Dawson


La isla era hermosa...

En todo el borde del litoral noreste existe una superficie casi plana, variando de cien a doscientos metros de ancho. entre el mar y los cerros.

Está formada por los restos, ya escasos, de los árboles quemados en aquel incendio telúrico, que, a comienzos del siglo, duró más de treinta años.

Dicen los isleños que sus padres les dijeron que el humo de día y las llamas de noche servían de faro a las caravanas de goletas, barcos a vela, vapores y balleneros que se aventuraban por las heladas aguas del Canal Whiteside. Este canal, viniendo desde el Sur, desemboca en el Estrecho de Magallanes y enfrenta, al este, las altas cumbres nevadas de la Cordillera Darwin, en Tierra de Fuego, y los bajos fondos de Bahía Inútil. Recibió este nombre porque no tenía las brazas necesarias para que los barcos atracaran en ella.

El mar es rico en especies. A las "toninas" les gusta que se las lisonjee. Cada vez que pasaba un cardumen frente a la costa y nosotros las aplaudíamos, ellas iniciaban su danza marinera.

Se elevaban por el aire por más de tres metros, se zambullían y volvían a reaparecer para ejecutar los pasos de aquella danza aprendida en las blancas profundidades. Parece que andaban en familia. Cuando una pequeña se acercaba demasiado a la playa, su madre iba donde ella, y, por medio de sus propios sistemas de señales, le advertía de alejarse del peligro; especialmente, le enseñaba el régimen de las sicigias, vale decir, las variaciones de las mareas al final del año. Cómo conocer vuestro lenguaje azulmarino y enviar un mensaje a la mujer amada?

El mar, siempre el mar.

De la mar salieron las semillas.

Se formó la provincia verde, tributaria de los valles costeños, y fue el calafate, la fucsia Magallánica y la margarita.

A la verdura menor la habían precedido los helechos enanos, las zarzas y el simple pasto gustoso. Aparecieron los turbales, o sea, capas de helechos petrificados, que semejaban tierra vegetal, pero que no fermentaban ni se transformaban en humus. En un millón de años más. en la isla habrá petróleo.

Adentrándose en la textura telúrica se levantan colinas y montañas. En sus cimas plantó sus raíces el coigüe y el canelo. También se aclimataron algunas araucarias. Y surgieron los digüeñes. Así se formó el bosque Murillo.

Con mucha anticipación, las lluvias y las nevadas habían formado el Río Chico y también Río Grande y los arroyos.

Todo estaba listo para que los roedores hicieran su aparición en los setos de las planicies y en los solos de los bosques. El ayuntarse dio sus frutos: surgieron otras especies de animales mayores, calchonudos.

La polinización atrajo a las moscas, abejas y a los pájaros carpinteros. También llegó de la noche una luciérnaga. También llegó un búho. Como era un dormilón no le avisó a sus congéneres: se quedó viudo. Fue el búho viudo.

Mas, de todas maneras, con la primavera llegó el mundo alado en compacta formación. Se quisieron quedar muchas semanas: el viaje había sido largo. Muchos murieron porque la primavera y el verano fueron muy cortos. A pesar de todo, en años sucesivos, las especies del viento aprendieron la lección del clima: así como rápidamente llegaban, así también rápidamente se iban, no sin antes cumplir su función polinizadora y su misión de precursoras del equilibrio ecológico: en esos días palidecían los ratones. Pero no todos los pájaros se iban. Sobrevivieron las ratas almizcleras.

Las bandurrias y los caiquenes le hicieron compañía al búho viudo y éste les enseñó a vivir en fríos de hasta 15 grados bajo cero e incluso a soportar vientos huracanados de 120 nudos.

Los caiquenes siempre andan en parejas: cuando tienen crías vuelan juntos con los hijos. Cuando muere "la caiquena", el macho no se separa de su lado. Son la especie alada típica de Dawson.

Hace mucho tiempo llegaron los Onas; en realidad, andaban por ahí. Son pueblos de pescadores, cazadores y marinos. Y como la isla era hermosa, se quedaron.

Inventaron el fuego y con él derretían la grasa de las focas que cazaban y con ella se untaban todo el cuerpo. Así se protegían del frío y no necesitaban usar vestidos. Nunca tuvieron romadizo, tos o resfrío. Crearon su propia mitología: para ellos, el infierno era frío, y el cielo, caliente. También cantaban.

Eran muy trabajadores y pudieron crear toda una civilización. Aún no se han encontrado las piedras con los grabados rupestres que dibujaron. Desde luego que entonces la isla no se llamaba Dawson.

Ocurrió que llegaron gentes de otros continentes y los obligaron a hacer lo que ellos hacían por gusto y por necesidad biológica: el trabajo. Querían que anduvieran con ropa cuando venían a la antigua hacienda. Cuando llegaron los Salesianos, conducidos por Monseñor Fagnano, ya era tarde.

Como estaban acostumbrados a dormir desnudos al lado del fuego, se enfermaban cuando los obligaron a dormir en camas con frazadas. Además, a los recién llegados no les gustaba el olor de sus cuerpos, a ellos tampoco el de aquéllos. El desastre ocurrió en los años en que los obligaron a andar vestidos, para lo cual tenían que lavarse, jabonarse y refregarse. De este modo se desprendió del cuerpo la capa protectora de grasa. Simultáneamente, los advenedizos traían los microbios de la tuberculosis, el virus del resfrío y chancros sifilíticos, males todos estos que ellos no padecían ni conocían. Y cuando los conocieron, se murieron.

Sin embargo, antes de desaparecer, construyeron, bajo la dirección de los Salesianos, caminos de maderas, que todavía sirven; terminaron un viejo muelle y unos viejos y altos galpones y una descomunal chimenea que llegaba al cielo. Todas estas instalaciones deben haber constituido el antiguo aserradero de madera. Todavía la planicie de la isla está llena de esqueletos de viejas máquinas botadas: parece que hasta hubo un tren, entre los bosques y el puerto de salida, que en ese tiempo no se llamaba Puerto Harris. Incluso hicieron la Iglesia negra y la colocaron a 500 metros de donde, en medio siglo más, iba a estar Puerto Harris. Así como tuvieron su revolución industrial tuvieron su época de los descubrimientos. Recibió a isla visitas importantes de científicos, descubridores y viajeros que andaban ampliando el mundo y dejaron, para la posteridad, otorgados sus nombres a distintos accidentes geográficos. Mas todo esto último, los Onas no lo supieron nunca.

Cuando se extinguieron los Onas, al poco tiempo le tocó el turno a los advenedizos. Como no estaban acostumbrados a trabajar en esas condiciones climáticas, se enfermaron o murieron, o se fueron más al norte. Aún la Orden de los Salesianos debió abandonar Dawson: ya no había a quién catequizar.

En cambio, lo Onas emigraron más al sur. Encontré a algunas decenas de ellos haciendo trabajos artesanales de madera o de hueso de focas en puerto Williams, última recalada antes de la Antártida.

La leyenda de los Onas tiene un corolario: yo no sé cuál es. Sólo sé que existe. En todo caso, en Dawson no hay cisnes de cuello negro, tampoco las tórtolas se cazan con redes, ni siquiera los nenúfares se miran en sus estanques.

La isla era hermosa, con todo.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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