Dawson


Testimonio de Luis Alberto Corvalán

Quien testifica es uno de los miles de jóvenes chilenos que sufrió en carne propia la tortura y la cárcel. Centraré mi testimonio en lo que son los métodos de tortura del fascismo y en lo que es el papel de rehén de la mayor parte de los prisioneros hoy en Chile.

Fui detenido el 14 de septiembre e ingresado al Estadio Nacional. Debo decir que previo a los interrogatorios todos los prisioneros son sometidos a un plan de deterioro físico, moral y síquico, que consiste, en primer lugar, en las golpizas en los momentos de la detención, que se van repitiendo a lo largo de todo el tiempo que se permanece en los campos de concentración.

Los primeros días, sin comida, la alimentación de subsistencia, el frío, el hacinamiento, la falta de atención médica, las heridas que nunca fueron curadas, todo eso forma parte del plan de preparación para que los prisioneros luego sean llevados a los centros de interrogación, a los centros de tortura.

En el Estadio Nacional habíamos miles de jóvenes; de jóvenes de todos los partidos y organizaciones de la Unidad Popular, pero también jóvenes sin partido, también jóvenes demócrata-cristianos.

En el Estadio Nacional pasamos miles de patriotas. Según el propio general Leigh declaraba a la prensa el 27 de septiembre, más de siete mil chilenos estaban prisioneros en el Campo de Concentración del Estadio Nacional. Más tarde, el 8 de octubre, el coronel Ewin declaró a la prensa que más de siete mil chilenos estaban allí recluidos. Pero esas cifras muestran pálidamente la cantidad de jóvenes, la cantidad de hombres, la cantidad de mujeres que por allí pasaban.

El 12 de octubre fui conducido al velódromo, al centro de interrogación y tortura instalado en el Estadio Nacional. Tapados con frazadas, nos golpearon por el camino. Personal de los regimientos de Punta Arenas cuidaban en esa época ese recinto.

Mientras torturaban a otros compañeros, a otras mujeres, mientras nosotros escuchábamos el dolor salido del corazón, debíamos mantener posiciones de suplicio. Era la última etapa del plan de preparación: nos mantenían horas de pie, afirmados con la cabeza en los muros, con las manos en la espalda y los pies separados más de un metro de distancia del muro. De esa forma se consumían las últimas energías. Allí tapados, sin ver nada, se desplazaban entre nosotros los soldados, nos golpeaban a traición, inesperadamente. De esa forma nos obligaban a mantener horas y horas de tensión. Se consumían nuestras últimas energías, nuestras energías vitales. Con ello obtenían un prisionero débil, un prisionero físicamente destruido, un prisionero atemorizado.

Debo decir que en aquellos momentos los oficiales que estaban a cargo nuestro nos decían: "Este tratamiento no es nada, no es nada comparado con lo que nosotros aprendimos en Panamá".

Al mediodía fui pasado a la sala de interrogación, a la sala de interrogación de los tratamientos intensivos, denominada "Caracol Sur-Chago 2". Al entrar -me llevaban corriendo con una frazada sobre la cabeza- me recibieron con una patada en el plexo-solar; allí me doblé, caí al suelo, no podía sacar la respiración. Luego me levantan ellos mismos y me obligan a correr en círculos por la habitación, con la cabeza agachada para estrellarme una y mil veces contra la muralla. Entre varios se lanzan sobre mí; golpean desde todas las direcciones. Al tiempo que golpean, amenazan, nos insultan. Nos obligaban a mantener en alto los brazos mientras nos golpeaban el estómago. Con ello medían nuestra resistencia física. Nos desvestían. La sensación de los golpes y la sensación del vejamen cuando uno está desnudo, y cuando no ve y sólo escucha y siente, es mayor.

Hasta este momento todavía no había preguntas.

