Dawson


5 de marzo de 1974

El 5 de marzo se efectuó un nuevo allanamiento a la barraca en busca de armas. Ahora "las encontraron". Eran pequeñas herramientas proporcionadas en la Maestranza de Compingin y que servían para tallar piedras negras o cafés. Las "Piedras de Dawson".

El 6 de marzo, es decir, sólo al día siguiente, llega el teniente coronel Aquiles Cáceres. Nos hace formar en el patio principal y nos comunica:

"que, como se han encontrado, en posesión nuestras armas cortantes, contundentes y punzantes;

"que, como tenemos comunicación e información con el exterior de la isla;

"los Altos Mandos han resuelto:

"que se nos someterá a un régimen de castigo disciplinario".

-Si ustedes piensan que mis palabras son una amenaza...; pues bien, son una amenaza.

La amenaza se concretó en los asesinatos de José Tohá y del general Alberto Bachelet.

Pocos días después llega el Destacamento de Castigo de la Infantería de Marina, dirigido por el teniente primero Eduardo Carrasco Moreno. Fue el único oficial que firmó con su nombre y grado las Ordenes del Día, que se colocaban en la puerta de la barraca. También nos dio buenos consejos por si pasábamos el invierno en Dawson: usar dos pares de calcetines, adentro de nylon y encima los de lana; usar para el trabajo dos pares de guantes, adentro de lana y por afuera de cuero; usar coipas o gorras de lana.

Sin embargo, permanece como responsable directo de haber transformado el Campo de Concentración de Río Chico en un Campo de Exterminio; especialmente, por la responsabilidad que le cabe en la acción de dos subordinados, los tenientes de Infantería de Marina Jaime Weindenlaufen y Mario Tapia.

Cuando hablamos del primero, en otros campos de concentración, los oficiales sólo atinan a exclamar como excusa:

-Ah, el loco!

Andaba con un fusil-ametralladora que tenia mirilla telescópica con rayos ultravioletas, que permitía ver en la obscuridad como si fuera de día claro. Su entretención era "hacerle los puntos" a los prisioneros en la noche. Un día, apuntándole a Puchito:

-Prisionero Puccio: sabe, usted me cae bien. Pero si lo tengo que matar, lo haré con gusto... Retírese!

Y Puchito se va retirando mientras "Jaimito" le hace los puntos con su fusil ametralladora...

El día que llegó, estuvo de guardia. Fue a nuestra barraca, acompañado por un pelotón de infantes de marina, o cosacos. Ahí dijo su famoso discurso:

"Prisioneros:

"Ustedes tendrán que olvidarse de lo que eran antes. Vean lo que son ahora. Cualquier conscripto vale cien veces más que ustedes. Chile no necesita intelectuales vagos, ociosos, como ustedes. Chile necesita soldados y haremos de ustedes soldados cueste lo que cueste. Óiganlo bien: cueste lo que cueste. El que no quiera entenderlo, se quedará botado en el camino." Cuando su superior dio orden de que todos los oficiales portaran su identificación oficial, cambió de inmediato:

nos empezó a tratar de "ciudadanos". Se lo discutimos también, ya que legalmente en Chile no había ciudadanos, puesto que todos estaban incapacitados para votar.

El segundo teniente es chico, esmirriado, "típica clase media mal alimentada", en expresión de Hugo. Castiga a Palma por cualquiera cosa baladí.

-Cien flexiones, en mi presencia... Cuando van cincuenta encuclilladas:

-Y vamos bien?

-Afirmativa- contesta, riéndose.

-Continúe entonces... A lo indicado, proceder!

Después de las cien flexiones le ordena "Firme!" Lo piensa mejor, y le ordena continuar las flexiones; pero Palma se cae solo.

-Y por qué se cayó?

-No creerá, mi teniente, que me he caído de borracho!

-Me gustan los choros. Le suspendo el castigo suplementario!

En estos momentos, le paso la palabra a Benjamín Tepliski:

"Un día Corvalán enfrentó a este teniente de apellido Tapia, hermano de un conocido delincuente que tiene su centro de operaciones en el café Haití de Santiago. En aquellos días los militares pretendían que nosotros asumiéramos un comportamiento militar. Nos hacían ponernos en fila y nos ordenaban marchar en todas las direcciones, etc. El pretexto de esto era la acusación de haber escondido una maleta llena de armas en la isla Dawson. La tal maleta estaba llena de instrumentos que nos había dado el mismo comandante del campo. Jorge Felley, para que trabajásemos las piedras, alisándolas, para después cincelar.

"El grupo Isla -como acostumbraban definirnos por nuestro aislamiento- era el más reacio a cumplir esta orden. Un día, el teniente Tapia se exasperó por el hecho que después de horas que marchábamos bajo la lluvia, nuestra actitud era de completa indiferencia. Entonces ordenó a los demás prisioneros retirarse a sus respectivas barracas. Formó un pelotón de soldados y les ordenó apuntar las armas contra nosotros. Apuntaron los fusiles y esperaron la orden de disparar. En aquel momento Corvalán le dice que con tales amenazas no obtendrá nada, pues tales acciones no darán ningún resultado. Y agregó: "Además, dudo mucho que la orden de fusilarnos sea ejecutada. Ya tenemos bastante experiencia en esta materia". Y concluye: "Usted debe entender que somos un grupo de personas que difícilmente podemos comprender las disposiciones u órdenes militares".

-El teniente respondió que no era posible que gente culta, que había estudiado en la Universidad, no comprendiese órdenes tan simples. Entonces Corvalán le rebatió que no se trataba de un simple problema de mando o de órdenes, sino de ciudadanos que no aceptaban tales órdenes. Además, no todos nosotros hemos estudiado en la Universidad. "Yo, por ejemplo -agregó-, soy un maestro de la escuela elemental y no he estado en la Universidad".

"El teniente, alzando la voz, respondió: "Pero tú eres un periodista. Entonces el título te lo han regalado. Hijo de puta, si no obedeces, todo ha terminado para ti". Corvalán le rebatió con firmeza, exigiendo no ser insultado. Entonces el propio teniente Tapia apuntó la ametralladora contra Corvalán e hizo como que disparaba. El Secretario General del Partido Comunista dio un paso adelante y levantó ligeramente el rostro, mirándolo fijo a los ojos."

En otra ocasión llegó a Ritoque un periodista alemán; venía acompañado de varios oficiales chilenos.

-Cómo se siente?

-Me siento preso.

Gran embarazo en los oficiales acompañantes, que esperaban, por lo menos, la cortesía de responder: bien.

En cambio, siempre se ha sentido Secretario General del Partido. En este mismo campo, cuando lo fue a interrogar el fiscal ad-hoc del Proceso "Contra Luis Corvalán y otros...", el capitán de navío Lautaro Sasso, identificándolo, le dice de entrada:

-Es usted Luis Corvalán Lepe, ex Secretario General del Partido Comunista de Chile?

-Yo soy Luis Corvalán Lepe, Secretario General del Partido Comunista de Chile.

-El Partido Comunista está disuelto.

-Señor fiscal, usted querrá decir que hay un decreto que habla de la disolución del Partido; pero usted y yo lo sabemos muy bien, el Partido Comunista de Chile no está disuelto.

-Bueno, bueno... Señor Corvalán, y esto ya lo sabemos, dígame quiénes son los miembros de la Comisión Política?

-Cómo me puede hacer una tal pregunta? .

-Así es que no la quiere contestar.

-Rotundamente, no!

Así fue el único interrogatorio oficial que el fiscal ad-hoc, Lautaro Sasso, le hizo a Luis Corvalán, para el Proceso A-3 del Rol de Consejo de Guerra de la Jefatura Militar de la Zona en Estado de Emergencia de la Provincia de Valparaíso y caratulado "Contra Luis Corvalán y otros..."

La toma de declaración no alcanzó a durar tres minutos.

Benjamín recuerda que "cuando los oficiales se daban cuenta de que los demás prisioneros ayudaban a Corvalán (y en esto era especialmente severo un teniente de ideas nacistas de nombre Jaime Weidenlaufen), ordenaban inmediatamente que Corvalán trabajara solo. Decían:

"Lo haremos reventar".

Pero, Tepliski, que lo conoce muy bien, les retrueca:

"Con Corvalán, los militares se sienten "sonados". No lo doblegarán jamás" (2).


Notas:

2. (Del testimonio de Benjamín Tepliski, en "Libertá per Corvalan" Turingraf-Torino. 1975.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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