaboración de la embajada de Estados Unidos y de interés por parte de los venezolanos, animó poco a Bosch para cooperar. "Al oso no pudieron darle ni palos, ni zanahorias" y, finalmente, a través de su abogado, Bosch dejó a Propper con un palmo de narices.

Pero el viaje no fue totalmente perdido. Inesperadamente, Rivas había entregado la evidencia que Propper y Barcella podrían usar en la corte para probar que Guillermo Novo, al viajar a Venezuela, había violado su libertad bajo palabra, pudiendo regresar a prisión. El viaje a Venezuela convenció también a Propper y a Cornick para seguir la pista ofrecida por Scherrer poco después del asesinato. Rolando Otero, el terrorista del FNLC a quien Scherrer había sacado esposado de Santiago en mayo del año anterior, había actuado bajo las instrucciones del DISIP cuando se relacionó con la DINA, según manifestaron los agentes del DISIP a Propper y a Barcella, entregándoles informaciones útiles y abundantes sobre las operaciones de la DINA en el extranjero.

De regreso en Washington, Propper, ahora trabajando junto a Barcella, decidió llamar por segunda vez ante el gran jurado al principal sospechoso entre los exiliados cubanos. El viaje a Venezuela le proporcionó razones adicionales para renovar su atención sobre el MNC. Citó a comparecer a Guillermo e Ignacio Novo, Alvin Ross, José Dionisio Suárez y a varios sospechosos entre los participantes a la reunión de CORU.

Cornick advirtió a Scherrer en Buenos Aires sobre el renovado interés en Guillermo Novo y el MNC. Uno de los informantes de Scherrer le había dicho que el contacto del MNC con Chile era un rubio agente de la DINA y que, por lo menos uno de sus padres, era norteamericano. Scherrer combinó esa información con la del agente del FBI Larry Wack, desde Nueva Jersey, en la que se señalaba que habían visto a Guillermo Novo con un chileno rubio, poco antes del asesinato. Armado el retrato hablado del FBI, que se basaba en la descripción del chileno rubio que entregaron los soplones a Wack, voló a Santiago. Quería ver si el misterioso rubio chileno-norteamericano, por un golpe de suerte policial, podía tener archivada su fotografía en el consulado norteamericano en Santiago.

Estuvo inspeccionando una a una las casi 1.500 fichas de ciudadanos norteamericanos residentes en Chile, la mayoría de ellas con las fotos, entre el 5 y el 6 de abril de 1977. Comparó cada foto con el retrato hablado. Siete hombres tenían un leve parecido con la descripción entregada por los informantes, aunque estaban lejos del retrato hablado: cabello claro, cerca de treinta años, ojos azules. Todos tenían apellidos hispánicos. Comenzó con la familiar rutina policial de investigarlos. Ninguna de esas personas tenía alguna posible conexión ni con el gobierno de Chile, ni con actividades de inteligencia.

En Nueva Jersey, Larry Wack mostró las siete fotografías a sus informantes. Todos negaron con una seña. No. Ni Scherrer ni Wack, en su búsqueda del hombre que pudiera calzar con la descripción de los sospechosos de cabello claro, habían visto la carpeta del FBI que contenía las fotografías y los pasaportes de Juan Williams y Alejandro Romeral.


Notas:

1. El Nacional publicó los nombres de los hermanos Novo el 18 de octubre.

2. La información que llevó al arresto de Bosch fue entregada al gobierno costarricense por el Servicio Secreto de Estados Unidos, que la recibió del FBI. El informante del FBI fue el viejo amigo de Bosch, Ricardo "Mono" Morales.

3. La esposa de Frank Castro era hija del almirante en retiro César de Windt, íntimo amigo del entonces Presidente Balaguer.

4. En una entrevista concedida en prisión al periodista Blake Fleetwood (New Times, 13 de mayo de 1977), Bosch dijo de CORU: "El gobierno dominicano me permitió permanecer en el país y organizar acciones. Yo no me dedicaba a ir a misa, sino a conspirar, planeando atentados y asesinatos ... Llegaba y salía gente y yo completaba con ellos ... La historia de CORU es verídica. Hubo una reunión en las montañas de Bonao, con veinte personas que representaban a las distintas organizaciones activistas. Fue una reunión de todos los jefes políticos y militares con implicaciones revolucionarias. Fue una gran reunión. Todo se planeó allí .. . Por fin, tras 17 años, teníamos juntos a todos los luchadores revolucionarios cubanos y sus dirigentes. Después de eso, decidimos activar la acción. Queríamos golpearlo /a Castro/, por último, hacerle la vida imposible".

5. El lugar no fue nunca confirmado, aunque varias fuentes de los círculos investigadores revelaron en Miami a los autores de este libro básicamente la misma historia de la creación del CORU, en 1979. Una fuente, veterano de la policía de Miami de la brigada antiterrorista, dijo: "Los cubanos realizaron la reunión del CORU a petición de la CIA. Los grupos cubanos -el FNLC, Alpha 66, Poder Cubano- a mediados de los años setenta, estaban actuando por cuenta propia y se había perdido capacidad para controlarlos. Por eso, Estados Unidos "cocinó" la reunión para tenerlos juntos a todos bajo su control. La señal principal era: «Haz lo que quieras fuera de Estados Unidos»".

6. Entre julio y octubre de 1976, los miembros del CORU realizaron los siguientes actos terroristas: 14 de julio, atentado contra las oficinas de BWI (British West Indian Airlines en Bridgetown, Barbados) y contra un automóvil de propiedad del gerente de Cubana de Aviación en Bridgetown. 17 de julio: la Embajada de Cuba en Bogotá recibió una ráfaga de metralla; atentados contra las oficinas de Air Panamá en Bogotá (esta compañía manejaba en Colombia los asuntos de Cubana de Aviación) y contra un automóvil de propiedad de un funcionario oficial del gobierno colombiano, encargado de los asuntos de Cuba. Julio 22: intento fracasado de raptar al cónsul cubano Daniel Ferrer Fernández en Mérida. México, donde los raptores mataron al acompañante de Ferrer, el funcionario de Pesquera Cubana, Artaignan Díaz. Dos exiliados cubanos, Gustavo Castillo y Gaspar Jiménez, quienes asistieron a la reunión de Bonao, fueron arrestados en Miami con petición de extradición. 9 de julio: explosión de una bomba entre equipaje a punto de ser cargado en el aeropuerto de Kingston, Jamaica, en un avión de Cubana. Si el avión hubiera despegado a la hora prevista, el equipaje ya se habría encontrado a bordo y la bomba habría estallado en vuelo. 24 de julio: tres miembros del MNC (Santana, Gómez y Chumaceiro) fueron arrestados en un intento por colocar una bomba en la Academia de Música de Nueva York, donde se realizaba un acto celebrando el aniversario de la Revolución Cubana. 9 de agosto: CORU se atribuyó el rapto y asesinato en Buenos Aires de funcionarios cubanos de la embajada, Jesús Cejas Arias y Crescencio Galamena Hernández, acerca del que los autores de este libro supieron en 1979 que se realizó en conjunto con la policía secreta argentina (véase capítulo 7: "El Blanco: Letelier"). 18 de agosto: dos explosiones en el aeropuerto internacional Tocumán, en Panamá y en la ciudad de Panamá en las oficinas de Cubana de Aviación. 7 de septiembre: atentado contra la Embajada de Guyana, en Puerto España, Trinidad-Tobago. Guyana había aceptado que los aviones cubanos cargaran combustible en sus aeropuertos para continuar viaje a Angola. 16 de septiembre: atentado contra el carguero soviético Iván Shepetkov, anclado en el puerto Elizabeth de Nueva Jersey, que se atribuyó Omega 7. 21 de septiembre: atentado que asesinó a Orlando Letelier y Ronni Moffitt en Washington, D.C. 23 de septiembre: atentado en el Palladium Theatre, en Nueva York, que se atribuyó Omega 7. 6 de octubre: atentado contra un vuelo de Cubana de Aviación, muriendo en él 73 personas. En comunicados que llamó "despachos de guerra", CORU se atribuyó los atentados del 14 y 17 de julio, del 9 de agosto, del 7 de septiembre y del 6 de octubre.

7. Interrogado en 1979 acerca del asunto Romeral y Williams, Cornick dijo que consideró el incidente "un poco desusado, eso es todo".

8. Después de más de un año transcurrido, los agentes del FBI entrevistaron a Driscoll. que tenía el nuevo cargo de cónsul en Maracaibo, Venezuela. Dijo recordar muy poco el asunto y no acordarse de quién le había dado la información de que Romeral y Williams estaban en Washington. Señaló que ese mes había tenido "cientos de relaciones" con fuentes chilenas y era imposible saber quién le había hablado sobre los dos oficiales.

En otra ocasión, sin embargo, un amigo del Departamento de Estado le preguntó lo mismo, por curiosidad y con la intención de felicitarlo por su actuación al lograr salir adelante con lo que fue la pista más importante en el caso Letelier-Moffitt. Molesto, Driscoll se puso "oficioso" y contestó que sus fuentes eran confidenciales y revelaría esa información sólo a través de "los canales indicados", si era necesario.

9. En 1976, los hermanos Novo y su cohorte del MNC del área de Nueva York anunciaron públicamente sus planes para realizar actos terroristas en gran escala contra la EXPO 67 en Montreal, especialmente contra el pabellón de Cuba. Un blanco especial de la vigilancia de la Brigada Tamale era Ignacio Novo, en ese entonces el más activo de los dos hermanos.

10. Los pistoleros y los traficantes de drogas también tenían cabida en este sofisticado y cambiante juego. Pinochet envió a la Administración de Control de Tráfico de Drogas de Estados Unidos un cargamento de traficantes de cocaína, descubierto después del golpe y que fue achacado al "corrupto" gobierno de Allende. De este modo, la mano derecha de Pinochet, Contreras, pudo organizar a sus propios hombres, con la protección de la DINA, en las destilerías de cocaína y lugares de embarque del producto. Los cubanos anticastristas también integraban esta acción. Los enormes beneficios suplementaban el presupuesto clandestino de la DINA. Las ganancias de los cubanos iban a los bolsillos individuales y a la causa anticastrista.

11. Primero, el gobierno chileno negó tener a Otero en su poder; luego, ofreció entregarlo en un ataúd. La embajada norteamericana insistió en la extradición y dijo al gobierno chileno que si Otero no era entregado al FBI. el Secretario de Estado, Henry Kissinger cancelaría su proyectada visita a Chile, en junio de 1976, para asistir a la asamblea general de la OEA. El 19 de mayo, en virtud de la orden de Scherrer, la policía chilena metió en un avión con destino a Miami a un Otero sucio y medio muerto de hambre.

12. En 1977, el Instituto Transnacional publicó el documento titulado: El Orden Económico Internacional, con los nombres de Letelier y Moffit.

13. Tras el asesinato, el IEP creó el Fondo Letelier-Moffitt por los Derechos Humanos. Entre otros proyectos, ayudó a financiar la investigación independiente.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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