Antes de las preguntas debo conocer lo que es la corriente eléctrica, al tiempo que siguen golpeándome con almohadillas mojadas, con garrotes de goma, con elementos punzantes. Al tiempo que golpean aplican la electricidad. Recién allí comienzan las preguntas. Mientras conectan los electrodos en los genitales, en los pies, en las manos, en los oídos, en la boca, en los ojos, en las sienes, en el ano, simultáneamente siguen castigando el estómago, siguen castigando la cabeza. Me desmayo varias veces. Me tiran agua y me reactivan, sobre la base de seguir golpeando, de seguir aplicando la corriente. Tengo dos veces conciencia que me quitan la venda eléctrica y entonces distingo difusamente uniformes de la aviación, uniformes de carabineros, uniformes del ejército, pero también personal civil. Eran más de doce los torturadores contra un joven. Eran en grupo las masacres, las sesiones de torturas.

Siento que estoy al limite de la resistencia, estoy tendido desnudo en el suelo, tengo simultáneamente electrodos conectados en los pies, en los genitales, en la cabeza, en las sienes, en los oídos, en la boca. Ya estoy sangrando; sangro de la cabeza y del rostro. Tengo heridas y contusiones en todo el cuerpo. Siento somnolencia. Ya prácticamente los golpes e incluso la corriente eléctrica no se sienten, no reacciono a ninguno de los dos estímulos.

Las preguntas que a mí me hacían eran fundamentalmente en relación a mi padre: Cuál era su paradero?, dónde estaba? Fui interrogado el 12 de octubre. Mi padre había sido detenido el 27 de septiembre.

Me ordenan que firme una declaración. Yo intuía que si firmaba seria mi condena. No firmé la declaración. Pero debo decir que no la firmé porque no fui capaz. Los golpes, la corriente habían significado ya un estado de inconsciencia permanente.

Desperté tendido en un pasillo del velódromo. Era de noche. Tenia convulsiones epilépticas, no podía moverme, sangraba profusamente. Era de noche, habían pasado siete horas de interrogatorio.

El oficial había formado a todos los detenidos que fuimos torturados esa tarde. Como yo no podía moverme, ordena a tres jóvenes que me trasladen. Soy transportado en una silla de manos por otros compañeros.

Cuando llegamos al Estadio nos recibe, en lugar del oficial del Servicio de Inteligencia Militar, un suboficial que estaba a cargo de la distribución de la comida. El no formaba parte directamente del aparato de represión; era un hombre sin duda de origen humilde, de origen modesto. Revisa mi ficha; en ella se decía que debía volver al día siguiente al velódromo. El se impresiona por mi estado. Distribuye a todos los prisioneros, me deja para el último. Destruye los papeles que indicaban mi vuelta al velódromo al día siguiente y me lleva nuevamente al camarín de donde había salido. Con eso me salva la vida. Allí me escondieron mis compañeros por varios días, me atendieron y me curaron. Allí se conoce la solidaridad, la unidad.

Yo me preguntaba por qué tanto golpe, por qué tanta brutalidad. Sólo meses después tuve respuesta a esta interrogante; el abogado pudo ver el expediente que tenía la Oficina de Detenidos, la Oficina Nacional de Detenidos, el expediente mío. En él aparecía una declaración en la cual yo confesaba la existencia del "Plan Zeta"; confesaba haber tenido entrenamiento militar en Cuba; confesaba la existencia de arsenales del Partido Comunista, de la Unidad Popular; confesaba la existencia de grupos armados. La declaración, por cierto, la habían hecho ellos, esa declaración era la que ellos querían que yo firmara; necesitaban esa declaración, no para justificar lo que hicieran conmigo, sino para afirmar su farsa sobre el "Plan Zeta", para justificar el asesinato de nuestros dirigentes.

Señores de la Comisión. Yo permanecí en prisión durante once meses. Mi papel fue siempre el de rehén, fui torturado para que hablara mi padre, y fui encarcelado para arrancarle a mi madre una confesión, una declaración en contra de la Unidad Popular, en contra de mi padre, en favor de la Junta.

También mi esposa fue detenida. Ella cumplió el papel de rehén. La arrestaron el 19 de septiembre; estuvo encarcelada hasta el 31 de diciembre. Al igual que todas las mujeres encarceladas, sufrió la brutalidad del hambre, del frío, del trato duro y cruel que dan los militares a las mujeres de Chile. Con ella estuvieron mujeres embarazadas, estuvieron niñas, estuvieron ancianas. En una ocasión, desde el Estadio fue llevada al Ministerio de Defensa; allí la interrogaron acerca de su padre. Su padre es Pedro Vuskovic, Ministro de Economía del Presidente Allende. Le preguntaron por él. Ella contestó que estaba asilado. Entonces llamaron a la Embajada, le pasaron el fono y le ordenaron que le dijera a su padre que se entregara por ella. No era una libertad por otra, era una libertad por una vida. Afortunadamente la Embajada mexicana no permitía las llamadas desde afuera y no pudieron concretar la maquinación. A mi esposa no le formularon cargos; tampoco le hicieron proceso. Fue liberada gracias a la solidaridad internacional. Tuvo que salir del país asilada por la Embajada de México. Allí sólo se encontró con nuestro hijo, después de seis meses; y yo quiero decir que el crimen más grande se comete contra los niños.

El caso nuestro, de esta familia joven, es el de miles de jóvenes chilenos. Yo no fui el más torturado, en ningún caso. Recuerdo a Ociel Núñez, a Alfonso Guerra, a Marino Thompson, a los hermanos Ruilaba, a César Cupello, a muchos dirigentes estudiantiles, a los cuales los mataron en vida, les rompieron sus cuerpos. Muchos aún están en prisión.

Yo quiero terminar mi testimonio haciendo algunas afirmaciones que creo necesarias.

Testimonio haber visto en el Estadio Nacional y en Chacabuco a los políticos brasileños y a los asesores norteamericanos. Yo testimonio haberlos visto en las graderías del Estadio, en las celdas del Estadio, en el velódromo.

Testimonio que aun cuando los organismos internacionales visitan los campos de concentración, hay lugares de los propios campos que no son visitados, que no les permiten ver.

Testimonio que la Cruz Roja Internacional nunca tuvo acceso al velódromo, testimonio que nunca tuvo acceso al sector sur-poniente, bajo la marquesina, en el Estadio Nacional, donde nos tenían recluidos a los supuestamente más peligrosos.

Aquí se ha dicho también de la necesidad de sindicar a los culpables.

Yo recuerdo algunos nombres y quiero señalarlos como responsables de este crimen, como los autores directos. Recuerdo el nombre del coronel Jorge Espinoza, del coronel Moya, oficial del Estado Mayor; del mayor Von Krichman, del mayor Farías, del mayor Ravest San Martín, de los capitanes Minoletti y Santander, de los tenientes Sergio Canales y Alejandro Ananías, que eran autores de esta gran máquina del crimen, de la muerte y de la tortura.

Pero quiero terminar mi testimonio diciendo que pese al crimen, que pese a la represión, que pese a los golpes, pese a la tortura, la juventud está luchando junto al pueblo, junto a los trabajadores, está unida resistiendo al fascismo, está combatiendo, combate desde las propias prisiones.

Quiero decir que la juventud chilena, que los jóvenes que hemos pasado por la prisión, tenemos confianza en la fuerza de la solidaridad internacional, en la fuerza del pueblo. Tenemos una confianza invencible, una confianza infinita, en la victoria de Chile.

(Denuncia y Testimonio, págs. 280-283)

* * *

En Dawson, Luis Corvalán mostraba orgulloso una carta que le había enviado su hijo desde el campo de Chacabuco. Ella rebosaba esperanza y alegría de vivir, aparte de un extremado sentido de la responsabilidad política.

Tiempo después, el hijo fue condenado a la expulsión del país, y antes de abandonarlo fue a Ritoque a despedirse de su padre.

Su exilio lo llevó hasta Bulgaria. Allí, en la Universidad de Sofía, inició estudios superiores de lo que era su profesión: la agronomía. Con su esposa y su hijito de meses parecía haber ingresado a un periodo de merecida recuperación. Pero esta situación no duró mucho. Los maltratos y torturas habían dejado una huella profunda. Su corazón se detuvo un día de mayo de 1976. Tenia sólo veintisiete años. Luis Alberto Corvalán, como ocurre con la gente de su temple, no murió del todo, porque su ejemplo sigue vivo con nosotros.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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