Dawson


Testimonio de Adolfo Silva González

A las 18,30 horas fuimos trasladados a la Escuela Militar y encerrados en habitaciones con guardia a la vista. Continuaban llegando más detenidos de diferentes partes de Santiago a la Escuela; éstos eran Ministros, jefes de partidos de la UP, Subsecretarios, Senadores, etc.

El sábado 15 de septiembre fuimos trasladados a la Base Aérea El Bosque. En la Base El Bosque fuimos nuevamente registrados, y nos robaron los relojes y encendedores. A los que reclamaban se les golpeaba brutalmente. Después nos embarcaron en un avión y nos llevaron a Punta Arenas. Un oficial del avión era brasileño. Llegamos a Punta Arenas como a las 20 horas. Se nos amarraron las manos y se nos puso una capucha en la cabeza, fuertemente apretada en el lugar de los ojos, todo esto entre golpes e insultos. Al final nos metieron de seis a ocho en tanquetas de carabineros con un guardia adentro y con la amenaza permanente de que al menor movimiento sospechoso dispararían a matar. Nosotros estábamos demasiado agotados. Ya iban a ser dos días que no comíamos ni tomábamos agua, pero conservábamos una calma y dignidad que exasperaba a los oficiales. En ese recorrido fue donde se le escapó un tiro al soldado que estaba de guardia en el interior de la tanqueta. La bala, después de haber rebotado no sé cuántas veces en el interior de la tanqueta, fue a herir en un brazo al compañero Daniel Vergara. Al desembarcarnos de la tanqueta, ya en el interior del Puerto Militar, le hicieron una pequeña curación al compañero Vergara. Para llegar a la barcaza que nos trasladaría a la isla de Dawson nos hicieron pasar por más de ocho barcos subiendo y bajando escaleras en un estúpido alarde de crueldad, mientras nos fotografiaban de todos los ángulos. En la barcaza navegamos toda la noche y llegamos a la isla más o menos a las 5,30 de la madrugada. Había nevado, era de noche. Bajamos en plena oscuridad, iluminando nuestro desembarco los potentes reflectores de los camiones del Ejército y en medio de los gritos, voces de mando y amenazas de disparar al menor intento de fuga. Fuga para dónde, en un terreno inhóspito, muertos de hambre, de cansancio y de frío. Todos llevábamos ropa liviana, delgada, y en ese momento la temperatura sería de unos cuatro o cinco grados bajo cero. Del lugar de desembarco hasta la base y primer campo de concentración había una distancia de más o menos cuatro kilómetros, que los hicimos caminando sobre la nieve, el barro y bajo temporales y chubascos de lluvia. Este era otro estúpido y cruel desgaste físico a que nos sometían de acuerdo a un plan premeditado y frío de destrucción física y psíquica del individuo. El lugar de desembarco para llegar al campo de concentración estaba a una cuadra de distancia, como supimos posteriormente.

Ya en el interior del Campo fuimos llevados a presencia del comandante, quien nos dijo que éramos prisioneros de guerra (?) y cualesquiera insubordinación, intento de fuga, no cumplimiento de una orden que nos diera "un soldado del glorioso Ejército de Chile" sería castigado con el fusilamiento inmediato.

Después fuimos llevados a la barraca construida de madera y planchas de zinc. Había una pequeña estufa de cuarenta centímetros de alto por treinta de ancho. La barraca tenia una capacidad para ocho personas; en ese lugar fuimos amontonados y obligados a vivir treinta y seis personas en la promiscuidad más humillante y en las peores condiciones físicas que puede soportar un hombre.

Todos los días nos levantábamos a las 6,30 de la mañana. El desayuno: un pocillo de café con un pan. El almuerzo: el mismo pocillo con lentejas y un pan. La comida, a las 19,30: otro pocillo de lentejas con otro pan. Así estuvimos viviendo ocho meses. El agua con que hacíamos nuestro aseo, lavábamos la ropa, la loza y bebíamos era de un riachuelo que en la parte anterior a nuestra barraca servía de letrina a los soldados. Era común ver pasar los excrementos mientras hacíamos nuestro aseo o lavábamos la vajilla. Todo esto era hecho ex profeso para humillarnos y también con la criminal intención de provocar enfermedades entre los detenidos.

Constantemente éramos registrados para ver si teníamos armas (?). En estos registros éramos vapuleados brutalmente, vejados e insultados. En muchas oportunidades éramos castigados sin motivo alguno y especialmente por cabos y sargentos jóvenes que con eso manifestaban su celo profesional ante los oficiales para que los tuvieran en cuenta para el ascenso. Los castigos comunes eran veinte o treinta flexiones con las manos apoyadas en el suelo; dos o tres horas parado en puntillas y las puntas de los dedos de las manos apoyadas en la pared; hacernos trotar una milla con un saco de arena; pasar una noche en el calabozo durmiendo en el suelo y con una frazada de abrigo.

Todo esto, con la amenaza constante de la soldadesca de dejarnos como harnero a balazos.

Los trabajos forzados a que éramos sometidos eran arreglo de caminos, tala de bosques, tendido de una línea telefónica, haciendo los hoyos en el rocoso suelo de la isla y transportando al hombro los pesadísimos postes. Todos estos trabajos se efectuaban bajo la lluvia o la nieve. También, y para satisfacción y alivio de las señoras de los oficiales y suboficiales, destinaban todas las semanas un equipo de ocho detenidos para ir a limpiar los depósitos de letrinas y basuras de la base. Todos los compañeros que nos tocaba hacer este humillante trabajo no podíamos comer nada ese día porque vomitábamos todo.

En general todos los detenidos de la isla perdimos arriba de veinte kilos de peso cada uno. En mi caso yo perdí veinticuatro kilos en ocho meses.

En la isla había un campamento con cinco barracas en las que estaban los detenidos de Punta Arenas y de la Tercera Zona Naval, que creo abarca hasta Puerto Montt. Ellos eran más o menos ciento treinta. Una de estas barracas era la de los condenados. Estos compañeros habían sido condenados por los Tribunales Militares. En la isla, el total de ellos ascendía a cincuenta y dos. Los demás presos estaban sujetos a sumario o prisión preventiva, de acuerdo a las leyes implantadas por la dictadura. El total de prisioneros en la isla ascendíamos más o menos a ciento sesenta hombres, incluyéndonos a nosotros, que éramos treinta y seis.

Sería conveniente solicitar en los organismos internacionales que se verifique visualmente si la isla fue totalmente evacuada. Nuestro grupo fue el primero en salir de ella, el 8 de mayo de 1974. Los demás detenidos quedaron en la isla.

Todas las semanas la barcaza se llevaba a seis u ocho detenidos a Punta Arenas para someterlos a interrogatorio. Estos se llevaban a efecto, al menos en lo que a mi me concierne, en el Regimiento Pudeto, en unos sótanos habilitados especialmente. Algunos prisioneros quedaban en libertad, muy pocos. En los ocho meses que estuve en la isla, su número no pasó de diez. La mayoría volvía en pésimas condiciones físicas, totalmente destrozados física y anímicamente: costillas rotas, heridas en diferentes partes del cuerpo, dientes y muelas rotas o sacadas fríamente. De otros no supimos nunca más. El número de desaparecidos es superior a veinte.

El modo de operar en los interrogatorios era el siguiente: se encerraba a los detenidos en un calabozo inmundo, sin servicios higiénicos, con lo que nuestras necesidades fisiológicas teníamos que hacerlas en el mismo calabozo. Muchos compañeros padecían de diarreas crónicas provocadas por la mala alimentación y las pésimas condiciones sanitarias de ese calabozo. Eramos sacados de uno por uno. A mí me desnudaron completamente, me amarraron fuertemente las manos y los pies y me vendaron los ojos. Todo esto lo hacia un cabo o sargento acompañado por dos o tres soldados, entre bromas soeces, insultos y los primeros golpes. En el ejército existen muchos individuos que componen estos grupos de interrogatorios que sufren desviaciones sexuales o son homosexuales, porque no se explica de otra manera el placer de tirarle de los testículos y el miembro a los prisioneros, gozando estos degenerados con las exclamaciones de dolor de los atormentados. Una vez efectuados estos preámbulos, entraban al lugar dos o tres individuos que se identificaban diciendo que eran Fiscales de la Marina, Aviación, Ejército o Carabineros y que el prisionero debía decir la verdad y confesar todo lo que supiera, si no ellos se la sacarían de otra manera.

En mi caso ellos querían saber qué estaba haciendo en La Moneda el día 11 y qué cargo secreto tenía en la Presidencia y mi relación con el supuesto plan Z. Cuando yo les expliqué que era un profesional y que como tal me desempeñaba en el cargo de jefe del Departamento de Cine y T. V. de la Presidencia, principiaron los golpes, culatazos, puntapiés, amenazas de fusilamiento, etc. Yo sufrí cuatro interrogatorios de esta especie. En uno de ellos me aplicaron corriente en los órganos genitales, en el ano y en la columna vertebral. En otro interrogatorio me dieron un culatazo feroz en la cara, botándome dos muelas y rompiéndome premolares y mandíbulas. Con ese sistema es sencillo hacer firmar cualquier confesión a un detenido. En mi caso, como yo no había hecho nada de las cosas que me imputaban, me mantuve en la negativa. Una vez perdí el conocimiento. De todas maneras, el procedimiento que usan es tan cruel, inhumano y salvaje que es casi imposible resistirlo, porque si pasan al cuarto grado, como ellos dicen, y que consiste en golpear y atormentar al prisionero hasta que pierde el sentido, en seguida lo reaniman, le preguntan y vuelven a atormentarlo para que confiese. Es así como han muerto a manos de estos salvajes muchos compañeros nuestros; otros han confesado cosas que no existen o que no han hecho.

Para vergüenza de Chile, de la Humanidad, es así como aplica la justicia el ejército chileno.

En la isla, fuera de las privaciones, torturas y vejaciones, existía el robo sistemático de los objetos de valor que pudieran tener los detenidos: relojes, encendedores, libros que nos llegaban, todo era robado por estos hombres hampones. Pero donde llega al colmo la impudicia y sinvergüenzura de estos individuos fue en el despojo total de las encomiendas que nos enviaban nuestros familiares desde Santiago: fue tanto el robo y el despojo que los mismos militares se pelearon entre ellos por el reparto del botín y delataron a una verdadera mafia que operaba en Punta Arenas a cargo de un mayor y un capitán del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), y cuyo objetivo oficial era revisar las encomiendas para que no nos enviaran armas (?) o literatura subversiva. Esta mafia montó en Punta Arenas un almacén, usando a otro individuo de su misma calaña como dueño, y en ese lugar vendían todas las cosas que nos enviaban nuestros familiares. Para que se formen una idea del monto robado voy a exponerles solamente mi caso. Mi compañera y familiares me enviaban una encomienda semanal. El total de encomiendas fue de treinta y dos y yo recibí cuatro solamente durante mi cautiverio en la isla. Fuera de eso me robaron una maleta grande llena de ropa gruesa enviada especialmente para paliar en parte el extremo rigor de la temperatura de la isla, que siempre era de cero grados.

Mi caso se repite a lo largo del país en un clima de barbarie incalificable.

(Denuncia y Testimonio, págs. 112-115.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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