Dawson


Catorce horas, cero cero

Llueve. 14 horas, cero cero: Reanudación del Trabajo.

Estamos formados en el Patio Central. El Entrepuente procede a entregarnos las herramientas: palas, chuzos, carretillas y sacos para la arena y el ripio.

Notamos que se han redoblado las guardias que vigilan las escuadras de trabajo.

El "loco Valenzuela", rodeado de varios cabos, se apresta a dar las instrucciones:

-Atención. ¡Firmes!... Desde este momento no saldrán más a trabajar fuera del Campamento ¡Ah!... El Patio Central será su lugar de trabajo... Otra voz: solamente podrán salir a buscar la arena... Hoy deberán trabajar hasta que el Patio Central quede seco... Esto está lleno de barro y de pozas... A las 16 horas, cero cero, mi capitán Zamora pasará revista. ¡Ah! A lo indicado, ¡proceder!

Matus, Enrique, Pedro Felipe y Lucho Matte trazan un pequeño plan de drenaje: a) El Patio Central se divide en secciones que se entregan a sub-grupos; b) al fondo, cerca del calabozo de castigo, se designa el lugar donde se hará la excavación central en que desembocarán los canales de drenaje; c) se trazan las lineas por donde irán los pequeños canales que desembocarán en el hoyo central.

Una escuadra de trabajo comienza a cavar el hoyo de drenaje: debe tener una profundidad como de dos metros. Otra empieza a buscar piedras grandes con las cuales se debe rellenar, para que así éste se ponga poroso, por los intersticios que quedarán entre las piedras que se enterrarán. Otra comienza a hacer las terminaciones de los canales de desagüe, dándoles una pequeña inclinación hacia la boca del hoyo.

-Paso vivo... Paso vivo. A pesar de la lluvia, traspiramos a mares. La escuadra de trabajo es la encargada de ir a buscar las carretadas de arena. Deben irlas arrojando en los lugares en que hay pozas y pequeños declives del terreno del Patio Central. El "loco Valenzuela" les apunta con la metralleta:

-Paso vivo, paso vivo... Este Patio está inmundo.

-Pero, mi teniente, ¡si está lloviendo!

-No tengo nada que ver... Mi capitán Zamora ha dado orden de secar el patio. ¡Y lo van a secar! ¡Ah! Mi cabo, vigile más de cerca al prisionero Corvalán.

-A su orden, mi teniente... Al trote... ¡March! Los soldados de guardia pasan a cada rato entre las

distintas escuadras de trabajo. Palma, Concha y Vega están trayendo las piedras grandes para rellenar la excavación central.

-No vamos a terminar nunca...

-Sigamos no más; ya terminaremos con esto... El soldado que los vigila, de inmediato da cuenta de esta conversación al cabo de su pelotón.

Están echando las piedras al montón que se ha formado dentro del hoyo de drenaje, cuando llegan dos cabos con cuatro soldados.

-Prisionero Concha... ¡Manos a la nuca!... Andando hacia la celda de castigo.

-Prisioneros Palma y Vega... ¡Manos a la nuca! Mi capitán Zamora quiere hablar con ustedes.

A Concha lo hacen ponerse afirmado en la muralla con la punta de los dedos de las manos. Los dos soldados le tienen apuntadas las metralletas. El cabo, sin dejarle de apuntar con su metralleta en una mano, con la otra le efectúa un rápido, pero prolijo allanamiento personal.

-Así es que querían terminar con nosotros... :

-Yo no sé de qué está hablando...

-No se haga el leso: usted, con Palma y Vega, querían terminar con nosotros.

-Pero, mi cabo...

-Mire, mejor confiese: el soldado que los acompañaba los escuchó.

La misma escena se está repitiendo en la guardia, frente al capitán Zamora:

-El soldado que los acompañaba los escuchó. Y un soldado de Chile no miente.

-Pero, mi capitán, un soldado de Chile se puede equivocar al escuchar. Además, vea usted, está lloviendo, existe el ruido de los trabajos y también, como usted lo puede ver, el soldado está excitado, nervioso. Véalo usted. Dígale que repita lo que, según él, habríamos , dicho...

-A ver. ¡Dilo!

-No me acuerdo bien, mi capitán (limando entero)...

-¿No ve, mi capitán?

-Llamen al cabo que tiene al prisionero Concha.

Este llega y relata al capitán Zamora las mismas palabras de las dos frases de la conversación.

-¿No ve, mi capitán, que se trata de un malentendido?...

-Está bien... Suspendo el Consejo de Guerra sumario... Quedan libres: a trabajar... Y tú, ¡lávate bien las orejas!

Cuando van saliendo los tres, ya bajo la lluvia, uno le dice, en el oído, al soldado que había informado:

-Tú eres joven... Aprende, cabrito, un hombre no debe ser soplón.

A pesar de la lluvia que baña su rostro, la cara del soldado se pone granate y sigue caminando en silencio. Llegan al Patio Central. Trotando, reanudan su trabajo.

Son las 16 horas. Se ha repletado el hoyo central y las piedras se empiezan a cubrir con ripio. Se están terminando los canalitos de drenaje, con distintos grados de declinación para que no se formen pozas. El grupo de los acarreadores de arena ha efectuado más de veinte viajes, al trote.

-Don Lucho, descanse un poco...

-Deje no más, compañero...

-¿Qué están conversando ahí?

Y bajando la voz, en un susurro:

-No se preocupe, don Lucho, nosotros lo cuidamos. Recuerda Jaime Tohá, ex Ministro de Agricultura del Gobierno Popular: "Con él se ensañaron algunos oficiales fascistas. No todos. Nunca los soldados. Muy pocos suboficiales. En los peores momentos nunca faltaba la voz de algún soldado que, arriesgando su vida, le decía:

"No se preocupe, don Lucho. Nosotros lo vamos a cuidar. Yo soy de Concepción. De las minas de carbón. En mi casa todos somos de la Unidad Popular"".

A algunos, la fina llovizna les ha traspasado abrigos y ponchos.

-Mi soldado, ¿puedo ir a cambiarme el poncho?

-Vaya, pero vuelva en cinco minutos. Mi capitán ha de estar por venir a revisar...

Era hermoso ver correr el agua de la lluvia por los canales de drenaje, que funcionan a la perfección. A pesar que no ha dejado de lloviznar, no se ve ninguna poza en todo el Patio Central.

El capitán Zamora inicia su revista del trabajo:

-¿Cómo, y aún no está seco el Patio?

No termina de decir "seco el Patio" cuando encima de todos, prisioneros y carceleros, cae una manga de lluvia tal, que parecía que las nubes se habían puesto de acuerdo con nosotros. El capitán Zamora queda todo empapado en no más de treinta segundos. Inicia una retirada estratégica, acompañado del "loco Valenzuela" y de un cabo. A los cinco minutos regresa este último: "Dice mi capitán que por hoy está bueno. Que mañana seguirán el trabajo".

Partimos corriendo a la barraca.

Corvalán está extenuado por el esfuerzo. Incluso tiene como hinchada la cara, completamente roja.

-Acuéstese, don Lucho... Mire cómo está...

-No hay que aflojar, compañero. No debemos darle ese gusto a estos carceleros.

-Si, pero, por lo menos, tiéndase un rato...

-Déjeme secarme primero...


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube