Dawson


El espíritu de Dawson

No todos comprenden a fondo lo que significa la solidaridad nacional e internacional para el torturado, para que el detenido por años no pierda la fe en sus ideales y en si mismo. Cómo se puede traicionar cuando uno de sus propios torturadores le dice suavemente al oído: "Aguante un poco más; a usted lo nombró la Radio Moscú"!

De este modo, aunque estuviera solo en una celda, o en el camarote que había sido del capellán de la "Esmeralda", uno sabia, con plena certeza, que no estaba solo.

O cuando pasaban los tenebrosos primeros días de Dawson y los capellanes nos repetían las valerosas y clarividentes palabras de su pastor, el Cardenal de Chile, monseñor Silva Henríquez: "Los vencedores de hoy serán los vencidos de mañana". Había que estar dispuesto a afrontarlo todo por su fe, para decir públicamente tales palabras, el 13 de septiembre de 1973.

Cuando nosotros -los prisioneros de guerra, los dirigentes del Gobierno Popular, los detenidos políticos y sindicales- éramos maltratados y torturados y el dolor y la sangre se nos hacia grito desgarrador e incontenible, por la cabeza de ninguno de nosotros pasó la idea malsana de que fuéramos distintos los unos de los otros. Nos sentíamos como hermanos, hijos de padres y madres comunes.

El católico y el comunista, el protestante o el masón, el radical o el socialista, el socialdemócrata o el cristiano de izquierda, el descendiente de árabe o hebreo, todos veíamos -y lo sufríamos en carne propia- que éramos una parte indivisible del martirizado pueblo de Chile. Y cuando alguno de los nuestros, por desvarío o falso orgullo, quería apartarse, estar solo, envuelto en su aislamiento, el trato brutal de los verdugos lo volvía de inmediato a la realidad: nadie escapaba a esta condición de eslabón de la infinita cadena humana.

Eramos hermanos en esencia, hasta para nuestros verdugos.

Cuántas veces vi el espíritu de Cristo vivir en mis hermanos católicos: Pedro Felipe Ramírez, Fernando Flores, Luis Matte o Sergio Bitar?

Cómo no recordar al Viejo Silva, proletario hasta la médula de los huesos, modesto, firme, servicial, trabajador, enemigo acérrimo de los explotadores, veterano obrero socialista que el día 11 de septiembre sintió que su conciencia de clase le dictaba ir a La Moneda? Nadie se lo dijo u ordenó, pero él fue a morir junto a su compañero presidente. No murió, sin embargo, sólo por milagro, y así yo pude conocerlo y tener el honor de ser su amigo.

Cómo no evocar la figura espartana de Daniel Vergara, resistiendo treinta días, sin emitir una queja, la bala que tenía incrustada en una mano?

Cómo no recordar las canciones que, bailando, nos cantaba todas las mañanas Anselmo Sule, Presidente del Partido Radical, en el campamento de Río Chico?

Cómo olvidar al cultísimo Orlando Letelier, nuestro profesor de inglés, tocando la guitarra al atardecer y cantando con su "ángel" peculiarisimo que "aunque la jaula sea de oro" no por eso deja de ser prisión? (Lo que no era, por cierto, nuestro caso.)

Cómo no tener presente la actitud siempre amplia, siempre valerosa, de Clodomiro Almeyda?

Muchas veces recorrió el campamento de Dawson (que tenía su vida propia, silenciosa de día, alocada, festiva, atenta y combativa de noche) la noticia de los actos de arrojo y valentía de Aníbal Palma, de Hernán, de Cantuarias, de Jiliberto.

Siempre recuerdo las conversaciones con el sagaz Hugo Miranda, nuestro segundo delegado, sobre la necesidad imperiosa de que saliéramos de Dawson en buenas condiciones físicas e intelectuales y que esa era nuestra verdadera tarea revolucionaria y que así derrotaríamos los designios de nuestros verdugos.

Cómo no evocar la entereza, la integridad, el rigor de Julio Stuardo, de José Cademártori, de Enrique Kirberg, de Edgardo Enríquez?

Imposible no traer a cuento, en fin, a Luis Corvalán, la modestia personificada, el oído que siempre escucha, la palabra paciente que convence.

Nombrándolos he querido evocar lo que nosotros llamábamos a menudo "el espíritu de Dawson", que en realidad, de verdad, es el espíritu de todos los campos, de todas las prisiones de Chile. Frente a la adversidad es la firmeza, la serenidad, la esperanza, la conducta humana común a los luchadores sociales verdaderamente honestos. Es la lucha por sobreponerse a la prueba más feroz que pueda afrontar un revolucionario: la de la agresión fascista contra un pueblo.

El espíritu de Dawson es la experiencia colectiva de un pueblo, el drama donde no hay héroes de excepción, sino la voluntad de centenares de miles de chilenos conscientes de su destino superior y resueltos, por lo tanto, a poner fin a la opresión.

El espíritu de Dawson es la antitesis del sectarismo y la antítesis, también, de la ligereza y de la superficialidad para juzgar o tratar de entender la tragedia de nuestro pueblo.

El espíritu de Dawson es también el afecto, el respeto mutuo, la imborrable hermandad que se establece entre los prisioneros. Como dice la expresión rusa, que yo recuerdo de mi época de estudiante en Moscú: bez karitnaia durshba murshkaia; es decir: "La desinteresada amistad varonil".

Aquella comprensión íntima del ser esencial del otro, de hacer un nuevo amigo aunque uno vaya a morir luego, aquel respeto inédito por la opinión ajena, que no era óbice para obtener siempre, después de la debida discusión, la unanimidad necesaria para enfrentar con firmeza y serenidad las situaciones más difíciles o a adversarios más poderosos, y para lograr, jugándonos la vida en muchas oportunidades, vencer en toda la linea.

En el campo de concentración de Ritoque, con el diputado Claudio Huepe nos preguntamos muchas veces

cómo fue posible el triunfo del fascismo en Chile. Después de fructíferos intercambios de opiniones la respuesta era inequívoca: la división de las fuerzas del pueblo abrió el camino al fascismo que condujo a la muerte, al exilio y a las prisiones a los hombres y mujeres de la Unidad Popular, del MIR y de la Democracia Cristiana.

De los héroes de la otra parte no puedo hablar: los fascistas no tienen héroes. Ellos mismos los esconden, no quieren que el mundo conozca sus nombres: del que ya histérico dijo que estaba cansado de matar, del que se cansó de torturar mujeres, o del que se volvió loco después de torturar tantos niños y niñas y de repente se acordó que él también era padre de familia.

En las duras condiciones de la clandestinidad, buscando con inteligencia cualquiera posibilidad de acción de masas, legal o ilegal, se está reconstruyendo, a través de la lucha común, una más amplia unidad.

Será esta más amplia unidad del pueblo, ayudada por los pueblos del mundo, la que derrotará al fascismo.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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