Dawson


Testimonio de Luis Corvalán

En julio de 1974, la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos (OEA) envió a Chile una delegación oficial de juristas, para indagar sobre la situación de los prisioneros políticos, recluidos en las prisiones y campos de concentración. Su presidente, el jurista uruguayo Justino Jiménez de Arecharaga, reveló, en una conferencia de prensa, diversos aspectos de las investigaciones realizadas en Chile. Entre ellas, las declaraciones de Corvalán, que éste hizo en presencia de sus carceleros, en el campo de concentración de Ritoque. Un resumen de ellas se publicó en el diario Excélsior, de México, el 6 de agosto de 1974 (2).

"Yo soy Luis Corvalán: Conduciéndonos a Dawson, la isla situada frente a un brazo del canal de Magallanes, donde el frío llega a 15 grados bajo cero y el viento a una velocidad de 100 kilómetros por hora, haciendo del insulto y del castigo una norma de tratamiento, dándonos una alimentación insuficiente, los militares tentaban destruirnos física y moralmente, mediante un proceso de vejación progresiva.

"En Dawson se habían construido dos campos de concentración. En uno se encontraban amontonados los prisioneros políticos de la provincia de Magallanes, los cuales, siendo algunos centenares, sobrevivían en condiciones inhumanas. En el otro, al cual fuimos destinados nosotros, dirigentes de la Unidad Popular, estaban dos barracas con sólo literas. A cada uno de nosotros nos tocaba cerca de un metro cuadrado de espacio en que movernos.

"Nos debíamos levantar a las seis de la mañana y dar inicio a nuestra larga jornada de trabajos forzados. Cortábamos árboles de un bosque vecino y que servían como leña para la cocina, construíamos senderos o calles con guijarros, que debíamos sacar de las cercanías del campo. Plantábamos estacas con los palos sacados de la leña del bosque y limpiábamos los canales de algas o ratones. De estos mismos canales de aguas pútridas extraíamos el agua para lavar los platos y las ollas. Además debíamos hacerla hervir por dos horas para poder cocinar nuestra comida. Era la única agua dulce de que podíamos disponer en la isla.

"Algunos de nosotros se hirieron durante los trabajos forzados, y como no nos fueron dadas medicinas de ninguna especie, las heridas se infectaron. Tres de nuestros compañeros eran médicos: Edgardo Enríquez, Arturo Girón y Patricio Gijón. Hicieron lo mejor para curarnos. Nuestra alimentación cotidiana consistía en un pedazo de pan duro y una taza de té o de café en la mañana y un plato de agua hervida con cereales procedentes de lo dado de baja en la Marina. Algún tiempo después, se le concedió a nuestros familiares el permiso para enviar algún paquete con alimentos; pero, la mayor parte de las veces, los oficiales nos robaban estos alimentos, que tantos sacrificios habían costado a nuestros parientes. Todos perdimos de 15 a 20 kilos de peso.

"Habían pensado varios modos para humillarnos y ultrajarnos. Algunos cabos y sargentos nos obligaban a ocupar los excusados sólo en determinadas horas. La puerta debía quedar abierta y ellos nos apuntaban con sus metralletas. Cada vez que no nos apurábamos a obedecer una orden de marcha o de alineamiento nos castigaban haciéndonos hacer 50 o más flexiones en el barro, bajo la lluvia. Otros compañeros fueron colocados en celdas de aislamiento por muchos días. Otros, todavía más, como Aníbal Palma y Alejandro Jiliberto, fueron obligados a transportar sacos de arena por largos kilómetros.

"Cada noche las guardias nos despertaban y nos obligaban a alinearnos frente a nuestras literas por los más fútiles motivos; esto, después de una larga jornada de trabajos forzados que duraban desde las seis de la mañana a las seis de la tarde. Había un guardia, un verdadero psicopático, que se divertía apuntando su metralleta contra nosotros, en actitud de querernos disparar. Lo hacía para asustarnos, pero nuestro temor era que se pudiese producir una descarga de la ametralladora que causase la muerte de muchos de nosotros. En efecto, se le escaparon tiros, que felizmente dieron en el vacío.

"En los primeros días de mayo recibimos la orden de preparar nuestro exiguo bagaje: nos transferían a otra parte. La travesía de la isla para llegar a Bahía Lomas, donde seríamos embarcados de vuelta a Punta Arenas, la hicimos semi desnudos y descalzos, con nuestro equipaje sobre la cabeza para poder atravesar torrentes y ríos que nos separaban del aeródromo. Un compañero, el periodista Adolfo Silva, debió ser ayudado por los demás para poder efectuar este trayecto, porque sufre de una grave lesión a la columna vertebral. De todos modos nos embarcamos y llegamos a la base aérea de Punta Arenas. Una vez en aquel lugar, amarrados e impedidos de hablar con amenazas, abordamos un avión militar de la Aeronáutica chilena.

-Así terminó para nosotros el infierno de Dawson".


Nota:

2. El texto que reproducimos está tomado de Report on the Status of Human Rights in Chile, Washington, D. C., october, 1974.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube