Dawson


15 de marzo de 1974

Fue un día viernes. En ese crepúsculo le tocaba "trabajar la onda" a Pañuelito. La pequeña radio a pilas había escapado a sucesivos allanamientos. La tenia pegada a su oreja derecha.

Le decíamos "Pañuelito" porque, cuando el sargento "Malacueva" hacia cantar "Lili Marlén", en castellano, a las filas de prisioneros que regresaban de los trabajos forzados, Jaime sacaba su pañuelo blanco y, sin que lo viera el "Malacueva", hacia con el pañuelo señales de adiós. El "Malacueva" nunca se pudo explicar por qué reían las filas de prisioneros, cuando la canción era "tan linda y tan triste". De repente, explota en llanto:

-Han matado a José.

-Cómo?

-La radio acaba de decir que se suicidó.

Todos nos reunimos en torno de él.

En eso entra corriendo el teniente Santiago, que había tenido una obscura participación en el allanamiento de "las armas de Dawson". Intenta darle también el pésame a Jaime, pero Carlos Matus le espeta:

-Ustedes lo mataron.

-No. Se suicidó... Pero cómo lo saben ustedes?-Y, como reflexionando:- Si ustedes no debieran saberlo.

-Todo se sabe. Usted, teniente, conoce que todos los crímenes de los nacistas se hicieron públicos y el mundo los juzgó en Nuremberg; o no lo sabe? -le pregunta irónicamente Matus.

-Con usted no se puede conversar-. Y se fue. Nos preguntábamos qué será ahora de su hijo José, de Moy y de su hija Carolina.

Para nosotros fue un rudo golpe, ya que sólo hacía tres días que había sido asesinado, en la Cárcel Pública de Santiago, el general de la Fuerza Aérea don Alberto Bachelet.

Un poco antes había llegado a Dawson una carta suya, dirigida a Hugo Miranda, su cuñado. Una carta muy valiente, un verdadero testamento de este aviador democrático de Chile.

En nuestras mentes están indeleblemente grabadas las imágenes del oficial ejemplar y del político del pueblo. Cómo no recordar la inspirada palabra de José hablándonos, en Compingin, sobre la necesidad de usar correctamente el castellano?... Cómo no evocar las últimas palabras del general hablándoles a los pobladores de Valparaíso, en el teatro Velarde: "Sigan adelante, estamos con ustedes"?

José era un admirador de Gardel. En Compingin, después de haber estado varias veces en cama, como resultado de los trabajos y marchas forzadas que debía realizar, un día se pudo levantar.

Fue un hermoso día, como un día de primavera. Hacía frío, pero había sol. José salió al patio con su capa de levantarse. Fue hacia el refugio que habían hecho los técnicos y constructores prisioneros. Tomó un choquero con café y lo bebió. Tal vez hasta fumó un cigarrillo.

Imprevistamente, su gran amigo, el Negro Jorquera, empezó a cantar un tango. José se levantó, cogió una escoba, la ciñó por la cintura y principió a bailar. Era un don Quijote bailando tango, sin picardía, pero, si, con la gallardía y galanura de un hidalgo español. La vida brillaba solemnemente en sus ojos cansados. Terminó agotado. En efecto, José, que media 1,91 metros de alto, pesaba solamente cincuenta y cuatro kilos cuando fue llevado al Hospital Militar de Santiago. También lo abracé y me espanté al darme cuenta que con los dedos de mi mano derecha cruzaba completamente su brazo, ya puro hueso y pellejo.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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