Dawson


La muerte de la crisálida

Nos tocaba "ir a incendio" al lado derecho del campamento, si uno se colocaba mirando de frente al mar.

En la planicie costera había un tronco inmenso y muy grueso. Debió pertenecer a aquellos ejemplares de la selva primitiva que, cuando se empinaban, llegaban al cielo.

Se le prendió fuego por los dos extremos y lo movimos entre todos, hasta que quedó en buena posición respecto al viento. Las llamas comenzaron a efectuar entusiastamente su acción.

De repente, se sintió un leve ruido en la corteza exterior del tronco. Diría que fue como un levísimo crujido de la piel de la sección central del árbol: de un finísimo hoyo se levantó una protuberancia. Lentamente apareció una media caparazón de crisálida con unas alas transparentes, en plena formación, y que era arrastrada por un resto de cuerpo como de "cuncuna". Primaba en este ser intermedio el color anaranjado.

En su afán de huir del calor intenso, que le llegaba del interior del tronco, salió con fuerza hacia el exterior. Aún me aparece la alegría que debe haber sentido al palpar el viento frío.

Trató de volar, pero la caparazón protectora la mantuvo apegada al tronco. Parece que no tenia desarrollados todavía ni los ojos ni las antenas, porque se arrastró, lenta, pero decididamente, hacia donde venían las llamas.

Habiendo cobrado impulso, el incendio interior comenzó a bufar. Las olas de llamas retorciéndose y chocando entre las cuadernas interiores producían un ruido de temporal desatado, de caldera de barco y de una manada de toros en desbandada.

El gigante verde también se moría y por días y días un olor de cenizas volaba anaranjado en el aire frío y nos daba cierto calor íntimo, reminiscencia de una vida en libertad, nostalgia de un cierto olor de la mañana que se desprende de los valles cuando los campesinos queman rastrojos y sarmientos.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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