Asesinato en Washington

I

EL ACTO


9 DE SEPTIEMBRE DE 1976. En el Aeropuerto Internacional Kennedy se anunció la llegada de LAN-Chile, vuelo 142, procedente de Santiago. Minutos más tarde, un hombre alto, rubio, de unos treinta años, entregó su pasaporte a un oficial de inmigración de los Estados Unidos. Serían alrededor de las diez de la mañana. Una tensa sonrisa disimulaba el nerviosismo del viajero, mientras observaba cómo el oficial hojeaba el pasaporte, sacando el formulario migratorio que éste había llenado en el avión y mirándolo, para comprobar si coincidía con la foto. Muchas veces, en muchos aeropuertos, había visto a los oficiales hacer idénticos movimientos, con el fin de asegurarse de la veracidad del documento y colocar el timbre de entrada al país.

En un segundo, el oficial verificó los antecedentes que necesitaba: nombre, Hans Petersen Silva; nacionalidad, chilena; pasaporte y visa oficial chilenos, lo cual indicaba asuntos gubernamentales. ("Una excepción en el término medio de los turistas latinoamericanos, probablemente un experto de gobierno que merece algo más que la cortesía habitual", podría haber pensado el oficial.) Comenzó la rutina de hojear las páginas del abultado volumen conocido como "el libro de control". Imperceptiblemente, el viajero se puso tenso. ¡Su pasaporte no podía aparecer en el libro!, a menos que algo hubiera andado mal ...

La Oficina de Inmigración de Estados Unidos coteja todos los nombres de los pasajeros que llegan con los varios miles de nombres ordenados alfabética y fonéticamente en el libro de control. Cada una de las listas que allí aparece, responde a alguna agencia gubernativa norteamericana: la Oficina Federal de Investigaciones, el Departamento de Control de Tráfico de Drogas (Drug Enforcement Administration), la Agencia Central de Inteligencia. Junto a los nombres, a través de instrucciones codificadas se indica la acción a seguir: F-1, notifíquese a la agencia correspondiente; F-2, vigílese; F-3, impídase la entrada y deténgase.

Al darse cuenta de que el oficial de inmigración comparaba su nombre con uno de la lista del libro, el viajero sintió que se le doblaban las piernas:

"Examinó mi pasaporte varias veces, volvió a leer el libro y, finalmente, encogiéndose de hombros me lo devolvió", atestiguó posteriormente. "Esto me dejó casi temblando pues pensé que el nombre del libro se podía referir a otro Hans Petersen, o bien podía estar relacionado con el pasaporte que yo tenía. De ahí en adelante, anduve bastante nervioso".

Poniéndose el pasaporte rojo en un bolsillo interior, se dirigió hacia la zona de aduana. Al acercarse, la tripulación de LAN-Chile lo saludó, pasando aduana sin ser revisado. Algunos de los miembros de la tripulación lo conocían desde hacía años. Pensaban que su nombre era Andrés Wilson. Detrás de la barrera de expedición de equipaje, reconoció a Fernando Cruchaga, funcionario de la oficina de LAN en Nueva York.

No se saludaron hasta haber abandonado el área de aduana. En esta misión, la seguridad ya había sido violada demasiadas veces. El viajero se palpó el bolsillo donde había escondido los bulbos, que llamaba "fósforos eléctricos"; no había tenido tiempo de probarlos y, ante la perspectiva de tener que usarlos, se sentía incómodo. Escondidos en un frasco de medicinas, junto a sus implementos de rasurar, traía dos gramos de trinitrato de plomo, cantidad suficiente para volar la mano a alguien. Con esto, había violado sus propias reglas, sus principios profesionales; contrabandeaba explosivos, pero sus superiores no le habían dado el tiempo suficiente como para resolverlo de otro modo. No le gustaban las prisas.

Cruchaga lo abrazó, llamándolo Andrés. Con el primero estaba Enrique Cambra, director de LAN-Chile en Nueva York. Los tres conversaban en español mientras caminaban hacia un restaurante del aeropuerto, cerca de las oficinas de LAN.

Comieron algo y luego Cambra se fue; el viajero dio entonces a Cruchaga el nombre de la persona que esperaba haber encontrado a su llegada. ¿Había aparecido? "Sí", testificó más tarde Cruchaga. "Un hombre se me acercó, ya que yo llevaba mi tarjeta de identificación de LAN en la solapa. Me preguntó: «¿Llegó Andrés Wilson en este vuelo?». Contesté afirmativamente, preguntándole su nombre. Me respondió algo así como Faúndez, creo".

Hans Petersen Silva, alias Juan Andrés Wilson, alias Kenneth Enyart, alias Juan Williams Rose, tenía la misión de preparar el asesinato de Orlando Letelier. Su verdadero nombre era Michael Vernon Towley. El hombre con el que debía encontrarse era el capitán Armando Fernández, alias Armando Faúndez Lyon. Ambos eran experimentados funcionarios de la Sección Externa de la DINA, la policía secreta de Chile.

"Cuando me reuní con el capitán Fernández, éste tenía numerosas maletas y varias raquetas de tenis", escribió posteriormente Townley. Fernández venía acompañado de dos mujeres, una era su hermana, la otra "excelentemente bien vestida y arreglada", traía en la mano una revista de modas. Diplomáticamente, Fernández y Townley dejaron a éstas en compañía de Cruchaga.

Una vez solos, "el capitán Fernández me pasó una hoja de papel con un croquis de la casa y la oficina de Letelier y también un informe escrito que contenía una cuidadosa descripción del automóvil de Letelier y del de su esposa". Casi en un susurro y con frases cortas, ambos discutieron acerca de los movimientos diarios de Letelier entre su oficina en Washington y el condado de Maryland donde vivía. (Un grupo de rabinos pasó junto a ellos, cerca del mesón de LAN.) Townley escuchó las informaciones de Fernández, hizo algunas preguntas y archivó cada detalle en su memoria. Estudió cuidadosamente el croquis, los números de las placas de los coches, memorizándolos, y luego destruyó los papeles. De un compartimiento secreto de su cartera, sacó una foto de Orlando Letelier y, después de mirarla, la volvió a guardar; otros deberían verla, más adelante, ya que él lo conocía bien. Los dos hombres conversaron durante más de una hora.

La misión de Fernández ya había terminado, tras permanecer en los Estados Unidos durante quince días recopilando material de "espionaje preoperacional" en relación al "blanco". Ahora comenzaba la misión de Townley: organizar el equipo que daría el golpe y asegurarse de su éxito.

Terminada la reunión, Cruchaga condujo a Fernández y a su elegante compañera -un agente de la DINA que respondía al nombre supuesto de Liliana Walker-, al salón de primera clase de LAN-Chile. (1) Su vuelo a Santiago no salía hasta las 11:00 p.m. (Los rabinos seguían paseando por el salón del aeropuerto.)

Townley volvió a encontrarse con Cruchaga, pidiéndole ayuda para alquilar un automóvil. La DINA le había otorgado un pasaporte falso y una licencia de conducir a nombre de Petersen, pero no le había dado tarjetas de crédito. Aunque lo considerara una molestia, Cruchaga, en su calidad de asistente del director de LAN, estaba obligado a ayudarlo, de modo que avaló un crédito para Petersen y, dejando doscientos dólares como depósito, Townley rentó un auto en Hertz.

Mientras esperaba, los ojos de Townley eran dos radares que ponían atención en las personas y los objetos a su alrededor. El desconcertante incidente en el mesón de inmigración y la actitud del oficial habían puesto sus antenas en estado de alerta. Por ejemplo, dos hombres que circulaban cerca del mostrador de LAN, podrían ser del FBI; hasta ahora, los había visto varias veces. Tenía buenas razones para sentirse inseguro en esta misión: aquel fiasco sufrido en Paraguay lo obsesionaba. Odiaba los cabos sueltos, la imprecisión, las cosas mal hechas.

Ya en el automóvil, miró un largo rato por el espejo retrovisor. "Después de asegurarme de que no era vigilado, seguí por el Túnel Lincoln hacia Nueva Jersey, donde me registré en un motel ... bajo el nombre de Hans Petersen y me comuniqué por teléfono con Virgilio Paz ..." Hizo una cita para cenar esa noche con Paz y su esposa. Luego, llamó por cobrar a su hermana Linda, que vivía en los alrededores de Tarrytown, Nueva York.

Se encontró con Virgilio y su esposa Idania en el restaurante Bottom of the Barrel, frecuentado por los cubanos exiliados de Union City, Nueva Jersey, (la ciudad tiene alrededor de cincuenta mil cubanos asilados.) Paz y su esposa lo llamaron Andrés Wilson y se encontraron con él en unos juegos electrónicos. Durante la comida, conversaron acerca de la familia y los amigos comunes. Paz había estado no hacía mucho tiempo en la casa de Townley, en Santiago.

"En la comida, le manifesté a Paz mi deseo de conversar con Guillermo Novo Sampol sobre algo que no le especifiqué. Después, regresé a mi hotel".

TENÍA QUE TERMINAR de preparar su discurso al mediodía. Después de vestirse apresuradamente, engulló el café y se despidió, palmeteando a Alfie, el perro ovejero cuyo pelo le tapaba los ojos y que lo siguió hasta el Chevelle azul.

Orlando Letelier encendió el motor y salió de Ogden Court, una tranquila cerrada de Bethesda, Maryland, tomando por River Road hacia Washington, D.C. Los vecinos de los Letelier, profesionales y gente de negocios que vivían en confortables casas individuales, daban la impresión de estabilidad y seguridad.

Mientras daba vuelta a la derecha por la calle 46 y se acercaba a la Avenida Massachusetts, Letelier pensaba y planificaba. Había otros caminos para llegar desde su casa a la oficina, en Dupont Circle, pero desde su regreso a Washington usaba siempre la ruta por la Avenida Massachusetts, la misma que recorriera durante sus años en el Banco Interamericano de Desarrollo y en la Embajada de Chile. La embajada había sido su casa durante tres años, pero ahora ya no era bienvenido allí. Los moradores actuales representaban a la junta militar que el 11 de septiembre bombardeara y ametrallara el camino al poder, derrocando el gobierno constitucional de Salvador Allende, del que Letelier formaba parte.

Letelier había escogido Washington como base ideal desde la cual luchar contra la dictadura militar. Una semana antes, en un artículo publicado en The Nation, había manifestado que las violaciones sistemáticas de los derechos humanos perpetradas por la junta, estaban estrechamente vinculadas a la "Escuela de Chicago", modelo económico impuesto en Chile por la junta y patrocinado por Estados Unidos. El artículo había tenido buenas críticas por parte de sus colegas norteamericanos, y estaba buscando la forma para que este artículo circulara en Chile, donde serviría de fundamento a los opositores del régimen. Este era uno de sus asuntos en la agenda del día; pero la prioridad, sin embargo, la tenía el discurso que iba a pronunciar en el Madison Square Carden el 10 de septiembre, en conmemoración del tercer aniversario del golpe.

En la calle Q, viró a la izquierda, hacia la avenida donde estaba el Instituto de Estudios Políticos. Un camión bloqueó la entrada de su estacionamiento. Miró hacia atrás, a las mesas colocadas en la acera del Café Rondo en el otro lado de la calle. (Una pareja, ajena a cuanto la rodeaba, tomaba café.) Varios días antes, Juan Gabriel Valdés, compañero de trabajo en el IEP y colega político, le había mencionado haber visto un hombre en el Rondo que "tenía todo el aspecto de pertenecer a la DINA". Letelier pensó que tal vez Juan G. tenía razón, pero, ¿qué podría hacer la DINA, aparte de vigilar? ¿Robar? ¿Molestar? ¿Quién se atrevería a hacer aquí algo más, en la capital de sus defensores internacionales? A menudo, Letelier decía a sus amigos que dentro de Estados Unidos se sentía a salvo de la DINA, a pesar de las amenazas. Había rechazado los temores de Juan Gabriel; consideraba que la paranoia era un estado mental que conducía a la parálisis que él no habría sido capaz de soportar.

Se encaminó a su oficina, pasando junto a dos meseras con turbante, vestidas de blanco, integrantes de una secta oriental que manejaba el restaurante Golden Temple, no lejos de allí.

Exactamente hacía dos años que había sido liberado del campo de concentración. Vio su reflejo en la ventana del IEP: alto, erguido, cuidadosamente vestido con un veraniego traje "beige". Sonrió ante la imagen del emprendedor hombre de negocios, del diplomático. Curiosamente, había conocido el IEP cuando, siendo embajador, lo había considerado una fuente de apoyo sólida a los programas del gobierno de la Unidad Popular de Chile. Poco tiempo después de su liberación de la cárcel, el IEP se había convertido en su base de operaciones.

Había sido nombrado director del Instituto Transnacional, programa internacional del IEP, y acababa de regresar de su tercer viaje en ese año a Amsterdam, sede europea del Instituto Transnacional. Como de costumbre, este viaje le había dado oportunidad para reunirse con otros dirigentes en el exilio y con líderes políticos europeos.

Mientras subía los dos tramos de escalera hacia su oficina, mentalmente comenzó a buscar frases para el discurso de aniversario. "(Hace tres años del golpe ... Dos años de mi liberación".) Había sobrevivido un año, yendo de un campo de concentración a otro. El primero había sido Isla Dawson, frío y estéril roquerío situado en el tormentoso Estrecho de Magallanes, a pocas millas de la Antárctica. Allí había perdido veinte kilos. Al salir, el comandante del campo le advirtió que "el general Pinochet no toleraría actividades contra su gobierno", añadiendo que el gobierno militar puede castigar "no importando dónde se encuentre el transgresor".

10 DE SEPTIEMBRE DE 1976. Junto a la única tienda Sears Roebuck de Union City, Michael Townley se encontró con dos cubanos de más de treinta años. El restaurante Cuatro Estrellas servía comida cubana, atrayendo a una gran cantidad de clientes al mediodía. Guillermo Novo y José Dionisio Suárez conocían bien a las meseras del lugar, así como también conocían a Townley, pero con el nombre de Andrés Wilson, agente de la DINA; en el pasado, habían trabajado juntos. De acuerdo a la costumbre latinoamericana, empezaron por las fórmulas de cortesía, preguntando sobre los familiares y recordando los buenos tiempos, antes de entrar al meollo del asunto.

"En ese almuerzo", escribió posteriormente Townley, "les di a conocer cuál era mi misión, el asesinato de Letelier, solicitándoles la colaboración del Movimiento Nacionalista Cubano".

Novo y Suárez no se sorprendieron, ya que las llamadas de Townley desde Chile, hacía algunas semanas, los había alertado para su participación en otro trabajo de la DINA. Pero necesitaban que los convencieran. Empezaron a quejarse del vil trato dado por el gobierno de Pinochet a algunos de sus compañeros pertenecientes al movimiento anticastrista de cubanos exiliados. Sin embargo, sus argumentos no eran muy sinceros. Eran adoradores de héroes y Pinochet, al realizar el golpe, eliminando lo que consideraban un régimen comunista (precisamente lo que los nacionalistas cubanos habían estado intentando sin éxito, desde hacía tanto tiempo), se había convertido en su héroe. Después del golpe, empezaron a llamar a Chile "su querida". Pero se había producido un feo incidente que entorpeció las relaciones y Novo, en su calidad de Jefe de la Zona Norte del Movimiento Nacionalista Cubano, exigía una explicación que lo satisficiera.

Reclamaron a Townley el que Chile hubiera acogido a dos terroristas cubanos -Orlando Bosch y Rolando Otero, ambos fugitivos del FBI- sólo para traicionarlos. Entregado directamente a los agentes del FBI, a Otero lo subieron en un avión con destino a Miami, donde lo encarcelaron. Bosch, tras permanecer durante más de un año en Chile, en circunstancias que se encontraba fuera del país, le informaron de una orden de arresto en su contra, proveniente del gobierno chileno.

Novo informó a Townley que su MNC, el grupo de Bosch (Acción Cubana) y el grupo de Otero (Frente Nacional de Liberación Cubana, FNLC), hacía justamente dos meses habían hecho una alianza formal, el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas, CORU, a fin de coordinar las acciones "militantes".

"¿Cómo podríamos ayudarlos -objetó Novo- en circunstancias de que ustedes tratan tan mal a nuestra gente?" Townley explicó la posición chilena al respecto: Otero había entrado a Chile con su nombre y su pasaporte verdaderos; el FBI supo su paradero y, después de eso, no fue posible protegerlo. Novo argumentó que la DINA debería haber dado muerte a Otero, en lugar de entregarlo al FBI. Townley se mostró convincente. El caso Bosch, dijo, ni siquiera lo manejó la DINA. Finalmente, Novo y Suárez estuvieron de acuerdo en colaborar con esta nueva petición de la DINA. Esa noche tendrían su reunión regular de los días viernes con los líderes del MNC; propondrían allí el asunto y, posteriormente, volverían al hotel de Townley para enterarse de los pormenores del caso. Por su actitud, estaba claro que Novo y Suárez estaban interesados en la operación y apoyarían la petición de la DINA en la reunión.

ORLANDO E ISABEL Margarita Letelier partieron a Nueva York. Isabel ya había leído y mecanografiado el texto del discurso que Orlando pronunciaría esa tarde en el Madison Square Carden, en conmemoración del golpe en Chile. "En nombre de nuestros muertos", comenzaba el discurso.

Discutieron el programa del acto que conduciría Joan Baez, preguntándose cuánta gente asistiría. Conversaron sobre asuntos familiares y domésticos, recordando los malos y los buenos tiempos vividos juntos, en Chile y en Estados Unidos. Se detuvieron para tomar un café en Howard Johnson. (Orlando bebía café y fumaba un cigarro tras otro durante todo el día; en su oficina siempre había una cafetera eléctrica con café preparado. A veces, con el café tomaba un Valium: a los cuarenta y cuatro años, tenía oleadas de incontrolable energía, lo que le permitía planear muchos proyectos distintos en un mismo día, pasando del trabajo profesional a las actividades sociales y viceversa con gran facilidad.)

Viajando hacia el norte a través de Maryland y Delaware, la pareja llegó a Nueva Jersey en las últimas horas de la mañana. Poco después de llegar a Nueva York y registrarse en el Hotel Algonquin, recibió una llamada de un reportero de United Press International, quien leyó a Letelier un despacho cablegráfico recién recibido desde Chile. En él decíase que el gobierno militar le había quitado la ciudadanía chilena. Fue acusado de "haber llevado a cabo en países extranjeros una campaña publicitaria tendiente al aislamiento político, económico y cultural de Chile". Su "innoble y desleal actitud -continuaba el decreto- le ha hecho merecedor de la máxima sanción moral contemplada en nuestro orden jurídico ... la pérdida de la nacionalidad chilena".

Letelier escuchó la noticia más impactado y herido de lo que hubiera querido admitir. Pidió al reportero la lectura completa del cable. El decreto había sido firmado por el general Pinochet y por todos sus ministros, no así por el resto de los miembros de la junta. "En el caso concreto de sus actividades en Holanda -decía-, él /Letelier/ incitó a los trabajadores portuarios y del trans-

porte de ese país a que declararan un boicot a las mercancías destinadas a/o procedentes de Chile, e influyó en el gobierno para que éste obstaculizara o impidiera las inversiones de capitales holandeses en Chile". El reportero agregó otro detalle: el decreto había sido publicado ese mismo día en el Diario Oficial de Chile, pero estaba fechado tres meses antes, justamente, el 7 de junio de 1976.

Visiblemente molesto, Letelier se sentó a reescribir su discurso. Dirigiéndose a un grupo de amigos que había llegado hasta la habitación del hotel, dijo: "¿Pueden concebir que ellos hayan hecho algo que hicieron sólo los nazis?" Pero, en verdad, lo que Letelier estaba sintiendo no era sorpresa, sino un golpe más intenso y doloroso aún, debido a que en su fuero interno había imaginado que eso sucedería. Sabía que sus públicas denuncias y sus ataques contra la junta provocarían, si bien no esta reacción, algo muy similar. Más tarde, confesó a sus amigos estar enojado consigo mismo por haberse permitido una reacción tan emocional, tan personal, ante lo que intelectualmente consideraba el acto ilegítimo de un ilegítimo gobierno.

Esa noche, en calidad de orador inaugural, desde el escenario del Felt Forum del Madison Square Carden, una vez más condenó a la junta y su reino de terror. Unas cinco mil personas llenaban la sala. "Desde el momento mismo en que esos generales al servicio de los grupos económicos más reaccionarios decidieron, hace tres años, declarar la guerra al pueblo chileno y ocupar nuestro país -dijo- surgió un impresionante movimiento mundial de solidaridad con el pueblo de Chile. Este vasto movimiento de solidaridad ha expresado, desde las más diversas perspectivas económicas y políticas, el rechazo del mundo civilizado a la barbarie y la brutal violación de todos los derechos humanos por parte de la junta militar chilena ... el régimen más represivo que el mundo ha conocido desde la destrucción del fascismo y del nazismo en Europa".

En la mitad del discurso, proclamó su desafío: "Hoy -dijo lentamente, cambiando el tono de su voz- Pinochet ha firmado un decreto en el que se dice que he sido privado de mi nacionalidad. Este es un día importante para mí, un día dramático en mi vida, en el que la acción de los generales fascistas en mi contra me hace sentirme más chileno que nunca. Porque nosotros somos los verdaderos chilenos, en la tradición de O'Higgins, Balmaceda, Allende, Neruda, Gabriela Mistral, Claudio Arrau y Víctor Jara; y ellos, los fascistas, son los enemigos de Chile, los traidores que están vendiendo nuestro país a los intereses foráneos".

Elevando su voz con ira, continuó: "Nací chileno, soy chileno y moriré como chileno. Ellos, los fascistas, nacieron traidores, viven como traidores y serán recordados por siempre como traidores fascistas".

MICHAEL TOWNLEY, a pocas millas de distancia, del otro lado del río Hudson, en Union City, Nueva Jersey, supo que Letelier estaba hablando en ese momento en el Madison Square Carden. La seguridad exigía que se mantuviera a distancia, ya que algunos de los chilenos exiliados e inmigrados que vivían en Nueva York podrían haberlo reconocido; entre ellos, su hijastro Ronnie Ernest. Otros agentes de la misión diplomática chilena en Estados Unidos estarían cubriendo esa noche las actividades de Letelier, como Townley bien sabía.

Por otra parte, estaba esperando la llegada de los miembros de la dirección política del Movimiento Nacionalista Cubano. Se hospedaba en el motel Chateau Renaissance, en las afueras de Union City, registrado bajo el nombre de Hans Petersen. Cerca de la medianoche, siete individuos entraron a su habitación, entre ellos, Guillermo Novo y José Dionisio Suárez. Posteriormente, él mismo en su declaración fue impreciso acerca de la identidad de los otros. Townley había instalado un bar con whisky y ron, y todos bebieron. Les dio a conocer el plan de la DINA: el MNC debería proporcionar los hombres que asesinarían a Orlando Letelier en Washington. La izquierda, sin duda, acusaría a la DINA, pero no tendrían pruebas. A cambio de lo anterior, la DINA seguiría otorgando protección en Chile a los fugitivos cubanos exiliados y les permitiría hacer uso de una parcela que le pertenecía, situada en el sur del país; allí podrían entrenar a sus hombres, si era necesario; asimismo, podrían contar con la instrucción de expertos, de vez en cuando, pero Townley no estaba en condiciones de garantizarlo. El MNC ganaría prestigio entre la comunidad de cubanos en el exilio, al estar asociado con el gobierno de Pinochet.

Los cubanos regatearon, haciendo la atmósfera pesada. Los dirigentes sacaron nuevamente a luz los casos de Otero y Bosch, mientras Townley los engatusaba. Expresaron que no estaban dispuestos a que los alquilaran como un fusil cualquiera, puesto que representaban un movimiento político y sus razones fundamentales para cooperar con la DINA eran de tipo político, ya que estaban basadas en su acuerdo con el proyecto de la DINA, consistente en la eliminación física de comunistas, siendo su deseo enaltecer su política en el movimiento anticomunista mundial.

Más tarde, Townley declaró no recordar el nombre del corpulento médico joven que habló en contra de la participación del MNC en el asesinato. Relató que ese individuo se expresó plañideramente y era parecido a un comentarista de la televisión chilena. Guillermo Novo argumentó en favor de la participación en la misión de la DINA. Suárez, si bien aún crítico ante el papel desempeñado por el gobierno chileno en el asunto Otero y Bosch, se manifestó inclinado a realizar el trabajo. ¡Le encantaba la acción!

"Al término de la reunión en mi habitación del motel -dijo posteriormente Townley-, estaba convencido de que el MNC iba a colaborar con la DINA en el asesinato de Letelier. .. Novo y Suárez, los jefes principales del MNC estaban de acuerdo ... y ... cualquier objeción por parte de cualquier otro miembro, no tendría peso alguno ..."

Townley, en los interrogatorios, declaró no saber exactamente por qué Letelier había sido escogido como el blanco por la DINA, y tampoco lo preguntó. Había escuchado que Letelier tenía el proyecto de organizar un gobierno de coalición en el exilio, pero esto no era de su incumbencia. Se consideraba un soldado ejemplar, un oficial sin uniforme, sin el boato del rango oficial. Por su sueldo, prestigio y prerrogativas, se sentía equivalente a un mayor. Le gustaba recibir órdenes difíciles y hacer uso de su imaginación e inteligencia para llevarlas a cabo.

Matar a Letelier mediante un método no especificado y con la colaboración del MNC. Así describió Townley las órdenes recibidas de su superior en la DINA, el coronel Pedro Espinoza. "Hacer que pareciera inocuo, pero lo importante era lograrlo". Townley había llevado los fósforos eléctricos y la pequeña cantidad de trinitrato de plomo como regalos para el MNC, a fin de hacerles olvidar su resentimiento por el asunto Otero y Bosch. Ahora sentía haber sido capaz de subsanar un asunto bastante feo. Guillermo Novo parecía haber aceptado sus explicaciones acerca de Otero y dar menos importancia al asunto de Bosch. (Trataría de interceder en favor del MNC cuando regresara a Chile, ya que pensaba que sus razones eran de peso. Se sentía bien con ellos por compartir los mismos valores, las mismas aptitudes profesionales, aunque las de ellos eran menos desarrolladas que las suyas, y el mismo "modus operandi".)

Terminada la reunión, Townley fue con Novo y Suárez al bar Bottom of the Barrel. No discutieron sobre el asesinato, pero él sintió que estaban celebrando la consumación de un pacto. En el bar, Novo le presentó a un compañero, Alvin Ross. Éste, macizo y musculoso, ex matón del Tropicana de Cuba antes de la revolución, había oído hablar del "famoso señor Wilson", el contacto de Novo con los chilenos, y le tenía un gran respeto. Más tarde, Ross detallaría sus reuniones con "Wilson" en una entrevista grabada a un abogado. Dijo que él y Townley conversaron sobre aparatos estereofónicos y los problemas que el primero tenía con su equipo. Townley, escribió Ross, prometió ayudarle a componer el equipo, si se le presentaba la ocasión.

11-14 DE SEPTIEMBRE DE 1976. Townley no perdió tiempo pensando acerca de cómo asesinar a Letelier. Como viajero experimentado que era, aprovechó bien su tiempo en el área de Nueva York. Después de pasar unas horas con su hermana Linda y su familia en Tarrytown, devolvió el auto rentado en el aeropuerto Kennedy.

De acuerdo a lo esperado al terminar la reunión en el Chateau Renaissance, Guillermo Novo le comunicó formalmente que el MNC había decidido colaborar con la DINA en el asesinato de Letelier, pero, agregó, en virtud de la fidelidad de la DINA a los principios de colaboración con el MNC, Townley debería acompañar a Virgilio Paz en la misión. También Suárez participaría en el trabajo. Las órdenes que Townley había recibido de Espinoza eran abandonar el país en el momento en que se diera el golpe. Mas esa estaba ahora fuera de control y, en todo caso, su presencia aseguraría que se cumpliera el trabajo y eso, para Espinoza, "era el punto clave". Para acomodarse a este cambio de planes, tuvo que hacer algunos trámites.

Aún preocupado por la vacilación del oficial de inmigración a su llegada, en relación al documento a nombre de Hans Petersen, decidió proseguir la misión usando documentos falsos norteamericanos a nombre de Kenneth Enyart; para eso, llamó por cobrar desde un teléfono público a su esposa Inés, pidiéndole el envío de los documentos "Enyart" a través de un piloto, en el próximo vuelo de LAN-Chile. Luego, se conectó directamente con la DINA y, usando un código sencillo, explicó que el asesinato se ejecutaría, pero era preciso que él participara personalmente en la operación. Un oficial de la DINA le informó que los cambios habían sido aprobados por "Cóndor". Townley comprendió.

Suárez y Paz habían sido enviados por Novo a Washington y estarían ocupados por algunos días, de modo que Townley tenía tiempo. Posteriormente, escribió en su declaración: "Novo me informó que el MNC estaba ocupado en otra operación que requería de su atención inmediata".

Townley entregó a los exiliados cubanos una lista de compras necesarias para la fabricación de la bomba.

A LA MAÑANA siguiente de su intervención en el Madison Square Carden, Letelier desayunó con Rose Styron, de Amnesty International, organización en pro de los derechos humanos. "Estaba muy deprimido a raíz del decreto -declaró ella más tarde-. Obviamente, significaba mucho para él el hecho de ser chileno, mucho más de lo que yo jamás hubiera imaginado. Hizo referencia a una carta que había recibido hacía poco, en la que su familia le comunicaba que se había producido un debate en el seno del gobierno militar entre los «duros» y los «blandos», que discutieron si había que matarlo o castigarlo de otra forma menos drástica. Letelier me comentó: «Supongo que este decreto significa que los blandos ganaron la discusión»".

De regreso en Washington, pocos días después, Letelier manifestó a Juan Gabriel Valdés y a Saúl Landau, colegas suyos en el IEP, que estaba planeando viajar a Cuba en unos días. Landau entregó a Letelier una carta dirigida a un amigo en La Habana. Valdés le pasó un sobre, cumpliendo así finalmente una antigua promesa hecha a un oficial cubano, relacionada con una investigación acerca de los movimientos democratacristianos. Letelier guardó los sobres en su maletín y prometió entregarlos. Juntó todos los documentos que llevaría a Cuba, guardándolos en su portafolios (así podría revisarlos durante el vuelo), junto a los objetos que siempre llevaba consigo: aspirina, un antifaz protector para dormir, su libreta de direcciones y una guía de viaje.

Cuba era uno de los pocos sitios en donde los dirigentes del movimiento chileno en el exilio podían reunirse a planificar estrategias sin peligro. Se había fijado una reunión del Partido Socialista (al que él pertenecía), con Carlos Altamirano, Secretario General del Partido; Clodomiro Almeyda, jefe de la Unidad Popular, coalición de partidos de izquierda chilenos; y Beatriz Allende, tesorera del Partido. Casada con un funcionario del gobierno cubano. Beatriz vivía en Cuba desde el golpe en Chile y la muerte de su padre, Salvador Allende.

MEDIANOCHE DEL 15 DE septiembre de 1976. En el Volvo rojo de Virgilio Paz, éste y Townley se dirigieron a una casa en Union City, donde los esperaban Guillermo Novo y Dionisio Suárez. Novo había entregado a Townley una bolsa de papel y, mientras Paz conducía por la Nueva Jersey Turnpike, él revisaba el contenido de la bolsa: mecha detonante; una pequeña cantidad de masilla gris explosiva, conocida como plástico o compuesto C-4; y un paquete de TNT. Temprano esa mañana, Paz le había entregado un detonador de control remoto que le era familiar: el mismo que había fabricado hacía algunos meses en Santiago, modificando un dial de radio. Paz iba armado.

Después de recorrer las 120 millas de la Nueva Jersey Turnpike, entraron a la carretera de Delaware y, tras hacer un alto para tomar café, en el oscuro amanecer, siguieron viaje a Maryland. Llegaron al distrito de Columbia al atardecer, dirigiéndose a los suburbios donde vivía Letelier. Antes de comer o de descansar, Townley quería comprobar por sí mismo la información que le había entregado en el Aeropuerto Kennedy el capitán Armando Fernández. Dieron vueltas, vigilando las calles adyacentes, las entradas y las salidas; entraron por Ogden Court y después de dar un vistazo a la casa de Letelier y a los dos autos estacionados enfrente, regresaron. Luego de desayunar en un restaurante del condado de Bethesda, se registraron en el Holiday Inn de la Avenida Rhode Island, a unos metros del Instituto de Estudios Políticos, donde trabajaba Letelier.

17 DE SEPTIEMBRE DE 1976. Letelier viajó de su casa, en Bethesda, hasta el Instituto de Estudios Políticos. Desde el restaurante Roy Rogers de River Road donde esperaban, Townley y Paz divisaron el Chevelle de Letelier y comenzaron a seguirlo a una cierta distancia. Townley comentó a Paz que Fernández se había equivocado al decirle que el Chevelle era el automóvil de Isabel. Esa mañana, Letelier condujo más rápido que el resto de los coches en circulación y sus seguidores lo perdieron de vista por unas cuantas cuadras. Una vez que llegaron al edificio del IEP, él ya había entrado a su oficina, después de haberse estacionado en la avenida.

Atentos a los movimientos de entrada y salida del instituto, Townley y Paz comieron en una mesa exterior del Café Rondo. Lo mismo que Fernández, ellos tampoco se dieron cuenta de que la oficina de Letelier no estaba en el edificio principal, pero eso no tenía importancia. Dejaron el Rondo y fueron a Sears, en la Avenida Wisconsin, donde compraron lo que para el empleado de la tienda eran utensilios de cocina: moldes de aluminio y papel encerado. Luego, en otro departamento, compraron varios rollos de cinta aislante negra y guantes de goma. Mientras se llenaba el tanque de gasolina del Volvo en la estación Sunoco, más allá de la Avenida Wisconsin, Townley recordó más tarde que Paz llamó a Suárez a Nueva Jersey, diciéndole que "la vigilancia preparatoria sobre Letelier ya estaba lista y lo único que faltaba para asesinarlo era construir la bomba y colocarla en su automóvil".

TEMPRANO POR LA tarde, Letelier se dirigió al Aeropuerto Nacional de Washington, estacionó su vehículo y tomó una combinación con destino a Nueva York.

18 DE SEPTIEMBRE DE 1976. José Dionisio Suárez se dirigió a Washington en su automóvil americano último modelo, encontrándose con los dos individuos en el restaurante McDonald de la Avenida Nueva York. Le prestó a Townley unos cien dólares, ya que éste había gastado más de lo que Fernández le diera para la misión. Paz y Townley se trasladaron del Holiday Inn al Regency Congress Inn de la Avenida Nueva York. Suárez tomó una habitación en otro motel cercano y se fue a dormir la siesta. Mientras tanto, los otros dos hicieron nuevas compras, esta vez en Radio Shack, cadena de tiendas de artículos electrónicos, Adquirieron tijeras para cortar alambre, alicates, soldadura, interruptores y una palanca de maniobras.

Habían planeado fabricar calmadamente la bomba al día siguiente, un domingo, colocarla esa misma noche y hacerla estallar el lunes en la mañana, cuando Letelier se dirigiera al trabajo. Sin embargo, Suárez los obligó a cambiar de planes. Llegó a Washington preocupado por su subsistencia; acababa de perder su trabajo en un negocio de venta de automóviles y el lunes en la tarde debería empezar en otro negocio, en Nueva Jersey. Así, en lugar de esperar hasta el día siguiente, Paz y Townley se fueron de Radio Shack a comenzar el trabajo. Los tres juntos comieron algo ligero en el Regency Congress, e hicieron bromas con una mesera de edad madura y pelo canoso que acababa de perder treinta kilos con una dieta a base de agua.

Después de comer, se fueron a la habitación de Paz y Townley y comenzaron a fabricar la bomba usando el TNT, el plástico y los artículos comprados en Sears y Radio Shack. Suárez colaboró con un detonador y Townley agregó al conjunto uno de sus fósforos eléctricos hechos a medida. Moldeó el plástico para que entrara en el molde metálico de ocho pulgadas cuadradas, pero no le quedó perfecto.

A LAS 8:30 P.M. Isabel y Orlando Letelier salieron de su casa donde acababa de terminar una alegre fiesta. Era el día de la Independencia de Chile y Orlando había regresado esa tarde de Nueva York. Los invitados bebieron vino tinto y comieron" empanadas (comida tradicional chilena). Letelier tocó la guitarra, cantó y bailó cueca, el baile folklórico chileno, con Isabel. El dedo medio de la mano izquierda le dolía cuando tocaba guitarra; una de las herencias físicas del año vivido en Isla Dawson.

Llegaron al acto público de celebración de la fiesta nacional chilena, en el centro comunitario del barrio multirracial donde vivía la mayor parte de la población latinoamericana residente en Washington. Sonrieron, saludaron, hicieron los comentarios del caso. De pronto, un individuo entró, diciendo: "Iba pasando por aquí..." Comenzó a defender a Pinochet, tratando de arrastrar a Isabel a una discusión. Algunos de los jóvenes allí presentes gritaron que se trataba de un provocador, pero Isabel mantuvo la calma, logrando impedir que el incidente pasara a mayores. A las once, la pareja se despidió, regresando a casa.

TOWNLEY DIO LOS toques finales a la bomba, mientras Paz le alcanzaba las herramientas y Suárez leía o conversaba. Townley planeó colocar la bomba bajo el asiento del conductor y moldeó el plástico de manera que, al estallar, todo el explosivo saliera directamente hacia arriba.

Cerca de la medianoche, se sintió satisfecho de su obra. Los tres salieron del motel en el Volvo de Paz, deteniéndose en la estación de trenes. Townley se dirigió a la ventanilla para saber si había algún tren con destino al área de Nueva York en las primeras horas de la mañana. No había ninguno.

"Mientras viajábamos hacia la casa de Letelier-escribió más tarde Townley-, Paz y Suárez me informaron que esperaban que yo colocara la bomba en el automóvil de Letelier, puesto que deseaban a un agente de la DINA -es decir, a mí- directamente involucrado en su colocación".

Guardó la calma. Llevaba la bomba bajo la sudadera azul marino y vestía pantalones de pana y, aunque no hubiera querido ensuciárselos, al sopesar las alternativas decidió que no había más remedio: la colocaría él mismo.

Paz condujo hasta la calle paralela a Ogden Court. Townley caminó por detrás de dos casas y, dando vuelta a la calle cerrada, vigiló la cuadra. Había gente entrando en una casa vecina, "de manera que regresé a la calle paralela, encontrando a Paz y Suárez; posteriormente, luego de dar una vuelta para hacer tiempo, regresamos a la entrada de la calle de Letelier, al mismo lugar en que bajé antes del coche, en la cima de la colina".

A un costado de la casa de Letelier, vivía un agente del FBI, al otro, un funcionario del servicio exterior. Cuando Townley bajó la colina, algunos perros comenzaron a ladrar, pero luego se callaron. Las pantallas de televisión brillaban a través de las ventanas.

El automóvil de Letelier estaba estacionado a la entrada del garaje, en dirección a la casa. Townley se encaminó directamente hasta el auto, se tendió de espalda en el suelo, por el lado del chofer, se levantó la sudadera para dejar la bomba al descubierto, puso a mano las herramientas y se deslizó bajo el vehículo. El espacio era pequeño para su estatura. Moviéndose lo menos posible, adhirió la bomba a la viga transversal con la cinta aislante negra, encendiendo de vez en cuando una pequeña linterna para asegurarse de la posición.

Sintió pasos y, paralizado, trató de aguantar la respiración. No más de dos pulgadas lo separaban de la carrocería. Los pasos se alejaron. Comenzó a poner la cinta desde el cable del velocímetro hasta el explosivo. Lo que les había parecido una gran cantidad de cinta, en ese momento se le hizo insuficiente. No quería que la bomba se deslizara o cayera.

Sintió el ruido de un motor. Un vehículo se aproximaba con la radio encendida. Nuevamente suspendió el trabajo, el sudor le corría por la cara, mojándole el cuerpo y las manos. La radio se oyó más fuerte; era una banda de la policía. Debió hacer un esfuerzo por permanecer tranquilo. La radio se sentía fuerte. Con el rabillo del ojo podía ver ahora las llantas del coche; pero se movió, dio vuelta en la calle cerrada y, tomando velocidad, se alejó de la cuadra. Encendió la linterna. Aunque la bomba estaba firme, habría preferido poner más cinta alrededor de la viga transversal. Cuando comenzaba a arrastrarse fuera del auto, pensó si había colocado el interruptor en posición de funcionamiento. Seguramente estaba en posición de seguridad. Volvió a meterse debajo y, tratando de recordar para dónde estaba en funcionamiento y para dónde en posición de seguridad, encontró al tacto el bulto del interruptor, que estaba desconectado. Lo empujó hasta que sonara y luego apretó la cinta en la ranura, para impedir que retrocediera. Pero la flexibilidad de la cinta aisladora podría permitir que el interruptor se soltara ...

La escasez de tiempo podía llevarlos a cometer errores. Paz y Suárez habían insistido en que él pusiera la bomba y esa misma noche. Mientras subía la colina, alejándose de Ogden Court, sintió que un viento helado le penetraba en el cuerpo sudoroso.

Los cubanos lo recogieron en la esquina desierta y lentamente se encaminaron a River Road. Les comentó entonces su preocupación acerca de si el interruptor habría o no quedado en la posición correcta.

Ya en el motel, Townley y Suárez ensayaron la maniobra, mientras Paz dormía. El golpe debería ser, a más tardar, el lunes en la mañana. Los cubanos esperarían a Letelier frente al Roy Rogers, en River Road, lo seguirían hasta el parquecito de la Calle 46, justo en el límite del distrito de Columbia y, en ese punto, presionarían el botón del detonador de control remoto. Letelier debería estar solo, fueron las instrucciones de Townley.

Tomando una toalla, Townley se duchó y cambió de ropa. Su parte en el asunto ya estaba cumplida, pero se sentía incómodo. Debería esperar hasta asegurarse de que Letelier estaba muerto antes de dejar el país.

Suárez lo llevó hasta el Aeropuerto Nacional para que tomara el primer vuelo de Eastern hasta Newark, telefoneando a un miembro del MNC para que lo esperara. El aeropuerto estaba tranquilo, el domingo en la mañana había pocos pasajeros. Antes de abordar, Townley llamó a su esposa, dándole un mensaje codificado para que lo transmitiera a la DINA, la bomba estaba colocada.

Cuando caminaba hacia la terminal de pasajeros de Newark, Townley divisó a Alvin Ross, que lo esperaba. Se detuvieron a desayunar en un Holiday Inn, donde detalló a Ross cada paso de la operación. Este último comió, tomó café y escuchó atentamente la relación. Más de una vez lo interrumpió con preguntas, queriendo asegurarse de que en verdad la bomba ya estaba colocada. Townley no sabía hasta qué punto Ross estaba vinculado a las operaciones del MNC, pero en el transcurso del desayuno -declaró más tarde Townley- quedó en evidencia que Ross "definitivamente, poseía un conocimiento específico y detallado acerca del plan para asesinar a Letelier".

Más tarde, Ross declararía: "Durante este periodo, desde el 11 de septiembre de 1976 (fecha de la reunión con Townley en el restaurante Bottom of the Barrel, que se realizó después de medianoche), hasta el 19 de septiembre de 1976, Guillermo me mantuvo informado acerca del plan. Sólo para estar seguro, le dije a Guillermo: «¿Por qué no averiguamos si este cabrón tiene o no el apoyo de los chilenos?». Novo estuvo de acuerdo y él mismo llamó a la Embajada de Chile para comprobarlo. Alguien le contestó diciendo que el «señor Wilson» estaba bien".

Después de desayunar, fueron al departamento de Ross, que más tarde Townley señalaría como la casa de Guillermo Novo, ya que pocos minutos después de que ellos llegaran, Novo los saludó y se fue a bañar y cambiar de ropa. Novo era "muy elegante", acotó Townley.

Ross recordó a Townley su promesa de reparar el equipo estereofónico. Cuando Novo reapareció, Townley hizo un recuento de los detalles de la fabricación y colocación de la bomba y del plan para hacerla estallar a la mañana siguiente.

Ese día, acompañado de Townley, Novo se dirigió a Manhattan, donde estaba la oficina del senador James Buckley; allí trabajaba un primo suyo, Bill Sampol. La oficina de Buckley había colaborado con el MNC en un supuesto intercambio de prisioneros entre Chile y Cuba. Media hora más tarde, regresaron a Nueva Jersey. Tomando prestado el automóvil de Guillermo, Townley se dirigió hacia el norte por Palisades Parkway, atravesó Tapan Zea Bridge y llegó al condado de Winchester, donde pasó la tarde con su hermana y la familia, cenando con ellos.

En el camino de regreso a Nueva Jersey, dio un pequeño rodeo. Iba a recurrir a una artimaña para demostrar que el funcionario chileno Hans Petersen estaba fuera de Estados Unidos en el momento de la explosión. Se dirigió al Aeropuerto Internacional Kennedy y fue hasta el mesón de Iberia donde los pasajeros estaban registrando su equipaje para la salida del vuelo a Madrid de esa tarde. En un descuido del funcionario de Iberia, se acercó al mostrador depositando el formulario de inmigración I-94 entre el montón de documentos de los pasajeros registrados en el vuelo. (Los extranjeros que llegan a Estados Unidos deben llenar dos copias de ese formulario, una se entrega a la llegada y otra a la salida.) Hans Petersen Silva habría dejado Estados Unidos, dirigiéndose a España, el 19 de septiembre de 1976. Michael Townley salió de la terminal, retomando el camino de regreso a Union City por Manhattan. Recogió a Guillermo Novo y prosiguió hasta el aeropuerto de Newark. Al despedirse, prometió a Novo que se pondría en contacto con Felipe Rivero, líder fundador del MNC.

LETELIER DESCANSÓ ESE domingo, uno de los pocos del verano que pasaba en casa sin sentirse obligado a abordar la montaña de trabajo que de costumbre lo obsesionaba. Isabel salió temprano, pasando varias horas en su estudio de escultura y luego en la Oficina de los Derechos Humanos de Chile, de la que era fundadora.

Orlando leyó, hizo algunas llamadas telefónicas y descansó en el jardín. De pronto recordó las cuidadosas instrucciones de Isabel sobre el tiempo y la temperatura necesarias para el asado de la cena que había dejado en el horno. Trabajando con tranquilidad, comenzó a preparar una serie de reuniones de trabajo del IEP y un documento que estaba escribiendo con Michael Moffitt, joven economista y colega del instituto. El documento estaba relacionado con el desequilibrio en el comercio y las relaciones financieras entre los países ricos industrializados y el resto del mundo, así como con algunas proposiciones para el establecimiento de un "nuevo orden internacional".

En la tarde, concedió una entrevista a Internews, boletín bimestral de noticias publicado en la costa oeste. Habló sobre la estructura que debería tener cualquier coalición entre la Unidad Popular y el Partido Democratacristiano y acerca de los puntos débiles y los puntos fuertes del régimen de Pinochet. Negó cualquier intención de formar un gobierno en el exilio, explicando que esto representaría pocos beneficios en ese momento.

Más tarde, bebieron y conversaron con dos invitados que tenían para la cena, Saúl Landau y Rebecca Switzer. El asado, prácticamente carbonizado, fue el pretexto para una serie de bromas en que Isabel y Orlando se echaron pullas mutuamente. La conversación pasó de los asuntos del instituto a temas políticos. Durante el postre y el café, Orlando se enfrascó en una larga e hilarante relación de sus últimos viajes al extranjero. Mientras se despedían, todos se sintieron a gusto, respirando las primeras brisas del "verano indio".

20 DE SEPTIEMBRE DE 1976. Hownley salió a hacer algunas diligencias en Miami. Puso en un sobre el pasaporte de Hans Petersen Silva y, junto con la licencia de conducir y los recibos, lo envió a una oficina de la DINA en Chile. En la tarde, tomó un autobús hasta la casa de sus padres en Boca Ratón. La radio no emitió noticias acerca de algún atentado.

LETELIER INVITÓ A Michael y Ronni Moffitt a una cena de trabajo en Ogden Court para esa noche. Se acercaba el plazo para la entrega del documento sobre el "orden económico internacional". A las seis, saliendo del instituto, Michael intentó poner en marcha su automóvil; si bien acababa de retirarlo del garaje esa misma tarde, el motor no funcionó. Letelier ofreció llevarlos en su coche; en la noche, después de la cena, ellos podían llevárselo (vivían cerca de Potomac, Maryland) y pasar a recoger a Orlando en la mañana, para llevarlo hasta la oficina.

Las dos parejas cenaron y bebieron vino tinto. La presencia de Ronni Karpen Moffitt distendía cualquier atmósfera que penetrara. Más tarde, Isabel recordó que Ronni se había hecho un nuevo peinado que la hacía verse mayor de los veinticinco años que tenía. Ronni con entusiasmo sobre su promoción en el rubro financiero del IEP y, al mismo tiempo, prometió su ayuda en el comité de defensa de los derechos humanos que Isabel había organizado. Cuando se fueron, los Letelier comentaron lo vitalizante que era la presencia de una pareja joven y enamorada, así como el comprobar que existían jóvenes norteamericanos que apoyaban la causa de Chile, como si fuera lo único natural y razonable.

21 DE SEPTIEMBRE DE 1976. Michael y Ronni Moffitt llegaron a Ogden Court en el automóvil de Orlando, estacionándose frente a la casa. La sirvienta de los Letelier acababa de irse, ya que los días martes iba a otro trabajo, saliendo de la casa a las 8:45. Al encaminarse a la parada del autobús había visto a cuatro individuos en un automóvil estacionado cerca de la casa, pensando que por su aspecto eran latinoamericanos, quizá chilenos. Cuando los Moffitt llegaron, ya no estaban ni la sirvienta ni los cuatro hombres en el coche. Orlando se había atrasado hablando por teléfono. Mientras Isabel leía el documento, Michael y Ronni tomaron un café.

Alrededor de las 9:15, los Moffitt y Orlando salieron de la casa. Caía una fina llovizna y el cielo estaba gris. Michael se sentó en el asiento trasero. Alrededor de las 9:20, el automóvil llegó al restaurante Roy Rogers. Ronni y Orlando, en animada conversación, no se dieron cuenta de que un gran vehículo gris, último modelo, los seguía por River Road. Michael trataba de leer. Abrió su ventanilla, molesto a causa de la espesa nube de humo que desprendía el cigarro de Orlando.

El conductor del automóvil gris que los seguía verificó la posición de un objeto plano de metal en el asiento trasero, conectándolo al encendedor del coche. Ambos automóviles viraron a la izquierda desde la Calle 46 hacia la Avenida Massachusetts. Frente a ellos, la calle de las embajadas.


Notas:

1. Agustín "Duney" Edwards, eminente figura de la banca y del periodismo, compartía el salón con los dos agentes de la DINA y regresaba a Santiago esa noche, en el mismo vuelo de LAN-Chile.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube