Dawson


Testimonio de Pedro Felipe Ramírez

Yo estuve en la Escuela Militar desde el día 10 de octubre, en que fui detenido, hasta el mismo 22 de noviembre, con la sola excepción de una semana, en la cual me llevaron a la Academia de Guerra Aérea (AGA), con el objeto de interrogarme y torturarme.

El día miércoles 21 de noviembre, a eso de las cuatro de la tarde, me hicieron llegar una encomienda muy grande, con ropa gruesa; al verla me di cuenta que me llevarían a isla Dawson. Alrededor de las cinco de la tarde el mayor Jara, que era el oficial que estaba a cargo de nosotros, me llevó a un pasillo del tercer piso de la Escuela Militar. Ahí, por primera vez, pude ver a Corvalán, Sule, Stuardo, Salvo. El oficial nos dijo que al día siguiente, a las 7 horas, íbamos a recibir la visita de nuestros familiares, por cuarenta y cinco minutos, y que después de eso nos iban a conducir a isla Dawson. Entonces se produjo una conversación entre el oficial y algunos de nosotros. Me recuerdo de una que es muy interesante porque demuestra un poco la personalidad de Julio Stuardo. Cuando el oficial nos ofrece la palabra para hacer consultas, se le pregunta por los bienes que al momento de detenernos se nos había retirado y habían quedado en la Guardia, como el caso de relojes y otras pertenencias. Alguien manifestó que también se había retirado dinero y que queríamos aclarar si eso sería devuelto. El oficial dijo que sí, que iba a ser devuelto, y trató de insinuar que podríamos haberlo usurpado o mal habido en la Administración del Estado. Julio le dijo: "Mire, sobre eso, ustedes tendrían que probarlo. Pero no se preocupe, porque, en todo caso, hay bastante dinero en el Estado". Con esas palabras le quiso decir que, si ellos querían robar, lo podrían hacer de todas maneras.

El día siguiente fue, por cierto, un día muy emotivo, por la visita. Durante todo el tiempo anterior estuve pensando si quería o no quería la visita, porque era demasiado corta.

El día siguiente, efectivamente, tuvimos la visita, y lo que pudimos hablar con ellos fue muy poco, ya que la acortaron a treinta minutos. Después les dijeron a todos los familiares que debían salir; de inmediato nos llevaron a hacer las maletas y muy rápidamente nos trasladaron, en helicóptero, al Grupo 10 de la FACH. Subimos al avión y allí nos esposaron. A nosotros nos pusieron en la parte delantera del avión, ya que iba mucha otra gente. Fue la primera vez que pudimos conversar entre nosotros. A mí me tocó ir junto a Corvalán, y, por cierto, conversamos sobre muchas cosas. Me contó lo que le había sucedido en el momento de su detención, cómo había estado en la Escuela Militar, donde había estado dos meses absolutamente incomunicado. Me acuerdo que Sule había estado cincuenta y seis días incomunicado y ese había sido el récord. Yo había estado cuarenta y dos días.

Recuerdo unas partes de la conversación con Corvalán, en que él me dice que, bueno, yo no me preocupe, que lo más probable es que pronto me van a dejar libre y que de todos los que están en la isla, tal vez sea el primero que vaya a salir libre. Me agrega que él está preparado para diez años de cárcel y se ha hecho ese ánimo y va a Dawson con ese espíritu.

Curiosamente para nosotros -les voy a decir una cosa que posiblemente algunos puedan interpretar mal-, el ir a la isla era una liberación, después del infierno de la larga incomunicación y porque significaba avanzar un poco hacia una mayor seguridad. El llegar a Dawson fue para nosotros una inmensa alegría, sobre todo por haber roto la incomunicación y el haber podido encontrar a tantos compañeros. Por cierto, la vida en Dawson era un poco más suave de lo que había sido el primer tiempo, y había una relación un poco más fácil con los guardias y al trabajo salíamos veinte, veinticinco o treinta compañeros; pero toda esa parte se sabe bien.

Del campamento Compingin quisiera recordar el oficio religioso. Allí había un capellán de la Marina que se llamaba Cancino, que era un hombre al cual los compañeros le tenían mucho cariño, puesto que había sido tal vez la primera persona que había tenido gestos humanos con los prisioneros. El mismo confesaba después que había llegado a Dawson con mucho susto, ya que pensaba en su interior que lo podían raptar. En cambio, había encontrado gente de la Unidad Popular que era como cualquier ser humano, y que, obviamente, había tenido para con él una actitud de mucho respeto. Entonces él correspondió a esto a través de diversas formas, y una de esas formas fue invitar a lo que podría llamarse un oficio religioso, al cual yo asistí. Fue una reunión que hicimos alrededor de un fogón, en una especie de alero que se había construido allí. El tomó la Biblia y leyó algunos párrafos, y después hizo algunos comentarios. Lo que me impresionó fueron dos cosas: en primer lugar, que el sacerdote Cancino había comprendido que no podía hablar en la forma tradicional, como los sacerdotes lo hacen con las personas creyentes. Habló de la vida, de las cosas que son comunes a todos los hombres y que para nosotros era muy importante porque, tal vez, digo, para los católicos que estábamos allí, uno de los grandes redescubrimientos es volver a enfatizar que todos los hombres son iguales, son hijos de Dios, crean o no crean. Esa unidad es lo más importante. Entonces el hecho de encontrar un capellán que asumía esta posición nos parecía a nosotros muy emotivo y muy valioso, y de alguna manera los compañeros como que recibieron esto, se sintieron respetados, sintieron que hablaba un ser humano a otros seres humanos y no alguien que quería convertirlos o predicarles su propia fe. Por eso también me impresionó mucho el respeto con que los compañeros asistieron a este oficio religioso. Y este es el segundo aspecto que deseo señalar: no asistían como observadores, como alguien que va a un espectáculo, como alguien que tiene que cumplir un compromiso social.

Voy a hablar ahora de otro hecho que me sucedió y que se refiere a la muerte de mi cuñado Juan Cristóbal Tomic, a quien familiarmente le decíamos el "Ocho", porque era el octavo hijo de la familia. Era militante de la Izquierda Cristiana, muchacho que estudiaba Economía. Tendría unos veintidós años y al cual, después del golpe, de inmediato le cortaron su carrera, porque cerraron la Escuela de Economía en la cual estudiaba, ya que casi toda la gente era de Izquierda. El era muy amigo de Olaya y mío. Cuando vino el golpe se fue a vivir a mi casa, ya que yo no seguí viviendo en ella. Le pasé todas las cosas que dicen relación con la administración y la ayuda a la gente que tenia que asilarse, a los mismos asilados y a gente que estaba presa, incluso en muchas oportunidades con riesgos bastante grandes. En una oportunidad metió a dos brasileños a la Embajada de Ecuador. Lo salieron persiguiendo agentes del SIM, disparándole al auto por detrás. Después que yo caí, los compañeros del Partido y de la misma familia le pidieron que se fuera, y él no quería asilarse, porque quería seguir con la posibilidad de volver a Chile. Salió con pasaporte por el aeródromo de Pudahuel hacia Inglaterra. A los quince días le vino un ataque cerebral. Mi señora me mandó a avisar con una carta que me llevó la Cruz Roja Internacional. A los pocos días llegaron Cantuarias, Jaime Concha y otros compañeros y regresó don Edgardo, quienes habían leído en los diarios que el "Ocho" había muerto. No se atrevieron a decírmelo. Creo que pasaron como dos días hasta que don Lucho dijo: "Bueno, yo se lo voy a decir".

Una mañana íbamos hacia el bosque, por un sendero. Adelante iba don Lucho con Pepe Cademártori, y yo iba solo detrás de ellos. De pronto, don Lucho se da vuelta y se dirige a mi: "┐Supo lo que pasó con su cuñado?" Le respondí que no: "No sé". "Murió". Bueno, yo me emocioné. El me acompañó un buen rato. Estuvimos conversando de estas cosas y a mi me impresionó mucho porque fue muy sencillo, muy directo. De repente, como a modo de excusa: "Perdóneme que yo sea así, un poco "a la brutanteque", pero yo creo que en estas cosas hay que ser rápido y no hay que estar dilatando y estar haciendo un problema más tremendo". Percibí a través de esta anécdota que don Lucho, lejos de ser "a la brutanteque", era un hombre que tomaba con sencillez la vida y la muerte, y que junto a esta sencillez había un buen humorismo y una gran comprensión de los otros. Al mismo tiempo sentí un gran alivio por su consuelo y su compañía.

