Dawson


Testimonio de Victoria Morales de Tohá

Mi presencia antes ustedes no pretende ser el testimonio de una mujer que relata la muerte de su compañero, no tendría yo más méritos que tantas otras mujeres chilenas golpeadas con el mismo drama.

Estoy aquí porque tengo la intima convicción de que la Junta militar chilena, tras su espúreo acceso al poder, pretendió provocar la eliminación de los principales colaboradores del Presidente Allende, en especial, de aquellos que conocían lo que estos militares de hoy habían sido en el pasado.

El general Carlos Prats, ex comandante en Jefe del Ejército de Chile, ex Ministro y Vicepresidente de la República, murió el 30 de septiembre del año pasado en una calle de Buenos Aires, victima de un atentado criminal provocado por los tentáculos del fascismo chileno, extendidos más allá de las fronteras del país. Menos de un mes antes, yo había recibido una carta del general Prats, significativa no sólo por el análisis de la muerte de mi marido, José Tohá, sino por la validez que esas palabras tomarían para explicar su propio asesinato; decía el general Prats en su carta:

"┐Por qué ellos se ensañaron con José Tohá? Porque a cada uno de los cómitres de hoy les torturaba la evidencia de que dentro de la Unidad Popular, José era quien mejor los conocía, los observó humildes y obsecuentes, los vio hacer genuflexiones y supo de sus miserias intimas, de sus celos inter-armas, de su concupiscencia y frivolidad, de sus limitaciones intelectuales y culturales, y de la farsa de su lealtad.

"José Tohá tenía mucho que decir y cada palabra suya, avalada por su incuestionable autoridad moral, habría tenido la fuerza suficiente para derribar de su autoerigido pedestal a estos apóstatas del profesionalismo militar.

"┐Y cómo podrían contraatacar a José? ┐Cómo podrían vituperarlo si hasta la mención de sus convicciones ideológicas iba a serles contraproducente?, porque no les resultaba tolerable ni compatible exhibir como marxista a un ser de tanta sensibilidad social, de tanta nobleza y dignidad personal, y de tanta misericordia humana.

"Ten la certeza de que si hubieran encontrado el más mínimo cargo afrentoso contra él, les habría convenido dejarlo vivir."

Hasta ahí las clarividentes palabras del general Carlos Prats.

Si, hay gente que no les convenía dejar vivir, era necesario buscar su aniquilamiento progresivamente. A mediados de marzo, en una sola semana, habían muerto el general Bachelet y José Tohá, mientras otros colaboradores inmediatos al Presidente Allende estaban sufriendo los pasos previos del proceso de eliminación: vejámenes, semanas de incomunicación, vendados permanentemente por días y días, alimentación restringida y rodeados por una constante danza macabra de torturas, gritos desgarradores y fusilamientos -simulados o no-, marcando cada noche. Aquellos que vivieron ese tiempo, especialmente en la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea de Chile, saben hoy lo que se ha pretendido contra ellos.

Cuando muere José Tohá, el general Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, comenta que el estado de José era "sumamente grave y desde hace algún tiempo se estaban solicitando informes médicos, para no sorprender a la opinión pública con su muerte". Y agregó:

"El señor Tohá fue traído desde el Sur para ser sometido a un tratamiento especial de alimentación. Estaba muy delgado y se encontraba pesando apenas cincuenta y cuatro kilos. Para su estatura, esto era peligroso; su delgadez fue causada por el estado mismo en que se encontraba, a raíz de sus nervios, demasiado alterados".

Pero lo que el general Leigh omitió decir en sus declaraciones fue referirse al método con el cual se había llevado a mi marido a ese estado de alteración y, luego, el que se había usado para atacar el citado mal.

