Dawson


Diecinueve horas, cero cero

Llueve.

19 horas, cero cero: Comida.

Después de arriar la bandera en la ceremonia de las 18 horas cero cero, en el comedor nos espera de nuevo el "loco Valenzuela". Continúa jugando con la granada. Sin embargo, ahora no porta metralleta. Parece que quisiera intimidarnos. Uno de los nuestros pide permiso para hablar:

-Puedo hablarle, mi teniente...

-Afirmativa.

-¿No sería mejor que hiciera ese jueguecito afuera?

-¿No ve que está lloviendo? ¿Y si me mojo? ¡Ah! Vuelve a coger la granada, con un tirabuzón de su mano derecha, antes de que caiga al piso. Nos apuramos en terminar las lentejas y la sopa. Antes de despedirnos, el "loco Valenzuela" empieza a tirar la granada hacia el techo; casi lo toca, casi lo roza.

Cuando se cansa, ordena:

-Barraca I... ¡Firmes!... De frente... ¡March! En silencio nos paramos al lado de las bancas y alrededor del mesón. Después salimos, en silencio, a la lluvia. Nos paramos frente a la puerta. Le rendimos honores y trotando nos vamos a la barraca.

-Este tipo está cada vez más loco...

-Que le tengamos que rendir honores a este estúpido. Estábamos en esto, cuando entra el suboficial de la Marina y, hablándonos al oído, nos lleva junto a Leopoldo. Los tres salimos al patio de nuestra barraca, que estaba envuelto en la penumbra.

-¿No le parece que se pasó este estúpido?

-Dejemos eso ahora. Quiero que me acompañen, como testigos, de la ceremonia que tengo que realizar. Porque tienen que ser tres.

-Muy bien, mi suboficial...

Nos llevó a un costado y nos dijo: "Estos nos desgraciaron. Algo le va a pasar a la Esmeralda ¿Por qué, creen ustedes, que tuvieron que vender el Lebú. A todo barco en que se asesina o se tortura, le ocurre una desgracia. ¿Quién sería tan loco como para embarcarse en él? Es una ley de la mar".

-Así es; a nosotros nos torturaron. Usted, mi suboficial, vio cómo llegamos a Dawson.

-Ahora, silencio: yo te invoco, dios Eolo; yo te invoco, Neptuno, dios del mar; yo invoco a todos los muertos asesinados; yo invoco al espíritu de la Patria; yo invoco al espectro del Presidente Allende, a los vientos, a las nieves de la Antártida, a los calores de los desiertos del Norte, para que estos cuatro se pudran, como se pudrirá este recorte de diario con las (otos de los cuatro.

Después dijo algunas palabras más, pero en silencio; sacó de su bolsillo el recorte del diario; nos lo mostró; lo escupió. Con su bota hizo, en silencio, un pequeño agujero; allí metió el recorte; lo tapó con tierra y lo apisonó a patadas. Los tres nos retiramos en silencio. Así fue esta extraña ceremonia marinera.

El se retiró. Nosotros entramos a la barraca. El frío era intenso y la lluvia no disminuía.

Jugábamos al "solitario" con el viejo Silva, el doctor Girón y Vega. A este último "el solitario" le dice que saldrá libre muy luego: "No ven: ¿no les decía yo que estoy preso por un lamentable error?" En cambio, al doctor Girón, "el solitario" no le quiere salir. Todos ayudamos; hasta que le sale.

-Bueno, espero que no hayan hecho trampa...

-Bueno, ¿quieres salir de aquí o no?

El doctor Arturo Girón atiende, profesionalmente, a todos los presos políticos, a todos los familiares de la dotación de Puerto Harris. Le entregan una oficina, adjunta al Consultorio. Todas las mañanas, a las 10 horas, le trae una taza de café el "Malacueva", que estaba castigado porque lo habían pillado robando: había roto la norma de "flojo, pero vivo el ojo".

Cuando le dicen al doctor Girón que no salga a trabajar, para que no se fuera a echar a perder las manos, éste se niega. De igual modo, cuando llega una comitiva oficial, preliminar a la llegada del "Destacamento de castigo", un médico que venía en ella le propone irse a trabajar al Hospital Naval de Punta Arenas:

-Porque, ahora, colega, las cosas se pondrán malas en Dawson.

-Muchas gracias, colega. ¿No ve que los presos son mis pacientes? No los puedo abandonar.

-Como quiera.

Arturo estaba atendiendo en su oficina el día que supimos la muerte de José Tohá. Entra el viejo suboficial del ejército y hace despejar la sala. Los dos se quedan solos. Llorando, se arroja en los brazos del doctor Girón:

-Doctor, ¡cuántos crímenes hemos cometido! Yo no quería esto. Sólo quería orden en el país y seguridad para mi familia. Aun mis hijos son de izquierda. Pero, ahora: ¡matar hasta el señor Ministro de Defensa!

Arturo lo consuela y lo incita a mejorar el trato a los prisioneros. Igual actitud tiene con los enfermeros: su forma de ser los arrastra a un comportamiento humano hacia nosotros.

Estamos terminando de jugar al solitario. Se abre violentamente una batiente de la puerta de la barraca. Entra el "loco Valenzuela", seguido de dos soldados armados de metralleta.

-Atención... ¡Firmes! ¿Dónde está el delegado!

-A su orden, mi teniente.

-Debo retirar todos los cuadernos...

El "loco Valenzuela" hace sendos paquetes con los cuadernos y se los pasa a los dos soldados. Se va retirando hacia el portón, sin darnos la espalda, mira hacia todos lados, con todos los nervios en tensión: como quien espera que un tigre le salte encima. Se detiene en la puerta, saca una granada de mano de su bolsón y, sin decir agua va, se la tira a Hugo, que estaba parado en la puerta para despedirlo.

Con rápidos reflejos, la coge en el aire.

-¿A que no sabe, don Hugo, qué es lo que tiene en la mano?...

-No, no lo sé, mi teniente...

-Pues tiene una granada. ¡Ah! Hugo, mirándolo a los ojos, se la devuelvo en la mano. El loco Valenzuela la toma, y, dirigiéndose a los soldados:

-Vayan, ustedes, a la guardia, a entregar los cuadernos...

Y cuando están por partir: "Otra vez, si por descuido mió pierdo mi arma y los prisioneros me toman como rehén (con actitud heroica ahora): ¡Me dan de baja!".

Empieza a tirar la granada al aire.

-A su orden, mi teniente-, contestan pícaramente los soldados: a uno le brillan los ojos como diciéndose a si mismo: "¡Aquí te quiero ver, escopetado. Taconeando, se dan vuelta y, trotando bajo la lluvia, salen a cumplir su cometido.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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