Dawson


¿Qué habéis hecho de la isla?

Después pasan años sin historia: no hay hombres para que la hagan.

Dawson sólo existe en las cartas geográficas, en los mapamundi y en las relaciones de la Orden Salesiana.

Hasta que un buen día reaparecen los isleños que, en realidad de verdad, nunca se habían ido.

Se crea una antigua hacienda y la isla se transforma en barato criadero de vacunos.

El tiempo rumia lentamente los decenios y los sexenios.

Un buen día llega el año 1970.

El gobierno del Presidente Allende envía a José Tohá, su Ministro de Defensa, a Dawson para que entregue la isla, en propiedad, a la Marina de Chile.

Y en Puerto Harris se comienza a construir la población nueva, con paredes exteriores forradas en planchas de zinc importado de la Argentina, y destinada al personal civil y militar. Se mejora la escuela pública. Se crea un centro de abastecimientos y se forma un invernadero. Como a 25 kilómetros de Puerto Harris se construye un aeródromo.

Y un mal día llega también el 11 de septiembre de 1973.

Con él llega el fascismo.

Los nombres geográficos son los mismos, pero ahora quieren decir otra cosa.

A 7 kilómetros de Puerto Harris: Compingin, campo de concentración. Y unas fechas: del 16 de septiembre de 1973 al 20 de diciembre de 1973.

A 13 kilómetros de Puerto Harris: Río Chico, campo de concentración. Y unas fechas: del 20 de diciembre de 1973 al 27 de septiembre de 1974.

A 11 kilómetros: Bosque Murillo, zona de trabajos forzados.

A 6,5 kilómetros: Turbales, zona de trabajos forzados. Hay otros nombres más. Y otras fechas.

¿Qué habéis hecho de la isla? ¿Qué habéis hecho de vuestras conciencias?

Pero el 11 de septiembre de 1973 llegó atrasado en cuarenta o cincuenta años. El mundo había cambiado. Por esta razón, aunque la Junta militar nos quiso excluir de Chile y del mundo, nunca nos pudo aislar: formábamos una fraternidad de hombres unida a muchos otros hombres en el mundo.

Siempre escuchamos la voz del planeta, tal como es hoy; ningún alambre de púas fue capaz de detenerla. Sabíamos que el pueblo chileno no dejaría de luchar. Estábamos absolutamente seguros que el mundo no nos olvidaría. Aunque el centinela no durmiera, la voz se le colaba y llegaba a nuestros oídos. Aunque se prohibiera escucharla y se amenazara con las penas del infierno, los oídos atentos se multiplicaban.

Estábamos ciertos que la nube negra sería pasajera y por eso observábamos los imponentes crepúsculos de Dawson. Fue así que no nos extrañáramos mucho cuando, después de quince días seguidos de lluvia, advertimos un día, el 8 de mayo de 1974, que habían vuelto los rojos arreboles del amanecer y que éste se había tornado límpido y claro.

Nosotros sabíamos que ese amanecer tenía que llegar.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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