En otra oportunidad, en que hicimos un grupo de trabajo con Kirberg, Jaime Tohá y Puccio chico y Sergio Bitar, nos llevaron en un camión. En un momento determinado tuvimos que cargar los postes, que estaban apiñados a la vera del camino; después nos llevaron a unos cinco o seis kilómetros del campamento, donde teníamos que seguir colocando postes. Debíamos irlos botando del camión cada cincuenta o sesenta metros, y me acuerdo que don Enrique iba abajo siguiendo el camión junto con Puchito. Los otros íbamos arriba botando los postes y caían de una manera muy curiosa, porque daban unos botes, y eso le gustaba mucho a don Enrique, y parecía un niño chico riéndose cada vez que botábamos uno de esos postes. A mi me pareció curioso eso, porque demuestra mucho la personalidad de don Enrique. Es un hombre maduro, intelectual serio, rector de una. Universidad, que gozaba con las cosas pequeñas y que trabajaba con gran alegría. El decía que, bueno: ya que tenia que hacerlo, ya que estaba obligado a hacerlo, tenia que tratar que fuera un trabajo con alegría, con creación personal, con el objeto de tratar de sentir lo menos posible que era un trabajo obligado. Siempre dejábamos que él fuera el ingeniero: alineaba los postes, daba la indicación exacta donde tenían que hacerse los hoyos, y para fregarlo, a veces, nosotros los poníamos corridos unos 10 ó 15 centímetros, cosa que le molestaba mucho.

Me recuerdo de otro trabajo; éste sí que no tenia nada de simpático. Fue el último día de estar en Dawson; llovía a chuzos. En ese tiempo estaban de guardianes unos tipos completamente bestias, y había uno que tenía totalmente cara de loco, bastante parecido a Jerry Lewis y que se llamaba teniente Valenzuela. En el trabajo de drenaje a mí me tocó estar de jefe de obra. Tenía a mi cargo, digamos, una cuadrilla, entre cuyos componentes estaba don Lucho, al que, claro, le cargaban la mano, lo habían tomado como cliente preferido. A las 4 de la tarde se acerca este teniente Valenzuela, que no estaba de guardia (estaba el "Cara de Vieja") y de lejos le grita a don Lucho que no saque la vuelta. Yo estaba a tres metros de distancia de este Valenzuela y entonces me acerqué y le dije: "Oiga, mi teniente, yo estoy a cargo de la obra y quiero decirle que el señor Corvalán ha trabajado y no ha sacado la vuelta". Yo, claro, lo hice en tono de defensa, pero respetuosamente, y no sabia cuál iba a ser su reacción. Entonces me sorprendió mucho porque el teniente dijo que si yo le llamaba la atención no tenía nada que hacer, y se fue.

Voy a hablar también de dos cosas relativas a las encomiendas. Recuerdo que una vez me llamaron porque me había llegado una. Entonces me entregaron un tremendo saco harinero, que decía afuera mi nombre y en el cual distinguí claramente la letra de Olaya. Adentro venían dos panes de jabón Lux, dos panes de manjar, dos calugas de shampoo y como cincuenta hojas chiquitas de libreta de notas. Me hicieron recibir conforme. Después, cuando pude hablar con Olaya, me di cuenta que no me habían entregado ni el diez por ciento.

Otro incidente dice relación con unos pollos con jalea que le iban a llegar a Carlos Matus, con el cual, y junto a Lawner y Matte, trabajábamos en la construcción de la cabana. Muchas veces, cuando hablábamos de comida, pensábamos en grandes pataches, en cosas fantásticas. Una vez dice Carlos: "En unos días más, me dice mi señora, me llegarán unos pollos con jalea e invitaremos sólo a algunos más a comerlos". Los esperamos por meses y meses, hasta que, mucho tiempo después, el teniente Santiago nos informó que se habían cambiado, desde hace tiempo, las normas para la recepción de las encomiendas y que todo lo que no era permitido se había pasado a la olla común. Cuando leyó la lista de las cosas confiscadas aparecieron veinticinco tarros de pollo con jalea de Carlos Matus. Todos los que estábamos en el secreto nos largamos a reír a carcajadas.

Otra anécdota que deseo relatar se refiere a don Edgardo Enríquez, hombre culto y valeroso. Decía: "Han de saber ustedes que en la Escuela de Medicina de la Universidad de Concepción existía un alumno que se llamaba Otárola, era compañero de curso mío. Recibió todos los premios; notas Siete en todos los ramos desde el primer curso hasta el último, pero fue el segundo, porque el primero era yo". Creo que esta anécdota pudo haber fortalecido su deseo de vida y de lucha; la propia estima personal le ayudó a sobrellevar pesadas cargas. Cuando estaba en el Hospital Militar, solo en una pieza, tenia un guardia permanente con la bala pasada, al cual echaba permanentemente para afuera. En otra oportunidad entró a verlo un supuesto capellán y le dice que sus dos hijos han muerto, y se va. Como se sabe, a esa altura ni Miguel ni Edgardo habían muerto o desaparecido. Cuando estaba con detención domiciliaria nos envió una carta en la cual nos decía que su empleada había creado un nuevo proverbio: "Ahora, Dios castiga ligerito". Con razón, siempre repetía: "Mire, usted ha de saber que yo no soy rencoroso, pero que me las van a pagar, me las pagarán".

(Testimonio recogido por mi. S. V.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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