Dawson


Cero horas, cero cero

Llueve.

8 de mayo. O horas, cero cero.

Entra a la barraca una escuadra de soldados. Retiran todos los libros y se los llevan a la guardia.

Recién algunos se han quedado dormidos, cuando se abre la puerta de la barraca y entra un sargento con cuatro soldados: "Los siguientes nombrados, a la Guardia: a retirar paquetes. Tienen cinco minutos para vestirse". Y lee una decena de nombres. La barraca está a media luz con todos los abrigos y ponchos puestos a secar. Posteriormente, los hacen formar en el pasillo que queda entre las literas. Van saliendo, al trote, de a dos, acompañados por dos soldados. Se demoran bastante en volver. Después salen otros dos y así sucesivamente hasta que se completa la decena. Cuando vuelve Ariel, trae dos sacos harineros casi vacíos: en cada uno habían dejado sólo un plato de plástico. Como a las tres y media se terminó la entrega de las encomiendas.

4 horas, cero cero.

De nuevo se abre la puerta. El sargento, con voz estentórea: "El prisionero Luis Matte, a la Guardia, de inmediato". Salen trotando con él.

Todos quedamos preocupados, ya que antes, a las 2 horas, había sido ya llamado a recibir una encomienda. Pasaban y pasaban los minutos y Matte no volvía; nos deshacíamos en conjeturas: ¿qué le habrá pasado?, ¿irá a salir libre?, ¿lo castigarán?...

Media hora más tarde regresa Matte. Traía un jabón en la mano. Era la segunda encomienda que le había llegado y que se habían olvidado de entregarle.

Antes de cerrar la puerta, grita el sargento:

-Buenas noches a todos-. Y se va.

5 horas, cero cero.

Se abren los dos batientes del portón de la barraca I.

Entra el tercer teniente acompañado por una escuadra de soldados. Encienden todas las luces.

-Todos los detenidos deben pasar a la Guardia, de inmediato. Con todos sus efectos personales.

Nos lanzamos fuera de los "fondos" o literas de madera. A muchos se nos olvidan algunas cosas. Vamos saliendo de a dos, trotando y acompañados por dos soldados en dirección al comedor. Aquí el "loco Valenzuela" se encarga de realizar una prolija revisión de las maletas: "Y usted, ¿por qué tiene su maleta tan arreglada? ¿Acaso sabe algo?"

-No, mi teniente. El caso es que siempre tuve la maleta lista para salir...

Después de la revisión de los bultos en el comedor, salimos a formarnos al Patio de la Guardia.

Nos damos cuenta, con alegría, que ha dejado de llover después de quince días seguidos.

Varios le preguntan al suboficial por los libros y cuadernos que habían retirado. Va a preguntar. Regresa: "Los cuadernos ya están quemados. Dice mi capitán que uno o dos libros por preso se pueden recuperar, pero no más".

Se hace una cola para buscar los libros. El más preocupado de todos era Fernando, que tenia una serie de importantes obras de Física Teórica y Cibernética. Después de discutir con el capitán, logra que se las devuelvan.

Cuando estamos formados entra "el logístico".

-Todos los bultos, arriba del camión.

Después de cargar las maletas se ordena que los enfermos y ancianos suban también a la parte posterior del camión. Al doctor Girón se le había roto una úlcera. No permiten que Hernán y Puchito le ayuden a cargar sus bultos.

6 horas, cero cero.

El capitán Zamora y el tercer teniente se ponen al frente de nuestra columna.

Se nos ordena marchar en columnas de a tres, ocupando toda la calle.

-De frente... ¡March!

Empezamos a caminar los 25 kilómetros que nos separaban del aeródromo.

Todas las quebradas y arroyuelos estaban desbordados por la nieve y el agua de los días y noches anteriores. Como pudimos, ayudándonos unos a otros, los cruzamos. Nada nos importaba: después de quince días veíamos, de nuevo, nacer el Sol.

