Dawson


Doce horas, cero cero

Llueve.

12 horas, cero cero: Almuerzo.

A las 11,45 horas, dentro de la barraca, nos esforzamos por colocar nuestros abrigos mojados cerca de las calandrias, con el fin que se vayan secando para el trabajo de la tarde.

Llega corriendo un soldado:

-Don Hugo, rápido, todos afuera. Ahora están de guardia los tres tenientes...

-A su orden, mi soldado. Gracias.

Rápidamente, y con la ropa seca que podemos conseguir, nos formamos frente a la puerta de la barraca I. Partimos trotando hacia el comedor. Nos detenemos a su entrada.

De a dos y en silencio vamos a la ventanilla de la cocina a retirar el pocillo con sopa y un pan. En silencio nos vamos sentando en el largo mesón. A medida que vamos terminando la sopa, nos paramos, en silencio, para ir a buscar, en el mismo pocillo, el plato de porotos que hoy nos corresponde.

El teniente Valenzuela, el "loco" Valenzuela, portando equipo de combate completo, daba vueltas, como energúmeno, alrededor de nosotros.

-Mi capitán Zamora está muy descontento del trabajo de ustedes. ¡Ah! Ya no van a salir más del campamento. Sólo harán trabajo en el interior del Patio Central. ¡Ah!

Ninguno de nosotros le contestaba. Seguíamos comiendo en silencio los porotos y el pan.

De repente, no da más. Silenciosamente, en puntillas, se acerca a uno de nosotros que estaba sentado dándole la espalda. Le coloca el cañón de la metralleta en la sien derecha:

-Cómo me gustaría reventar este coco.

Nadie dice una palabra. Nos apuramos en terminar el almuerzo. Pero el teniente Valenzuela se da cuenta de nuestra prisa. ¡Ah! Se cuelga la metralleta. Saca de un bolsón una granada de mano y se pone a jugar con ella. La tira al aire, cerca de donde estamos sentados nosotros, y, con mucha agilidad, la toma por la espalda con la mano derecha. Después la vuelve a lanzar al aire y la recoge "de voleo" con la mano izquierda.

Rememorando tiempos mejores, en el mismo Campamento, cuando podíamos conversar para las comidas, Hugo Miranda nos refiere: "Corvalán llegaba siempre tarde a comer y conversaba con nosotros. Decía: "Debemos soportar todo con firmeza; para mí no existe el trabajo duro"".

Efectivamente, Corvalán nunca comía mucho y, a pesar del trabajo duro, se mantenía físicamente bien y de muy buen ánimo. Sin embargo, ahora le estaban "cargando la mano" en exceso. Algunos de los compañeros que vivían cerca del lugar en que dormía, casi tenían que obligarlo para que comiera algo. La excepción se hacía cuando, entre el segundo y el sexto mes de prisión, se permitió que nuestro equipo de "pescadores", Stuardo, Tacchi y Pinto, fuera al mar a buscar choritos. Crudos o cocidos, todos los comíamos con entusiasmo. Era el tiempo venturoso de los "pataches". Por esos días, cuando aún podíamos salir a trabajar al interior de la isla, un compañero comunica a su escuadra de trabajo que, como le había llegado un tarro de duraznos, le va a convidar a todos. Los rancheros preparan una mise en scene especial, porque ya llevaban veinte días comiendo porotos al almuerzo y la comida. Llega la hora del rancho. Saca el tarro de duraznos, que, como era usual, no tenia etiqueta, ya que los carceleros se las quitaban, por si traían un mensaje en la parte posterior. Hasta se dice un discurso. Se procede a abrir el tarro con un clavo, pero, para desgracia de todos los ojos expectantes, aparecen unos grandes porotos especiales. De ahí para adelante, todo tarro se llamó de "salmón de durazno". Una ocasión memorable en cuanto a alimentación: las proteínas, ¡ah las proteínas!, se produjo el día en que "el capitán bonachón" fusiló una vaca con una ráfaga de ametralladora. Ese día tomamos auténtico caldo de vaca. Y digo bien caldo de vaca porque, en esta ocasión, en los platos venia "tumba", vale decir, traían un trozo de carne. Desde ese día, también. Pinto consiguió con los cocineros que a eso de las 17 horas le pasaran "los huesos del animal". Y aunque eran puros huesos, algo de carne les quedaba.

El loco Valenzuela ve que algunos están dejando unos pocos porotos en el plato:

-¿Qué crees, que estás en un hotel? Debes comerte todo: es una orden.

-Pero, mi teniente, si estoy enfermo del estómago...

-¿Y crees que éste es un hospital? Te los comes todos-, y le acerca el cañón de la metralleta al pecho.

Todos nos apuramos en terminar. En silencio, nos ponemos firmes y salimos a formar a la puerta del comedor. Después, trotando, llegamos a nuestra barraca.

Generalmente, después del almuerzo descansábamos un rato. Una vez, como a las 13,30 horas, sentimos gritar al centinela que estaba en la caseta de nuestro patio:

-¡Eh, de la barraca!... ¡Eh, de la barraca! Hay una "hueva" botada en el patio.

Varios salimos y, en efecto, cerca de la leña había un montón café. Era el Negro, que se había desmayado de tanto cortar leña con el hacha.

Los palos del maderaje están cubiertos con los abrigos puestos a secar. Estamos conversando alrededor de la calandria central. Uno se recuerda de nuestras conversaciones con el doctor Gijón, en Compingin:

-Pero, dime: ¿Viste tú que el Presidente se suicidó?

-Bueno, no. Cuando yo volví pude ver que el Presidente estaba sentado en un sillón. Tenia la metralleta en la mano. Pensé que se había disparado hacia el mentón, pero lo único que hice, por acción refleja, fue tomarle el pulso y después retirar la metralleta.

-¿Y después?

-Luego entraron los soldados.

-Pero, ¿viste tú que él se disparó?

-No. Cuando volví, el Presidente ya estaba muerto. Al doctor Gijón se le quiso obligar a decir que él había visto cómo el Presidente se había suicidado. Aprovechándose de la confusión de apellidos, también se le quiso hacer pasar como médico personal del Presidente. Mas en realidad, él no conoció personalmente al Presidente Allende y sólo había llegado a La Moneda días antes del golpe. Toda esta confusión: Dr. Gijón-Doctor Girón, fue montada con el fin de tender una cortina de humo ante el asesinato de Presidente por el primer grupo de soldados que forzó la entrada a La Moneda.

-Puchas que llegó peor el capitán Zamora...

-Es que es un tropero...

-¿Y qué puedes esperar tú del "hombrecito"? El capitán de Ejército Mario Zamora Flores, que fue el último jefe del campo de concentración de Dawson mientras estuvimos nosotros, era la segunda vez que llegaba a la isla, a cargo de la Seguridad del Campo.

En la primera oportunidad, una vez, llegó a la barraca como a las 13,30 horas, preguntando:

-¿Dónde está el hombrecito?

Ninguno lo contestó. De repente, mirando a Jiliberto:

-Usted saludó con el puño en alto a un grupo de prisioneros que iban a Punta Arenas en un camión...

-No, mi capitán.

-Bien. Tome una frazada. Está castigado y pasará esta noche en la celda de castigo.

Y dirigiéndose a dos soldados que lo acompañaban:

-Conduzcan al prisionero a cumplir su castigo. La celda de castigo tenía un metro de ancho, otro de largo y como dos metros de alto. Le entraba el viento y el frío por todos lados. Aunque le habían prestado un poncho. Alejandro no pudo dormir, por el frío que hacía. Se pasó la noche entera haciendo gimnasia para no helarse.

Al día siguiente, a las 6 horas cero cero, le abrieron la puerta y nosotros le teníamos preparada una taza de café caliente. Hizo, como todos, la gimnasia, cantó el Himno Nacional, y se aprestaba a salir en su escuadra de trabajo cuando un soldado lo llama:

-Prisionero Jiliberto, dice mi capitán Zamora que, si quiere, se puede quedar a descansar.

-Muchas gracias. Salgo a trabajar con los demás. No quiero deberle nada.

-Como quiera... Escuadra..., de frente... ¡March! De esa vez bautizamos al capitán Zamora como "el hombrecito".

Estábamos conversando de lo mejor y haciendo recuerdo de los meses anteriores, cuando sentimos sonar la bocina de incendio.

-La bocina de incendio -grita Hugo Miranda-. Tomar sus cosas y salir de inmediato.

Ayudamos a Arellano, que estaba con su brazo en cabestrillo, dado que cuando "el logístico" volvía al campamento cargado con los troncos, nosotros debíamos venirnos encima de los troncos, como a caballo de ellos, haciendo equilibrio para no caernos. Desgraciadamente, cierta vez, Arellano se cayó y se rompió un brazo, y todavía no se había recuperado bien.

A lo único que atinamos todos fue a coger lo que teníamos más a la mano y tratar de ponernos un abrigo, aunque estuviera mojado.

Ya iba a salir al patio el primero que había llegado a la puerta, como estaba indicado: "En caso de oír la bocina de incendio, todos deben salir al patio con lo que tengan a mano y formarse afuera. Nosotros nos encargamos de apagar el incendio". Efectivamente, habíamos hecho una serie de ejercicios de amagos de incendio, incluso cada barraca tenia su propio cuerpo de bomberos. Sin embargo, cuando en los amagos salíamos al patio:

"A lo indicado, proceder", de lo único que se encargaban los "inservibles" era apuntar las ametralladoras pesadas, emplazadas en las colinas, hacia nuestro patio. Desde el segundo mes de prisión, casi todos pudimos leer Papillon, de Charrier, y pudimos comprobar que a algunos de los carceleros les venia muy bien el calificativo inventado por él para referirse a ellos.

Ya iba a salir al patio el primero que había llegado a la puerta -como estaba indicado-cuando, simultáneamente, se escucha la corneta, llamando a zafarrancho de combate. En este último caso, lo indicado era que debíamos quedarnos dentro, porque era "señal de ejercicio de defensa del cuartel". Hugo alcanza a gritar: "Otra voz, no salga nadie".

Simultáneamente, se apagan las luces de la barraca. Nos arremolinamos en torno a la entrada. Hugo ordena:

-No abran la puerta, en ningún caso... No termina de hablar cuando escuchamos una verdadera estampida de tiros de las metralletas, carreras de los soldados, disparos de las ametralladoras pesadas, emplazadas en las colinas. Incluso se oyó tronar el cañón naval de la Defensa de Costa, que estaba colocado en una altura cercana.

-Los vienen a liberar los guerrilleros...

-Halcón llamando a Águila: guerrilleros entrando flanco derecho.

-Recibido Halcón. A lo indicado, ¡proceder! ¡Fuera! A todo esto, se mezclaban los ladridos de los perros con el estallido de las cargas de profundidad, lanzadas por las torpederas de la Base Naval de Puerto Williams. En el cielo estallan las luces de bengala, luces de todos colores.

Nosotros nos reunimos en torno a algunas camas en grupos de cuatro o cinco.

-¿Qué estará pasando?

-¿Nos irán a matar estos desgraciados?

-A lo mejor es la función de despedida de la Infantería de Marina...

-En todo caso, Hugo dijo que no saliera nadie...

-Y el maldito "solitario" que había dicho que salíamos luego...

En nuestro grupo, con soma, Benjamín exclama, como lo hacía todos los días, recordando el conocido chiste anti-hitleriano: "Sacadme de aquí". Todos lanzamos sonoras carcajadas.

Habrían transcurrido unos diez minutos cuando sentimos sonar el pito, indicador de la finalización del "juego de guerra de defensa del cuartel". Los soldados abren la puerta y entra el suboficial mayor encargado de nuestra barraca. Todavía riéndonos, hacemos círculo en torno suyo.

-Chis, y todavía se ríen...

-Córtela pues, mi suboficial mayor. ¿Hasta cuándo van a seguir con estos jueguecitos?

-Hicieron bien en no salir...

-¿No ve que se nos alteran los nervios? ¡Ah! Algunos se retiran a sus lugares habituales. Los que salen de la cabana comprueban que el suelo del patio está lleno de cartuchos vacíos.

-Como les decía, hicieron bien en no salir en el "ejercicio combinado": las ametralladoras de los dos lados barrieron el patio de esta barraca en todos sentidos.

-Pero es como mucho, mi suboficial mayor: tocan la bocina de incendio y el zafarrancho de combate. ¿Quién lo entiende?

Es lo que después Benjamín Tepliski llamará, con razón, "el terror abonado".

Cuando el suboficial mayor está por salir, se da vuelta a los cinco o seis que lo escuchan y les dice:

-Salgan bien abrigados: les espera una jornada dura. -Y bajando la voz, agrega-: Será la última. Mañana se van. No digan a nadie que yo se los dije. ¿Está taxativo?

-Faltan tres para las dos. Salir a formar afuera -grita el delegado.

Nos ponemos los abrigos, aún mojados, y salimos a formar. Algunos, que alcanzaron a escuchar al suboficial mayor, cuchicheando, transmiten "la novedad" a los demás. Otros se la guardan para ellos. Trotando, nos dirigimos al Patio Central. Allí nos esperará el loco Valenzuela.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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