El habló el 16 de marzo. Justo un mes antes José había sido prácticamente raptado del hospital de la Fuerza Aérea, en medio de un simulacro de incendio, y llevado con la vista vendada a la Academia de Guerra, donde el fiscal Otaiza y el abogado Cruzat continuaron su tarea de interrogatorios permanentes, sin esperar que se recuperara primero, como yo se lo había planteado al propio general Leigh en una carta enviada en diciembre de 1973, cuando ya la salud de mi marido sufría las consecuencias de la mala alimentación y la falta de abrigo. Si algo se había recuperado en los primeros días de hospitalización, pronto se perdió y continuó el proceso de debilitamiento progresivo. Los interrogatorios siguieron adelante. Cuando se obtuvo el traslado de José al Hospital Militar, se encontraba en incomunicación absoluta. Se le interrogaba por escrito y, muchas veces, con la presencia del fiscal de la Fuerza Aérea y su ayudante, quienes, según palabras de mi marido, "hacían escarnio" de sus indefensión.

Su debilidad se hizo crítica con estas presiones emocionales, en las que cooperó el médico psiquíatra Julio Sepúlveda. El 9 de marzo tuve oportunidad de verlo por última vez. Su debilidad era tal que incluso le impidió incorporarse en la cama cuando me vio entrar en la habitación. No obstante, junto a su lecho había un soldado metralleta en mano, custodiando nuestra última conversación.

Una semana más tarde lograban el objetivo final: la muerte de José Tohá.

┐Cómo se había llegado a ello?

Por un proceso de aniquilamiento progresivo, iniciado el 11 de septiembre de 1973.

José, un hombre alto y delgado, pero sano, escribía el 14 de septiembre de 1973 desde la Escuela Militar, con letra firme y segura:

"Puedes tener la seguridad que me encuentro en perfectas condiciones. Recibí tu carta y las cosas que me enviaste."

Horas más tarde era trasladado, junto a otros detenidos, a la helada y austral isla Dawson, que había sido adquirida durante su gestión en el Ministerio de Defensa para la Armada Nacional.

El 6 de octubre escribió desde allí:

"La ropa y lo que me enviaste ha sido de gran utilidad. Sólo te insisto en lo que te pedí anteriormente: una parka acolchada, ojalá con capuchón. Creo que te puedes conseguir una... En todo caso, me puedo defender con el chaquetón y el gorro de lana... Yo he estado bien de salud y he soportado perfectamente los rigores del clima y de la situación en que me encuentro."

En carta a sus hijos, el 13 de octubre, agrega lo siguiente:

"Post-Data: Comida: sólo puedo necesitar cosas dulces para completar la dieta."

Una semana más tarde, y siempre dentro del lenguaje cuidadoso que pasa por la censura militar, expresa:

"El mayor problema fue en el comienzo la carencia de ropa y elementos adecuados para el clima, pero eso se ha ido superando con las cosas llegadas y la alimentación; pero te he pedido algunas cosas para completar la dieta, compuesta principalmente de legumbres y farináceos, ya que el frío y la actividad física, si bien resulta positiva por un lado, reclaman una buena alimentación."

La prensa, manipulada mentirosamente en esos días, al igual que hoy, en la proximidad de la muerte de José, decía desde la revista Ercilla en su número 1.994:

"Si hoy los confinados se encuentran bien -con buenos y calefaccionados dormitorios, una despensa bien provista, una dieta permanente a base de vacuno, servicios higiénicos, agua caliente-, dentro de algunos días estarán mucho mejor."

Tal información es falsa y resulta dramáticamente burlesca. Las condiciones de vida diaria y la alimentación precaria van logrando su efecto, José baja de peso progresivamente. Pierde el conocimiento varias veces en los frentes de trabajo por alzas de presión. A fines de noviembre, o sea, luego de dos meses de estar detenido, ya ha perdido más de diez kilos. Es trasladado, sin comunicársele a su familia, al hospital de Punta Arenas. Me escribe desde allí dos cartas sin poder mencionar su situación; sólo estas tres lineas dan algo de luz:

"Yo he continuado bien. Como te digo en mi carta anterior, los médicos se han propuesto hacerme subir de peso; veremos los resultados."

La indiscreción de un militar me hace saber que mi marido está hospitalizado en Punta Arenas con diagnóstico de desnutrición.

Sólo el 14 de diciembre, y ante el temor que la noticia de su hospitalización logre trascender, es autorizado a escribir contando su situación y el lugar donde se encuentra. Cuidadosamente, y luego de llevar ya tres semanas allí internado, dice: "Fui traído a este establecimiento con el objeto de hacerme un chequeo general, prescrito por la existencia de algunas molestias menores y un descenso en el peso; desde esa fecha he sido sometido a varios exámenes (radiografías, hemogramas, hematocritos, tránsito gástrico, edema baritado, examen Weber). El médico que me atiende me diagnosticó trastornos gastrointestinales y una especie de intolerancia a ciertos alimentos."

Lo que José no podía decirme, pero la alevosa indiscreción del oficial Figueroa, de la Armada, que nos custodió durante mis visitas al hospital, me lo hizo saber, es que tales "exámenes" no se realizaban en el mismo hospital, sino en otro que no indicó; pero es fácil presumir dónde se hacían, ya que, según el oficial, de aquellos tratamientos José volvía inconsciente y solamente se recuperaba de ellos horas después. Incluso el militar llegó a decirme que en una oportunidad, al volver en sí, José había exclamado:

Oficial, ívivan los pobres del mundo!

Yo había viajado a Punta Arenas tras fuerte insistencia, y ante la evidencia que unas "molestias menores" no podían significar tan largo tiempo de hospitalización y tantos exámenes. Quedé aterrada de su estado.

Al regresar escribo una carta al Ministro de Defensa, almirante Carvajal, con fecha 26 de diciembre. Le digo:

"El estado físico y anímico de José me ha impactado fuertemente: ha bajado más de diez kilos de peso sin notarse recuperación, a pesar del tratamiento intensivo de que ha sido objeto. Su debilidad física se manifiesta a sim- pie vista por la respiración jadeante, temblor en las extremidades y su aspecto cansado, pese a llevar más de treinta días de reposo."

Luego de otras consideraciones hago esta petición:

"Desearía, además, solicitarle, en caso que los médicos así lo aconsejaren, que José fuera traído con detención domiciliaria a Santiago, para ayudar a su recuperación física. Logrando este objetivo, podría ser llevado nuevamente a la isla, y esperar allí el eventual juicio o la libertad con sus compañeros, cuya situación presente desea compartir. José, por su carácter, jamás rehuirá la acción de la justicia; su actitud es justamente la contraria: quiere dar toda clase de facilidades para que se le investigue."

No recibo respuesta a mi carta. Poco después me entero que el 28 de diciembre de 1973, las Fuerzas Armadas regresan a José a la isla de Dawson. Sigo golpeando puertas sin ser escuchada. El 9 de enero recibo carta de José, donde me señala:

"Las cosas traídas por mi desde Punta Arenas o enviadas desde Santiago me han servido mucho para complementar la dieta alimenticia."

Sin embargo, tiene que ser trasladado a Santiago antes de tres semanas, ya que su peso era de cincuenta y cuatro kilos, o sea, veintidós menos de su peso normal. Al partir el comandante Felley, de la Armada Nacional, le informa que va a recuperarse al Hospital Militar y de allí a su casa. No obstante, estando a bordo del avión de la Fuerza Aérea, el servicio de inteligencia le comunica que es trasladado a Santiago para ser interrogado.

En Santiago los médicos intentan reponerle. Aconsejan régimen de visitas y alimentación adecuada; logran de esta forma que suba un kilo y medio en quince días. Pero es entonces que violentamente, y contra las prescripciones del doctor Patricio Silva, subdirector del Hospital Militar, es llevado el sábado 16 de febrero al Hospital de la Fuerza Aérea de Chile, y esa misma noche, en un simulacro de incendio, es trasladado encapuchado a la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea, que también había sido adquirida por José para la Fuerza Aérea durante su gestión ministerial.

Entretanto, la operación "opinión pública" ya ha comenzado. Dos días antes, el 14 de febrero, un llamado periodista, Rafael Otero, rufianesco y servil personaje, escribe en el diario La Segunda:

"Desde que lo conocí, hace más de veinticinco años, fue un hombre de salud débil; sus frecuentes surmenages y decaimientos le aumentaron en forma acelerada durante la farándula allendista; cada vez que concurría al Senado o la Cámara, los parlamentarios debían presupuestar una o varias salidas suyas de la sala para "reponerse" en los pasillos o en los baños del Congreso."

Prosigue el cronista:

"┐Por qué no anunciar oficialmente el verdadero cuadro clínico y su antigüedad del ex Ministro y todos los jerarcas Allende-comunistas detenidos? ┐Por qué no decir que ya en mayo de 1973 se esperaba la muerte, de un momento a otro, de Luis Corvalán, entonces Secretario General del Partido Comunista, detenido en octubre pasado en condiciones de salud lastimosas? ┐Para qué arriesgarse que cualquier hecho biológico naturalmente inevitable sea utilizado por el comunismo mundial, como fue utilizado el cáncer a la próstata de Neruda para atacar al gobierno chileno?"

"Por muy poderosa que sea una Junta no puede garantizar la inmortalidad de nadie."

Cuatro días más tarde, el 18 de febrero, escribo una carta al general Sergio Arellano, jefe de estado de sitio en Santiago, protestando por esa publicación que contradice el bando 15 de la Junta, el cual ordena "no aceptar en lo sucesivo insultos a personas o instituciones en las informaciones periodísticas". No olvidemos, en todo caso, que la prensa estaba y continúa estando bajo la censura militar.

En esa carta también digo al general Arellano:

"Creo conveniente poner en su conocimiento que, conscientes que entre los confinados de la isla Dawson había varios con problemas de salud, sus cónyuges nos dirigimos oportunamente a la Junta Militar de Gobierno solicitando, entre otras cosas, un certificado de salud en orden, justamente, para impedir situaciones irremediables y también con el ánimo de desvirtuar rumores que en algún momento llegaron al punto de dar por muerto a uno de ellos: Daniel Vergara, Subsecretario del Interior."

Y agregué lo siguiente:

"Señor General: he debido asumir esta conducta porque la calidad de persona privada de su libertad de mi marido, agravada por su precario estado de salud, le impiden hacerlo personalmente, y porque informaciones injuriosas como ésta dañan moralmente a mi familia, cuyo sentido ético ha sido siempre el de asumir plenamente sus responsabilidades, unidas a un profundo respeto por la vida y la dignidad ajenas. Consecuentes con esta actitud, es que nuestra preocupación fundamental es la pronta recuperación de mi marido con el fin que pueda asumir, muy especialmente en el momento actual, las responsabilidades que pudieran caberle por su gestión de ex Vicepresidente de la República y ex Ministro de Estado, que han motivado su confinamiento."

Los acontecimientos se precipitan y se entrelazan en torno a las fechas. El día 18 de febrero José es llevado de regreso al Hospital Militar, con orden de incomunicación estricta para continuar los interrogatorios. Quienes lo ven advierten el grave estado en que se encuentra; se le presiona a escribir una nota tranquilizadora a su familia. Un miembro de la Fuerza Aérea llega esa noche a entregarme personalmente el pequeño papel.

Dice: "Mi querida Moy, te envío estas líneas para que sepas que estoy bien, no he tenido quebrantos mayores de salud, estoy tranquilo y te pido tengas seguridad y confianza. Te siento a ti y a los niños más cerca que nunca. Muchos cariños para Carolina y José. Recibe los besos y el amor de José."

Es la última carta que recibí de él. Más allá de su texto, lo que me impresiona es la letra, reflejo de su debilidad física, incapacidad motora y depresión en que se encuentra. Este documento se adjunta al Tribunal.

Pido que se me entreguen los diagnósticos médicos hechos a mi marido. No se me informa.

Pido que se me diga con qué peso ingresó al Hospital Militar y cuál debe tener para estimarse que inició su proceso de recuperación. Nadie me responde.

Se me impide verle; sólo de manera indirecta tengo alguna información de su gravedad creciente, pero los interrogatorios extenuantes, las acusaciones infundadas, las actitudes burlescas ante quien se encuentra indefenso y horrorizado por la traición de aquellos que antes conoció tan de cerca, todo eso sigue adelante.

Sólo el 9 de marzo, más de un mes después de mi última visita, se le permite verme por una hora; es la última vez que lo vi.

La prensa sigue adelante con la campaña preparatoria de opinión pública: se habla indirectamente de cáncer, de una larga enfermedad. El diario La Tercera, el 13 de marzo dice en recuadro destacado:

"Fuentes bien informadas hicieron saber en forma exclusiva a nuestro diario que el ex Secretario de Estado sufriría una enfermedad celular que se desarrolló silenciosamente en los últimos dos años y ahora hizo necesaria intensa atención médica. Parte del tratamiento de Tohá consistiría en intensas sesiones de radioterapia."

(Se adjunta documento.)

Al día siguiente se insiste en el mismo argumento bajo el titular: "Delicado estado de salud de José Tohá" (se adjunta documento).

El viernes 15 de marzo se me avisa que José Tohá ha muerto. Su peso entonces era menos de cuarenta y ocho kilos, ya que yo, sin dificultad, lo levanté en peso para vestirlo.

En medio de grotescas contradicciones entre el general Leigh en Santiago, el general Pinochet, que se encontraba en Brasil, y los médicos oficiales del Hospital Militar, se anuncia el suicidio de José, a quien una semana antes le encontré en un estado de debilidad tal que incluso estaba imposibilitado de alzar la cabeza al recibirme en su pieza.

Señores del Tribunal: enfáticamente expreso ante ustedes que yo no sé cómo murió mi marido, pero si sé que quienes lo mataron son los mismos que han hecho del aniquilamiento de un pueblo un método, y de la eliminación de los principales dirigentes de la Unidad Popular, o colaboradores del Presidente Allende, un objetivo buscado que sólo la fuerte solidaridad internacional ha logrado contener.

Por eso he presentado este testimonio ante ustedes, porque los métodos no se han dejado atrás. ┐Acaso podríamos olvidar los rumores de la muerte de Daniel Vergara esparcidos en cierta ocasión? ┐Acaso podríamos olvidar la insinuación del escrito de Otero, señalando que el compañero Luis Corvalán estaría enfermo desde hace largo tiempo? ┐Acaso podríamos olvidar a tantos que aún se encuentran bajo la bota militar, merced a que cualquier día se anuncie su muerte por tal o cual enfermedad?

He querido mostrar el itinerario del método de eliminación, y señalar también la necesidad de mantener viva la solidaridad con aquellos que aún están en peligro de caer en sus mortales engranajes.

Tengamos presente que en la medida que aumenten las dificultades para la Junta militar, derivadas de su incapacidad y del rechazo mayoritario del mundo, surgirán los gestos de desesperación y, en medio de ellos, la reiteración del método aquí expuesto.

Es nuestra obligación impedir que continúe aplicándose.

(Extraído de Denuncia y Testimonio. Actas de la Tercera Sesión de la Comisión
Internacional de investigación de los Crímenes de la Junta Militar en Chile, realizada en
ciudad de México, 18-21 de febrero de 1975. Helsinki, 1975, págs. 132-137.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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