Silenciosamente, de repente, el capitán Zamora se quedó atrás. Seguimos, acompañados por el tercer teniente y la escuadra de soldados. Creíamos que había regresado al campamento.

A la vuelta de la loma encontramos la explicación: teníamos ante nuestros ojos el Río Grande desbordado, correntoso y ocupando un cauce de casi cien metros de ancho.

Para vadearlo, prisioneros y soldados debieron desnudarse hasta la cintura. Por fortuna se encontró un paso poco profundo. El agua estaba ya en el punto de congelación; el fondo, repleto de piedras resbaladizas. Crucé el río con Daniel. Ambos nos ayudamos mutuamente como pudimos.

Después de cruzar el Río Grande empezamos a secarnos y a vestirnos. En eso pasó de vuelta el camión logístico. Regresó con el capitán Zamora en la cabina del chofer. Se nos ordenó subir. Así llegamos a una hondonada que se encontraba cerca del aeródromo. Se nos ordenó descender al pie de la hondonada. En torno al borde superior de ella se colocaron soldados con metralletas. Esperamos más de una hora.

Empezaron a trasladarnos en un pequeño avión de la FACH, desde el aeródromo de Dawson hasta la Base Aérea de Punta Arenas.

Partió el primer grupo. El avión no regresa.

A los que se quedaron, encuclillados en el suelo, los observa el capitán Zamora:

-No se aflijan: el avión volverá luego. Fue a botar a los otros en la mitad del Estrecho. Después vendrá por ustedes.

Y dirigiéndose a los otros militares: "Dawson quedó desocupado de los U.P. Después lo ocuparán los D.C."

Pero después vinieron más aviones y terminaron de trasladar a todo el grupo a Punta Arenas. Aquí nos reunimos todos. Almorzamos en la Base Aérea. Nos robaron todas las piedras negras y cafés que habíamos grabado. Después de ordenarnos orinar a todos, nos embarcaron en un avión "Hércules".

Nos sentamos. Nos amarraron por las muñecas, dejándonos el pañuelo en la mano derecha.

-Prohibición absoluta de hablar... Prohibición absoluta de moverse... Prohibición absoluta de pedir permiso para obrar.

Así hicimos todo el viaje. Mirándonos mutuamente a los ojos con los compañeros que teníamos sentados al frente.

En la noche llegamos a una base aérea de Santiago. Aquí nos esperaba el coronel Jorge Espinoza:

-¿Cómo estuvo el viaje? (cámaras de televisión)... ¿Tienen alguna dolencia? (fotógrafos)... ¡Aquí mismo tenemos algunos doctores! (periodistas)... !Por favor! Usted, avance hacia allá (flashes)...

Nos subimos a un avión más pequeño, como para 10 personas. Nos sentamos. Entró un tipo de civil. "A mí me ordenaron hacer esto ¡Cierren los ojos!"

Nos puso un trozo de gasa en las órbitas y después nos colocó encima una tela emplástica. Nos amarró las manos con un cordel y, como si fuera poco, amarró un tobillo nuestro a la pata del sillón del avión, en que estábamos sentados.

Nos habían distribuido de a nueve entre las Fuerzas Armadas y Carabineros.

Algunos llegaron al AGA (Academia de Guerra Aérea) y el resto a la Base Aérea El Bosque.

Los que correspondían a Carabineros fueron llevados al recinto de detención de las Melosas.

El Ejército llevó su cuota de prisioneros al Regimiento

Buin y a la Escuela de Infantería de San Bernardo. Junto a otros dirigentes de la Unidad Popular, Corvalán fue conducido a este último lugar. Después de dos meses de estar separados en cuatro grupos nos juntamos todos, de nuevo, en el campo de concentración de Ritoque.

Los siete de Valparaíso, más Kirberg y Bitar, llegamos esa misma noche a Puchuncaví, al campo de concentración de Melinka, dependiente de la Marina, donde se hacía cantar a los demás prisioneros:

Aquí en Melinka
todo el mundo se divierte.
La comida es abundante
para los simpatizantes
que han venido a descansar.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube